viernes, 31 de julio de 2020

San Rafael y el Combate del Púlpito – Antonio Caponnetto

 

Cuando los napoleónicos invadieron a España, a comienzos del siglo XIX, una de las ciudades que más se destacó en la resistencia y en la reconquista, fue la muy noble, leal y heroica Zaragoza. Así, triplemente ponderada en los registros antañones que aún nos constan.

 

Testimonios de la hazaña recuperadora quedaron por doquier; en la historia y en las artes, en la memoria y en los corazones. Tanto que el <ciclo zaragozano> denomina y comprende por igual a las crónicas de la guerra como a la peculiar estética que la plasmó en telas, lienzos, muros o páginas vibrantes.

 

Uno de los cuadros más famosos del mentado ciclo es el de César Álvarez Dumont, y lleva por título “Combate heroico en el púlpito de la Iglesia San Agustín”. Emociona triplemente contemplarlo. Primero, porque el artífice de la tela fue a la vez cristiano fervoroso. Segundo, porque quienes figuran retratados en la lid, representan a la sociedad entera, mancomunados en lo esencial que es la Fe. Pero tercero, y más que nada o por sobre todo, en tanto la vívida pintura muestra la naturaleza sacra y el fin religioso de tamaña contienda.

 

Hidalguísimos tiempos aquellos en que se podía matar y morir en defensa de un púlpito; regar la sangre propia o ajena en custodia de un sagrario; batir puños, fusiles, terceloras o sables para conservar intacta una campana dominguera, un torreón del monasterio, el predio de un seminario, el claustro de un cenobio, el rosetón de una capilla.

 

Hoy, en la entrañable aldea sanrafaelina de nuestra Argentina, sus feligreses leales, curas y laicos, de edades todas y de condiciones dispares, se ven impelidos a repetir el espíritu de aquellos católicos y patriotas españoles. Se sienten inspirados y motivados a parapetarse cabe los últimos ladrillos, para preservar un solar de formación católica, que la voluntad enferma de un infame procura arrebatarles. Y habrán de marcar un rumbo paradigmático estos paisanos andinos, toda vez que sigan batallando por lo que el mundo no comprende, ni tampoco esta iglesia mundana que se ha sumado idolátricamente a los dictámenes de El Siglo.

 

Deben librar el buen combate; sí. Por el honor de recibir la Eucaristía como lo hacían los Caballeros de Cristo y las varonas capaces de parirlos. Por las tradiciones enraizadas en la patria celeste, que el Apóstol nos pidió conservar; por el Seminario lugareño, puesto bajo la advocación de Nuestra Señora, fundado por un pastor virtuoso y conducido durante largos lustros, mediante el magisterio fiel de curas cabales. Nada excepcional, si se quiere. Nada de otro planeta ni de tiempos carolingios. Ni más ni menos que eso: la plausible e inmensa simpleza de enseñar el Catecismo, de amar la Verdad, de servir a la Cruz, de tener por Reina a María, y de saber ser machos.

 

Son hombres mansos y serenos los que hoy, si Dios lo permite, tendrán que protagonizar y emular la conducta de aquellos zaragozanos que retrató Álvarez Dumont. Ya no contra un personaje relevante como otrora, sino contra un liliputiense ladino y foráneo, con ínfulas bonapartistas –que ni siquiera le alcanzan para asemejarse al corso en la demencia o en la insanía- pero que ha osado invadir a los creyentes lugareños con su despotismo ruin, de pastor adúltero y cobarde. Está a la vista que, si alguna vez fue algo, nunca alguien; al presente, el pastor de marras, ya vuelto innombrable por respeto al decoro de las letras, es sólo un invasor depredador y esclavista.

 

Son hombres apacibles y serenos, estos amigos de San Rafael. Lo repetimos, elogiándolos. Pero no le ofendan a Dios, ni a la Sagrada Forma, ni al modo católico de vivir y de impetrar, ni al semillero y la cuna de tanto clero evangelizador, a secas. Porque entonces, literalmente, <La Batalla del Púlpito> podría repetirse. Para gloria del Señor de los Ejércitos, de la Esposa sin mancha, del Santo Sacramento y del Orden Sagrado. ¡Temed la santa, justiciera y legítima ira de los mansos!

 

No pretendemos que lo entienda el gorgojo asaltante; porque déspota indocto cual es, está clauso a las entendederas sutiles. Pero será muy tarde cuando comprenda –en ciernes ya las brasas rojas rampantes- que ninguna mano humana puede cerrar lo que Dios ha abierto para siempre. No se cierran los rosarios, los via crucis, los salmos, las procesiones. No se cierran las promesas juveniles, los sueños del cruzado, el fervor misionero, el celo altivo del apóstol. No se cierran las mirillas de los confesionarios, ni las lauretanas jubilosas, ni las rondas de mates, ni las bordonas trenzando zambas, ni el viento con olor a incienso haciendo filigranas por la calle Tirasso. No se ocluyen ni tabican las anécdotas militantes de ese cura formador de formadores, que mutó un alba su tacuara en mástil firme y digno, cooperador del velamen de la Barca.

 

Que sigan suponiendo los invasores que pueden lacrar a su antojo. Como en uno de los tantos pliegues narrativos de la leyenda de <La flor de Ilolay>, el hijo menor de la familia que la posee, resultó asesinado y enterrado, por sus propios hermanos enviosos y felones. Pero de él nació una caña, y de la caña una quena, cuyas notas esparcía por el aire un pastor bueno, denostando la traición. Fue a los sones de esa quena quejumbrosa, pero a la vez altiva, sufriente pero soberana, que toda la tierra que pisaba el intruso se sintió llamada a las armas. Y no quedó cuarzo ni arbusto, ni mata ni ser viviente, feral o vegetal, pétreo o metálico, que no se sumara a la guerra del territorio ultrajado.

 

 La moraleja brota sola y espontánea: el traidor que quiera clausurar lo sacro sólo podrá ser dueño de la baldosa que ocupen sus pies escondidos. Donde quiera extenderlos, el fantasma peleador y vindicativo de la traición consumada, lo retará al combate. Y nadie puede huir de sus propios fantasmas.

 

En cuanto al rameraje variopinto que le sirve de sostén al filisteo, ora faciendo de voceros, lenguaraces, bufones, cancilleres, notarios o serviles, no correrán mejor suerte ante la historia, así triunfen aquí abajo.  Se han convertido ya, todos juntos, en otra remozada Celestina, más indigna que la que retratada por Rojas. Porque aquella volvía mercancías la carne, y estotra vuelve carne putrefacta el espíritu que roza.

 

Tampoco serán dueños de otro espacio que el mosaico que pisen, a hurtadillas de todos aquellos, a quienes han tratado como Caín trató a Abel y Judas a Jesucristo. Apenas quieran salir sucederá lo que Pármeno le contaba a Sempronio: “Si pasa por los perros, aquello suena a su ladrido; si están cerca las aves, otra cosa no cantan; si cerca los ganados, balando lo pregonan; si cerca las manadas, las bestias también gritan:¡puta vieja!. Hasta las ranas de los charcos otra cosa no suelen mentar”.

 

Por última vez lo decimos: ¡cuidado con la santa ira de los mansos! No sea cosa que los púlpitos y los atriles, los altares y las ojivas, los reclinatorios y hasta los ambones, se vuelvan a convertir en infinitos campos de combate. Y ya no ocurra solamente en una comarca surera de Mendoza, sino en la misma Roma, asaltada hoy por un módico Atila de los arrabales porteños.

 

Antonio Caponnetto

 

Nacionalismo Católico San Juan Bautista


2 comentarios:

  1. Excelente. Dios quiera mantener firmes a los sacerdotes y laicos fieles.
    En tanto, en la diócesis de San Luis
    https://peregrinodeloabsoluto.wordpress.com/2020/08/05/anochece/

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  2. Alguien dijo que Dios no nos va a mandar al infierno por pecadores sino por idiotas.

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