San Juan Bautista

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lunes, 30 de diciembre de 2019

La paciencia, virtud vencedora - don Francisco de Quevedo y Villegas


       La paciencia es virtud vencedora, y hace a los reyes poderosos y justos.

La impaciencia es vicio del demonio, seminario de los más horribles, 
y artífice de los tiranos. (Joann., 20.)


Thomas autem cum audisset a condiscipulis suis, quod vidissent Dominum, respondit: Nisi videro fixuram clavorum, et mittam manum meam in latus ejus, non credam. Denique venit, et dicit Thomae: Infer digitum tuum huc, et vide manus meas, et affer manum tuam, et mitte in latus meum: et noli ese incredulus, sed fidelis. Respondit Thomas, et dixit ei: Dominus meus, et Deus meus.
«Como Tomás oyese de los que con él eran discípulos, que habían visto al Señor, respondió: Si no viere la señal de los clavos, y no metiere mi mano en su lado, no creeré. Finalmente vino y dijo a Tomás: Entra tu mano en mi lado, y no quieras ser incrédulo, sino fiel. Respondió Tomás, y dijo: Señor mío y Dios mío».


San Cipriano empezó aquella elegantísima oración del bien de la paciencia con estas palabras (siguiendo a Tertuliano, a quien llamaba maestro): «Habiendo de hablar, hermanos dilectísimos, de la paciencia, y declarar sus utilidades y provechos, ¿de dónde podré mejor empezar, que de la necesidad que ahora tengo de vuestra paciencia para oírme? Porque esto mismo que oís y aprendéis, sin la paciencia no lo podéis obrar». De esta prevención me excusa, serenísimo, muy alto y muy poderoso Señor, el hablar en todo este libro con vuestra majestad, en quien resplandece heroica esta virtud, que el mismo santo mártir llama en esta oración bien de Cristo; y en otro lugar de la propia oración dice: «Porque esta virtud es común a nosotros con Dios». Esto, que es de tan esclarecida loa al real ánimo de vuestra majestad, es de confianza a la poquedad de mi entendimiento; porque así como el que teme hablar con vuestra majestad reverencia su grandeza, así quien osa hablar con tan soberana grandeza, conoce vuestra piadosísima clemencia y benignidad. Yo trataré de la virtud de la paciencia ética, política y cristiana, y probaré que para la guerra no sólo es fuerte y eficaz, sino que en la guerra sin ella los más fuertes son flacos; que siempre venció quien la tuvo; que siempre quien no la tuvo fue vencido; que es autora de la paz, y quien la conserva, y quien solamente sabe gobernar en la paz y en la guerra; que ella contradice a todos los vicios; que con ella florecen todas las virtudes.

Mucho pareciera lo que prometo de esta virtud, si no fuera aun más lo que ella obra. Por ser este capítulo el más importante de esta Política para todos y particularmente para los reyes y monarcas, busqué con atenta consideración en toda la vida de Cristo nuestro Señor, que toda fue paciencia desde el nacer al morir, lugar en que autorizar mi discurso; y por el más encarecido de su soberana, inmensa y benigna paciencia, escogí éste del apóstol Santo Tomás. La causa que me obliga a preferirle a tan innumerables actos de paciencia en Cristo nuestro Señor, quiero que preceda a la doctrina política cristiana. Aguardó el Hijo de Dios, para encarnar, con paciencia enamorada, que se llegase el plazo de las profecías y el de las semanas; aguardó para hacerse hombre el sí de su criatura, de su Madre y siempre Virgen; aguardó en su sacratísimo vientre los plazos de la naturaleza en los meses; nació yendo a obedecer el edicto de César, quien es obedecido de los serafines; consintió que le fuese cuna un pesebre, y compañía dos animales; que siendo él fuego del divino amor, le hospedasen las pajas y el heno, no sólo seguros de incendio, sino gozosos; tuvo paciencia viendo que Herodes le espiaba la vida, y siendo toda la valentía del cielo, para huir con sus padres a Egipto. Esto será explayarme sin orilla, si prosigo por todas las acciones en que Cristo nuestro Señor tuvo la paciencia con ejercicio grande e incomparable. Llamáronle comedor y endemoniado, y no se enojó; quisiéronle apedrear y despeñarlo, y tuvo paciencia; sufrió a Judas a su lado, tuvo paciencia para sentarle a su mesa, y para que comiese en su plato; besole para entregarle, y pacientísimamente consintió el beso; escupiéronle muchos; diole un ministro una bofetada, y el golpe que alteró el rostro no demudó su paciencia. Azotole Pilatos; hicieron burla de su majestad los soldados, hiriéndole con golpes, coronándole con espinas. Las señales se vieron en su santísimo cuerpo, no en su paciencia. Ésta más allá estaba de la furia y de la crueldad: todos la ejercitaban, nadie la irritó. Pusiéronle desnudo en la cruz por malhechor, entre dos ladrones. Tuvo paciencia para todas tres cruces: para la que padecía; para la del buen ladrón, perdonándole, y acompañándose con él en su reino; para la del malo, viendo que aun un ladrón no le quería acompañar. Vio a su santísima Madre al pie de su cruz, viola que le veía; vio que su cuerpo y su pasión la eran martirio; tuvo paciencia para dejarla, para llamarla mujer, y darla por hijo su discípulo querido; para dársela por madre. ¿Puede ser la paciencia de Cristo más hazañosa, más divina, ni más encarecida? Señor, maravillosas acciones son éstas, dignas sólo del que era hijo de Dios y Dios verdadero; mas se obraron todas siendo hombre pasible, y que padecía como tal lo que vino a padecer por su amor y por nuestro remedio. Empero dudar Tomás apóstol que hubiese resucitado, y decir que si no ve las señales de los clavos y entra la mano en su costado, que no la ha de creer; y mandarle Cristo nuestro Señor resucitado, glorioso, impasible, que metiese la mano en su costado y manosease sus llagas, es hazaña de la paciencia divina, que excede toda ponderación, adonde se desalienta el espanto.

San Pedro Crisólogo pesa los quilates inmensos de esta paciencia en el sermón 84. Juzguen los oídos y los ojos con oírlas o con verlas el fil de las balanzas de sus preciosas palabras, que aun el desaliño de mi estilo no podrá apagar todas las luces que tienen. «¿Por qué así Tomas requiere las señales de la fe? ¿Por qué a quien tan piadosamente padece, tan duramente examina resucitado? ¿Por qué aquellas heridas que la mano impía rasgó, la diestra devota de nuevo las ara? ¿Por qué el lado que la impía lanza del soldado abrió, vuelve a cavarle del discípulo la mano? ¿Por qué los dolores que causaron los furores de los que le perseguían, la cruel curiosidad del compañero los renueva? ¿Por qué con los tormentos al Señor? ¿Por qué a Dios con las penas? ¿Por qué, para averiguar el médico celestial, el discípulo se informa de la herida? Cayó la potestad del demonio, abriose la cárcel del infierno, fueron rotas las ataduras de los muertos. Muriendo el Señor, se arrancaron los monumentos; y resucitando el Señor, toda la condición de la muerte fue mudada; fue trastornada la piedra del mismo sacratísimo sepulcro del Señor; las ligaduras fueron deslazadas, y a la gloria del que resucitaba huyó la muerte, volvió la vida, resucitó la carne, que no había de volver a caer. ¿Y por qué a ti sólo, Tomás, demasiadamente curioso explorador, pides que solas las heridas se presenten para el juicio de la fe? ¿Qué fuera si éstas como otras cosas se hubieran borrado? ¿Cuál peligro hubiera ocasionado a tu fe esta curiosidad? ¿Juzgaste que no podías hallar algunas señales de piedad, ni documentos de la resurrección del Señor, si no surcabas con tus manos las entrañas que la judaica crueldad había arado?». No se hartaba el Santo de más elegante pluma, de más sabroso estilo, con mejor metal de palabras, de ponderar la más encarecida ocasión a la más encarecida paciencia de Cristo.

Tertuliano, en su doctísimo libro De Patientia, dice: «La paciencia del Señor fue herida en Malco». ¡Grande encarecimiento de la paciencia misericordiosa! Mas en Tomás fue la paciencia de Cristo en él propio (digámoslo así) sobreherida. Solamente la incredulidad inventara herir las mismas heridas; hízolas la judaica incredulidad, volvió a abrirlas la del discípulo; sus dedos volvieron a ser clavos, su mano lanza. Según esto, acreditado deja la elección que hice de este lugar, y acción de paciencia en Cristo, para arrimar firmemente a su doctrina este capítulo. Para empezar a discurrir en lo político cristiano, resta averiguar la utilidad que resultó de esta incredulidad, que obligó a Cristo resucitado a tan soberana paciencia. Consecutiva al lugar referido la declara San Pedro Crisólogo: «Buscó, hermanos, esta piedad, inquirió esta devoción que después ni la misma impiedad pudiese dudar que el Señor resucitó. Pero Tomás no sólo curó la incertidumbre de su corazón, sino la de todos. Habiendo de predicar esto a las gentes, diligente ministro, inquiría cómo fortaleciese sacramento de tanta fe. De verdad más fue profecía que terquedad. ¿Pues para qué había de pedir esto, si de Dios no le hubiera sido revelado con espíritu profético, que para el juicio de su resurrección se guardaban sus heridas?». En importando, Señor, a la salud de los suyos, que la paciencia de Cristo sea ejercitada en su cuerpo, dispensa los privilegios de resucitado.

Yo aplico, para la inteligencia de este misterio, literales las palabras del Apóstol: «Todo lo cerró Dios en la incredulidad, para apiadarse de todos. ¡Oh altura de las riquezas de la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, y cuán investigables sus caminos! ¿Quién conoció el sentido del Señor, o quién fue su consejero, o quién lo dio a él primero, y se le dará retribución?». No sé que haya otro lugar en todo el Testamento nuevo, en que literalmente se viese que Cristo lo cerrase todo en la incredulidad, para tener misericordia de todos, sino éste de Santo Tomás; pues en su incredulidad desengañada y convertida en fe por la paciencia de Cristo, curó con misericordia la duda de todos los corazones, como lo afirma San Pedro Crisólogo en el lugar referido, diciendo que dudó Tomás para que nadie dudase. Es tan sublime esta misericordiosa paciencia de Dios, que en acabándola de referir, exclama San Pablo con tan esclarecidas palabras: «¡Oh altura de las riquezas de la sabiduría y ciencia de Dios! ¡Cuán incomprensibles son sus juicios, y cuán investigables sus caminos!». Exclamación que nos da bien a entender de cuán majestuosa admiración está colmado este misterio, y que para mi intento es el ejemplar más a propósito y el mayor.

Ofréceseme considerar con novedad (quiera Dios con provecho y acierto) por qué causa, siendo María Magdalena tan favorecida de Cristo, y tan amartelada y tierna amante suya, y que con tanta solicitud y lágrimas le buscaba en el sepulcro, habiendo asistido al pie de la cruz; cuando buscándole, y no conociendo a Cristo, le pregunta por sí mismo, y Cristo con sólo llamarla María se da a conocer, y ella derretida en amor le llama Maestro, Cristo la dice «No me quieras tocar»; y a Tomás, que certificándole los demás apóstoles que Cristo había resucitado, dijo con despego incrédulo: «Si no veo las señales de los clavos y entro mi mano en su costado, no lo creeré»; no sólo se le aparece, no sólo dice que le toque, sino le manda que le escudriñe las entrañas, que le repase las heridas. ¿Por qué el Señor dispensa aquí, para que le toque Tomás, el inconveniente de no haber subido al Padre, y en la Magdalena no lo dispensa, pues dice: «No me quieras tocar, porque aún no he subido a mi Padre»?

Señor, en tocar la Magdalena a Cristo no había interés de bien universal, solamente una caricia amorosa de reverencia y adoración; mas en el tocar Tomás a Cristo había utilidad para la fe y creencia de todos. Del tacto de aquella mano pendían los corazones de todos los hombres, el crédito de aquella gloriosa resurrección. Aquella mano, tentando con duda, adiestra a que nosotros con la fe, que es ciega, acertemos creyendo. Por eso acaba su sermón el gran Crisólogo diciendo: «Vengan y oigan los herejes, y como dice el Señor, no sean incrédulos, sino fieles. Cristo nuestro Señor no dispensó por las caricias en sus favorecidos y amados algo de su severidad, y siempre dispensó por el provecho y mejora de los suyos y de las almas. Cuando a vuestra majestad le dicen que un vasallo hizo de otra manera lo que en su real nombre se le mandó, o que lo hizo mal, o que no lo hizo, entonces ha de dispensar a intercesión de la paciencia (virtud de Dios) con su poder para castigarle, con su ira para deshacerle. Entonces para reducirle ha de hacer las más encarecidas pruebas de su real ánimo: no sólo le ha de oír vuestra majestad, no sólo dejar que le vea, ha de consentir que ponga la mano en las diligencias que a su remedio importan; que en estos negocios tanto importa a los reyes dejar que los toquen los acusados para que los reyes no crean acusaciones envidiosas, como que los toquen para creer y obrar lo que dicen y mandan.

¿Cuál descortesía pudo igualarse a no creer que Cristo había resucitado, habiéndolo él dicho, y diciéndoselo a Tomás los otros apóstoles? Empero el Señor, que vio el bien que resultaba de aquella incredulidad, olvidó la descortesía y atendió al provecho del mundo. ¿Quién contará los príncipes a quien ha depuesto su impaciencia? ¿Los que por ella han sido cuchillo de sus reinos, veneno de sus buenos vasallos, fin de sus grandezas, vituperio de sus ascendientes, infamia de los siglos, escándalo a los porvenir y abominación a la memoria de las gentes? ¿Quién, sin perder la paciencia, pudo ser cruel? ¿Quién avaro? ¿Quién soberbio? ¿Quién adúltero? ¿Quién tirano? Si pudo resultar provecho tan grande de la incredulidad de Tomás examinada, ¿por qué Señor, no podrá resultar para los reyes y príncipes de la duda y terquedad de los vasallos? Para que esto no se averigüe, los que mal los asisten procuran que no sólo no puedan tomar a los monarcas, mas ni verlos ni hablarlos. No quieren que la mano delincuente negocie por sí, sino con las manos que la hacen delincuente. Dios guarde a vuestra majestad, que en esto ha dado ejemplo a todos los reyes de su tiempo, cuando en materia tan ardua y temerosa se cerró con el duque de Ariscot, gran señor en Flandes, y le oyó, y vio, y acercó a sí con piedad magnánima de que espero resultará a él libertad con perdón, y a vuestra majestad gloria con seguridad.

El grande y magnánimo rey don Alonso de Aragón (a quien todas las naciones llaman por excelencia el Sabio) tuvo tan docta e invencible paciencia, que no sólo sufrió que se le atreviesen, como se vio en el soldado que en público en Nápoles le detuvo con insolencia, mas no contento con perdonarlos, premió a los que de él hablaban mal; y no consintió que en su presencia se dijese de otros, como sucedió con los que notaron a Nicolao Pichinino de bajo nacimiento. No sólo no rehusaba que no le obedeciesen, antes mandaba a todos sus consejos que no le obedeciesen en lo que ordenase contra razón; y a los ministros que dependían de estos superiores, mandaba que no los obedeciesen en lo que no fuese justo. Así lo refiere todo esto de este raro ejemplo de reyes valientes y sabios y católicos Antonio Panormitano, en el libro que en latín escribió de sus dichos y hechos, adicionado por el doctísimo Eneas Silvio, obispo de Sena, por otro nombre papa Pío. Léase este libro y el que de su historia escribió el elegantísimo Bartolomé Faccio, y se verá cuánto mayor rey fue don Alonso con una paciencia perpetuamente docta y triunfante, que Alejandro Magno y César; cuánto mayor capitán que Aníbal y Escipión; cuánto más sabio que Sócrates.

Conozcan pues los que a los príncipes les quitan la paciencia, todo lo que les quitan; pues les quitan todo lo que es bueno y real. Deseo saber dónde halló Nerón paciencia para sufrir siempre y solos a aquéllos que le quitaban la paciencia para que no pudiese sufrir a ningunos otros; y cómo y dónde dejaron éstos paciencia en Nerón para sí, quitándosela  para los demás. Tropelía es del diablo ésta: padeciola Roma en este y en otros malos emperadores, sin entenderla. Tan grande virtud y tan real es la de la paciencia, que Tertuliano dice de ella estas animosas y altísimas palabras, hablando de Cristo: «El que propuso esconderse en la figura de hombre, nada de la impaciencia de hombre imitó. De esto principalmente, fariseos, debisteis conocer al Señor; paciencia semejante ningún hombre pudo alcanzarla». ¡Gran dignidad de la paciencia de Cristo principalmente debieron conocer los fariseos que era Dios; pues siendo hombre, no participaba nada de la impaciencia de hombre! ¿Quién desecha virtud que da a conocer a Dios, siendo hombre? Y ¿cuál hombre admitirá la impaciencia, no sólo pecado del demonio, sino artífice de los demonios y de los pecados y de los pecadores? Así lo prueba, desde Luzbel y Adán y Caín, universalmente San Cipriano, en su Oración de paciencia. Según esto, los que a su señor dijeren que tener paciencia es de esclavos, y de bestias el sufrir, contradicen a la verdad calificada por Cristo con sus mismas experiencias.

Tiene el diablo sus paciencias, porque siempre pone los nombres de las virtudes a sus maldades. Aconsejan los instrumentos de Satanás, que por un leve descuido quiten el oficio y el crédito a uno: quéjase, y dícenle con enojo que agradezca a la suma paciencia del rey el haberle sufrido sin hacerle morir en una prisión; préndenle, y dícenle que agradezca no haberle hecho quitar la vida; hácenle morir, lloran los hijos, -dicen que fue paciencia no degollarlos con el padre. ¿Quién creerá esto, sino el que lo mandare hacer? Porque el demonio que lo aconseja, porque conoce lo que es, lo aconseja. Él no hace sino poner nombres: a la soberbia llama grandeza, y a la envidia atención, y al robo ganancia, y a la avaricia prudencia, y a la mentira gracia, y a la venganza castigo; y por el contrario, a la humildad vileza, a la pobreza infamia, al desinterés descuido, a la verdad locura, y a la clemencia flojedad. Y los que estudian por estos vocabularios sólo adquieren suficiencia para condenados. Dije que la paciencia siempre era vencedora en la guerra: lo que yo dije dicen las historias del mundo. Alejandro Magno, a quien el grito universal da mayor gloria militar, véase si fue en otra virtud tan frecuente ni tan glorioso: léanse sus acciones con los vencidos, con los que se le dieron, con los enemigos que cautivó. ¡Cuál ejemplo de paciencia dio con el aviso del veneno! ¡Cuál de constante ánimo y sufrido en las heridas, pues dice Plutarco que no tenía parte en su cuerpo que no se la señalasen! ¡Cómo trató a la mujer e hijas de Darío! ¡Cómo sufrió el motín de su gente! ¡Cuán magnánimo fue en dar lo que más quería! ¡Con cuán dócil paciencia oía de los sabios los consejos y las reprensiones! ¡De Diógenes los desprecios! Julio César, que le es segundo, sólo tuvo por principio, medio y fin de sus glorias la paciencia: ésta fue su imperio y su  mayor estratagema en la guerra. Carlos V, nuestro glorioso emperador, a quien estos dos deben ceder, a entrambos los excedió en grandeza. Nadie mereció el imperio con más virtudes, ni lo tuvo con más triunfos, ni le dejó con tanta gloria; y esto porque los excedió a todos en la virtud de la paciencia. No se lee sin ejemplo en ella alguna palabra en su vida ni en su muerte, por eso gloriosas entrambas.

Señor, esta doctrina de la paciencia militar un ejemplo de los romanos es quien mejor la enseña. Quinto Fabio Máximo (llamado El Cuntador, El Detenido, que en sustancia es El Sufridor), conociendo la valentía y astucias de Aníbal, y que si recibía batalla o si se la daba se perdía, aconsejado con la paciencia le llegó a desesperar. Los bachilleres en el Senado llamáronla cobardía; enviaron otro que alternativamente mandase con él: éste de impaciente dio la batalla de Canás y perdiose con toda la nobleza romana, sólo por haber perdido la paciencia con que Quinto Fabio vencía sin pelear. Irrefragable texto es en el libro 1 de los Macabeos, en el verso 3 del cap. 81. «Y (oyeron) cuanto habían hecho en la región de España, y cómo habían puesto bajo de su poder las minas de plata y de oro que hay allí, y habían conquistado toda la región por su consejo y paciencia». Donde el nombre paciencia dice literalmente toda la valentía victoriosa de los romanos en España.

La paciencia, Señor, no da lugar a la ira ni a la pasión, con que estorba la ceguedad, y se le debe la vista; da lugar al consejo, y al mejor consejero, con que se le debe el acierto: ella dispone la prevención propia, y embaraza la ajena; no admite presunción ni orgullo, con que no se precipita; no cree ligeramente, con que no se engaña; no se cansa de oír, con que se informa; ni de ver, con que se asegura; en los casos adversos se recobra, en los prósperos se reporta. Pues, Señor, si esto obra la paciencia, y la impaciencia lo contrario; y Cristo naciendo, viviendo y muriendo, y lo que más es, resucitado, nos es (todo y en todo) ejemplo de paciencia, ¿quién no conocerá en ella y por ella todas las utilidades de la guerra y de la paz del alma y del cuerpo, de la vida y de la muerte? Mucho importa la paciencia para vencer; más si el vencedor la deja, podrá ser vencido de su propia victoria por la confianza de ella. Cristo nuestro Señor, muriendo, había vencido la muerte y el infierno con la paciencia; y con no poder ser vencido nunca, ni de nada, victorioso y triunfante y resucitado, no sólo tuvo paciencia, sino la mayor, como he probado en este capítulo. ¿Quién peleó como Job con todos los elementos, con Satanás, con la salud y con los amigos? ¿Cuál persecución fue igual a la suya? Todo lo venció con la paciencia. Y victorioso por no quedar sin ejercicio de paciencia, dice Tertuliano en su libro De patientia, que no pidió a Dios que le volviera, con lo demás, sus hijos, que le había muerto la ruina de la casa; que si los pidiera, otra vez se llamara padre. Sufrió tan voluntaria orfandad por no vivir sin alguna paciencia. Hasta en esto fue Job sombra de Cristo, que después de la victoria que le dio la paciencia, quiso quedarse con paciencia que le conservase victorioso. Que la paciencia en el príncipe y en los vasallos es el alma de la paz, es cierto; porque la paz es amor y caridad, y la caridad el Apóstol dice es paciente y es sufrida.

Con admirable elegancia lo dice Tertuliano (harele español, con temor de poder expresar aquella elegancia africana): «La dilección, dice, es magnánima: así admite la paciencia. Es bienhechora: la paciencia no hace mal. No envidia: eso propio es de la paciencia. No sabe a protervia: la modestia tomó de la paciencia. No se hincha, no se encona: no son cosas que pertenecen a la paciencia. No cobra lo propio: súfrelo mientras a otro aprovecha. No se irrita: ¿qué dejará a la impaciencia? Por esto dice: La dilección todo lo sufre, todo lo sobrelleva; conviene saber, porque es paciente. Con razón, pues, nunca caerá: todas las demás cosas se evacuarán, serán consumidas. Agotarse han las lenguas, las ciencias y las profecías: quedan la fe, la esperanza y la dilección. La fe, que la paciencia de Cristo introdujo; la esperanza, que la paciencia del hombre espera; la dilección, que teniendo a Dios por maestro, acompaña la paciencia».

Luego pruébase que sin paciencia no se puede gobernar la paz: porque no hay fe, esperanza y caridad sin paciencia; y sin estas tres virtudes no puede haber paz, ni gobierno pacífico, ni cristiano. Por esto los que quieren a los reyes con paciencia para ellos solos, que ellos solos los sufran, y que a todos los demás sean insufribles, en nada se ocupan tanto como en poner asco para la grandeza real en la virtud de la paciencia. Dicen que los hace despreciables, que los abate, que introduce pusilanimidad en su soberanía y abatimiento en su respeto; que les borra la majestad, y se la vulgariza. Dicen verdad, si se entiende de la paciencia con que los sufren a ellos solos.

Quiero quitar a la paciencia estas máscaras abominables con que estos solicitadores de la mentira desfiguran la paciencia, y que descubra la hermosura de su rostro una acción del rey don Alonso el Sabio, rey de Aragón, de Nápoles y Sicilia; rey que en los que le precedieron no tuvo de quien pudiese aprender ni ser discípulo, y de quien todos los porvenir aprendieron y aprenderán. Refiérela el libro citado de sus Dichos y Hechos, en el fol. 9, pág. 1, al fin; y refiérela Antonio Panormitano, que la vio: «Yendo que íbamos de Aversa para Capua, acaeció que el rey iba el delantero de todos; acaso halló que a un pobre hombre se le había caído en el lodo un asno cargado de harina, y él estaba en necesidad, sin haber quien le ayudase, dando voces. Los que algo tras quedábamos vimos al rey apearse del caballo; vimos luego al rústico asido de la una parte del asno, y al rey de la otra; de manera que se lo ayudó a levantar del lodo. Nosotros entonces aguijamos y limpiamos al rey del lodo que se le había pegado. El labrador que esto vio, y conociendo que era el rey, estaba espantado, y temblando de miedo pedía perdón. Esto fue, como veis, una muy poca cosa; mas sin duda fue causa la nueva que de aquí salió, para que muchos pueblos de la Campania se dieran muy libremente al rey». Y añade en su nota o glosa, Eneas Silvio, papa Pío: «El rey don Alonso, por haber ayudado al asnero, concilió a sí los de Capua». Éstas son, fielmente trasladadas, las palabras con que los refiere Antonio Rodríguez de Ávalos en la traducción de este libro, que hizo e imprimió en Amberes en casa de Juan Steelsio, año 1554.

Señor, considere vuestra majestad si puede haber acción de rey en que intervengan más bajos interlocutores: un asno, un villano, una carga de harina, un pantano. ¿Quién duda que si estuvieran con el gran rey los que llegaron después a limpiarle el lodo, que riñendo al villano por desvergonzado, procuraran manchar con impaciencia aquel ánimo todo real? ¿Cuáles cosas dijera la retórica de la adulación contra el villano? ¿Qué inconvenientes hallara en el lodo para la grandeza coronada y en la vileza del asno para el decoro de la caballería? Lo cierto es, Señor, que el rey lo hizo porque iba solo. ¿Qué le dio este asno caído, y este lodo que le ensució, por medio de su magnánima paciencia? Muchos lugares de la Campania, y a Capua, fortísima ciudad y cabeza de aquella provincia. Más y mejor, muy poderoso monarca, conquistó el nunca bastantemente alabado rey don Alonso con un borrico caído, que todo el poder de los griegos con el caballo preñado de escuadras. Él, con lodo y sin sangre ganó una provincia: ellos, con sangre y fuego y traición y engaño una sola ciudad. Juzgue vuestra majestad si debió más aquel rey a su paciencia, que le apeó del caballo para levantar al asno caído y le enlodó en el pantano, que a sus allegados, que estregándole el lodo, no hacían otra cosa sino quitarle la tierra que agradecida a tal acción, pegándose a su vestido, le dio posesión de sí misma. Nunca se levantan más los reyes que cuando se bajan a levantar los caídos, aunque sean bestias. Este rey (de quien se escribe que estudió tantas veces con sus glosas toda la Biblia, que casi la tenía de memoria) sin duda de aquella meditación se dispuso a imitar, como le fue posible, la paciencia de Cristo, Dios y hombre verdadero; y esto le hizo rey poderosísimo, muy sabio, siempre triunfante aun preso de sus enemigos, como se lee en su historia: en todo piadosísimo, sabio en dichos y en hechos, católico en ejemplo a todos sus vasallos, padre en el amor, rey y padre en la soberanía y gobierno, padre, rey y maestro en la enseñanza.

He dicho cómo en su vida y en su muerte todo lo obró Cristo nuestro Señor con paciencia, y luego que resucitó. Resta decir cuánto y con cuál amor favorece la paciencia de los suyos, y cuánto le merecen con la paciencia. Murió Cristo, y fue su sacratísimo cuerpo sepultado; y en aquellos días que estuvo en el sepulcro, bajó su sacratísima alma al limbo a sacar las almas de los padres, que con tan larga y envejecida paciencia le estaban aguardando por tantos siglos. Premió la paciencia antes de resucitar con su glorioso cuerpo: fineza, Señor, llena de celestiales promesas a los que esperaren en su divina majestad, y le esperaren con infatigable paciencia.

Seis apariciones de Cristo, verdadero rey y rey de gloria, se leen después de su resurrección, y en todas mostró su inmensa paciencia con la incredulidad de los suyos, que no creían su resurrección y le tenían por fantasma, y oyendo a las santas mujeres que había resucitado, lo tenían por burla.

De suerte, Señor, que el ministro de que Cristo se servía para todos sus negocios, vivo, y muriendo, y muerto resucitado, fue la paciencia. Bien encomendada queda con estas meditaciones, para que el real ánimo de vuestra majestad y su piadosísima inclinación, su santo celo, su justicia católica, no despache nada sin ella, ni deje que se la usurpen, ni consienta que se la limiten, ni permita que se la comenten. Esto es desear que vuestra majestad prosiga lo que siempre ha hecho, y que siempre sea, como siempre ha sido, el mayor lugarteniente de Dios entre los monarcas temporales, y el más obediente hijo de su vicario en la universal y católica Iglesia romana.




Francisco de Quevedo y Villegas: “Política de Dios, gobierno de Cristo” (1635), Capítulo XX.




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