San Juan Bautista

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martes, 24 de marzo de 2026

Diez Olvidos - Por Antonio Caponnetto


DIEZ OLVIDOS

 

Aclaración: publiqué estas líneas –y muchísimas más del mismo tenor- hace más de dos décadas, sin contar otras muy anteriores. Como hoy, 24 de marzo de 2026, no cesan de llegarme mensajes referidos al 50 aniversario del último golpe militar, con pedidos de opinión sobre la materia, me permito reenviarlas sin retoques ni remozamientos, creyendo que lo esencial sigue vigente. Sepan disculpar los anacronismos y las referencias circunstanciales que entonces tenían sentido. Insisto: creo que más allá de las referencias epocales, el mensaje substancial de esta nota goza de actualidad y puede servir para fijar algunos criterios.

 

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          No pasa día -en rigor, no pasa hora- sin que desde todos los medios masivos a su disposición, las izquierdas gobernantes y cogobernantes vuelvan una y otra vez sobre la condena del Proceso y de la Guerra Antisubversiva. Como tampoco pasa una hora sin que desde alguna instancia más o menos jurídica, nacional o transnacional se intente o se ejecute una nueva estrategia para mantener a los presuntos o reales represores de la guerrilla en permanente estado de acusación. Las respuestas y las reacciones que se suscitan ante tal estado de cosas están lejos de ser satisfactorias. Empezando por las respuestas de los jefes castrenses, que han optado entre entregarse sin combatir, a expensas de su honor, asociarse vergonzosamente al enemigo sirviéndole de guardia pretoriana, o pronunciar discursos vergonzosamente pacifistas y autodenigratorios. Sin olvidarnos de las respuestas de la Jerarquía Eclesiástica, verdadero muestrario de fariseísmo, de connubio con los terroristas y de ignorancia escandalosa.

          El resultado es una confusión tan multiforme, una mentira tan honda y una falsificación tan sistemática de la historia, que nos parece oportuno presentar la siguiente enunciación de olvidos.

          1- Se ha olvidado, en primer lugar, la existencia del Comunismo Internacional, con su secuela de cien millones de muertos durante el siglo XX. La cifra no es arbitraria, ni retórica ni antojadiza Es el resultado de un cálculo científico, corroborado tras prolijas y actualizadas investigaciones de carácter demográfico, en una voluminosa obra escrita por seis autores insospechados de antimarxismo: El libro negro del Comunismo, Barcelona, Planeta-Espasa, 1998, en su versión castellana.

          Los profesionales de la protesta antigenocida, tan prontos a blandir cantidades más emblemáticas y falsas que reales, (como las de los seis millones del Holocausto o la de los treinta mil desaparecidos), no han dicho una sola palabra a propósito de tan monstruosa constatación. Entre el 12 y 14 de junio de 2000, en Vilnus, Lituania, tuvo lugar el Primer Congreso Internacional sobre la Evaluación de los Crímenes del Comunismo (CIECC), organizado por la Fundación de Investigación de Crímenes Comunistas presidida por Vytas Miliauskas. No se ha visto ni se verá jamás allí a representante alguno de las agrupaciones defensoras de los derechos humanos, ni al juez Garzón y sus múltiples secuaces nativos y foráneos. Con lo que se constata una vez más -sin que haga falta- que los invocados derechos no son más que un recurso dialéctico de la Revolución, y que las tales agrupaciones que los invocan no han nacido sino para custodiar los intereses de la praxis marxista. Lo cual -pongámosnos de acuerdo- no sería incoherente ni lo más grave si no mediara el hecho de que los mencionados ideólogos y agitadores insisten en presentarse como pacíficos ciudadanos preocupados por cualquier atentado de lesa humanidad.

          2.- Se ha olvidado, en segundo lugar, que al amparo de aquella estructura ideológico-homicida, apareció en la Argentina el fenómeno del terrorismo marxista, responsable de innúmeros actos delictivos y sanguinarios, y causa eficiente de la guerra revolucionaria, a la que toda Nación así agredida está obligada a enfrentar, por lo pronto, con el concurso de sus Fuerzas Armadas. No fue un hecho aislado, ni eventual ni azaroso, ocurrido en nuestro país; fue parte de una planificada y cruenta operación extendida sucesiva y simultáneamente por toda América y por otras regiones del mundo. La Argentina no vivió una guerra civil. Fue agredida desde las usinas internacionales del marxismo con el concurso de subversivos vernáculos. Lo menos que podían hacer las Fuerzas Armadas, y que hoy parece molestarle tanto a Bendini, era “instrumentar el aparato represivo”. Porque la represión del terrorismo marxista es una acción legítima y loable.

          3- Se ha olvidado, en tercer lugar, que el susodicho terrorismo no fue sólo ni principalmente físico sino psicológico, político, económico y moral, buscando como blanco antes las almas que las armas. El término subversión - hoy olvidado - da una idea exacta, en recta semántica, de lo que aquella planificada ofensiva comunista quería conseguir y consiguió. El terrorismo resultó derrotado, pero la subversión campea victoriosa, gobierna y justifica y legítima ahora a los terroristas. Este triunfo subversivo, que está instalado en todos los ámbitos, desde el universitario hasta el eclesiástico, desde el periodístico hasta el gubernamental, fue consecuencia directa de la imperdonable ceguera e ignorancia doctrinal de las Fuerzas Armadas, a través de sus sucesivas conducciones, partícipes todas de la cosmovisión liberal, inmanentista y moderna de la política. La misma ceguera que mantienen todavía los procesistas o militaristas, dando el triste espectáculo en sus actos, en sus declaraciones, y en sus apariciones mediáticas, de una ignorancia político filosófica lamentable. Prefirieron aquellos uniformados proclamar que los argentinos eran derechos y humanos -pagando tributo a las categorías mentales del enemigo- cuando lo que correspondía era saber definirse contrarrevolucionarios. Prefirieron tener por fin la democracia antes que la patria. La paradoja es que los titulares de aquellos gobiernos militares, miopes y cómplices del error, no son enjuiciados ni castigados ni apresados, como debieran serlo, por causa de esta derrota contra la subversión, sino en razón de su victoria contra el terrorismo.

          4.- Se ha olvidado, en cuarto lugar, que tanto la subversión como el terrorismo contaron con el apoyo explícito e intencional de las genéricamente llamadas agrupaciones internacionales de solidaridad. Principalmente de la célula Madres de Plaza de Mayo, cuyas integrantes –que manejan ahora hasta el funcionamiento de una “universidad”, y que han sido criminalmente promovidas, homenajeadas e instaladas en los ámbitos más altos del poder político- no dejan posibilidad alguna de duda sobre sus propósitos a favor de la lucha armada. Tampoco esto nos parece incoherente o lo más grave, sino el hecho de que se pretenda presentar a las Madres como modelos de la defensa de la vida y de la libertad. Hay que decirlo de una buena vez: Madres, Abuelas e Hijos son tres agrupaciones terroristas que gozan de impunidad, de suculentos apoyos económicos procedentes de fundaciones capitalistas, ya norteamericanas, ya europeas, amén de los subsidios estatales; bien otorgados frontalmente o bajo la cobertura de indemnizaciones. La alianza capitalismo -comunismo muestra una vez más su patibulario rostro.

          Si las cosas se hubieran hecho limpiamente, si una inteligencia cristiana hubiera comandado aquellas acciones bélicas, y una voluntad auténticamente castrense las hubiera consumado, no habrían existido desaparecidos síno ajusticiados, como consecuencia de una transparente, pública y responsable acción punitiva. Es posible se dirá, que las Madres de Plaza de Mayo hubieran existido igual sin desaparecidos, pues su propósito institucional -quedó después en claro- no era recuperar a los hijos los sino apoyarlos y encubrirlos, desde la apelación a lo emocional hasta el uso de las armas. Pero sí quienes libraron la guerra justa contra la subversión se hubieran abstenido de utilizar algunos de los mismos procedimientos perversos del adversario, su triunfo moral sobre ellos sería hoy apabullante e incuestionable.

          5.-Se ha olvidado, en quinto lugar, que los soldados argentinos que combatieron en la ciudad o en los montes, bajo las formas más o menos clásicas de la guerra o las atípicas que el partisanismo impone, perdiendo por ello sus vidas o arriesgándose a perderlas, merecen la gratitud y el aplauso, el trato heroico y el reconocimiento de su valor. Ellos y sus familias vivieron múltiples peripecias y situaciones de riesgo, hasta que -muchos- cayeron en combate o quedaron gravemente mutilados. Libraron el buen combate sin ensuciar sus uniformes ni sus conductas. Sus nombres y los de las batallas en las que actuaron no pueden ser suprimidos de la memoria nacional, como vilmente viene sucediendo. A la luz de las doctrinas jurídicas internacionales -vigentes desde 1945 por el triunfo mundial de las izquierdas con el apoyo del Imperialismo Internacional del Dinero- los crímenes de lesa humanidad que esas doctrinas así caracterizan, tipifican y definen, se aplican acabadamente a los actos cometidos por el terrorismo marxista en la Argentina. Y a la luz del derecho natural y del sentido común, quien libra batalla contra tamaños agresores del género humano, ha de ser tenido por un combatiente cabal.

          6- Se ha olvidado, en sexto lugar, que no toda acción represiva es inmoral, y que aún del hecho de una represión ilícita no se sigue la inocencia de quienes la hayan padecido. Ambas cosas sucedieron en nuestro país. Hubo una represión del terrorismo perfectamente legítima y encuadrable dentro de los cánones de la guerra justa. Y hubo una represión -aconsejada por los eternos asesores de imagen que continuamente proporciona el poder mundial para estas ocasiones- que violó las normas éticas, siempre vigentes, aún en tiempos de conflagración, desnaturalizando aquella contienda y enlodando a quienes la ordenaban. Mas por enorme que resulte el repudio a aquel modo torcido de reprimir el accionar terrorista, ello no convierte en inocentes a todos aquellos sobre los cuales se ejecutó, ni en torturadores a todos aquellos militares que pelearon. Sin mengua de que hayan podido resultar lesionados algunos inocentes, hubo culpables reprimidos legítimamente y culpables reprimidos ilegítimamente. Pero lo más penoso, es que hubo grandes culpables protegidos. Después, y hasta hoy, ocuparían los cargos más encumbrados del Estado. Muchos altos jefes de las FF.AA. deberían responder por esta altísima traición a la patria.

          7- Se ha olvidado, en séptimo lugar, que no existió ninguna dictadura militar ni ningún genocidio. Debió existir la primera -posibilidad prevista en la vida política de una nación y en las formas gubernamentales de emergencia en tiempos de anarquía- como respuesta necesaria y oportuna a la situación extraordinaria que se vivía entonces. Contrariamente, las sucesivas cúpulas castrenses procesistas se declararon en pro de “una democracia moderna, eficiente y estable’, y se comportaron como una variante más del Régimen: la del partido militar. Hasta que trasladaron mansamente el poder al más conocido picapleitos del sanguinario jefe erpiano. La imagen de Bignone entregando satisfecho el mando a Alfonsín, defensor de Santucho, es el símbolo más elocuente de la inexistencia de dictadura castrense alguna, y la prueba más patética de la existencia de una connivencia oprobiosa entre aquellas mencionadas cúpulas procesistas y los mandos subversivos. También prueba esta alianza castrense-subversiva, las conductas tránsfugas de Godoy, Bendini y Schiaffino.

          Así como no hubo dictadura no hubo genocidio, pues muertos por procedimientos lícitos o ilícitos, los guerrilleros abatidos no fueron perseguidos por cuestiones raciales o étnicas, sino por constituir un ejército invasor, de raigambre internacionalista, durante una contienda iniciada formalmente por ellos Todas las comparaciones que se hacen entre el Proceso y el Nacionalsocialismo, resultan ridículas, falaces, desproporcionadas y carentes de sustento. Tanto por la falsificación que comporta de los hechos argentinos corno por la exageración de los hechos ocurridos en la Alemania del Tercer Reich. La estúpida analogía no es más que propaganda comunista para consumo de ignorantes y de mendaces.

          8.- Se ha olvidado, en octavo lugar, que no hubo un terrorismo de Estado sino una cobardía de Estado; del Estado Liberal concretamente, incapaz de hacerse responsable -con nombres y apellidos al pie de las sentencias- de las sanciones penales públicas más drásticas, perfectamente aplicables en tiempos de guerra contra un invasor externo con apoyos nativos. Pero más allá de esta cobardía repudiable, no puede establecerse ninguna simetría entre el Estado agredido que justamente se defiende y preserva, y la acción disociadora de las células guerrilleras, que pretendían constituirse en un Estado dentro del Estado. Hubo acciones represivas del Estado Argentino perfectamente plausibles, como la intervención militar en Tucumán con el Operativo Independencia. Y otras medrosas e indignas, según las cuales, la clandestinidad y la “ofensiva por izquierda” eran preferibles a la reacción diestra y nítida.

          9.- Se ha olvidado, en noveno lugar, que no existieron campos de concentración ni holocaustos de ninguna especie. En todo caso, tan mal pudieron pasarla los guerrilleros detenidos como los secuestrados en las cárceles del pueblo. Los casos de Larrabure e Ibarzábal seguirán siendo terriblemente paradigmáticos al respecto. La tortura es un procedimiento inmoral, aunque quepan algunas distinciones casuísticas sobre la aplicación de los castigos físicos. Mas no existe un  determinismo que convierte a todo militar en un torturador, sino una naturaleza humana caída que puede degradar al hombre, cualquiera sea el bando al que pertenezca. La dialéctica que hace del militar un torturador y un secuestrador de criaturas y del guerrillero una víctima mansa e indefensa, no resiste la menor confrontación con la realidad y es parte constitutiva de una nueva y grosera leyenda negra. Pero también debe decirse que no toda medida de contención física de un delincuente es tortura, ni lo es todo interrogatorio de un culpable, y que resulta una hipocresía inadmisible escandalizarse por la falta de un trato humano después de habérselo negado a otros.

          10.- Se ha olvidado, en décimo lugar que no eran alegres utopías las que movilizaban a los cuadros guerrilleros sino un odio visible sostenido en una ideología intrínsecamente perversa. No eran tampoco desprotegidos y desguarnecidos corderos, a merced de una jauría desenfrenada de soldados, sino tropas fríamente adiestradas y entrenadas para matar y morir. Ninguna inocencia los caracterizaba. Ningún atenuante los alcanza. Secuestraron y maltrataron a sus víctimas horrorosamente; extorsionaron y se desempeñaron como victimarios de su propio pueblo; practicaron el sadismo entre sus mismos compañeros de lucha; tuvieran sus centros clandestinos de detención; arrojaron a muchos jóvenes y hasta adolescentes al combate, utilizando después sus muertes como propaganda partidaria y como argumentos sentimentales contra la represión. Y no se privaron de  escudarse en sus propios hijos para propiciar sus fugas o para cubrirse en las refriegas, dejándolos abandonados en no pocas ocasiones. Esos hijos por los que hoy se reclama fueron, en algunos casos, abandonados por sus mismos padres, después de haberlos usado como coartada, tal como surge con toda claridad de muchas de las actuaciones judiciales respectivas. No todo hijo de desaparecido fue arrancado de sus padres, adulterado en su identidad y entregado en tenencia a una familia sustituta. Muchos fueron abandonados por la pareja de guerrilleros que eventualmente los tenía consigo o que los había engendrado. Y fueron recogidos, adoptados y criados con las mejores intenciones por abnegados ciudadanos o por solícitas familias castrenses.

          Queden señalados esquemáticamente estos olvidos. No son los únicos, sino que conviene recordar en los duros momentos actuales. Queden señalados, porque recordar es un deber, y olvidar es una culpa. Queden señalados, porque sin la memoria intacta y alerta no se puede marchar al combate. Y el combate aún no ha terminado.

 

 

Por Antonio Caponnetto



domingo, 15 de marzo de 2026

Nociones básicas sobre la relación entre Iglesia y Estado - Alejandro Sosa Laprida

 15/03/2026


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https://drive.google.com/file/d/17ah9x3yx37G7qaRe1YGnlTRCUFlg0Ahb/view


“Dad a César lo que es de César, y a Dios lo que es de Dios” (Mt. 22, 21). Con estas palabras, Cristo distingue entre el poder temporal y el espiritual, que estaban fusionados en la antigüedad pagana. Es importante señalar que esta distinción no implica separación ni oposición -como algunos abusivamente interpretan-, puesto que dar al “César” lo que le es debido no implica en absoluto que quien ejerce el poder temporal esté exento de la obligación moral de dar a Dios lo que en justicia le corresponde.

En efecto, toda creatura está sujeta a las leyes divinas, las irracionales de modo necesario, siguiendo sus impulsos naturales, y las creaturas racionales mediante el ejercicio de su libre albedrío, tanto individualmente como socialmente consideradas. Esto incluye, obviamente, al mismo “César” quien, como todo hombre, debe acatar la ley divina en su obrar, ya sea en público como en privado.

Esta legítima y necesaria distinción entre los dos poderes -el temporal y el espiritual-, significa que cada uno posee su ámbito propio de acción, a saber, el bien común temporal y el sobrenatural, respectivamente. Estado e Iglesia son pues sociedades “perfectas”: ambas disponen de los medios necesarios para alcanzar su propio fin, lo que significa que ninguna depende de una sociedad superior, en su propia esfera de acción.

Ahora bien, como el orden sobrenatural es superior al natural, y el fin último del hombre es la beatitud eterna, y no el legítimo pero efímero bienestar terrestre, el Estado se halla en una relación de “subordinación indirecta” respecto de la Iglesia, esto es, en la medida en que las leyes y los actos de gobierno tienen una influencia, ya positiva, ya negativa, en la consecución del fin último del ser humano.

Por este motivo, el Estado tiene el deber de someter la gestión de la cosa pública a las leyes de la Iglesia en lo que atañe a la fe y a la moral, para favorecer la vida virtuosa de los ciudadanos y, por ende, facilitar el cumplimiento de su fin último. Esto se verifica en las “cuestiones mixtas” -en las que ambos poderes se encuentran concernidos, vg. matrimonio, familia, educación, etc.-, y de modo eminente en lo que mira al culto público de Dios en la sociedad políticamente organizada que es el Estado, culto divino que constituye el deber supremo de todo ser humano, individual o socialmente considerado.

Este culto rendido a Dios es ejercido por la Iglesia fundada por Jesucristo, el Hijo de Dios, motivo por el cual el Estado tiene la estricta obligación de conformarse en este punto a lo que la Iglesia determine. De este modo, el Estado reconoce que él no es el poder supremo para el ser humano ni para la sociedad en su conjunto, lo que constituye un límite capital contra la tentación totalitaria, tan en boga desde la mal llamada “Revolución Francesa”, pero que ya estaba en germen desde el reinado de Felipe el “Hermoso” (Felipe IV de Francia) y el nacimiento del nefasto “galicanismo”.

Cabe señalar que esta doctrina católica referida a la sana relación entre las potestades temporal y espiritual fue implícitamente negada en el documento Dignitatis Humanae del CVII, que decretó la novedosa doctrina de la “libertad religiosa” de todas las religiones en el ámbito político y social, bajo protección legal del Estado, ocultando la enseñanza tradicional de la Iglesia, según la cual el Estado debe ser confesional, y declarando que ese caso sólo puede aceptarse por peculiares razones históricas.

Esto significa, concretamente, que la confesionalidad del Estado no sería sino una “situación de privilegio” en favor del catolicismo y, en definitiva, una excepción y una anomalía respecto a la nueva doctrina, una situación de excepción, de ahora en más puramente “tolerada”, y que impone además al “Estado católico” la obligación de garantizar la “libertad religiosa” a todos los “cultos”, a fin de conformarse con las directivas contenidas en el documento conciliar.

Es en aplicación de esta doctrina conciliar que el concordato de 1953 entre la Santa Sede y el Estado español fue modificado por los acuerdos de 1979, que incorporan la doctrina conciliar de la “libertad religiosa” conciliar y suprimen la confesionalidad católica del Estado español, realizando así, de hecho, la separación entre la Iglesia y el Estado.

Un libro y un artículo muy interesantes:

“Lo destronaron”:

https://gloria.tv/post/dk8gNyTsvSm23NVtB7x6ZUsMs

“La Iglesia conciliar contra el Estado católico”:

https://gloria.tv/post/CoPLRG8HWSiA3x3s41tQJk9D8

Tres documentos del magisterio indispensables:

https://www.vatican.va/content/leo-xiii/es/encyclicals/documents/hf_l-xiii_enc_01111885_immortale-dei.html

https://www.vatican.va/content/pius-x/it/encyclicals/documents/hf_p-x_enc_11021906_vehementer-nos.html

https://www.vatican.va/content/pius-xi/es/encyclicals/documents/hf_p-xi_enc_11121925_quas-primas.html

PARA MÁS INFORMACIÓN

 

“Apostasía vaticana”

https://gloria.tv/post/7ynAG7ZfxBvK1MBD4MqN3aMxn

“Diez años con Francisco”

https://gloria.tv/post/UEqqVjZCCVLQ6g89ps67irXSM

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 https://gloria.tv/user/uCZ9iiNQ3eKS1zgLg6MSCmbjY

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sábado, 14 de marzo de 2026

Homenaje a Juan Manuel de Rosas - Por Antonio Caponnetto

1877 -14 de marzo- 2026

Ante un nuevo aniversario de la muerte de

Don Juan Manuel de Rosas

 

Le venía por herencia

porte de Conquistadores,

y en estirpe de señores

fue labrando su conciencia.

Cuando forjó su querencia

entre el sudor y el desvelo

era su norte y su anhelo

restituirle a la patria

su perfil de aristrocracia

y su nostalgia de Cielo.

 

Como los moros al Cid

los indios lo respetaron,

Los Colorados marcharon

tras su coraje a la lid.

Porque él era el adalid

pa’acabar con los agravios

de logistas unitarios

y de herejes invasores

con puños restauradores

y un Padre Nuestro en los labios.


Patriota como el que más,

custodiaba la frontera,

saludaban la bandera

cañones de extranjería.

Y era tal la varonía

que en la Vuelta de Obligado,

todo maula coaligado

salía ni bien d’entraba

si el gauchaje enarbolaba

tacuaras al descampado.


No pudo la historia ruin

menoscabar su estatura,

y si acaso alguno apura

ha de pensar cuál fue el fin,

del sable de San Martín

que en gesta tan altanera

coronó de esta manera

que no conoce rival

a la estrella federal

y a la lanza mazorquera.


Los hombres que hoy tienen mando

no saben nada del pago,

viven haciendo un estrago

y a todo bien traicionando.

Juan Manuel, por lo que has sido

-y es promesa y juramento-:

¡ha de llegar el momento

en que tu Mazorca briosa,

les cante “La resfalosa”

con Cuitiño renacido!




Antonio Caponnetto




lunes, 9 de febrero de 2026

El sable y un caballo - Por: Antonio Caponnetto

 


EL SABLE Y UN CABALLO

Por Antonio Caponnetto

Finalmente, en la tarde del 7 de febrero de este 2026 que da sus primeros pasos, el golem de Milei trasladó el sable de San Martín del Museo Histórico Nacional al Regimiento de Granaderos a caballo. Los considerandos de la medida, primero, y los argumentos del discursete oficial después, nos retrotraen a la era de la historiografía más adulterada, facciosa y asqueante y del liberalismo político más aborrecible y atroz.

Como nunca falta un estulto de previsibles réplicas, de mí sé decir –y puedo probarlo- que estoy y estuve simétricamente en contra de estos apátridas del presente como de aquellos que robaron la espada, peronizaron al revisionismo y manipularon la noble pieza con sus manos hechas para la rapiña y los desmanes. Ni coimeras ni tobilleras nos representan; ni esbirros del Kahal ni mucamos de la Internacional Roja. Y si algún sitio pudiéramos elegir para depositar el legendario corvo, sería al pie de la tumba del Ilustre Restaurador de las Leyes, heredero legítimo y merecido de tamaña empuñadura.

Tal vez, al modo de un posible y difuso símbolo de la reacción al mal que se consumaba en el Campo de la Gloria de la batalla de San Lorenzo, en el mismo instante inicial de la pleitesía aduladora y servil al vasallo de la plutocracia, un caballo trazó un corcoveo redondo y olímpico con sus patas delanteras, y tiró por tierra a quien ocasionalmente lo montaba, frente al mismísimo palco oficial. Es necesario que vuelvan a montar los caballeros, decía Castellani; porque todo lo grande entre nosotros se ha hecho de a caballo. Le queden dedicados estos versos a nuestro Babieca argento y sanmartiniano.

 

GRATITUD A UN CORCOVEO

“Caballito criollo del instinto fiel...”

                                              Belisario  Roldán

 

Frente al palco preñado de ominosas presencias

agraviantes de un arma de antañonas hombradas,

en nombre de la patria, de su fe y sus mesnadas,

te negaste al reniego, corcel de las esencias.

 

Fue el tuyo un corcoveo que marcó las ausencias

de historias verdaderas y de manos honradas,

que hizo rodar al suelo las tan falsificadas

lecciones de ese sable que atesoran querencias.

 

 Caracoleaste pingo y no solo arrojaste

a un jinete sin culpa, acaso tu testigo,

sino a los mercaderes que en tu furia abjuraste,

 

y a la recua usurera de corazón innoble.

¡Qué respingue tu lomo convertido en castigo

que vuelva el Capitán con su Cruz y el mandoble!





viernes, 23 de enero de 2026

Una opinión sobre los hechos de Venezuela - Por Antonio Caponnetto



        Ha pasado un tiempo prudencial desde la cruenta invasión norteamericana a Venezuela, con la consiguiente e histriónica captura del delincuente Maduro. Deliberadamente no hemos querido expedirnos a tambor batiente; primero porque el vértigo no es buen consejero en estos casos, y segundo porque la política internacional requiere unos conocimientos que nos son ajenos.

        Pero motivados por quienes han pensado el tema, entendemos que hay algunos conceptos básicos que deben ser aclarados. Llama la atención ,por lo pronto, la ligereza y la liviandad con que se desatienden argumentos que están tan grotescamente a la vista. Verbigracia el quebrantamiento del Derecho, el apoderamiento del petróleo como móvil dominante, la mano pro judaica tras los fines perseguidos, el precedente que se sienta si se permite que una superpotencia como Estados Unidos nombre a su máximo gobernante con el rango de <presidente interino> del país que se le antoje, los muchos antecedentes de actos de beligerancia similares que terminaron en catástrofes, y la flagrancia de una conspiración de fuerzas que, de mínima, consiste en una síntesis macabra de lo sucedido en Yalta, Potsdam y Nurenberg. Sin olvidarnos de los tentáculos expansionistas norteamericanos, una vez más anunciados como amenaza.

 

Todo esto les parece filfa y pamplinas a los liberales de variopintas cepas; documentan su supina ignorancia al desconocer las centenares de probanzas concretas y recientes del complot hebreo tras las decisiones de Trump, o documentan su alarmante complicidad al conocer las mentadas probanzas y pasarlas por alto; y como portadores de naderías son destratados los acusadores del Imperialismo Internacional del Dinero, frente al bien inmenso que se seguiría de haberle puesto el cascabel al gato; esto es al criminal Maduro.

 

 No importa si el cascabel se lo pone una hiena, con su manojo feral de conjurados. No importa si al gato se le permite conservar su cría maligna y su descendencia corrupta, y no importa tampoco si el cascabel no trae sonidos de campanas regeneradoras sino el aturdimiento de las turbinas petroleras. El mismo León XIV llegó a decir, el pasado 4 de enero, que “el bien del pueblo venezolano debe prevalecer sobre cualquier otra consideración”. Pero ¿cuál es ese bien, Santidad? Porque si no lo especifica, recordando que usted debería hablar como Pontífice, ese “bien” puede interpretarse del modo más ambivalente. En otras palabras: ¿sigue siendo Cristo la única fuente del bien privado como la del bien público,según lo sintetizó San Agustín? ¿Debe extirparse de Venezuela el marxismo chavista e instaurarse un Orden Social Cristiano? ¿O se trata de un “bien” reducido a la recuperación del bienestar perdido, de próximas elecciones “libres” con un títere de Trump garantizando el toma y daca? ¿De qué nos habrá servido leer y citar tantas veces la admirable obra de Benson, “Señor del mundo”, si cuando los epígonos intercambiables del temible Julian Felsenburgh despliegan sus atrocidades muchos le ofrecen sus aplausos y consentimientos?

 

"La soberanía de un Estado terrorista debe combatirse, no respetarse", dice uno de los analistas oficiales del problema. Es el argumento que usaron el ERP y los Montoneros para combatir al supuesto Estado Terrorista Militar Argentino. Y es argumento de neto cuño leninista. “Hay que llevarse preso a Maduro porque es el jefe de una asociación narco y no respeta los derechos humanos”, dice otro. No;no hay que guiarse por la DEA sino por Juan de Mariana. No por las categorías revolucionarias sino por las reaccionarias. Maten al tirano por marxista, y digan que lo es, mas no lo rapten entre las espesuras y las evidentes complicidades de sus guardianes principalmente porque el hombre está en el negocio infame de la droga. Puesto que además, ¿es en serio que Trump tiene autoridad moral y política para convertirse en el custodio de la salubridad planetaria?; ¿ es humorismo negro nombrarlo adalid del Ius Gentium? ¿De veras la pax trumpeana trae resonancias de la de los emperadores de Roma? ¿Ahora van a decirnos que el semental Scott Bessent y el aeróbico Jared Kusner son los neo Rómulo y Remo amamantados por la luppa cesárea del Tío Sam?

Lo que hizo el forajido Donald no es condenable porque violó la soberanía popular, puesto que  no existe. Tampoco es condenable porque violó la soberanía nacional, ya que la República Bolivariana de Venezuela es un satélite de Rusia, China e Irán. Lo condenable de Trump es comer pública e insolentemente del árbol de la ciencia del bien y del mal. Él es dios y decide quiénes y qué países se le deben someter a su "interinato presidencial", a sus tribunales y a sus sentencias. Viola la soberanía divina, no la venezolana. Su atropello no lo justifica la Escuela Salmantina; lo condena el Génesis.

Las independencias nacionales pueden no ser necesariamente legítimas ni absolutas ni oportunas. Tiene razón quien lo ha recordado. Casos dolorosos hay en la historia que podríamos citar. Pero tan delicado principio no parece ser que aplique al punto que estamos tratando. Porque los secuestradores del asesino Maduro no bregan por una Venezuela que vuelva a ser y a integrar el Virreynato de Nueva España o el de Nueva Granada o la Tierra de Gracia, como la llamó Colón en 1498. La quieren como surtidor inagotable de hidrocarburo y de nafta. No se define así una guerra justa sino la tropelía de un filibustero. No se libera así a una sociedad; se la mantiene vasalla y sumisa, cumpliéndose el dicho popular, según el cual, no hay que cambiar de collar sino dejar de ser perro.

Trump no tiene “justos títulos” otorgado por reyes santos para llevarse puesta a una comunidad política entera. Tiene una “Operación Determinación Absoluta” que cumplir, y ella no se fraguó en un trono hispanocatólico sino en contubernio con el Estado de Israel del genocida Benjamín Netanyahu. Puede discutirse si los católicos vivimos mejor bajo el liberalismo que bajo el socialismo. En la Argentina, por lo pronto, tanto diezmaron al criollo las hordas sarmientinas y mitristas, como perpetraron atrocidades sin cuento las guerrillas rojas. Tanto persiguieron al catolicismo los laicistas trespunteados del fatídico ochenta del siglo XIX, como los progresistas socialdemócratas que legalizaron el “aborcio”, según apocopaba Díaz Araujo. Tanto mantienen el mito de la lesa humanidad contra nuestros soldados, desde el abogado de Santucho que fuera Alfonsín hasta los actuales empleados de la Escuela Austríaca.

Pero comparanzas al margen, lo trágico es que vivimos peor desde que la Iglesia –Nuestra Madre- dejó  de condenar y de declararle la guerra a ambas ideologías por pestes perniciosísimas y virus repugnantes. Puede abrigarse una cierta y difusa esperanza en el alivio que el encierro de Maduro ha traído a tanta buena gente venezolana obligada al exilio y a la separación de sus hogares. Quienes lo piensan o lo desean ejercitan una amabilidad respetable. Pero si esa esperanza consiste en un regreso físico al pago, y el pago ya no es propio sino de una extranjería expoliadora y materialista, no vemos la ganancia. Salir de la sartén para caer en las brasas, no parece el alivio más indicado que merecen las sufridas víctimas de la subversión chavista.

        Lo que acaba de hacer Trump, inclusive,  y lo que se vanagloria de seguir haciendo cada vez que se le antoje, es funcional a la estrategia de las izquierdas, no sólo ideológicamente sino en el ámbito del terrorismo. La Revolución Permanente –concepto acuñado por Trotsky a principios del siglo XX- encuentra en la invasión a Venezuela su mejor caldo de cultivo. Le acaban de hacer a la sarnosa zurdería el mayor regalo vintage que esperaba: le devolvieron el “¡Yankee, Go Home!”. Ahora falta que le resuciten a Carlos Puebla y le rearmen el Festival de Woodstock.

Por otra parte, el bloque de Estados opositor a Trump –por motivos seguramente distintos a los nuestros- no permanecerá indiferente. O está prevista ya la repartija de botines de guerra, como sucedió tantas veces en la historia. O la conflagración será devastadora, y quedaremos envueltos en una trampa de pluricontiendas ajenas, en las que insensata y criminalmente nos involucró el arrastrado amoral de Milei.

        El gobierno vasallo que surja ahora en Venezuela, será tan ilegítimo como el de sus predecesores. Estados Unidos será el garante de que las cosas sigan el curso de acción que le conviene a la alianza sionista y masónica que Trump conforma y co-dirige. Una vez más, la democracia, será la enfermedad de nuestros países. Será el problema, no la solución. La esclavitud, no la libertad.

        Venezuela, Argentina e Hispanoamérica, sólo serán realmente libres cuando descubran y acaten que únicamente la Verdad nos hace libres. Y el nombre de esa Verdad es Jesucristo. No es Maquiavelo el que ha muerto, como ha dicho nuestro primer golem en el reciente Foro de Davos, en un discursete pedante cuanto abstruso. Es a Nuestro Señor al que han matado los deicidas como él. Mientras siga destronado no habrá paz ni libertad sobre la tierra. Aunque al yanky le regalen el premio Nobel y el libertario crea que ser libres es carajear tres veces como un lunático.


 Antonio Caponnetto



lunes, 19 de enero de 2026

Liberalismo o Socialismo - Alejandro Sosa Laprida

          

LIBERALISMO O SOCIALISMO

La falsa disyuntiva en la que vive Argentina

Alejandro Sosa Laprida - 30/12/2025

Javier Milei en la última reunión de Gabinete, en la que regaló una copia del libro “Defendiendo lo indefendible”, del economista libertario Walter Block (El Presidente Milei encabezó una reunión de …)


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Los libertarios son ignorantes crasos de los sanos principios de la filosofía política clásica, y ni hablar de la doctrina social de la Iglesia. Su incultura es abismal y su simplismo intelectual, grotesco. El libro “Defendiendo lo indefendible”, de Walter Block (Prostitución, narcotráfico, derecho al aborto y …), que promueve estúpida, fanática e irresponsablemente el presidente Javier Milei junto con todo su gabinete,  es totalmente contrario al bien común social y a la moral más elemental (La hipocresía y la impostura provida como política de Estado).

En él se hace la apología del “libre mercado” como la norma suprema de la sociedad, lo que es una aberración antropológica absoluta. La noción del “bien común” social -que incluye ante todo el bien moral de la población, además del legítimo y necesario bienestar material-, brilla por su ausencia. Sólo se considera perjudicial para el ser humano -y, por tanto, merecedor de la intervención protectora del Estado- el daño corporal, haciendo completa abstracción de los comportamientos perniciosos que atentan contra los valores morales, deterioran el vínculo social y socavan los valores básicos sobre los que se funda la civilización. Aunque el autor, con total incoherencia, no aplica su principio al caso del aborto.

Criticar el socialismo en todas sus variantes (“kirchnerismo”, “progresismo”, “wokismo”, etc.), está muy bien. Pero proponer a cambio el delirante “anarcocapitalismo” -suerte de liberalismo exacerbado y distópico-, con su visión distorsionada sobre la libertad, la naturaleza de la sociedad y la función del Estado, es un gravísimo error, de nefastas consecuencias, que necesariamente reforzará el discurso engañoso de la izquierda, que se autoproclamará como siempre defensora de los “valores comunitarios” y de la “solidaridad social” contra el disolvente individualismo liberal y el atomismo social que éste engendra inevitablemente.

La Argentina se halla desde hace tiempo en una espiral infernal de la cual no hay salida posible. Es indispensable cortar el nudo gordiano falaz que presenta como única opción de gobierno y de organización política al funesto dúo revolucionario y anticristiano integrado por el “socialismo” y el “liberalismo” -en lo que constituye una dialéctica intelectual destructora, interminable e insoluble-, y volver a la fuente de nuestro ser nacional, es decir, a la tradición cristiana e hispánica de nuestra Patria.

Seguidamente, transcribo dos textos históricos que, indirectamente, se relacionan con el tema, y que ayudan a comprender cómo la Argentina ha podido llegar a esta situación inextricable, política, social, económica y espiritualmente hablando.

Obviamente, a esto habría que añadir otro factor clave, a saber, la situación en la que se encuentra el catolicismo vernáculo, la cual está ligada indisolublemente a la de la Iglesia universal, pero eso debe ser tratado en un capítulo aparte (Ver al respecto: LA RELIGIÓN DEL HOMBRE.).

1. “El Catolicismo Federal Argentino frente al Laicismo Unitario: un Conflicto Histórico y Cultural.”  - Por Ezequiel Britos San Martín.

En la Argentina del siglo XIX, el catolicismo fue mucho más que una religión: fue el alma del proyecto federal. Frente a ello, los unitarios abrazaron un laicismo militante inspirado en el racionalismo europeo y la Revolución Francesa, buscando arrancar de raíz la influencia de la Iglesia en la vida pública. El choque no fue sólo político, sino profundamente cultural y espiritual.

Los caudillos federales -Juan Manuel de Rosas, Facundo Quiroga, Estanislao López y tantos otros- comprendieron que sin religión no hay orden, ni patria, ni verdadera autoridad. En un país en formación, el catolicismo era la fuerza moral que unía al pueblo y daba legitimidad a las instituciones. Rosas, aunque pragmático, entendió el valor simbólico y social de la fe, protegiendo el culto y sosteniendo la enseñanza religiosa en las provincias.

Del otro lado, los unitarios -formados en el clima intelectual de la Ilustración- veían en la Iglesia un obstáculo para sus planes centralistas y modernizadores. Bernardino Rivadavia, el más representativo de ellos, promovió la supresión de órdenes religiosas, la confiscación de bienes eclesiásticos y la creación del registro civil. Inspirado en modelos extranjeros, intentó imponer una visión secular del Estado, marginando a la religión que había moldeado la identidad argentina.

Estas reformas provocaron una fuerte reacción en el interior. Facundo Quiroga, caudillo riojano, alzó la bandera de “Religión o Muerte”, una consigna que no era mera retórica, sino la expresión de un pueblo que veía amenazadas sus raíces. El interior católico se levantó contra el centralismo laicista de Buenos Aires, defendiendo sus costumbres, su fe y su modo de vida.

La masonería tuvo también un papel protagónico en este conflicto. Muchos unitarios -incluidos Rivadavia y Sarmiento- pertenecían a logias inspiradas en principios racionalistas y anticlericales. Desde allí se impulsaba la idea de una nación “moderna”, desligada de toda autoridad espiritual. Para los federales y el clero, esta influencia extranjera representaba una amenaza directa a la soberanía nacional y a la tradición católica del pueblo.

En el pensamiento de Sarmiento, el enfrentamiento se hizo más explícito: el gaucho, símbolo de la religiosidad y del orden natural del campo, fue degradado a emblema de la “barbarie”. Así, la lucha entre civilización y barbarie fue también -aunque no lo dijeran abiertamente- una lucha entre el espíritu católico del pueblo y el espíritu laicista de las élites ilustradas.

En definitiva, el conflicto entre federales y unitarios no se limitó a disputas de poder o de economía. Fue una batalla de visiones: entre una Argentina fiel a su tradición, su fe y sus raíces hispano-católicas, y otra que buscaba modelarse según los patrones extranjeros del liberalismo y el secularismo.

A más de un siglo y medio de aquellos acontecimientos, aquel choque entre tradición y modernidad aún resuena en nuestra vida pública. Las mismas tensiones -entre fe y razón, entre pueblo e ilustrados, entre patria y cosmopolitismo- siguen vivas en el debate sobre la identidad nacional argentina.

Fuente: El Catolicismo Federal Argentino frente al Laicismo Unitario


2. CASEROS: LA TRAGEDIA MAYOR DE LA PATRIA. - Por Revisionismo Histórico Argentino.


LA DERROTA QUE NO FUE SOLO MILITAR

Hace más de siglo y medio se vino abajo algo mucho más profundo que un gobierno o un ejército: se derrumbó el último intento serio de construir una PATRIA GRANDE, SOBERANA Y AUTÓNOMA en el sur del continente. Ese proyecto no nació de una consigna romántica ni de una voluntad personal, sino de una realidad histórica concreta: el VIRREINATO DEL RÍO DE LA PLATA, concebido como una unidad política, económica y estratégica destinada a defender Sudamérica de las potencias marítimas.

En Caseros no se perdió solo una batalla. Se quebró un destino continental. El 3 de febrero de 1852 no marcó simplemente la caída de Juan Manuel de Rosas: marcó el triunfo definitivo del orden liberal dependiente, funcional al comercio británico y al expansionismo brasileño.

EL PROYECTO GEOPOLÍTICO DEL PLATA

La unidad rioplatense no fue un invento rosista. Venía de lejos. Desde Irala, Garay, Hernandarias, Trejo y Sanabria, se consolidó una concepción estratégica clara: el Plata debía ser un espacio integrado, con control del comercio, de los ríos y de la defensa territorial.

La creación del Virreinato en 1776 respondió a esa lógica. Y ese mismo principio -ya en clave criolla- sobrevivió en los caudillos federales y encontró en Rosas su última expresión orgánica. No es casual que José de San Martín, desde el exilio, escribiera en 1848, en plena agresión anglo-francesa:

“Rosas es el único hombre que sabe resistir a la Europa, y el único que puede salvar la independencia americana.”

LA PATRIA QUE SE FUE ACHICANDO

Antes de Caseros, el territorio ya venía siendo descuartizado. Paraguay quedó aislado tras la revolución del Dr. Francia, más por el abandono porteño y la presión externa que por voluntad popular. El Alto Perú fue entregado de hecho por el Congreso rivadaviano de 1824, que bajo la fórmula de “disponer de su destino” habilitó su separación.

La amputación más brutal llegó en 1828, cuando Gran Bretaña impuso la creación del Estado Oriental como estado tapón entre Argentina y Brasil. Lord Ponsonby lo expresó sin eufemismos ante el Foreign Office: la independencia oriental era necesaria para servir a los intereses del comercio inglés.

Artigas lo había advertido en 1813 con claridad absoluta: “Ni por asomo la separación nacional.” Lavalleja habló en 1825 a los “argentinos orientales”. La Asamblea de la Florida exigió la reincorporación. Pero Londres decidió otra cosa.

ORIBE, ARROYO GRANDE Y LA RESISTENCIA DEL PLATA

Pese a las amputaciones, la conciencia rioplatense persistió. La resistencia se expresó con fuerza en Arroyo Grande, donde Manuel Oribe derrotó el proyecto balcanizador impulsado por Rivera y Berón de Astrada bajo el nombre engañoso de “Federación del Paraná”.

Ese plan respondía a la vieja estrategia británica de fragmentar para dominar. Rosas lo comprendía con claridad cuando advertía que la desunión era la verdadera derrota, porque hacía imposible cualquier política autónoma frente a los imperios.

EL VACÍO DE PODER Y LA OPORTUNIDAD IMPERIAL

Entre 1847 y 1848 Europa estaba sacudida por revoluciones. Francia, Inglaterra y Austria atravesaban crisis profundas. Ese vacío fue aprovechado por el Imperio del Brasil, que reactivó su vieja obsesión: la “ilusão do Prata”, la expansión hacia el sur. Brasil no actuó solo. Londres financiaba, asesoraba y legitimaba.

La banca Rothschild aportó recursos. Lord Palmerston consideró “legítima” la exigencia brasileña de la caída de Rosas. Rosas era el último obstáculo serio al libre comercio irrestricto, a la navegación sin control de los ríos y a la fragmentación definitiva del espacio rioplatense.

URQUIZA Y EL PRONUNCIAMIENTO

En ese contexto apareció Justo José de Urquiza. No fue un ingenuo ni un reformista: eligió el bando del dinero. Aceptó subsidios, la libre navegación, la apertura al capital extranjero y el respaldo internacional. Encabezó el Pronunciamiento contra su propio país.

Mientras tanto, en el Estado Oriental se compraban jefes y se desactivaba a Oribe. En Buenos Aires, incluso en Santos Lugares, operó el soborno. Las banderas de “Constitución” y “Libertad” se pagaban en libras esterlinas.

CASEROS Y EL DESTINO SELLADO

Caxias, Urquiza y César Díaz cumplieron la orden. La batalla fue breve, desigual y confusa. Y Caseros selló un destino sin retorno. Cayó el último poder fuerte del sur. Brasil consolidó su hegemonía. Se abrió el camino para la destrucción del Paraguay. Se cerró el ciclo de Juan Manuel de Rosas, uno de los mayores defensores de la Patria Grande Iberoamericana.

EL ARREPENTIMIENTO DE URQUIZA

Lejos de ser una construcción posterior, el arrepentimiento de Urquiza surge de sus propias palabras, expresadas a lo largo de su vida. El vencedor de Rosas descubrió rápidamente que el triunfo no era un punto de llegada, sino el inicio de una derrota política humillante.

Apenas entró en Buenos Aires comprobó que el poder real se le escapaba entre las exigencias extranjeras, las presiones brasileñas y el desprecio de los unitarios, que jamás lo aceptaron como conductor. El día de su entrada triunfal fue obligado por Brasil a retrasar el desfile para conmemorar Ituzaingó. Aquella humillación lo enfureció. Se presentó con poncho y galera, luciendo la cinta punzó y montando un caballo con marca de Rosas, como si su propia figura delatara una contradicción irresuelta.

Brasil le exigió la Banda Oriental, las Misiones, el reconocimiento del Paraguay y el reintegro de los gastos de guerra. Inglaterra presionó para desmantelar los tratados sostenidos por Rosas. Los unitarios conspiraron de inmediato. Ante eso, el 21 de febrero de 1852 Urquiza restableció el cintillo punzó y denunció a los “salvajes unitarios”, señal inequívoca de que el control político ya se le escapaba.

En privado, su visión era aún más clara. En mayo de 1852 confesó al representante británico Gore:

“Hay un solo hombre para gobernar la Nación Argentina, y es Don Juan Manuel de Rosas. Yo estoy preparado para rogarle que vuelva aquí.”

Ocho años después, en 1858, escribió al propio Rosas reconociendo los servicios extraordinarios que el país le debía y cuya gloria nadie podía arrebatarle. El aislamiento se profundizó. Para los unitarios, Urquiza era un estorbo. Para Brasil, un hombre influenciable. El general brasileño Osorio conocía su punto débil: el amor inmoderado por la fortuna.

En marzo de 1870, un mes antes de morir, Urquiza escribió su confesión final:

“Toda mi vida me atormentará constantemente el recuerdo del inaudito crimen que cometí al cooperar, en el modo en que lo hice, a la caída del General Rosas.”

Y agregó, anticipando su destino:

“Temo siempre ser medido con la misma vara y muerto con el mismo cuchillo, por los mismos que he colocado en el poder.”

El 11 de abril de 1870 ese temor se cumplió con exactitud brutal.

NOTA DE LA REDACCIÓN: Desde Nacionalismo Católico San Juan Bautista no creemos en absoluto en un verdadero arrepentimiento del cipayo Urquiza, quien traicionó a la Confederación no solamente en Caseros, sino también en Pavón y en la Guerra de la Triple Alianza, cuando las montoneras federales -con el Chacho Peñaloza como su principal caudillo-, esperaban su orden para ir a luchar junto a nuestros hermanos paraguayos, orden que nunca llegó porque Urquiza se había vendido nuevamente al Brasil, entregándoles veintidós mil caballos a un precio irrisorio. Hay que tener en cuenta que la Batalla de Pavón, dónde se entrega definitivamente la Argentina a los liberales, fue en 1861, y la Guerra de la Triple Alianza en 1864, es decir, nueve y doce años después de la ignominia de Caseros. Por consiguiente, no damos crédito alguno al supuesto arrepentimiento de Urquiza, cipayo despreciable, nefasto personaje de la historia de nuestro país. Traidor inveterado que habrá tenido, en el mejor de los casos, un atisbo de lucidez acerca de sus abyectas acciones.

LA CONSTITUCIÓN DE 1853: ORGANIZAR PARA DEPENDER

La Constitución que siguió a Caseros no fue la culminación de la soberanía, sino la institucionalización de la derrota. Ríos abiertos, aduanas condicionadas, un país pensado para integrarse al comercio mundial como proveedor de materias primas y no como nación industrial. No organizó la Patria Grande: organizó su subordinación.

LA GUERRA DEL PARAGUAY

Lo que Caseros dejó abierto, la Guerra del Paraguay lo consumó. La destrucción del último Estado verdaderamente autónomo del Plata fue la consecuencia lógica del nuevo orden nacido en 1852. Sin Rosas, sin un poder regional fuerte, sin unidad estratégica, el Paraguay quedó solo frente a la coalición alentada y financiada por intereses extranjeros. Ahí se cerró definitivamente el ciclo iniciado con Caseros.

CONCLUSIÓN

Caseros no fue el nacimiento de la Nación. Fue la derrota del último intento de soberanía real en el Río de la Plata. No es solo pasado. Es la matriz de un país que todavía discute si quiere ser nación o factoría.

Fuente: CASEROS: LA TRAGEDIA MAYOR DE LA PATRIA

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