San Juan Bautista

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viernes, 10 de mayo de 2019

De Perón a Bergoglio: El "catolicismo" excomulgable - Amazon


Novedad Editorial, disponible en Amazon



     Esta obra consta de dos partes. En la primera se prueba –con abundancia de argumentaciones canónicas e históricas– que en 1955 Juan Domingo Perón fue excomulgado. Detrás de tamaña sanción no están solamente los conocidos actos de violencia física contra la Iglesia, sino también los menos conocidos pero gravísimos intentos por fundar un “Cristianismo Auténtico”, así llamado; y que no fue otra cosa que una amalgama de groseras heterodoxias. “Catolicismo” excomulgable podría ser llamado este engendro. La segunda parte prueba que Bergoglio continúa y potencia el funesto legado peronista, no sólo en sus malsanas predilecciones ideológicas, de las que hace uso y abuso, sino en el despliegue de ese pseudocristianismo tenido por “auténtico”. Es, pues, el de Bergoglio, un “catolicismo” excomulgable. Sus enseñanzas falsifican la Fe Católica. Sus conductas avergüenzan a la Argentina.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista



viernes, 3 de mayo de 2019

La Americanización de la Iglesia – Rubén Calderón Bouchet





Si algo distingue espiritualmente a EE.UU. del resto de las naciones es la fuerza que ha sostenido su ideal de felicidad terrena, mediante el condicionamiento psicológico de las masas. Este ideal, en sus primeros pasos, tropezó con la enseñanza tradicional de la Iglesia Católica para quien la meta de la Encarnación no era, indudablemente, el goce pacífico de los alimentos terrenos. ¿No era posible una conciliación de dos ideales aparentemente tan diferentes?


El cardenal Billot, destacado miembro del Colegio Apostólico, cuando hablaba de las corrientes laicistas y de los esfuerzos, no siempre estériles, que hacían para penetran en la doctrina tradicional, decía a propósito de la moral del trabajo que procuraba por todos los medios sustituir la ética del calvario: “Laicismo por último, en la moral cristiana, quiero decir en lo tocante a las virtudes, algunas de las cuales, las que pertenecen a la vida interior, que dependen del espíritu de oración, de penitencia, de humildad, que nos mantienen en la continua dependencia de Dios, nuestro dueño, de Dios nuestro creador, de Dios nuestro fin último, son jubiladas como virtudes propias del antiguo régimen, mientras las otras que denominan activas, son consideradas como las únicas dignas del hombre adulto emancipado, libre y consciente de sí mismo”.


La Congregación Paulista, fundad en EE.UU. por Isaías Hecker (1819-1888) se propuso, un poco más allá de la segunda mitad del siglo pasado, acentuar en las enseñanzas católicas el valor de las virtudes activas y procurar un desarrollo de la personalidad donde la ética del calvario; humildad, obediencia,  renunciamiento, mortificación, fueran reemplazadas por esa nueva moral que requiere del hombre un concurso activo a todo cuanto constituye progreso material, sentido individualista de la responsabilidad y democracia social.


La voz de este profeta americano se perdió en el tumulto desatado en la Iglesia por el modernismo y sólo tuvo eco en Norteamérica donde sus ideas sobrevivieron esperando la oportunidad de un nuevo brote. Por su biógrafo el R.P. Elliot, conocemos algunas de las tesis americanistas que no tardarían en ser condenadas por Roma:

“La energía que la política moderna reclama no es el producto de una devoción como la que se estila en Europa; ese género de devoción pudo en su debido tiempo prestar servicios y salvar a la Iglesia, pero eso era, ante todo cuando se trataba de no sublevarse”.

“La exageración del principio individualista por parte del protestantismo llevó forzosamente a la Iglesia a reaccionar y limitar las consecuencias de ese principio…”


Ello condujo, lamentablemente al cultivo de las virtudes pasivas, y éstas “practicadas bajo la acción de la Providencia para la defensa de la autoridad exterior de la Iglesia entonces amenazada, dieron resultados admirables: uniformidad, disciplina, obediencia. Tuvieron su razón de ser cuando los gobiernos eran monárquicos. Ahora o son republicanos o constitucionales y se acepta que sean ejercidos por los propios ciudadanos. Este nuevo orden de coas exige necesariamente iniciativa individual, esfuerzo personal. La suerte de las naciones depende del aliento y de la vigilancia de cada ciudadano. Por lo cual, sin destruir la obediencia, las virtudes activas deben cultivarse con preferencia a las otras, tanto en el orden natural como en el sobrenatural”.


Eso se escribía a fines del siglo pasado y provenía de la mano de un sacerdote que creía, sin vacilaciones, que la sociedad americana prohijaba una nueva manera de entender al hombre en su relación con Dios y participaba, al mismo tiempo, de una fe pueril en las virtudes del sufragio y en la promoción de toda la ciudadanía a participar activamente en el gobierno de la ciudad, porque un día fue convocada a ratificar la elección de unos candidatos previamente elegidos por las comanditas partidarias.


León XIII condenó el error que hablaba de una adaptación de la Iglesia a las exigencias del siglo, fundándose en que Cristo no cambiaba con el tiempo: “hoy es el mismo que ayer y que será en los siglos venideros”. A los hombres de todos los tiempos se dirigen estas palabras: Aprended de mí que soy manso y humilde de corazón”: No hay época en que no se muestre Cristo haciéndose obediente hasta la muerte. También vale para todos esta frase del Apóstol: “Los que son discípulos de Cristo han crucificado su carne con sus vicios y concupiscencias”.


Sabemos por la experiencia publicitaria que los vicios y las concupiscencias son fuertes promotores del consumo y que sería una verdadera catástrofe social y económica tener que parar la maquinaria de la producción si la gente comienza a pensar en su salvación en términos de ascesis. ¿Por qué esa salvación no puede serle ofrecida sin renunciar a la técnica moderna del confort?


El americanismo, detenido en la puerta del Santo de los Santos, por la espada flamígera de los Papas, reinicia su acometida a través dela Compañía de Jesús y otras congregaciones modernas y trata de penetrar, no directamente en la dogmática como pretendió en su momento el modernismo, sino indirectamente por el sesgo de la pastoral y la liturgia.



La Iglesia Americana


La Iglesia Católica es, en EE.UU. la más numerosa de todas. La estadística oficial de las Iglesias americanas le adjudica en 1964  una cantidad de 44.874.371 fieles. Los protestantes pasaban de 66 millones pero divididos en 220 principales iglesias sin contar algunas capillas oscuras en afán de cultivar su pequeña disidencia. No solamente por su número importaban los católicos, sino también por su poder económico. La Cancillería de la Iglesia Católica ocupaba sobre la “Madison Avenue” en New York un enorme edificio estilo neo renacimiento que compartía con una conocida firma de publicidad. Esta cancillería estaba dotada con todos los adelantos de la técnica y sus monseñores, rigurosamente vestidos de “clergyman” oscuro, manejaban con habilidad las computadoras y las máquinas de calcular. La Iglesia Católica era, desde el estricto punto de mira del negocio, uno de los más grandes que existían en EE.UU. ¿Cómo no pensar, puestos en disposición de verla como negocio, en la publicidad adecuada para que pudiera vender su producto al público americano?


Ernest Dicher, padre de la investigación motivacional, preguntado en alguna oportunidad por la mejor manera de hacer una buena propaganda para la Iglesia, recordó “que la descripción de elevados ideales está por siempre por encima de la posibilidad de la masa”, “el cielo es maravilloso pero para la mayoría de nosotros está demasiado lejos”. Este hecho debe llamar la atención sobre la necesidad de no predicar cosas que por su altura y su majestad estén más allá de nuestras manitos. Se debe adecuar el mensaje de Cristo a la mentalidad de ese pobre hombre reducido por la publicidad a ser un manojo de deseos.


Pero volviendo al negocio de la Iglesia, uno de los organismos técnicos encargados del asunto averiguó que un dólar invertido en la Iglesia Católica de los EE.UU., tenía la misma rentabilidad que uno invertido en la General Motors. Esto explica que sean los administradores, los sociólogos y los psicólogos y no los teólogos los que dirigen los asuntos de la Iglesia y le imponen sus criterios. Fultón J. Sheen, que había alcanzado una cierta notoriedad televisiva, habría dicho en una oportunidad: “Por el amor de Cristo, dejen de administrar y sean buenos pastores”.


Esto sucedió poco después de la última gran guerra y no cayó mal en las orejas de un público que todavía sentía el escozor de la muerte. Unos años más tardes Fulton J. Sheen había perdido su audiencia y la Iglesia lo abandonaba junto a los viejos misales, en algún depósito de trastos.


Para el año 1964, poco tiempo antes que el Papa Pablo VI hiciera su famosa visita, la Arquidiócesis de Nueva York desarrollaba un programa de construcción de inmuebles por valor de 90 millones de dólares. Como EE.UU. es el país de las estadísticas minuciosas, difícilmente algo pueda escapar a su control. La comparación del poder económico de la Iglesia Católica con el de la General Motors viene una y otra vez a la pluma de los periodistas que manejan cifras y observan negocios. En el año 1962 la Iglesia Americana poseía 17 mil establecimientos escolares, 400 casas de retiro, 920 hospitales, 460 escuelas de enfermeros, 520 periódicos. Contaba además con 142.000 profesores encargados de la formación de 5.600.000 alumnos. Los sacerdotes alcanzaban la cifra de 51.000 y las hermanas religiosas pasaban de 180.000.


El extraordinario poder económico de esta Iglesia extiende sus alas protectores por toda la cristiandad y es sabido que sostiene en un 95% el gasto de las misiones. Es una Iglesia seria, limpia, bien administrada y conservadora en la medida que puede serlo una institución americana. Cree por supuesto en la Comunión de los Santos, en la Vida Perdurable, en la Resurrección de la carne, pero americana al fin, cree en el “american way of life” y en la democracia como sistema infalible para curar todos los males que provienen de cualquier “elitismo”. Por esa razón, junto con su dinero, entró también en el seno de la Iglesia Universal su ideología.


La ideologización de la Iglesia Católica en EE.UU. es un fenómeno que obedece al ritmo de la americanización de las “etnias” que constituyen este grandioso cuerpo de fieles. Los italianos, irlandeses y polacos de la primera generación preferían los saludables “ghettos” donde se juntaban con sus paisanos y recordaban, al salir de misa, la patria perdida. La segunda generación ha aceptado todas las consignas del nuevo patriotismo. Ha cambiado el nombre de Bellini o Kowansky por Bell o Cower y por supuesto no están dispuestos a dar su dinero para que la Iglesia Europea sostenga un régimen tildado de fascista o adhiera a la nostalgia del romanticismo monárquico.


Los que no pueden comprender la integración de la fe en el “american way of life” no comprenderán jamás lo que sucede actualmente en la Iglesia Católica. Para el americano común, la religión y la democracia son indisociables y como ser democrático en esa sociedad no implica ninguna oposición, cada uno lo es de un modo natural y sin rencores, porque tal cosa no suscita controversias, ni negación de tradiciones prestigiosas.


El presidente Eisenhower hizo una declaración de fe muy americana cuando aseguró “que el gobierno no tenía sentido, si no estaba fundado sobre una fe religiosa profundamente sentida”. Añadió a continuación algo que es tan norteamericano como Bufalo Bill: “Poco importa cuál sea esa fe”.


Si examinamos su declaración con los desconfiados recaudos de una tradición teológica ortodoxa, la encontraremos tan protestante como vacía de cabal sentido religioso, pero en los EE.UU. suena bien hasta en las orejas católicas, porque todo buen norteamericano tiene fe en la fe, o en como decía Miller que no era un padre de la Iglesia pero sí un buen observador: “Tenemos un culto, no para Dios, sino para nuestro propio culto”.

La “Unam, Sanctam, Catholicam Ecclesiam” es la verdadera asamblea de los creyentes fundada por Cristo Nuestro Señor. Esto lo saben todos los católicos sean o no americanos, pero en la conquista de las almas tal declaración suena fascista y el americano medio no está dispuesto a trocar su sistema de libertad de opiniones por una declaración tan tajante. Esto lo pondría en contradicción con el sistema pluralista de vida civil y como ante todo es americano, admitirá ser católico si este adjetivo no crea una pretensión de unificación totalitaria. Es católico como otros buenos americanos son metodistas, presbiterianos, evangelistas, hermanos libres, judíos o musulmanes.


Evelyn Waugh contaba que había visto en Londres y en Chicago el film italiano “Paisa”, donde se cuenta que tres capellanes del ejército norteamericano llegan a una pequeña comunidad franciscana perdidsa en las montañas. Los frailes se enteran que uno de los capellanes es judío, el otro protestante y el tercero católico. Desorientados comienzan un ayuno por la conversión de los no católicos. Comenta Waugh que en Londres, ante un auditorio no católico, la simpatía estaba con los frailes. En Chicago el mismo film fue comentado por un grupo de católicos con ascendencia italiana que encontró ridículo, obsoleto, y totalmente en contra de una posible unión de creencias la actividad de los franciscanos.


Cuando el R.P. Jaques Montgomery bautizó a Lucy Johnson, hida del entonces presidente de los EE.UU. según el rito católico, muchos sacerdotes de la Iglesia Romana encontraron lamentable un procedimiento que rompía con los principios de la pluralidad religiosa. Esta posición podía aún escandalizar a muchos religiosos de la “Unam, Sanctam” porque hasta ese momento la influencia yanqui se limitaba al dinero y a la promoción del cura deportista y administrador.


La Iglesia Americana tiene, como hemos tratado de expresar, el candor de la confianza sin rencores, ni ironías, ni reticencias en el valor de la democracia. Diríamos que está incapacitada para pensar que alguien nacido católico y criado con la leche y la miel del Evangelio, no sea, al mismo tiempo y por una suerte de promoción espiritual paralela a la fe, democrático. Pero como el carácter democrático de su fe lo abre expresamente para la comprensión simpática de cualquier otra expresión de fe, el católico al hacerse democrático se hace también protestante y sólo guarda su capacidad de rencor para los retardatarios que se ríen de la democracia y mantienen su fe cerril y cerrada en la Unam Sanctam Catholicam Ecclesiam.


Esto explica también que al entrar en el complicado mundo espiritual de la vieja Europa Católica, el americanismo ha visto sus aguas enturbiadas por una serie de prejuicios que vierten en el gran diálogo ecuménico la resaca de sus viejos rencores. Cuando un santo varón de la Iglesia Americana oficia junto a un metodista o a un presbiteriano, lo hace sencillamente con el propósito de comulgar en una fe cuyos contenidos dogmáticos no son examinados con lentes muy transparentes. Cuando un Reverendo Padre francés hace lo mismo, su propósito más firme es escandalizar a los viejos creyentes, mofarse de su fe, e imponerles una promiscuidad que el otro siente con profunda repugnancia y rechaza desde las más hondas resonancias de su historial nacional.


No podemos olvidar que el espíritu que hizo a Norteamérica fue el mismo que destruyó la cristiandad. La revolución norteamericana fue la lógica consecuencia de esas minorías disconformes emancipadas de la fe tradicional y en abierta ruptura con el régimen eclesial. Eran, a su modo, cabezas fuertes, libre pensadores, personalidades dispuestas a perpetuar en el nuevo mundo la libertad religiosa tan duramente conquistada. En el plano de la actividad económica eran individualistas y emprendedores. En pocas palabras: burgueses. La revolución, en sentido estricto, era su propia salsa y el Nuevo Mundo les permitió realizarla sin los tropiezos de una sociedad con normas, principios, instituciones y prejuicios de otras épocas.


A partir del Concilio Vaticano II la penetración americanista en el seno de la Iglesia aceleró su ritmo y destruyendo las viejas estructuras teológicas de la Iglesia la prepara para una útil conversación con el mundo moderno.


En los EE.UU. esto corría de suyo y no traía, como inmediata consecuencia, actitudes subversivas en el seno de la cristiandad. Muchos creyeron, no estoy seguro de la sinceridad puesta en esa fe, que en Europa ocurriría algo semejante. Muerto el fascismo, la democracia podría discurrir sobre un cauce limpio y cristalino. La ayuda norteamericana levantaría el nivel económico de los pueblos puestos bajo su protección, como efectivamente ocurrió, y esto haría entender a Rusia los errores de su planteo colectivista y las bases falsas sobre las que sentaba su política. Con un poco de buena voluntad y la colaboración de las Iglesias, habría democracia para exportar hasta la Siberia.


Así lo creyeron también los cerebros encargados de programar la política de la Iglesia Católica y como las decisiones ya no eran tomadas por los grandes teólogos que habían visto en el comunismo su calidad de “intrínsecamente perverso”, sino por psicólogos y sociólogos expertos en pastoral, el camino quedaba expedito para la gran confraternidad universal bajo el doble signo de la cruz, la escuadra y el compás. No sé si en el nuevo escudo entrarán también la hoz y el martillo, por lo menos el humanismo integral no lo rechaza.



Revista Cabildo


Nacionalismo Católico San Juan Bautista














miércoles, 1 de mayo de 2019

Desmitificando al Che Guevara (Video)


Importante testimonio del General retirado Gary Prado Salomón, quien capturara al sanguinario asesino, Ernesto “Che” Guevara, que deja en claro quien fue realmente el hoy ídolo de las multitudes ociosas que se autodenominan marxistas.


Hay que tener en cuenta que Prado Salomón fue acusado y enjuiciado por un supuesto caso de “terrorismo” por el presidente del actual narco-estado boliviano, Evo Morales, quien se refirió al militar como el “asesino del Che”.


No podemos dejar de notar en este caso una acción similar a la tomada por el gobierno de izquierda e integrado por ex guerrilleros del matrimonio Kirchner en Argentina, y continuado por el de “derecha” de Macri, en su política de venganza contra los militares que cumplieron su deber con Dios y la Patria al combatir en guerra justa a la acción subversiva marxista y hoy cumplen prisión de por vida.





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lunes, 29 de abril de 2019

Sobrenatural protesta ante Francisco - Antonio Caponnetto


 Santo Padre:


Nosotros, los 26 mártires ucranios, víctimas del Comunismo, beatificados solemnemente en el año 2001; los 1725 mártires beatos, exterminados como consecuencia de la persecución marxista en España; los beatos mártires eslovacos, Vasil Hopko y Zdenka Cecilia Schelingova, asesinados por el régimen comunista que capturó a Eslovaquia; el beato mártir Jerzy Popiełuszko, asesinado en Polonia por los agentes del Soviet, el beato Monseñor Anton Durcovici, y el Padre Vladimir Ghika, asesinados por el comunismo rumano, los 17 mártires y beatos laosianos ejecutados por las milicias rojas  del Pathet Lao, el beato mártir Teofilius Matulionis, primera víctima del comunismo en Lituania, junto a todos los mártires auténticos abatidos por odio a la Fe, bajo los segadores signos de la hoz y el martillo, devolvemos a Vuestra Santidad las palmas del martirio y las coronas de la Beatitud,que oportunamente la Santa Madre Iglesia nos otorgara, hasta que no les sean quitadas formalmente al impostor Enrique Angelelli y sus cómplices de la Revolución Marxista en la Argentina, que por vuestra insensatez y estulticia habéis elevado a los altares el pasado 27 de abril del año 2019.


Son ellos, artífices de la insurrección atea, apátrida, amoral y siniestra. O somos nosotros, las víctimas reales y sangrantes de sus ideologías ruinosas y de sus conductores homicidas.


No hay sitio en los templos para ambos. No hay espacio compartido en las hagiografías. No hay sacras superficies ni celestes recodos para albergar a la vez a los hijos de la luz y a los de las tinieblas.


Porque no se puede servir a dos señores. Y ¡ay de aquellos!, simples laicos o encumbrada jerarquía, que por conformaros al mundo, junto a Vos, han consentido tamaña afrenta, difícil de perdonar por constituir abiertamente pecado de escándalo.


Habéis ido demasiado lejos en vuestra audacia de pastor errático y demagogo. Y os han acompañado en el sacrilegio, la desmesura y la blasfemia, un haz nutrido de clérigos ladinos, a cada uno de los cuales pedirá cuenta a su hora el Señor Implacable.


Sí; dignos y firmes, os devolvemos la beatitud con que se nos honrara, y que ahora deshonra Su Eminencia, en un acto luctuoso y ultrajante, indigno de la Sede de Pedro y propio de la cátedra de fuego y humo.


¡Cuidado con la santa ira de las legiones santas!




ANTONIO CAPONNETTO

                                          




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sábado, 27 de abril de 2019

¡ GLORIA AL MÁRTIR RIOJANO ! - Antonio Caponnetto




Se llamaba Antonio Torino, fraile mercedario oriundo de La Rioja.


Era hijo del Capitán Don Gaspar Torino Ocampo, artífice material del primer templo de los Padres Mercedarios levantado en tierra riojana, a partir del año 1617. De ese templo salieron nutridas vocaciones de misioneros, entre las cuales estuvo la del propio Fray Antonio.
Sus superiores le encomendaron la evangelización de los indios Atiles, tristemente famosos por sus borracheras e idolatrías, y por los actos de extrema crueldad que eran capaces de ejecutar.
Fray Antonio Torino confió en Dios y se lanzó nomás hacia Los Llanos, con su misal, su rosario y su Cruz de madera. Buscando la redención de aquellas almas que le fueron confiadas.
Los conquistadores españoles le habían advertido que su vida corría serios peligros entre esa gente. Pero el cura les predicaba la Verdad, oportuna e inoportunamente, a la par que procuraba hacerlos desistir de sus vicios, dando ejemplo él mismo de innúmeros actos de piedad, de devoción y de servicio.


Un día, a comienzos de la tercera década del mil seiscientos, en medio de las terribles guerras calchaquíes, los Atiles quisieron obligar a Fray Antonio a presidir una de sus habituales orgías. Se negó con santa ira, quebrando con un palo las enormes tinajas de chicha con la que se embriagaban y cometían sus desmanes después.


Los indios se arrojaron sobre él, lo desnudaron de su hábito misionero, lo colgaron de un algarrobo (venerado hasta el siglo XVIII) y lo descuartizaron vivo, juntando en la sotana del mártir su propia sangre que usaron después para sus diabólicas supersticiones.


Murió perdonando a sus asesinos y pidiendo su conversión.


El Capitán Gregorio de Luna y Cárdenas, se juramentó ante sus soldados para que el martirio y la gloria de Fray Antonio Torino no quedaran en el olvido.


Cativas y Asimín, los principales verdugos, huyendo de la justicia humana, fueron alcanzados por la justicia divina, siendo abatidos ambos por un rayo en medio de la fuga.


Fray Antonio Torino, primer y genuino mártir riojano, verdadero santo misionero, apóstol entre los más necesitados, servidor de pecadores y testigo de la Fe Católica: ruega por nosotros.


Fray Antonio Torino, fiel a Cristo, a la Iglesia, a la España Misionera y la argentina tierra riojana que te dio la vida, intercede ante el Dios de los Ejércitos para que castigue ejemplarmente a los nuevos Cativas y Asimín -hoy sentados perjuramente en la Sede Romana- disipando las mentiras, los fraudes, las estafas y las ignominias del falso martirologio riojano que hoy quieren imponernos.


Fray Antonio Torino, nosotros, los católicos argentinos, honramos tu vida, celebramos tu muerte santa cuanto heroica y proponemos tu figura como arquetipo emulable y digno de veneración.


Fray Antonio Torino: ¡Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!


Fray Antonio Torino: ¡Presente!



Antonio Caponnetto



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domingo, 21 de abril de 2019

Revelaciones de Catalina Emmerick sobre la Resurrección de Jesús



La noche antes de la Resurrección


Cuando se acabó el sábado, Juan vino con las santas mujeres, lloró con ellas, y las consoló. Se fue poco después; entonces Pedro y Santiago el Menor vinieron a verlas con la misma intención, pero estuvieron poco con ellas. Las santas mujeres; mostraron otra vez su dolor envolviéndose en sus mantos y sentándose en la ceniza.

Mientras la Virgen Santísima oraba interiormente, llena de un ardiente deseo de ver a Jesús, un ángel vino a decirla que fuera a la pequeña puerta de Nicodemo, porque el Señor estaba cerca. El corazón de María se inundó de gozo: se envolvió en su manto y dejo a las santas mujeres sin decir a nadie nada. La vi ir de prisa a la puerta pequeña de la ciudad por donde había entrado con sus compañeras al volver del sepulcro.

Podían ser las nueve de la noche: la Virgen se acercaba a pasos precipitados hacia la puerta, cuando la vi pararse en un sitio solitario. Miró a lo alto de la muralla de la ciudad, y el alma del Salvador resplandeciente bajó hasta María, acompañada de una multitud de almas de Patriarcas. Jesús, volviéndose hacia ellos, y mostrando a la Virgen, dijo: “María, mi Madre”. Pareció que la abrazaba, y desapareció. La Virgen se arrodilló y beso la tierra en el sitio donde había aparecido. Sus rodillas y sus pies quedaron impresos sobre la piedra, y se volvió llena de un consuelo inefable a las santas mujeres que encontró ocupadas en preparar ungüentos y aromas. No les dijo lo que había visto, pero sus fuerzas se habían renovado; consoló a las otras, y las fortaleció en la fe.

Cuando María volvió, vi a las santas mujeres cerca de una mesa larga cubierta con un paño que llegaba al suelo. Encima había muchos manojos de hierbas que ellas arreglaban, mezclándolas; tenían botes de bálsamo y agua de nardo, y además flores frescas, entre las cuales había, me parece, una iris rayada y una azucena. Mientras la ausencia de la Virgen, Magdalena, María de Cleofás, Salomé, Juana y María Salomé, habían ido a comprar todo esto a la ciudad. Al día siguiente querían cubrir con ello el cuerpo del Salvador.


La Noche de la Resurrección

Pronto vi el sepulcro del Señor; todo estaba tranquilo alrededor; había seis o siete guardias de pie, o sentados. Casio está siempre en contemplación. El santo Cuerpo, envuelto en la mortaja y rodeado de luz, reposaba entre los ángeles que yo había visto constantemente en adoración a la cabeza y a los pies del Salvador, desde que se le puso en el sepulcro. Esos ángeles parecían sacerdotes; su propia postura y sus brazos cruzados sobre el pecho me recordaban los querubines del Arca de la Alianza, más no les vi las alas. El Santo Sepulcro, todo entero, me recordó muchas veces el Arca de la Alianza en diversas épocas de su historia. Quizás la luz y la presencia de los ángeles eran visibles para Casio, pues estaba en contemplación delante de la puerta del sepulcro como quien adora al Santísimo Sacramento.

Vi el alma del Señor, acompañada de las almas de los Patriarcas, entrar en el sepulcro por medio del peñasco, y mostrarles todas las heridas de su sagrado Cuerpo. La mortaja se abrió, y el cuerpo apareció cubierto de llagas; era lo mismo que su la Divinidad que habitaba en él hubiese mostrado a esas almas de un modo misterioso toda la extensión de su martirio. Me pareció transparente, y se podía ver hasta el fondo de sus heridas. Las almas estaban llenas de respeto mezclado de terror y de viva compasión.

En seguida tuve una visión misteriosa, que no puedo explicar ni contar bien claramente. Me pareció que el alma de Jesús, sin estar todavía completamente unida a su cuerpo, salía del sepulcro en Él y con Él; me pareció ver a los dos ángeles que adoraban a las extremidades del sepulcro, levantar el sagrado cuerpo desnudo, cubierto de heridas, y subir hasta el cielo de en medio de la roca que se conmovía; Jesús parecía presentar su cuerpo lacerado delante del Trono de su Padre celestial, en medio de los coros innumerables de ángeles prosternados: quizás así como las almas de los profetas entraron momentáneamente en sus cuerpos, después de la muerte de Jesús, sin volver a la vida en realidad, pues se separaron de nuevo sin el menor esfuerzo.

En ese momento hubo una conmoción en la peña: cuatro de los guardias habían ido por algo a la ciudad; los otros tres cayeron casi sin conocimiento. Atribuyeron eso a un temblor de tierra. Casi estaba conmovido, pues veía algo de lo que pasaba, aunque no era claro para él. Pero se quedó en su sitio esperando lo que iba a suceder. Mientras tanto, los soldados ausentes volvieron.

Vi de nuevo a las santas mujeres, que habían acabado de preparar sus aromas y se habían retirado a sus celdas. Sin embargo, no se acostaron para dormir sólo se reclinaron sobre los cobertores enrollados. Querían ir al sepulcro antes de amanecer, porque temían a los enemigos de Jesús; pero la Virgen, llena de nuevo valor desde que se le había aparecido su Hijo, las tranquilizó, diciéndoles que podían descansar y sin temor ir al sepulcro, que no les sucedería ningún mal. Entonces se permitieron un poco de reposo. Serían las once de la noche cuando la Virgen, llevada de amor y por un deseo irresistible, se levantó, se puso un manto pardo, y salió sola de la casa. Yo decía: "¿Cómo dejaran a esta Santa Madre, tan acabada, tan afligida, ir sola entre tanto peligro?" Fue a la casa de Caifás, al palacio de Pilatos, corrió todo el camino de la cruz por las calles desiertas, parándose en los sitios donde el Salvador había sufrido los mayores dolores o pésimos tratamientos. Parecía que buscaba un objeto perdido; con frecuencia se prosternaba en el suelo, tocaba las piedras o las besaba, como si hubiese habido sangre del Salvador. Estaba llena de amor inefable, y todos los sitios santificados se le aparecían luminosos. Yo la acompañé todo el camino, y sentí todo lo que Ella sintió, según la medida de mis fuerzas.

Fue así hasta el Calvario, y conforme se iba acercando, se paró de pronto. Vi a Jesús con su sagrado cuerpo aparecerse delante de la Virgen, precedido de un ángel, teniendo a ambos lados a los dos ángeles del sepulcro, y seguido de una multitud de almas libertadas. El cuerpo de Jesús estaba resplandeciente; yo no veía en Él ningún movimiento; pero salió de Él una voz que anunció a su Madre lo que había hecho en el limbo, y le dijo que iba a resucitar y a venir a ella con su cuerpo transfigurado, que debía esperarle cerca de la piedra donde se había caído en el Calvario.

La aparición se dirigió del lado de la ciudad, y la Virgen se fue a arrodillar al sitio que le había sido designado. Podía ser media noche, porque la Virgen había estado mucho tiempo en el camino de la cruz. Vi al Salvador con su escolta celestial seguir el mismo camino: todo el suplicio de Jesús fue mostrado a las almas con las menores circunstancias. Los ángeles recogían todas las partes de su sustancia sagrada que le habían sido arrancadas del cuerpo.

Me pareció después que el cuerpo del Señor reposaba otra vez en el sepulcro, y que los ángeles le restituían de un modo misterioso todo lo que los verdugos y los instrumentos del suplicio le habían arrancado. Lo vi otra vez resplandeciente en su mortaja, con los dos ángeles en adoración a la cabeza y a los pies. No puedo expresar como sucedió todo eso, pues no lo alcanza nuestra razón: además, lo que me parece claro e inteligible cuando lo veo, se vuelve oscuro cuando quiero expresarlo con palabras.

Cuando el cielo comenzó a relucir al Oriente, vi a Magdalena, María, hija de Cleofás, Juana Chusa y Salomé, salir del Cenáculo envueltas en sus mantos.

Llevaban aromas, y una de ellas una luz encendida, pero oculta debajo de sus vestidos. Las vi dirigirse tímidamente hacia la puerta de José de Arimatea.


Resurrección del Señor

Vi como una gloria resplandeciente entre dos ángeles vestidos de guerreros: era el alma de Jesús que, penetrando por la roca, vino a unirse con su cuerpo Santísimo. Vi los miembros moverse, y el cuerpo del Señor, unido con su alma y con su divinidad, salir de su mortaja, radiante de luz.

Me pareció que en el mismo instante una forma monstruosa salió de la tierra, de debajo de la peña. Tenía cola de serpiente, cabeza de dragón, que levantaba contra Jesús; me parece que además tenía cabeza humana. Vi en la mano del Salvador resucitado una bandera flotante. Pisó la cabeza del dragón, y pegó tres golpes en la cola con su palo: después el monstruo desapareció.

He visto con frecuencia esta visión en la Resurrección, y he visto una serpiente igual, que parecía emboscada, en la concepción de Jesús. Me recordó la serpiente del paraíso; todavía era más horrorosa. Pienso que esto se refiere a la profecía: "El Hijo de la Mujer quebrantara la cabeza de la serpiente". Todo eso me parecía un símbolo de la victoria sobre la muerte; pues cuando vi al Señor romper la cabeza del dragón, ya no vi el sepulcro.

Jesús, resplandeciente, se elevó por medio de la peña. La tierra tembló: un ángel parecido a un guerrero se precipitó del cielo al sepulcro sobre ella. Los soldados cayeron como muertos, y estaban tendidos en el suelo sin dar señales de vida. Casio, viendo la luz brillar en el sepulcro, se acercó, toco los lienzos solos, y se retiró con la intención de anunciar a Pilatos lo sucedido. Sin embargo, esperó un poco, porque había sentido el terremoto, y había visto al ángel echar la piedra a un lado y el sepulcro vacío, mas no había visto a Jesús.

En el momento en que el ángel entró en el sepulcro y la tierra tembló, el Salvador resucitado se apareció a su madre en el Calvario. Estaba hermoso y radiante. Su vestido, parecido a un manto, flotaba tras de Sí, y parecía de un blanco azulado, como el humo visto al sol. Sus heridas estaban resplandecientes; se podía meter el dedo en las aberturas de las manos: salían rayos de la palma de la mano a la punta de los dedos. Las almas de los patriarcas se inclinaron ante la Madre de Jesús. El Salvador mostró sus heridas a su Madre que se prosterno para besar sus pies; mas Él la levantó, y desapareció. Se veían relucir faroles a lo lejos, cerca del sepulcro, y el horizonte se esclarecía al Oriente encima de Jerusalén.


Las santas mujeres en el sepulcro

Las santas mujeres estaban cerca de la pequeña puerta cuando nuestro Señor resucitó; pero no vieron nada de los prodigios que habían sucedido en el sepulcro. Tampoco sabían que habían puesto guardia, porque no estuvieron la víspera, a causa del sábado. Se preguntaban entre sí con inquietud: "¿Quién nos levantará la piedra de la entrada?" Querían echar agua de nardo y aceite odorífero sobre el cuerpo de Jesús, con aromas y flores: querían ofrecer al Señor lo más precioso que habían podido encontrar para honrar su sepultura. La que había llevado más cosas era Salomé. No era la madre de Juan, sino una mujer rica de Jerusalén, parienta de San José. Resolvieron poner sus aromas sobre la piedra, y esperar que algún discípulo viniera a levantarla.

Los guardias estaban tendidos en el suelo como atacados de una apoplejía: la piedra estaba echada a la derecha, de modo que se podía abrir la puerta sin dificultad. Los lienzos que habían servido para envolver el cuerpo de Jesús estaban sobre el sepulcro. La grande sábana estaba en su sitio, pero con los aromas sólo: las vendas estaban sobre el borde anterior del sepulcro. Los paños con que María había envuelto la cabeza de su Hijo, en el mismo sitio.

Vi a las santas mujeres acercarse al huerto: cuando vieron los faroles y los soldados tendidos alrededor del sepulcro, tuvieron miedo, y se alejaron un poco. Pero Magdalena, sin pensar en el peligro, entró precipitadamente en el huerto, y Salomé la siguió a cierta distancia; las otras dos, menos resueltas, se quedaron a la puerta. Magdalena, al acercarse a los guardias, tuvo miedo, y se volvió con Salomé; y las dos juntas, pasando entre los soldados tendidos en el suelo, entraron en la gruta del sepulcro. Vieron la piedra quitada; pero las puertas estaban cerradas. Magdalena las abrió llena de emoción, y vio apartados los lienzos. El sepulcro estaba resplandeciente, y un ángel estaba sentado a la derecha sobre la piedra. No sé si Magdalena oyó las palabras del ángel; mas salió perturbada del huerto, y corrió rápidamente adonde estaban reunidos los discípulos. No sé tampoco si el ángel hablo a María Salomé, que se había quedado a la entrada del sepulcro: la vi salir muy de prisa del huerto detrás de Magdalena, y reunirse a las otras dos mujeres, anunciándoles lo que había sucedido. Se llenaron de sobresalto y de alegría al mismo tiempo, y no se atrevieron a entrar en el huerto. Casio, que había esperado un rato alrededor, pensando quizás ver a Jesús, fue a contarlo todo a Pilatos. Al salir, dijo a las santas mujeres todo lo que había visto, y las exhortó a que fueran a asegurarse por sus propios ojos. Ellas se animaron, y entraron en el huerto. Estando en la entrada del sepulcro, vieron dos ángeles vestidos de blanco con trajes sacerdotales. Las mujeres se asustaron; y cubriéndose los ojos con las manos, se prosternaron hasta el suelo. Pero un ángel les dijo que no tuvieran miedo; que no buscaran al Crucificado, porque había resucitado y estaba lleno de vida. Les enseñó el sitio vacío, les mando que dijeran a los discípulos lo que habían visto y oído; añadiendo que Jesús les precedería en Galilea, y que  debían acordarse de sus palabras: "El Hijo del hombre será entregado a las manos de los pecadores; lo crucificarán, y resucitará al tercer día". Entonces los ángeles desaparecieron. Las santas mujeres, temblando, pero llenas de gozo, se volvieron hacia la ciudad: iban conmovidas; no se apresuraban, y se paraban de cuando en cuando para mirar si veían al Señor o si Magdalena volvía.

Mientras tanto, Magdalena llegó al Cenáculo; estaba como fuera de sí, y llamó con fuerza a la puerta. Algunos discípulos estaban todavía acostados durmiendo; otros se hallaban levantados. Pedro y Juan abrieron. Magdalena les dijo desde afuera: "Han sacado al Señor del sepulcro; no sabemos adónde le han puesto". Después de estas palabras, se volvió corriendo al huerto. Pedro y Juan entraron en la casa, y dijeron algunas palabras a los otros discípulos; después la siguieron corriendo: Juan más de prisa que Pedro. Magdalena entró en el huerto, y se dirigió al sepulcro, conmovida de cansancio y de dolor. Estaba cubierta de rocío; su manto habíase desprendido de la cabeza y de los hombros, y sus largos cabellos se veían descubiertos y flotantes. Como estaba sola, no se atrevió a bajar a la gruta, y se paró un instante a la entrada. Se arrodilló para mirar dentro del sepulcro por entre las puertas, y al echar atrás sus cabellos, que le caían sobre la cara, vio dos ángeles vestidos de blanco sentados a las extremidades del sepulcro, y oyó la voz de uno de ellos que decía: "Mujer, por qué lloras?" Ella gritó en medio de su dolor (pues no veía más que una cosa, no tenía más que un pensamiento, a saber: que el cuerpo de Jesús no estaba allí: "Se han llevado a mi Señor, y no sé a dónde lo han puesto". Después de estas palabras, viendo el sepulcro vacío, se salió, y se puso a buscar acá y allá Le pareció que iba a encontrar a Jesús: presentía confusamente que estaba cerca de ella, y la aparición de los ángeles no podía distraerla: diríase que no veía que eran ángeles, y no podía pensar más que en Jesús. "¡Jesús no está allí! ¿A dónde está Jesús?" La vi errante de un lado a otro como una persona extraviada en su camino. El cabello le caía por ambos lados sobre la cara. Una vez tomó todo el pelo con las manos, y después lo partió en dos, echándolo atrás. Entonces, mirando a su alrededor, vio a diez pasos del sepulcro, al Oriente, en el sitio donde el huerto sube en dirección a la ciudad, aparecer una figura vestida de blanco entre los arbustos, a la luz del crepúsculo, y corriendo de ese lado, oyó estas palabras: "Mujer, ¿por qué lloras?" Ella creyó que era el hortelano; y, en efecto, el que la hablaba tenía una azada en la mano, y sobre la cabeza un sombrero ancho, que parecía hecho de corteza de árbol. Yo había visto bajo esta forma al obrero de la parábola que Jesús había contado a las santas mujeres en Betania poco antes de su Pasión. No estaba resplandeciente de luz; pero se parecía a un hombre vestido de blanco, visto a la luz del crepúsculo. A estas palabras: "¿A quién buscas?" Ella respondió: "Si tú lo has tomado, dime donde está, y yo iré por Él". Y en seguida se puso a mirar en derredor. Entonces Jesús le dijo con el timbre habitual de su voz: "¡María!" Ella conoció el acento, y, olvidando la crucifixión, muerte y sepultura, le dijo como otras veces: ¡Rabboni! (Maestro)". Se puso de rodillas, y extendió los brazos a los pies de Jesús. Más el Salvador, deteniéndola, le dijo: "¡No me toques, pues aún no he subido hacia mi Padre! Vete a decir a mis hermanos que subo hacia mi Padre y el suyo, hacia mi Dios y el suyo". Y  desapareció.

Supe por qué Jesús había dicho: "¡No me toques!"; pero no me acuerdo bien distintamente. Yo pienso que hablo así a causa de la impetuosidad de Magdalena, demasiado absorta en el pensamiento de que vivía de la misma vida que antes, y creía que todo estaba como antes. En cuanto a las palabras de Jesús: "Todavía no he subido hacia mi Padre", me fue explicado que no se había presentado aún a su Padre después de su Resurrección, y que todavía no le había dado gracias por su victoria sobre la muerte y por la obra cumplida de la Redención. Fue lo mismo que decir que las primicias de la alegría pertenecían a Dios; que ella debía primero volver en sí y dar gracias a Dios por el cumplimiento del misterio de la Redención, pues había querido besar sus pies como antes; no se acordó más que de su amado, y olvidaba con la violencia de su amor el milagro que tenía ante sus ojos. Magdalena, después de la resurrección del Señor, se levantó de prisa, y, como si hubiese visto un sueño, corrió otra vez al sepulcro. Vio sentados a los dos ángeles, que le dijeron lo que habían dicho a las otras dos mujeres sobre la resurrección de Jesús. Entonces, segura del milagro y de lo que había visto, busco a sus compañeras, y las encontró en el camino que conduce al Gólgota. Ellas andaban errantes, llenas de temor, esperando la vuelta de Magdalena, y con vaga esperanza de encontrar a Jesús en alguna parte. Toda esta escena no duró más que dos minutos. Podían ser las tres y media de la mañana cuando el Señor se le apareció, y apenas salía del huerto cuando Juan entraba, y después Pedro. Juan se paró a la entrada del sepulcro; miro por la puerta entreabierta y vio el sepulcro vacío. Pedro llego entonces, y bajo a la gruta, adonde vio los lienzos doblados, como se ha dicho. Juan lo siguió; y a esta vista creyó en la Resurrección. Lo que Jesús les había dicho, lo que estaba en las Escrituras, veíanlo claro: y hasta entonces no lo habían comprendido. Pedro tomo los lienzos bajo su capa, y se volvieron corriendo.

Yo he visto el sepulcro con ellos y con Magdalena, y siempre he visto los dos ángeles sentados a la cabeza y a los pies, como en todo el tiempo que Jesús estuvo en el sepulcro. Me parece que Pedro no los vio. Más tarde vi a Juan decir a los discípulos de Emaús, que mirando desde arriba, había visto un ángel. Quizás el espanto que le causo esta visión fue causa de que dejase a Pedro pasar adelante, y quizás no habla de ello en el Evangelio por humildad, por no decir que había visto más que Pedro.

Entonces vi a los guardias levantarse y recoger sus picas y sus faroles. Estaban aterrados: salieron pronto del huerto, y llegaron presto a la puerta de la ciudad. Mientras tanto Magdalena se juntó con las santas mujeres, y les contó que había visto al Señor en el huerto, y después a los ángeles. Sus compañeras le respondieron que ellas también habían visto a los ángeles. Entonces Magdalena corrió a Jerusalén, y las mujeres se volvieron al huerto, pensando, sin duda, encontrar a los dos apóstoles. Al acercarse, Jesús se les apareció, vestido de blanco, y les dijo: "Yo os saludo". Ellas se echaron a sus pies, mas Él les dijo algunas palabras, y parecía indicarles algo con la mano, y desapareció. Entonces corrieron al Cenáculo, y contaron a los discípulos que habían visto al Señor. Estos no querían creer ni a ellas ni a Magdalena, y calificaron cuanto les decían de sueños de mujeres, hasta la vuelta de Pedro y de Juan.

Al volverse Juan y Pedro, encontraron a Santiago el Menor y a Tadeo, que los habían seguido, y estaban muy conmovidos, pues el Señor se les había aparecido cerca del Cenáculo. Yo había visto a Jesús pasar delante de Pedro y de Juan, y me parece que Pedro lo vio, pues me pareció haber sentido un terror súbito. No sé si Juan lo conocería.


Relación de los guardias del sepulcro

Casio fue a ver a Pilatos una hora después de la Resurrección. El gobernador romano estaba aún acostado, y mando entrar a Casio. Le contó con grande emoción todo lo que había visto: le habló de la conmoción de la peña, de la piedra alzada por un ángel, y de los lienzos allí aislados en que Jesús fuera envuelto; añadió que Jesús era ciertamente el Mesías, el Hijo de Dios, y que había resucitado verdaderamente. Pilatos escuchó esta relación con terror secreto; pero, sin demostrarlo, dijo a Casio: "Tú eres un supersticioso; has hecho una necedad en ponerte cerca del sepulcro del Galileo; sus dioses se han apoderado de ti, y te han hecho ver todas esas visiones fantásticas: te aconsejo que no cuentes eso a los príncipes de los sacerdotes, porque podría costarte caro". Hizo como si creyera que el cuerpo de Jesús había sido escondido por los discípulos, y que los guardias contarían la cosa de otro modo, sea por excusarse de su negligencia, o ya por haberse dejado engañar con hechizos. Habiendo hablado así, Casio salió, y Pilatos fue a sacrificar a sus dioses.

Presto vinieron cuatro soldados a hacer la misma relación a Pilatos; más no se explicó con ellos, y los mando a Caifás. Vi parte de la guardia en un gran patio cerca del templo, donde se habían juntado muchos judíos ancianos. Después de algunas deliberaciones, tomaron a los soldados uno por uno, y a tuerza de dinero o de amenazas, los forzaron a que dijeran que los discípulos se habían llevado el cuerpo de Jesús mientras dormían. Los soldados respondieron que sus compañeros, que habían ido a casa de Pilatos, podrían desmentirlos, y los fariseos les prometieron que lo compondrían todo con el gobernador. Más cuando los cuatro guardias llegaron, no quisieron negar lo que habían dicho en casa de Pilatos. Se había extendido la voz de que José de Arimatea había salido milagrosamente de la prisión: y como los fariseos daban a entender que esos soldados habían sido sobornados para dejar llevar el cuerpo de Jesús, éstos respondieron que ni ellos podían presentar su cuerpo, ni los guardias de la prisión podían presentar a José de Arimatea. Perseveraron en lo que habían dicho, y hablaron tan libremente del juicio inicuo de la antevíspera y del modo como se había interrumpido la Pascua, que los pusieron en la cárcel. Los otros esparcieron la voz de que los discípulos se habían llevado el cuerpo de Jesús, y este embuste fue extendido por los fariseos, los saduceos y los herodianos, y divulgado por todas las sinagogas, acompañándolo de injurias contra Jesús.

Sin embargo, la intriga no tuvo efecto generalmente, pues después de la resurrección de Jesús, muchos justos de la ley antigua se aparecieron a multitud de sus descendientes que eran capaces de recibir la gracia, y los excitaron a que se convirtiesen a Jesús. Muchos discípulos, dispersados por el país y atemorizados, vieron también apariciones semejantes, que los consolaron y los confirmaron en la fe.

La aparición de los muertos que salieron de sus sepulcros después de la muerte de Jesús, no se parecía en nada a la resurrección del Señor. Jesús resucitó con su cuerpo renovado y glorificado, que no estaba sujeto a la muerte, y con el cual subió al Cielo en presencia de sus amigos. Mas esos cuerpos que habían salido del sepulcro eran cadáveres sin movimiento, dados por vestido a las almas que de ellos se cubrieran, para volverlos a dejar en la tierra hasta que resuciten, como nosotros todos, el día del juicio. Estaban menos resucitados que Lázaro, que vivió realmente y murió por segunda vez.


Visiones y revelaciones de la Ven. Ana Catalina Emmerick Tomo XI – Ed. Surgite176-184.



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