San Juan Bautista

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domingo, 31 de agosto de 2014

¿Cómo habrá victoria sin lucha? - P.A. Gálvez Morillas


Homilía 31 de Agosto de 2014 (Segunda) - P.A. Gálvez Morillas

Padre Alfonso Gálvez Morlillas




Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

sábado, 30 de agosto de 2014

Consecuencias de no proclamar la Reyecía de Cristo - Por Augusto TorchSon


  Al principio de la encíclica Quas Primas, donde se estableció la fiesta de Cristo Rey, el Papa Pio XI advertía que “un cúmulo de males había invadido la tierra porque la mayoría de los hombres se habían alejado de Jesucristo y de su ley santísima, así en su vida y costumbres como en la familia y en la gobernación del Estado…” y “ también que nunca resplandecería una esperanza cierta de paz entre los pueblos mientras los individuos y las naciones negasen y rechazasen el imperio de nuestro Salvador”.

  Si en 1925 S.S. Pio XI tenía esa preocupación, ¿que podríamos decir de los tiempos que corren? Abandonada la cristiandad, es decir la impregnación en el orden temporal del Evangelio, y reducido el culto a la sola práctica privada, que es lo que se puede denominar simplemente cristianismo; el resultante lógico de estas claudicaciones es la gran apostasía en la que estamos inmersos. Y buscando desterrar a Cristo  de nuestras sociedades, se creyó que su ausencia podría ser suplida con la con la técnica y la ciencia, sin embargo hoy vemos que éstas nos están llevando casi al borde de la extinción.

  El “non serviam” del demonio, hoy se hace eco en la humanidad toda que clama por sus derechos anteponiéndolos a los de Nuestro Señor; sin embargo Él mismo aclaró el alcance de su poder al decir: “A Mí se me ha dado toda potestad en el cielo y en la tierra” (Mt. XXVIII, 18). Pero insistimos en un demoníaco antropocentrismo que busca una fraternidad sin Dios, y que no puede sino caer en el abismo al pregonar una hermandad desprovista de filiación Divina. Esa orfandad que se busca con tanta soberbia al pretender independizarnos de Nuestro Creador, es la que nos llevó a querer expulsar a Cristo no sólo de nuestras sociedades sino también de nuestros corazones; y Dios respetando nuestra libertad, nos entregó a nuestros mundanos deseos y así vemos que en esta inmensa nueva Torre de Babel que es el mundo moderno, solo reina el caos y la anarquía. Así, el asesinato de los hijos por sus madres en su mayor estado de indefensión, hoy es algo considerado “liberador”; el arte mientras más grotesco y blasfemo, es el más requerido por considerar hoy una “virtud” el ser transgresor; la familia está completamente desintegrada por el divorcio, el adulterio y la contracepción que destruye el amor conyugal para poner el sexo al servicio del hedonismo; se trata de redefinir a la familia para equipararla a las infecundas uniones de parejas con relaciones contranatura; la economía deja de estar al servicio de la prosperidad de los pueblos para convertirse en una herramienta de opresión a través de la usura; y la política deja de buscar el bien común de las naciones para transformarse en el instrumento de enriquecimiento personal de quienes trabajan para intereses foráneos a costa del bien común de sus compatriotas.

  Y teniendo en cuenta que siempre que se deja un lugar vacío, éste es ocupado por alguien más, en este caso, el lugar de Dios en nuestros corazones es ocupado por Satanás, que como padre de la mentira, se complace en prometernos un paraíso terreno, que, al estar basado en el más radical de los egoísmos, no puede sino generar este infierno en la tierra al que asistimos con la mayor de las indiferencias en la medida en la que no nos afecte personalmente los padecimientos del resto de la humanidad.

  Siguiendo con el Evangelio antes mencionado, Cristo nos instó diciendo: “Id, pues, e instruid a todas las naciones, bautizándolas en el nombre del Padre, y del Hijo, y del Espíritu Santo, y enseñadles a observar todas las cosas que os he mandado” (Mt. XXVIII, 19); sin embargo, hoy desde las más alta jerarquías eclesiásticas, se limita esta actividad por Cristo mandada, por considerar que la Iglesia crece por atracción y no por proselitismo; y nos preguntarnos ¿cómo funciona la atracción sin bautizar ni enseñar las cosas que Cristo nos encomendó? Y en esto consiste precisamente el proselitismo, en ganar personas para la causa de Dios, en buscar que las naciones sean católicas, que Cristo reine; ya que como señala también la encíclica “Quas Primas” citando a San Agustín, “Él es sólo quien da la prosperidad y la felicidad verdadera, así a los individuos como a las naciones: porque la felicidad de la nación no procede de distinta fuente que la felicidad  de los ciudadanos, pues la nación no es otra cosa que el conjunto concorde de ciudadanos”. Sirva esto para contrarrestar falsas propuestas de felicidad sin Dios del Obispo de Roma (aquí). Que si se decide renunciar según está anunciando, haciendo propaganda de su humildad, se puede dedicar a los libros de autoayuda más que a seguir hablando de nuestra fe ya que más que propagarla, esta diluyéndola en propuestas sincretistas y humanistas.

  Y en ese diluir la fe para no “molestar” a las otras religiones y hasta a los ateos, Bergoglio claudica a proclamar la Reyecía de Cristo y pide para que las oraciones del Ramadán Islámico den muchos frutos y hoy lo vemos en la masacre que estos dignos seguidores del sanguinario Mahoma están haciendo con los cristianos. Y dicho sea de paso, para quienes dicen que esto es una observación parcial de nuestra parte, los invitamos a leer el Corán. Otro tanto hace con los judíos actuales a quienes considera como fundamento y base del cristianismo, olvidando la claudicación de este pueblo teológico a su vocación de pueblo de Dios para transformarse en perseguidores y asesinos del Dios Encarnado y sus seguidores; y en el mismo sentido hoy vemos como masacran a niños palestinos (musulmanes o no) con saña demoníaca, y dominan el mundo entero a través de las altas finanzas que condicionan a las naciones para recibir ayuda económica a que se sometan a legislaciones subvertidoras del orden natural para destruir las identidades, culturas y tradiciones de nuestras patrias. Así mismo sucede con los protestantes, a los que hoy no se los invita a la conversión sino a la “Unidad en la diversidad” y por último y en una de los más terribles dobleces de la Roma actual, Bergolgio dice a los ateos que no hace falta creer en Dios para salvarse y se reúne constantemente con marxistas y terroristas que tanto daño hicieron en Argentina en la década del 70, ayudándolos incluso en la persecución contra quienes lucharon lícitamente para frenar esta demoníaca ideología. Y sabemos como decía G.K. Chesterton que: “Cuando se deja de creer en Dios, enseguida se cree en cualquier cosa” y a lo largo de la historia estos sin Dios, sometieron y asesinaron a más personas que ninguna otra guerra en la historia.

  San Agustín en “De Civitate De” describía la lucha constante entre la ciudad de Dios y la del demonio diciendo: “Dos amores crearon dos ciudades, una creada por el amor a Dios hasta el desprecio de uno mismo, y la otra creada por el amor a uno mismo hasta el desprecio de Dios”, y aunque hoy prevalezca la última y se diga como lo hicieron los judíos “no queremos que ese reine sobre nosotros”, debemos rezar y trabajar por que Cristo Reine; primero en nuestros corazones pero después en todo el orden temporal, tanto social como político; porque por mucho que le pese al mundo y a los traidores dentro de la Iglesia Católica, como nos prometió Nuestro Señor en el Evangelio antes referido: “Estad ciertos que Yo estaré con vosotros todos los días hasta la consumación de los siglos”; por lo que no tengamos dudas en nuestra lucha que:

 ¡Cristo Vence! ¡Cristo Reina! ¡Cristo Impera!


  Trabajando para que Cristo Reine

  Augusto TorchSon



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lunes, 25 de agosto de 2014

Silenciar los ruidos del mundo para escuchar a Dios - P.A. Gálvez Morillas


Homilía 11° Domingo después de Pentecostés (Segunda)
Evangelio: Mc 7: 31-37

Padre Alfonso Gálvez Morillas






Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas


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sábado, 23 de agosto de 2014

Feminismo de género: Estrategia globalista de desintegración social – Por Augusto TorchSon


  El Papa Benedicto XVI siendo Cardenal, al referirse a la ideología de género, sostuvo que ésta constituía “la última rebelión de la criatura contra su condición de criatura”. Así vemos como la rebelión del hombre contra Dios lo lleva a negar la naturaleza misma, y como obra maestra de Satanás, busca destruir todo el orden natural atacando la familia que es la célula básica de las sociedades. Con ese fin, busca corromper a la mujer, destruyendo la natural complementariedad que tiene que existir en su relación con el hombre, llamándola a liberarse de las supuestas ataduras de lo que consideran “anacrónica y opresiva” concepción patriarcal de la familia.

  Una de sus principales ideólogas fue Simone de Beauvoir, que sostenía que no se nacía varón o mujer sino que nos imponían culturalmente esa condición, negando así la más básica de las realidades biológicas. Pero donde realmente apuntaba Beauvoir, era a la destrucción del matrimonio, al que consideraba como la primera causa de esclavitud de la mujer por el hombre. Y destruyendo el matrimonio monógamo se podría terminar con tabúes impuestos socialmente, yendo hacia una sexualidad polimorfa, sin sujeciones, en donde la homosexualidad estaría bien vista y el aborto sería una necesidad.

  En el fondo, como se ve, estas propuestas no se conforman con lograr una supuesta igualdad entre hombres y mujeres, sino que pretenden abolir las identidades sexuales biológicamente femeninas o masculinas, para que la sexualidad se manifieste en sus más variadas formas, sin ningún tipo de sujeciones que se pretenden “culturales”. Pero, a pesar de plantear muchos contrasentidos, están apoyadas en un feminismo radical, por eso podemos observar cómo se utiliza el término “violencia de género”, exclusivamente para referirse a la que sufren mujeres, a pesar de ellas mismas negar esa realidad biológica. En vez de hablar de violencia doméstica, o violencia en el hogar, se busca exaltar la idea de la mujer como la oprimida en el matrimonio. Si es la mujer la que agrede a su marido, no cabe la tipificación de “violencia de género”. De la misma manera que hoy se habla de femicidio sin mencionar “masculinicidio”. Y en las legislaciones que prevén estas figuras, los atentados contra la vida de una mujer o un homosexual, tienen mayores penas que las cometidas contra varones heterosexuales, por lo que se presenta una verdadera desigualdad ante la ley, promovida paradójicamente, por quienes pretenden igualarse a pesar de las innegables diferencias.

  Volviendo a  S.S. Benedicto XVI, desenmascarando la verdadera naturaleza de esta ideología, y en consonancia con lo antes expuesto, afirmaba: “La falacia profunda de esta teoría y de la revolución antropológica que subyace en ella es evidente. El hombre niega tener una naturaleza pre constituida por su corporeidad, que caracteriza al ser humano. Niega la propia naturaleza y decide que ésta no se le ha dado como hecho prestablecido, sino que es él mismo quien se la debe crear.

  Y estas revoluciones antropológicas no solo cuentan con el silencio cómplice de muchos de nuestros “pastores”, sino también con su descarada promoción. Así ya tuvimos en la Catedral de la ciudad de Córdoba en Argentina el bautismo de la hija de dos lesbianas que hicieron gala de su condición aberrosexual en el mismo templo; y ahora, por si aquello fuera poco, en provincia de Entre Rios, se bautizará a la hija de un transexual varón que pretende ser mujer y de una transexual mujer que pretende ser varón, y como cereza de la torta, los padrinos también serán transexuales, transgrediendo absolutamente todas las normas previstas en el derecho Canónico para el Sacramento del Bautismo (aquí).


  Mientras tanto nuestros obispos están muy preocupados por la cuestión social, ya que las cuestiones morales por efecto de la nueva concepción del obispo de Roma de misericordia, dejan de ser relevantes y ocuparse de ellas hace pasible a sus autores de ser objeto de persecuciones vaticanas que conllevan muchas veces castigos disfrazados de “ascensos”, cierre de seminarios, o intervenciones injustificadas, que son supervisadas por oscuros personajes. Esta nueva orientación también constituye una revolución y hasta una inversión antropológica.

  Aclaramos que todavía quedan valientes y solitarios cardenales, obispos y sacerdotes que no temen defender la Sana Doctrina a pesar de los riesgos que esto implica.

  El feminismo de género tiene como base al marxismo, que consideraba que el primer antagonismo de clases de la historia tuvo como sujetos al hombre y a la mujer unidos en matrimonio monógamo. Pero las feministas consideraron que los marxistas fallaron al apuntar su lucha en cuestiones puramente económicas, sin concentrarse en atacar a lo que consideran la verdadera y principal causante de la lucha de clases, la familia. Sin embargo, estas feministas de género que promueven la “deconstrucción de la familia” a través de la educación y la cultura, tienen como su principal enemigo, a la Iglesia Católica, a la que consideran como la gran culpable de la opresión de las mujeres. Sostienen para justificar este ataque, que la religión es el invento masculino creado con ese fin. Y así, infiltrados entre los mismos biblistas, podemos ver el ejemplo del exégeta de la Biblia de Nuestro Pueblo, de Luis Alonso Schökel, que menciona en pasajes como el de San Pablo en Efesios 5,23:  “… el hombre es cabeza de la mujer, como Cristo es cabeza de la Iglesia, que es su cuerpo…Por cuanto así como la Iglesia está sujeta a Cristo, así las mujeres lo han de estar a sus maridos en todo”; que dichas posturas no pueden entenderse como palabra de Dios y que si el santo hubiera vivido en nuestra época, el lenguaje nunca hubiera denotado sometimiento sino igualdad. Esto entre muchas otras interpretaciones en clave comunista que hace en reiteradas oportunidades. Y hoy es una de las Biblias más vendidas y difundidas en la Iglesia a pesar de su marcada orientación hacia la Teología de Liberación.

  Con los sentidos amortiguados, la moral anestesiada, la consecuencia lógica es el enfriamiento de la caridad, presupuesto prescripto por Nuestro Señor como signo de la proximidad de su regreso. Y ante estas satánicas y asesinas ideologías financiadas por capitalistas y ejecutadas por comunistas, que sólo tienen por objeto reducir la población hasta hacer de la humanidad un rebaño ínfimo, nuestro deber cristiano es salir de la comodidad y oponernos sin importar los riesgos que impliquen, pues lo que está en riesgo es mucho más que sólo nuestras vidas.

“…Pues quien quisiere salvar su vida, la perderá, más quien perdiere su vida por amor a Jesús, la hallará”
(Mt.16,25) 

Trabajando para que Cristo reine

Augusto TorchSon


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viernes, 22 de agosto de 2014

Los crímenes de los "buenos": El caso Rudolf Hess - Por Carlos García


¿Qué Justicia querían los que condenaron a Rudolf Hess? 

  Un caso especial de los tratados por los mercaderes de Nüremberg fue el de Rudolf Hess. Para él, cita la acusación el documento USA 474 y afirmaba: “Yendo a la página 8 de esta publicación, en la línea 2 tenemos el nombre de “Hess, Rudolf”, seguido de la nota “Por autorización del Führer, con derecho a vestir el uniforme de Obergruppenführer de las SS”. O sea, para poder enlazar a Hess tuvieron que imputarle “¡el derecho al uso de uniforme!”, ya que Hess estuvo prisionero de los británicos prácticamente durante toda la guerra, al volar a Escocia el 10 de mayo de 1941, para intentar un acuerdo que pusiera fin  a la guerra entre Alemania y el Reino Unido. De modo que estuvo ausente de su paíse durante el período más cruento de la contienda. Hoy diríamos que Hess fue condenado por “portación de autorización para el uso de uniforme”, delito grave, si los hay. Nada dice la acusación acerca del objetivo de la misión de Hess, ningún crimen concreto se le atribuye. A la fecha del vuelo no había “cámaras de gas”, “cámaras, diesel”, “cámaras eléctricas”, “máquina  rompe nucas”, “mini bomba atómica”; nada del arsenal con que la acusación deslumbró al tribunal.

  El juicio a Hess fue patético. Sufría de manifiesta amnesia y síntomas paranoicos que hubieran impedido llevarlo a juicio. Se intentó presentar a Hess como un farsante y decir que su dolencia era simulada; ello a fin de validar el juicio llevado adelante en tan irregulares condiciones. Sin embargo, todos los estudios psiquiátricos coincidieron en la existencia real de la patología. De hecho, a instancias de la defensa, el tribunal determinó tres pericias médicas sobre el imputado: una por los médicos británicos, otra por los americanos y finalmente, una por los rusos.

  Conforme lo explica el inglés J.Bernard Hutton, en su obra “Hess, el hombre y su misión”, los médicos ingleses sostuvieron: “…su pérdida de memoria… afectará a su capacidad de defenderse y para comprender detalles del pasado que surjan durante el proceso… Firmado: Drs. Moran, J.R. Ress y George Riddoch”. Los americanos afirmaron: “… la naturaleza de esa pérdida de memoria… afectará a sus respuestas a preguntas relacionadas con su pasado y también al desarrollo de su defensa… Firmado: Drs. Ewen Cameron, Jean Delay, Paul L. Schroeder y Nolan E.C. Lewis”. A su turno, los rusos confirmaron: “… su amnesia afectará a su capacidad para desarrollar su defensa y para comprender detalles del pasado que aparezcan como datos de hecho”. Nada de esto fue tenido en cuenta; el tribunal determinó que Rudolf Hess se encontraba en condiciones de atender su defensa y el juicio prosiguió en su contra.

  Airey Neave, oficial inglés a cuyo cargo estuvo la entrega del acta de acusación de Hess, refiere: “Los veredictos fueron pronunciados, por turno, el 30 de septiembre de 1946 por los jueces de las cuatro potencias. El de Hess fue sólo leído por el general Nikitchenko, el juez ruso. El tribunal… halló a Hess culpable de crímenes contra la paz y no culpable de crímenes de guerra ni de crímenes contra la humanidad. En algún momento del intervalo de veinticuatro horas que medió entre este veredicto y la pronunciación de la sentencia, el Gobierno Soviético, posiblemente el propio Stalin, intervino y expresó su más violenta oposición. El 1° de octubre, Nikotchenko, abochornado, leyó un fallo disidente, aludiendo al trato dispensado a los polacos en territorio ocupado y declarando a Hess culpable de “crímenes contra la humanidad”. La pena debía ser de muerte. Se produjo un atónito silencio en la sala del Tribunal de Nüremberg. Nadie dudaba de que este cambio había sido ordenado por Moscú. Constituía una burla a las concepciones occidentales de un “proceso justo”. Desde aquel día los rusos han mantenido su impecable odio a Hess como un elemento de su política internacional”.

  Cita Hutton un comentario hecho al respecto por Winston Chirchill: “Al reflexionar sobre ese asunto, me alegra de no ser responsable de la forma en que Hess ha sido y está siendo tratado. Cualquiera que sea la culpabilidad moral de un alemán que se mantuvo al lado de Hitler, Hess, en mi opinión, la había expiado con su acto de total entrega y el fanatismo de su lunática buena intención. Vino a nosotros por su propia y libre voluntad y, aunque no fue facultado para ello, poseía en cierto modo la calidad de un enviado. Era un casi médico, no un caso criminal, y como tal debería ser considerado. Winston Churchill”. Sin embargo, mister Churchill, el juez inglés, que no era ajeno a sus directivas, no se hesitó al firmar la condena.

  Aun con sus padecimientos, al tiempo de hacer uso de la palabra por última vez en Nüremberg, tuvo Hess la lucidez necesaria para pasar lista a muchos de los hechos vergonzosos que había anticipado: “Algunos de mis camaradas aquí presentes pueden confirmar el hecho de que, ya en los comienzos del proceso, predije lo siguiente: 1) Aparecerían testigos que prestarían bajo juramento declaraciones falsas y, al mismo tiempo, podrían crear una impresión de absoluta veracidad y serían tenidos en muy alta estima. 2) Era de esperar que el Tribunal recibiera declaraciones falsas formuladas por escrito bajo juramente. 3) Los acusados se verían asombrados y sorprendidos por algunos de los testigos alemanes. 4) Algunos de los acusados se comportarían de forma extraña. Harían desvergonzadas manifestaciones sobre el Führer, se incriminarían unos a otros falsamente. Quizás, incluso, se incriminarían a sí mismo y falsamente. Todas estas predicciones se han cumplido, por lo que a los testigos y a las declaraciones escritas se refiere, en docenas de casos; casos en los que las declaraciones bajo juramento de los acusados se encuentran en oposición con las anteriormente juradas por ellos… No me arrepiento de nada. Si hubiera de empezar de nuevo, actuaría como he actuado, aunque supiera que al final tendría que correr el riesgo de una muerte despiadada. No importa lo que cualquier hombre pueda hacer; algún día compareceré ante el Eterno para ser juzgado. Yo responderé a Él, ¡y sé que Él me declarará inocente!”.

  Hess fue condenado a prisión perpetua, nadie creyó en el ámbito del tribunal que la pena tendría esa extensión efectiva, la conciencia de los jueces necesitaba expiarse con un indulto o conmutación de pena. Sin embargo, nada ocurrió. Todos los intentos por que Hess fuera liberado, uno de ellos encabezado por el mismo oficial inglés que le impusiera de la acusación, fueron sistemáticamente desoídos.

  El 17 de agosto de 1987, autoridades aliadas anunciaron que Rudolf Hess había muerto en prisión de Spandau, la cual sólo se encontraba abierta para alojar al anciano alemán de 93 años. Al día siguiente se dijo que se había estrangulado con un cable, lo cual no fue confirmado. EL cirujano británico Hugh Thomas afirmó que Hess fue asesinado y que la autopsia practicada por el médico James Cameron revelaba que había muerto por asfixia, pero no mencionaba en su dictamen la palabra “suicidio”. Había sido asesinado un hombre que, pudiendo perseverar en una cuestión de insanía, prefirió dar testimonio de su integridad hasta el último momento de su vida.

Carlos García

Revista Cabildo - 3 Época - Año XIII N° 101. Págs. 24-25.


Agradecemos a nuestro amigo Octavio Guzzi por acercarnos el artículo.


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jueves, 21 de agosto de 2014

León Degrelle: Guerrero, Filósofo y Poeta - Por Octavio Guzzi


A veinte años de su muerte


  El 31 de marzo de 1994, en la ciudad de Málaga, partía de este mundo uno de los últimos guerreros de la segunda guerra mundial. Un viejo sobreviviente de la rabia de Nüremberg. Líder político, militante, soldado, padre y poeta, León Degrelle, parece sintetizar en su figura la amalgama de los templados héroes del parnaso.

  En el género autobiográfico, el mismo Degrelle se ha retratado en sus "Memorias". Nos ha revelado cuánto debió luchar, en territorio belga, para consolidar la unidad política de su movimiento rexista, nacido en honor al único Rex: Cristo. En fin, en estas páginas, se puede leer un colorido testimonio de un guerrero incansable batallando por el triunfo de la verdad. Dice en uno de sus párrafos: "Así, pues, me alisté como soldado simple, pese a que era padre de cinco niños, para que el menos favorecido de nuestros camaradas me viese participar con él de sus penas y sus infortunios..."

  Sin embargo, al conmemorar estos veinte años de su partida, hemos decido recordarlo, enfatizando su condición de poeta. Oportunamente, Santo Tomás recordaba que "el filósofo y el poeta tienen en común lo maravilloso". Seguramente, las difíciles experiencias de la segunda guerra mundial habían regalado a Degrelle la posibilidad de poner en práctica un bagaje de conocimientos que pronto serían transformados en una ascesis poética.


  Allí se producirá el encuentro con lo maravilloso. Las condecoraciones eran sólo un reflejo de una entrega absoluta; abandono propio del hombre filosófico que se da permanentemente a fin de encontrarse con la verdad. Idea y realidad, en Degrelle, se vuelven un todo indisoluble, prueba viva del apotegma "filosofar es estar presto a morir". De un momento a otro, esa filosofía se iría modelando hasta producir el deslumbramiento de las formas. El libro "Almas ardiendo" es el fruto de un soldado que ha lidiado contra todas las inclemencias, materiales y espirituales. Como lo dice el mismísimo Gregorio Marañón, en el prólogo a dicha obra, son "páginas de insuperable hermosura".

  Será suficiente emprender la lectura de la "Agonía del Siglo" para encontrar párrafos de intensa profundidad: "¿Para qué guardar al fruto maduro que tendría que repartirse entre todos? El amor, el mismo amor, ya no se da a los demás; se huye con él entre los brazos, de prisa, de prisa. Sin embargo la única felicidad era aquello: el don, el dar, el darse, era la única felicidad consciente, completa, la única que embriagaba, como el perfume sazonado de las frutas, de las flores, del follaje otoñal".  

  La aguda perspicacia que ha caracterizado a este "homo conditor", puede colegirse de la primera parte de este maravilloso libro.

  Claramente, y como su título lo indica, "Corazones Vacíos" narra las consecuencias de la posguerra, no como un estólido y vacuo relato del "triunfo de la libertad", sino más bien retomando una mirada analítica del hombre desacralizado. Entonces, el epílogo no se hace esperar: "Sin amor, sin fe, el mundo se está asesinando a sí mismo..."

  Degrelle, como buen poeta, sabía elevar su mirada a Dios. Sabía adorar el esplendor de la Forma, pues su vida y su gloria militar no eran otra cosa que una consagración a la Voluntad Divina.

  Así, este valiente y audaz luchador no nos dejará sucumbir en la pobreza de los tiempos. La "Vida Recta" es una lección para el combate diario. Es alimento para el hombre que reconoce en las armas un medio para alcanzar la gloria. "El gran ideal da siempre fuerza para domar el cuerpo, para soportar el cansancio, el hambre, el frío..." Nuevamente, aflora el coraje de nuestro luchador cuando en dicho capítulo leemos: "Una vez cumplidos nuestros deberes, ¿qué más da morir a los treinta años o a los cien años? ¡Lo que importa es sentir el corazón encendido, cuando la bestia humana grita extenuada!"

  Los capítulos se suceden en este libro que parece no tener fin. Cada palabra, cada hoja descubre un sinnúmero de reflexiones y alternativas. En la "Renunciación" nos enseña el misterio de la felicidad. "La verdadera felicidad, la felicidad digna del hombre, la que nos eleva, es la felicidad asistida por el espíritu, la que nace de la renunciación del alma, de su abdicación, en la plena conciencia, de los placeres que la vida nos ofrece y nos regatea".

  Podríamos abundar en citas. Pero entendemos, que siempre es mejor leer y releer el texto mismo. Allí, se encontrará un manual para el guerrero, una guía para el filósofo y una palabra para el poeta. •


Octavio Guzzi

Revista Cabildo 3° Época – Año XV – N° 108. Julio-Agosto 2014


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lunes, 18 de agosto de 2014

No se puede servir a dos Señores - P. A. Gálvez Morillas


Homilía 17 de agosto de 2014 10º Domingo después de Pentecostés

Padre Alfonso Gálvez Morlillas



  Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.



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domingo, 17 de agosto de 2014

La Virtud de la Esperanza contra el Nuevo Orden Mundial – Por Augusto TorchSon


  Mucho se ha escrito sobre las bondades de la globalización, del derribar fronteras. Sin embargo, estos eufemismos para establecer el Nuevo Orden Mundial, no tienen otro objetivo más que terminar con las patrias quitándoles sus almas y así la de sus habitantes. Se observa así con toda claridad que quienes tratan de imponer este paraíso socialista, son nada menos que los poseedores de los grandes capitales, usando el subterfugio democrático del Sufragio Universal. Coincidimos, aunque sólo en este punto, con las palabras de la filósofa Ayn Rand al sostener: “No hay diferencia entre comunismo y socialismo, excepto en la manera de conseguir el mismo objetivo final: el comunismo propone esclavizar al hombre mediante la fuerza, el socialismo mediante el voto. Es la misma diferencia que hay entre asesinato y suicidio”. Y entre los propulsores de estas ideologías que no resisten un profundo y coherente análisis, observamos  por ejemplo como la Revista Forbes ubica a Fidel Castro como el séptimo mandatario más rico del mundo (aquí). Nada que no se haya visto antes en los paradojales “paraísos comunistas y socialistas”.

  Pero lo que es importante señalar es la lucha más real y terrible que se da en la historia: la metafísica; esa la lucha entre el bien y el mal por el alma de los hombres. Y para Satanás, no hay herramienta más efectiva en esta batalla que el hacer del hombre un esclavo de sus sentidos que solamente busca la felicidad en lo terreno, en lo contingente. Y para conseguir la imposición de esta concepción antropocéntrica de la vida hay que quitar en el hombre el sentido de trascendencia, la esperanza en la eternidad compartida con Nuestro Creador, para suplantarla por un materialismo inmanentista que como señalaba con toda claridad S.S. Pio XI en su encíclica sobre el comunismo ateo, “Divini Redemptoris”; busca “pseudoideales de justicia y de igualdad que llenos de cierto falso misticismo  halagan a las masas con falsas promesas de redención”. De ahí la importancia de combatir estas ideologías que llevan en última instancia al hombre a la desesperación y a la condenación eterna.

  Hoy necesitamos más que nunca buscar el amor de Dios no basado en la experiencia inmediata que nos propone el mundo, sino en la fe. De lo contario, al ver tantos males, podríamos considerar que Dios nos abandonó a nuestra suerte, como se presenta en las concepciones deístas de la Masonería. Sin embargo San Pablo nos pone en la perspectiva adecuada al señalar: “…hemos sido salvados por la esperanza. Y no se dice que alguno tenga esperanza de aquellos que ya ve, pues lo que uno ya ve, ¿cómo lo podría esperar? (Rom. VIII, 24).

  Para ilustrar el razonamiento adecuado ante estas posturas que pretenden deshumanizarnos, quitándonos nuestras esencias en nombre precisamente del “humanismo”, conviene recordar a Pascual Pastore*, diputado democristiano que en la década del ’50, pidió la palabra en el parlamento italiano y dijo lo siguiente, increpando a los comunistas:

“Yo siento hacia vosotros una particular atracción, porque sois más infelices puesto que carecéis de esperanza.

  Permitidme este recuerdo: yo tenía diez hijos, la mayor que era toda mi ilusión, ha muerto y ha empleado cuatro años para morir. Cuatro años son tantos días, tantas horas, tantos minutos; pero yo espero verla nuevamente. Yo no hago otra cosa más que esperar, en apariencia yo ejerzo una profesión, trabajo, pero no es verdad, solo busco el cumplimiento de esta esperanza.  
 
  Más cuando pienso que vuestra ciencia, que vuestra ideología dice, con seguridad absoluta y enseña, que entre los huesos de mi hija muerta que espera la resurrección de la carne y los de la carroña de un buey, no hay ninguna diferencia; que mi esperanza es una estúpida ilusión al servicio del capitalismo, ¡Ah, entonces os digo comunistas, mientras hallan hijos que mueran y padres que esperan, se rebelarán contra vosotros!

  Vosotros tenéis de la vida individual y social, un concepto químico. He aquí la razón por la cual sois desgraciados. Los ácidos y las sales se combinan y de ello resulta una reacción dialéctica de la vida, donde no hay lugar para la esperanza. Así concebís vosotros todas las cosas, y aquí está la gran divergencia. Vosotros estáis ensayando, un “bleff” colosal; pretendéis hacer creer que vosotros estáis por los pobres y que nosotros estamos por los ricos, pero permitidme que os diga con todo el sentimiento y amargura posible, vosotros, no amáis ni a los pobres ni a los ricos, vosotros no amáis a nadie, porque vosotros no tenéis esperanza”.

*Relato extraído de la conferencia del Dr. Antonio Caponnetto: “La Esperanza, virtud de la familia católica” citando una anécdota relatada en un libro de Alberto Ezequiel Volpi.

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  Quisiera dedicar estas pequeñas líneas a la memoria de mi muy querido ahijado Luis María (Grignoncito) que con su año y nueve meses nos colmó de alegría y combatió con todas sus fuerzas y el mejor de los ánimos la enfermedad que por designio divino le tocó; habiendo sido un angelito en la tierra y hoy siendo un santo en el Cielo.

  De la misma manera quisiera manifestar mi admiración y aprecio por sus padres que demostraron una inmensa entereza y fortaleza ante tan terrible tragedia humana, que no se puede entender sino con la asistencia de la gracia, recompensa justa por su amor y fidelidad a Dios; y que, en una muestra de total abandono a la providencia divina, se fortalecen en la esperanza cristiana del reencuentro definitivo, para compartir juntos la Gloria eterna de la Visión Beatífica.  


  Augusto TorchSon

Nacionalismo Católico San Juan Bautista


viernes, 15 de agosto de 2014

La Madre de Dios Reinando en los Cielos - Por Sor María de Jesús de Agreda

 
  Luego que Nuestro Redentor Jesús entró en el Cielo llevando a su Madre Santísima, ésta fue colocada a la diestra de Él, su Hijo y Dios Verdadero, en el mismísimo Trono Real de la Beatísima Trinidad, a donde ni los hombres, ni los ángeles, ni serafines han llegado o llegarán jamás por toda la Eternidad. Esta es la más alta y excelente preeminencia de Nuestra Reina y Señora, estar en el mismo Trono de las Tres Divinas Personas, cuando todos los demás bienaventurados, no son más que siervos y ministros. Colocada María Santísima en su Trono Eminentísimo, declaró el Señor a los cortesanos del Cielo, los privilegios que graciosamente eran comunicados a la Madre de Dios. Entonces la Persona del Eterno Padre, como Primer Ministro de todo, dijo hablando con los ángeles y santos: “Nuestra Hija María fue escogida y poseída de Nuestra Voluntad Eterna entre todas las criaturas y la primera para nuestras delicias; nunca degeneró el título de Hija que le dimos en nuestra Mente Divina y tiene derecho a Nuestro Reino en donde ha de ser reconocida y coronada como Legítima Señora y Singular Reina”. Después el Verbo Humanado añadió: “A mi Madre verdadera y natural le pertenecen todas las criaturas que por mí fueron creadas y redimidas y de todo lo que Yo soy Rey, ha de ser Ella Legítima y Suprema Reina”. Por último el Espíritu Santo dijo: “Por el Título de esposa mía, amiga y escogida, a que con fidelidad ha correspondido se debe también a María la Corona de Reina por toda la Eternidad”. Dichas éstas palabras, las tres Divinas Personas pusieron en las sienes de María Santísima una Corona de Gloria de tan nuevo resplandor y mérito, cual ni se vio antes, ni se verá en pura criatura. Al mismo tiempo salió una voz del Trono que decía: “Amiga y escogida entre todas las criaturas, nuestro Reino es tuyo, tu eres Reina, Señora y Superiora de los Serafines y de todos nuestros Ministros los ángeles y de todo el resto de nuestras criaturas. Atiende, manda y reina prósperamente sobre ellos, que en nuestro supremo consistorio, te damos Imperio, majestad y señorío. Estando llena de Gracia sobre todos, te humillaste en tu estimación al inferior lugar; recibe pues ahora la supremacía de que se te debe y el dominio , participando de Nuestra Divinidad sobre todo lo que fabricaron nuestra manos con nuestra Omnipotencia. Desde tu Real Trono mandarás hasta el centro de la Tierra y con el Poder que te damos sujetarás al infierno y a todos sus moradores, todos te temerán como a su propia Emperatriz y Señora de aquellas tenebrosas cavernas de nuestros enemigos. Reinarás sobre la Tierra y todos los elementos y sus criaturas. En tus manos y en tu Voluntad ponemos las virtudes y efectos de todas causas, sus operaciones y su conservación, para que dispenses de la influencia de los Cielos, de la lluvia, de las nubes y de los frutos de la tierra; y de todo, distribuye según tu beneplácito, pues nuestra Voluntad estará siempre atenta para ejecutar la tuya. Serás Reina y Señora de todos los mortales para detener la muerte y conservar la vida. Seas Emperatriz y Señora de la Iglesia militante, su Protectora, su Abogada, su Madre y su Maestra, Serás Especial Patrona de los Reinos Católicos y si ellos, los cristianos y todos los hijos de Adán te llamasen de corazón y te sirvieren, los remediarás y ampararás en sus trabajos y necesidades. Serás Amiga, Guía, Defensora y Capitana de todos los Justos y Amigos nuestros; y a todos los consolarás, confortarás y llenarás de bienes conforme te obligaren con su Devoción. Para todo esto, te hacemos Depositaria de nuestras riquezas y Tesorera de nuestros bienes; en tus manos ponemos los auxilios y favores de Nuestra Gracia para que los dispenses a la Humanidad, no queriendo conceder cosa alguna a los hombres que no sea por tu mano. En tus manos estará derramada la Gracia para todo lo que quisieras y ordenares en el Cielo y en la Tierra; los hombres y los ángeles te obedecerán en todas partes, porque todas nuestras cosas son tuyas, como tú siempre fuiste nuestra y reinarás a nuestro lado para siempre”. Tal fue el discurso que pronunció la Beatísima Trinidad, y conforme a este decreto y privilegios concedidos a la Madre de Dios, mandó el Omnipotente a todos los cortesanos del Cielo, ángeles y hombres, que prestasen obediencia a María Santísima y la reconociesen por su Reina y Señora.


  Así lo hicieron en aquel felicísimo Reino en donde todas las cosas se reducen a su orden y proporción debidos. Los espíritus angélicos y las almas de los santos hicieron este reconocimiento y adoración, al modo que adoraron al Señor con temor, culto y obediencia, dando respectivamente la misma a su Divina Madre. Todos los santos que estaban en cuerpo y alma en el cielo, se postraron y adoraron con acciones corpóreas a su Reina. Esta Coronación de la Madre de Dios como Emperatriz de Cielos y Tierra, fue admirable para Gloria de Ella, de grande gozo y júbilo para los ángeles y santos y de suma complacencia para la Beatísima Trinidad. En ese día hubo grande fiesta en el Cielo empírico y se aumentó la Gloria Universal de todos sus ciudadanos. Dejemos pues a Nuestra Gran Reina y Señora colocada a la Diestra de su Santísimo Hijo, reinando por todos los siglos de los siglos. AMÉN.


Sor María de Jesús de Agreda - “Experiencias Celestiales”


Nacionalismo Católico San Juan Bautista



lunes, 11 de agosto de 2014

Creer a las palabras de Jesús o a los nuevos maestros - P. A. Gálvez Morillas


Homilía IX Domingo después de Pentecostés

Padre Alfonso Gálvez Morillas




Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 10 de agosto de 2014

Obediencia ciega ¿camino de santidad? – Por Augusto TorchSon


  Con bastante poco criterio se utilizan frecuentemente frases descontextualizadas que se pretenden transformar en axiomas. Así por ejemplo se sostiene que: “todo es relativo como enseño Einstein”, cuando la teoría de la relatividad se refiere exclusivamente a cuestiones relacionadas con la física, y en una burda extrapolación se aplica por ejemplo para hablar sobre el indiferentismo religioso, tan promocionado hoy por las más altas jerarquías eclesiásticas. Y así con el erróneo concepto popularizado en el posconcilio de “sana laicidad”, los enemigos de Cristo, lograron imponer la falsa idea de la “necesidad” de separación de la Iglesia Católica de la vida social y política de los Estados, desconociendo que Cristo dijo de sí mismo Yo soy Rey. Yo para esto nací y para esto vine al mundo…(Jn.XVIII,37); y en razón de la Unión Hipostática, la doble naturaleza de Nuestro Salvador, le confiere asimismo tanto el reinado sobre el orden sobrenatural, como el natural. Por eso nos sorprendimos grandemente, cuando el Obispo de Roma en las profanas Jornadas Mundiales de la Juventud 2013 en las playas de Río dijo: “La convivencia pacífica entre las diferentes religiones se ve beneficiada por la laicidad del Estado, que, sin asumir como propia ninguna posición confesional, respeta y valora la presencia del factor religioso en la sociedad…”(aquí); consecuentemente nos preguntamos cómo podemos pretender que las leyes que se promulguen no sean inicuas si desde la más alta jerarquía eclesiástica se promueve la separación del Iglesia del Estado, que como consecuencia lógica conlleva al abandono de la concepción cristiana de la legislación.


  Pero volviendo a los nuevos axiomas, resulta necesario exigir que se contextualicen las frases con las que pareciera se pretende imponer la fe del carbonero al decir por ejemplo: “el que obedece no se equivoca”, ya que es necesario saber no solo a quién se obedece, sino también QUE se obedece. Y ante estas propuestas que en el nombre de la “tolerancia” obstaculizan el buen combate para que se reconozca la Reyecía de Cristo, se hace indispensable el análisis sobre cuándo se debe obedecer. Cuando expresamente se traicionan los mandatos divinos, no podemos escudarnos en la obediencia para desobedecer la Ley Superior. Si tuviéramos que atenernos a tales sujeciones humanas, ¿cómo entenderíamos la debida resistencia a la perfidia judaica que condenó a su propio Mesías, si ésta provino nada menos que del Sumo Sacerdote Caifás? Así por ejemplo, San Pablo al referirse a la conducta que deben observar los obispos, advirtió sobre quienes “profesan conocer a Dios, más lo niegan con las obras, siendo abominables y rebeldes, e incapaces para toda obra buena” (Tit. I,16).


  El argumento pueril de considerar que quien ocupa el sillón petrino (hoy más bien una sofá cualquiera de un club de barrio), no puede equivocarse gravemente, implica desconocer la libertad de las personas en la toma de decisiones. Y respecto a las elecciones permitidas o realizadas según designio divino, no podemos olvidar que Jesús nos advirtió sobre la cizaña que crece  junto al trigo y así también dijo respecto a Judas: “¿No soy Yo el que escogí  a vosotros Doce, y con todo esto, uno de vosotros es un demonio?” (Jn. VI,71).



  Ante esta situación, se hace necesario discernir sobre la conveniencia de obedecer cuando el riesgo es nada menos que el de la pérdida de la fe. Y tristemente, ante la falta absoluta de conocimiento de las cosas que son indispensables saber por parte de los católicos para su salvación; la promoción de graves errores doctrinales, no solo pasan desapercibidos, sino que además se ven como grandes actos de humildad y misericordia. Por este motivo es necesario objetar aún al mismo Obispo de Roma, Francisco, cuando sostuvo que los luteranos no son secta y les pidió perdón por los católicos que los obstaculizaron en su proselitismo para quitar a los católicos su fe, como lo hizo con los Pentecostales en Caserta; o nos dé un catálogo de felicidad, que omite la más mínima mención a nuestro Creador. Esto sin dejar de recordar que expuso en su exhortación apostólica Evangelii gaudium que “la alianza del pueblo judío con Dios  jamás ha sido revocada” a pesar de lo enseñado dogmáticamente en el Concilio de Florencia y por el Papa Eugenio III, que la alianza mosaica fue “revocada y abrogada”; y cuando escribe al referirse a los musulmanes que “confesando adherirse a la fe de Abraham, adoran con nosotros a un Dios único misericordioso, que juzgará a los hombres en el día final”, desafortunada frase que puede llevar a la errónea consideración que la concepción de Dios en ambas religiones es idéntica, y nosotros, a diferencia de ellos, adoramos al Dios Uno Y Trino. 


  Dicho sea de paso, la misericordia del dios musulmán difícilmente puede ser considerada similar a la del Dios verdadero, cuando esta falsa deidad según el Corán, invita constantemente al asesinato de “infieles”(no musulmanes) y hoy se observa con terrible crudeza la encarnizada matanza de cristianos a manos de estos fanáticos.


 Corre sin embargo, para refutar el error expresado en ambos casos, el de judíos y musulmanes, la bíblica objeción expresada en los Evangelios con toda claridad: “Quien cree en Él no es juzgado, pero quien no cree, ya tiene sobre sí la condena, por lo mismo que no cree en el nombre del Hijo unigénito de Dios”. Y aunque Francisco haya sostenido lo contrario, nosotros sí creemos en un Dios “Católico” y en una sola Iglesia igualmente Católica, fuera de la cual no hay salvación, y no en “unidades diversificantes” con quienes están apartados de la misma. 

  San Atanasio, excomulgado por el Papa Liberio que había caído en la herejía arriana, sostuvo: “Los católicos que se mantienen fieles a la Tradición aún si ellos son reducidos a un manojo, ellos son la verdadera Iglesia de Jesucristo” y en igual sentido podemos afirmar que no son cismáticos quienes como San Pedro creemos que es necesario obedecer a Dios antes que a los hombres”(Hch. V,29).

Augusto TorchSon


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

sábado, 9 de agosto de 2014

Pensando a contracorriente - Por Juan Carlos Monedero (h)


Cuestiones disputadas sobre la naturaleza de la fe
y la capacidad humana para conocer la verdad


Si se somete todo a la razón, nuestra religión
no tendrá nada de misterio ni de sobrenatural.
Si se choca contra los principios de la razón,
nuestra religión sería absurda y ridícula.
Pascal

–Poseo la verdad como la puede conocer el hombre;
es decir, en continua inquisición, investigación y progreso.
–Progresar me parece muy bien. Pero ¿cómo sabes que progresas?
Castellani

Por Juan Carlos Monedero (h)

Introducción

Pretendemos con este artículo trazar unas sencillas coordenadas para ubicarnos en dos temas muy importantes: la naturaleza de la fe y la capacidad humana para conocer la verdad. Ambas son cuestiones perennes y relacionadas. La primera es objeto –no siempre de forma explícita– de permanentes discusiones: el espacio concedido a la fe dentro de la sociedad está directamente relacionado con el concepto que se tenga de ella. Observando las razones de quienes desean prohibir la exhibición de símbolos religiosos esto es patente.
Respecto al alcance del conocimiento humano, mencionaremos que ya Sócrates, Platón y Aristóteles como los sofistas Protágoras y Gorgias encarnaron las diferentes posturas que, en lo sustancial, perviven hasta la actualidad; estamos hablando, pues, del pensamiento realista o clásico –por un lado– y del escepticismo, relativismo, agnosticismo –en sus múltiples variantes– por el otro. Sobre ambos debates –que separaron y separan las aguas– ofreceremos una respuesta desde la doctrina católica.
Podría sorprender que desde el comienzo manifestemos abiertamente nuestra procedencia; pero lo hacemos siguiendo –sólo en esto– las palabras de José Ingenieros, cuando dice que aquél que expone su pensamiento “no desea presentarse como imparcial frente a espectadores que no lo son”. Comencemos, pues, abarcando las relaciones entre la fe y la inteligencia humana. En un segundo lugar entraremos de lleno en la polémica entre quienes afirman la capacidad de la inteligencia de conocer la verdad y quienes la niegan.

Dos posturas adversas

Según la noción corriente y más divulgada de “fe religiosa”, ésta es algo subjetivo, personal, íntimo. Cada persona vive su propia fe, a su manera, cumpliendo únicamente aquellas reglas que libremente ha decidido asumir. Esta “religiosidad” acaba siendo absolutamente incomunicable; su contenido queda a merced de las decisiones humanas, careciendo de la seriedad y reverencia que es propia –o debería serlo– de la Revelación del Dios que no cambia como el mundo ni pasa como la historia sino que es inmutable. Esta postura excluye, por tanto, cualquier intento de racionalidad: intentar comprenderla o dar razones de ella conspira contra el lugar que se pretende darle en la propia vida. Así, lo religioso cobra un carácter ornamental, anecdótico, romántico, tolerado mientras no se lo tome demasiado en serio. Este concepto de fe siente horror por la sola idea de una única religión verdadera; motivo por el cual proclama a cuatro vientos el derecho de creer en lo que a cada uno se le antoje. Pesa la sinceridad del que cree y nada importa qué se cree.
Frente a esta primera posición, se encuentran aquellos que rechazan la fe y –con razón o sin ella– la describen con las mismas notas arriba mencionadas. Absurda, insostenible racionalmente, la fe fue fabricada por los hombres para consolarse en el medio de los dolores y dramas de la existencia: la máscara blanca de un mundo negro. Dios es un invento del hombre. Si la fe es absurda y lo absurdo es lo que no puede ser, la fe es falsa. Relegada y explicada la fe desde el terreno psicológico –acaso como una alucinación o histeria–, estas personas se recuestan naturalmente en el único conocimiento que, a su juicio, les abre el secreto de la realidad: el conocimiento científico. La llave maestra del mundo no viene por la religión sino por la ciencia. Inteligencia y fe son excluyentes: positivismo. La religión habría explicado en su momento determinadas cosas que, con el tiempo, la ciencia se encargaría de ir develando en sus verdaderas causas. Al ritmo del progreso científico, tarde o temprano la fe dejaría de existir.
En el fondo, esta posición afirma que toda creencia religiosa –sostenedora de realidades invisibles e intangibles– responde a la ignorancia humana. No en vano, Augusto Comte ponía como “regla fundamental” del espíritu positivo, que “toda proposición que no puede reducirse estrictamente al mero enunciado de un hecho, particular o general, no puede ofrecer ningún sentido real e inteligible”[1], siendo por tanto las proposiciones religiosas no sólo imposibles de afirmar sino también de negar, puesto que nada dicen[2].




[1] Augusto Comte, Discurso del espíritu positivo, pág. 26.
[2] Ídem, págs. 81-82.

Un interesado e injusto retrato

Digamos primero que este concepto de lo religioso –por más difundido que esté– no lo representa con justicia. Hasta tal punto se trata de una deformación, que no puede descartarse un deliberado interés detrás de la presentación de esta caricatura. En cualquier caso, ambas posturas coinciden en separar completamente lo racional de la órbita religiosa. Coinciden, en fin, con valoraciones distintas: el primero abraza contento esa fe arbitraria, alérgica a la objetividad; mientras que el positivista, por los mismos motivos, la rechaza. Pero en la descripción ambos concuerdan: la fe y la inteligencia están divorciadas.
Una primera desmentida –necesariamente incompleta– a este torcido concepto puede leerse en 1 Pedro III, 15: “dad culto al Señor, Cristo, en vuestros corazones, siempre dispuestos a dar respuesta a todo el que os pida razón de vuestra esperanza”. También leyendo las discusiones entre Cristo y los fariseos, puede advertirse cómo el Señor invoca a las profecías del Antiguo Testamento como razones a favor Suyo (Jn. V, 39; Jn. V, 46-47; Jn. X, 34-39). Lo mismo respecto de las polémicas en torno al día sábado, al mandamiento más importante y al mismísimo Mesías. Sin ir más lejos, la acusación que pesaba sobre Cristo era la blasfemia: “siendo hombre, te haces a Ti mismo Dios” (Jn. X, 33). No daba lo mismo atribuirse, o no, la divinidad.
Los primeros siglos de la Iglesia permitieron el florecimiento de grandes santos y doctores, debates doctrinarios mediante. San Ireneo debió polemizar contra el gnosticismo[1] y sus “apóstoles”; disputa en la cual se destaca Adversus Haereses, su obra más importante. San Justino, por su parte, arguye contra la pluma de Marción, conocido gnóstico. San Ireneo también debatió públicamente con Marción y con otro hereje, Valentín. Uno de los puntos en debate era, por ejemplo, la resurrección de la carne –negada por los herejes– que juzgaban a la materia como efecto del “dios del mal”.
San Clemente de Alejandría representa también la compatibilidad entre fe católica y el esfuerzo de la razón humana. El santo concedía un lugar muy estimable a la filosofía: a su juicio, el pensamiento de Platón era el inicio de un recto camino a Dios. La filosofía había preparado a la humanidad, aunque jamás podría reemplazar a la Revelación Divina: “Dios es la causa de todas las cosas buenas: de unas lo es de una manera directa, como del Antiguo y del Nuevo Testamento; de otras



[1] Nos ha parecido útil colocar la definición de Cornelio Fabro: “«Gnósticos»… se denominaron los herejes de los primeros siglos del cristianismo que pretendían fundamentar en las solas fuerzas de la pura razón no sólo el contenido de la religión natural, sino también las mismas verdades reveladas”. Cfr. Drama del hombre y misterio de Dios, Madrid, Rialp, 1977, pág. 154.

indirectamente, como de la filosofía” (Stromata). San Clemente tiene razón: cuando Platón pone en boca de Sócrates que es preferible padecer una injusticia que cometerla, dice lo que San Pablo –con palabras bautizadas– dejó escrito como no devolver mal por mal, sino vencer al mal haciendo el bien. Estaba, pues, justificado el rechazo visceral de Nietzsche frente al discípulo de Sócrates, llamándolo cristiano anticipado. No pudiendo explayarnos más, no queremos omitir la mención de San Agustín y sus polémicas contra la herejía pelagiana, condenada en el Concilio de Éfeso (año 431).
Este primer período estuvo signado –como dijimos– por recíprocas argumentaciones, polémicas intensas, disputas intelectuales. La fe no era algo caprichosamente subjetivo: era una Revelación, originada en Dios, que varones fieles debían custodiar en su pureza e integridad, frente a interpretaciones equivocadas: “los apologistas de la religión se veían precisados a trabajar sin descanso, a multiplicarse, por decirlo así, para hacer frente a los muchos puntos que reclamaban el auxilio de su saber y de su elocuencia en defensa de la religión. San Atanasio, San Cirilo, San Basilio, los dos Gregorios, San Epifanio, San Ambrosio, San Agustín, San Jerónimo, San Juan Crisóstomo, y otras lumbreras de aquel siglo, recuerdan los empeñados combates que a la sazón sostuvo la verdad contra el error, supuesto que para alcanzar la inmortal victoria se empeñaron en la lucha tantos gigantes”[1].
La Revelación constituía un mensaje de origen sobrenatural que no entraba ni podía entrar en contradicción con otras verdades que el hombre, por sí mismo, iba descubriendo. El mismo Dios que hizo el mundo es el que se revelaba: ¿Cómo podía la verdad enfrentarse a la Verdad? Por eso, tanto la ciencia[2] como la filosofía eran y son para la Iglesia Católica legítimos hallazgos de la inteligencia humana: al «investigar» con sus propias luces, el hombre iba detrás del vestigium, es decir, de la huella que Dios había dejado en las cosas; un rastro de la palabra divina en la realidad que permanecía oculto y en estado embrionario, hasta que el hombre –



[1] Jaime Balmes. Cartas a un escéptico en materia de religión, Buenos Aires, Espasa Calpe, 1947, pág. 60.
[2] Un capítulo aparte debería ser dedicado a demostrar no sólo la ausencia de contradicción sino la complementariedad entre ciencia y religión. No hay palabras para calificar el descalabro producido por la propaganda evolucionista en este punto, introduciendo antes confusión que mentira, antes pequeñez de miras que voluntad tergiversadora. La nómina de católicos científicos y de científicos católicos debería ser una primera línea de argumentación, para luego entrar en la observación emocionante de ciertos milagros, a la luz de la ciencia moderna. Como tercer elemento, a nuestro juicio, se encuentra la consideración del término ciencia, hoy día empobrecido y reducido a “ciencias empíricas”: en realidad, el concepto de ciencia es más extenso, abarcando bajo este nombre tanto a la Filosofía de la Naturaleza como a la Metafísica y Teología. En cuarto lugar, replicando concretamente al evolucionismo, remitimos a las brillantes exposiciones del Dr. Raúl Leguizamón, quien utiliza como arma capilar de su argumentación las propias confesiones de autores evolucionistas respecto del evolucionismo:
http://bibliaytradicion.wordpress.com/inquisicion/critica-a-la-teoria-de-la-evolucion/

arrebatado por la admiración– lo «develaba», le quitaba el velo; lo «descubría», es decir, le quitaba aquello que cubría en las cosas la estampa del que las había hecho.

La obra de Santo Tomás de Aquino y la posición de Martín Lutero

Nos vemos obligados a saltar siglos de historia hasta llegar al XIII, en donde nos encontramos con la Suma Teológica. En ella, Santo Tomás da testimonio de las alturas a las que puede llegar la inteligencia nutrida por la fe. La arquitectura de la Suma se sostiene en un dato revelado, que hará las veces de cimiento de la inteligencia. El desarrollo de 119 cuestiones de la I parte, 114 cuestiones de la I-II, 189 cuestiones de la II-II y 90 cuestiones de la última (hasta donde el Aquinate llegó a escribir) sumado a la amplitud y diversidad de temas tratados –desde la existencia de Dios a cómo es posible que existan Tres Personas distintas en Dios, pasando por la pregunta de si conoce o no el futuro, cómo Dios existe si hay mal, cómo el ser humano es libre si Dios lo sabe todo, si era necesaria la Pasión de Cristo, etc.– demuestran que no puede considerarse la fe católica como enemiga de la reflexión llevada a cabo por la inteligencia humana.
No es la posición del catolicismo, por cierto, aunque sí la de Martín Lutero, que afirmaba que el intelecto “Sólo es capaz de blasfemar y de deshonrar cuanto Dios ha dicho o ha hecho”[1], adjetivando como prostituta a la razón humana; afirmaciones condenadas por el Magisterio de la Iglesia durante las jornadas del Concilio de Trento. Si acaso faltara una prueba, cabe mencionar que la Iglesia, en el marco del Vaticano I –y respondiendo al agnosticismo moderno– convierte en dogma de fe aquélla verdad de que la sola inteligencia humana es capaz de conocer, con certeza, que Dios es.
El entendimiento humano fue llamado –en palabras del Aquinate– aquello que Dios más ama en el hombre. Expresión hermana de aquélla de San Agustín: “Ama la inteligencia y ámala mucho”. La propaganda anticatólica compite entre la malicia disimulada y la desvergonzada ignorancia.

Los límites de la inteligencia humana

No quedaría completa nuestra exposición si no reconociésemos –al compás de sus alcances– las innegables limitaciones de la inteligencia humana, sobre todo relativas a la fe. La inteligencia está herida, debido a la culpa original. Y fuera de la verdad, puede hallarse en cuatro estados diferentes:



[1] Martín Lutero, en Weim., XVIII, 164, 24-27 (1524-1525), citado por Jacques Maritain, Tres Reformadores, Buenos Aires, Difusión, 1968, pág. 44.

·        ignorancia
·        error
·        confusión
·        mentira

         Precisamente, parte del titubeo y de las dudas del hombre relativas a la fe tienen su origen en la experiencia de estos estados de la mente. ¿Acaso el hombre no ignora muchas cosas? ¿Está habilitado, legítimamente, a afirmar sobre algo que lo supera? ¿No tiene la experiencia del error? ¿No suele confundirlo lo más sencillo? La fe, ¿no será acaso propia de estos estados de la mente? Me han mentido y traicionado. Creí en un amigo y me defraudó: ¿Cómo sé que no sucederá lo mismo si volviera a creer otra vez?

El acto de fe

Para tener el hombre noticia de la fe, debe ser instruido por Dios. La ignorancia de Dios, Dios mismo la cura. No puede el ser humano descubrirla por sí solo; no hay proporción entre los misterios y la finitud del hombre. Aquí el hombre es más pasivo que activo: cree. Y cree porque advierte dos elementos, presentes tanto en el acto de fe natural –que realizamos todos los días– y el acto de fe sobrenatural. Estos dos elementos son:

·        la credibilidad del mensajero (a quién se cree)
·        el carácter plausible o, por lo menos, no contradictorio de lo revelado con otras verdades ya conocidas (qué se cree).
¿Quién actúa como mensajero de la Revelación o de la Biblia? Actúa como tal la Iglesia. De aquí la frase de San Agustín: “No creería… si no fuera por la autoridad de la Iglesia Católica”. La inteligencia es bañada por la luz del mysterium fidei, pero no ve sino como en un espejo; ella descansa así en la autoridad de Dios, que no puede engañarse ni engañarnos.
Pieper explica esta complementación comparando, por un lado, el sentido del oído con la fe, al tiempo que el sentido de la vista con la inteligencia. Dice el filósofo alemán que el que cree “es uno que no sabe por su cuenta ni ve con sus propios ojos; es uno que accede a que otro le diga algo”. El creyente, pues, aguarda la palabra –no la evidencia– que viene de otro. Debido a “lo que oye”, la «mirada» del creyente es «afinada»: su inteligencia es «dirigida» hacia “algo que él mismo ve entonces con sus propios ojos”. Sólo entonces, es decir, luego de ser orientado, lo percibe. Se trata de algo que “se le habría mantenido oculto si él mismo no hubiese oído y considerado el mensaje que llega de otra parte a su oído”[1]. Tal es el papel de la evangelización y es redundante señalar la importancia de un carácter virtuoso que respalde, con coherencia, la palabra apostólica.
Por parte del carácter plausible de lo revelado, la Apologética tiene como tarea demostrar cómo y por qué los misterios revelados por Dios no contradicen ni la razón humana ni otras verdades propias ya conocidas.



[1] Josef Pieper. Defensa de la Filosofía, Barcelona, Herder, 1976, pág. 140.


La aventura de la fe

La fe católica cobra la nota propia de la paradoja: es lo más fácil y lo más difícil, en palabras de Castellani[1]. Lo más fácil, en cuanto su posesión no depende de una comprensión intelectual sino de una decisión: “quiero creer”; y es lo más difícil porque –para que esta posesión tenga lugar– el hombre debe postrar su parte más noble, el intelecto, inclinándose no ante evidencias sino ante la autoridad de quien nos revela algo de lo que no tenemos evidencia. Ve intelectualmente que existen



[1] “«El objeto de la fe es la paradoja» (…) La Fe es lo más fácil y lo más difícil que hay. También es lo más claro y lo más oscuro; y así todos los místicos hablan de «la luz de la Fe», y de «la noche oscura de la Fe» (…) Así, el fiel tiene que mantener todas las paradojas de la fe, que crean en él una tensión que a veces lo crucifica. Sin «a veces». Siempre lo crucifica, cuando la fe ha ingresado de veras en la vida. (…) Interminable crucifixión interna, Crux intellectus”. Cfr. Las ideas de mi Tío el Cura, Buenos Aires, Excalibur, 1984, págs. 223-225.


 motivos para creer. Y esta postración es obra de una voluntad humilde: Bienaventurados los pobres de espíritu[1]. Se trata del drama entre creer o no creer.
Nosotros sólo podemos trazar pinceladas de este misterio, sin agotarlo, puesto que sucede en el único e irrepetible corazón de cada persona. Tomás Casares, por su lado, conocía bien esta tensión del alma humana y la llamaba tortura:

“Lo que la hiere (a la inteligencia) es afirmar que la realidad que trasciende los límites de su aptitud pueda serle revelada y haya de acceder a esa revelación no obstante su misterio. Le hiere que valga un camino de conocimiento que no sea su camino; que haya de inclinarse ante un criterio de certeza que no es su criterio de evidencia; que se admitan objetos de conocimiento de cuya íntima realidad no les es dado juzgar; que deba declinar su saber para creer”[2].

Así, la fe está «compuesta», si se puede decir, de dos elementos o realidades en tensión, siendo para el hombre su mayor tentación divorciarlos, en vez de dejarlos existir uno junto al otro. Una inteligencia que ve únicamente motivos para creer en algo que no ve; una voluntad libre que puede o no adherirse a tales verdades, pero que –no obstante– advierte que quien revela se presenta como digno de ser creído, naciendo así la obligación de creer a quien se muestra veraz.



[1] Quedaría incompleta esta sencilla explicación si omitiésemos algo esencial: querer creer no viene del hombre. Querer creer es don de Dios. El círculo de la fe comienza en Dios y en Dios acaba. No podemos darnos la fe a nosotros mismos y, con todo, en nosotros mismos tiene lugar el acto libre de querer: no a pesar de nuestra voluntad libre sino –escándalo de la inteligencia– por ella misma. Tenemos que reconocer que, a primera vista, el don de la fe parece contradecir la libertad humana: Dios estaría negando sus propias leyes. No es un tema fácil, ni puede abarcarse en primer lugar, desconectado de otros. Requiere de una actitud contemplativa frente al misterio y no de una postura que únicamente pretenda delimitar esta verdad dentro de fórmulas conceptuales, reemplazando la fe misma por los enunciados de la fe.
Dicho esto –y para que no quede sin respuesta la objeción– cabe señalar que esta dificultad tiene su origen en una comprensión insuficiente de la esencia de la libertad, esencia que no se encuentra en la “indeterminación” frente al bien y al mal. No es allí: la esencia de la libertad está en el bien. Estar inclinado forzosamente a lo bueno no es perder la libertad sino ganarla. De lo contrario, Dios no sería libre. Es ilustrativa la cita de Pinckaers: “La inclinación biológica, como el hambre y la sed, orienta el apetito de una manera determinada y constrictora. Dudaremos, sin embargo, que contraría la libertad; pues, al alimentarse nuestro cuerpo conservamos el soporte físico necesario para nuestra acción. Las inclinaciones espirituales no son en modo alguno limitativas de la libertad, sino que, en realidad, más bien la provocan y la desarrollan. El que tiene inclinación por una persona, por una virtud, por una ciencia o por un arte, experimenta que su libertad está excitada por el amor que siente antes que limitada por el hecho de esta determinación. En cuanto a la inclinación a la verdad y a la felicidad, nos confiere el poder de sobrepasar toda limitación y nos orienta así hacia la libertad perfecta. La inclinación natural es una determinación íntima que nos hace libres. (…) La determinación interior de una voluntad es una manifestación de su potencia, de su capacidad de imponerse y de durar. Es el signo de una libertad fuerte (Las fuentes de la moral cristiana, Pamplona, Universidad de Navarra, 1988).
La persona que recibe el impulso de creer continúa siendo libre. Además, puede resistir –sea por orgullo o miedo– a la gracia, negándose a creer cuando sabe que debe hacerlo. Pero cuidado: no resiste a creer –culpablemente– porque el mal sea de la esencia de la libertad sino porque el mal es signo de ella. La comparación con la inteligencia es muy apropiada. La estupidez es, paradojalmente, signo de inteligencia. Los animales no pueden ser estúpidos. Dígase lo mismo del error: equivocarse no es propio de la inteligencia sino signo de ella –sin intelecto no hay posibilidad de error. Hacer el mal no es propio de la libertad sino únicamente signo de libertad. Sobre la naturaleza de la libertad, cfr. Libertas, León XIII, N° 5.
[2] Tomás D. Casares. Reflexiones sobre la condición de la inteligencia en el catolicismo, Buenos Aires, 1942, pág. 16-17.

La fe católica, en una palabra, comporta una doble condición. Pascal lo ha dicho magníficamente: “Si se somete todo a la razón, nuestra religión no tendrá nada de misterio ni de sobrenatural. Si se choca contra los principios de la razón, nuestra religión sería absurda y ridícula”[1]. La cima de la inteligencia del hombre se encuentra en este reconocimiento: “El último paso de la razón está en reconocer que hay una infinidad de cosas que la superan”. La fe no es enemiga ni de lo sentidos ni de la inteligencia: “La fe dice bien lo que los sentidos no dicen; pero no lo contrario de lo que éstos ven. La fe está por encima y no en contra”[2].
El orgullo del hombre rechaza los contenidos creídos y no sabidos, olvidando la rotunda desmentida que tiene lugar en cada uno de sus cumpleaños:
“Doblegado ante la autoridad y la tradición de mis mayores por una ciega credulidad habitual en mí y aceptando supersticiosamente una historia que no pude verificar en su momento mediante experimento ni juicio personal, estoy firmemente convencido de que nací el 29 de mayo de 1874, en Campden Hill, Kensington, y de que me bautizaron según el rito de la Iglesia Anglicana en la pequeña iglesia de St. George, situada frente a la gran Torre de las Aguas que dominaba aquella colina”[3].

*        *        *

La verdad, cuestión fundamental

Corresponde ahora entrar en el segundo tema de nuestro trabajo. Entre tantas cuestiones posibles que abren estas meditaciones, ¿cuál elegir? Nos ha parecido principal la cuestión sobre la verdad, debido a la íntima relación que tiene con el bien y la belleza, siendo los tres Nombres de Dios. Este asunto es conocido como la doctrina de los trascendentales del ser. Son nociones primarias y convertibles entre sí: lo verdadero es bueno y es bello, lo bueno es bello y verdadero, lo bello es verdadero y bueno. Puede decirse que tanto el filósofo, el héroe como el artista aspiran al mismo Dios, hacia quien llegan en tanto Sabio, Sumo Bien o Belleza Suprema.
Existe una íntima unidad entre estas nociones, al punto que un primer error respecto de ellas puede desembocar en un verdadero sistema de negaciones, por haber comenzado tropezando. La primera cuestión a considerar es la capacidad –o la falta de ella– para descubrir la verdad. Es popular la opinión agnóstica o relativista: la verdad carece de existencia o, existiendo, no puede ser conocida. Ella siempre es



[1] Blas Pascal. Pensamientos, Madrid, Sarpe, 1984, pág. 31.
[2] Ídem, pág. 163.
[3] Chesterton, Gilberth Keith. Autobiografía, Barcelona, Acantilado, 2003, pág. 7.

algo inaccesible; depende del punto de vista, de la visión, de la perspectiva o lectura de cada uno. A la realidad no accedemos de forma directa –nos dicen– sino mediatizada por nuestras propias categorías, opiniones, percepciones. Y parecería un atrevimiento, un atropello a la opinión ajena proclamar el carácter absoluto de algo: nada es absoluto, todo es relativo. Nada es totalmente cierto ni totalmente falso sino que la verdad depende del sujeto. Y puesto que ¡vaya si hay muchos sujetos por ahí!, la verdad será multiplicable en relación a ellos. Habría tantas verdades como sujetos que las conocen y cada uno con su verdad.
Esta postura no significa más que el inicio de una cadena de negaciones que llevada, por ejemplo, al ámbito médico sirve de pretexto para prácticas como la anticoncepción, la eutanasia y el aborto: la conciencia se encontraría sola consigo misma en el acto de decidir qué hacer, sin estar ligada por obligaciones de carácter indiscutible. En el arte ocurriría lo mismo: toda expresión titulada artística será tenida por tal, aunque se trate de un pedazo de chatarra, un salpicado de colores, unos indescifrables trazos en un marco o las llamadas microficciones: cuentos estimados como “arte literario” de un renglón de duración.
A lo sumo será objetivo el conocimiento matemático-científico; estarán fuera de discusión los números, las estadísticas, los datos empíricos. Pero todo lo que remita a metafísica y teología no puede sino estar rociado por la incertidumbre. La verdad no se descubre: se construye. A través del consenso, los hombres se van poniendo de acuerdo en ciertas pautas a las cuales denominan –y sólo éso– “verdades”. Pautas que lejos de poseer carácter permanente, participan de la historicidad y del dinamismo propio de la libertad humana; pautas que cambian tanto como cambia el hombre.

El combate por la verdad y el conocimiento preciso de la postura que nos es contraria

Será legítimo, pues, hacer una apología de la verdad. Frente a los modernos Pilatos que preguntan con escepticismo Quid est veritas? –“¿Qué es la verdad?”–, rehusando una norma objetiva y consultando plebiscitarias mayorías, continúan vigentes las palabras de Nuestro Señor: Ego sum Veritas. Son las que no pasarán aunque cielo y tierra pasen. Tanto la historia y la doctrina, como las mismas Sagradas Escrituras, atestiguan este deber:
“Dedícate al cultivo de la sabiduría,
hijo mío, y alegra mi corazón,
para que puedas replicar a quien me agravia”.
Proverbios 27, 11

Para realizar esta defensa, téngase presente claramente las objeciones que recibe la noción de verdad –tal como el pensamiento clásico y la fe católica la sostienen.
La tesis general siempre es negativa: a la verdad objetiva no se puede llegar, porque todo conocimiento tiene por sujeto a una persona determinada, particular, con características diferentes de las demás. Entre la mente del hombre y la realidad hay un muro: a lo sumo, el hombre accede al mundo mediante tal o cual barrera, pero la misma no es sino el cristal con que se mira. En tanto subjetivo, el hombre participa su propia subjetividad al conocimiento. A la verdad objetiva no puede llegar una subjetividad. El conocimiento es relativo al sujeto.
Si esto es así, los parámetros de verdad, bondad y belleza –como hemos dicho más arriba– no tienen más firmeza que aquella que los hombres atribuyan. No existe algo verdadero, sino algo que llamamos verdadero. Y así con la palabra falsedad y las demás. El hombre, como mucho, puede etiquetar las cosas con tal o cual palabra, pero debe tener muy presente que tal denominación es necesariamente caprichosa: está sujeta a los cambios históricos, careciendo –de hecho y de derecho– de un carácter permanente.
Un planteo distinto, semejante pero moderado, sostiene que aunque el conocimiento humano no sea capaz de certezas, sí lo sería de probabilidades. Únicamente podríamos alcanzar lo probable, pero no lo verdadero. Se trata, pues, de un mundo en el cual nos vamos a regir a través de las experiencias, de las costumbres, que han arrojado –hasta ahora– determinado resultado. Pero viviríamos muy pendientes de lo impredecible: en determinado momento, todo podría cambiar. No llegamos a ninguna síntesis de las cosas: arañamos la esencia sin poder, ni por asomo, asirla.
Una tercera formulación tiene lugar en la dicotomía entre ser y apariencia. Existe, sí, un ser objetivo pero el hombre únicamente alcanza sus apariencias y nunca el ser mismo. Barajando términos equivalentes, podemos conocer el fenómeno –“lo que aparece”– sin jamás, ni por hipótesis, conocer el noúmeno: “lo que es”. No puede omitirse aquí a Emanuel Kant, filósofo alemán, cabeza de esta postura, que hasta el día de hoy se respira en la calle, en los discursos, en las conversaciones. Comportó una de las formulaciones más elaboradas del agnosticismo e inició en la historia del pensamiento el ocaso de la razón natural.
La cuarta formulación del escepticismo se asienta en torno a la duda. La comprobación de engaños por parte del hombre, tanto a nivel intelectual como sensible (ilusiones ópticas, confusión entre sueño y vigilia, errores de perspectiva) arrojarían una sombra de dudas sobre una generalidad de pensamientos que no solemos poner bajo tela de juicio. Pues bien, si estábamos en el error creyendo estar despiertos, por ejemplo, estando dormidos; si creyendo sumar o restar  correctamente, tuvimos alguna vez un traspié; si en ése y en otros casos creíamos firmemente estar en la verdad –sin estarlo–, ¿por qué no pudiera pasar –ahora, en este mismo momento– lo mismo? ¿No podría suceder acaso que respecto de infinidad de “conocimientos” nos encontremos en el error, de igual manera que lo estuvimos en el pasado?

Nuestra respuesta

Ahora bien, ¿qué decimos nosotros? ¿Hay una réplica ante estos argumentos? ¿Son ideas invencibles, que deben ser acatadas con resignación? ¿O son construcciones con apariencia de contundencia pero que, consideradas detenidamente, se revelarían frágiles? Creemos que el primer paso de refutación del escepticismo consiste en hacer patente la existencia de un Orden Natural. Y por estos términos entendemos una disposición recta de las cosas y de sus partes hacia su fin, disposición que no depende de la voluntad humana sino que está fuera de su control. Vayamos a los ejemplos.
La ingesta de alimentos. La comida adecuada para una persona puede ser una fruta, un pedazo de carne o algún vegetal. Existen, pues, cosas que nutren al hombre: alimentos que lo fortalecen, que le brindan energía y sin las cuales su cuerpo se debilita hasta morir. Una manzana, por ejemplo, es adecuada para el hombre pero no lo será un pedazo de metal: entre el sistema digestivo y la manzana existe un parecido, una semejanza. Uno está hecho para el otro. Obviamente no ocurre lo mismo en el otro caso. ¿Por qué? ¿Acaso porque los hombres hemos comido manzanas a lo largo de los siglos y hemos consensuado el hábito de ingerir manzanas? ¿Cabría, igualmente, una vanguardia revolucionaria que empezara hoy en día a comer trozos de bronce?
La saliva que genera la boca va deshaciendo los alimentos que el hombre ingiere, los cuales comienzan a despedazarse para ser tragados correctamente. Un metal, en cambio, no se deshace en contacto con la saliva. Todo esto sin contar que las glándulas salivales no sólo producen el líquido necesario para desintegrar los alimentos sino que su extrema sensibilidad genera –al contacto con éstos y no con cosas diferentes– el placer propio de comer. Nada de esto ocurre cuando el hombre ingiere algo distinto.
Los aromas propios de la comida generan en el hombre ese apetito y expectación por ingerirlos, lo que no tiene lugar si huele otro tipo de cosas. Un perfume le resultará grato, pero no sentirá hambre. Así fue siempre y no medió contrato social alguno. Por supuesto: tampoco es lo mismo para el sistema digestivo un pedazo de madera que una manzana, como no lo es un trozo de vidrio que una porción de carne. Es evidente que estas sucesivas adecuaciones no son fruto de la decisión humana ni están sujetas al arbitrio del hombre. No puede modificarlas ni contradecirlas aunque junte mayoría absoluta en el Congreso de la Nación.
El surgimiento de la persona. Algo semejante puede afirmarse de la fecundación: sólo un óvulo y un espermatozoide pueden generarla. Colóquese cualquier par de células distintas: jamás podrá conseguirse la generación de un ser humano. Tal vez alguien argumentará que los modernos avances de la ciencia depositan en las manos del hombre lo que antes era exclusivo de la naturaleza; pero la respuesta a esta observación requiere una distinción elemental. Hay cosas que están en manos del hombre: la concepción de un embrión puede tener lugar –manipulación genética mediante– fuera del vientre materno o de cualquier otra manera. Pero escapa a su dominio lo fundamental: la concepción sólo puede tener lugar entre los gametos femenino y masculino.
Las normas de la arquitectura[1]. Salta a la vista la importancia de respetar estas leyes a la hora de construir. Aquello que sostiene una edificación está ausente en las que se vienen abajo por culpa de malos constructores. El hombre no tiene ningún poder respecto de estas leyes: tiene que cumplirlas si quiere levantar un edificio sabiendo muy bien que una pequeña omisión puede terminar en un drama. El peso que es capaz de soportar cada columna no depende en absoluto de los deseos de veleidosas mayorías. Tales normas físicas no tienen derogación parlamentaria posible ni están en las manos de diputados o senadores. Se trata de una regularidad, de un patrón, de un orden, de un canon que preexiste al ser humano y frente al cual éste no puede sino descubrirlo.

Más sobre el Orden Natural

Los ejemplos mencionados son obviamente simples botones de muestra, entramados de un sistema mucho mayor. En la naturaleza, los minerales, vegetales, animales, en los sistemas y órbitas planetarias, es posible advertir la existencia de cierta regularidad que permite prever sus itinerarios y comportamientos. De ahí las ciencias de la naturaleza. No necesitamos mirar, otra vez, una planta para saber cómo tendrá lugar el proceso de la fotosíntesis; no necesitamos esperar al día de mañana para saber por dónde saldrá el sol, es decir, para saber el movimiento de la tierra. El mundo es poseedor de una estructura racional: puede ser entendido.
Las cosas no son refractarias a nuestra inteligencia: podemos comprenderlas, fundándonos en cierta lógica de las mismas, por la cual aparecen ante nuestros ojos como conectadas entre sí. De suerte tal que unas nos llevan a las otras. Si es cierto que muchas veces hay oscuridades, dificultades en la investigación, diferencias respecto al método e incluso dramáticas calamidades naturales; no es menos cierto que toda catástrofe es tal si existe algo distinto de la catástrofe: el orden. Un Orden Natural. Un orden más allá de la voluntad humana. Sólo porque éste –el orden– existe, deploramos el desorden. Únicamente porque “hay”, porque “existe” una norma violentada, la catástrofe natural es algo dramático. Porque “no debería” suceder y no obstante sucede, podemos dolernos de los desastres y sus víctimas.
Conviene meditar sobre esta intuición: únicamente porque percibimos que no es “de la esencia” de la naturaleza que existan terremotos, tsunamis y otras calamidades, advertimos la fatalidad que implica su existencia. La fatalidad de que las cosas, pudiendo ser mejor, no lo sean.
Los desastres naturales no prueban la inexistencia del orden natural. Tal argumento fue sostenido por ciertos ateos pero no demuestra lo que ellos pretenden. La evidencia apunta a otro lado. Estos desastres son testigos insobornables de la existencia de un deber ser fundante, de una fuente primera de normatividad, en virtud de la cual una catástrofe es una catástrofe. Si el desorden fuese propio de la esencia de las cosas, nada trágico ni dramático habría en que tenga lugar lo que no puede dejar de ser.
La manifestación originaria de un orden que escapa al arbitrio humano es el punto donde conviene apoyarnos para mostrar la fragilidad de las concepciones actuales.

Carácter «verbal» del mundo

Hay una última conclusión que debe extraerse del hecho de que el mundo pueda ser comprendido. Este orden de las cosas –a veces, como dijimos, perturbado– manifiesta lo que ellas son; expresa sus esencias. Las cosas tienen un «qué»: pueden ser entendidas, conceptualizadas, pensadas. No están vacías ni a la espera de un contenido “puesto” por el hombre. Preexisten a nuestra mente. Nos preceden. No las construimos. Anteceden a nuestro pensamiento y son independientes de él. Las cosas pueden ser objeto de nuestro conocimiento. A diferencia de las casualidades –imprevisibles, es decir, imposibles de «prever» – la realidad es asequible a la mente: puede ser pre-vista, observada antes. El azar no.
La inteligencia –como indica su etimología– es capaz de leer en el interior de las cosas: intus legere. Comparémosla con un libro: cada una de sus páginas puede ser leída porque su autor la escribió pensando en ella. Evidentemente, no da lo mismo cualquier palabra: colocando el vocablo «porque» el autor se prepara para fundamentar y no enunciar; al escribir «es evidente que» se limita a enunciar. En ambos casos, el lector entiende perfectamente la diferencia. Si el libro contuviera hojas llenas de letras –completamente al azar– nada podría leerse en él.
Algo puede leerse sólo si fue escrito. Y puede ser escrito sólo si fue pensado. El pensamiento es anterior a la escritura. Y a la palabra oral.
El libro, pues, está entre dos intelectos: autor y lector. Tal como el libro, podemos decir que la realidad está cargada de sentido: es capaz de ser «leída», entendida, comprendida. Las cosas pueden ser entendidas porque fueron hechas, diseñadas, creadas inteligentemente.
Pero ahora debemos continuar con el siguiente punto: la capacidad del hombre de conocer la verdad. ¿Puede hacerlo o es impotente?

Contestando a los sofistas de ayer y de hoy

En primer lugar, señalemos –con Aristóteles– la contradicción que tiene lugar entre la vida y esta postura: inevitablemente, la cotidianeidad de los relativistas –como la de cualquiera– está plagada de verdades y no de dudas o fatales ignorancia. Precisamente, aquellas dudas que suscitan la problemática son –en buena proporción– voluntarias y no espontáneas. Baste aquí como ejemplo el quiero dudar de Descartes. Si bien cuando el hombre sueña puede creerse despierto, no es menos cierto que despierto sabe que no está soñando. Camina por la ciudad, observa un pozo y lo esquiva, sin considerarlo una ilusión óptica. Si tiene hambre, come queso y no duda que tiene mejor sabor que un pedazo de vidrio.
El escéptico puede protestar que son ejemplos menores. Concedido. Pero no invalida nuestro planteo: siendo su postura una negación universal –decir “no hay certeza” significa decir en el fondo “no hay ninguna certeza”–, bastaría una sola cosa, una única verdad que resista. Decía Etienne Gilson: “los que pretenden pensar de otra manera (es decir, desconfiando a priori de nuestras percepciones más fundamentales) piensan como realistas tan pronto como se olvidan de que están desempeñando un papel”.
Encaremos el primer argumento. ¿Qué decir sobre aquél que sostenga no conocer lo verdadero sino lo probable? De la pluma de San Agustín tomaremos prestada la respuesta.
La palabra probabilidad es sinónimo del término verosimilitud. Y el significado de ambos yace en la etimología del segundo: “lo que se aproxima, lo que se acerca, lo que se asemeja a la verdad”. Así las cosas, el escéptico no llega a decir que conoce la verdad sino únicamente aquello que se aproxima a ella, aquello que se asemeja a ella, aquello que probablemente sea verdad.
Ahora bien, pensemos en una mujer muy parecida a su madre. Si preguntados por el parecido de la hija con la madre respondemos nosotros que , ¿qué descubrimos? Descubrimos que podemos responder de esta manera sólo si conocemos el rostro de la madre. Más aún: para responder –si fuera el caso– que no se parecen, también sería necesario conocer el rostro materno. En efecto, no puedo decir que madre e hija son parecidas si no conozco antes la faz de cada una de ellas. ¿Qué se diría de un diálogo como éste?:

       ¡Qué parecida es Marina a su madre!
       ¿Conoces a su madre?
       No.

Del mismo tenor sería el ejemplo de un barco navegando en alta mar. Para decir que la embarcación se encuentra muy cerca del puerto, es necesario conocer la localización del puerto, puesto que en virtud del término final son conocidos los términos intermedios del desplazamiento. El capitán del barco no puede afirmar que está seguro de que está muy próximo y, preguntado por la ubicación del puerto, contestar: “No lo sé, pero sin embargo tengo certeza de que estamos próximos”.

“Oyendo esto, ¿podría alguno contenerse la risa?”.

El probabilismo no es suficiente para conmover la capacidad humana de asir verdades: “la probabilidad o verosimilitud –y la misma palabra latina vero-similis se prestaba admirablemente en su constitución esencial al argumento ad hominem de San Agustín– no tiene sentido sino por referencia a la certeza y a la verdad; y que si éstas no son poseídas, mucho menos aquéllas, cuya comprensión se apoya en las primeras”[1].
Vayamos al binomio ser–apariencia. Como señalamos antes, nuestro adversario podría sostener la imposibilidad de conocer el ser, quedando al alcance del hombre únicamente la apariencia. El ser humano accedería sólo a fenómenos, que bien puede clasificar, distinguir, colocar en tal o cual categoría. Pero fenómenos cerrados en sí mismos, apariencias de ser imposibles de traspasar, opacas para la inteligencia; conocimientos que deben conformarse con ser valorados como frágiles imágenes de la realidad y nada más.
Ahora bien: ¿tiene aquí razón el escepticismo?
Es evidente que quien distingue dos, conoce ambos. Nuestro adversario ha distinguido, claramente, entre el ser y la apariencia. Y ha dicho que conoce el segundo y no el primero. Pero, cuestionémoslo: ¿cómo se puede distinguir entre ser y apariencia, ignorando el ser mismo? Porque todo juicio de comparación entre dos supone el conocimiento de los dos.
En la hipótesis agnóstica el problema no hubiese tenido lugar. En efecto, aquello que desencadena la dicotomía ser–apariencia es percibir a la apariencia como recorte del ser. Pero esta diferenciación no puede existir si no se compara el ser con la apariencia. Para conocer a la apariencia, como tal, forzosamente debe hacérseme presente –antes– lo que no es apariencia: el ser. De lo contrario ella misma se disuelve: ¡toda apariencia es apariencia de algo! ¡Y ese algo no es apariencia!
La misma entidad de la apariencia tiene su origen en el ser. La apariencia es siempre apariencia de algo. No puede ser apariencia de nada. Luego, no puede conocerse la apariencia como apariencia sin conocer, antes, al ser del cual la apariencia depende. Tanto si hablo de apariencia como si hablo de representación, estamos en el mismo caso:

“¿Por qué diríamos (representación) “de un hombre” si el hombre nunca nos fuera presente; si sólo nos fueran presentes “representaciones”? ¿Por qué no podríamos hablar con sentido de “representación” sin incluir aquello de lo cual es presentación, mientras que podemos perfectamente hablar de “hombre”, “casa”, “piedra”, sin definirlos por relación a ninguna representación? ¿Por qué, si no fuera porque el ente irrelativo es lo primeramente conocido?, ¿y la “representación” algo puramente relativo al ente? Si no, habría que decir “es la representación de la representación de la representación…” y así al infinito”[2].

Si el ser estuviese, efectivamente, en la oscuridad de lo inhallable, no preguntaríamos por él. Ni siquiera para negar la posibilidad de descubrirlo podríamos nombrarlo con algún sentido.
El argumento que sigue es la duda. ¿Cómo estar seguros que aquello que en este mismo momento se me presenta como verdadero, lo es realmente? ¡Cuántas veces creí estar en lo correcto, sin estarlo! ¡Cuántas veces tomé la sombra por realidad, la imagen por cosa, el espejismo por color, el sueño por vigilia, lo malo por lo bueno, lo falso por verdadero! La firmeza misma con la que en este mismo momento apostaría que estoy despierto, ¿es suficiente para aventar toda duda?
Veamos qué es dudar: “Estar el ánimo perplejo y suspenso entre resoluciones y juicios contradictorios, sin decidirse por unos o por otros” (RAE). El que duda, pues, se mantiene tironeado entre proposiciones que no pueden ser admitidas al mismo tiempo, sin tomar partido por ninguna.
Examinemos ahora si es posible una duda respecto de todo. Derisi responderá negativamente y dará sus razones: “Sin el ser (…) que le dé sentido y sostén, la duda es imposible, es impensable. Precisamente porque no es lo mismo ser y no-ser, ser de este modo, o ser de aquel otro, la inteligencia suspende su afirmación o negación, duda”[3].
Desentrañemos esta cita. Si miramos con atención, quien verbalmente manifiesta dudar de todo, sin embargo, tiene la certeza de que dos cosas contradictorias no pueden ser simultáneamente verdaderas. Esta es una experiencia personal imposible de negar.
Armado de esta razón, Monseñor Derisi concluye vigorosamente: “Una duda universal que pretendiese no aceptar nada como verdad, sería, por eso, no sólo contradictoria, sino impensable e imposible, se diluiría como duda, al diluirse como pensamiento[4].
También el santo de Hipona, antes escéptico, los pone contra las cuerdas de esta manera:
“Si dudan, viven; –si dudan, recuerdan por qué dudan; –si dudan, entienden que dudan; –si dudan, quieren estar ciertos; –si dudan, piensan; –si dudan, saben que no saben; –si dudan, juzgan que no hay que afirmar temerariamente. De todo esto no pueden dudar ni siquiera los que de todo lo demás dudan; pues si todo esto no fuese, ni siquiera dudar podrían”. (De Trinitate X, 10, 14)
Si insistieran, como último recurso, diciendo: ¿Qué, si te engañas? ¿Qué, si acaso nos engañamos respecto de todas estas conclusiones, apoyadas en el dudoso valor de una dudosa inteligencia, débil, enferma, limitada? No cabría mejor respuesta que la siguiente:

“si me engaño ya soy; porque el que realmente no es, tampoco puede engañarse, y, por consiguiente, ya soy si me engaño”.

Y San Agustín (en su Contra Académicos) continúa preguntando: “¿cómo me engaño que soy, siendo cierto que soy, si me engaño?”, para concluir magníficamente: “Y pues existiría si me engañase, aún cuando me engaño, sin duda en lo que conozco que soy no me engaño, siguiéndose, por consecuencia, que también en lo que conozco que me conozco no me engaño; porque así como me conozco que soy, así conozco igualmente esto mismo; que me conozco”.

El último argumento

Queremos señalar, finalmente, el contrasentido en que el escéptico vive nomás cuando se pone a hablar. Y la postura según la cual “la verdad no existe” o, existiendo, “no puede ser conocida” no es una excepción. En efecto, esta postura, en sí misma –podríamos preguntar–, ¿es verdadera o falsa?
Primera posibilidad. Si no fuese verdadera, entonces está en el error el escéptico. Y si el escéptico está en el error, estamos en lo correcto nosotros.
Si, por el contrario, la postura escéptica fuese verdadera, la situación no varía. Porque entonces esta posición afirma lo que niega y niega lo que afirma, disolviéndose como postura sostenible al mismo tiempo que desquiciándose como capaz ser comprendida. No queda más que reconocer la existencia de la Verdad para –luego– refutar que la verdad sea tal o cual cosa. La existencia de la verdad no puede ser discutida, no puede ser objeto de discusión sino base de todas ellas; lo que hace posible toda discusión, quedando como “telón de fondo” del pensamiento, incapaz de preguntarse por la verdad desde fuera de sí mismo.
“Es evidente que no hay juicio con el que pueda destruirse la verdad: ¡aún queriéndolo, no podría destruirse la verdad del juicio con el que se pretendiera destruirla! No puedo destruir mi mente (no puedo anular en mí al hombre profundo), aún cuando puedo destruir mi razón: no destruyen el profundo espíritu ni la locura, ni la demencia, ni la violencia desatada de las pasiones, aún cuando sacudan o anonaden mi razón. Mi yo profundo, perenne, inmortal –como la verdad, perenne, eterna– no es el yo racional propiamente dicho, sino el yo inteligente, que está más allá de la razón y por lo mismo más allá de la ciencia, de la locura y de la muerte”[5].

Asombrosas, sencillas y difíciles palabras del filósofo italiano Sciacca. El que pregunta por la verdad no está fuera sino dentro de la pregunta misma.

Pero pongamos ahora un escéptico que no se rinde. Respondería: “No es así como usted dice. Claro que si suponemos que hay afirmaciones verdaderas o falsas –es decir, afirmaciones que coinciden con la realidad y afirmaciones que no–, mi postura carece de respaldo. Pero precisamente estoy poniendo en tela de juicio eso: que existan afirmaciones verdaderas o falsas”.
La objeción no es menor: “mientras sigamos hablando el lenguaje propio del pensamiento occidental, forzosamente debemos caer en la verdad o en el error. Y así, de antemano ustedes llevan las de ganar. Porque todas las objeciones al pensamiento católico y clásico están formuladas en términos de la cosmovisión católica y clásica. Pero justamente, nosotros pretendemos abandonar ese bagaje lingüístico y conceptual por el cual estamos (de antemano) vencidos. Pretendemos renunciar a los términos “verdad” y “falsedad” que remiten a algo independiente del pensamiento, como si existiera algo objetivo que debe ser respetado y respecto de lo cual debemos ordenarnos”.

Veamos nuestra respuesta a éste, el último argumento.
Aquí o en China la palabra externa u oral del ser humano –los sonidos con que se comunica– manifiestan lo que piensa. Aquí o en China, con la palabra hacemos patente nuestro pensamiento. Cuando alguien no nos habla podemos conjeturar qué piensa de tal o cual situación pero no lo sabemos hasta que no decida comunicarse, sea por señas, signos o por palabras: hablando.
Y en cualquier lugar o tiempo, cuando pronunciamos palabras decimos algo de algo. Con la palabra no significamos palabras; es evidente que con la palabra “hombre” no significamos un sonido. Al contrario: con la palabra “hombre” significamos hombres. No sonidos. Con las palabras, pues, significamos algo.
Y ese «algo» al que nos referimos con los vocablos lo sabemos real; es decir, independiente de nuestro pensamiento. Quien nos pregunta algo no pretende saber lo que pasa en nuestra cabeza sino aquello que es. En la conversación cotidiana no hablamos de lo que sucede en nuestra mente –salvo que expresamente lo aclaremos– ni pretendemos comunicar puras “interpretaciones” ni “pensamientos”. Normalmente pretendemos decir, hablar, de lo que realmente es.
¿Cuál es el punto de inflexión? En la hipótesis del argumento adversario –según la cual sólo por efecto de la influencia histórica del catolicismo y del pensamiento clásico nos “construimos” la idea de una verdad frente a la cual debemos adecuarnos– no discutiríamos. Ningún debate tendría sentido: sería imposible de raíz, porque dos ideas, dos pensamientos, sólo pueden entrar en pugna; sólo pueden contradecirse si se refieren a algo distinto de ellos mismos.

“La contradicción solamente puede existir y sólo puede ser entendida cuando conozco los términos de la misma; pero sólo puedo conocerlos en cuanto contradictorios por referencia a un tercero no-contradictorio en cuya virtud la misma contradicción existe. Este tercero no-contradictorio es el ser”[6].

La disputa tiene sentido en tanto dos –por lo menos– luchan por algo que no pueden poseer simultáneamente. Pero suponiendo que nuestro lenguaje no exprese el ser ni pueda –por impedimento congénito– expresarlo; suponiendo que verdad y falsedad sean supersticiones, ninguna idea entraría en colisión con otra. Podrían ser perfectamente válidas ambas y no deberían batallar entre sí, puesto que cada una no se entrometería sino con ella misma: les bastaría su propia identidad.
Pero las ideas batallan entre sí. ¿Por qué? Porque pretenden, por debajo de sí mismas, ser verdaderas: estar en adecuación con la realidad. Y acusan a su adversaria de ser falsas. Si no fuera así, ¿para qué discutir? ¿Para qué argumentar?
Nuestros objetores creen ser esclavos de palabras, cuando en realidad son esclavos de lo que son. No es que no puedan librarse del “lenguaje occidental, católico y cristiano”: no pueden librarse de su naturaleza humana.

Stat Veritas: la verdad permanece

Es posible que nuestro escéptico agache la cabeza y reconozca la validez de nuestras palabras. Si eso hiciera, habría que señalarle que, estrictamente, no son nuestras:
–Reconozco, Sócrates –confesó Agatón–, que no soy capaz de sostener una controversia contigo. No insistamos, pues, y sean las cosas como tú dices.
–¡No, amiguito, no! –exclamó Sócrates– Es contra la verdad contra quien no eres capaz de controvertir, pues contra Sócrates no es difícil, créeme[7].
La humildad es esencial a la filosofía: La humildad es andar en la verdad –dice Santa Teresa– y quien ésto no entiende, anda en la mentira. En la disputa intelectual puede quedar, ciertamente, un vencedor y un vencido. Pero erraría el vencido si no advirtiese el bien recibido luego de la derrota:
convencer a otro es, efectivamente, vencerlo: pero no de tal modo que el vencido quede bajo el imperio de su vencedor, como en la lucha física, sino de manera tal que se vea obligado a reconocer el imperio de la Verdad, del cual el mismo vencedor se declara sujeto”[8].
Vale decir que este “‘doblegar’ al adversario en la polémica, y vencerlo, no significa someterlo a un poder extraño, sino hacer que él mismo: ‘se vea forzado a aprobar otras cosas que (antes) había negado…’”. Aún cuando es el mismo hombre el que aprueba otras cosas, antes negadas, sin embargo, no puede decirse que sea conducido suavemente:
“reténgase sin embargo, de esta cita, la fuerza de la expresión: que el adversario se vea forzado. Y ‘forzar’ es, ciertamente, ‘vencer o doblegar una fuerza contraria’. Sólo que, en el caso de la victoria argumental, este ‘forzamiento’ no es sino el reconocimiento inevitable de la necesidad racional; y esto último es el testimonio de la dignidad suprema de la Verdad”[9].
La palabra que arguye lleva consigo un vigor, una potencia, una energía. Ciertamente tiene lugar un forzamiento, pero de tal manera “que, por coincidir con la naturaleza misma de la razón, solo violenta a una fuerza que antes la desnaturalizara: a saber, la fuerza del error o, peor aún, del engaño racional”[10]. Así las cosas, “Derrotar al adversario pasa a ser, así, el ejercicio más alto de auténtica beneficencia para quien reconoce en la Verdad el Bien plenificante del espíritu humano”[11].
Todo el hombre –no sólo su intelecto– combate en estas lides
Yendo al final de nuestra exposición, reconozcamos las fronteras de nuestras argumentaciones. El hombre tiene inteligencia, ciertamente, pero no sólo. Tiene un corazón que debe ser conmovido junto con el intelecto, a fin de hacerle desear, ver y creer en la verdad. Si tiene razón Chesterton cuando escribió “Curar a un hombre no es discutir con un filósofo, es arrojar un demonio”, la disputa intelectual no equivale a una partida de ajedrez.
La Verdad Divina –que no es otra cosa que Dios mismo– es, si se quiere, la Respuesta a nuestras preguntas. Ciertamente lo es. Es la respuesta a esa búsqueda permanente, ansiosa, desasosegada e impostergable del “todo”. Pero también es el Amor. El Amor que busca amar, que hizo a los hombres por amor y para el amor. Y es el Amor que llama a las puertas del corazón humano tanto con la mano derecha como con la izquierda, según bella expresión del Padre Ramón Cué. Si el encanto con que Dios ha engalanado las cosas mueve a buscarlo por el camino de la sabiduría, la seducción que provoca el Corazón de Dios –Cor Iesu– arrebata el alma por el camino del amor. Pero si la primera vía puede ser común a los filósofos, la segunda tiene por llave maestra la fe. Quiera Dios que podamos no sólo reposar nuestro intelecto en su Mente Increada, océano de Verdad y Sabiduría, sino también descansar nuestro corazón en Aquél que la lengua humana llama el Amor de los Amores, incesante pescador de hombres:

La Gracia

Y no valdrán tus fintas, tu hoja prima
ni tu coraza indómita nielada
a desviar el rayo, la estocada
en la tiniebla a fondo de tu sima.

¿No ves centellear allá en la cima
de gracia y luz diamante, ascuas de espada?
No, esquivo burlador, no valdrán nada
careta ni broquel, guardia ni esgrima.

No te cierres rebelde, no le niegues
tu soledad. Es fuerza que le entregues
de par en par tu pecho y coyunturas.

Que así vulnera el Diestro, y así elige
–caprichos del deseo– y así aflige
y así mueren de amor las criaturas[12].



[1] Mons. Octavio Derisi. Actualidad del pensamiento de San Agustín, Buenos Aires, Guadalupe, 1965, págs. 35-36.
[2] Juan Alfredo Casaubon. Palabras, ideas, cosas, Buenos Aires, Candil, 1984, págs. 40-41.
[3] Ídem, pág. 25. La negrita es nuestra.
[4] Ibídem. Es cierto que a veces nos equivocamos, pero no siempre: “En este momento, por ejemplo, yo estoy absolutamente cierto de que estoy sentado y no de pie, y de que la bombilla está delante de mí, encendida. Estoy igualmente cierto de que 18 por 5 son 90. De que alguna vez me haya equivocado no se sigue que siempre me equivoque” (Bochenski).
[5] Sciacca, Federico Michele. La existencia de Dios, Tucumán, Richardet, 1955, pág. 66.
[6] Caturelli, Alberto. La metafísica cristiana en el pensamiento occidental, Buenos Aires, Ediciones del Cruzamante, 1983, pág. 77.
[7] Platón. El Banquete, Madrid, Senén Martín, 1966, pág. 122.
[8] Mihura Seeber, Federico. La figura del polemista cristiano en los libros “Contra Cresconio” de San Agustín en Revista Sapientia, vol. XLVII, Buenos Aires, UCA, Facultad de Filosofía y Letras, 1992, pág. 176.
[9] Ibídem, págs. 190-191.
[10] Ibídem, pág. 191.
[11] Ibídem, pág. 189.
[12] Gerardo Diego, La gracia, en Primera antología de sus versos (1918-1941), Madrid, Espasa Calpe, 1976, pág. 163.

Juan Carlos Monedero (h)

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