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jueves, 29 de julio de 2021

Benito: El último César en el recuerdo - Luis Alfredo Andregnette Capurro


En este aquí y en este ahora, el último César de Italia, Benito Mussolini, nos llega por el camino del sentimiento. Y lo hace cuando el próximo 29 de julio se cumplan 125 años de su natalicio y el 28, de estos días de abril que se desgranan, 63 de su vil asesinato. Violento tránsito hacia la inmortalidad porque, como el primer César –el que no llegó a Augusto-, también encontró en su camino a los Grandis, Cianos y Badoglios, Brutos parricidas que ya peinaban canas de políticos.

Pero veamos los primeros decenios de la XX centuria. El significado más hondo con que apareció Mussolini en la política italiana y mundial fue la necesidad de enlazar los quehaceres urgentes de la reconstrucción patria con la impostergable revolución.

Décadas de ruptura del tejido social por el liberalismo y el marxi-nihilismo hacían necesaria la intervención quirúrgica para el fortalecimiento del Estado y su restauración con la concepción cristiana del Corporativismo Participativo.

A este respecto señala el Padre Ennio Innocenti en su exhaustivo estudio titulado “La Conversión Religiosa de Mussolini” (Buenos Aires, Santiago Apóstol, 2006): “Alguno difunde el equívoco de que la política social de Mussolini derivó de su matriz revolucionaria socialista, la cual ciertamente no tiene ninguna inspiración religiosa y mucho menos católica. Se desatiende así la oportuna referencia que Mussolini señaló en la romanidad (donde la originaria concepción corporativa adquirió dignidad política). Se olvida también la actualización de la concepción corporativa que en tiempos de Mussolini había acreditado Giorgio Toniolo con el favor de la Santa Sede. Se pasa por alto además la certera referencia a la inspiración cristiana probada por la experiencia corporativa política de las comunas medievales [...]”

He aquí, pues, los principios inspiradores de lo que Innocenti titula con justicia la “benemérita política social mussoliniana”, consecuencia a su vez del plan de “hacer realidad el Estado Participativo”.

Éste se perfeccionó incorporando aspectos fundamentales de la Doctrina Social Católica al entrar el Corporativismo en las empresas “elevando al trabajador a participante de la gestión, en la propiedad y por consecuencia en los resultados económicos de la gestión”.

Durante la República Social Italiana proclamada por Mussolini en setiembre de 1943, luego de la traición de un rey “pequeño de cuerpo y de alma”, se acentuaron los aspectos corporativos con la complementación orgánica de las ideas de propiedad y de sociedad. Esas Leyes Fundamentales que se conocen como de Socialización, pero que son la antítesis del marxismo, mero capitalismo de Estado tan brutal como el liberal que suele devenir en salvaje.

A este respecto el citado Don Ennio Innocenti califica las disposiciones del Duce de estar en perfecta armonía con el pensamiento de la Iglesia siempre radicalmente adversa tanto al capitalismo liberal como al socialista. Corrían por entonces los llamados “seiscientos días de Mussolini”, que son una prueba de su grandeza de espíritu.

En esto no tenemos más que ceñirnos a sus memorias en las que traza un proyecto completo de restauración social que podríamos llamar –con palabras joseantonianas- la Revolución Nacional Sindicalista.

Merece párrafo aparte y subrayado la política religiosa. Advenido al Poder en el año 1922 con su Revolución de los Camisas Negras adoptó una serie de medidas dirigidas a facilitar la obra espiritual del catolicismo.

En ese sentido se restauró el crucifijo en centros oficiales y tribunales. A raíz de la reforma educativa de 1923 se incorporó la catequesis en las escuelas públicas dándose existencia jurídica a la Universidad Católica de Milán.

Por otra parte, se hizo frecuente la presencia de autoridades eclesiásticas en las ceremonias públicas. Pero no bastaba. El conflicto desatado por el accionar carbonario- masónico, cuando los Saboya y Garibaldi tomaron militarmente la Ciudad de Roma, el 20 de setiembre de 1870, se mantenía vigente. Situación insostenible que el propio Jefe de Gobierno señaló expresando: “Cualquier problema que turbe la unidad religiosa de un pueblo es causa de un delito de lesa Nación”.

Sobre esa base Mussolini acentuó el proceso de Conciliación que fue coronado en febrero de 1929 con los Acuerdos de Letrán, los que convirtieron en situación de derecho la plena soberanía del Papa sobre lo que fue, desde entonces, y para siempre, el Estado Vaticano. En la Cuaresma de ese año, Pío XI, entonces Pontífice reinante expresó: “Con profunda alegría declaramos haber dado, gracias a estos acuerdos, Dios a Italia e Italia a Dios”.

Cabe sin duda que a esta altura de la nota nos preguntemos cuál es el juicio que puede hacerse de la política exterior de la Italia Fascista considerada en su conjunto.

En primer lugar, hay que consignar que la conducta de Mussolini en relación a los asuntos internacionales tuvo tres puntos claves: la revisión de los tratados de Paz de 1919-20 empezando por el de Versalles, un Pacto de las Cuatro Potencias, que si hubiera sido aceptado habría contribuido a mantener la paz en el mundo durante un extenso período, y por último el Pacto Antikomintern para frenar el expansionismo soviético.

Pero no fue así y sus esfuerzos fracasaron hasta el mismo agosto de 1939, cuando ante la inminencia del conflicto entre Alemania y una Polonia incitada bélicamente por Francia e Inglaterra, presentó un plan de Paz que fue rechazado.

Sin embargo, hay algunos acontecimientos previos –que sucedidos cuando terciaba el siglo pasado- tuvieron especial significación. El primero fue la conquista de Abisinia con la que se extendió la civilización Occidental y Cristiana a un olvidado y salvaje rincón del mundo que no poseía más elementos aglutinantes que la autoridad de ciertos caciques.

En segundo término, el apoyo con sangre de Legionarios a la Cruzada de la España Nacional que impidió la bolchevización del extremo de Europa. Lo que llegó luego fue la conflagración, que al extenderse, ahogó la voz de Mussolini, quien hizo un nuevo intento por detenerla a comienzos del año 1940.

Europa fue entonces arrasada por los cañones que facilitaron, en Teherán, Yalta y Postdam, el orgiástico reparto del mundo “iluminado” desde el “Gran Oriente” por las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki. En tanto las praderas de los Césares se empapaban de sangre, mientras le Valle del Po se cubría con la niebla gris de la derrota y la roja de las matanzas en nombre de la “sagrada democracia”.

Y fueron decenas de miles las víctimas en la fiesta congoleña de los “libertadores”. El primero fue el maestro y herrero del Predappio, que con sus duras manos había abierto un surco “con una iniciativa política que interesó al mundo mostrándole nuevos caminos”.

Eran las cuatro y diez de la tarde del 28 de abril de 1945 cuando ante la verja de Villa Belmonte, en Giulino di Mezzegra, la metralleta del forajido partisano Walter Audisio disparaba sobre el cuerpo de un César que del Carso a Como, desde su adolescencia hasta su plenitud fascista, que está antes que nada en el Programa de Vernoa, había luchado por la justicia para su pueblo.

Caído, se lo culpó por una guerra que le fue impuesta por los que no quisieron revisar los cimientos falsos del período versallesco.

Muy cerca de allí, en Dongo, caían acribillados por la espalda los que lo acompañaron hasta el último momento ofreciéndole su vida, trabajo y sangre. Los que nada habían pedido en las horas del triunfo al hombre que había escrito en una ocasión: “Mi vida es un libro abierto. Se pueden leer en él estas palabras: estudio, miseria, lucha”.

El último César, cuyo cadáver la hez liberal bolchevique colgó de los pies, porque no los tenía de barro, también poseía, en las fotografías macabras que se publicaron, un decoro que nadie le pudo arrebatar. El brazo derecho como una espada y su mano, aunque casi rozando el suelo, con la que seguía indicando el camino y el vuelo de las águilas. Tal fue siempre su gesto, y el gesto y su significado en lo moral y lo físico es lo que queda de los hombres.

Tiempo atrás, desde la ciudad de Forli, llegamos hasta la cripta de la familia Mussolini en el cementerio del Predappio donde ante el sarcófago de piedra viva en el que el Duce descansa, oramos a Cristo Jesús por quien nació católico, confesándose tal en los días de su martirio.

Luego, y en voz alta, repetimos un párrafo de su testamento: “Todo lo que fue hecho no podrá ser borrado, mientras mi espíritu, ya librado de la materia, viva, después de la pequeña existencia terrena, la vida sin fin y universal de Dios”.

 

Revista Cabildo: Abril-Mayo 2008

 

Fuente: Revista Verdad


lunes, 26 de octubre de 2020

Otto Skorzeni (VI) Victorioso: Mussolini liberado – Luis Alfredo Andregnette Capurro

                

Los capítulos de esta zaga, se transformarían en libro demasiado voluminoso si describiésemos con todo lujo de detalles, los acontecimientos sucedidos en aquellos días de la traición del Saboya, a la Gran Alemania aliada, crimen antecedido por la puñalada trapera al Duce y al gobierno Fascista. Por ello, el grupo de felones a Italia y a su comunidad organizada, siendo ésta la forma fascista de denominar al Pueblo, la que no comprendieron, dada su irracionalidad y/o miseria espiritual.

Existe una ley histórica, que nos dice, desde siglos remotos que, cuando un grupo anímico racial alcanza una posición preeminente, debe defenderla con firmeza de acero porque, de no hacerlo, corre el riesgo del desprestigio universal. Ello fue lo que aconteció con Italia durante la segunda cincuentena del siglo XX. Una monarquía, que no pudo volver por falsaria y cobarde, sustituida por una república con partidos marxistas y “católicos” heréticos corruptos, gobernada por siniestros asesinos ex terroristas partisanos, (Sandro Pertini Presidente de Italia es un ejemplo) y mafiosos que mostraron sus llagas, purulentas en la década de los años ochenta de la veinte centuria que fenecía. Todo este trabajo se convertiría en un trabajo poco legible si describiésemos todos los acontecimientos sucedidos en la nación de los Apeninos que había perdido el rumbo y la dignidad le había restaurado el régimen Fascista desde 1922. Por ello nos limitaremos a seguir la labor de investigación que para enderezar la situación siguió el Stardantefuhrer SS Skorzeny.

Hoy sabemos por el Duce, que durante los 46 días en los cuales estuvo secuestrado, lo fue en 4 lugares diferentes. En primer punto figura Ponza, desde donde fue trasladado a Spezia, la importante base naval. Desde allí fue llevado a Maddalena en el norte de Cerdeña y, desde ese lugar en vuelo, directo al Gran Sasso. Este era, y aún lo es, donde había sido levantado, a dos mil metros de altura en 1936, el albergue para alpinistas llamado Campo Imperatore, coronado por un Hotel con cinco pisos de altura, siguiendo las líneas severas de la arquitectura fascista.

En su libro de 'Memorias', Skorzeny confiesa que pasó días sin obtener datos positivos que pudieran orientar la tarea de liberar al Duce. Con respecto al puerto de la Spezia -escribe Skorzeny- recibimos de pronto una orden del Cuartel General para que preparásemos todo lo necesario a fin de liberar al Duce del barco de guerra donde se hallaba. Tal orden hizo que nos rompiésemos la cabeza durante 24 horas. Los altos dirigentes ordenaban, pero no habían tenido en cuenta que la empresa era muy difícil. ¿Acaso creían que era fácil liberar a un hombre en medio de un puerto de guerra abarrotado de barcos y fuertemente defendido? Afortunadamente al otro día se nos informó que Mussolini ya no estaba en la Spezia. “Pasados algunos días, rumores luego confirmados, situaban al Duce en el fortín de Santa Maddalena enclavado al norte de la isla de Cerdeña. Acompañado del teniente Warger que hablaba un italiano perfecto me dirigí al lugar para hacer las averiguaciones necesarias. Embarqué en un bote –R-destinado a la limpieza de minas… Me oculté entre unos veleros, para tomar fotografías En las afueras de la pequeña ciudad estaba casa en cuestión, la ‘Villa Kern…’ Llegados a este punto sólo me quedaba averiguar la identidad del ‘importante preso’ Fue entonces que entró en acción el teniente Wager. Lo vestimos de simple marinero… Especulando con el apasionamiento e indiscreción de los italianos ordené a Wager que se mezclara con el pueblo y que, si oía que hablaban del Duce debía afirmar que sabía de fuentes fidedignas, que había muerto de una enfermedad y que, si alguien ponía en duda sus palabras, debería hacer una apuesta… El, plan dio resultado. Un frutero que visitaba la ‘Villa’ para abastecerla diariamente fue el as de la apuesta. Ganó fácilmente el dinero que le ofrecimos y nos prestó un gran servicio. Condujo a Wager hasta la ‘Villa’ y le mostró la terraza en la que estaba sentado el Duce. Wager, visitó asiduamente su puesto de observación. Poco a poco fue enterándose de la forma, en que era defendida la prisión y del número de hombres que estaban en ella. Llegó el momento de trazar nuestros planes para la liberación de Mussolini pero necesitaba de un conocimiento más completo de la zona… Los mapas que me facilitaron no me bastaban y decidí volar sobre mi objetivo, pero a gran altura pues sabía que el lugar era considerado ‘tabú’ para el vuelo de cualquier clase de aviones. Quería sacar algunas fotos desde el aire.  El miércoles 18 de agosto de 1943 todo estaba listo… El HE111 que pusieron en el aeropuerto ‘Practica di Mare’ a mi disposición empezó volando hacia el norte… Regresé al aeropuerto algo más tranquilo y me preparé para iniciar mi proyectada acción… Nuestro avión estaba punto y despegamos poco después de la cinco. Ordené volar a 5000 metros de altura ya que quería inspeccionar el puerto… Estaba sentado ante la ametralladora, con la cámara fotográfica y el mapa de la zona… Me encontraba absorto contemplando el mar que tenía una coloración especialmente bella, cuando oí la voz del vigía a través del altavoz: ¡Alarma no siguen dos aviones! ¡Son cazas ingleses! Nuestro piloto describió un semicírculo. Yo me apresuré a poner el dedo sobre el botón de la ametralladora... Pareció que el avión volvía a su anterior ruta, cuando me di cuenta que estábamos volando en picada. Me volví y contemplé el rostro angustiado del piloto que hacía ímprobos esfuerzos para que el aparato volviera a su posición horizontal. Una rápida ojeada me bastó para darme cuenta que el motor izquierdo no funcionaba. Continuamos descendiendo vertiginosamente... Lo último que sentí por el altavoz fue: ¡Agarrarse!... Casi inmediatamente chocamos contra el mar. Debí darme un golpe en la cabeza porque perdí el conocimiento durante un tiempo. Vi unos puntos luminosos ante mis ojos, y sentí que alguien tiraba de mi guerrera. Así me encontré en el agua. Nuestro avión se hundía: la cabina estaba inundada, los cristales habían saltado y el agua entraba a borbotones… No nos quedaba más remedio que salir del aparato lo antes posible. Hicimos grandes esfuerzos para abrir el techo del avión… Sacamos al segundo piloto, aspiré con fuerza y nadé hacia la superficie. Fue en aquel, instante cuando sucedió una cosa insólita el avión emergió de la profundidad del mar. El piloto y su camarada abrieron las puertas y vieron acurrucados a los dos soldados que creíamos ya cadáveres. Estaban ilesos… salieron como pudieron y se agarraron de las salientes del aparato. Entonces recordé que mis mapas y mi cámara de fotos estaban dentro del avión. Hice acopio de mis fuerzas, volví a introducirme y conseguí recuperar mis tesoros. El bote salvavidas flotaba en las aguas; en él metí mi cámara y la cartera con los mapas... Pasamos una hora completamente olvidados del mundo. Finalmente vimos que un barco surcaba el horizonte. Nos apresuramos a disparar el cohete rojo de socorro. El barco dio la vuelta y echó al mar un bote que no tardó en recuperarnos. Cuando estuvimos a bordo me di cuenta que nuestro salvador era un crucero italiano. Nos recibieron con todos los honores… Alrededor de la medianoche desembarcamos en el puerto de Bonifacio… Era el 20 de agosto, cuando me volví a encontrar con mis hombres. La tropa estaba radiante de alegría, al volver a encontrar a su Jefe al que creían muerto.”

A esta altura de esta nota, el autor desea expresar algunas referencias a determinado personaje que interrumpiría la preparación que para liberar al Duce estaba plena acción y en la que, incluso el, General Student participaba con entusiasmo junto a Herr Hauptman Otto Skorzeny y sus camaradas de combate. El optimismo primaba cuando llegó una nota del Cuartel General que decía lo siguiente: “Nos han llegado informes fidedigno -vía Canaris- según los cuales Mussolini se encuentra prisionero en la isla de Córcega. El jefe Skorzeny debe preparar enseguida su unidad con paracaidistas paras ser lanzados en la isla…” En las ‘Memorias’ de nuestro Héroe que, como han comprobado los lectores, estamos siguiendo por su veracidad a toda prueba, leemos lo que sigue a continuación: “Tanto el teniente Radl como yo nos encontramos sumidos en un mar de confusiones. Parecía que había sectores en Italia que poseían datos sumamente exactos. A renglón seguido escribe Herr Hauptman Skorzeny: “Transcurridos pocos días recibimos otro informe con el rótulo de ‘Muy Secreto’ dirigido a los Jefes de unidad que expresaba lo siguiente: ‘El gobierno de Badoglio nos ha prometido que Italia seguirá combatiendo con todas su fuerzas con nosotros, incluso dispuesto a hacerlo más intensamente de lo que lo había hecho el anterior gobierno.’

Leamos otra vez a Skorzeny para transcribir lo impreso en ‘Vive Peligrosamente’. Aquí está la opinión del guerrero germano: “Nosotros los que estábamos en Italia opinábamos de manera diferente. Por ello no pudimos comprender como había llegado el almirante Canaris a aquellas conclusiones y porque no había esperado antes de pasar sus informes al Cuartel General del Führer.” Quien escribe esta nota, desea poner sobre la mesa de estudio, que el almirante Canaris era un sujeto que durante los años que fue jefe, nada menos que de la Secretaría de Contraespionaje, hacía un doble juego pasando información al enemigo. Fue confirmado, el relevo de febrero, por estar implicado en la conjura el mismo año 1944, cuando el atentado contra el Führer en la jornada del 20 de julio. La investigación comprobó que el citado Canaris estaba vinculado a los conspiradores y que su vida sencilla y modesta, escondía a un ser viperino que había causado, infinitos males. Encarcelado, fue ajusticiado por Traición a la Patria a comienzos de 1945.

Deseábamos poner en conocimiento de los lectores, el porqué de la confusión que creaba entre los guerreros las desinformaciones del Iscariote. Pero volvamos al libro de Skorzeny y leamos. Así estampaba su desconcierto: “La concentración de tropas italianas (badoglianas) al norte de Roma se estaba realizando desde hacía algún tiempo, confirmaban nuestras suposiciones, nada agradables. Por tal razón decidimos evitar convertirnos en victimas de tales falsas informaciones… no estábamos dispuestos a saltar en el vacío. Entonces el General Student nos ordenó trasladarnos a Prusia donde estaba la sede del Cuartel General. Viajamos en el mismo avión que nos había traído a Italia. Se nos introdujo en la misma Sala en la cual habíamos estado la primera vez. Pero en esta ocasión las sillas y sillones estaban ocupadas. En esta ocasión tuve la oportunidad de conocer a los hombres que dirigían los destinos de Alemania. A la izquierda de Adolf Hitler se sentaba el ministro de Relaciones Exteriores, Von Ribbentrop; a su derecha el Mariscal de Campo Keitel y el Coronel General Jodl, a cuyo lado me ordenaron que tomase asiento. Al lado de Ribbentrop estaba Himmler; a continuación, el general Student y junto a éste el Almirante Donitz.  Entre éste y yo, el Mariscal del Reich Goring. El General Student tomó la palabra para exponer la situación. Cuando terminó su alocución, todo el mundo me miró en espera que yo hablase. Debo reconocer que tuve que hacer un gran esfuerzo para dominar mi timidez y hablar ante semejante auditorio… había llevado conmigo algunas anotaciones, pero en aquel momento me olvide de ellas. Por tal causa me limité a exponer con toda clase de detalles las investigaciones llevadas hasta el momento. El Führer se levantó de su asiento y con gesto espontáneo me tendió la mano diciendo: Creo en sus palabras, sé que tiene razón. Daré contraorden para que los paracaidistas no sean lanzados en la isla de Elba. ¿Ha pensado en el modo que se podrá liberar al Duce? Le ruego me exponga los detalles. Saqué papel, lápiz y desarrollé ante el Jefe Supremo el plan que había surgido en la mente de Radl y en la mía. Hice constar que nuestra acción sería secundada por oficiales de la Marina. También expuse que era indispensable que tanto las baterías pesadas de la Brigada estacionada en Córcega como las destinadas en el norte de Cerdeña estuviesen a disposición de protegernos y cubrirnos. Cuando terminé de hablar el Führer tomó, la palabra: Apruebo su plan. Las unidades que se precisen para desarrollar el accionar serán puestas a disposición de Herr Hauptman Skorzeny y el General Jodl se ocupará de los detalles pertinentes. Es preciso -continuó- que mi amigo Mussolini sea liberado cuanto antes pues, en caso contrario, será puesto en manos del enemigo. ¡Cuando me despedí de Hitler, éste me apretó la mano con calor! Lo conseguirá, Skorzeny; ¡confío en usted! Sus palabras eran tan convincentes que me dejé contagiar por su fe. Había oído hablar mucho sobre la fuerza persuasiva, casi hipnótica de Adolf Hitler, aquel día tuve ocasión de comprobarlo personalmente.”

“A mi llegada -prosigue Skorzeny- conté a Radl todos los pormenores de mi reciente visita al Cuartel General. Incluso le informé que en caso de fracasar sería yo, el único responsable. En los días siguientes proseguí con mis visitas disfrazadas de marinero que llevaba ropa sucia en un canasto. Mi observatorio era bueno. Ya conocía la casa, su estructura y los caminos del jardín. Miré todo detenidamente y me pareció que no se habían producido cambios. Regresé a la casa de la lavandera. Al entrar me di cuenta que uno de los ‘carabinieri’ que formaba parte de la guardia estaba de visita en la vivienda. Entablé conversación con él utilizando los servicios de Wager. Hice lo posible para que la conversación recayera sobre Mussolini... Se animó cuando le dije que sabía que el Duce había muerto y que mi información era digna de crédito, le insistí repetidas veces que un médico me había dado toda clase de detalles sobre la muerte del Caudillo Fascista. El carabinero no pudo contenerse más y exclamó: No, ‘signore’ imposible. He visto al Duce esta mañana. Formé parte de la guardia. Lo condujimos al avión blanco que despegó con él… ¡Vaya sorpresa! El ‘nido estaba vacío’. Debíamos apresurarnos a suspender, todos los preparativos… Telefónicamente me comuniqué con Radl quien me informó que todos los hombres estaban a bordo del avión y que reinaba un gran entusiasmo… redacta: Le grité: ¡Que desembarquen rápido sin pérdida de tiempo! Para quien estas líneas había que comenzar todo rápidamente, porque, para los guerreros no existen las palabras ‘más tarde’. A fines de agosto, en Venecia, se reunió Canaris con su colega italiano el General Amé. No pudimos menos que preguntarnos -escribe Skorzeny- ¿Estaba decidido Canaris a tomar en sus manos las riendas de las acciones alemanas que giraban en torno a nuestro asunto?”. Quien compila las páginas documentarias y redacta esta nota, se ve en la obligación moral de contestar afirmativamente a la pregunta del Héroe. El felón Canaris, a quien ‘más le valiera no haber nacido (Jesús dixit de Judas)’ creyéndose intocable, seguía tejiendo su trama viperina que finalmente, lo llevaría a la muerte indigna.

Nuevamente abrimos el documentado ‘Memorial’. Leamos: “Mi pequeño servicio de información nos aseguró al cabo de unos días que Benito Mussolini se encontraba en un hotel de montaña situado en una parte la cumbre del Gran Sasso. A partir de aquel momento trabajamos febrilmente para recoger, sobre la topografía de aquella zona todos los datos. No obstante tuvimos que reconocer que los datos eran insuficientes para una operación militar de tanta importancia Era absolutamente necesario que pudiésemos contar con fotografías aéreas de toda la zona. El miércoles 8 de setiembre, el Alto Mando puso a nuestra disposición un avión dotado de cámara fotográfica automática. En aquel vuelo tan importante fui acompañado por mi ayudante personal y por un Oficial del Servicio Secreto… tuve más tarde que trasladarme a Roma para entrevistarme con Oficiales italianos que planeaban la liberación de Mussolini. Debía conocer sus planes para que no interfirieran con los míos. Encontré a Radl en la Embajada alemana. Más tarde me enteré que Eisenhower a las 18:30 del 9 de setiembre, había notificado por Radio Argel, la capitulación de Italia; él fue el primero en lanzar la noticia para nosotros de vital importancia. El hecho a que horas después, Badoglio trasmitiera la noticia a través de todas las emisoras, me daba a entender que los aliados habían presionado a los iscariotes, por lo menos, en cuanto al tiempo de la difusión de la noticia. Ese mismo día los fascistas refugiados en Alemania lanzaban una proclama precedida de las notas del Himno Fascista ‘Giovinezza’. Esas exhortaciones culminaban con estas frases: ‘¡Italianos! ¡Combatientes! La traición no se cumplirá. No obedezcáis las falsas órdenes de la traición. No os entreguéis al enemigo.  Negaos a volver las armas contra vuestros conmilitones alemanes...’ De pronto, inesperadamente se dio alarma aérea.  No tardando mucho vimos que las bombas enemigas estallaban en las inmediaciones. Nos dimos prisa en cubrirnos y pensé que mis planes se venían abajo en el último momento. Y reflexioné: ¿No será locura poner en práctica mi plan en estas circunstancias? Escuché junto a mí la voz de mi ayudante que me decía: ¡Lo superaremos! Y tal frase dicha con tanto entusiasmo, hizo renacer mis perdidas esperanzas. El ataque aéreo terminó luego de media hora. Comprobamos aliviados que las pistas habían sufrido ligeros daños ¡Dimos gracias a Dios!  Corriendo alcanzamos los aparatos.  Di orden de subir. Hice la señal convenida para despegar. El tiempo era el adecuado. Los motores empezaron a rugir rodamos por la pista y seguidamente nos elevábamos. Entonces precisamente entonces, el piloto del avión a través del telefonillo de abordo nos dijo: Los aparatos uno y dos ya no vuelan con nosotros ¿Quién dirige el rumbo a partir de este momento?  Sin pérdida de tiempo contesté: Tomaré personalmente el mando; lo haré hasta que lleguemos al objetivo. Pocos minutos antes de la hora fijada reconocí el valle que se extendía bajo nosotros. Comprobé que el batallón de paracaidistas se desplegaba valle arriba y respiré aliviado al ver que habían alcanzado el, objetivo en el momento, indicado. Ordené entonces: ¡Ponerse los cascos de aterrizaje; apretadlos fuertemente! Exactamente debajo vi el Hotel Imperatore, Di una nueva orden ¡Desenganchad la cuerda de arrastre! De pronto se hizo entre nosotros un silencio. Una nueva sorpresa y nada agradable acababa de descubrir que ‘mi’ prado de aterrizaje no era llano, sino empinado., no podía aterrizar en semejantes condiciones; el intento solo podía ser considerada una locura. Mi piloto el teniente Meier debió, pesar lo mismo que yo, porque se volvió y me miró. Me rompí el cerebro en busca de una solución. Tomé la decisión más importante de mi vida y ordené: ¡Preparados para aterrizar lo más cerca del Hotel!  El piloto no dudó un solo segundo. Bajó el ala izquierda del aparato y descendimos casi en picada. El bramido del aire se intensificó a medida que nos acercábamos al objetivo. Un sudor frío me corrió por la espalda. Vi, como el teniente Meier abría el paracaídas que debía frenar el aterrizaje y de pronto, topamos brutalmente con la tierra en medio de un ruido ensordecedor. Cerré los ojos durante un segundo; no estaba en condiciones de pensar. Una última sacudida, me hizo comprender que habíamos aterrizado. Corrí hacia el Hotel. Detrás de mí, oía la respiración acelerada de mis ocho hombres de las SS. Tenía la certeza de haber elegido los mejores de ellos que, amén de estar dispuestos a secundarme en el accionar comprenderían el más leve gesto que les hiciera. Nos enfrentamos con los soldados badoglianos que salían al exterior y preparaban dos ametralladoras ante la entrada, saltamos sobre ellas y las derribamos. Los carabineros se apretujaron ante la puerta. A culatazos, conseguí entrar. Mis hombres no cesaban de gritar ¡“Mani in alto”! Todavía no habíamos disparado un solo tiro. Me encontré en el vestíbulo principal. A la derecha encontré una escalera. La subí saltando de 3 en 3 escalones hasta que llegué al primer piso. Torcí a la izquierda y continué por el pasillo. Seguidamente abrí una puerta, ¡la indicada! Entre en la estancia ocupada por Benito Mussolini ¡La primer parte de nuestra misión había sido coronada satisfactoriamente! El Duce sano y salvo estaba en nuestras manos liberadoras. No habían pasado ni cinco minutos desde que aterrizamos. Pude ver como otros cinco planeadores tomaban tierra sin novedad. En aquel preciso instante entró mi ayudante en la habitación, lo que me dio a entender que había logrado abrirse paso. Entró entonces un coronel italiano. Sostenía entre las manos una botella de vino de marca y me la ofreció al mismo tiempo, que se inclinaba ante mi diciendo: ¡Al vencedor! Entonces y sólo entonces estuve en disposición de dirigirme a Mussolini que estaba en un rincón protegido por el teniente Schwer. Me cuadré ante aquel y le dije: ¡Mi Duce, el Führer me envía para, libertaros! ¡Sois libre! Mussolini me abrazó y respondió: ¡Sabía que mi amigo Adolf Hitler no me dejaría abandonado! Sólo entonces dispuse unos minutos para prestar atención al Duce. Al verle era fácil darse cuenta que estaba enfermo. Sin embargo, sus grandes y febriles ojos negros, me hicieron comprender que estaba ante el Hombre más Grande de Italia. Me traspasaban, parecían, ahondar dentro de mi cuando me hablaba con su particular vehemencia. Tenía mucho interés de enterarme por él mismo de los pormenores que pasó como prisionero... Pero sentí pena y quise darle algunas alentadoras noticias: Nos hemos ocupado, constantemente por su familia, Duce, su esposa y sus hijos más pequeños han sido internados en su propiedad de ‘Rocca delle Caminate’ Nos hemos puesto en contacto con su esposa Donna Rachelle. Al mismo tiempo que nosotros aterrizábamos en este lugar, otro de nuestros comando mandado por el Capitán Mandel, recibió orden de rescatar a su familia. Estoy seguro que en estos momentos ya gozan de libertad. El Duce me dio entonces un fuerte apretón de manos y dijo: Todo está en orden. Agradezco, Herr Hauptman, Skorzeny sus desvelos. El Duce se dirigió entonces hacia la puerta de Hotel ataviado con un abrigo negro y cubierta la cabeza con un sombrero del mismo color. Nuestras tropas lo recibieron con grandes aclamaciones y saludos romanos. Fue conmovedor lo que su presencia causaba entre nuestros camaradas. Todos, absolutamente todos, reiteraban y una y otra vez los vítores y manifestaciones de simpatía. A ellas, se agregaron las de los italianos seguramente, falsos badoglianos, obligados a ser sus carceleros.  El Duce sonreía, en tanto agradecía y caminaba hacia el aparato que lo aguardaba. La alegría y la emoción que sentía yo por la liberación de aquel Grande Hombre, junto al éxito alcanzado con costos bajísimos, eran tan importantes que, Dios me tuvo de su mano para que no padeciera un problema cardíaco en esos momentos cruciales. Un romano de la época de Octavio Augusto hubiera expresado paganamente que, la Fortuna Viril había reinado. El planeador ‘cigüeña’ estaba a punto de despegar en un corto espacio de terreno. Peligro notorio, que advirtió el Duce, experimentado piloto y que iba correr junto los capitanes Gerlach y Otto Skorzeny. Era una aventura al filo mismo de la muerte. Pero nada dijo. El motor se puso en marcha. Hicimos un último saludo de despedida a los camaradas que allí quedaban continuando con sus vítores. Agarré –escribe Skorzeny- fuertemente con ambas manos, dos tubos de acero de la conducción y procuré aumentar el equilibrio de la máquina… Comenzamos a rodar. A través de las ventanillas de pareció oír que mis hombres nos alentaban al igual que los italianos. A pesar que la velocidad iba aumentando y que ya estábamos al final de la improvisada pista, continuábamos pegados al suelo. Procuré hacer contrapeso con mi cuerpo y aprecié que, en algunas ocasiones saltábamos sobre algún obstáculo del terreno. Inesperadamente nuestro ‘pájaro’ alzó ¡Gracias A Dios! Pero… la rueda izquierda del avión dio contra el suelo, la máquina se inclinó un poco hacia delante y el aparato empezó a trepidar. Cerré los ojos. Sabía que no podía hacer nada. Contuve la respiración… El viento ululaba cada vez con más fuerza entorno a nosotros… El experimentado Gerlach había recuperado el dominio del aparato y lo mantenía en vuelo horizontal. Volamos a unos escasos 30 metros de la tierra y alcanzamos la salida del Valle del Arezzano. Los tres estábamos pálidos en extremo, pero ninguno expresó palabra. Prescindí de toda ceremonia. y puse mi mano en el hombro de Mussolini, al que acabábamos de salvar por segunda vez… Cuando aterrizamos en Viena desembarqué para ver si éramos esperados.  Efectivamente, Jerarcas del Gobierno, Jefes Militares y del Parido habían esperado varias horas, hasta el momento en que se corrió la noticia que un avión, (que no era el nuestro, sino el de la escolta), había hecho un aterrizaje obligado en aeropuerto cercano. Todos habían salido hacia allí. Al despejarse la situación, los numerosos altos jerarcas se mostraron encantados de hallar a nuestro insigne huésped sano y salvo. Confieso que solo respiré aliviado cuando me vi, libre de la responsabilidad que había pesado sobre mis hombros. Entonces, y sólo entonces, había vencido las dificultades de tan arduo como histórico día (12 de setiembre de1943). Ya estábamos instalados en el Hotel Imperial, el mejor de Viena, cuando sonó la campanilla del teléfono de mi habitación. Una voz me anunció que el Führer quería hablar conmigo. Cuando me presenté a través del auricular sentí la voz inconfundible del Caudillo quien me dijo:  ‘Acaba usted de llevar a cabo felizmente, una hazaña militar que a partir de este momento formará parte de la Historia, me ha devuelto a mi amigo Mussolini, por lo que en agradecimiento a sus servicios, lo condecoro con la Cruz de Caballero  y lo asciendo a Comandante de las SS. Acepte usted mis más calurosas felicitaciones’.  Minutos antes de la medianoche, un Coronel Jefe del Estado Mayor de la zona se hizo anunciar. Entró en mi habitación con aire solemne y se presentó: Herr Hauptam  Skorzeny,  me presento a usted, cumpliendo una orden que me ha trasmitido nuestro Fuhrer. Tengo el encargo, de entregarle la, ‘Cruz de Hierro’ de Primera Clase. Seguidamente se despojó de su propia condecoración y me la prendió en mi chaquetilla. Se cumplía lo que Mussolini había expresado cuando su histórica visita a Berlín, en setiembre de 1937 (Año XV de la Era Fascista). Así señaló en aquella jornada: ‘Según la Ley del Honor Fascista, cuando se tiene un Amigo, se sigue con él hasta el final’”

Luis Alfredo Andregnette Capurro

 

 Desde el Real de la Muy Fiel y Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo

 

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

 

domingo, 11 de octubre de 2020

Otto Skorzeni (IV): La traición a Mussolini - Luis Alfredo Andregnette Capurro

         Hitler junto a su gran amigo y aliado         


La conspiración viperina contra la Italia del lictóreo y su justa causa contra la masonería y el bolchevismo tuvo un camino en el que se encontraron no sólo miserias humanas como cierto mariscal Badoglio, sedicentes almirantes como Maugeri, sino también una fauna de iscariotes de menor cuantía que se escondían en el Fascismo como Dino Grandi, Galeazzo Ciano, yerno del Duce, e intelectualoides como Giusepe Bottai. A este círculo siniestro se fueron agregando con el correr del tiempo también aristócratas corruptos, que rodeaban al pequeño Rey de cuerpo y de alma Víctor Manuel III, su hijo el Príncipe Humberto y su consorte la Princesa María José de Bélgica y Piemonte.

El historiador Gaio Gradenigo nos revela en su importante biografía de Mussolini (edición de 1984) aspectos que estaban en la obscuridad y que son, para la verdadera historia, muy importantes. El historiador citado nos señala que, en 1963 el periodista Pietro Arena publicó, que en el golpe del 25 de julio de 1943 que manchó con un baldón de oprobio la milenaria tradición de la península itálica participó con sus intrigas, la princesa María José que llegó por corto tiempo (1946) a ser Reina de Italia junto a Humberto II su esposo. A raíz de la escandalosa polémica desatada la ex Reina salió a la prensa y narró sus actuaciones que se remontaban a octubre de 1942.

Las confesiones de la pérfida belga que en ese mes y año se entrevistó varias veces y en secreto con Monseñor Montini (más tarde elevado al Solio Pontificio con el nombre de Pablo VI) que ocupaba, en ese entonces, y bajo el Pontificado de Pio XII el cargo de “Sostituto a la Segretaría di Stato”. El citado Monseñor gozaba de la total confianza de SS Pio XII. Por intermedio de esa alta autoridad Vaticana la Princesa María José consiguió comunicarse con Myron Taylor, enviado especial del marrano presidente Roosevelt en el Estado Pontificio y con Sir Samuel Hoare que, ocupaba en aquel momento, la Embajada inglesa en Madrid.

Tal como lo anunció a la prensa en 1963 María José obtuvo en sus gestiones total éxito. Así fue como lo hizo saber al mundo pues los gobiernos de Washington y de Londres le informaron a través de Montini que veían “con sumo agrado que Italia abandonara al Eje y por lo tanto el conflicto, “prometiendo tratarla con benevolencia” y abastecerla de lo que necesitara. Estas informaciones -dice Gaio Gradenigo- eran trasmitidas al Duque de Acquarone y este, a su vez, le informaba al Rey Víctor Manuel, que sí sabemos, pensaba en un arrasamiento total de las instituciones fascistas. Del sujeto de quien tampoco cabe duda respecto a la idea de un traidor golpe de Estado, frente al enemigo era del hipócrita mariscal Badoglio.

El miserable fariseo en una entrevista con la Princesa maquiavélica le dijo textualmente: “Si el Rey no se decide al golpe de Estado contra Mussolini, lo haré yo, de acuerdo con el Príncipe Humberto”. No en balde los ingleses acuñarían el neologismo “to Badogliate” cuyo significado es lisa y llanamente “traicionar”.

En toda esta trama de intereses tejidos por telarañas de venenosas tarántulas que se extendían desde Washington a Londres y sin dudas, llegaban a Moscú, donde Stalin preparaba al Partido Comunista clandestino para los acontecimientos que enrojecerían de noble sangre fascista el Valle del Po y toda la Lombardía, al promediar 1945, el año trágico de la derrota mundial.

Los Saboyas no pudieron retener el trono y pasaron a la historia con el escarnio de cobardes, que se entregaron con los brazos en alto en el propio campamento inglés junto al Iscariote Badoglio. (10 de setiembre de 1945). En tanto habían ordenado conducir, la flota con las banderas a media asta hacia la isla de Malta, baluarte británico del Mediterráneo. En esos momentos, el Ejército Real se desbandaba con sus Oficiales que corrían tirando sus chaquetillas y quepís con los símbolos romanos que deshonraron para siempre.

Lo más extraordinario de ese año es que el  Duce consiguió poner de pie, en el Norte y en plena guerra,  al  Estado Italiano para borrar la repugnante traición, con el aporte de leales como Pavolini, el nuevo secretario del Partido Fascista Republicano, con la nuevas F.F.A.A. encabezadas por el patriota leal y heroico Mariscal Graciani quien, en pocos meses presentó más de 600.000 hombres listos para luchar, durante 20 meses, con el fiel aliado germano, enfrentando el artero zarpazo anglo yanqui mafioso y comunista.

Y dijimos más de 20 meses cuando aludimos a la traición del enano reyezuelo quien, del brazo con Badoglio llegaba al campamento británico para humillarse. Sin embargo, en ese párrafo, nos equivocamos feamente. Cuando aludimos a la fecha de la traición saboya- badogliana, debimos escribir, en honor a la verdad histórica, lo que estampamos a continuación. ¿Cómo dejar en el olvido el sacrificio de cientos de miles de Camisas Negras con los guerreros-soldados?  ¿Cómo permitir que permanezca por siempre, en el “río de las sombras” el sacrificio de la itálica gente a lo largo de 39 meses? ¿No es desgarrador, dejar sin citar a los valientes de Albania, de África y Rusia, los marineros, y los aviadores? ¿Tuvieron algo que ver acaso con el cerdo Badoglio, y con el pequeñísimo Víctor Manuel que se hacía llamar “Rey Soldado”? Solo pelearon hasta morir por el gran hombre, y fiel Duce que se llamó Benito Mussolini.

Ahora un paréntesis para permitir el paso a nuestro objetivo. Éste es volver unas semanas atrás, para mostrar la horrible faz de la traición, cuyo INRI fue la fecha trágica: 25de julio de 1943. Para ello, espiritualmente y a nuestra mesa está el Duce, y sobre ella, su invalorable libro que el lector conoce y que lleva por título “Historia de un Año”.   

El 24 de junio de 1943 la situación militar se había agravado. La traición se estaba poniendo en marcha y el Duce ya tenía cabal conocimiento de los renegados. En ese día, solo un mes antes del 25 de julio, la sombra de la duda se ensanchaba sobre otros que parecían leales y que para peor tenían puestos de mando, por ello estaban más próximos a Mussolini. En esa jornada habló en el Directorio Fascista. De ese discurso y entre los temas de la guerra dijo que algo que mostraba todavía su fe en la Italia romana. Así dijo: “Existen los vacilantes y no hay porque maravillarse: Cristo no tuvo más que 12 discípulos y estuvo cultivándolos durante tres años con una predicación sobrehumana, a través de las requemadas colinas de Palestina. Y sin embargo a la hora de la prueba, le traicionó uno, por 30 denarios, otro le negó por 3 veces, y algunos más no sabían, por temor a los judíos, donde establecerse para no negar su Fe”.

El 18 del fatídico mes julio Mussolini habló por última vez en su vida desde el balcón del Palacio Venecia donde durante 20 años tuvo su despacho. Desde allí había mostrado para los siglos que el Fascismo no fue, sino que es, un movimiento con un total y universal sentido de la vida. Ahora demos lugar a los párrafos esenciales de la histórica arenga: “En vuestras voces siento vibrar la vieja fe incorruptible, así como una certeza suprema: fe en el Fascismo, certeza que los sangrientos sacrificios de estos tiempos duros serán recompensados por la victoria, si es cierto-y lo es- que Dios es justo y que Italia es inmortal. Hace 8 años estábamos reunidos aquí, en esta plaza, para celebrar el fin triunfal de una campaña en la que habíamos desafiado al mundo y abiertos nuevos caminos a la civilización. No ha terminado la magna empresa: está simplemente interrumpida. Yo sé, yo siento que millones y millones sufren del mal indefinible de que se llama África. Para curarlo no hay más que un remedio: volver allá y volveremos. Los imperativos categóricos de esta hora son los siguientes: Honor a los combatientes, desprecio a los emboscados y plomo a los traidores de cualquier rango y de cualquier raza que fueren. Esto no es sólo mi voluntad; es la vuestra y la del pueblo italiano todo”. Horas después, Roma era bombardeada por los “libertadores” descargando miles de toneladas de bombas en los barrios obreros.

En esos momentos, el Duce conferenciaba en Feltre con el Führer. Tal coloquio fue continuado durante el viaje de retorno en automóvil. Mussolini despidiéndose de Hitler resumió lo acordado con estas palabras dirigidas al aliado: “La causa es común Führer”.

Al día siguiente, Mussolini se dirigió a visitar la estación y los aeropuertos de Ciampino siendo acogido en todas partes con manifestaciones de simpatía… Cuatro días después estaba fijada la reunión del Gran Consejo donde los conjurados tenían resuelto mostrar su bajeza maniobrando con una orden del día para destituir a Mussolini, golpear mortalmente al Régimen Fascista, haciendo que Italia cayera de rodillas pidiendo la rendición.

Para estudiar el tema vamos a consultar la palabra de Mussolini en el citado libro memorial abriéndolo en el capítulo VI y buscando los puntos fundamentales. Leamos: “En el pensamiento de Mussolini, la reunión del Gran Consejo debía tener un carácter confidencial, para que todos pudieran pedir y obtener explicaciones; una especie de comité secreto. Previendo una larga discusión el Gran Consejo fue convocado para las cinco de la tarde. Todos los miembros del Gran Consejo vestían uniforme: sahariana negra. La sesión se abrió a las cinco con toda puntualidad. Entonces Mussolini comenzó su exposición”. “La guerra -dijo el Duce- ha llegado a una fase extremadamente crítica. Se ha verificado aquella hipótesis que parecía y era tenida por todos como absurda, aun después de la llegada de los EEUU al Mediterráneo; la invasión del territorio metropolitano. Desde ese punto de vista se puede decir que la verdadera guerra ha comenzado con la pérdida de Pantelaria. Uno de los fines de la guerra periférica en las costas africanas era precisamente hacer imposible tal acontecimiento. En una situación como esta, todas las corrientes oficiales y no oficiales se agrupan contra nosotros y han producido ya síntomas de desmoralización en las propias filas del Fascismo especialmente entre los “aburguesados”, que ven en peligro sus posiciones personales…” “Las críticas de los elementos militares se dirigen de un modo hiriente contra los que tienen la responsabilidad de la dirección de la guerra. Dígase de una vez y para siempre que yo no he solicitado en lo más mínimo el mando de las FFAA en pie de guerra, que me fue encomendado por el Rey el 10 de junio de 1940. Tal iniciativa pertenece al Mariscal Badoglio”.

Más adelante Mussolini se refiere al auxilio del III Reich expresando: “En algunos círculos se ha puesto en duda el aporte alemán. Pues bien; hay que reconocer que Alemania ha venido a nuestro encuentro de una manera generosa y solidaria”.

Mussolini había pedido al Ministro competente el estado de las principales materias primas durante los años 1940, 1941, 1942, y primer del semestre del 43. El total era imponente. Carbón 40 millones de toneladas, material bélico 2.500.000 toneladas. Caucho sintético 22 mil toneladas, nafta 421mil toneladas. El aporte para la defensa antiaérea fue de 1500 bocas de fuego. Es pues falsa la tesis de los derrotistas, que los germanos no prestaron ayuda necesaria a Italia…

Finalizada la alocución de Mussolini tomó la palabra Grandi.  Fue la suya una violenta filípica: “el discurso de un hombre que desahogaba un rencor largamente incubado. Criticó el accionar del Partido sobre todo la gestión de Starace de quien había sido ardiente defensor. Mi orden del día tiende a crear un frente nacional que hasta ahora no ha existido, y no ha existido, porque la Corona se ha mantenido en prudente reserva. Es hora que el Rey salga del bosque…

Luego hizo uso de la palabra el conjurado Conde Ciano para apoyar la orden del día de Grandi fundamentándose en la historia diplomática de la Guerra. Intervino nuevamente Mussolini con un “¡Señores atención!”  “La orden del día de Grandi llama a escena a la Corona; no se trata tanto de una invitación al Gobierno, como al Rey pues bien este puede lanzarme este discurso y es el más probable. De manera señores del régimen que ahora que veis la gravedad de la situación os acordáis que existe un Estatuto y un Rey, pues bien, yo ahora salgo al escenario y acojo vuestra invitación; pero, ya que os consideráis responsables, aprovecho vuestra maniobra para liquidaros de un golpe”. Luego del clarísimo y profético razonamiento el Duce agregó: “Los círculos reaccionarios y antifascistas devotos de la masonería y de los anglosajones presionarán en tal sentido” “Señores -concluyó Mussolini- ¡Atención! La orden del día de Grandi  puede poner en juego la existencia misma del Régimen”.

Una de las más duras respuestas al traidor Dino Grandi fue la del general Galbiatti que refutó al repugnante derrotismo del nido de las 19 serpientes. Con casi 10 horas de discusión ya se podía precisar la posición de los diferentes miembros del Gran Consejo: había un grupo de traidores que habían pactado con la Monarquía, amén de un grupo de ignaros que se dieron cuenta de la gravedad del momento y sin embargo… votaron. El Secretario del Partido, Camarada Scorza, dio lectura a la Orden del Día y fue nombrando a los presentes. 19 respondieron si, 7 no. Hubo 2 abstenciones, Suardo y Farinaci, que votó su propia orden del día. Mussolini se levantó y dijo: “Habéis provocado la crisis del régimen. Se levanta la sesión”.

El Secretario, Scorza, iba a lanzar el tradicional “Saludo al Duce” Mussolini le detuvo: “No. Quedan dispensados”.

“Eran las 4 de la mañana cuando el Duce, acompañado por el fiel Scorza abandonó el Palacio Venecia. Las calles estaban desiertas. Pero parecía sentirse en el aire la sensación de lo inevitable…”

En esos mismos momentos el pequeño miserable Víctor Manuel III que había recibido, por Senise, Jefe de la Policía de Roma y uno de los conjurados, la noticia de lo votado en el Gran Consejo ordenaba llamar a Badoglio. A los pocos minutos, el ambicioso bienmandado estaba cara a cara con el Saboya, de quien recibió las siguientes instrucciones: “La guerra continuará para los italianos y los alemanes, pero al mismo tiempo tomaremos contactos con los angloamericanos para un pronto armisticio. Liquidaremos al fascismo y pondremos en la cárcel a los fascistas de primer orden, para no dar lugar a un contragolpe, se dará apertura a un gobierno, liberal para el futuro, no por el momento. Usted, Mariscal Badoglio, tal como lo hemos acordado, presidirá todo el tiempo necesario el gobierno militar”.

En aquel domingo 25 de julio, Mussolini, acompañado de su Secretario, De Cesare, llegó a “Vila Ada” donde Víctor Manuel III con uniforme de Mariscal lo esperaba en la puerta principal acompañado por dos oficiales. Una vez en la Sala Principal el Rey, en un estado de agitación anormal y con palabras entrecortadas le dijo lo siguiente: “Querido Duce, las cosas no marchan bien. Italia, está que se cae, la moral del ejército por los suelos… Por lo tanto, he pensado que el hombre apropiado para el actual momento es Badoglio que comenzará formando un ministerio de funcionarios para continuar la guerra. De aquí a seis meses veremos…”; Mussolini respondió: “Adoptáis una decisión de extrema gravedad… La crisis será considerada como un triunfo del binomio Churchill, Stalin, sobre todo este último, que presencia la retirada del campo de un enemigo que ha permanecido 20 años en lucha contra él. De todas maneras, deseo buena suerte al hombre que tome en sus manos las riendas de la situación”.

Eran exactamente las cinco y veinte de la tarde cuando el Rey acompañó a Mussolini hasta el umbral de su casa. El Rey estaba lívido y parecía aún más pequeño, casi arrugado. Estrechó la mano de Mussolini y volvió a entrar. El Duce descendió por la breve escalinata y se encaminó a su automóvil. De repente un capitán de carabineros lo detuvo y le dijo textualmente: “Su Majestad me encarga de proteger vuestra persona”, Mussolini hizo ademán de dirigirse hacia su coche, pero el capitán, indicándole una ambulancia parada allí cerca, le dijo: “es necesario subir aquí”. Instantes después, tres carabineros con ametralladores subieron también al vehículo.  El círculo traidor se había cerrado. El Duce estaba secuestrado. No es descabellado pensar históricamente, que el pequeño Saboya y su cómplice Píetro Badoglio, urdieran asesinarlo o entregarlo al enemigo.

La noticia de lo sucedido, sin la mínima ética, en el propio Palacio de Víctor Manuel, circuló como reguero de pólvora y llegó al Comando del Führer. Éste, indignado dio la orden perentoria: “El Duce debe ser liberado. El Reich no puede permitir esa infamia con nuestro amigo y aliado…” El Standarntenfuhrer SS Ingeniero Otto Skorzeni quien, regresado el Frente ruso por razones médicas, estaba en Berlín… Dios tenía una importante misión para el Caballeresco Guerrero…

 

Luis Alfredo Andregnette Capurro

Desde el Real de la Muy Fiel Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo

 

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

 

                     

 

             

      

 

 

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lunes, 5 de octubre de 2020

Otto Skorzeni (III): Pantelaria Sicilia y la Mafia - Luis Alfredo Andregnette Capurro

 


En pasadas semanas nos asomamos a la situación militar y política que se planteó, en el mar Mediterráneo, desde el 8 de noviembre de 1942 en adelante. En el capítulo, de siete días atrás, presentamos a los camaradas lectores, los preparatorios de la nefasta invasión demo bolchevique a Italia. La horda sedienta de sangre y capitaneada por Ike Eisenhower sabía que contaba con una conspiración integrada por abyectas figuras de traidores que, por medrar eran capaces de vender sus hermanos al enemigo.

Estas afirmaciones como todo asunto histórico veraz deben ser confirmadas por documentos. Para ello, tenemos sobre nuestra mesa de trabajo tres valiosos volúmenes. El primero de ellos fue titulado por su autor, el Duce Benito Mussolini, “Historia de un Año”. Hoy, los ejemplares de las primeras ediciones, de este trabajo están desaparecidos, porque sus tirajes de época fueron destruidos por los vencedores y el lumpen comunista traidor. Los otros dos, nos ilustran con el relato autobiográfico del Coronel Ingeniero Standartenfuhrer SS Otto Skorzeny, el brillante Oficial, que cumplió en forma sobresaliente lo encomendado por el Fuhrer: liberar a Mussolini cuando la traición lo había secuestrado.

Los títulos de sus obras son: “Vive Peligrosamente” y “Luchamos y Perdimos”. En sus páginas se encuentran el valor y el sacrificio al servicio de una gran causa. Por ello, sostenemos con firmeza, que ambos deberían ser de lectura obligatoria en los institutos castrenses serios, que buscan una formación completa para los jóvenes aspirantes.

Ahora creemos necesario, convocar a todos los camaradas hombres y mujeres, para que, con el milagro de la evocación, estar presentes en la Italia de aquel año 1943. Éste, trajo los  momentos trágicos cuando la traición de la Casa Real y la camándula de lívidos traidores, que avergonzaría para los  siglos a una Nación que Mussolini, el último César, había elevado a posiciones de dignidad, solo alcanzados cuando Roma Imperial, llevando la Paz y el Derecho, “preparaba con el gladio la cuna de Cristo” al decir de Hilaire Belloc. Con inmensa tristeza como católicos romanos, decimos junto a Gaio Gradénigo, que el Vaticano fue uno de los puntos claves del espionaje de aquellos días. El Estado Pontificio, que el Duce había establecido, en los Acuerdos de Letrán en Febrero de 1929, “mantenía, a pesar de la guerra, el cuerpo diplomático acreditado sin exclusiones”. Allí se encontraban, representantes de Gran Bretaña y hasta de los EEUU. Estas delegaciones “eran el centro del espionaje enemigo en Italia”. Se afirma, nos dice el historiador Gradenigo, “que la Radio Vaticana trasmitía en clave todos los días las noticias y los informes militares más importantes para los angloamericanos”.

El Conde Galeazzo Ciano, yerno del Duce, y conspirador contra el Fascismo, amén de ser, por entonces, Embajador de Italia ante la Santa Sede, se sirvió ampliamente de todos ellos, para sus fines de hipócrita estilo Marco Brutus. El amoral, que no respetaba la Patria y, por lo tanto, menos al abuelo de sus hijos, recibió con alegría los ataques a Pantelaría.  Era ésta (y lo es hoy) una pequeña isla en el sur y frente a Sicilia, que había sido preparada por el Duce, con un sistema de defensas que consistían en subterráneos abiertos en la piedra donde las armas de todo tipo la convertían en invulnerable posición. 

“En los primeros días de junio, (1943) escribe el Duce, en “Historia de un Año”, los ataques aéreos aumentaron en densidad, se hicieron continuos, día y noche, en simultánea con bombardeos navales. Los partes de hora en hora anunciaban que la guarnición, reaccionando con imperturbable valor ante el accionar aéreo del enemigo, derribaban, decenas de aparatos enemigos. “El parte 1.110 que se refería a la actividad del 8 de junio, llamaba especialmente la atención de los italianos.

Continúa Mussolini, reavivando sus sentimientos ante la noticia de que la guarnición de Pantelaria, durante el día de ayer y hoy, sufrió un ininterrumpido ataque aéreo, no dio respuesta a la propuesta de rendición formulada por el enemigo”. El mundo estaba admirado de la resistencia italiana. Mussolini, escribe al respecto, que un periódico sueco señalaba que los soldados italianos sorprenden al mundo”. Pero sobrevino la traidora defección del miserable histrión almirante Pavesi.

He aquí el relato del Capo di Governo en sus aspectos esenciales. El elogio dirigido desde Roma al jefe de la base se cruzó, con otro telegrama del mismo Comandante Pavesi en el que, afirmaba la imposibilidad de continuar la resistencia a causa principalmente de la falta de agua. Pero sigamos leyendo al Duce. Pavesi dirigió un telegrama a Mussolini en el pintaba la situación como absolutamente insostenible…. Una gran bandera blanca fue desplegada en el puerto, las otras sobre algunos edificios de la isla y el fuego cesó. Tranquilamente desembarcaron los ingleses. Algunos soldados –continúa Mussoilini- no podían creer lo que veían, hicieron disparos de fusil. Nada más. El desembarco en Pantelaria -según un documento inglés hubiera sido imposible con cualquier otra guarnición- costó a Inglaterra, dos heridos leves. ¿A Italia cuánto le costó la defensa de la primera isla de su territorio...?” Así contesta el propio Duce: “la población y las tropas aferradas a la protección de los refugios subterráneos solamente habían sufrido pérdidas insignificantes. La guarnición entera casi intacta, compuesta de 2000 hombres fue capturada. Semanas más tarde, un cuidadoso informe del almirante Gachino daba cuenta que el total de pérdidas sufridas por la guarnición durante un mes de bombardeos se reducía a 35 muertos. Los refugios e instalaciones subterráneas cavados en la roca habían anulado los efectos de las bombas enemigas. Las 2000 toneladas de bombas fueron arrojadas sobre las rocas…”

Como un balde de agua fría cayó sobre el espíritu italiano. Leemos en “Historia de un Año”, el parte 1113 en el que se daba cuenta de la caída de la isla. Se añadía un comentario de las circunstancias que, pasando de Pantelaria a Lampedusa, exaltaba a la pequeña y heroica guarnición que resistía con heroica firmeza…” “El almirante Pavesi había mentido; hoy se puede decir: había traicionado (subrayado nuestro). Ni siquiera –señala el Duce– fueron volados los hangares subterráneos y se dejó casi intacto el campo de aviación. Con inmenso dolor e indignación Mussolini dice a continuación lo que nosotros trasmitimos con letras en subrayado especial: “Lastima que el pelotón de ejecución no haya alcanzado al primero de los almirantes traidores. Al que pocos meses después había de consumar su traición en la forma más viturperable: entregando al enemigo la flota entera”.

Tamaña y repugnante traición solo puede explicarse por obediencia con la jefatura de la secta masónica residente en la Corona Británica. Ella se posaba, por esos días en la cabeza, del tartamudo Jorge VI. El oprobio, fue tan grande que ni el “rio de las sombras” de los días actuales lo ha podido hacer desaparecer. “La Flota entera”, realización del Grande Hombre traicionado, marchando a toda máquina hacia la isla de Malta, con las banderas a media asta, a las órdenes, de los “almirantes” Maugeri y Olivia, para rendirse, con repugnante ignominia, al Almirantazgo inglés. Bajeza tal no habían conocidos los siglos. “Con la caída de Pantelaria, se alzaba el telón y daba comienzo el drama de Sicilia”. La lucha fue encarnizada pero también en Augusta aguardaba un Iscariote.

El Gral. Fascista Francisci reunió todos los elementos disponibles de las Milicias Camisas Negras “23 de Marzo” junto a los germanos de la División “Herman Goering”. Con ellas, encabezó un contraataque exitoso contra la plaza principal del desembarco en Gela obligando a replegarse a los yanquis. Intervino entonces la aviación norteamericana que ametralló a los ítalos germanos a baja altura. En esas horas cayó mortalmente herido el heroico general Francisci.

Era el momento decisivo para que las fuerzas de la reserva intervinieran con el fin de defender la costa oriental. Estas tropas, no solamente no se movieron, sino que el viperino almirante Lonardi, que comandaba Augusta, se rindió sin disparar un solo tiro.

Veamos lo que al respecto nos informa el Duce, en la citada. “Historia de un Año”. Entre tanto se preparaba la línea del Tirreno para la protección de Mesina y el Estrecho comenzaron a circular versiones concretas de traición. El Coronel alemán Schmaltz, jefe de una brigada, elevó al Mando Supremo alemán un informe telegráfico, el cual el General Rintelen entregó al Duce (no olvidemos que en estas notas de sus memorias, Mussolini, escribía en tercera persona, una copia en la tarde del 12 de julio de 1943. Este documento descorre el velo del misterio de Augusta: “Hasta la fecha ningún ataque enemigo ha sido realizado contra Augusta. Los ingleses no la han ocupado nunca. A pesar de ello, la guarnición italiana ha volado cañones y municiones e incendiado un gran depósito de carburantes,. Las unidades de artillería antiaéreas situadas en Augusta y Priolo han arrojado al mar las municiones y luego han inutilizado los cañones.”  “El 11 por la tarde, ningún Oficial italiano se encontraba en la zona de la brigada Schmaltz. Muchos Oficiales habían abandonado por la mañana a sus tropas y se habían trasladado en automóviles a Catania y aún más hacia la retaguardia. Multitud de soldados aislados o en grupos vagaban por el campo… algunos se han despojado de sus uniformes y visten de paisano…” “Durante estos días –leemos al Duce – comenzaban a llegar a Roma noticias de testigos oculares de los acontecimientos. He aquí algunos párrafos sacados de una relación escrita por un alto funcionario de Ministerio de Cultura que permaneció con una misión en Sicilia desde finales de junio al 15 de julio… Así dice: “Respecto a la situación de ánimo provocada por los bombardeos… era más bien de resignación en lo que se refería al peso de la constante acción aérea enemiga, con estallidos de odio y rebeldía contra la barbarie norteamericana, y una cierta confianza respecto al resultado de la guerra. Todo siciliano tenía la certeza que, cualquier tentativa de invasión enemiga sería truncada en poco tiempo y que toda Italia, se uniría en la ayuda a Sicilia en el deseo de aplastar la ofensiva contra el suelo de la Patria. La noticia de la invasión se supo en Palermo en las primeras horas de la mañana”. “Puedo decir, con plena conciencia, que, en general la población dio muestras de tranquilidad y de una fe absoluta en que el intento seria rechazado”. Pero como hemos visto, al dar cuenta de lo sucedido con la Oficialidad y los traidores de Augusta, Sicilia comenzó a disfrutar de la “liberación” porque, con los defensores de los humanos derechos, volvía la Maffia que caracterizara a la histórica isla desde el siglo XIV.

La necesidad de enfrentar el flagelo secular en 1927 hizo que Mussolini buscara a alguien excepcional para lograr el éxito que había sido esquivo durante siglos. Lo encontró, en el Prefecto Mori, quien condujo la campaña con un éxito completo: Viterbo se recuerda hoy, como ayer y siempre porque allí, fueron a comparecer cientos de jefes mafiosos. La estampida fue fantástica. La mafia pagó sus crímenes y horrores con los capturados. Los que pudieron huir, fueron a instalarse en las ciudades norteamericanas como Nueva York, Chicago, Filadelfia y Boston principalmente. Los personajes, como Al Capone, Lucky Luciano, y Sindonna se injertaron primeramente en el bajo fondo yanqui, donde traficaron con la prostitución, el juego clandestino, las drogas, los alcoholes (durante la ley Seca). Mas adelante, otros negocios turbios a los que se agregaron lazos con los partidos políticos y sindicatos. Todo fue un mundo de dinero hirviente de oro y poder. A esa gentuza amoral, los demócratas masones y bolcheviques, buscaron y llevaron a la invadida Sicilia. Esa carne de presidio, guió a los “libertadores”, siendo designados por el Comando Norteamericano en la administración del ocupante.

El citado historiador Gradenigo, en su interesante biografía de Mussolini, nos expresa algo que por su interés transcribiremos textualmente: “Un sello que se ha perpetrado hasta nuestros días, pues la mafia así solicitada y protegida por el artículo16 del tratado de paz es aquella que hoy se ha infiltrado en toda la política y los negocios italianos, los visibles y sobre todo los menos visibles, pero que asoman de continuo en los escándalos que estallan en la península”. La aseveración nos vuelve a la memoria el momento, cuando promediando la década de 1980, estalló la oculta corrupción generalizada que el mundo conoció con el nombre de “manni pulite”. Ella fue, de tales dimensiones que puso en descubierto la formidable gangrena democrática mostrando que la “clase dirigente” se repartía la “Res” Publica en forma tal que llegaba a las tumbas de los cementerios. Amoralidad democrática mafiosa sin par.

Pero retomemos nuestro tema que tiene como escenario el año trágico de 1943. Tiempos de traición a cara descubierta contra el César reanimador de las aspiraciones de la Estirpe Itálica. El Conductor Mussolini, con cuya presencia su pueblo salió de su ausencia histórica con voluntad de un Imperio de Paz, tal como él mismo lo expresara en la histórica jornada del 9 de mayo de 1936.

Al convertirse en hombre de gobierno, el discípulo de Wilfredo Paretto supo conservar un plan de filosofía y una visión integral de los problemas. A la lucha de clases supo oponer la armonía social. Atemperó las fuerzas del hiper capitalismo. En el aspecto de la legislación positiva, no exageraba quien señaló, que la creación de los códigos mussolinianos constituyó una obra a la altura de la legislación napoleónica, expresión de la época “Corporativista” con la comunidad de intereses de patrones y operarios como productores llevan para siempre el espíritu del Duce y la visión total del Derecho Romano.

“La crisis militar –escribe el Duce- no podía por menos de llevar consigo una crisis política que arremetía en el Jefe y el sistema. La Historia –sobre todo la moderna- ha demostrado que un régimen no cae nunca por razones de carácter interno. Cuestiones morales, inquietudes económicas, luchas de partidos, jamás ponen en juego la existencia de un régimen”. “Son problemas que jamás alcanzan a todo el pueblo, sino a limitados sectores del mismo, un régimen cualquiera que sea, cae sólo por el peso de una derrota. El Imperio de Napoleón III se derrumba después de Sedán; el de los Habsburgo, de los Hohenzollern, de los Romanoff, después de la derrota de la guerra del 14; la Tercera República Francesa cae en 1940 después del armisticio Petain. De aquí se deduce que la monarquía italiana y sus cómplices más que un programa: alcanzar mediante la derrota el derrumbamiento del Fascismo”.

“El Rey Víctor Manuel III en el centro de la maniobra, porque tenía motivos para pensar que, la victoria obtenida o conquistada por el fascismo le habría empequeñecido aún más. Hacía 20 años que aguardaba la ocasión propicia. Esperaba que se produjera aquel estado de ánimo, aquella emoción popular, capaz de ser desatada con un gesto”. Hasta aquí el Duce.  

Nosotros, en próximas entregas observaremos el centro de la traición y, Dios mediante, el accionar de la gran Alemania aliada.

 

Luis Alfredo Andregnette Capurro

Desde el Real la Muy Fiel y Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo

 

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