San Juan Bautista

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martes, 31 de diciembre de 2013

Scalfarii Gaudium - Por Fray Gerundio

  A punto de terminar el año, para que no quede ninguna duda acerca de la tremenda crisis que padecemos y al mismo tiempo nos vayamos preparando para las nuevas demoliciones programadas para el año entrante, el ateo Scalfari nos ha regalado una nueva Exhortación Ateo-Apostólica, que viene a completar la del Papa Francisco. En realidad, más que a completarla, viene a interpretarla según la hermenéutica del ateísmo que es muy parecida a la de la continuidad (de la que, por cierto, ya no habla nadie). He de reconocer que esta interpretación es la que más se acerca a la realidad, pues observo una íntima sintonía con las palabras del documento pontificio. No es extraño, viniendo de este periférico ateoescéptico, elegido hace unos meses para dialogar sobre esos temas, en un ambiente de cordial amistad y complicidad. Ya tuve que escribir entonces en esta misma columna el impacto que para Scalfari representó la formulación de la frase Dios no es católico. Era conveniente hacer esta entrevista, dados los méritos de este periodista que ha machacado sistemáticamente a la Iglesia Católica y a los católicos italianos en los últimos decenios.

  Ciertamente, Scalfari no tiene que hacer los requiebros y malabarismos que han hecho todos los medios católicos con la Evangelii Gaudium. El enfrentamiento con el disparate teológico-pastoral, se ha solucionado en dichas publicaciones filo-pánfilas, con las elaboradas técnicas del no-quiso-decir-lo-que-dijo y las del aquí-no-pasa-nada o el por-fin-se-entiende-una-exhortación-papal. Técnicas todas tan burdas, como encaramadas en la mentira voluntaria. Así que por fin –y gracias a un declarado ateo-, creo que podemos apreciar mejor esta obra maestra de los Documentos Pontificios.

  La base de la Scalfarii Gaudium (se puede ver traducida al español, aquí), se fundamenta en que por fin, el Papa ha abolido el pecado, después de tantos años de reformas que no llegaron al núcleo fundamental. Scalfari hace un recorrido histórico-bíblico para ilustrarnos sobre lo que era el Dios del Antiguo Testamento, lo que fue Jesús de Nazareth, y lo que luego ha hecho la Iglesia con la figura de este tipo tan humanamente maravilloso. No entiendo por qué les ha dado ahora a los ateos y enemigos tradicionales de la Iglesia esta manía por Jesús de Nazareth y por adoctrinar a los católicos sobre su verdadera doctrina y personalidad, pero lo cierto es que las palabras del papa adquieren especial resonancia entre estos ateos, emocionadamente embobados con el Pontífice y dándose codazos por nombrarle hombre del año. El último nombramiento –por cierto–, viene nada menos que desde el periódico El País. No digo más, porque es el que mis novicios llevan siempre bajo el brazo.


  Pero no hay que preocuparse. Lengua de Serpiente Lombardi ha salido al paso, diciendo que hay que seguir dialogando, porque Scalfari no ha acabado de entender el tema: El Papa ha hablado y sigue hablando mucho del pecado, porque si no, no podría hablar de la misericordia.

  Estaba yo en mi celda escuchando estas palabras, cuando ví con claridad que ésta es precisamente la clave de la cuestión. Solamente se habla del pecado para hablar de la misericordia. Pero el pecado está ahí. No se habla del aborto, no se habla del divorcio, no se habla de la homosexualidad… sino para hablar de la misericordia que hay que tener con todos estos. No se habla del pecado como grave ofensa a Dios (hasta ahora no lo he escuchado nunca en estos nueve meses), y solamente he oído hablar de ofensa a Dios cuando se maltrata la naturaleza, cuando no se acoge a los inmigrantes o cuando se deja que maten a los niños de la guerra (aunque a los muertos por el aborto se les deje de lado, y no se diga una palabra sobre ello). Me parece que esto de la misericordia es otro gran negocio, que da mucho de sí y que como el gran negocio de la humildad,  explota muy bien los sentimientos de los oyentes, aunque por otra parte se les esté negando la verdadera doctrina. Es mucho más bonito hablar de la misericordia que hablar del pecado y de la responsabilidad personal. El Señor llego a decirle a Pilato sobre los judíos: Si no les hubiera hablado, no tendrían pecado, pero porque he hablado por eso mismo ya no tienen excusa de su pecado (Jn. 15, 22). Claro que Jesús de Nazareth no había leído los dos últimos documentos Gaudii.

  Así que mira por dónde, y en medio de una cantidad disparatada de disparates, Scalfari parece que tiene razón. El pecado fue abolido del lenguaje de la Iglesia hace cuarenta años en cuanto a gestos y costumbres (la principal de ellas quitar los confesonarios de las iglesias y conseguir una casi total unanimidad entre los sacerdotes de que no hace falta confesar). Pero ahora, en esta nueva y feliz etapa, el pecado también ha sido abolido con palabras oficiales. Máxime si todo ello va adornado con una consideración pontificia muy peculiar sobre la conciencia libre.


  No quiero ponerme triste en este final de año. Tampoco quiero celebrar con jolgorio el comienzo del próximo. Creo que habría que encerrarse a orar, porque mucho me temo que va a ser de cuidado. Si estos nueve meses han sido infernales, no sé lo que pueda ocurrir en el futuro. Y luego dicen que los expertos vaticanistas auguran nuevos cambios fundamentales en la Iglesia para el 2014. ¡¡Se deben haber tenido que tomar unas cuantas píldoras para el dolor de cabeza, después de tamaña conclusión!!

  Yo considero que los expertos vaticanistas no saben por dónde van los tiros. Mientras los ateos y enemigos de la Iglesia alaban al Papa (porque saben muy bien por dónde van los tiros), y los pánfilo-católicos hacen palmas y echan globitos focolares y encienden velas judeo-catecumenales, (porque no quieren ver por dónde van los tiros o porque les gustan los tiros así), los pobres tradicionalistas periféricos y neopelagianos se echan las manos a la cabeza. Veremos quién tiene razón dentro de no mucho tiempo.

  Mientras tanto, voy a decirle a mi Provincial que escriba a Roma para proponer a Scalfari como integrante del Grupo de los 8 Cardenales, y que de paso se le conceda en febrero un capelo cardenalicio. Seguro que le agradará recibirlo. Sería una verdadera muestra de amor al diálogo con otros creyentes y no creyentes. Se lo merece, porque ha sabido interpretar la Evangelii Gaudium mejor que todos los Cardenales de la Santa Iglesia.


Gracias a Maite C por acercarnos el artículo


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 29 de diciembre de 2013

MAGISTERIO MORTAL – Por Flavio Infante

  Hay un entretenimiento (sin dudas cruel) al que se aplican nuestros paisanos en estas tórridas y húmedas noches del verano austral, y consiste en arrojar las colillas encendidas de los cigarrillos a los sapos que se concitan a la caza de bichos bajo el farol de la vereda, a la entrada del boliche. Se trata de una especie de cacería pasiva, en la que más cuenta la ingenuidad de la víctima que la destreza del cazador. El sapo, en efecto, persuadido tal vez de hallarse ante luciérnaga, engulle agradecido lo que pronto será su perdición.


  Algo así ocurre con la feligresía entusiasta que sorbe las perlas de doctrina que Francisco le lanza con notorio cálculo y diseño. Y no se tenga lo de sapos por alegoría remota, inapropiada: si algo ha logrado tanta anfibología diseminada en el magisterio post-conciliar es crear anfibios, esto es, seres cuyo elemento vital es doble, seres -digamos- de tierra y agua a la vez. Es lo que cabalmente ocurrió: si, en virtud del desenvolvimiento arrollador de ese proceso llamado "secularización" parecía correrse el albur de que un abismo infranqueable se abriera entre Iglesia y mundo, no faltaron operarios solícitos que se ocuparon en llenar el hueco, prohijando a una generación de neo-cristianos de doble morada, bilingües, ambidextros. Averroes tuvo así sus personeros en la ya secular puja contra el tomismo, y el zigzagueo y el bamboleo vinieron a ser el modo correcto de andar. En esa constante marcha pendular y simultánea entre Evangelio y siglo, con un pie aquí y el otro allá (tan propio de órdenes surgidas en este especial contexto de época, como el Opus Dei), con tan rendida concesión a las tesis del "doble principio" derivantes en un improbable "doble servicio" (nemo potest duobus dominis servire, Mt 6, 24), el equilibrio psíquico ha venido a menudo a menos, y el Evangelio -al que se termina prestando una adhesión meramente emocional, sin soporte en la inteligencia- mudó en fraseología sin sustancia.

  Sólo la astucia del demonio podía valerse de asociar dos cosas tan contrapuestas como la atávica devoción al Pontífice (reforzada en el último siglo y medio por la proclamación solemne del dogma de la infalibilidad) y el culto de la personalidad, tal como ha sido éste explotado por el star system. Aprovechando lo que ambas tienen de análogo, de coincidencia si apenas tangencial y aparente, se alcanzó una colusión genial que no excluye el "factor sorpresa", con el resultado visible de la adhesión histérica de las masas al Papa en la más completa abstracción del contenido concreto de su enseñanza. El «caso Francisco», precedido por una escalada de "popularidad" que afectó a los dos pontificados precedentes (con las JMJ, la cobertura mediática de los más nimios asuntos del Papa, el cotillón alusivo y, finalmente, el twitter) acaba por significar, no sin ironía, la demolición del papado por las vías más imprevistas, justo cuando la figura pública del Papa alcanza la cresta de la ola de la popularidad.

  La demolición del papado por vía, de todas, la menos sospechada: a instancias del mismísimo Papa. Que, apenas elegido, emprendió una tenaz guerra de nervios contra todo aquel que, conservándose católico, aún tenga «oídos para oír» el menoscabo de la doctrina, y ojos para horrorizarse ante la ruina abrupta de todos los símbolos denotativos de esa Monarquía de raigambre celestial a la que la persona del Papa debería servir, y de la que no le es lícito servirse. Que no deja pasar la ocasión (sean discursos, homilías o entrevistas gustosamente concedidas) para introducir una o varias locuciones de esas sobre las que, antaño, hubiese pesado anatema: cuando no por heréticas, al menos por «temerarias, escandalosas, ofensivas a los oídos píos». ¡Y prorrumpen de los labios mismos del pontífice!

Hasta los guardias suizos guardaron una mayor compostura
     que el Papa durante la bendición Urbi et Orbi

  Mundo al revés en el que vinimos a parar, éste es el balance sucinto que nos deja este año, ya que se acostumbra para estas fechas hacer los balances. Año que, a poco comenzar, nos deparó la bomba de la renuncia de Benedicto, a la que el todavía cardenal Bergoglio saludó como a «gesto revolucionario» y que el canadiense cardenal Ouellet (¡y éste es uno de los que se tenían por más potables entre los papables!) acaba de calificar como «la novedad más grande en la historia de la Iglesia» (sic!), que nos obliga a «estar muy agradecidos al papa Benedicto XVI por haber abierto este horizonte y por hacer posible esta novedad del papa Francisco».

  Año que, para concluir, a la zaga del magisterio demasiado ordinario -quasi stridor horribilis- del jesuita entronizado, nos ofrece con ocasión de la Navidad un discurso de lo más insulso que haya salido de un sucesor de Pedro, un centón de alusiones al deseo de paz entre las naciones (con especial referencia a Siria, República Centroafricana, Sudán, Palestina, Irak, Congo, Nigeria, Cuerno de África) y al drama de las emigraciones, la trata de personas, los desastres naturales, etc., dejando apenas lugar para alguna que otra arrastrada mención -y flaca de toda consideración que toque al Misterio- al Nacimiento de Cristo. Lo mismo se diga del discurso inspirado por la evocación de los Santos Inocentes: «no es posible que todavía haya injusticias como las que sucedían hace 2000 años (...) Hay que respetar las vidas, y más las de los niños (...) Tenemos que hacer un mundo como el que nos dijo Jesús que hiciéramos», logorrea cuyo estribillo versó sobre los niños muertos en conflictos bélicos, omitiendo cuidadosamente toda alusión a los niños masacrados por las prácticas abortivas. Ya lo dijo Francisco alguna vez: no creo necesario insistir sobre ciertos temas.

  Bien lo anticipó el padre Julio Meinvielle al tratar del mysterium iniquitatis de que se habla en II Thess. 2, 7: «el misterio de iniquidad consiste precisamente en que el "Aparato publicitado de la Iglesia" que debía servir para llevar las almas a Jesucristo, sirve en cambio para perderlas y esclavizarlas al demonio. Aquí está el "misterio de perversidad": que la sal se corrompa y deje de salar (Mt 5, 13)». Es el trueque del contenido sobrenatural y revelado de la fe por otro de carácter estrechamente naturalista, tal como desde hace más de cien años lo viene preconizando el modernismo. Vale decir: puchos encendidos para los sapos.



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viernes, 27 de diciembre de 2013

Ni se respeta ni nos respeta – Por Terzio (Ex Orbe)


Sigue igual, no mejora. Desprecia y no respeta al Papa (que es él) y nos desprecia y no nos respeta a nosotros (que somos nosotros, los papistas).

El Papa no es un invento del pre-concilio. El Papa es la cabeza visible de la Iglesia, Vicario de Cristo. El Papa no es un atavismo pesadamente heredado. Entonces ¿por qué el Papa se encuentra incómodo con el Papa? Perdón, repito, concretando, la pregunta: ¿Por qué este Papa se encuentra incómodo siendo el Papa? ¿Acaso no comprende, no distingue, no asume, no asimila?

¿Qué tiene en contra de ser el Papa como debe ser?

¿Le traumatiza, quizá, añadir al Francisco las dos PP? ¿Eso le resulta molesto, enojoso? ¿Por qué?

En la tarjeta de felicitación de Navidad ha firmado un escueto 'Franciscus', solamente. Lo paradójico es que así, con esa fórmula, se firmaban y todavía se firman los reyes, los monarcas. ¿Acaso no se da cuenta de que, además de faltarse el respeto como Papa, trasluce un perfil muy poco humilde? Un perfil muy poco humilde si es que pretende 'humildear' con su firma.

  

Si no lo percibe, malo. Si lo hace conscientemente, muy malo.

E igualmente con la bendición Urbi et Orbi del día de Navidad, su primera Navidad siendo Papa. Velit nolit, el marco es impresionante, porque el balcón central de la fachada de San Pedro engrandece al más chico, velis nolis. ¿Por qué entonces repetir el desaire del 13 de Marzo (¡ay!) cuando alardeó ante todo el mundo de humildad no actuando con humildad.

Las rúbricas litúrgicas y ceremoniales son pautas de humildad: Que el sacerdote no olvide que está obligado, que no se considere dueño de lo que celebra sino servidor del Misterio, del Santuario y de sus Misterios, de la Iglesia y de sus ritos, los ritos mayores y los pequeños ritos. No respetar las rúbricas, despreciar los ritos, pasar de lo prescrito, pisar y pasar por encima de lo acostumbrado, es engallarse, empinar la cresta como el gallo y desentonar cantando un kikirikí indiscreto, importuno, molesto, desafiante, orgulloso, vanidoso.

¿A quién desafía? ¿Al pobre monseñor Guido Marini? ¿A los ceremonieros? ¿A la Curia Vaticana?...¿A su predecesor Benedicto, quizá? ¿A todos los Papas que le han precedido?

Y ¿a quién contenta? ¿A la prensa, a los des-católicos, a los periféricos?

Las fotos de Franciscus PP sin muceta y sin estolón no son humildes. La estola barata puesta ad casum, al punto de la bendición, como si fuera alérgico al roce de los ornamentos papales, resulta patético. La bendición sin solemnidad gestual, con descuidada pronunciación, con la mano desganada y el trazo de la triple cruz, minimalista, deslavazado, poco definido, de pena.

Eso no es `humildear'.

Si no se da cuenta, malo. Si lo hace queriendo, muy malo.

+T.



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miércoles, 25 de diciembre de 2013

Visiones del Nacimiento de Jesús – Por Ana Catalina Emmerick


  He visto que la luz que envolvía a la Virgen se hacía cada vez más deslumbrante, de modo que la luz de las lámparas encendidas por José no eran ya visibles. María, con su amplio vestido desceñido, estaba arrodillada en su lecho, con la cara vuelta hacia el Oriente. Llegada la medianoche la vi arrebatada en éxtasis, suspendida en el aire, a cierta altura de la tierra. Tenía las manos cruzadas sobre el pecho. El resplandor en torno de ella crecía por momentos. Toda la naturaleza parecía sentir una emoción de júbilo, hasta los seres inanimados. La roca de que estaban formados el suelo y el atrio parecía palpitar bajo la luz intensa que los envolvía. Luego ya no vi más la bóveda. Una estela luminosa, que aumentaba sin cesar en claridad, iba desde María hasta lo más alto de los cielos. Allá arriba había un movimiento maravilloso de glorias celestiales, que se acercaban a la tierra, y aparecieron con toda claridad seis coros de ángeles celestiales. La Virgen Santísima, levantada de la tierra en medio del éxtasis, oraba y bajaba las miradas sobre su Dios, de quien se había convertido en Madre. El Verbo eterno, débil Niño, estaba acostado en el suelo delante de María.

  Vi a nuestro Señor bajo la forma de un pequeño Niño todo luminoso, cuyo brillo eclipsaba el resplandor circundante, acostado sobre una alfombrita ante las rodillas de María. Me parecía muy pequeñito y que iba creciendo ante mis miradas; pero todo esto era la irradiación de una luz tan potente y deslumbradora que no puedo explicar cómo pude mirarla.

  La Virgen permaneció algún tiempo en éxtasis; luego cubrió al Niño con un paño, sin tocarlo y sin tomarlo aún en sus brazos. Poco tiempo después vi al Niño que se movía, y lo oí llorar. En ese momento fue cuando María pareció volver en sí misma, y, tomando al Niño, lo envolvió en el paño con que lo había cubierto, y lo tuvo en sus brazos, estrechándolo contra su pecho. Se sentó, ocultándose toda ella con el Niño bajo su amplio velo, y creo que le dio el pecho.

  Vi entonces en torno a los ángeles, en forma humana, hincándose delante del Niño recién nacido, para adorarlo.

  Cuando habría transcurrido una hora desde el nacimiento del Niño Jesús, María llamó a José, que estaba aún orando con el rostro pegado a la tierra.

  Se acercó, prosternándose, lleno de júbilo, de humildad y de fervor. Sólo cuando María le pidió que apretara contra su corazón el Don sagrado del Altísimo, se levantó José, recibió al Niño entre sus brazos, y derramando lágrimas de pura alegría, dio gracias a Dios por el Don recibido del cielo.

  María fajó al Niño: tenía sólo cuatro pañales. Más tarde vi al, María y a José sentados en el suelo, uno junto al otro: no hablaban, parecían absortos en muda contemplación. Ante María, fajado como un niño común, estaba recostado Jesús recién nacido, bello y brillante como un relámpago. "¡Ah, decía yo, este lugar encierra la salvación del mundo entero y nadie lo sospecha!"

  He visto que pusieron al Niño en el pesebre, arreglado por José con pajas, lindas plantas y una colcha encima. El pesebre estaba sobre la gamella cavada en la roca, a la derecha de la entrada de la gruta, que se ensanchaba allí hacia el Mediodía.

  Cuando hubieron colocado al Niño en el pesebre, permanecieron los dos a ambos lados, derramando lágrimas de alegría y entonando cánticos de alabanza.

  José llevó el asiento y el lecho de reposo de María junto al pesebre. Yo veía a la Virgen, antes y después del nacimiento de Jesús, arropada en un vestido blanco, que la envolvía por entero. Pude verla allí durante los primeros días sentada, arrodillada, de pie, recostada o durmiendo; pero nunca la vi enferma ni fatigada.


ANA CATALINA EMMERICK – Tomo II “De la Natividad de la Sma. Virgen a la muerte del Patriarca San José” Ed. Surgite. Págs. 115-116.


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martes, 24 de diciembre de 2013

Homilía de Navidad (1967) – Por el P. Leonardo Castellani

“Una vez más en el hogar paterno
Celebramos la fiesta del Dios Niño…”,

  Aunque aquí no tengamos “el invierno - con sus campos de armiño” del poeta; ni tampoco lo hubo nieve en Palestina, aunque sí hubo frío.

  El Dios Niño lo tenían también los paganos, aunque enteramente diverso de Cristo; así como su madre era el extremo opuesto de la Virgen María. Pero los dos eran el Dios del amor: “el amor profano y el amor sagrado, que diría Tiziano: el amor santificado y elevado a una altura inconmensurable: el amor de Dios hecho amor de hombre. La mujer y el niño están aquí consagrados, sacralizados; la familia humana como canonizada: la mujer en lo que tiene de excelso, olvidados los defectos y fallas; el niño, representado el máximo descenso de Dios, la igualización propia del amor, que “busca iguales o los hace”.

  Un hombre ilustre, buen escritor argentino, quizá el mejor escritor argentino viviente, me decía hará una semana o poco más, que él no podía amar a Dios. Me pareció comprensible. Después añadió: “Tampoco puedo amar a Jesucristo”. “Entonces vamos mal”, pensé para mis adentros. El amor de Dios, que los mismo judíos tenían en el primer mandamiento, descendió inmensamente con la Encarnación de Dios en un Hombre real, que es “la figura de su substancia”, como dice San Pablo (Heb. I,3) – y la representación de su hermosura.

  Se hizo más fácil, pero también más difícil, porque cuando uno piensa un poco en lo que es Dios y lo que es el hombre y esas dos cosas hechas uno, se queda abismado: “un monstruo” , decía el pagano Celso en su libro “Aleethées Lógos”(Discurso verdadero). Y lo mismo pensaron “no puede ser” los mahometanos, y los arrianos, y mucho antes los “ebionitas”(1) en los tiempos de los Apóstoles, contra los cuales escribió San Juan su hermoso Evangelio. Todas las grades herejías han rehusado creer en Cristo Dios, incluso los modernistas, progresistas y protestantes actuales, que siguen hablando de Cristo Dios o del Hijo de Dios, pero si uno les pregunta: “Dios ¿en qué sentido?”, o rehúsan responder o salen con un hombre divino, un hombre penetrado de Dios. - ¿Cómo San Francisco de Asís? - No, un poco más, - ¿Y cuánto más?
 
  Nosotros decimos infinito más. Y nos alegramos dese “monstruo”. Porque ese monstruo es simplemente la salvación del mundo:

“Mañana serás salvado el mundo
Y apartada de la tierra de la iniquidad”

leíamos en la antífona de ayer.


  ¿Dónde está esa salvación? La mayor parte del mundo hoy está en rebelión contra Dios; la mayor parte del mundo hoy está en rebelión contra Dios; la mayor parte de las naciones está en convulsión y confusión – y lo que es peor, en necedad; nuestra Patria está manchada de incertidumbres, para no decir de crímenes e ignominias.

  “Dios ha venido a la tierra, según Ustedes, ¿y ahora?, dicen por ahí. “No puedo negar que durante siglos la figura de Cristo consiguió calmar al mundo y lo mejoró. Pero eso se acabó. Ahora tiene que venir una nueva Religión” – dice el historiador Toynbee.

  O sea, un nuevo Salvador. “Ya puedes chiflar”. Cuentan que un aragonés iba caminando por la vía del tren y el tren que venía déle chiflarle para que se saliera; y el baturro, sin dar vuelta la cabeza dijo: “Ya pues de chiflar. ¡Como no te apartes tú…!”

  Si viene la nueva Religión que Toynbee anhela, ella va a ser un tren que lo va a hacer añicos a Toynbee. Pues será la Religión del Anticristo.

  Venga o no venga, lo que tenemos que hacer nosotros es claro: tenemos que quedar firmes como fierro en lo que sabemos; lo que hemos conocido no por nuestro saber ni por el saber de los hombres ni por el saber de los ángeles, sino por el mismo Dios, el Verbo Divino. Somos los “eudokétoi”, “anthtroópoi eudokías”, que dijeron los ángeles sobre el pesebre de Cristo (Luc. II,4), que significa “los enseñados”, “los bien informados”. Gloria a Dios en las alturas y paz en la tierra a los hombres de la “eudokía”, dice el texto original exactamente. Yo no sé por qué San Jerónimo o Aquila tradujeron “de buena voluntad”. De fe dijeron simplemente los ángeles.

  Nuestra fe tiene que soportar hoy día encima una enorme masa de mentiras; de mentiras organizadas y calculadas como una gran maquinaria: Arturo Jauretche ha publicado un libro “Los Profetas del Odio”, desmontando minuciosamente esa maquinaria de engañar, solamente en lo referente a la mentira antinacional; no a la mentira antirreligiosa que sin embargo es su hermana siamesa. Jauretche intenta infundir optimismo con decir que ahora que conocemos la maquinaria, ella no nos puede atrapar, Pero uno queda aplastado lo mismo a la vista de la maquinaria. Por esa maquinaria, un libro mío, que normalmente debía venderse 30.000 ejemplares, se vende 3.000: tiene en contra la máquina de la propaganda, la fábrica de hacer figurones. Pero Dios se ríe desa maquinaria y yo también: los 3.000 lectores que tengo sacan provecho, los 30.000 del figurón no sacan provecho, sino al contrario.

  Yo no tengo que salvar al mundo: desde que nació Cristo el mundo está salvado, y los que no se salvan es porque no quieren. Y por eso nos alegramos hoy y yo me alegro, aunque sea haciéndome fuerza, porque es nuestro deber alegrarnos, alegrarnos es loar a Dios.


1 Los ebionistas eran judaizantes que negaban la Trinidad de Personas en Dios porque les parecía inconciliable con el monteísmo. En consecuencia rechazaban que Jesucristo fuera el Hijo de Dios.

LEONARDO CASTELLANI – “Domingueras prédicas II” - Ed. Jauja. Págs. 330-333.





"Ahora es realmente un niño el que lleva sobre sus hombros el poder.
En Él aparece la nueva realeza que Dios establece en el mundo.
Este niño ha nacido realmente de Dios.
Es la Palabra eterna de Dios, que une la humanidad y la divinidad."

"Precisamente en la debilidad como niño Él es el Dios fuerte,
y nos muestra así, frente a los poderes presuntuosos del mundo,
la fortaleza propia de Dios."

Santo Padre Benedicto XVI

Feliz Navidad

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domingo, 22 de diciembre de 2013

Coacciones benéficas ante el absurdo del principio liberal – Por MARCEL LEFEBVRE

No consideres a qué estás forzado, sino a qué estás obligado;
si es al bien o si es al mal.
San Agustín, Epístola 93

  El liberalismo, hace de la libertad de acción, como exención de toda coacción, un absoluto y un fin en sí. Dejaré al Card. Billot el cuidado de analizar y refutar esta pretensión fundamental de los liberales.

  El principio fundamental del liberalismo, escribe, es la libertad de toda coacción, sea cual sea, no sólo de aquella que se ejerce por la violencia y que únicamente alcanza los actos externos, sino también de la coacción que proviene del temor de las leyes y de las penas, de las dependencias y de las necesidades sociales, en una palabra, de los lazos de cualquier tipo que impiden al hombre actuar según su inclinación natural. Para los liberales, esta libertad individual es el bien por excelencia, el bien fundamental e inviolable, al cual todo debe ceder, excepto, quizás, lo que es requerido para el orden puramente material de la ciudad; la libertad es el bien al cual todo lo demás está subordinado; ella es el fundamento necesario de toda construcción social.

  Ahora bien, continúa el Card. Billot, ese principio del liberalismo es absurdo, antinatural y quimérico.

  He aquí el análisis crítico que él desarrolla; lo resumiré comentándolo libremente.

El principio liberal es absurdo

  Ese principio es absurdo: incipit ab absurdo. Comienza en la absurdidad al pretender que el bien principal del hombre es la ausencia de toda atadura que pueda molestar o restringir la libertad. El bien del hombre, en efecto, debe ser considerado como un fin; lo que es deseado en sí. Ahora bien, la libertad, la libertad de acción, no es más que un medio, no es más que una facultad que puede permitir al hombre adquirir un bien. Todo en ella depende de su uso: será buena si se usa para el bien, mala si se usa para el mal. No es, por lo tanto, un fin en sí y ciertamente no es el bien principal del hombre. Según los liberales, la coacción constituye siempre un mal (salvo para garantizar un cierto orden público). Pero es claro, al contrario, que la prisión es un bien para el malhechor, no sólo por garantizar el orden público, sino para el castigo y la enmienda del culpable. De igual manera la censura de la prensa, que es practicada incluso por los liberales contra sus enemigos, según el adagio (¿liberal?) no hay libertad para los enemigos de la libertad, es en sí misma un bien, no sólo para asegurar la paz pública, sino para defender la sociedad contra la expansión del veneno del error que corrompe los espíritus.

  Por lo tanto se debe afirmar que la coacción no es en sí misma un mal, e incluso que es, desde el punto de vista moral, quid indifferens in se, algo en sí mismo indiferente; todo dependerá del fin para el cual se la emplee. Es, por otra parte, la enseñanza de San Agustín, Doctor de la Iglesia, quien escribe a Vicente:

  Ya ves, si no me engaño, que no hay que considerar el que se obligue a alguien. Lo que hay que saber es si es bueno o malo aquello a que se le obliga. No digo que se pueda ser bueno a la fuerza, sino que el que teme padecer lo que no quiere, abandona el obstáculo de su animosidad o se ve impelido a conocer la verdad ignorada. Por su temor, rechaza la falsedad que antes defendía, o busca la verdad que ignoraba, y así llega a querer mantener lo que antes no quería. (2)

  He intervenido personalmente varias veces en el Concilio Vaticano II para protestar contra la concepción liberal de la libertad que se aplicaba a la libertad religiosa, concepción según la cual, la libertad se definiría como la ausencia de toda coacción. He aquí lo que declaraba entonces:

  La libertad humana no puede ser definida como una liberación de toda coacción pues destruiría toda autoridad. La coacción puede ser física o moral. La coacción moral en el campo religioso es utilísima y se encuentra a lo largo de todas las Sagradas Escrituras: ((el temor de Dios es el comienzo de la sabiduría)).(3) La declaración contra la coacción, en el n. 28, es ambigua y, bajo ciertos aspectos, falsa. ¿Qué queda de la autoridad paternal de los padres de familias cristianas sobre sus hijos? ¿De la autoridad de los maestros en las escuelas cristianas? ¿De la autoridad de la Iglesia sobre los apóstatas, los herejes, los cismáticos? ¿De la autoridad de los jefes de Estados católicos sobre las falsas religiones que traen con ellas la inmoralidad, el racionalismo, etc.?(4 )

  Me parece que no se puede reafirmar mejor el primer calificativo de absurdo que el Card. Billot atribuye al principio del liberalismo, sino citando al Papa León XIII:

  No podría decirse ni pensar mayor ni más perverso contrasentido que el pretender exceptuar de la ley al hombre, porque es de naturaleza libre. (5)

  Equivale a decir: Soy libre, luego, ¡deben dejarme libre! El sofisma subyacente queda patente al explicar un poco: soy libre por naturaleza, dotado de libre albedrío, luego, ¡soy libre también respecto de toda ley, de toda coacción ejercida por la amenaza de penas! A menos que se pretenda que las leyes deban estar desprovistas de toda sanción. Pero eso sería la muerte de las leyes: el hombre no es un ángel, ¡no todos los hombres son santos!

Espíritu moderno y liberalismo

  Quisiera hacer aquí una observación. El liberalismo es un error gravísimo cuyo origen histórico ya hemos visto. Pero hay un espíritu moderno que, sin ser francamente liberal, representa una tendencia al liberalismo. Lo encontramos desde el siglo XVI en autores católicos no sospechosos de simpatía con el naturalismo o el protestantismo. Ahora bien, no hay duda que es una nota de ese espíritu moderno el considerar que: Soy libre mientras no haya ley que venga a limitarme.(6) Sin duda, toda ley limita la libertad de acción, pero el espíritu de la Edad Media, es decir el espíritu del orden natural y cristiano del cual hablábamos antes, siempre ha considerado la ley y sus coacciones primeramente como una ayuda y una garantía de la verdadera libertad, no como una limitación. Cuestión de acentuación, pensaran. Yo diré: ¡no! Cuestión esencial que marca el principio de un cambio fundamental de mentalidad; un mundo dirigido hacia Dios, considerado como fin último, a alcanzar cueste lo que cueste, un mundo orientado enteramente hacia el Soberano Bien, deja lugar a un mundo nuevo centrado sobre el hombre, preocupado por las prerrogativas del hombre, sus derechos, su libertad.

2 Carta 93 Ad Vincentium, n. 16, en Obras Completas de San Agustín, B.A.C., Madrid, 1986, T. VIII, pág. 620.
3 Observación enviada al Secretariado del Concilio, 30 de diciembre de 1963.
4 Intervención oral en el Aula Conciliar, octubre de 1964.
5 Encíclica Libertas, en E. P., pág. 360, n. 6.
6 Francisco Suárez, S.J. (1548-1617) manifiesta ese espíritu cuando escribe: Homo continet libertatem suam, el hombre tiene su libertad: en el sentido de que la libertad es anterior a la ley. (De Bon. et Mal. Hum. Act., disp. XII, sect. V). Un espíritu tomista como León XIII no admitiría esta disociación de dos realidades estrictamente correlativas.

MONS. MARCEL LEFEBVRE – “Le Destronaron” Del liberalismo a la apostasía. La tragedia conciliar. Cap.5 - Págs. 31-34


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

sábado, 21 de diciembre de 2013

EL OPUS DEI, CABALLO DE TROYA DEL LIBERALISMO – Por R. P. Guillermo Devillers


Tocará a historiadores mas documentados que yo el juzgar con precisión la influencia liberal del Opus en la evolución, o más bien, revolución política y religiosa de España en estos últimos años, influencia que por lo visto, fue muy importante.

  Lo que quiero aquí es, sin pasión ni polémica, comparar la doctrina abiertamente liberal de la Obra y de su fundador, con las enseñanzas eternas de la Iglesia.

a) UN CONCEPTO AMBIGUO DE LA LIBERTAD

  Desde hace dos siglos la Iglesia multiplica sus advertencias contra una idea falsa y demoledora de "libertad". No hay libertad fuera de la dependencia de Dios. Estamos en una dependencia total de Dios tanto en nuestro ser como en nuestro obrar. (Basta leer por ejemplo la encíclica de S.S. León XIII, "Libertas". "A nosotros criaturas nos toca obedecer a cada momento y en cada acción a la voluntad amorosa de nuestro Creador, expresada por su ley natural, por la ley evangélica y por las órdenes legítimas de nuestros superiores. En esta obediencia y dependencia de Dios consiste nuestra perfección: "Sed perfectos". Escuchemos la doctrina tradicional y eterna de la Iglesia tan clara y hermosa referente a la libertad: “Si ha de tener nombre verdadero de libertad en la sociedad misma, no ha de consistir en hacer lo que a cada uno se le antoja, de donde resultarían grandísima confusión y turbulencias opresoras, al cabo, de la sociedad, sino en que, por medio de las leyes civiles, pueda cada uno fácilmente vivir según los mandamientos de la ley eterna”. ("Libertas" núm. 11).

  Si leemos ahora los escritos del fundador de "la Obra", ¡qué diferencia! ¡qué lenguaje tan distinto y no exento de ambigüedad!

  “Algunos de los que me escucháis me conocéis desde muchos años atrás. Podéis atestiguar que llevo toda mi vida predicando la libertad personal, con personal responsabilidad. La he buscado y la busco, por toda la tierra, como Diógenes buscando un hombre, y cada día la amo más, la amo sobre todas las cosas terrenas: es un tesoro que no agradeceremos nunca bastante”. (José Mª Escrivá de Balaguer, Sermón de Cristo Rey del 22-11-1970). ¿De qué libertad se trata? No lo sabemos.

  Y estas expresiones tan peligrosas: “La libertad personal que defiendo y defenderé siempre con todas mis fuerzas" ("Amigos de Dios, núm. 26). "Libremente, sin coacción alguna, porque me da la gana, me decido por Dios”. ("Amigos de Dios "núm. 35). “Soy muy amigo de la libertad, y precisamente por eso quiero tanto esa virtud cristiana (la obediencia). Debemos sentirnos hijos de Dios, y vivir con la ilusión de cumplir la voluntad de nuestro Padre”.

  “Realizar las cosas según el querer de Dios porque nos da la gana (1), que es la razón más sobrenatural. El espíritu del Opus Dei, que he procurado practicar y enseñar desde hace mas de 35 años, me ha hecho comprender y amar la libertad personal”. ("Es Cristo que pasa" nº 17). Podríamos multiplicar los textos. Digamos solamente que si bien "el padre suele añadir a esta palabra: "libertad" esta otra: "responsabilidad", si bien la libertad que nos abala suele acabar bien ("Libremente sin coacción alguna porque me da la gana, me decido por Dios(2), sin embargo, todo este lenguaje nos suena mal, nos suena a ambiguo, nos deja una impresión desagradable. La libertad no consiste de ninguna manera en hacer "lo que me da la gana", sino en obrar según la recta razón. Por eso, dice Santo Tomás, el poder pecar no es libertad, sino servidumbre. Nos gustaría que los hombres actuales de la Iglesia y del Opus Dei nos hablaran más claro en vez de repetir estas solemnes y enfáticas alabanzas de la libertad sin más precisiones (3)

b) MONS. ESCRIVÁ DE BALAGUER Y LA LIBERTAD RELIGIOSA

Sobre este tema de la libertad religiosa “e1 padre habló bien claro”. Refiere Salvador Bernal:

  En 1966 contó a un periodista, Jacques Guillemé-Brûlon, de "Le Figaro", lo que una vez había comentado -el padre Escrivá de Balaguer- al Santo Padre Juan XXIII, movido por el encanto afable y paternal de su trato: "Santo Padre, en nuestra Obra siempre han encontrado todos los hombres, católicos o no, un lugar amable: no he aprendido el ecumenismo de Vuestra Santidad". El se rió emocionado porque sabía que, ya desde 1950, la Santa Sede había autorizado al Opus Dei a recibir como asociados cooperadores a los no católicos y aún a los no cristianos.

  Poco antes, el periodista le había preguntado sobre la "posición de la Obra" ante la Declaración del Concilio Vaticano II acerca de la libertad religiosa. La respuesta surgió bien clara: “En cuanto a la libertad religiosa, el Opus Dei, desde que se fundó, no ha hecho nunc a discriminaciones: trabaja y convive con todos, porque ve en cada persona un alma a la que hay que respetar y amar. No son solo palabras, nuestra Obra es la primera organización católica que, con la autorización de la Santa Sede, admite como Cooperadores a los no católicos, cristianos o no. He defendido siempre la libertad de las conciencias. No comprendo la violencia: no me parece apta ni para convencer ni para vencer; el error se supera con la oración, con la gracia de Dios, con el estudio, nunca con la fuerza, siempre con la caridad. Comprenderá que siendo ese el espíritu que desde el primer momento hemos vivido, sólo alegría puede producirme las enseñanzas que sobre este tema ha promulgado el Concilio”. ("Mons. J. Escrivá de Balaguer" Salvador Bernal). El lector habrá notado enseguida la contradicción de este texto con la Encíclica QUANTA CURA" de Pío IX que condena "esa opinión errónea, la más fatal a la Iglesia Católica y a la salvación de las almas y que Gregorio XVI llamaba delirio, a saber: que la libertad de conciencia y de cultos es un derecho libre de cada hombre que debe ser proclamado y garantizado en toda sociedad bien constituida...”

  En "Amigos de Dios" núm. 171, el fundador de1 Opus Dei decía también: “Estamos obligados a defender la libertad personal de todos, sabiendo que Jesucristo es quien nos ha adquirido esa libertad; si no actuamos así, ¿con qué derecho reclamaremos la nuestra? (4)”. Esta idea, la vuelve a repetir muchas veces a lo largo de sus sermones: "Nuestra fe cristiana además, nos lleva a asegurar a todos un clima de libertad, comenzando por alejar cualquier tipo de engañosas coacciones en la presentación de la fe”. (id. nº 36). Esta doctrina del fundador del Opus Dei es enorme en sus consecuencias. Es, por supuesto, una condenación de la Inquisición católica, pero también de las Cruzadas ("No comprendo la violencia"). Es la condenación de los siglos de Reconquista. Es la condenación, incluso, de la Cruzada nacional de 1936. Nuestros lectores saben cuánto esa doctrina de libertad religiosa, que triunfó en el Concilio Vaticano II, se aleja de la doctrina católica infalible. Esa doctrina es herética (5). Esa libertad que defienden es la libertad de la perdición que Gregorio XVI y Pío IX llamaban delirio y que está hoy día llevando a toda una generación de jóvenes en el mundo entero a su perdición y auodestrucción, por la in moralidad, las sectas, la droga y otros venenos de venta libre.


c) RELACIONES ENTRE LA IGLESIA Y EL ESTADO: UN LIBERALISMO DIGNO DE LA MASONERÍA.

 A la masonería no le molesta mucho que se hable de Dios, de vida espiritual, de oración, de mandamientos, con tal que todo esto se quede en un plan privado o en las Iglesias. Lo que no puede soportar es que se saquen de la Religión consecuencias públicas, sociales, deberes para los gobiernos, lucha de éstos contra el vicio y el error. De ahí la separación de la Iglesia y el Estado, el Estado oficialmente laico, sin religión, la liberad de cultos, de prensa, de espectáculos, etc.

  La Iglesia luchó con todas sus fuerzas contra esta rebelión del poder civil y de las acciones contra Jesucristo (6).

  El Opus Dei no luchó. Su liberalismo en este punto es asombroso. Que el lector me perdone si las citas se alargan un poco, ¡pero este punto es de una trascendencia tan enorme!

  No escapan a Mons. Escrivá de Balaguer las consecuencias prácticas de una espiritualidad verdaderamente laical... Y he aquí, en este punto, la característica aversión de Monseñor Escrivá de Balaguer por todo tipo de clericalismo: “Pero a ese cristiano (sabio) jamás se le ocurre creer o decir que él baja del templo al mundo para representar a la Iglesia y que sus soluciones son las soluciones católicas a aquellos problemas. ¡Esto no puede ser, hijos míos! Esto sería clericalismo, catolicismo oficial o como queráis llamarlo. En cualquier caso es hacer violencia a la naturaleza de las cosas”. (Citado por el Cardenal Sebastiano Baggio en "Avenire", Milán 26-7-75).

  En el librito de propaganda "¿Qué es el Opus Dei?" (Edición 1972, 28), nos dice: “Como consecuencia del fin exclusivamente divino de la Obra, su espíritu es un espíritu de libertad, de amor a la libertad personal de todos los hombres; y como ese amor a la libertad es sincero y no un mero enunciado teórico, nosotros amamos la necesaria consecuencia de la libertad, es decir: el pluralismo”.

  En el Opus Dei el pluralismo es querido y amado, no sencillamente tolerado y en modo alguno dificultado.

  En 1964 le preguntaron en el teatro Gayarre de Pamplona:

  ¿Qué posición tienen los socios del Opus Dei en la vida pública de los pueblos? Mons. Escrivá inició su respuesta con un rápido y rotundo: “la que les dé la gana”. En el abarrotado teatro resonó una ovación cerrada...

  “¿Cómo puedo dar a entender a nuestros amigos, se le preguntó en Buenos Aires, que tratar a Dios es más importante que hacer política? Bueno, contesta el "padre", es que no les puedes decir que no se preocupen de política. Porque justamente, por amor de Dios, algunas personas se ocupan de política: ¡yo, no! Yo no trato de ese tema, pero comprendo que haya ahí gente llena de rectitud: unos van por la derecha, otros por la izquierda, otros por allá, y ninguno desacierta, todos tienen buena voluntad...

  De modo que sí: que los buenos se preocupen de política, si les da la gana...” (Monseñor Escrivá de Balaguer, por Salvador Bernal pág. 269).

  Al leer esto me quedo estupefacto y pienso: pobre San Fernando, pobres Reyes Católicos que se equivocaron haciendo política, y además, una política del peor clerica1ismo, considerándose como los capitanes de Dios, representantes de la Iglesia.

  Pobre San Pío X que en Venecia hizo toda una campaña electoral sobre el tema: ¡A la puerta todos los enemigos de San Marcos, luchando con todas sus fuerzas contra el abstencionismo político de los católicos y consiguiendo el rechazo total de los masones y socialistas del gobierno. ¡Pero claro, esto era antes del Concilio Vaticano II! Si estos Reyes, si San pío X hubieran conocido a Monseñor Escrivá de Balaguer, no se habrían equivocado así y habrían dejado a los católicos hacer la política "que les diese la gana", y habrían dejado en paz a los musulmanes, judíos o masones...


CONCLUSIÓN: LOS CATÓLICOS DEBEMOS TENER HORROR A ESTE LIBERALISMO TAL COMO LO DEFIENDE EL OPUS DEI

  Hoy día el liberalismo triunfa no sólo en España con el Opus Dei, sino también en Roma. Este liberalismo no es católico y no lo será nunca; Queremos Que Dios reine en todo el mundo. ¿No lo decimos en el Padre Nuestro? Que Jesucristo reine no sólo en los corazones, no sólo en la vida privada sino también en la sociedad, en las empresas, en las escuelas. Queremos que el crucifijo esté en las aulas. Queremos salvar nuestras almas y las de nuestros niños y las de todos los hombres. Queremos pues, que el gobierno luche contra el vicio y la corrupción en los jóvenes, prohíba el aborto y el terrorismo. Y que remos luchar nosotros mismos, en la medida de nuestra influencia social o política. Queremos que los Estados nos "coaccionen" suave mente para ser buenos católicos siguiendo el consejo de Jesús (Lc. 14-23): “Obligadles a entrar para que se llene mi casa”. Si esto es hacer política, haremos, entonces, la política de los santos, la política de san Fernando y de San Luis, y si Dios quiere haremos otra nueva cruzada para salvar la civilización cristiana de manos del comunismo, del judaísmo, y del islamismo y, salvar a España. Y confiamos en que la Virgen victoriosa de Lepanto nos dé la victoria otra vez.

  No dudo que haya personas buenas y santas en el Opus Dei, pero quisiera que vieran cómo les pueden engañar. Y quiero terminar con estas palabras llenas de fe y de piedad de un gran defensor de la fe (Monseñor Lefebvre, 13-13-1984): “Cuanto más se medita nuestra dependencia de Dios, más se medita nuestra dependencia de Nuestro Señor Jesucristo, tanto más se tiene el deseo de ponerse bajo el dulce reino de Cristo y de la Santísima Virgen María; no se tiene más que un deseo: y es el de ver reinar a Cristo y a la Santísima Virgen María. Cuanto más se piensa en eso más horror se tiene, un horror visceral, un horror instintivo, al liberalismo...”.

  En resumen: Las "libertades" defendidas por Mons. Escrivá de Balaguer, desde San Agustín han sido llamadas por la Iglesia: "libertades de perdición" o "delirios".


  El liberalismo del cual hace alarde el fundado r del Opus Dei, ha sido condenado infaliblemente como “el error más fatal a la Iglesia Católica y a la salvación de las al más”. Y fatal lo ha sido para España, abriendo las puertas al socialismo-comunismo y a una intensiva propaganda de descristianización.


Publicado en "Tradición Católica" nº 12 Nov. 1985, Madrid, España.

(1) Subrayado en el texto original
(2) "Amigos de Dios", nº 35..
(3) Sto. Tomás define la libertad: "Vis electiva me diorum servato ordine finis". Es el poder escoger los medios convenientes, conservando el orden hacia el fin.
(4) ¿Con qué derecho? ¡Hombre! pero con el derecho de la verdad que sólo tiene derechos. El error tiene ninguno. Ta1 es la doctrina tradicional de la Iglesia recordada por el Papa Pío XII: "Lo que no corresponde a la verdad y a la norma moral, no tiene objetivamente derecho alguno a la existencia, ni a la propaganda, ni a la acción". (Pío XII Comunidad Internacional y Tolerancia. Doctrina Pontificia, Tomo I L BAC). La doctrina católica sólo aprueba la tolerancia del error y el mal, en la medida en que sea conveniente o necesario "para que no se impidan mayores bienes y en parte para que no se sigan mayores males".
(5) Ver los artículos de Michel Martín, a quien no se ha contestado nunca. (Trad.Cató. nº 28, 9, 10, 11).
(6) Ver, en especial, el SYLLABUS, de Pío IX y la Encíclica "QUAS PRIMAS" de Pío XI que instituyó la fiesta de Cristo Rey.
Agradecemos a Lamentabili Sane, por compartir el artículo


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