San Juan Bautista

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viernes, 24 de julio de 2026

Respuesta al episcopado argentino sobre el pontificado de Francisco - Alejandro Sosa Laprida

 


La Comisión Ejecutiva[1] de la Conferencia Episcopal Argentina envió un mensaje[2] a los 101 obispos argentinos con motivo de la 126° Asamblea Plenaria[3], que tuvo lugar desde el lunes 5 al viernes 9 de mayo de 2025 en la Casa de Retiros de la localidad bonaerense de Pilar. En esa misiva, firmada por el Secretario General, Mons. Raúl Pizarro, obispo auxiliar de San Isidro, se dice a los mitrados que “es necesario poder reconstruir, en el intercambio pastoral, lo que la figura de Francisco ha significado para nosotros personalmente y para la Iglesia que peregrina en Argentina”. Luego, el autor del documento se pregunta “si no deberíamos tener una palabra de esperanza y aliento al Santo Pueblo fiel de Dios en estos momentos de duelo y de incertidumbre para perseverar en fidelidad al legado de Francisco”. Finalmente, en el correo se dice a los obispos argentinos que, “junto a la homilía con la que el Cardenal Rossi rescató su figura[4], nos animamos a proponerles un par de preguntas que tal vez les puedan servir de ayuda para preparar el intercambio pastoral.”

Las dos preguntas formuladas son las siguientes:

1. ¿Cuál consideras que fue la contribución más trascendente de Francisco a nuestro episcopado y a la Iglesia?

2. ¿Cómo describirías el impacto personal que el Papa y su pontificado tuvo sobre vos?

Paso a dar mis respuestas, por si pudieran interesar a alguien. Con respecto a la primera, cabe subrayar su carácter absurdo y surrealista, puesto que la voz “contribución” posee una connotación positiva o favorable, siendo un sinónimo de “aporte” o “ayuda”. Ahora bien, huelga decir que nada de loable ni destacable puede hallarse en quien a lo largo de los doce interminables años de su funesto “pontificado” no ha cesado de perpetrar herejías, proferir blasfemias, sembrar el caos, denostar a la Iglesia, deshonrar el ministerio petrino, crear confusión doctrinal y espiritual sin solución de continuidad, perseguir encarnizadamente a los católicos tradicionales y cometer un sinfín de fechorías de toda especie, las cuales, de ser consignadas por escrito, ocuparían una biblioteca entera.[5]

En relación con el segundo interrogante, debo decir que, paradójicamente, tuvo sobre mí un impacto altamente positivo, ya que suscitó el deseo de estudiar más la doctrina católica para refutar mejor sus falacias y desenmascarar con mayor eficacia sus engaños. Y también potenció mi celo evangelizador en aras de la defensa de la verdad ultrajada por el falso profeta porteño. No obstante, he podido comprobar que, por desgracia, en muchas personas el efecto producido por los dichos y hechos impíos de Bergoglio ha sido muy dañino, a saber, un estado de confusión doctrinal y espiritual creciente, en detrimento de la fe, del magisterio de la Iglesia y de la revelación divina. A modo de sucinto pero elocuente resumen, cito lo que sobre él escribió un autor italiano el día de su deceso:

“Bergoglio adoró e hizo adorar a un ídolo pagano en el santuario (la Pachamama), blasfemó varias veces contra Cristo y la Virgen, participó de un rito chamánico en Canadá, se burló públicamente del Santísimo Sacramento, expresó durante doce largos años el más radical relativismo moral y religioso, hasta llegar al horror teológico del documento de Abu Dhabi. Llevó la estatua de Martín Lutero a San Pedro (…) Abrió las puertas a la sodomía (Fiducia supplicans) después de haberlas abierto a la fornicación (Amoris laetitia). Intentó activamente impedir la participación en la Misa Tradicional (Traditionis custodes). Apoyó por todos los medios, abusando de su autoridad, la inmigración masiva sin ningún límite. Ha propuesto reiteradamente el “mestizaje” como modelo de civilización y el Estado mundial como modelo político, en perfecta armonía con los amos del dinero del mundo (…) Fue el único pontífice en la historia que cerró todas las iglesias durante una epidemia (…) privando así a los necesitados de cualquier consuelo espiritual. Elogió las vacunas experimentales como “la luz del mundo y la esperanza de la humanidad”[6]. Fue el fruto más podrido de un árbol enfermo (el CVII). Llevó al extremo todas las desviaciones y errores liberales y ecuménicos de sus predecesores inmediatos, a quienes también canonizó (…) para que el ejemplo de los nuevos “santos” no permitiera ningún retorno a la Tradición.”[7]

De todo esto y muchísimo más, los obispos argentinos parecerían no darse por enterados, entregados por entero como están a cantar loas y a hacer panegíricos en memoria del difunto pontífice, de quien no me extrañaría que próximamente algunas voces influyentes dieran el salto a la etapa siguiente, perfectamente lógica y predecible, de hacer campaña por su pronta conducción a los altares. En ese sentido, el sermón del cardenal Rossi, adjuntado por Monseñor Pizarro al mensaje grupal dirigido a los obispos, es muy sintomático de esta actitud laudatoria completamente acrítica y hasta diría obsecuente, como si estuviera preparando su candidatura para el cónclave, posicionándose como un discípulo fiel de Bergoglio y un garante confiable de la continuidad de su obra.

Me resulta llamativo que ningún obispo argentino en ejercicio haya jamás manifestado cuando menos un atisbo de reserva respecto a la tarea efectuada por “Francisco” durante los doce interminables años de su polémico y tumultuoso pontificado, por emplear un eufemismo. Que sus innumerables herejías, blasfemias y sacrilegios hayan pasado completamente desapercibidos para la inmensa mayoría de nuestros “pastores” es algo que supera mi entendimiento. Transcribo un significativo párrafo del mensaje de los obispos con fecha del seis de mayo para ejemplificar la miopía crasa de la que adolecen los integrantes de la conferencia episcopal, que me abstendré de comentar:

“Es imposible expresar en pocas líneas todo lo que aprendimos de él; estaremos siempre agradecidos por su testimonio de padre y pastor. Su herencia nos compromete a concretar su magisterio, animando a nuestra Iglesia argentina a ser un hospital de campaña que recibe a los heridos de la vida, una iglesia “sin puertas”, abierta a todos, todos, todos. Y a forjar entre los argentinos la cultura del encuentro tendiendo puentes porque somos hermanos, cada uno con la riqueza de su fe o de sus convicciones, cada uno con su propia voz.”[8]

A continuación, enumeraré algunas de las principales tropelías y maldades consumadas por el antiguo cardenal primado de Argentina durante su prolongada estancia en la Casa Santa Marta. En aras de la brevedad, omitiré efectuar comentarios y brindar refutaciones con fundamento en el magisterio y en la revelación divina, puesto que eso ya lo he hecho en anteriores trabajos, a los que doy enlace en nota al pie de página.[9]

Primeramente, enunciaré los veinte temas que he seleccionado de un total muchísimo más amplio:

I. Bergoglio propugna la salvación universal

II. Bergoglio niega el milagro de la multiplicación de los panes

III. Bergoglio blasfema contra la Santísima Virgen María

IV. Bergoglio niega la Inmaculada Concepción

V. Bergoglio niega la Corredención de la Santísima Virgen María

VI. Bergoglio promueve el homosexualismo

VII. Bergoglio favorece el transexualismo

VIII. Bergoglio adhiere al evolucionismo panteísta de Teilhard de Chardin

IX. Bergoglio blasfema contra Nuestro Señor Jesucristo

X. Bergoglio aprueba el concubinato y el adulterio

XI. Bergoglio condena la pena de muerte

XII. Bergoglio difama a la Iglesia

XIII. Bergoglio tiene una visión latitudinarista y pneumática de la Iglesia

XIV. Según Bergoglio la duda es intrínseca a la virtud teologal de la fe

XV. Bergoglio alardea de haber cometido un hurto sacrílego

XVI. Bergoglio afirma y reivindica la ruptura doctrinal del CVII

XVII. Bergoglio niega la existencia del infierno

XVIII. Bergoglio desprecia a las familias numerosas y pregona la contracepción

XIX. Según Bergoglio podemos alardear de nuestros pecados

XX. Bergoglio profesa el indiferentismo religioso y un falso ecumenismo

ANEXO I: Otros dichos y hechos

ANEXO II: Análisis de Amoris Laetitia

ANEXO III: Análisis del Documento sobre la Fraternidad Humana

ANEXO IV: La apostasía en la Iglesia

ANEXO V: Apostasía Vaticana

Descargar el libro en formato PDF:

https://gloria.tv/post/EacsffxKBi1T37AF9jnKp4uo4

https://drive.google.com/file/d/1o3c6H6CCqTJ50EjuIeItOtRU7izfX03J/view

En versión Kindle:

https://www.amazon.com/-/es/Alejandro-Sosa-Laprida-ebook/dp/B0FCYWXGC6/

 



[5] A modo de ejemplo, el “Denzinger-Bergoglio”, que está lejos de ser exhaustivo, y cuyos autores no son horrendos integristas preconciliares sino un puñado de sacerdotes diocesanos españoles que celebran la misa de Montini, ocupa 1.700 páginas en su formato PDF: https://en-denzingerbergoglio.com/

[7] “El mayor azote de la Iglesia de Cristo”, por Martino Mora:

 https://gloria.tv/post/c4JSkaNWumFC6gpkh2V6TjCPQ

[9] Ver al respecto: 1. “Apostasía vaticana”: https://gloria.tv/post/7ynAG7ZfxBvK1MBD4MqN3aMxn - 2. “Doce años con Francisco”: https://gloria.tv/post/ieoTehkBJwGs2ZzAN2EoqDkRJ - 3. “Misterio de iniquidad”: https://gloria.tv/post/22LiQpWbFdAaCuCR7XXdRReph - 4. “El falso profeta del Vaticano”: https://gloria.tv/post/Ndcp7fLSFSaC39yMJzduDLyVt - 5. “La apostasía en la Iglesia”: https://gloria.tv/post/Y1EvK2hAbLye2MtbUMTjzM3jX - 6. “Ceguera espiritual y negación de la realidad”: https://gloria.tv/post/71b7ppgmGGvm3kTJHjWGmCVYF%20-%207 - “Diez años con Francisco”: https://gloria.tv/post/UEqqVjZCCVLQ6g89ps67irXSM




domingo, 3 de mayo de 2026

León XIV miente, blasfema y engaña a la Iglesia - Alejandro Sosa Laprida

 

Prevost miente, blasfema y engaña a la Iglesia

Alejandro Sosa Laprida - 30/04/2026 

Descargar el PDF:

https://drive.google.com/file/d/1sgmK-KiT5vOHbyo14NoIuuKLzixRfh9T/view

 

El 27 de abril “León XIV” recibió con todos los honores en el Vaticano[1] a la cabeza de la “Iglesia Anglicana”, la señora Sarah Mullally, nombrada en octubre pasado “Arzobispa de Canterbury”, la sede que corresponde al primado de la “Iglesia de Inglaterra”. Cito su discurso de bienvenida:

“Vuestra Gracia, al agradecerle su visita en el día de hoy, ruego para que el mismo Espíritu Santo permanezca siempre con usted, haciéndola fecunda en el servicio al cual ha sido llamada.”[2]

Un mes antes, con motivo de la toma de posesión de la sede por la “Arzobispa”, le había enviado un mensaje, diciendo lo siguiente:

“Pido al Señor que la fortalezca con el don de la sabiduría, rezo para que sea guiada por el Espíritu Santo al servir a sus comunidades y se inspire en el ejemplo de María, Madre de Dios. (…) Invoco sobre usted las bendiciones de Dios Todopoderoso al asumir sus altas responsabilidades. Que el Espíritu Santo descienda sobre usted y la haga fecunda en el servicio al Señor.”[3] 

Con estas palabras -completamente surrealistas e inconcebibles en boca de un “Soberano Pontífice”-, Prevost ha reconocido implícitamente que la señora Mullally es una “sucesora” de los Apóstoles, que ha sido investida en el episcopado por la unción sacramental del Espíritu Santo y que desempeña legítimamente un servicio ministerial en la Iglesia. No en la Iglesia Católica, obviamente, sino en la abstracta e inclusiva “Iglesia de Cristo”, integrada por todas las “iglesias” y “comunidades eclesiales” heréticas y cismáticas, según la doctrina latitudinarista que está en vigor desde el CVII.

“León XIV”, en lugar de hablar a esta pobre mujer con la verdad -lo que es un deber de caridad para con el prójimo descarriado-, y decirle, con delicadeza y firmeza a la vez, que no hay obispos en la “iglesia” anglicana, y que si los hubiera, ella de todos modos no podría recibir el sacramento del orden porque está reservado a los varones por derecho divino, en vez de advertirle que es gravemente contrario a la ley de Dios apoyar la ideología LGBT y el aborto, lo que hace Prevost es confortarla en sus errores teológicos y morales, siguiendo el tristísimo ejemplo de su infausto predecesor[4].

La señora Mullally impartió su “bendición apostólica” en la Capilla Clementina, donde está la tumba de San Pedro, la que fue recibida activamente por el clero católico que la acompañaba en su visita. Luego dirigió el oficio divino de manera conjunta con el “Santo Padre”. Conviene recordar que la communicatio in sacris con los herejes siempre ha sido prohibida por la Iglesia.[5]

Lo hecho por Prevost es una actitud impropia y escandalosa en un cristiano, ni hablar en un eclesiástico, y cuánto más si se trata del supuesto “Vicario de Cristo”. Sus dichos y sus gestos son escandalosos, constituyen una actitud engañosa e impía, la misma que ha sido adoptada sistemáticamente con los “hermanos separados” por el Vaticano desde hace décadas, a causa de la visión heterodoxa del ecumenismo que profesa la jerarquía conciliar.

Este ecumenismo, fundado en la falsa eclesiología conciliar del subsistit in[6], se halla en las antípodas de la enseñanza tradicional sobre el retorno de los extraviados al único redil, a la unidad de la fe en la única Arca de Salvación, que es solamente la Iglesia católica, la única fundada por NSJC, doctrina enseñada claramente por el Papa Pío XI en su encíclica Mortalium Animos[7] quien no hacía sino retomar una enseñanza constante del magisterio de la Iglesia.

Por último, invocar a María Santísima para validar este escándalo grotesco es de una impiedad y de una malicia sin límites. Y afirmar que la señora Mullally responde a un llamado del Espíritu Santo para efectuar su “servicio” en la Iglesia, no puede sino calificarse de blasfemia y, más precisamente, contra el mismísimo Espíritu Santo. Decididamente, la jerarquía conciliar está completamente penetrada por los errores del indiferentismo religioso y del falso ecumenismo modernista condenados por la Iglesia[8]. Y daría la impresión de que el castigo de Dios consiste en dejarla librada a su obstinada y depravada insensatez...

“Porque es imposible que los que una vez fueron iluminados y gustaron del don celestial, y fueron hechos partícipes del Espíritu Santo, y asimismo gustaron de la buena palabra de Dios y los poderes del siglo venidero, y recayeron, sean otra vez renovados para arrepentimiento, crucificando de nuevo para sí mismos al Hijo de Dios y exponiéndole a vituperio. Porque la tierra que bebe la lluvia que muchas veces cae sobre ella, y produce hierba provechosa a aquellos por los cuales es labrada, recibe bendición de Dios; pero la que produce espinos y abrojos es reprobada, está próxima a ser maldecida, y su fin es el ser quemada.” (Heb. 6, 4-8).



[4] “Bergoglio, Apóstol LGBT”: https://gloria.tv/post/Vu8jgfuztNEg3hbi7aGFYW9G9

[6] “León XIV y la falsa eclesiología conciliar”: https://gloria.tv/post/7KSR8L2DTjg12x7KkLKgy7ang

[8] “Ceguera espiritual y negación de la realidad”: https://gloria.tv/post/71b7ppgmGGvm3kTJHjWGmCVYF - “La religión del hombre”: https://gloria.tv/post/u8x13tqGCFi727Sfj2J73PtSZ



PARA MÁS INFORMACIÓN

 

“Apostasía vaticana”

https://gloria.tv/post/7ynAG7ZfxBvK1MBD4MqN3aMxn

“Diez años con Francisco”

https://gloria.tv/post/UEqqVjZCCVLQ6g89ps67irXSM

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viernes, 5 de diciembre de 2025

León XIV refutado por León XIII - Por Alejandro Sosa Laprida

 

 “La Iglesia católica siempre ha defendido la libertad religiosa para todos” - León XIV, 10/10/2025.[1]

Descargar el PDF:

https://drive.google.com/file/d/13W-63DRyOxscX0c6aLH6SCnDfx6PfNV6/view?usp=drive_link

En un discurso dado en el Vaticano hace pocos días León XIV no sólo hizo la apología de la falsa doctrina conciliar sobre la “libertad religiosa”, sino que, además, se atrevió a sostener sin ruborizarse que ésa ha sido desde siempre la enseñanza de la Iglesia:

“Todo ser humano lleva en su corazón un profundo deseo de verdad, de significado y de comunión con los demás y con Dios. Este anhelo nace de lo más profundo de nuestro ser. Por esta razón, el derecho a la libertad religiosa no es opcional, sino esencial. Arraigada en la dignidad de la persona humana, creada a imagen de Dios y dotada de razón y libre albedrío, la libertad religiosa permite a los individuos y a las comunidades buscar la verdad, vivirla libremente y dar testimonio de ella abiertamente. Es, por lo tanto, una piedra angular de cualquier sociedad justa, ya que protege el espacio moral en el que se puede formar y ejercer la conciencia.

La libertad religiosa, por tanto, no es meramente un derecho jurídico o un privilegio que nos conceden los gobiernos; es una condición fundacional que hace posible la auténtica reconciliación. Cuando se niega esta libertad, se priva al ser humano de la capacidad de responder libremente a la llamada de la verdad. Lo que sigue es una lenta desintegración de los lazos éticos y espirituales que sostienen a las comunidades; la confianza da paso al miedo, la sospecha sustituye al diálogo y la opresión genera violencia. De hecho, como observó mi venerable predecesor, «no es posible la paz donde no hay libertad religiosa, donde no hay libertad de pensamiento y de expresión, y respeto a las opiniones ajenas» (Francisco, Mensaje Urbi et Orbi, 20 de abril de 2025).

Por esta razón, la Iglesia católica siempre ha defendido la libertad religiosa para todos. El Concilio Vaticano II, en Dignitatis humanae, afirmó que este derecho debe ser reconocido en la vida jurídica e institucional de cada nación (cf. Dignitatis humanae, 7 de diciembre de 1965, n. 4). La defensa de la libertad religiosa, por lo tanto, no puede permanecer en lo abstracto; debe vivirse, protegerse y promoverse en la vida cotidiana de las personas y las comunidades.”

Ya que el Cardenal Prevost escogió su nombre pontifical de León XIV en honor de su insigne predecesor León XIII, veamos lo que enseña sobre el asunto este Papa decimonónico en su encíclica Libertas[2], del año 1888:

“15. (…) examinemos, en relación con los particulares, esa libertad tan contraria a la virtud de la religión, la llamada libertad de cultos, libertad fundada en la tesis de que cada uno puede, a su arbitrio, profesar la religión que prefiera o no profesar ninguna. Esta tesis es contraria a la verdad. Porque de todas las obligaciones del hombre, la mayor y más sagrada es, sin duda alguna, la que nos manda dar a Dios el culto de la religión y de la piedad. Este deber es la consecuencia necesaria de nuestra perpetua dependencia de Dios, de nuestro gobierno por Dios y de nuestro origen primero y fin supremo, que es Dios. Hay que añadir, además, que sin la virtud de la religión no es posible virtud auténtica alguna, porque la virtud moral es aquella virtud cuyos actos tienen por objeto todo lo que nos lleva a Dios, considerado como supremo y último bien del hombre; y por esto, la religión, cuyo oficio es realizar todo lo que tiene por fin directo e inmediato el honor de Dios, es la reina y la regla a la vez de todas las virtudes. Y si se pregunta cuál es la religión que hay que seguir entre tantas religiones opuestas entre sí, la respuesta la dan al unísono la razón y naturaleza: la religión que Dios ha mandado, y que es fácilmente reconocible por medio de ciertas notas exteriores con las que la divina Providencia ha querido distinguirla, para evitar un error, que, en asunto de tanta trascendencia, implicaría desastrosas consecuencias. Por esto, conceder al hombre esta libertad de cultos de que estamos hablando equivale a concederle el derecho de desnaturalizar impunemente una obligación santísima y de ser infiel a ella, abandonando el bien para entregarse al mal.

16. (…) esta libertad de cultos pretende que el Estado no rinda a Dios culto alguno o no autorice culto público alguno, que ningún culto sea preferido a otro, que todos gocen de los mismos derechos y que el pueblo no signifique nada cuando profesa la religión católica. Para que estas pretensiones fuesen acertadas haría falta que los deberes del Estado para con Dios fuesen nulos o pudieran al menos ser quebrantados impunemente por el Estado. Ambos supuestos son falsos. Porque nadie puede dudar que la existencia de la sociedad civil es obra de la voluntad de Dios, ya se considere esta sociedad en sus miembros, ya en su forma, que es la autoridad; ya en su causa, ya en los copiosos beneficios que proporciona al hombre. Es Dios quien ha hecho al hombre sociable y quien le ha colocado en medio de sus semejantes, para que las exigencias naturales que él por sí solo no puede colmar las vea satisfechas dentro de la sociedad. Por esto es necesario que el Estado, por el mero hecho de ser sociedad, reconozca a Dios como Padre y autor y reverencie y adore su poder y su dominio. La justicia y la razón prohíben, por tanto, el ateísmo del Estado, o, lo que equivaldría al ateísmo, el indiferentismo del Estado en materia religiosa, y la igualdad jurídica indiscriminada de todas las religiones. Siendo, pues, necesaria en el Estado la profesión pública de una religión, el Estado debe profesar la única religión verdadera, la cual es reconocible con facilidad, singularmente en los pueblos católicos, puesto que en ella aparecen como grabados los caracteres distintivos de la verdad. Esta es la religión que deben conservar y proteger los gobernantes, si quieren atender con prudente utilidad, como es su obligación, a la comunidad política. (…)

17. (…) la libertad de cultos es muy perjudicial para la libertad verdadera, tanto de los gobernantes como de los gobernados. La religión [Se refiere al catolicismo], en cambio, es sumamente provechosa para esa libertad, porque coloca en Dios el origen primero del poder e impone con la máxima autoridad a los gobernantes la obligación de no olvidar sus deberes, de no mandar con injusticia o dureza y de gobernar a los pueblos con benignidad y con un amor casi paterno. (…)

18. (…) las opiniones falsas, máxima dolencia mortal del entendimiento humano, y los vicios corruptores del espíritu y de la moral pública deben ser reprimidos por el poder público para impedir su paulatina propagación, dañosa en extremo para la misma sociedad. Los errores de los intelectuales depravados ejercen sobre las masas una verdadera tiranía y deben ser reprimidos por la ley con la misma energía que otro cualquier delito inferido con violencia a los débiles. Esta represión es aún más necesaria, porque la inmensa mayoría de los ciudadanos no puede en modo alguno, o a lo sumo con mucha dificultad, prevenirse contra los artificios del estilo y las sutilezas de la dialéctica, sobre todo cuando éstas y aquéllos son utilizados para halagar las pasiones. Si se concede a todos una licencia ilimitada en el hablar y en el escribir, nada quedará ya sagrado e inviolable. Ni siquiera serán exceptuadas esas primeras verdades, esos principios naturales que constituyen el más noble patrimonio común de toda la humanidad. Se oscurece así poco a poco la verdad con las tinieblas y, como muchas veces sucede, se hace dueña del campo una numerosa plaga de perniciosos errores. (…)

23. (...) Sin embargo, no se opone la Iglesia a la tolerancia por parte de los poderes públicos de algunas situaciones contrarias a la verdad y a la justicia para evitar un mal mayor o para adquirir o conservar un mayor bien. Dios mismo, en su providencia, aun siendo infinitamente bueno y todopoderoso, permite, sin embargo, la existencia de algunos males en el mundo, en parte para que no se impidan mayores bienes y en parte para que no se sigan mayores males.”

Continuamos exponiendo el magisterio pontificio de León XIII, esta vez, tomado de su encíclica Inmortale Dei[3], del año 1885:

“3. (…) es evidente que el Estado tiene el deber de cumplir por medio del culto público las numerosas e importantes obligaciones que lo unen con Dios. La razón natural, que manda a cada hombre dar culto a Dios piadosa y santamente, porque de El dependemos, y porque, habiendo salido de Él, a El hemos de volver, impone la misma obligación a la sociedad civil. Los hombres no están menos sujetos al poder de Dios cuando viven unidos en sociedad que cuando viven aislados. La sociedad, por su parte, no está menos obligada que los particulares a dar gracias a Dios, a quien debe su existencia, su conservación y la innumerable abundancia de sus bienes. Por esta razón, así como no es lícito a nadie descuidar los propios deberes para con Dios, el mayor de los cuales es abrazar con el corazón y con las obras la religión, no la que cada uno prefiera, sino la que Dios manda y consta por argumentos ciertos e irrevocables como única y verdadera, de la misma manera los Estados no pueden obrar, sin incurrir en pecado, como si Dios no existiese, ni rechazar la religión como cosa extraña o inútil, ni pueden, por último, elegir indiferentemente una religión entre tantas. Todo lo contrario. El Estado tiene la estricta obligación de admitir el culto divino en la forma con que el mismo Dios ha querido que se le venere. Es, por tanto, obligación grave de las autoridades honrar el santo nombre de Dios. Entre sus principales obligaciones deben colocar la obligación de favorecer la religión, defenderla con eficacia, ponerla bajo el amparo de las leyes, no legislar nada que sea contrario a la incolumidad de aquélla. Obligación debida por los gobernantes también a sus ciudadanos. Porque todos los hombres hemos nacido y hemos sido criados para alcanzar un fin último y supremo, al que debemos referir todos nuestros propósitos, y que colocado en el cielo, más allá de la frágil brevedad de esta vida. Si, pues, de este sumo bien depende la felicidad perfecta y total de los hombres, la consecuencia es clara: la consecución de este bien importa tanto a cada uno de los ciudadanos que no hay ni puede haber otro asunto más importante.

10. (…) Queda en silencio el dominio divino, como si Dios no existiese o no se preocupase del género humano, o como si los hombres, ya aislados, ya asociados, no debiesen nada a Dios, o como si fuera posible imaginar un poder político cuyo principio, fuerza y autoridad toda para gobernar no se apoyaran en Dios mismo. De este modo, como es evidente, el Estado no es otra cosa que la multitud dueña y gobernadora de sí misma. Y como se afirma que el pueblo es en sí mismo fuente de todo derecho y de toda seguridad, se sigue lógicamente que el Estado no se juzgará obligado ante Dios por ningún deber; no profesará públicamente religión alguna, ni deberá buscar entre tantas religiones la única verdadera, ni elegirá una de ellas ni la favorecerá principalmente, sino que concederá igualdad de derechos a todas las religiones, con tal que la disciplina del Estado no quede por ellas perjudicada. Se sigue también de estos principios que en materia religiosa todo queda al arbitrio de los particulares y que es lícito a cada individuo seguir la religión que prefiera o rechazarlas todas si ninguna le agrada. De aquí nacen una libertad ilimitada de conciencia, una libertad absoluta de cultos, una libertad total de pensamiento y una libertad desmedida de expresión.

15. (…) la esencia de la verdad y del bien no puede cambiar a capricho del hombre, sino que es siempre la misma y no es menos inmutable que la misma naturaleza de las cosas. Si la inteligencia se adhiere a opiniones falsas, si la voluntad elige el mal y se abraza a él, ni la inteligencia ni la voluntad alcanzan su perfección; por el contrario, abdican de su dignidad natural y quedan corrompidas. Por consiguiente, no es lícito publicar y exponer a la vista de los hombres lo que es contrario a la virtud y a la verdad, y es mucho menos lícito favorecer y amparar esas publicaciones y exposiciones con la tutela de las leyes. No hay más que un camino para llegar al cielo, al que todos tendemos: la vida virtuosa. Por lo cual se aparta de la norma enseñada por la naturaleza todo Estado que permite una libertad de pensamiento y de acción que con sus excesos pueda extraviar impunemente a las inteligencias de la verdad y a las almas de la virtud.

18. (…) si bien la Iglesia juzga ilícito que las diversas clases de culto divino gocen del mismo derecho que tiene la religión verdadera, no por esto, sin embargo, condena a los gobernantes que para conseguir un bien importante o para evitar un grave mal toleran pacientemente en la práctica la existencia de dichos cultos en el Estado. (…)”

Por último, transcribiré algunos pasajes de la encíclica Humanum Genus[4], del año 1884:

“10. (…) Hace mucho tiempo que se trabaja tenazmente para anular todo posible influjo del Magisterio y de la autoridad de la Iglesia en el Estado. Con este fin hablan públicamente y defienden la separación total de la Iglesia y del Estado. Excluyen así de la legislación y de la administración pública el influjo saludable de la religión católica. De lo cual se sigue la tesis de que la constitución total del Estado debe establecerse al margen de las enseñanzas y de los preceptos de la Iglesia. (…) al abrir los brazos a todos los procedentes de cualquier credo religioso, logra, de hecho, la propagación del gran error de los tiempos actuales: el indiferentismo religioso y la igualdad de todos los cultos. Conducta muy acertada para arruinar todas las religiones, singularmente la Católica, que, como única verdadera, no puede ser igualada a las demás sin suma injusticia.

15. (…) Es necesario, además, que el Estado sea ateo [Es decir, “laico”, no confesional]. No hay razón para anteponer una religión a otra entre las varias que existen. Todas deben ser consideradas por igual. [Proposición condenada]

17. (…) así como la misma naturaleza enseña a cada hombre en particular a rendir piadosa y santamente culto a Dios, por recibir de Él la vida y los bienes que la acompañan, de la misma manera y por idéntica causa incumbe este deber a los pueblos y a los Estados. Y los que quieren liberar al Estado de todo deber religioso, proceden no sólo contra todo derecho, sino además con una absurda ignorancia.”

En definitiva, la enseñanza de la Iglesia es que sólo existe el derecho a la “libertad religiosa” de la religión verdadera, y el poder civil debe ocasionalmente tolerar los falsos cultos cuando las circunstancias prudenciales así lo requieran, para evitar males mayores a la sociedad, como podría ser la pérdida de la paz civil. El Estado, por su parte, como toda creatura dependiente de su Creador en el ser y el obrar, está obligado a profesar la religión verdadera, es decir que la sociedad civil políticamente organizada tiene el deber ante Dios de ser confesional, respetando la enseñanza de la Iglesia en sus actos de gobierno e impidiendo -en la medida de sus posibilidades-, la difusión de las perniciosas doctrinas pregonadas por las falsas religiones.

Como es bien sabido, esta doctrina tradicional ya no tiene vigor desde el CVII: las reuniones interreligiosas organizadas regularmente por el Vaticano, al igual que los nuevos concordatos celebrados por la Santa Sede con los países católicos -antiguamente confesionales y ahora “laicos”-, dan prueba de esta anomalía jurídica y doctrinal, que se sitúa en las antípodas del catolicismo.

ANEXO 1

In Unitate Fidei o la unidad al precio de la verdad[5]

Descargar el PDF:

https://drive.google.com/file/d/16m6GJrQHLJlRg5I4W-RWBOUOC_VmnZgQ/view?usp=drive_link

Mil setecientos años después de que el Concilio de Nicea adoptara la línea dura (anatema y exilio) contra la herejía, León XIV[6] decidió celebrar el aniversario con una carta apostólica: In unitate fidei.[7] La fecha es deliberada: 23 de noviembre, Cristo Rey. En vísperas de un triunfal peregrinaje ecuménico que llevará al Papa a Turquía, al lugar donde los 318 Padres se reunieron bajo Constantino y adoptaron el término homoousios (μοούσιος), de la misma sustancia, concepto clave de la teología cristiana para describir la relación entre Dios Padre y el Hijo, en contraste con la herejía arriana, según la cual el Hijo es de una sustancia inferior y sólo semejante al Padre.

A primera vista, la carta parece el tipo de documento que un católico tradicional podría aplaudir. León elogia el Credo, cita sus frases, evoca la crisis arriana y reivindica el término “consustancial” en vez de esconderse detrás de una cristología vaga y modernista. Además cita a Atanasio, habla de divinización, nos recuerda que sólo un Cristo verdaderamente divino puede vencer a la muerte y salvarnos.

Si leyéramos sólo los párrafos del dos al ocho, casi podríamos olvidar en qué siglo estamos. Pero no estamos en el 325, y León no es Atanasio. Si en la primera mitad suena católico, en la segunda la carta habla como la Comisión Teológica Internacional: Nicea como fundamento de un nuevo proceso ecuménico abierto, donde “lo que nos une es más grande que lo que nos divide” y donde las antiguas disputas doctrinales pierden silenciosamente su “razón de ser”. Después de que Nicea expulsara a los arrianos de la Iglesia, ahora se pide acoger a todos sin hacer demasiadas preguntas.

Del credo a la marca ecuménica

Luego de reafirmar la estructura doctrinal católica, León introduce el verdadero programa, pasando de la batalla de Nicea contra el arrianismo al “valor ecuménico” que el Credo tendría hoy. Nos recuerda que el Credo niceno-constantinopolitano es profesado en las liturgias ortodoxas y en muchos cultos protestantes. Celebra el hecho de que se haya convertido en un “vínculo de unidad entre Oriente y Occidente” y más tarde en un patrimonio común de “todas las tradiciones cristianas”. Lo define como un modelo de “unidad en la legítima diversidad”, y usa la Trinidad como analogía: la unidad sin diversidad se vuelve tiranía; la diversidad sin unidad, fragmentación.

En otras palabras, el Credo deja de ser el símbolo católico de la fe, custodiado por Roma y recibido por sus hijos, para convertirse en una especie de logo compartido del cristianismo mundial. El énfasis se desliza sutilmente de la pregunta “¿qué es verdad?” a “¿qué podemos decir todos juntos?”. El texto queda así forzado a sostener sistemas incompatibles: la eclesiología sacramental católica, la teoría protestante de la Iglesia invisible, el rechazo ortodoxo de la jurisdicción papal universal. Cada uno mantiene su postura.

León cita Ut unum sint de Juan Pablo II y alaba el “movimiento ecuménico” de los últimos sesenta años. Nos asegura que ahora reconocemos a los miembros de otras Iglesias y comunidades como hermanos y hermanas en Cristo y que juntos formamos una única comunidad universal de discípulos. La plena unidad visible no se alcanzó todavía, pero lo que nos une es más grande que lo que nos divide. Repite el concepto como si la repetición pudiera volverlo menos frágil.

La imagen es sencilla: Nicea como el fuego común alrededor del cual todos los bautizados pueden reunirse, cada uno con su acento teológico, todos calentados por las mismas llamas. El problema es que Nicea no reunió a todos alrededor de un fuego. Nicea desenvainó la espada.

“Controversias que han perdido su razón de ser”

León afirma que debemos “dejar atrás las controversias teológicas que han perdido su razón de ser” para llegar a una comprensión común y, más aún, a una oración común al Espíritu Santo. No especifica a qué controversias se refiere. Simplemente nos asegura que algunas batallas dogmáticas ya no deben mantenernos separados. Y es en estas afirmaciones donde un católico formado por Pío XI y Pío XII ya no puede reconocerse.

¿Qué controversias exactamente habrían perdido su razón de ser? ¿Quizá la cláusula Filioque, mencionada en nota como “objeto del diálogo ortodoxo-católico”? ¿El alcance de la jurisdicción papal? ¿Los dogmas marianos rechazados por los protestantes? ¿La indisolubilidad del matrimonio? ¿La doctrina de la justificación definida en Trento?

Durante siglos, la Iglesia insistió en que la unidad requería la profesión común de todas estas verdades. Pío XI escribió en Mortalium animos que existe un solo modo de promover la unidad de los cristianos: el retorno de los hermanos separados a la única verdadera Iglesia de Cristo. Pío XII, en Mystici Corporis, enseñó que quienes están divididos en la fe y el gobierno no pueden vivir en la unidad del Cuerpo de Cristo. Las cuestiones doctrinales que dividían a católicos y no católicos no eran capítulos optativos para revisar después; eran parte del depósito de la fe.

Ahora León habla de controversias que ya no justifican la división. Habla de conversión recíproca, como si la Iglesia católica y quienes rechazan su magisterio estuvieran todos “en camino” hacia una unidad futura aún por definir. Habla del Espíritu que nos guía juntos a descubrir una fe común más rica, sin decir nunca que el camino de regreso a la unidad pasa por la sumisión al primado romano y la aceptación del dogma católico. Nicea definió que el Hijo es consustancial al Padre y luego anatematizó a quien sostuviera lo contrario. León cita la definición y entierra su lógica. El Credo se conserva; las consecuencias se silencian.

San Atanasio o el espíritu del diálogo

A Atanasio podrías decirle que León lo elogia llamándolo por su nombre, recordando sus heroicos exilios y definiendo su fe como “inquebrantable y firme”. Podrías mostrarle los pasajes donde León insiste en que sólo un Cristo verdaderamente divino puede divinizar al hombre y vencer a la muerte. Podrías señalarle la bellísima oración al Espíritu Santo del final. Después tendrías que explicarle que, diecisiete siglos más tarde, obispos y teólogos siguen discutiendo si el Hijo procede sólo del Padre o del Padre y del Hijo, y que el obispo de Roma lo llama “tema de diálogo”. Tendrías que explicarle que el primado por el que él luchó ahora se trata como un obstáculo para la unidad, que hay que reformular con cuidado para no ofender a los hermanos separados. Tendrías que explicarle que Roma ahora prefiere hablar de “diversidad legítima” antes que de herejía, de “comunión parcial” antes que de cisma, de “bautismo común” antes que de conversión.

Atanasio no fue exiliado cinco veces para preservar un mínimo común denominador. No soportó presiones imperiales, calumnias y violencias para que los futuros papas pudieran poner su Credo al servicio de un proceso que trata graves divisiones doctrinales como malentendidos históricos a superar mediante un diálogo orante.

La Iglesia que conoció Atanasio creía que el error mataba las almas y que la caridad exigía claridad. La unidad se medía por la sumisión a la fe y al jefe visible que la protegía. El lenguaje ecuménico actual mide la unidad según cuántas veces aparecemos juntos en las fotos y cuán pocas veces mencionamos lo que todavía nos divide.

La carta apostólica elogia a la “juventud nicea” que completó la obra doctrinal del Credo. El tono del documento, sin embargo, es el del adulto sinodal que aprendió a no pronunciar palabras demasiado duras en compañía de otros.

Qué nos dice realmente todo esto sobre Roma

¿Qué debería aprender un católico serio de In unitate fidei? Que la misma Roma que cita el Credo ahora lo usa como una marca ecuménica. El mismo símbolo compuesto para trazar una línea entre verdad y error es reformado como un amplio paraguas que puede proteger sistemas mutuamente excluyentes, con tal de que reciten las mismas palabras. El Concilio que antaño condenó y expulsó a los herejes es invocado ahora para justificar una unidad que se conforma con permanecer incompleta, una comunión que nunca exige a nadie cambiar de idea.

Cuando León habla de la Iglesia, lo hace como el Concilio Vaticano II. En el papel, el Credo es estable; en la práctica, la eclesiología es revisable. La antigua enseñanza sobre quién pertenece verdaderamente a la Iglesia y cómo deben volver los hermanos separados es reemplazada cortésmente por un lenguaje de enriquecimiento recíproco y herencia compartida. Controversias teológicas que antes justificaban una Reforma y un milenio de cisma ahora quedan, de repente, destinadas a ser dejadas de lado.

Si hay una lección que sacar de este aniversario es que la unidad sin verdad es una falsificación. Los 318 Padres de Nicea no se reunieron en concilio para establecer el contenido mínimo necesario para permanecer en comunión con Arrio. Definieron la fe y afrontaron las consecuencias. Si León realmente quisiera celebrar su valentía, debería recuperar su claridad.

Hasta entonces, el Credo niceno-constantinopolitano seguirá siendo el juez del proyecto ecuménico que se pretende construir sobre sus hombros. Las palabras siguen siendo las mismas. La pregunta es si Roma todavía cree en todo lo que ellas implican.

ANEXO 2

Una Caro: ¿En defensa de la monogamia?

Un matrimonio bajo ataque necesitaba la verdad católica, no sentimentalismo[8]

“Tucho” Fernández[9] al presentar la nota vaticana sobre la monogamia

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Una Caro: elogio della monogamia (Una carne: elogio de la monogamia), la Nota doctrinal sobre el valor del matrimonio como unión exclusiva y pertenencia recíproca[10], difundida por el Dicasterio para la Doctrina de la Fe con la aprobación del Papa Prevost[11], tiene un alcance amplio pero, como era previsible, sufre de una debilidad típica de todos los textos sinodales modernistas: trata una doctrina antigua, clara y de institución divina como si fuera un tema que necesitara una reinterpretación moderna, en vez de la confirmación de una verdad perenne.

En una época como la nuestra, donde la misma idea de matrimonio se está derrumbando bajo el peso del libertinaje sexual, la ideología de género y la glorificación cultural del no compromiso, un documento vaticano sobre la monogamia tendría que haber tenido la fuerza de un toque de trompeta. Pero la Nota no es nada parecido. Al contrario, Una Caro susurra palabras dulzonas y se pavonea como un dandy. Es una larga, pomposa y muy seria meditación pastoral, por momentos incluso bella, pero que se niega a llamar pecado al pecado, error al error y verdad a la verdad. Lo que la Iglesia necesitaba era un martillo, y en cambio recibió un tímido tap-tap modernista.

Desde los primeros párrafos, cualquier esperanza de que este documento fuera distinto a la ya conocida basura posconciliar se hace trizas. La Nota no empieza por la doctrina, ni por la ley divina, ni mucho menos por la ley natural que sostiene toda la comprensión católica del matrimonio. Empieza, en cambio, con el lenguaje introspectivo y terapéutico típico de los documentos sinodales actuales. El vínculo conyugal, nos dicen, no nace de dos personas “que están una frente a la otra”, sino de dos personas “que están una al lado de la otra”.

La definición misma de unidad monogámica no se formula en términos teológicos o jurídicos, sino con el vocabulario de un consejero matrimonial. No es una elección estilística al azar: revela la óptica con la que el documento aborda el tema. El matrimonio no es ante todo un pacto, un vínculo instituido o una unidad ontológica, sino una “relación”, un “camino compartido” y una “comunión de vida”.

Pero ¿qué podíamos esperar? Después de todo, el documento es obra del cardenal Soft Porn en persona, alias Víctor Manuel “Tucho” Fernández.

Ese lenguaje puede ser inofensivo en un folleto catequístico o en una columna de consejos, pero en una nota doctrinal se vuelve un obstáculo. La Iglesia siempre enseñó que la unidad del matrimonio está fundada en algo mucho más sólido que la cercanía emocional o la experiencia subjetiva. Está fundada en la misma ley divina: “Serán una sola carne”. No “serán emocionalmente resonantes”, no “crecerán en comunión interpersonal”, sino una sola carne. El vínculo unitivo es real, objetivo, irrevocable e independiente de los sentimientos de los esposos. Sin embargo, en toda la Una Caro, la unidad es descripta como un proyecto emocional en desarrollo, un proceso dinámico profundizado a través de la ternura, el diálogo y la entrega mutua. Se pone el acento una y otra vez en la interioridad y la relacionalidad, al punto de que uno se pregunta si los autores recuerdan que el sacramento del matrimonio sigue siendo totalmente real incluso cuando los esposos dejan de “sentirse conectados”.

El empalagoso sentimentalismo se vuelve aún más inquietante cuando la Nota, en el párrafo cinco, anuncia con sorprendente candidez que no va a tratar el tema de la “indisolubilidad” ni de la “fecundidad”. Cuesta creer lo que uno está leyendo. Un documento vaticano sobre la monogamia que explícitamente decide no hablar de los dos pilares que hacen comprensible la monogamia. Sería como publicar un documento sobre la Eucaristía y negarse a hablar de la transubstanciación. Al poner entre paréntesis estos elementos esenciales, la Nota le quita a la monogamia su columna vertebral doctrinal y la deja flotando en el aire.

Uno de los fallos más estridentes aparece cuando la Nota usa, sin ningún espíritu crítico, textos religiosos hindúes como testimonios morales de la monogamia. En un documento de este tipo uno podría esperar observaciones antropológicas, pero no citas directas de escrituras hindúes puestas sin matices al lado del Génesis, como si el Manusmti o el Bhagavatam ocuparan un plano moral comparable.

El documento cita el Manusmti -texto que también consagra “grandes instituciones” como la jerarquía de castas, la impureza ritual y la subordinación despótica de la mujer- como si su afirmación sobre la fidelidad “hasta la muerte” fuera moralmente iluminadora. Luego cita el Bhagavatam y la historia de Ramachandra, que “respetó a una sola mujer toda su vida”, como si esa narración épica reforzara el magisterio católico. Finalmente cita el Thirukkural tamil afirmando que “el amor recíproco es la esencia de la pareja”. Y todo esto con una admiración que hace pensar que en cualquier momento “Tucho” también puede empezar a citar el Kamasutra.

Este no es el método católico. Cuando la Iglesia reconoció ecos de la ley natural en culturas no cristianas, lo hizo siempre con distinción cuidadosa y, diría, con decoro, justamente para no oscurecer la autoridad única de la Revelación divina. Pero Una Caro no se preocupa por nada de eso. Las fuentes paganas se presentan simplemente como “otras perspectivas”, mezcladas retóricamente con la Escritura y los Padres. El efecto no es enriquecimiento, sino un sincretismo nivelador. La Revelación termina pareciendo la versión cristiana de un modelo antropológico universal.

Esto no nace de un ingenuo universalismo teológico. Es un intento deliberado de ubicar al catolicismo dentro de un marco de religiones comparadas, en vez de presentarlo como la única fe verdadera que juzga a todas las demás.

Para empeorar la cosa, la Nota trata las desviaciones morales con una suavidad empalagosa. Cuando menciona el poliamor moderno, lo describe como un “fenómeno cultural”, no como un pecado grave. Cuando habla de la poligamia, la llama una “costumbre de la época”. Cuando analiza las relaciones “multipareja” modernas, las define como “situaciones objetivamente difíciles”. Los profetas bramaban contra el adulterio, Cristo condenó el divorcio, y San Pablo dijo claramente que la fornicación excluye del Reino de Dios. Pero Una Caro prefiere el murmullo dulce de la sensibilidad pastoral justo cuando el mundo, hundido en el pecado sexual, necesita que lo despierten.

Incluso cuando aborda dilemas pastorales concretos -como qué hacer con convertidos polígamos- el documento evita dar a los obispos una guía clara. Se detiene en el “drama” y la “complejidad” de la situación, ofreciendo empatía pero ninguna directiva concreta. Es exactamente esta clase de vaguedad la que llevó a tantos obispos a evitar el liderazgo moral. Cuando Roma balbucea, los pastores inevitablemente callan.

Toda la Nota está empapada de una deriva antropológica: un reemplazo de categorías teológicas por categorías psicológicas. El matrimonio es presentado una y otra vez como un camino interior, un proceso, un diálogo, un crecimiento en la entrega mutua. Esa perspectiva, aunque no falsa en sí misma, oscurece el hecho de que el matrimonio es antes que nada un pacto instituido por Dios y ratificado por los esposos mediante el consentimiento. No es una experiencia subjetiva. Es un vínculo objetivo. Pero Una Caro habla como si la unidad matrimonial creciera o disminuyera según la dinámica interna de la pareja. Esa es antropología de psicología secular moderna, no doctrina católica.

Hay pasajes hermosos, sí. Hay citas de Agustín, Tomás de Aquino, León XIII y Pío XI que recuerdan la fuerza doctrinal de épocas más sólidas. Hay momentos en los que la Nota casi encuentra su equilibrio y dice la verdad con claridad. Pero esos momentos flotan en un mar más amplio de ambigüedad, sentimentalismo y optimismo antropológico. Es evidente que los autores sinodales temían que demasiada claridad doctrinal ofendiera la sensibilidad de su verdadero dios: el hombre contemporáneo.

Lo que la Iglesia necesitaba era una declaración firme recordando:

-que la monogamia es ley de Dios,
-que está arraigada en la naturaleza,
-que fue defendida por Cristo,
-que es esencial para la sociedad,
-y que obliga a todos.

Necesitaba una denuncia contundente de los pecados sexuales que destruyen almas y sociedades. Necesitaba una articulación teológica que devolviera a la procreación y a la indisolubilidad su lugar adecuado. Necesitaba claridad sin excusas. En cambio, recibió un documento lleno de citas, de tono pastoral y amplia retórica, pero pobre en autoridad, juicio y guía. Un texto que se niega a condenar el error, que deja de lado verdades esenciales y que introduce fuentes religiosas ajenas, poetas laicos y filósofos mundanos de manera que oscurecen la unicidad de la Revelación.

Un mundo perverso necesitaba una trompeta de alarma. En su lugar, “Tucho” y su Dicasterio modernista nos regalaron una flautita impotente…

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[1] https://www.vatican.va/content/leo-xiv/es/speeches/2025/october/documents/20251010-acs.html - Artículo publicado en mi blog Super Omnia Veritas: https://gloria.tv/post/RpMeiCQTyGJX4iiEmf76jQ2k1 - Para comprender la crisis conciliar recomiendo leer el  siguiente documento: “La religión del hombre. Un testimonio acerca de la crisis eclesial” - https://gloria.tv/post/u8x13tqGCFi727Sfj2J73PtSZ

[6] Sobre Prevost ver: 1. “Francisco nos acompaña desde el Cielo” https://gloria.tv/post/2JPN3gkmHVHaDjokMTx8YKsZm - 2. “La religión del hombre” https://gloria.tv/post/YZZG2utwXrt63iShzzCACGCfv - 3. “La corredención de María” https://gloria.tv/post/X7rdZYfhHJFK1F3Kg3JTNoxyg  - 4. “Marcha LGBT en el Vaticano” https://gloria.tv/post/U7MJEhdXSPgL3HAma6bdXGAbd - 5. “El video del Papa” https://gloria.tv/post/SWa4N4hjJZya2xag3eYbL6jrn - 6. “Prevost y el cambio climático” https://gloria.tv/post/SWa4N4hjJZya2xag3eYbL6jrn - 7. “León XIV refutado por León XIII” https://gloria.tv/post/RpMeiCQTyGJX4iiEmf76jQ2k1 - 8. “Examen de Dilexi Tehttps://gloria.tv/post/okKtzN1oZTS72stx8fcWPjrUs - 9. “Ritual neopagano en el Vaticano” https://gloria.tv/post/3EGW4JYjpTy63mV24WgcGs6o8 - 10. “Prevost y James Martin” https://gloria.tv/post/8uvUdBVXfnbRDRtgLvUFNutQm

[11] Para comprender la crisis conciliar recomiendo leer el  siguiente documento: “La religión del hombre. Un testimonio acerca de la crisis eclesial” - https://gloria.tv/post/u8x13tqGCFi727Sfj2J73PtSZ