San Juan Bautista

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domingo, 5 de abril de 2026

Homilía de San Juan Crisóstomo sobre el Evangelio de la Resurrección de San Juan

 

Volvieron otra vez los discípulos a su casa, pero María se quedó llorando fuera, junto al sepulcro[1].


1. La naturaleza femenina es compasiva e inclinada a piedad. Lo digo para que no te cause extrañeza que María llorase amargamente junto a la tumba y Pedro no hiciese lo mismo. Los discípulos volvieron otra vez a su casa -dice la Escritura-, pero ella permaneció llorando. En efecto, su naturaleza era pronta al desánimo y, además, no conocía todavía con claridad la doctrina de la resurrección. Ellos, en cambio, después de ver los lienzos y de que creyeran, se fueron a sus casas llenos de estupor. ¿Por qué no fueron en seguida a Galilea, tal y como se les había mandado antes de la pasión? Quizás esperaban a los otros, pero, ante todo, estaban todavía muy perplejos.

Es un hecho, sin embargo, que ellos se fueron y ella se quedó junto al sepulcro. Tal y como dije, la contemplación del sepulcro era para ella un gran consuelo. ¿Ves cómo, para quedarse más tranquila, asoma la cabeza, deseosa de ver el lugar donde había estado el cuerpo? Por esto, por su mucha diligencia, recibió un premio no pequeño. Lo que los discípulos no vieron, ella, en cambio, fue la primera en verlo, es decir, a los ángeles que estaban sentados, uno a los pies y otro a la cabeza, vestidos de blanco y con aspecto resplandeciente y alegre. Puesto que, en lo espiritual, la mujer no estaba suficientemente elevada para admitir la resurrección con sólo la vista de los sudarios, sucede algo más, y ve a los ángeles sentados con resplandecientes vestiduras, de suerte que, entre tanto, se repone del dolor y obtiene consuelo.

Mas nada le dicen de la resurrección, sino que avanza hacia este dogma poco a poco. Vio rostros alegres, mucho más que lo ordinario, vio la vestidura resplandeciente, oyó la voz compasiva. ¿Qué le dijo? Mujer, ¿por qué lloras?[2]. A través de todo ello, como si una puerta se abriera, era conducida paulatinamente al entendimiento de la resurrección. Es más, la forma misma en la que estaban sentados la llevó a preguntar, ya que parecían conocedores de lo ocurrido. Por eso no estaban sentados juntos, sino separados el uno del otro. No era natural que ella osara preguntarles, mas, con la pregunta que le hacen y con la forma de estar sentados la inducen a hablar. ¿Qué dice ella? Con ardor y con afecto al mismo tiempo dice: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. ¿Qué dices? ¿Todavía no reconoces la resurrección y piensas aún en el traslado del cuerpo? ¿Ves cómo todavía no había aceptado esta sublime doctrina?

Después de haber dicho esto, se volvió hacia atrás[3]. ¿Es lógico, acaso, que, mientras hablaba con ellos y sin obtener respuesta alguna todavía, se volviera hacia atrás? Me parece que, mientras ella hablaba, de súbito, Jesús se apareció tras ella y llenó de estupor a los ángeles, quienes, al ver a su Señor, al punto, tanto en su porte como en su mirada y actitud, dieron muestras de que lo veían, y esto es lo que hizo volverse a la mujer y mirar hacia atrás. Así se apareció a los ángeles, pero no a la mujer, sino que a ella se le apareció con un aspecto más humilde y ordinario, con el fin de no atemorizarla cuando por primera vez lo viera. Es evidente, ya que creyó que era un hortelano. No era conveniente elevar rápidamente a una persona humilde, sino poco a poco. De nuevo le pregunta: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?[4]. Manifestó que sabía lo que quería preguntarle y la llevó a responder. Lo entendió así la mujer y no mencionó el nombre de Jesús, sino que, como si tuviera información acerca de lo que le iba a preguntar, le dijo Si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo tomaré. Emplea los términos «depositar», «levantar» y «llevar», como si hablara de un muerto. Lo que quiere decir es: «Por miedo a los judíos os lo llevasteis de aquí. Decidme dónde y yo lo recogeré. Grande era la bondad y el afecto de la mujer, más todavía sus pensamientos no alcanzaban nada sublime. Por ese motivo le revela su presencia, no a través de la vista de su persona, sino a través de la voz.

De la misma forma que unas veces se manifestaba a los judíos y otras se les ocultaba, aunque estuviera presente, de igual modo ahora, cuando quiso, se dio a conocer a través de la voz. Cuando preguntó a los judíos: ¿A quién buscáis?[5], mientras él quiso, no lo reconocieron ni por el aspecto ni por la voz. Otro tanto sucedió aquí. Sólo la llamó por su nombre para reprocharle y para reprenderle por imaginar cosas semejantes de quien estaba vivo. ¿Cómo volviéndose atrás habla, si él ya estaba conversando con ella? Me parece que, después de preguntar ella: ¿Dónde lo has puesto?, se volvería a los ángeles para preguntarles el motivo de su asombro y que, a continuación, cuando Cristo la llamó por su nombre, ella se volvió hacia él y se apartó de éstos, cuando Cristo se le reveló por su voz. Cuando la llamó María[6], ella lo reconoció. De todo ello se deduce que el hecho de que lo reconociera se debió, no a la contemplación de su aspecto, sino al oír su voz. Considera cómo él le dijera: No me toques[7]. Esto debe comprenderse a la luz de que ella se volvió. ¿Por qué le dijo: No me toques? Algunos mantienen que ella pedía una gracia espiritual, pues le había oído decir a los discípulos: Si voy a mi Padre, le rogaré y os dará otro consolador[8].

2. Pero ¿cómo oyó esas palabras si no estaba con los discípulos? Por lo demás, una interpretación semejante está lejos de la intención de este pasaje. ¿Cómo iba a pedirle eso, si todavía no había ido al Padre? ¿Cuál es su significado entonces?

A mí me parece que ella quería estar con él como tiempo atrás y que, por la alegría de verlo, no pensó en su grandeza, aunque su apariencia corporal era, con mucho, mejor. Por eso la aparta de ese pensamiento y de un trato tan confiado -ni siquiera con los discípulos aparece conversando con tanta familiaridad- y eleva su pensamiento de forma que lo trate con una actitud mucho más reverente. Ahora bien, de habérselo dicho abiertamente, habría parecido duro y arrogante. Diciendo: Aún no he subido a mi Padre manifestaba lo mismo, pero sin aspereza. Al decir: Aún no he subido demuestra que se aprestaba a hacerlo.

Por eso, porque él partía hacia allí e iba a dejar de estar entre los hombres, ella no podía mirarlo del mismo modo que antes. Que esto es así se colige de lo siguiente: Ve y di a mis hermanos. No lo iba a hacer inmediatamente, sino después de cuarenta días. ¿Cómo, entonces, dice estas palabras? Porque deseaba elevar su pensamiento y persuadirla de que iba a los cielos. Las palabras: mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios hacen referencia a la encarnación. De la misma forma que la acción de ascender se refiere al cuerpo, ya que dirigía estas palabras a la que todavía no imaginaba nada excelso. Luego ¿es Padre de él de una forma y de otra distinta de nosotros? Es evidente que sí. Si es Dios de los justos de forma distinta a como lo es de los demás hombres, con mayor motivo lo será del Hijo y de nosotros. Había dicho: Di a mis hermanos. Por eso, para que no creyeran que eran iguales a él, pone de manifiesto la diferencia. Él iba a sentarse en el trono de su Padre, mientras que ellos iban a colocarse junto a él. De esta suerte, aunque según la naturaleza corporal se hizo hermano nuestro, sin embargo, hay una gran diferencia en dignidad, tanta que no es posible definirla.

Ella fue a anunciar estas cosas a los discípulos[9]. Tan grande es su fidelidad y perseverancia. Y ellos ¿por qué se entristecieron por su partida y no le dijeron lo que le habían dicho anteriormente? Antes sufrían porque habría de morir, mas ahora, resucitado, ¿por qué iban a entristecerse? Ella les relató la visión de Cristo y sus palabras, todo lo cual era suficiente para consolarlos. Oído esto, era natural que los discípulos, o bien no dieran crédito a las palabras de la mujer, o bien, si se lo daban, se dolieran de que no los hubiera considerado a ellos dignos de la visión, pese a haberles anunciado que se les aparecería en Galilea. Con el fin de que no se angustiaran con estos pensamientos, él no dejó que pasara ni un solo día, sino que, incrementado su deseo, ya sea porque supieran que había resucitado, ya porque se lo oyeron a la mujer, cuando estaban ansiosos por verle y también temerosos, circunstancia que hacía mayor el deseo, entonces, ya atardecido, se les apareció, y de forma muy admirable.

¿Por qué se les apareció cuando ya había atardecido? Porque era natural que entonces tuvieran más miedo. ¡Pero esto es admirable! ¿Cómo no lo creyeron un fantasma? Entró cuando las puertas estaban cerradas, y de repente. Contribuyó a ello, sin duda, que la mujer les había infundido mucha fe, pero, sobre todo, que él mostró un aspecto sereno y apacible. Durante el día no se les apareció para que todos estuvieran reunidos, pues era grande su consternación. Ni siquiera llamó a la puerta, sino que de improviso apareció en medio de ellos y les mostró su costado y sus manos. Al mismo tiempo, con su voz calmó sus tempestuosos pensamientos diciendo: Paz a vosotros[10]. Con estas palabras les recuerda lo que les había dicho antes de la crucifixión, esto es: Mi paz os doy, y Tened paz en mí, que en el mundo tenéis tribulación[11].

Se alegraron los discípulos al ver al Señor[12]. ¿Ves que sus palabras tienen cumplimiento en las obras? Antes de la crucifixión les había dicho: De nuevo os veré y se alegrará vuestro corazón, y vuestra alegría nadie os la quitará[13], y ahora lo cumple. Todo esto les llevó a una fe mucho más segura. Mantenían una guerra sin tregua con los judíos; por eso les repite una y otra vez: Paz a vosotros, para darles un consuelo proporcionado a esa contienda.

3. Esta es la primera frase que dijo después de la resurrección, motivo por el que Pablo continuamente dice: La gracia y la paz sean con vosotros[14]. A las mujeres, sin embargo, les anuncia alegría, ya que este sexo vive en tristeza, y fue ésta la primera maldición que recibió[15]. Por consiguiente, era oportuno que a los hombres les anunciara paz a causa de la guerra y a las mujeres alegría a causa de la tristeza. Después de poner fin a todo lo que era objeto de tristeza, habla de lo conseguido con la cruz, y esto fue la paz.

Había removido todos los obstáculos, logrado una brillante victoria, llevado todo a cumplimiento. Y a continuación añade: Como me envió el Padre, así yo también os envío[16]. Con estas palabras eleva sus ánimos y les demuestra que, si van a llevar a cabo su obra, han de confiar en él. Ya no pide al Padre por ellos, sino que les da poder con autoridad. Sopló y dijo: Recibid el Espíritu Santo. A los que perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos[17]. De la misma forma que un rey que envía gobernadores les da potestad para poner en prisión y para sacar de ella, de igual modo, al enviar a los discípulos, les confiere este poder. ¿Por qué dijo?: Si yo no me voy, él no vendrá[18]  y ahora les da el Espíritu. Algunos opinan que en ese momento no les dio el Espíritu, sino que, al soplar sobre ellos, los dispuso a recibirlo.

Porque, si Daniel perdió la razón cuando vio un ángel[19] ¿qué no les habría sucedido a los discípulos al recibir aquella gracia inefable, si no los hubiera preparado primero? Por este motivo no dijo: «Habéis recibido el Espíritu Santo», sino Recibid el Espíritu Santo. No se equivocaría quien dijera que entonces recibieron un cierto poder espiritual y una cierta gracia, pero no para resucitar muertos y hacer milagros, sino para perdonar pecados. Diferentes son, en efecto, los carismas del Espíritu[20]. Por ese motivo, añadió: A los que perdonéis los pecados, les serán perdonados, manifestando qué clase de poder les comunicaba.

En el mismo lugar, y pasados cuarenta días, recibieron el poder de obrar milagros. Por eso dice: Recibiréis el poder del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén y en toda Judea[21] y serán testigos por sus milagros. Es inefable la gracia del Espíritu, y múltiples son sus dones. Esto sucede para que aprendas que uno es el don y el poder del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Lo que parece ser propio del Padre pertenece también al Hijo y al Espíritu Santo. ¿Por qué dice que nadie va al Hijo si el Padre no lo lleva[22]? Pero esto también es propio del Hijo: Yo -dice- soy el camino. Nadie va al Padre sino por mí[23]. Mas observa ahora cómo también es propio del Espíritu: Nadie puede decir: «Jesucristo es el Señor», salvo en el Espíritu Santo[24]. Al mismo tiempo vemos que los apóstoles fueron dados a la Iglesia, unas veces por el Padre, otras por el Hijo y otras por el Espíritu Santo, y vemos que la variedad de gracias son del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

4. Pongamos, por consiguiente, todo el esfuerzo a fin de tener con nosotros al Espíritu Santo y honremos a quienes ha sido confiado su poder. Grande es la dignidad de los sacerdotes. A los que perdonéis los pecados les serán perdonados. Por este motivo, Pablo decía también: Obedeced a vuestros jefes y estadles sujetos[25] y tenedlos en mucha estima. Tú cuidas de tus cosas y, si las llevas bien, no tendrás que dar razón de los otros. El sacerdote, en cambio, aunque ordene bien su propia vida, si no cuida celosamente por tus intereses y por los de todos los demás que están a su cargo, va al infierno con los malvados. Con frecuencia, aunque sus propios pecados no le condenen, le pierden, sin embargo, los vuestros, si es que no ha cumplido con todo lo que era su responsabilidad. Conocedores de la magnitud de su riesgo, mostradles mucho afecto, tal y como lo manifestó Pablo cuando dijo: Ellos velan por vuestras almas, y no de cualquier forma, sino como quien ha de dar cuenta de ellas[26], motivo por el que es necesario que gocen de gran respeto. Si vosotros, juntamente con los demás, los insultáis, tampoco vuestras cosas irán bien. Mientras el piloto conduce con tranquilidad, las posesiones de los pasajeros estarán a salvo. Mas si él se acobarda porque los pasajeros lo insultan y porque hay desavenencias entre ellos, no podrá estar vigilante y ejercer su oficio de la misma forma y, aunque no lo pretenda, lanzará a los pasajeros a desgracias innumerables. Sucede lo mismo con el sacerdote. Si goza de vuestra estima, será capaz de cuidar de vuestros intereses. Pero si, por el contrario, le causáis disgusto, sus manos perderán el vigor y, aunque sea de ánimo esforzado, le exponéis a ser víctima de las olas juntamente con vosotros.

Considera lo que dice Cristo de los judíos: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced todo cuanto os digan que hagáis[27]. Ahora no es posible decir «sobre la cátedra de Moisés se sentaron los sacerdotes», sino «sobre la cátedra de Cristo», que su enseñanza es la que han recibido. Por eso afirma Pablo: Somos embajadores de Cristo, como si Dios os exhortara por medio de nosotros[28].

¿No veis que todos los hombres están sujetos a los gobernantes temporales, incluso en el caso de que con frecuencia los súbditos sean de un linaje más noble y superiores en conducta y prudencia a los que mandan sobre ellos? Sin embargo, por consideración con quien les confirió el poder, nada de esto tienen en cuenta, sino que respetan la

decisión del que gobierna, sea quien fuere el que ejerce el poder. Grande es el temor si un hombre elige. Ahora bien, si es Dios el que escoge, despreciaremos al elegido, lo injuriaremos, le cargaremos de oprobios sin número y, aunque se nos ordene no juzgar a nuestros hermanos, afilaremos la lengua contra los sacerdotes. ¿Cómo defender tal conducta, ya que, sin ver la viga que llevamos en nuestros ojos, examinamos minuciosamente la paja del prójimo[29]? ¿No sabes que, si juzgas así, te preparas un juicio mucho más difícil para ti mismo?

No digo esto como defensa de quienes ejercen indignamente el sacerdocio; por el contrario, los compadezco y lloro por ellos. Pero no por eso afirmo que sea justo ser juzgado por los súbditos y, mucho menos todavía, por los más simples. Aun en el supuesto de que su conducta sea muy censurable, tú, si prestas atención a tus propias cosas, no sufrirás ningún daño en aquello que fue encomendado por Dios al sacerdote. Si hizo que hablara una asna y concedió bendiciones espirituales a través del adivino, si mediante la boca de un animal irracional y la lengua impura de Balaán obró en favor de los judíos, que lo habían ofendido[30], ¿cuánto más no obrará todo en favor de vosotros, que sois buenos, aunque los sacerdotes sean perversos, y os enviará el Espíritu Santo? Porque no es la pureza individual la que por su propia pureza le atrae, sino que todo es efecto de la gracia. Todo es por vuestro propio bien -dice el Apóstol-, ya sea Pablo, ya sea Apolo, ya sea Cefas[31].

Lo encomendado a un sacerdote sólo a Dios compete darlo y, por mucho que avance la prudencia humana, siempre aparecerá como inferior a aquella gracia. Digo esto, no para que conduzcamos nuestra vida de forma negligente, sino para que no suceda que, si vuestros superiores son perezosos, vosotros, los regidos, vayáis a ocasionaros males. ¿Qué digo de los sacerdotes? Ni un ángel, ni un arcángel pueden hacer algo con respecto a los dones de Dios, sino que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo los que lo administran todo. El sacerdote simplemente presta su lengua y ofrece sus manos. No era justo que los que se reúnen en la fe sufrieran algún daño en lo relativo a los símbolos de nuestra salvación por la perniciosa conducta de otro. Conocedores de todo ello, temamos a Dios y estimemos a sus sacerdotes mostrándoles todo respeto, a fin de que, tanto por nuestras buenas obras cuanto por la reverencia a ellos mostrada, recibamos de Dios una gran recompensa, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, con el cual sea al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, gloria, poder y honor, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.



[1] Jn 20, 10-11.

[2] Jn 20, 13.

[3] Jn 20, 14.

[4] Jn 20, 15.

[5] Jn 18, 7.

[6] Jn 20, 16.

[7] Jn 20, 16.

[8] Cf. Jn 14, 16.

[9] Cf. Jn 20, 18.

[10] Jn 20, 19.

[11] Jn 14, 27; 16, 33.

[12] Jn 20, 20.

[13] Jn 16, 22.

[14] Rm 1, 7.

[15] Cf. Gn 3, 16.

[16] Jn 20, 21.

[17] Jn 20, 22-23.

[18] Jn 16, 7.

[19] Cf. Dn 8, 17.

[20] Cf. 1 Co 12, 4-11.

[21] Hch 1, 8.

[22] Jn 6, 44.

[23] Jn 14, 6.

[24] 1 Co 12, 3.

[25] Hb 13, 17.

[26] Hb 13, 17.

[27] Mt 23, 2-3

[28] 2 Co 5, 20.

[29] Cf. Mt 7, 3; Le 6, 41.

[30] Cf. Nm 22, 22ss.

[31] 1 Co 3, 22.

domingo, 29 de marzo de 2026

Yo Soy la resurrección - Antonio Caponnetto

 

YO SOY LA RESURRECCIÓN

 

“Marta, pues, cuando oyó que venía Jesús, le salió a recibir[...]. Y le dijo: Señor, si hubieras estado aquí, mi hermano no habría muerto”.

Jn.XI, 20-22.

 

 

Camina hacia la aldea, va rezando,

entre cedros, pardillos y riberas,

las playas de Betania, sus costeras

lo ven pasar sereno, musitando.

 

Sus ojos altos se posaban fijos

como en los Montes de los Olivares

posan las garzas y con sus cantares

convierten el paisaje en acertijos.

 

La ve llegar. Su rostro de alelí

transfigurado en luto por el llanto

le dice con la voz hecha un quebranto:

¡Ay, Señor, si hubieras estado aquí!

 

¿Qué cifraba esa queja sin protesta,

ese lamento sin reproche alguno,

esa extraña oración con que ninguno

confiaba en Dios la muerte y la respuesta?

 

¿Clamor, suspiro, acusación, querella,

lastimadura que causó la herida

o afirmación rotunda de la Vida

ante el Sol más fulgente que la estrella?

 

¿Cuál arcano encerraba esa prosodia,

qué sintaxis de métrica divina

le dictó ese fraseo que adivina

el misterio cantado en la salmodia?

 

Marta presiente en sus agorerías

que Cristo es el alcázar y el baluarte,

esa tarde eligió la mejor parte

envuelta en un rumor de profecías.

 

Y parece decirle: Ya entendí.

Creo, espero, confío, me abandono,

pero es mi corazón con el que entono:

¡Ay, Señor, si hubieras estado aquí!

 

Tantas veces, Jesús, yo repetí,

como Marta en las fieras peripecias,

mis certidumbres vigorosas, recias:

¡Ay, Señor, si hubieras estado aquí!

 

Aquí en la patria que ultrajó el corsario,

aquí en la iglesia del Iscariotismo,

en cada deserción, en cada abismo,

aquí mi Dios, pedí con el rosario.

 

Y sin embargo estabas, estuviste

siempre desde el principio de la aurora,

y estarás al Final. La Mediadora

nos preserve del mundo pardo y triste.



Antonio Caponnetto

 

 

Domingo de Ramos (1963) – P. Leonardo Castellani

 


Cuando se aproximaron a Jerusalén, al llegar a Betfagé, junto al monte de los Olivos, entonces envió Jesús a dos discípulos, diciéndoles: «Id al pueblo que está enfrente de vosotros, y enseguida encontraréis un asna atada y un pollino con ella; desatadlos y traédmelos. Y si alguien os dice algo, diréis: El Señor los necesita, pero enseguida los devolverá.» Esto sucedió para que se cumpliese el oráculo del profeta: Decid a la hija de Síón: He aquí que tu Rey viene a ti, manso y montado en un asna y un pollino, hijo de animal de yugo. Fueron, pues, los discípulos e hicieron como Jesús les había encargado: trajeron el asna y el pollino. Luego pusieron sobre ellos sus mantos, y él se sentó encima. La gente, muy numerosa, extendió sus mantos por el camino; otros cortaban ramas de los árboles y las tendían por el camino. Y la gente que iba delante y detrás de él gritaba: «¡Hosanna al Hijo de David! ¡Bendito el que viene en nombre del Señor! ¡Hosanna en las alturas!»

(Mt. 21, 1-9)

 

El Evangelio de hoy es el de la entrada triunfante de Cristo en Jerusalén, que narran los cuatro Evangelistas, dándonos un cuadro completo. Es un triunfo, pero es un triunfo humilde, tal como había dicho el Profeta Zacarías:

“¡Alégrate con alegría grande, hija de Sión!

¡Salta de júbilo, hija de Jerusalén!

He aquí que tu Rey viene a ti, humilde y manso,

Sobre un asna y el hijo de la subyugada.”[1]

En realidad, sobre el hijo de la subyugada venía Jesucristo, sobre el burrito, que los españoles llaman pollino. Los hebreos no desdeñaban, incluso los Reyes, montar en burros, que son allá de mayor alzada que los de aquí. Aquí no tendría sentido ver a un Presidente montado en un burro; aunque quizá tendría más sentido de lo que creemos.

(Quiero decir que imitaría a Cristo en la humildad; y más si en lugar de granaderos y metralletas, tuviese alrededor niños y gente del pueblo cantándole alabanzas y agitando palmas).

Esto que vemos hoy es un “mob”, como dicen los ingleses, que se traduce "motín"; pero la palabra "motín" ha tomado en español el sentido malo, el sentido de sublevación y no de aclamación; de modo que hay que usar el argentinismo “pueblada”. Un “mob”, o sea, una "pueblada", es una aglomeración de pueblo en movimiento, cualquiera sea su motivo, o la ira o el entusiasmo; que hoy día solamente pueden hacerlas los militares, que según ellos, como han salido del pueblo, son el Pueblo; es decir, son la Democracia.

Esta pueblada del Domingo de Ramos, que gritaba: “Salud al Hijo de David”, es muy diversa de la otra del Viernes Santo, que gritó: “Crucífícalo.”[2]

Había ya muchísimos que creían Jesús era el Mesías; que fueron el núcleo de la Iglesia, pues vemos que el día de Pentecostés los Apóstoles bautizaron 3.000 personas, apenas San Pedro les anunció que había resucitado.[3]

Había aquí judíos de todas partes de Judea y también gentiles, como vemos en San Juan [4]; y los Apóstoles fueron el núcleo director de la manifestación, pues decían a todos los transeúntes y curiosos que Jesús acababa de resucitar un muerto, Lázaro de Betania[5]. Una pueblada tiene siempre un núcleo director que le da la dirección, buena o mala. La turba sabe amontonarse, pero por sí misma no sabe dirigirse, ¡y guay de que haya un amontonamiento de pueblo sin un buen núcleo director! Suceden las atrocidades de la Revolución Francesa.

Yo vi una gran pueblada en Roma en 1930 cuando el Comandante Balbo con su escuadrilla fue en avión al Brasil, y después volvió a Roma: se puso en movimiento todo el pueblo de Roma -varones- y se amontonó en la Plaza Venecia gritando: "¡Que hable il Duce!" Yo volvía de clase con los demás alumnos de la Gregoriana, y no me dejaron llegar a casa: lo cual no me pesó. Esta manifestación se formó tan espontáneamente como la de los Ramos; aunque estaban allí los camisas negras, pero simplemente guardaban el orden, no buscaban a la gente ni la traían en camiones[6]. ¿Cómo se formó? Lo supe muchos años después, en 1947, estando con el P. Gaynor en el balcón del Convento de San Silvestro, que da a la Plaza San Silvestro. Las plazas en Italia no son como las nuestras, no son jardines, son simplemente un baldío empedrado, una manzana sin edificios. De repente la plaza se llenó de hombres. - ¿Qué pasa? -Salen del trabajo, de las oficinas, las fábricas y las tiendas-, me dijo Gaynor.

- ¿Qué hacen? -Hablan entre ellos durante una hora; algunos se suben a un cajón y hablan a un grupo. Ésta es la verdadera democracia; este pueblo es el más democrático del mundo. -¿Cómo "democracia"?- le dije yo. -"Democracia", ¿no es votar? -Fíjese: si en este momento llegara aquí una noticia impresionante, toda esta masa se organizaría (surgirían los jefes naturales) y se dirigiría a la plaza próxima donde encontraría otra masa igual; y como una chispa en un pajonal, en poco rato toda Roma estaría en píe y se dirigiría a hacer algo, malo o bueno; pero casi siempre algo bruto; porque la multitud es un bruto con mil cabezas.

Así pasó el año 510 antes de Cristo, por ejemplo: corrió la voz en Roma que el Rey Tarquina el Soberbio había violado a Lucrecia, mujer de un noble, y ella se había dado muerte; antes de ponerse el sol el pueblo de Roma había matado al Rey Tarquina y se había acabado la Reyecía o Monarquía en Roma para durante cinco siglos justos.

La pueblada es el último recurso de la democracia y el más genuino. Hoy día no se puede hacer más, por lo menos en la Argentina y también en Inglaterra, donde Chesterton se queja ya no es posible ningún “mob”, desde el siglo XVII; hoy día con una ráfaga de metra se acaba cualquier pueblada. Esto también lo vi en 1934 en París: el Ministro Daladier, que se gloriaba de parecerse a Mussolini, incluso en el físico, con dos ráfagas de ametralladora y con 100 muertos, deshizo una multitud enfurecida que en la Plaza de la Concordia quería colgar a los Diputados de los faroles (escándalo Stavisky): “Les Députés a la lanterne!” (Entre paréntesis: esto nunca lo hizo Mussolini, que era un dictador; lo hizo un Ministro democrático).

Esta vez también me cortaron el camino al volver de clase y hasta me hicieron gritar, por contagio: “Les Députés a la lanterne!”.

Como ven, en el Evangelio se puede aprender de todo. Si hubiesen puesto a votación en Jerusalén si Jesús era el Mesías o no, probablemente hubiese sacado la mayoría, pero los Fariseos enseguida hubiesen hecho fraude. Pero con la pueblada deste día no podían hacer fraude. Así que se asustaron, dice el Evangelista, y decidieron, no dejar de matarlo, ciertamente, sino asegurar su muerte: que la prisión fuese secreta; el juicio y la sentencia, secretos; y la ejecución, a cargo de los romanos, que tenían lo que hoy serían ametralladoras[7]. Hasta hubo uno que se animó a decirle a Cristo: “¿No oyes lo que estos dicen? ¿No ves que te dicen 'Hijo de David', o sea, Mesías? ¡Hazlos callar!”, con lo cual confesaban que ellos no podían hacerlos callar. Jesús les respondió: “Si éstos callan, hablarán las piedras”[8] -lo que en efecto pasó: éstos callaron el Viernes Santo (no había nada que hacer con la Legión Décima de la fortaleza Antonia) y las piedras del Calvario se partieron el Viernes Santo[9]; y el Domingo siguiente, la enorme piedra-lápida voló del Sepulcro de Cristo[10].

De modo que no fue el mismo pueblo éste de hoy y el que el Viernes gritó: “Crucifícalo”; como suelen decir: "el pueblo es veleidoso e insensato, miren el relato de la Pasión de Cristo." (Así dijo el gran músico Beethoven). No. Este pueblo fiel, el día de la Crucifixión estaba escondido o apartado a lo lejos, como los Apóstoles mismos.

Era otro pueblo: era una manga de curiosos, vagos, holgazanes, indiferentes o enemigos de Cristo; al cual para hacerlo gritar: “Crucifícalo”, bastó que los Fariseos le dijeran la misma mentira que dijeron a Pilatos: "Este hombre se ha sublevado contra el César; si lo dejamos libre, vendrán los ejércitos romanos y destruirán nuestra ciudad"; que fue justamente lo que les pasó 40 años después; pero no por dejar libre a Cristo, sino por matarlo. Si hubiesen dejado libre a Cristo, no les pasara. Jerusalén no habría sido destruida y sería hoy lo que es Roma. La tremenda maldición que se echaron encima: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”[11] -les cayó.

En fin, lo que quería decirles es que Jesucristo aceptó -y Él Mismo preparó- este efímero triunfo de niños y de gente pobre porque sabía que era verdad: sabía que era Rey y que había de ser Rey para siempre, sabía de su Pasión y Muerte, pero sabía también su Resurrección y la Resurrección de todo el Mundo: la Resurrección de la Carne. Y así, con grande y animoso corazón, aceptó estos loores y alabanzas, como acepta nuestros humildes actos de fe cuando lo reconocemos por Rey, apesar de todos los pesares. Un pintor cristiano, Hole, ha imaginado que se encontró al entrar en Jerusalén con Pilatos, el cual salía sentado en una litera llevada por cuatro gigantescos esclavos negros y con gran escolta a caballo; que Pilatos lo miró de arriba abajo y Jesucristo lo miró de abajo arriba: el Centurión que mandaba la escolta iba a ser más tarde un Obispo suyo. Ésa es su Reyecía.

Cantemos con los niños hebreos, como canta la Iglesia:

"¡Salud al Hijo de David!

¡Bendito el que viene en nombre del Señor!

¡Hosanna en las alturas!"




[1] l. Zac. 9, 9.

[2] Lucas 23, 21; Juan 19, 6,15.

[3] Hechos 2, 37-41.

[4] 12, 20-21.

[5] Juan 11, 1-44.

[6] Perón estaba allí y la vio, creo (Tachado en el original).

[7] Mateo 26, 3-5.

[8] Lucas 19, 40.

[9] Mateo 27, 51.

[10] Marcos 16, 4.

[11] Mateo 27, 51.