San Juan Bautista

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domingo, 6 de agosto de 2017

Celo bien ordenado (Repost) - Catalina SCJ


  El celo santo por la gloria de Dios, es virtud; dejarse llevar de un celo desordenado puede desembocar en ira y eso no estaría bien, y no agradaría a Dios. A veces nos sentimos interiormente interpelados y nos decimos: ¿Seremos justos y equitativos a la hora de expresar nuestro descontento por lo que acontece en la Iglesia, o no nos dejaremos llevar de forma inconsciente de un celo desmedido?

  Esto lo digo porque en algunos comentarios se percibe cierta preocupación, para no traspasar el límite debido, a fin de que la corrección produzca frutos. Para que la denuncia del mal sea eficaz debe hacerse no solo con verdad, sino con caridad y con templanza.

  En este blog, no me cabe duda que tanto los que escriben los artículos como los que hacen los comentarios buscan la verdad, “porque el amor de Cristo los apremia” (2Cor 5,14). Pues bien, si alguien tiene alguna duda o escrúpulo de conciencia, conviene saber que, los que viven en “la verdad de Jesús” (Ef 4,21) tienen la obligación moral de combatir el error. Y éste se combate, poniendo en alto “la Luz verdadera que ilumina a todo hombre, cuando viene a este mundo. Pero los hombres aman más las tinieblas que la luz porque sus obras son malas. Pues todo el que obra el mal odia la luz y no se acerca a ella, para que nadie censure sus obras” (Jn 1,9.10).

  Para alzar la voz en defensa de Jesucristo y de “la sana doctrina según el Evangelio de la gloria de Dios” (1Tim 1,10.11), hay que tener “virtud y valor” (Flp4,8) porque es difícil decir la verdad a una multitud de gente que vive en la mentira. En ellos se “cumple la profecía de Isaías: Oír oiréis, pero no entenderéis; mirar, miraréis, pero no veréis. Porque se ha embotado el corazón de este pueblo, han hecho duros sus oídos y han cerrado sus ojos. “¡Pero dichosos vuestros ojos, porque ven, y vuestros oídos, porque oyen!”. (Mt 13,14-16).

  Hablando del celo santo, hoy día, más escaso que el oro de Ofir, quiero recordar a Moisés y a Elías, en ambos se da el celo y la ira, pero dejaré de lado la ira, cosa natural a la flaqueza humana; para centrarme en lo que nos ocupa, que es, dónde está el límite entre el celo ordenado y el desordenado.

  Es fácil perder la compostura ante tantos hechos lamentables. De ahí la lucha entre “el hombre viejo nacido del pecado, y el hombre nuevo” Col 39.10) “revestido de Cristo” (Gál 3,27).

  San Pablo, que conoce por propia experiencia lo que sucede dentro del mismo hombre, dice: “Yo sé que nada bueno hay en mí, es decir, en mi carne; puesto que no hago el bien que quiero sino que obro el mal que no quiero” (Rom 7,18.19). Creo que con decir la verdad, es suficiente, y no hace falta añadir más, pues la verdad hiere, y califica a los que viven en la mentira. 

  Volvamos nuestros ojos a la Palabra de Dios, fuente de vida y santidad, y detengámonos “en Moisés, a quien el Señor hablaba cara a cara, como habla un hombre con su amigo” (Ex 33,11).  Moisés subió al monte Sinaí y allí permaneció durante mucho tiempo en oración y en ayuno. “El pueblo, al ver que Moisés tardaba en bajar, dijo a Aarón: Anda haznos un dios que nos guíe” (Ex 32,1). Al contemplar el becerro de oro, los gritos de júbilo y las algarabías se oyeron por todo el campamento. “El Señor dijo a Moisés. ¡Anda baja! Porque se ha pervertido tu pueblo el que sacaste del país de Egipto. Moisés se volvió y bajó del monte con las dos tablas de la Ley. Las tablas eran obra de Dios y la escritura, era escritura de Dios grabada en las tablas y las hizo añicos al pie del monte. Luego tomó el becerro que habían hecho y lo quemó”  (Ex 32,7.15.16.19.20). Moisés al ver cómo el corazón de este pueblo se había prostituido adorando a un dios falso, sintió celo por la gloria de Dios, rompió las tablas y destruyó al becerro.


  Elías era un profeta del Altísimo “su palabra ardía como fuego, quemaba como antorcha” (Eclo 48,1). En tiempos de Elías, como también sucede hoy, proliferan los falsos profetas, que dicen a los hombres aquello que quieren oír, que les agrada y que acaricia sus oídos. Elías como cualquier buen profeta habla en nombre de Dios, y denuncia aquellas cosas que están mal y que algunos, no quieren ver ni oír.  


 “Elías se acercó a la gente y les dijo: ¿Hasta cuándo vais a estar cojeando sobre dos muletas? Si el Señor es vuestro Dios, seguidlo; si es Baal, seguidlo a él. Los profetas de Baal eran cuatrocientos cincuenta, y Elías estaba sólo, tuvo miedo y huyó para poner a salvo su vida. Llegó al monte de Dios el Horeb. Allí se introdujo en una cueva. El Señor le dijo: ¿Qué haces aquí Elías? Él respondió: Ardo en celo por el Señor mi Dios, porque los israelitas han abandonado tu alianza, han derribado tus altares y han pasado a espada a tus profetas. Solo quedo yo y tratan de quitarme la vida. Él le dijo: sal y permanece de pie ante el Señor.  Entonces hubo un huracán tan violento que hendían las montañas y quebraba las rocas a su paso.   Pero en el huracán no estaba el Señor. Después del huracán un terremoto. Pero en el terremoto no estaba el Señor. Después del terremoto, fuego. Pero en el fuego no estaba el Señor. Después del fuego vino el susurro de una brisa suave que rozó su frente, al oírla, Elías se tapó el rostro con el manto, porque allí sí estaba Dios. Le llegó una voz que le dijo: ¿Qué haces aquí Elías?  Y él respondió: Ardo en celo por el Señor mi Dios” (1R 18,20.22.19,3.9.11-14).

  Estos pasajes bíblicos, son sublimes, y profundos; y tienen tanta luz y claridad, que no necesitan ninguna explicación.

  Moisés como Elías trataron de acercar las gentes a su Dios. “Moisés se plantó a la puerta del campamento y exclamó: ¡A mí los del Señor!, y se le unieron todos los hijos de Leví” (Ex 32,26) Y Elías dijo: “Si el Señor es vuestro Dios seguidlo (1 Re 18,21).  Haciéndoles ver que aquellos que no están con el Señor están contra Él. En este camino, no hay un término medio, o se está con Cristo, o contra Cristo. “Pues el que no está conmigo, está contra Mí; y el que no recoge conmigo, desparrama” (Mt 12,30). 

Catalina SCJ




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