San Juan Bautista
viernes, 28 de octubre de 2022
jueves, 29 de julio de 2021
Benito: El último César en el recuerdo - Luis Alfredo Andregnette Capurro
En este aquí y en este ahora, el último César de
Italia, Benito Mussolini, nos llega por el camino del sentimiento. Y lo hace
cuando el próximo 29 de julio se cumplan 125 años de su natalicio y el 28, de
estos días de abril que se desgranan, 63 de su vil asesinato. Violento tránsito
hacia la inmortalidad porque, como el primer César –el que no llegó a Augusto-,
también encontró en su camino a los Grandis, Cianos y Badoglios, Brutos
parricidas que ya peinaban canas de políticos.
Pero veamos los primeros decenios de la XX centuria.
El significado más hondo con que apareció Mussolini en la política italiana y
mundial fue la necesidad de enlazar los quehaceres urgentes de la
reconstrucción patria con la impostergable revolución.
Décadas de ruptura del tejido social por el
liberalismo y el marxi-nihilismo hacían necesaria la intervención quirúrgica
para el fortalecimiento del Estado y su restauración con la concepción
cristiana del Corporativismo Participativo.
A este respecto señala el Padre Ennio Innocenti en su
exhaustivo estudio titulado “La Conversión Religiosa de Mussolini”
(Buenos Aires, Santiago Apóstol, 2006): “Alguno difunde el equívoco de que la
política social de Mussolini derivó de su matriz revolucionaria socialista, la cual
ciertamente no tiene ninguna inspiración religiosa y mucho menos católica. Se
desatiende así la oportuna referencia que Mussolini señaló en la romanidad
(donde la originaria concepción corporativa adquirió dignidad política). Se
olvida también la actualización de la concepción corporativa que en tiempos de
Mussolini había acreditado Giorgio Toniolo con el favor de la Santa Sede. Se
pasa por alto además la certera referencia a la inspiración cristiana probada
por la experiencia corporativa política de las comunas medievales [...]”
He aquí, pues, los principios inspiradores de lo que
Innocenti titula con justicia la “benemérita
política social mussoliniana”, consecuencia a su vez del plan de “hacer realidad el Estado Participativo”.
Éste se perfeccionó incorporando aspectos
fundamentales de la Doctrina Social Católica al entrar el Corporativismo en las
empresas “elevando al trabajador a participante de la gestión, en la propiedad y
por consecuencia en los resultados económicos de la gestión”.
Durante la República Social Italiana proclamada por
Mussolini en setiembre de 1943, luego de la traición de un rey “pequeño de
cuerpo y de alma”, se acentuaron los aspectos corporativos con la
complementación orgánica de las ideas de propiedad y de sociedad. Esas Leyes
Fundamentales que se conocen como de Socialización, pero que son la antítesis
del marxismo, mero capitalismo de Estado tan brutal como el liberal que suele
devenir en salvaje.
A este respecto el citado Don Ennio Innocenti califica
las disposiciones del Duce de estar en perfecta armonía con el pensamiento de
la Iglesia siempre radicalmente adversa tanto al capitalismo liberal como al
socialista. Corrían por entonces los llamados “seiscientos días de Mussolini”,
que son una prueba de su grandeza de espíritu.
En esto no tenemos más que ceñirnos a sus memorias en
las que traza un proyecto completo de restauración social que podríamos llamar
–con palabras joseantonianas- la Revolución Nacional Sindicalista.
Merece párrafo aparte y subrayado la política religiosa.
Advenido al Poder en el año 1922 con su Revolución de los Camisas Negras adoptó
una serie de medidas dirigidas a facilitar la obra espiritual del catolicismo.
En ese sentido se restauró el crucifijo en centros
oficiales y tribunales. A raíz de la reforma educativa de 1923 se incorporó la
catequesis en las escuelas públicas dándose existencia jurídica a la
Universidad Católica de Milán.
Por otra parte, se hizo frecuente la presencia de
autoridades eclesiásticas en las ceremonias públicas. Pero no bastaba. El
conflicto desatado por el accionar carbonario- masónico, cuando los Saboya y
Garibaldi tomaron militarmente la Ciudad de Roma, el 20 de setiembre de 1870,
se mantenía vigente. Situación insostenible que el propio Jefe de Gobierno
señaló expresando: “Cualquier problema que turbe la unidad religiosa de un
pueblo es causa de un delito de lesa Nación”.
Sobre esa base Mussolini acentuó el proceso de
Conciliación que fue coronado en febrero de 1929 con los Acuerdos de Letrán,
los que convirtieron en situación de derecho la plena soberanía del Papa sobre
lo que fue, desde entonces, y para siempre, el Estado Vaticano. En la Cuaresma
de ese año, Pío XI, entonces Pontífice reinante expresó: “Con profunda alegría
declaramos haber dado, gracias a estos acuerdos, Dios a Italia e Italia a
Dios”.
Cabe sin duda que a esta altura de la nota nos
preguntemos cuál es el juicio que puede hacerse de la política exterior de la
Italia Fascista considerada en su conjunto.
En primer lugar, hay que consignar que la conducta de
Mussolini en relación a los asuntos internacionales tuvo tres puntos claves: la
revisión de los tratados de Paz de 1919-20 empezando por el de Versalles, un
Pacto de las Cuatro Potencias, que si hubiera sido aceptado habría contribuido
a mantener la paz en el mundo durante un extenso período, y por último el Pacto
Antikomintern para frenar el expansionismo soviético.
Pero no fue así y sus esfuerzos fracasaron hasta el
mismo agosto de 1939, cuando ante la inminencia del conflicto entre Alemania y
una Polonia incitada bélicamente por Francia e Inglaterra, presentó un plan de
Paz que fue rechazado.
Sin embargo, hay algunos acontecimientos previos –que
sucedidos cuando terciaba el siglo pasado- tuvieron especial significación. El
primero fue la conquista de Abisinia con la que se extendió la civilización
Occidental y Cristiana a un olvidado y salvaje rincón del mundo que no poseía
más elementos aglutinantes que la autoridad de ciertos caciques.
En segundo término, el apoyo con sangre de Legionarios
a la Cruzada de la España Nacional que impidió la bolchevización del extremo de
Europa. Lo que llegó luego fue la conflagración, que al extenderse, ahogó la
voz de Mussolini, quien hizo un nuevo intento por detenerla a comienzos del año
1940.
Europa fue entonces arrasada por los cañones que
facilitaron, en Teherán, Yalta y Postdam, el orgiástico reparto del mundo
“iluminado” desde el “Gran Oriente” por las bombas sobre Hiroshima y Nagasaki.
En tanto las praderas de los Césares se empapaban de sangre, mientras le Valle
del Po se cubría con la niebla gris de la derrota y la roja de las matanzas en
nombre de la “sagrada democracia”.
Y fueron decenas de miles las víctimas en la fiesta
congoleña de los “libertadores”. El primero fue el maestro y herrero del
Predappio, que con sus duras manos había abierto un surco “con una iniciativa política que
interesó al mundo mostrándole nuevos caminos”.
Eran las cuatro y diez de la tarde del 28 de abril de
1945 cuando ante la verja de Villa Belmonte, en Giulino di Mezzegra, la
metralleta del forajido partisano Walter Audisio disparaba sobre el cuerpo de
un César que del Carso a Como, desde su adolescencia hasta su plenitud
fascista, que está antes que nada en el Programa de Vernoa, había luchado por
la justicia para su pueblo.
Caído, se lo culpó por una guerra que le fue impuesta
por los que no quisieron revisar los cimientos falsos del período versallesco.
Muy cerca de allí, en Dongo, caían acribillados por la
espalda los que lo acompañaron hasta el último momento ofreciéndole su vida,
trabajo y sangre. Los que nada habían pedido en las horas del triunfo al hombre
que había escrito en una ocasión: “Mi vida es un libro abierto. Se pueden leer
en él estas palabras: estudio, miseria, lucha”.
El último César, cuyo cadáver la hez liberal
bolchevique colgó de los pies, porque no los tenía de barro, también poseía, en
las fotografías macabras que se publicaron, un decoro que nadie le pudo
arrebatar. El brazo derecho como una espada y su mano, aunque casi rozando el
suelo, con la que seguía indicando el camino y el vuelo de las águilas. Tal fue
siempre su gesto, y el gesto y su significado en lo moral y lo físico es lo que
queda de los hombres.
Tiempo atrás, desde la ciudad de Forli, llegamos hasta
la cripta de la familia Mussolini en el cementerio del Predappio donde ante el
sarcófago de piedra viva en el que el Duce descansa, oramos a Cristo Jesús por
quien nació católico, confesándose tal en los días de su martirio.
Luego, y en voz alta, repetimos un párrafo de su
testamento: “Todo lo que fue hecho no podrá ser borrado, mientras mi espíritu,
ya librado de la materia, viva, después de la pequeña existencia terrena, la
vida sin fin y universal de Dios”.
Revista Cabildo: Abril-Mayo 2008
Fuente: Revista
Verdad
lunes, 26 de octubre de 2020
Otto Skorzeni (VI) Victorioso: Mussolini liberado – Luis Alfredo Andregnette Capurro
Los capítulos de
esta zaga, se transformarían en libro demasiado voluminoso si describiésemos
con todo lujo de detalles, los acontecimientos sucedidos en aquellos días de la
traición del Saboya, a la Gran Alemania aliada, crimen antecedido por la
puñalada trapera al Duce y al gobierno Fascista. Por ello, el grupo de felones
a Italia y a su comunidad organizada, siendo ésta la forma fascista de
denominar al Pueblo, la que no comprendieron, dada su irracionalidad y/o miseria
espiritual.
Existe una ley
histórica, que nos dice, desde siglos remotos que, cuando un grupo anímico
racial alcanza una posición preeminente, debe defenderla con firmeza de acero
porque, de no hacerlo, corre el riesgo del desprestigio universal. Ello fue lo
que aconteció con Italia durante la segunda cincuentena del siglo XX. Una
monarquía, que no pudo volver por falsaria y cobarde, sustituida por una república
con partidos marxistas y “católicos” heréticos corruptos, gobernada por
siniestros asesinos ex terroristas partisanos, (Sandro Pertini Presidente de
Italia es un ejemplo) y mafiosos que mostraron sus llagas, purulentas en la
década de los años ochenta de la veinte centuria que fenecía. Todo este trabajo
se convertiría en un trabajo poco legible si describiésemos todos los acontecimientos
sucedidos en la nación de los Apeninos que había perdido el rumbo y la dignidad
le había restaurado el régimen Fascista desde 1922. Por ello nos limitaremos a
seguir la labor de investigación que para enderezar la situación siguió el Stardantefuhrer
SS Skorzeny.
Hoy sabemos por el
Duce, que durante los 46 días en los cuales estuvo secuestrado, lo fue en 4
lugares diferentes. En primer punto figura Ponza, desde donde fue trasladado a
Spezia, la importante base naval. Desde allí fue llevado a Maddalena en el
norte de Cerdeña y, desde ese lugar en vuelo, directo al Gran Sasso. Este era, y
aún lo es, donde había sido levantado, a dos mil metros de altura en 1936, el
albergue para alpinistas llamado Campo Imperatore, coronado por un Hotel con
cinco pisos de altura, siguiendo las líneas severas de la arquitectura
fascista.
En su libro de 'Memorias',
Skorzeny confiesa que pasó días sin obtener datos positivos que pudieran
orientar la tarea de liberar al Duce. Con respecto al puerto de la Spezia -escribe
Skorzeny- recibimos de pronto una orden del Cuartel General para que preparásemos
todo lo necesario a fin de liberar al Duce del barco de guerra donde se hallaba.
Tal orden hizo que nos rompiésemos la cabeza durante 24 horas. Los altos
dirigentes ordenaban, pero no habían tenido en cuenta que la empresa era muy difícil.
¿Acaso creían que era fácil liberar a un hombre en medio de un puerto de guerra
abarrotado de barcos y fuertemente defendido? Afortunadamente al otro día se
nos informó que Mussolini ya no estaba en la Spezia. “Pasados algunos días,
rumores luego confirmados, situaban al Duce en el fortín de Santa Maddalena enclavado
al norte de la isla de Cerdeña. Acompañado del teniente Warger que hablaba un
italiano perfecto me dirigí al lugar para hacer las averiguaciones necesarias.
Embarqué en un bote –R-destinado a la limpieza de minas… Me oculté entre unos
veleros, para tomar fotografías En las afueras de la pequeña ciudad estaba casa
en cuestión, la ‘Villa Kern…’ Llegados a este punto sólo me quedaba averiguar
la identidad del ‘importante preso’ Fue entonces que entró en acción el
teniente Wager. Lo vestimos de simple marinero… Especulando con el apasionamiento
e indiscreción de los italianos ordené a Wager que se mezclara con el pueblo y
que, si oía que hablaban del Duce debía afirmar que sabía de fuentes
fidedignas, que había muerto de una enfermedad y que, si alguien ponía en duda
sus palabras, debería hacer una apuesta… El, plan dio resultado. Un frutero que
visitaba la ‘Villa’ para abastecerla diariamente fue el as de la apuesta. Ganó
fácilmente el dinero que le ofrecimos y nos prestó un gran servicio. Condujo a
Wager hasta la ‘Villa’ y le mostró la terraza en la que estaba sentado el Duce.
Wager, visitó asiduamente su puesto de observación. Poco a poco fue enterándose
de la forma, en que era defendida la prisión y del número de hombres que
estaban en ella. Llegó el momento de trazar nuestros planes para la liberación
de Mussolini pero necesitaba de un conocimiento más completo de la zona… Los
mapas que me facilitaron no me bastaban y decidí volar sobre mi objetivo, pero
a gran altura pues sabía que el lugar era considerado ‘tabú’ para el vuelo de
cualquier clase de aviones. Quería sacar algunas fotos desde el aire. El miércoles 18 de agosto de 1943 todo estaba
listo… El HE111 que pusieron en el aeropuerto ‘Practica di Mare’ a mi
disposición empezó volando hacia el norte… Regresé al aeropuerto algo más
tranquilo y me preparé para iniciar mi proyectada acción… Nuestro avión estaba punto
y despegamos poco después de la cinco. Ordené volar a 5000 metros de altura ya
que quería inspeccionar el puerto… Estaba sentado ante la ametralladora, con la
cámara fotográfica y el mapa de la zona… Me encontraba absorto contemplando el mar
que tenía una coloración especialmente bella, cuando oí la voz del vigía a
través del altavoz: ¡Alarma no siguen dos aviones! ¡Son cazas ingleses! Nuestro
piloto describió un semicírculo. Yo me apresuré a poner el dedo sobre el botón de
la ametralladora... Pareció que el avión volvía a su anterior ruta, cuando me
di cuenta que estábamos volando en picada. Me volví y contemplé el rostro
angustiado del piloto que hacía ímprobos esfuerzos para que el aparato volviera
a su posición horizontal. Una rápida ojeada me bastó para darme cuenta que el
motor izquierdo no funcionaba. Continuamos descendiendo vertiginosamente... Lo
último que sentí por el altavoz fue: ¡Agarrarse!... Casi inmediatamente
chocamos contra el mar. Debí darme un golpe en la cabeza porque perdí el
conocimiento durante un tiempo. Vi unos puntos luminosos ante mis ojos, y sentí
que alguien tiraba de mi guerrera. Así me encontré en el agua. Nuestro avión se
hundía: la cabina estaba inundada, los cristales habían saltado y el agua
entraba a borbotones… No nos quedaba más remedio que salir del aparato lo antes
posible. Hicimos grandes esfuerzos para abrir el techo del avión… Sacamos al
segundo piloto, aspiré con fuerza y nadé hacia la superficie. Fue en aquel, instante
cuando sucedió una cosa insólita el avión emergió de la profundidad del mar. El
piloto y su camarada abrieron las puertas y vieron acurrucados a los dos
soldados que creíamos ya cadáveres. Estaban ilesos… salieron como pudieron y se
agarraron de las salientes del aparato. Entonces recordé que mis mapas y mi
cámara de fotos estaban dentro del avión. Hice acopio de mis fuerzas, volví a
introducirme y conseguí recuperar mis tesoros. El bote salvavidas flotaba en
las aguas; en él metí mi cámara y la cartera con los mapas... Pasamos una hora
completamente olvidados del mundo. Finalmente vimos que un barco surcaba el
horizonte. Nos apresuramos a disparar el cohete rojo de socorro. El barco dio
la vuelta y echó al mar un bote que no tardó en recuperarnos. Cuando estuvimos
a bordo me di cuenta que nuestro salvador era un crucero italiano. Nos
recibieron con todos los honores… Alrededor de la medianoche desembarcamos en
el puerto de Bonifacio… Era el 20 de agosto, cuando me volví a encontrar con
mis hombres. La tropa estaba radiante de alegría, al volver a encontrar a su
Jefe al que creían muerto.”
A esta altura de
esta nota, el autor desea expresar algunas referencias a determinado personaje
que interrumpiría la preparación que para liberar al Duce estaba plena acción y
en la que, incluso el, General Student participaba con entusiasmo junto a Herr Hauptman
Otto Skorzeny y sus camaradas de combate. El optimismo primaba cuando llegó una
nota del Cuartel General que decía lo siguiente: “Nos han llegado informes
fidedigno -vía Canaris- según los cuales Mussolini se encuentra prisionero en
la isla de Córcega. El jefe Skorzeny debe preparar enseguida su unidad con
paracaidistas paras ser lanzados en la isla…” En las ‘Memorias’ de nuestro Héroe
que, como han comprobado los lectores, estamos siguiendo por su veracidad a
toda prueba, leemos lo que sigue a continuación: “Tanto el teniente Radl como
yo nos encontramos sumidos en un mar de confusiones. Parecía que había sectores
en Italia que poseían datos sumamente exactos.” A renglón seguido escribe Herr Hauptman
Skorzeny: “Transcurridos pocos días recibimos otro informe con el rótulo de ‘Muy
Secreto’ dirigido a los Jefes de unidad que expresaba lo siguiente: ‘El
gobierno de Badoglio nos ha prometido que Italia seguirá combatiendo con todas
su fuerzas con nosotros, incluso dispuesto a hacerlo más intensamente de lo que
lo había hecho el anterior gobierno.’
Leamos otra vez a
Skorzeny para transcribir lo impreso en ‘Vive Peligrosamente’. Aquí está la
opinión del guerrero germano: “Nosotros los que estábamos en Italia opinábamos de
manera diferente. Por ello no pudimos comprender como había llegado el
almirante Canaris a aquellas conclusiones y porque no había esperado antes de
pasar sus informes al Cuartel General del Führer.” Quien escribe esta nota,
desea poner sobre la mesa de estudio, que el almirante Canaris era un sujeto
que durante los años que fue jefe, nada menos que de la Secretaría de Contraespionaje,
hacía un doble juego pasando información al enemigo. Fue confirmado, el relevo
de febrero, por estar implicado en la conjura el mismo año 1944, cuando el
atentado contra el Führer en la jornada del 20 de julio. La investigación comprobó
que el citado Canaris estaba vinculado a los conspiradores y que su vida
sencilla y modesta, escondía a un ser viperino que había causado, infinitos
males. Encarcelado, fue ajusticiado por Traición a la Patria a comienzos de
1945.
Deseábamos poner
en conocimiento de los lectores, el porqué de la confusión que creaba entre los
guerreros las desinformaciones del Iscariote. Pero volvamos al libro de
Skorzeny y leamos. Así estampaba su desconcierto: “La concentración de tropas
italianas (badoglianas) al norte de Roma se estaba realizando desde hacía algún
tiempo, confirmaban nuestras suposiciones, nada agradables. Por tal razón decidimos
evitar convertirnos en victimas de tales falsas informaciones… no estábamos
dispuestos a saltar en el vacío. Entonces el General Student nos ordenó
trasladarnos a Prusia donde estaba la sede del Cuartel General. Viajamos en el
mismo avión que nos había traído a Italia. Se nos introdujo en la misma Sala en
la cual habíamos estado la primera vez. Pero en esta ocasión las sillas y
sillones estaban ocupadas. En esta ocasión tuve la oportunidad de conocer a los
hombres que dirigían los destinos de Alemania. A la izquierda de Adolf Hitler
se sentaba el ministro de Relaciones Exteriores, Von Ribbentrop; a su derecha el
Mariscal de Campo Keitel y el Coronel General Jodl, a cuyo lado me ordenaron que
tomase asiento. Al lado de Ribbentrop estaba Himmler; a continuación, el general
Student y junto a éste el Almirante Donitz. Entre éste y yo, el Mariscal del Reich Goring.
El General Student tomó la palabra para exponer la situación. Cuando terminó su
alocución, todo el mundo me miró en espera que yo hablase. Debo reconocer que
tuve que hacer un gran esfuerzo para dominar mi timidez y hablar ante semejante
auditorio… había llevado conmigo algunas anotaciones, pero en aquel momento me
olvide de ellas. Por tal causa me limité a exponer con toda clase de detalles las
investigaciones llevadas hasta el momento. El Führer se levantó de su asiento y
con gesto espontáneo me tendió la mano diciendo: Creo en sus palabras, sé que
tiene razón. Daré contraorden para que los paracaidistas no sean lanzados en la
isla de Elba. ¿Ha pensado en el modo que se podrá liberar al Duce? Le ruego me
exponga los detalles. Saqué papel, lápiz y desarrollé ante el Jefe Supremo el
plan que había surgido en la mente de Radl y en la mía. Hice constar que
nuestra acción sería secundada por oficiales de la Marina. También expuse que
era indispensable que tanto las baterías pesadas de la Brigada estacionada en
Córcega como las destinadas en el norte de Cerdeña estuviesen a disposición de
protegernos y cubrirnos. Cuando terminé de hablar el Führer tomó, la palabra: Apruebo
su plan. Las unidades que se precisen para desarrollar el accionar serán puestas
a disposición de Herr Hauptman Skorzeny y el General Jodl se ocupará de los
detalles pertinentes. Es preciso -continuó- que mi amigo Mussolini sea
liberado cuanto antes pues, en caso contrario, será puesto en manos del
enemigo. ¡Cuando me despedí de Hitler, éste me apretó la mano con calor! Lo
conseguirá, Skorzeny; ¡confío en usted! Sus palabras eran tan convincentes
que me dejé contagiar por su fe. Había oído hablar mucho sobre la fuerza persuasiva,
casi hipnótica de Adolf Hitler, aquel día tuve ocasión de comprobarlo personalmente.”
“A mi llegada -prosigue
Skorzeny- conté a Radl todos los pormenores de mi reciente visita al Cuartel
General. Incluso le informé que en caso de fracasar sería yo, el único
responsable. En los días siguientes proseguí con mis visitas disfrazadas de marinero
que llevaba ropa sucia en un canasto. Mi observatorio era bueno. Ya conocía la
casa, su estructura y los caminos del jardín. Miré todo detenidamente y me
pareció que no se habían producido cambios. Regresé a la casa de la lavandera. Al entrar me di cuenta que uno de los ‘carabinieri’
que formaba parte de la guardia estaba de visita en la vivienda. Entablé
conversación con él utilizando los servicios de Wager. Hice lo posible para que
la conversación recayera sobre Mussolini... Se animó cuando le dije que sabía
que el Duce había muerto y que mi información era digna de crédito, le insistí
repetidas veces que un médico me había dado toda clase de detalles sobre la
muerte del Caudillo Fascista. El carabinero no pudo contenerse más y exclamó: No,
‘signore’ imposible. He visto al Duce esta mañana. Formé parte de la guardia. Lo
condujimos al avión blanco que despegó con él… ¡Vaya sorpresa! El ‘nido
estaba vacío’. Debíamos apresurarnos a suspender, todos los preparativos… Telefónicamente
me comuniqué con Radl quien me informó que todos los hombres estaban a bordo
del avión y que reinaba un gran entusiasmo… redacta: Le grité: ¡Que desembarquen
rápido sin pérdida de tiempo! Para quien estas líneas había que comenzar todo rápidamente,
porque, para los guerreros no existen las palabras ‘más tarde’. A fines de
agosto, en Venecia, se reunió Canaris con su colega italiano el General Amé. No
pudimos menos que preguntarnos -escribe Skorzeny- ¿Estaba decidido Canaris a
tomar en sus manos las riendas de las acciones alemanas que giraban en torno a
nuestro asunto?”. Quien compila las páginas documentarias y redacta esta nota,
se ve en la obligación moral de contestar afirmativamente a la pregunta del Héroe.
El felón Canaris, a quien ‘más le valiera no haber nacido (Jesús dixit de
Judas)’ creyéndose intocable, seguía tejiendo su trama viperina que finalmente,
lo llevaría a la muerte indigna.
Nuevamente abrimos
el documentado ‘Memorial’. Leamos: “Mi pequeño servicio de información nos
aseguró al cabo de unos días que Benito Mussolini se encontraba en un hotel de
montaña situado en una parte la cumbre del Gran Sasso. A partir de aquel
momento trabajamos febrilmente para recoger, sobre la topografía de aquella
zona todos los datos. No obstante tuvimos que reconocer que los datos eran
insuficientes para una operación militar de tanta importancia Era absolutamente
necesario que pudiésemos contar con fotografías aéreas de toda la zona. El
miércoles 8 de setiembre, el Alto Mando puso a nuestra disposición un avión
dotado de cámara fotográfica automática. En aquel vuelo tan importante fui
acompañado por mi ayudante personal y por un Oficial del Servicio Secreto… tuve
más tarde que trasladarme a Roma para entrevistarme con Oficiales italianos que
planeaban la liberación de Mussolini. Debía conocer sus planes para que no
interfirieran con los míos. Encontré a Radl en la Embajada alemana. Más tarde
me enteré que Eisenhower a las 18:30 del 9 de setiembre, había notificado por
Radio Argel, la capitulación de Italia; él fue el primero en lanzar la noticia
para nosotros de vital importancia. El hecho a que horas después, Badoglio trasmitiera
la noticia a través de todas las emisoras, me daba a entender que los aliados habían
presionado a los iscariotes, por lo menos, en cuanto al tiempo de la difusión
de la noticia. Ese mismo día los fascistas refugiados en Alemania lanzaban una
proclama precedida de las notas del Himno Fascista ‘Giovinezza’. Esas
exhortaciones culminaban con estas frases: ‘¡Italianos! ¡Combatientes! La
traición no se cumplirá. No obedezcáis las falsas órdenes de la traición. No os
entreguéis al enemigo. Negaos a volver las
armas contra vuestros conmilitones alemanes...’ De pronto, inesperadamente
se dio alarma aérea. No tardando mucho
vimos que las bombas enemigas estallaban en las inmediaciones. Nos dimos prisa
en cubrirnos y pensé que mis planes se venían abajo en el último momento. Y
reflexioné: ¿No será locura poner en práctica mi plan en estas circunstancias? Escuché
junto a mí la voz de mi ayudante que me decía: ¡Lo superaremos! Y tal frase
dicha con tanto entusiasmo, hizo renacer mis perdidas esperanzas. El ataque
aéreo terminó luego de media hora. Comprobamos aliviados que las pistas habían
sufrido ligeros daños ¡Dimos gracias a Dios! Corriendo alcanzamos los aparatos. Di orden de subir. Hice la señal convenida
para despegar. El tiempo era el adecuado. Los motores empezaron a rugir rodamos
por la pista y seguidamente nos elevábamos. Entonces precisamente entonces, el piloto
del avión a través del telefonillo de abordo nos dijo: Los aparatos uno y
dos ya no vuelan con nosotros ¿Quién dirige el rumbo a partir de este momento? Sin pérdida de tiempo contesté: Tomaré
personalmente el mando; lo haré hasta que lleguemos al objetivo. Pocos
minutos antes de la hora fijada reconocí el valle que se extendía bajo nosotros.
Comprobé que el batallón de paracaidistas se desplegaba valle arriba y respiré
aliviado al ver que habían alcanzado el, objetivo en el momento, indicado. Ordené
entonces: ¡Ponerse los cascos de aterrizaje; apretadlos fuertemente! Exactamente
debajo vi el Hotel Imperatore, Di una nueva orden ¡Desenganchad la cuerda de
arrastre! De pronto se hizo entre nosotros un silencio. Una nueva sorpresa y
nada agradable acababa de descubrir que ‘mi’ prado de aterrizaje no era llano,
sino empinado., no podía aterrizar en semejantes condiciones; el intento solo
podía ser considerada una locura. Mi piloto el teniente Meier debió, pesar lo
mismo que yo, porque se volvió y me miró. Me rompí el cerebro en busca de una
solución. Tomé la decisión más importante de mi vida y ordené: ¡Preparados
para aterrizar lo más cerca del Hotel!
El piloto no dudó un solo segundo. Bajó el ala izquierda del aparato y
descendimos casi en picada. El bramido del aire se intensificó a medida que nos
acercábamos al objetivo. Un sudor frío me corrió por la espalda. Vi, como el
teniente Meier abría el paracaídas que debía frenar el aterrizaje y de pronto,
topamos brutalmente con la tierra en medio de un ruido ensordecedor. Cerré los
ojos durante un segundo; no estaba en condiciones de pensar. Una última
sacudida, me hizo comprender que habíamos aterrizado. Corrí hacia el Hotel.
Detrás de mí, oía la respiración acelerada de mis ocho hombres de las SS. Tenía
la certeza de haber elegido los mejores de ellos que, amén de estar dispuestos
a secundarme en el accionar comprenderían el más leve gesto que les hiciera. Nos
enfrentamos con los soldados badoglianos que salían al exterior y preparaban dos
ametralladoras ante la entrada, saltamos sobre ellas y las derribamos. Los carabineros
se apretujaron ante la puerta. A culatazos, conseguí entrar. Mis hombres no cesaban
de gritar ¡“Mani in alto”! Todavía no habíamos disparado un solo tiro. Me
encontré en el vestíbulo principal. A la derecha encontré una escalera. La subí
saltando de 3 en 3 escalones hasta que llegué al primer piso. Torcí a la
izquierda y continué por el pasillo. Seguidamente abrí una puerta, ¡la
indicada! Entre en la estancia ocupada por Benito Mussolini ¡La primer parte de
nuestra misión había sido coronada satisfactoriamente! El Duce sano y salvo
estaba en nuestras manos liberadoras. No habían pasado ni cinco minutos desde
que aterrizamos. Pude ver como otros cinco planeadores tomaban tierra sin
novedad. En aquel preciso instante entró mi ayudante en la habitación, lo que
me dio a entender que había logrado abrirse paso. Entró entonces un coronel italiano.
Sostenía entre las manos una botella de vino de marca y me la ofreció al mismo
tiempo, que se inclinaba ante mi diciendo: ¡Al vencedor! Entonces y sólo
entonces estuve en disposición de dirigirme a Mussolini que estaba en un rincón
protegido por el teniente Schwer. Me cuadré ante aquel y le dije: ¡Mi Duce,
el Führer me envía para, libertaros! ¡Sois libre! Mussolini me abrazó y
respondió: ¡Sabía que mi amigo Adolf Hitler no me dejaría abandonado!
Sólo entonces dispuse unos minutos para prestar atención al Duce. Al verle era
fácil darse cuenta que estaba enfermo. Sin embargo, sus grandes y febriles ojos
negros, me hicieron comprender que estaba ante el Hombre más Grande de Italia.
Me traspasaban, parecían, ahondar dentro de mi cuando me hablaba con su
particular vehemencia. Tenía mucho interés de enterarme por él mismo de los pormenores
que pasó como prisionero... Pero sentí pena y quise darle algunas alentadoras
noticias: Nos hemos ocupado, constantemente por su familia, Duce, su esposa
y sus hijos más pequeños han sido internados en su propiedad de ‘Rocca delle
Caminate’ Nos hemos puesto en contacto con su esposa Donna Rachelle. Al mismo tiempo
que nosotros aterrizábamos en este lugar, otro de nuestros comando mandado por
el Capitán Mandel, recibió orden de rescatar a su familia. Estoy seguro que en
estos momentos ya gozan de libertad. El Duce me dio entonces un fuerte
apretón de manos y dijo: Todo está en orden. Agradezco, Herr Hauptman,
Skorzeny sus desvelos. El Duce se dirigió entonces hacia la puerta de Hotel
ataviado con un abrigo negro y cubierta la cabeza con un sombrero del mismo
color. Nuestras tropas lo recibieron con grandes aclamaciones y saludos
romanos. Fue conmovedor lo que su presencia causaba entre nuestros camaradas. Todos,
absolutamente todos, reiteraban y una y otra vez los vítores y manifestaciones
de simpatía. A ellas, se agregaron las de los italianos seguramente, falsos badoglianos,
obligados a ser sus carceleros. El Duce
sonreía, en tanto agradecía y caminaba hacia el aparato que lo aguardaba. La alegría
y la emoción que sentía yo por la liberación de aquel Grande Hombre, junto al
éxito alcanzado con costos bajísimos, eran tan importantes que, Dios me tuvo de
su mano para que no padeciera un problema cardíaco en esos momentos cruciales. Un
romano de la época de Octavio Augusto hubiera expresado paganamente que, la
Fortuna Viril había reinado. El planeador ‘cigüeña’ estaba a punto de despegar en
un corto espacio de terreno. Peligro notorio, que advirtió el Duce,
experimentado piloto y que iba correr junto los capitanes Gerlach y Otto
Skorzeny. Era una aventura al filo mismo de la muerte. Pero nada dijo. El motor
se puso en marcha. Hicimos un último saludo de despedida a los camaradas que
allí quedaban continuando con sus vítores. Agarré –escribe Skorzeny- fuertemente
con ambas manos, dos tubos de acero de la conducción y procuré aumentar el equilibrio
de la máquina… Comenzamos a rodar. A través de las ventanillas de pareció oír
que mis hombres nos alentaban al igual que los italianos. A pesar que la
velocidad iba aumentando y que ya estábamos al final de la improvisada pista, continuábamos
pegados al suelo. Procuré hacer contrapeso con mi cuerpo y aprecié que, en
algunas ocasiones saltábamos sobre algún obstáculo del terreno. Inesperadamente
nuestro ‘pájaro’ alzó ¡Gracias A Dios! Pero… la rueda izquierda del avión dio
contra el suelo, la máquina se inclinó un poco hacia delante y el aparato
empezó a trepidar. Cerré los ojos. Sabía que no podía hacer nada. Contuve la
respiración… El viento ululaba cada vez con más fuerza entorno a nosotros… El
experimentado Gerlach había recuperado el dominio del aparato y lo mantenía en
vuelo horizontal. Volamos a unos escasos 30 metros de la tierra y alcanzamos la
salida del Valle del Arezzano. Los tres estábamos pálidos en extremo, pero
ninguno expresó palabra. Prescindí de toda ceremonia. y puse mi mano en el
hombro de Mussolini, al que acabábamos de salvar por segunda vez… Cuando aterrizamos
en Viena desembarqué para ver si éramos esperados. Efectivamente, Jerarcas del Gobierno, Jefes Militares
y del Parido habían esperado varias horas, hasta el momento en que se corrió la
noticia que un avión, (que no era el nuestro, sino el de la escolta), había
hecho un aterrizaje obligado en aeropuerto cercano. Todos habían salido hacia
allí. Al despejarse la situación, los numerosos altos jerarcas se mostraron encantados
de hallar a nuestro insigne huésped sano y salvo. Confieso que solo respiré
aliviado cuando me vi, libre de la responsabilidad que había pesado sobre mis
hombros. Entonces, y sólo entonces, había vencido las dificultades de tan arduo
como histórico día (12 de setiembre de1943). Ya estábamos instalados en el Hotel
Imperial, el mejor de Viena, cuando sonó la campanilla del teléfono de mi
habitación. Una voz me anunció que el Führer quería hablar conmigo. Cuando me
presenté a través del auricular sentí la voz inconfundible del Caudillo quien
me dijo: ‘Acaba usted de llevar a
cabo felizmente, una hazaña militar que a partir de este momento formará parte
de la Historia, me ha devuelto a mi amigo Mussolini, por lo que en
agradecimiento a sus servicios, lo condecoro con la Cruz de Caballero y lo asciendo a Comandante de las SS. Acepte
usted mis más calurosas felicitaciones’.
Minutos antes de la medianoche, un Coronel Jefe del Estado Mayor de la
zona se hizo anunciar. Entró en mi habitación con aire solemne y se presentó: Herr
Hauptam Skorzeny, me presento a usted, cumpliendo una orden que
me ha trasmitido nuestro Fuhrer. Tengo el encargo, de entregarle la, ‘Cruz de
Hierro’ de Primera Clase. Seguidamente se despojó de su propia condecoración y
me la prendió en mi chaquetilla. Se cumplía lo que Mussolini había expresado cuando
su histórica visita a Berlín, en setiembre de 1937 (Año XV de la Era Fascista).
Así señaló en aquella jornada: ‘Según la Ley del Honor Fascista, cuando se
tiene un Amigo, se sigue con él hasta el final’”
Luis Alfredo Andregnette Capurro
Desde el Real de la Muy Fiel y
Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo
Nacionalismo Católico San Juan Bautista
domingo, 11 de octubre de 2020
Otto Skorzeni (IV): La traición a Mussolini - Luis Alfredo Andregnette Capurro
Hitler junto a su gran amigo y aliado
La conspiración
viperina contra la Italia del lictóreo y su justa causa contra la masonería y
el bolchevismo tuvo un camino en el que se encontraron no sólo miserias humanas
como cierto mariscal Badoglio, sedicentes almirantes como Maugeri, sino también
una fauna de iscariotes de menor cuantía que se escondían en el Fascismo como
Dino Grandi, Galeazzo Ciano, yerno del Duce, e intelectualoides como Giusepe Bottai.
A este círculo siniestro se fueron agregando con el correr del tiempo también
aristócratas corruptos, que rodeaban al pequeño Rey de cuerpo y de alma Víctor
Manuel III, su hijo el Príncipe Humberto y su consorte la Princesa María José de
Bélgica y Piemonte.
El historiador Gaio
Gradenigo nos revela en su importante biografía de Mussolini (edición de 1984)
aspectos que estaban en la obscuridad y que son, para la verdadera historia,
muy importantes. El historiador citado nos señala que, en 1963 el periodista
Pietro Arena publicó, que en el golpe del 25 de julio de 1943 que manchó con un
baldón de oprobio la milenaria tradición de la península itálica participó con
sus intrigas, la princesa María José que llegó por corto tiempo (1946) a ser Reina
de Italia junto a Humberto II su esposo. A raíz de la escandalosa polémica desatada
la ex Reina salió a la prensa y narró sus actuaciones que se remontaban a
octubre de 1942.
Las confesiones de
la pérfida belga que en ese mes y año se entrevistó varias veces y en secreto
con Monseñor Montini (más tarde elevado al Solio Pontificio con el nombre de
Pablo VI) que ocupaba, en ese entonces, y bajo el Pontificado de Pio XII el
cargo de “Sostituto a la Segretaría di Stato”. El citado Monseñor gozaba de la
total confianza de SS Pio XII. Por intermedio de esa alta autoridad Vaticana la
Princesa María José consiguió comunicarse con Myron Taylor, enviado especial
del marrano presidente Roosevelt en el Estado Pontificio y con Sir Samuel Hoare
que, ocupaba en aquel momento, la Embajada inglesa en Madrid.
Tal como lo
anunció a la prensa en 1963 María José obtuvo en sus gestiones total éxito. Así
fue como lo hizo saber al mundo pues los gobiernos de Washington y de Londres
le informaron a través de Montini que veían “con sumo agrado que Italia
abandonara al Eje y por lo tanto el conflicto, “prometiendo tratarla con
benevolencia” y abastecerla de lo que necesitara. Estas informaciones -dice
Gaio Gradenigo- eran trasmitidas al Duque de Acquarone y este, a su vez, le
informaba al Rey Víctor Manuel, que sí sabemos, pensaba en un arrasamiento
total de las instituciones fascistas. Del sujeto de quien tampoco cabe duda
respecto a la idea de un traidor golpe de Estado, frente al enemigo era del
hipócrita mariscal Badoglio.
El miserable
fariseo en una entrevista con la Princesa maquiavélica le dijo textualmente:
“Si el Rey no se decide al golpe de Estado contra Mussolini, lo haré yo, de
acuerdo con el Príncipe Humberto”. No en balde los ingleses acuñarían el
neologismo “to Badogliate” cuyo significado es lisa y llanamente “traicionar”.
En toda esta trama
de intereses tejidos por telarañas de venenosas tarántulas que se extendían desde
Washington a Londres y sin dudas, llegaban a Moscú, donde Stalin preparaba al Partido
Comunista clandestino para los acontecimientos que enrojecerían de noble sangre
fascista el Valle del Po y toda la Lombardía, al promediar 1945, el año trágico
de la derrota mundial.
Los Saboyas no
pudieron retener el trono y pasaron a la historia con el escarnio de cobardes, que
se entregaron con los brazos en alto en el propio campamento inglés junto al
Iscariote Badoglio. (10 de setiembre de 1945). En tanto habían ordenado conducir,
la flota con las banderas a media asta hacia la isla de Malta, baluarte
británico del Mediterráneo. En esos momentos, el Ejército Real se desbandaba
con sus Oficiales que corrían tirando sus chaquetillas y quepís con los símbolos
romanos que deshonraron para siempre.
Lo más
extraordinario de ese año es que el Duce
consiguió poner de pie, en el Norte y en plena guerra, al Estado Italiano para borrar la repugnante
traición, con el aporte de leales como Pavolini, el nuevo secretario del Partido
Fascista Republicano, con la nuevas F.F.A.A. encabezadas por el patriota leal y
heroico Mariscal Graciani quien, en pocos meses presentó más de 600.000
hombres listos para luchar, durante 20 meses, con el fiel aliado germano, enfrentando
el artero zarpazo anglo yanqui mafioso y comunista.
Y dijimos más de
20 meses cuando aludimos a la traición del enano reyezuelo quien, del brazo con
Badoglio llegaba al campamento británico para humillarse. Sin embargo, en ese
párrafo, nos equivocamos feamente. Cuando aludimos a la fecha de la traición
saboya- badogliana, debimos escribir, en honor a la verdad histórica, lo que
estampamos a continuación. ¿Cómo dejar en el olvido el sacrificio de cientos de
miles de Camisas Negras con los guerreros-soldados? ¿Cómo permitir que permanezca por siempre, en
el “río de las sombras” el sacrificio de la itálica gente a lo largo de 39
meses? ¿No es desgarrador, dejar sin citar a los valientes de Albania, de
África y Rusia, los marineros, y los aviadores? ¿Tuvieron algo que ver acaso con
el cerdo Badoglio, y con el pequeñísimo Víctor Manuel que se hacía llamar “Rey
Soldado”? Solo pelearon hasta morir por el gran hombre, y fiel Duce que
se llamó Benito Mussolini.
Ahora un
paréntesis para permitir el paso a nuestro objetivo. Éste es volver unas
semanas atrás, para mostrar la horrible faz de la traición, cuyo INRI fue la
fecha trágica: 25de julio de 1943. Para ello, espiritualmente y a nuestra mesa está
el Duce, y sobre ella, su invalorable libro que el lector conoce y que lleva
por título “Historia de un Año”.
El 24 de junio de
1943 la situación militar se había agravado. La traición se estaba poniendo en
marcha y el Duce ya tenía cabal conocimiento de los renegados. En ese día, solo
un mes antes del 25 de julio, la sombra de la duda se ensanchaba sobre otros
que parecían leales y que para peor tenían puestos de mando, por ello estaban
más próximos a Mussolini. En esa jornada habló en el Directorio Fascista. De
ese discurso y entre los temas de la guerra dijo que algo que mostraba todavía
su fe en la Italia romana. Así dijo: “Existen los vacilantes y no hay porque
maravillarse: Cristo no tuvo más que 12 discípulos y estuvo cultivándolos
durante tres años con una predicación sobrehumana, a través de las requemadas
colinas de Palestina. Y sin embargo a la hora de la prueba, le traicionó uno,
por 30 denarios, otro le negó por 3 veces, y algunos más no sabían, por temor a
los judíos, donde establecerse para no negar su Fe”.
El 18 del fatídico
mes julio Mussolini habló por última vez en su vida desde el balcón del Palacio
Venecia donde durante 20 años tuvo su despacho. Desde allí había mostrado para
los siglos que el Fascismo no fue, sino que es, un movimiento con un total y universal
sentido de la vida. Ahora demos lugar a los párrafos esenciales de la histórica
arenga: “En vuestras voces siento vibrar la vieja fe incorruptible, así
como una certeza suprema: fe en el Fascismo, certeza que los sangrientos sacrificios
de estos tiempos duros serán recompensados por la victoria, si es cierto-y lo
es- que Dios es justo y que Italia es inmortal. Hace 8 años estábamos reunidos
aquí, en esta plaza, para celebrar el fin triunfal de una campaña en la que
habíamos desafiado al mundo y abiertos nuevos caminos a la civilización. No ha
terminado la magna empresa: está simplemente interrumpida. Yo sé, yo siento que
millones y millones sufren del mal indefinible de que se llama África. Para
curarlo no hay más que un remedio: volver allá y volveremos. Los imperativos
categóricos de esta hora son los siguientes: Honor a los combatientes,
desprecio a los emboscados y plomo a los traidores de cualquier rango y de
cualquier raza que fueren. Esto no es sólo mi voluntad; es la vuestra y la del
pueblo italiano todo”. Horas después, Roma era bombardeada por los “libertadores”
descargando miles de toneladas de bombas en los barrios obreros.
En esos momentos, el
Duce conferenciaba en Feltre con el Führer. Tal
coloquio fue continuado durante el viaje de retorno en automóvil. Mussolini
despidiéndose de Hitler resumió lo acordado con estas palabras dirigidas al
aliado: “La causa es común Führer”.
Al día siguiente,
Mussolini se dirigió a visitar la estación y los aeropuertos de Ciampino siendo
acogido en todas partes con manifestaciones de simpatía… Cuatro días después estaba
fijada la reunión del Gran Consejo donde los conjurados tenían resuelto mostrar
su bajeza maniobrando con una orden del día para destituir a Mussolini, golpear
mortalmente al Régimen Fascista, haciendo que Italia cayera de rodillas
pidiendo la rendición.
Para estudiar el
tema vamos a consultar la palabra de Mussolini en el citado libro memorial
abriéndolo en el capítulo VI y buscando los puntos fundamentales. Leamos: “En el
pensamiento de Mussolini, la reunión del Gran Consejo debía tener un carácter
confidencial, para que todos pudieran pedir y obtener explicaciones; una
especie de comité secreto. Previendo una larga discusión el Gran Consejo fue
convocado para las cinco de la tarde. Todos los miembros del Gran Consejo
vestían uniforme: sahariana negra. La sesión se abrió a las cinco con toda
puntualidad. Entonces Mussolini comenzó su exposición”. “La guerra -dijo
el Duce- ha llegado a una fase extremadamente crítica. Se ha verificado aquella
hipótesis que parecía y era tenida por todos como absurda, aun después de la
llegada de los EEUU al Mediterráneo; la invasión del territorio metropolitano. Desde
ese punto de vista se puede decir que la verdadera guerra ha comenzado con la pérdida
de Pantelaria. Uno de los fines de la guerra periférica en las costas africanas
era precisamente hacer imposible tal acontecimiento. En una situación como esta,
todas las corrientes oficiales y no oficiales se agrupan contra nosotros y han
producido ya síntomas de desmoralización en las propias filas del Fascismo especialmente
entre los “aburguesados”, que ven en peligro sus posiciones personales…” “Las
críticas de los elementos militares se dirigen de un modo hiriente contra los
que tienen la responsabilidad de la dirección de la guerra. Dígase de una vez y
para siempre que yo no he solicitado en lo más mínimo el mando de las FFAA en pie
de guerra, que me fue encomendado por el Rey el 10 de junio de 1940. Tal
iniciativa pertenece al Mariscal Badoglio”.
Más adelante Mussolini
se refiere al auxilio del III Reich expresando: “En algunos círculos se ha puesto
en duda el aporte alemán. Pues bien; hay que reconocer que Alemania ha venido a
nuestro encuentro de una manera generosa y solidaria”.
Mussolini había
pedido al Ministro competente el estado de las principales materias primas
durante los años 1940, 1941, 1942, y primer del semestre del 43. El total era
imponente. Carbón 40 millones de toneladas, material bélico 2.500.000 toneladas.
Caucho sintético 22 mil toneladas, nafta 421mil toneladas. El aporte para la
defensa antiaérea fue de 1500 bocas de fuego. Es pues falsa la tesis de los
derrotistas, que los germanos no prestaron ayuda necesaria a Italia…
Finalizada la
alocución de Mussolini tomó la palabra Grandi.
Fue la suya una violenta filípica: “el discurso de un hombre que
desahogaba un rencor largamente incubado. Criticó el accionar del Partido sobre
todo la gestión de Starace de quien había sido ardiente defensor. Mi orden del
día tiende a crear un frente nacional que hasta ahora no ha existido,
y no ha existido, porque la Corona se ha mantenido en prudente reserva. Es hora
que el Rey salga del bosque…”
Luego hizo uso de
la palabra el conjurado Conde Ciano para apoyar la orden del día de Grandi
fundamentándose en la historia diplomática de la Guerra. Intervino nuevamente Mussolini
con un “¡Señores atención!” “La
orden del día de Grandi llama a escena a la Corona; no se trata tanto de una
invitación al Gobierno, como al Rey pues bien este puede lanzarme este discurso
y es el más probable. De manera señores del régimen que ahora que veis la
gravedad de la situación os acordáis que existe un Estatuto y un Rey, pues bien,
yo ahora salgo al escenario y acojo vuestra invitación; pero, ya que os consideráis
responsables, aprovecho vuestra maniobra para liquidaros de un golpe”. Luego
del clarísimo y profético razonamiento el Duce agregó: “Los círculos
reaccionarios y antifascistas devotos de la masonería y de los anglosajones
presionarán en tal sentido” “Señores -concluyó Mussolini- ¡Atención!
La orden del día de Grandi puede poner
en juego la existencia misma del Régimen”.
Una de las más
duras respuestas al traidor Dino Grandi fue la del general Galbiatti que refutó
al repugnante derrotismo del nido de las 19 serpientes. Con casi 10 horas de
discusión ya se podía precisar la posición de los diferentes miembros del Gran Consejo:
había un grupo de traidores que habían pactado con la Monarquía, amén de un grupo
de ignaros que se dieron cuenta de la gravedad del momento y sin embargo… votaron.
El Secretario del Partido, Camarada Scorza, dio lectura a la Orden del Día y
fue nombrando a los presentes. 19 respondieron si, 7 no. Hubo 2 abstenciones,
Suardo y Farinaci, que votó su propia orden del día. Mussolini se levantó y
dijo: “Habéis provocado la crisis del régimen. Se levanta la sesión”.
El Secretario, Scorza,
iba a lanzar el tradicional “Saludo al Duce” Mussolini le detuvo: “No. Quedan
dispensados”.
“Eran las 4 de la
mañana cuando el Duce, acompañado por el fiel Scorza abandonó el Palacio
Venecia. Las calles estaban desiertas. Pero parecía sentirse en el aire la
sensación de lo inevitable…”
En esos mismos
momentos el pequeño miserable Víctor Manuel III que había recibido, por Senise,
Jefe de la Policía de Roma y uno de los conjurados, la noticia de lo votado en
el Gran Consejo ordenaba llamar a Badoglio. A los pocos minutos, el ambicioso
bienmandado estaba cara a cara con el Saboya, de quien recibió las siguientes instrucciones:
“La guerra continuará para los italianos y los alemanes, pero al mismo
tiempo tomaremos contactos con los angloamericanos para un pronto armisticio. Liquidaremos
al fascismo y pondremos en la cárcel a los fascistas de primer orden, para no
dar lugar a un contragolpe, se dará apertura a un gobierno, liberal para el futuro,
no por el momento. Usted, Mariscal Badoglio, tal como lo hemos acordado, presidirá
todo el tiempo necesario el gobierno militar”.
En aquel domingo
25 de julio, Mussolini, acompañado de su Secretario, De Cesare, llegó a “Vila
Ada” donde Víctor Manuel III con uniforme de Mariscal lo esperaba en la puerta
principal acompañado por dos oficiales. Una vez en la Sala Principal el Rey, en
un estado de agitación anormal y con palabras entrecortadas le dijo lo
siguiente: “Querido Duce, las cosas no marchan bien. Italia, está que se cae,
la moral del ejército por los suelos… Por lo tanto, he pensado que el hombre
apropiado para el actual momento es Badoglio que comenzará formando un
ministerio de funcionarios para continuar la guerra. De aquí a seis meses veremos…”;
Mussolini respondió: “Adoptáis una decisión de extrema gravedad… La crisis
será considerada como un triunfo del binomio Churchill, Stalin, sobre todo este
último, que presencia la retirada del campo de un enemigo que ha permanecido 20
años en lucha contra él. De todas maneras, deseo buena suerte al hombre que
tome en sus manos las riendas de la situación”.
Eran exactamente
las cinco y veinte de la tarde cuando el Rey acompañó a Mussolini hasta el
umbral de su casa. El Rey estaba lívido y parecía aún más pequeño, casi
arrugado. Estrechó la mano de Mussolini y volvió a entrar. El Duce descendió
por la breve escalinata y se encaminó a su automóvil. De repente un capitán de
carabineros lo detuvo y le dijo textualmente: “Su Majestad me encarga de
proteger vuestra persona”, Mussolini hizo ademán de dirigirse hacia su coche,
pero el capitán, indicándole una ambulancia parada allí cerca, le dijo: “es
necesario subir aquí”. Instantes después, tres carabineros con
ametralladores subieron también al vehículo. El círculo traidor se había cerrado. El Duce estaba
secuestrado. No es descabellado pensar históricamente, que el pequeño Saboya y
su cómplice Píetro Badoglio, urdieran asesinarlo o entregarlo al enemigo.
La noticia de lo
sucedido, sin la mínima ética, en el propio Palacio de Víctor Manuel, circuló
como reguero de pólvora y llegó al Comando del Führer. Éste, indignado dio la
orden perentoria: “El Duce debe ser liberado. El Reich no puede permitir
esa infamia con nuestro amigo y aliado…” El Standarntenfuhrer SS
Ingeniero Otto Skorzeni quien, regresado el Frente ruso por razones
médicas, estaba en Berlín… Dios tenía una importante misión para el Caballeresco
Guerrero…
Luis Alfredo Andregnette Capurro
Desde el Real de la Muy Fiel
Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo
Nacionalismo Católico San Juan Bautista
…
.
lunes, 5 de octubre de 2020
Otto Skorzeni (III): Pantelaria Sicilia y la Mafia - Luis Alfredo Andregnette Capurro
En pasadas
semanas nos asomamos a la situación militar y política que se planteó, en el
mar Mediterráneo, desde el 8 de noviembre de 1942 en adelante. En el capítulo, de
siete días atrás, presentamos a los camaradas lectores, los preparatorios de la
nefasta invasión demo bolchevique a Italia. La horda sedienta de sangre y capitaneada
por Ike Eisenhower sabía que contaba con una conspiración integrada por
abyectas figuras de traidores que, por medrar eran capaces de vender sus
hermanos al enemigo.
Estas afirmaciones
como todo asunto histórico veraz deben ser confirmadas por documentos. Para
ello, tenemos sobre nuestra mesa de trabajo tres valiosos volúmenes. El primero
de ellos fue titulado por su autor, el Duce Benito Mussolini, “Historia de un Año”.
Hoy, los ejemplares de las primeras ediciones, de este trabajo están desaparecidos,
porque sus tirajes de época fueron destruidos por los vencedores y el lumpen comunista
traidor. Los otros dos, nos ilustran con el relato autobiográfico del Coronel
Ingeniero Standartenfuhrer SS Otto Skorzeny, el brillante Oficial, que cumplió
en forma sobresaliente lo encomendado por el Fuhrer: liberar a Mussolini cuando
la traición lo había secuestrado.
Los títulos
de sus obras son: “Vive Peligrosamente” y “Luchamos y Perdimos”. En sus páginas
se encuentran el valor y el sacrificio al servicio de una gran causa. Por ello,
sostenemos con firmeza, que ambos deberían ser de lectura obligatoria en los
institutos castrenses serios, que buscan una formación completa para los
jóvenes aspirantes.
Ahora creemos
necesario, convocar a todos los camaradas hombres y mujeres, para que, con el
milagro de la evocación, estar presentes en la Italia de aquel año 1943. Éste,
trajo los momentos trágicos cuando la traición
de la Casa Real y la camándula de lívidos traidores, que avergonzaría para
los siglos a una Nación que Mussolini,
el último César, había elevado a posiciones de dignidad, solo alcanzados cuando
Roma Imperial, llevando la Paz y el Derecho, “preparaba con el gladio la cuna
de Cristo” al decir de Hilaire Belloc. Con inmensa tristeza como católicos
romanos, decimos junto a Gaio Gradénigo, que el Vaticano fue uno de los puntos
claves del espionaje de aquellos días. El Estado Pontificio, que el Duce había establecido,
en los Acuerdos de Letrán en Febrero de 1929, “mantenía, a pesar de la guerra,
el cuerpo diplomático acreditado sin exclusiones”. Allí se encontraban,
representantes de Gran Bretaña y hasta de los EEUU. Estas delegaciones “eran el
centro del espionaje enemigo en Italia”. Se afirma, nos dice el historiador
Gradenigo, “que la Radio Vaticana trasmitía en clave todos los días las
noticias y los informes militares más importantes para los angloamericanos”.
El Conde
Galeazzo Ciano, yerno del Duce, y conspirador contra el Fascismo, amén de ser,
por entonces, Embajador de Italia ante la Santa Sede, se sirvió ampliamente de
todos ellos, para sus fines de hipócrita estilo Marco Brutus. El amoral, que no
respetaba la Patria y, por lo tanto, menos al abuelo de sus hijos, recibió con
alegría los ataques a Pantelaría. Era
ésta (y lo es hoy) una pequeña isla en el sur y frente a Sicilia, que había
sido preparada por el Duce, con un sistema de defensas que consistían en
subterráneos abiertos en la piedra donde las armas de todo tipo la convertían
en invulnerable posición.
“En los
primeros días de junio, (1943) escribe el Duce, en “Historia de un Año”, los
ataques aéreos aumentaron en densidad, se hicieron continuos, día y noche, en
simultánea con bombardeos navales. Los partes de hora en hora anunciaban que la
guarnición, reaccionando con imperturbable valor ante el accionar aéreo del
enemigo, derribaban, decenas de aparatos enemigos. “El parte 1.110 que se
refería a la actividad del 8 de junio, llamaba especialmente la atención de los
italianos.
Continúa
Mussolini, reavivando sus sentimientos ante la noticia de que la guarnición de
Pantelaria, durante el día de ayer y hoy, sufrió un ininterrumpido ataque aéreo,
no dio respuesta a la propuesta de rendición formulada por el enemigo”. El
mundo estaba admirado de la resistencia italiana. Mussolini, escribe al
respecto, que un periódico sueco señalaba que los soldados italianos sorprenden
al mundo”. Pero sobrevino la traidora defección del miserable histrión
almirante Pavesi.
He aquí el
relato del Capo di Governo en sus aspectos esenciales. El elogio dirigido desde
Roma al jefe de la base se cruzó, con otro telegrama del mismo Comandante
Pavesi en el que, afirmaba la imposibilidad de continuar la resistencia a causa
principalmente de la falta de agua. Pero sigamos leyendo al Duce. Pavesi
dirigió un telegrama a Mussolini en el pintaba la situación como absolutamente
insostenible…. Una gran bandera blanca fue desplegada en el puerto, las otras sobre
algunos edificios de la isla y el fuego cesó. Tranquilamente desembarcaron los
ingleses. Algunos soldados –continúa Mussoilini- no podían creer lo que veían,
hicieron disparos de fusil. Nada más. El desembarco en Pantelaria -según un
documento inglés hubiera sido imposible con cualquier otra guarnición- costó a
Inglaterra, dos heridos leves. ¿A Italia cuánto le costó la defensa de la
primera isla de su territorio...?” Así contesta el propio Duce: “la población y
las tropas aferradas a la protección de los refugios subterráneos solamente
habían sufrido pérdidas insignificantes. La guarnición entera casi intacta,
compuesta de 2000 hombres fue capturada. Semanas más tarde, un cuidadoso
informe del almirante Gachino daba cuenta que el total de pérdidas sufridas por
la guarnición durante un mes de bombardeos se reducía a 35 muertos. Los
refugios e instalaciones subterráneas cavados en la roca habían anulado los
efectos de las bombas enemigas. Las 2000 toneladas de bombas fueron arrojadas
sobre las rocas…”
Como un balde
de agua fría cayó sobre el espíritu italiano. Leemos en “Historia de un Año”, el
parte 1113 en el que se daba cuenta de la caída de la isla. Se añadía un comentario
de las circunstancias que, pasando de Pantelaria a Lampedusa, exaltaba a la
pequeña y heroica guarnición que resistía con heroica firmeza…” “El almirante Pavesi
había mentido; hoy se puede decir: había traicionado (subrayado
nuestro). Ni siquiera –señala el Duce– fueron volados los hangares subterráneos
y se dejó casi intacto el campo de aviación. Con inmenso dolor e indignación Mussolini
dice a continuación lo que nosotros trasmitimos con letras en subrayado
especial: “Lastima que el pelotón de ejecución no haya alcanzado al primero
de los almirantes traidores. Al que pocos meses después había de consumar su
traición en la forma más viturperable: entregando al enemigo la flota entera”.
Tamaña y
repugnante traición solo puede explicarse por obediencia con la jefatura de la secta
masónica residente en la Corona Británica. Ella se posaba, por esos días en la
cabeza, del tartamudo Jorge VI. El oprobio, fue tan grande que ni el “rio de
las sombras” de los días actuales lo ha podido hacer desaparecer. “La Flota
entera”, realización del Grande Hombre traicionado, marchando a toda máquina hacia
la isla de Malta, con las banderas a media asta, a las órdenes, de los “almirantes”
Maugeri y Olivia, para rendirse, con repugnante ignominia, al Almirantazgo
inglés. Bajeza tal no habían conocidos los siglos. “Con la caída de Pantelaria,
se alzaba el telón y daba comienzo el drama de Sicilia”. La lucha fue
encarnizada pero también en Augusta aguardaba un Iscariote.
El Gral. Fascista
Francisci reunió todos los elementos disponibles de las Milicias Camisas Negras
“23 de Marzo” junto a los germanos de la División “Herman Goering”. Con ellas, encabezó
un contraataque exitoso contra la plaza principal del desembarco en Gela
obligando a replegarse a los yanquis. Intervino entonces la aviación
norteamericana que ametralló a los ítalos germanos a baja altura. En esas horas
cayó mortalmente herido el heroico general Francisci.
Era el
momento decisivo para que las fuerzas de la reserva intervinieran con el fin de
defender la costa oriental. Estas tropas, no solamente no se movieron, sino que
el viperino almirante Lonardi, que comandaba Augusta, se rindió sin disparar un
solo tiro.
Veamos lo que
al respecto nos informa el Duce, en la citada. “Historia de un Año”. Entre
tanto se preparaba la línea del Tirreno para la protección de Mesina y el
Estrecho comenzaron a circular versiones concretas de traición. El Coronel alemán
Schmaltz, jefe de una brigada, elevó al Mando Supremo alemán un informe
telegráfico, el cual el General Rintelen entregó al Duce (no olvidemos que en
estas notas de sus memorias, Mussolini, escribía en tercera persona, una copia
en la tarde del 12 de julio de 1943. Este documento descorre el velo del
misterio de Augusta: “Hasta la fecha ningún ataque enemigo ha sido realizado
contra Augusta. Los ingleses no la han ocupado nunca. A pesar de ello, la
guarnición italiana ha volado cañones y municiones e incendiado un gran
depósito de carburantes,. Las unidades de artillería antiaéreas situadas en
Augusta y Priolo han arrojado al mar las municiones y luego han inutilizado los
cañones.” “El 11 por la tarde, ningún Oficial
italiano se encontraba en la zona de la brigada Schmaltz. Muchos Oficiales
habían abandonado por la mañana a sus tropas y se habían trasladado en
automóviles a Catania y aún más hacia la retaguardia. Multitud de soldados aislados
o en grupos vagaban por el campo… algunos se han despojado de sus uniformes y visten
de paisano…” “Durante estos días –leemos al Duce – comenzaban a llegar a Roma
noticias de testigos oculares de los acontecimientos. He aquí algunos párrafos
sacados de una relación escrita por un alto funcionario de Ministerio de Cultura
que permaneció con una misión en Sicilia desde finales de junio al 15 de julio…
Así dice: “Respecto a la situación de ánimo provocada por los bombardeos… era
más bien de resignación en lo que se refería al peso de la constante acción
aérea enemiga, con estallidos de odio y rebeldía contra la barbarie
norteamericana, y una cierta confianza respecto al resultado de la guerra. Todo
siciliano tenía la certeza que, cualquier tentativa de invasión enemiga sería
truncada en poco tiempo y que toda Italia, se uniría en la ayuda a Sicilia en
el deseo de aplastar la ofensiva contra el suelo de la Patria. La noticia de la
invasión se supo en Palermo en las primeras horas de la mañana”. “Puedo decir, con
plena conciencia, que, en general la población dio muestras de tranquilidad y
de una fe absoluta en que el intento seria rechazado”. Pero como hemos visto,
al dar cuenta de lo sucedido con la Oficialidad y los traidores de Augusta, Sicilia
comenzó a disfrutar de la “liberación” porque, con los defensores de los
humanos derechos, volvía la Maffia que caracterizara a la histórica isla desde
el siglo XIV.
La necesidad
de enfrentar el flagelo secular en 1927 hizo que Mussolini buscara a alguien excepcional
para lograr el éxito que había sido esquivo durante siglos. Lo encontró, en el
Prefecto Mori, quien condujo la campaña con un éxito completo: Viterbo se recuerda
hoy, como ayer y siempre porque allí, fueron a comparecer cientos de jefes
mafiosos. La estampida fue fantástica. La mafia pagó sus crímenes y horrores
con los capturados. Los que pudieron huir, fueron a instalarse en las ciudades
norteamericanas como Nueva York, Chicago, Filadelfia y Boston principalmente. Los
personajes, como Al Capone, Lucky Luciano, y Sindonna se injertaron
primeramente en el bajo fondo yanqui, donde traficaron con la prostitución, el
juego clandestino, las drogas, los alcoholes (durante la ley Seca). Mas adelante,
otros negocios turbios a los que se agregaron lazos con los partidos políticos y
sindicatos. Todo fue un mundo de dinero hirviente de oro y poder. A esa gentuza
amoral, los demócratas masones y bolcheviques, buscaron y llevaron a la invadida
Sicilia. Esa carne de presidio, guió a los “libertadores”, siendo designados
por el Comando Norteamericano en la administración del ocupante.
El citado
historiador Gradenigo, en su interesante biografía de Mussolini, nos expresa
algo que por su interés transcribiremos textualmente: “Un sello que se ha
perpetrado hasta nuestros días, pues la mafia así solicitada y protegida por el
artículo16 del tratado de paz es aquella que hoy se ha infiltrado en toda la
política y los negocios italianos, los visibles y sobre todo los menos visibles,
pero que asoman de continuo en los escándalos que estallan en la península”. La
aseveración nos vuelve a la memoria el momento, cuando promediando la década de
1980, estalló la oculta corrupción generalizada que el mundo conoció con el nombre
de “manni pulite”. Ella fue, de tales dimensiones que puso en descubierto la
formidable gangrena democrática mostrando que la “clase dirigente” se repartía
la “Res” Publica en forma tal que llegaba a las tumbas de los cementerios.
Amoralidad democrática mafiosa sin par.
Pero retomemos
nuestro tema que tiene como escenario el año trágico de 1943. Tiempos de
traición a cara descubierta contra el César reanimador de las aspiraciones de
la Estirpe Itálica. El Conductor Mussolini, con cuya presencia su pueblo salió
de su ausencia histórica con voluntad de un Imperio de Paz, tal como él mismo lo
expresara en la histórica jornada del 9 de mayo de 1936.
Al convertirse
en hombre de gobierno, el discípulo de Wilfredo Paretto supo conservar un plan
de filosofía y una visión integral de los problemas. A la lucha de clases supo
oponer la armonía social. Atemperó las fuerzas del hiper capitalismo. En el
aspecto de la legislación positiva, no exageraba quien señaló, que la creación
de los códigos mussolinianos constituyó una obra a la altura de la legislación
napoleónica, expresión de la época “Corporativista” con la comunidad de
intereses de patrones y operarios como productores llevan para siempre el
espíritu del Duce y la visión total del Derecho Romano.
“La crisis
militar –escribe el Duce- no podía por menos de llevar consigo una crisis
política que arremetía en el Jefe y el sistema. La Historia –sobre todo la
moderna- ha demostrado que un régimen no cae nunca por razones de carácter interno.
Cuestiones morales, inquietudes económicas, luchas de partidos, jamás ponen en juego
la existencia de un régimen”. “Son problemas que jamás alcanzan a todo el pueblo,
sino a limitados sectores del mismo, un régimen cualquiera que sea, cae sólo
por el peso de una derrota. El Imperio de Napoleón III se derrumba después de
Sedán; el de los Habsburgo, de los Hohenzollern, de los Romanoff, después de la
derrota de la guerra del 14; la Tercera República Francesa cae en 1940 después
del armisticio Petain. De aquí se deduce que la monarquía italiana y sus
cómplices más que un programa: alcanzar mediante la derrota el derrumbamiento del
Fascismo”.
“El Rey
Víctor Manuel III en el centro de la maniobra, porque tenía motivos para pensar
que, la victoria obtenida o conquistada por el fascismo le habría empequeñecido
aún más. Hacía 20 años que aguardaba la ocasión propicia. Esperaba que se
produjera aquel estado de ánimo, aquella emoción popular, capaz de ser desatada
con un gesto”. Hasta aquí el Duce.
Nosotros, en
próximas entregas observaremos el centro de la traición y, Dios mediante, el accionar
de la gran Alemania aliada.
Luis
Alfredo Andregnette Capurro
Desde
el Real la Muy Fiel y Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de
Montevideo
Nacionalismo
Católico San Juan Bautista




