martes, 7 de julio de 2015

Poder destructor del miedo - Germán Mazuelo Leytón



En tantas partes del mundo nuestros hermanos en la Fe Católica se encuentran frente al dilema de apostatar o ser fieles a su bautismo, y, por tanto ser objeto de todo tipo de persecuciones, humillaciones, vejámenes y hasta el martirio, es que el Cristianismo nunca ha sido una religión para conformistas, sino para valientes. «La Iglesia va peregrinando entre las persecuciones del mundo y los consuelos de Dios»,[1] anunciando la cruz del Señor hasta que Él vuelva. [2]

«Los cristianos de los primeros siglos se opusieron a una civilización pagana y materialista que se enseñoreaba sin oposición. Se atrevieron a atacarla, y al final, se impusieron, gracias a su tenacidad constante y mediante gravísimos sacrificios».[3]

Es difícil describir los sufrimientos de aquellos que se veían en la alternativa de guardarse fieles a Cristo o de ceder a los reclamos de la propia familia, llenos de amor y de angustia. La tentación de los familiares ha sido siempre una de las pruebas más duras que habían de sufrir los mártires, fueran hombres o mujeres, nobles o plebeyos, ricos o pobres. [4]

Sabe también la Iglesia que aun hoy día es mucha la distancia, que se da entre las exigencias del Evangelio y la fragilidad humana de los mensajeros a quienes está confiado su anuncio. «Los mártires de la primera Iglesia, como fieles discípulos de Cristo dan en el mundo “el testimonio de la verdad” con una firmeza que resulta hoy desconcertante para muchos cristianos que tratan de conciliar como sea el seguimiento de Cristo y su adicción al mundo presente».[5]

Nuestros tiempos no son para un cristianismo conformista ciertamente, es hora de la lucha valiente contra las fuerzas anti-católicas, los extremismos musulmanes, las ideologías imperantes, las leyes laicistas, y frecuentemente, también de una lucha valiente dentro de las estructuras eclesiales, en muchas de las cuales, imperan la soberbia sacerdotal, el engreimiento pastoral, las inmoralidades y la corrupción, que generan adeptos con las mismas actitudes, entornos en medio de los cuales deben ejercer su fe y compromiso apostólico no pocos perseguidos por éstos, algunos de los cuales, sucumben al miedo.

Es que el principal peligro de desaliento no está en la oposición –por fuerte que sea- de las fuerzas contra las cuales lucha la Iglesia, el peligro está en la angustia que se apoderará del apóstol, al ver que fracasan aquellos mismos auxilios y circunstancias en que creía poder confiar; le fallan los amigos, le fallan las personas buenas, le fallan los mismos instrumentos de trabajo. [6] El temor a la crítica hostil, produce un efecto paralizador, aun sobre los mejor intencionados.

No somos los primeros católicos de los últimos dos mil años en hacer frente a un futuro cargado de miedo. El rumor, ha sido y es utilizado eficazmente, como forma de persecución, para sembrar desánimo y miedo. Se promueve este medio denigratorio, en no pocas parroquias y desde no pocos púlpitos, para quitar de escena a quienes por su sinceridad y testimonio, son un aguijón ante la mediocridad, arriesgando su prestigio y aún su propia vida.

Los paganos de los primeros siglos del Cristianismo, quedaban profundamente sorprendidos y hasta edificados ante la valentía de aquellos que saben «que el martirio es un bautismo de sangre, que produce la total purificación del pecado y la perfecta santidad».[7]

Desde sus inicios hasta los días presentes, las persecuciones a la Iglesia son una constante. Baste recordar, de los últimos siglos, los sangrientos eventos durante la Ilustración, o los padecimientos de la Iglesia tras el Telón de Acero, o en China y otros países comunistas. Una de las más virulentas persecuciones fue la que sufrieron los católicos mexicanos durante la Guerra Cristera (1926-1929), y la Iglesia en España durante la Segunda República.[8]

El miedo es la ansiedad mental ante un mal presente o futuro que nos amenaza. A veces se produce también cuando ese mal amenaza a nuestros familiares o amigos muy íntimos, a quienes consideramos como otro yo. [9]

Un poco de temor es bueno para la salud del alma pero, cuando llega a cierto punto, en vez de ayudar se convierte en un impedimento. Hay más almas debilitadas por el miedo de lo que uno se imagina. El miedo generalmente comienza en la niñez. Cualquier experiencia traumática puede dañar a una persona de por vida, a menos de que sea manejada apropiadamente, o a menos de que esa persona sea bendecida y reciba a tiempo los poderes curativos del Espíritu Santo. Cuanto más consciente sea la persona de sus miedos, y mayor atención les preste, mayor daño ocasionará a su alma. Los padres, y todo aquel que tenga niños a su cuidado, deben tratarlos en forma dulce y gentil, así como lo hizo Jesús. Si los padres o tutores están cargados de temores excesivos, lo transmiten a los niños.

Empero, «el miedo, aunque sea absolutamente grave, no excusa nunca de una acción intrínsecamente mala. Por donde jamás es lícito –aunque sea para salvar la propia vida, fama o hacienda- blasfemar, perjurar, provocar directamente el aborto, permitir pasivamente la propia violación (hay que resistir todo lo que se pueda) etc.» [10], «un hombre de conciencia es aquel que no compra progreso, tolerancia, consenso, bienestar, reputación o aprobación pública renunciando a la verdad» (J. Ratzinger).

No hemos de arredrarnos ante las dificultades, que siempre las tendremos que enfrentar, especialmente en el camino de la santidad y de la salvación de las almas. Luchas, contradicciones, sufrimientos, deben parecernos insignificantes comparados con la salvación de un alma. «Santa Teresa lo tenía, pero se quedó admirada de cómo le desapareció en cuanto se abandonó en el Señor. “Después de comenzar las fundaciones, se me quitaron los temores”.» [11]

Actualmente observamos un escándalo terrible en la Iglesia, que consiste en disentir públicamente con la enseñanza del Magisterio, hay quienes hacen que su santidad consista en seguir sus propias inclinaciones, y la santidad de vida implica, como lo fue para Jesús, hacer la voluntad de Dios.[12]

En la liturgia justo antes de la comunión, la Iglesia eleva esta oración: «…protégenos de toda perturbación, mientras esperamos la gloriosa venida de nuestro salvador Jesucristo», el cual nos vuelve a decir: «en el mundo tendréis tribulación. Pero ¡ánimo!: yo he vencido al mundo». [13] «Estamos en el glorioso tiempo de los mártires, pero estamos también en el vergonzoso tiempo de los apóstatas».[14] «A cada época la salva un pequeño puñado de hombres que tienen el coraje de ser inactuales». [15] Los que no tienen miedo. Los que no sucumben a la cobardía de los buenos.

Germán Mazuelo-Leytón

[1] De civ Dei, San Agustín.
[2] 1 Cor, 11, 26.
[3] Radiomensaje al Katholikentag de Friburgo, (16-05-1954), Pío XII.
[4] Cf.: Diez lecciones sobre el martirio, Paul Allard.
[5] El martirio de Cristo y los cristianos, José María Iraburu.
[6] Cf.: La huella de la Cruz es señal de esperanza, Manual Oficial de la Legión de María.
[7] Cf.: El martirio de Cristo y los cristianos, José María Iraburu.
[8] Cf.: La persecución religiosa en España durante la Segunda República (1931-1939), Cárcel Orti.
[9] Teología moral, Royo Marín, nº 52.
[10] Ibid., nº 54.
[11] La vida bautismal en el mundo, Tomás Morales, S.J.
[12] Cf.:  Jn 4, 34; Lc 22, 42.
[13] Jn 16, 33.
[14] El martirio de Cristo y los cristianos, José María Iraburu.
[15] G. K. Chesterton.


Visto en: Adelante la Fe



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

2 comentarios:

  1. Sumamente motivador! Felicidades!
    Viva Cristo Rey!!♡

    ResponderBorrar
  2. Excelente articulo. Creo que el miedo es una emoción biológica que nace con el hombre y muere con el y no es malo, pues también al sentirlo en cierta ocasiones nos da la oportunidad de protegernos o evita que comentamos imprudencias o nos hagamos daño. El problema viene cuando el miedo paraliza e impide llevar a cabo nuestro cometido.
    Tener miedo no es sinónimo de cobardía, pero se necesita tener valor para superarlo. Creo que lo único que nos libera del miedo es el amor. Si una madre ve en peligro a su hijo, no se lo pensara dos veces y se enfrentara a lo que sea para salvarlo, Por lo mismo solo un amor grande a Dios nos garantiza hacer frente a todos los obstáculos y salir vencedores.

    Para averiguar el grado de amor que sentimos por los demás deberíamos preguntarnos : Cuanto estoy dispuesto a sacrificarme por esta persona. ....?
    Es cierto lo que dice respecto al efecto traumático de las heridas en la infancia, pero aquí hay un remedio muy eficaz: las oraciones, el sacrificarse por ellos y tener confianza en la Providencia porque como usted dice un día recibirán el poder curativo del Espíritu Santo.
    En estos duros tiempos los Católicos tenemos la oportunidad de corresponder a lo que nuestro Señor ha hecho por nosotros: Amarnos hasta el extremo y darnos su vida. Nosotros no tenemos nada que perder, pues aunque diéramos la vida por El y Su Iglesia, ganaríamos la verdadera Vida que es la Eterna.
    !!Que Dios le bendiga Germán y gracias por escribir así.!!

    ResponderBorrar