San Juan Bautista

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martes, 1 de abril de 2014

EL ÍDOLO Y LOS HOMBRES - P.Leonardo Castellani - Introd. Flavio Infante


  Un fragmento del padre Castellani servirá para ilustrar la simetría, como de reflejo a la inversa, que suele haber entre quienes celebran, estólidos, una causa indigna, y aquellos que se contentan con atacarla por mera impulsión temperamental, como quien respondiera previsiblemente «¡negro!» cuando oye «¡blanco!», por puro automatismo. Es el peligro que cunde en la fantasmática sazón en que el Papa resulta homenajeado nada menos que por el mundo y convertido en sonriente pop-star: unos (los neocatólicos, que esperan de la Iglesia su sola promoción temporal, a quienes cabría muy genéricamente adscribir a congregaciones del tipo Opius Dei) aplauden como focas, poniéndose de grado en manos de los jíbaros; otros (los picados de "celo hipnótico", que no del auténtico) se contentan con rechiflar como patos siriríes (oír aquí) o simplemente, ajenos a la hondura del drama en curso, escupen como guanacos sobre la faz del pontífice reproducida en mil recodos

  Castellani no debió presenciar, al escribir estas notas (que reproducimos con algunos recortes), ni los multitudinarios festivales de rock ni las no menos tumultuosas JMJ. La histeria de las masas apiñadas se hallaba en un punto bien inferior de su fatua efervescencia.

  No se pretenda hallar en este cuadro una correspondencia detalle por detalle con las circunstancias actuales, ni todo lo que aparece debe tener necesariamente una proyección alegórica: mucho es lo que se ciñe a la sola y rica fantasía del autor. Está tomado del capítulo IV del «Cuaderno cuarto» de Los papeles de Benjamín Benavides, segunda edición (1967), y atribuido al mismo personaje por el propio autor («este cuento o lo que sea estaba entre los papeles del viejo en la sección del ANTICRISTO  bajo el título general de Los tres sueños de un apóstata»). Trata de las distintas respuestas que suscita un ídolo expuesto a la adoración de los ciudadanos, cuya fragilidad, sólo reconocible a una mirada atenta, remite a la estatua tetrametálica pero de pies de arcilla del sueño de Nabucodonosor (Daniel, cap 2). En relación con el ídolo en cuestión, y después de una atormentadora aversión inicial, el relator adopta un cinismo al modo de los pícaros de nuestra literatura, pero de una picaresca futurista, de impostación esjatológica. El de Tormes, don Pablos y el Viejo Vizcacha tratan de sobrevivir, a su reconocible modo, al totalitarismo aplastante de las postrimerías.

  Es obvio que no obtenemos del «héroe» una lección de moral sino de astucia, ya que «los hijos de este mundo son más astutos en su trato con los demás que los hijos de la luz» (Lc 16,8). Asístanos -en todo caso, y a trueque de la astucia- la inteligencia: si algo cuadra frente a la apostasía no es embestir ciegamente, como el toro, sino más bien aplicar las artes del torero.


EL ÍDOLO
                                                                           por Leonardo Castellani

  Todos besaron el suelo y se estremecieron -quiero decir, todos los que estaban adorando-, al mismo tiempo que la gigantesca estatua empezó a moverse. Los que pasaban por la calle o por la aceras, no hacían caso; a lo más se detenían un momento. Pero los fieles estaban absortos.

  La estatua volcó como dos guadañas los dos descomunales brazos inferiores sobre la masa de los fieles, mientras cruzaba las dos manos medias sobre el pecho, y elevaba las dos manos superiores, con los dos tazones de incienso, sahumándose a sí misma, casi hasta su cabeza de cinocéfalo, oculta en nubes aromáticas y más alta que los altos pinos. El cuerpo se estremeció, semejante al del hipopótamo, y del vientre blanco salió un quejido. Las enormes fauces bostezaron. Las dos piernas cortas y robustas hechas en tiempos en que se sabía lo que era trabajar en bronce se rebulleron.

  Los brazos inferiores, en su poderoso envión, derribaron varios adoradores, tomándolos de las cabezas y hombros, y enviándolos todos juntos a un montón lamentable, lastimados algunos y todos humillados y confusos. Pero ninguno protestó ni se quejó.

  "Es una prostitución adorar un ídolo así" -pensé yo-. Pero no puedo negar que tenía un verdadero temor ante la estatua verdosa. No parecía obra de hombres. De hecho, la leyenda tradicional aseguraba que había aparecido de golpe en una noche, transportada por manos invisibles, por manos que no podían ser de hombres.

  Se sabe que una estatua de bronce no puede ser Dios. Ninguno de los adeptos al ídolo lo pretendía. Pero hay imágenes más o menos milagrosas, más o menos curativas y eficaces. De hecho, los adoradores de la estatua aseguraban que eran felices, y que sentían continuamente una profunda sensación interna de seguridad y alegría; se producían entre ellos curaciones milagrosas; y en todas sus empresas siempre tenían suerte y el triunfo los acompañaba.

  Esto no lo negaban ni los mismos enemigos del ídolo. Al contrario, algunos de ellos atribuían a la estatua más prodigios, o más descomunales, que los mismos fieles: lo cual no era óbice a que lo aborreciesen.

  Los enemigos del ídolo tenían alquiladas casas, bohardas o balcones alrededor de la plaza, y desde allí tiraban al ídolo flechas, y hasta tiros de escopeta, de noche. Poca mella le hacían, a lo más le quitaban trozos del dorado; sin contar con que casi todos los tiros fallaban. De vez en cuando, eso sí, un bodoque hacía temblar el monumento y le arrancaba bramido sordo; de lo cual se enfurecían los fieles, pero también creo que una cierta satisfacción les daba. De hecho, a quien más aborrecían ellos era a los indiferentes, a los que transitaban calle abajo calle arriba sin darle al ídolo más beligerancia que una mirada distraída. A los enemigos los necesitaban.

  A mí el ídolo me daba en los nervios: esto me nació no sé cuándo y me fue creciendo paulatinamente. Como yo no pertenecía a ninguno de los tres grupos, pues el ídolo me producía repulsión y temor, y no me dejaba indiferente, me sentía como en el aire y como extraño a todos, sin congeniar con ninguno. Eso no era voluntario en mí, ni tampoco lo podía evitar; y esa fue mi tragedia.

  No sé cómo nació en mí el aborrecimiento; quizá por el aburrimiento. En Magnápolis se topaba al ídolo hasta en la sopa. Como extranjero llegado a Magnápolis a ganarme la vida, yo estaba en la disposición de aceptar con respeto todo lo de la rica y potente ciudad, o al menos callar la boca ante lo que no gustara, como se debe hacer en el extranjero. Y el ídolo al principio hasta me atraía [...]

  Poco a poco comencé a virar. Creo que más que el ídolo empezaron a cargarme los idoladores. Tenían todos una misma manera de ser, y nunca estaba uno seguro de entenderlos del todo: creo que ni entre ellos se entendían, aunque de fuera se mostraran siempre cordialidad desmedida. Debo confesar que una vez el ídolo me derribó en uno de sus ciegos manotazos; pero ya hacía tiempo que yo le sentía tirria; justamente me derribó porque me arrimé para verlo de cerca; de cerca solamente se veía su fealdad. De lejos, al crepúsculo y entre el incienso, daba la impresión de majestad y fuerza.

  Era un fastidio: uno no podía hablar en la ciudad de miedo a ofender sin querer a uno de los idoladores, y ser acusado a los Sumos Sacerdotes. Por más cuidado que uno tuviese, las ceremonias, ritos, prescriptos, tabús y chibolets del ídolo eran demasiados y demasiado complejos para recordarlos todos cada momento, si uno no dedicaba toda la vida a eso, y dos horas diarias de estudio, como hacían los idoladores [...] Empecé a luchar contra esa obsesión de acordarme con disgusto del ídolo a cada momento, y verlo por la noche en sueños envuelto en  nubes verdosas. Pero fue inútil. Cada mañana al levantarme me decía: "el ídolo no existe". Es una fantasía tuya. "¡Afuera!"

  Pero ahí estaban las trompetas de bronce para desengañarme, y las ceremonias del 6, 15 y 24 [N: de cada mes] y las insignias por toda Magnápolis; y en el hotel donde vivía estaba lleno de idoladores -de modo que en la mesa a veces me pasaba callado todo el tiempo, porque no los entendía o me daban en rostro: eran muchos y yo era extranjero. Alguna vez, ante una afirmación demasiado absurda, me sulfuré y me descaré y con una fresca hice callar a alguno. Me fue siempre mal. A la larga la pagaba. No se podía tocar el ídolo sin pagarla. Lo únicos que andaban siempre impunes eran sus enemigos. Más todavía que sus amigos.

  Esta gente no leía más que el "Manual de los oráculos" -o mejor dicho se lo sabían de memoria- y despreciaba toda otra literatura [...] Un día me atreví a discutirle un oráculo a un idolador pequeño y gordito, cara de bruto, que estaba solo conmigo y un bock de cerveza, una tarde sofocante de agosto. "Vea, amigo -le dije-, juzgado con criterio estético, el dios es repugnante, es inarmónico y disonante... Ahora, juzgado a la luz de la religiosidad, usted dirá". Se puso lívido. "Usted carece de los ojos de la fe -barbotó tartamudeando-. Usted es ciego. El dios es supremamente bello". Se levantó de la mesa y salió. A los pocos días me cobraron en la caja del hotel una multa picante por haber transgredido una ordenación mínima, que todo el mundo traspasaba: la de entregar la llave al portero al salir. El idolador me había denunciado.

¡Y a eso llaman libertad de conciencia!

  Sentí que empezaba a volverme estúpido, intimidado y perverso. No se puede vivir en contra del ambiente en que uno vive. Empezaba a prestar rédito, o al menos a dubitar, a las consejas increíbles que del ídolo contaban los enemigos. Que los gemidos que exhalaba el ídolo, como yacaré empachado, venían de infelices adoradores que el ídolo recogía al azar de sus manotazos y engullía por una gigantesca estoma que tenía en el tórax entre los tres pares de brazos; que el infeliz se iba muriendo lentamente adentro sin dejar de adorar al ídolo: esto decían los enemigos. Y curioso es que los idoladores lo admitían en lo esencial, rechazando solamente el pormenor de la víctima, que ellos sostenían no era sino un enemigo. Pero yo creo seguro que los gemidos venían de un fuelle, colocado allí por los sacerdotes, que servía también para el y el no de los oráculos. Sin embargo, cuando empecé a odiar y temer al ídolo, empezó a vacilar mi racionalismo, y las fábulas empezaron a parecerme probables. Por eso digo que empecé a idiotizarme.

  Proyecté marcharme a otra ciudad [...] No estaba ya en mi mano dejar de pensar en el ídolo, y mi alma ansiaba un poco de paz. Pero he aquí que me dijeron que en todas las otras ciudades era lo mismo, que cada una tenía su ídolo; por lo menos, todas las ciudades de que se tenían noticias en todo el contorno [...] Cuando me vi sin salida, me entró una especie de angustia muy penosa, que aunque enteramente absurda, me hacía mucho daño y arruinaba mis negocios. Me pasaba los días enteros discutiendo con el ídolo; y aun las noches, pues dormía muy mal. Cómo me habré puesto, que hasta me entró en la cabeza -o medio entró- la descomunal sandez de pasarme a los enemigos. Pero los enemigos eran perfectos idiotas que no hacían absolutamente nada, antes bien parecían amigos disfrazados. Los amigos sin disfrazar, con el fastidio y todo que les tenía, todavía eran mejores; porque al menos tenían poder real, se consolaban con sus ceremonias y se ayudaban en sus negocios. Esto fue en el tiempo de la angustia. Claro que estando allí, yo no era yo mismo.

  Me las empecé a ver muy negras, y hubo un momento en que me di por perdido, menos mal, el recuerdo de mi abuelo el arquitecto y sus hazañas de "pionero" me salvó; y también la amistad de una buena señora, que aborrecía también al ídolo, pero no le hacía tanto caso. ¿Por qué tenía que hacerme mala sangre? ¿Me faltaba algo en la ciudad? ¿Me obligaban a adorar a la estatua por si acaso, y ni siquiera a verla? [...]

  Empecé a "dar de mano" al ídolo, a empujarlo poco a poco a razonable distancia, a mirar la parte grotesca del asunto. ¿Qué derecho tenía yo a querer que fuera destruida esa legendaria y centenaria consolación de miles de personas sólo por mi gusto? [...] Seguirles la corriente a los idoladores, aunque uno no viese a dónde van a veces, tampoco es imposible. Al fin y al cabo, casi todos ellos son hombres buenos, aunque con ese toque todos de la reserva y los tapujos y no tocarles los puntos neurálgicos. Con razones y cautela se puede arreglar uno con todo el mundo, y ellos pasan por todo; lo único que no pueden perdonar es la inteligencia y la alegría [...]

  Apenas comencé con este tratamiento comencé a andar mejor. El ídolo me empezó a parecer grotesco en vez de horroroso, y vi la cara de cinocéfalo, el vientre de hipopótamo y los seis brazos de araña que antes no veía sino a modo de sombras imponentes en medio del incienso. Pero me guardaba muy bien de reírme para fuera. Cuando uno comienza a ver las cosas de la vida como grotescas, no se vuelve ya loco: todos los locos son trágicos y terriblemente serios. Y yo comencé a ver que el ídolo estaba un poco ladeado y tenía grietas. Fue una gran emoción aquel día. Este asunto de las gritas es capital en Magnápolis. No se sabe porqué una gran cantidad de edificios se agrietan de alto a bajo de la noche a la mañana; anteayer mismo el gran rascacielos del Consolidated. Es cosa sumamente seria que ha sido discutida incluso en el gran concilio del los Prim'ordines; los peritos en arquitectura y geología no dan pie con bola. La gente anda furiosa y pide que se aplique la pena de muerte a todo arquitecto cuya obra se cuartee; pero resulta que los edificios que se quiebran son los antiguos, cuyos constructores han muerto mucho ha; y por lo demás ninguno se cae, todos se agrietan solamente. Yo tengo la impresión de que esta ciudad se va a venir abajo toda entera o casi, con ídolo y todo, un día; pero yo no lo veré. Tiemblo de miedo al escribir esto: si estos papeles los hallase un idolador, estaba yo listo. Y para qué los escribo, yo no lo sé; para que no se me pudran dentro.

  [...] Yo no busco dolores de cabeza, y evito las discusiones: vivir y dejar vivir. No creo que Dios me tome en cuenta tres ceremonias fingidas que hago cada mes sin creer en ellas. Sé que dudan de mi fe aunque sin poder probarme nada, y me han puesto el mote "sine-Deo-in-hoc-mundo". Mientras no pase de ahí, no importa. Yo creo en Dios, no soy ningún judío; y que el ídolo sea la imagen exacta del Dios verdadero, no me meto. Yo no lo puedo creer, pero no impido a nadie que lo crea; y cuando de noche me gritan la contraseña: "¡corpórea!" contesto fielmente "¡material y visible!", o bien "imagen" inmediatamente les vocifero: "del Dios vivo y verdadero" [...]

  ¿Para qué vivo yo? [...] Tengo ya más amigos del otro lado que de éste. Creo que lo que me conserva en vida es esa misma visión horripilante pero curiosa: "la ciudad que se hunde con ídolo y todo, aunque yo eso no lo veré". Pero lo que uno sabe cierto que acontecerá, ¿acaso no lo ve?





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4 comentarios:

  1. Catalina SCJ1/4/14 17:02

    Muy buen artículo, y está escrito con sabiduría, prudencia y astucia. Y a pesar del tiempo trascurrido no ha perdido vigencia alguna. Se entiende perfectamente lo que quiere decir. Esto mismo es lo que yo pienso, cuando veo las masas enloquecidas en torno a una persona, a una propuesta, a una idea, aunque esta no corresponda a la "Revelación de Jesucristo" (1Pe 13). Muchos tienen atrofiada la inteligencia y no están capacitados para entender, que debemos correr en pos de Cristo, sin desviarnos ni a derecha ni izquierda "con constancia la carrera que se nos propone, con los ojos fijos en Jesús, que inicia y lleva a la perfección la fe" (Heb 12,1.2). Por tanto la fe se asienta en Jesucristo, Hijo de Dios vivo, segunda Persona de la Santísima Trinidad . San Pablo dice: "Por esto precisamente soporto los sufrimientos que me aquejan. Pero no me siento un fracasado, porque sé muy bien en quien tengo puesta mi fe" (2Tim 1,12). Este artículo hablando de la idolatría, me recuerda a los israelitas durante su travesía por el desierto. Después de tantas maravillas como habían contemplados sus ojos, olvidaron el amor de su Dios, y terminaron adorando a un becerro de oro. Hoy sucede lo mismo, el becerro es sustituido por cualquier cosa. Seguir a Cristo no provoca ningún entusiasmo. Los hombres en una gran mayoría "han dejado el precepto de Dios, y se aferran a las tradiciones de los hombres" (Mc7,8). Como muchos no creen en la divinidad de Jesucristo no sienten en su corazón idólatra, la necesidad de adorar a Dios; por eso está escrito: Adorar a Dios repugna al pecador. Sin embargo, estos tales, adorarían sin ningún reparo a un hombre.
    Estuve en una Santa Misa, era la despedida de un Cardenal que se jubilaba. La Catedral esta llena de fieles, en la Consagración, todos permanecieron de pie. Terminó la Santa Misa, y el Cardenal se sentó, y los fieles se acercaron para besar el anillo y decirle adiós. Me di cuenta que estos, que no quisieron arrodillarse ante su Divina Majestad, se arrodillaban ante un hombre. Por supuesto "tenido por notable. !No importa lo que fuese, pues Dios no mira la condición de los hombres!" (Gál 2,6.7). Me marché de allí con el corazón lleno de dolor, mientras recordaba estas palabras. "Al Señor tu Dios adorarás y sólo a Él darás culto" ( Mt 4,10). Y esto no es algo disciplinar ni es un consejo Evangélico, es un mandato divino. Y reafirma cuanto estoy diciendo estas palabras: "Dios lo ensalzó y le otorgó el Nombre que está sobre todo Nombre. Para que al Nombre de Jesús toda rodilla se doble en los cielos en la tierra y en los abismos y toda lengua confiese que Cristo Jesús es el Señor, para gloria de Dios Padre" (Flp 2,9-11).

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  2. Estimada Catalina. Cuando leí el artículo muy temprano esta mañana, estuve un tiempo reflexionando sobre cuanto me decía a mí el mismo y cuanto estamos padeciendo la intolerancia de los "idoladores" como dice Castellani.
    Los idolatras modernos van en pos de un confort y tranquilidad que solo les puede ofrecer quien les quita la culpa. Y como mencionó hoy en su homilía, "no son hipócritas por vivir de formalismo religiosos".
    Espero que pronto regrese Cristo porque la presión se está volviendo insoportable. La fe hoy es sentimientos sin razón. Praxis sin doctrina. Desprecio de las leyes de Dios sustituidas por masónicas concepciones de misericordia.
    Sé que todavía falta por padecer, y pido la perseverancia final para mí y para los míos. A veces me falta confianza y flaqueo, pero sé que "todo lo puedo en Cristo que me fortalece" y recobrando el ánimo, espero no claudicar en la defensa de los Derechos de Dios.
    Muchas gracias por su apoyo

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  3. Gracias Catalina por tu acertado comentario apoyado en la palabra de Dios. Tenemos que aprender la virtud de la templanza. No hablar ni escribir cuando estamos indignados, airados, aunque sea por "celo" a nuestro Señor. La seguridad nos la tiene que dar El y debemos pensar que el que conduce la Iglesia hoy es Cristo y El la conducirá a buen puerto en el momento oportuno. Miremos, en este tiempo de Cuaresma a Cristo pasar con la cruz. Esta visión nos produce sufrimiento pero el que carga con la cruz es El. Si evitamos implicarnos "emocionalmente", nuestro nuestro sufrimiento será igualmente eficaz, pero evitaremos dañar nuestra salud y nuestro equilibrio. Acordaros de ño que El nos dijo: Venid a mi los que esteis cansados y agobiados...que yo os aliviaré..y aprended de mi que soy manso y humilde de corazón. Desde toda la eternidad el Señor vio lo que iba a pasar con su Iglesia ahora en los tiempos que nos esta tocando vivir a nosotros. No tenemos que perder de vista Su Poder.Por nuestra parte que podemos hacer...Amarle con todas las fuerzas, permanecer fieles a su Doctrina y eso sí, denunciar el error y la maldad pero con caridad y mansedumbre para no perder nuestra paz.

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  4. Catalina SCJ2/4/14 17:26

    Carmen, voy a recordarte este pasaje evangélico, porque se está haciendo realidad en muchos de nosotros y necesitamos hacer vida las palabras de Jesús, para dejar de lado nuestros miedos. "Él subió a la barca y sus discípulos le siguieron. De pronto, se levantó una tempestad grande que la barca quedaba cubierta por las olas, Jesús estaba dormido. Ellos acercándose, le despertaron: !Señor, sálvanos que perecemos! Él replicó: ¿Por qué tenéis miedo; hombres de poca fe? Entonces se levantó, increpó a los vientos y al mar, y sobrevino una gran bonanza" ( Mt 8,21-26). La Iglesia a lo largo de los siglos, ha luchado contra vientos y mareas, y siempre ha vencido, porque no es el hombre el que vence, sino la fuerza poderosa de Dios que actúa y sostiene al hombre, que está "revestido de Cristo" (Gál 3,27). "Te basta mi gracia porque mi fuerza se muestra perfecta en tu flaqueza. Por tanto con sumo gusto seguiré gloriándome en mi flaqueza, para que se manifieste en mí la fuerza de Dios" ( 2Cor 12,8.9). Cierto, la barca de Pedro hace aguas, parece hundirse, pero el Señor permite todo esto para probar nuestra fe, y para que se cumplan las Escrituras. Estoy totalmente convencida, que, quien pilota la barca de la Iglesia, es Cristo. Y aunque los tiempos son malos, no podemos perder la esperanza. "Porque nuestra salvación está relacionada con la esperanza. Pero hemos de esperar con paciencia" (Rom 8,24.25) pues solo sufriendo con paciencia seremos santificados. Siempre hay un límite para todo. Dios pone límites orden y medida en todo lo creado para que el hombre no traspase sus mandatos y ordenanzas.
    El marca la distancia entre lo divino y lo humano. Los hombres por naturaleza tienden a traspasar los límites, de ahí lo que el Señor dijo a Moisés:" Señala un límite alrededor del monte y di a la gente que se guarde de subir al monte y de pasar el límite" (Ex 19,12) . Dios pone límites a los malvados y a su malicia, "le marca las lindes, poniendo puertas y cerrojos, y le dice: Hasta aquí llegarás, y no pasarás, aquí se estrellará el orgullo de tus olas" (Job 38,10.11) de tu soberbia y de prepotencia.
    Los sufrimientos no son eternos, y adheridos a los sufrimientos de Cristo, "nos proporcionará un desmesurado y rebosante caudal de gloria eterna " (2Cor 4,17).

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