San Juan Bautista

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lunes, 12 de mayo de 2014

¡Misericordia quiero, que no misericordiados! – (In Expectatione)


  Esta reflexión nos la envía un lector, y versa sobre uno de los más inadvertidos prodigios de este pontificado: el parir con fórceps unos malsonantes neologismos que pronto serán usados -casi como haciéndole justicia a los vocablos- en su acepción más decididamente antifrástica. Nunca mejor aplicable que al Obispo de Roma y su vandálica corte aquella sentencia de Tácito: solitudinem fecerunt, pacem appelunt («hicieron un desierto y lo llamaron paz», en referencia a la pax romana). El cuño ahora es bergogliano; la ironía revesadora, forzada por ciertas constataciones ineludibles, correrá a cuenta de los avinagrados "profesionales del Logos".

♦♦♦♦♦

por Jose


  Cuando las palabras se retuercen, se vuelven como un boomerang contra aquel que las ha lanzado.

  Siendo la misericordia un atributo divino, un sentimiento de compasión que mueve a ayudar y perdonar, capaz de contemplar la fragilidad y debilidad de los hombres -su verdadera indigencia, con la mirada de Dios que todo lo perdona, porque comprende y espera, porque cree y ama-, en definitiva su cualidad más excelsa en relación con sus criaturas -sacados de la nada-, molesta ver como hemos llegado, no pocos católicos y por ende cristianos, a emplear o traducir el verbo “misericordiar” de forma peyorativa, para advertir o significar todo lo contrario…

  Las palabras, en un mundo virtual y casi de vértigo, no sólo fluyen, vuelan o se mutan, sino que gracias a la información y a las redes, se instalan en la sociedad sin respeto al diccionario, de manera que aquello que nos empeñamos en usar una y otra vez, con una connotación concreta, supera no ya a su propia definición, sino incluso a quien comenzó a utilizarla sin medir el alcance poderoso de los actuales medios.

  Así, a la llegada a la cátedra de San Pedro del papa Francisco, pasado algo más de un año de su primado, la palabra “misericordia” ha logrado una popularidad antes desconocida, y aún más la variante del verbo, de forma que “misericordiar” no sólo aparece como una cualidad divina, como hemos apuntado, sino como un sello del pontificado de Francisco, verdadero artífice del concepto “misericordiando en las periferias”, gerundio del citado verbo, y que hace alusión a la capacidad de extender esta acción a aquellos que están en las afueras.

  Ahora bien, la paradoja ocurre cuando el concepto inicial se usa para contraponerlo a su verdadero significado, como consecuencia de ciertas actuaciones, repetidas y conocidas, en la Iglesia Católica desde la llegada de Francisco.

  Así, cuando leemos o decimos que alguien ha sido “misericordiado”, no pensamos en lo que literalmente significa, sino más bien en que ha sido censurado, apartado o castigado, lo cual supone hablar, con no poca ironía, de lo que lo que está sucediendo mediante el empleo de su contrario: donde expreso perdón significo condena.

  Hablar del caso de los Franciscanos de la Inmaculada, de Palmaro (q.e.p.d.) y Gnocchi, del profesor Roberto De Mattei, de Antonio Caponnetto, y de no pocos creyentes anónimos o menos conocidos que han saboreado la hiel de la censura por no alinearse con el pensamiento único, tan predominante en la sociedad actual -y que amenaza con extenderse incluso dentro de la Iglesia, hasta el punto de perseguir y lamentablemente “misericordiar” a quienes expresan su lícita disconformidad con ciertas actuaciones, muy particulares, del papa Francisco y su corte de Roma-, es hoy día causa de rebeldía.

  Huelga decir que cuando «aquel que ha de confirmar a sus hermanos en la fe» comienza por negar la existencia del Dios a quienes los católicos, desde hace siglos, defienden y reconocen bajo ese mismo nombre; carga reiterativamente contra una parte de la comunidad, a la que tacha de hipócritas, cuyo defecto parece ser rezar mal porque rezan mucho y llevan cuentas; le desagrada la cara de algunos porque no la llevan de fiesta, como él propone; llama secta a otro colectivo eclesial o deja ver que no son de los suyos, y afirma precipitadamente que para seguir a Jesús no basta con sentirse Iglesia, sino que es necesario el aval de un testimonio –forzado sí o sí-, sin pensar que esta prueba siempre llega según los tiempos designados por el Padre para los hermanos de Cristo, y que por lo tanto no hay necesidad de despreciar o desmerecer a quienes aún no han sido capaces de afrontarla -ejemplo del Señor con Pedro.


  Una prueba ésta que -al parecer y según se deduce de sus palabras- él ya la ha superado, sin pararse a mirar que fue precisamente a su antecesor a quien Jesús preguntó tres veces si en verdad le amaba antes de confirmarle en su misión: práctica de la verdadera misericordia, muy distinta a la de llamarle “numerario”…

  Quizás alguien me diga: "todo es un mal entendido, y no se ha querido decir lo que se ha dicho". Cierto, pero cuando “misericordiar” es sinónimo de condena, algo no anda bien o quizás alguien habla como no es debido.





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