San Juan Bautista
viernes, 28 de octubre de 2022
miércoles, 12 de octubre de 2022
12 de Octubre: Acción de gracias a España - Antonio Caponnetto
A fray Santiago Cantera
En estos tiempos nuestros del olvido culpable,
de la omisión ingrata, de la trágica amnesia,
hay que grabar en todos los palacios del alma
la ofrenda agradecida, como cirio en la iglesia.
Hay que saber dar gracias por traernos el pozo
de Sicar, donde un día, bebió la misma Sed;
las bienaventuranzas, el ágape postrero,
ese oficio marino de arrojarnos la Red.
Hay que poder saldar lo que nadie podría
con caudales mundanos o el más áureo lingote,
los pareados cidianos, las loas de Berceo,
cada palabra ecuestre que enhebró Don Quijote.
Hay que retribuir a esas naves veleras
portadoras del Logos que fue Primeramente,
de los fueros y el Foro, del ágora y los fascios.
Saber que por Castilla en verdad somos gente.
Hay que honrar la memoria del guerrero y del mártir,
del misionero osado que murió predicando,
de los conquistadores leales al Madero
al yugo y a las flechas de Isabel y Fernando.
Hay que ser observantes con la herencia donada,
las cúpulas,el claustro, la lira o la zampoña,
los códices de Trento, la Política Indiana,
mientras cruzan el cielo las aspas de Borgoña.
Hay que corresponder tanto bien recibido,
el mestizo de acento castellanomanchego,
la Virgen Morenita, los santos rioplatenses,
la carreta en Luján, la tilma de Juan Diego.
Hay que elevar hosannas y aleluias de gozo:
el tribal maleficio ya quedó desprovisto,
la tierra descubierta recibió el Sacramento,
y celebran su gloria en el altar de Cristo.
Hay que saber dar gracias, repetimos seguros,
por la América hallada como el Niño en el templo,
el rosario en la selva derrotando demonios,
sólo en Dios Uno y Trino la vida y el ejemplo.
Hay que remunerar que llegara el Imperio,
la espada de un rey justo que la porta y la tange,
y pasados los siglos, tras sones de Cruzada,
las camisas azules, José Antonio y Falange.
Hay que cantar de nuevo nuestros himnos marciales,
que conquisten la sierra, la planicie o la calle.
Hay que alzar nuestras palmas hacia un cielo de julio
Y hay que enterrar a Franco nuevamente en el Valle.
Antonio Caponnetto
viernes, 12 de agosto de 2022
Día de la Recomquista (12 de Agosto) - Por Antonio Caponnetto
Hoy la ciudad acampa en su ribera,
el viento del sudeste empuja al río,
trazando orillas que no son de agua.
Albión está encallada en un estuario
que la cartografía de los mares
da por perdido al sur, ignoto y frío.
Sopla el invierno su canción helada,
rastro del mediodía, racha dura,
aire que no perdona al forastero.
Hoy es el día en la ciudad signada.
Bofarrul arengaba a los Miñones,
Juan Gutiérrez plegaba su velamen,
el polvorín de Alzaga está inquieto
y las anclas del bárbaro navío
yacen hundidas en la tierra infértil.
Los riachos del Tigre o San Isidro,
la Chacarita de los Colegiales,
o en Luján, los Corrales o en Olivos,
donde pasa Liniers todos lo aclaman
El ultimátum ya arribó hasta el Fuerte,
la mirada de Beresford se apaga:
“¿Cómo han llegado allí, de las orillas,
armados de trabucos antañones?
¿Quiénes son estos hombres de a caballo,
de a pie, de a puño limpio, o poncho al brazo?
¿De qué cuartel salen mujeres, chicos,
viejos, caudillos, veteranos, frailes,
en qué Academia las terrazas lanzan
aceite hirviendo, piedras o guijarros?
¿Qué táctica es aquella de facones,
de relinchos, caronas y cabestros?
¿Cuándo enseñó el Liceo entre sus aulas
que una reja es puñal o carabina,
cuándo se vio el repique de badajos
animando el coraje de plegarias?”
A bayoneta y paso de carrera
otra vez Bofarrul se abre camino
entre dos centenares de invasores.
Y Liniers en vanguardia, sable enhiesto,
en las calles, la plaza, la recova,
en el pórtico antiguo del santuario,
multiplicando esfuerzos y victorias.
Tres balas condecoran su uniforme,
él escucha un clamor: “¡avance, avance!”
Su nombre y su destino eran Santiago.
Las murallas del Fuerte por asalto,
el puente levadizo que se tumba,
el mástil rojo y gualda, nuevamente,
desfila la derrota, silenciosa.
Hoy es el día en la ciudad signada,
un día medieval, templario, andante.
Santa María de la Reconquista
se llama desde entonces Buenos Aires.
Antonio Caponnetto
martes, 9 de agosto de 2022
Tiranía y abuso sexual en la Iglesia católica: una tragedia jesuita - Dr.John R.T. Lamont
A la luz de las nuevas revelaciones sobre los abusos sexuales en la
Iglesia, muchos católicos se preguntan cómo es posible que se haya producido la
situación que estas revelaciones han descubierto. La primera pregunta que
surge, una pregunta de larga data, es: ¿Por qué los obispos trataban a los
abusadores sexuales ocultando sus ofensas y transfiriéndolos a nuevas
asignaciones, en lugar de removerlos del ministerio? Todavía no se ha dado una
respuesta satisfactoria a esta pregunta. La cuestión ahora se ha acentuado más
por una pregunta adicional; ¿cómo Theodore McCarrick fue nombrado arzobispo de
Washington y cardenal, e incluso se convirtió en uno de los principales
redactores de la política de los obispos estadounidenses sobre el abuso sexual
en 2002, cuando su propia participación en el abuso sexual era ampliamente
conocida en los círculos clericales y se había dado a conocer a La Santa Sede?
Estas cosas no sucedieron a causa de la ley eclesiástica. Hasta el 27 de
noviembre de 1983, la ley vigente en la Iglesia latina era el Código de Derecho
Canónico de 1917. El canon 2359 §2 de este código decretó que, si los clérigos
cometen una ofensa contra el sexto mandamiento del Decálogo con menores de dieciséis
años, sean suspendidos, declarados infamantes, privados de todo oficio,
beneficio, dignidad o cargo que pueden sostener, y en los casos más graves
depuestos.
Este canon fue reemplazado por el Canon 1395, §2 en el Código de 1983,
que establece que 'el clérigo que de cualquier otra manera ha cometido una
ofensa contra el sexto mandamiento del Decálogo, ... con un menor de dieciséis
años, sea castigado con penas justas, sin excluir la destitución del estado
clerical si el caso así lo amerita'. El Código de 1983 abordaba delitos del
tipo cometido por el Cardenal McCarrick con el Canon 1395 §2, que establece que
'Un clérigo que de otra manera ha cometido una ofensa contra el sexto
mandamiento del Decálogo, si el delito se cometió por la fuerza o amenazas o
públicamente o con un menor de dieciséis años, debe ser castigado con penas
justas, sin excluir la expulsión del estado clerical si el caso así lo
amerita.” Estos cánones no presentan estos castigos como opciones; requieren
que tales ofensas sean castigadas por la autoridad eclesiástica. Así que
nuestra pregunta ahora es; ¿Por qué las autoridades eclesiásticas violaron la
ley al no hacer cumplir estos cánones?
Sin duda, una serie de factores se combinaron para producir esta
situación desastrosa. Sin embargo, hay un factor que no ha sido ampliamente
discutido o entendido, pero que ha tenido un efecto preponderante en dar lugar a
la escandalosa situación que ahora absorbe nuestra atención. Esta es la
influencia dentro de la Iglesia de una concepción de la autoridad como una
forma de tiranía, en lugar de estar basada y constituida por la ley. Este
ensayo presentará la naturaleza de esta concepción, describirá cómo llegó a ser
influyente y explorará algunos de sus resultados más significativos.
Los orígenes intelectuales de esta concepción de la autoridad y la
obediencia se encuentran en gran medida en la teología y la filosofía
nominalistas. Guillermo de Ockham se puso notoriamente de un lado del dilema de
Eutifrón al afirmar que las buenas acciones son buenas simplemente porque son
ordenadas por Dios, y que Dios podría hacer que la idolatría, el asesinato y la
sodomía fueran buenas, y que la abstención de estas acciones fuera mala, si él
ordenaba que así se hiciera. Esta concepción de la autoridad divina presta apoyo a
una comprensión tiránica de la autoridad en general basada en la voluntad
arbitraria del poseedor del poder, más que en la ley.
Una comprensión de la autoridad basada en la ley, por el contrario,
sostiene que la ley derivada de la naturaleza del bien proporciona la fuente
de la autoridad de un gobernante, y delimita la esfera en la que un gobernante
puede dar órdenes. Los estudiosos saben desde hace mucho tiempo que el dominio
del pensamiento nominalista del siglo XIV dejó su huella en el pensamiento
católico durante siglos, con tesis claves del nominalismo que permanecieron
arraigadas incluso en los eruditos que creían que defendían las tradiciones
antinominalistas. La naturaleza de la autoridad fue una de estas tesis. Los
teólogos y filósofos católicos durante la Contrarreforma sostuvieron que la ley
y la obligación moral deben entenderse como resultado del mandato de un
superior; Suárez dio una descripción característica de la ley como 'el acto por el cual un superior desea
obligar a un inferior a la realización de un acto particular'.
La restauración de la disciplina entre el clero y los religiosos fue uno
de los principales objetivos de la Contrarreforma. Las teorías de la ley y la
autoridad que guiaron esta restauración diferían de una posición puramente
nominalista, pero estas diferencias se perdieron cuando se idearon los
principios prácticos para el entrenamiento en la obediencia. Estos principios
encarnaban una comprensión tiránica de la autoridad y una comprensión servil de
la correcta obediencia que consistía en la sumisión total a la voluntad del
superior. La formulación más influyente de estos principios se encuentra en los
escritos de San Ignacio de Loyola sobre la obediencia. Los elementos clave de
la noción ignaciana de autoridad son los siguientes:
— La mera ejecución de la orden
de un superior es el grado más bajo de la obediencia, y no merece el nombre de
obediencia ni constituye un ejercicio de la virtud de la obediencia.
— Para merecer el nombre de
virtud, el ejercicio de la obediencia debe alcanzar el segundo grado de
obediencia, que consiste no sólo en hacer lo que manda el superior, sino en
conformar la propia voluntad a la del superior, de modo que no sólo se quiera
obedecer una orden, sino que se quiera que esa orden en particular se haya dado,
simplemente porque el superior así lo quiso.
— El tercer y supremo grado de
obediencia consiste en conformar no sólo la voluntad sino también el intelecto
a la orden del superior, de modo que no sólo se quiera que se haya dado una
orden, sino que se crea realmente que la orden era la orden justa para dar, simplemente porque el superior lo dio. “Quien quiere hacer de
sí mismo una oblación entera y perfecta, además de su voluntad, debe ofrecer su
entendimiento, que es un grado ulterior y supremo de obediencia. No sólo debe
querer, sino que debe pensar lo mismo que el superior, sometiendo su propio
juicio al del superior, en cuanto una voluntad devota puede doblegar el
entendimiento.
— En el más alto y más meritorio
grado de obediencia, el seguidor no tiene más voluntad propia para obedecer que
un objeto inanimado. “Cada uno de los que viven bajo la obediencia debe dejarse
llevar y dirigir por la Divina Providencia por medio del superior como si fuera
un cuerpo sin vida que se deja llevar a cualquier lugar y ser tratado de la
manera deseada, o como si fuera un bastón de anciano que sirve en cualquier
lugar y de cualquier manera en que el poseedor quiera usarlo.'
— El sacrificio de la voluntad y
del intelecto que implica esta forma de obediencia es la más alta forma de
sacrificio posible, porque ofrece a Dios las más altas facultades humanas, a
saber. el intelecto y la voluntad.
Cabe decir que el ejercicio práctico de la autoridad
de San Ignacio no concordaba con sus propios escritos. Estaba acostumbrado a
enviar jesuitas en misiones independientes donde tenían que usar su iniciativa.
Interpretado literalmente, sus escritos sobre la obediencia no podrían tener
aplicación en estas situaciones, porque el superior no estaba allí para dar las
órdenes a las que se debe este tipo de obediencia.
Podemos explicar la contradicción entre su teoría y su
práctica por la influencia de las ideas filosóficas y teológicas aceptadas de
su tiempo, y por los objetivos a los que apuntaban sus enseñanzas sobre la
obediencia. Su doctrina sobre la obediencia estaba destinada a proporcionar un
entrenamiento inicial en disciplina, del tipo practicado en la profesión
militar que una vez había seguido. Una vez completada esta formación, también
se pretendía que los jesuitas en misión independiente interiorizaran el
objetivo que sus superiores les habían enviado a cumplir, para que cumplieran
correctamente y con entusiasmo las misiones que les habían sido encomendadas.
Pero San Ignacio no pretendía dar a los superiores religiosos un control
totalitario sobre todos los pensamientos y acciones de sus subordinados.
Desgraciadamente, los intérpretes de sus obras leyeron
sus escritos al pie de la letra y le atribuyeron el mantenimiento de un control
totalitario de este tipo como modelo de autoridad religiosa. Algunas
exposiciones de su enseñanza describieron la obediencia a una orden que uno sospecha,
pero no es seguro que sea inmoral, como una forma de obediencia especialmente
alta y loable. Esta declaración sobre el mérito excepcional de obedecer órdenes
que son moralmente dudosas se hace en la carta 150 de San Ignacio. La carta, de
hecho, fue escrita para él por el P. Polanco, su secretario; pero como salió
con la firma de San Ignacio, se benefició de su autoridad.
El pleno desarrollo de una concepción tiránica de la
autoridad religiosa y una concepción servil de la obediencia se encuentra en “Práctica de perfección y virtudes
cristianas” de Alonso Rodríguez S.J. Esta obra, el manual de teología
ascética de la Contrarreforma más leído, se publicó en 1609. Fue lectura
obligada para los novicios jesuitas hasta el Concilio Vaticano II. Su contenido
fue aceptado como la interpretación correcta de la enseñanza de San Ignacio
sobre la obediencia. En su propuesta de examen de conciencia, el hermano Rodríguez
(que no debe confundirse con San Alfonso Rodríguez mártir) exige al penitente:
II. Obedecer en voluntad y
corazón, teniendo un mismo deseo y voluntad que el Superior.
III. Obedecer también con
entendimiento y juicio, adoptando la misma opinión y sentimiento que el
Superior, no dando lugar a juicios o razonamientos en contrario.
IV. Tomar la voz del Superior…
como la voz de Dios, y obedecer al Superior, quienquiera que sea, como a Cristo
nuestro Señor, y lo mismo para los funcionarios subalternos.
V. Seguir la obediencia ciega, es
decir, la obediencia sin indagación ni examen, ni búsqueda de razones del
porqué y del para qué, siendo razón suficiente para mí que es obediencia y
mandato del Superior.
Rodríguez alaba la obediencia, tal como él la
entiende, en términos esclarecedores.
Uno de los mayores consuelos y
consuelos que tenemos en la Religión es este, que estamos seguros en hacer lo
que manda la obediencia. El Superior es el que puede equivocarse en mandar esto
o aquello, pero ten por seguro que no te equivocas en hacer lo mandado, porque
la única cuenta que Dios te pedirá es si has hecho lo que te ha mandado, y con
eso vuestra cuenta quedará suficientemente descargada ante Dios. No os
corresponde a vosotros dar cuenta de si la cosa mandada fue buena, o si otra no
hubiera sido mejor; eso no es tuyo, sino de la cuenta del Superior. Cuando
obran bajo la obediencia, Dios la quita de sus libros y la pone en los libros
del Superior.
Como otros escritores, Rodríguez hace la excepción
habitual por la obediencia a los mandatos que son manifiestamente contrarios a
la ley divina. Sin embargo, se ha señalado que la doctrina jesuita del
probabilismo tiende a anular esta excepción. De acuerdo con esta doctrina, no
hay pecado en realizar cualquier acción que una autoridad acreditada mantenga
como permisible; y el superior religioso de uno normalmente cuenta como una
autoridad respetable. También hay un hecho psicológico que tiende a hacer que
esta excepción sea nula. Interiorizar y practicar esta noción de obediencia es
difícil y requiere tiempo, motivación y esfuerzo. Cuando se ha hecho con éxito,
tiene un efecto duradero. Una vez que se ha destruido la capacidad de criticar
las acciones de los superiores, no se puede revivir esta capacidad y su
ejercicio a voluntad. Seguir la directiva de rechazar la obediencia a los
superiores cuando sus órdenes son manifiestamente pecaminosas se vuelve
psicológicamente difícil o incluso imposible, excepto quizás en los casos más
extremos, como las órdenes de asesinar a alguien, que no son el tipo de órdenes
pecaminosas que los superiores religiosos suelen tener interés en dar en ningún
caso.
Esta concepción de la obediencia no quedó como una
peculiaridad de la Compañía de Jesús, sino que llegó a ser adoptada por la Iglesia
de la Contrarreforma en su conjunto. Se hizo predominante en la nueva institución
del seminario de la Contrarreforma; el “Tratado
sobre la Obediencia del sulpiciano Louis
Tronson” consideró a la enseñanza y los escritos de San Ignacio como la
cumbre de la enseñanza católica sobre la obediencia. La adopción sulpiciana de
esta concepción fue particularmente importante por su papel central en la
formación de los sacerdotes en los seminarios a partir del siglo XVII. La
concepción servil de la obediencia siguió siendo la estándar hasta el siglo XX.
Adolphe Tanquerey, en su obra “Précis de
théologie ascétique et mystique”, ampliamente leída y traducida (y en
muchos sentidos excelente), pudo escribir que las almas perfectas que han
alcanzado el más alto grado de obediencia, someten su juicio al de su superior,
sin siquiera examinar las razones por las cuales él las manda.
El enfoque jesuita de la manifestación de la
conciencia contribuyó a inculcar una comprensión totalitaria de la autoridad.
San Ignacio no sólo alentó, sino que exigió la manifestación de la conciencia,
y exigió que la manifestación se hiciera al superior religioso. La
manifestación de la conciencia incluía 'las
disposiciones y deseos para la realización del bien, los obstáculos y
dificultades encontradas, las pasiones y tentaciones que conmueven o acosan el
alma, las faltas que se cometen con mayor frecuencia... el patrón habitual de
conducta, afectos, inclinaciones, propensiones, tentaciones y debilidades.”
Exigió que tal manifestación se hiciera cada seis meses, y ordenó que todos los
superiores e incluso sus delegados estuvieran capacitados para recibir estas
manifestaciones. En lugar de restringir el propósito de la manifestación de la
conciencia al bienestar espiritual del manifestado, no solo permitió, sino que
exigió al superior que usara el conocimiento de sus subordinados ganado a
través de la manifestación de la conciencia para propósitos de gobierno.
El poder arrogante que esta práctica otorga al
superior religioso no necesita subrayarse. Las antiguas órdenes religiosas se
resistieron a la introducción de una manifestación obligatoria de conciencia
según el modelo de San Ignacio, pero muchos institutos religiosos modernos la
adoptaron. Los abusos de la práctica fueron tan graves que el papado finalmente
tuvo que prohibirla. Fue prohibido para todos los religiosos por el canon 530
del Código de Derecho Canónico de 1917 (sin embargo, a los jesuitas se les
permitió conservarlo por un decreto especial del Papa Pío XI). En ese momento,
sin embargo, la práctica había tenido varios siglos para dejar su huella en la
comprensión de la autoridad, las formas de comportamiento y la psicología de
los superiores y subordinados dentro de la Iglesia Católica.
La novedad de esta comprensión de la obediencia se
puede ver al contrastarla con la posición de Santo Tomás de Aquino. Santo Tomás
considera que el objeto propio de la obediencia es el precepto del superior
(Summa theologiae,2a2aeq. 104 a. 2 co., a. 2 ad 3). El grado más bajo de
obediencia de San Ignacio, que él no considera virtuoso, es considerado por
Santo Tomás como la única forma de obediencia. Sostiene que las supuestas
formas superiores de obediencia de San Ignacio no caen bajo la virtud de la
obediencia en absoluto:
Séneca dice (De Beneficiis iii):
'Es erróneo suponer que la esclavitud recae sobre todo el hombre: porque la
mejor parte de él está exceptuada'. Su cuerpo está sujeto y asignado a su amo,
pero su alma es suya. Por tanto, en lo que toca al movimiento interno de la
voluntad, el hombre no está obligado a obedecer a su prójimo, sino sólo a Dios.
(2a2aeq. 104 a. 5 co.)
Santo Tomás no considera que la
obediencia implique el sacrificio de la propia voluntad como tal. La virtud de
la obediencia en su opinión solo implica el sacrificio de la voluntad egoísta, que
se define por su adhesión a objetivos que son contrarios a nuestra felicidad
última. Sin embargo, Rodríguez deja en claro que no es la voluntad egoísta, sino
toda la facultad humana de la voluntad misma, la que debe ser sacrificada. Este
es un sacrificio en el sentido de un abandono y una destrucción, ya que implica
eliminar la operación de la propia voluntad y entregarla a la voluntad de otro
ser humano. Santo Tomás tampoco piensa en la obediencia como una forma virtuosa
de ascetismo personal. Él no sostiene que obedecer un mandato que nos desagrada
es mejor como tal que obedecer un mandato que estamos felices de cumplir.
Una buena persona se complacerá en llevar a cabo
cualquier mandato adecuado, ya que tales mandatos promueven el bien común. No
considera que todas las buenas obras estén motivadas por la obediencia a Dios,
porque considera que hay virtudes cuyo ejercicio es anterior a la obediencia,
como la fe, a la que la obediencia religiosa la presupone. Tampoco considera que la
esencia del pecado consiste en la desobediencia a Dios, ni siquiera que todo
pecado implica el pecado de la desobediencia. De hecho, todo pecado implica una
desobediencia a los mandamientos de Dios, pero esta desobediencia no es deseada
por el pecador a menos que el pecado implique una voluntad de desobedecer el
mandato además de la voluntad de realizar el acto prohibido (2a2ae q. 104 a. 7
ad 3). La obediencia es simplemente un acto de la virtud de la justicia, que
está motivada por el amor a Dios en el caso de los mandatos divinos y el amor
al prójimo en el caso de los mandatos de un superior humano. Estos amores son
más fundamentales y más amplios que la obediencia.
La concepción de la autoridad religiosa y la
obediencia religiosa que se hizo dominante en la Iglesia a partir del siglo XVI
fue, por lo tanto, una innovación fundamental que se apartó de las posiciones
católicas anteriores. Llegó a influir en la Iglesia a través de la formación
impartida en seminarios para sacerdotes diocesanos y el enfoque de la
disciplina en las congregaciones religiosas. La vida cotidiana de los
seminaristas y religiosos estaba estructurada por una multitud de reglas que
regían las minucias del comportamiento, y las actividades que caían fuera de
esta rutina generalmente solo podían llevarse a cabo con el permiso del
superior. Tal permiso se negaba arbitrariamente de vez en cuando para fomentar
la sumisión en los subordinados. No se proporcionaron los motivos de los
pedidos y no se respondieron las preguntas sobre los motivos de los pedidos.
Este enfoque de la autoridad tuvo efectos
perjudiciales para el clero y los religiosos. La exigencia de obediencia servil
por parte de los subordinados destruyó la fuerza de carácter y la capacidad de
pensamiento independiente. El ejercicio de la autoridad tiránica por parte de
los superiores producía un orgullo desmesurado y una incapacidad para la
autocrítica. El hecho de que todos los superiores comenzaran en una posición
subordinada significó que se facilitó el avance de aquellos expertos en las
artes del esclavo: adulación, disimulación y manipulación.
Los laicos no podían esperar un ascenso en la
jerarquía eclesiástica, por lo que el efecto de la promoción de una comprensión
servil de la obediencia religiosa fue infantilizarlos en la esfera religiosa.
Esta infantilización se puede observar en el arte y la devoción religiosa,
especialmente a partir del siglo XIX, y en la voluntad de obedecer ciegamente
al clero. La disociación resultante entre la madurez adulta y la creencia religiosa socavó la fe y el compromiso religioso entre los laicos, y
contribuyó a la secularización constante de las sociedades católicas.
Los efectos de esta concepción de la obediencia fueron
mitigados por factores compensatorios. El derecho canónico, la disciplina
litúrgica y las reglas de las órdenes religiosas proporcionaban prescripciones
detalladas que limitaban el ejercicio tiránico de la autoridad por parte de los
superiores. La filosofía y la teología escolásticas, la educación clásica y el
requisito de dominio del latín impusieron estándares objetivos para el
conocimiento y la capacidad intelectual exigidos al clero. Las escuelas
secundarias jesuitas, que eran con mucho las más importantes y exitosas de sus
apostolados, se regían por una ratio
studiorum excelentemente diseñada que establecía en detalle qué se debía
estudiar y cómo. En la medida en la que la concepción tiránica de la autoridad
estuvo restringida por estos factores, ésta fue paralizante pero no fatal para
la Iglesia.
Una característica insidiosa de esta concepción de la
autoridad es que al principio parecía ser un éxito. Se usó para poner fin a la
mala conducta financiera y sexual del clero que había ayudado a producir la
Reforma. Al hacerlo, contribuyó a los brillantes logros de la Contrarreforma.
La situación de la Iglesia era como la de Roma bajo Augusto o la de Francia
bajo Luis XIV; la paz y el orden producidos por el gobierno absoluto
permitieron el florecimiento de los talentos producidos por la sociedad libre
que había existido antes del absolutismo. Cuando se gastó la herencia de la libertad
y se sintieron todos los efectos del absolutismo, estos talentos se
marchitaron. La brillante constelación de santos y genios que iluminó la
Francia católica del siglo XVII fue sucedida en el siglo XVIII por el fracaso y
las frecuentes capitulaciones frente a los ataques anticristianos de la
Ilustración.
Esta exposición de la historia y naturaleza de una
concepción tiránica de la autoridad en la Iglesia explica muchos rasgos de la crisis del abuso sexual. Se necesita madurez psicológica
para resistir con éxito la tentación sexual. Al atacar esta madurez, la
inculcación de una comprensión servil de la autoridad hace muy difícil la
castidad. Las personalidades retorcidas e inadecuadas de quienes se sienten
atraídos por la actividad sexual perversa no serán identificadas en un sistema
de entrenamiento que se base en inculcar la obediencia servil. Tales personas
suelen ser buenas para el servilismo y la disimulación. Éstos prosperarán en un
sistema basado en la obediencia servil, mientras que los hombres de
inteligencia y carácter bregarán bajo el mismo.
Los superiores no pensarán que su propia autoridad
está ligada a la autoridad de la ley, y no estarán inclinados a respetar y
obedecer la ley como tal. Tendrán un fuerte incentivo para ocultar el abuso
sexual, porque la autoridad del clero sobre los laicos se basará en una
concepción infantilizada que hace de los clérigos figuras paternas divinas que no
pueden hacer nada malo. Tal concepción se destruye si se hacen públicos los
errores graves del clero. Los laicos que sostienen esta concepción serán
fácilmente persuadidos o intimidados para que guarden silencio sobre los casos
de abuso sexual que encuentren. Tanto a los superiores como a los subordinados
en un sistema tiránico se les enseña a adorar el poder y a quienes lo detentan,
y a despreciar a los inferiores, los débiles y las víctimas. Como resultado, no
tenderán a sentir compasión por las víctimas de abuso sexual, especialmente los
niños. Su simpatía irá a los abusadores, que han estado ejerciendo un poder tiránico
en forma extrema. Todos los anteriores enunciados se han observado una y otra
vez en los casos de abuso sexual que han salido a la luz.
La infantilización producida por esta comprensión de
la autoridad contribuyó al abuso sexual de varias maneras. Una persona
infantilizada no puede ejercer un juicio independiente y no puede defenderse a
sí misma ni a los demás. Los bebés no son capaces de comprender el mal y no son
capaces de admitir o incluso entender que sus figuras paternas sean malas.
Aquellos sacerdotes que tomaron como verdadera la concepción tiránica de la
autoridad, si no se ajustaron a ella para realizar sus ambiciones y
disfrutar de los placeres de la tiranía, fueron psicológicamente incapaces de
denunciar el abuso sexual y correr riesgos para corregirlo. Los ambiciosos no
lo hicieron porque no había ningún porcentaje para ellos.
En cuanto a los laicos, la verdad brutal es que muchos
abusos sexuales de niños por parte de sacerdotes ocurrieron con la
confabulación de los padres de estos niños. Sin esta confabulación, el abuso sexual
de niños y adolescentes por parte de sacerdotes nunca podría haber tomado las
dimensiones que tomó. Así lo atestigua esta declaración de 'James', un niño
abusado sexualmente repetidamente por el cardenal McCarrick: “James dijo que había tratado de decirle a su
padre que estaba siendo abusado cuando tenía 15 o 16 años. Pero el padre
McCarrick era tan querido por su familia, dijo, y lo consideraban tan santo,
que la idea era inimaginable. … James dice que cuando era niño, no tenía un
lugar seguro para discutir lo que le estaba pasando. 'No hay lugar. No hay lugar. Mi padre simplemente no iba a
escucharlo”. …'Lo intenté un par de veces con mi madre, pero ella decía: 'Creo
que te equivocas'. Mi padre nació en 1918, mi madre nació en 1920. Fueron
criados de una manera en que la Iglesia Católica era todo. Mi padre era un tipo
santo. Caminaba con un rosario en la mano todo el día. Mis padres eran muy
santos, y sus padres eran muy santos. Toda su idea sobre la vida era de esa
manera.”[1]
Esta concepción errónea de la santidad no fue el
resultado de la estupidez de los padres de este hombre. Era lo que les había
enseñado el clero, siguiendo una concepción tiránica de la autoridad.
Significaba que eran incapaces de comprender que los sacerdotes podían ser
malos, y pensaban que esta incapacidad era virtuosa y un deber religioso.
El caos que sumió a la Iglesia en las décadas de 1960
y 1970 probablemente se debió en gran parte a la rebelión contra el ejercicio
tiránico de la autoridad que se había infligido al clero y los religiosos antes
de la década de 1960. Sin embargo, como otras revoluciones registradas por la historia,
esta rebelión contra la tiranía no condujo al triunfo de la libertad. En
cambio, produjo una tiranía de mayor alcance y más profunda, al destruir los
elementos del antiguo régimen que habían puesto límites al poder de los
superiores. Eliminó los factores enumerados anteriormente que habían
contrarrestado la influencia de una concepción tiránica de la autoridad en la
Iglesia de la Contrarreforma.
La facción progresista que tomó el poder en seminarios
y órdenes religiosas tenía su propio programa e ideología que exigía total
adhesión y que justificaba la represión despiadada de la oposición. Las
herramientas de control psicológico y opresión que habían aprendido los
progresistas en su propia formación se usaron de la manera más efectiva y se
aplicaron de manera más radical que nunca en el pasado: la diferencia entre los
dos regímenes es bastante similar a la diferencia entre la Okhrana y la Cheka.
Parte de la ideología progresista era la falsedad y la nocividad de la enseñanza sexual católica tradicional; el efecto de este principio en la crisis del abuso sexual no necesita ser trabajado. Pero sería un error pensar que el progresismo como tal es el responsable de esta crisis, y que su derrota resolvería el problema. Las raíces de la crisis van más atrás y requieren una reforma de las actitudes para con la ley y la autoridad en cada sector de la Iglesia.
Dr. John R. T. Lamont
Fuente: Catholic
Family News (originalmente en Rorate Caeli y actualmente borrado de ese sitio)
lunes, 1 de agosto de 2022
ELOGIO DE LA RIGIDEZ - Antonio Caponnetto
Ha tomado estado público la respuesta
de Bergoglio a un sacerdote mendocino; respuesta en la cual intenta explicar y
justificar las tropelías de su sirviente Taussig contra la diócesis de San
Rafael -supuestamente a su cuidado- y que concluyeron, entre muchos males sin
cuento, en el cierre del Seminario Arquidiocesano.
La precitada misiva, fechada el 9 de
julio del corriente, y aparecida en diversos medios( cfr.https://www.aciprensa.com/noticias/papa-francisco-se-pronuncia-en-una-carta-sobre-la-crisis-en-diocesis-de-san-rafael-46643
),centra la cuestión en uno de los ideofijismos que obsesiona a
Bergoglio: el de la rigidez. La cual, en su cosmovisión sesgada,
arbitraria y heretizante, es siempre y
necesariamente sinónimo de disvalor, de gesto
condenable, de conducta pecaminosa.
En pocas palabras, la respuesta de
Bergoglio al sacerdote viene a decir que los castigos aplicados a los
sanrafaelinos, religiosos y laicos, por la mano verduga de su mandatario episcopal
felón, son consecuencia de que en aquella diócesis no se entendió que “la
rigidez no es un don de Dios, la mansedumbre sí; la bondad sí;la benevolencia
sí, el perdón sí, ¡pero la rigidez no! Porque es la antesala de la ideología
que tanto mal hace y que llevó a los rígidos del tiempo de Jesús a condenarlo
por poner la misericordia por encima de la ley”.
Si valiera la pena (que creemos ya
que no lo vale, dado el escándalo en que vive y que provoca permanentemente
este ruinoso cacique vaticano), varias reflexiones cabrían al respecto y se
podrían agrupar en tres clases. Las primeras consistirían en innúmeros y
documentados argumentos ad hominem;
ya que el hombre que clama contra la rigidez no cesa de ser el jefe cruel y
alevoso de una estructura de agarrotamiento, punición y dureza contra todos
aquellos a quienes considera sus contradictores. El mismo Taussig, usado y
descartado para desmantelar a los “rígidos” sanrafaelinos, es hoy merecida
víctima del menosprecio de su pontífice. Y así anda por la vida, sin vida;
monumento al fracaso, a la nadería y al desaire; convertido apenas en un
detrito errante que no acierta a depositarse en la cloaca final de sus
desventuras. Es que la despótica tiesura del pachamámico más se encarniza en
sus adulones que en quienes lo enfrentan. Antes se ensaña en los serviles que
en los que desenmascaran frontalmente su condición de lobo revestido de cordero.
Las segundas reflexiones deberían
versar sobre los propios rigorismos bergoglianos y sus respectivos desemboques
en otras tantas ideologías. O sin rodeos: lo que Jorge Mario declama abominar
es exactamente lo mismo que él hace, pero con una diferencia capital: su
rigidez es contra los católicos, apostólicos y romanos;a los que no pierde
ocasión de zaherir, destratar y humillar. Para lo cual no le bastan las
palabras y las conductas de agravio sistemático a la Iglesia y a la Tradición;
no le bastan los pedidos de perdones insostenibles y falaces ni las múltiples
volteretas fraseológicas con las que vacía la recta doctrina y adultera
impiadosamente la Verdad, sino que necesita mostrarse activamente cómplice de
las peores expresiones ideológicas; desde las contenidas en la Agenda 2030
hasta las que dictan los pregoneros de la contranatura y del Nuevo Orden
Mundial. La rigidez bergóglica desplegada desde hace ya largo tiempo para
sojuzgar y aplastar la Fe Verdadera, no sólo lo ha colocado, según sus
palabras, “en la antesala de las ideologías”. Lo ha conducido al santa sanctorum invertido y malhumeante
del iscariotismo eclesial. Es la rigidez farisaica del traidor a Jesucristo.
Las terceras y últimas
reflexiones, en fin, deberían ser sobre la naturaleza misma de la rigidez;
palabra que, como tantas otras, fue devorada por la guerra semántica, y a la
que el progresismo -desde su expresión psicoanalítica hasta su mamarracho
teológico- ha incorporado, sin más, a la galería de términos intrínsecamente
nocivos. ¡Hay que ver la rigidez de los anti-rígidos, para impedir cualquier
polisemia legítima del vocablo! Porque el Diccionario nos dice que la rigidez
es la capacidad de resistencia de un cuerpo a doblarse o torcerse por la acción
de fuerzas exteriores que actúan sobre su superficie. En tal sentido, es fácil
deducir y enseñar que, analógicamente hablando, hay una rigidez santa, sabia,
martirial y heroica; que es ni más ni menos que la que tuvieron todos los
testigos de la Cristiandad para no doblegarse ante el error, la confusión, la
ignorancia y la mentira. Pagando para ello, en graves ocasiones, el precio de
la propia sangre.
Hay una rigidez que enaltece, salva y
honra, y una elasticidad que abaja, homologa, desquerarquiza, basurea y mezcla. Una rigidez que es la letra o la
norma que mata al espíritu; y una rigidez que es la firmeza de plantarse entero
cuando quieren atropellar, por caso, la Eucaristía. Sobre todo, cuando los
atropelladores son los mismos que deberían estar dispuestos a morir y a matar
por su defensa. Hay, en definitiva, como pasa con la violencia, la censura, la
represión, la discriminación y tantas palabrejas arrojadas al baúl de los
“retrógrados”, una rigidez virtuosa y otra viciosa. Dependerá del qué, cómo, por
qué y para qué. Así de elemental. Y por eso mismo, así negado, ante un mundo
que ha perdido el sentido común. Y ante una feligresía acostumbarada a las
baratijas espirituales y conceptuales.
Es de San Agustín, en uno de sus Sermones, aquella síntesis iluminativa:
“una bofetada puede ser fruto de la caridad y una caricia una invitación al
pecado”. Las flexibilidades, contemporizaciones, ternezas, sincretismos,
irenismos y horribles cambalaches de palabra y de obra, que no se cansa de
perpetrar Bergoglio, son esas caricias que repugnan al Hiponense. Las rigideces
de los centinelas incorruptibles de la Cruz, pueden ser, en cambio, los últimos
frutos de la caridad, en una Barca cuyo timonel la convirtió en galeón
filibustero con la proa enfilada al abismo.
Por eso, aunque bien intencionado
resulte, es un error escribirle cartas a Bergoglio, pidiéndole actitudes
paternas, pontificias, pastoriles o simplemente caritativas o reparadoras. Es
un error querer tenerlo filialmente de padre, eclesiológicamente de Pastor,
humanamente de varón cabal. No; no hay que escribirle carta alguna. Sería como
mandarle un saludo navideño a Herodes, o desearle felices pascuas a Judas, o
solicitarle a Caifás que se prosterne ante el Calvario. Bergoglio sólo sabe darles
a los católicos fieles, la rigidez de la Sinagoga, la fría inflexibilidad de
las sentencias masónicas, la inconmovible y rencorosa venganza del Sanedrín, el
severo estupor de los sepulcros blanqueados.
Hace veinte siglos, los deicidas, mataron a
aquel que fue el Arquetipo Supremo de la mansedumbre, de la bondad, de la
misericordia, de la benevolencia y del perdón. Pero que lejos de oponer
dialécticamente estos dones a la rigidez, tuvo precisamente la necesaria,
lícita y divina reciedumbre de quien gobierna “con autoridad y rigidez” (Ez.20,
33). Fue la mano de hiel de su rigor y la mano de azúcar de su misericordia
–como diría Marechal- la que extendió, ambas en una, para enseñarnos a
portarnos como hombres y no como amebas.
Nos conceda Nuestro Señor la gracia de saber
usar ambas manos. De trocar los corazones de piedra por otros de carne y sangre
palpitantes de caridad. Nos mueva a perdonar, a predicar y practicar las obras
de misericordia. Y nos inculque a la par, como lo hizo siempre, la
determinación de conservar esa rigidez de acero, para que no nos dobleguen los
enemigos, en estas horas dolientes, sublunares y postrimeras.
martes, 26 de julio de 2022
Reseña Editorial: "Plandemia: Tiranía Sanitaria Global" de Alejandro Sosa Laprida
Diario La Prensa - 24/07/2022
Autor: Agustín de Beitia
Descargar PDF:
https://drive.google.com/file/d/1gomBsmGBh55Dy_vkFj_V-Ix7tVH_nkCT/view
De a poco van apareciendo, también en
nuestro medio, libros que cuestionan la narrativa oficial sobre lo sucedido en
el mundo desde fines de 2019. Este breve pero valioso opúsculo titulado
“Plandemia”, de Alejandro Sosa Laprida, debe contarse entre los más
provechosos: es compacto, vertiginoso, desafiante y, sobre todo, pone las cosas
en perspectiva, a la luz de la fe.
Sosa Laprida es licenciado en
Filosofía, profesor de francés y autor de varios libros de tema religioso,
incluso alguno crítico del papa Francisco. Es muy activo en las redes sociales,
provocador, un poco fragoroso. También es uno de los pocos que entrevió con
perspicacia desde el comienzo el engaño que estaba detrás de la última
emergencia sanitaria global y se lanzó con ardor a dejar constancia sobre las
demenciales medidas que se fueron adoptando.
La “secuencia orwelliana” que denuncia
es ya conocida por muchos lectores de este suplemento: sospechosa alarma
mundial por un virus que tiene una letalidad similar a la de una gripe
estacional, introducción de un test que crea falsos positivos, restricciones de
todo tipo, vacunación masiva con terapias genéticas, mordazas a los que
disienten, discriminaciones inconstitucionales para los insumisos, y refuerzo
de un gobierno mundial con perfiles tenebrosos.
Un giro copernicano en nuestras vidas,
el “Gran Reinicio” famoso, como se llamó a esta verdadera maniobra de
ingeniería social, política y económica desestructurante de la vida humana tal
como la conocíamos, que Sosa Laprida expone en 14 breves artículos que antes
fueron entradas de blog. Esos breves escritos permiten seguir la evolución de
esta maquinación aberrante, pergeñada por Bill Gates, el Foro Económico Mundial
y la OMS.
Pero aquí lo que importa es la mirada a
futuro, y Sosa Laprida propone una justificada mirada teológica, o
escatológica. Porque el “secuestro psicológico” de la población, que aún no
despierta ante esta “comedia grotesca”, como él la llama, puede ser un anticipo
de lo que vendrá. Pero la cuestión no se limitará ya a preocuparse porque una
elite megalómana e inescrupulosa de millonarios pueda arrogarse el derecho a
decidir cómo debemos vivir, si podemos viajar, lo que debemos pensar, lo que
estamos autorizados a hacer. El asunto es que el “Gran Reinicio” tiene -qué
duda cabe- un carácter diabólico y prefigura ese mundo unificado política y
religiosamente bajo el mando del Anticristo y del Falso Profeta del que habla
el Apocalipsis.
Tan ineludible es esta mirada como el
prólogo de Flavio Infante, que brinda el marco histórico que favoreció la
pérdida de todo horizonte sobrenatural en el hombre. El resultado es un libro
que se alza como un saludable ejercicio de sentido común, moralmente
apremiante, como dice el autor, y podría agregarse que de lectura
indispensable.
Fuentes:
1. https://www.laprensa.com.ar/518290-El-Gran-Reinicio-y-su-aterradora-proyeccion-.note.aspx
2. https://drive.google.com/file/d/112TDZlImcKpbPGb_RSxadLkoYQCFpzjv/view
Publicado en:
https://gloria.tv/post/CTkZ3Pa7qExp24G83qemdFVun
Presentación
El
propósito de esta publicación es el de cuestionar la narrativa oficial acerca
de lo que viene sucediendo en el mundo desde marzo de 2020, cuando la OMS
declaró el estado de pandemia por un nuevo tipo de coronavirus, aparecido en
China a fines de 2019.
En base a esta supuesta pandemia de “covid” -con un índice de letalidad
equivalente al de cualquier gripe estacional-, se tomaron una serie de
decisiones sin precedentes en la historia: confinar el mundo entero; dejar a
toda la población prácticamente sin atención médica; impedir las autopsias;
cerrar las escuelas; prohibir viajes y reuniones; suspender el culto religioso;
deshumanizarnos a través del enmascaramiento, el aislamiento y el distanciamiento;
infantilizarnos mediante todo tipo de restricciones absurdas; discriminar
arbitrariamente entre categorías sociales “esenciales” y “no esenciales”;
destruir la economía, empobreciendo a la gente y volviéndola así dependiente de
los subsidios estatales, con la consiguiente pérdida de autonomía y de
libertad; erradicar la “presencialidad” de la vida social, convirtiendo la
“virtualidad” digital en la norma de una existencia humana artificial y
solitaria; instaurar una “nueva normalidad” distópica que fragiliza las
relaciones humanas y daña la salud física y psíquica, pero que incrementa
exponencialmente las pingües ganancias de las grandes corporaciones
tecnológicas y farmacéuticas -todas poseídas por “filántropos” que quieren
“cuidarnos”, como es bien sabido-; adoctrinarnos con una “propaganda del miedo”
incesante en todos los medios de prensa subvencionados por el sistema; utilizar
una prueba PCR fraudulenta -no apta para diagnósticos médicos- ideal para
identificar tantos casos “positivos” como sea necesario a los efectos de poder
mantener las restricciones; prohibir cualquier tratamiento alternativo y
sancionar a los médicos que los utilicen; certificar casi todos los decesos
como “muerte por covid”.
Descargar la tapa completa:
google.com/file/d/1d8pZbIXl59zgJ_v__frOy-muzyIbWB2P/view
Por último, vacunar masivamente a la población con falsas vacunas pero
verdaderos tratamientos génicos experimentales, no probadas en animales, cuyos
efectos adversos a mediano y a largo plazo se desconocen, cuyos efectos a corto
plazo son de una gravedad nunca antes vista en ninguna vacuna y cuyos
fabricantes exigen la confidencialidad de los componentes, así como la
inmunidad jurídica ante las eventuales demandas.
Dicha “vacunación universal” fue
“decretada” por Bill Gates, pocos días después de la resolución de la OMS, en
una sonada entrevista con el Financial Times, en la que tuvo la
delicadeza de informarnos que, sin ella, “no habrá un retorno a la normalidad”
(sic). Cabe precisar que este multimillonario “filántropo” y eugenista
militante es uno de los principales financiadores de la OMS, un poderoso
accionista de la industria farmacéutica y que en octubre de 2019 había
organizado nada menos que una simulación de pandemia mundial de coronavirus, el
“Evento 201”.
Por otro lado, está el aspecto
“abortivo” que revisten estas “vacunas”, las que fueron desarrolladas y/o
probadas empleando cultivos celulares obtenidos de células de fetos
provenientes de abortos provocados, y cuyos tejidos -de múltiples órganos-, además,
les fueron extirpados in vivo -requisito indispensable para
que sean de utilidad en la experimentación biológica-, lo cual añade al
infanticidio una capa suplementaria de crueldad de una malicia propiamente
luciferina.
La lista de hechos inusuales, de
extrañas coincidencias, de situaciones sospechosas y de aberraciones morales
presentes en esta secuencia orwelliana de acontecimientos es infinita:
declaraciones contradictorias, decisiones incoherentes, mentiras desvergonzadas
-por ejemplo, hacer creer que es una “vacuna” lo que es un tratamiento génico
experimental inédito en la historia de la medicina-, conflictos de interés
omnipresentes -los vínculos financieros entre laboratorios, fundaciones
“filantrópicas”, mass media y organismos gubernamentales son
un secreto a voces-, propaganda mediática incesante -sin nada que envidiar a la
de los regímenes totalitarios del siglo pasado-, imposiciones arbitrarias,
censura sistemática de los disidentes, “lavado de cerebro” y manipulación
emocional permanentes, odiosas medidas extorsivas para “sumar vacunados”,
discriminaciones inconstitucionales, violación de las libertades personales,
etc.
En definitiva, a la luz de todo lo
acontecido durante este proceso “sanitario” interminable y que amenaza con
volverse crónico, sin precedentes en la historia y carente de toda racionalidad
y sustento científico, y cuyas nefastas consecuencias para la salud física y
psíquica de la gente -lo ocurrido con ancianos y niños estremece- y para el
bienestar general de la sociedad son incalculables, considero que el hecho de
atreverse a cuestionar la veracidad de la versión oficial sobre la “pandemia”,
mal que les pese a los censores mediáticos, a los fact checkers y
demás propagandistas de los laboratorios, no solo está plenamente justificado,
sino que es una saludable manifestación de sentido común y una actitud
moralmente apremiante.
PEDIDOS
A:
Librería
y Editorial Santiago Apóstol
La Plata 1721, Bella Vista (1661), Provincia de Buenos Aires, República
Argentina.
Teléfonos: 11.3782.8582 / 11.5016.9712
Mail: santiagoapostol_bellavista@yahoo.com.ar




