viernes, 23 de junio de 2017

San Juan Bautista: Nuestro Patrono (Repost) - Por Augusto TorchSon


     Juan el Bautista es el único santo cuya fiesta se celebra en el día de su nacimiento.

       Fue concebido a pesar de la esterilidad de su madre y la vejez de ambos padres.

       El Ángel Gabriel al anunciar a su incrédulo padre la llegada de su hijo, dijo: "No tengas miedo, Zacarías; pues vengo a decirte que tú verás al Mesías, y que tu mujer va a tener un hijo, que será su precursor, a quien pondrás por nombre Juan. No beberá vino ni cosa que pueda embriagar y ya desde el vientre de su madre será lleno del Espíritu Santo, y convertirá a muchos para Dios".

       San Juan Bautista no nació en pecado como el resto de los hombres ya que fue purificado en el seno materno ante la presencia de Jesús en el vientre de la Santísima Virgen María.



    En el “Cántico de Zacarías” al referirse a la misión de su hijo, éste decía: “‘y tú niño serás llamado Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor preparando sus caminos, para hacer conocer a su Pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados”.

     Y en la preparación de los caminos de Nuestro Señor, Juan predicaba el bautismo de penitencia, y esa predica no era dulce y suave a los oídos, sino más bien recia e imperativa: “convertíos”, de ninguna manera buscando agradar, sino queriendo hacer tomar conciencia del pecado.

     Hoy asistimos a la pérdida casi absoluta del sentido del pecado. El querer ser como dioses que hizo caer a Adán y Eva, nos lleva también a nosotros a determinar el bien y el mal. La prédica del pecado y del Infierno, son temas mayoritariamente tabúes en la Iglesia cuando deberían ser no solo una obligación, sino un deber de caridad, advertir a nuestros hermanos para que no se pierdan eternamente. Sin embargo hoy desde las más altas jerarquías se promueve la tolerancia, no ya hacia quien yerra, sino al error mismo; se promueve el “respeto humano” hacia las diferentes y falsas religiones, en donde debemos dejar de lado la propuesta evangélica de llevar la Buena Nueva al mundo entero, para no molestar a los no católicos o como se dice actualmente: “no querer imponer nuestras ideas”, como si la verdad fuera una cuestión ideológica.

    Por eso al elegir el nombre de Nacionalismo Católico San Juan Bautista, lo hicimos con el propósito de pedir la protección de este gran santo de quién dijo Jesús: “No ha surgido entre los nacidos de mujer nadie mayor que Juan el Bautista”. Asimismo le pedimos asistencia para estar dispuestos a seguir su ejemplo aun cuando eso implique ser perseguidos por la ira y la venganza de los adúlteros de la libertad y la justicia, y podamos ser fuertes y no desistir ante ninguna amenaza del cumplimiento de nuestros cristianos deberes.
  
     San Juan predicaba la necesidad de conversión para la venida del Señor, y hoy tenemos que hacer lo mismo pero esta vez para su regreso cada vez más cercano.

     En tiempos en donde el sostenimiento de la verdad va a implicar el martirio como lo fue para el Bautista con su decapitación, queremos prepararnos sabiendo que a pesar de que para el catolicismo liberal imperante esta predica pueda sonar pesimista, nosotros sabemos que Dios saca provecho aún del mal.

     Rogamos a San Juan interceda por nosotros ante Dios para poder imitar su ejemplo sin buscar protagonismos, como cuando dio un paso al costado diciendo: "conviene que él crezca y que yo mengüe"; y en la convicción que la victoria no nos corresponde, solamente la lucha; podamos dar el buen combate, predicando el Evangelio a tiempo y destiempo y quiera Nuestro Señor que como su Siervo y Santo Precursor, podamos también ser "una voz que clama en el desierto"


Augusto TorchSon




Nacionalismo Católico San Juan Bautista

jueves, 22 de junio de 2017

Perón y la Iglesia – Leonardo Castellani



  Tengo tres libros sobre la mesa con este título o tema, además del libro Revolución y Contrarrevolución en la Argentina, de Jorge Abelardo Ramos, en el cual el tema está negado, y por tanto “brilla por su ausencia”, como dicen. Ramos sostiene que el “conflicto con la Iglesia” no existió, pues fue solamente un “pretexto decorativo de la reacción oligárquica” (pag. 450). Un poco más que eso fue evidentemente. ¿Qué fue?


  Me disgusta tomar este tema, desautorizado públicamente como estoy por la Iglesia Jerárquica –o algo por el estilo; pero no tengo más remedio. El periodista es un galeote, un esclavo de las “galeras”. Que me valga San Jerónimo, el primer periodista de la Cristiandad. Total, si yo no hablo, hablarán las piedras, las piedras ahumadas. Ya han hablado.


  El mejor de los tres libros es (para nosotros) Infiltración Clerical, de Pablo Baransky, hijo de un noble polaco y cura rural de la Diócesis de San Juan, que es otro título de nobleza; por la sencilla razón de que toma el asunto en solfa, componiendo una especie de novela o mejor dicho crónica humorística de lo que le tocó vivir en la persecución de Perón; o mejor, de los “peroncitos provincianos” con quienes tuvo que arreglárselas en su pobrecita parroquia de Santa Rosa. 


  La actitud es más señoril y también quizá más justa; y por lo demás, todos los datos esenciales del episodio están al final, desde la pág. 175. Muchos curas o canónigos la tomaron demasiado a la tremenda, empezaron a echar humos; y eso no solamente después de los incendios (pues eso fue realmente tremendo) sino desde el principio. No quiero agraviar a mis cofrades, pero el espectáculo que vi de religiosos enterrando apresuradamente ya en 1954 cálices de oro o copones de plata, no precisamente porque fueran de ellos, sino porque eran “el tesoro de Don Bosco o la corona de la Virgen”, era un poco risueño. No está mal esconder la plata, pero hay modos y modos. El autor de Infiltración Clerical no tenía por de contado nada de eso que esconder, y así pudo tomarlo con más calma y en tono risueño, que es el tono más religioso en este caso.


  Los otros dos libros están escritos con criterio totalmente clerical y con poca calma. El del Canónigo García de Loydi es decente, claro y completo. El otro nos gusta menos (nada), parece un leguito fuera de la vaina, se permite reprender públicamente al P. Carbone, y firma con un pseudónimo: Pablo Marsal S. Cuando tantos nombres propios se manosean y califican en su libro, el autor por honradez debe declarar el propio. Uno de los libros parece tener por objetivo la defensa o elogio del Cardenal Copello. El otro, la tesis de que Perón no tuvo la culpa sino “los que lo rodeaban”.



Comandos peronistas con atuendos robados en las Iglesias


  Ramos, califica duramente, aunque soslaya, todo el episodio. Para él la Iglesia Romana hace mucho (no dice cuánto) está al servicio de los diversos imperialismos (por su “identificación” con Mussolini, y después con la Banca Morgan) y es en sí misma una especie de imperialismo moral; los nacionalistas y los clericales y los rosistas (y los católicos) todo es uno; y el clero ha intervenido para estorbar y obstaculizar cada vez y siempre que el país se enderezó por el camino de la grandeza. Es curioso que Ramos en el caso de Perón minimiza o nulifica el “influjo del clero”; al cual en todos los otros casos le atribuye una magnitud exorbitante, que obviamente no posee. No dice que el país está atrasado en electrotecnia por culpa del clero, pero parece pensarlo.


  El influjo del clero existe, no sé si decir “gracias a Dios”; pero es más bien como el Pelente o las pastillas insectívoras Yale, que no ese martillo pilón que Ramitos sueña. Su influencia existe, pero se ejerce más bien por inhalación o “infiltración” (por enseñanza de la doctrina cristiana) que no corporativamente (o por acción política): por la razón sencilla de que el clero en la Argentina es difícilmente un cuerpo; por la otra razón sencilla de que la cabeza es difícilmente una cabeza. El Obispo de Corrientes,  por ejemplo, predicó directamente contra Frondizi en las últimas elecciones: y ganó Frondizi las elecciones.

  Ninguno de los dos libros clericales puede dialogar con Ramitos ni Ramitos con ellos ni con 50.000 más que se hagan por el estilo; porque Ramitos, lo mismo que Perón, no percibe el interior de la Iglesia sino sólo lo exterior, donde están situados también los dos libritos clericales. Y ellos defienden lo exterior, pues de eso viven; y a Ramitos esa corteza le da en el rostro y lo irrita; la cual dicha y dichosa corteza en la Argentina está demasiado desarrollada, y en parte, chuya. El que no percibe sino lo exterior de la Iglesia no puede escribir bien sobre la Iglesia. Quisiéramos ver a la revista oficial Criterio o al diario católico El Pueblo refutando a Jorge Abelardo Ramos… No pueden refutarlo; porque la corteza que Ramos percibe, existe y es repelente; y justamente de esa corteza forman parte los CRITERIOS.


  ¿Por qué, pues, cada vez que a la Iglesia Argentina le ha ido bien, al país le ha ido mal, como en tiempos de Mitre y otros cercanísimos a nosotros; y cada vez que el país agarro el camino ascendente, la Iglesia se plantó en el medio como con Roca y con Perón? –se pregunta Ramos. El planteo es inexacto y ambiguo; sin embargo…


  Para reforzar a Ramos por puro gusto, copiaré dos párrafos del libro “Palabras, Palabras, Palabras” de un ensayista argentino. Dice así en su capítulo “Politización y amoralidad”, pág. 27: “Ser argentino y ser católico se está volviendo dos cosas antagónicas, que Dios nos libre y guarde; sobre todo ser argentino “muy-pero-muy católico”. Cuando más mal le va a la Patria Argentina, más bien y mejor le va a la Iglesia, y viceversa: por lo menos según una “Historia de la Iglesia Católica”, tomo IV, pág. 658, que hemos estado leyendo (Biblioteca de Autores Cristianos, Madrid, 1951, Nº 76). En esa “historia” se asevera que el Papa erigió en la Argentina  en 1830 “la Diócesis de Panamá” que Rosas “déspota y dictador” sostuvo que en 1849-1850 ”una guerra desastrosa con Francia, Inglaterra y el Brasil”, y que “arrastró al país” a ese desastre; que expulsó a los jesuitas “y otros religiosos” (¿cuáles?) y que cuando a la Iglesia le fue realmente bien en este país fue durante las Presidencias de Urquiza y Mitre, y un poco durante Figueroa Alcorta ( ¡que Dios mande a su Iglesia Gobernantes masones!), que fue justamente cuando a la Patria le fue mal. Indica además que hay aquí por lo menos desde 1918 una “Universidad Católica” y un “Partido Católico”; y que el diario El Pueblo es una maravilla: en lo cual último estamos medio de acuerdo.”


  “No repararíamos en este disparate (bastante propio de la “grandiositá spagnuola”, que dice Carducci) si no fuera por el “criterio” usado por el historiador, a saber: que a la Iglesia Católica le va bien cuando un gobierno, masónico o no, le hace regalitos, como el General Mitre, que “le regaló el terreno del Seminario”, dato que creemos erróneo, encima, no de su peculio particular en todo caso. Bien, ahora gracias al General Mitre hay Seminario, pero no hay Seminaristas. Ese “criterio” es indigno de un varón religioso, y aun de un adulto; pero es el criterio del P. Leturia, buen hombre por lo demás, si eso se compadece con el no tener honradez profesional. El mismo criterio es, por lo demás, de los sacerdotes argentinos que bendicen a la vez la bandera de Belgrano, la fábrica de heladeras “Most-Better” y la ley 1420. Los miembros del actual Gobierno y el Dr. Atilio Dell`Oro Maini están excomulgados, si no nos engañamos, en virtud del canon 2334, latae sententiae. De esta excomunión no se hace estado; se hace estado de la excomunión del “Otro”(1) que antes no era “el Otro”; porque mando a pasear gratuitamente a dos Monseñores(2) haciéndolos héroes de golpe…”


  Hasta aquí el ensayista… inédito. Pero volvamos al “Otro”. He aquí lo que pasó, “assicondo noialtri”. El “Otro” no era ateo, como cree Ramos, ni un buen católico justicieramente enrabiado como cree Rebeldía (3), sino católico mistongo, más todavía que San Martín: el cual fue probablemente un católico tibio. Veía a la Iglesia como un organismo político, al cual favorecer por amor de los benditos y bienhadados votos, y el prestigio personal; pues el carecía de toda percepción de las realidades y fuerzas morales. Cosa grave en un político, aunque sea muy vivo. Por otra parte, veía que algo andaba más en la Iglesia indígena, o al menos que ella no era tan divina como pretendía; y eso, más por lo que le cuenteaban que por sí mismo, pues él personalmente con “momias” no quería perder tiempo. Éste fue Perón todo el tiempo, créanme. Fue un argentino típico (4).


  Llegó el momento en que (como Roca) percibió que su poder personal no absorbía ni digería ese otro poder “político” que tenía enfrente, incomprensible para él; que al revés de los “otros” partidos argentinos o entidades políticas, era COLOIDAL a su Justicialismo; y empezó a apretarlo un poco a fin de obtener la “gratitud” que a él le debía, y la adhesión incondicional (de acuerdo con el juramento que hacen los Obispos “reconociendo su Alto Patronato”) que todos tenían que mostrarle… y le mostraban. De hecho intentó dividir el Clero y al Episcopado en “buenos cristianos” y “malos cristianos”, según que fueran peronistas o no. Me consta, porque yo mismo, modestia aparte, fui solicitado por un clérigo vinculado a Remorino (5) a volverme buen cristiano; cosa que yo deseo ser, pero es muy difícil serlo… a gusto de todos.


  Esta nueva actitud fue alimentada rápidamente por muchos “circundantes”, algunos de ellos para llevar el agua a su molino, o mejor dicho, el ASCUA (6) a su sardina, e incluso para hacerlo tropezar al Duce; como de hecho tropezó –tropezó suicidalmente.


  Perón fue el responsable del incendio de las iglesias o templos. “En táctica siempre hay que devolver de inmediato el golpe aunque sea mal y torpemente: peor es quedarse aturdido y no contragolpear” era uno de sus axiomas políticos-militares que él explicaba en sus “clases magistrales”. El golpe en este caso fue la enorme manifestación católica silenciosa de Corpus 1955; que a él le pintaron esencialmente diferente de lo que en realidad fue, para enfurecerlo. Hay indicios de que el Conductor estaba entonces decidido a , aun ansioso de, dar marcha atrás y reconciliarse con los Magnates Eclesiásticos cuando comenzó el humo, es decir, la matanza de Plaza de Mayo; cuyo contragolpe fue el incendio de los templos, que no alcanzó por cierto a los marinos, al contrario, les hizo el juego (7). Al fin y al cabo, Carlos V saqueó a Roma y después se arregló y amigó entrañablemente con Paulo IV –le decía un consejero eclesiástico o eclesiástico consejero, actualmente fuera del país. Pero ya era tarde.

 
  Cuando estuve en Lourdes en 1956, los eclesiásticos franceses, españoles e italianos que allí encontré tenían esta idea (los ingleses, más prudentes, no tenían idea alguna) acerca de la Argentina, paisillo que por un momento se había puesto de moda “Perón favoreció a la Iglesia; después la persiguió; y los católicos LO VOLTEARON.” Yo les decía con modestia: “No es eso exactamente”, pero no discutía con ellos: la Argentina les interesaba menos que Rumania o Bulgaria; pues eso es en realidad la Argentina, excepto para nosotros.


  Pero la persecución fue verdadera persecución, y torpe por añadidura, letra de tango y no mero humo de pajas. No precisamente por haber amenazado (sin tocarlos al fin) los famosos “bienes eclesiásticos”; sino más bien por haber tocado la estructura religiosa tradicional de la familia argentina con el “divorcio”, el derecho natural de los padres de familia con las leyes de enseñanza y al fin la moralidad y decencia pública con escándalos y malos ejemplos de toda clase. Ramos se burla sin razón de este último motivo; y se equivoca al asignar como único motivo real la “fuerza política” de la Iglesia en los episodios históricos de Rivadavia, Roca y Perón.


  Rivadavia, Roca y Perón atacaron a la Iglesia Argentina no por demasiado fuerte sino por demasiado débil. Difícilmente un poder temporal argentino atacará a la Iglesia si esta lucha por los bienes netamente espirituales, en cuyo caso ella es fuerte, porque está en su terreno. Cuando está embarazada con sus bienes materiales, “que son también espirituales” (cosa que yo no dudaría un momento si tuviera alguna parte en ellos, una prebendita cualunque), la Iglesia anda débil e invita al ataque: como pasó con Enrique VIII. Por el contrario, y sin salirnos de Albión, en el famoso asesinato en la Catedral, el Arzobispo Thomas Becket padece martirio por una cosa política aparentemente; pero que en realidad tocaba el corazón de la estructura del Medioevo: los “Fueros” de los Gremios o “Guildas”, nominalmente aquél que estatuía el derecho de que “nadie puede ser juzgado sino por sus pares”; los obreros, por sus gremios; los Lores, por los Lores; los Clérigos, por los Clérigos; los pecheros, por los pecheros; principio capital y sumamente democrático de la organización cristiana medieval. El poeta Eliot pinta al hidalgüelo Becket como terco y un poco mandón; y puede que lo haya sido; más no dilucida bastantemente su “causa”. Uno de los “Tentadores” que salen en el poema dramático podía haberlo dicho derecho: “Estás en hombre político y no en varón religioso: lo que defiendes es tu poder. Eres un ambicioso, aunque sea para la Iglesia. Cristo no fundó si Iglesia para darle poderes temporales” –y el Arzobispo responde: “Te equivocas, you are wrong; defiendo una causa religiosa… y por eso voy a triunfar. Como en efecto triunfó –después de muerto.


  Pero el poeta indica cómo la causa del Prelado se confundía con la del pueblo y los pobres –y no con los tesoros de la Catedral o sus propios feudos de Canterbury: el coro de mujeres proletarias gira y gira en torno al caprichudo hijo de Lord Becket como ovejas aterrorizadas y tercas –y como lobas con hijos- alrededor del “jefe nato, del gran Varón de Iglesia.


  Que los Monseñores no se mostraron muy jefes y se asustaron un poco de más, y que algunos curas hicieron demasiado barullo (instintivamente, sin consigna alguna de arriba) es voz común, y es probable. Yo puedo decirlo, aunque faltando a la modestia, porque aosadas fui el sacerdote más perjudicado materialmente por la persecución peronista y conservé bastante la calma; aunque no tanto como el risueño curita Baransky, mi antiguo Secretario; a juzgar por su risueña crónica o novela o nivola o lo que sea. Fui atropellado como “sacerdote”, y no como “opositor”, por cierto; y el primero de todos. Todavía no le he pasado la cuenta a Aramburu ni a Mons. Laffitte.

La Iglesia Argentina visible ha sido apaleada dos veces en poco tiempo; por lo menos yo fui apaleado dos veces, quizá por demasiado… visible. Nunca escapa el cimarrón si dispara por la loma. Van dos por un camino, y el tercero lo adivino. Pero hay una Iglesia invisible, que Ramitos no conoce, ni puede conocer, no le hago cargos. Las dos son una, como el cuerpo y el alma; aunque ahora en la Argentina parezcan separadas y de hecho estén distendidas. Eso es mala seña, porque la muerte es la consecuencia de la separación del alma y cuerpo; y cuando están distanciados, eso es enfermedad. La Iglesia de Cristo no morirá nunca, aunque pasará “agonía”. Pero el mundo sí morirá un día. Dios nos pille confesados. Por lo menos, así me han enseñado a mí. No puedo decir a Ramitos, ni siquiera brevemente, que cosa es ese “espíritu” de la Iglesia que no morirá: no es como “ese vínculo espiritual que une a SHELL-MEX con el productor argentino.” –que dice en este momento el locutor; no, no es así.

  Para hacer todo mi deber de gacetillero “malgré soi”, juzgaré el libro de Ramos muy brevemente; aunque muy mucho se preste a hablar, en mal y en bien. Es un libro muy bien hecho, de un hombre de talento y de trabajo y de ánimo generoso, lo que se ve al menos: el fondo de él es un gran clamor, y ese clamor es argentino; pero es en cierto modo deforme, a causa de sus prejuicios y su esquema político en demasía simple.


  Se puede decir en suma que su filosofía es deficiente y su historia es certera en general; más sus juicios de personas particulares –Rosas, Mitre, Roca, Irigoyen, Ibarguren, Sánchez Sorondo Matías y Marcelo, Uriburu, Ramón Doll, Castellani, Ernesto Palacio, etc.-son sumarios y terribles. Sin embargo cuando un hombre de ánimo generoso se pone a pensar por sí mismo, puede ir muy lejos; y éste es un hombre que camina, cada uno de sus libros ha marcado un avance en el “ranking” (¿Por qué no decir “rango”, si en Castilla se dice “rango”?) intelectual. Libro deforme y áspero, pero fibroso para personas preparadas y mayores, véanse los lúcidos análisis del final, por ejemplo.

No lo recomendamos a los “criterios”, como ya está dicho.



***



Si Cristo fuese crucificado en Buenos Aires
entre dos ladrones, al tercer día resucitarían los
dos ladrones.







1 Perón.

2 Perón expulsó del país a Monseñor Tato y a Monseñor Bonamín.

3 Una hoja editada por el P. Hernán Benítez.

4 Lo mismo dice Borges. Perón y Borges representan la aparente oposición de los “hermanos siameses”.

5 Canciller de Perón.

6 ASCUA fue un grupo liberal combativo.

7 El 16 de junio de 1955 la aviación bombardeó la Casa de Gobierno y ametralló la Plaza de Mayo, masacrando gran cantidad de civiles. Perón salvó la vida porque se había refugiado en la Secretaría del Ejército. En represalia, ese mismo día el Gobierno hizo detener a más de 100 sacerdotes y permitió el incendio de ocho Iglesias en el centro de la Capital.




Leonardo Castellani: "Dinámica Social" Nº 89, Marzo de 1958, p. 7-9 Citado en Castellani por Castellani, Mendoza, Ediciones Jauja, 1999, Págs. 259-265



Articulo enviado por Santiago Mondino




 Nota de NCSJBDos hechos precipitaron los trágicos acontecimientos sucedidos el 16 de junio de 1955 y avizoraban el derrumbe del régimen Peronista que gobernó la Argentina desde 1946 hasta 1955: el conflicto con la Iglesia y el proyectado convenio con una empresa petrolera norteamericana por el cual se le entregaba una extensa región de la Patagonia. Entre las medidas contrarias a las enseñanzas del Magisterio católico el Estado dispuso la supresión de la enseñanza religiosa obligatoria, el divorcio, la equiparación de hijos legítimos e ilegítimos, se resolvió convocar a una nueva reforma constitucional para imponer la separación de la Iglesia y el Estado entre otras medidas que echarían más leña al fuego. No faltó detalle en esa ofensiva antirreligiosa: hasta se dispuso la reapertura de los prostíbulos. Otras opiniones atribuyen el enfrentamiento de Perón con la Iglesia al disgusto que causó en la dirigencia eclesiástica la presentación en el estadio del club Atlanta -hacia mayo y junio de 1954- del pastor evangélico Theodore Hicks, que realizaba curaciones milagrosas ante nutridas multitudes. Antes de su presentación, el cuestionado "milagrero" había sido recibido personalmente por Perón. Cabe recordar que ya en 1950 grupos católicos habían vivido como una provocación el multitudinario acto efectuado en el Luna Park por la Escuela Científica Basilio, reconocida en aquel tiempo como la vanguardia más activa del movimiento espiritista.
  Esos dos hechos aceleraron la preparación revolucionaria. En junio de 1955, el ambiente estaba ya formado. Solo faltaba el alzamiento popular, juntamente con el de gran parte de las fuerzas armadas.
  Lo cierto es que el conflicto quedó planteado en toda su crudeza el 10 de noviembre de 1954, cuando Perón dijo públicamente, en una reunión de gobernadores, que en la Argentina había curas y prelados que estaban desplegando actividades perturbadoras (lo cual era verdad). Tras nombrar uno por uno a esos sacerdotes que actuaban como enemigos de su gobierno, Perón destacó que pertenecían, principalmente, a tres diócesis del interior: la de Córdoba, la de Santa Fe y la de La Rioja. A partir de allí, la crisis se fue agudizando. Los diarios de la cadena oficialista lanzaron una agresiva campaña contra la Iglesia y pronto el enfrentamiento escapó a todo control. Un dato que es importante remarcar es que el manejo de la prensa estaba en manos del judío y miembro de la Masonería Raúl Apold designado por el judío Ángel Borlenghi, casado con la judía Clara Maguidovich y cuñado del Subsecretario del Interior Abraham Krislavin, ambos masones y socialistas, quien daba órdenes a los periodistas peronistas de que tuvieran una actitud hostil hacia la Iglesia y trataran con simpatía a los judíos, los sionistas y el Estado de Israel. Raúl Apold fue el que designo a cargo del estatizado Suplemento Cultural del diario “La Prensa” al judío Isaac Zeitling Porter, más conocido por su alias de “Cesar Tiempo”, quien introdujo allí a otros judíos como Prilutzky Farny.

  El malestar continuó creciendo y se llegó, en medio de una creciente tensión, a la famosa procesión de Corpus Christi del 11 de junio de 1955. Ese día, luego de una Misa en la Catedral, los fieles católicos comenzaron a recorrer la Avenida de Mayo en nutridas columnas, desafiando la prohibición policial (el régimen peronista había prohibido las reuniones públicas y manifestaciones que no fueran las organizadas por los seguidores del gobierno). La marcha era silenciosa, pero trasuntaba un fuerte espíritu de rechazo al peronismo gobernante. Se advertía de lejos que la columna se había engrosado con sectores interesados especialmente en manifestar contra Perón.

  La procesión llegó hasta el Congreso y allí se disolvió. Posteriormente, ante el estupor general, el gobierno informó que en la plaza del Congreso los católicos, antes de disolverse, habían quemado una bandera argentina. Pronto se supo la verdad: la quema de la bandera había sido hecha, en realidad, por los agentes de una comisaría céntrica con el fin de endilgarse a los manifestantes católicos ese gesto de antipatriotismo.

  En la mañana del 16 de junio de 1955, oficiales de la Aviación Naval atacaron Plaza de Mayo en un intento por terminar con el gobierno del presidente Juan Domingo Perón. El Registro Civil contabilizó oficialmente 169 muertos: 168 por heridas de metralla, balas, quemaduras o explosiones, y uno, el italiano Domingo Stirparo, de 89 años, fallecido por síncope cardíaco. Ninguna bomba alcanzó directamente la Plaza de Mayo, aunque algunas pegaron muy cerca, sobre el borde. Los muertos y heridos por bombas y metralla se produjeron sobre la avenida Paseo Colón. El mayor número de víctimas se generó por los disparos cruzados en la batalla por el Ministerio de Marina. El diario Clarín del día siguiente hizo un recuento de 156 muertos y 846 heridos; publicó, además, los nombres y apellidos con sus internaciones en la Asistencia Pública y en los policlínicos. Lo cierto es que no había ningún acto público, ni se había convocado a nadie y, además, con 200 personas no se llena esa plaza. Se la colma con cien mil, pero esa tarde estaba vacía, porque del lugar se fueron todos apenas se escuchó la primera estampida. No quedaron ni las palomas.

  Sin duda que ese bombardeo fue un acto de grave irresponsabilidad castrense, por las muertes civiles que ocasionó, pero la actitud del ministro de Ejército, el general Franklin Lucero  de sacar tres horas antes al Presidente, sin alertar al personal de la Casa y sin evacuar la zona aledaña indica falta de interés en proteger a los transeúntes, expuestos al bombardeo. “Nosotros, por nuestros servicios de informaciones, ya habíamos sido advertidos con anterioridad”, asumió el Presidente por la cadena de radio.

  En las primeras horas del 15 de junio fueron allanados en Buenos Aires y en el interior, parroquias, asilos, colegios, seminarios, monasterios y todos los locales en que funcionaban centros o círculos de la Acción Católica y clausuradas las sedes de la junta central, consejos femeninos y consejos de hombres.

  El 16 de junio se cumplió la orden de incendiar los templos de la ciudad de Buenos Aires, y otros del interior. La agresión fue realizada por diversos sectores del peronismo, y muy particularmente por las fuerzas de choque existentes en varias reparticiones públicas.

  La curia fue regada con nafta por los peronistas, preparando el incendio que se realizó entre las 15.30 y las 16.45 ante la pasividad de los bomberos que estaban allí desde la mañana. Ese fuego no sólo consumió papeles eclesiásticos, también destruyó para siempre el archivo colonial de la ciudad de Buenos Aires, guardado desde 1600.

  En una sola noche, el 16 de junio de 1955, fueron incendiadas más de una docena de iglesias. El mayor número de iglesias atacadas fue en Buenos Aires.  También hubo hechos similares en algunas ciudades del interior de Argentina.

  No fue un incendio aislado ni un desborde ocasional; por sus dimensiones, su sincronización y sus implicancias, rápidamente encontró impacto internacional en los principales diarios del mundo. Tampoco se puede sostener seriamente que los ataques a las iglesias fueron totalmente espontáneos. Los atacantes conocían las direcciones de los 16 templos, sabían dónde atacar y dónde no. Por ejemplo, se evitó atacar a las iglesias de culto católico ortodoxo y a las del culto cristiano copto, pese a encontrarse ambas en el camino de los incendiarios, y no ser nada fácil distinguirlas de una católica romana.

  La insólita agresión a los templos -conviene recordarlo- se consumó con la pasividad cómplice del Ministerio del Interior, cuyo titular era todavía Ángel Borlenghi. Ni la policía ni los bomberos hicieron el más mínimo gesto para contener a los incendiarios ni para evitar la propagación del fuego. Pero la comprobada participación del vicepresidente Tessaire (masón grado 33 para más señas, a cuyas órdenes partieron desde el Ministerio de Salud Pública y otros edificios del gobierno varios grupos hacia los templos luego siniestrados) no exime al General de suficiente incumbencia en lo que vino.

  La responsabilidad de Perón surge no tanto por sus órdenes directas sino por ser el principal promotor en generar un clima anticlerical, con discursos incendiarios en los que no midió sus palabras, especialmente el del día lunes 13 de junio.

  Una vez consumados los incendios, el gobierno salió a ofrecer cuantiosas sumas destinadas a la reconstrucción de las iglesias: procuraba dejar a la jerarquía eclesiástica neutralizada. Sin embargo, las instituciones católicas lo rechazaron.

  Curiosamente, Perón ordenó una "severa e inmediata" investigación para identificar a quienes habían provocado el incendio y el saqueo de los templos. La investigación se hizo y dio origen a un curioso expediente en el cual se terminó responsabilizando oficialmente de esos sucesos "a una logia masónica antiperonista”.
  Como resultado de esos hechos, Juan Domingo Perón fue excomulgado. Ocho años después, el 12 de febrero de 1963, el fundador del justicialismo dirigió una nota al obispo de Madrid. En esa carta, fechada en la quinta 17 de octubre, Perón pedía que se le levantara la excomunión y se manifestaba "sinceramente arrepentido" de los actos que se le imputaban. La respuesta le llegó en menos de 24 horas. El obispo de Madrid, en nota fechada el 13 de febrero de 1963, le comunicó que su petición había sido satisfecha.



Angel Borlenghi judío, socialista y masón, ocupo el cargo de Ministro del interior del gobierno peronista.

Almirante Alberto Teissaire vicepresidente durante el 2do. Gobierno de Perón. Mason grado 33


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

lunes, 12 de junio de 2017

El divorcio - P. Leonardo Castellani




     El argumento más fuerte en pro del divorcio es que el señor Fulánez vive incómodo con la señora de Fulánez, y es una crueldad no dejarlo casar con la señora de Mengánez. Pero se da con frecuencia el caso que el señor Fulánez vive también incómodo sin la señora de Fulánez y con la señora de Mengánez. Se da…

     Los sentimentales se enternecen sobre la mujer del asesino, que está en cadena perpetua, porque no se puede divorciar del asesino; pero no se acuerdan de la mujer del asesinado. Se emocionan de la desgracia de la mujer que se casa con un demente o un contagioso; más la conclusión que de esa sana emoción nuestros mayores hubiesen sacado, es que hay que tener mucho cuidado de no casarse con un demente o un contagioso; y quien no tiene ese cuidado, que se aguante, y que no haga culpable de él a las instituciones.

     Cuando en Inglaterra en 1917 los partidos de izquierda se afanaban en introducir la ley Naquet que se estaba experimentando en Francia, Chesterton escribió el regocijante librito La superstición del divorcio, cuyo solo título es un hallazgo.

     Efectivamente, los partidarios del divorcio son tan inconsecuentes como los partidarios de la ”yetta”, la herradura, o del número 13: desean deshacer el vínculo matrimonial, que encuentran es una esclavitud y una maldición, con el fin de contraerlo después de nuevo. Los partidarios del matrimonio indisoluble y los del amor libre son serios; los del divorcio son cómicos. Quieren atropellar la venerable institución que durante 20 siglos ha constituido el núcleo de la civilización cristiana, y ha formado la admirable raza blanca, para después someterse de nuevo a ella: más lógico es suprimir simplemente el matrimonio.

     En realidad lo hacen o quieren hacer por respeto humano, por la “consideración social”: quieren gozar de la consideración que merece un contrato difícil y honorable, haciéndolo al mismo tiempo fácil y deshonorable. Quieren ser descasados y perderse al mismo tiempo en el ejército respetable de los casados; quieren la igualdad de dos cosas por naturaleza desiguales. Sienten que han hecho algo poco honroso porque si no ¿por qué ocultarlo detrás de otro contrato?

     Si el matrimonio indisoluble es una cosa mala, reaccionaria y “medieval” ¿por qué lo contraen? Y si se han equivocado y lo han contraído por irreflexión (cosa que nunca hay que hacer con un contrato de esa laya) ¿por qué se quedan intranquilos, y se ponen a ansiar que un juez, un escribano y si es posible un cura autorice otra vez solemnemente la próxima equivocación?

     Mas dejando las bromas aparte y la dialéctica (las pasiones no tienen dialéctica) la institución del matrimonio, base de la familia, no debe ser tratada por el sentimentalismo. Es cuestión de razón sociológica.

     El filósofo Juan Bautista Vico descubrió el origen de la diferencia entre “patricios y plebeyos” en la antigua Roma: ese origen radica en los “matrimonios sacros”: patricios-patres.

     Aquellos que en el principio del tránsito del estado silvestre al estado cultural en las tribus latinas, se sujetaron a la primitiva, elemental y sana religión de los dioses Lares, cuyo núcleo, no solo moral sino hasta ritual, era el “matrimonio sacro”, se convirtieron por el mismo hecho de la estabilidad de la familia, y las benéficas consecuencias que de ella derivan, en un núcleo social superior. A ellos fueron a pedir cobijo en sus percances los más atrasados súbditos de la “Venus vaga”, que dice Horacio; y se convirtieron en “clientes”, es decir, en un ceto* social inferior, que se imponía menos obligaciones y cargas, pero también tenía menos derechos religiosos, políticos y sociales.

     Algo parecido puede encontrar el observador en nuestras provincias norteñas, como Salta o Corrientes, donde la tradición es más pertinaz, y la sociedad más cercana a sus leyes naturales.

     Spengler y Toynbee extendieron la ”ley de Vico” a todas las sociedades primitivas, notando (curioso fenómeno) que la rotura del “matrimonio sacro”, y consiguiente des-orden de la familia, coincide en la histórica con la rotura del derecho de propiedad, y las guerras sociales. La propiedad pertenecía a los patricios, y los plebeyos sólo gozaban de ella en cuanto se adherían a la “familia”, constituida fuertemente en un núcleo indisoluble: y eso no por ley o “privilegio” alguno sino como consecuencia natural de esa benéfica y roborante indisolublez.

     De ahí que cuando el patriciado rompió por el divorcio legal la consistencia de ese núcleo, parejamente el plebeyo atentó contra sus propiedades y exigió “igualdad de derechos”. ¿Por qué no, si ya se habían hecho iguales? La diferencia entre el patricio relajado y entregado ya a la “Venus vaga”, y el plebeyo con sus uniones transitorias y sus hijos naturales, se había borrado.

     El divorcio en las clases altas y el comunismo en las bajas son dos fenómenos paralelos. Y los dos, según Spengler (que no es ningún varón religioso) son índices fatales de decadencia social y nacional. De hecho se dan siempre juntos.

     También es dado ver el vínculo sociológico entre el divorcio y la decadencia de una raza: porque los que reciben el impacto de las consecuencias del divorcio son los hijos. Los niños en este caso son los privilegiados; reciben el privilegio de un nuevo padre o una nueva madre, y suelen quedar marcados para siempre por ese sencillo hecho.

     Los sentimientos de los niños son blanditos: el niño es un emotivo constitucional. Y los sentimientos confusos y aturdidos provenientes de la destrucción del hogar y substitución por otro, se imprimen en general para toda la vida, y no con efectos saludables.

     Recuerdo que cuando visité el Kaiserebertdorf  de Viena (el gran reformatorio de menores instalado en el antiguo castillo de Francisco José) el ingeniero Von Waldsdorf me enseñó la estadística, hecha por ellos, de la proveniencia de los menores allí recluidos para su reeducación, por transgresiones de todo grado, desde el parricidio hasta la simple “vagancia”: y me hizo notar que un gran promedio (23%) provenían de hogares divorciados, en tanto (que cosa notable) ni uno solo de los menores criminales provenía de hogares bien constituido**; y eso que la guerra y su saña había pasado sobre el fino y educado “Reino del Este”, Osterreich.

     Esto ha sido constatado ya hasta el cansancio por los sociólogos.  El sociólogo E. Faguet (que si ha habido un liberal en el mundo es él) escribió de paso en su librito “El culto de la incompetencia”, constatando un efecto social de la ley Naquet, lo siguiente: Se ha notado que después de la ley de divorcio (que si fue necesaria, fue una triste necesidad) se dan muchas más, pero incomparablemente más, demandas de divorcio que se daba antes de la “separación”. ¿Depende esto de que, no dando la “separación” sino una libertad relativa, o sea una semi-manumisiòn, se sentía que no valía la pena por tan poco ponerse en movimiento? No lo creo; porque cuando se trata de un yugo insoportable, es natural que se hagan tantos esfuerzos para aflojarlo, bien ampliamente por cierto, como se harían para eliminarlo.

     La verdad es, creemos, que la existencia de la ley civil y su acuerdo con la ley religiosa, daba a los individuos una mentalidad particular en cuanto al asunto del casamiento: “hacía que lo considerasen como algo sagrado, como un vínculo que era vergonzoso romper y que no había que romper sino era absolutamente por fuerza, casi bajo pena de la misma vida. La ley que estableció el divorcio ha sido lo que nuestros padres hubiesen nombrado una “indiscreción” legal: ella ha suprimido un pudor. Salvo cuando el sentimiento religioso es muy fuerte, no se tiene ahora vergüenza de divorciar: sin escrúpulos se divorcian. Ha acontecido un despatarro: el pudor se ha ido abajo, el deseo de libertad arriba. De este despatarro una ley ha sido causa: una ley fruto de costumbres nuevas; pero que a su vez ha creado nuevas costumbres o extendido, desparramado, dado a luz, las que estaban en trance de hacerse.”

     El buen burgués Faguet deplora una cosa que la burguesía trajo. Fue durante la revolución francesa, obra de la burguesía, cuando se forjó la primera ley de divorcio en Occidente cristiano. Napoleón I dio el mal ejemplo (como Enrique VIII) de romper con fraudes legales su propio matrimonio; pero no hizo legal el divorcio para todos: eso le toco a la 3ª República.

     El divorcio nació vinculado con el Liberalismo y por lo tanto con el Capitalismo: los dirigentes de la oligarquía plutocrática saben lo que hacen; no se ilusionan, no cometen errores. Un profundo instinto les ha marcado el hogar doméstico como el obstáculo de más consistencia en su inhumano “progreso”. Sin la familia fuerte, quedamos desvalidos ante el avance del Estado superfuerte, que en este caso es el Estado esclavista. La familia cristiana es la única fuerza actual capaz de repeler el Capitalismo. Es una fuerza que ataca “de a dos en fondo”.

     No sabemos si el divorcio es también actualmente, como en Francia, una “triste necesidad” para la Argentina. Eso es cuestión de sociólogos y políticos; nosotros nos limitamos en este artículo al desairado quehacer del “teórico”.

     En Italia, por los “pactos lateranenses”, se han creado de hecho dos matrimonios: el “civil” pasible de disolución de vínculo, para los no católicos, y el religioso indisoluble, para los católicos, respetando el Estado así los dogmas del Cristianismo, que reconoce como religión de los italianos. La objeción que oímos allá contra legislación es aquesta: “¿Por qué obligar a apostatar a gente que es católica a medias?”, porque efectivamente, se obliga a juramento firmado de que “no son católicos” a los que eligen el matrimonio de la “Venus vaga”. Es cierto que en materia de Cristianismo hay muchos grados; y existen hoy por desgracia muchos que sólo son cristianos “por el nombre que ostentan, el bautismo que profanan y la fe nominal que no entienden ni practican”, como dice el amigo Ducadelia. Obligar a estos a declararse de una vez, y declarar con su conducta si son o no son en definitiva ¿es un bien o un mal? Ecco il problema… político.

     Nuestros Obispos sabrán resolverlo, confiemos en Dios. Nosotros, pobres doctores, sólo sabemos enseñar modestamente que según la experiencia histórica el divorcio está ligado en todas partes con la decadencia de las razas y el desorden de las sociedades.



* Grupo

** He aquí la estadística del Ing. Heinrich von Waldford: Huérfanos 6%. Sin padre conocido 18%. Madres solteras 13%. Divorciados 23%. Viudas de guerra 0%. Padres alcoholistas 11%. Prostitutas 21%. Varios 7%. De hogares bien constituido 0%. (L.C.)





Leonardo Castellani: “Castellani por Castellani”, Mendoza, Ed. Jauja, 1999, pags. 321-325




     Este artículo fue publicado con el título Las pasiones no tienen dialéctica en Dinámica Social Nª 47, julio de 1954, cuando Perón amenazaba con legalizar el divorcio. Luego Castellani cambió ese título por el presente.



 Enviado por Santiago Mondino



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

sábado, 3 de junio de 2017

Novedad Editorial: Cuatro años con Francisco: La medida está colmada



Cuatro años con Francisco: La medida está colmada

Alejandro Sosa Laprida  
Miles Christi


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Francisco recibiendo el crucifijo comunista de manos del presidente boliviano Evo Morales



Índice

Prefacio de Flavio Infante

1. La medida está colmada
2. El proselitismo es pecado
3. Jesús se hizo serpiente
4. Francisco el pornógrafo
5. Caleidoscopio bergogliano
6. ¡Vayan con los anglicanos!
7. Hay que reinterpretar a Jesús
8. Francisco, comunista y excomulgado
9. La bula que se burla de la misericordia
10. Sobre las dudas de los cuatro cardenales
11. Piezas escogidas del « magisterio » bergogliano
12. Dejate misericordiar, por Federico Mihura Seeber
13. El concilio de los malhechores me ha asediado, por Jean Vaquié
Postfacio de Augusto Torchson

A Jesús y María con amor

Prefacio

Las florecillas de Francisco y la Babel esjatológica

Flavio Infante

Si no hubiese habido una cuidadosa preparación, una propedéutica adecuada al término finalmente alcanzado, la artillería de groserías, blasfemias y herejías de Bergoglio habría sido rechazada desde el comienzo de su incomparable pontificado. Por desgracia se ha cumplido, a lo largo de varias décadas, una eficaz adaequatio de los oídos y de las mentes de la inmensa mayoría de los fieles y los clérigos a los embrollos teológicos, a los errores más o menos enmascarados, al no-decir-nada de tantos documentos papales y conciliares, de manera de alcanzar esta instancia, que ha sido llamada de «plena actualización del Concilio», la hora de exprimir y consagrar las consecuencias de las premisas asentadas oportunamente en el Vaticano II: libertad religiosa (= laicismo de Estado), colegialidad y ecumenismo (vale decir, la transcripción eclesiástica de la funesta tríada liberté, égalité, fraternité ya sin ningún embozo). La prueba del éxito de la estratagema revolucionaria se asienta en el simple hecho de que hoy día, ante la irreverencia sistemática del «obispo vestido de blanco» para con la fe católica, no se ve alzarse un cardenal Ottaviani, ningún monseñor Lefebvre o De Castro Mayer para oponerse a la demolición programada. La tiranía de los faits accomplis, inconmovible a esta altura, alcanzó a infestar la conciencia de los bautizados. […]

Esta infestación del modernismo ha ido tanto más allá que los más temibles de los pronósticos, que ahora se comprende mejor cuán vanos fueran los ingentes esfuerzos de san Pío X tratando de extirpar de la Iglesia este cáncer tan invasor, a pesar de que el santo Papa Sarto había previsto que un día la apostasía habría alcanzado un ápice entonces inimaginable. Por otro lado, había sido justamente su predecesor quien compusiera el texto del exorcismo contra Satanás y los ángeles apóstatas -escrito después de una célebre visión acerca del futuro de la Iglesia- y quien lo incluyera desde entonces en el Rituale Romanum, uno de cuyos fragmentos reza que «allí donde fue establecida la Sede de Pedro y la cátedra de la Verdad que debe iluminar al mundo, [los enemigos de la Iglesia] han elevado el abominable trono de su impiedad con el designio inicuo de herir al Pastor y dispersar al rebaño», palabras que dan escalofríos y que al día de hoy se leen como una profecía cumplida. […]

«Se atizarán fuegos para testimoniar que dos más dos son cuatro. Se desenvainarán espadas para demostrar que las hojas son verdes en verano», escribió Chesterton en previsión de la fatal pérdida del juicio que hoy, finalmente, se verifica en todo el mundo. No habremos descubierto América con estas precedentes observaciones, pero sí habremos humildemente contribuido, junto al  autor de este volumen, a dar cuenta de una evidencia desestimada incluso por muchos hombres de Iglesia en este « silencio como de media hora » (Ap. 8, 1) que precede al juicio de Dios sobre nuestro tiempo y sus actores.


La medida está colmada
« Los más astutos enemigos han llenado de amargura a la Iglesia, esposa del Cordero Inmaculado, le han dado a beber ajenjo, han puesto sus manos impías sobre todo lo que para Ella es más querido. Donde fueron establecidas la Sede de San Pedro y la Cátedra de la Verdad como luz para las naciones, ellos han erigido el trono de la abominación de la impiedad, de suerte que, golpeado el Pastor, pueda dispersarse la grey. ¡Oh, invencible adalid, ayuda al pueblo de Dios contra la perversidad de los espíritus que lo atacan y dale la victoria! [1] » León XIII.


Introducción 

1. El homosexualismo no es condenado sino « integrado »

2. El laicismo va en el sentido de la « Historia »

3. Iglesia y Sinagoga, una misma dignidad

4. Herejías caracterizadas

5. Destrucción del matrimonio y abolición del pecado por la falsa misericordia

6. El mundialismo, la ecología y la encíclica Laudato Si’

7. Blasfemias espeluznantes  

8. Apoyo al islam y a la inmigración musulmana en Europa

9. Francisco, Teilhard de Chardin y el panteísmo

10. Francisco, paroxismo del ecumenismo conciliar

11. La cuestión de la pena de muerte

12. Hacia un gobierno mundial

Conclusión
« Los más astutos enemigos han llenado de amargura a la Iglesia, esposa del Cordero Inmaculado »[2]


  Introducción

Hablar de Francisco podría resultar no sólo un ejercicio desagradable sino, sobre todo, peligroso, y esto por una doble razón, concerniente al pasado y al futuro. En lo relativo al pasado, existe el riesgo de concentrarse excesivamente en la persona de Bergoglio y de olvidar, por ello, de dónde proviene la crisis actual, que, en lo esencial, no es asunto de Bergoglio, ya que él no hizo sino exacerbarla y llevarla hasta sus últimas consecuencias. En lo referente al futuro, el riesgo es el de perder de vista el sentido de esta crisis espantosa, quedando de alguna manera prisioneros de la presente pesadilla y olvidando que, si Dios la permite, es para hacer mejor resplandecer la gloria de Nuestro Señor cuando Él se digne intervenir para castigar a los malvados, recompensar a los justos y restaurar todas las cosas.

El primer riesgo consiste entonces en perder de vista la perspectiva global y en sobreestimar a una persona en detrimento de un sistema del cual ella no es sino una pieza intercambiable. El segundo, más grave aún, reside en el debilitamiento de la virtud teologal de la esperanza, olvidando que Nuestro Señor ya ha vencido el mal y que nosotros tendremos parte en su victoria, por la gracia de Dios, si permanecemos fieles a Él.

He aquí porqué me esforzaré primeramente en demostrar, en referencia al pasado, que la raíz de los errores bergoglianos toman su origen en el Concilio Vaticano II. En segundo lugar, en referencia al futuro, y para no ser presa del desaliento, trataré de destacar el aspecto escatológico de la crisis actual, recordando, al decir de San Pablo, que « Dios dispone todas las cosas para bien de los que lo aman » (Rm. 8, 28). Y que el pleno desenvolvimiento del misterio de iniquidad, incluso « en el lugar santo » (Mt. 24, 15), es permitido por Dios para hacer brillar aún más su triunfo al tiempo del Juicio de las Naciones, el glorioso Dies Irae en el que será destruido el imperio del mal.

Corruptio optimi pessima, la corrupción de lo mejor es lo peor que pueda darse. La mayor autoridad moral de la tierra puesta al servicio del mal y de la mentira resulta necesariamente el principal factor de acción revolucionaria en el mundo. Como lo dije antes, esta obra de iniquidad no es exclusivamente fruto de Francisco, ya que él abreva en la fuente envenenada de Vaticano II, de la cual es el más reciente de los propagadores. Pero es cierto que, con él, la revolución en la Iglesia ha alcanzado un nivel inédito, ha efectuado un auténtico salto cualitativo, haciéndose  omnipresentes el error y la mentira, la blasfemia y el sacrilegio, los que se manifiestan ya con tal desvergonzado impudor y con un tan frenético recrudecimiento, que vuelven irrespirable la atmósfera espiritual.
A cuatro años de pontificado, la obra de devastación perpetrada por Francisco supera lo imaginable: necesidad de una conversión ecológica; pedido de perdón a los « gays » por haber sido « discriminados » por la Iglesia; construir una « nueva humanidad » a través de la « cultura del encuentro »; la Iglesia y la Sinagoga poseen la « misma dignidad »; María y la Iglesia tienen « defectos »; Lutero no se equivocó con la doctrina de la justificación; los Estados católicos son incompatibles con el sentido de la « Historia »; los musulmanes son « hijos de Dios »; la pena de muerte para los criminales es « inadmisible »; la especie humana « se extinguirá » algún día; no existe un Dios católico; la multiplicación de los panes no tuvo lugar; Dios se sirve de la evolución y no hace « magia »; el matrimonio cristiano no es más que un « ideal »; transmitir la fe en el lenguaje de los luteranos o de los católicos es « lo mismo »; la Iglesia en el pasado tuvo « comportamientos inhumanos » pero gracias al CVII aprendió el « respeto » hacia las otras religiones... La lista es interminable[3].

Este estudio no se propone ser exhaustivo (pero, ¿cómo podría serlo, sin adquirir proporciones enciclopédicas?): sólo tiene el modesto objetivo de pasar someramente revista a las principales aberraciones y estragos consumados por este hombre idolatrado por los medios de comunicación del sistema y adulado por todos los enemigos de la Iglesia. Las iniquidades de este pontificado son de una tal amplitud e indecencia que no puede uno impedirse el decir con el salmista: « ¡Levántate, Juez de la tierra! ¡Da a los soberbios el pago de sus obras! ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo triunfarán los malvados? ¿Hasta cuándo hablarán con arrogancia y se jactarán los malhechores? » (Sal. 94, 2-4) Atención, Francisco: la medida está colmada...


“Dejate misericordiar”

Federico Mihura Seeber

 Entre las múltiples herejías y blasfemias de “Papa Francisco”, se destaca la profanación de una de las más excelsas verdades del cristianismo: la de la infinita Misericordia de Dios para con el hombre pecador. Ello constituye una prueba en ejercicio de su apostasía. Porque se ha pasado al Enemigo, llevándole, para su beneficio, esta verdad, inmensamente consoladora para el fiel, corrompiéndola.

Lo digo, en efecto, con plena convicción: la infinita Misericordia de Dios para con el hombre pecador ha sido profanada en boca -y en gestos- del actual pseudo-Papa Bergoglio. Pro-fanada: vertida según el gusto y los parámetros del Mundo Moderno. Ha arrojado esta maravillosa “perla” del Mensaje cristiano, “a los cerdos”, a sabiendas de que los cerdos la embarrarían hasta hacerla irreconocible.
Y es que, ciertamente, la Misericordia de Dios es infinita. Pero si ello es así es porque la gravedad del Pecado es infinita. Así lo enseñó siempre la Santa Iglesia. Que el pecado tiene una dimensión infinita, no sin duda porque el agente del Pecado sea infinito, sino porque Dios, el destinatario de la Ofensa, es infinito. Para hacerlo más claro: es el Amor infinito de Dios, el Ofendido por el Pecado. Ya que es el Amor infinito de Dios el que, gratuitamente, nos ha creado: nos ha traído de la nada al ser. Contra ese Padre, infinitamente amante de la criatura, es la Ofensa del Pecado, de cualquier pecado (“Contra Ti, contra Ti solo pequé, haciendo lo que es malo a Tus ojos” Sal. 51,6).

De modo tal que, si el Pecado es de gravedad infinita, la Misericordia de Dios al perdonarlo, es también una Misericordia infinita. La Misericordia es Amor. Y así, es el mismo Amor infinito que nos ha creado, el que nos perdona el Pecado. El mismo Amor que, en cierto modo, nos vuelve a crear. La Misericordia es Amor. Sólo que Amor dolido. Dios “se duele” infinitamente por la suerte en que ha quedado el pecador, después del pecado. Porque ha quedado en mucho peor “situación” a la que “tenía” antes de ser creado: cuando aún no era (Sin duda, es un modo de decir: porque no hay situación alguna para quien no es). Infinita es, pues, la conmiseración del Creador para con su creatura pecadora.
Misericordia infinita de Dios… El Amor de Dios penetra hasta el último hondón, infinito, del Pecado. Es evidente, entonces: sólo Dios puede perdonar el Pecado. Sabemos a qué precio. Sabemos a qué “costo” para Él: ofreciéndose Él mismo, en su Hijo encarnado, como víctima propiciatoria. Esta es la “perla”, la perla más insigne del Mensaje cristiano. Esta es la Buena Nueva: que el Pecado, esta tremenda carga de la Humanidad, que es mucho peor que no haber sido, es perdonado, por los méritos y la fe en Jesucristo. Lo cual es, en lo cual consiste, esencialmente, la Salvación (Porque no consiste, en esencia, la salvación, en otra cosa: no en la liberación del dolor y de la muerte, no en la liberación de la enfermedad, ni de la guerra, sino sólo en esto: en la liberación de la Culpa Infinita). […]


Postfacio

El proceso de desintegración espiritual del mundo
Augusto Torchson

El proceso de descomposición que vive la humanidad, especialmente en su aspecto más esencial, es decir, el espiritual, entró hoy definitivamente en una etapa irreversible, mas no sin fin. Sabemos que lo creado en el plano material es finito, y en ese sentido, si vemos como insostenible la situación actual, resulta mucho más difícil imaginar que ésta siga avanzando sin límites.
Se podrían analizar por separado la descomposición de la Iglesia y la del mundo, pero no podemos dejar de reconocer una relación de causa a efecto de la primera respecto del segundo. La Iglesia es la que tiene que ser luz del mundo, la que ilumine los espíritus para conducir a los hombres de regreso a su Creador y para así poder compartir con Él su gloria sempiterna.  […]

En un panorama que muchos consideran desolador, otros vemos una enorme esperanza. Y esto de ninguna manera implica el rehusarnos a padecer con nuestra Iglesia, con nuestras patrias, con nuestras familias, en estos tiempos aciagos que transcurren y en medio de la descomunal apostasía que se observa en la Iglesia Universal. Pero para poder acompañar a la Iglesia en su camino final al Calvario, para poder completar en nuestra carne “lo que falta a los sufrimientos de Cristo” (Col. 1, 24), para conseguir así la eterna recompensa, debemos estar conscientes de dicha apostasía, cosa que claramente ignora la inmensa mayoría de los fieles católicos, los que fueron educados en el humanismo masónico del Concilio Vaticano II, producto éste del arrastre de errores y concesiones realizados antes del mismo, y que fueron el caldo de cultivo apropiado para que luego pudiera plasmarse la neo teología antropocéntrica que impera en la jerarquía conciliar.
Y mucho contribuye a la concientización de la situación actual el exhaustivo trabajo documental de Miles Christi en éste, su nuevo libro sobre Francisco, en el cual el autor no se limita al señalamiento de las transgresiones doctrinales de la neo iglesia liberal y a la denuncia de sus nocivos procederes, sino que, además, gracias a su aporte apologético, contribuye eficazmente a esclarecer a quienes poseen una instrucción religiosa deficiente, que es lo corriente desde hace ya muchas décadas entre los fieles católicos, incluso entre los mejor intencionados.

La gestión de Jorge Mario Bergoglio al frente del Vaticano constituye sin lugar a dudas la más desastrosa desde el establecimiento mismo de la Iglesia Católica Apostólica Romana. Y a quienes pretendan que podrían haber sido peores otros períodos en la historia de la Iglesia, como el de la época del arrianismo, se les debe recordar que por lo menos, en dichos momentos, todavía se conservaba el orden natural, cosa que Jorge Bergoglio está visiblemente empeñado en destruir, apoyando a todos los promotores de la contra-natura y plegándose a sus mundialistas políticas anticatólicas.
Es por esto que, si bien es necesario impartir una buena catequesis que prepare a los fieles adecuadamente para los tiempos que vivimos, también se vuelve necesario conocer, si no todas, al menos gran parte de las nefastas acciones perpetradas por el Vaticano conciliar y modernista, a fin de saber a quién como católicos no podemos seguir, y, más importante aún, qué es lo que debemos combatir.



 Contratapa

La obra devastadora perpetrada por Francisco en cuatro años supera lo imaginable: necesidad de una conversión ecológica; pedido de perdón a los « gays » por haber sido « discriminados » por la Iglesia; construir una « nueva humanidad » a través de la « cultura del encuentro »; la Iglesia y la Sinagoga poseen la « misma dignidad »; María y la Iglesia tienen « defectos »; Lutero « no se equivocó » con la doctrina de la justificación; los Estados católicos son incompatibles con el sentido de la « Historia »; los musulmanes son « hijos de Dios »; la pena de muerte para los criminales es « inadmisible »; la especie humana « se extinguirá » algún día; no existe un Dios católico; Dios se sirve de la evolución y no hace « magia »; el matrimonio cristiano no es más que un « ideal »; la Iglesia en el pasado tuvo « comportamientos inhumanos » pero gracias al CVII aprendió el « respeto » hacia las otras religiones. La lista es interminable. Este estudio no se propone ser exhaustivo, sólo tiene el modesto objetivo de pasar revista a las principales aberraciones cometidas por este hombre idolatrado por los medios de comunicación del sistema y adulado por todos los enemigos de la Iglesia. Las iniquidades de este pontificado son de una tal amplitud e indecencia que no puede uno dejar de exclamar con el salmista: « ¡Levántate, Juez de la tierra! ¡Da a los soberbios el pago de sus obras! ¿Hasta cuándo, Señor? ¿Hasta cuándo triunfarán los malvados? ¿Hasta cuándo hablarán con arrogancia y se jactarán los malhechores? »  (Sal. 94, 2-4) Atención, Francisco: la medida está colmada...


  


[1] Extracto de la Súplica a San Miguel Arcángel, contenida en el Exorcismo contra Satanás y los otros ángeles apóstatas, publicado en las AAS de 1890, p. 743: http://www.vatican.va/archive/ass/documents/ASS-23-1890-91-ocr.pdf  y en el Ritual Romano de 1903, p. 227: http://saintmichelarchange.free.fr/exoleon.htm - https://materinmaculata.wordpress.com/2014/09/20/exorcismo-completo-de-leon-xiii-latin-espanol/
[3] Para mayor información sobre las innumerables herejías y blasfemias de Francisco, se puede consultar el libro Tres años con Francisco: la impostura bergogliana, publicado por las Éditions Saint-Remi en cuatro idiomas (castellano, inglés, francés e italiano): http://saint-remi.fr/es/livres/1436-tres-anos-con-francisco-la-impostura-



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