San Juan Bautista

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sábado, 14 de diciembre de 2024

Los Reyes y el Rey - por Antonio Caponnetto

 

Los Reyes y el Rey


“La primera acción que muestra la reverencia de los Magos 
hacia el Niño es la adoración, la segunda es la ofrenda, 
la tercera la obediencia a la palabra recibida”.

Santo Tomás de Aquino,

Comentario al Evangelio de San Mateo.

 

Hay un cuadrante que la estrella alumbra

y en Belén desemboca mansamente,

eran tres peregrinos y un riente

corazón que vencía la penumbra.

 

Las ofrendas no fueron lo primero

esa noche cabal de epifanía,

el incienso su turno aguardaría

con la mirra y el oro argentifero.

 

Al principio fue entrar, ver y postrarse,

trocarse en agasajo personal,

testigos de esa piedra primordial

y en la Casa del Pan anonadarse.

 

‘Es tu mano que todo lo engrandece’,

rezaron con Miqueas, el profeta,

después la tierra se volvió glorieta:

Es el Rey el que todo lo embellece.

 

Una alegría nueva han conocido,

los pastores, boyeros o rebaños,

un jubileo que en los aledaños

entonó el canto etéreo y bendecido.

 

Señor, hiciste grande el aleluya,

lo anticipó la boca de Isaías

y bienaventurado aquél, dirá Tobías,

que en tu paz su camino reconstruya.

 

Esos Magos, Jesús, son las primicias

de las naciones que de lejos llegan,

te adoran, te obedecen, se te entregan.

Y Tú, el Encontradizo, las auspicias.

 

¡Ay de tí, Nazareth! ¡Ay pago nuestro!

sin Magos, sin lucero, sin pesebre,

sin capellán que al Buen Amor celebre

y clavada de espinas un cabestro.

 

‘Vendrán a tí de lejos, numerosos’

los pueblos de los que eres el presagio,

la Barca saldrá a flote en el naufragio

de los amotinados alevosos.

 

Los Herodes te buscan, su apariencia

más que regia semeja a los lacayos.

Prometemos, Señor, ser tus vasallos:

adoración, ofrenda y obediencia.



Por Antonio Caponnetto

 




sábado, 6 de enero de 2024

Abramos los tesoros - Antonio Caponnetto

 


“…Y he aquí que la estrella, que habían visto en el Oriente, iba delante de ellos, hasta que llegando se detuvo encima del lugar donde estaba el niño […]. Luego abrieron sus tesoros y le ofrecieron sus dones: oro, incienso y mirra” (San Mateo, 2, 9-11).

 

No fue fácil el viaje, la andanza era riesgosa,

por alcorces de nieve, por prados con estigmas,

los vigías de Herodes merodeando la marcha,

y una mezcla de pálpitos, incógnitas y enigmas.

 

Difícil andadura, cargando lejanías,

presintiendo la gloria de un Rey Amanecido,

el júbilo inefable del misterio primero

encarnado en un Niño, expectante y dormido.

 

Sin embargo la gracia de una estrella anfitriona,

como un candil celeste o una llama lumínica,

les marcaba la ruta inaugurando advientos

de aquella intemporal y festiva domínica.

 

Llegados al pesebre, un regocijo grande

‒en una gran manera, según cuenta Mateo‒

extasió a los viajeros, veteranos en magia,

partió el silencio un ángel con su fiel aleteo.

 

A solas en la augusta soledad del establo,

bendita epifanía, monástica clausura,

los regios visitantes cuartearon sus alforjas

entregando sus prendas con viril donosura.

 

Que era Dios cuan monarca y a la vez era humano,

omipotencia entera y a la par indefenso,

cifraron sus obsequios la betlemita noche:

la mirra, el oro puro y el aromado incienso.

 

¿Qué daremos nosotros sin caudales ni acervos,

despojados del Credo, del ritual, de varones

portadores de mitras, jerarcas de la Fiera,

devenidos en lobos, pertinaces felones?

 

Te llevamos, Señor, lo que nadie nos quita,

la sangre de los mártires que jamás se coagula

este anhelo de verte, así el mar a la roca,

la patria que nos diste: la que no capitula.

 

Te llevamos la ciencia de los Padres, la Summa,

las Actas de Nicea, el valor de Atanasio,

la parresía invicta de aquellos perseguidos,

los laudes tempraneros, el ocre iconostasio.

 

Te llevamos las cruces, el pendón oriflama,

las aspas jacobeas, el honor de un cruzado

la Fe del carbonero con la sacra sapiencia,

¡Abramos los tesoros, el Logos se ha encarnado!

 

Antonio Caponnetto