San Juan Bautista

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sábado, 31 de agosto de 2013

Desintegración Social (Protocolos de los Sabios de Sión) - Por Ernesto Mendoza Gomez

  Los Protocolos de los Sabios de Sión son la reseña o acta de un Congreso Mundial Sionista o, Judío-masón, en apariencia secreto; es decir, para puros líderes sionistas, de 24 sesiones. Surgieron por el año de 1864 y después de ser traducidos del francés al ruso, su primera edición data del año de 1901, es decir, 37 años después. En ellos se plantea el ataque constante a la iglesia católica con el fin de destruirla, la dominación mundial y el control de todos los recursos. Además, dentro del mismo contexto, trata sobre la manera de esclavizar a los gentiles, programando la culminación del proyecto, con la llegada del anticristo o reino de Satanás; es decir, el líder judío que los congregará en uno, a todos ellos.

  La reseña consta de 24 sesiones, las que son retomadas en otro o quizás en muchos otros congresos secretos y modalidades de agrupación, pero particularmente se señala, el “Congreso Sionista de Basilia de 1987”. En los citados congresos se ajusta el plan para el dominio del mundo, el cual, ya es programado, señalado e iniciado desde los tiempos de la escritura de los libros que integran el Pentateuco de la Biblia con Moisés, el proceder de Abraham y retomado por los reyes judíos y todos los profetas del antiguo testamento, donde más sobresalieron David y Salomón, estableciendo indicaciones directivas y nuevas estrategias para poner en práctica los principios plasmados ahí, a través de las organizaciones masónicas y filiales; disimulando la existencia y el odio de los judíos, para con y, hacia los goim.

  Estos principios o protocolos donde se estatuye la base de la “alta política” de relativa actualidad, como ya se mencionó, se encuentran plasmados desde los tiempos bíblicos, en el antiguo testamento, entre otros libros sectarios, conocidos solo de nombre por los cristianos. De los escritos bíblicos sacan los masones (únicamente los gentiles iniciados), la mayoría de sus claves y palabras secretas para reconocerse como hermanos. En la hermandad masónica integran todas las razas, las más altas inteligencias de las personas y, a las de todas las religiones: Analice la siguiente afirmación:

“¿Qué son, pues, los Protocolos, sino un plan de envenenamiento de las naciones, tan sutil como Satánico, que consiste en excitar, hábilmente, es cierto, todas las pasiones humanas, para conseguir poner en oposición al hombre con Dios y por lo tanto al hombre consigo mismo?”

  Tome en cuenta y, observe que la mayor parte de referencias del presente, corresponde a esta publicación; la cual significa en la práctica un manual (conocido por pocos), judío-masónico de disolución social o, mejor dicho, es la puesta en acción de los principios de la “alta política”.

  Los formulismos satánicos, se plasman en el proyecto de los planes secretos de los masones, para posesionarse del poder del mundo, estos tomados en términos literales, no dejan de ser otra cosa que los principios de doctrina del designio judío. Se absorben por el pueblo a nivel subliminal y más tarde se introducen con descaro, a través de todos los medios masivos de comunicación y por todas las instituciones públicas y privadas de nuestro país. Se aceptan a ojos cerrados sin la menor duda por la sociedad, totalmente inconsciente y dormida a la política virtual; por lo tanto, no pueden detectar el logro de las metas judaicas alcanzadas.

  ¿Cómo es posible que suceda y se acepte esto? La respuesta es simple; es decir, porque viene siendo a través de los actos y acciones de las diversas formas o representaciones de la masonería. Estas organizaciones son el germen que va minando, debilitando y embruteciendo a los gentiles iniciados; lo grave, es que de alguna manera y por estar ellos, en contacto con la familia y la sociedad, las contaminan y corrompen con su forma de ser y actuar como masones, produciendo pseudo-ciudadanos o mejor dicho: deseosos, que no tienen mayor motivación en su vida que el dinero y las comodidades. Capaces de pasar sobre lo que sea para disfrutar de las mieles del bienestar que da el pequeñísimo nivel de “poder” que ejercen. Tan firme es esta condición, que se dan casos donde no necesariamente es así; es decir, podría ser el arribismo convenenciero del politicastro, como efecto de la inercia social, el que ansiosamente busca pertenecer a la masonería.

  En este apartado se abordan los modelos de organización gubernamental vigentes: capitalismo (súper), y socialismo (pro comunismo), porque ambos, permiten la concentración del poder, además del dinero; aspecto tan señalado en esta exposición, lo que necesariamente conduce a la desintegración de los pueblos.

  La promoción oficial del modelo es llevada a cabo por agentes inconsciente, que de alguna forma disfrutan de la libertad para pervertir públicamente los principios éticos y morales establecidos, en los pueblos de la humanidad por la doctrina cristiana.

  Se señala en el plan, el significado del símbolo de la estrella de cinco picos o, Estrella de Salomón, en el cual cada uno de los vértices señala un concepto como meta por alcanzar, para la culminación del control del poder totalitario por el judío internacional; el ícono no es más que, el preámbulo para la culminación de la obra, representada con la estrella de seis picos o, Estrella de David, ya para el control absoluto del mundo.




"INTRODUCCIÓN A LA POLÍTICA"
(La Organización Político Social Hebrea en la Política Mundial) - Ed. Consciencia 2007 - Pags.40-41.


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Veracidad - Por Alice y Dietrich Von Hildebrand

  La veracidad es otro de los presupuestos básicos de la vida moral. La persona falaz o mentirosa no solo encarna un gran disvalor moral, como la avariciosa o intemperante, sino que está mutilada en toda su personalidad, en toda su vida moral: todo cuanto hay en ella de moralmente positivo está amenazado por su falsedad y resulta incluso sospechoso; su postura hacia el mundo de los valores está afectada en su mismo centro.

  La persona falsa carece de la actitud de reverencia a los valores: asume una posición de dominio sobre los seres, los trata a su antojo, como si fueran una simple ilusión, un juguete de su capricho arbitrario; no percibe el valor inherente al simple hecho de ser ni la dignidad que el ser posee en cuanto opuesto a la nada; no respeta la obligación fundamental de reconocer todo lo que existe en su realidad, de no interpretar lo negro como blanco, de no contradecir los hechos; se comporta como si no existiera la realidad. Obviamente, esta actitud implica un elemento de arrogancia, de irreverencia, de impertinencia. Tratar a otra persona "como si fuera aire", actuar como si no existieran otras personas, es quizá la mayor evidencia de desdén y desprecio. La persona falsa adopta esta actitud con respecto a toda la realidad. El loco desprecia el ser en cuanto ser porque no lo capta. La persona falsa sí lo capta, pero rechaza dar la respuesta debida al valor y a la dignidad del ser simplemente porque le resulta inconveniente o desagradable. Su desprecio del ser es consciente y culpable.

  El mentiroso considera que todo el mundo es, hasta cierto punto, un instrumento para sus propios fines; todo lo que existe es solo un instrumento a su servicio: cuando no puede usar algo, entonces lo trata como si no existiera y lo coloca en esa categoría.

  Debemos distinguir tres tipos de falsedad. 

  En primer lugar, la del mentiroso experimentado que no ve nada malo en afirmar lo contrario de lo que es verdad cuando le conviene. Se trata de una persona que, claramente y conscientemente, engaña y traiciona a otras para conseguir sus objetivos...

  E1 segundo tipo es la de quien se miente a sí mismo y, en consecuencia, a los demás: con la mayor tranquilidad borra de su mente todo lo que le resulta difícil o desagradable, y no solo esconde su cabeza como un avestruz, sino que se convence a sí mismo de que va a hacer algo, cuando sabe perfectamente que no va a hacer nada; no quiere reconocer sus propias faltas y, ante cualquier situación que le resulta humillante o embarazosa, tergiversa enseguida su significado para disimularla. La diferencia entre este tipo de persona falsa y el hipócrita o mentiroso experimentado es evidente: aquella defrauda, sobre todo, a sí misma y solo indirectamente a las demás; se engaña primero a sí misma y, luego, a las demás, parcialmente de buena fe; no posee ni la intencionalidad del mentiroso ni su claridad de mente y, en general, le falta su malicia y su astuta mezquindad. En la mayoría de los casos, suscita nuestra compasión. Pero no deja de ser culpable porque rehúsa dar la respuesta debida a los valores y a la dignidad del ser, y tácitamente se arroga una soberanía injustificada sobre el mismo ser... No se atreve a asumir su responsabilidad, y carece de la valentía del hipócrita. Se autoengaña para eludir el conflicto entre sus inclinaciones y el respeto por la verdad. Hay algo específicamente cobarde e inconsistente en su naturaleza: un ingenio más instintivo sustituye a la astucia y a la sofisticación del mentiroso.

  ...A pesar de que este tipo de mentiroso es, generalmente, menos malvado (excepto en el caso del fariseo, que no ve la viga en su propio ojo, y es malvado en el más profundo sentido de la palabra) y habitualmente menos responsable, sin embargo, las consecuencias de su actitud insincera sobre toda su vida moral son inmensas: nunca podremos tomar en serio a este tipo de persona. Su acción moral puede ser correcta en casos concretos, cuando la respuesta al valor no implica ningún conflicto con su orgullo o su concupiscencia. Pero en cuanto se le pide algo que le resulta desagradable, tratará de eludirlo, aunque no sea consciente de hacer oídos sordos a la llamada de los valores; se refugiará en la ilusión de que, por una razón u otra, tal exigencia no va con él o es solo aparente o ya la ha satisfecho. El interior de tales personas es semejante a las arenas movedizas: no se puede hacer presa en ellas; siempre evitan encontrarse en un compromiso. Aunque el verdadero mentiroso, el que miente a sabiendas, es, desde el punto de vista moral, aún más reprensible que el otro, el que se engaña a sí mismo, es más fácil la conversión del primero que del segundo. El interior de este último está afectado por una gran enfermedad: el mal ha tomado posesión del nivel psicológico más profundo; vive en un mundo de ilusión. Sin embargo, su falsedad lleva su parte de culpa, ya que podría ser corregida por una conversión de la voluntad, por la aceptación del sacrificio, por la entrega incondicional al mundo de los valores.

  En el tercer tipo de falsedad, la ruptura con la verdad es aún menos reprensible, pero más profunda, y se refleja todavía más en el mismo ser de los mentirosos de este tipo: su personalidad es decepcionante; son incapaces de experimentar una alegría verdadera, un entusiasmo genuino, un amor auténtico; todas sus actitudes son fingidas y llevan el sello de la pura apariencia. Este tipo de personas no pretenden engañarse a sí mismas ni defraudar o embaucar a los demás, pero son incapaces de establecer un contacto verdadero y genuino con el mundo, porque están encerradas en sí mismas, siempre mirándose a sí mismas, con lo que destruyen la substancia interior de sus actitudes. La falta no reside en su distorsión del ser, en su falta de respuesta a la dignidad de este, sino en el hecho de estar centradas en sí mismas, con lo que sus respuestas resultan vacías y su personalidad fingida.

  Son como seres fantasmales, ficticios: aunque su intención es recta, sus alegrías y sus penas son artificiales. Su falta de autenticidad proviene de que todas sus actitudes no están realmente motivadas por el objeto y no surgen por el contacto con él, sino que son simuladas artificiosamente; aparentan conformarse con el objeto, pero en realidad son solo fantasmas sin substancia.

  Esta falta de autenticidad se puede manifestar de distintas maneras y, sobre todo, puede asumir diferentes dimensiones: en primer lugar, la encontramos en la persona amanerada, cuya conducta exterior, aunque no esté simulada a propósito, es artificial, ficticia, sin naturalidad; en segundo lugar, la encontramos en las personas fácilmente sugestionables, cuyas opiniones y convicciones les son impuestas por otros, y que solo repiten lo que han dicho los demás sin dejarse influenciar verdaderamente por el objeto en cuestión; en tercer lugar, la encontramos en la persona exagerada, que lo magnifica todo: las penas, las alegrías, el amor, el odio, el entusiasmo; fomenta artificialmente todas estas actitudes porque se complace en ellas.

  Semejante falta de autenticidad, tal como la acabamos de describir en sus tres tipos, es incluso menos mala que la del que se engaña a sí mismo, pero la vida moral no puede basarse en ella, porque tanto el bien como el mal resultan invalidados por esa actitud artificial, que todo lo convierte en irreal, ficticio, inexistente. Esta falsedad substancial se considera también culpable porque proviene del rechazo definitivo a entregarse a los valores, de una actitud fundamental de orgullo.

  La persona realmente veraz es lo opuesto a los tres tipos de falsedad que acabamos de exponer: es genuina, no se engaña ni a sí misma ni a nadie. A causa de su profunda reverencia por la majestuosidad del ser, comprende la exigencia básica del valor que es inherente en toda realidad, es decir, la obligación de pagar tributo a todo objeto que existe, de conformarnos a la verdad en todas nuestras afirmaciones, de abstenernos de construir un mundo de ficción y vaciedad. Toma en consideración la situación metafísica del hombre: no es omnipotente, por lo que el ser no tiene que rendirse ante él como si fuese una simple quimera; se toma en serio la verdad no solo con respecto a cada una de las cosas y circunstancias que se le presentan a su mente, sino también con respecto a su existencia en el mundo.

  Comprende el valor de la verdad y los valores negativos de la mentira, de la falsedad y de la rebelión interior contra el mundo de los valores, en última instancia, contra Dios, el Ser Absoluto, el Señor del ser. Comprende la responsabilidad que el hombre, por su dimensión espiritual, tiene respecto a la verdad, y que debe estar presente en su capacidad para poner de manifiesto el ser en toda afirmación que hace. Comprende la solemnidad inherente a toda afirmación, porque estamos siempre llamados a dar testimonio de la verdad. La persona veraz pone las exigencias de los valores por encima de cualquier deseo subjetivo de su egoísmo o su comodidad. En consecuencia, aborrece todo autoengaño; percibe todo el sentido negativo que hay en la huida cobarde de las exigencias objetivas de los valores; preferiría conocer la verdad más amarga que disfrutar de una felicidad imaginaria; ve con absoluta claridad todo el sinsentido de cualquier escapada a lo irreal, la completa inutilidad y futilidad de este tipo de conducta, la vaciedad y superficialidad de toda falacia.

  Además, la persona veraz tiene una relación “clásica” con el ser, es genuina y auténtica en todas sus actitudes y acciones: no está dispuesta a aparentar, no embellece ni adorna las experiencias que verdaderamente ha tenido, no se retuerce para mirarse a sí misma en lugar de mirar al objeto que le pide una respuesta. Es genuina y honesta, objetiva en el más alto sentido de la palabra; posee la actitud básica de verdadera entrega a los valores; se mantiene libre de orgullo, de manera que no se ve empujado a arrogarse otra posición en el mundo distinta de la que le corresponde. Así, no falsifica el alcance de ninguna experiencia, sino que reconoce el carácter de cada una tal como es en realidad.

  La persona veraz no busca compensación a sus complejos de inferioridad. La relación expresada con las palabras: “la humildad es la verdad”, se puede formular también al revés: “solo la persona humilde es realmente verdadera”

  La fuente de toda inautenticidad y de toda falsedad reside en el deseo orgulloso de ser algo diferente de lo que uno es. Por el contrario, la profunda aceptación del ser, de la verdad, es el fundamento de todo lo genuino y verdadero... 

  Hay varios elementos en el carácter específicamente negativo de la mentira, ejemplo clásico de falsedad. En primer lugar, constituye una rebelión contra la dignidad del ser en cuanto tal, una arrogancia irreverente, un desprecio de la obligación fundamental de conformarnos al ser. Mentir representa un mal uso de la cualidad confiada a nosotros como testigos del ser en la palabra hablada o escrita. En segundo lugar, debemos tener en cuenta el engaño a otra persona que supone toda mentira. Engañar a una persona implica una falta absoluta de respeto; no tomarla en serio; no reconocer el valor inherente a toda persona por su dimensión espiritual; despreciar su dignidad, su derecho fundamental a conocer la verdad; pero, sobre todo, pone al descubierto una profunda falta de caridad y un abuso de la confianza que la otra persona ha puesto en nosotros. Estos elementos están presentes en todo engaño deliberado a otra persona, especialmente en el caso de una falsa afirmación, de una mentira. La comunicación por medio de palabras, en sentido propio, implica una relación explícita “Yo Tú”; hace referencia de manera tan explícita a la confianza de una persona en otra, que la falta de caridad y la traición a otra persona resulta, en este caso, más sorprendente y más significativa que en el caso del engaño por medio de la ambigüedad o de una conducta equivocada.

  Ahora bien, hay casos en los que el engaño en cuanto tal está permitido, o incluso mandado. Por ejemplo, si un criminal nos persigue, es lícito engañarlo, de una manera u otra, acerca de nuestro domicilio. Es obligatorio cuando podemos causar un grave daño, físico o moral, a otra persona si decimos la verdad. En este caso, no es falta de caridad engañar; por el contrario, es una cariñosa amabilidad. Así pues, en algunos casos está permitido engañar a otras personas, y en otros estamos obligados. Pero esto lo podemos hacer solo por medio de nuestra interpretación de una determinada situación, pero no por medio de una mentira.

  La veracidad es, como la reverencia, la fidelidad o la constancia, básica para toda nuestra vida moral. Como las otras virtudes, es portadora de un alto valor y es presupuesto indispensable de toda personalidad para que los genuinos valores morales puedan florecer en su plenitud. Esto es así en todos los ámbitos de la vida: la veracidad es fundamental para una auténtica vida en comunidad, para toda relación interpersonal, para todo amor verdadero, para todo trabajo, para el verdadero conocimiento, para la auto educación y para la relación con Dios. En efecto, es un elemento esencial de la veracidad, en sentido propio, su relación con la Fuente absoluta de todo ser, Dios. En última instancia, toda falsedad significa una negación de Dios, una huida de Él. La educación que no pone énfasis en la autenticidad y en la veracidad está condenada al fracaso.


Alice y Dietrich Von Hildebrand – “Actitudes Morales Fundamentales” Ed. Palabra S.A.


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viernes, 30 de agosto de 2013

LA INTOLERANCIA DOCTRINAL - Cardenal Pie

"Unus Dominus, una fides, unum baptista”
"No hay más que un solo Señor, una sola fe,
un solo bautismo" (San Pablo-Ef. IV,5)

  Un sabio ha dicho que las acciones del hombre son las hijas de su pensamiento, y nosotros mismos hemos comprobado que tanto los bienes como los males de una sociedad son fruto de los principios buenos o malos que ella profesa.

  La verdad en el espíritu y la virtud en el corazón son dos cosas que se corresponden casi puntualmente: cuando el espíritu se ha entregado al demonio de la mentira, el corazón no obstante que el desorden no haya comenzado por él está muy cerca de abandonarse al demonio del vicio. La inteligencia y la voluntad son dos hermanas, entre las cuales la seducción es contagiosa: si ven que la primera se ha abandonado al error, corren un velo sobre la honra de la segunda.

  Y porque esto es así, mis hermanos, porque no existe ningún daño, ninguna lesión en el orden intelectual que no tenga consecuencias funestas en el orden moral y aún en el orden material, es que concedemos importancia a combatir el mal en su origen, a secarlo en su fuente, esto es, en sus ideas.

  Mil prejuicios se han popularizado entre nosotros: el sofisma, asombrado de sentirse atacar, invoca la prescripción; la paradoja se vanagloria de haber adquirido carta de nacionalidad y derechos de ciudadanía. Los mismos cristianos, viviendo en medio de esta atmósfera impura, no han evitado totalmente su contagio: aceptan demasiado fácilmente muchos de los errores. Fatigados de resistir en los puntos esenciales, a menudo cansados de luchar, ceden en otros puntos que les parecen menos importantes, y no advierten nunca a veces porque no quieren percatarse hasta dónde podrán ser llevados por su imprudente debilidad.

  Entre esta confusión de ideas y de falsas opiniones nos toca a nosotros, sacerdotes de la incorruptible verdad, salir al paso y censurar con la acción y la palabra, satisfechos si la rígida inflexibilidad de nuestra enseñanza puede detener el desborde de la mentira, destronar principios erróneos que reinan orgullosamente en las inteligencias, corregir axiomas funestos admitidos ya por la convalidación del tiempo, esclarecer finalmente y purificar una sociedad que amenaza hundirse, que envejece en un caos de tinieblas y de desórdenes, donde no será ya posible distinguir la índole y, menos aún, el remedio de sus males.

  Nuestra época grita: “¡Tolerancia! ¡Tolerancia!" Se admite que un sacerdote debe ser tolerante, que la religión debe ser tolerante. Mis hermanos: en primer lugar, nada iguala a la franqueza, y yo vengo a decirles sin rodeos que no existe en el mundo más que una sola sociedad que posee la verdad, y que esta sociedad debe ser necesariamente intolerante.

  Pero antes de entrar en materia, y para entendernos bien, distingamos las cosas, determinemos el sentido de las palabras y no confundamos nada.

  La tolerancia puede ser o civil o teológica. La primera no es de nuestra incumbencia, y yo me permito sólo una palabra al respecto: si la ley pretende decir que ella autoriza todas las religiones porque ante sus ojos todas ellas son igualmente buenas, o aun hasta porque el poder público es incompetente para tomar partido sobre este tema, la ley es impía y atea; ella profesa, no ya la tolerancia civil tal como vamos a definirla, sino la tolerancia dogmática, y por una neutralidad criminal ella justifica en los individuos la indiferencia religiosa más absoluta.

  Por el contrario, si, aunque reconociendo que una sola religión es buena, ella tolera y permite el libre ejercicio de las otras, la ley en cuestión como otros lo han observado antes que yo puede ser sabia y necesaria, según las circunstancias. Si hay tiempos en que es necesario decir, con el famoso condestable: "Una fe, una ley", habrá otros donde es preciso decir, como Fenelón a los hijos de Jacobo II:"Conceded a todos la tolerancia civil, aunque no aprobando todo como indiferente,sino sufriendo con paciencia lo que Dios sufre".

  Pero dejo de lado este campo erizado de dificultades y, ateniéndome a la cuestión propiamente religiosa y teológica, expondré estos dos principios:

1. La religión que viene del cielo es verdad, y ella es intolerante con las otras doctrinas.
2. La religión que viene del cielo es caridad, y ella está llena de tolerancia hacia las personas.

  Roguemos a María que venga en nuestra ayuda e implore para nosotros el Espíritu de verdad y caridad: Spiritum veritatis et pacis. Ave María.

“Obras Sacerdotales del Cardenal Pie” Ed. Río Reconquista (2006)

“La Iglesia es intolerante en las principios porque cree;
es tolerante en la práctica porque ama.
Los enemigos de la Iglesia son tolerantes en los principios porque no creen
y son intolerantes en la práctica porque no aman”.
Fr. Reginald Garrigou Lagrange O.P.


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jueves, 29 de agosto de 2013

DECAPITACIÓN DE SAN JUAN BAUTISTA - Visiones de Catalina Emmerick

Juan libre dentro del casillo
  Durante algún tiempo, habían permitido a Juan acudir a los alrededores del castillo, y sus discípulos también podían ir y venir como ellos quisiera. Un par de veces él dio un discurso público en el cual Herodes mismo estuvo presente. Habían prometido su liberación si él aprobaba el matrimonio de Herodes, o al menos, que nunca lo condenara de nuevo. Pero Juan lo denunciaba cada vez más enérgicamente. Herodes, sin embargo, pensaba en liberarlo durante su propio cumpleaños, pero su esposa en secreto alimentaba pensamientos muy diferentes. Herodes habría deseado que Juan circulara libremente durante las festividades, y que los invitados pudieran apreciar su indulgencia en el tratamiento del preso.

Juan se encierra en su celda en protesta contra Herodes
Recién se habían iniciado los juegos y el banquete cuando comenzaron el vicio y los disturbios en Maqueronte, entonces Juan por si mismo se encerró en su celda de la prisión y mandó a sus discípulos a que se retiraran de la ciudad. Ellos acataron y se fueron a la región de Hebrón, donde ya muchos estaban reunidos.

Naturaleza de las personalidades de Herodías y Salome
  La hija de Herodías había sido entrenada completamente por su madre, quien la había acompañado desde sus tiempos más tempranos. Ella estaba en la flor de su juventud, con su conducta audaz y su atavío desvergonzado. Por un largo tiempo Herodes la había mirado con ojos lascivos. Esto la madre lo veía con complacencia y elaboró sus proyectos en consecuencia. Herodías misma tenía un aspecto muy sorprendente, muy audaz, y ella usaba toda su habilidad para resaltar sus encantos. Ella ya no era tan joven, y había algo agudo, astuto, y diabólico en su semblante que a los hombres malos les gusta ver. En mí, sin embargo, ella provocaba repugnancia y aversión como la produce la belleza de una serpiente. No puedo encontrar ninguna comparación mejor que esta, ella me recordaba a las diosas paganas antiguas. Ella ocupaba un ala del castillo cerca del magnífico patio, que estaba algo más alta que el pasillo opuesto, donde se celebraría el banquete de cumpleaños. De la galería fuera de sus apartamentos, uno podía mirar abajo, al patio abierto de los pilares.

La danza de Salomé ante Herodes y el espectáculo de la fiesta
  Cuando Herodes encaminó sus pasos hacia el arco de triunfo, él fue recibido por un conjunto de muchachos y muchachas que bailaban, Salomé estaba al medio de ellos. Ella se presentó ante el con una corona, que descansaba sobre un cojín cubierto de brillante ornamentación y cubierta por un velo trasparente, llevada por niños de su cortejo. Estos niños estaban vestidos con prendas delgadas y ajustadas a sus cuerpos y sobre sus hombros llevaban imitaciones de alas. Salomé llevaba un largo traje transparente, abrochado en algunas partes sobre sus muslos con broches destellantes. Sus brazos estaban adornados con cintas de oro, pulseras con perlas, y anillos de diminutas plumas; su cuello y pecho estaban cubiertos con perlas y cadenas brillantes y delicadas. Ella bailó durante un rato ante Herodes; el que, muy deslumbrado y encantado, dio expresión a su admiración, a la que todos sus invitados se adhirieron con entusiasmo. Ella debía, le dijo él, repetir ese placer para él a la mañana siguiente. Y ahora el desfile entró por el pasillo, y el banquete comenzó... Mientras tanto, yo vi a Juan en su celda arrodillado en oración, con los brazos extendidos y sus ojos elevados al cielo. Todo el lugar alrededor de él estaba iluminado por una luz, pero era una luz muy diferente a la que brillaba en el salón de Herodes. Esta última comparada con la primera, parecía como una llama del Infierno. La ciudad entera de Maqueronte estaba iluminada por antorchas y por el fuego, y se reflejaba a lo lejos, en las montañas circundantes.

  …Cuando todos habían comido y el vino había fluido libremente, los invitados solicitaron a Herodes que permitiera a Salomé bailar otra vez, y por esta razón, ellos dejaron suficiente espacio para una pista de baile retirándose hacia las paredes…

  Salome pide a Herodes la cabeza de Juan luego de danzar por segunda vez 
  Salomé apareció con algunos de sus compañeros de baile rodeados de una luz y vestida con un traje trasparente. Su pelo estaba entretejido en parte con perlas y piedras preciosas, mientras la otra parte de sus rizos flotada alrededor de su cabeza. Llevaba una corona y era la figura central del grupo de bailarines. El baile consistía en un movimiento constante de inclinación, una suave oscilación y giro. Todo su cuerpo parecía no tener huesos. Apenas tomaba una posición cuando se deslizaba a otra. Los bailarines portaban coronas y llevaban pañuelos en sus manos, que agitaban suavemente tocándose unos a otros. Todo el movimiento expresaba las pasiones más vergonzosas, y en ello Salomé superaba a todas sus compañeros.

  Yo vi al diablo a su lado doblándose y torciéndose para producir este abominable efecto. Herodes estaba totalmente arrebatado y hechizado por estos movimientos. Al final de uno de los actos, Salomé se presentó ante el trono; mientras los otros bailarines siguieron concentrando la atención de los invitados, y sólo aquellos en la vecindad inmediata del trono oyeran decirle a Herodes a ella: "pídeme lo que quieras y yo te lo daré. Y le juró: Todo lo que me pidas te lo daré, aunque sea la mitad de mi reino "(Mc 6:22-23) Salomé dejó el salón y muy apresuradamente fue al lugar donde se encontraban las mujeres, y consultó a su madre. Ésta le ordenó directamente que ella pidiera la cabeza de Juan sobre una bandeja.

  Salomé volvió apresurada donde Herodes, y le dijo: " quiero que ahora mismo me des como única cosa la cabeza de Juan el Bautista sobre una bandeja” (Mc.6:25) Sólo algunos de los aliados más confidenciales de Herodes oyeron la petición. Herodes miraba como golpeado por una apoplejía, pero Salomé le recordó su juramento. El entonces ordenó a uno de sus guardias a llamar a su verdugo, a quien dio la orden de decapitar a Juan y dar la cabeza, sobre un plato, a Salomé. El verdugo se retiró, y en pocos segundos Salomé lo siguió. Herodes, súbitamente indispuesto, abandonó el salón con sus aliados. Él estaba muy triste. Yo oí a sus seguidores que le decían que él no estaba obligado a conceder tal petición; sin embargo ellos prometieron el mayor secreto, para no interrumpir las festividades. Herodes, sumamente preocupado, siguió caminando como un demente por las habitaciones más remotas de su palacio; pero el banquete siguió sin inconvenientes.

Decapitación y descripción de la muerte de Juan el Bautista
  Juan estaba en oración. El verdugo y sus criados ordenaron a los dos soldados de la guardia de la prisión de Juan a entrar a la celda junto con ellos. Los guardias llevaban antorchas; pero yo vi el espacio alrededor de Juan tan intensamente iluminado que la llama de las antorchas se opacó, como una luz durante la claridad del día.

  Salomé esperaba en la entrada de la enorme e intrincada prisión.

  Con ella estaba una criada quien entregó al verdugo un plato envuelto en un paño rojo. Este último se dirigió a Juan: "Herodes, el Rey, me envía para llevar tu cabeza sobre este plato a su hija Salomé. " Juan le permitió un poco de tiempo para explicarse. Él permaneció arrodillando, e inclinando su cabeza hacia él, le dijo: "Yo sé por qué has venido. Tú eres mi invitado, uno a quien he esperado mucho tiempo. Conozco el arte que tu sabes hacer, tu no quieres hacerlo. Estoy listo." Entonces el giró su cabeza y siguió su oración delante de la piedra del frente, donde siempre se arrodillaba a orar. El verdugo lo decapitó con una máquina que puedo compararla, nada más que con una trampa de zorro. Un anillo de hierro fue puesto sobre sus hombros. Este anillo estaba provisto de dos láminas afiladas, que, con una presión repentina dada por el verdugo, se cerró alrededor de su garganta y en un abrir y cerrar de ojos, separó la cabeza del tronco. Juan aún permanecía de rodillas.

  La cabeza cayó a tierra, y un chorro de tres corrientes de sangre salía del cuerpo rociando a su vez, la cabeza y cuerpo del santo, como si estuviera bautizándose con su propia sangre. El criado del verdugo levantó la cabeza por los cabellos; lo insultaron, y luego lo puso sobre el plato, que su maestro sostenía. Este posteriormente se lo presentó a la expectante Salomé. Ella lo recibió alegremente, a pesar de no poder ocultar su horror secreto y con el afeminado aborrecimiento hacia la sangre y las heridas, que tienen aquellos, que son dados a pecar. Ella llevó la cabeza santa cubierta por un paño rojo sobre el plato. La criada iba delante, llevando una antorcha encendida por los pasos subterráneos. Salomé sostuvo el plato tímidamente alargando sus brazos hacia delante, su cabeza aún cubierta por sus adornos, girada hacia el lado con repugnancia.

  Así ella atravesó los pasillos que conducían hasta una especie de cocina que estaba bajo el castillo de Herodías. Aquí fue encontrada por su madre, quien levantó la cubierta de la cabeza santa, y la cargó con insultos y despóticamente. Luego tomó una daga afilada de la pared, donde había herramientas enganchadas, y con ella perforó la lengua, las mejillas y los ojos de la cabeza. Después de esto, mirando más bien como un demonio, que un ser humano, ella lanzó la cabeza con un puntapié a través de una apertura redonda, hacia abajo por un hoyo por donde expulsada la basura de la cocina.
Entonces aquella mujer infame, junto a su hija, volvió a la juerga ruidosa y malvada del banquete, como si nada hubiese pasado. Yo vi el cuerpo sagrado del santo, cubierto con la piel que él habitualmente llevaba, colocado por los dos soldados sobre un sillón de piedra.

Ocultamiento de la verdad sobre el desaparición de Juan
  Los hombres quedaron muy preocupados de lo que fueron testigos.

  Ellos después fueron liberados de pagar impuestos y encarcelados, ya que no podían revelar lo que ellos sabían del asesinato de Juan.

  Todo lo qué tenía relación con ello, estaba destinado al más riguroso secreto. Los invitados, sin embargo, no pensaron en ningún momento en Juan. Así su muerte permaneció oculta por largo tiempo. Se informó que él había sido puesto en libertad. Las festividades continuaron. En cuanto a Herodes, dejó de tomar parte en ellas, y Herodías comenzó a divertirse. Cinco de aquellos que estaban enterados de la muerte de Juan fueron encerrados en mazmorras; los dos guardias, el verdugo, su criado, y la criada de Salomé quien había mostrado compasión por el santo. Otros guardias fueron puestos en la puerta de la prisión, ellos en turnos, a intervalos regulares fueron substituidos por otros. Uno de los seguidores secretos de Herodes, con regularidad llevaba alimento a la celda de Juan, por consiguiente no se tenía la menor idea de lo que había ocurrido.

 Visto en: www.visionesemmerick.net


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

miércoles, 28 de agosto de 2013

¿Pueden existir varias religiones buenas? (I) - Por el Rev. P. P.A. Hillaire

  Respuesta: NO; pues no puede haber sino una sola religión verdadera. Así como no hay más que un solo Dios, no hay más que una sola verdadera manera de honrarle; y esta religión obliga a todos los hombres que la conocen.

1° Una religión, para ser buena, debe agradar a Dios. Pero como Dios es la verdad, y una religión falsa no podría agradarle, no puede aprobar una religión fundada sobre la mentira y el error.

2° No puede existir más que una sola religión verdadera, pues la religión es el conjunto de nuestros deberes para con Dios, y estos deberes son los mismos para todos los hombres. Y, a la verdad, estos deberes nacen de las relaciones existentes entre la naturaleza de Dios y la naturaleza del hombre. Pero como la naturaleza de Dios es una, y la naturaleza humana es la misma en todos los hombres, es evidente que los deberes tienen que ser los mismos para todos. Por consiguiente, la verdadera religión es una y no puede ser múltiple. Las formas sensibles del culto pueden variar; la esencia del culto, no.

3° Toda religión comprende tres cosas: dogmas que creer, una moral que practicar y un culto que rendir a Dios. Si dos religiones son igualmente verdaderas, tienen el mismo dogma, la misma moral, el mismo culto; y entonces ya no son distintas.

   Si son distintas, no pueden serlo sino por enseñar doctrinas diferentes acerca de una de estas materias y, en este caso, ya no son igualmente verdaderas. Por ejemplo, a esta pregunta: ¿Jesucristo es Dios? – Sí, dice un católico; – puede ser, dice un protestante racionalista: – no, contesta un judío; – es un profeta como Mahoma, añade un turco... Estos cuatro hombres no pueden tener razón a la vez; evidentemente uno solo dice la verdad. Luego las religiones que admiten, aunque sólo sea una sola verdad dogmática diferente, no pueden ser igualmente verdaderas.

  Lo que decimos del dogma, hay que afirmarlo también de la moral: no hay más que una sola moral, puesto que ha de fundarse en la misma naturaleza de Dios y del hombre, que no se mudan. Lo mismo debe decirse del culto, por lo menos en cuanto a sus prácticas esenciales.

  Cuando los protestantes dicen: – Nosotros servimos al mismo Dios que los católicos, luego nuestra religión es tan buena como la suya. – contestamos: – Ciertamente, ustedes sirven al mismo Dios, puesto que no hay más que uno, pero no le sirven de la misma manera, no le sirven de la forma con que quiere ser servido – Ahí está la diferencia... Dios es el Señor, y el hombre debe someterse a su voluntad.

  Los que dicen que todas las religiones son buenas, no ven en la religión más que un homenaje tributado a Dios, y piensan erróneamente que cualquier homenaje le es grato. Olvidan que la religión encierra verdades que creer, deberes que cumplir y un culto que hay que tributar. Y es claro que no pueden existir varias religiones de creencias contradictorias y de prácticas opuestas que sean igualmente verdaderas porque la verdad es una sola, y Dios no puede aprobar el error.

P.A. Hillaire - La Religión Demostrada. Los Fundamentos de la Fe Católica Ante la Razón y la Ciencia. 1900.


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martes, 27 de agosto de 2013

EL RECURSO A LA FUERZA – Por Jean Ousset

…la acción violenta, hasta militar, no se puede considerar ilegítima en sí misma.

  Aparte de las dificultades prudenciales temibles de su empleo, interesa, solamente percatarse bien que para que sea fecunda, rica en resultados duraderos, esta forma de acción precisa de un cuerpo social en un estado de salud suficiente. Porque la violencia, como tal no es curativa. Puede, ciertamente, librar de un parásito nocivo a un cuerpo social (recién amenazado o tocado superficialmente). Pero nunca ha bastado no bastará por sí SOLA para devolver la salud (entiéndase el orden, o mejor aún, la voluntad del verdadero orden) a una comunidad social profundamente contaminada por la Revolución.

  La España de 1936 pudo ser salvada por un golpe de fuerza gracias a que no estaba más que muy superficialmente fuerte. Plena y entera la conciencia de su vocación, de su “ser” histórico.

  Pero cuando, en sus capas profundas, un país ha tomado gusto a las mentiras de que muere, es vano imaginar que se le pueda salvar gracias a un golpe de fuerza, incluso triunfante.

  Es menester más que eso. Lo cual es, por desgracia más largo y más difícil.

  Como ha dicho Blanc de Saint.Bonnet: “¿Qué es lo que se espera restablecer políticamente, si previamente no se ha restablecido, por medio de la educación una idea justa del hombre? Una vez más se multiplicarán las bayonetas para reemplazar a la razón. Pero, ¿qué sucederá si los que hablan con las bayonetas no son razonables? La sociedad se hundirá a pesar de las bayonetas”

  ¡Lo cual no es una condenación de las bayonetas! Quiere decir que la fuerza sola no puede asegurar un éxito completo si no está envuelta, sostenida por una acción más amplia, más específicamente curativa!

  Esta acción solo puede ser obra de una minoría.

  Pues aunque la mayoría de los franceses, en 1789, continuaba siendo católica y monárquica, no por eso dejó de proscribirse la religión y derrocarse la monarquía, por causa de ser amorfa esa mayoría. El jefe, la aristocracia, el clero, el mundo de los salones, los que daban tono, los que dirigían los espíritus, habían sido si no ganados por las nuevas ideas, al menos muy quebrantados por ellas.

  Ahora bien, cuando, por haberlo perdido su elites, una sociedad pierde el sentido de lo que es, de lo que debiera defender, sus propias armas se le caen de las manos. Nadie se bate como es debido cuando no se está seguro de su derecho, o se está realmente demasiado solo  con su idea”.  Y si se combate en esas condiciones ya no es para vencer, es a la desesperada, para defenderse tratando de vender lo más caro posible su piel.

  En otras palabras, si no se ha hecho un determinado trabajo en los espíritus con el fin de ayudar, sostener, prolongar  el combate de las armas, es imposible un éxito pleno, suficiente y duradero. Se acaba perdiendo a las doce y cinco el poder que se había conquistado a las doce en punto. Porque solo le sostiene la fuerza bruta, y así es tan moralmente como psicológicamente imposible a un Poder sostenerse largo tiempo y solamente de esta forma. La misma Revolución, que por principio no tiene ningún escrúpulo en emplear el terror, sabe muy bien que este no puede ser un procedimiento normal de gobierno. Por ellos moviliza todos sus medios de formación para atraerse en su provecho al conjunto de las almas.

  Pero no se puede negar que el reclutamiento es más fácil para una acción violenta. Porque las energías están siempre puestas tan pronto como las pasiones hallan alimento en lo que se les ofrece. Mientras que para trabajar, estudiar, actuar en el silencio y la paciencia, humildemente, penosamente, el número de voluntarios es irrisorio.

  Son innumerables los casos de aquellos que han estado y estarían todavía prestos a dejarse matar por la patria en combates heroicos, pero no que llegan a mover un dedo para defenderla un poco cada día en el plano cívico contra las fuerzas internas de la disgregación.

Lo que le hacía decir a Bonald que “la firmeza que proviene de los principios es más firme que la que proviene del temperamento y del carácter”

JEAN OUSSET – “La Acción” Ed. Del Cruzamente Bs. As. 1979 Pags. 183,184 y 185.


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lunes, 26 de agosto de 2013

El Crimen del Aborto - "Réplica a Mariana Carbajal (Página /12)" - Por Juan Carlos Monedero (h)

A propósito de su artículo “Imágenes de un derecho”,
 donde justifica el aborto en el marco de una muestra en el Palais de Glace 

 http://www.pagina12.com.ar/diario/sociedad/3-226476-2013-08-11.html

“Poder abortar en mi casa, con pastillas,
me hizo sentir totalmente dueña de mí misma.
Una sensación de libertad muy similar
a la que viví cuando decidí ser madre”.

Por Juan Carlos Monedero (h)
 
  Da la casualidad de que las ideas no se sostienen por sí mismas en el aire, ni por sí mismas se difunden: son como flechas y balas que a nadie lastimarían si no hubiese quien las disparase. Es por eso que tanto esta justificación ideológica del aborto  –en manos de Mariana Carbajal, periodista de Página/12– como su correspondiente réplica, cobran un carácter personal. Necesariamente personal: se está metiendo con el más indefenso.

  Se está metiendo con el niño por nacer. Esa criatura frágil –pequeña pero maravillosa– que pretenden borrar. Símbolo de toda pureza, página en blanco de la existencia, pura posibilidad, sólo promesa: hoy estás en peligro de extinción.

  Este peligro no tiene relación con enfermedad alguna. No se trata de una peste o un virus. Es algo mucho peor: el egoísmo de tu propia madre. Un egoísmo que luego se disfraza de razones; que se cubre de eufemismos, que se presenta como arte cuando no es sino una triste parodia del mismo, tal como está ocurriendo en estos momentos en la muestra del Palais de Glace. Un egoísmo que encuentra en el ropaje ideológico feminista su justificación teórica.

  Contra eso, ¿qué antídoto podríamos ofrecer sino el antídoto del amor? Una madre que ama no mata a su hijo. Una madre que ama no se elige a sí misma primero. Una madre que ama no racionaliza la vida que lleva en su vientre. Ama y punto. Y ese amor la lleva, si se deja llevar por la mano del Buen Dios, a consecuencias hermosas y difíciles. ¿Y qué es lo heroico, si no es la unión de lo hermoso y lo difícil?

  Ser madre puede convertirse, hoy en día, en un acto de heroísmo.

  Para afirmar este heroísmo –tanto para ellas como para nosotros mismos– escribimos estas líneas. Queremos apoyar pública, clara y firmemente a todas las mujeres que en cualquier circunstancia llevan adelante, con valentía y audacia, su embarazo. Un apoyo que no debe agotarse en lo retórico sino traducirse en actos concretos.

  Contrario a lo que suele pensarse, los grandes amores exigen grandes repudios. Todo el que ama, repele lo que contraría su amor. Por eso, a la par de manifestar nuestra admiración, apoyo y respeto por las madres que llevan adelante su embarazo, repudiamos enérgicamente todo egoísmo que –bajo cualquier pretexto– pretenda la aniquilación del niño por nacer. Con el mismo énfasis con que afirmamos y queremos lo heroico para las mujeres, deploramos a quienes ofrecen la cobarde salida del aborto.

  La Madre Teresa ha dicho: Si el aborto no está mal, nada está mal. ¡Tenía razón esta santa mujer! ¿Qué código puede quedar en pie si levantamos nuestro puño contra el niño por nacer? ¿Qué ley merece ser respetada si violamos de manera infame ese «santuario» de la vida: el vientre materno?


El artículo de Mariana Carbajal

  Como hemos dicho, hace unas dos semanas el suelto de Mariana Carbajal difundió la noticia de esta muestra en el Palais de Glace, eufemísticamente vinculada al arte. Digamos por lo pronto que se trata de un falso arte: aquí no hay técnica, no hay belleza, no hay nada que maraville la inteligencia ni nada que deleite la sensibilidad en la belleza. Estamos, lisa y llanamente, ante la promoción de un homicidio; la puesta en escena de una impostura. Han orquestado un sistema, una maquinaria de reblandecimiento mental. Lo prueba las transcripciones de Carbajal, muestrario de conciencias anestesiadas:

“Nunca sentí que mataba a un bebé, más bien, fue un gesto de independencia”.

“Yo cuando me hacía el aborto era porque yo me quería sacar eso…”.

“Nunca me arrepentí”.


  Se está justificando un homicidio agravado por el vínculo. Ese vínculo es la maternidad y ese homicidio es el aborto. Justificación disfrazada con palabras elegantes, vistosos argumentos pero que –por la Gracia de Dios– no ha llegado a confundirnos.

  Mariana Carbajal habla de interrupción del embarazo. “El aborto interrumpe”, dice. ¡Falso! El aborto no interrumpe, el aborto destruye. Lo que se interrumpe puede volver a recomenzar. Cuando se interrumpe algo, queda suspendido pero con la posibilidad de continuar más adelante. Nada de esto pasa en el aborto: la vida que destruimos no es recuperable. No hay vuelta de hoja. Sin embargo, verán cómo se repite esta palabrita en su artículo.

  Mariana Carbajal habla de derechos: “el derecho al aborto”. ¿Cómo puede ser un derecho acabar con la vida de tu propio hijo, única e irrepetible? Por eso es que no se trata de limitarlo o extenderlo: se trata de que el aborto no es un derecho. En ningún sentido.

  Mariana Carbajal habla de libertad: “La primera foto que llama la atención es la de una espalda desnuda con la palabra ‘libertad’”, nos dice. La desdichada Camila Sánchez, coordinadora de este “taller”, cree poder engañarnos –y engañarse– diciendo: “Elegí esa palabra porque quería reafirmar que una tiene que ser libre para poder ser dueña de decidir sobre su cuerpo”.

  Enmudezcamos a esta mujer: ¿Tu cuerpo? ¿No te das cuenta que no es tuyo? ¿Y no te das cuenta, Camila, de que –aunque fuese tuyo, que no lo es– tampoco tendrías derecho a hacer lo que quieras? Si fuese así, tendrías derecho a suicidarte. Pero si no tenés derecho a eliminar tu propia vida, ¿cómo vas a tener derecho a eliminar la de tu hijo? ¿No te das cuenta, Camila, que tenés una concepción capitalista del cuerpo? ¿Cómo no advertís que tu planteo no es otra cosa que la cobertura del egoísmo? ¿Y cómo puede hacernos libres el egoísmo, que nos vuelve ciegos para con los demás? ¿Cómo seremos libres si no amamos ni siquiera a ese pequeño ser –hueso de mis huesos, carne de mi carne–, independientemente de cómo haya venido a la existencia? ¿Se puede ser libre, estando ciego por el odio?

  Mariana Carbajal habla de 12 semanas. “Hasta las doce semanas, el aborto es una alternativa”, nos quieren hacer creer. ¿Cómo una cosa puede ser una alternativa y, al minuto siguiente, un asesinato? 12 semanas son 3 meses. 3 meses son 90 días. ¿Lleva durante 90 días la mujer algo distinto, acaso, a lo que lleva 60 segundos después?

  Mariana Carbajal habla de aborto quirúrgico, de medicamentos, de médicos, de pastillas, de servicios de salud, de clínicas, de hospitales, de guardias de hospital, etc. Todas palabras vinculadas a la ciencia médica. Pero cuidado: su utilización pretende hacernos creer que cuando hablamos de aborto, hablamos de una práctica relacionada con la salud o con la enfermedad. Totalmente falso: ni el embarazo ni el niño por nacer son una enfermedad. ¿Cómo pueden correr las palabras terapia o cirugía, cuando hay una persona en juego? Estamos hablando de vida, ¡no de un virus!

  Digámoslo con todas las letras: el aborto NO ES una práctica médica. El aborto es una práctica que realizan algunos médicos. Y no todos. Lo cual es muy distinto. ¿Y qué médicos la realizan? Aquellos que violan su juramento. Como los desdichados Germán Cardoso y Gabriela Lucchetti –cirujano y médica respectivamente–, quienes se prestaron para el circo del aborto en el artículo de Página/12. El médico está para proteger la vida, no para destruirla.

  El colmo del engaño de Mariana Carbajal está hacia el final de su artículo. Es ahí donde presenta su afirmación más tramposa y, por lo mismo, más repugnante. Una de estas desdichadas mujeres presta su voz para que Babel hable en ella. Y entonces Babel vomita lo que sigue:

“Supe que nuevamente estaba embarazada, el día siguiente a que mi hija cumpliera 10 años. Yo tenía en aquel momento 33 años y dos hijos. Poder abortar en mi casa, con pastillas, me hizo sentir totalmente dueña de mí misma. Una sensación de libertad muy similar a la que viví cuando decidí ser madre”.

  Este es, exactamente, el núcleo del error. Pretenden hacernos creer que abortar es una decisión equivalente a continuar el embarazo. Pretenden hacernos creer que ser madre de un hijo vivo es lo mismo que ser madre de un hijo muerto. ¡Pretenden igualar lo desigual, el amor con el odio, el sacrificio con el egoísmo! Apenas puede concebirse semejante violencia mental sin que nuestras entrañas mismas se vean conmovidas.

  A todas estas mentiras y falsos argumentos –y a las que pudiesen venir– opongámosle la palabra. La palabra veraz, una palabra que –si la embebemos en el cántaro de la Verdad– se convertirá en luz. Tal palabra, capaz de irradiar, es vida: vida de la inteligencia y vida del espíritu. La palabra del engaño –por el contrario– sólo nos lleva a la putrefacción y a la muerte.

  Si callamos, pecaremos por cobardía: el silencio es contra el Verbo, decía el Padre Julio Meinvielle. No subestimemos el poder de la palabra ni la capacidad de afirmar: aunque sea una afirmación en soledad, un grito sin eco, cada verdad que afirmemos hace retroceder al reino de la mentira. La palabra veraz es como un hechizo. Es un conjuro. Y cuando el hombre la afirma, los demonios huyen. Es la hora de la palabra y es la hora de la Verdad.

  No es hombre quien no ama la verdad. Y amar la verdad es amarla sobre todas las cosas, porque sabemos que la verdad es Dios mismo.

  Volvamos entonces a nuestras ocupaciones con esa divisa: afirmar la Verdad. La verdad sobre la vida, el amor, el niño por nacer, el aborto. Afirmar estas verdades para que las mentiras retrocedan. Y así, respirar el aire puro y limpio que nos da esa libertad en la verdad, propia de los hijos de Dios. Que Nuestra Santa Madre, que cobijó en su seno al Niño Dios, nos acompañe en esta empresa.


Lunes 26 de agosto de 2013

Nacionalismo Católico San Juan Bautista


domingo, 25 de agosto de 2013

viernes, 23 de agosto de 2013

CUANDO EL BÁCULO GOLPEA SÓLO A LOS BUENOS - Por Flavio Infante

  De tal manera ha cundido la acción deletérea en el seno de la Iglesia y tantas posiciones ha conquistado, que ya parece haberse instaurado en las sombras, para la defensa de las herejías y los escándalos, un mismísimo Tribunal de la Profana Inquisición. Instrumento tan eficaz que acaba por obrar una (digamos) contra-fagocitosis, asociando a las células malignas para neutralizar al más pronto todo indicio de reacción salutífera en el organismo.

  No descubrimos la pólvora con esto sino que cantamos el enésimo e inacallable treno: comprobado el avance fiero de las aguas -aquellas que lanza de su boca la Serpiente para ahogar a la Mujer «que huye al desierto»- no queda menos que clamar, siquiera borbotando. Inacallable el lamento, sí, como en el poema que Bécquer dedicara a Garcilaso, el «ahogado del Tajo»:

no, ni polvo ni tierra;
inacallable metal líquido eres.
Un flujo de campanas de bronce turbio y trémulo,
un galope de espadas de acero circulante jamás enmohecido,
te preservan del polvo

porque aun en las entrañas de las aguas hay la voz que toma a su cargo recordar la dignidad de la Verdad escamoteada. Y eso ocurre hoy literalmente en la Iglesia cuando se predica y se vive la doctrina de siempre, pese a la oposición enconada de tanta Jerarquía apóstata. Convenimos en que no es nuevo el sufrimiento de los santos a manos de sus superiores incomprensivos o maliciosos: piénsese, para traer apenas un par de ejemplos, en la prisión de san Juan de la Cruz o en los vejámenes de que fue objeto san José de Calasanz en su vejez de parte de aquellos que usurparon la jefatura de la orden por él mismo fundada. Lo novedoso hoy es la extensión que ha cobrado la aversión a la santidad, la obstinación con la que infaltablemente se persigue toda genuina resistencia católica a la degradación de la fe y la disciplina, aquí y allá y aún más lejos.

  El caso de los franciscanos de la Inmaculada ha pasado a ser lo bastante elocuente a la hora de ilustrar este estado de cosas. Hartos de oír que «no importa quién le dé de comer a un niño hambriento, si un católico, un judío o un muslim», asqueados de tanta agachada ecuménica y tanta almibarada lisonja a nuestros cainitas «hermanos» de la medialuna, cedamos la última palabra a alguien que puede hablar con perfecto conocimiento de causa de las peripecias de los frailes, perseguidos en África por los musulmanes y rematados en Roma por la Curia nunca reformada. Se trata del padre de una joven de dieciocho años de nombre Clara, recién regresada de una misión transcurrida en Nigeria por el término de un mes con las monjas de la orden. Así se expide Alessandro Gnocchi en Corrispondenza Romana:

  La misión nigeriana, como debieran saber todos aquellos que hablan de este instituto, está en riesgo cotidiano de martirio. Allí hay hijos e hijas del padre Manelli [nota: Stefano, el fundador] que cada día arriesgan la vida en nombre de Jesucristo y, justamente por esto, prospera una de las empresas espirituales más florecientes del instituto: cuarenta aspirantes varones y treinta aspirantes mujeres en un país de mayoría musulmana, donde las sectas protestantes hacen todo lo posible por destruir cuanto construyen los católicos, donde arrecian las iglesias más impensadas, donde los paganos que consuman sus sacrificios humanos poco lejos de los conventos dejan los restos de las víctimas por las calles en honor de sus demonios, donde en las jornadas de ritos caníbales las mujeres no pueden salir de casa bajo pena de muerte. Es el mundo de "Apokalypto" antes de la llegada de los españoles.

  Las hermanas no pueden salir nunca solas y, en ciertas ocasiones, arriesgan la vida con sólo mostrarse. Y sin embargo, como los frailes, continúan llevando a Cristo allí donde no está y a quien no lo conoce. Junto a los frailes procuran bautismos, la administración de los sacramentos, la celebración de Misas: arrancan literalmente almas y cuerpos al demonio. Luego de cada nueva conversión regresan frecuentemente donde los nuevos cristianos para evitar que su fe se entorpezca y caiga de nuevo presa de las falsas religiones y, con ellas, de la desesperación. Apenas descendida del avión, Clara ha sido llevada al leprosario para rezar el Rosario de rodillas delante del lecho de una enferma que estaba muriéndose, porque a las almas se las custodia a fondo y no basta con llenar las panzas.

  La oración ha sido el hilo de oro que marcó la vida de mi hija por todo el mes: el mismo que marca por años la vida de la misión, porque es éste aquel que marca la vida de las monjas y los frailes franciscanos de la Inmaculada. Después, recién después, viene la asistencia material, allí, en el mundo de "Apokalypto" en el que, no obstante todo, las monjas y frailes vestidos de azul son otras tantas notas de alegría. «De noche -me contó Clara- me venían ganas de llorar por lo que veía de día. Había visto el infierno mientras yo me sentía en el paraíso. No es la pobreza y no es la miseria las que hacen llorar, sino la desesperación de un mundo sin Cristo. De día sentía las voces de los muezzin, de noche los tam tam de los ritos paganos, y comprobé con la mano que el demonio existe de veras, probé en mi propia piel que la religión verdadera es una sola y es la nuestra. El escudo más poderoso contra la presencia del demonio era el canto gregoriano de los frailes y las monjas, el Rosario recitado continuamente, las vigilias y las Misas celebradas como gusta al Señor.»

  «Clara, si queremos que nuestra misión se vuelva aún más floreciente -le dijo una monja a mi hija poco antes que ésta partiese- es menester que alguna de nosotras muera y ofrezca su vida, porque no hay nada más fecundo que la sangre ofrecida por Jesús. Los frailes ya murieron, ahora nos toca a nosotras». Son pobres, pequeños hechos, pequeños frutos desparramados en el África profunda, que no obstante muestran de qué pasta son las raíces del árbol plantado en el firme terreno de la fe católica por el padre Manelli en 1970.

  La impronta de aquellas monjas y de aquellos frailes que aceptan el martirio para hacer florecer la vida cristiana es la suya. Desde hace años, este hombre vive en el sufrimiento como su padre espiritual san Pío de Pietrelcina. Hace un tiempo, cuando los médicos no sabían qué hacer para curarlo del mal que lo atormentaba, un sacerdote que lo conoce bien me dijo: «los doctores están intentando de todo, pero no alcanzan a hacer nada porque no entienden que este hombre está ofreciendo sus sufrimientos por el bien de la Iglesia. Ha elegido llevar en su cuerpo las llagas del Cuerpo Místico». No hace falta teologizar demasiado: basta con estar cinco minutos delante del padre Stefano para entender qué tan íntimo le resulta el sufrimiento, cuánto lo desee aun temiéndolo, y cuánto ofrezca los beneficios y bendiciones que a él descienden.

  Hace dos años me encontré con él en el santuario del Zuccarello de Nembro, cerca de Bergamo, para la Misa en memoria de su mamá. Estaba sentado en la sacristía, encorvado sobre la silla, con dificultades incluso para atender a quien lo saludaba. «¿Cómo está, padre Stefano?». Estiró los brazos cuanto pudo y susurró: «se está así, en la Cruz». Con Mario Palmaro acababa yo de escribir un libro sobre el padre Pío, pero fue delante de ese hijo espiritual suyo que probé finalmente una brizna de verdadera compasión por el sufrimiento que había descrito indignamente con las palabras.

  Hace tres meses volví a verlo, poco antes que explotase la bomba del comisariado. Estaba inquieto, pero más por la suerte de la Iglesia que por la de su fundación. «A esta altura sólo puede salvarnos el triunfo del Corazón Inmaculado de María. Estamos en el tiempo que el padre Pío llamaba de las cuatro T: todo tinieblas (tutte tenebre)». «¿Y qué podemos hacer, padre?». «Hace falta prepararse, orar y continuar la batalla. Y luego -agregó con su sonrisa un poco de viejo y un poco de niño- quedan las cuatro T de la luz: todos franciscanos de la Inmaculada (tutti francescani dell´Immacolata).»
Nos hallábamos en Sassoferrato, en el seminario de la orden. Una construcción enorme vaciada de vocaciones por los frailes menores y vuelta a llenar por los franciscanos de la Inmaculada. Un edificio en el que estos frailes saludan a quien sea con el espléndido «Ave María» y viven codo a codo con la Señora Pobreza. En sus casas la pobreza es la verdadera, no la exhibida al objetivo del fotógrafo ni aquella predicada a los demás. Se la practica en uno mismo y, literalmente, se la respira apenas se atraviesa el umbral de cualquiera de sus conventos. No en las Iglesias, porque allí debe residir toda la esplendidez posible para el Señor, según quería el padre Francisco [de Asís]. Pero en sus casas puede vivir solamente aquel que decide y acepta ser verdaderamente pobre.


  La renuncia a todo, pero de verdad a todo cuanto el mundo pueda ofrecer de apenas confortable, atenacea la garganta: te sofoca o te santifica. «Si hubiera querido cuidarme las uñas y contar con agua caliente todos los días -explicó una monja de veintidós años a mi esposa- me hubiese quedado en mi casa». En un mes de misión, mi hija Clara no se miró nunca al espejo: sólo contaba con uno pequeñísimo para controlar si se había pescado las pulgas. El único espejo consentido a las hermanas franciscanas de la Inmaculada es el cuadro de la Virgen. Quien busca la oleografía y lo pintoresco y piensa en los conventos del turismo espiritual que hoy están de moda, evite cuidadosamente las casas y conventos de los franciscanos de la Inmaculada. Confundiría con incuria y abandono la santa indiferencia que estos frailes y estas monjas nutren hacia las cosas del mundo.

 Visto en: http://in-exspectatione.blogspot.com.ar/

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