San Juan Bautista

San Juan Bautista

miércoles, 26 de junio de 2019

El pescado y la bicicleta - Antonio Caponnetto



E.S.I: Aportes Políticamente Incorrectos


El pescado y la bicicleta


Por Antonio Caponnetto




Cuando en estos tiempos de “educación sexual integral”, una noticia nos dice que alguien insiste en llamarse Mamuasel Ivonne aunque le duela el epidídimo; y alguien más se presenta como el Señor Perez, después de parir trillizos, diríase que la lógica no es la categoría prevalente entre los cultores de la perspectiva del género.


Si al socaire de esta corriente hemos de considerar racional que uno se autoperciba estación ferroviaria y pida la mano de la locomotora en la terminal de Atocha o de Retiro. Y si nada de incongruo hemos de ver en que un carcamal salido del cenotafio quiera noviar con la mascota o tirarse un lance con la vecinita del Jardín Les niñes; pues entonces, se podrá convenir sin retaceos en que se han hecho realidades al menos dos lemas infaustos del Mayo Francés: “prohibido prohibir” y “la imaginación al poder”.


Así las cosas, quien quisiera argüir en nombre del juicio, la cohesión, la correspondencia o el silogismo sería declarado reo de leso aristotelismo. Vería su fama destruida o dada al traste, con perdón de la polisemia; y se lo conminaría a rendirse de una vez ante el triunfo de lo inverosímil, que tras siglos de oscurantismo ha ganado al fin su batalla. Se ha acabado la dictadura del Órganon, la del monolítico Tractatus, la de los férreos Nyaya Sutras hindúes o la de los carriles deductivos de Avicena. Se ha dado por perimida la edad de la concomitancia. Lo impensable, lo inaudito, lo insospechado y pasmoso son los dueños imbatibles del mundo en que vivimos.


¿En nombre de qué principio de identidad o de no contradicción puedo explicarle al mundo que las trompas de Falopio y las de Eustaquio tienen funciones naturalmente predeterninadas, no siendo recomendable oír por la pelvis ni reproducirse por las aurículas? ¿Invocando qué asonancia con la sensatez o qué ilación con la realidad genética, puedo darme al asombro si un senegalés se hiciera la piel en un hospicio para devenir en radiante albugíneo, o si se nos dijera, por caso, que a Tamawashi Ichiro, el  campeón de sumo, se le ha dado por la lactancia y el colecho, superando en drenajes a la mismísima Luperca de la que abrevaron Rómulo y Remo?


De pronto, sin embargo, este tiempo que ha desterrado la logicidad y la verosimilitud apela a tales categorías; y proliferan así ciertos grupos feministas que levantan la bandera de una de sus capataces de recua, Gloria Steinem, famosa entre otras ventosidades, por estampar este primor: “una mujer necesita un hombre como un pez necesita una bicicleta”. O según versión acotada: “una mujer sin un hombre es como un pez sin una bicicleta”. Llegando las recuas verdinaranjas, con tal aforismo por divisa, a la obvia conclusión de que las mujeres no precisan a los hombres para nada.


No desmentiré el corolario de la Steinem repetido hoy por sus múltiples y devotas seguidoras, pues en presencia de los belfos,los espolones, los ijares y los corvejones de quienes integran el cortejo, más vale que no quieran  utilidad alguna del varón. ¡Dios preserve a la raza adámica de estas cooperaciones propias de la alquimia oscura!


Cruzaré espadas sin embargo por la verosimilitud, la logicidad y la feliz correspondencia de lo que –con imperdonables resabios escolásticos- las  hembrirulas han declarado entes excluyentes: el pez y la bicicleta. ¡No hay nada de eso!


Fue todo de ellos –esto es de la contracultura abisal- el Jim Morrison que sostuvo: “Llegaré al mar en bicicleta”. La parca le ganó la apuesta, a los veintisiete años, por una sobredosis de heroina, pero la metáfora era buena y le quedó de epitafio. Si sirve para acercarme al mar, y aún para rodar por sus espumas costeñas, la juntura de los pedales y los peces es tan posible y tan conveniente como la de la quena y el viento, o la del rocío y la corola.


Se le ocurrió a José Pedroni (y era cosa seria el proyecto) que cada niño tuviese una bicicleta con alas, que pudiera sobrevolar las aguas marinas, otear su horizonte de salmones y de arenques, para jugar a la ronda con el cardumen que quisiera:


 “La bicicleta un día va a volar.
Le están saliendo las alas, son de verdad.
El ángel de las aguas ya no se irá,
calle ancha del cielo para mirar[...].
Todos los pueblos tendrán un velódromo
donde los niños correrán.
De allí alzarán el vuelo,
darán una vuelta sobre el mar.
Si no lo hubiera, sobre el trigal,
Si no lo hubiera,
Irán donde lo haya y volverán”


Manubrios y bielas vuelven a darse cita con pejerreyes y corbinas, mientras haya una niñez pescadora que merodee los acantilados cercanos a la escuela pueblerina. Horquillas y cintas de manillar trabarán amistad con sábalos y salmones, con la naturalidad de antiguos camaradas lanzados a la aventura en una playa perdida. Que se los diga otro de ellos, y de los peores, Don Rafael Alberti:


“Hay peces que se bañan en la arena
Y ciclistas que corren por las olas.
Yo piensoen mi. Colegio sobre el mar.
Infancia ya en balandro o bicicleta.
Globo libre, el primer balón flotaba
Sobre el grito espiral de los vapores
[...]
“Corro en mi bicicleta por los bosques urbanos,
y me detengo siempre junto a un río,
a ver cómo se acuesta la tarde y con la noche
se le pierden al agua las primeras estrellas”.


  No seguiré ponderando este mundo ictícola y de rodados, en mancomunión de cadenas y de ejes, atunes y mojarras, porque otro es el punto de meditación.


  Resulta que se nos presenta como la cosa más normal y deseable del mundo ese igualitarismo sexual tramposo, que no atiende a la igualdad ontológica y creatural del varón y de la mujer, por cuya defensa vale perder mil veces la vida, diría El Príncipe Constante, sino a la aberración del hermafroditismo social, que ya denunciara en su momento Pío XI en la Casti Connubi.


Se pretende que nos acostumbremos a desterrar las espadas y los escudos de los juguetes de los chicos, y a regalarle guantes de box o botines de fútbol a las niñas. Cosméticos precoces para ambos, intercambiando roles; pisoteando a sabiendas el impulso viril que asoma tan temprano en los mocosos normales como la emulación de la maternidad en las chiquillas sanas.


Si se lo despoja a un párvulo de su sueño de combatiente templario y a una nena de su anhelo por convertirse en hada madrina, no tendremos generaciones respetuosas de la diversidad y de la igualdad. Tendremos psicópatas o morbosos deambulando por Sodoma, convertidos en saqueadores de la dignidad humana. Si insisten –como ya se ha hecho- en que bailen nuestro folklore, los jóvenes con polleras y las muchachas con pantalones, devendrán camadas de putescas conductas, aunque les inventen después los sofisticados neologismos de “cosplayer” y “drag queen”. Y los padres de tales monstruos puedan ser candidatos a presidentes, orgullosos de lo que han engendrado.


La verdad es que se pretende acostumbrarlos a que las vestimentas sean rotativas, como un preludio de la elección hormonal que puedan hacer ya crecidos en el quirófano más cercano a su domicilio. Todo, por supuesto, bajo el patrocinio de un Estado, que ha renunciado a ser la persona de bien que definiera Oliveira Salazar, para convertirse en el administrador de la disolución moral colectiva.


Pero los mismos que incurren en esta homologación contranatura,que gustan vivir en este torvo cambalache de biblias y calefones,en ese revoltijo infame de glándulas autopercibidas lo contrario de lo que realmente son, en el permisimismo más abyecto para declararse padre o madre, a piacere; sin tener el “uno” la potestad seminal ni la “otra” la matriz gestante e iluminativa, se valen después de una metáfora de supuestas incompatibilidades apodícticas, al sólo efecto de probar que la mujer debe odiar y combatir al hombre, despreciándolo como un ser inútil y ajeno a su existencia.


En tiempos de programada y aborrecible coincidentia oppositorum, sólo sobreviviría como símbolo intangible de inutilidad recíproca, las figuras del pez y de la bicicleta. ¡Por favor! ¿En que quedó el dogma freudiano, según el cual “uno siempre se enamora de un fantasma”?; ¿o el “ideal de completud” del delirante Benasayag, para quien “el amor tiene más que ver con un pez muy original al que le gusta una bicicleta y con una bicicleta que sueña vivir con un pez”?


Yo supe ver a mi nieto Tomás llorando con desconsuelo la muerte de un diminuto pez que cobijaba en su pecera simple de casita barrial. Día entero anduvo cabizbajo, ruminado la pena de no saber adónde iba a parar su finado “Doradito”. Lo consolaba la historia de Jonás y la hipótesis de un mar mojado de profecías. El mismo Tomás que vertió después las ineludibles lágrimas, cuando se cayó de su primera bicicleta, dando vueltas en una plaza, con un ermita dedicada a la Virgen sobre un declive esquinero. Idénticas lágrimas por causa de un pez y de una bicicleta.


Los gramáticos se siguen preguntando si el “sunt lacrimae rerum” virgiliano, se debe traducir como  “las cosas lloran lágrimas” o son “las lágrimas las que lloran por las cosas”. Ajeno al noble oficio de latinista, sólo sé decir que, una vez más, el pez y la bicicleta se volvieron compatibles en el común denominador de las lágrimas infantiles. Se volvieron recíprocamente útiles y complementarios en ese conjunto de “todas las cosas que merecen lágrimas”, según la Elegía de Borges.


Yo supe y sé algo más. Sé que Dios quiso “necesitar” voluntariamente de una Mujer, para que el Verbo se encarnara y fuera uno junto a nosotros. Sé del mismo Dios que le hizo necesitar a esa Mujer la presencia de un varón seguro, protector,templado y firme. Sé que esa Mujer y ese Varón completaron sus vidas, viviendo juntos en un hogar de Nazareth. Y sé que, desde los días inaugurales del Génesis, mujer y varón se necesitan dichosamente, gozosamente, el uno al otro. Bendecida esa soldadura de almas y de cuerpos, esa amalgama de materia y de espíritu, por el Admirable Pescador. Para que  la mutua soledad que “entre dos noches iba” –recordémoslo con Marechal-  pudiera recibir la confortación de exclamar:


“¡Quién le dijera, para su consuelo,
que abajo estaba el pez en el anzuelo
y el admirable Pescador arriba!”



Nacionalismo Católico San Juan Bautista




sábado, 22 de junio de 2019

Tentaciones de Cristo y la Iglesia (Repost)– Por Leonardo Castellani


  
De las Tentaciones de Cristo hay mucho que hablar; pero seamos breves y notemos tres puntos principales: el Tentador, el Tentado y nosotros.

El espíritu maligno no sabía seguro si Cristo era el Mesías, ni mucho menos si era Dios o no. Parece increíble, con el talento que tiene el diablo, y conociendo las profecías mesiánicas mejor que cualquier rabino, que no sacara la conclusión que tantos hombres sacaron. Pero es así, basta leer los Evangelios; además San Pablo dice expresamente que el diablo no hubiera crucificado –por medio de los judíos– a Cristo, si hubiese sabido que era el Hijo de Dios (I Cor II, 8).

Que un Dios se haga hombre es un Misterio Absoluto; es como si dijéramos un Absurdo: no cabe en ninguna cabeza creada. Eso no se puede conocer y saber si no es mediante un acto de fe sobrenatural, un acto que es imposible sin la gracia de Dios; la cual el diablo no tiene. La ciencia no basta para alcanzar la fe; es necesaria también la buena voluntad, de que el diablo carece.

Por eso el fin del Tentador fue, como aparece claramente, no sólo hacer pecar a Cristo sino también sacarse él esa duda; lo cual no consiguió: “Si eres Hijo de Dios, haz que estas piedras se conviertan en pan”. Pero hay que reconocerle al diablo que su atrevimiento es infinito: es un sinvergüenza, porque no tiene ya nada que perder. ¡Sospechando que Cristo era una persona divina, haberlo sin embargo agarrado y llevado al Campanario! “¡Qué miedo tendría el maldito –dice Santa Teresa– mientras iba volando!”... Pero en realidad no sabemos si fue volando.

  El diablo tiene un poder grandísimo –eso muestra este evangelio– y por otra parte es un poder vano, porque se puede vencer “de palabra”, con la palabra Dios.

Gran encomio de la Escritura Sagrada hay en este evangelio: Cristo vence las Tres Tentaciones con el arma de la Escritura. Pero el poder del diablo es tremendo en los que están desarmados. Cuando le dijo a Cristo: “'Todo esto es mío y a quien yo quiera se lo doy”, mostrándole los Reinos de la Tierra –en la política se puede decir que el diablo no tiene rival– Cristo no le respondió: “¡Mentiroso! Todo esto es de Dios, no tuyo”; no se metió a discutir con él, porque en algún sentido todo eso es, en efecto, del diantre; en el sentido de que hoy día, por nuestros pecados, él mangonea todo. Él es el Fuerte Armado, es la Potencia de las Tinieblas, es el Príncipe de este Mundo, como lo designó Cristo en otros lugares. Es probable que Satán de nacimiento haya sido el Arcángel que estaba predestinado al manejo y control del mundo material; o por lo menos, de este planeta; y por haber pecado, no perdió ese poder connatural para con el pobre “planeta mudo” . Pero todo poder de Dios es.

Eso que llamaban nuestros mayores “vender el alma al diablo” es posible: es la operación que se propuso a Cristo en la Tercera Tentación. Cuando en este mundo a un malvado le va bien incesantemente, se trata un demoníaco; a los inicuos comunes, la moral los castiga a corto plazo. Si Dios no se lo impide, el diablo puede hacer cosas rarísimas con los hombres; y eso yo lo sé por los libros; pero si yo dijera que lo sé solamente por los libros, mentiría.

¿Por qué tentó a Cristo con esas cosas raras? Con la Bobobrígida o algunas de las otras animalitas de Dios que nos hacen el honor de divertir a la plebe porteña; con la llave del Banco Central; o con las urnas llenas de votos en el Congreso, yo lo tiento a cualquiera. Pero ¿con piedras, con vuelos sin motor, con promesas fantásticas de imperios universales?...

El diablo sabía que Cristo era un varón religioso –lo había visto prepararse para su misión religiosa con el ayuno de Moisés, lo había visto arder como una gran fogata en oración continua–; y lo tentó como a un hombre religioso: en el plano religioso, no en el plano carnal. Una nota del Evangelio traducido por Straubinger dice: “la primera fue una tentación de sensualidad”... Es un error. Las tres fueron tentaciones de soberbia. El diablo tienta de soberbia, no de sensualidad, a los que hacen Cuaresmas tan rigurosas como Cristo.

El diablo es la mona de Dios, puesto que querer ser como Dios fue su caída y es su constante manía. El diablo tienta prometiendo o dando las cosas de Dios: lo mismo que Dios nos ha de dar si tenemos espero y fidelidad: Cristo podía procurarse pan con esperar un poco –“y los ángeles se lo sirvieron”– sin necesidad de un milagro. El diablo nos empuja, nos precipita, es la espuela del mundo: nos invita a anticipar, a desflorar, a llegar antes. A los primeros hombres les dijo: “Seréis como dioses” que es efectivamente lo que Dios se propuso hacer y hace, por medio de la adopción divina (la gracia elevante) y la visión beatífica, con el hombre. “Entonces seremos como El, porque le veremos como Él es”, dice San Juan. Eva pecó porque codició una anticipación de la visión divina. No podemos ser tentados sino de acuerdo a nuestro natural.

Así pues a Jesús lo tentó de acuerdo a su natural con lo mismo que Él había de lograr un día: Cristo había de convertir las piedras de la gentilidad en el pan de su Cuerpo Místico, conforme a aquello: “Creéis vosotros que de estas piedras no puedo yo sacar hijos de Abraham?”. Cristo había de volar visiblemente a los cielos delante de sus apóstoles y unos quinientos discípulos. Finalmente, Cristo algún día ha de ser Rey Universal del mundo entero, como lo es desde ya en derecho y esperanza.

El diablo está hoy día tentando a la Humanidad con un Reino Universal obtenido sin Cristo con las solas fuerzas del hombre. Todo ese gran movimiento del mundo de hoy (la ONU, la UNESCO, la Unión de las Iglesias Protestantes, los Grandes Imperialismos, las promesas de “mil años de paz” por parte de los Conductores) representa esa aspiración irrestrañable de la Humanidad al Milenio, a su unidad natural y pacífica, a su integración como Género Humano.

Es inútil oponerse a esa aspiración actualísima –se equivocan los ultra-nacionalistas– porque es un anhelo que está en las entrañas de la evolución histórica del mundo, como que es una promesa divina. Pero el diablo quiere llegar antes. Los cristianos sabemos que esto vendrá, pero que sólo puede venir con y por Cristo; y que esta manera como se está haciendo ahora, no podemos aceptarla, porque es la vasta preparación del Anticristo. “Si esto es servir a la patria, a mí no me gusta el cómo.” De manera que aparecemos como impotentes por un lado; como atrasados y reaccionarios por otro. Paciencia.

La Iglesia hoy día aparece en plena crisis; no puede conseguir la paz de los pueblos, la necesidad más urgente del mundo, está contusionada dentro de sí misma; no hace más que tomar medidas y actitudes aparentemente negativas: Syllabus, Juramento antimodernístico, prohibo esto, prohibo lo otro. No está a la cabeza de la “civilización” como en otros tiempos, no hace más que tirar hacia atrás: es que la “civilización” ha entrado por un mal camino; por el de la Torre de Babel. Camino satánico.

“Todo esto es mío y lo doy a quien yo quiero; todo esto te daré si cayendo a mis pies me adorares.”

Un hombre algún día aceptará este trato. No sé qué día…

No es necesario saber mucho griego ni latín para predecir que la Iglesia será tentada, si Cristo fue tentado; y lo será con las mismas tentaciones de Cristo.

Podríamos decir quizá que en la Edad Media fue la primera, en el Renacimiento la segunda y ahora la tercera tentación. Así para entendernos; aunque las tres funcionan juntas, mirándolo bien.

La primera tentación es ésta: por medio de lo religioso procurarse cosas materiales –como si dijéramos cambiar milagros por pan– la cual puede llegar a un extremo que se llama simonía, o venta de lo sagrado. Pero los curas también tienen que comer y la Iglesia necesita bienes. Yo no niego que la Iglesia necesita bienes, lo que yo sé es que hay una rayita finita, pasada la cual los “bienes” se convierten en males. De modo que el efecto más bien viene a ser tomar el pan y convertirlo en piedra; milagro al revés; como por ejemplo hacer grandes templos de piedra donde falta el pan de la palabra divina, “de la cual, como del pan, vive el hombre”, contestó Cristo a Satán.

La segunda tentación es por medio de la religión procurarse prestigio, poder, pomposidades y “la gloria que dan los hombres”. Y también es verdad que la Iglesia necesita buen nombre, porque una de las notas distintivas de la verdadera religión es que sea santa. Y así uno de los principales argumentos de San Agustín contra los herejes y paganos eran las admirables “costumbres” de la Iglesia primitiva contrapuestas a las malas costumbres de ellos. Véanse sus libros: De Civitate Dei, De Moribus Ecclesiae, De Moribus Manichoeorum...

Pero una cosa es que los demás lo prediquen a uno santo; y otra, predicarse a sí mismo. Días pasados oí a un predicador que se mandó una alabanza de la orden a que él pertenecía, que tembló el Campanario de la Iglesia (o sea el Pináculo del Templo); y no pude menos que pensar: “Esto sería mejor que lo dijese el pueblo”.

La tercera tentación es desembozadamente satánica; postrarse ante el diablo a fin de dominar al mundo. ¿Puede la Iglesia ser tentada así? La Iglesia no es más que Cristo. La crueldad, por ejemplo, es demoniaca. Lo santo y lo demoníaco son contrarios y por tanto están en el mismo plano; y la corrupción de lo mejor, es la peor. Hablando de Savonarola, el cardenal Newman dijo: “La Iglesia no puede ser reformada por la desobediencia...”, y su interlocutor le contestó: “Mucho menos por la crueldad, mi caro Cardenal”. El Asceta puede ser tentado de dureza de corazón, de inhumanidad, de crueldad. “Mi hija se ha vuelto cruel como el avestruz”, dice Dios por el Profeta.

Ésta es la última tentación, de la cual Dios me libre y guarde; y sobre todo, que Dios libre y guarde a los otros. Como dijo el jachalero Ramón Ibarra cuando se peleó a cuchillo con Dionisio Mendoza y lo querían sujetar: “¡Asujetelón! ¡Asujetelón! ¡Asujetelón al otro! ¡Que yo, mal que bien, me asujeto solo!”.



LEONARDO CASTELLANI – “El Evangelio de Jesucristo” Domingo 1° de Cuaresma – 1957



Nacionalismo Católico San Juan Bautista


lunes, 17 de junio de 2019

MAS SOBRE EL LIBERALISMO - Por el P. Leonardo Castellani




     El liberalismo del siglo pasado enarboló la bandera de la libertad y arruinó las libertades que son la única verdadera libertad que existe.
 
     Existe una falsa libertad fomentada por el liberalismo; la cual es a la verdadera libertad lo que la demagogia y el democratismo son a la democracia; el filosofismo a la filosofía; la sofística a la sofía; y la superstición y la herejía, a la religión. Es decir, es peor que ignorancia, es peor que mentira, es confusión.

     El liberalismo no merece en la Argentina ni mucha investigación ni mucha discusión, casi es de mal gusto y casi da asco tocarlo; aquí fue brutalmente importado y no ha tenido ni doctrina, ni inteligencia, ni siquiera buena fe, no ha producido ninguna obra maestra en ningún género. No interesa tanto conocer su esencia como librarnos de su existencia.

     Buscar la esencia de una cosa es hacer su definición. Yo hice tres definiciones europeas del liberalismo, cada una más exacta; y al final, una sencilla definición argentina.

     Primera definición: El liberalismo es un movimiento económico, político y religioso, que se propone la libertad como ideal absoluto de la humanidad. Y por tanto, ideal absoluto de hombres y naciones.

    No sirve porque pivota sobre la palabra libertad que es ambigua. Si a la palabra libertad no se añade para qué, es una palabra sin sentido. Y hoy en día, por obra del liberalismo, la más asquerosamente ambigua que existe.
    
     Un socialista, el judío alemán Bernstein, dijo: “Poco importa hacia dónde vamos, lo que importa es el movimiento, porque la libertad es un movimiento…” Es una bobada filosófica: la libertad no es un movimiento, sino un poder moverse. Y en el poder moverse lo que importa es el hacia dónde. Lo que determina el movimiento —dicen los filósofos— y lo hace chico-grande, bueno-malo, tal o cual, es el término dónde, pues todo movimiento tiene dos términos: desde y dónde.

     Libertad no tiene sentido alguno si no se añade para qué; y sin eso es mejor no hablar. La libertad del nacionalista, con una fórmula acuñada en América Latina, es: “Libertad para todo y para todos, menos para el mal y los criminales.”


     El liberalismo proclamando libertad destruyó en el mundo la libertad, y trajo lo que ellos llaman totalitarismo. Es la ambigüedad filosófica del estandarte enarbolada en el siglo pasado. Pero, esa ambigüedad era sólo del estandarte, no de los que lo llevaban. Los que lo llevaban sabían bien lo que querían: querían libertad de comercio, o sea libertad para el Gran Dinero, a fin de llegar al poder del Gran Dinero o sea el actual Capitalismo ; para eso querían gobiernos débiles o parlamentarios, división de poderes, sufragio universal y todo lo demás, y después, el cristianismo liberal y, hoy día, el modernismo.



  Leonardo Castellani - "Sentencias y aforismos políticos" - Ed. del Grupo Patria Grande 1981 - Pags.25, 26.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

viernes, 14 de junio de 2019

E.S.I: Aportes Políticamente Incorrectos - Antonio Caponnetto



Vaquita escolar

                                                                          “pero tenía marido...”
                                                                         Federico García Lorca

Por ANTONIO CAPONNETTO



         Los que ya peinamos canas o padecemos la fuga vertiginosa de antiguas guedejas, recordaremos muy bien que en los primeros años de la escolaridad primaria, todos los miembros de nuestras generaciones fuimos obligados a redactar una composición titulada “La vaca”.


         Se suponía que de ese modo -¡oh manes del conductismo!- nos ejercitaríamos en una especie de iniciación literaria, mediante la cual, si no saldría un Garcilaso, al menos devendría un decoroso alfabetizado. Lo que a la vista de lo que se obtiene ahora, era aquello como egresar con el Siglo de Oro nimbando nuestras testas.


         Acertado o desacertado el procedimiento, lo fatídico era que un día llegaba hasta nuestros pupitres la previsible y temida orden de consagrarle alguna verba a la res, como dijo cierto latinista posconciliar. Y allí estaba el docente, que pintó Castellani en “El nuevo gobierno de Sancho” para motivarnos con este credo bovino:”La vaca es un animal que tiene cola,cuatro patas, cuernos y cabeza. También da leche, queso y manteca.¡Qué animal tan útil es la vaca!”.


         No era muy recomendable apartase en demasía de semejante syllabus becerril, al momento de estampar la requerida composición escolar; aunque no obstante, nobleza obliga, se nos instaba a avanzar siempre con la creatividad, dentro de la fraseología predeterminada por el Ministro de cultura boyal.


         Sucedió entonces –y al rememorarlo gozo- que al no saber ya qué escribir en mi opera prima sobre el rumiante ser, mis siete años me dictaron esta sentencia, al modo de un estrambote conclusivo :El marido de la vaca es el toro”.


         Recuerdo como si hubiera sucedido esta mañana la risa desbordante que le causó al leerlo, a quien entonces -sin el holgazán y confianzudo apócope de hoy- llamábamos “Señorita” del grado. La buena mujer (la Iglesia va a tener que reabrir el limbo para no dejar sin hogar a las hijas del Normalismo), no sabía cómo reaccionar frente a la ocurrencia. Causó sin quererlo la hilaridad del grupete todo, cuyos integrantes, como aún no existía el bullying, se dedicaron con brío a lo que en aquella dichosa edad argenta se llamaba redondamente la cachada; esto es la burla, broma o simple tomadura de pelo, según define el Diccionario del habla de los argentinos, de la Academia Argentina de Letras.


         Los “cachadores”, al parecer, como los burladores del Conde Lucanor, se extralimitaron un poco en su oficio; lo que obligó a la “Señorita” a reponer el orden alterado, evitando que la conyugalidad de los bóvidos fuera motivo de un jolgorio eterno.Y se nos explicó a continuación el concepto básico de hablar en sentido figurado, de usar metáforas y hacer gala de licencias idiomáticas.


 Pero sobre todo, se nos explicó que el término marido procedía del latín, y que en su etimología se emparentaba naturalmente con la palabra macho. Hablemos claro: ¡la vaca podía tener marido!; y a nadie causaba ofensa el vocablo, ni en su aplicación lingüística ni tampoco, o por lo mismo, en su yuxtaposición al género femenino, puesto que era lo natural que así sucediera.


Después, con los años, hallé en San Isidoro de Sevilla y en el infalible Corominas, que marido, en efecto, puede admitir un uso idiomático que remite al másculo, sin especificar demasiado la especie. Y reí a dos carrillos con la zafiedad de nuestro Braulio Anzoátegui y su relato titulado Don Senén:


 “Lleva la niña la vaca a la dehesa y se cruza en el camino con el cura de la aldea.
 -¿Adónde vas pequeña?
 –Llevando la vaca al toro, Don Senén.
  -¡Pero qué, hija! ¿Qué no lo puede hacer tu padre?
-No, señor cura: que tiene que ser el toro”.


Lo que tenía que hacer en exclusiva el toro del cuento es también una forma de trasladar al universo mugiente lo que hace el maritus, desde Adán, el primero.


A estas cavilaciones y remembranzas infantiles nos llevaron las noticias de los diversos homenajes y reivindicaciones –oficiales y oficiosas- que se les están prodigando hoy a Virginia Bolten,fundadora en 1896 del periódico feminista-anarquista La voz de la mujer, cuyo lema, copiado de los arrabales guarros del mundillo libertario, era el clásico:<Ni Dios, ni patrón, ni marido>. Trilogía vociferada cada vez más frecuentemente entre la marranada verdosa, y que no sabemos si nos explica que la divinidad es negada por ser cónyuge, o el esposo por ser un tipo divino o el patrón, discriminatoriamente, por ser una especie de centauro, mitad dirigente gremial y mitad candidato a presidente.


La ideología de género, que ensucia a sabiendas todo cuanto roza, no podía dejar en paz y en pie el concepto de marido. En la guerra semántica que alucinadamente libran,la sola palabra denota y connota un abanico de maldades y atropellos. Excepto, claro, y vaya con la paradoja, cuando el <marido> lo es de otro hombre,según ha quedado habilitado por la ley de himeneos pluriorificiales.


En ese caso,<el marido>,convenientemente borrado de la trilogía maldecida por las feministas, se convierte en una suerte de modelo para el lenocinio dominante. Ser marido, a secas, es señal de explotación patriarcal; cuanto menos. Serlo de algún androide burdelesco, garantiza, de mínima, un encumbramiento episcopal o sociocultural de altísimo rango.


Nos socorran en estas circunstancias aterradoras, las figuras arquetípicas de San Joaquín, marido de Santa Ana; de San Louis Martín, consorte de Marie Zélie Guérin, padres ambos de Santa Teresita de Lisieux; de San Aquilino,desposado con Santa Priscila, cooperadores mártires del Apóstol Pablo; de San Gordiano, cónyuge de Santa Silvia, padres los dos de San Gregorio Magno; de San Vicente, príncipe nupcial de Santa Valdetrudis; de San Walberto, marido de Santa Bertilia; de San Isidro Labrador,otrosí de Santa María de la Cabeza; de San Nicolás de Flüe y su  heroica dama Dorothy Wiss; de tantos virtuosos varones, de todos los tiempos y espacios, de todas las condiciones y posiciones, de todos los rangos y geografías, a quienes jamás se les pasó por la mente que su condición de marido era un abuso de la masculinidad, sino una gracia de estado que otorga el gran sacramento del matrimonio. Y así vivieron, trabajaron, se esforzaron y consumieron, prestaron servicios múltiples y abnegados, y murieron una noche o un alba tomando como dechado a San José, compañero impar de María Santísima, desde esa boda divinamente irrepetible con que el buen Dios lo premiara.


No; mientras amemos,protejamos y defendamos rectamente a nuestros hogares y nuestros altares, no vamos a pedir perdón por ser maridos. Ni habrá fraseología anarco-feminista que nos pueda inculcar complejos de inferioridad o de culpa.


Muchas vacas pasaron las tranqueras de la escuela, desde los días de mi infancia. Estaban las líricas,como las Del Valle Inclán, que metaforizaban a la luna sobre el mar, diciendo de ella: “y peregrina en las doradas huellas, fue sobre el mar una nocturna vaca”. Las punzantemente irónicas, como la de Quevedo, dirigida a la volátil y perpetua Flori: “¿ves que sabe sentir ser desdeñado, y que su vaca tenga otro marido?”. Las épicas de Lope de Vega: “y de los huesos de vaca los cañones para batir la torre”. O la de Alfonso Reyes, que le sirvió para comparar a un caballito de su niñez: “y vino el pinto, un poney, manchado como vaca de blanco y amarillo”. Llegó también la de Vicente Huidobro, para indicarnos que hay que “ordeñar un viñedo como una vaca”. Y arribó,ya algo manoseada por tantos tópicos colegiales y ruralistas encomios, la celebérima de Humahuaca, quien –aunque con algún tufillo progresista- al menos era abuela, obediente y estudiosa. Lo que permitía inferir la vigencia del orden natural de las reses.


Pero cuando leo que en sesudos trabajos de investigacion sobre el género, como uno de la Universidad de Oviedo, que el “sexismo lingüístico”, se agazapa y nos acecha tras la dicotomía vaca/toro, presentada la primera como víctima del estereotipo de la sumisión por ser ordeñada por el mundo patronal masculino, creo que el amigo Juan Luis Gallardo se quedó corto en su chanza “Las vaquillonas feministas” con la que inicia sus “Comparancias y Sucedidos”.


Retorno, pues, al sabio candor de mi primera infancia. Y como a la casada infiel del romance lorquiano, confieso que la vaca aquella de mi composicón temprana tenía y sigue teniendo marido. Que ser marido es oficio del varón, respecto siempre, pero siempre, de una mujer esposa. Que no hay nada que dialogar ni que consensuar al respecto. Y que ser marido es, para el católico fiel, obligación ineludible de imitar al Divino Esposo,que no se aprovechó de beneficio alguno ni usufructuó privadamente de su prevalencia, sino que por la Esposa, y por sus hijos todos, dejó la carne y la sangre, el pellejo y la osamenta  sobre una Cruz de madera, cabe el Monte Calvario.



 Nacionalismo Católico San Juan Bautista


martes, 11 de junio de 2019

Descanse en paz Germán Mazuelo-Leytón






Ante el fallecimiento de nuestro estimado amigo y colaborador Germán Mazuelo-Leytón, nos unimos en plegarias a sus seres amados y solicitamos a nuestros lectores hagan lo propio por su eterno descanso.

Su vida fue un verdadero testimonio de amor a la Santa Iglesia Católica. Como escritor publicó sus trabajos en importantes portales católicos así como en su página personal, realizando además un importante apostolado en ayuda a personas necesitadas y colaborando activamente con su diócesis.

Querido amigo: Dios sepa compensar la vida de servicio y buen combate por la fe que dejaste como legado imperecedero, y te tenga pronto en su Santa Gloria.

Hasta el reencuentro.


Augusto Espíndola




Nacionalismo Católico San Juan Bautista



miércoles, 5 de junio de 2019

ESI: Aportes Políticamente Incorrectos - Antonio Caponnetto



LA FOTO ANTIGUA
Por Antonio Caponnetto


         Entre las aborrecibles costumbres que se han puesto de moda, hay una que llama la atención por su carácter sutilmente endemoniado. Consiste la misma en encargarle un hijo a algún vientre natural o artificial, manteniéndose deliberadamente el comprador en <padre> o <madre> dedicado a una soltería prostituyente y trotamundos. En tamaño esquema de vida, el niño apenas si resulta algo equiparable  a una mascota animal.

         Ya no de la cristiana y caritativa adopción se trata. Es, la que mentamos, una industria genética de altísimo costo, para que ricos y famosos satisfagan la excentricidad de poseer contra natura lo que se niegan a fundar en consonancia con el Plan Divino. Bajo la aparente inobjetabilidad de querer fungir de papás y de mamás, los constructivistas de bebés para <familias> alternativas, no son sino la versión remozada del esperpento que  imaginara  Mary Shelley.

El desfile soez de estos viciosos caprichos de la ingeniería humana se ha incrementado por doquier y su promoción alcanza límites inusuales. Allí va oronda, por caso, la pelandusca fulana con su amuleto-baby recién adquirido; el bujarrón perengano con su fetiche crío viajero a grupas de una pelvis en ocasional condominio; o el travestido o la sáfica aupando desdichados infantes como quien porta un talisman o un totem para la tribu.

 Parodian ser progenitores. Son depredadores de la biología, por no escalar más alto en la calificación del pecado. Simulan ser madres. Son artífices de nefandías que claman al cielo tanto como a la tierra. La plata habida al precio de rifar el decoro, amén de los cuadriles, les otorga esta extraña franquicia que no soñaron ni los peores esclavistas: negociar con carne niña, entregándola impúdicamente a las redes sociales, desde el primer minuto. Altas ganancias tabula el mercado a los exhibicionistas de infancias. La puericia se ha vuelto mercancía y los matarifes del candor lucran muy bien con su despreciable oficio.

Se suceden así, desde el instante inicial en que el desdichado inocente llega a este mundo (y aún antes, desde esos mondongos convertidos en escaparates publicitarios) una seguidilla imparable de fotos, filmaciones, videos, instantáneas, cortos, spots, flashes y cuanta parafernalia se ha inventado al servicio de la imagen: la nueva divinidad de un mundo que ha abolido al logos.

Existir es ser fotografiado; me filman, luego existo. Y no conforme con reducir la condición óntica a la aparición multiplicada en infinitas pantallas, el torrente frenético de imágenes contabilizadas, dará cuenta, al cierre de cada día, si estoy en la recta senda de la popularidad virtual, o si acaso debo lamentarme por ser sólo un hombre real, de carne y hueso.

No siempre fueron así las cosas. Hubo un tiempo -al que llamaré posesivamente el mío; esto es, el de los albores de un septuagenario- en el que una casa albergaba “la foto”, en singular. Precioso recuerdo, obtenido no sin esfuerzos materiales, para registrar esos momentos principales de la vida, que, casi sin excepciones, estaban relacionados con los sacramentos o con las cordiales circunstancias de un paseo, una graduación, una reunión de parientes o un acontecimiento festivo.

En ese mundo de sobriedad icónica descubríamos  nuestros rasgos antecedentes, nuestros gestos ancestrales, nuestros ineludibles parecidos con el varón o la mujer que sabíamos nuestros padres. Y hasta inferíamos con extraña sinergia cómo habrían sonado aquellas voces, como habrían caminado esos pies o como habrían  transportado las tinajas y los barreños aquellas lejanas manos.

Una foto única de mis abuelos paternos fue toda la posibilidad que tuve de conocerlos. Sobrevivía enmarcada a pesar de trashumancias dolorosas y precoces, cumpliéndose en la mismo el presagio de Miguel Hernández: “Algún día, se pondrá el tiempo amarillo, sobre mi fotografía”. La foto antigua nos restituía el origen, la cepa, la cuna; la genealogía hogareña constituida por la unión ante Dios de uno con una y para siempre. La foto vieja y ajada de la casa no era vintage ni efecto del photoshop. Era testigo de la prosapia, imbricada de cicatrices, labores arduas, brazos viriles y regazos de señoras dignas.

Se lo decía al amigo Gastón Guevara, prologándole su valioso libro “Restaurar el rostro del niño” [Buenos Aires, Cor ad cor, 2016]: Si no se quiere incurrir en estos salvajes desvaríos  vueltos moneda corriente, hay que recordar un texto de San Agustín, según el cual, para conocer a los pueblos y a los hombres hay que preguntarles lo que aman.

         Está claro que en la mirada del Hiponense, el amor por el que inquiere como requisito para descifrar la valía de las creaturas, no guarda relación alguna con las actuales y simiescas manifestaciones amorosas. Por el contrario, se aleja y distancia de este mundillo de afectos falsos y superficiales, entretejido de claudicaciones en la carne y de desarraigos en el alma.

         El amor aquí mentado, en suma, es aquel “che muove il sole e l’altre stelle”, según sabia sentencia del Dante. “Amor mi mosse, che mi fa parlare”.

          Ante todo amor por el rostro del niño. Porque la corporeidad tiene su jerarquía, y por lo mismo su subversión. Y así como ahora, para nuestra vergüenza irremediable, los cuerpos son evaluados anatómicamente por aquellas partes que no están llamadas a exhibirse, tiempos mejores hubo en que todo lo digno de ser mostrado por el hombre se cifraba en su semblante. Su villanía o su decencia se espejaba en la faz. En el visaje de su encarnadura quedaba grabada la hidalguía y el decoro; y por eso el término rostro, entre las antiquísimas culturas orientales, designó precisamente al honor y al prestigio.

Hablando de la liturgia del gesto, Romano Guardini nos ha dicho que, después del rostro, son las manos la parte más espiritual de lo que en nosotros es físico. Primero entonces el rostro. Vuélvenos el Tuyo, Señor y Padre Nuestro, pedimos en los días cruciales de la Cuaresma. Y el Señor nos lo devuelve según los propios merecimientos. ¿Tenemos el nuestro lo suficientemente limpio para ser depositarios de aquella Santa Faz?

En el anecdotario de la vida de Miguel Angel Buonarroti, se cuenta la costumbre del enorme artista de buscar modelos para sus personajes bíblicos entre los hombres de su entorno. A ellos acudía movido por la inspiración. Y sucedió que un día halló la cara exacta que analógicamente podía servirle para pintar a Jesucristo; y tras muchos años, volvió a hallar otra tristemente apta para describir a Judas. Dura fue la sorpresa y largo el llanto del artista y del modelo, cuando descubrieron que se trataba de la misma persona. En el medio, la iniquidad había dejado sus huellas en el rostro.

Para que no sucedan estos dramas, “es necesario volver a enseñar a rezar al cuerpo”, escribe Hélene Lubienska de Lenval. Es necesario restaurar el rostro del niño en la plegaria; pero criarlo y educarlo de tal modo que así –en el esplendor de su decencia y de su ruego- lo conserve con el paso de los años y los días.

La psicología moderna, con su ideología del género que la sobrecarga de malicia, no deja de ofender a la infancia, señalando en la misma, presuntas etapas evolutivas hegemonizadas por la genitalidad, aún en sus acepciones meramente glandulares. La psicología que no traiciona su objeto formal -que sigue siendo el alma- preferirá siempre medir el crecimiento del niño por la pureza de su rostro.

Misteriosa aquella Égloga Cuarta de Virgilio, que hablando de un Niño que nacerá para gloria de la humanidad toda, le dice significativamente: “comienza ya, niño, a reconocer con una sonrisa a tu madre”. No habrá infancias que puedan cumplir con este trascendental imperativo, si sus rostros no son restaurados. Y si no lo son, decrecerá la niñez, la maternidad y la sonrisa. Casi nos tememos que es exactamente lo que está sucediendo, o lo que el demonio procura que suceda.

Junto al rescate del rostro del niño, hundido en el vértigo de las selfies, el instagram o el facebook, en manos de aquellos apropiadores degenerados que mencionábamos al comienzo, habrá que izar como un pendón desafiante en estos tiempos el preciado valor del silencio.

Que no es el del “minuto” forzado, hecho a pedido, entre bullicio y bullicio, para honrar por lo general a quien no lo merece. No es ninguna categoría reñida con la moral, como pueden serlo el disimulo, la ocultación o la afonía de las esencias. Ni tampoco alguna secuela de acciones meramente físicas, tal la de quien baja o suspende el volumen de algún artefacto infernalmente convocado a la batahola. Celebrables son estos pequeños gestos, porque constituyen hoy todo un desafío. Comparable al de aquellos personajes de los cuentos de Bradbury que se convierten en fusileros del teléfono o del televisor. Pero es algo distinto el silencio aquí amado, y como tal defendido. Y posiblemente haya sido Dionisio quien mejor nos lo enseñara.

Es inefabilidad; rara capacidad del contemplativo de respetar con la clausura de sus labios aquello que no alcanza la voz para ser nombrado. Es subida al Monte, para unirse místicamente a Dios en la cima, donde reina, precisamente, el Divino Silencio. Es circunspección, virtud preciada que engendra la prudencia. Es sosiego, virtud también aunque de la fortaleza se nutre. Pero es, por sobre todo, castidad. Ese no “extender el ánimo fuera de sus metas”, con que define lo propio del hombre casto el buen Dionisio.

 Porque equivocados están los que creen que basta con la continencia o con el simple recato para que la castidad se haga presente. Va de suyo que son dones preciados, como la integridad y la pureza. Pero hacer callar lo superfluo, lo innecesario, lo banal, lo contaminado de trivialidad y de exteriorismo dispersivo: ésto es propiamente el atributo central del hombre casto.

Quien calla de este modo podría decir con Fernández Unsain, que lo tiene todo, “sin otro Dios que Dios, el del Silencio”. Por eso el mejor de los silencios es aquel que es ofrenda y oblación al Señor, en la bella plenitud laudante de la liturgia católica.

Los padres y los maestros que necesitamos, entonces, son aquellos que pueden restaurar el rostro del niño; que no es lo mismo que fotografiarlo compulsiva y adictivamente para que gane la pulseada de la existencia digital.

Los padres y los maestros que necesitamos son aquellos que se mueven armónicamente entre el silencio y la palabra. Quienes valoran y ejercitan el ocio contemplativo, y saben la importancia que posee el corazón de sus discípulos y el suyo propio. En suma, los que pueden ser definidos como Cooperatores Veritatis, según precisa fórmula acuñada por San José de Calasanz.

Tener la posesión y el señorío sobre la palabra exige haberla acunado en la matriz del silencio. Mas exige asimismo que ella no sea sólo sonoridad sino verbo interior; no sólo locución sino iluminación; no únicamente emisión de nombres sino invocación y resonancia de la Palabra hecha carne. Sigue siendo prioritario en la forja vocacional y profesional del docente, entender y atender lo que anuncia el Evangelio:ex abundantia cordis os loquitur. De la abundancia del corazón habla la boca.

Tarea y misión del maestro y de los padres es asimismo inteligir y practicar la pedagogía cordis. Y para que no incurramos en emocionalismos distorsivos ni en sentimentalismos vacuos, recordemos al respecto al Cardenal Newman. Porque este reconocido converso, entre las tantas cosas fundantes que albergó en su derrotero educativo, supo guardar el tesoro preciado del corazón, entendido, no por oposición dialéctica a la razón, sino como potencia de profundización, de hondura, de penetración, de conocimiento intuitivo. Es el intellectus del lenguaje tomista, no sin antecedentes en la metafísica de Agustín y en los seculares textos de los Padres.

El maestro y el padre –que para el caso convergen en la figura del genitor- que aspiren a ser reconocidos y recordados como tales, serán aquellos que saben que hay una capacidad de la voluntad para ser movida por la bondad y por el valor intrínseco de los bienes. Y que no cumplirán su oficio sino mueven a esa voluntad hacia su meta connatural y preciada. Por eso son llamados  cooperadores de la Verdad, y testigos de esa misma Verdad a la que muestran como fin atractivo y reclamable.

Ahora vayamos a casa, a buscar esa foto vieja, ese papel añejo, con bordes de líneas sepias y alguna arruga o dobladura indeclinable. Volvamos a encontrarnos con los rostros que no salieron de probetas, ni de bancos de semen, ni de laboratorios genéticos ni de locación de tripas. Volvamos a encontrarnos con nuestros padres, esposo y esposa, varón y mujer; y con la plana mayor del abuelazgo.

Y aunque los años nos hayan cubierto de estrías y de surcos, entre los repliegues de la piel cansina regresaremos a toparnos con la inauguración del linaje. Que es regresar, en el fondo, a aquel instante sin tiempo en que el Señor se dijo a Sí mismo, para decírnoslo después: Hagamos al hombre a nuestra imagen y semejanza.




Nacionalismo Católico San Juan Bautista