viernes, 27 de octubre de 2023

San Pio X, los liberales y la opción política (2° parte) - Antonio Caponnetto

 


Segunda Parte

-En el capítulo tercero de nuestro libro “La perversión democrática” (cfr. reciente reedición ampliada, Buenos Aires, Santiago Apóstol, 2023, p. 329 y ss), hay un subtema denominado “El mal menor”. Ese tema, a su vez, se subdivide en varias cuestiones, siendo la 5º la llamada “Propuesta de votar al candidato menos indigno”. Dicha “Propuesta” fue el fruto de un intenso y acalorado debate entre católicos españoles integristas y no integristas, ocurrido a principios del siglo XX, concretamente en 1905, sobre todo a través de las páginas de la publicación La Razón Española. La polémica fue tan caldeada y resonante que obligó a la intervención de la Jerarquía Eclesiástica, y obligó en última instancia a una participación mediadora del mismo Pío X. Este es el primer contexto que no puede omitirse. No existe un San Pío X pidiendo “votopartidar”,o eximiendo de culpas al sufragio universal y a la partidocracia. Existe, sí, un Papa que se ve obligado a mediar en un conflicto local, de carácter regionalista, y que, como veremos, falla con prudencia y cautela.

-La noticia de este debate entre integristas y no integristas españoles, fue dada a conocer en la Argentina en el año 2007, por laicos y sacerdotes prestigiosos vinculados a la Fraternidad Sacerdotal San Pío X. Aclararon ellos, entonces, y de un modo tan expreso cuanto rotundo, que de ningún modo, al anoticiar sobre este punto, se quería “alentar la participación de los católicos en la farsa electoral, porque si hay algo que fue llevando a los Estados cristianos a la catástrofe en que nos hallamos, fue creer imposible la resistencia a los dogmas republicanos de la Revolución”.

Este es el segundo contexto que no puede omitirse; y se comprende que haya quienes lo omitan. Pues si hay un sayo que penosamente les cabe es el de creer imposible, en la práctica la resistencia a los dogmas democratistas. Antes bien, sus propuestas y sus conductas operativas se encolumnan entre quienes optan por aceptar las reglas de juego del sistema, participando del mismo.

-El debate entre los españoles, concretamente entre los sacerdotes Minteguiaga y Villada, tuvo, por un lado, cierta cuota exasperante de casuística, que no hacía sino enredar y enredar el objeto de análisis, hasta tornar difícil cualquier esclarecimiento. Y tuvo asimismo el trasfondo urgido y urgente de quienes deseaban hacer algo para frenar el avance de las fuerzas masónicas en la propia patria. Intervino Nocedal, exasperado y con cien buenas razones en su cabeza, para quejarse amargamente de las maniobras malminoristas. Y gritó a los cuatro vientos lo que toda persona sensata ya sabía; esto es, que el mal menor sigue siendo un mal; y que si de participar se trata en la vida política para prestar un servicio al bien común, lo ideal sería “unir a los católicos en el amor de la verdad íntegra, en el odio a todo mal y en la lucha contra todos los partidos liberales, hasta vencerlos y exterminarlos. ¡Jamás puede ser lícito favorecer a ningún partido liberal, por manso, hipócrita y pérfido que sea”.

Este es el tercer contexto que suele omitirse. La pugna era alrededor de la cuestión del mal menor; más detalladamente, alrededor de un aspecto singular del mismo, sobre si es posible discernir un candidato menos indigno que otros, y en ese caso, darle o no algún apoyo. Contexto relevante según analizamos en su momento, porque la verdad es que la casuística no alcanzó ni alcanza para este discernimiento, dejando sus aportes un marco espacioso para la duda, el error y las equivocaciones prácticas. A diferencia de aquellos a los que hemos visto expedirse a favor del masomenismo y del facticismo de sesgo maquiavélico, este debate y sus implicancias conceptuales y prácticas ponía de relieve la cantidad de cuidados morales que había que sopesar a la hora de participar en la vida política.

-Sirva recordar, además, complementariamente, que cuando San Pío  tuvo esta mediación sobre la elección del mal menor, las elecciones municipales o provinciales a las que se aludían en el debate, solían ceñirse a mandatos administrativos, sin compromisos partidocráticos definidos, prevaleciendo en ellas los juegos de sectores de influencia, no las competencias que hoy conocemos como electoralistas y partidistas. Son, a todas luces, situaciones diferentes.

-A todo eso, ¿qué es lo que ha dicho San Pío X en el debate en el que se vio inmiscuido y tuvo que terciar con todo el peso de su autoridad? San Pío X, el 20 de febrero de 1906, remitió una carta sobre el tema al Obispo de Madrid, la cual a nuestro juicio –y a pesar de que fue usada por aquellos aludidos mitigadores profesionales de la verdad- es el aporte más aprovechable que nos deja este episodio. San Pío X campea por encima de la disputa suscitada por las notas de Razón Española. No se inclina por la doctrina del mal menor ni por el principio del doble efecto, sino por un consejo prudencial aplicable a un tiempo y a un espacio determinado. Afirma que la doctrina del mal menor comunicada por Minteguiaga y Villada nada contiene ‘que no sea enseñado actualmente por la mayor parte de los Doctores de Moral’, y llama a los católicos a deponer ‘las antiguas discordias de partido’ para luchar en beneficio material y espiritual del país. Ninguna casuística asoma en su carta al Obispo, ni preceptiva que cueste descifrar, ni longitud de palabras innecesaria. Ninguna táctica malminorista ni tibieza de procederes. “Tengan todos presente –dice- que ante el peligro de la religión o del bien público, a nadie es lícito permanecer ocioso. Es menester que los católicos […] dejados a un lado los intereses de partido, trabajen con denuedo por la incolumidad de la religión y de la patria”.

-Es decir, no al abstencionismo o neutralismo político, y no al partisanismo disociador. En consecuencia -y condescendiendo a un terreno más acotado y operativo, puesto que para eso había sido consultado- será aceptable y deseable, sostiene, que “tanto a las asambleas administrativas como a las políticas o del reino vayan aquellos que, consideradas las condiciones de cada elección y las circunstancias de los tiempos y de los lugares,[…] parezca que han de mirar mejor por los intereses de la religión y de la patria en el ejercicio de su cargo público”. Si hay que elegir, pues, en ámbitos municipales o locales, a quienes tengan que desempeñarse en asambleas administrativas o políticas, el consejo prudencial del Pontífice es muy claro. No a los males menores ni a los menos indignos, sino a aquellos que “han de mirar mejor por los intereses de la religión y de la patria en el ejercicio de su cargo público”.

-La verdad es que en buena hora se nos vengan encima todos los textos del pontificado de San Pío X; incluso este que volvemos a reproducir y que en nada contradice lo que venimos enseñando. Sencillamente porque el Papa no está llamando al mundo católico a una campaña política demoliberal y sufragista, partidocrática y electoralera, sino que le está diciendo a los católicos españoles que viven un conflicto determinado, en una región determinada, que traten de solucionarlo del mejor modo posible: velando por los intereses de la Religión y de la Patria.

-En cuanto a la molesta prevención estampada entonces, volvemos a reiterarla. Porque no es posible que –como han hecho algunos, y no sólo de orientación progresista- este buen consejo pastoral ofrecido para dirimir una reyerta de circunstancias, sea tomado como un dogma, según el cual,  y poniendo en contradicción consigo mismo al Papa San Pío X, éste aparezca justificando y santificando a la democracia liberal.

-San Pío X, en los textos fundantes de su pontificado, expresa reiteradamente las admoniciones y las reprobaciones contra el pecaminoso y maldito sistema liberal y democrático, y en especial contra aquellos católicos modernistas que manifiestamente optan por calificarse como demócratas y cristianos. E supremi apostolatus, Gravissimo officii, Lamentabili sane, Notre charge apostolique, Vehementer nos, y tantos otros documentos eximios están frente a nosotros, para que nos dejemos de estupideces votopartidizantes, y nos dispongamos a la lucha para Instaurar todo en Cristo. Tal, por si alguien lo ha olvidado, el lema pontifical de San Pío X.

Pero debemos decir otras cosas al respecto.

-San Pío X es el autor de una encíclica titulada Il fermo proposito, dada en Roma, el 11 de junio de 1905. En rigor es una carta dirigida a los obispos de toda Italia, que sienta un precedente válido para el resto de los países. El Papa se muestra especialmente preocupado por los caminos que deberían seguir los católicos dedicados a la acción social y política. Y propone tres cursos de acción, precisamente para que esa acción social y política tenga fisonomía propia y se diferencie de la de aquellos que no son hijos fieles de la Iglesia, o la de aquellos a quienes nada les importa aliarse con el inicuo sistema.

El primer camino es el de constituir una Unión Popular, bajo la presidencia de un noble: el conde Medolago Albani. La Unión Popular no era un partido político ni cosa parecida, sino una escuela de formación, de adoctrinamiento y de militancia apostólica en pro del bien común. El segundo camino fue la creación de una Unión Económico-Social, bajo los auspicios de otra figura patricia, el Comendador Paolo Pericoli. Al igual que la Unión Popular, esta asociación no tenía ni los caracteres ni los fines de los partidos políticos. Y el tercer camino era la constitución de una Unión Electoral, al mando de Giuseppe Toniolo, personalidad relevante beatificada por Benedicto XVI, el 29 de abril de 2012. Toniolo, habrá que recordarlo, tampoco era un partidócrata ni un puntero electoral. Padre de siete hijos e intelectual de cierto fuste, su mayor preocupación política estuvo puesta en la vigencia y en la utilidad de los cuerpos intermedios, y en el testimonio docente de la Doctrina Social de la Iglesia. Valdría la pena sopesar y evaluar su figura, próxima al pensamiento tomista, a la espiritualidad teresiana y amigo personal de San Juan Bosco[1].

Si se lee con detenimiento este proyecto socio-político de San Pío X estampado en Il fermo proposito, se advertirá de modo claro que el Pontífice, continuaba y prolongaba la decisión del Non Expedit, tomada por sus antecesores. Hace una expresa referencia diciendo: “Gravísimas razones Nos disuaden, Venerables Hermanos, de seguir la norma decretada por Nuestro Antecesor de feliz memoria Pío IX, y continuada después por el otro Predecesor Nuestro, de feliz memoria León XIII, en su largo pontificado, en virtud de la cual queda, generalmente, prohibida a los católicos en Italia la participación en el poder legislativo”[2]. Pero también es cierto que, en el mismo punto, el Papa no descarta la posibilidad futura de que ciertos católicos quieran o deban “tener parte directa en la vida política del país por medio de la representación popular en las cámaras legislativas”; lo cual puede suceder “en casos particulares” y pidiendo [los interesados] “la oportuna dispensa”, si es que está en juego “el supremo bien de la sociedad”[3].

Lo interesante es que, para esos casos futuros que prevé el Pontífice, se establecen algunas condiciones, pero una muy particular que no debe pasar inadvertida: “Pero la posibilidad de esta benigna concesión Nuestra ha de poner a los católicos en la obligación de prepararse cuerda y seriamente, para la vida política, cuando a ella fueren llamados. Por eso, importa mucho que aquella misma actividad, loablemente ejercitada ya por los católicos en prepararse con buen régimen electoral a la vida administrativa de los Municipios y Concejos provinciales, se extienda por igual a prepararse convenientemente y a organizarse para la vida política, según que lo recomendó con oportunidad en su Circular del 3 de diciembre de 1904 la Presidencia general de las Obras económicas en Italia. Al mismo tiempo se tendrán que inculcar y seguir en la práctica los demás principios que regulan la conciencia del verdadero católico. Porque el verdadero católico ha de tener presente, ante todas las cosas y en cualquier coyuntura, que ha de portarse como tal acercándose a los empleos públicos y desempeñándolos con el firme y constante propósito de promover, según su posibilidad, el bien social y económico de la patria, particularmente del pueblo, conforme a las máximas de la civilización puramente cristiana, y de defender al mismo tiempo los intereses supremos de la Iglesia, que son los de la religión y de la justicia”[4].

-Como según parece esta encíclica Il fermo proposito no fue todo lo acatada que el Santo Padre hubiera deseado, promulgó otra, el 28 de julio de 1906, titulada Pieni l’animo di salutare timor. Se prescribe en la misma: “Por lo demás, Venerables Hermanos, a fin de poner un dique eficaz a esta desviación de las ideas, y a esta propagación del espíritu de independencia, con Nuestra autoridad prohibirnos de hoy en adelante a todos los clérigos y sacerdotes dar su nombre a cualquier asociación que no dependa de los Obispos. De modo especial y nominalmente prohibimos a los mismos, bajo pena para los clérigos de inhabilidad para las Sagradas Ordenes y para los sacerdotes de suspensión en el acto de las cosas divinas, inscribirse en la Liga Democrática Nacional, cuyo programa es el de Roma-Torrette del 20 Octubre de 1905, y el Estatuto, sin nombre de autor, fue impreso en Bolonia a la vera de la Comisión Provisoria[…] Prevenid el mal, en donde afortunadamente aún no se muestra; extinguidlo con rapidez allí donde recién ha nacido; y donde por desventura es ya adulto, extirpadlo con mano enérgica y resuelta”[5].

Se nos permitirá glosar lo necesario, pues los textos precedentes se comentan solos:

a) San Pío X diseña una opción política para los católicos. Mientras  en el plano teórico o conceptual sostiene dicha opción en el firme rechazo del liberalismo, del socialismo, de la masonería y de la democracia cristiana; en el plano práctico encarrila esa opción mediante instituciones o asociaciones que nada tienen que ver con los partidos políticos, y que más bien están muy cerca de los tradicionales cuerpos intermedios.

b) San Pío X no cree en el sufragio universal y mantiene la consigna de no votar ni ser votado, válida para los italianos, mientras durase el conflicto entre el poder temporal y la autoridad petrina. Pero previendo que dicho conflicto llegaría un día a su fin, decidió preparar a los católicos con la mejor formación posible, y aún con las mejores medidas de alcance práctico. Es entonces que habla de “prepararse con un buen régimen electoral”. La fórmula textual no abriga lugar a dudas. No es bueno el régimen electoral vigente del sufragio universal. Es necesario buscar otro modo para que los ciudadanos puedan designar y ser designados. Algo que encaja perfectamente en la doctrina clásica de la Iglesia al respecto. No al sufragio universal. Sí a un buen régimen electoral.

c) San Pío X (y en esto, si se nos permite la comparación, coincidiendo sin saberlo con Rodolfo Irazusta), pensaba que el único modo de mitigar los males inherentes del sufragio universal -cuya extinción no podía ejecutar-era que resultase lo menos universal posible. Esto es, que se transformara en algo distinto de lo que es. Por ejemplo, que se acotara a elecciones comarcales, aldeanas o regionales, en las cuales los vínculos entre electores y elegidos respetaran más la escala humana o corporativa, o atenuaran en algo los males del cuantitativismo anónimo y disoluto. Por eso, entre otros motivos, terció en el famoso debate entre Minteguiaga y Villada, que incidía en una porción determinada de ciudadanos con un problema lugareño por resolver; y por eso, a la hora de plantear la posibilidad de hacer excepciones o de conceder permisos especiales en materia de representación popular, recomienda que sea en municipios o en consejos provinciales; y pauta las condiciones de esos eventuales representantes de manera muy firme. Las repetimos: “el verdadero católico ha de tener presente, ante todas las cosas y en cualquier coyuntura, que ha de portarse como tal acercándose a los empleos públicos y desempeñándolos con el firme y constante propósito de promover, según su posibilidad, el bien social y económico de la patria, particularmente del pueblo, conforme a las máximas de la civilización puramente cristiana, y de defender al mismo tiempo los intereses supremos de la Iglesia, que son los de la religión y de la justicia”.

d) San Pío X condenó sin atenuantes, y con severas penas, a los católicos democráticos y partidocráticos liberales y modernistas. Sean los de Le Sillon, los de la Liga Democrática Nacional, los seguidores de Rómolo Murri, George Tyrrel, Lucien Laberthonnière, Le Roy,Fogazzaro o Bureau. Es decir, no solamente a los italianos que tenían vedado involucrarse en el Régimen por el motivo agregado de las tensiones entre el mismo y el Papado, sino a todos aquellos que adhirieran a posiciones heterodoxas. En diciembre de 1903,incluso, publicó el Motu Proprio Fin dalla prima nostra en el cual delineaba una “normativa fundamental para la acción social de los católicos”, en contraste neto con las llamadas ideas o corrientes católico-democráticas.

Nos dice allí el Papa: “la Democracia Cristiana no debe tener nada que ver con la política, y nunca debe ser capaz de servir a tales fines o a los partidos políticos; este no es su campo; pero debe ser un movimiento benéfico para el pueblo, y se basa en la ley de la naturaleza y los preceptos del Evangelio. La Democracia Cristiana en Italia debe abstenerse de participar en cualquier acción política, pues está en las actuales circunstancias prohibidas a todos los católicos, por razones de orden más elevado”[6]. “Los escritores demócrata-cristianos deben, como todos los otros escritores católicos, presentar a examen todos los escritos que se refieren a la religión, la moral cristiana y la ética natural, en virtud de la Constitución Officiorum et munerum (Art. 41)[…].Deben obtener el consentimiento previo para la publicación de los escritos de carácter meramente técnico”[7]. Conste que los condenados, lejos de rectificar sus yerros, le declararon una guerra sórdida al Santo Padre, como sucedió precisamente con la Liga Democrática Nacional.

e) San Pío X -y es el juicio descalificador de un modernista el que sin querer lo pondera de modo excelso- representaba “una Iglesia demasiado anclada en un pasado que no volvería, y en un talante intransigente incapaz de dialogar con una sociedad cada día más plural y secularizada[…]. No estaba dispuesto a que los más intelectuales escandalizaran a los más sencillos[…]. Tomó el nombre de Pío en recuerdo de los pontífices de tal nombre ‘que en el último siglo se opusieron con coraje al multiplicarse de las sectas y de los errores’. El filósofo francés Blondel señaló que la elección del nombre ya era una indicación de la dirección del pontificado y, de hecho, da la impresión de que se sentía más identificado con el talante de Pío IX que con el de su inmediato predecesor, de quien pensaba que había sido demasiado contemporizador[…]. No era un optimista con relación al tiempo que le tocó vivir. ‘Nuestro mundo sufre un mal: la lejanía de Dios. Los hombres se han alejado de Dios, han prescindido de Él en el ordenamiento político y social. Todo lo demás son claras consecuencias de esa postura’ escribió en su primera encíclica[…]. Creía que no se podía separar lo que pertenecía a la Fe y las costumbres de lo que era propio de la política. Esto llevaba naturalmente a preferir las asociaciones de tipo confesional y a rechazar las tendencias más autónomas o los intentos interconfesionales[…]. Condenó con determinación [a los modernistas] y rechazó el cristianismo democrático que ellos defendían[…]. En mayo de 1911, con la encíclica Iamdudum in Lusitania, denunció en la legislación de la Nueva República Portuguesa la voluntad ‘de despreciar a Dios, repudiar la fe católica, injuriar al romano pontífice, dividir a la Iglesia’[…]. No tembló su pulso y condenó, desterró, reprendió y modificó organigramas, personas, libros y situaciones con absoluto desparpajo”[8].

-No habrá solución ninguna votando con la mentira universal del sufragio universal, único vigente en el país; y participando de esas estructuras de pecado que son los partidos, insertos formalmente en la canallesca partidocracia. Lo grave, claro está, no es la incongruencia brutal e hiriente de esos católicos ignorantes y confundidos, sino la de quienes los han llevado a justificar lo injustificable, haciéndoles creer que puede ser virtuoso defender la Argentina y la Religión votando o participando de los partidos políticos. Cuando lo que están haciendo es volverse cómplices directos y activos de los enemigos de la Fe Católica y de la Patria.



[1] Cfr. vg. Rita María Cancio, José Toniolo. Discípulo de Santa Teresa de Jesús,apóstol de la Acción Católica, México,Botas, 1956.

[2] Pío X, Il fermo proposito, 17.

[3] Ibidem

[4] Ibidem, 18. Las negritas son nuestras.

[5] Pío X, Pieni l’animo di salutare timor, 22-23.

[6] Pío X, Fin dalla prima nostra, XIII.

[7] Ibidem, XVII.

[8] Juan María Laboa,Los Papas del siglo XX, Madrid, BAC, 1998, p.16-24. Bastardillas nuestras.



                                                                                         Antonio Caponnetto


jueves, 26 de octubre de 2023

San Pío X, los liberales y la opción política (1ª parte) – Antonio Caponnetto

 


Primera Parte

Dadas las circunstancias que son del dominio público, se han reflotado algunos textos de San Pío X conteniendo indicaciones o instrucciones para orientar la acción política de los católicos. Los divulgadores de dichos textos (bien conocidos por los estudiosos de estas cuestiones arduas), suelen omitir –con la mejor intención y legítimo afán de ayudar a los fieles- por lo menos dos detalles, no menores a nuestro juicio.

El primero, que dichos textos de San Pío X toman la forma de lo que hoy llamaríamos, si se nos permite el lenguaje actual, acompañamiento pastoral a una porción específica de la grey católica: la grey madrileña de principios de principios del XX. Estará bien capitalizar esos textos para el presente o apropiarse de ellos para que presten un servicio en nuestros días.

Pero el recaudo de contextualizar esas enseñanzas en tiempo y espacio es ineludible. Y si tal recaudo no se toma es más la confusión que la claridad lo que se sigue.

El segundo detalle generalmente omitido es que la categoría “liberal” o la afirmación de ser un partidario del “liberalismo”, que menciona San Pío X, no aplica necesariamente a lo que hoy existe bajo ese rótulo. Diríamos más: no aplica casi en absoluto. La razón más evidente y más sintética que podemos dar, es que el liberal de aquí y ahora (en la Argentina de octubre-noviembre de 2023, en vísperas de un balotage electoral) se define libertario, y que su programa es una mezcla repugnante y monstruosa del liberalismo con el anarquismo.

Si el papa San Pío X se dirigiera hoy a los católicos para instruirlos sobre sus relaciones con estos personajes siniestros, no quedan muchas dudas de que su expresiones, lejos de contener algún pedido de mitigación de las condenas o de afabilidad en el trato, serían categóricamente fulminantes. No hay forma de servir a la vez a dos señores.

Hace unos años, concretamente en el 2014 y 2015, con ocasión de un debate que suscitó mi libro “La perversión democrática”, recientemente reeditado, me ocupé de las consignas de San Pío X en materia política. Y quedé gratísimamente sorprendido al constatar que el gran pontífice era el que más se había preocupado por presentarle a los católicos una respuesta concretísima, táctica y estratégica, a la famosa pregunta sobre lo que hay que hacer en política. Lo esclareció, principalmente, en tres documentos cuasi desconocidos: el motu proprio Fin dalla prima nostra de diciembre de 1903, la encíclica Il fermo proposito, del 11 de junio de 1905, y otra más titulada Pieni l’animo di salutare timor, del 28 de julio de 1906.

Es lamentable que no exista una difusión analítica adecuada de estos textos, de raigambre universal, y que en su lugar primen las instrucciones ocasionales para resolver poco menos que un motín entre dos facciones de la “derecha” católica madrileña de principios del siglo pasado.

Vamos a reproducir a continuación unos fragmentos del volumen primero de mi libro “La democracia: un debate pendiente”(Buenos Aires, Katejon,2014,p. 69 y ss). Lo haremos suprimiendo ciertas alusiones personales, que no nos parece prudente reflotar ahora:

El caso del que nos hemos ocupado en La perversión democrática no es el del Papa San Pío X avalando el sufragio universal, ni la partidopolización, ni siquiera el de la evaluación moral del acto electoral o partidocrático. Mucho menos el de San Pío X “instando a participar” en los meandros coyunturales del régimen masónico. Es un caso mucho más acotado y ceñido, en tiempo y espacio: el de la mediación doctrinal y prudencial que le tocó hacer, sobre la cuestión del mal menor, en carta fechada el 20 de febrero de 1906, dirigida al Obispo de Madrid.

El Papa tuvo que intervenir en una reyerta suscitada por una diversidad de notas polémicas aparecidas en la revista Razón Española, durante el año 1905. Las notas –como ya adelantamos- eran principalmente sobre la doctrina del mal menor; y sus protagonistas el Padre Venancio Minteguiaga y el Padre Villada, jesuitas y casuistas ambos. En el debate intervino Nocedal y algún

otro representante de la llamada escuela integrista, y cuando el enredo parecía no tener fin y el tema en litigio era acuciante, tomó la palabra San Pío X, a pedido del obispo madrileño.

Entonces, y tras analizar los pormenores de este caso, sostenemos lo siguiente [tomando a continuación la cautela de poner en negrita lo que es textual del Pontífice]:

San Pío X campea por encima de la disputa suscitada por las notas de Razón Española. No se inclina por la doctrina del mal menor ni por el principio del doble efecto, sino por un consejo prudencial aplicable a un tiempo y a un espacio determinado. Afirma que la doctrina del mal menor comunicada por Minteguiaga y Villada nada contiene ‘que no sea enseñado actualmente por la mayor parte de los Doctores de Moral’, y llama a los católicos a deponer ‘las antiguas discordias de partido’ para luchar en beneficio material y espiritual del país. Ninguna casuística asoma en su carta al Obispo, ni preceptiva que cueste descifrar, ni longitud de palabras innecesaria. Ninguna táctica malminorista ni tibieza de procederes. ‘Tengan todos presente –dice- que ante el peligro de la religión o del bien público, a nadie es lícito permanecer ocioso. Es menester que los católicos […] dejados a un lado los intereses de partido, trabajen con denuedo por la incolumidad de la religión y de la patria”. Es decir, no al abstencionismo o neutralismo político, y no al partisanismo disociador.

En consecuencia -y condescendiendo a un terreno más acotado y operativo, puesto que para eso había sido consultado- será aceptable y deseable, sostiene, que ‘tanto a las asambleas administrativas como a las políticas o del reino vayan aquellos que, consideradas las condiciones de cada elección y las circunstancias de los tiempos y de los lugares,[…] parezca que han de mirar mejor por los intereses de la religión y de la patria en el ejercicio de su cargo público’. Si hay que elegir, pues, en ámbitos municipales o locales, a quienes tengan que desempeñarse en asambleas administrativas o políticas, el consejo prudencial del Pontífice es muy claro. No a los males menores ni a los menos indignos, sino a aquellos que ‘han de mirar mejor por los intereses de la religión y de la patria en el ejercicio de su cargo público’.

Corre por parte de quien no sepa proporcionar las cosas, conferirle a este buen consejo pastoral de San Pío X, el carácter de dogma de fe. Pero sigamos.

Es rápido darse cuenta de que en esas páginas no aparece el Papa pidiendo sufragio universal o libre juego de los partidos políticos. Ni siquiera aparece diciendo que será aceptable y deseable la intervención de los católicos para que a los cargos públicos vayan quienes velen mejor por la religión y la patria. Dice algo distinto, no contrario ni opuesto, pero sí diferente, en un contexto redondamente ajeno del que se lo ha extrapolado. Y por lo tanto con otra significación. Pero ya al margen del destrato que ha sufrido esta cita, la verdad es que resulta difícil adscribir a San Pío X a una “evolución de la Santa Sede respecto de la participación de los católicos en la política”, en el sentido de una mayor contemporización con las prácticas democráticas del liberalismo.

Y esto no sólo por el mantenimiento del Non Expedit sino por la promulgación de encíclicas como Gravissimo officii o Notre charge apostolique. La verdad es que las predilecciones políticas del Pontífice cuyo lema fue Instaurar todo en Cristo estaban muy lejos de cualquier evolución a favor del sufragio universal o de la partidocracia.

Todo un signo de su posición en la materia fue la designación del prestigioso Cardenal Merry del Val como Secretario de Estado. Cuando al poco tiempo de ocupar la silla petrina, se le planteó a San Pío X la llamada Ley de las Cultuales, obra del masón Emilio Combes, por entonces a cargo del gobierno francés; juntos, ambos hombres, el Pontífice y su Secretario de Estado, rechazaron con firmeza la ignominia, aún sabiendo que al hacerlo exponían a los católicos galos a la marginación política, a la persecución civil y hasta a la expoliación fiscal. Prevaleció el valiente “non possumus”, tras una noche de vigilia y de oración.

“No dejaba de preocupar al Papa la orientación que en varios Estados iba tomando la política. Se tendía a romper todos los lazos y principios cristianos en la vida pública. En varias alocuciones de consistorios, en discursos, en multitud de escritos, condenó estas tendencias. Su posición en Roma y con respecto al gobierno italiano permaneció inmutable, siguiendo la norma de 1870. En cambio, en varios círculos católicos de Italia, que iban formando algunas asociaciones cristiano-demócratas, y por parte de varios obispos y distinguidos seglares, se pretendía dejar de lado el principio del ‘non expedit’, que había prohibido a los católicos tomar parte en las elecciones legislativas y en la vida politica. El Papa en principio rechazó la tendencia; pero dejó a la prudencia de los obispos el dispensar en casos concretos, aunque siempre reservándose la última palabra. De este modo entró en el Parlamento el año 1909 un grupo de 24 diputados, que representaban los intereses y principios católicos. En el punto de la cuestión romana, Pío X se mantuvo inflexible. En Roma mismo corrían tiempos malos para la misma persona del Papa, como cuando el 20 de septiembre de 1910, el judío Natham, alcalde de la ciudad, tuvo un discurso sumamente injurioso al Papa[...]. También prohibió [San Pío X], contra las representaciones de varias personalidades católicas de Francia, las Associations Cultuelles, previstas por la ley de separación, porque prescindían de la jerarquía establecida por Dios y conducían finalmente a la sujeción de la Iglesia bajo el yugo del Estado liberal; la prohibición apareció en la encíclica Gravissimo Officii munere, del 10 de agosto de 1906[...]. No dejó de preocupar al Papa la acción católica de Italia, que tendía a desarrollar su actividad como democracia cristiana. Ante todo anhelaba el Sumo Pontifice la unánime aceptación de los principios básicos de León XIII, desterrando la diversidad de tendencias. En segundo lugar, quería evitar que esa democracia cristiana prescindiese de la autoridad de los obispos. La dificultad era tanto mayor en Italia, cuanto que esa democracia tendía también a ejercitar actividades políticas, que en Italia estaban vedadas a los católicos”[1].

La prolongada cita de Llorca-García Villoslada-Montalbán no necesita interpretaciones, pero se nos permitirá colocar algunos énfasis didácticos en orden a aclarar aún más el tema específico que nos ocupa:

-San Pío X condena las tendencias modernas a separar la acción política de los principios cristianos tradicionales. Si a algo insta no es a participar en campañas electorales, sino –y como lo dijera Benedicto XVI- a tomar conciencia de que “en la base de nuestra acción apostólica, en los diversos campos en que trabajamos, debe haber siempre una íntima unión personal con Cristo, que hay que cultivar y acrecentar día tras día”[2].

-San Pío X, lejos de considerar inocua o neutra cualquier clase de participación política, se opuso a ciertos “círculos católicos de Italia que iban formando algunas asociaciones cristiano-demócratas”. Lejos asimismo de negarle nocividad inherente a ciertas prácticas cívicas, confrontó con “varios obispos y distinguidos seglares, que pretendían dejar de lado el principio del non expedit, que había prohibido a los católicos tomar parte en las elecciones legislativas y en la vida política”.

-San Pío X mantuvo la inflexibilidad y la intransigencia respecto de la pugna con el Estado liberal y masónico, dentro o fuera de Italia. Hasta tal punto que, “contra las representaciones de varias personalidades católicas” se manifestó en clara disconformidad con determinadas organizaciones que, aunque bien intencionadas, en la práctica, podían conducir a los católicos que actuaran en las cosas públicas, a quedar sometidos “bajo el yugo del Estado liberal”.

-San Pío X, en consonancia con su antecesor León XIII, hizo público su rechazo a la llamada democracia cristiana, y a quienes tendían a canalizar sus opciones y actividades políticas bajo los modos y los contenidos “que en Italia estaban vedadas a los católicos”.

-San Pío X, aunque “reservándose la última palabra”, confió a “la prudencia de los obispos” la facultad de otorgar “dispensas” “en casos concretos”, para quienes quisieran dedicarse a la actividad política auspiciada por el sistema, sea para poder elegir o ser elegidos. Se trata de eso: de dispensas en casos concretos, garantizadas por la prudencia de los obispos de los respectivos lugares en los que esas dispensas y esos casos concretos fuesen necesarios.

-San Pío X, al igual que sus antecesores y predecesores, no tenía porqué considerar “un pecado el hecho de votar y participar como algo intrínsecamente malo”. Y si no lo consideró así, la tal consideración en absoluto impugna nuestra perspectiva, puesto que –como ya fue aclarado desde el instante inicial de esta réplica- nunca sostuvimos tal afirmación. Hay pecado sí, en el liberalismo; y hay pecado en la mentira que el sufragio universal nos impone con su principio de que el éxito numérico es criterio de verdad. Pero ni hay pecado en participar en política, ni en la posibilidad –bajo ciertas circunstancias, requisitos y condiciones- de elegir a un gobernante o de ser elegido para determinado cargo.

Es la clásica distinción –sobre la que hemos insistido hasta el cansancio en La perversión democrática- entre tesis e hipótesis. La tesis es la doctrina católica en toda su pureza y esplendor; la hipótesis es lo que es posible realizar, o necesario de tolerar, teniendo en cuenta las circunstancias y las situaciones particulares. Con la condición de que jamás se sacrifique la vigencia de la tesis en el altar del circunstancialismo o del oportunismo político. Ni de que se use la hipótesis como pretexto para anular la perennidad de la tesis. Ni que se olvide el axioma de que a mayor tolerancia de un mal inevitable, mayor es el grado de imperfección y de riesgo moral.

Pero esta última actitud, lamentablemente, es la que parece orientar los pasos del católico actual. Y en ocasiones hasta tales extremos, que cada hipótesis que triunfa sobre una tesis, se convierte en motivo de regocijo, de justificación de personales conductas o de enrostramiento de que tal tesis ha sido, por fin, superada.

La verdad es que si hay un mal puerto para ir por leña de democracia, sufragio universal y partidopolización, ese puerto es el pontificado de San Pío X.

Quien se detenga en algunos párrafos claves de su encíclica Notre charge apostolique podrá comprobarlo sin dificultad. En el número 14, por lo pronto, condenando los errores de Le Sillon sostiene que esta agrupación “quiere dividirla[ a la autoridad], o mejor dicho, multiplicarla de tal manera que cada ciudadano llegue a ser una especie de rey”. La autoridad[dicen los Sillonistas] es cierto, dimana de Dios, pero reside primordialmente en el pueblo, del cual se desprende por vía de elección o, mejor aún, de selección, sin que por esto se aparte del pueblo y sea independiente de él; será exterior, pero sólo en apariencia; en realidad será interior, porque será una autoridad consentida”.

Resulta evidente que lo reprobado es el principio básico del sufragio universal, según el cual cada hombre es un voto, cada voto una autoridad soberana o regia, esa autoridad se entrega en elecciones a un sujeto determinado, y del pueblo depende tanto como emana.

Por eso, que cinco parágrafos después, en el número 19 de la Notre charge apostolique, agrega San Pío X, recordando expresamente a León XIII, que “la autoridad pública procede de Dios, no del pueblo ni puede ser revocada por el pueblo”. Para acotar en el número 28: “Su catolicismo[el de los Sillonistas] es deficiente porque admite sólo el régimen democrático.[...]. Enfeuda, pues, su religión a un partido político. Nos, no tenemos que demostrar que el advenimiento de la democracia universal no significa nada para la acción de la Iglesia en el mundo”.

La democracia universal, entonces,la del sufragio universal, la del derecho nuevo, la del constitucionalismo moderno, la de la soberanía del pueblo y la de la partidocracia, vuelve deficiente el catolicismo de quienes aceptan tales premisas. Y los enfeuda a una predilección discorde y opuesta respecto del Magisterio de la Iglesia.

En el Motu Proprio Fin dalla prima nostra enciclica, del 18 de diciembre de 1903, San Pío X marca una distancia insalvable entre esta “democracia universal” y la única acepción válida de la expresión “democracia cristiana”, dada por León XIII, como “acción benéfica en favor del pueblo, fundada en el derecho natural y en los principios del Evangelio”. Y para disipar malos entendidos se dirige a quienes así conciben la actividad pública en pro del bien común, para recordarles que “deberán abstenerse en absoluto de tomar parte en cualquier acción política, que en las presentes circunstancias, por razones de orden altísimo, está prohibida a todos los católicos”[3].

Dos años después, en 1905, en la Encíclica Il Fermo proposito, mantiene lo esencial de esta postura antiregiminosa, mitigando la cuestión del abstencionismo absoluto con la presentación de algunas alternativas, que ya había esbozado anteriormente.

San Pío X, en efecto, remite a su precitado Motu Proprio, para recordar que les es legítimo y necesario a los católicos cooperar al bien de las respectivas patrias que habitan mediante la “Acción Popular Cristiana, que abraza en sí todo el movimiento social católico, un ordenamiento fundamental que fuese como la regla práctica del trabajo común y el lazo de la concordia y caridad”.

“Singularmente eficaz”, denomina también a “cierta institución de índole general que, con el nombre de Unión Popular, está ordenada a juntar los católicos de todas las clases sociales[...], en torno a un solo centro común de doctrina, de propaganda y de organización social [...].Los católicos, quedando a salvo las obligaciones impuestas por la ley de Dios y por los mandatos de la Iglesia, pueden[...] mostrarse tan idóneos o más que que los otros en el cooperar a la felicidad material y civil del pueblo”[4].

A continuación les recuerda a los italianos, que “deben participar con permiso en la vida política”, de conformidad con “la norma decretada por Nuestro Antecesor de s.m, Pío IX, y continuada después por el otro Predecesor Nuestro de s.m, León XIII”; mas acota un punto capital, que transcribimos textualmente: “Pero la posibilidad de esta benigna concesión Nuestra ha de poner a los católicos en la obligación de prepararse cuerda y seriamente para la vida política, cuando a ella fueren llamados. Por eso importa mucho que aquella misma actividad, loablemente ejercitada ya por los católicos en prepararse con buen régimen electoral a la vida administrativa de los Municipios y Consejos provinciales, se extienda por igual a prepararse convenientemente y a organizarse para la vida política...”[5].

Así como de los textos más arriba mencionados surge la inequívoca impugnación de San Pío X del sufragio universal y de las mentiras ideológicas del liberalismo que giran alrededor de este mito basal; en estos textos agregados a continuación, el Papa solicita a los católicos una participación política que no privilegie las estructuras partidocráticas sino las instituciones sociales; y reclama sobre todo que preparándose “cuerda y seriamente para la vida política”, lo hagan ejercitándose “con buen régimen electoral”. No vemos qué duda puede caber de que ese buen régimen electoral no es el sufragio universal, por cuyo apego –entre otras muchas cosas- se sancionó a los Sillonistas. Precisamente lo que se está buscando es una alternativa cuerda y seria.

Digamos por último, a propósito de un cierto mitigamiento que se supone encontrar en la posición del Magisterio de considerar que la democracia y sus usos (sufragio universal, partidopolización compulsiva, soberanía del pueblo, etc) poseen una perversión intrínseca, que fue el Papa San Pío X, en la Vehementer Nos, parágrafo 12, el que habló de “maldad intrínseca” para referirse a la injerencia del Estado en los ámbitos propios de competencia eclesiástica.

Es verdad que la dura expresión, en principio, se aplica al caso francés; específicamente a la creación de las llamadas Sociedades Cultuales, mediante la cuales el Estado masón se entremetía en los asuntos eclesiásticos, tras separar la Iglesia del Estado.

Pero esta encíclica es el fruto de varios jalones repulsivos que no pueden omitirse, pues en su conjunto marcan el derrotero de aquello en lo que se convierte la Política de Estado en un país, bajo el dominio combinado del liberalismo y del marxismo. Por ejemplo, la ley declarando obligatoria la instrucción laica en la enseñanza primaria pública (28 marzo de 1882); la ley restableciendo el divorcio (27 julio de 1884);la ley suprimiendo las oraciones públicas al comenzar los periodos parlamentarios (14 agosto de 1884);la ley contra el patrimonio de las Ordenes y Congregaciones religiosas (29 diciembre de 1884); la ley excluyendo de la enseñanza pública a los institutos religiosos (30 octubre de 1886); la ley declarando obligatorio el servicio militar de los clérigos (15 julio de 1889); la ley excluyendo del derecho común a las Ordenes y Congregaciones religiosas (1 julio de 1901);la ley de supresión de los Institutos religiosos dedicados a la enseñanza (17 julio de 1904).

En una vibrante homilía del 19 de abril de 1909, el gran Papa Santo del siglo XX, arengaba a los buenos católicos, diciéndoles: “El que se revuelve contra la autoridad de la Iglesia con el injusto pretexto de que la Iglesia invade los dominios del Estado, pone límites a la verdad; el que la declara extranjera en una nación, declara al mismo tiempo que la verdad debe ser extranjera en esa nación; el que teme que la Iglesia debilite la libertad y la grandeza de un pueblo, está obligado a defender que un pueblo puede ser grande y libre sin la verdad. No, no puede pretender el amor un Estado, un Gobierno, sea el que sea el nombre que se le dé, que, haciendo la guerra a la verdad, ultraja lo que hay en el hombre de más sagrado. Podrá sostenerse por la fuerza material, se le temerá bajo la amenaza del látigo, se le aplaudirá por hipocresía, interés o servilismo, se le obedecerá, porque la religión predica y ennoblece la sumisión a los poderes  humanos, supuesto que no exijan cosas contrarias a la santa a ley de Dios. Pero, sí el cumplimiento de este deber respecto de los poderes humanos, en lo que es compatible con el deber respecto de Dios, hace la obediencia más meritoria, ésta no será por ello ni más tierna, ni más alegre, ni más espontánea, y desde luego nunca podrá merecer el nombre de veneración y de amor”.

Lo que queremos decir, ya sin subterfugios, es que los elementos constitutivos esenciales, en virtud de los cuales Pío X habla de una maldad intrínseca en el caso francés, pueden aplicarse analógicamente y en sentido traslaticio, al caso español, como lo haría después Pío XI en la Dilectissima Nobis; y a la actual situación argentina, tras largas décadas de persecución al catolicismo, y muy especialmente bajo la actual tiranía kirchnerista, cuya matriz está en el peronismo.

No se nos diga que en la Argentina de hoy no se aplican las palabras tajantes de San Pio X: la Verdad es extranjera en la nación; el pueblo es tenido por grande y por libre si rechaza la Verdad. Y tanto el Estado como el Gobierno “haciendo la guerra a la verdad, ultrajan lo que hay en el hombre de más sagrado”.

Le cabe pues, a nuestro actual sistema, analógicamente hablando, el calificativo de ingénitamente malo, que usara San Pío X. En consecuencia, quien cooperase a la convalidación o legitimación o contemporización del tal sistema y de sus usos políticos connaturales, estaría moralmente desencaminado y aún en gravísimo riesgo espiritual y moral.

 



[1] Llorca, García Villoslada, Montalbán, Historia de la Iglesia Católica, vol.IV...etc.,ob.cit,p. 440-442. Subrayados nuestros

[2]  Benedicto XVI,Catequésis del miércoles 18 de agosto de 2010, en el Palacio Apostólico de Castel Gandolfo

[3] San Pío X, Motu Proprio Fin dalla prima nostra enciclica, 18-12-1903,parágrafo XIII.

[4] San Pío X, Il Fermo proposito, parágrafos 12,13 y 16.

[5] Ibidem, parágrafos 17 y 18. Subrayados nuestros.


                                                                                       Antonio Caponnetto


viernes, 13 de octubre de 2023

La iniquidad moderna y la palabra violada - Fray José Petit de Murat O.P.

 


Pues bien, el triunfo de la iniquidad moderna, su carcajada final frente al Verbo sangrante consiste en que ha logrado clavar su aguijón en las junturas mismas del concepto con su vocablo. Este último ha sido robado para violarlo e imponerle el feto de una significación precisamente contraria, que desde dentro le devora su propio ser significante; se explota su sentido original para inocular en la mentalidad de los pueblos la idea adversa a lo que él necesaria e inmediatamente sugiere.

Basta traer a colación los términos justicia, libertad y liberalismo para entender hasta qué punto es perversa la corrupción introducida hoy en el lenguaje.

Nombra el primero la voluntad perpetua y constante de dar a cada uno lo suyo; el segundo, la responsabilidad de determinarse a sí mismo en el orden operativo y en el mar casi infinito de los medios hacia el único fin —el sumo Bien— que conforma esencial y exhaustivamente a la naturaleza humana; el tercero, a aquel que comunica sus propios bienes con el prójimo, sin olvidar la justicia.

Para el moderno, por el contrario, la justicia significa la facultad de exigir derechos propios, absolutos y subjetivamente instituidos, frente a los de los otros, también absolutos y subjetivamente instituidos. La libertad es la facultad omnímoda del hombre concebido como principio de sí mismo, con el absurdo consiguiente de que su acción es tal que plasma su existencia en esencia y finalidad ulteriores a esa existencia. El vocablo liberal, por último, es quizás el que padece mayor violencia interior; tanto cuanto por sí designa a aquel que sirve el bien desde las precisiones de la justicia, en la boca del moderno, sea vulgo, sea pensador de este siglo, nombra al más hosco detractor y destructor de la verdad y del Bien que jamás haya existido; al apasionado amante de las tolerancias que puedan liquidar todo lo que el Verbo divino haya construido en los hombres, ya en la recóndita mansión del alma y la mente, ya en la complexión social y en las disciplinas humanas. En resumen, llámase liberal a aquella mentalidad tan baja, que considera amplitud de criterio su repugnancia al misterio y su sistemática liquidación de todo lo grande que la plana inteligencia del mediocre no puede entender; la cual sobre todo, eriza sus libertades y forma cordón policial nada más que en derredor del Cristo y su Sangre; en cambio, toda pirueta hacia la negación de los perennes valores divinos y, también, humanos, cuenta con su sonrisa de bonachón.


Fuente: Fray José Petit de Murat O-P. - El último progreso de los tiempos modernos: la palabra violada.