San Juan Bautista

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martes, 6 de agosto de 2019

Ante las elecciones: El caso Blas Piñar - Antonio Caponnetto



EL RECURSO A LOS PERSONAJES PRESTIGIOSOS: 
EL CASO DE BLAS PIÑAR.

Por Antonio Caponnetto


Tras el anticipo de mi próximo libro, “Democracia y Providismo”, y la seguidilla de tres notas, que bajo el título común de “Ante las elecciones” fui dando a conocer, pensaba llamarme a silencio, y continuar trabajando en los temas a los que estoy abocado.

Pero las circunstancias parecen no querer darnos respiro. Los promotores del error tampoco, y menos aún los escandalosos agentes de la confusión. Primero fue el turno de los malabarismos casuísticos, para probar que se puede mentir pero no mentir, cooperar con el mal pero no cooperar, elegir un mal pero que no sería mal, ser cómplice de la estructura de pecado que es la partidocracia, pero conservarse impoluto y ortodoxo.

Ahora ha llegado el viejo y remandido truco de la recurrencia a los personajes prestigiosos. Aunque para ello tengan que incurrir los unos en la traición a la memoria y al legado de los grandes maestros, y los otros en el oportunismo vil de utilizar los nombres de esos maestros, a los que nunca jamás le rindieron honor ni homenaje y cuyas obras desconocen con la ignorancia que les es connatural. Con tal de conseguir un voto y medio son capaces de todo: hasta de descubrir 45 años después que la guerrilla marxista mató a Genta y a Sacheri.

Como en los casos anteriores de los tres artículos precitados, ya me he ocupado largamente de analizar este sofisma en mis obras. Es inútil. A nadie le importa saltearse el pequeño detalle lógico y ético que impone la disciplina intelectual más básica, según el cual, para escribir sobre un tema en debate hay que respetar el status quaestionis. Si voy a seguir repitiendo que dos más dos es igual a cinco; y no quiero prestarle atención al que ya me explicó que es cuatro, incurro en un acto de ignorancia culposa. De esos actos –sumados a argumentaciones tan ligeras cuanto inconsistentes, tan previsibles como miles de veces desmentidas, tan torpes como soberbias- se vienen llenando estos días grises previos al vómito electoral.

Por ahora han sacado de la galera, por enésima vez, lo casos de Blas Piñar y de José Antonio. Pero ya aparecerán los restantes, de todos los cuales, insistimos, nos hemos ocupado en su momento.

El portentoso argumento esgrimido sería el siguiente: es una incongruencia admirar a José Antonio y a Blas Piñar, perdonándoles a ambos que hayan sido diputados “sin fe y sin respeto”, y descalificar a quienes intentan lo mismo aquí.

Aquí, por empezar, no hay nadie en la carrera electoralista que le llegue a las suelas a José Antonio o a Blas Piñar. Pero no hay tampoco alguien supuestamente nuestro que se jacte públicamente de candidatearse sin fe y sin respeto en el sistema. Todo lo contrario. Pugnan por mostrarse respetuosísimos del Régimen, haciendo todos y cada uno muy prolijamente los deberes que el mismo les ordena para tenerlos bien encuadraditos, domesticados y dóciles. Como pugnan por tenerse fe y tenerle fe a los votantes, que en un súbito acto de conversión a la santidad y a la sabiduría, según parece, se volverían de masa amorfa a cristiandad justiciera que elige a su Clodoveo.

Si algo les sobra es fe y respeto hacia el sistema. Hablan, gesticulan, callan y se adecuan exactamente a los modos que el sistema puede tolerar. Más allá está el famoso cortocircuito del que hablara Fukuyama. Un paso en falso y explota el tablero. Así que la consigna es respetar al tablero. Dentro de la ley todo, nos enseñó el General. De la ley positiva, claro; creada por el sistema de dominación imperante al amparo del Imperialismo Internacional del Dinero. Dentro de la ley democrática todo lo que quieran, señores. Bienvenidos a la disidencia controlada.

En mi caso particular, lo he dicho hasta el cansancio: no admiro a José Antonio y a Blas Piñar por haber sido diputados, sino a pesar de ello. Y porque en ambos, las eventuales candidaturas, en el conjunto de sus vidas testimoniales –con testimonio cruento en un caso e incruento en el otro, pero martiriales ambos- no significan absolutamente nada que refrende a la perversión democrática.

Todo lo contrario. Uno murió joven anunciando los albores del Alzamiento Nacional devenido en Cruzada. El otro murió gloriosamente cargado de años, honrando y renovando cada día los ideales épicos del 18 de Julio. Son hombres de la Guerra Justa por Dios y por la Patria, no candidatos funcionales al sistema por cuya vigencia, en 1983, mataron a nuestros hombres en la guerra justa de Malvinas.

Recordar en las vidas de Blas y de José Antonio su paso por una banca de diputados, y hacer de esos hechos hitos emulables de un modo de concebir y de consagrarse a la política, es como señalársenos para la incentivación de nuestra imitación de las formas monárquicas, que Carolus Magnus inventó la minúscula carolingia.

Reproducimos, pues, a continuación, un fragmento del volumen II de mi obra “La Democracia: un debate pendiente” (cap. V, XVI). Suprimo con toda intención el nombre del sujeto al que tales aclaraciones fueron hechas en su momento, porque como ya lo he aclarado, no me interesa contarlo como interlocutor válido.

ººººººººººººº

  a) El pensamiento político, el ideario y la doctrina de Blas Piñar, no tienen nada que ver con la partidocracia, ni con el voto popular, ni con el democratismo ni con la soberanía del pueblo. Está en las antípodas de estas estupideces. Blas fue toda su larga, fecunda y generosa vida, un hombre del 18 de Julio, de la Cruzada, de Franco y de José Antonio. Y dejó asentado este corpus de principios en una  montaña de páginas y de testimonios audiovisuales, que no nos dejarían mentir.

Su arquetipicidad política era una “monarquía católica, tradicional, social y representativa”; como la llamó recurrentemente, acudiendo para ello a lo que entendía que era la propuesta de Franco para cuando él ya no estuviese con vida. En consecuencia con este norte, dice, por ejemplo: “nos repugna que se entregue a los partidos políticos la tarea de elaborar las leyes y se les confisque a las estructuras básicas de la comunidad y, especialmente, a los sindicatos”[1][...].No hay en España un sólo monárquico –ni siquiera de los más liberales- que pretenda restaurar el absurdo sufragio directo, el funesto sufragio universal. Nosotros somos hijos del 18 de Julio, y queremos una Monarquía Católica, tradicional, social y representativa, con una representación de la nación más auténtica, efectiva y justa que la basada en dicho sufragio[...]. Porque, efectivamente, la monarquía actual[...]es la monarquía laica, liberal, partitocrática y parlamentaria, que nada tiene que ver con aquélla[...].Lo que vamos a defender como sustancia racional de la monarquía –mando de uno- es incompatible con todo mando democrático de la pluralidad. No se crea que al defender la monarquía defendemos al muñeco constitucional que las democracias colocaron en las cúspides de sus desorganizaciones”[2].

Esto es lo primero que debería decirse. Que ese modelo que fue para todos nosotros Blas Piñar, estaba en el polo opuesto de una concepción política democrática, partidocrática, pro sufragio universal y liberal constitucionalista. En cambio se comete el doble error de mostrarlo, por un lado, como un hombre afín al acto de “votopartidar”; y de mostrarnos a nosotros como sostenedores de una tesis que jamás hemos sostenido, y que consistiría en haber dicho que la fundación o la pertenencia a un partido político era un hecho intrínsecamente perverso. Ni pensamos esto, ni pensaba Blas Piñar que la partidocracia y el sufragio universal eran soluciones políticas.

b) La oposición a los partidos políticos estaba entre los principios mismos de Blas Piñar. Por eso dice: “Fuerza Nueva nació como semanario, con el propósito de auspiciar y recoger una corriente de opinión que se oponía a que la unidad desapareciese[se refiere a la unidad de España, amenaza, entre otras cosas, por “la anarquía de la partidocracia”].Con ello no se hacía otra cosa que aceptar los postulados del tradicionalismo que se definía no como partido sino como ‘comunión’, y los de José Antonio, que quiso integrar a sus militantes, más que en un partido en un ‘antipartido’[3] [...]. “Para el 18 de Julio el hombre no es un ciudadano que vota, ni un productor o consumidor necesarios para el funcionamiento de la economía. El hombre es imago Dei, filius Dei, redimido en la Cruz, al precio de la sangre, por un Dios hecho hombre, envoltura corporal, como decía José Antonio, de un alma capaz de salvarse o de condenarse por toda la eternidad”[4].

Pero está faltando algo esencial en este momento específico del relato. No se puede mentar a Blas Piñar y desconocer que uno de los episodios más significativos de su vida y de su lucha tuvo lugar en 1974, cuando se opuso en soledad –más con la razón y la vehemencia que siempre lo caracterizaron- al proyecto de las Asociaciones Políticas, que él juzgó como “un síntoma del proceso de liquidación del Régimen del 18 de julio”. Y ese proyecto no era otro más que el de permitir la formación de partidos políticos con perspectivas electorales; lo que constituía en su opinión una “falta de fe en los postulados ideológicos del Movimiento y [un querer] sustituirlo por un sistema liberal de partidos políticos, con inclusión del comunista”[5]. Fue en esa ocasión que Blas Piñar escribió medulosos artículos y pronunció severas palabras para adherir a los postulados iniciales del Movimiento, en los cuales “no sólo se vetan sino que se condenan como nefastos los partidos políticos”[6].

Quienes quieran conocer en extensión la postura anti-partidocrática de Fuerza Nueva y de su Jefe, precisamente en las circunstancias en las que el mismo régimen franquista parecía dispuesto a esta apertura, deberán leer, de mínima, los cuatro artículos editados por Blas Piñar los días 1º, 17, 24 y 31 de agosto de 1974,en la revista Fuerza Nueva, bajo el título común de Movimiento y Asociaciones[7]. Pero es intelectual y éticamente inadmisible escamotear este aspecto fundamental de la postura de Piñar, al que se pretende poner en discordia con nuestra tesis.

c) Así como Blas Piñar recurre frecuentemente a Franco y a José Antonio para asentar su pensamiento político, de raigambre “onésimo-redondiana” es su alegato del 14 de agosto de 1980, dirigido a los Jóvenes de Fuerza Nueva que se hallaban en un campamento militante en San Lorenzo de El Escorial. Escuchemos sus principales consignas: “sólo el que ignora la Verdad venera el sufragio de la multitud. El que conoce la Verdad no la abandona a la violencia cuantitativa del voto”[8][...].El Estado Nacional no cree en los partidos políticos ni en los sindicatos horizontales. No cree en aquellos –auténticas sociedades de explotación electoral- porque parten a la Nación enfrentándola en lucha civiles [...]. En lugar de los partidos políticos, el Estado Nacional cree en un Movimiento en que la unidad no se confunde con la uniformidad, pero donde la diversidad no se transforma en dispersión [...][9].

d) Recién ahora, y teniendo muy en cuenta todo lo predicho, puede afirmarse que, tras la muerte de Franco, Blas Piñar sopesó las ventajas y desventajas, y decidió convertir a Fuerza Nueva en partido. No se le escaparon nunca las paradojas o incoherencias que tal paso significaban en su carrera; y con frecuencia –amén de con el detallismo que lo caracterizaba para registrar, anotar y documentar todos los hechos- hizo la salvedad de que “nosotros, por muchas razones, no creíamos en la eficacia constructiva de los partidos políticos”[10]. Con la misma y escrupulosa minuciosidad relató todos los obstáculos, persecuciones, atentados y hasta muertes que el sistema posfranquista le infligió a su partido; los sucesivos fracasos electorales, las desilusiones y decepciones causados por el gentío que lo aplaudía pero no lo votaba, las derrotas en el campo de las urnas, las trampas intrínsecas del electoralismo, el intento de reorganización de un nuevo partido, el Frente Nacional, y la decisión previsible que tuvo que tomar, de disolver ambos intentos partidarios, tras reconocer la derrota en el terreno regiminoso y una victoria moral abrumadora en el terreno del testimonio de la Verdad. Lo concreto es que  habiendo nacido Movimiento, probó los desengaños y las inconducencias y las inutilidades del partido, y regresó a ser Movimiento[11]. “Decidimos proceder a la disolución del partido. Tuvimos una cena multitudinaria en el restaurante Biarritz. Era el 20 de noviembre de 1982. Allí pronuncié un discurso en el que abrí mi corazón, analicé el panorama político y expuse tanto las razones que aconsejaban la disolución de Fuerza Nueva como partido, así como las que también aconsejaban su continuidad como Movimiento Ideológico. Dimos una nota a los medios de comunicación, que decía así: ‘Comprobada la imposibilidad de cumplir los fines que Fuerza Nueva se propuso como partido político, se decide la extinción del mismo[12]

e) Volvemos a insistir en este punto crucial. No es posible que se mencione el ejemplo de Blas Piñar y se ignore –además de su posición doctrinal antisistema- la honestísima autocrítica que hizo al hecho de haberse constituido en partido político, así como las que podríamos llamar objeciones de conciencia ante el hecho de haberse “partidopolizado”. De todo esto, el mismo Blas ha dejado larguísimas constataciones en los inmensos volúmenes de Memorias a los que se abocó con responsabilidad y tesón en los últimos años de su vida. Tenemos a la vista, por ejemplo, el discurso del 20 de noviembre de 1982,titulado “Fuerza Nueva no muere, se transforma”[13]: “La verdad es que si Fuerza Nueva como partido ha descarrilado[...], lo que no ha descarrilado ni puede descarrilar nunca es Fuerza Nueva como Movimiento ideológico[...]. Pero a estas alturas, pretender que el Movimiento siga actuando con la investidura de partido sería un grave error. Si hemos confesado tantas veces que la calificación de partido nos molestaba, que de partido teníamos tan solo lo que exigía el ordenamiento jurídico para dar la batalla en el campo de juego de un Sistema que no habíamos traído y que rechazábamos, sería una contradicción plena continuar siendo partido, hacer profesión de partidismo, cuando la realidad, después de someternos a las pruebas más duras, ha puesto de relieve que de cara al futuro, la presencia del partido podría acabar con el Movimiento[14].

Otro 20 de noviembre, de 1994, y hablando de lo que dio en llamar “la prostitución de la democracia”, volvió a cargar contra los partidos políticos, tras señoriales pero amargas quejas, durante años, de la conducta que habían tenido aquellas muchísimas personas que lo ovacionaban en los actos pero le volvían la espalda en los comicios. “Los partidos políticos son máquinas electorales fabricadas para la conquista del voto a cualquier precio. Si los votos consiguen el poder y los votos se consiguen con dinero, cualquier  tipo de financiación vale [aún]la que se obtiene por vía deshonesta[...]. Los partidos que no pueden obtener mayoría absoluta, han de acudir sistemáticamente al pacto para gobernar, y por ello y para ello, abdican de lo que sea preciso[...].Los partidos que dicen representar al pueblo, y de un modo especial sus cuadros dirigentes, cuando tienen en sus manos los resortes del poder, olvidan ese pueblo y se ponen al servicio de las fuerzas internacionales[...]. Los partidos son entes artificiales, y en ocasiones contra natura. Su desprestigio lo ponen de relieve la abstención mayoritaria en los comicios y la oleada de indignación que los barre”[15].

Por último, con la hidalguía y el sentido del humor que lo caracterizaron siempre, Blas Piñar no trepidó en agregarle una cuota de ironía a su fracaso “votopartidopolizante”. Y con esa capacidad propia de los magnánimos, la de trazar chanzas sobre las propias desdichas, nos dejó apuntados dos versos por demás reveladores que se escribieron sobre él y sus derrotas regiminosas. Uno es de Alfonso Ussía y apareció en Época del 17 de noviembre de 1986:

“...Y llegaron las horas deseadas
Y el coraje votó, pero de olvido.
Retornó Blas de Blases hacia Europa
con su blasón azul de alto vigía,
pero los votos diéronle en la popa
y Europa es, otra vez, su notaría”[16].

El otro es un logrado cántico que le hizo llegar personalmente Juan José Barcia Goyanes, “y que no sabe cuánto se lo agradecí y se lo agradezco, por el cariño que refleja y por lo que tiene de radiografía personal:

Tú libraste el combate de los sucios comicios;
esta vez, viejo amigo, te ganó tu ilusión.
¿Imaginaste al pueblo que a las urnas corría
capaz de ir, de Cruzado, a libertar Sión? “[17].

Así las cosas, sólo resta decir que se ha cometido una vez más el evidente gazapo de remitirnos a un ejemplo para probar una tesis, cuando en rigor, dicho ejemplo, nos da la razón de un modo expreso, claro, doloroso y terminante[18].
Vaya como estrambote el soneto que le escribí en el 2018, con ocasión de conmemorar sus allegados el centenario de su natalicio:

Te has quedado en los pliegos rojo y gualda,
en el yugo y las flechas, la camisa
bordada ayer en rojo, la divisa
que de altivez hispana se enguirnalda.

Te has quedado en los campos esmeralda
que recorriste con tu voz precisa,
ese verbo que aún suena y profetiza,
el Bien pregona y la Verdad respalda.

Naces cada crepúsculo en Toledo,
cuando el Alcázar  su honra rememora,
la gloria acuna y el dolor restaña.

En tu bautismo un ángel rezó el Credo
y consultando a Dios,sin más demora
te llamó Blas Piñar Arriba España.







[1] Blas Piñar, ¿Hacia la III República?, Madrid, Fuerza Nueva, 1979, p.47-48.
[2] Ibidem, p. 53,73, 91. Algunos de los conceptos vertidos los toma el autor, remitiendo a las fuentes, de Juan Ignacio Luca de Tena y de José María Pemán.
[3] Ibidem, p. 107-108.
[4] Blas Piñar, Fieles al 18 de Julio, Madrid, Fuerza Nueva, 2002, p. 50.
[5]Blas Piñar, Escrito para la historia, volumen I,Madrid, Fuerza Nueva,Colección Denuncia, 2000, p. 175-181.
[6] Ibidem, p. 183.
[7] Ibidem,p. 182 y ss.
[8] Blas Piñar, Hacia un Estado Nacional, Madrid, Fuerza Nueva, 1981,p. 21-22.
[9] Ibidem, p. 27.
[10] Blas Piñar, Por España entera, Madrid, Fuerza Nueva, 2001,p. 13. Abundan en el volumen este tipo de autocríticas o de salvedades o de justificaciones.
[11] Sugerimos sobre el particular la lectura de Blas Piñar,La pura verdad,Madrid, Fuerza Nueva, 2001. En especial el capítulo 8 en el que se revela, una vez más, lo que hemos sostenido en ocasiones: cómo el Sistema está blindado de tal modo que impide que alguien quiera coparlo desde adentro. “El Sistema lo tiene todo y nosotros algo más que nada”[p.342].Y más adelante –citando una epístola recibida- : “El ambiente actual de agnosicismo, hedonismo y pasatismo reinantes ha hecho que muchos españoles equivocados hayan vuelto a votar el partido que representa estas actitudes negativas. Los grandes ideales de España han sido otra vez abandonados por la mayoría del pueblo, engañado por hábiles y desaforadas propagandas[...].La persistencia en intentos[electorales y partidistas] sin resultados alentadores, inevitablemente provoca cansancio espiritual y físico primero, y  abandonismo después. Ante lo dicho, según mi criterio, no cabe más postura que la puramente testimonial”[p.354-355].
[12] Blas Piñar, Por España entera...etc.ob.cit.,p.29.
[13] Cfr. Blas Piñar, Mis mensajes políticos del 20-N, Madrid, Fuerza Nueva, 2005.
[14] Ibidem,p. 58-59.
[15] Ibidem,p.219-220.
[16] Blas Piñar, Así sucedió, Madrid, Fuerza Nueva, 2004,p.95.
[17] Ibidem, p. 642-643.
[18] Para evitar la odiosidad del autoreferencialismo, omitimos aquí la transcripción de las diversas cartas,mails, escritos o discursos públicos, en los cuales Blas Piñar tuvo la caridad propia de los hombres de su talla, de encomiar nuestra postura política y de hacer expresas referencias a la plena hermandad y comunión de ideales que nos unían en la lucha. Lo único que queremos significar con esta alusión es cuán errado anda Hernández al sostener que nuestra tesis está en soledad y en opugnación al tradicionalismo argentinista-nacionalista o a movimientos afines como el que encabezara Blas Piñar.






Nacionalismo Católico San Juan Bautista



sábado, 3 de agosto de 2019

Ante las elecciones (Tercera parte) - Antonio Caponnetto



EL MAL LLAMADO “MAL MENOR”

Por Antonio Caponnetto

ACLARACIÓN PREVIA

1) Esta es la última nota de una serie de tres que,bajo el mismo título genérico: “Ante las elecciones”, entrego como contribución a la agobiante cantidad de errores, confusiones, ignorancias y mentiras de la que son víctimas y aún victimarios los católicos. Van dirigidas muy especialmente a los jóvenes, pero también a los adultos que quieran conocer o repasar la recta doctrina.

2) Como en los casos anteriores, estas notas no están encaminadas en absoluto a remozar o a plantear enemistades con tal o cual persona, sea candidato o propagadista o simple partícipe del error dominante. El propósito, insistimos,es docente y formativo. Por eso incluso hemos suprimido adrede ciertas referencias a tales o cuales nombres, porque hace rato que hemos perdido todo interés en tenerlos por interlocutores válidos.

3) Al igual que en las notas precedentes, lo que aquí ofrecemos es un fragmento de alguno de mis libros ya publicados sobre este tema. En este caso, se trata de un fragmento de “La perversión democráctica”(Buenos Sires, Santiago Apóstol, 2007). Invitamos al lector inquieto, que quiera profundizar y ahondar, a que acuda a la totalidad de dichos libros.

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El enunciado elemental de este principio es bien conocido, y pertenece al patrimonio común de la filosofía perenne. “Cuando es forzoso escoger entre dos cosas, en cada una de las cuales hay peligro, se debe elegir aquella de la que menos mal se siga”. Y el ejemplo trilladamente puesto, a guisa de ilustración, es el del hipotético paciente al que mutilan un miembro para que siga vivo. Muerte inevitable y amputación son dos males; pero el segundo es el menor, y entonces se escoge. No se hallará moralista que se oponga a este principio.

“Aplicando la doctrina al tema eleccionario” –dice un malminorista- “al votarse por un representante considerado mal menor, no se está haciendo el mal menor, sino permitiendo el acceso [al poder] de alguien que, posiblemente, según antecedentes, lo hará”. Se debe votar “al partido que parezca menos peligroso; al proceder así, no se está avalando aquellos aspectos cuestionables  de su plataforma, sino, simplemente, eligiendo el mal menor”.

Son muchas las aclaraciones que este delicado tema impone. De modo que procederemos por partes.

1.- El mismo principio del mal menor trae en su enunciado el de los requisitos básicos sin los cuales su puesta en práctica sería calamitosa. Pero tales requisitos -en el apuro por votar, en la demencia de considerar a “la mentira universal” una obligación moral y en la urgencia de que no se desautorice ni se desaproveche el “privilegio electoral de participar”- suelen quedar relegados u olvidados. Recordemos, pues, los más significativos: a)nunca es legítimo hacer el mal para conseguir el bien; b)ni buscar positivamente un acto desordenado pe se; c)esa elección del mal menor ha de ser temporaria y excepcional, contándose con la seguridad de evitar, efectivamente, un mal mayor, o promover a la postre un bien más grande; d) se debe tratar de una situación de emergencia y no de una circunstancia convertida en regular y habitual; e)sólo mediante un probado ejercicio de la prudencia se puede llevar a cabo, bajo causales excepcionales, no como vía ordinaria de praxis política;f) se debe determinar objetivamente que aquello considerado mal menor sea efectivamente tal, y no una apreciación meramente táctica propia del juego electoral; g) como jamás el mal, por menor que sea, puede ser el fin del acto moral, hay que tener la suficiente certeza de probabilidad de que el bien mayor, a mediano plazo, se seguirá finalmente de ese mal menor; h)la voluntad que nos incline a ese mal menor tiene que estar libre de taras y de coacciones, principalmente de la especulación estratégica sobre los beneficios personales que se seguirían de ese mal menor instalado en el poder.

En su conjunto, como se advierte, la puesta en práctica del mal menor no es una tarea sencilla, ni puede ejecutarse con un encogimiento de hombros en cada comicio, sin arduos discernimientos, alta responsabilidad y seria capacitación. Condiciones todas que no son comunes entre los votantes, aún entre los sedicentemente católicos, puestos bajo el influjo de una Jerarquía heterodoxa y pusilánime. Es un grave y duro ejercicio del intelecto práctico, que si no se mueve ajustadísimamente en el delgado margen de la tolerancia legítima, cae en la impunidad. Por eso, y muy apropiadamente, enseña León XIII, a propósito de la tolerancia, que: a) lo primero es “buscar el remedio en el restablecimiento de los sanos principios” ; b)si hay que tolerar, que se sepa que no es una situación ideal, sino violenta, por ser “contraria a la  verdad y a la justicia”, permitida con el solo objeto de “evitar un mal mayor o para adquirir y conservar un mayor bien”; c)el mal tolerado, por menor que sea, “no debe jamás aprobárselo ni querérselo por sí mismo”; d) “hay que reconocer, si queremos mantenernos dentro de la verdad, que cuanto mayor es el mal que a la fuerza debe ser tolerado en un Estado, tanto mayor es la distancia que separa a este Estado del mejor régimen político[1].

Nuevamente estamos ante el eterno dilema de la tesis y la hipótesis. La hipótesis  es el error que se tolera, cuando por causa de extrema necesidad no se puede implementar el bien ideal deseado; cuando no se dan las condiciones óptimas o las circunstancias posibilitadoras para que dicho bien ideal esplenda en toda  su magnitud. Pero cuando así son las cosas, por causa de fuerza mayor; cuando no puede sino tolerarse y no existe forma de evitar o permitir un mal, pues entonces –aún así o por lo mismo- la recta doctrina (tesis) no debe ser rechazada como ficción o utopía inalcanzable. “Debe ser considerada como el ideal de la vida pública temporal y meta del esfuerzo político autenticamente cristiano. También la santificación personal es obra difícil y, a menudo, desalentadora, mas no por ello se la abandona con pesimismo”[2].

Resumiendo lo dicho hasta aquí, y haciendo abstracción por un  momento de que el sufragio universal es siempre ilegítimo, con o sin mal menor, esta última doctrina, prevista por el Magisterio de la Iglesia, no se presenta para nada como un procedimiento que se pueda cumplir automática y regularmente, sino como un acto excepcional cargado de requisitos y de condiciones. Repásese en conciencia esos precisos requisitos y condiciones, y sobre todo la obligación primera de “buscar el remedio en el restablecimiento de los sanos principios”, y se verá que no puede proponerse, sin más, en cada comicio, que cada quien vote el mal menor según su conciencia. La distinción entre el mal menor como principio moral de  aplicación extraordinaria y como táctica sufragista de uso ordinario, es lo primero que se impone. Y lamentablemente, lo primero que se omite.

Un párrafo de Juan Pablo II parece dilucidar esta cuestión.  Después de haber fijado como regla que “al mal no se le hacen concesiones[3], que “nunca es lícito someterse ni participar en una campaña de opinión a favor de una ley [intrínsecamente injusta], ni darle el sufragio del propio voto”, se menciona el caso especial, la excepción que confirma la regla. Dicho caso especial podría ser el de una ley que se promulgara para “limitar los daños de esa ley [intrínsecamente injusta] y disminuir así los efectos negativos” de la misma. Sería entonces un “intento legítimo y obligado de limitar sus aspectos inicuos”. Entre una ley intrínsecamente injusta y otra que contrarrestara o impidiera su aplicación, no puede haber dudas sobre la conveniencia de votar a esta última. Es,claramente, la opción del bien contra el mal. Porque la regla, insistimos, es que al mal no se le pueden hacer concesiones, y que nos asiste el derecho de “no participar en acciones moralmente malas”.  “Los cristianos, como todos los hombres de buena voluntad, están llamados, por un grave deber de conciencia, a no prestar su colaboración formal a aquellas prácticas que, aun permitidas por la legislación civil, se oponen a la Ley de Dios. En efecto, desde el punto de vista moral, nunca es lícito cooperar formalmente en el mal. Esta cooperación nunca puede justificarse […]en el hecho de que la ley civil la prevea y exija […]El rechazo a participar en la ejecución de una injusticia no sólo es un deber moral, sino también un derecho humano fundamental”[4].

No cuesta mucho deducir aplicaciones concretas al tema que nos ocupa. Una legislación civil, aunque se presente con carácter obligatorio y exigitivo, no puede apartarnos de la regla de no hacerle concesiones al mal, de no participar en acciones moralmente malas, y de no cooperar formalmente con mal alguno. Sólo el bien merece nuestro concurso. El resto es casuística aplicable por vía de excepción, bajo la conducción cuidadosa de la prudencia y de la caridad.

Algunos opinan que, mediante la elección del mal menor –convertido en regla- y específicamente encarnado en un partido o en un candidato, “no se está avalando aquellos aspectos cuestionables  de su plataforma”. Es una posición demasiado laxa y a la vez demasiado restrictiva; y es, al mismo tiempo, un sentido algo menguado de la responsabilidad. Voto por un partido, por ejemplo, porque se manifiesta a favor de la defensa de la vida, desde la concepción hasta la muerte. Pero a la vez dicho partido promueve una educación basada en el laicismo integral, o un capitalismo salvaje. ¿Mediante qué artilugio o reserva mental puedo deslindar que sufragué en pro de la cultura de la vida y no de aquellos males sin cuento? ¿Es que acaso el voto anónimo, secreto y masivo, permite este tipo de discriminaciones y sutilezas? ¿Me promete el candidato alzado con el poder gracias a mi voto, que cuando aplique la educación laicista y la usura, hará la pública salvedad de que yo no quise eso? ¿Y tengo yo, simple número en el padrón y guarismo en el escrutinio, la posibilidad de aclararle a mis compatriotas que voté el punto 1 del programa, pero no el 2 y el 3?

La responsabilidad, dice David Isaacs, consiste en “asumir las consecuencias de los actos intencionados, resultado de las decisiones que tome; y también de los actos no intencionados, de tal modo que los demás queden beneficiados lo más posible o, por lo menos no perjudicados”. Ser responsable significa querer y tener que rendir cuentas, desechando  esa malsana “tendencia habitual de recurrir a excusas para justificar el no cumplimiento de alguna indicación, y la tendencia de no comprometerse en ningún asunto hasta que se ve que va a salir bien”. Desórdenes éticos al que se le suma otro, el más frecuente hoy de todos, y que consiste en creer que ejercito mi responsabilidad y soy un modelo de conducta, porque me disculpo con fuertes ayes y golpizas de pecho, una vez provocada la catástrofe. “Somos responsables de todos nuestros actos […] también cuando son resultado de una falta de previsión”[5].

Quien vota al partido antiabortista, pero sabiendo que “hay otros aspectos cuestionables de su plataforma”, es responsable del acto intencional de defender la vida inocente, y de los actos no intencionales, que insensatamente no previó, o no quiso prever, que cometan los hombres de ese partido, instalados en el poder por su voto. Es responsable y no puede poner excusas; ni puede no hacerse cargo, ni puede exculparse a posteriori. Sabía de antemano que había aspectos cuestionables. Luego, los daños al prójimo que esos tales aspectos causen, los actos no intencionados a que den lugar, entran también en la esfera de su responsabilidad. Es responsable quien elige un conductor para trasladarse de una ciudad a otra porque el automovil es cómodo; y es responsable si nos accidentamos por no prever –sabiéndolo de antemano- que había “aspectos cuestionables” en el motor de dicho automóvil.

La sentencia de Aristóteles estampada en el comienzo de su Peri Ouranou, debe hacernos recapacitar sobre estas decisiones malminoristas: “un error pequeño al principio es grande al final”. Podrá discutirse todo lo metafísicamente que se quiera si el mal se hace, o si es privación de un bien;si el que busca el mal menor en rigor está buscando algún bien oculto y potencial. Pero escapa al arduo terreno de la metafísica para ingresar en el del mero sentido común, saber que al permitir “el acceso al poder de alguien que posiblemente, según antecedentes, hará un mal menor”, estoy cooperando a ese mal menor. Mi forma de cooperación consiste, precisamente, en “permitir el acceso”. Por eso es sólo una elipsis cuando se sostiene que “al votarse por un representante considerado mal menor, no se está haciendo el mal menor”. Como mínimo, se está construyendo el error pequeño del principio.

2.- En vísperas de una elección  –insistimos: haciendo abstracción momentáneamente de la intrínseca invalidez del sufragio universal- nuestra obligación moral es doble. Por un lado, saber que (si no es ineludiblemente obligatorio) cuando no hay bien no hay que elegir. Porque humanamente hablando la causa del mal es la claudicación de una causa buena, la voluntad deficiente de la criatura,  la incapacidad de hacer bien lo bueno. “Es el acto defectivo de nuestra libertad contra el orden del ser”[6].Y esta claudicación, deficiencia, incapacidad o acto defectivo, conforma para el sujeto un “mal de culpa”, como lo llama Santo Tomás[7], porque implica la ruptura intencional del orden de las predilecciones. Si sabiendo que no hay bien elegimos igual; si pudiendo no elegir elegimos igual,aún con ausencia de bienes; si no siéndonos obligatorio elegir sin presencia de bienes, insistimos en elegir y en mover a otros a que elijan, nos ponemos –como mínimo- en riesgo de ejecutar un mal de culpa.  Es curioso que quienes propician el mal menor no se detengan a considerar la posibilidad de la abstención, siquiera como mal menor. Conminan a votar y votan conminatoriamente, como si en eso radicara la panacea.

La segunda obligación que nos asiste en vísperas de una elección, es la que está sintetizada en la Sagrada  Escritura: “no seguirás en el mal a la mayoría”(Éxodo 23,2).Porque en ese caso –y es tristemente frecuente en la sociedad de masas- la política deja de ser la búsqueda del bien común, para serlo del mal común.

Si al amparo del malminorismo,y pudiendo abstenernos, no sólo elegimos sino que proponemos el mal menor como obstáculo al triunfo del mal mayor, nuestra acción se convierte en objetable, lisa y llanamente hablando. Porque la conciencia regida por la sindéresis nos pide practicar el bien y evitar el mal, si se nos permite recordar lo elemental que, al buen decir de Tomás Casares, es lo fundamental.

En efecto, la responsabilidad no debe caer en reduccionismos éticos; en este caso, en el de limitarse a elegir pasivamente entre males; máxime cuando los llamados frecuentemente menores, suelen ser hoy entre nosotros de pesado volumen y larga duración. Al fin de cuentas, mayor o menor, el mal siempre se sustantiviza mal, independientemente de cómo se adjetive.

Los malminoristas tienen, en la mayoría de los casos, la mejor intención, y no lo pondríamos en duda. Pero justo es decir que, en sus anhelos y en su prédica, suelen sumarse otras motivaciones, sino aviesas cuanto menos desaconsejables. Como por ejemplo, el cansancio de la lucha contrarrevolucionaria, el afán de obtener alguna victoria, por pírrica que resulte, el abandono del irrenunciable mandato de León XIII de “buscar primero el remedio en el restablecimiento de los sanos principios”, el pesimismo en la victoria del ideal, el menosprecio por el testimonio de la coherencia extrema y martirial, y la ingenuidad de creer en las reglas de juego del sistema.

La seguidilla de desaciertos que cometen acaba siendo fatal. Primero  toleran la convivencia de la verdad con la mentira, y arguyen comunmente para ello la parábola del trigo y la cizaña, sin reparar en su sentido esjatológico, y sin querer advertir que la mezcla temporariamente consentida es por amor al trigo, no por respeto a la cizaña. Después admiten con fatalismo y determinismo que no hay más remedio que dar por legitimada una situación institucional y legal impuesta en forma estable y “pacífica” durante largos años. En tercer lugar, se acostumbran a la Revolución y a la Modernidad, rechazando -en el mejor de los casos- su tiránica presencia en la vida privada y en ámbitos específicos como el moral y el religioso, pero convalidando sus criterios en el terreno político. El paso siguiente es contemporizar más plenamente con el error, renunciando a llamarse confesionales o testigos de la Realeza Social de Jesucristo. Al final,  votan sin mayores problemas de conciencia al candidato más adecentado o al programa menos depravado; y nada se consigue, excepto la continuidad del Régimen y la alegría del mismo por saber integrados y encuadrados a quienes deberían estar llamados a ser sus impugnadores.

Los campeones de la eficiencia y del realismo –en nombre de los cuales descalifican a los poetas, los líricos, los principistas- sólo resultan eficientes para garantizar el continuismo. Mejor servicio a la Revolución no pueden prestarle. Con razón escribe Ayuso que, la del mal menor, es una “doctrina que no termina de aprender la lección, que la historia confirma con usura, de la imposibilidad de acomodarse con el mal para evitar males mayores. Porque, como sostuvo Maeztu, el mal nunca es limitado sino que lleva tras de sí un mal mucho mayor que no se muestra sino cuando tiene confianza en el triunfo”[8].

La triste realidad es que los malminoristas no logran disipar el mal. Suman al ya instalado el de su propia confusión y revoltijo, el de su conformismo y poquedad, construyendo un escalón más a la Torre de Babel, un nuevo y grueso trazo al círculo vicioso. Distraen y malgastan  el entusiasmo y el esfuerzo que debería centrarse en la justísima guerra contrarrevolucionaria,e instalan un clima espiritual de sumisa condescendencia, que no conoce derrotas porque primero ha extirpado el sueño de la victoria de los ideales cristianos como  meta política. Perseguir “la inspiración cristiana del Orden Social”, y trabajar activamente para ello desde “asociaciones de apostolado”, con hondo carácter evangelizador y misionero, no es premisa que desapareció de la Iglesia en el siglo XIII. Está dicho en el número 37 de la Lumen Gentium.Y que del mayor mal Dios puede sacar un bien, sin que por eso el mal deje de ser mal; de lo que se sigue que con cuánta mayor razón le pasará lo mismo al hombre, analógicamente hablando, no es tampoco algo que se disipó en antiguas ortodoxias. Está asentado en el nº 312 del Catecismo de la Iglesia Católica.

Dicha ya sin cortapisas, la verdad es que “la táctica del mal menor predica la resignación; y no precisamente la resignación cristiana, sino la sumisión y la tolerancia al tirano, a la injusticia y al atropello. Con tácticas malminoristas no habrían existido el alzamiento español de 1936, ni las guerras carlistas, ni habría caído el muro de Berlín. No habría habido Guerra de la Independencia Española, ni insurgencia católica en la Vendée, ni Cristeros en México. Y tal vez ninguna oposición habría encontrado el avance islámico por Europa. No habrían existido ni Lepanto, ni Cruzadas, ni Reconquista. Porque el mal menor [se olvida] de que la mayor riqueza de la Iglesia -su única riqueza- es el testimonio de la Verdad, testimonio que si sigue hoy vivo es gracias a la sangre de los mártires. Porque hay ejemplos sobrados en los que el triunfo del malminorismo ha dado el poder a partidos que reclamando el voto católico han consentido, como es el caso de la Democracia Cristiana en Italia, una legislación anticristiana (divorcio, aborto, etc.)

En definitiva, el malminorismo no ha sido derrotado nunca porque en sí mismo es una derrota anticipada, una especie de cómodo suicidio colectivo. Es el retroceso, la postura vergonzante y defensiva, el complejo de inferioridad. Defendiendo una táctica de mal menor, los cristianos renuncian al protagonismo de la historia, como si Cristo no fuese Señor de la historia. Se creen maquiavelos y sólo son una sombra en retirada. Niegan en la práctica la posibilidad de una doctrina social cristiana, y niegan la evidencia de una sociedad que, con todos sus imperfecciones, ha sido cristiana. El malminorismo, contrapeso necesario de una Revolución que en el fondo es anticristiana, ha fracasado siempre, desde su mismo nacimiento.
En cambio, la historia de la Iglesia y de los pueblos cristianos está llena de hermosos ejemplos en los que el optimismo -o mejor, la esperanza cristiana-, nos enseña que es posible, con la ayuda de Dios, construir verdaderas sociedades cristianas. La política cristiana no ha fracasado en la medida en que todavía hoy seguimos viviendo de las rentas de la vieja cristiandad occidental”[9].

3.- Suele ocurrir que alguien –que no explicita en ningún momento la distinción entre la doctrina del mal menor y el mal menor en tanto táctica eleccionaria, y que tampoco hace las aclaraciones necesarias a la cuestión doctrinal- propone sin más la táctica como una derivación automática de la doctrina. Ello sería posible porque la política “es como un itinerario que se cumple con realidades indóciles, sobre un terreno escarpado”, “una opción entre dificultades”, una acción que “se asemeja a la física, pues se enfrenta con algunos datos inmodificables en la sociedad que debe regir. Los que tratan de cambiar desde sus raíces una realidad social que les disgusta porque no es perfecta, no se detienen ante los aspectos positivos que arrasarían al eliminar el trigo con la cizaña[…]Los hechos deben ser tomados como son, no como quisiéramos que fuesen, de lo contrario nos limitaríamos a una política hipotética, a aplicarse en un futuro indefinido, mientras nos abstenemos de operar sobre la realidad actual, porque no nos satisface”[10].

Citando a Balmes a través de García Escudero, se agrega que “en política no es verdadero lo inaplicable (…)porque desde el momento que una teoría no se puede realizar es señal de que está en lucha con la misma  naturaleza de las cosas y que, por tanto, no es verdadero con relación a ellas”. El “régimen constitucional vigente”, en cambio, goza de aplicación desde 1853, y “cuando queda consolidado un régimen su aceptación es obligatoria, con obligación impuesta por el bien común”, ya que “en cada sociedad, un conjunto de circunstancias históricas determinan una forma particular de gobierno, y como siempre, el poder político procede exclusivamente de Dios”[11].

Nuestro autor se da cuenta de que “el sistema político vigente adolece de graves defectos”, y de que “nada nos obliga a manifestar conformidad con el orden jurídico vigente, y es lícita toda acción destinada a modificarlo, siempre que sea compatible con los principios doctrinarios”. Pero “como el acceso al gobierno depende de una elección”, sólo queda elegir o ser elegido de acuerdo al sistema que nos rige, recordando que “cuando un pueblo parece preferir a los malos dirigentes, es sencillamente porque faltan buenos dirigentes”.

Disipando cualquier escrúpulo al respecto, y convencido de que “podemos encontrar en la antigua doctrina del mal menor una ayuda invalorable”, se aclara que “la teología moral al estudiar la cooperación en los pecados ajenos, distingue entre la cooperación formal –que constituye siempre un pecado, por contribuir al pecado de otro- y la cooperación material. Es lícita la cooperación material, siempre que con una acción se defienda un bien superior o se impida un mal mayor. Una actitud rigorista que impida hacer cualquier cosa de la que otro pueda aprovecharse para el mal, haría imposible toda acción política”[12].
Casi como un sarcasmo se nos deja este consejo final: “la prédica abierta y el testimonio de una conducta coherente con los principios, son los mejores instrumentos para engendrar adhesión y lograr influencia efectiva en la realidad social”.


Formulemos ahora nuestros comentarios.

-Ya hemos visto en recientes páginas anteriores que el malminorista proclamaba como tarea esencial del político, la de la humilde docilidad a la realidad. De modo que desconcierta en parte su reciente afirmación, según la cual, las realidades son indóciles. Si lo primero, lo único que le quedaría al político es sucumbir ante el poder de lo fáctico; pero no para discernir entre hechos buenos o malos, sino para admitir la prerrogativa ineluctable de lo fenomenológico. Si lo segundo –esto es, de resultar indóciles las realidades- lo único que le quedaría al político es el desconcierto y el caos. Ser gobernado antes que gobernar.

Se necesita otra visión para salir de esta aporía. El realismo nos está exigido a todos, sin que el político pueda escapar a la regla. Cuanto más “escarpado” sea el terreno, cuantas más las dificultades entre las que haya que optar, al decir de Indalecio Gómez, cuantas más “inmodificables” se presenten ciertas circunstancias, mayor será la obligación del realismo. Pero el realismo –como ha notado Gilson vigorosamente- parte del conocimiento del objeto tal cual es, y se sabe en la obligación gnoseológica de aprehenderlo tal como es. El error está en creer que esa captatio fidedigna del objeto me obliga además a adherir moralmente a su contenido o a su fin, si precisamente por medio de esa captatio descubro su naturaleza perversa. Tanto en la introspección como en la extroversión, que el realista diga: res sunt, no equivale a que diga también “es bueno que sean”, puesto que se dan por racimos las cosas negativas que se suceden y ante las cuales tenemos el deber del rechazo o de la enmienda. La aprobación recta es aprobación de lo amado; esto es de lo que por su innegociable valor intrínseco merece ser amado. Desaprobar lo odioso, lo feo, lo mendaz, lo malévolo, los horribles hechos consumados, no me convierte en un idealista o en un utópico. Tampoco el contraponer a esa desaprobación el anhelo de un deber ser normativo. Realismo no es neutralidad de juicios, ni aprobación fatídica e inmodificable de lo malo que existe.

Combinadas armónicamente todas y cada una de las partes de la prudencia, las realidades no serán “indóciles”, pues tendremos señorío sobre ellas; el terreno “escarpado” nos fatigará y agotará, pero conoceremos el camino y su puerto de llegada; y presentadas las dificultades, no optaremos entre las mismas sino entre las soluciones posibles, porque la política es el arte de hacer posible lo necesario. Experiencia y razón son virtudes del político; previsión y circunspección además; precaución e imperio, y una alta dosis de decoro, que no es un adorno de la conducta sino la capacidad de inteligir el decus que las cosas poseen; esto es su potencia mayor y mejor. Si el político rige, preserva, custodia, se enseñorea; si no sólo administra o recuenta sino que ejerce la potestas como genuino homo conditor, ni las realidades le serán indóciles, ni los anegamientos del terreno lo apartarán de la diritta via,ni serán males sus alternativas habituales. Se ha escrito mucho al respecto como para intentar aquí una síntesis[13].

 La política,entonces, reclama la juntura con la teología y la metafísica, con las virtudes cardinales y naturales, con la virtud madre que es la prudencia. Pero por el rumbo del más craso positivismo andamos si la identificamos con la física, y si al amparo de esta ciencia exacta declaramos nuestra pesimista resignación ante la inmodificabilidad del sistema, como quien se rinde ante la inevitabilidad de las leyes de Kepler. No puedo ni debo alterar la ley de gravedad, ni la atracción de los polos opuestos, ni la rotación de la tierra; pero aunque estos hechos físicos se sucedan desde siempre mientras el hombre vive, sin que sea cuerdo que él los ignore, la naturaleza de los hechos que le toca protagonizar en tanto político, no son de esta índole. La sustitución en la vida del espíritu, de una virtud como la prudencia por una técnica como la que pueden emplear los físicos;la rebelión de la poiesis contra la praxis, de lo factible contra lo agible, es una de las subversiones más radicales que ha introducido la Revolución. “La política pertenece al orden práctico y más concretamente a la esfera del obrar humano. Pero como el obrar se apoya en el ser, toda consideración política debe remitirse en sus fundamentos a una concepción antropológica que le sirva de soporte […] A través de la actividad poiética se busca la perfección de obras externas al sujeto que las realiza. A través de la praxis se busca la perfección del hombre mismo.  Es el campo de la prudencia. La politica tiene elementos técnicos, factibles, pero en lo fundamental pertenece al campo de lo agible y está regida por la prudencia política”[14].

         Lo verdaderamente grave del planteo que estamos criticando ,es que por el contexto y por el tono de sus afirmaciones, los que están en falta no son los malditos artífices de la Revolución Mundial Anticristiana, que han trastrocado el orden natural de la política; ni tampoco los liberales que han impuesto en la patria, a sangre y fuego, un constitucionalismo masónico y una institucionalidad acorde. Los desubicados y reprobables somos nosotros –utopistas e idealistas- que en vez de conformarnos al sistema estable y pacífico que nos rige desde hace tanto tiempo, y de acatar las autoridades legal y electoralmente elegidas,  “tratamos de cambiar desde sus raíces una realidad social que nos disgusta porque no es perfecta”, y ni siquiera nos detenemos “ante los aspectos positivos que arrasaríamos al eliminar el trigo de la cizaña”.

         El resultado de este razonamiento es muy sencillo. No fue la Revolución la que “cambió desde sus raíces” el Orden Cristiano,alterándolo todo. Somos nosotros, nostálgicos soñadores del Orden Cristiano, insolentes aventureros que queremos pasar del plano intelectual –donde es lícito soñar bondades- al plano práctico donde rige la tiranía de lo fáctico, los que venimos a alterar tantos siglos de pacífica y estable antinaturaleza. Somos nosotros los culpables de recordar que “al principio no fue así”. Díscolos teóricos y principistas, aferrados nada menos que al deber ser de las cosas, a las causas ejemplares y a los paradigmas recién salidos de las manos de Dios. Toda nuestra es la culpa por persistir con el anacrónico omnia instaurare in Christo, y no entender que “consolidado un régimen su aceptación es obligatoria”.

         Lo cierto es que no es nuestro propósito cambiar desde sus raíces una realidad social que nos disgusta porque no es perfecta. Sino volver a las raíces, enraizarnos y enceparnos nuevamente, reaccionando con altivez en contra de una realidad social que nos subleva e indigna, no por no ser perfecta sino por no ser cristiana. No por no responder a nuestras utopías, sino por haber traicionado violentamente la realidad querida y creada por Dios. No porque seamos rebeldes a la autoridad consolidada, per se, sino porque sabemos del deber de rebelarse contra la autoridad ilegítima.

         Lo cierto igualmente, no es que nos mueva “una política hipotética a aplicarse en un futuro indefinido”. Nos mueve una política real, aplicada en un pasado concreto; esto es, en una tradición viva, que nos fue robada y saqueada vilmente por los protagonistas de la Revolución. Los hechos “son tomados como son”. ¡Vaya si como son los tomamos!  Por eso, si son pésimos, los deploramos y combatimos; y les oponemos no el “como quisiéramos que fuesen”, sino el como Dios quiso que fueran hasta que los hombres los sacaron de quicio.  No; habrá que repetir una y mil veces más con San Pío X en Notre Charge Apostolique; lo nuestro no es una hipótesis futurible e indefinida,”la civilización no está por inventarse, ni la ciudad por construirse en las nubes. Ha existido, existe; es la civilización cristiana, es la Ciudad Católica. No se trata más que de instaurarla y restaurarla sobre sus naturales y divinos fundamentos, siempre renovados de la utopía nociva, de la rebeldía y de la impiedad”.

         Nada más opuesto a este mandato pontificio que “abstenernos de operar sobre la realidad actual porque no nos satisface”. Luchamos contra el utopismo, no somos sus propulsores; contra los que quisieran que los hechos fueran imagen de su pequeñez y no reflejo de la grandeza del Padre. Y operamos sobre la realidad actual precisamente porque no nos satisface. Porque nos resulta incómoda, diría José Antonio; porque nos causa cólera y asco; porque no nos sentimos como pez en el agua en ella, mendigando los mendrugos putrefactos de un partido de ocasión, de un retazo de sufragio, de una alianza electoralera con peronistas o gorilas. Nos abstenemos, o procuramos hacerlo, de “pecar contra Dios y contra Martín Fierro”, al decir de Castellani. Pero nunca de actuar sobre la realidad de esta patria enferma, para intentar la salvaguarda de las poquísimas semillas cristianas que aún pudieran quedar, y hacerle frente a los protagonistas de la perversión democrática, con nuestras menguadas fuerzas.

         Ni utopistas, ni idealistas, ni abstencionistas. Simples sabedores –sin olvidos- de que “el único remedio para extirpar los males presentes e impedir los peligros que amenazan es restituir los principios y la práctica del cristianismo en la vida privada como en todas las esferas del cuerpo social”[15]. “Hay que volver al orden fijado por Dios también en las relaciones entre los Estados y los pueblos; volver a un verdadero cristianismo en el Estado y entre los Estados”[16].

         En cuanto a la amonestación recibida, en el sentido de que nuestra furia cristianizadora o nuestro deseo irrefragable de no respetar la institucionalidad estable y pacíficamente constituida, pudiera llevarnos a eliminar el trigo con la cizaña, creemos tener aprendido el Catecismo de Primera Comunión. Lo que el Señor ha querido enseñarnos en aquella mentada parábola, es que buenos y malos coexisten misteriosamente entreverados hasta la siega final que a El le corresponde; que a nosotros, como escribe San Cipirano, nos toca trabajar para que podamos ser trigo y hacernos merecedores de habitar en los graneros del Señor; que ni hemos de encizañarnos los que presumimos de buenos, ni desistir de la trigalización de los malos; que si nos precipitamos impulsivamente en erradicar los sembrados nocivos corremos el riesgo de arrancar –con la misma precipitación impulsiva- los frutos nobles y saludables.

            Pero “si de las palabras de Cristo se quisiese inferir una exhortación a dejar crecer todo mal sin restricción alguna, debería dejarse también en libertad a los ladrones y homicidas; y denunciar como anticristiana la conducta de San Pablo cuando decidió excomulgar a aquel corintio vicioso y ordenar su expulsión de la comunidad de los fieles […]No podemos echar a los pecadores ocultos, aunque nos persigan, pero sí a los pecadores manifiestos, sobre todo si dañan a los demás […] Lo que el Señor enunció en la parábola fue una ley general […] Jesús no se refirió a los casos particulares, donde podría ser preferible para el trigo que tal o cual planta de cizaña fuese erradicada, sin esperar la cosecha, sobre todo si la cizaña no se contentara con crecer junto al trigo, sino que se hubiese propuesto dañarlo y devorarlo”. Siempre será conveniente al respecto “recordar el modo de proceder de San Pablo con los corintios: ‘Os escribí que no os mezcláseis con quien, llamándose hermano, fuese fornicario, o codicioso, o idólatra, o ultrajador, o borracho, o ladrón; con ese tal, ni comer.  Expeled al malvado de entre vosotros’( 1 Cor 5,11-13)’”[17].

         -Vuelve a tomar carácter de error gravísimo el que estamos comentando, cuando tras una descontextualizada cita de Balmes, se descalifica a los que se oponen al “régimen consolidado”, afirmando de ellos –y de su utopismo e irrealismo-  que “en política no es verdadero lo inaplicable”. De modo que, los tales utopistas e idealistas deberían escarmentar de una vez, dándose cuenta de que “desde el momento que una teoría no se puede realizar es señal de que está en lucha con la misma naturaleza de las cosas y que, por lo tanto, no es verdadero con relación a ellas”.

         Bien ha distinguido el mismo Balmes los grados de posibilidad o de aplicabilidad que tienen los actos, dilucidando paralelamente los casos de imposibilidad metafísica, física y moral[18]. No puede darse un triángulo circular, ni un cuerpo que arrojado al vacío no caiga, pero hay cosas moralmente imposibles, a fuer de repugnates o de violentas contra la naturaleza, y que sin embargo se aplican y prosperan, bien que a la larga el Orden Natural se toma sus durísimos desquites. De resultas, tanto en el plano individual como en el social,no es cierto que sólo lo verdadero sea aplicable. Debería serlo como  mandato de la sindéresis y del Decálogo, pero no lo es. Y casi rige hoy, penosamente, la ley inversa; aquella que enunciara el Cardenal Pie: se ha probado todo, se ha aplicado todo, sólo resta probar la Verdad.

Un horrible descubrimiento ha hecho el hombre contemporáneo, dice Juan Pablo II en la Veritatis Splendor; a saber, que si la naturaleza limita su libertad, prefiere violar la primera para dar rienda suelta a la segunda. “La naturaleza debería ser superada por la libertad, dado que constituye su límite y su negación”[19]. Entonces, desde tamaña óptica, es “aplicable” la homosexualidad en el terreno privado o la democracia en el terreno político. Es aplicable la contranatura y la mentira porque para este hombre envilecido, el neo evangelio le dice que sólo la impostura lo hará libre.

Precisamente de esta aplicabilidad política del mal se quejaba Balmes, cuando refiriéndose a los tiempos y a las tendencias del siglo, sostenía que “los reformadores no han querido resignarse al papel de utopistas, sino que, empeñados en hacer aplicaciones de sus ideas, se han erigido en fundadores y directores de una sociedad nueva, enteramente calcada sobre los principios que ellos excogitasen”. No contentándose “con meditar en el retiro de su gabinete, con pasearse en espíritu por mundos imaginarios […] o con escribir un libro”, estos personajes saltaron a la acción para imponer sus desdichados proyectos[20]. Puede una teoría estar en pugna “con la naturaleza de las cosas”, como lo están las ideas liberales y marxistas, e imponerse de todos modos. Y puede la verdad católica seguir siendo inconcusa y perenne, y resultar sin embargo, como en nuestros días, desterrada y cautiva.

Mas no era a los católicos a quien dirigía Balmes la advertencia, según la cual, “en política no es verdadero lo inaplicable”, sino precisamente a los protestantes y sus epígonos, recriminándoles que “la experiencia ha enseñado que una organización política que no esté acorde con la social, no sirve de nada para el bien de la nación, y antes al contrario, derrama sobre ellas un diluvio de males”[21]. Porque la causa de todos estos fracasos políticos la veía el filósofo español en la irreligión, ya que “quien no acata la majestad divina,¿cómo queréis que respete la humana? […]Cuando no hay un punto fijo donde se afiance el primer eslabón de la cadena”, se suceden “la insurrección, la asonadas, la anarquía”; y se concluye en aquel trastrocamiento descripto por  Guizot: “donde no vemos asambleas, elecciones, urnas y votos, suponemos ya el poder absoluto, y a la libertad sin garantías”[22].

De modo que, Balmes mediante, llegamos a conclusiones exactamente opuestas.Y sostenemos sin ambages que es un error peligrosísimo –engendrador y justificador de las peores tiranías, y por lo mismo contrario a la doctrina católica- instar a la aceptación obligatoria de un régimen, fincando su legitimidad en su perdurabilidad y consolidación en el tiempo, y lo que es mucho peor,deduciendo de tan falsa legitimidad su condición de autoridad procedente de Dios. No resiste la menor confrontación con la lógica y con el sentido común, dar por legítimo un sistema en aras de su duración cronológica, de su consolidación por “un conjunto de circunstancias históricas”, o por su aplicabilidad estable en la vida de un país. El comunismo es intrínsecamente perverso y gozó de estas características de “legitimidad”. El liberalismo es un “virus insidioso y oculto”, y también podría decirse lo mismo de él. Y en nuestro país, lo que comunmente llamamos Régimen, y que aúna en sí tanto los desvaríos liberales como los marxistas, disfruta del mismo y extraño privilegio de “legitimidad”.

Se admite que dicho Régimen “adolece de graves defectos”, que “nada nos obliga a manifestar conformidad con el orden jurídico vigente, y que es lícita toda acción destinada a modificarlo, siempre que sea compatible con los principios doctrinarios”. Pero dentro de esos principios doctrinarios está la desobediencia civil, la resistencia a la tiranía, el levantamiento armado y aún el tiranicidio[23], y sin embargo, no sólo no lo predica sino que propone la solución del mal menor dentro del marco electoral vigente. Y simplifica esta última cuestión sosteniendo que “cuando un pueblo  parece preferir a los malos dirigentes, es sencillamente porque faltan buenos dirigentes”. La culpa, una vez más, la tendrían –no las multitudes adocenadas, indoctas y desquiciadas- que entregan su voto al peor, “por un poco de asado con cuero y otro poco de vino falsificado”, al decir de Anzoátegui, sino los buenos dirigentes que no quieren presentarse como candidatos, por rechazo al sistema. La culpa de que en el lupanar los clientes solo puedan elegir entre meretrices, la tienen las muchachas decentes, porque son abstencionistas, y en el colmo del utopismo todavía anhelan formar un hogar católico. No se han dado cuenta aún de que la prostitución se ha consolidado pacífica, legal y establemente desde hace larguísimas décadas. Por lo que, en teoría, si les place, pueden seguir prefiriendo la pureza; pero en la práctica están obligadas a aceptar el poder de lo fáctico.

Sobre este error funesto también ha dicho lo suyo Jaime Balmes, al enseñar que “un hecho consumado, por solo serlo, no es legítimo, y por consiguiente no es digno de respeto. El ladrón que  ha robado, no adquiere derecho a la cosa robada; el incendiario que ha reducido a cenizas una casa, no es menos digno de castigo y merecedor de que se le fuerce a la indemnización, que si se hubiese detenido en su conato; todo esto es tan claro, tan evidente, que no consiente réplica. Quien lo contradiga es enemigo de toda moral, de toda justicia, de todo derecho; establece el exclusivo dominio de la astucia y de la fuerza. Por pertenecer los hechos consumados al orden social y político no cambian de naturaleza[24].

En esto es verdad que “la prédica abierta y el testimonio de una conducta coherente con los principios, son los mejores instrumentos para engendrar adhesión y lograr influencia efectiva en la realidad social”. El detalle, no menor por cierto, es acertar con los principios, respecto de los cuales hay que guardar testimonio de coherencia hasta el final.

4.-Al margen de estas muy necesarias consideraciones doctrinales que venimos haciendo, hay algo de orden práctico sobre el mal menor  –tal vez demasiado ligado a la “viveza argentina”- que también es necesario aclarar. Porque la verdad sea dicha, con alguna pudibundez, entre nosotros el mal menor no se ha presentado nunca como un objeto de dilucidación moral, sino como una vulgar táctica para alzarse con alguna cuota de poder, esgrimida por aquellos a quienes repugna todo abstencionismo, pero ninguna mella les hace la grave prevención ética que pesa sobre el relativismo y el pragmatismo[25].

Malminoristas resultan así los que han pretendido “entrar en el sistema para cambiarlo desde adentro”.Terminaron subsumidos y tragados por el mismo, cuando no rentados y alquilados a onerosos precios. Los que –como descubridores del Mediterráneo- descubrieron un día que podían aprovecharse de la estructura de algún partido mayoritario para capitalizar sus votos. El partido mayoritario los usó, los descartó, y siguió naturalmente su curso de iniquidades.
 Los que “entristas” o “foquistas”, se metieron camouflados en la partidocracia, se aliaron con ella o buscaron cierta posibilidad tangencial de triunfar electoralmente, como furgón de cola de algún movimiento masivo. Sumaron a la mentira del partido en que se infiltraban, la mentira inherente que toda infiltración supone, respondiendo así a un mal con otro mal, sin demasiados escrúpulos. Adoptan los métodos de los hijos de las tinieblas queriendo conservarse hijos de la luz. No tardan mucho en parecerse a los métodos que adoptan.

Los que dicen practicar la reserva mental, valerse de los mismos recursos de los enemigos (como si fuera legítimo emular al mal), y nos repiten para tranquilizarse que todo es cuestión de “sacarse de encima ahora a lo que más molesta, y después veremos”. Confunden la sagacidad con la astucia, se rinden a la forma mentis pragmatista del adversario, y el potencial  “después veremos” se transforma en un ahora y eternamente transigimos con el mal. Hacen un paréntesis con el deber de hablar claro para conquistar espacios de poder; si al fin lo conquistan, ese mismo paréntesis los vuelve viles e insolventes para la misión testimonial. Como el que es fiel en lo poco será en lo mucho fiel, también sucede con el desleal en aparentes cosas pequeñas: suele acabar cometiendo felonías mayúsculas.

Los que han intentado conciliar un supuesto testimonio católico dentro del Régimen con la incompatibilidad que el mismo ofrece al católico serio. Se olvidaron de la enseñanza aristotélica, según la cual, en toda comparación entre lo bueno y lo malo sufre lo bueno; y de la enseñanza teresiana que nos pide preferir la Verdad en soledad al error en compañía. Contaminaron lo bueno y sentaron el triste precedente de que hasta las ideas son negociables, como enseñaba el indigno John Dewey. Pierden las elecciones y pierden la coherencia. ¿Cuál es la ganancia? ¿Lo que el Estado paga por voto, aunque se salga último en el escrutinio?

Los que contemporizaron con el error, callando verdades sustantivas, jurando decirlas a posteriori, una vez alcanzada la victoria electoralista. Cuando la alcanzaron, el grado de compromiso establecido con el error y el deseo de conservar el puesto conquistado, les impidió toda actitud testimonial. Se olvidan de que la omisión de una verdad necesaria es tanto o más grave que la emisión de una mentira; y a la postre constatan la amarga validez de lo que gustaba repetir el Padre Elíseo Melchiori: “cuando nos ponemos a gitanear siempre nos ganan los gitanos verdaderos”.

Los que arman “partidos de los buenos” para “votar en positivo”. Y enredan o arrastran a los buenos a vulnerar cada uno de los principios rectores de la concepción católica de la política, mimetizándose con el sistema y aprobando el examen de educación democrática. Son albañiles de la torre de Babel, comensales del banquete revolucionario, interlocutores validos de la modernidad, piezas ajustables de la república plural y sincretista, alumnos dóciles y mansos –ya lo hemos dicho- puestos en la fila y esperando el turno correspondiente, para aprobar el examen de educación democrática. Son liberales, lo sepan o no.

No juzgamos las intenciones de nadie, pero los frutos están a la vista y no pueden negarse. Amén de la ineficacia de tantos aprendices de Maquiavelo –que renuncian a los principios en pos de los resultados, y se quedan sin resultados y sin principios- lo concreto es que, cada uno a su turno, todos estos intentos malminoristas, terminaron consolidando el mal mayor, que es la democracia. Por eso, ya no como doctrina –que no negamos- sino como táctica, la verdad  es que el mal menor sólo ha sido funcional al mal mayor. Por consiguiente, la decisión de no aceptar esta táctica, no es un mero prurito purista personal sino una conducta ligada a la preservación del bien común. Si para combatir a Belcebú terminamos convertidos en Luzbel, socios de Mamon o consensuadores de Asmodeo, el infierno ya no son los otros, como diría Sartre. Somos nosotros mismos.

El Abba Matoes, uno de los Padres del Desierto, predicaba que el demonio sabe alimentar el alma de quien se inclina al mal, entregándole ocasiones precisamente a aquella parte inferior propensa a la inclinación. Santo Tomás, a su debido tiempo, aclaró  que lo que se pone al final al construir, será lo primero que se ha de voltear al destruir. Y San Juan de la Cruz repetía, que un pájaro es esclavo y no puede volar, sea incapaz de romper un hilo delgado o la gruesa cadena que lo tiene sujeto.  Quiere decir esto que hay una especie de predilección demoníaca por el mal menor. Nuestra “partecita” moral apenas inclinada al desorden, el demonio la inclina por completo y gradualmente. Nuestra cadena pequeña él la prefiere a la gruesa, pues sabe que al fin de cuentas igual nos inhibe de desplegar las alas, y se nota menos. Nuestro detalle menudo con el que terminamos la construcción de la vida espiritual, es lo primero que él destruye. “El demonio nunca nos propondría de entrada un gran mal grande y patente, que, en frío, la sola idea de cometerlo nos causaría repugnancia. Pero uno pequeño, un peldaño abajo, el comienzo de una escalera que no sabemos hasta dónde podrá llevarnos, esa sí, es una propuesta para la que generalmente no estamos prevenidos con tanta fuerza”[26]

Como en la partida del trile –con cartas o con dados- existe un trilero; esto es, un profesional del engaño, que nos hace creer que es fácil ganar. Cuando alentados por los “éxitos” del trilero intervenimos en pos del triunfo seguro, barajas o dados ganadores desaparecen y sólo nos queda la derrota, más la ridícula sensación de haber sido engañados. Tal lo que hace la democracia con los malminoristas. Es que el mal nunca termina donde comienza y se dispara más lejos de lo que nos parece al comienzo. El mal no se contenta con ser circunstancial o pasajero, y cuando se presenta como menor en el terreno político suele estar agazapando ulterioridades más negativas áún. Porque “la democracia liberal es una corrupción en sí misma y avanza hacia toda clase de corrupciones”[27]. Entonces, hay que olvidarse de la táctica del mal menor, funcional al mayor, como decimos; y mal al fin, con diferencia de grado, no de naturaleza. Hay que trabajar por el bien posible.

“Pocas cosas” –dice Ramiro de Maeztu- “muestra la historia con claridad mayor que la imposibilidad de acomodarse con el mal para evitar males mayores. El mal surge en la historia para que lo combatamos. En cuanto intentamoa acatarlo ‘para evitar males mayores’ estamos perdidos, porque el mal no es nunca limitado. El mal que aparece lleva siempre detrás de sí un mal mucho mayor que no se muestra sino cuando tiene confianza en el triunfo. El mal asoma la puntita de un alfiler tan solamente para que lo toleremos. En cuanto consigue hacerse perdonar, enseña detrás del alfiler un puñal de Toledo, y detrás del puñal toledano todos los ejercitos de la Rusia roja. Siempre ha sido lo mismo. ¿Qué hubiera ocurrido con el Cristianismo si Nuestro Señor hubiera preferido acatar a Caifás y entenderse con él? ¿Qué hubiera sido de nuestra Reconquista si nuestros padres hubieran preferido aceptar el dominio de los moros?”[28].

Don Ramiro, al fin, y colocando por delante la autoridad de Eugenio Vegas Latapie –con su formidable Historia de un fracaso-  pone de ejemplo de catástrofe estrepitosa del mal menor, el “ralliement” de León XIII, y contrariamente a los pesimistas de la Generación del 98, aconseja “no meter al Cid en el sepulcro ni dejar de cabalgar”[29]. No es casual que los católicos liberales, regiminosos y malminoristas tengan al ralliement como dogma de fe, y obren como si después la Iglesia no hubiese tenido que lamentar sus amargos frutos de perdición.




[1] León XIII, Libertas, 23.
[2] Cfr. Isabel Cárdenas de Becu, La Iglesia y la intolerancia, Buenos Aires, Buschi, 1953, p. 68-69.
[3] Monseñor Javier Lozano Barrágan, Jefe de la Delegación de Observación de la Santa Sede en la XX Sesión Especial de la Asamblea General de las Naciones Unidas, pronunció este mensaje pontificio en Nueva York, el 10 de junio de 1998.
[4] Juan Pablo II, Evangelium vitae, 73-74.
[5] David Isaacs, La educación de las virtudes humanas, Pamplona, Eunsa, 1996, p. 139 y ss.
[6] Alberto Caturelli, El abismo del mal, Buenos Aires, Gladius, 2007, p.84
[7] Santo Tomás, Suma Teológica, I,48,6 c
[8] Miguel Ayuso , La política, oficio…etc, ibidem, p.82
[9] F. Javier Garisoain Otero, El mal menor y el voto útil, cfr. Arbil, n.100, http://www.arbil.org/100garis.htm
[10] Mario Meneghini, La doctrina del mal menor. Su aplicación a la política argentina, en http://presonales.ciudad.com.ar/accioncivica/prod04.htm
[11] Ibidem
[12] Ibidem
[13] Sugerimos las siguientes lecturas: Etienne Gilson, El realismo metódico, Madrid, Rialp, 1974; Francisco Javier Vocos, El Gobernante, Buenos Aires, Cruz y Fierro, 1982, y Carlos Disandro, Sentido político de los romanos, Buenos Aires, Horizontes del Gral, 1970.
[14] Bernardino Montejano, Proyecto Nacional y Política, en A A.V V, Actualidad de la Doctrina Social de la Iglesia, Buenos Aires, Abeledo Perrot, 1980, p.116-117.
[15] León XIII, Sapientiae christianae, 2.
[16] Pío XII, Negli ultimi
[17] Alfredo Sáenz, Las parábolas del Evangelio según los Padres de la Iglesia. El misterio de la Iglesia, Buenos Aires, Gladius, 2001, p. 235 y ss.
[18] Jaime Balmes, El Criterio, Buenos Aires, Diusión, 1952,p. 28-37
[19] Juan Pablo II, Veritatis Splendor, 46
[20] Jaime Balmes,Estudios sociales, en su Obras Completas, Madrid, BAC, 1949, vol.V, p. 558
[21] Jaime Balmes, El protestantismo comparado con el catolicismo, Buenos Aires, Emecé, 1945, p. 567
[22] Ibidem, p. 503 y 568
[23] Cfr. Jorge Guillermo Portela, La justificación iusnaturalista de la desobediencia civil y de la objeción de conciencia, Buenos Aires,Educa, 2005.
[24] Jaime Balmes, El protestantismo comparado…etc, ibidem, p. 532-533
[25] “Un país con 700 partidos es un país excentrico, por decir lo menos […]Dicha cifra […] es la resultante de la laxitud extrema del sistema en vigor. Aunque parezca mentira, un fenómeno de tal dimensión está fundado no en la inverosímil diversidad de ideas que pueda campear en la ciudadanía argentina, sino en una caudalosa e insumergible picaresca entrenada en obtener con ardides provechos personales de las arcas del Estado. A costa de éste funcionan, en efecto, remedos de partidos que constituyen, en realidad, cajas recaudadoras de verdaderas empresas familiares, como se comprueba con la coincidencia entre el domicilio de sus autoridades y el de las organizaciones con personería para actuar en competencias electorales”.Editorial, Un sistema de partidos enfermo, La Nación, Buenos Aires, 2 de marzo de 2008, p. 34.
[26] Cfr. Miguel Cruz, De los vicios a las virtudes, Tucumán, Grupo del Tucumán, 1994, p. 7-8
[27] Cfr. Eulogio Carrizo, El liberalismo ¿ha fracasado? , Buenos Aires, Iction, 1981, p.74.
[28] Ramiro de Maeztu, El mal menor, en su En vísperas de la tragedia, Madrid, Cultura Española, 1941, p. 59-60.
[29] Ibidem, p.62 y 58




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