San Juan Bautista

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viernes, 13 de diciembre de 2013

CAINISMO EN LA IGLESIA - Por Flavio Infante

 A veces, cuando se atiende al estropicio en que derivó la Iglesia en estos años, se tiene la impresión de que el mal -conforme a una conocida atribución que se ha hecho del bien- es también diffusivum sui. Se han revelado múltiples y eficaces los recursos del Enemigo para ahogar el trigal con la cizaña: insidia tesonera, décadas de asedio e infiltración capilar hasta lograr clavar victoriosamente la pica de una fórmula insanablemente ambigua en una constitución conciliar, en una encíclica. Las consecuencias de esta acción deletérea en el seno de la Iglesia son suficientemente obvias: bastan los escombros a testimoniar. Si de cualquier palabra ociosa que profiramos se nos pedirá cuenta, ¿cuál no ha de ser la tonitronante interpelación que sufran, el día de la Justicia justiciera, aquellos que se esmeraron para introducir una palabra venenosa en el magisterio de la Verdad?

  El gobierno colegiado de la Nueva Iglesia, estando a cómo hablan sus sujetos, parece empeñado en una profundización abisal del declinante camino iniciado. Así el cardenal Pell, negando campanudamente la historicidad de los capítulos iniciales del Génesis, esputa contra dos documentos emanados en su momento por la Pontificia Comisión Bíblica en 1909 y 1948 y la Humani Generis de Pío XII. Éstas enseñan, en efecto, que los hechos allí narrados contienen narraciones conformadas a lo realmente ocurrido, sin mezcla de mitologías, y que no son meras imágenes elaboradas para inculcar verdades religiosas de otro modo inasequibles a las mentes presumiblemente rudas de los hombres de los siglos que nos precedieron. Lo mismo cabe decir del bavarés cardenal Reinhold Marx, negando con el mayor de los cinismos la existencia del purgatorio y el infierno («la Iglesia -abundó- debe arrepentirse por este alarmismo con imágenes, que es una invención maliciosa»), contra la explícita enseñanza de los Concilios de Florencia y de Trento relativa a la purificación final de los elegidos, contra la economía de sufragios e indulgencias que la Iglesia aplica desde siempre en favor de las almas del purgatorio, y contra la doctrina acerca de la eternidad de las penas del infierno, apoyada en las alusiones del Señor a la gehenna y al «fuego que no se apaga» (Mt. 13,42) y en multitud de documentos del Magisterio (cfr. Dz. 40, 321, 457, etc.). El cardenal Maradiaga, por su parte, se encargó de rehabilitar el modernismo condenado por san Pío X y por Benedicto XV alegando que «no era para tanto» el anatema, poco más o menos. En una anterior entrada dimos cuenta de algunas de estas temeridades orales de los purpurados más cercanos a Francisco, que harían preguntarse si el controvertido «subsistit in» de la Lumen gentium no deba aplicarse, en interrogación retórica y poniendo por sujeto a la fe: ...in Ecclesia catholica, a successore Petri et Episcopis in eius communione gubernata?

  Esta aversión por las fórmulas precisas, esta pretendida rectificación (a título enteramente personal y a instancia de hombres mismos de la Jerarquía) de enseñanzas transmitidas desde siempre por la Iglesia, y en un momento de tanta zozobra espiritual, deben ser tenidos por otros tantos «signos de los tiempos», no menos audaces en su manifestación a los ojos del espíritu que lo fueran el tambaleo de los astros o el oscurecimiento del sol a los carnales ojos. Pero algo más debe decirse de esta suerte de "nominalismo teológico" de cuño modernista, y trata de las derivas prácticas de esta doctrina sin contornos, de este abandono de las certezas a título de "apertura misericordiosa al mundo". Lo han señalado Gnocchi y Palmaro en un reciente artículo:

  Desde el momento en que decidió abrazarlo, la Iglesia comenzó a dirigirse al mundo haciendo propio su bon ton, que en los años cincuenta era burgués y de derechas y hoy es burgués y de izquierdas, pero con todo siempre un poco radical y un poco chic. Por esto han sido puestos de lado intelectuales genuinamente populares como Guareschi, que al espíritu mundano le enrostraban su pecado de orgullo con una ferocidad que incluso hoy resulta ejemplar (...) Aquel que quiera socorrer a una época en la que la revolución manifiesta sus éxitos más blasfemos debe ofrecer en limosna la moneda límpida y sonante de la tradición. Para restituir el sentido de la libertad a un hombre oprimido por la tiranía de la historia que registra lo meramente acontecido, es menester inducirlo a contemplar la nobleza de la tradición que representa lo posible y, por ello, lo universal (...) Pero la Iglesia de hoy, meaculpista por su pasado constantiniano y el matrimonio con un poder al que, con todo, sabía mantener a raya, acaba por fornicar con un poderoso que no quiere saber nada de vínculos espirituales y morales,

premiando ya sin el menor pudor a un rabino Skorka o cantando las loas fúnebres a un Mandela. Este revesamiento, que empieza por ser de los conceptos y prosigue por las estimaciones y las simpatías declaradas, no impide el que la Iglesia continúe ofreciendo a los hombres una apariencia oscura, incomprensible, como la de los exteriores de las viejas catedrales, sin obtenerles la plétora lumínica que resulta del internarse en ellas.

  El intento de explicar la Iglesia al mundo usando palabras mundanas está destinado a mostrar a los hombres el simple contorno de una sombra lúgubre. Es un habla exigida por los hospitales de campaña, dominada por el pathos, que acaba por mundanizar en condescendencia la misericordia.

  Muy otro el "hospital de campaña" ante el que se detuvo Simone Weil en el umbral de la conversión, en el que le fue revelada la naturaleza de

una iglesia pura porque tremenda, piadosa porque inflexible, en total contradicción con el mundo, tetragonal y ardiente, [que] no era ciertamente para aterrorizar a Simone Weil sino sólo, justamente, aquello de lo que en Simone Weil, Simone Weil sobre todo deseaba que muriese: la partie médiocre de l'àme. Quien ofrezca menos, aun queriendo hacer un bien, está embaucando, y quien acepta menos pierde. Y esto ocurre porque, casi siempre, en la Iglesia de hoy se truecan los lugares y los roles: se distribuye misericordia donde es menester el rigor, y se aplica el rigor donde haría falta la misericordia.

  Y aquí queríamos llegar. Que lo digan sino los hijos espirituales del padre Stefano Manelli, fundador de la orden de  los franciscanos de la Inmaculada, que está pagando un duro precio por el avío dado a la restauración -siquiera en islotes- de la Iglesia. Según consta en una noticia recientemente difundida, es el propio médico que intervino quirúrgicamente a Manelli quien desmiente las informaciones que el padre Fidenzio Volpi, comisario apostólico designado por la Santa Sede, vino dando sobre la suerte del anciano y flagelado fraile. No siéndole bastante con la prohibición de celebrar en el Vetus Ordo; con la remoción para todo cargo de los frailes fieles al carisma del fundador y la consecuente promoción de aquellos que impulsan la "nueva línea"; con la sustitución de los más eminentes profesores del instituto por otros de muy mediano cacumen, uno de los cuales no completó siquiera el bachillerato en teología; con el traslado compulsivo de unos y el literal exilio del padre Manelli, «privado de la posibilidad de recibir visitas incluso de parte de los propios parientes de sangre, bajo pena de pecado grave y después de haberle prohibido recibir llamadas telefónicas y de haberle impedido todo contacto directo con el mundo»; con toda esta guerra movida sin tregua, a la que se añade la suspensión de todas las actividades de los laicos pertenecientes a la Misión de la Inmaculada Mediadora y al Tercer Orden de Franciscanos de la Inmaculada, más la prohibición dada a los terciarios de vestir el hábito, el comisario P. Volpi no se privó de continuar la persecución de su desdichada víctima aun entre los muros del hospital. En palabras del médico en cuestión, «puedo afirmar que, en el trato con el padre Stefano, durante la totalidad de la internación, no se obró ninguna forma de caridad cristiana; no hubo una sola llamada telefónica del comisario a los fines de verificar sus condiciones de salud (...) Y lo más grave es la prescripción canónica, añadida por el comisario sin ningún motivo plausible, que supuso, durante el tiempo íntegro de su internación, la prohibición de decir misa y de confesar. Un hecho gravísimo que creo no tiene precedentes». Disposición tiránica a la que no le faltó el estrambote cínico y amenazador del propio comisario: «conociendo bien el celo sacerdotal del hermano, temo en efecto que él, en el deseo de procurar el bien de las almas, se vea tentado a transgredirla».

  De esta pasta están hechos los tránsfugas encumbrados, y esta saña criminal es lo que los cainitas nombran como misericordia. Porque la caridad no puede subsistir sin la fe, y el plan de aplicación de la remozada evangelización de Francisco se resume en un solo ítem, dedicado a quienes -para vergüenza ulcerosa de los renunciatarios- insisten en guardar la fe de siempre: «os perseguirán creyendo hacer una ofrenda agradable a Dios».



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1 comentario:

  1. A ver, nada nuevo, sino pregúntenle a Monseñor Lefebvre lo que el sufrió en carne propia. ¿Acaso Bergi no sigue la tradición persecutoria a imitación de JP II? nothing new señores ¿de que se asombran?

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