San Juan Bautista

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jueves, 9 de agosto de 2018

Sobre Victorias y Derrotas – Antonio Caponnetto





         Si los buenos cristianos y los buenos patriotas –que está visto quedan aún en la Argentina- necesitan un día de fiesta, pues que ese día sea ayer, 8 de Agosto de 2019,o tal vez hoy, el día siguiente al rechazo del aborto en la sesión del Senado.


         No seremos nosotros los agroicos o aguafiestas. Que suenen bombas de estruendo, se enciendan fuegos de artificio y se den gracias al Cielo. Sobre todo esto último, que mucha falta nos hace. Que quienes tanto se esforzaron por argüir y obrar rectamente tengan su merecida confortación.


         Nuestro análisis sin embargo –dolorosa y respetuosamente lo decimos- difiere del de los festejantes.


         En primer lugar porque tiene razón Macri cuando dijo que cualquiera fuese el resultado de las votaciones de ayer, la ganadora era la democracia. La democracia, en efecto, impuso sus pautas, ritmos, criterios, tiempos y modos. Dominó la escena todo el tiempo, secuestró las voluntades y las inteligencias de la ciudadanía, obligó a que se le pagara tributo y se le arrojara incienso, tomó examen a los expositores, igualando la opinión del sabio con la del caníbal, la de la madraza con la de la ramera, la del científico probo con la del guarro patán; y probó lo que quería probar: todo es debatible; todo puede ser obligado a pasar por la criba de la ley del número; todo es susceptible de ser sometido a la inexorable voluntad de las mayorías. ¡Todo, entiéndase! Hoy el asesinato de criaturas, mañana la existencia de Dios. Y no se tome esto último como metáfora retórica, puesto que ayer, entre el verderío infame que poblaba la Plaza del Congreso, hacían filas para apostatar, convocados formalmente por una agrupación que se dedica a tamaña estulticia. ¿Cuál puede ser el impedimento de llevar a los escaños del parlamento la votación acerca de la existencia o inexistencia de Nuestro Padre?


         Que Macri tenga razón en lo que dijo significa dos cosas. La primera que se trata de un inmenso, gigante, sórdido y unánime hideputa. La segunda, que la democracia es una perversión inherente, de cuño demoníaco. Sí; demoníaco, no menos; pues su sustento primero y último es la sustitución de la Soberanía de Cristo por la Soberanía del Pueblo.


         Por siete votos y hasta no mucho más allá del 1 de marzo del 2019, el aborto no será legal; excepto en los casos en que ya lo es sin que muchos se den cuenta, o en los casos en que sea ampliada su despenalización, cosa que sucederá casi de modo inminente. Este es el patético y trágico triunfo de  ayer, más allá de las hipérboles naturales y sobrenaturales de tantos piadosos y admirables corazones. Siete votos, durante un par de meses, hasta que sean sustituidos por otros dígitos, otros guarismos o porcentajes.


         Si esto se toma como una victoria analogable a Lepanto u a otras batallas mitológicas o reales de la Cristiandad, alguien está necesitando pronto un baño de realismo, o un repaso de la historia universal. Si este civilizado disenso de los siete senadoritos –sin osar escupir ninguno de ellos  el rostro masónico de la corrección política- los convierte en valientes senadores, pues devaluada y flaca anda la fortaleza. Buscar causales místicas o épicas donde no las hay, es tan grave como negar ambos factores cuando realmente existen y, sobre todo, cuando realmente hacen falta. Tenemos una involuntaria experiencia al respecto.


         En paralelo al degenerado Macri, el funcionario eclesial Poli coronaba su homilía vespertina diciendo: “El debate parlamentario sobre la legalización del aborto ha sido un saludable ejercicio de la democracia”. Y tiene razón. Si algo vigorizó, tonificó y dio salud a la democracia fue el desfile incesante de quienes le rendían pleitesía y validaban su legitimidad, esperando prolijamente el veredicto de las cámaras parlamentarias, y calculando los sufragios uno a uno. Por cierto que fue un saludable ejercicio de la democracia; como la fornicación múltiple es un saludable ejercicio del aparato sexual y el latrocinio serial otro saludable ejercicio del hábito rapiñero.


         Que Poli tenga razón, y que en su sesera de módico heresiarca, la acción de poner en debate si la Ley de Dios se pueda violar o acatar, según los votos fluctuantes, sea una acción saludable, prueba lo que ya sabíamos. Que se trata de un reverendo felón, de un cobarde sin atenuantes, de un ignorante culposo y de un pastor insensato que se pastorea a sí mismo. Como el Focito que imaginara Hugo Wast o el Panchamplas de Castellani, sólo le rinde culto a la deidad monstruosa del demos pero no al Dios Uno y Trino.


         A grupas de Poli, la Comisión Ejecutiva de la Conferencia Episcopal Argentina, acaba de sacar un nuevo comunicado –hoy, jueves 9 de agosto, mientras escribimos estas líneas- titulado nuevamente “Vale toda Vida”, para refocilarse con la constatación de que “el diálogo ecuménico e interreligioso ha crecido en este tiempo”; aclarando que han “participado del debate sin considerar enemigos a quienes pensaran distintos”. Lo cual también es cierto. Y ratifica vergonzosamente la prueba de que para estos turiferarios del Régimen, quienes son servidores del Mundo, del Demonio y de la Carne, ya no deben considerarse enemigos, como fue siempre enseñanza de la Iglesia, sino amables contertulios en la amplia y frondosa mesa del sistema liberal.


         Bergoglio escuchará sus deseos y les modificará en breve el Catecismo; y en adelante todo católico que tenga por enemigos públicos de la Cruz a quienes así desembozadamente se exhiben, del modo más agresivo e infernal, será tenido por un pecador contra el Undécimo Mandamiento: Amar el diálogo ecuménico por sobre todas las cosas.


         Para que este breve y provisorio análisis sea justo, dos cosas más necesitamos decir. Y a ambas le atribuimos especial importancia.


         La primera es que no se nos escapa la cantidad y calidad de bienes concretos que han desplegado en estos dos largos meses de campaña los llamados sectores providistas. Siempre que marcamos matices diferenciadores con ellos, nos preocupamos simultáneamente por dejar a salvo la bondad de sus intenciones y el sacrificio de sus conductas. Tememos incurrir en omisiones si intentáramos una lista de esos bienes y bienhechores. Pero ayer, en las calles de Buenos Aires, bajo un clima espantoso, pudimos constatar con gozo ese espíritu y aún ese cuerpo.


         Curas, laicos, chiquillos, críos, familias, profesionales, jóvenes, adultos, gauchos, malvineros, provincianos curtidos, trinitarios fieles, parroquias, instituciones, colegios. La más amplia y lícita diversidad de los sectores sociales se hizo presente. A pesar del aparato oficial abortero y de las poderosas usinas internacionales que lo sostienen. A pesar de la promoción  coactiva del crimen, de la contranatura y del satanismo. A pesar de los mil pesares, se hicieron presente, para defender el sentido común: hay vida humana inocente dentro de un vientre materno fecundado por un padre. Nadie puede segarla sin ser llamado asesino.


         Este esplendor del sentido común, acompañado del despliegue de una devoción religiosa tan simple cuanto robusta, es, a nuestro juicio, la única victoria profunda y seria y esperanzadora que se puede apuntar como tal. Que no es de poca monta. El triunfo no es que no fue ley lo que podrá serlo mañana, cuando los malditos y fluctuantes votos, cambién de urnas. El triunfo no es que el aborto no haya sido legalizado, porque acabará por serlo, de un modo velado o frontalmente. El triunfo no es, insistimos, que se participó y se ganó; porque participar de las reglas de juego del burdel es decirle a las madamas y a los proxenetas que sus actividades son respetables.


         El triunfo es que toda la inmundicia partidocrática, la fetidez democrática y la nauseabunda marea feminista –impuestas coactivamente desde las redes sociales, con el empuje principal de la intelligentzia judaica- no hayan logrado extirpar por completo los vestigios de la sensatez y de la piedad. Esos vestigios deben ser alimentados y en lo posible acrecentados, con un gran esfuerzo pedagógico y apologético sostenido y solvente. De lo contrario, la ya extendida marea de la putrefacción ideológica acabará imponiéndose aún sobre estos vestigios o huellas de genuina salud nacional.


         Y llegamos a lo segundo y postrero por decir, al menos en este apunte redactado a tambor batiente. Hablamos de la perentoriedad y de la urgencia de un gran esfuerzo pedagógico y apologético sostenido y solvente. La experiencia nos dice que da frutos abundantes y benditos; y que si no hubiera modo de faltar a la modestia al enunciarlos, este sería el momento de pormenorizarlos al proverbial son del Non nobis. Del mismo modo, si no hubiera modo de quebrar la discreción al decirlo, este sería también el momento para narrar las peripecias y las cruces que tal tarea nos significó.


         Dimos la cara. Pusimos siempre nuestros nombres y apellidos. No nos quedamos de brazos cruzados detrás de ninguna pantalla, pues ni siquiera existían cuando nos lanzamos al ruedo. Fuimos y vinimos sin descansos por todas partes, llevando la luz heredada de los maestros. Lo perdimos todo. Nos reservamos nada. Nos gastamos y desgastamos. Y seguimos en batalla, malheridos, casi lisiados. Viejos, ¡vaya desdoro en tiempos de efebías quirúrgicas!


         Quienes desde hace cuatro décadas largas venimos intentando cooperar con esta iniciativa testimonial y docente, dejando en el camino jirones del propio cuero, somos acusados –no más que por un grupúsculo de anónimos y cobardes escribientes, es cierto- de inmovilistas o de abstencionistas por los recientes descubridores de la pólvora de las movilizaciones callejeras o políticas. Si fuera por ellos tendríamos que estar afiliándonos en masa a algún partido providista, que sin duda ya se le ocurrirá a algunos formar.


         Buscarán insensatamente la legitimación democrática, que es la única que no nos sirve. Porque si sentamos el precedente de que está bien festejar y aceptar que el aborto no es ley por siete votos en contra del mismo, mañana habrá que aceptar sumisos lo contrario, si esos siete o setecientos mil votos revierten su destinatario. La razón del número es siempre la más enclenque, la más fluctuante, la más fugaz y tornadiza.


         No somos inmovilistas ni abstencionistas, quede dicho. Y aunque se escandalicen los timoratos, les sobrevenga algún soponcio a los burgueses y nos censuren los flojos de tabas, seguiremos diciendo que si hay guerra – y la hay- más quisiéramos poder imitar el ejemplo de Godofredo de Bouillón que el de los rockeros evangelistas, el de los católicos ghandianos o el de los partidócratas del toda vida vale.


         No hay bravata alguna en este anhelo bélico que manifestamos. Porque no nos estamos proponiendo como modelo de una capacidad que no tenemos, sino como predicadotres de un deber ser paradigmático, al que nunca se debe renunciar. Mucho más que lo que el hombre ha sido, lo que el hombre ha querido ser, da la pauta de lo que el hombre es. Y lo que el hombre ha querido ser ya no es lo mismo, si ese querer ser lo marcan los demócratas que los Caballeros Cruzados.


Antonio Caponnetto



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

miércoles, 8 de agosto de 2018

Orden Natural y Aborto – Waldemar Nicolás Garro




     La mujer por naturaleza tiene la facultad fisiológica de darle en su vientre materno todos los cuidados necesarios para el correcto desarrollo al niño que está por nacer. Todo ser humano desde la concepción empieza un proceso de formación fisiológico continuo (continuo porque la única aportación genética se recibe en el momento de la concepción y se mantiene hasta el día de su muerte no ninguna nueva aportación genética), que prosigue hasta después del nacimiento. Por ende, los que inventan las falsas distinciones entre feto y embrión arguyendo que al embrión inicial le falta desarrollo, deberían saber que hasta después del nacimiento el ser humano sigue el proceso formación continuo hasta los 18 años. Recién a los siete años se instalan las conexiones cerebrales del razonamiento; a los quince la maquinaria químico-eléctrica alcanza su pleno funcionamiento.

     Por lo tanto matar un embrión por falta de desarrollo, también podría asesinar a un joven a los 17 años y 11 meses por la misma razón.

     Además la madre también experimenta un importante cambio, tanto físico como psíquico debido a las hormonas gestacionales, produciendo cambios como por ejemplo en la capa interina del útero. Terminar con este desarrollo (terminar, no interrumpir, el proceso no se vuelve a reanudar), tiene consecuencias físicas gravísimas tanto para la mujer como para el niño.

     Esta es la naturaleza del ser humano, este proceso es necesario en cada uno de nosotros. Esto es ORDEN NATURAL. No respetar este orden es ir en contra de la naturaleza misma. Los partidarios de la muerte deben saber que su enojo es con la naturaleza.

     La Iglesia Católica defiende la vida por Orden Natural, no porque fuese un dogma o una idea, sino porque Dios mismo dejó impregnada su Santa Voluntad en las cosas creadas, por esa razón la Iglesia respeta esta naturaleza.

     Pero el conocimiento de la existencia de este Orden no tiene origen en la cultura y civilización cristiana, sino mucho tiempo antes que la Encarnación de Cristo. Los pueblos de la antigüedad participaban de la convicción de que existe un orden natural y que es el principio de regulación de los actos humanos, puede verse la Antífona de Sófocles, heroína del derecho natural, hay leyes de origen divino que deben ser respetadas por los gobernantes. Homero, Cicerón y hasta el código de Hammurabi (1700 aC), entre tantos otros, reconocían la presencia de esta verdad natural.

     Las normas de derecho positivo, es decir aquellas que no pueden ser deducidas de la naturaleza humana, como por ejemplo de qué lado de la calle debe conducir un automóvil, también es necesaria y se complementan mutuamente con la ley natural por ende resulta que la ley positiva debe ser fundada en esta ley natural, caso contrario daría inicio a lo que conocemos como injusticia.

     Gracias al ejercicio de la razón, el hombre puede descubrir con certeza que posee ciertas tendencias naturales que brotan dentro de su ser, por ejemplo vivir en sociedad, usar bienes materiales, proteger y conservar la vida. El respeto a estas inclinaciones naturales es indispensable para alcanzar la felicidad o perfección personal. De aquí se desprende los diversos derechos esenciales de la persona humana. Y evidentemente estos derechos poseen una jerarquía, si no hay vida (derecho primero) es imposible, por ejemplo, tener libre disposición de bienes.

     Es importante destacar que estos derechos naturales poseen las siguientes características:

-         Es universal. Rige a todos los hombres ya que poseen la misma naturaleza.
-         Es cognoscible. Es alcanzable por el conocimiento del hombre.
-         Es inmutable. Más allá de los contextos y culturas, siempre las leyes positivas deben subordinarse a la ley natural. De no ser así deben ser abolidas, ya que la ley natural perdura siempre.

     A comienzos de marzo del 2018 el presidente de la República Argentina llamó a un “debate maduro y responsable” sobre la legalización del aborto, a pesar de haber declarado en el 2016: “Defiendo la vida desde la concepción hasta la muerte”. La vida desde la concepción, como bien se postuló en el presente artículo, es una verdad natural que no puede entrar en discusión. Es querer debatir si el fuego quema o la lluvia moja. Para la ciencia no hay margen a la duda, hay vida desde la concepción. Razón por la cual el presidente de Uruguay en su anterior gestión, médico y declarado agnóstico, vetó la ley que legalizaba el aborto en su país ya que no es un “acto médico” y optó por “salvar las dos vidas”.

     Para todo profesional de la salud, vida humana, ser humano y persona es lo mismo. No hay distinción, es un ser que ha llegado al mundo en un instante determinado. La distinción de estos términos no tiene lugar en la biología. Por lo tanto, los médicos y científicos a favor del aborto, son conscientes de la eliminación de una nueva vida. Podría destacarse el caso del judío Alberto Kornblith, biólogo argentino, que en su última exposición en el Senado reconoció que hay vida desde la concepción pero también que “la mujer tiene que tener la opción y derecho a interrumpir el embarazo prematuramente de lo contrario se convierten en esclava de su embrión”. Al parecer sus razones para eliminar una nueva vida si son “convicciones religiosas o filosóficas” más que naturales.

     La misma Academia Nacional de Medicina ha realizado su declaración reconociendo “Que el niño por nacer, científica y biológicamente es un ser humano” (https://www.acamedbai.org.ar/declaraciones/02.php).

     La ideología liberal y progresista emboscada de expresiones tan ambiguas como “derecho a decidir” propone de manera clara el exterminio masivo de niños como un “derecho fundamental”.

     La autonomía de la voluntad y una libertad de conciencia desarraigada han llevado a negar el concepto mismo de naturaleza. Promover esta ley es ir en contra la justicia, es traicionar a la misma Patria, es aceptar la mentira en lugar de la Verdad. Tristemente atravesamos el momento de decadencia moral más grande de toda la historia, donde la madre quiere matar a su propio hijo. Está en nosotros y con la ayuda de Nuestra Señora de Luján, patrona de estas tierras, impedirlo.

Waldemar Nicolás Garro


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lunes, 6 de agosto de 2018

Lo Indebatible - Antonio Caponnetto



“¿Cómo os representáis el siglo XII; el pasaje de la sensibilidad románica a la gótica? ¿Pensáis que esto haya sido discutido? ¿Pensáis que se haya votado por el arte románico o el gótico? , ¿que se hayan debatido los ábsides, ya redondos, ya poligonales? La Historia no procede democráticamente”.
Gottfried Benn
  


¿Quién debatió las tierras separadas del agua,
el sol en el poniente y el trueno tras el rayo,
quién sufragó los sones del campanario antiguo,
las horas monacales, las sandalias y el sayo?


¿Quiénes deliberaron si la nieve era blanca
sobre la cresta altiva del macizo fragoso,
quiénes creyeron justo contender sobre el vino
brotado de las viñas, del lagar jubiloso?


¿Cuándo se litigó que el trigal nos da panes,
qué en pleamar la luna tiene lumbre de cirio,
que estallan las colmenas con el dulzor de mieles,
que el bastón del Patriarca amaneció hecho lirio?


¿Cuándo plebiscitaron los volcanes rugientes,
los vientos que apalean molinos campesinos,
cuándo los parlamentos, cubiles de sicarios
decidieron que hay ruanos, tordillos o barcinos?


¿Cómo habrá controversia sobre el hombro del padre,
cómo sobre la madre con su eterna preñez,
cómo armarán comicios que decidan los ritmos
de la infancia en la hamaca, de la mansa vejez?


¿Cómo, al fin, por sondeos, por recuentos de cifras,
podrán fundar un árbol sin savia ni raíces,
cómo se delibera la flor cayendo a un río,
el olor a retama, a trébol y a barnices?


Nada grande en la vida se somete a elecciones,
mucho menos la Vida que mató nuestra muerte,
no rendirá la tierra sus casas solariegas:

¡Dios esté con nosotros, que la Patria despierte!


Antonio Caponnetto                                  


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domingo, 5 de agosto de 2018

¿Quién persigue a la Iglesia Católica por odio y envidia? - Padre Hernán Vergara



Ave María Purísima, sin pecado original concebida.
  

El presente estudio es utilizado únicamente con FINES INFORMATIVOS.


1.- “Los judíos que en vida de Jesucristo resolvieron arrojar de sus sinagogas a cuantos le tuviesen por Mesías (San Juan IX, 22), y que después con tan bárbara fuerza procuraron su muerte, no se enfurecieron menos contra sus discípulos, y contra la extensión de su Iglesia. Hemos visto la crueldad con que mataron a San esteban, y persiguieron desde entonces a la Iglesia naciente.” Don Félix Amat, Tratado de la Iglesia de Jesucristo o Historia Eclesiástica, tomo III, cap. 1, página 3; año 1806.


2.- “Y hasta en el siglo tercero atropellaban en las mismas sinagogas con azotes y apedreadas a las mujeres cristianas siempre que podían: las maldecían públicamente en sus sinagogas tres veces al día, los rabinos prohibían hablar con los cristianos, y oír sus exhortaciones, había judíos que preferían la muerte a ser curados milagrosamente por los cristianos”. Don Félix Amat, Tratado de la Iglesia de Jesucristo o Historia Eclesiástica, tomo III, cap. 1, página 4; año 1806.


3.- “No contentos los judíos, como dice San Justino (Dial. N. 17. 138), con perseguir ellos mismos a los cristianos, quisieron hacerse reos de las persecuciones que se les suscitaron por todo el mundo, haciéndolos odiosos con las terribles calumnias, que esparcieron por toda la tierra. De común acuerdo enviaron algunos diputados por todo el orbe con el encargo de publicar en todas partes, que se había levantado una nueva secta, llamada de los cristianos, la que abrazaba el ateísmo y destruía todas las leyes. Que su autor era un tal Jesús de Galilea, quien por sus imposturas había sido condenado a morir en la cruz, y que sin embargo sus discípulos, habiendo de noche robado su cuerpo del sepulcro, alucinaban a las gentes diciendo que había resucitado, y se había subido al cielo. Por último, que la doctrina que se publicaba como de Jesús era impía, detestable, sacrílega. Así procuraron conmover a todo el mundo contra los que reconocían a Jesús por su Señor y por Hijo de Dios. Y añade el mismo Santo que todas las calumnias que se han publicado después contra los cristianos, son dimanadas de estas primeras que esparcieron los judíos.” Don Félix Amat, Tratado de la Iglesia de Jesucristo o Historia Eclesiástica, tomo III, cap. 1, página 4; año 1806.


4.- “Orígenes asegura  (Orig. In Cel. VI n. 27.), que las ficciones que los judíos inventaron desde el principio de la Iglesia, para hacerla odiosa a todo el mundo, se había arrojado de tal manera que no estaba del todo borradas doscientos años después. También Tertuliano atribuye a los judíos las falsedades con que entonces se procuraba desacreditar nuestra fe y nuestra conducta; y dice que ellos son los autores de la mala idea que los paganos tienen de nuestra religión (Tert. In Marc. III c. 23).” Don Félix Amat, Tratado de la Iglesia de Jesucristo o Historia Eclesiástica, tomo III, cap. 1, página 5; año 1806.


5.- “Los judíos querían figurarse, que persiguiendo de muerte y procurando difamar a los cristianos, hacían un particular obsequio a Dios, y que obraban por puro celo de conservar su ley y sus ceremonias.” Don Félix Amat, Tratado de la Iglesia de Jesucristo o Historia Eclesiástica, tomo III, cap. 1, página 5; año 1806.


6.- “Las atroces calumnias que los judíos esparcieron contra los cristianos, fueron causa de que desde el principio el pueblo gentil y sus magistrados los tuvieran por reos de toda maldad. Con esta preocupación, y facilidad con que se creen y extienden los rumores de cosas malas, se suponían comunes a todos los cristianos los particulares delitos de que era acusado alguno de ellos, o de que eran convencidos algunos herejes de los que desde entonces infestaron la Iglesia. Así los gentiles llegaron a figurarse que los dioses afligían al imperio romano porque toleraba a los cristianos, y atribuyeron a estos todas las calamidades públicas. Si el Tiber, dice Tertuliano [Apol. C.4 c.2], sube a los muros, si el Nilo no inunda los campos, si no llueve, si hay terremoto, hambre, peste, luego: cristianos a los leones.”. Don Félix Amat, Tratado de la Iglesia de Jesucristo o Historia Eclesiástica, tomo III, cap. 2, página 49; año 1806.


7.- “Sé tú tribulación, y tu pobreza, más rico eres: y eres blasfemado por aquellos, que dicen que son judíos, y no lo son, más son sinagoga de Satanás. No temas ninguna de estas cosas que has de padecer. He aquí el diablo ha de echar a la cárcel a algunos de vosotros, para que seáis probados.” Apocalipsis II, 9.


8.- “Los discípulos se dividieron por el mundo predicando, como se lo mandó Dios su maestro. Estos padecieron gustosamente muchas persecuciones de los judíos por la fe”. Apología contra los gentiles, página 103, año 1789, de Quinto Septimio Florente Tertuliano, presbítero de Cartago, traducida por el Illmo. Fr. D. Pedro Manero, Obispo de Tarazona, con licencia eclesiástica.


9.- “Los impíos judíos de Jerusalén, viendo los prodigiosos progresos que hacia el Evangelio en tan poco tiempo, enviaron diputados a todas partes donde había gente de su nación para avisarles que había nacido entre ellos una secta nueva, que reconocía a Jesús de Nazaret por el Mesías prometido por los Profetas; que este Jesús era Galileo y un engañador, a quien habían quitado la vida en una cruz; pero que habiendo llegado de noche sus discípulos quitaron su cuerpo del sepulcro donde había sido puesto; que estos engañaban el mundo, diciendo que había resucitado y subido al cielo [Así pinta el Talmud Babilónico y los demás libros de los judíos]...”. Don Juan Joseph Heideck, Defensa de la religión cristiana, año de 1798, tomo IV, página 10.


10.- “Las sinagogas son los puntos de donde salen las persecuciones de los cristianos.” Tertuliano, Scorpiase y Ad Nationes.


11.- “Las persecuciones contra los cristianos se deben a la instigación de los demonios, que odian la verdad y la virtud.” Segunda apología de San Justino, Patrología, Prof. Johannes Quasten, tomo 1, página 201, Editorial BAC.


12.- “La malicia, la ceguedad, y la ignorancia de sus padres había causado que crucificasen al glorioso Redentor del mundo, y derramasen la sangre más preciosa del cordero sin mancha; y estas mismas movieron en varias ocasiones, y mueven todavía, a la perversa y pérfida posteridad de aquellos abominables, sacrílegos e impíos judíos a que matasen a varios de los fieles del Salvador, y derramasen la sangre de los que creen en Jesucristo, creyendo de este modo apagar la llama de la ira que tienen contra el glorioso Fundador del Evangelio que tanto los amaba.” Don Juan Joseph Heideck, Defensa de la religión cristiana, año de 1798, tomo IV, Carta primera, página 176.


13.- “Mientras los apóstoles, siguiendo la voluntad divina, permanecían en Jerusalén, los discípulos de Cristo, ahuyentados por la terrible persecución judía, se esparcieron por varios distritos de Judea y Samaria. Hechos VIII, 1.” Historia de la Iglesia Católica, Llorca, Villoslada, Laboa; Tomo 1, página 72. Editorial BAC.


14.- “Ahora bien, los judíos, después de la ascensión de nuestro Salvador, culminaron su crimen contra él con la concepción de innumerables maquinaciones contra sus apóstoles. El primero fue Esteban, el cual aniquilaron con piedras; luego Jacobo, hijo de Zebedeo y hermano de Juan, que fue decapitado; y finalmente Jacobo, el que fue escogido en primer lugar para el trono episcopal de Jerusalén, después de la Ascensión de nuestro Salvador, y que murió del modo mencionado. Todos los demás apóstoles fueron amenazados de muerte con innumerables maquinaciones, y fueron expulsados de Judea y se dirigieron a todas las naciones para la enseñanza del mensaje con el poder de Cristo, que les había dicho: Id, y haced discípulos a todas las naciones.”  Eusebio de Cesarea, Historia de la Eclesiástica, L. 3, C.5,2.


15.- “La frecuencia con que se veían cristianos en juicio público, comúnmente acusados solo de su fe, y que, si tal vez se les culpaba de otros delitos, nunca quedaban probados, a pesar del odio de jueces, testigos y pueblo, era para los fieles un argumento muy eficaz para desvanecer las calumnias con que los judíos y gentiles procuraban infamarlos.” Don Félix Amat, Tratado de la Iglesia de Jesucristo o Historia Eclesiástica, tomo III, página 255; año 1806.


16.- San Agustín: “se hallan igualmente escritas en los libros que nos conservan los judíos, enemigos de los cristianos… De suerte, que si los judíos son nuestros enemigos en el corazón, con sus escritos nos favorecen, y siempre nos servirán de testigos irrecusables.” Pbro. De Tricalet, Biblioteca portátil de los padres y doctores de la Iglesia, tomo VII, página 221, año 1791.


17.- “El judaísmo desfiguró la imagen histórica de Cristo, diciendo que era hijo de una mujer adúltera, que era un sector y que fundó una secta impía; pero jamás puso en duda el carácter histórico de su existencia.” Talmud Bab. Sanedrín, f.43 a. F67, a.


18.- “En estos últimos siglos sus rabinos publicaron varias obras contra la Religión Cristiana: en estas combatían las verdades del Evangelio (la cuales también contienen su Talmud y sus libros antiguos) no por medio de la razón, sino por medio de ficciones y falsedades, inventando hechos del todo nuevos contrarios a sus propios libros antiguos, opuestos a la razón natural, y aun contra la misma Sagrada Escritura del viejo Testamento: de suerte que cada una de estas obras llevan consigo su propia confutación, y desde luego manifiestan el espíritu de la mentira, y de la abominación e impiedad que contienen.” Don Juan Joseph Heideck, Defensa de la religión cristiana, año de 1798, tomo IV, Carta primera, página 181.


19.- “El cristianismo tuvo que defenderse contra dos enemigos exteriores: el judaísmo y el paganismo.” Patrología, Prof. Johannes Quasten, tomo 1, página 251, Editorial BAC.

20.- “Los judíos no cristianos odiarán más y más a los cristianos a quienes tendrán por renegados de su Dios y de su Patria. En todo el imperio las sinagogas serán centros de odio y de persecución.” Historia de la Iglesia Católica, Daniel Olmedo, SJ, Editorial Porrúa.


21.- “Más los judíos tenaces en sus odios y rápidos en sus decisiones, no se dieron por satisfechos. Como habían hecho diversas veces en Jerusalén, soliviantaron a multitud de señoras y caballeros de distinción y organizaron una verdadera persecución contra los predicadores de Cristo, a quienes lograron al fin arrojar fuera de la ciudad.” Historia de la Iglesia Católica, Llorca, Villoslada, Laboa; Tomo 1, página 86. Editorial BAC.


22.- “Pero, sobre todo, hallaban los cristianos oposición decidida en el judaísmo ortodoxo de la Palestina de entonces, oposición que se fundaba en el más profundo odio a los renegados que se había desligado del sábado y seguían predicando como Mesías al que había sido clavado en cruz por los judíos –Historia de la Iglesia, Eusebio, 3, 27, 5-. Según testimonio de Justino –Dial. 133, 6-, no sólo se nutría a conciencia este odio en las sinagogas de Palestina, sino que inspiraba también una fuerte contracción misional; de Palestina enviaban por su parte los judíos ‘hombres escogidos’ que se opusieran a la expresión de la fe cristiana por dondequiera, pero señaladamente sin duda en los centros de gravedad de la diáspora judía. De sectores palestinenses hostiles al cristianismo salió también la denuncia contra el obispo Simeón, que fue acusado ante el procónsul Ático como descendiente de David y cristiano y, después de firme confesión de su fe, fue crucificado el año 107 según la jurisprudencia del edicto de Trajano –Historia de la Iglesia, Eusebio, 3, 32, 3.”  Manual de Historia de la Iglesia, Hubert Jedín, editorial Herder, tomo 1, página 312.


23.- “En Damasco los judíos incendiaron dos iglesias, la iglesia de Berito (Bairut) fue destruida.” Manual de Historia de la Iglesia, Hubert Jedín, editorial Herder, tomo 2, página 265
  

Ave María Purísima, sin pecado original concebida.




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viernes, 3 de agosto de 2018

La Pena de Muerte - Antonio Caponnetto



El anunciado fariseísmo de Bergoglio

POR ANTONIO CAPONNETTO



         Cuando escribimos “La Iglesia Traicionada” en el año 2010, dedicamos un capítulo de la misma a analizar el libro “El Jesuita”, larguísimo reportaje al entonces Cardenal Bergoglio, realizado por Sergio Rubín y Francesca Ambrogetti de Parreño, y publicado en Buenos Aires, por Editorial Vergara, en ese mismo año 2010. En las páginas cincuenta y uno y siguientes de nuestra obra, asentábamos algo que cobra ahora una triste actualidad, ante la heterodoxa modificación del punto 2267 del Catecismo, declarando la absoluta ilicitud de la pena de muerte. Lo transcribo:


         “En la misma línea ideológica [judaizante], y para seguir avivando el fuego semita, Su Eminencia  sale del ámbito espiritual y artístico para recalar en el terreno moral.


         Con un simplismo impropio de un hombre de estudio, y con un relativismo aún más impropio en un hombre de Fe, sostiene que “antes se sostenía que la Iglesia Católica estaba a favor [de la pena de muerte] o, por lo menos, que no la condenaba”. Pero ahora en cambio, merced al progreso de la conciencia, se sabe que “la vida es algo tan sagrado que ni un crimen tremendo justifica la pena de muerte” (p. 87).


         Entendamos el argumento evolucionista de Bergoglio para valorar adecuadamente lo que dirá después. La aceptación de la licitud de la pena de muerte -que aparece taxativamente exigida como tal, tanto en las páginas vetero y neotestamentarias como en un sinfín de doctrineros católicos y de textos pontificios- debe percibirse como un déficit, un tramo oscuro en el devenir de la conciencia que busca la luz. Lo mismo se diga de las sociedades. En la medida en que “la conciencia moral de las culturas va progresando, también la persona, en la medida en que quiere vivir más rectamente, va afinando su conciencia y ese es un hecho no sólo religioso sino humano” (p.88).


         Para el Cardenal, está claro, no por un análisis per se del hecho, que lo valore inherentemente, sino por la evolución de la conciencia, tanto la Iglesia como la Humanidad, saben hoy que la pena de muerte debe ser rechazada. Clarísimo caso de aquella ruinosa cronolatría que protestara Maritain en Le Paysan de la Garonne. Pero entonces, ¡cómo no deplorar, en consecuencia, aquellos momentos aún involutivos en los que se juzgó erróneamente que algo podría justificar la pena de muerte, incluso “un crimen tremendo”! ¡Cómo no maldecir los tiempos eclesiales y sociales en los que la conciencia aún juzgaba que bajo determinadas condiciones, circunstancias y requisitos era legítima la aplicación del castigo capital!


         Este era el sequitur lógico del razonamiento bergogliano. Pero un tema irrumpe en el diálogo y la ineluctable evolución de la conciencia se puede permitir una excepción. ¿Y cuál será ese tema? Dejémoselo explicar al interesado: “Uno no puede decir: ‘te perdono y aquí no pasó nada’. ¿Qué hubiera pasado en el juicio de Nüremberg si se hubiera adoptado esa actitud con los jerarcas nazis? La reparación fue la horca para muchos de ellos; para otros la cárcel. Entendámonos: no estoy a favor de la pena de muerte, pero era la ley de ese momento y fue la reparación que la sociedad exigió siguiendo la jurisprudencia vigente” (p. 137).


         El pequeño detalle –advertido precisamente por los kelsenianos de estricta observancia- de que “la ley de ese  momento”, vigente positivamente en Alemania, no volvía criminales a los jerarcas nazis, se le olvida al Cardenal. El otro detalle más “pequeño” aún, de que en Nüremberg no se dejó tropelía legal por cometer, ni aberración jurídica por aplicar, ni derechos humanos de los acusados por conculcar, ni tortura aborrecible por aplicar, ni mentira por aducir, tampoco cuenta. Ese otro detallecito de que la horca y el tormento atroz para los germanos no fue “la reparación que la sociedad exigió” sino la venganza monstruosa de la judeomasonería, tras los triunfantes genocidios de los Aliados, en Hiroshima y Nagasaki, ninguna importancia tiene. El Cardenal está en contra de la pena de muerte, pero si van a matar nazis seamos comprensivos y hagamos una excepción hermenéutica. “Era la ley de ese momento”, caramba. La evolución de la conciencia podía esperar un ratito más.


         El Cardenal, además, como feligrés y miembro dirigente del judeocristanismo, ya tiene dónde tranquilizar sus escrúpulos, supuesto que le acometieran. “Hace poco” –les confía a sus socios biográficos- “estuve  en una sinagoga  participando de una ceremonia. Recé mucho y, mientras lo hacía, escuché una frase de los textos sapienciales que nos recordaba: ’Señor, que en la burla sepa mantener el silencio’. La frase me dio mucha paz y mucha alegría” (p. 151).


         Lo que no sabemos es si Su Eminencia se refiere a la burla propia o a la que él le propina a Jesucristo al visitar obsecuentemente la morada de los negadores de su divinidad y artífices de su asesinato. Porque el prete podrá hacer silencio ante la merecida chacota que lo tenga por objeto, pero Dios no se deja burlar (Gál.6, 7). Y el día en que regrese en pos de Su Justicia irrefragable y definitiva, los que se pasaron la vida sinagogueando, a fuer de felones, sabrán qué quería decir Marechal cuando mentaba en el Altísimo “la vara de hiel de su rigor”.


         Agreguemos apenas un par de cosas, en las actuales circunstancias. La primera, para quienes creen que cuando insistimos en la maldita vigencia del sofisma hebreo de la reductio ad Hitlerum, estamos afiliados al Nacionalsocialismo. No; tratamos de estar filiados a la verdad histórica, que es algo bien distinto. En grosera evidencia queda el funcionamiento de aquella falacia. Con los nazis se acabaron los axiomas providistas de “toda vida vale” y otros semejantes.  Toda vida vale; desde la de la ballena hasta la de la mascota hogareña. Pero las tronchadas de modo crudelísimo bajo el tribunal más abyecto de la historia contemporánea, ésas no cuentan. Siempre habrá un eufemismo para justificarlas.


         ¿Alguna vez, como lo dijera Federico Mihura Seeber, sacarán al Nazismo del Cuarto de Barba Azul de la Historia; aquel en el cual no se puede ingresar so pena de morir si uno descubre y grita la verdad? ¿Alguna vez los católicos escucharán la voz de León XIII, que ciceronianamente exigía escribir la historia, tomando por ley primera la de la veracidad y por segunda la del rechazo a la mentira?


         Lo segundo es que admitimos que se pueda distinguir entre lo doctrinal y lo prudencial en tan delicada materia; dejando a salvo los principios perennes sobre la legitimidad de la pena de muerte, mas desaconsejando su aplicación sin causas, condiciones, requisitos y protagonistas de probada licitud. Pero aquí, al mejor estilo bergogliano, se ha fusilado sin misericordia a la recta doctrina, conculcándola a sabiendas; a pesar de los funestísimos efectos en cascada que tamaño cambio puede implicar potenciando el relativismo ético.


         Bergoglio, por caso, ya aceptó el pañuelo verde abortero que le entregó el crápula de Nicolás Fuster, en vez de enroscárselo en el cuello al osado, y pedirle a algún guardia suizo que lo desalojara de la plaza de San Pedro. Ahora, las mismas aborteras usarán esta reforma catequística para enrostrarles a los católicos que si no legalizan la “interrupción voluntaria del embarazo” las están condenando a muerte, lo que sería contrario al neodogma francísquico. Porque entre las demencias de este cambio doctrinal está la de no querer distinguir entre persona culpable e inocente. Como si la Iglesia, durante los dos milenios que dio razones en pro de la pena capital, lo hubiera hecho pensando en liquidar seres humanos indiscriminadamente.


         Lo tercero por agregar es aún más importante. En el artículo del Catecismo reformado por Bergoglio, se dice que “la pena de muerte es inadmisible a la luz del Evangelio”. Imposible reunir aquí la cantidad de pruebas en contrario que durante veinte siglos han aportado los estudiosos de la doctrina católica. Patrólogos, escolásticos, pontífices, doctores: una legión de sabios estudió el tema y supo resolverlo sin faltar a la caridad ni a la ortodoxia.


         Acaso sirva recordar uno de esos textos evangélicos significativos, hoy olvidados por el ghandismo eclesiástico dominante o por la vulgar sodomización de los cuadros jerárquicos. Está en el capítulo diecinueve del Evangelio de San Lucas, Parábola de las Diez Minas o De las minas y los talentos, y dice: “Pero mis enemigos, los que no me querían por Rey, sean apresados y degollados en mi presencia” (Ls. 17, 27).


         Por cierto que lo antedicho exige una lectura en clave parusíaca, y que nadie está pensando en una degollina literal que, de sobrevenir, nos tendría a nosotros por primeros destinatarios. Parafraseando a Bernanós habría que decir en estos días: “seremos degollados por curas bergoglianos”. Pero aún leída la perícopa en perspectiva sobrenatural, es evidente que Nuestro Señor no rechazó la licitud de analogar Su Mensaje Salvífico con la posibilidad de la muerte como pena, sanción y castigo, para todos aquellos que, rechazándolo, le declararan enemistad a su Divina Realeza.


         Ahora falta que Bergoglio modifique los Santos Evangelios porque le resultan inadmisibles a la moderna conciencia de la dignidad humana.


         Según la bibliográficamente caudalosa “Enciclopedia dei Papi”, fue el Pontífice Benedicto IX el que renunció a su cargo, vendiéndoselo por 1500 libras al Arcipreste Juan de Graciano, futuro Gregorio VI. Dirán los celosos investigadores si el dato es corroborable. Desde aquí, simplemente, damos por iniciada la colecta para juntar 1500 libras. Por las dudas se pueda repetir la historia.



Nacionalismo Católico San Juan Bautista


sábado, 28 de julio de 2018

Aborto y Objeción de Conciencia - Antonio Caponnetto




Un irrelevante total


Al parecer,el pasado 20 de junio –mala fecha para andar diciendo zonceras- desde el sitio oficial del Instituto Acton (que se llama así, no por la marca de patinetas sino en homenaje al lord gringo puesto en el Index en tiempos del Beato Pío IX), Don Gabriel Zanotti perpetró una nota titulada “Del aborto clandestino al totalitarismo clandestino”. Puede verla el masoquista  lector en  http://institutoacton.org/2018/07/04/del-aborto-clandestino-al-totalitarismo-clandestino-gabriel-zanotti/


         Llama la atención que el autor sea un relapso, que vuelve a asumirse inverecundamente cual católico liberal convicto y confeso, y que deslice un rechazo burlón hacia la Quanta Cura. Algo así como si un mahometano se confesara islámico-mormón y rechazara las azoras, aleyas y bizmillas del Corán.


Y llama la atención asimismo que crea poder compatibilizar su catolicismo gloriándose de haber sido prácticamente el único que defendiera a los Testigos de Jehová, cuando –según él- éstos “se pudrían sistemáticamente en la cárcel” por causa de sus objeciones de conciencia.  Latiguillo este último que blanden hoy las salvajes izquierdas por doquier, desde sus múltiples medios. Porque es común entre la intelligentzia nativa, subirse al caballo por derecha y bajar por siniestra.


 Los Testigos de Jehova son, en sentido estricto, una secta satánica, abocada de modo explícito a ultrajar a la Iglesia. El recurso a la objeción de conciencia lo usaron para dejar morir con crueldad a algún pariente, impidiéndole la transfusión de sangre, o para ofender la bandera nacional o para  negarse a servir a la patria bajo la forma  del servicio militar obligatorio.


Ser católico y defensor de los Testigos, y del uso crapuloso que hacen de la conciencia objetante, guarda la misma coherencia que ser trotskysta y cruzar espadas por los cautivos del Gulag. Hasta ahora sabíamos –como dice el Pseudo Exúpery- que lo esencial es invisible a los trotskos. Habrá que agregar también a los zanóticos.


Pero en la noteja de marras, the man of the Acton nos interpela dos veces a los nacionalistas católicos; y más específicamente a la revista Cabildo. Elige para ello el modo de una pregunta, que no registra Aristóteles entre los recursos lingüísticos de la Retórica, pero sí las mucamas cuando se enojan en la feria. No se tome por reproche, ¡vamos! Pura ley clásica de lo semejante en pos de lo semejante. Ambos hacen las compras para sus patrones.


¿Y cuál sería el núcleo de la acusación zanótica hacia nuestras amenazantes huestes ultramontanas? Nos expliquemos de una vez.


En primer lugar -se nos dice- los políticos aborteros, al negarse a reconocer la objeción de conciencia a los providistas incurren en un “totalitarismo clandestino[...], revelando con ello hábitos de pensamiento totalitarios típicos, lamentablemente de la cultura argentina”.  Que sepamos el rechazo a la objeción de conciencia, cada vez que ha sido planteado, no lo fue desde la clandestinidad sino desde altos estrados públicos y visibles. El senador Pichoto, por ejemplo, hace uso de su texticulillo masón anti objetante con ostensible exhibición oficial. Lo que ha pasado a la clandestinidad en él y en sus pares, es la moral y la decencia, pero no el imperativo tiránico.


Sobre la existencia de un hábito totalitario, estamos completamente de acuerdo. Es el del totalitarismo democrático, que impone su despotismo de la cifra, su prepotencia del número,su abuso de la cantidad, la opresión de su mitad más uno. Y esto es obra maldita del liberalismo, mentor, cultor y practicante del dogma de la soberanía popular y de la mentira del sufragio universal. Si van a invocar los hábitos vayan a la cuestión 51 de la prima secundae de la Summa, para aprender a detectar a sus causantes.


En segundo lugar, según este muchacho Gabriel de la Zanatosa, los nacionalistas de Cabildo seríamos culpables de “tanto poder otorgado al Estado”, de querer estatizar “la salud y la educación” por ser “derechos sociales”; de pensar que “todo estaba bien con un ministro de educación <católico>, y por supuesto con Onganía y con Videla”; pero que, como ahora, las cosas han cambiado y el poder estatal “va para otro lado”, suceden estos atropellos como querer negar la objeción de conciencia. La culpa es nuestra, en suma, porque a diferencia de los católicos liberales que “lucharon siempre contra el poder”, nosotros le dimos más y más poder al Estado.


Sinceramente nos duele ver cómo se le caen los anillos, se le desgracia el jubón y se le amarrona la librea al mayordomo del Lord hereje. Lo teníamos por sujeto de otro horizonte cultural y moral. Y aunque no lo supusimos nunca destinatario del encomio lorquiano: “voz de clavel varonil”, tampoco creíamos que prestaría su palabra a tanta mariconería  junta.


El Nacionalismo Católico, precisamente por lo segundo, que a la vez califica y sustantiviza a lo primero, jamás concibió al Estado como algo distinto a lo que enseña al respecto la Doctrina Social de la Iglesia. Ni estatolatría,ni neutralismo,ni omnipotencia,ni indiferentismo. Ni panteísmo de Estado ni ausencia irresponsable del mismo.


Nos hemos cansado de repetir con Oliveira Salazar, que el Estado debe ser una persona de bien, ejercitante, entre otros, del principio de subsidiariedad; y que no es lícita ninguna de las formas de monopolio estatal sobre la educación o sobre alguna de las cuestiones vitales en las que esté en juego la salvación de las almas o aún la mera salud integral de la creatura.


Ni en la teoría ni en la práctica hemos concebido un Estado que no fuera “el ministerio de Dios sobre la tierra para asegurar el bien común”. Nuestro ideario, en todo caso, está antes en la Unam Sanctam de Bonifacio VIII, pero nunca en el Discurso de Sarmiento en el Senado, del 13 de septiembre de 1859, proclamando que el Estado no tiene caridad ni alma. Porque es el Estado Liberal, instaurado tras la derrota de Caseros, con previo delito de traición a la patria, el que impuso su laicismo integral a sangre y fuego. Y es en nombre de ese laicismo masónico que hoy pueden negar los reclamos de la conciencia católica ante un crimen como el aborto.


¿Qué objeción de conciencia respetó el Estado liberal cuando impuso la obligatoriedad del matrimonio civil, o la del voto coactivo, multando a sus infractores y colocándolos en la lista de los réprobos? ¿Qué objeción de conciencia respetó ese mismo Estado Liberal cuando sometió a las familias a la educación común de signo jacobino u obliga desde hace décadas al ciudadano común a tener que regirse por una moneda extranjera si quiere acceder a una vivienda?


El Nacionalismo Católico no ha sido nunca poder en la Argentina. Y es redondamente una infamia –de esas que en otros tiempos se dirimían con el guantazo arrojado a la cara del canalla- afirmar que nosotros no hemos enfrentado siempre al poder de turno; y que no hemos pagado por ello el alto costo que supone ser políticamente incorrecto a perpetuidad.


Gobiernos civiles y militares, oligarcas de overol o de levita, proletarios o burgueses, peronistas o gorilas, cursillistas o  budistas, ¡todas!, absolutamente todas las variantes del Régimen han conocido nuestra enemistad. Incluyendo el Onganiato y el Proceso; afirmaciones tajantes que podemos convalidar con una montaña de documentación escrita,publicada y difundida en cada circunstancia histórica.


No debería Zanotti mencionar la cuerda en casa del ahorcado. A su padre, el Proceso le restituyó la cátedra de Política Educativa en la UBA; fue asesor de la Armada a partir de 1969, cuando aún gobernaba Onganía; y en el homenaje a su figura, que le hiciera La Nación a los diez años de su muerte, en la Fundación Bank Boston, asistieron personalidades del liberalismo católico como el Dr. Llerena Amadeo, que fuera ministro de Educación del Proceso, Víctor Massuh, otrora embajador ante la UNESCO o el Contralmirante Sánchez Sañudo, partícipe de la Revolución Libertadora. Datos todos que el mismo Juniors nos ha aportado en sucesivos artículos. Y que son, además, del dominio público.


Y datos ante los cuales, en principio, podríamos encogernos tranquilamente de hombros, si no fuera por que se pretende que, para nosotros, “la nación católica se da en las dictaduras católicas de derecha”. De pronto –milagros de la homonimia- Zanotti ha mutado en Zanatta (il forlivez bugiardo), y ambos –por merecida alquimia- en zanahorias, vocablo cuya tercera acepción permiten los académicos del idioma sinonimizar con imbécil.


             Pero dejemos a este “irrelevante total”, como se autodefine en el artículo que le estamos comentando; y vayamos al tema de fondo. ¿Es lícito y/o recomendable esgrimir la objeción de conciencia ante la posible o cierta legalización del aborto?



La objeción de conciencia
        

         Va de suyo que al modo de los liberales,no. Porque en la perspectiva liberal es una variante más de la autonomía del juicio individual, del culto al subjetivismo relativista, del rechazo de cualquier forma de heteronomía ética o de moral objetiva, de la libertad convertida en antojo. Lo mismo vale hoy para no matar a un embrión, que ayer para matarlo negándole una transfusión sanguínea o mañana para desertar de una guerra justa, si tal posibilidad existiera. Por eso, la categoría “objetores de conciencia” ha sido siempre cara a las izquierdas progresistas y liberales. Y por eso el Magisterio de la Iglesia supo hacer sus claras distinciones[1].


         Pero supuesto en un sujeto sano y responsable el ejercicio del habitus primorum principiorum o sindéresis, por cierto que está en todo su deber primero, y en su derecho después, levantar bien alto la voz de su conciencia, ante una ley aborrecible, para exigir que se obedezca a Dios antes que a los hombres (Hechos 5,29). La conciencia recta no puede sino rebelarse contra lo que escolásticamente se llamaba una real, objetiva y flagrante atrocitatem facinoris o acto de atroz injusticia.


         Ahora bien; el hombre que así gloriosamente actúa, para que su acto sea no sólo ejemplar y edificante sino santo y heroicamente congruente, no debe pedir garantías al mismo verdugo de que nada le sucederá si no sacrifica a los falsos ídolos. Gritará –como consta en las Actas de los Mártires- ¡no sacrificaré!, y pedirá fuerzas a Nuestro Señor para aguantar las consecuencias. Como mostró el rey Balduino de Bélgica que era posible, perdiendo nada menos que su trono por no consentir el nefando crimen del aborto. Después, si la leguleyería impuso sus triquiñuelas, es otra cosa. Pero el gesto es válido.


Nunca son recomendables sino despreciables los católicos libeláticos; esto es, aquellos que buscan la garantía,la contemporización y el refugio del poder constituido. La chancha y los veinte no se puede ni se debe. Si no sacrificamos nos pueden echar del trabajo,sí. Y ser denostados por anónimos y cobardes plumíferos. Y perder fama, honor y hacienda, sí; y ser declarados enemigos del pueblo, también, como tantos casos gloriosos. Hay una bienaventuranza para los que todo lo padecen por causa de Cristo. Y un nombre, el de mártires, para quienes pueden ofrecer hasta la vida.


Entendemos a los profesionales de la salud que exigen la objeción de conciencia legalizada y garantizada por el Estado si se aprueba la Ley IVE (Infernal Voluntad de Exterminio). Pero primero será pedir el milagro de que el Dios de las Batallas aplaque la furia criminal de los aborteros; y después, si tal gracia no la merecemos, pedir el milagro de que se nos de la fortaleza extraordinaria para sobrellevar las consecuencias, que no serán fáciles. Mucho menos si además de una conciencia rectamente objetora, no hay una conciencia parusíaca. Bueno sería que la Iglesia, antes de acompañar este pedido de la objeción de conciencia –que para algunos equívocos conceptuales se presta- predicara sobre las Postrimerías y sobre la virtud de estar dispuesto a perderlo todo antes de pecar contra Dios. Al fin de cuentas se supone que es lo que rezamos diariamente en el Pésame.


Es de San Buenaventura la hermosa enseñanza aquella, según la cual: “la conciencia es como un heraldo de Dios y su mensajero; y lo que dice no lo manda por sí misma, sino que lo manda como  venido de Dios, igual que un heraldo cuando proclama el edicto del Rey. Y de ello deriva el hecho de que la conciencia tiene la fuerza de obligar” (In II Librum Sententiarum,dist.39,a.1,q.3).


Sólo en este sentido se podrá hablar de una conciencia objetante, impugnante y movilizadora del Buen Combate. El resto es el pecado del liberalismo; o el temor de los cobardes; o el conformarse cada vez con menos de los tibios; o el acomodarse en la derrota para conservar el puesto; o el tirar la toalla antes de que la lid acabe.


No será el liberalismo católico el que venga a darnos lecciones de resistencia al poder. Tampoco nos vanagloriamos de ser nosotros paradigmas de conductas. Pero la Iglesia, “columna y sostén de la Fe”(I Timoteo 3,15), Mater et Magistra y Esposa del Señor, tiene un escuadrón de testigos para que nos espejemos en ellos en estas horas duras y cruciales.


Digo la Iglesia. De pie al pronunciar su nombre y de rodillas tras pronunciarlo. Digo la Iglesia semper idem. Digo la Iglesia: Una, Santa, Católica y Apostólica. Contra ella no podrán ni han podido nunca obtener el triunfo definitivo los enemigos de la Cruz. Porque la Barca la conduce Cristo. Y Cristo navega hacia lo alto, hacia Arriba. Desde donde se sale victorioso cuando parece que  el laberinto nos tiende la más cruel encerrona.



Antonio Caponnetto




[1] Recomendamos dos lecturas: Rafael Somoano Berdasco, Pacifismo, guerra y objeción de conciencia, a la luz de la moral católica, Madrid, Fuerza Nueva,1978 y Gonzalo Muñiz Vega, Los objetores de conciencia, ¿delincuentes o mártires? , Madrid, Speiro, 1974.





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