lunes, 20 de diciembre de 2021

Navidad - Antonio Caponnetto

 

BALADA DE LA SAGRADA FAMILIA

Antonio Caponnetto

 


 

San José

Yo te miro Mi Niño y sé que tu mirada

sostiene lo creado por el Dios Uno y Trino,

que tu cuna es un trono tras misterioso parto,

que mañana el Calvario sellará tu destino.

 

Sé que un día, asimismo, me cerrarás los ojos

de pupilas yacentes, de párpados adustos,

que serás mi cayado cuando los pies me jueguen

esa mala costumbre de volverse vetustos.

 

Pero ahora, esta noche, de sublimes contornos,

de abovedado cielo ante el Gran Episodio,

me consuela besarte diciéndote al oído:

tú serás mi pequeño, Jesús yo te custodio.

 

 

 

La Virgen María

Ya aparté los pañales del forraje tupido,

recubrí las astillas, limpié el heno amarillo,

un ángel y un boyero me acercaron las brasas

tibias como un otoño, ígneas como un anillo.

 

El lucero del alba se posó marcialmente,

su vertical de estrella transfigura el rocío,

cuando cae no moja, semeja una cobija

que nos cubre del viento o nos detiene el frío.

 

¡Ay hijo!, cuando crezcas y seas El Camino,

la Verdad y la Vida iluminando anieblos,

llévate para el viaje esta paz del pesebre

e irrádiales tu espada al hombre y a los pueblos.

 

Jesús

¿Cómo podría hablarles al hombre y a los pueblos,

Madre, si no eligiera ser el Verbo Encarnado?

José, mi padre bueno, ¿cómo entender de cruces

sin ese maderamen en el que me has criado?

 

¿Cómo llevar corona de aguijones y púas

sin el feral Herodes, sin la huida de Egipto,

sin esta andanza agreste recalando en la gruta

de un Dios entre mugidos nacido y circunscripto?

 

Que nadie desespere cuando lleguen las pruebas

de los persecutores que hieren y blasfeman,

de las pestes que mienten los cuerpos y las almas,

repito mi promesa: <Vuelvo pronto. No teman>.

 

Nosotros

Estamos en batalla, los campos delimitan

las riquezas o el Reyno, la cizaña o el trigo,

la insolencia de Gestas o la piedad de Dimas,

Señor, dame bravura para lidiar contigo.

 

Virgen a quien supimos nombrarte Generala,

Patrona de estas tierras, Señora de su Historia,

José que haces posibles las cosas imposibles

que sea voz de mando la fiel jaculatoria:

<Jesús, José y María

Os doy el corazón y el alma mía>

 

 

 

 

 

 

 

sábado, 11 de diciembre de 2021

Éramos tan malos - Antonio Caponnetto

 

Miguel Ayuso exponiendo en la inauguración de un cuadro de Felipe VI 


 

ÉRAMOS TAN MALOS

Por Antonio Caponnetto

"...y echaba la culpa a la malignidad del tiempo, devorador y consumidor de todas las cosas"

Quijote I,IX


 

Me llega por múltiples vías cierto video, en el que aparece Miguel Ayuso respondiendo unas preguntas, tras presentar su  libro “Tradición, Política e Hispanidad”. El sucedido tuvo lugar en Barcelona, el pasado 27 de noviembre, y la pregunta a cuya respuesta queremos referirnos versa sobre el Nacionalismo Católico Argentino. Específica y singularmente sobre esto.

 

 Ayuso no dice nada odioso e incorrecto sobre nosotros que ya no haya dicho en otras tantas ocasiones; y que ya no se le haya replicado de muchos modos posibles: la cátedra, el libro, la tertulia, los foros, o los simples encuentros amicales, hasta hoy al menos siempre cristianamente hospitalarios. Acaso lo curioso en esta circunstancia, sea el grado de agresividad empleado en el discurso, repitiendo con énfasis que el Nacionalismo Católico Argentino es, de todos los conocidos, el que posee mayor grado “de malignidad y de nocividad”. Lo que se dice una política de mano tendida, que nos haría repetir con el mismísimo Lope su famoso endecasílabo: “¿Qué tengo yo que mi amistad procuras?”.

 

          Los motivos de nuestra malignidad son unos cuantos, pero Miguel –dueño del donum didacticum- los sintetiza en un manojo encantador. En primer lugar, que habríamos constituido una “escuela de pensamiento articulado”. En segundo lugar que –no todos sino los peores- seríamos partidarios de “una hispanidad sin España”, ejerciendo una suerte de “hispanismo antiespañol”, movidos como estamos por “un prejuicio antiespañol”. En tercer lugar, que somos “un ensamble de elementos heterogéneos y heteróclitos”, en el que caben todos los “elementos fascistizantes”, “menos Perón”. Conducta que ve como contradicción fiera entre nos, pues si él fuera argentino –se confiesa- le resultaría “más razonable ser peronista que franquista”. Ya que no se pueden “criticar ciertas actitudes y hacer después el elogio de personas que encarnaron esas actitudes”.

 

Como recurso oratorio llamativo, permítaseme señalar que al enunciar a aquellos Caudillos Nacionales objetos de nuestra admiración (incluyendo con espanto el nombre de Salazar), Miguel hace una pausa y le aclara al público: “¡No hablo en broma!”. Como si acabara de decirles a sus prosélitos: “estos malignos y nocivos argentos admiran a súcubos, íncubos, endriagos, ogros del lago, dráculas feroces y fantasmas nocturnos; ¡hablo en serio, señores!”. Las dos últimas razones que nos ubican entre las cepas del covid, son dignas de las endechas de un pasodoble. Que nosotros “no somos monárquicos”, y que, a ellos, los carlistas, los hemos “atacados ferozmente”, por considerarlos unos “intrusos que veníamos a poner en riesgo su tinglado”. Quienes accedan al video[1], tal vez convendrán conmigo en que el dicterio esta un poco sobreactuado, quizá con un sesgo pirandelliano. O como si Apolo hubiese cedido el control a Dionisio. Simple escolio esteticista, con perdón.

 

Le diría algunas cosas a Miguel (como tantas veces nos las dijimos en afables e inolvidables encuentros), pero por ahora, mejor me dirijo a las víctimas del cuádruple atentado contra la verdad que acaba de perpetrar. Cuádruple digo, porque aúna el error, la confusión, la ignorancia culposa y la mentira.

 

-Esa “escuela de pensamiento articulado” que es el Nacionalismo Católico Argentino, está pronta a cumplir un siglo, si se toma como posible hito inaugural el año 1927, en el que aparecen las primeras manifestaciones orgánicas y perseverantes de nuestro ideario. En el transcurso de dicha centuria, de esta escuela han surgido personalidades descollantes y señeras. En campos tan variopintos cuanto entitativos, verbigracia: teología, filosofía, artes, literatura, retórica,  historia, derecho, y aún ciencias aplicadas o duras.

 

Los nombres de estas personalidades son insignes, y han trascendido en no pocos casos las fronteras locales. Se pueden y se deben señalar matices entre ellos, pues por cierto que hay elementos heterogéneos y heteróclitos. Pero ninguno de sus representantes jamás de los jamases concibió un hispanismo sin España. Y todos, cada quien como mejor supo, se batieron en soledad contra las malditas leyendas negras antiespañolas, dando recio testimonio de amor acrisolado a la Patria Madre. Lo hicieron en soledad, perseverantemente, perseguidos y contra corriente. Lo hicieron a un costo muy alto –de la hacienda, la fama y la honra- frente a un poder político que convirtió al antihispanismo en política de Estado.

 

En esa escuela que insensatamente maldice Ayuso también tuvimos mártires, en sentido estricto de la palabra: testigos que derramaron la sangre por Cristo Rey; y voluntarios que se enrolaron para pelear por la España Eterna cuando estalló la Cruzada. Algunos de ellos murieron en batalla. No es hipérbole ni retórica. Son hechos. También es un hecho que no vimos españoles alistados como voluntarios en nuestras dos grandes guerras justas del siglo XX: la entablada contra el terrorismo marxista  y por la reconquista de Malvinas. Son detalles.

 

          -Que no seamos peronistas no quiere decir que seamos gorilas –término que nos aplica expresamente Ayuso en su Monitum de Barcelona- pues el llamado “Gorilismo” es la manifestación liberal, masónica, aliadófila, masonoide y criptojudaica que ha tomado determinado antiperonismo. No es el nuestro. Todo lo contrario. Que no seamos peronistas es la consecuencia teórico-práctica, pensada y pesada, convencida y convincente, de haber padecido y de seguir padeciendo los frutos podridos del siniestro fundador de una ideología revolucionaria y moderna, en franca oposición y pugna con la cosmovisión tradicionalista.

 

De Franco se podrán objetar muchas cosas, pero que para un hombre de la Tradición Hispano-Católica sea más razonable ser peronista que franquista, es ignorar, de mínima, que Francisco Franco ganó heroicamente una Cruzada contra el Marxismo Internacional –en gesta reconocida entonces por la Iglesia- y que Juan Domingo Perón, cuando le convino, dio rienda suelta al terrorismo marxista, fue socio público de sus principales líderes, puso al Che Guevara de ejemplo, aspiró a ser el primer Fidel Castro del Continente y resultó excomulgado por Pío XII, a causa de sus persecuciones a la Iglesia y de su Proyecto de instalar un “Cristianismo Auténtico”. Proyecto que –como he documentado en uno de mis libros- es el mismo que hoy ejecuta Roma, supresión del Vetus Ordo incluido.

 

          -No pone ejemplos Ayuso –y es una lástima, pues nos priva de enmendar nuestra malignidad- de cuáles o quiénes serían los casos y los responsables de “un hispanismo antiespañol” y del acto de “criticar ciertas actitudes y entrar en contradicción al elogiar a personas que habrían encarnado esas actitudes”.

 

          En cuanto a lo primero, diré que el submundo sórdido de los prejuicios antiespañoles está poblado de todas las variantes de la marea roja, del abominable liberalismo, de las sectas y de las sinagogas, del tribalismo indigenista redivivo, del pseudorevisionismo socialista al que adhirió expresamente Perón, y de ciertos espíritus cerriles o anacrónicos. No nos tiene a los Nacionalistas Católicos como pobladores de esa “confusión magmática”.

 

          En cuanto a lo segundo, criticamos actitudes como el plebeyismo, la demagogia y la rufianería en política, y admiramos a Oliveira Salazar que fue un hidalgo austero, un caballero decente a carta cabal, un estadista serio y un varón de finísimo espíritu monástico. ¿En dónde está la contradicción? Criticamos actitudes como la cobardía, el señoritismo comodón y burgués, y el apego desordenado al propio pellejo, y admiramos a José Antonio, que dio la vida por España, valientemente, en plena y promisoria juventud. ¿En dónde está la contradicción? Criticamos las actitudes de los relapsos, odiadores seriales de la Fe y empecinados en atacar al Catolicismo, y admiramos al Benito Mussolini, que fue capaz de convertirse, resultó elogiado por dos pontífices y gozó de la admiración y del afecto de San Pío de Pietrelcina. ¿En dónde está la contradicción? Criticamos las actitudes de aquellos que nos propusieron cambiar nuestra “barbarie” hispano-cristiana por la “civilización” anglofrancesa de cuño iluminista. Y admiramos, amamos y difundimos con pasión cada manifestación encarnada de la tradición cultural hispanocatólica. ¿En dónde está la contradicción? Criticamos las actitudes pacifistas de tanto catolicón emasculado y elogiamos a los héroes que encarnan el espíritu épico de la raza, entre los cuales, sin empacho lo decimos, se alistan muchos que pueden asimismo ponderar los requetés. ¿En dónde está la contradicción? Criticamos las actitudes que favorecen la expansión del Comunismo, y por cierto al Comunismo en sí,y elogiamos a los bravos ejércitos europeos, que con sus respectivos jefes y adalides se batieron cuerpo a cuerpo contra el bolchevismo, hasta que fueron masacrados por él. ¿En dónde está la contradicción?

 

          -Acusarnos de no ser monárquicos es un disparate. Monárquicos fueron los más genuinos exponentes de nuestra Independencia, monarca sin corona y Felipe II de América fue llamado nuestro prócer mayor, Don Juan Manuel de Rosas: a los grandes monarcas santos y cruzados tenemos por arquetipos, la reyecía católico-hispana que forjó un Imperio sigue siendo objeto de nuestra veneración, y cuanto tratadista de nuestra escuela haya estudiado las modalidades políticas clásicas, nunca desconoció que la monarquía es una de las formas puras, legítimas y convenientes de gobierno.

 

Pero no es consejo de sensatos vivir en pugna con la realidad. Res sunt. La Argentina carece de cualquier posibilidad, vía, modo  o instrumento, ya no de emplazar un trono en el predio del Antiguo Fuerte, sino de evitar que se roben las rejas de la Casa Rosada. Ahora si no ser monárquicos es no declararse súbditos de Don Sixto, es como si nosotros les exigiéramos a los carlistas que, para seguir hablando de las Españas, reconocieran el cacicazgo de Calfucurá, el Virreynato del Bebe Goyeneche o el reyno de Cipriano Catriel. Una especie de pasaporte sanitario independentista sin el cual no pudieran desplazarse por estas latitudes. Cuidado con el tránsito de la solemnidad a la ridiculez, del  rigorismo al ucronismo, y del anacronismo al utopismo, que es la herejía perenne, al buen decir de Molnar. Hay un paso  muy tenue, y me temo que estos amigos nuestros ya lo hayan dado.

 

          Lo que nos preocupa es que Ayuso parece andar <monarqueando> demasiado últimamente. Varias fotos, aparecidas en algunos medios el 30 de noviembre de 2019, nos lo presentan muy orondo y feliz en Madrid, en la sede de la Real Gran Peña, posando al lado de un gigantesco retrato de Felipe VI, obra de Emiliano Fernández Galiano, presente en la ceremonia; la cual consistía, precisamente, en descubrir el susodicho retrato, rindiendo así homenaje y tributo al mencionado Felipe VI. De Ayuso fueron las palabras conmemorativas presentando un libro sobre el sesquicentenario de la Real Gran Peña[2]. ¿Quiénes son los que critican determinadas actitudes y después elogian a las personas que las encarnan? ¿Alguien podría imaginarse a alguno de nuestros malignos y nocivos nacionalistas católicos descubriendo, emplazando e inaugurando un lienzo de Carlos Marx, de Soros o de Isabel II?

 

-En fin, que ya esto es largo. Terminemos. Yo no sé de dónde saca argumentos Ayuso para decir  que, en estos lares, ellos fueron “atacados ferozmente” por nosotros. “¡Ferozmente”, nada menos; con reminiscencias de malones y flechazos! Pero lamentamos la audacia esgrimida para tergiversar así las cosas. Desde 1996 en que Miguel ha viajado sistemáticamente a la Argentina, en Buenos Aires al menos, puedo y debo dar fe, de que nada de eso  sucedió. Todo lo contrario. Abundaron los gestos recíprocos de caballerosidad y hasta de algún emprendimiento en común participamos. Prologó  una de mis obras y presenté una de sus conferencias. Cada vez que nos vimos, dentro o fuera de la Argentina, reímos a dos carrillos de tantas cosas que pasan, nos lanzamos chicanas y retruécanos “impiadosamente”, y discutimos con vehemencia y sin concesiones sobre nuestras eternas diferencias.

 

En mi propia casa tuvo lugar uno de los habituales encuentros camaraderiles, durante los cuales tanto se discutía fuerte sobre las discrepancias, como se intercambiaban bromas o mordacidades a propósito de las mismas. Llevo tres libros publicados en los últimos años, en los cuales, entre otros tópicos, me ocupo de analizar las fricciones historiográficas que tenemos los nacionalistas católicos con los carlistas, y no podría en justicia acusarme de haber lanzado sobre ellos las acusaciones de malignidad y de nocividad. Y no por cortesía o diplomacia (dones que quienes me conocen saben bien que no poseo ni pido poseer) sino sencillamente porque no es ese mi juicio sobre ellos.


     Ahora resulta que éramos unos malignos y nocivos, temerosos de estos “intrusos” que “venían a poner en riesgo nuestro tinglado”. Y nosotros sin saberlo. Entre otras cosas –y hablo por mi- porque no tenemos ningún tinglado. Aunque soñemos a veces con aquel que describió Jacinto Benavente, en el Introito de “Los intereses creados”: “He aquí el tinglado de la antigua farsa, la que alivió en posadas aldeanas el cansancio de los trajinantes, la que embobó en las plazas de humildes lugares a los simples villanos, la que juntó en ciudades populosas a los más variados concursos[...]. Gente de toda condición, que en ningún otro lugar se hubiera reunido, comunicábase allí su regocijo[...]. Que nada prende tan pronto de unas almas en otras como esta simpatía de la risa[...], de esa filosofía del pueblo, que siempre sufre, dulcificada por aquella resignación de los humildes de entonces, que no lo esperaban todo de este mundo, y por eso sabían reírse del mundo sin odio y sin amargura”.

 

     Miguel; por si te llega este escrito; a tí ahora te hablo, cara a cara. Has faltado gravemente a la verdad, a la justicia y a la gratitud con lo que nos has dicho. Has agraviado a quienes no nos lo merecemos. Has ofendido a La Argentina que amamos los nacionalistas católicos. Has perdido ese “saber reírse del mundo sin odio y sin amarguras”, que supo ser tu sello. Darías un ejemplo de hombría de bien si retiraras tus agravios que a tantos han escandalizado o herido, y nos ofrecieras unas disculpas que, a priori te digo, te serían aceptadas entre antiguos apretones de manos. Luego, a cada quien su Oriamendi y su Cara al Sol;  a su boina roja o su camisa azul. Y si lo quieres, puedes subirte con nosotros al único tinglado que nos han dejado y que nos importa poseer: el de la Cruz.

 


La inquietud de esta hora: La religión del covid - Bruno Acosta

 


En la década del treinta del siglo pasado el eminente intelectual argentino Carlos Ibarguren escribió un ensayo titulado “La Inquietud de Esta Hora”. Trataba acerca de la crisis espiritual y política que vivía Occidente tras la Gran Guerra, considerando el cuestionamiento por el que pasaba la democracia liberal y el auge de los movimientos fascistas, que prometían una revolución. “La inquietud de esa hora” estaba dada por esa mezcla de sensación de crisis, de caos, de crítica, con la esperanza de un cambio para mejor, que prometía el fascismo.

Hoy, casi un siglo después, también vivimos una hora inquietante. “La inquietud de nuestra hora” está dada por la guerra psicológica que ha sido declarada por la élite plutocrática contra la humanidad. “Hay un guerra de clases –ha dicho el magnate Warren Buffet- pero es mi clase, la de los ricos, la que está haciendo la guerra, y la estamos ganando”. Esta guerra particular, que es una guerra propagandística, moderna, de última generación –no hay que confundir guerra con “ruido de armas”, enseñan los manuales de psicopolítica- tiene como objetivo realizar cambios estructurales a todo nivel –político, económico, religioso, cultural, educativo, sanitario, laboral, tecnológico, industrial, alimentario, etc.- con la excusa de una “pandemia”. Siempre las guerras se han hecho con alguna causa final, utilizando falsas banderas como excusa. Esta no es la excepción.

El clima de miedo, de terror, de pánico y de incertidumbre se ve renovado sistemáticamente en esta hora inquietante, por la aparición de supuestas “variantes” o cepas nuevas de un virus ficticio: el “covid”. Y lo más perturbador es que la inmensa mayoría de las personas y de las instituciones no se han enterado de que estamos  en guerra, puesto que han creído –acto de fe- el discurso propalado por las élites y magnificado por los medios de propaganda tal como hemos denominado, con justeza, a los medios de comunicación-

“La inquietud de esta hora” radica, para la mayoría, en el miedo que le produce un inexistente virus supuestamente peligroso –aunque las propias cifras oficiales lo desmienten- y en las conductas que, a causa de ello, han sido obligados a desplegar, distintas a las habituales, y que amenazan ser permanentes –distanciamientos, mascarillas, inoculaciones, etc.- Por su parte, para la minoría que sí ha captado la guerra, es inquietante la soledad, el ostracismo, la incomprensión, la falta de empatía… y la acusación de herejía.

Puesto que si algo ha traído esta plandemia es una radicalización y una cosmovisión religiosa del mundo como hace tiempo no se veía en Occidente. La creencia en la plandemia, nuevo Credo apocalíptico y posmoderno, es una hecho: cuenta con sus nuevos dogmas –la existencia no demostrada científicamente del virus-, sus nuevos rituales –el bozal, el saludo- y sus nuevos sacerdotes –los “expertos”-. Es un hecho, repetimos, incuestionable, como antes lo era la existencia de Dios; quien se atreva a negarlo, será considerado orate, raro, extraño, peligroso; será apostrofado, ad hominem, como “antivacunas”, “terraplanista” o “negacionista”. Muchas personas se han vuelto feligreses de esta nueva religión, la del “covid”; substituyendo, subversivamente, a la verdadera religión católica.

Corolario de lo anterior es la implacable política de censura que se ha efectuado contra lo que la élite considera “desinformación” acerca de la plandemia. Contrariando, de ese modo, el hasta hace meses sagrado derecho a la “libertad de expresión”, legado de las revoluciones modernas –como desarrolláramos en artículo pasado- Nosotros mismos hemos sufrido la censura del artículo “Plandemia y Educación Virtual”. Los “verificadores de datos” (fact checkers) son los inquisidores modernos de la nueva religión del “covid”; con la importante diferencia de que no sirven a la Verdad, como la Santa Inquisición, sino a la Mentira.

La religión del “covid” representa, en conclusión –y por lo que hemos explicado- un claro signo de apostasía y esjatológico: constituye la sustitución de la verdadera religión por un torpe remedo. La criba de los últimos tiempos se está dando gracias a esta ciclópea farsa: entre los propios católicos -como dijimos en el escrito pasado- hay confusión, y hay quienes han adherido, renegando en la práctica de su fe, a este nuevo credo. Tiempos finales, tiempos de confusión, tiempos que recuerdan aquello del Evangelio: “el reino de los cielos es semejante a un red que se echó en el mar y que recogió peces de toda clase. Una vez llena, la tiraron a la orilla, y sentándose juntaron los buenos en canastos, y tiraron los malos”

Bruno Acosta

 

Fuente: Revista Verdad



viernes, 26 de noviembre de 2021

España: Germanos contra Bereberes - José Antonio Primo de Rivera


Nota de NCSJB: El siguiente ensayo, forma parte de los no muy conocidos “Papeles póstumos de José Antonio”, habiendo sido escritos estando encarcelado en Alicante y a pocos meses de ser fusilado.


1. ¿Qué fue la Reconquista? Un criterio superficial de la victoria tiende a considerar España como una especie de fondo o substratum permanente sobre el cual desfilan diversas invasiones, a las que nos hacen asistir como solidarios con aquel elemento aborigen. Dominación fenicia, cartaginesa, romana, goda, africana… De niños hemos presenciado mentalmente todas esas dominaciones en calidad de sujetos pacientes; es decir, como miembros del pueblo invadido. Ninguno de nosotros, en su infancia romancesca, ha dejado de sentirse sucesor de Viriato, de Sertorio, de los numantinos. EL invasor era siempre nuestro enemigo; el invadido nuestro compatriota.

Cuando la cosa se considera más despacio, ya al apuntar la mañana, cae uno en esta perplejidad: después de todo – se pregunta– no sólo mi cultura, sino aún mi sangre y mis entrañas ¿tienen más de común con el céltico aborigen que con el romano civilizado? Es decir, ¿no tendré un perfecto derecho, aún por fuerza de la sangre, a mirar la tierra española con ojos de invasor romano; a considerar con orgullo esta tierra no como remota cuna de los míos sino como incorporada por los míos a una nueva forma de cultura existencia? ¿Quién me dice que, en el sitio de Numancia, hay dentro de las murallas más sangre mía, más valores de cultura míos, que en los campamentos sitiadores? 

Quizá podamos entender esto señaladamente bien los que procedemos de familias que hayan visto nacer muchas de sus generaciones en la América hispana. Nuestros antepasados transatlánticos, como nuestros actuales parientes de allá, se sienten tan americanos como nosotros españoles; pero saben que su calidad americana les viene como descendientes de los que dieron a América su forma presente. Sienten a América como entrañablemente suya porque sus antepasados la ganaron. Aquellos antepasados procedían de otro solar, que es ya, para sus descendientes, más o menos extranjero. En cambio, la tierra en que actualmente viven, siglos atrás extranjera, es ahora la suya, la definitivamente incorporada por unos remotos abuelos al destino vital de su estirpe.

Estos dos puntos de vista descansan sobre dos maneras de entender la patria: o como razón de tierra o como razón de destino. Para unos, la patria es el asiento físico de la cuna; toda su tradición es una tradición espacial, geográfica. Para otros, la patria es la proyección física de un destino; la tradición, así entendida, es predominantemente temporal, histórica.

 

2. Con esta previa delimitación de conceptos cabe resumir la cuestión inicial: ¿qué fue la Reconquista? Ya se sabe: desde el punto de vista infantil, el lento recobro de la tierra española por los españoles contra los moros que la habían invadido. Pero la cosa no fue así. En primer lugar, los moros (es más exacto llamarles “los moros” que “los árabes”; la mayor parte de los invasores fueron berberiscos del norte de África, los árabes, la raza superior formaban solamente la minoría directora) ocuparon la casi totalidad de la Península en poco tiempo más del necesario para una toma de posesión material, sin lucha. Desde Guadalete (año 711) hasta Covadonga (718) no habla la Historia de ninguna batalla entre forasteros e indígenas. Hasta el reino de Todomir, en Murcia, se constituyó por buenas componendas con los moros, toda la inmensa España fue ocupada en paz; España, naturalmente, con los “españoles” que habitaron en ella. Los que se replegaron hacia Asturias fueron los supervivientes de entre los dignatarios y militares godos; es decir, de los que tres siglos antes habían sido, a su vez, considerados como invasores. El fondo popular indígena (celtibérico, semítico en gran parte, norteafricano por afinidad en otra, más o menos romanizado todo él) era tan ajeno a los godos como los agarenos recién llegados. Es más, sentían muchas más razones de simpatía étnica y consuetudinaria con los vecinos del otro lado del estrecho que con los rubios danubianos aparecidos tres siglos antes. Probablemente la masa popular española se sintió mucho más a su gusto gobernada por los moros que dominada por los germanos. Esto fue al principio de la Reconquista; al final no hay ni que hablar. Después de seiscientos, de setecientos, de casi (en algunos sitios) ochocientos años de convivencia, la fusión de sangre y usos entre aborígenes y bereberes era indestructible; mientras que la compenetración entre indígenas y godos, entorpecida durante doscientos años por la dualidad jurídica y, en el fondo, rehusada siempre por el sentido racial de los germánicos, no pasó nunca de ser superficial.

La reconquista no es, pues, una empresa popular española contra una invasión extranjera; es, en realidad, una nueva conquista germánica; una pugna multisecular por el poder militar y político entre una minoría semítica de gran raza –los árabes– y una minoría aria de gran raza –los godos–. En esa pugna toman parte bereberes y aborígenes en calidad de gente de tropa unas veces y, otras veces, en actitud de súbditos resignados de unos y otros dominadores, quizá con marcada preferencia, al menos en gran parte del territorio, por los sarracenos.

Hasta tal punto es la Reconquista una guerra entre partidos y no una guerra de la independencia que a nadie se le ha ocurrido nunca llamar “españoles” a los que combatían contra los agarenos, sino “los cristianos” por oposición a “los moros”. La Reconquista fue una disputa bélica por el poder político y militar entre los pueblos dominadores, polarizada en torno de una pugna religiosa.

Del lado cristiano, los jefes preminentes son todos los de sangre goda. A Pelayo se le alza en Covadonga sobre el pavés como continuador de la Monarquía sepultada junto al Guadalete. Los capitanes de los primeros núcleos cristianos tienen un aire inequívoco de príncipes de sangre y mentalidad germánica. Más: se sienten ligados desde el principio a la gran comunidad catolicogermánica europea. Cuando Alfonso el Sabio aspira al trono imperial no adopta una actitud extravagante: pleitea, con el alegato de la madurez política de su reino, por lo que podía alentar desde siglos antes en la conciencia de príncipe cristianogermánico de cada jefe de los citados conquistadores. La Reconquista es una empresa europea, es decir, en aquella sazón, germánica. Muchas veces acuden de hecho, para guerrear contra los moros, señores libres de Francia y de Alemania. Los reinos que se forman tienen una planta germánica innegable. Acaso no haya Estados en Europa que tengan mejor impreso el sello europeo de la germanidad que el condado de Barcelona y el reino de León.

 

3. En esquema –abstracción hecha de los mil acarreos e influencias recíprocas de todos los elementos étnicos removidos durante ochocientos años–, la Monarquía triunfante de los Reyes Católica es la restauración de la Monarquía góticoespañola, católicoeuropea, destronada en el siglo VIII. La mentalidad popular distinguía entonces difícilmente entre nación y rey. Por otra parte, considerables extensiones de España, singularmente Asturias, León y el Norte de Castilla habían sido germanizadas, casi sin solución de continuidad, durante mil años (desde principios del siglo V hasta finales del XV, sin más interrupción que los años que van desde el Guadalete hasta el recobro de las tierras del norte por los jefes godocristianos) sin contar con que su afinidad étnica con el norte de África era mucho menor que la de las gentes del sur y levante. La unidad nacional bajo los Reyes Católicos es, pues, la edificación del Estado unitario español con el sentido europeo, católico, germánico, de toda la Reconquista, y la culminación de la obra de germanización social y económica de España. No se olvide esto, porque quizá por ahí va a encontrar la “constante bereber” su primera rendija para la rebelión.

En efecto, el tipo de dominación árabe era preponderantemente político y militar. Los árabes tenían vagamente el sentido de la territorialidad. No se adueñaban de las tierras, en el sentido jurídicoprivado. Así pues, la población campesina de las comarcas más largamente dominadas por los árabes (Andalucía, Levante) permanecía en una situación de libre disfrute de la tierra, en forma de pequeña propiedad y, acaso, de propiedades colectivas. El andaluz aborigen, semibereber, y la población bereber que nutrió más copiosamente las filas árabes, gozaban pues, una paz elemental y libre, inepta para grandes empresas de cultura, pero deliciosa para un pueblo indolente, imaginativo y melancólico como el andaluz. EN cambio, los cristianos germánicos traían en la sangre el sentido feudal de la propiedad. Cuando conquistaban las tierras erigían sobre ellas señoríos, no ya pluralmente políticomilitares como los estados árabes, sino patrimoniales al mismo tiempo que políticos. El campesino pasaba, en el caso mejor, a ser vasallo; tiempo adelante, cuando por la atenuación del aspecto jurisdiccional, político, los señoríos van subrayando su carácter patrimonial, los vasallos, completamente desarraigados, caen en la condición terrible de jornaleros.

La organización germánica, de tipo aristocrático, jerárquico, era, en su base, mucho más dura. Para justificar tal dureza se comprometía a realizar alguna gran tarea histórica. Era, en realidad, la dominación política y económica sobre un pueblo casi primitivo. Toda aquella enorme armadura –Monarquía, Iglesia, aristocracia – podía intentar la justificación de sus pesados privilegios a título de cumplidora de un gran destino en la Historia. Y lo intentó por el doble camino: la conquista de América y la Contrarreforma.

 

4. Es un tópico (puesto en circulación por la literatura “bereber” de que se hablará más tarde el decir, que la conquista de América es obra de la espontaneidad popular española, realizada casi a despecho de la España oficial. No se puede sostener esa tesis en serio. Muchas de las expediciones se organizaron, ciertamente, como empresa privada; pero el sentido de la cristianización y colonización de América está contenido en el monumento de las Leyes de Indias, obra que encierra el pensamiento constante del Estado español a través de vicisitudes seculares. Y la conquista de América es también una tesis católicogermánica. Tiene un sentido de universalidad sin la menor raíz celtibérica y bereber. Solo Roma y la Cristiandad germánica pudieron transmitir a España la vocación expansiva, católica, de la conquista de América. Lo que se llama el espíritu aventurero español, ¿será español de veras en el sentido aborigen o bereber, o será una de las señales de sangre germánica? No se desdeñe el dato de que, aún en nuestros días, las regiones donde sale mayor número de inmigrantes, es decir, de aventureros, son las del Norte, las más germanizadas, las más europeas, las que desde su punto de vista castizo y pintoresco, podrían llamarse menos españolas. En cambio, es todavía abundantísimo el número de andaluces y levantinos que se transplanta a Marruecos, a Orán, a Argelia y que vive allí absolutamente como en su casa, como una cepa que reconoce la tierra lejana de donde arrancaron a su ascendiente. Esta derivación meridional y levantina hacia África no tiene la menor homogeneidad con las expediciones colonizadoras hacia América. Incluso África y América han sido constantemente como las consignas de dos partidos políticos y literarios españoles. De dos partidos que coinciden exactamente en casi todos los instantes con el liberal y el conservador; el popular y el aristocrático; el bereber y el germánico. Era casi cosa obligada que un escritor antiaristocrático, antieclesiástico, antimonárquico, incorporase a su repertorio frases como esta: “Más valía que la Monarquía española, en vez de extenuar a España en la empresa de América, hubiera buscado nuestra expansión natural, que es África”.

Al lado de la conquista de América, la España germánica (doblemente germánica ahora bajo la dinastía de los Habsburgo) riñe en Europa el combate católico por la unidad. Lo riñe y, a la larga, lo pierde. Y, como consecuencia, pierde América. La justificación moral e histórica de la dominación sobre América se hallaba en la idea de la unidad religiosa del mundo. El catolicismo era la justificación del poder de España. Pero el catolicismo había perdido la partida. Vencido el catolicismo, España se quedaba sin título que alegar para el imperio de Occidente. SU credencial estaba caducada. Ya lo vio el astuto Richelieu que, para hundir a la casa de Austria, no vaciló en auxiliar a los paladines de la reforma. Sabía muy bien que la piedra angular de los Habsburgo era la unidad católica de la Cristiandad.

Y así, perdida la partida en Europa primero, en América después ¿qué tarea de valor universal alegaría la España dominadora –Monarquía, Iglesia, aristocracia– para conservar su situación de privilegio? Falta de justificación histórica, dimitida toda función directiva, sus ventajas económicas y políticas quedaban en puro abuso. Por otra parte, con la falta de empleo, las clases directoras habían perdido el brío, incluso de la propia defensa. Se observa una colección de fenómenos, semejantes en extremo a la decadencia de la monarquía visigótica. Y la fuerza latente, nunca extinguida, del pueblo bereber sometido, inicia lentamente su desquite.

 

5. Porque, aún en las horas cenitales de la dominación, la “constante bereber” no había dejado de existir y de obrar nunca. Los pueblos superpuestos, dominador y dominado, germánico y aborigen bereber, no se habían fundido. Ni siquiera se entendían. El pueblo dominador vigilaba el no mezclarse con el dominado (hasta 1756 no se deroga una pragmática de Isabel la Católica que exigía probar la pureza de sangre, es decir, condición de cristiano viejo, sin mezcla de judío o de moro, aún para desempeñar modestísimas funciones de autoridad). El pueblo dominado, entre tanto, detesta al dominador. Con un giro muy típico, adopta al respecto de los dominadores apariencia de sumisión irónica. En Andalucía se llega a los más exagerados extremos de adulación; pero bajo esa adulación aparente se venga la más desdeñosa zumba hacia el adulado. Esta actitud, la burla, es la más dulcemente resignada que adopta el pueblo desposeído. Más arriba aparece ya el odio y, sobre todo, la afirmación permanente de la separación. En España la expresión “el pueblo” guarda siempre un tono particularista y hostil. El “pueblo hebreo” comprendía naturalmente, a los profetas. El “pueblo inglés” incluye a los lores, ¡a buena hora permitiría un inglés consciente que no le considerase solidarizado, bajo la denominación popular de inglés, con los primeros jerarcas del país! Aquí no: cuando se dice “el pueblo” se piensa decir lo indiferenciado, lo incalificado, lo que no es aristocracia, ni Iglesia, ni milicia, ni jerarquía de ninguna especie. El mismo don Manuel Azaña ha dicho: “no creo en los intelectuales, ni en los militares, ni en los políticos; no creo más que en el pueblo”. Pero entonces los intelectuales, los militares, los políticos, como los eclesiásticos y los aristócratas ¿no forman parte del pueblo? Sin especificar, se alude al sojuzgado, al sustraído a su siempre añorada existencia primitiva, indiferenciada, antijerarquíca y que, por lo mismo, detesta rencorosamente toda jerarquía, característica del pueblo dominador.

Tal realidad ha penetrado todas las manifestaciones de la vida española, incluso las de apariencia menos popular. Por ejemplo, el fenómeno europeo de la Reforma tuvo en España una versión reducida, pero absolutamente impregnada de la pugna entre germánicos y bereberes, entre dominadores  y dominados. En España no se dio un solo caso de hereje príncipe, como en Francia y en Alemania. Los grandes señores se mantuvieron aferrados a su religión de casta. Todo hereje, pequeño burgués, o letrado, era como un vengador de los oprimidos; en su disidencia alentaba más que un tema teológico una incurable inquina contra el aparato oficial, formidable, de Monarquía, Iglesia, aristocracia…

Y así hasta las fechas más recientes. L línea bereber, más aparente cada vez según ve declinar la fuerza contraria, asoma en toda la intelectualidad de izquierda, de Larra hacia acá. Ni la fidelidad a las modas extranjeras logra ocultar un tornillo de resentimiento de vencido en toda la producción literaria española de los cien últimos años. En cualquier escritor de izquierdas hay un gesto morboso por demoler, tan persistente y tan desazonante que no se puede alimentar sino de una animosidad personal, de casta humillada. Monarquía, Iglesia, aristocracia, milicia, ponen nerviosos a los intelectuales de izquierda, de una izquierda que para estos efectos empieza bastante a la derecha. No es que sometan aquellas instituciones a crítica; es que, en presencia de ellas, les acomete un desasosiego ancestral como el que acomete a los gitanos cuando se les nombra a la bicha. En el fondo los dos efectos son manifestaciones del mismo viejo llamamientos de la sangre bereber. Lo que odian, sin saberlo, no es el fracaso de las instituciones que denigra, sino su remoto triunfo; su triunfo sobre ellos, sobre los que odia. Son los bereberes vencidos que no perdonan a los vencedores –católicos, germánicos– haber sido los portadores del mensaje de Europa.

El resentimiento ha esterilizado en España toda posibilidad de cultura. Las clases directoras no han dado nada a la cultura, que en ninguna parte suele ser su misión específica. Las clases sometidas, para producir algo considerable desde el punto de vista de la cultura, tenían que haber aceptado el cuadro de valores europeo, germánico, que es el vigente; y eso les suscitaba una repugnancia infinita por ser, en el fondo, el de los odiados dominadores.

Así, groso modo, puede decirse que la aportación de España a la cultura moderan es igual a cero, salvo algún ingente esfuerzo individual, desligado de toda escuela, y algún pequeño cenáculo inevitablemente envuelto en un halo de extranjería.

 

6. Tras de las escaramuzas tenía que llegar la batalla. Y ha llegado: es la República de 1931; va a ser, sobre todo, la República de 1936. Estas fechas, singularmente la segunda, representan la demolición de todo el aparato monárquico, religioso, aristocrático y militar que aún afirmaba, aunque en ruinas, la europeidad de España. Desde luego la máquina estaba inoperante; pero lo grave es que su destrucción representa el desquite de la Reconquista, es decir, la nueva invasión bereber. Volveremos a lo indiferenciado. Probablemente se ganará en placidez elemental en las condiciones populares de vida. Acaso el campesino andaluz, infinitamente triste y nostálgico, reanude el silencioso coloquio con la tierra de que fue desposeído. Casi media España se sentirá expresada inmejorablemente si esto ocurre. Desde luego, se habrá conseguido un perfecto ajuste en lo natural. Pero lo malo es que entonces será pueblo único, ya dominador y dominado en una sola pieza, un pueblo sin la más mínima aptitud para la cultura universal. La tuvieron los árabes; pero los árabes eran una pequeña casta directora, ya mil veces diluida en el fondo humano superviviente. La masa que es la que va a triunfar ahora, no es árabe sino bereber. Lo que va a ser vencido es el resto germánico que aún nos ligaba con Europa.

Acaso España se parta en pedazos, desde una frontera que dibuje, dentro de la ínsula, el verdadero límite de África. Acaso toda España se africanice. Lo indudable es que, para mucho tiempo, España dejará de contar en Europa. Y entonces, los que por solidaridad de cultura y aún por misteriosa voz de sangre nos sentimos ligados al destino europeo, ¿podremos transmutar nuestro patriotismo de estirpe, que ama a esta tierra porque nuestros antepasados la ganaron para darle forma, en un patriotismo telúrico, que ame a esta tierra por ser ella, a pesar de que en su anchura haya enmudecido hasta el último eco de nuestro destino familiar?


José Antonio Primo de Rivera

Prisión de Alicante, 13 de Agosto de 1936


“Papeles póstumos de José Antonio” E. Plaza & Janes. Barcelona 1997. Págs. 160-167.



domingo, 21 de noviembre de 2021

Comentario sobre el sermón esjatolójico de San Mateo (1955) - Leonardo Castellani

 


DOMINGO VIGESIMOCUARTO Y ÚLTIMO DESPUÉS DE PENTECOSTÉS

[Mt 24, 15-35] Mc 13, 24-32

 

        La Santa Iglesia cierra y abre el año litúrgico con el llamado “Discurso Esjatológico”; o sea la predicción de la Segunda Ve­nida y el fin de este mundo; lo que se llama técnicamente la “Parusía”. Este discurso profético es el último que hizo Nuestro Señor antes de su Pasión; y está con algunas variantes en los tres Sinópticos: más extensamente en San Mateo XXIV, de cuyo final está tomado el evangelio de hoy. Este capítulo es llamado por los exegetas el “Apokalypsis sucinto”; porque es como un resumen o bosquejo del libro profético que más tarde escribirá San Juan; y que es el último de la Sagrada Biblia.

        La Segunda Venida, el Retorno, la Parusía, el Fin de este Siglo, el Jui­cio Final o como quieran llamarle, es un dogma de fe, y está en la Escri­tura y está en el Credo, un dogma bastante olvidado hoy día; pero bien puede ser que cuanto más olvidado esté, más cerca ande. Hay muchísimos doctores católicos modernos que, las señales que dio Cristo –y a las cua­les recomendó estuviéramos atentos– las ven cumpliéndose todas. Desde Donoso Cortés en 1854 hasta Joseph Pieper en 1954, muchísimos escrito­res y doctores católicos de los más grandes, comprendiendo al Papa San Pío X, al cardenal Billot, al Venerable Holzhauser, Jacques Maritain, Hilaire Belloc, Roberto Hugo Benson, y otros, han creído ver en el di­bujo del mundo actual las trazas que la profecía nos ha dejado del An­ticristo... Papini en su Storia di Cristo, capítulo 86, ha escrito: “Jesús no nos anuncia el “Día” pero nos dice qué cosas serán cumplidas antes de aquel día... Son dos cosas: que el Evangelio del Reino será predicado an­tes a todos los pueblos y que los gentiles no pisarán más Jerusalén. Estas dos condiciones se han cumplido en nuestro tiempo, y quizás el Gran Día se viene. Si las palabras de la Segunda Profecía de Jesús (la del fin del mundo) son verdaderas, como se ha verificado que lo fueron las de la Primera (la del fin de Jerusalén) la Parusía no puede estar lejos... Pero los hombres de hoy no recuerdan la promesa de Cristo; y viven como si el mundo hubiese de durar siempre...”.

        Cristo juntó la Primera con la Segunda Profecía –y esto es una graví­sima dificultad de este paso del Evangelio– o mejor dicho, hizo de la Primera el typo emblema de la Segunda. Los Apóstoles le preguntaron todo junto; y El respondió todo junto. “Dinos cuándo serán todas esas cosas y qué señales habrá de tu Venida y la consumación del siglo...”.  “Todas estas cosas” eran para ellos la destrucción de Jerusalén –a la cual había aludido Cristo mirando al Templo– y el fin del mundo; pues creían erróneamente que el Templo habría de durar hasta el fin del mundo. Hubiese sido muy cómodo para nosotros que Cristo respondiera: “Estáis equivocados; primero sucederá la destrucción de Jerusalén y después de un largo intersticio el fin del mundo; ahora voy a daros las señales del fin de Jerusalén y después las del fin del mundo.” Pero Cristo no lo hizo así; comenzó un largo discurso en que dio conjuntamente los signos precursores de los dos grandes Sucesos, de los cuales el uno es figura del otro; y terminó su discurso con estas dificultosísimas palabras:

 

        “Palabra de honor os digo que no pasará esta generación

        Sin que todas estas cosas se cumplan...

        Pero de aquel día y de aquella hora nadie sabe.

        Ni siquiera los Ángeles del Cielo. Sino solamente el Padre.”

 

        La impiedad contemporánea –siguiendo a la llamada escuela esjatoló­gica, fundada por Johann Weis en 1900– saca de estas palabras una obje­ción contra Cristo, negando en virtud de ellas que Cristo fuese Dios y ni siquiera un Profeta medianejo: porque “se equivocó”: creía que el fin del mundo estaba próximo, en el espacio de su generación, “a unos 40 años de distancia”. Según Johann Weis y sus discípulos, el fondo y mé­dula de toda la prédica de Cristo fue esa idea de que el mundo estaba cercano a la Catástrofe Final, predicha por el Profeta Daniel; después de la cual vendría una especie de restauración divina, llamada el Reino de Dios; y que Cristo fue un interesante visionario judío; pero tan Dios, tan Mesías, y tan Profeta como yo y usted.

        El único argumento que tienen para barrer con todo el resto del Evangelio –donde con toda evidencia Cristo supone el intersticio entre su muerte y el fin del mundo, tanto en la fundación de su Iglesia, como en varias parábolas– son esas palabras; “no pasará esta generación sin que todo esto se cumpla”, las cuales se cumplieron efectivamente con la destrucción de Jerusalén.

        –Pero no vino el fin del mundo.

        –Del fin del mundo, añadió Cristo que no sabemos ni sabremos ja­más el día ni la hora.

        –Pero ¿por qué no separó Cristo los dos sucesos, si es que conocía el futuro, como Dios y como Profeta?

        –Por alguna razón que Él tuvo, y que es muy buena, aunque ni usted ni yo la sepamos. Y justamente quizá por esa misma razón de que fue profeta: puesto que así es el estilo profético.

        –¿Cuál? ¿Hacer confusión?

        –No; ver en un suceso próximo, llamado typo, otro suceso más re­moto y arcano llamado antitypo; y así Cristo vio por transparencia en la ruina de Jerusalén el fin del “siglo”; y si no reveló más de lo que aquí está, es porque no se puede revelar, o no nos conviene.

        La otra dificultad grave que hay en este discurso es que por un lado se nos dice que no sabremos jamás “el día ni la hora” del Gran Derrumbe, el cual será repentino “como el relámpago”; y por otro lado se pone Cristo muy solícito a dar señales y signos para marcarlo, cargando a los suyos de que anden ojos abiertos y sepan conocer los “signos de los tiempos”, como conocen que viene el verano cuando reverdece la higuera. ¿En qué quedamos? Si no se puede saber ¿para qué dar señales?

        No podremos conocer nunca con exactitud la fecha de la Parusía, pe­ro podremos conocer su inminencia y su proximidad. Y así los primeros cristianos, residentes en Jerusalén hacia el año 70, conocieron que se ve­rificaban las señales de Cristo, y siguiendo su palabra: “Entonces, los que estén en Judea huyan a los montes; y eso sin detenerse un momento” se refugiaron en la aldea montañosa de Pella y salvaron, de la horripilante masacre que hicieron de Sión las tropas de Vespasiano y Tito, el núcleo de la primera Iglesia.

        Los tres signos troncales que dio Cristo de la inminencia de su Se­gundo Adviento parecen haberse cumplido: la predicación del Evangelio en todo el mundo, Jerusalén no hollada más por los Gentiles, y un pe­ríodo de “guerras y rumores de guerras”, que no ha de ser precisamente la Gran Tribulación; pero será su preludio y el “comienzo de los dolores”. El Evangelio ha sido traducido ya a todas las lenguas del mundo y los misioneros cristianos han penetrado y recorrido todos los continentes. Jerusalén que desde su ruina el año 70 ha estado bajo el poder de los ro­manos, persas, árabes, egipcios y turcos... desde 1918 y por obra del ge­neral inglés Allenby ha vuelto a manos de los judíos; y un “Reino de Israel” que se reconstruye, existe tranquilamente ante nuestros ojos; y finalmente nunca jamás ha visto el mundo, desde que empezó hasta hoy, una cosa semejante a ésta que el Papa Benedicto XV llamó en 1919 “la guerra establecida como institución permanente de toda la humani­dad”. Las dos guerras “mundiales”, incomparables por su extensión y fe­rocidad, y los estados de “preguerra” y “posguerra” y “guerra fría” y “rearme” y la gran perra, que ellas han creado, son un fenómeno espec­tacularmente nuevo en el mundo, que responde enteramente a las palabras de la profecía del Maestro: “Veréis guerras y rumores de guerra, sediciones y revoluciones, intranquilidad política, bandos que se levantan unos contra otros, y naciones contra naciones... Todavía no es el fin, pero eso es el principio de los dolores.” ¿Y cuál es el fin? El fin será el monstruoso reinado universal del Gran Perverso y la persecución despiadada a todo el que crea de veras en Dios; en la cual persecución a la vez interna y ex­terna parecerá naufragar la Iglesia de Dios en forma definitiva[1].

        Otras muchas señales menores, que parecen cumplirse ya, se podrían mencionar; pero no tengo lugar y además es un poco peligroso para mí. Baste decir que aparentemente la herramienta del Anticristo, como notó Donoso Cortés, ya está creada. Hace un siglo justo, el gran poeta francés Baudelaire, escribía en su diario Mon Coeur mis a Nu acerca del go­bierno dictatorial de Napoleón III –que fue una tiranía templada por la corrupción–, que “la gloria de Napoleón III habrá sido probar que un Cualquiera puede, apoderándose del Telégrafo y de la Imprenta, tiranizar a una gran Nación”; cosa que los argentinos sabemos ahora sin necesidad de acudir a Baudelaire.

        Pues bien, desde entonces acá, los medios técnicos de tiranizar a una gran nación, y aun a todo el mundo, por medio del temor y la mentira, han crecido al décuplo o al céntuplo. El Anticristo no tiene actualmente más trabajo que el de nacer; si es que no ha nacido ya, como apuntó San Pío X en su primera encíclica. El mundo está ablandado y caldeado para recibirlo por la predicación de los “falsos profetas”, contra los cuales tan insistente nos precave Cristo; y que son otra de las señales: seudoprofetas a bandadas.

        El odio –y no el amor– reina en el mundo. Eso también está predicho en un versículo que no es nada claro en la Vulgata, pero se entiende bien en el texto griego. “Y porque sobreabundará la iniquidad, se resfriará la caridad en muchos”, dice la traducción de San Jerónimo; que yo creo que no es de San Jerónimo sino de Pomponio o de Brixiano; pues creo cierta la noticia actual de que San Jerónimo no tradujo, sino solamente corrigió la Vulgata. El versículo traducido así resulta una perogrullada, por no decir una pavada: el segundo miembro de la frase es un anticlímax, en vez de ser un clímax como pedía la lógica. Para explicarme rápido, diré que es como si yo dijera: “Como había una temperatura de 45 gra­dos, no había muchos que dijesen que hacía frío...” (no había nadie). O bien otro ejemplo: “El que asesina a su madre, no se puede decir que tenga una virtud perfecta...” (ninguna virtud tiene). Y así, si el mundo está inundado de injusticia, estúpido es decir que a causa de eso “se en­friará la caridad”. No habrá caridad desde hace mucho, ni fría ni caliente. La caridad es más que la justicia.

        Pero el texto griego dice otra cosa, que es inteligente y lógica. Se puede traducir así: “Habrá tantas injusticias que se hará casi imposible la convivencia”; y eso es instructivo y luminoso, porque efectivamente el efecto más terrible de la injusticia es envenenar la convivencia. A la pa­labra griega agápee le dieron poco a poco los cristianos el significado de caridad en el sentido tan especial del Cristianismo; pero originalmente agápee significa “concordia, apego, amistad”; y por cierto amistad en su grado más ínfimo, que es ese mínimum necesario para poder vivir mal que bien unos al lado de otros; conllevarse como dicen en España; o sea la convivencia.

        Que la convivencia entre los humanos se está destruyendo hoy más y más y a toda prisa ¿quién no lo ve? Y que la causa de esa malevolencia que invade de más en más al género humano sea la injusticia ¿quién lo duda? Las injusticias amontonadas y no reparadas, que dejan su efecto venenoso en el ánimo del que las sufre... y también del que las hace. “Que hablará muy mal de ustedes - Aquel que los ha ofendido”, dice Martín Fierro; y “la injusticia no reparada es una cosa inmortal”, dice el hijo de Martín Fierro.

        No he escrito todo esto para desconsolar a la gente, sino porque creo que es verdad; y Cristo nos mandó no nos desconsoláramos por eso, al contrario: “Cuando veáis que todo esto sucede, levantad las cabezas y alegráos, porque vuestra salvación está cerca.” ¿Para qué ha sido creado este mundo, y para qué ha caminado y ha tropezado y ha pasado por tantas peloteras y despelotas sino para llegar un día? Estos impíos de hoy día que dicen que el mundo no se acabará nunca, o bien durará todavía 18 mil millones de años, se parecen a esos viajeros que se empiezan a en­tristecer cuando el tren está por llegar. Y puede que ellos tengan sus mo­tivos para entristecerse; pero el cristiano no los tiene. Este mundo debe ser salvado; no solamente las almas individuales sino también los cuerpos, y la naturaleza, y los astros (todo debe ser limpiado definitivamente de los efectos del Pecado); que no son otros que el Dolor y la Muerte. Y para llegar a eso, bien vale la pena pasar por una gran Angostura.

        Yo no sé cuándo será el fin del mundo; pero esos incrédulos que lo niegan o postergan arbitrariamente saben mucho menos que yo. ¿Verán los jóvenes de hoy la Argentina del año 2000? No lo sabemos. ¿Verán los chicos escueleros a la Argentina con 100 millones de habitantes, de los cuales 90 millones en Buenos Aires? No lo sabemos. ¿Verá el bebé que ha nacido hoy –y varios han nacido seguro– el mundo convertido en un vergel y un paraíso por obra de la Ciencia Moderna? Ciertamente que no. Si lo ven convertido en un vergel, será después de destruido por la Ciencia Moderna, y refaccionado por el poder del Creador, y la Se­gunda Venida del Verbo Encarnado; ahora no ya a padecer y morir, si­no a juzgar y a resucitar.

        Lo que puede que vean y no es improbable, es a Cristo viniendo so­bre las nubes del cielo para “fulminar a la Bestia con un aliento de su bo­ca”, y ordenar la resurrección de todos nosotros los viejos tíos o abuelos, si es que no lo vemos también nosotros, porque nadie sabe nada, y los sucesos de hoy día parecen correr ya, como dijo el italiano, 'precipitevo­lissimamente”.

 

 



[1]De esta “Gran Tribulación hemos hecho un cuadro imaginario en nuestra no­vela Su Majestad Dulcinea.


Leonardo Castellani: “El Evangelio de Jesucristo”. Ed. Dictio. Pags. 390-396