San Juan Bautista

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jueves, 27 de febrero de 2014

Anticristo y Judaísmo – Por Alberto Ezcurra Medrano

  
  El Bien y el Mal no son frutos del acaso. El Bien por excelencia en el mundo es Cristo, cuyo Cuerpo Místico es la Iglesia. Él es la Cabeza y la gobierna interior y exteriormente.

  Frente al Bien organizado, lucha el Mal también organizado. “El Diablo – dice Santo Tomás de Aquino – es la cabeza de todos los malos en cuanto a su exterior gobernación” (Suma, P.III, C. VIII, art. VII).

  Esas dos organizaciones constituyen las dos ciudades a que se refiere San Agustín “Dos amores fundaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el menosprecio de Dios, la ciudad terrena; y el amor de Dios hasta el menosprecio de sí mismo, la ciudad celestial” (Civitas Dei, Lib. XIV, Cap. XXVIII).

  El coronamiento de la ciudad celeste ha de ser el Reino de Cristo. Y el coronamiento de la ciudad terrena, el Reino del Anticristo.

  Error sería, entonces, imaginar al Anticristo como un personaje fabuloso y ubicarlo en un futuro remoto, impreciso e inasequible, en el cual habría de aparecer repentinamente, como salido de los antros del Infierno. El Anticristo ha de salir de este mundo en que vivimos nosotros y ha de aparecer un día en este presente en que nos deslizamos por el tiempo. Su reino se está formando, conjuntamente con el de Cristo, y desde los tiempos de Cristo. Por eso dice San Juan: “Hijitos, ya es la última hora: Y como habéis oído que el Anticristo viene: así ahora muchos se han hecho Anticristos: de donde conocemos que es la última hora” (I Juan II, 18). Si puede estudiarse el desarrollo del Reino de Cristo, si puede escribirse la historia de la Iglesia, también pueden estudiarse las obras del “misterio de la iniquidad”, también puede escribirse la historia del Anticristo, aunque aún no haya llegado la hora de su breve triunfo.

  Se trata, es cierto, de la historia de un “misterio”. Los hijos de las tinieblas huyen de la luz para ejecutar sus planes. Todo consiste en hallar el hilo de Ariadna que nos conduzca a través del oscuro laberinto de la ciudad terrena. Y ello no es tan difícil cuando se tienen ante sí dos mil años de historia.

  Esos dos mil años nos muestran un hecho significativo: una nación sin territorio, misteriosamente conservada desde Cristo hasta nuestros días, que ejecutó y se hizo responsable de la muerte del Hijo de Dios, que fue la primera en perseguir a los cristianos y que ha perseverado hasta nuestros días en esa misma persecución, interviniendo en todos los acontecimientos importantes de la historia y aumentando cada vez más su fuerza y su poderío. No se nos presenta en la historia otro hecho análogo. Todos los grandes perseguidores, o aparecieron más tarde o se eclipsaron como fugaces meteoros. Solo uno permanece. Solo uno centraliza y dirige, asegurando la continuidad en el tiempo y la extensión en el espacio a la persecución contra la Cristiandad. No es aventurado entonces afirmar que esa nación - la nación judía – es, por lo menos, el cimiento sobre el que se asienta la ciudad terrena.

  Eso es lo que – historia en mano -  procuramos demostrar en este libro. No va más allá nuestra intención. Comprobamos hechos, pero no azuzamos “pogroms”. No se nos acuse de antisemitismo, acusación de moda. Si decir la verdad acerca de los judíos es antisemitismo, no este libro, sino la verdad, sería antisemita. Pero el antisemitismo no consiste en la verdad sobre los judíos, sino en el odio a los judíos. Y el odio no nos está permitido a los cristianos, que tenemos el precepto de amar aún a nuestros enemigos. Por eso aquí señalamos la verdad, pero no predicamos el odio. No nos incumbe a nosotros la solución del problema judío. La Iglesia lo ha señalado hace tiempo, en normas rebosantes de justicia y caridad, que el mundo ha cumplido. Seamos verdaderamente cristianos y el Judaísmo dejará de ser un problema. Pero mientras no lo ignoremos. Aunque sólo sea para impulsarnos a ser verdaderamente cristianos, debemos conocerlo en toda su espantosa gravedad. El precepto de amar a nuestros enemigos no nos obliga a desconocer sus maquinaciones.

  No se nos acuse tampoco de dejarnos guiar por un criterio histórico unilateral y pueril al querer explicar la influencia judía muchos acontecimientos humanos, cuya complejidad es tan grande. No ignoramos la existencia de otras causas, así sean políticas, sociales o económicas. Pero sostenemos que por encima de esas otras causas, que obran ciega o aisladamente, hay una, inteligente y constante, que a veces las suscita, a veces las dirige, o a veces simplemente las aprovecha; pero que tiene sobre ellas, que son puramente naturales, la inmensa ventaja de su carácter esencialmente sobrenatural o teológico.


 Alberto Ezcurra Medrano: “Historia del Anticristo” Prólogo. Ed. José Antonio Lopez 1990.


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La renovación según lo santos y según los reformadores actuales – Por el P. Fr. Alberto García Vieyra O.P.


  El mal no está tanto en que el mundo me seduzca, obrando como causa ocasional de mi caída. Muchas veces somos seducidos por cosas, aun por bagatelas, y caemos. Siempre en este sentido, el mundo causó males en la vida religiosa y en los seglares piadosos. El mal y la desorientación de la vida religiosa actual, es la orientación mental de los clérigos hacia los valores mundanos. La causa final, dicen los filósofos, es la causa de las causas. Si la vida religiosa, de laicos y clérigos, si la predicación cristiana abandona sus objetivos, que son la salvación de los hombres, pobres y ricos, entonces hemos cambiado de rumbo.

  El llamado a la renovación no puede inscribirse en el seno de la desorientación. Debemos renovarnos en el cauce de nuestra orientación religiosa, buscando la unión con Dios, el progreso de las virtudes cristianas.

  La vida religiosa debe permanecer orientada según sus fines; debe usar de sus medios que le son indispensables. La clausura, el silencio, la pobreza, el trabajo constante, la mortificación de sí mismo, una actitud de no creerse personaje, son elementos esenciales.

  En una vida religiosa orientada según sus fines propios el movimiento renovador le da fuerzas, energía, la vuelve fecunda y llena de frutos de santidad, y verdadero apostolado.

  Es la renovación que llevaron a cabo San Bernardo, Santo Domingo de Guzman, San Ignacio, Santa Teresa y otros verdaderos renovadores. EL problema de una verdadera renovación que se nos propone en todos los tonos y en todas las lenguas es una renovación secularista: cambiemos pero ¡para adoptar formas seculares o secularizadas, de pensamiento y de acción!

  La vida religiosa debe renovarse por sus propios principios, por aquellos postulados que requieren una verdadera consagración al servicio de Dios. Debe ordenarse a la unión con Dios, ¡no al desarrollo del Continente!

  La nueva temática sociológica dice inspirarse en los signos de los tiempos. Cuando nuestro padre Santo Domingo llegó al Languedoc, los signos de los tiempos hablaban un legauaje maniqueo. Al santo castellano ni por asomo se le ocurrió fundar una familia religiosa maniquea. Cátaros y valdenses hablaban un lenguaje maniqueo. Sin embargo Santo Domingo funda una Orden opuesta radicalmente a la herejía, al servicio de la sola Iglesia de Roma.

  Estas cosas deben servirnos de ejemplo. Los presuntos reformadores de la vida religiosa Latinoamericana han tomado como principios, no la oración o el silencio, sino el cambio, el desarrollo, la inserción en el mundo, etc.

  En la legislación de la Iglesia, conservada ahora, sobre la vida religiosa y monástica, observamos diversos elementos que difícilmente, se compaginan con las pautas señaladas a los religiosos actuales. Señaladas, no en un autor u otro más o menos discutible, sino en publicaciones editadas bajo el patrocinio de la CLAR (Confederación Latinoamericana de Religiosos). Son varios folletos, pero todos tienen la misma tónica y el mismo lenguaje. Es muy importante señalarlo porque la crisis de la vida religiosa del mundo actual obedece a esa mentalidad, a esa impostación de los problemas de la vida religiosa, a esa eclesiología volcada a la secularización, al pluralismo, antisacramentalista, anti-institucional, de un espiritualismo sin fe definida, que presupone y acepta la sociedad atea y en ella no se preocupa más que de la promoción humana.

 

 Quizás en dichas publicaciones podrán señalarse aquí o allá expresiones de cierto contenido religioso; pero la nota dominante es la subestimación de todo lo tradicional, un silencio absoluto de la salvación del rico y del pobre, la insinuación constante de una mentalidad clasista, la atención puesta en la lucha para que aquella clase inferior conquiste un lugar superior. ¿Lo ha logrado acaso en los países socialistas?








Fr. Alberto García Vieyra O.P. “Los Padres del Desierto” Ed. Del Copista 2007. Págs. 105-107.

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martes, 25 de febrero de 2014

LA LUJURIA: Plaga del carácter – Por Mons. Fulton J. Sheen



  La lujuria es un excesivo amor por los placeres de la carne. Es la prostitución del amor, la extensión del amor a sí mismo hasta un punto donde el ego se proyecta en otra persona y la ama bajo la ilusión que es el tú amado. El verdadero amor está dirigido hacia una persona, la cual es vista como irreemplazable y única, pero la lujuria excluye toda consideración personal en favor de una experiencia de los sentidos. El yo coloca de forma equivocada rótulos modernos sobre la lujuria pretendiendo que éste es un pecado necesario para la “salud” o para una “vida plena” o para “expresar la personalidad”. El fervoroso intento de otorgarle una garantía científica a esta conducta es, en sí mismo, una indicación de cuán grande es la renuencia que normalmente siente la gente a considerar esta ruptura de la ley moral como el pecado que en realidad es. Hoy en día, los hombres y mujeres están aburridos y descontentos; se vuelven entonces hacia la lujuria para compensar su aflicción interior, sólo para, al final encontrarse hundidos en una mayor desesperanza. Como dice San Agustín: “Dios no obliga al hombre a ser puro; deja solos exclusivamente a quienes merecen ser olvidados”.

  La lujuria es una desviación del centro de la personalidad del espíritu a la carne, del yo al ego. En algunas instancias, sus excesos nacen de una conciencia intranquila y del deseo de escapar de su persona hacia otras. Algunas veces existe el deseo contrario de hacer del yo algo supremo a través de la subordinación de otras personas a él. En sus etapas posteriores, el libertino encuentra que ni la liberación  de su ser ni la idolatría son posibles por un tiempo demasiado prolongado; el alma es llevada de vuelta a su ser y, por lo tanto, a un infierno interior. El efecto de la lujuria en la voluntad se manifiesta como un odio a Dios y la negación de la inmortalidad. Asimismo, los excesos vacían la fuente de la energía espiritual hasta el grado tal que finalmente uno se vuelve incapaz de emitir un juicio sereno en ningún otro campo.

  Lujuria no es igual a sexo, porque el sexo es puramente biológico y una capacidad otorgada por Dios. Tampoco es amor, que encuentra en el sexo una de sus expresiones legítimas. La lujuria es el aislamiento del sexo, del verdadero amor. No hay pasión que lleve más rápidamente a la esclavitud como la lujuria, así como no hay una cuyas perversiones destruyan más rápidamente el poder del intelecto y de la voluntad. Los excesos afectan a la razón de cuatro modos: pervirtiendo el entendimiento, de manera que uno se vuelve intelectualmente ciego e incapaz de ver la verdad; debilitando la prudencia y el sentido de los valores, por lo que se desemboca en la temeridad; vigorizando el amor propio y hasta generar la irreflexión; debilitando la voluntad hasta que el poder de decisión se pierde y uno se vuelve víctima de la inconstancia de carácter.

  Los efectos sobre la voluntad y la razón son desastrosos. En aquellos que se entregan repetidas veces a los excesos, es posible que haya un odio a Dios y a la religión y una negación de la inmortalidad. El odio a lo divino viene porque Dios es visto como un obstáculo para la autogratificación. Los libertinos niegan a Dios porque su omnipresencia significa que su conducta ha sido observada por Aquel que la reprobará. Hasta tanto esos individuos abandonen su animalidad egocéntrica, deben insistir en ser ateos, ya que sólo un ateo es capaz de imaginar que nadie lo observa.

  La negación de la inmortalidad es un efecto secundario de la lujuria. Puesto que el ególatra vive cada vez en la carne, la idea de un juicio se le vuelve más y más desagradable. Para aquietar sus temores, adopta la creencia de que nunca habrá un Juicio. Aceptar la inmortalidad significaría una responsabilidad que el lujurioso ego del libertino teme enfrentar, ya que, si lo hiciera, lo forzaría a transformar su vida entera. La mera mención de una vida futura puede llevar a esta persona a un furioso cinismo; que le recuerden la posibilidad del juicio aumenta su angustiosa ansiedad. Todo intento de salvar a una persona así es visto por ella como un ataque a su felicidad.

  La creencia en Dios y en la inmortalidad haría que el ego libertino deseara ser un yo, pero cuando no está listo para abandonar su vicio, debe negarse a mantener ese tipo de pensamiento. Sería bueno que los defensores de la religión, al tratar con ególatras que están momentáneamente perdidos en los lodazales de la lujuria, aprendieran que debe existir una voluntad de cambio previo a un cambio en la creencia religiosa. Una vez que el libertino abandona el mal, buscará la Verdad, porque ya no necesita temerle.

  La lujuria no tiene relación con la lícita expresión del sexo dentro de un matrimonio legítimo. El amor matrimonial es la formación del “nosotros”, que es la extinción del ego-centrismo. En el amor matrimonial, el yo busca el crecimiento completo del Tú, de la personalidad opuesta al yo. No existe momento más sagrado que aquel en que el ego se rinde a otra personalidad, de manera tal que la necesidad de poseer desaparece en la alegría de amar a la otra persona. Estos amantes nunca están solos, porque se necesitan tres y no dos para hacer el amor, y ese tercero es Dios. Un ego ama a otro ego por lo que éste da, pero el yo ama a otro yo por lo que es. El amor es la unión de dos pobrezas que dan surgimiento a una gran riqueza.

  El divorcio, la infidelidad, la ausencia planeada de hijos, los matrimonios no válidos, son otras tantas parodias y herejías contra el amor, y aquello que es enemigo del amor, es enemigo de la vida y la felicidad.


Fulton J. Sheen “Eleva tu corazón”. Ed. Lumen Bs.As.-México 2003. Págs, 97-99



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Apostasía como signo de los tiempos

  
“Los Sacerdotes, Ministros de mi Hijo, por su mala vida, por sus irreverencias e impiedad al celebrar los santos misterios, por su amor al dinero, a los honores y a los placeres, se han convertido en cloacas de impureza, sí, los Sacerdotes piden venganza y la venganza pende de sus cabezas. Ay de los sacerdotes y personas consagradas a Dios que por sus infidelidades y mala vida crucifican de nuevo a Mi Hijo! Los pecados de las personas consagradas a Dios claman al Cielo y piden venganza, y he aquí que la venganza está a las puertas, pues ya no se encuentra nadie que implore misericordia y perdón para el Pueblo; ya no hay almas generosas ni persona digna de ofrecer la víctima sin mancha al Eterno a favor del mundo”
“Dios va a castigar de una manera sin precedentes” 

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"Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del anticristo"


Mensajes dados por la Santísima Virgen en La Salette Francia en 1846

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domingo, 23 de febrero de 2014

Apostasía



  “Se trastornan los dogmas de la religión; se confunden las leyes de la Iglesia. La ambición de los que no temen al Señor salta las dignidades, y se propone el episcopado como premio de la más descarada impiedad, de suerte que a quien más graves blasfemias profiere, se le tiene por más apto para regir al pueblo como obispo. Desapareció la gravedad episcopal. Faltan pastores que apacienten con ciencia el rebaño del Señor… La libertad de pecar es mucha. Y es que quienes han subido al gobierno de la Iglesia por empeño humano, lo pagan luego consintiéndolo todo a los que pecan… La maldad no tiene límite; los pueblos no son corregidos; los prelados no tienen libertad para hablar. Porque quienes adquirieron para sí el poder o dignidad episcopal por medio de los hombres, son esclavos de quienes les hicieron esa gracia…

  Sobre todo eso ríen los incrédulos, vacilan los débiles en la fe, la fe misma es dudosa, la ignorancia se derrama sobre las almas, pues imitan la verdad los que amancillan la palabra divina en su malicia. Y es que las bocas de los piadosos guardan silencio, y anda suelta toda lengua blasfema. Lo santo está profanado; la parte sana de la gente huyen de los lugares de oración como de escuelas de impiedad y marchan a los desiertos, para levantar allí, entre gemidos y lágrimas, las manos al Señor del cielo…”

 

  Carta colectiva que 32 obispos orientales dirigieron a los obispos de Italia y las Galias en la lucha antiarriana en el siglo IV.


Alfredo Saenz “La Nave y las Tempestades” – Ed. Gladius 2005. Pág. 234


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sábado, 22 de febrero de 2014

Prueba de fuego para la Iglesia – Por J.C. García de Polavieja P

  
 La Iglesia atravesará una frontera crítica el  próximo mes de octubre, con ocasión del sínodo sobre la familia (9-15 de octubre).

  La maquinaria anómala -del ánomos de 2 Ts 2, 4- que ha triturado la estructura social en todo el planeta, se ha fijado ese acontecimiento como punto de inflexión, para empujar con malas artes a la pastoral católica a someterse a sus diseños. Y la Iglesia verá  comprometidas en esas fechas sus enseñanzas y la propia praxis sacramental, debido a su situación interna más que delicada. Determinadas ambigüedades han alimentado expectativas en lo que Stanislaw Grygiel llama “iglesia de opinión”, que no abarca solamente los segmentos centroeuropeos -que ya desobedecen abiertamente a Jesucristo -sino, además, otros elementos que invocan necesidades evangelizadoras mientras proclaman abiertamente la “necesidad” de reducir la exigencia del Evangelio.

  Las imprudentes consultas populares en terrenos donde las pautas del Evangelio son irreductibles, tanto a opiniones, por mayoritarias que sean, como a hechos, por consumados que estén,  han alimentado en Europa central una inercia que, en las fechas previstas, cuestionará cualquier posicionamiento sinodal que trate de salvar los principios. Por ello, el otoño próximo traerá consigo, guste o no, el final de las ambigüedades y, con ello, probablemente, una tensión que va a sorprender a muchos.
La consideración de los divorciados emparejados respecto a la Eucaristía va a ser una auténtica prueba de fuego: pondrá a prueba la adhesión de numerosas jerarquías a Jesucristo. Porque no se discutirá exclusivamente el carácter indisoluble del matrimonio -que ya sería razón suficiente para la firmeza- sino, sobre todo, la obediencia del Cuerpo místico a su Cabeza.

  El texto evangélico más definitivo no es, por ello, el que generalmente se aduce (Mc 10, 8-9) aunque sea muy importante; sino otros que se mantienen en un olvido sintomático (Mt 5, 32; 19, 8-9 y, sobre todo Mc 10, 11-12) donde el Señor ha dejado establecida para siempre la situación adúltera de las personas que, tras abandonar a su cónyuge, se emparejan de nuevo:  

Él les dijo: Quien repudie a su mujer y se case con otra,
comete adulterio contra aquella;
y si ella repudia a su marido y se casa con otro, comete adulterio”.

  Este juicio taxativo sale al paso de las expectativas de la “iglesia de opinión” para el próximo sínodo sobre la familia: Aquí Jesús no establece excepciones de ningún tipo (ni “por fornicación”) porque esta advertencia no se dirige sólo a los repudios de su tiempo, sino, sobre todo y directamente contra la suficiencia del divorcio postmoderno y de los “nuevos modelos de familia”.

  Por ello la apelación a nuevas “praxis de perdón”, cuando aduce la práctica de las iglesias orientales separadas de Roma, o cuando explora el elenco de situaciones excepcionales -que, obviamente, son infinitas -tratando de modificar la regla desde la excepción,  corre el riesgo de ignorar el verdadero marco socio-cultural y moral que rodea al debate. Ninguno de los exploradores del cambio- citados por S. Magister (Mounier, Nautin, Moingt y John T. Noonan)- ha demostrado, ni podrá hacerlo nunca, que este mandato evangélico rotundo  deje abierta la menor posibilidad de acomodar la administración de la Eucaristía a los cambios culturales o a las modas.

  La conducta pastoral respecto a los católicos que se encuentran en estas situaciones y buscan sinceramente el seguimiento de Cristo tiene que ser, obviamente, acogedora y misericordiosa. Ello ha sido suficientemente aclarado en varios documentos del magisterio, especialmente en la Familiaris consortio de Juan Pablo II y en la carta de la Congregación para la Doctrina de septiembre de 1994. Por eso precisamente, sería aciago engañarles abriéndoles el acceso a la Eucaristía mientras persisten en situaciones objetivamente irregulares. La acogida misericordiosa nunca podrá ocultarles las exigencias concretas, humanamente sacrificadas, necesarias para acercarse a la Eucaristía.

  Porque cualquier recepción del Cuerpo de Cristo en estado de pecado mortal, como es el caso, acarrea peligro de condenación eterna. Y esto no es autoritarismo ni moralismo, sino simple coherencia con el Evangelio.
La advertencia del Apóstol sobre el riesgo de “comer y beber la propia condenación” ( ) no es anacrónica, propia de culturas primitivas, sino un aviso de valor perenne para salvaguardar la comunión con la divinidad. Esta comunión no es, ciertamente, para los perfectos, sino para los conscientes de su imperfección: Precisamente por eso sería engañoso  alimentar en ellos la falta de conciencia.  

  Ciertamente, cada situación concreta es un mundo y admite distintas consideraciones; pero finalmente todas ellas se reducen a una lógica sencilla: el estado pecaminoso grave no es compatible con la Eucaristía, porque implica su profanación sacrílega. Esa es la regla que nadie, ni el Papa ni la jerarquía eclesiástica, ni ningún sínodo, puede cambiar… Y es la norma que precisamente se cuestiona allí  donde se han perdido las nociones elementales de la Fe y contaminado sus vivencias centrales.
En realidad, determinados sectores eclesiásticos, comprometiendo al Papa al ampararse en expresiones suyas pendientes de concreción definitiva (Evangelii  gaudium, 47) están intentando hacer pasar como misericordiosa la aceptación de un sacrilegio normalizado por la vía de los hechos y de inspiración satánica. El desprecio de lo sagrado y la increencia en lo preternatural, reinantes en estos sectores, hacen que la mera palabra sacrilegio les resulte escandalosa.  Pero el escándalo que verdaderamente clama al cielo es la profanación sistemática del Cuerpo de Cristo en esas comunidades pretendidamente católicas.

  La situación moral de nuestro tiempo es la que es: Hegemonía del hedonismo, convertido por la autosuficiencia humana en subordinante de toda otra realidad, incluyendo la norma divina: La normalización de divorcios y “matrimonios” sucesivos no es más que la implantación institucional y social del Hombre impío que proclama que él mismo es Dios (2 Ts 2, 4). Se distorsiona pues gravemente la realidad cuando se pide la adaptación de la praxis sacramental a estas costumbres dominantes como un imperativo de misericordia. En realidad, estamos ante una perversión de la caridad que llegaría más lejos de lo que las miras convencionales, o bien pensantes, carentes de discernimiento, quieren imaginar.

  El pretendido acceso a la Eucaristía de los divorciados nuevamente emparejados no abre un debate para profundas disquisiciones pastorales, ni para retorcer los conceptos e inventar soluciones mágicas; porque sobre este tema está todo dicho, y dicho por el propio Jesucristo. Lo que verdaderamente desafía es la resistencia de la Iglesia en la salvaguardia de la moral revelada. Y lo que realmente busca -y así lo reconocen abiertamente sus impulsores- es una homologación con las normas del mundo, de espaldas a lo sagrado.

  Por cariño y lealtad al Papa conviene avisarle, cuando aún queda tiempo, de la encerrona que se perfila en el horizonte. La fractura en un tema absolutamente vital como la Eucaristía ya se ha producido en extensas zonas de Alemania, Austria, y otras naciones europeas. Las soluciones fáciles no solucionarán nada y podrían, por el contrario, tener consecuencias desastrosas. Porque aunque la Iglesia “no es una aduana” puede equivocarse si abre puertas que su Fundador y Maestro ha dejado definitivamente cerradas: La Iglesia de nuestro tiempo ha sido específicamente advertida de que, por encima de ella,  es Jesucristo quien tiene la llave de David: si Él abre nadie puede cerrar, si el cierra nadie puede abrir (cf. Ap 3, 7).

J.C. García de Polavieja P


Agradecemos a nuestra amiga Maite C. por acercarnos el artículo.



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jueves, 20 de febrero de 2014

Pio IX y la Proclamación del Dogma de la Inmaculada Concepción - (wwwmileschristi.blogspot.com.ar)


EL SONETO QUE INSPIRÓ AL PAPA PÍO IX PARA PROCLAMAR EL DOGMA DE LA INMACULADA CONCEPCIÓN DE LA BIENAVENTURADA VIRGEN SANTA MARÍA

"Dios reveló a santa Brígida que ha concedido tan gran poder a María para vencer a los demonios, que cuantas veces asaltan a un devoto de la Virgen que pide su ayuda, a la menor señal suya huyen despavoridos, prefiriendo que se le multipliquen los tormentos del infierno a verse dominados por el poder de María". 
(San Alfonso María de Ligorio, "Las Glorias de María")

  Rescatamos de archivos de la ASOCIACIÓN MARIANA APOSTÓLICA SACERDOTAL esta historia, que es una muestra del poder que Dios Nuestro Señor le otorgó a la Santísima Virgen sobre los demonios:

  En 1823, dos sacerdotes dominicos, Padres Bassiti y Pignataro, estaban exorcizando a un niño poseso, de 12 años de edad, analfabeto. Para humillar al demonio, lo obligaron, en nombre de Dios, a demostrar la veracidad de la Inmaculada Concepción de María. Para sorpresa de los sacerdotes, por la boca del niño poseso, el demonio compuso el siguiente soneto:

"Soy verdadera madre de un Dios que es hijo,
Y soy su hija, aunque Le soy madre;
Él desde eterno existe y es mi hijo,
Y yo nací en el tiempo y soy su madre.

El es mi Criador y es mi hijo,
Y soy su criatura y su madre;
Fue divinal prodigio ser mi hijo
Un Dios eterno y tenerme por madre.

El ser de la madre es casi el ser del hijo,
Visto que el Hijo dio el ser a la madre
Y fue la madre que dio el ser al Hijo;

Si, pues, del hijo tuvo el ser la madre,
O se ha de decir manchado el hijo
O se dirá Inmaculada la Madre."


  Se cuenta que el Papa Pío IX lloró, al leer ese soneto que contiene un profundísimo argumento de razón en favor de la Inmaculada.

  Nuestra Señora fue la restauradora del orden perdido por medio de Eva. Eva nos trajo la muerte, María nos da la vida. Lo que Eva perdió por orgullo, Nuestra Señora lo ganó por humildad.



  Eva obedeció al demonio, trayendo así el pecado y la muerte. María Santísima obedeció a Dios, y por Ella vino la Salvación.

  El hombre, al contrario del "dogma" liberal, no nace bueno; todos nacemos con el pecado original; tendemos más fácilmente al mal y por eso se hace necesaria una educación y formación para el bien; sin embargo esta educación y formación, para ser verdadera, no puede excluir el auxilio sobrenatural de la gracia que nos mereció Nuestro Señor Jesucristo y que nos es dada por medio de Su Santísima Madre.

  El Dogma de la Inmaculada Concepción fue proclamado por el Papa Pío IX, rodeado de 53 cardenales, de 43 arzobispos, de 100 obispos y más de 50.000 peregrinos venidos de todas partes del mundo, el día 8 de diciembre de 1854.



Visto en: wwwmileschristi.blogspot.com.ar


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miércoles, 19 de febrero de 2014

El grave caso del Profesor Roberto de Mattei - Por Mario Caponnetto


UNA ANTICIPACIÓN DE CABILDO nº 107


  El nº 107 de la revista Cabildo saldrá a la calle aproximadamente en unos 10 días. Habiéndonos enterado por él de la existencia de una nota que saldría en dicho número, y que reviste interés para nosotros, le hemos pedido autorización para publicarla a modo de anticipo. Aquí va:


SOLIDARIDAD CON EL PROFESOR ROBERTO DE MATTEI

            El artículo que leeremos a continuación no necesita introducciones ni agregados. Todo lo explica y lo aclara con nitidez. Si me permito estas líneas preliminares es por un triple motivo.

            El primero, una deuda de gratitud pesonal hacia el ilustre Profesor De Mattei. En efecto, a pesar de no conocernos, él ha tenido la deferencia de citar mi libro “La Iglesia traicionada” en la que entiendo es su última y valiosa obra, Vicario di Cristo. I primato di Pietro tra normalitá ed eccezione, Verona, Fede & Cultura, 1983. Este libro mío, en el que desenmascaro con dolor los múltiples y funestos desvaríos del Cardenal Bergoglio, ha tomado –para mí, al menos- un trágico carácter anticipatorio. Silenciado en mi patria, y aún “castigado” por haberlo escrito, y hasta convertido en ocasión de prudentes tomas de distancia de algunos supuestos amigos, ha sido un extranjero el que ha tenido la bondad de recordar su existencia, desde el centro mismo de la  Cristiandad, Italia.

            El segundo motivo por el que interfiero con estas líneas previas es porque el gesto valeroso del Prof. Di Mattei – por el que fue expulsado de Radio María, como bien se explica en la nota que continúa estos párrafos- no puede quedar sin una solidaridad manifiesta, sin un apoyo explícito, sin un abrazo, siquiera en la lejanía, que contenga todo el aliento y toda la admiración que se le debe a quien se convierte en testigo de la Verdad. Bienaventurados los que son perseguidos por causa de su fidelidad a la Cruz; y desdichados aquellos –ostenten las jerarquias que ostentaren- que deambulan de traición en traición y de heterodoxia en heterodoxia.

            Al fin, entiendo que el tercer motivo para intervenir como anfitrión de esta valiosa y entrañable nota fraterna, es para alentar a los débiles, que son muchos, a los pusilánimes que abundan, a los cómodos distraidos que acrecen y a los aquiescentes que sabiendo todo,callan, a que consideren seriamente la posibilidad de hablar sí,sí;no,no, en esta hora trágica para el Papado y, por ende, para la Iglesia:Nuestra Santa Madre.

                                                                      Antonio Caponnetto

                                                                           ººººººººººººº
El grave caso del Profesor Roberto de Mattei
 Por Mario Caponnetto

Roberto de Mattei es, sin lugar a dudas, uno de los más lúcidos y brillantes intelectuales católicos italianos. Especializado en historia, catedrático de vasta trayectoria académica en diversas universidades europeas, no ha descuidado el ejercicio del periodismo en el que vierte con regularidad sus acertadas reflexiones acerca de los acontecimientos del mundo y de la Iglesia, reflexiones signadas siempre por un profundo sensus fidei. Es así que hasta el pasado 13 de febrero, de Mattei estaba a cargo de un programa radial mensual, Radici Cristiane, emitido por Radio María, en Italia. Pues bien, he aquí que desde la mencionada fecha los oyentes italianos se ven privados de oír la voz del Profesor de Mattei porque, sencillamente, el Director de Radio María, el sacerdote Livio Fanzaga suprimió el programa y removió a su conductor. ¿La causa de tan grave medida? Un artículo publicado por de Mattei, en su portal Corrispondenza Romana, el 12 de febrero pasado bajo el título Motus in fine velocior. Según Fanzaga, de Mattei, en el mencionado artículo, habría acentuado “su posición crítica respecto del Pontificado del Papa Francisco”. “Estoy muy disgustado -prosigue Fanzaga en la carta personal enviada al Profesor- y hubiera deseado que Usted pusiese su gran preparación cultural al servicio del Sucesor de Pedro. Usted comprende, querido Profesor, que su posición es incompatible con la presencia en Radio María la que, en sus principios guías, prevé la adhesión no sólo al Magisterio de la Iglesia sino, además, el apoyo a la acción pastoral del Sumo Pontífice”. Añade, enseguida, que “por deber de conciencia debo suspender la transmisión mensual, en tanto le agradezco también en nombre de los oyentes por el empeño puesto, a título voluntario, en la búsqueda de las raíces cristianas de Europa”.

Sorprende la extrema gravedad de las razones aducidas por el sacerdote Fanzaga. ¿Qué puede, en efecto, ser más grave para un intelectual católico que ser removido de una actividad apostólica nada menos que por su falta de fidelidad al Sucesor de Pedro? Pero, ¿es así?

De la lectura del mencionado artículo (y la de otros textos de de Mattei que hemos tenido ocasión de leer) no surge en absoluto el menor indicio que pueda dar sustento a las razones de Fanzaga. De Mattei es un laico católico que en uso de la legítima libertad de los hijos de Dios ha tenido el coraje y la lucidez de expresar sus graves preocupaciones por la situación actual de la Iglesia particularmente a partir de la desgraciada renuncia de Benedicto XVI de la que se ha cumplido un año en estos días.

En el artículo cuestionado, de Mattei en ningún momento ofende la figura del Santo Padre ni emite juicio alguno que pueda computarse como una falta de fidelidad a la Cátedra de Pedro. Por el contario, desde una fe acendrada e ilustrada, alerta acerca de ciertas tendencias y prácticas supuestamente pastorales -muy presentes y activas a partir de la elección del Papa reinante- que podrían, de hecho al menos, ponernos al borde del cisma y aún de la herejía. Se refiere, particularmente, a los más que visibles intentos de ciertos sectores eclesiales en orden a permitir la comunión a los divorciados y de “flexibilizar” la moral católica (básicamente en temas de moral sexual y familiar) considerada como “rígida” y “desactualizada”. Son esos sectores lo que promueven una “adaptación” de la Iglesia a la sociedad contemporánea que, de llevarse a cabo, significaría, lisa y llanamente, la destrucción de la Fe. Subraya, también, de Mattei la paradoja de que mientras Cristo y la Iglesia son el blanco de una feroz persecución por parte del mundo actual, especialmente en una Europa descristianizada y apóstata, ese mismo mundo rinde homenaje al Papa Bergoglio y lo proclama “el hombre del año”. Todo esto en un proceso de franca aceleración de los tiempos a la que alude, precisamente, el título de la nota. Lo dramáticamente ausente hoy, concluye de Mattei, “es el espíritu intransigente y sin compromiso de los santos”. Por eso, “urge una acies ordinata, una armada pronta a entrar en batalla que empuñando las armas del Evangelio anuncie una palabra de vida al mundo moderno que muere, en vez de abrazarse al cadáver”.

Nada, pues, que roce ni de lejos la fidelidad y la lealtad al Papado. Tal como lo expresa el mismo de Mattei en su respuesta a Fanzaga, “La devoción al Papado constituye parte esencial de mi vida espiritual. Pero la doctrina católica nos enseña que el Papa es infalible sólo en determinadas condiciones y que puede cometer errores, por ejemplo, en el campo de la política eclesiástica, de las opciones estratégicas, de la acción pastoral y hasta del magisterio ordinario. En este caso no es un pecado sino un deber de conciencia para un católico remarcarlo siempre que lo haga con todo el respeto y el amor que se debe al Sumo Pontífice. Así hicieron los santos que deben ser nuestros modelos de vida”.

Ante estas razones tan exactas y ponderadas, el Director Fanzaga responde, a su vez, con estas extrañas palabras: “Agradezco su respuesta. Su artículo me fue señalado por algún oyente que lo sigue. Ciertas decisiones se toman con sufrimiento. Es mi firme convicción que la Iglesia pueda salir de su actual tribulación siguiendo a la Virgen y al Papa. Como nos enseña Benedicto XVI, esta es más que nunca la hora de la oración”.

Resulta poco creíble  que la sola advertencia de algún oyente haya interpelado la sensible conciencia del padre Fanzaga obligándolo, no sin gran sufrimiento, a adoptar decisión tan extrema. Más bien es lícito sospechar que se trató, en realidad, de alguna presión, o una orden, de “lo alto” y que el bueno de Fanzaga no tuvo más alternativa que ejercer el triste papel de verdugo. También sorprende que Fanzaga admita que la Iglesia se ve hoy envuelta en tribulaciones de las que sólo puede salir con el auxilio de María y la guía del Papa. Pero, ¿no son, acaso, esas mismas tribulaciones actuales de la Iglesia las que desvelan y preocupan al Profesor de Mattei? ¿No es el honor y el triunfo del Corazón Inmaculado de María la cifra de su esperanza como taxativamente lo enuncia en el cierre de su cuestionado artículo? ¿No es al Papa, en última instancia, a su autoridad magisterial, a las que sirve con total fidelidad y lealtad que no es, precisamente, la cómoda obsecuencia de quienes no ven o no quieren ver que vivimos una hora de tribulación? ¿Qué es lo que, en definitiva, molesta? ¿Acaso el sí, sí, no, no del Evangelio?

Lo que fastidia, lo que no se tolera, es la vox clamantis in deserto que movida por la Fe advierte, amonesta, denuncia, exhorta, señalando con ponderación y respeto lo que ya no es posible disimular ni soslayar. No se tolera a quien se alza en defensa de la Fe recibida y que ha de ser custodiada sin mancilla hasta el fin de los tiempos. Se aplaude, en cambio, y se alienta, no sólo la insoportable imbecilidad de quienes proclaman imaginarias primaveras de la Iglesia sino, y esto es más grave, la cháchara anacrónica de los modernistas, las gastadas fórmulas de los “teólogos de la liberación” salidos como espectros de los sepulcros postconciliares, la retórica marxistoide de las comunidades eclesiales de base bendecidas desde Roma… Todo se tolera mientras se acompañe de alguna adecuada dosis de obsecuencia, que no de obsequio, al Papa.

El episodio del Profesor de Mattei es grave y repudiable. No es el único, ciertamente, sino que se suma a otros similares y revela  una vez más, que en la Iglesia de hoy los únicos reducidos al silencio son quienes defienden la Fe; los únicos, además que, permanecerán, fieles y obedientes,  junto al Santo Padre cuando el mundo que ahora lo adula y alaba acabe por abandonarlo. Pusillus grex.


Es esta, más que nunca, la hora de la oración, escribe el Padre Fanzaga. De acuerdo. Pero es también la hora de defender la Fe amenazada y de respetar la legítima libertad de aquellos que, como el Profesor de Mattei, tienen no sólo la capacidad intelectual sino también la incuestionable autoridad moral para hacerlo.

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CAMBIO CLIMÁTICO Y ESPERANZA CRISTIANA - Por Flavio Infante


  Un artículo publicado recientemente en un sitio creado en honor de R.H. Benson (http://bensonians.blogspot.com.ar/2014/01/el-cambio-climatico-en-el-senor-del.html) llama la atención sobre cierto pasaje en los capítulos finales de «Señor del mundo», pasaje que corre el riesgo de ser soslayado como mero aditamento descriptivo en la trama esjatológica de la novela, cuando en verdad no hace sino predecir el revolverse de los elementos en el embudo de la declinación última de los tiempos. Después de referirse a una desconocida Londres, con césped que amarilleaba y copas de árboles ya mustias bajo el azote de calores extremos (citaremos según la versión Castellani),


«lo que desconcertaba era el aspecto del aire, como lo que los libros viejos describían de los tiempos del reinado del humo. No había ni la frescura ni la transparencia de la mañana; era imposible apuntar en ninguna dirección el origen del pesado nublo, porque era parejo en todas partes. Incluso en el cenit faltaba el azul; parecía pintado con una brocha fangosa, y el color mostraba apenas una opaca aureola roja. Sí, pensó, esto parece uno de esos cuadros modernos; no había el tinte del misterio de una ciudad nublada, sino más bien inverosimilitud, irrealidad. Las sombras parecían carecer de límites, las figuras y los conjuntos de coherencia, como en la obra de un paisajista chabacano. Hace falta una buena tormenta, pensó; o bien, podía ser, un terremoto más en otra parte del mundo podía, en sarcástica demostración de la unidad del globo, aliviar la tensión en esta parte. Bueno, la jornada valía la pena de emprenderse, más no fuera que por el fresco y por el interés de observar los cambios climáticos...»

  Tal la impresión que la naturaleza desquiciada suscita en Oliver Brand, parlamentario al servicio del tirano orbital Juliano Felsenburgh, el Anticristo. Pocas páginas después, en el asediado campamento de los santos, en Galilea, en el que hacen mora el último papa (de incógnito) y una mermadísima jerarquía y algunos monjes y fieles,

«el cielo era como un averno, negro y vacuo; no había un rayo de luz, aunque la luna seguramente había salido. Él la había visto cuatro horas antes trasponer lentamente el Tabor, una hoz roja. A través del valle, mirando desde el parapeto no había nada; pues por unas pocas yardas yacía sobre la tierra irregular un alanza quebrada de luz de un postigo mal cerrado; y debajo de ella, nada. Hacia el norte, nada tampoco; hacia el oeste un fulgor, pálido como ala de polilla, de los techados de Nazareth...»

Y aun:

«le pareció que el amanecer había llegado, pues aquel horroroso cielo era visible al fin. Una enorme bóveda, opaca y color humo, parecía curvarse hacia los espectrales horizontes a los dos lados donde las lejanas sierras alzaban sus agudos filos como recortadas en papel (...) Parecía todo irreal, como una sombría y fantástica pintura hecha por un ciegonato que nunca hubiese visto la luz. El silencio era hondo y total.»

  Se advierte en estos pasajes la atención que el buen converso y novelista inglés vuelca sobre uno de los aspectos más gravosos del mundo distópico propiciado por los febriles sueños utópicos. No decimos que esta alteración de las coordenadas cósmicas sea inmediato efecto de la acción del hombre, cosa por lo demás hipotética y de comprobación acaso imposible: la tierra conoció cíclicas convulsiones mucho antes de que el hombre talara los bosques y contaminara la atmósfera. Simplemente asertamos que el cambio en los usos y costumbres, en la valoración y en los paradigmas morales de estos últimos lustros ha sido tan drástico y radical, que el «cambio climático» no hace sino y casi irónicamente acompañarlo, como un lazarillo que a su vez cojeara. Porque el hombre agrede a la naturaleza no sólo por la polución industrial, sino por la promoción de la contra-natura en todas sus repulsivas formas en vigor. Arcades ambo, y bien contemporáneos que son, resulta cuanto menos estúpido constatar la gravedad de los trastornos naturales sin siquiera reparar en la aniquilación del ethos -o en su falsificación, a expensas de una principalía del consenso.

  De entre los varios signos que Jesús ofrece a los suyos como indicadores del fin de los tiempos, agrupados habitualmente bajo el membrete de Apocalypsis synoptica (a saber: aparición de falsos mesías y falsos profetas, guerras y rumores de guerra, persecución a los cristianos, fin de la ocupación gentílica de Jerusalem, señales sidéreas y telúricas varias), hay una que despunta sólo en Lucas (21, 25 ss.), y que merece especial atención en nuestros días. Dice la Vulgata:

et erunt signa in sole et luna et stellis, et in terris pressura gentium prae confusione sonitus maris et fluctuum, arescentibus hominibus prae timore et exspectatione, quae supervenient universo orbi; nam virtutes caelorum movebuntur.

  La destacamos en negrita: Mateo y Marcos también hablan del oscurecimiento del sol, de la luna y las estrellas, y de la «conmoción de las columnas celestes»; no así del «estruendo del mar y de las olas», que es dato que aporta sólo Lucas. Acá también cabe reconocer correspondencias bastante estrechas entre trastornos naturales y hechos espirituales de pareja gravedad, de los que aquellos podrían ser un a modo de signos subsecuentes. El sol podrá, en efecto, oscurecerse; pero antes lo hizo el papado, con la imparable devaluación de sus signos de hito en hito (al menos desde la deposición de la tiara por Paulo VI, pasando por la renuncia de Benedicto XVI hasta alcanzar la licuefacción diaria de la dignidad pontificia en Francisco). Pulchra ut luna llamó Orígenes a la Iglesia, belleza que en nuestros días parece estribar en lo oculto, como en el novilunio. Que la luna deje de dar su esplendor no es más inadmisible que el entenebrecimiento -¡ay! ya constatado- de la misma Iglesia, llamada a reproducir la luz de Cristo. Que las estrellas caigan como fruta sobremadurada no hará sino reflejar la defección casi universal de los sacerdotes, prevista en todo su dramatismo al menos desde La Salette. Y el estruendo de las aguas y su asalto a la tierra firme no será sino paralelo a la mundanización creciente de la Iglesia, mimetismo el de ésta que no sirve a saciar la sed del mar embravecido: que lo diga la ONU si no, que ya parece lanzada a un decidido ataque a fondo contra todo lo que recuerde la soberanía del Creador sobre su entera Creación.

  A la zaga de tan penoso desquicio en el orden del espíritu, la natura parece plegarse al descompás. Ya son muchas las latitudes que podrían decir, con Lucrecio y con Leopardi, que la naturaleza es más una madrastra que una madre. Si hasta un concejal británico se animó a sugerir que las recientes inundaciones en su país se debieron a la aprobación de la ley de "matrimonio" homosexual, razón por la que fue suspendido de su partido. Causalidad no pasible de positiva comprobación, lo cierto es que en diversas partes de Europa se vivió un invierno altamente inusual, con lluvias copiosas donde correspondían nevadas, con temperaturas primaverales en la alta montaña. Estados Unidos vivió su propio destierro siberiano, con temperaturas de hasta 50º bajo cero. En nuestra pampa húmeda y en otras regiones de la Argentina, a cuarenta y cinco días sucesivos de calores agobiantes les siguió un duradero temporal, del todo impensable para el pleno verano, con inundaciones incluso en provincias de secano, como Catamarca, Mendoza y San Juan. El autor de este blogue vio hincharse el río que pasa a treinta metros de su casa, con amenaza de inundación finalmente fallida. En un área rural que conocía fenómenos semejantes con una frecuencia de 20 a 25 años, a éste le tocó sortear tres anegamientos en sólo cinco años.

  Como para evidenciar la más cruda fisonomía del hombre moderno, no faltan quienes aprovechan estos castigos para salir a excursionar por las zonas siniestradas, cámara fotográfica en mano, captando ávidos el retrato de lo inverosímil que se regala a sus retinas: casas como barcos, copas de árboles peinando la corriente. Ni falta el tonto audaz que sale a montar la cresta de las olas gigantes, erguido en equilibrio sobre su leño. Es la conversión del drama en espectáculo, la garantía de que esta raza de tele-espectadores está negada al escarmiento. Tal como se lee en Apocalipsis 9, 20 ss: «los hombres que no fueron exterminados por estas plagas no se arrepintieron de las obras de sus manos, ni cesaron de adorar a los demonios (...), ni se arrepintieron de sus homicidios, de sus maleficios, de sus fornicaciones ni de sus robos».

  En medio de la amenaza creciente de las fuerzas naturales y políticas desbocadas, así como el pequeño y perseverante contingente de la novela de Benson esperaba el fulmíneo bombardeo del enemigo entonando gregorianos, pluguiera a Dios que aprendamos a salmodiar con toda el alma aquello de

no tememos aunque tiemble la tierra,
y los montes se desplomen en el mar.
Que hiervan y bramen sus olas,
que sacudan a los montes con su furia:
El Señor de los ejércitos está con nosotros,
nuestro alcázar es el Dios de Jacob.

Visto en: in-exspectatione.blogspot.com.ar


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lunes, 17 de febrero de 2014

Apostasía del clero – Por Augusto TorchSon


  Estamos asistiendo a la claudicación casi definitiva del clero en su inmensa mayoría, a su deber de transmitir la verdad sin ningún tipo de respetos humanos.

  No solo observamos los pecados de omisión cuando cobardemente silencian las atrocidades de nuestros gobiernos y las imposturas del propio clero incluyendo a sus más altas jerarquías, sino que necesitan agregar palabras de adhesión a las más heterodoxas predicas de quién debería ser Pastor de Pastores y confirmar a toda la Iglesia en la fe, pero que contrariamente solo trae confusión a los verdaderos fieles y adhesión de quienes realizan las conductas más aborrecibles por la ley de Dios, jactándose de las mismas.

  En ese sentido quiero resaltar la actitud quienes con el más absoluto celo por la causa de Dios, se enfrentan aun con sus pares sin importarles ser políticamente incorrectos.

   Así ante la aprobación de la eutanasia infantil en su país, los obispos belgas dijeron que: “están profundamente decepcionados” lamentando “la adopción de una ley que muchos expertos consideran que es innecesaria y tiene muchos defectos”; a lo que el obispo de Brooklyn, Nicholas DiMarzio, respondió con toda firmeza y claridad: Monseñores: esto no es una ley “innecesaria” que tiene “muchos defectos”. ¡No es ley, es una afrenta demencial a Dios, que algún se tomará debida venganza con quienes la aprobaron y con quienes actuaron tibia y cobardemente como ustedes!; según lo documentado por el blog Catapulta.

  En esta ocasión, y hablando en primera persona, quiero referirme, precisamente al olvido de las leyes y mandatos de Dios. Y me motiva a hacerlo la homilía de la Misa a la que asistí ayer, de parte de un sacerdote de quien tenía la impresión que era ortodoxo y fiel a la Verdad de Cristo.

  Ya en el comienzo de su predica del Sermón de la Montaña del Evangelio de San Mateo (V, 17-37), empezó a hacer hincapié en que, como Cristo no vino a abolir la ley sino a darle vida, lo importante era no tanto el precepto sino la aplicación del mismo. Para concluir recordó las palabras Francisco al recordarnos que las habladurías o chismeríos (como le gusta decir), pueden matar y hay que evitarlas.

  Ahora, hasta aquí todo puede parecer muy ortodoxo pero sabemos que los textos sin contextos terminan siendo pretextos, por lo que para tener una correcta perspectiva es bueno analizar toda la situación para valorarla adecuadamente.

  Lo del “chismorreo” que menciona Bergoglio, lo dice un par de días después que hayan despedido a Roberto de Mattei de RadioMaria.it, según la noticia que consignamos ayer (aquí), por cuestionar las imposturas de Francisco. Y causalmente, el cardenal Maradiaga del grupo C8, ayer señaló que “Se puede criticar al Papa, pero con amor” (aquí), amor que se pide pero que no se brinda según lo acontecido a este prestigioso vaticanista, o con los Franciscanos de la Inmaculada o el Cardenal Burke, cuando se trata de ser fiel al Magisterio inmutable de la Iglesia. Otra es la actitud según vimos con el mundo pecador que se enorgullece de serlo, al que se trata con toda misericordia.

  Pero si las críticas se apuntan al alejamiento de la doctrina por parte de la praxis y palabras de Bergoglio, en su homilía de ayer y como para doblar su apuesta dijo: "El Señor no da importancia simplemente a la conducta exterior o al cumplimiento de una doctrina, él va a la raíz de la ley, dejando todo a la intención". Entonces si no importa el cumplimiento de la ley, si hay que “dejar todo a la intención”, ¿Cómo podríamos juzgar como perversas las conductas de quienes promueven la eutanasia infantil, si su intención es terminar con el sufrimiento de los niños?

  Ya sabemos que en su orientación vaticanosegundista, Bergoglio es poco apegado a la doctrina y recordamos cuando en su primera entrevista a la “Civilita Catolica”, dijo: Hay normas y preceptos eclesiales secundarios que hace tiempo eran eficaces, pero que ahora han perdido valor o significado. La visión de la doctrina de la Iglesia como monolito que debe ser defendido sin matices es errónea... Las formas de expresión de la verdad pueden ser multiformes” (aquí )

  En este sentido de verdad multiforme bergogliana también se puede mencionar cuando en su entrevista al ateo marxista Sclafari le dijo: “La misericordia de Dios no tiene límites si se le dirige con el corazón sincero y arrepentido. La cuestión para quien no cree en Dios es obedecer a su propia conciencia, entonces volvemos al tema de la abolición de la Justicia Divina por la misericordia sin límites; que parece concretarse en una libertad sin límites, igualdad sin límites y fraternidad sin límites.

  Lo importante ahora es la praxis que supera  la doctrina, la misma praxis que es precisamente el monolito del marxismo, la que supera la verdad objetiva. La praxis a la que en la Iglesia llamamos pastoralidad.

  En este mundo donde uno sale a la calle con sus hijos y ve sodomitas de la mano (cuando no haciendo cosas peores), donde el aborto y la promiscuidad se enseñan desde los 4 años por iniciativa de la UNESCO, donde la verdad se decide por consenso, por voto de la mayoría, donde al mal en sus más groseras expresiones hay que llamarle libertad, donde en nuestras iglesias se nos inculca TOLERANCIA, que no está basada en ningún derecho o presupuesto objetivo sino como uno de los dogmas ilimitados de las democracias Rousseaunianas; en este contexto, en esta modernidad, se nos dice que no hay que tener “cara de pepinillos en vinagre”, ni obsesionarnos en el combate de las más atroces transgresiones a las leyes de Dios. Y todo esto se festeja con globitos en el mismo Vaticano, en la misma plaza de San Pedro, y con los colores de la BANDERA GAY, aunque traten de negarlo o aducir “casualidad”. En la Iglesia de Bergoglio donde las casualidades son tan habituales que resultan paradójicas.


  Por eso y con mucho dolor, le digo a este sacerdote, a quién le envío estas palabras, que no le tenga miedo a las represalias por defender la Causa de Cristo, que no tema el martirio, que se puede tener paz y alegría sin necesidad de vivir en el jolgorio producto del pecado y la apostasía.

  En su homilía pudo haber hablado también de la indisolubilidad del matrimonio, a pesar de las propuestas de los cardenales que pretenden darle la comunión a los divorciados y vueltos a casar, convalidando el pecado, o mucho mejor pudo haber resaltado la importancia Sí Si, No No, al cual nos exhorta Nuestro Señor en dicho Evangelio.

  A usted padre, con respeto pero con firmeza le tengo que decir, que eso que vivió en el JMJ de Rio de Janeiro, no es la alegría del Evangelio; donde se celebraban misas en la arena repartiendo la Santa Eucaristía en vasos de plástico y todo esto en medio de mujeres semidesnudas. No, no busquemos la carcajada inmoderada de la complacencia con el mundo.


  Rezo por ud. y por todos los sacerdotes, para que siguiendo el ejemplo de San Atanasio, pueda oponerse al error, sin importar de quien provenga, enfrentando las dolorosas consecuencias que esto implica, pero con la satisfacción de haber cargado la Cruz de Cristo con la mayor dignidad y fidelidad posible.


Augusto TorchSon


  "Porque delante de Dios es justo que Él aflija a su vez a aquellos que ahora os afligen; y a vosotros, que estáis atribulados, os haga gozar juntamente con nosotros del descanso, cuando el Señor Jesús descenderá del cielo y aparecerá con los ángeles de su poder, con llamas de fuego a tomar venganza de los que no conocieron  a Dios, y de los que no obedecen al Evangelio de Nuestro Señor  Jesucristo. Los cuales sufrirán la pena de la eterna condenación…” (2°Tes. I, 6-10)

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