domingo, 31 de marzo de 2013

Pascua (II)– P.Leonardo Castellani


  Más actual que nunca el Padre Castellani nos ilumina con esta homilía del año 1966. 
  Transcrita en "Domingueras Predicas"
  Desde Nacionalismo Católico San Juan Bautista les deseamos Felices Pascuas de Resurrección.

  Cristo resucitó realmente, alegría… Mi filosofo favorito Soren Kirkgor, dice que la vida del cristiano tiene que ser sufrimiento; pero por otra parte continuamente él está confesando estados de gozo espiritual; quiere decir que la vida del cristiano transcurre en sufrimiento espiritual (dichosos los que lloran) y gozos carnales recibidos con agradecimientos – aunque no superapreciados. Todos los goces limpios que tenemos en esta vida proceden en el fondo de la Pasión y la Resurrección de Cristo.

  Los sufrimientos terrenos, las penalidades desta vida ¿pueden ser superados y como aniquilados por la alegría de la Resurrección, de Cristo cumplida, de nosotros esperada? En los santos lo pudo; en mí apenas alcanza a a superar las facturas del Estado que me llegan una cada semana con aumentos. Hay que pagarlas con gusto, pobre Estado Argentino. Es decir, el Estado Argentino es hoy una porquería pero hay que amar incluso a los malos…

  Viernes Santo no se podía decir “hoy murió Cristo, alegría”. Pero Cristo una vez resucitado no muere más – dice San Pablo…

  Ya he hablado del milagro central que es la Resurreción de Cristo. – “Esta generación mala y bastardea pide milagros; y no se le dará más milagros que… mi Resurrección”- les dijo Cristo, una vez que estaba enojado.

  Es un hecho histórico; detrás dél existe la mayor suma de evidencia histórica que jamás haya existido (Ver nuestro post anterior). Ninguno estuvo más cerca de la evidencia histórica que los Fariseos y Sacerdotes jefes; y no creyeron en Cristo…

  … voy a contestar una preguntita que quedó en el aire el domingo pasado: si Cristo volviera a la tierra ¿lo matarían de nuevo? – Sí, lo matarían si pudieran, pero no de la misma manera.

  Se me figura que primeramente lo cubrirían de ridículo. Dirían: “¿Dónde se ha visto que el fundador del cristianismo venga de nuevo a predicarnos el Cristianismo, a nosotros que somos todos cristianos? En realidad anda falsificando el cristianismo, esa religión tan suave, tan amable, tan benigna, tan consoladora, tan científica, tal como lo expone Teilhard de Chardin (teólogo herético). Viene a gritar ahora que hay que dejarlo todo, que hay que morir al mundo (¡morir, hágase Ud. Cargo!),  que en algunos casos hay que odiar al padre y a la madre, que hay que abandonar mujer, hijos, amigos, posesiones y cátedras en algunos casos y que no hay que ahorrar, como los pájaros del cielo – ¡lo cual es ir francamente en contra del Gobierno, contra la Caja Nacional de Ahorro Postal! Puede ser que esas expresiones estén en los Evangelios, pero no son para practicarlas: son expresiones exageradas y poéticas (y algunas de bastante mal gusto, como esa de los eunucos) del poeta más grande que ha existido en el mundo; lo mismo que todo eso sobre el Demonio y el Infierno, sabemos muy bien gracias a Teilhard de Chardin, que esas son metáforas, metonimias e hipérboles… ¡No faltaba más! Está haciendo un desbarajuste con la religión del Estado”.

  Los diarios publicarían sesudos editoriales contra la “nueva” doctrina, sin nombrar al autor esosí; los sabihondos alocados escribirían libros, los libreros tendrían “listas negras” para no vender los libros que la apoyaran, los humoristas inventarían muchos chistes a la semana a costa suya. También le harían interrogatorios como los Escribas y Fariseos: “Profesor, sabemos que Ud. es justo y veraz, y queremos que nos conteste por Radio la pregunta más importante: Ud. ¿está con Rusia o con los EEUU?” Y al contestar Cristo. “Yo no enseñé la preciosa propiedad privada, ni el capitalismo, ni el quedantismo, ni el conservadurismo, ni el comunismo” – menearían entonces las cabezas y dirían: “¿Ve Ud.? ¡Fuera de la realidad! Está loco”.

  Al fin lo matarían, o a disgustos o de hambre o de tristeza o violentamente. ¿Y no podría Cristo irse a Santiago del Estero, juntar doce discípulos, entrenarlos tres años darles el don de milagros y mandarlos otra vez a conquistar el mundo, como lo conquistaron una vez? Sí, eso está dentro del poder de Cristo; pero está escrito que no lo hará. Volverá al mundo; pero no ya en figura de siervo, sino en figura de Rey. “Christus resurgens ex mortuis iam non moritur”.

  …al fin de la profecía de Daniel está indicado que entre la caída del Anticristo y el Juicio habrá 45 (o 55) días (o bien un corto periodo de X días) para que hagan penitencia los que sucumbieron a la tremenda tentación del Anticristo – si ellos quieren. De modo que si mayoría del mundo caerá en apostasía (como Cristo y san Pablo predijeron) no quiere decir que todo el mundo se condena, Y eso es conforme a la piedad paterna de Dios; porque la tentación del Anticristo habrá sido tremenda.

  De modo que la Resurrección de Cristo está conectada con su Vuelta, es decir, con la Universal Resurrección: tres veces por lo menos en los Oficios de Pascua de Resurrección se hace alusión al Retorno de Cristo. Y San Pablo dice cada vez que comulguemos, recordemos el Retorno de Cristo: “pues cada vez que comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciad la muerte del Señor hasta que venga”

  Esta es la gran consolación y alegría del Cristiano. Incluso ante las terribles cosas del mundo moderno, el Cristiano impertérrito las entiende, y sabe superarlas.

“Si el mundo se derrumba,

Sus ruinas lo herirán impávido”


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

sábado, 30 de marzo de 2013

Pascua – P.Leonardo Castellani


  La Pascua es la fiesta más grande de los cristianos como lo era y lo es de los judíos: para los judíos festejaba la liberación de la esclavitud  en Egipto; para los cristianos festeja la liberación de la Muerte: Pascua de Resurrección.


  … San Pablo dijo: “Si Cristo no resucitó, somos los más desdichados de los hombres: nuestra fe es vana, vana nuestra esperanza” La condicional contraria es verdadera: “Si Cristo resucitó, somos los más felices de los hombres”, o “los menos desdichados” si quieren. Porque el que cree que su cuerpo va a resucitar sano y glorioso y su alma semejante a Dios, ¿Qué trabajos, que desgracias, que aflicciones no podrá superar, incluso con alegría?

  …¿Cómo sabemos que Cristo resucitó? Es un hecho histórico; es también un hecho metahistórico, por encima de la historia, por ser un hecho sobrenatural, milagroso; digamos “increíble”;… Si alguno hoy no creyera que Cristóbal Colón existió, sería tenido por loco; y hay mayor testimonio histórico de la Resurrección de Cristo que la existencia de Colón. ¿Entonces los que no creen en Cristo son locos? Son peor que locos, son impíos. Pues para creer en Cristo es necesario, además de la evidencia histórica, encima un acto de fe, que estos se niegan a hacer. Dicen- “Porque la Resurrección de Cristo es contra la razón”-. Es sobre la razón, no contra la razón. -“Me basta que sea sobre la razón, para negarla”-. Culpablemente la niegas.

  Basta la evidencia histórica para que uno no pueda negar la existencia de Colón; pero no no basta la evidencia histórica para forzarnos a creer en la resurrección: basta para que yo pueda creer, pero no basta a forzarme a creer, como en el otro caso. Falta un acto de mi voluntad, hay que dar un salto, de la evidencia a la creencia…

  La fe es libre, no forzada; la evidencia natural es forzosa o forzante. Por eso existen y han existido durante veinte siglos incrédulos que dicen: “No resucitó”. Como dice San Pablo:” ¿Para qué me estoy matando yo aquí, si Cristo no resucitó?”. Ponía su propia vida como testimonio.

  ¿Cuál es la evidencia histórica que tenemos de la Resurrección?:
1° Han escuchado el Evangelio de hoy (Pascua): es una narración seca y escueta de la aparición de Cristo a las mujeres que fueron al sepulcro… Los cuatro Evangelios son así: son crónicas escuetas de hechos pelados, anotados sin emoción y sin comentarios: no hay signos de admiración ni de alegría ni de tristeza… Tenemos pues documentos históricos, fidedignos, de primer orden, que nos relatan la resurrección de Cristo...
2° Los apóstoles, que estaban derrotados y aterrorizados, después del Domingo de Pascua se vuelven valientes como leones, más valientes que leones. Se ponen públicamente a predicar la Resurrección de Maestro: son arrastrados al tribunal, condenados, azotados, uno dellos muerto, Santiago el Menor, los fieles que cree en ellos son despojados de sus bienes, excomulgados, perseguidos, algunos dellos muertos, como San Esteban; y no cejan, sino que aumentan cada día. “Creo a testigos que se dejan matar”-Dijo Pascal…
3°En el año 323 “todo el mundo era cristiano”, es decir el Impero Romano, todo el mundo civilizado... Existían herejías, que eran combatidas y vencidas todas. Existían algunos incrédulos, contra los cuales San Agustín hacía su famoso argumento de las Tres Increíbles,  que dice así: “Hay tres increíbles: increíble es que un hombre haya resucitado de entre los muertos. Increíble es que doce hombres rudos, ignorantes, desarmados y plebeyos hayan persuadido a todo el mundo, y en él también a los sabios y filósofos, de aquel primer increíble.  ¿El primer increíble no lo queréis creer? El segundo no tenéis más remedio que ver, y  no lo podéis negar. De donde por fuerza tenéis que admitir el tercero, es decir que los doce Apóstoles han convencido al mundo; y este es un milagro tan grande como la resurrección de un muerto”…
4°De entonces acá, la mayor y la mejor parte del mundo, la raza blanca de Occidente… ha creído durante quince o dieciséis siglos en la Resurrección; y los hombres sabios dentro della. Que un día esa muchedumbre de millones va a desaparecer, y quedarán muy pocos que crean firmemente en la Resurrección, yo lo sé; pero eso durará solamente tres años y medio: La Gran Apostasía que procederá la Segunda Venida.

  Ese es el fundamento de nuestra fe. ¿Qué dicen los incrédulos contra él?... Primero dicen que los Apóstoles vinieron y robaron el Cuerpo de Jesús y lo ocultaron: no pudieron los judíos negar que el Sepulcro estaba vacío. Los Fariseos dieron dinero a los Guardias del Sepulcro para que atestiguasen eso: “que estando nosotros dormidos, los Apóstoles robaron el Cuerpo”. Oh ciegos (Dice San Agustín) que traéis testigos dormidos para atestiguar  un hecho que pasó estando ellos dormidos.

  Segundo, que Cristo estaba vivo, y se levantó con una lanzada en el corazón y todo, levantó la enorme lápida del sepulcro, y disparó; o bien estaba bien muerto y se pudrió allí en el sepulcro, y los Apóstoles después tuvieron alucinaciones visuales y auditivas e incluso táctiles todo junto…

  Esas dos hipótesis (que son dos gordos absurdos) las dejo al sentido común de Ustedes.
Este hecho histórico es el fundamento de nuestra Fe. Pero como dije, hay que hacer actos de Fe: hay que alimentar la Fe, que si no, languidece, y aun perece: tan amenazada y combatida como está hoy día. El cristiano tiene la obligación grave de hacer actos de Fe, que es su primera obligación para con Dios; y cumplimos con esa obligación cuando rezamos con atención y devoción el Credo, como dentro de algunos minutos: “Creo que resucitó dentre los muertos; creo en la resurrección de la Carne.”


Domingo de Pascua de 1963 – Domingueras Prédicas II – P.Leonardo Castellani


Nacionalismo Católico San Juan Bautista


La Crucifixión de San Pedro - Por Antonio Caponnetto


Cabeza en tierra, rota la testera,
ahogado en llanto que en vertientes baja,
veo mis pies desnudos, y se cuaja
toda mi sangre en nueva sementera.


Veo el cielo de Roma, su ladera,
que el sol cortó de luz, como navaja,
veo acechar la noche, la mortaja
sobre una roca  hendida y agorera.

Morir así, Señor, me lo merezco,
sin  mi playa, la barca ni los peces,
yo que tuve del mar un parentesco.

 No se oye el gallo,acéptame este envío.
Te amé como quisiste las tres veces,
toma tus llaves, cuídalas, Dios mío.


       Antonio Caponnetto

Nacionalismo Católico San Juan  Bautista

Condena los errores modernos - "Quanta Cura" Pío PP IX


 Venerables Hermanos, salud y bendición apostólica
1. Tradición de la Iglesia frente al error

  Todos saben, todos ven y vosotros como nadie, Venerables Hermanos, sabéis y veis con cuánta solicitud y pastoral vigilancia los Romanos Pontífices, Nuestros Predecesores, han llenado el ministerio y han cumplido la misión a ellos confiada por el mismo Cristo Nuestro Señor, en la persona de San Pedro, Príncipe de los Apóstoles de apacentar los corderos y a las ovejas; de tal suerte, que nunca han cesado de alimentar cuidadosamente con las palabras de la fe, de imbuir en la doctrina de salvación a todo el rebaño del Señor, apartándole de los pastos envenenados. Y en efecto, Nuestros Predecesores, guardadores y vindicadores de la augusta Religión Católica, de la verdad y de la justicia, llenos de solicitud por la salvación de las almas, nada han apetecido nunca tanto, como el descubrir, y condenar con sus Cartas y Constituciones, llenas de sabiduría, todas las herejías y todos los errores que, contrarios a Nuestra fe divina, a la doctrina de la Iglesia católica, a la honestidad de las costumbres y a la eterna salvación de los hombres, levantaron con frecuencia violentas tempestades, cubriendo lamentablemente de luto a la república cristiana y civil.

 Por esto, los mismos Predecesores Nuestros, con Vigor apostólico, se opusieron constantemente a las pérfidas maquinaciones de los malvados que, semejantes a las olas del mar enfurecido, arrojan las espumas de sus confusiones, y prometiendo libertad, aunque en realidad sean esclavos de la corrupción, se han esforzado por medio de máximas falsas y perniciosísimos escritos, en destruir los fundamentos de la Religión católica y de la sociedad civil; tratando de hacer desaparecer toda virtud y justicia, de pervertir todas los corazones y entendimientos, de apartar de las rectas normas morales a los incautos, especialmente a la inexperta juventud, corrompiéndola miserablemente, para enredarla en los lazos del error y, por último, arrancarla del seno de la Iglesia católica.

2. El Papa sigue el ejemplo de sus predecesores. La Iglesia vigila.
 Como vosotros bien lo sabéis, Venerables Hermanos, apenas Nos, por un secreto designio de la Divina Providencia, pero sin mérito alguno Nuestro, fuimos elevados a esta Cátedra de Pedro; al ver, con el corazón desgarrado por el dolor la horrible tempestad desatada por tantas opiniones perversas, así como los males gravísimos, y nunca bastante llorados, atraídos sobre el pueblo católico por tantos errores; en cumplimiento de Nuestro apostólico ministerio, e imitando los ilustres ejemplos de Nuestros Predecesores, levantamos Nuestra voz, y por medio de varias Cartas encíclicas, Alocuciones, Consistorios, así como por otros Documentos apostólicos, hemos condenado los errores principales de Nuestra tan triste época. Al mismo tiempo, hemos excitado vuestra admirable vigilancia pastoral, y con todo Nuestro poder advertimos y exhortamos a Nuestros carísimos hijos para que abominen tan horrendas doctrinas y no se contagien de ellas. Particularmente en Nuestra primera Encíclica, del 9 de noviembre de 1846 a vosotros dirigida(1), y en las dos Alocuciones consistoriales(2), del 9 de diciembre de 1854 y del 9 de junio de 1862, Nos hemos condenado las monstruosas opiniones que, con gran daño de las almas y detrimento de la misma sociedad civil, dominan señaladamente a nuestra época; errores de los cuales derivan todos los demás y que no sólo tratan de arruinar la Iglesia católica, su saludable doctrina y sus derechos sacrosantos, sino también a la misma eterna ley natural grabada por Dios en todos los corazones y aun la recta razón.

3. Los nuevos errores requieren nuevo celo.
   Sin embargo, bien que Nos no hayamos descuidado el proscribir y condenar frecuentemente estos tan graves errores, la causa de la Iglesia católica y la salvación de las almas que Dios Nos ha confiado, y aun el mismo bien común demandan imperiosamente, que Nos de nuevo excitemos vuestra pastoral solicitud para que condenéis todas las opiniones que hayan salido de los mismos errores como de su fuente natural. Estas opiniones falsas y perversas, deben ser tanto más detestadas cuanto que su objeto principal es impedir y aun suprimir el poder saludable que hasta el final de los siglos debe ejercer libremente la Iglesia católica por institución y mandato de su divino Fundador, así sobre los hombres en particular como sobre las naciones, pueblos y gobernantes supremos; errores que tratan, igualmente, de destruir la unión y la mutua concordia entre el Sacerdocio y el Imperio, siempre tan beneficiosa para la Iglesia y para el Estado.(3)

4. El naturalismo.
   En efecto, os es perfectamente conocido, Venerables Hermanos, que hoy no faltan hombres que, aplicando a la sociedad civil el impío y absurdo principio llamado del naturalismo, se atreven a enseñar que el mejor orden de la sociedad pública y el progreso civil demandan imperiosamente que la sociedad humana se constituya y se gobierne sin que tenga en cuenta la Religión, como si esta no existiera, o, por lo menos, sin hacer distinción alguna entre la verdadera Religión y las falsas. Además, contradiciendo la doctrina de la Sagrada Escritura, de la Iglesia y de los Santos Padres, no dudan en afirmar que el mejor gobierno es aquel en el que no se reconoce al poder civil la obligación de castigar, mediante determinadas penas, a los violadores de la religión católica, sino en cuanto la paz pública lo exija; y como consecuencia de esta idea absolutamente falsa, no dudan en consagrar aquella opinión errónea, en extremo perniciosa a la Iglesia Católica y a la salvación de las almas, llamada por Gregorio XVI, Nuestro Predecesor, de feliz memoria, delirio(4) a saber: que la libertad de conciencias y de cultos es un derecho propio de cada hombre, que todo Estado bien constituido debe proclamar y garantizar como ley fundamental, y que los ciudadanos tienen derecho a la plena libertad de manifestar sus ideas con la máxima publicidad, ya de palabra, ya por escrito, ya en otro modo cualquiera, sin que autoridad civil ni eclesiástica alguna puedan reprimirla en ninguna forma.

5. Esta libertad es perniciosa.
  Ahora bien: al sostener afirmación tan temeraria no piensan ni consideran que proclaman la libertad de la perdición(5), y que, si se permite siempre la plena manifestación de las opiniones humanas, nunca faltarán hombres, que se atrevan a resistir a la Verdad, y a poner su confianza en la verbosidad de la sabiduría humana; vanidad en extremo perjudicial, y que la fe y la sabiduría cristiana deben evitar cuidadosamente, con arreglo a la enseñanza de Nuestro Señor Jesucristo(6).

   Y como allí donde la Religión se halle desterrada de la sociedad civil y se rechace la doctrina y autoridad de la revelación divina, se oscurece y aun se pierde la verdadera noción de la justicia y del derecho, en cuyo lugar triunfan la fuerza y la violencia, claramente se ve por qué causa ciertos hombres, despreciando en absoluto y dejando a un lado los principios más firmes de la sana razón, se atreven a proclamar que la voluntad del pueblo manifestada por la llamada opinión pública o de otro modo cualquiera, constituye una suprema ley, libre de todo derecho divino o humano; y que en el orden político los hechos consumados, por sólo haberse consumado, tienen ya valor de derecho.

   Mas ¿quién no ve, quién no siente claramente que una sociedad, sustraída a las leyes de la Religión y de la verdadera justicia, no puede tener otro ideal que acumular riquezas, ni seguir más ley, en todos sus actos, que un insaciable deseo de satisfacer la indómita concupiscencia del espíritu, sirviendo tan solo a sus propios placeres e intereses? He aquí por qué esos hombres, con odio verdaderamente cruel, persiguen a las Órdenes religiosas, sin tener en cuenta los inmensos servicios hechos por ellas a la Religión, a la sociedad humana y a las letras; he aquí, por qué desvarían contra ellas, diciendo, que no tienen ninguna razón legítima para existir, haciéndose así eco de los errores de los herejes. Como lo enseñó con tanta verdad Nuestro Predecesor, Pío VI de feliz memoria, la abolición de las Órdenes religiosas hiere al estado que hace profesión pública de seguir los consejos evangélicos; ofende a una manera de vivir recomendada por la Iglesia como conforme a la doctrina apostólica; finalmente, ofende aun a los preclaros fundadores, que las establecieron inspirados por Dios (7).

   Llevan su impiedad a proclamar que se debe quitar a la Iglesia y a los fieles la facultad de "hacer limosna en público, por motivos de cristiana caridad", y que debe "abolirse la ley prohibitiva, en determinados días, de las obras serviles, para cumplir con el culto divino"; todo bajo el pretexto falacísimo de que esa facultad y esa ley se hallan en oposición a los postulados de la mejor economía política.

6. El comunismo y el socialismo.
   No contentos con desterrar a la Religión de la pública sociedad, quieren también arrancarla de la misma vida familiar. Enseñando y profesando el funestísimo error del comunismo y del socialismo, afirman que la sociedad doméstica debe toda su razón de ser sólo al derecho civil y que, por lo tanto, sólo de la ley civil se derivan y dependen todos los derechos de los padres sobre los hijos y, sobre todo, del derecho de la instrucción y de la educación. Para esos hombres falacísimos, el objeto principal de estas máximas impías y maquinaciones, es eliminar la saludable doctrina y la instrucción y educación de la juventud, para así manchar y depravar míseramente las tiernas y dúctiles almas de los jóvenes con los errores más perniciosos y con toda clase de vicios.

  En efecto; todos cuantos maquinaban perturbar la Iglesia o el Estado, destruir el recto orden de la sociedad, y así suprimir todos los derechos divinos y humanos, han dirigido siempre sus criminales proyectos, su actividad y esfuerzo a engañar y pervertir a la inexperta juventud, como Nos lo hemos insinuado más arriba, porque en la corrupción de ésta ponen toda su esperanza. Esta es la razón por qué el clero secular y regular, a pesar de los encendidos elogios que uno y otro han merecido en todos los tiempos, como lo atestiguan los más antiguos documentos históricos, así en el orden religioso como en el civil y literario, es por su parte objeto de las más atroces persecuciones; y dicen, que siendo el clero enemigo del saber, de la civilización y del progreso debe ser apartado de toda injerencia en la instrucción de la juventud.

7. La Iglesia y el poder civil.
  Otros, hay que, renovando los errores, tantas veces condenados, de los innovadores, se atreven a decir, con desvergüenza suma, que la suprema autoridad de la Iglesia y de esta Apostólica Sede, que le otorgó Nuestro Señor Jesucristo, depende en absoluto de la autoridad civil; niegan a la misma Sede Apostólica y a la Iglesia todos los derechos que tienen en las cosas que se refieren al orden exterior. En efecto, no se avergüenzan de afirmar que las leyes de la Iglesia no obligan en conciencia, a menos que sean promulgadas por la autoridad civil; que los documentos y los decretos de los Romanos Pontífices, aun los tocantes a la Iglesia, necesitan de la sanción y aprobación o por lo menos del asentimiento, del poder civil; que las Constituciones apostólicas(8) por las que se condenan las sociedades secretas sea que exijan o no en ellas el juramento de guardar el secreto, y en las que se anatematiza a los fautores o adeptos de ellas, no tienen fuerza alguna en aquellos países donde son toleradas por la autoridad civil; que la excomunión lanzada por el Concilio de Trento y por los Romanos Pontífices contra los invasores y usurpadores de los derechos y bienes de la Iglesia, se apoya en una confusión del orden espiritual con el civil y político, y que no tiene otra finalidad que promover intereses mundanos; que la Iglesia nada debe mandar que obligue a las conciencias de los fieles en orden al uso de las cosas temporales; que la Iglesia no tiene derecho a castigar con penas temporales a los que violan sus leyes; que es conforme a la Sagrada Teología y a los principios del Derecho público que la propiedad de los bienes poseídos por las Iglesias, Órdenes religiosas y otros lugares piadosos, ha de atribuirse y vindicarse para la autoridad civil.
 No se avergüenzan de confesar abierta y públicamente el herético principio, del que nacen tan perversos errores y opiniones, esto es, que la potestad de la Iglesia no es por derecho divino distinta e independientemente del poder civil, y que tal distinción e independencia no se pueden guardar sin que sean invadidos y usurpados por la Iglesia los derechos esenciales del poder civil.

   No podemos tampoco pasar en silencio la audacia de aquellos que, no pudiendo tolerar los principios de la sana doctrina, pretenden que en cuanto a los juicios de la Sede Apostólica y a sus decretos que tengan por objeto el bien general de la Iglesia, y sus derechos y su disciplina, mientras no toquen a los dogmas de la fe y de las costumbres, se les puede negar asentimiento y obediencia, sin pecado y sin ningún quebranto de la profesión de católico. Esta pretensión es tan contraria al dogma católico de la plena potestad divinamente dada por el mismo Cristo Nuestro Señor al Romano Pontífice para apacentar, regir y gobernar la Iglesia, que no hay quien no lo vea y entienda clara y abiertamente.

Condena de los errores.
   En medio de esta tan grande perversidad de opiniones depravadas, Nos, con plena conciencia de Nuestra misión apostólica, y llenos de solicitud por nuestra santa Religión, por la sana doctrina y por la salvación de las almas cuya guarda se nos ha confiado de lo Alto, y por el mismo bien de la sociedad humana, hemos creído deber Nuestro levantar de nuevo Nuestra voz apostólica. En consecuencia, todas y cada una de las perversas opiniones y doctrinas que van señaladas detalladamente en las presentes Letras, Nos las reprobamos con Nuestra autoridad apostólica las proscribimos las condenamos; y queremos y mandamos que todas ellas sean tenidas por los hijos de la Iglesia como reprobadas, proscritas y condenadas.
 Además de estos, bien sabéis, Venerables Hermanos, que hoy, los que aborrecen toda verdad y toda justicia y los enemigos encarnizados de Nuestra santa Religión, por medio de venenosos libros, folletos y periódicos, esparcidos por todo el mundo, engañan a los pueblos, mienten a sabiendas y diseminan toda suerte de doctrinas impías. No ignoráis que también se encuentran en nuestros tiempos hombres que, empujados y excitados por el espíritu de Satanás han llegado a tal impiedad que no temen atacar al mismo Rey Señor Nuestro Jesucristo, negando su divinidad con criminal procacidad. En este punto, no podemos dejar de tributaros, Venerables Hermanos, las mayores alabanzas que tenéis bien merecidas, por el celo con el cual habéis levantado vuestra voz episcopal contra impiedad tan grande.

8. Exhortación a los Obispos a combatir el mal.
  Por esto, con esta Nuestras Letras nos dirigimos nuevamente con intenso amor a vosotros que, llamados a compartir Nuestra solicitud pastoral, Nos servís en medio de Nuestros grandes dolores, de consuelo, alegría y ánimo, por la excelsa religiosidad y piedad que os distinguen, así como por el admirable amor, fidelidad y devoción con que, en unión íntima y cordial con Nos y esta Sede Apostólica, os consagráis a llevar la pesada carga de vuestro gravísimo ministerio episcopal. En efecto: Nos esperamos de de vuestro insigne celo pastoral que, empuñando la espada del espíritu que es la palabra de Dios y confortados con la gracia de Nuestro Señor Jesucristo, redobléis vuestros esfuerzos y cada día trabajéis más aún para que todos los fieles confiados a vuestro cuidado se abstengan de las malas hierbas, que Jesucristo no cultiva porque no han sido plantadas por su Padre(9) Y no ceséis de inculcar siempre a los mismos fieles que toda la verdadera felicidad humana proviene de nuestra augusta religión y de su doctrina y ejercicio; que es feliz aquel pueblo, cuyo Señor es su Dios(10). Enseñad que los reinos descansan sobre el fundamento de la fe(11); y que nada hay tan mortífero y tan cercano al precipicio, tan expuesto a todos los peligros, como pensar que, al bastarnos el libre albedrío recibido al nacer, por ello ya nada más hemos de pedir a Dios: esto es, olvidarnos de nuestro Creador y abjurar su poderío, para así mostrarnos plenamente libres(12).

  No descuidéis tampoco el enseñar que la potestad real no se dio solamente para gobierno de este mundo, sino también y sobre todo para la protección de la Iglesia(13); y que nada puede ser más ventajoso y más glorioso para los jefes de los Estados y para los reyes y príncipes que, conforme Nuestro sapientísimo y valerosísimo predecesor SAN FÉLIX escribía al emperador Zenón, dejen a la Iglesia católica gobernarse por sus propias leyes y sin permitir que nadie ponga obstáculos a su libertad... Es seguro, en efecto, que está en su interés, cuantas veces se trate de los asuntos de Dios, en seguir con celo el orden que Él ha prescrito; subordinando, y no prefiriendo, la voluntad soberana, a la de los sacerdotes de Jesucristo... (14)

 9. No se debe descuidar el recurso de la oración especialmente al Divino Corazón y a María Santísima

 Pero si siempre fue necesario, Venerables Hermanos, dirigirnos con confianza al Trono de la gracia, para obtener de él misericordia y auxilio en tiempo oportuno, ahora de modo especial debemos hacerlo, en medio de tan grandes calamidades para la Iglesia y para la sociedad civil, en presencia de tan vasta conspiración de enemigos y de tan grande acumulación de errores contra la sociedad católica y contra esta Santa Sede. Nos hemos juzgado, pues, útil excitar la devoción de todos los fieles, a fin de que, uniéndose a Nos y a Vosotros, no dejen de rogar y de suplicar con las oraciones más fervorosas y más humildes al clementísimo Padre de las luces y de la misericordia; a fin también, de que recurran siempre, en la plenitud de su fe, a Nuestro Señor Jesucristo, que nos redimió con su Sangre; y pidiendo continuamente y sin desfallecimiento a su Corazón dulcísimo, víctima de su ardiente caridad hacia nosotros, para que con los lazos de su amor todo lo atraiga hacia sí, de suerte que inflamados todos los hombres en su amor santísimo caminen rectamente según su Corazón, agradables a Dios en todas las cosas, y dando frutos en todo género de buenas obras.

  Ahora bien, siendo, indudablemente, más gratas a Dios las oraciones de los hombres, cuando éstos recurren a El con alma limpia de toda impureza, hemos resuelto abrir con Apostólica liberalidad a los fieles cristianos los celestiales tesoros de la Iglesia confiados a Nuestra dispensación, a fin de que excitados con mayor viveza a la verdadera piedad, y purificados de sus pecados, por el sacramento de la Penitencia con mayor confianza presenten a Dios sus oraciones y obtengan su gracia y su misericordia.

10. Jubileo para 1865.
  En consecuencia, Nos concedemos, por el tenor de las presentes Letras, en virtud de Nuestra Autoridad Apostólica, a todos y a cada uno de los fieles del mundo católico, de uno y otro sexo, una Indulgencia Plenaria en forma de Jubileo, tan sólo por espacio de un mes, hasta terminar el próximo año de 1865, y no después de esa fecha; qie designado por vosotros, Venerables Hermanos, y por los demás legítimos Ordinarios, según el modo y manera con que al comienzo de Nuestro Pontificado lo concedimos por Nuestras Letras apostólicas en forma de Breve, del 20 de noviembre del 1846, enviadas a todos los Obispos, del universo y que empezaban con estas palabras: Arcano Divinae Providentiae consilio,(15) y con todas las facultades que Nos por medio de aquellas Letras concedíamos. Y queremos que se guarden todas las prescripciones de dichas Letras, y se exceptúe lo que declaramos exceptuado. Nos concedemos esto, no obstante cualesquier otra disposición contraria, aun la que fuera digna de mención especial e individual y de derogación. Y para evitar toda duda y dificultad, hemos ordenado que se os remita on ejemplar de estas Letras.

  Oremos, Venerables Hermanos; oremos desde el fondo de nuestro corazón y con toda las fuerzas de Nuestro espíritu a la misericordia de Dios, porque El mismo ha dicho: No apartaré de ellos mi misericordia(16). Pidamos, y recibiremos; y si demora y tardanza hubiere en el recibir, porque hemos pecado gravemente, llamemos, porque al que llame se le abrirá(17), con tal de que quienes llamen a las puertas sean las oraciones, los gemidos y las lágrimas, en las cuales debemos insistir t perseverar, y con tal de que la oración sea unánime...que todos oren a Dios, no solamente por sí mismos, sino por todos sus hermanos, como el señor nos ha enseñado a orar(17). Y a fin de que el Señor atienda más fácilmente a Nuestras oraciones y votos, a los Vuestros y a los de todos los fieles, pongamos por intercesora junto a El, con toda confianza, a la Inmaculada y Santísima Virgen María, Madre de Dios, que aniquiló todas las herejías en el mundo entero, y que, Madre amantísima de todos nosotros, es toda dulce... y llena de misericordia..., se muestra propicia con todos, con todos clementísima; y con inmenso amor socorre las necesidades de todos(18). En su calidad de Reina que está a la diestra de su Unigénito Hijo nuestro Señor Jesucristo, con manto de oro y adornada con todas las gracias, nada hay que Ella no pueda obtener de El. Pidamos también el auxilio del beatísimo Pedro, Príncipe de los Apóstoles y de Pablo su compañero de apostolado, y de todos los Santos que, Hechos ya amigos de Dios, han llegado al reino celestial y coronados poseen la palma, y que, seguros de su inmortalidad, están llenos de solicitud por nuestra salvación.

11. Bendición apostólica.
  Finalmente, pidiendo a Dios del fondo de nuestra alma la abundancia de los dones celestiales, Nos os damos del fondo del corazón y con amor como prenda de Nuestro especial afecto, Nuestra Bendición Apostólica, a Vosotros, Venerables Hermanos y a todos los fieles clérigos o seglares confiados a vuestra solicitud.

Dado en Roma, junto a San Pedro, el 8 de diciembre del año 1864, décimo año de la definición dogmática de la Inmaculada Concepción de la Virgen Madre de Dios, y año decimonono de Nuestro Pontificado.
Visto en: STAT VERITAS

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

viernes, 29 de marzo de 2013

La Dolorosa Pasión de Nuestro Señor Jesucristo-Ana Catalina Emmerick


Extractos del libro


XXX. Crucifixión de los ladrones

Mientras crucificaban a Jesús, los dos ladrones estaban tendidos de espaldas a poca distancia de los guardas que lo vigilaban. Los acusaban de haber asesinado a una mujer con sus hijos, en el camino de Jerusalén a Jopé. Habían estado mucho tiempo en la cárcel antes de su condenación. El ladrón de la izquierda tenía más edad, era un gran criminal, el maestro y el corruptor del otro; los llamaban ordinariamente Dimas y Gesmas. Formaban parte de una compañía de ladrones de la frontera de Egipto, los cuales en años anteriores, habían hospedado una noche a la Sagrada Familia, en la huida a Egipto. Dimas era aquel niño leproso, que en aquella ocasión fue lavado en el agua que había servido de baño al niño Jesús, curando milagrosamente de su enfermedad. Los cuidados de su madre para con la Sagrada Familia fueron recompensados con este milagro. Dimas no conocía a Jesús; pero como su corazón no era malo, se conmovía al ver su paciencia más que humana.


XXXI. Jesús crucificado y los dos ladrones

Los verdugos, habiendo plantado las cruces de los ladrones, aplicaron escaleras a la cruz del Salvador, para cortar las cuerdas que tenían atado su Sagrado Cuerpo. La sangre, cuya circulación había sido interceptada por la posición horizontal y compresión de los cordeles, corrió con ímpetu de las heridas, y fue tal el padecimiento, que Jesús inclinó la cabeza sobre su pecho y se quedó como muerto durante unos siete minutos...
Los dos ladrones sobre sus cruces ofrecían un espectáculo muy repugnante y terrible, especialmente el de la izquierda, que no cesaba de proferir injurias y blasfemias contra el Hijo de Dios.

XXXII. Primera palabra de Jesús en la Cruz

Acabada la crucifixión de los ladrones, los verdugos se retiraron, y los cien soldados romanos fueron relevados por otros cincuenta, bajo el mando de Abenadar, árabe de nacimiento, bautizado después con el nombre de Ctesifón; el segundo jefe se llamaba Casio, y recibió después el nombre de Longinos. En estos momentos llegaron doce fariseos, doce saduceos, doce escribas y algunos ancianos... pasando por delante de Jesús, menearon desdeñosamente la cabeza, diciendo: "¡Y bien, embustero; destruye el templo y levántalo en tres días! - ¡Ha salvado a otros, y no se puede salvar a sí mismo! - ¡Si eres el Hijo de Dios, baja de la cruz! – Si es el Rey de Israel, que baje de la cruz, y creeremos en Él". Los soldados se burlaban también de Él. Cuando Jesús se desmayó, Gesmas, el ladrón de la izquierda, dijo: "Su demonio lo ha abandonado". Entonces un soldado puso en la punta de un palo una esponja con vinagre, y la arrimó a los labios de Jesús, que pareció probarlo. El soldado le dijo: "Si eres el Rey de los judíos, sálvate tú mismo". Todo esto pasó mientras que la primera tropa dejaba el puesto a la de Abenadar. Jesús levantó un poco la cabeza, y dijo: "¡Padre mío, perdonadlos, pues no saben lo que hacen!". Gesmas gritó: "Si tú eres Cristo, sálvate y sálvanos". Dimas, el buen ladrón, estaba conmovido al ver que Jesús pedía por sus enemigos. La Santísima Virgen, al oír la voz de su Hijo, se precipitó hacia la cruz con Juan, Salomé y María Cleofás. El centurión no los rechazó. Dimas, el buen ladrón, obtuvo en este momento, por la oración de Jesús, una iluminación interior: reconoció que Jesús y su Madre le habían curado en su niñez, y dijo en vos distinta y fuerte: "¿Cómo podéis injuriarlo cuando pide por vosotros? Se ha callado, ha sufrido paciente todas vuestras afrentas, es un Profeta, es nuestro Rey, es el Hijo de Dios". Al oír esta reprensión de la boca de un miserable asesino sobre la cruz, se elevó un gran tumulto en medio de los circunstantes: tomaron piedras para tirárselas; mas el centurión Abenadar no lo permitió. Mientras tanto la Virgen se sintió fortificada con la oración de su Hijo, y Dimas dijo a su compañero, que continuaba injuriándolo: "¿No tienes temor de Dios, tú que estás condenado al mismo suplicio? Nosostros lo merecemos justamente, recibimos el castigo de nuestros crímenes; pero éste no ha hecho ningún mal. Piensa en tu última hora, y conviértete". Estaba iluminado y tocado: confesó sus culpas a Jesús, diciendo: "Señor, si me condenáis, será con justicia; pero tened misericordia de mí". Jesús le dijo: "Tú sentirás mi misericordia". Dimas recibió en este momento la gracia de un profundo arrepentimiento. Todo lo que acabo de contar sucedió entre las doce y las doce y media, y pocos minutos después de la Exaltación de la cruz; pero pronto hubo un gran cambio en el alma de los espectadores, a causa de la mudanza de la naturaleza.

XXXIII. Eclipse de sol – Segunda y tercera palabras de Jesús

... a la sexta hora, según el modo de contar de los judíos, que corresponde a las doce y media, hubo un eclipse milagroso del sol. Yo vi cómo sucedió, mas no encuentro palabras para expresarlo.

...vi la luna a un lado de la tierra, huyendo con rapidez, como un globo de fuego. En seguida me hallé en Jerusalén, y vi otra vez la luna aparecer llena y pálida sobre el monte de los Olivos; vino del Oriente con gran rapidez, y se puso delante del sol oscurecido con la niebla. Al lado occidental del sol vi un cuerpo oscuro que parecía una montaña y que lo cubrió enteramente. El disco de este cuerpo era de un amarillo oscuro, y estaba rodeado de un círculo de fuego, semejante a un anillo de hierro hecho ascua. El cielo se oscureció, y las estrellas aparecieron despidiendo una luz ensangrentada. Un terror general se apoderó de los hombres y de los animales: los que injuriaban a Jesús bajaron la voz. Muchos se daban golpes de pecho, diciendo: "¡Que la sangre caiga sobre sus verdugos!". Otros de cerca y de lejos, se arrodillaron pidiendo perdón, y Jesús, en medio de sus dolores, volvió los ojos hacia ellos. Las tinieblas se aumentaban, y la cruz fue abandonada de todos, excepto de María y de los caros amigos del Salvador. Dimas levantó la cabeza hacia Jesús, y con una humilde esperanza, le dijo: "¡Señor, acordaos de mí cuando estéis en vuestro reino!". Jesús le respondió: "En verdad te lo digo; hoy estarás conmigo en el Paraíso". María pedía interiormente que Jesús la dejara morir con Él. El Salvador la miró con una ternura inefable, y volviendo los ojos hacia Juan, dijo a María: "Mujer, este es tu hijo". Después dijo a Juan: "Esta es tu Madre". Juan besó respetuosamente el pie de la cruz del Redentor. La Virgen Santísima se sintió acabada de dolor, pensando que el momento se acercaba en que su divino Hijo debía separarse de ella.

...no parece extraño que Jesús, dirigiéndose a la Virgen, no la llame Madre mía, sino Mujer; porque aparece como la mujer por excelencia, que debe pisar la cabeza de la serpiente, sobre todo, en este momento en el que se cumple esta promesa por la muerte de su Hijo. También se comprende muy claramente que, dándola por Madre a Juan, la da por Madre a todos los que creen en su nombre y se hacen hijos de Dios. Se comprende también que la más pura, la más humilde, la más obediente de las mujeres, que habiendo dicho al ángel: "Ved aquí la esclava del Señor, hágase en mí según tu palabra", se hizo Madre del Verbo hecho hombre: oyendo la voz de su Hijo moribundo obedece y consiente en ser la Madre espiritual de otro hijo, repitiendo en su corazón estas mismas palabras con una humilde obediencia, y adopta por hijos suyos a todos los hijos de Dios, a todos los hermanos de Jesucristo. Es más fácil sentir todo esto por la gracia de Dios, que expresarlo con palabras, y entonces me acuerdo de lo que me había dicho una vez el Padre celestial: "Todo está revelado a los hijos de la Iglesia que creen, que esperan y que aman".


XXXIV. Estado de la ciudad y del templo - Cuarta palabra de Jesús

Era poco más o menos la una y media; fue transportada la ciudad para ver lo que pasaba. La hallé llena de agitación y de inquietud; las calles estaban oscurecidas por una niebla espesa; los hombres, tendidos por el suelo con la cabeza cubierta; unos se daban golpes de pecho, y otros subían a los tejados, mirando al cielo y se lamentaban. Los animales aullaban y se escondían; las aves volaban bajo y se caían. Pilatos mandó venir a su palacio a los judíos más ancianos, y les preguntó qué significaban aquellas tinieblas; les dijo que él las miraba como un signo espantoso, que su Dios estaba irritado contra ellos, porque habían perseguido de muerte al Galileo, que era ciertamente su Profeta y su Rey; que él se había lavado las manos; que era inocente de esa muerte; mas ellos persistieron en su endurecimiento, atribuyendo todo lo que pasaba a causas que no tenían nada de sobrenatural. Sin embargo, mucha gente se convirtió, y todos aquellos soldados que presenciaron la prisión de Jesús en el monte de los Olivos, que entonces cayeron y se levantaron. La multitud se reunía delante de la casa de Pilatos, y en el mismo sitio en que por la mañana habían gritado: "¡Que muera! ¡que sea crucificado!", ahora gritaba: "¡Muera el juez inicuo! ¡que su sangre recaiga sobre sus verdugos!". El terror y la angustia llegaban a su como en el templo. Se ocupaban en la inmolación del cordero pascual, cuando de pronto anocheció. Los príncipes de los sacerdotes se esforzaron en mantener el orden y la tranquilidad, encendieron todas las lámparas; pero el desorden aumentaba cada vez más. Yo vi a Anás, aterrorizado, correr de un rincón a otro para esconderse. Cuando me encaminé para salir de la ciudad, los enrejados de las ventanas temblaban, y sin embargo no había tormenta. Entretanto la tranquilidad reinaba alrededor de la cruz. El Salvador estaba absorto en el sentimiento de un profundo abandono; se dirigió a su Padre celestial, pidiéndole con amor por sus enemigos. Sufría todo lo que sufre un hombre afligido, lleno de angustias, abandonado de toda consolación divina y humana, cuando la fe, la esperanza y la caridad se hallan privadas de toda luz y de toda asistencia sensible en el desierto de la tentación, y solas en medio de un padecimiento infinito. Este dolor no se puede expresar.

Jesús ofreció por nosotros su misericordia, su pobreza, sus padecimientos y su abandono: por eso el hombre, unido a Él en el seno de la Iglesia, no debe desesperar en la hora suprema, cuando todo se oscurece, cuando toda luz y toda consolación desaparecen. Jesús hizo su testamento delante de Dios, y dio todos sus méritos a la Iglesia y a los pecadores. No olvidó a nadie; pidió aún por esos herejes que dicen que Jesús, siendo Dios, no sintió los dolores de su Pasión; y que no sufrió lo que hubiera padecido un hombre en el mismo caso. En su dolor nos mostró su abandono con un grito, y permitió a todos los afligidos que reconocen a Dios por su Padre un quejido filial y de confianza. A las tres, Jesús gritó en alta voz: "¡Eli, Eli, lamma sabactani!". Lo que significa: "¡Dios mío! ¡Dios mío! ¿Por qué me has abandonado?". El grito de Nuestro Señor interrumpió el profundo silencio que reinaba alrededor de la cruz: los fariseos se volvieron hacia Él y uno de ellos le dijo: "Llama a Elías". Otro dijo: "Veremos si Elías vendrá a socorrerlo". Cuando María oyó la voz de su Hijo, nada pudo detenerla. Vino al pie de la cruz con Juan, María, hija de Cleofás, Magdalena y Salomé. Mientras el pueblo temblaba y gemía, un grupo de treinta hombres de la Judea y de los contornos de Jopé pasaban por allí para ir a la fiesta, y cuando vieron a Jesús crucificado, y los signos amenazadores que presentaba la naturaleza, exclamaron llenos de horror: "¡Mal haya esta ciudad! Si el templo de Dios no estuviera en ella, merecería que la quemasen por haber tomado sobre sí tal iniquidad".


XXXV. Quinta, sexta y séptima palabras. Muerte de Jesús

Por la pérdida de sangre el sagrado cuerpo de Jesús estaba pálido, y sintiendo una sed abrasadora, dijo: "Tengo sed". Uno de los soldados mojó una esponja en vinagre, y habiéndola rociado de hiel, la puso en la punta de su lanza para presentarla a la boca del Señor. De estas palabras que dijo recuerdo solamente las siguientes: "Cuando mi voz no se oiga más, la boca de los muertos hablará". Entonces algunos gritaron: "Blasfema todavía". Mas Abenadar les mandó estarse quietos. La hora del Señor había llegado: un sudor frío corrió sus miembros, Juan limpiaba los pies de Jesús con su sudario. Magdalena, partida de dolor, se apoyaba detrás de la cruz. La Virgen Santísima de pie entre Jesús y el buen ladrón, miraba el rostro de su Hijo moribundo. Entonces Jesús dijo: "¡Todo está consumado!". Después alzó la cabeza y gritó en alta voz: "Padre mío, en tus manos encomiendo mi espíritu". Fue un grito dulce y fuerte, que penetró el cielo y la tierra: en seguida inclinó la cabeza, y rindió el espíritu.

Juan y las santas mujeres cayeron de cara sobre el suelo. El centurión Abenadar tenía los ojos fijos en la cara ensangrentada de Jesús, sintiendo una emoción muy profunda. cuando el Señor murió, la tierra tembló, abriéndose el peñasco entre la cruz de Jesús y la del mal ladrón. El último grito del Redentor hizo temblar a todos los que le oyeron. Entonces fue cuando la gracia iluminó a Abenadar. Su corazón, orgulloso y duro, se partió como la roca del Calvario; tiró su lanza, se dio golpes en el pecho gritando con el acento de un hombre nuevo: "¡Bendito sea el Dios Todopoderoso, el Dios de Abraham, de Isaac y de Jacob; éste era justo; es verdaderamente el Hijo de Dios!". Muchos soldados, pasmados al oír las palabras de su jefe, hicieron como él. Abenadar, convertido del todo, habiendo rendido homenaje al Hijo de Dios, no quería estar más al servicio de sus enemigos. Dio su caballo y su lanza a Casio, el segundo oficial, quien tomó el mando, y habiendo dirigido algunas palabras a los soldados, se fue en busca de los discípulos del Señor, que se mantenían ocultos en las grutas de Hinnón. Les anunció la muerte del Salvador, y se volvió a la ciudad a casa de Pilatos. Cuando Abenadar dio testimonio de la divinidad de Jesús, muchos soldados hicieron como él: lo mismo hicieron algunos de los que estaban presentes, y aún algunos fariseos de los que habían venido últimamente. Mucha gente se volvía a su casa dándose golpes de pecho y llorando. Otros rasgaron sus vestidos, y se cubrieron con tierra la cabeza. Era poco más de las tres cuando Jesús rindió el último suspiro.


XXXVI. Temblor de tierra – Aparición de los muertos en Jerusalén

Cuando Jesús expiró, vi a su alma, rodeada de mucha luz, entrar en la tierra, al pie de la cruz; muchos ángeles, entre ellos Gabriel, la acompañaron. Estos ángeles arrojaron de la tierra al abismo una multitud de malos espíritus. Jesús envió desde el limbo muchas almas a sus cuerpos para que atemorizaran a los impenitentes y dieran testimonio de Él. En el templo, los príncipes de los sacerdotes habían continuado el sacrificio, interrumpido por el espanto que les causaron las tinieblas, y creían triunfar con la vuelta de la luz; mas de pronto la tierra tembló, el ruido de las paredes que se caían y del velo del templo que se rasgaba les infundió un terror espantoso. Se vio de repente aparecer en el santuario al sumo sacerdote Zacarías, muerto entre el templo y el altar, pronunciar palabras amenazadoras; habló de la muerte del otro Zacarías, padre de Juan Bautista, de la de Juan Bautista, y en general de la muerte de los profetas. Dos hijos del piadoso sumo sacerdote Simón el Justo se presentaron cerca del gran púlpito, y hablaron igualmente de la muerte de los profetas y del sacrificio que iba a cesar. Jeremías se apareció cerca del altar, y proclamó con voz amenazadora el fin del antiguo sacrificio y el principio del nuevo. Estas apariciones, habiendo tenido lugar en los sitios en donde sólo los sacerdotes podían tener conocimiento de ellas, fueron negadas o calladas, y prohibieron hablar de ellas bajo severísimas penas. Pero pronto se oyó un gran ruido: las puertas del santuario se abrieron, y una voz gritó: "Salgamos de aquí". Nicodemus, José de Arimatea y otros muchos abandonaron el templo. Muertos resucitados se veían asimismo que andaban por el pueblo. Anás que era uno de los enemigos más acérrimos de Jesús, estaba así loco de terror: huía de un rincón a otro, en las piezas más retiradas del templo. Caifás quiso animarlo, pero fue en vano: la aparición de los muertos lo había consternado. Dominado Caifás por el orgullo y la obstinación, aunque sobrecogido por el terror, no dejó traslucir nada de lo que sentía, oponiendo su férrea frente a los signos amenazadores de la ira divina.

No sólo en el Templo hubo apariciones de muertos: también ocurrieron en la ciudad y sus alrededores. Entraron en las casas de sus descendientes, y dieron testimonio de Jesús con palabras severas contra los que habían tomado parte en su muerte. Pálidos o amarillos, su voz dotada de un sonido extraño e inaudito, iban amortajados según la usanza del tiempo en que vivían: al llegar a los sitios en donde la sentencia de muerte de Jesús fue proclamada, se detuvieron un momento, y gritaron: "¡Gloria a Jesús, y maldición a sus verdugos!". El terror y el pánico producidos por estas apariciones fue grande: el pueblo se retiró por fin a sus moradas, siendo muy pocos los que comieron por la noche el Cordero pascual.



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SAN MIGUEL ARCÁNGEL - ¿QUIÉN COMO DIOS?


Sancte Michael Archangele,
defende nos in praelio,
contra nequitias et insidias diaboli
esto praesidium: Imperet illi Deus, supplices deprecamur,
tuque, Princeps militiae caelestis,
satanam aliosque spiritus malignos,

qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo,
divina virtute in infernum detrude.
Amen.


"San Miguel Arcángel,
defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
             Reprímale Dios, pedimos suplicantes,
             y tú Príncipe de la Milicia Celestial,
     arroja al infierno con el divino poder a Satanás 
                y a los otros espíritus malignos
              que andan dispersos por el mundo
                para la perdición de las almas.
                                Amén."


  Se lo representa con el traje de Guerrero o de Soldado Centurión como Príncipe de Milicia Celestial que es.


¿Quién es San Miguel Arcángel?

  San Miguel es uno de los siete arcángeles y está entre los tres cuyos nombres aparecen en la Biblia. Los otros dos son Gabriel y Rafael. La Santa Iglesia da a San Miguel el más alto lugar entre los arcángeles y le llama "Príncipe de los espíritus celestiales", "jefe o cabeza de la milicia celestial". Ya desde el Antiguo Testamento aparece como el gran defensor del pueblo de Dios contra el demonio y su poderosa defensa continúa en el Nuevo Testamento.

  Muy apropiadamente, es representado en el arte como el ángel guerrero, el conquistador de Lucifer, poniendo su talón sobre la cabeza del enemigo infernal, amenazándole con su espada, traspasándolo con su lanza, o presto para encadenarlo para siempre en el abismo del infierno.

  La cristiandad desde la Iglesia primitiva venera a San Miguel como el ángel que derrotó a Satanás y sus seguidores y los echó del cielo con su espada de fuego.
  Es tradicionalmente reconocido como el guardián de los ejércitos cristianos contra los enemigos de la Iglesia y como protector de los cristianos contra los poderes diabólicos, especialmente a la hora de la muerte.
  

La Fidelidad de San Miguel para con Dios:

  El mismo nombre de Miguel, nos invita a darle honor, ya que es un clamor de entusiasmo y fidelidad. Significa "Quién como Dios".

  Satanás tiembla al escuchar su nombre, ya que le recuerda el grito de noble protesta que este arcángel manifestó cuando se rebelaron los ángeles. San Miguel manifestó su fortaleza y poder cuando peleó la gran batalla en el cielo. Por su celo y fidelidad para con Dios gran parte de la corte celestial se mantuvo en fidelidad y obediencia. Su fortaleza inspiró valentía en los demás ángeles quienes se unieron a su grito de nobleza: "¡¿Quién como Dios?!." Desde ese momento se le conoce como el capitán de la milicia de Dios, el primer príncipe de la ciudad santa a quien los demás ángeles obedecen.

  
San Miguel en las Sagradas Escrituras

En el Antiguo Testamento

  San Miguel aparece como el guardián de la nación hebrea.

  En el libro de Daniel, Dios envía a San Miguel para asegurarle a Daniel su protección.

 "Y ahora volveré a luchar con el príncipe de Persia...Nadie me presta ayuda para esto, excepto Miguel, vuestro príncipe, mi apoyo para darme ayuda y sostenerme." -Daniel 10:13.

  "En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo" -Daniel 12:1

  El pueblo del profeta eran los judíos. Por lo tanto, es aceptado que el ángel que el Señor había asignado a los Israelitas en los días de Moisés, para guiarles a través del desierto y llevarlos por las naciones idólatras que destruiría por medio de ellos, es el mismo San Miguel.

  
En el libro del Exodo el Señor dijo a los Israelitas:

  "He aquí que yo voy a enviar un ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te conduzca al lugar que te tengo preparado. Pórtate bien en su presencia y escucha su voz: no le seas rebelde, que no perdonara vuestras transgresiones, pues en el esta mi Nombre. si escuchas atentamente su voz y haces todo lo que yo diga, tus enemigos serán mis enemigos y tus adversarios mis adversarios. Mi ángel caminara delante de ti y te introducirá en el país de los amorreos, de los hititas, de los perizitas, de los cananeos, de los jivitas y de los jebuseos; y yo los exterminaré. No te postrarás ante sus dioses, ni les darás culto, ni imitaras su conducta; al contrario, los destruirás por completo y romperás sus estelas. Vosotros daréis culto a Yahveh, vuestro Dios". -Ex 23:20.

  Después de la muerte de Moisés, según la tradición judía (referida en Judas 9) San Miguel altercaba con el diablo disputándose el cuerpo de Moisés. En obediencia al mandato de Dios, San. Miguel escondió la tumba de Moisés, ya que la gente y también Satanás querían exponerla para llevar a los Israelitas al pecado de idolatría.
San Miguel recibió de Dios el encargo de llevar a término sus designios de misericordia y justicia para su pueblo escogido. Vemos como Judas Macabeos antes de iniciar cualquier batalla en defensa de la ley y del Templo clamaba la ayuda de     San Miguel y le confiaban su defensa:

  En cuanto los hombres de Macabeos supieron que Lisias estaba sitiando las fortalezas, comenzaron a implorar al Señor con gemidos y lagrimas, junto con la multitud, que enviase un ángel bueno para salvar a Israel.... Cuando estaban cerca de Jerusalén apareció poniéndose al frente de ellos un jinete vestido de blanco, blandiendo armas de oro. Todos a una bendijeron entonces a Dios misericordioso y sintieron enardecerse sus ánimos  -2 Mac 11:6

  Tu, soberano, enviaste tu ángel a Exequías, rey de Juda, que dio muerte a cerca de ciento ochenta y cinco mil hombres del ejercito de Senaquerib. Ahora también, Señor de los cielos, envía un ángel bueno delante de nosotros para infundir el temor y el espanto. ¡Que el poder de tu brazo hiera a los que han venido blasfemando a atacar a tu pueblo santo! -2 Mac 15:22.


En la Nueva Alianza

  La posición de San Miguel es también muy importante en el N.T. donde continúa su poderosa defensa.  Con sus ángeles, el libra la batalla victoriosa contra Satanás y los ángeles rebeldes, los cuales son arrojados del infierno.  Es por eso venerado como guardián de la Iglesia.

  "Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Angeles combatieron con el Dragón. También el dragón y sus ángeles combatieron pero no prevalecieron y no hubo ya en cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero"   -Apocalipsis 12,7-9
  La carta de Judas se refiere a San Miguel en batalla contra Satanás.

  El honor y la veneración a San Miguel, como testifican los padres de la Iglesia, ha sido parte esencial de la vida de la Iglesia desde sus inicios. Se le han atribuido un sin numero de beneficios espirituales y temporales. El emperador Constantino, atribuyó a este arcángel, las victorias sobre sus enemigos y por ello le construyo cerca de Constantinopla una magnifica iglesia en su honor. Esta se convirtió en lugar de peregrinación y muchos enfermos recibieron sanación gracias a la intercesión de San Miguel.


 APARICIONES DE SAN MIGUEL

   San Miguel ha aparecido en muchas ocasiones a aquellos que invocaron su ayuda. He aquí algunas:

ESPAÑA: Garabandal

FRANCIA: Juana de Arco, Santa.

Un caso muy conocido y autentico es la asistencia que este arcángel dio en la extraordinaria misión que el Señor le había encomendado de ayudar al rey francés a restaurar la paz y prosperidad en su reino y expulsar a los enemigos de sus costas.
Monte de San Miguel.

En Francia, también se apareció en el Monte San Miguel, donde hay un famoso santuario consagrado a este Arcángel. Tiene la característica de que 2 veces al mes, las olas cubren la carretera de acceso y el lugar se convierte temporalmente en isla.

ITALIA: Roma, Santa María la Mayor - Gargano

KOREA: Naju - Donde una estatua de la Virgen ha estado llorando sangre y dando mensajes a Julia Kim, han habido ya siete milagros Eucarísticos. Entre ellos en presencia de Obispos y Cardenales, Julia recibió la Eucaristía de parte de San Miguel Arcángel.

MEXICO: San Miguel del Milagro, Tlaxcala

PORTUGAL: Fátima - En 1916 se les aparece el ángel por primera vez. Se arrodilla en tierra inclina la frente hasta el suelo y pidió que oraran con el: "Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no Te aman".  

Segunda aparición: "¡Rezad, rezad mucho. Los corazones de Jesús y María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo!"

Tercera aparición: Se aparece con un cáliz en sus manos sobre el cual esta suspendida una Hostia, de la cual caían gotas de sangre al cáliz. Dejando el cáliz y la hostia suspensos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces: "Santísima Trinidad, Padre , Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que El mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores".

Después se levantó y dio la Hostia a Lucia, y el contenido del Cáliz a Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo: "Tomad el Cuerpo y bebed la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios.

Estas son solo unas pocas de las conocidas apariciones de San Miguel. Aparte de las extraordinarias apariciones visibles, el arcángel San Miguel está invisiblemente activo para ayudarnos, ya que el Señor le dio un amor compasivo por los hombres y no hay alma que escape su atención.


San Miguel Arcángel, ruega por nosotros.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista


 Visto en: www.corazones.org - Obra de Madre Adela Galindo, Fundadora - SCTJM