San Juan Bautista

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domingo, 9 de abril de 2023

Pascua de Resurrección - p. Leonardo Castellani

 


[Mc. 16, 1-7] Jn. 20, 1-9  |  1956

En el Domingo de Resurrección la Iglesia lee sencillamente siete versículos del último capítulo de Marcos que narra la ida de las Santas Mujeres con sus bálsamos ya inútiles al Santo Sepulcro, que encontraron vacío; y la aparición de un jovencito (de un “ángel”, dice Mateo; de “dos hombres en vestes lúcidas”, dice Lucas) que les anuncian la Resurrección y les dan orden de avisar a Pedro y los Discípulos; cosa que ellas no hicieron de miedo. Cuando les pasó el miedo, por la aparición de Cristo mismo, avisaron y no las creyeron. Las mujeres eran: María Magdalena, Juana, la otra María, madre de Santiago el Menor, Salomé, madre de Juan “y otras”.


Quienes primero vieron a Cristo fueron mujeres, en este orden: primero, su Santísima Madre; después, la Magdalena; después, el resto del grupito que llama el Evangelio “synelee-lythyiai ek tes Galilaias” (“las que lo escoltaban desde Galilea”), una especie de rama femenina de la Acción Católica de aquellos tiempos. Y nadie las creyó: “según dicen las mujeres”, le dijeron los dos discípulos de Emmaús al Misterioso Peregrino, y en ese momento él se les enojó, y les dijo: “¡Oh cabezaduras!”. Pero, lo mismo, en la Iglesia primitiva se siguió invocando el testimonio de los varones, como lo hace San Pablo en su Primera Carta a los Corintios (XV, 4): “Resurgió al tercer día según la Escritura, y fue visto por Pedro y luego por los Doce; después fue visto por más de 500 hermanos juntos [el día de la Ascensión], de los cuales están vivos los más hoy día y algunos murieron ya; después fue visto por Jácome y por todos los Apóstoles; y el último de todos, como un abortivo, fue visto también por mí”. Eran un poco cabezas duras estos israelitas; y más dispuestos a negar todo que a ver visiones.


Si yo dijera aquí la Resurrección de Cristo es el suceso más grande de la Historia del mundo, repetiría un lugar común; pero no rigurosamente exacto, si se quiere.


La Resurrección no es un suceso de la Historia, porque está por arriba de la Historia de los hombres; lo cual no quiere decir que los testimonios que tenemos de ella no sean rigurosa-mente históricos; pero quiere decir que es un suceso trascendente, como la Encarnación misma y todos los Misterios. Son objeto de la Fe. Los sucesos históricos, rigurosamente demostrables y que no se pueden racionalmente ni negar ni tergiversar, nos ponen delante de una afirmación enorme y nos invitan a hacerla; y somos nosotros quienes la tenemos que hacer. Hay un paso que dar; o un salto, mejor dicho: un salto obligatorio por un lado; y por otro, libre. Si a mí me hacen la demostración del binomio de Newton o el teorema de Pitágoras, yo no soy libre de aceptarlos o negarlos; me veo intelectualmente forzado a admitirlos. Si me hacen la demostración de la Resurrección de Cristo, aunque en su plano sea tan racionalmente completa como las otras, yo soy libre de creer o no creer. Por eso la fe es meritoria: porque su objeto no es natural sino sobrenatural.


En una Historia Universal, la más popular que existe en el mundo, y que fue propuesta por el autor nada menos que para libro de texto de todas las escuelas de Inglaterra, se da cuenta de la Resurrección de Cristo con estas palabras:


La mente de los discípulos se hundió por una temporada en la oscuridad. De repente surgió un susurro entre ellos y varias historias, historias más bien discrepantes, que el cuerpo de Jesús no estaba en la tumba en que fue colocado, y primero éste y después estotro lo habían visto vivo. Pronto ellos se hallaron consolándose con la convicción de que se había levantado de entre los muertos, que se había mostrado a muchos y ascendido visiblemente a los cielos. Testigos fueron hallados para declarar que positivamente lo habían visto subir el cielo, Él se había ido, a través del azur, a Dios...


Ésta es la versión que da del suceso básico de la fe cristiana la impiedad contemporánea. Mientras se mantiene en esa maliciosa vaguedad, el absurdo no salta a los ojos; pero cuando quieren determinar la historia de la explosión de la mañana de Pascua, entonces cuentan ellos como nuevos evangelistas “varias historias, historias más bien discrepantes”: unos dicen que Cristo en realidad fue enterrado vivo; y en consecuencia se despertó en su sepulcro, se liberó de mortajas y vendas, rodó la gran piedra de la entrada y huyó, desnudo y con una lanzada en el corazón; otros dicen que el cadáver se pudrió en su sepulcro y todo lo que vieron Apóstoles y discípulos, incluso en las orillas del lago de Galilea, fueron “alucinaciones visuales y auditivas” –táctiles también, en el caso de Santo Tomás el Desconfiado–; otros, finalmente, que los Apóstoles robaron el cuerpo y lo escondieron, “que es lo que dicen hasta hoy los judíos”, advierte San Mateo.


Von Paulus, Reimarus, Meyer, Schmiedel, Kirsopp Lake, Renan... La escuela de París, la escuela de Tubinga, la escuela de Marburgo...


Hay que explicar de algún modo “racional” esa historia extraordinaria. Entonces toman los cuatro Evangelios, y con un lápiz colorado van borrando todos los versículos o perícopas que ellos quieren; y con lo que les queda, escriben pomposamente una Verdadera Historia de Cristo. Pero salta a los ojos que de unos documentos tan extraordinariamente mentirosos como serían los Evangelios en ese caso, no se puede uno fiar en nada; y que la única consecuencia lógica sería negar incluso la misma existencia de Cristo; que es adonde han llegado algunos, llamados “evhemeristas”, como Baur, por ejemplo.


Pero negar la existencia de Cristo es mucho más difícil que negar la existencia de Julio César, de Napoleón  Bonaparte o de Sarmiento. Ese salto de la fe es difícil de dar, algunos prefieren empantanarse en el absurdo.


“Increíble es que Cristo haya resucitado de entre los muertos; increíble es que el mundo entero haya creído ese Increíble; más increíble de todo es que unos pocos hombres, rudos, débiles, iletrados, hayan persuadido al mundo entero, incluso a los sabios y filósofos, ese Increíble. El primer Increíble no lo quieren creer; el segundo no tienen más remedio que verlo; de donde no queda más remedio que admitir el tercero”, argüía San Agustín en el siglo IV. La existencia de la Iglesia, sin la Resurrección de Cristo, es otro absurdo más grande.


Leyendo los disparates de los seudosabios incrédulos, recuerda uno el final de la oda de Paul Claudel a San Mateo, en la cual el poeta lo pinta escribiendo pacientemente, con el mismo instrumento de su oficio que le sirvió para hacer números y cuentas, su testimonio seco y descarnado:


Y a veces nuestro sentido humano se asombra, ¡ah! es duro, y querríamos otra cosa.

¡Tanto peor! El relato derechito continúa y no hay corrección ni glosa.

He aquí a Jesús más allá del Jordán, he aquí el Cordero de Dios, el Cristo.

El que no cambiará; he aquí el Verbo que yo he visto.

Sólo lo necesario es dicho, y por todo una palabrita irrefragable

tranca a punto fijo la rendija de la herejía y de la fábula,

manda un camino rectilíneo entre los dos,

de los que niegan que fue un hombre, de los que niegan que fue Dios,

para la edificación de los Simples y la perdición de los Complicados,

para la rabia, agradable al cielo, de los sabihondos y los curas renegados.



Leonardo Castellani: “El Evangelio de Jesucristo”. Ed. Vortice 1997. Pags. 163-166.


viernes, 7 de abril de 2023

La Pasión de Cristo - P. Leonardo Castellani

El segundo comentario al Passio de San Mateo que habíamos prometido versa sobre la legalidad de la muerte de Cristo.

Hace tiempo leímos en un diario yanqui una noticia curiosa: que los israelitas de Nueva York querían hacer una revisión jurídica del proceso a Cristo; es decir, reunir otra vez el Sinedrio, rever testimonios y pruebas, y dictar sentencia definitiva. No sé si se hizo. Lo curio-so sería que lo hubiesen hecho y hubiesen condenado de nuevo a muerte al Nazareno ése, que tanto ha dado que hacer. La verdad es que en todo rigor debían hacer eso; porque si llegaran a absolverlo, tenían que volverse todos cristianos; o mejor dicho, ya lo serían[1].

Pero si lo han hecho, lo probable es que la sentencia no ha sido ni guilty, ni non guilty; sino una sentencia de notproven o out of legality: nulo por irregularidad de forma jurídica. El proceso de Cristo ha sido altamente ilegal.

El P. Luis de la Palma S. J. en su clásica obra Historia de la Pasión ha reseñado en una página maestra las ilegalidades de ese rabioso proceso, que fue una monstruosidad jurídica. El Sinedrio o Tribunal Supremo se reunió en el tiempo pascual, cosa que les estaba vedada; se produjeron testigos falsos y contradictorios; no hubo testigos de descargo; no se dio al reo un defensor; al responder a una pregunta del juez, el acusado fue abofeteado; se tomó una respuesta del reo como prueba y el juez se convirtió en fiscal; la respuesta del Sinedrio no se dio por votación; se celebraron dos sesiones en el mismo día, sin la interrupción legal mandada entre la audición y la sentencia; el sentenciado fue diferido a la autoridad romana, que ellos no reconocían como legítima y que –como les advirtió el mismo Pilatos– no entendía jurisdiccionalmente de delitos religiosos; la acusación promovida en el Pretorio (“Éste se ha hecho Dios y por eso debe morir”) no era delito en ese Tribunal; el reo fue tundido a azotes, que era el comienzo de la crucifixión, antes de la sentencia prolata; el delito de conspiración contra el César, que promovieron después, no era pasible de crucifixión, ni siquiera de muerte, como lo era la sedición a mano armada y la traición al ejército imperial, cosas que manifiestamente no hizo Cristo; y finalmente dejando otras dos irregularidades menores, el pazguato de Pilato no profirió la sentencia oficial: Ibis ad crucem, sino que dijo malhumorado: “Agárrenlo ustedes y hagan lo que quieran”, cosa que un juez no puede hacer, porque es abdicar su oficio; después de haber hecho la fantochada de lavarse las manos con lo que creyó quedar bien con Dios, con los judíos y con su mujer; y después de haber proclamado públicamente la inocencia del acusado: “Non invenio in eo culpam” (“No encuentro culpa en él”), lo mandó al patíbulo.

No sé si olvido alguna porque cito de memoria; pero con la mitad de estas irregularidades el proceso es archinulo; y el juez tenía el deber estrictísimo de absolver al acusado; hacer administrar cuarenta menos uno a Caifás por los malos tratamientos que había permitido infligirle; y hacer barrer a golpe de lictor a la turba con Barrabás y todo, que al pie de la escala de mármol –no querían pisar el pretorio para no mancharse y poder comer la Pascua, los angelitos– bramaban como leones y toros (“Toros bravos me han cercado, líbrame de la boca del león”, dijo el Profeta), y atropellaban el decoro del Procónsul con amenazas absurdas. Lo único que hay que anotarle al pollerudo de Pilato es que no recibió ninguna coima –no se acordó– cosa que no se puede decir de todos los jueces cristianos.

Pero donde se equivoca La Palma es en enrostrar a los fariseos todas estas fallas del “procedimiento”; en este caso no tienen importancia maldita[2]. Si Cristo no era lo que Él decía, había que darle muerte por encima de todo procedimiento; y eso en virtud del sentimiento religioso. Era un blasfemo; y por cierto, el blasfemo más extraordinario que ha existido. Por eso, ellos no tuvieron reparos en desresponsablar a Pilato: “Que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. Esto era un juramento tremendo, que los latinos llamaban execración. En eso se sentían seguros: “Creían [perversamente] hacer un obsequio a Dios”. Si el Nazareno no era Dios; ni el pastor Eróstrato que incendió el templo de Diana de Éfeso, ni Calígula que violó una Vestal, ni Enrique II que hizo matar a Santo Tomás Beckett en su catedral y durante su misa, han hecho una blasfemia y un sacrilegio comparable: “Reo es de muerte; nosotros sabemos que es reo de muerte; poco importa lo que le digamos a este roma-nacho incircunciso”... Si la acusa de conspiración contra el César y la subsiguiente amenaza no hubiesen surtido el apetecido efecto, poco les hubiera importado acusar a Cristo de haber pagado tres asesinos para matar a Pilato, su mujer y su hijo[3].

Porque la cuestión en causa no era la sedición contra el César –que ellos deseaban con toda el alma, los hipócritas– ni si Cristo había dicho que iba a destruir el Templo y reedificarlo en tres días –que ellos sabían no había dicho– ni nada por el estilo. La cuestión real era: ¿Cristo es lo que él dijo o no? Ésta es la cuestión más tremenda que se ha puesto en la historia de la humanidad: cuestión de vida o muerte.

Todavía se pone y se pone continuamente; y la prueba son los honestos judíos de Nueva York. El proceso de Cristo se reproduce continuamente en el alma de cada hombre: Cristo es acusado, da testimonio de sí, deponen contra él falsos testigos, malos sacerdotes lo juzgan y condenan, Judas lo besa, inmundos herodes se burlan de él, y muchos pilatillos lo crucifica-mos. Es la cuestión de un simplicísimo sí o no que se produce en lo más profundo del alma: “Sí, es Dios. No, no es mi Dios”. Si no es mi Dios, es reo de muerte... ¡Que desaparezca, que sea crucificado, que sea sepultado y sellado su cadáver y que no sepa más de él ni de su memoria!... Tremendo pensamiento.

Los cristianos creemos que la dispersión secular del pueblo judío –que ahora se está por terminar– es la respuesta a aquella execración de los fariseos: “Caiga su sangre sobre nosotros y sobre nuestros hijos”. ¿Por qué “sobre nuestros hijos”? ¿No es injusto eso? Aquí hay un misterio. En realidad, todo judío que por su culpa no se vuelve cristiano, da su aquiescencia a la condenación de Cristo; porque ellos tienen en sus manos las Escrituras con todas las profecías (la pieza maestra del proceso, el testigo que no se llamó) y nadie tan bien como ellos pue-de entender de esta causa. Decir esto parece duro y tremendo; y en realidad lo es. Pero la cuestión es ésta: o fue Dios o no fue Dios, y no hay evasiva ni respuesta intermedia posible. O blasfemo, o mi Creador y Señor.

Dejemos en paz a los judíos si no es para rogar por ellos, como ruega la Iglesia el Viernes Santo: demasiado han sufrido. Lo malo es la segunda crucifixión de Cristo (“Rursum crucifigentes Filium Dei”) que hacemos los cristianos. En mi propia vida tengo bastante que consi siderar; pero eso no es para contarlo aquí. Pero en la vida pública de las naciones llamadas cristianas, desde la Reforma acá, un largo e infausto Vía Crucis ejecuta al Cuerpo Místico de Cristo. Los caifás, los judas, los pedros, los herodes, los pilatos se multiplican; y todos los gestos de aquella nefasta hazaña se reproducen simbólicamente: se lo niega, se lo calumnia, se lo impreca, se lo azota y se lo crucifica. Y se lo sepulta.

Las naciones parecen en camino de crucificar nuevamente a Cristo; y de gritar al cielo: “que su sangre caiga sobre nosotros y sobre nuestros hijos”.

 

Hasta el cielo en dolor anegado

llega el grito de un ruego execrable,

cubre el ángel su rostro espantado,

dice Dios: “Yo lo voy a cumplir”.

Y esa sangre, que el padre imprecaba,

a la prole infeliz aún enlima

que hace siglos la lleva y de encima

no la pudo hasta hoy sacudir...

“Padre nuestro, pues tanto le cuesta

por Él cese tu ardor vengativo

de los ciegos la insana respuesta

vuelve en bien, oh piadoso Señor”.

Sí, esa sangre sobre ellos descienda

pero en lluvia que limpie sus lodos.

Todos hemos errado, y de todos

esa sangre redima el error[4].




[1] Esta noticia ha dado origen a una obra dramática: El Proceso de Jesús, que se está viendo mucho ahora, año 1957, en Buenos Aires.

[2] Esta sentencia es de Santo Tomás de Aquino.

[3] Pilato no tuvo hijos en vida; aunque después de muerto ha tenido muchos hijos adoptivos.

[4] En la Argentina se ha visto mucho una película “hollywoodense” llamada El Manto Sagrado, en la cual el proceso de Cristo y sus promotores está escamoteado; y la idea que saca el vulgo es que a Cristo lo mataron los romanos; es decir, ¡los fascistas!; y que Cristo murió por la “democracia”. Han aplicado a la teología la técnica de los dibujos animados: el manto (no la túnica, que es lo que los soldados echaron a suertes) obra brujerías; pero no se sabe si Cristo es Dios, o qué. La “cinta” está inspirada por ese neo-mahometismo culto que parece ser la teología de una gran parte del pueblo yanqui; conforme a lo que predijo hace más de un siglo y medio el conde Joseph de Maistre: “El protestantismo vuelto sociniano [negada la divinidad de Cristo] o se diferencia ya esencialmente del mahometismo”. También se ha visto muchísimo aquí El Proceso a Jesús, de Diego Fabbri, pieza teatral que como obra de arte es muy deficiente y como sermón en pro de Jesucristo –intención del autor– nos parece ineficaz.

 

Leonardo Castellani: “El Evangelio de Jesucristo”. Ed. Vortice 1997. Pags. 159-162.



jueves, 6 de abril de 2023

martes, 4 de abril de 2023

Súplica Pascual de un docente - Antonio Caponnetto

 


SÚPLICA PASCUAL DE UN DOCENTE


Cuántas horas los días se hacen arduos, se vuelven

calendarios de esfuerzos que fatigan los meses,

entonces Te contemplo con la cruz ominosa

izándote del suelo, una, dos y tres veces.


Cuántas tardes la voz se me quiebra en trajines

o las manos se cansan sujetando papeles,

de posarse en los hombros repartiendo consejos

y me alza Tu mirada de sangrantes claveles.


Cuántas aulas recorro y un alma en cada mesa

aguarda esa palabra ganada al ajetreo,

el verbo que defina, laudantemente claro,

y me siento un instante tu Simón Cireneo.


Cuántas lecciones dadas, no siempre recibidas,

libros, mapas, retratos, vestigios de las cosas

terrenas y celestes que guardan sus misterios,

me acompaña en el trance Tu Madre Dolorosa.


Cuánta niñez que llora al cruzar los umbrales,

cómo se vuelven patios de risa adolescente,

penas y sueños danzan una marcha de edades

igual que esa corona que aureolaba tu frente.


Cuántas noches en vela retocando labores,

esa cita que auxilia para lanzar la red

al corazón abierto de asombros admirables.

Me retumban tus labios gritando:¡tengo sed!


Cuántas generaciones descifrando sus signos,

camadas de recuerdos que atesoro y cosecho,

llegadas, despedidas, derrotas y victorias,

hazme lugar acaso en Tu herida en el pecho.


Dame, Señor, un cielo de pizarras y tizas

para escribir tu gloria que anonada al quebranto,

clávame a tu madero, será mi mejor clase:

la Esperanza nacida del mismo Viernes Santo.


Dame, Señor, la fuerza de los viejos pupitres,

la música concorde de la fe y la razón,

ser el lienzo que alivia tu faz atribulada

discípulo festivo de tu Resurrección


Por Antonio Caponnetto


domingo, 2 de abril de 2023

Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén (Repost) – Catalina SCJ

 “La  gran muchedumbre que había venido a la fiesta, al oír que venía Jesús a Jerusalén tomaron palmas y saliendo a su encuentro, lo aclamaban diciendo: “¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor y del Rey de Israel.” Hallando Jesús un asnillo, montó sobre él, según está escrito: “No temas, hija de Sión; mira, tu Rey viene montado sobre un pollino de asno” (Jn 12,12-15). 


Todas estas cosas ocurrieron a fin de que se cumplieran las Escrituras. El triunfo de Jesús como rey de todo lo creado fue permitido por el eterno Padre como culminación de su Vida Pública; en ella obró grandes milagros que no es necesario volver a recordar, pues ya están escritos en los Santos Evangelios.

  Fueron muchos los que en ese día volvieron sus ojos a Dios y siguieron de cerca al Maestro. Estos hermosos acontecimientos sirvieron para fortalecer a las almas desfallecidas y afianzar la fe de los vacilantes, para decir a los turbados de corazón: “¡Esforzaos y no temáis! He ahí a vuestro Rey, Señor de cielos y tierra.”

  Hoy en Jerusalén se manifiesta la gloria de Dios: “Y se abrirán los ojos de los ciegos, y se abrirán los oídos de los sordos. Entonces saltará el cojo como ciervo y gritará de júbilo la lengua del mudo” (Is 35,5.6) para decir con gozo: “¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosanna en el cielo!”

  Las calles de esta ciudad se han convertido hoy en vía de santidad y camino de perfección, pues por ellas transita el Santo de los Santos, el Salvador del mundo; el Maligno hoy no caminará por ellas, pues Jesús ha triunfado sobre sus enemigos, y estos han sido arrojados a los profundos infiernos.

  El Señor de la Vida, va sobre un jumentillo. Avanza entre las multitudes como un Rey entre la tropa, exuberante y lleno de gloria. De pobreza y sencillez está revestido; su corona es la sabiduría; su cetro la justicia; su trono, un jumento; pero ni siquiera la carroza ataviada de esplendor del rey Salomón podía comparase con aquel noble y afortunado animal escogido por Dios para llevar sobre su lomo a la divina Realeza, que de saber hablar, de gozo y admiración hubiera enmudecido.  Bueno es que no lo supiera, que de tener inteligencia posiblemente hubiera perdido toda su humildad, sencillez y encanto, pues grande fue la misión que esta criatura sin saberlo realizó.

  “Yo contemplaba todas estas cosas desde Betania y, al verlo avanzar “entre gritos de júbilo, palmas, ramos de olivo, cantos y gloria, recordé el Salmo del rey David. Y en silencio medité sobre él, pues se ajustaba a las promesas que el Padre eterno había hecho a su divino Hijo previamente”.

  “Dice el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi diestra, hasta que coloque a tus enemigos por escabel de tus pies” Sal 109(110)1. Triunfante entró Jesús en Jerusalén y todos los enemigos huyeron a su paso; llena estaba la ciudad de escribas y fariseos, y mucha gente venida de fuera; ninguno levantó la mano sobre Él. Dios los tenía controlados, demostrando así el poder de su brazo. De forma más ostentosa y en toda su plenitud, este triunfo, sucederá el día en que Jesús vuelva glorioso.

  “El cetro de tu poder extenderá Dios desde Sión” Sal 109(110),2. En todos los confines del mundo, incluso en el seno de Abraham, todos le aclamaron como Rey del universo, diciendo con júbilo: “¡Hosanna al que viene en el nombre del Señor!”

  “Mandarás en el corazón de tus enemigos” Sal 109(110)2. En efecto, mandó en el corazón de sus enemigos, pues como locos andaban buscándolo, a causa de sus milagros y de sus enseñanzas, para prenderlo; sin embargo, fueron confundidos en su maldad, dejados en su sabiduría humana, necios en su necedad, y en su soberbia y arrogancia, ciegos y sordos.

  “Te acompaña el principado el día de tu nacimiento” (Sal 109(110),3. Porque eres el Hijo de Dios por generación eterna; y el esplendor sagrado de la virtud, de la sabiduría, de la gracia y de la santidad moran en Ti Verbo Humanado.

  “Desde el seno de la aurora” (Sal 109 (110),3. El Padre está en Ti y contigo como principio de quien procedes. “Mis entrañas virginales te dieron cobijo como Madre verdadera por tu principio en cuanto a Hombre, porque, desde el instante en que recibiste el ser humano por generación temporal que de mí procede, tuviste las obras del mérito que ahora están contigo. Y te hacen digno de todo honor y gloria en el día de hoy y para siempre”.

  “A modo de rocío de tu infancia” (Sal 109 (110),3. “te cubrieron el amor y la ternura de mi corazón de Madre”.

  “Lo ha jurado el Señor y no ha de arrepentirse: “Sacerdote tú eres para siempre a la manera de Melquisedec” Sal 109 (110),4. Sumo Sacerdote no por participación del sacerdote levítico ni por investidura humana. El sacerdocio de Cristo es confirmado con juramento por boca del que dijo:

  “Juró el Señor y no se arrepentirá: “Tú eres sacerdote para siempre” Sal 109 (110),4. Ofreciéndose a sí mismo como víctima de una vez por todas. Renovándose incruentamente su sacrificio en la Santa Misa.

  “El Señor a tu diestra juzgará a los reyes en el día de la cólera” Sal 109 (110),5. Y reyes y vasallos, príncipes, hombres todos de la tierra, que camináis lejos del Señor, meditad sobre estas palabras, porque todos beberéis del cáliz de su indignación, pues vuestra iniquidad atrae grandes castigos al mundo, que reo es de muerte.

  “Hará justicia a las naciones, las llenará de cadáveres y sus ruinas se esparcirán por todas partes, machará sus cabezas sobre un inmenso territorio” Sal 109 (110),6.

  “En el camino beberá del río por eso levantará la cabeza” Sal 109 (110),7. Beberá del agua de la ira, indignado ante los comportamientos de los hombres soberbios y mal nacidos, que rechazaron la gran misericordia que con ellos tuvo el Señor. El torrente de la gracia que fluye de Él cegará más a sus enemigos, que desesperados ante la ruina que les aguarda llorarán de espanto sobre la tierra. Y el Señor vendrá al son de trompetas sobre las nubes del cielo con gran poder y estruendo a juzgar a los habitantes de la tierra. Ensalzará al humilde, y le dará su justa paga. Él levantará su cabeza y la ensalzará sobre sus enemigos, sobre aquellos que no supieron ver ni reconocer que este Hombre llamado Jesús, es el Hijo de Dios, el Mesías verdadero, el Rey triunfante.    

  Debemos huir de las alabanzas y de las glorias mundanas.

  El triunfo de Jesús en su entrada gloriosa a Jerusalén sirvió no solo para manifestar al mundo la divinidad de Jesucristo, pues de este éxito, tan clamoroso como fugaz, se desprenden sabias y santas enseñanzas.

  Sería muy bueno para todos aquellos que buscan la perfección, y quieren imitar a Cristo, meditar sobre las alabanzas y las glorias mundana; así no se espantarían al presenciar cuan volubles son en su mayoría los hombres de mundo. ¡Y qué dados a encumbrar, halagar  y  adular de forma y modo según les place, sin tener en cuenta otras consideraciones que las de su capacidad idólatra, pobre, voluble y lisonjera; pues hoy ensalzan lo que mañana pisan, humillan y desprecian. Debería bastar este ejemplo para advertir a las almas que buscan la santidad, que es muy peligroso el camino que conduce a la vanidad, a las lisonjas y a los parabienes. Los hombres son frágiles como el barro. No debemos confiar nunca en aquellos que sin escrúpulos tienden esta trampa al corazón del hombre; estos tales son unos necios, dejando atrapados en sus redes a otros necios que, como ellos, viven de necedades.

  Las glorias del mundo pasan, no son eternas y las alabanzas son flores que presto se marchitan; por eso si somos prudentes, debemos huir de ellas pues causan estragos en el alma, que solo ha de pretender la gloria de Dios. Por tanto; “no améis el mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo cuanto hay en el mundo la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas no vienen del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios vivirá para siempre” (1Jn 2,15-17).

  Ningún ser humano está libre de este mal; por eso insisto en que es conveniente dejar de lado todo aquello que de una manera u otra halaga los sentidos, pues como dice el Apóstol: “Con sumo gusto seguiré gloriándome en mi flaqueza para que se manifieste en mí la gloria de Cristo. Pues cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Cor 12,9.10). Pues, ¿Qué es el hombre? Isaías dice: que el hombre es “un tiesto entre tiestos de barro”. (Is 19,45,9).

  ¡Señor mío y Dios mío! “Hiciste mis días de unos palmos y mi vida cual nada es ante Ti. Tan solo mero soplo es todo hombre”. Sal 38(39),6.

  La mejor enseñanza que podríamos sacar de este triunfo de Jesús en Jerusalén es no poner nuestra esperanza en los corazones humanos. “Maldito quien se fía de las personas, y hace de las criaturas su apoyo, y del Señor aparta su corazón. Y Bendito quien se fía del Señor, pues no defraudará su confianza” (Jer 17,5.7).

  El hombre carnal es voluble por naturaleza. Se embravece por nada, su amor como sus alabanzas suben y bajan como la marea. Con gran facilidad olvida sus promesas de amor y de fidelidad a Dios, y a los hombres.

  No debemos tener miedo al mundo.

  Es importante para todos aquellos que han sido llamados a un apostolado más intenso, no tener miedo a los hombres. Los tiempos son malos y hay quienes tienen miedo a enfrentarse a unos hombres cuyas creencias caminan lejos de la verdad. Al contemplar a “esta generación adúltera y pecadora” muchos creyentes se sienten avergonzados, la oleada de vicio y de promiscuidad, se extiende como una plaga. Pronunciar el nombre de Jesucristo es tremendamente arriesgado; confesarse su discípulo, toda una proeza. ¿A quién hablar de Dios, si los que escuchan tienen sus oídos incircuncisos?

  ¡Oh! mundo necio, hombre ingrato, “que a lo malo llamas bueno, y a lo, bueno malo” (Is 5,20), que con gran soberbia caminas sin preocuparte de que has de morir. ¡Que conoces cuando se aproxima una tormenta y en tu ceguera no ves ni sabes apreciar los signos de los tiempos! Absorto en tus propios pensamientos vives olvidado de Dios, mientras tu alma se hunde en el abismo.

  Jesús era tajante en sus enseñanzas, decía la verdad sin importarle las opiniones de los escribas y fariseos. Y la verdad solo hirió a los corazones soberbios. Él no tuvo miedo, y por todas partes le habían tendido lazos para prenderlo. ¿Qué es el hombre para que le temas? Tomaré las palabras del profeta, que dice: “He aquí que vosotros no sois nada y vuestro obrar nadería” (Is 41,24).

  El hombre no levantaría la cerviz si Dios no se lo permitiera. Por eso “no les tengáis miedo” (Mt 10,26), que su fuerza y poder son como una caña en manos de un niño que fácilmente se quiebra. Sin embargo, el niño en su pequeñez y debilidad es más fuerte, mucho más fuerte y poderoso que todos ellos porque tienen un corazón puro, son sencillos y humildes. No en vano está escrito: “Si no os hacéis como un niño no entrareis en el Reino de los cielos” (Mt 18,3).

  La misión del hombre de fe, es parecerse a Cristo, y Jesús, sembraba los campos con su divina palabra, removía las conciencias con el ejemplo, y ablandaba los corazones con la oración.

 

 

Catalina SCJ

 

 

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

 


Significado del 2 de Abril (1984) - Antonio Caponnetto

 

"...Sabe que un día volverá su hombre con la bandera y el cantar".

José Pedroni

 

Las fiestas nacionales -si realmente lo son y merecen el calificativo de tales- constituyen sustancialmente una afirmación de soberanía; una ratificación de la existencia y de la identidad espiritual, un acontecer cargado de sentido y poblado de significaciones. La Patria, es, en cierto modo, la historia de sus fiestas y el festejo incesante de su vera historia.

Se festeja lo que fue y merece seguir siendo. Lo que por su propia entidad ingresa en el recuerdo colectivo. Lo que marca un Origen y obliga a una fidelidad perenne. La fiesta es una tradición viva que se repite y reitera. Su contenido trascendente es la razón de su permanencia y su valor arquetípico el motivo de su celebración. La fiesta funda, revela, guarda y conserva. Y el festejo repone, memora, restablece, congrega. Más allá de que se organice o programe; más allá del calendario y de los hombres que pasan.

Por eso, algo grave, sucede en una nación, cuando sus fastos patrios se tergiversan u omiten por decreto y se sustituyen por efemérides burocráticas y legislativas. Algo que ya ocurrió cuando el presidente Rivadavia suprimió el 12 de agosto y merece el sanmartiniano calificativo de "felonía". También San Martín calificó a Rivadavia de "alma despreciable" e "innoble persona"; y no se trata ciertamente de cosas muy distintas.

El 2 de abril es la fiesta de la dignidad nacional. Ingresó como tal en nuestro entendimiento y en la inteligencia de todos aquellos que advierten su auténtica importancia. Una Argentina devuelta a sus esencias y reencontrada con su destino fue el saldo inmediato y principal de aquel estallido. No primó el cálculo político, si lo hubo. No prevalecieron las prevenciones derrotistas y pusilánimes, aunque se dejaron oír. No predominaron las infaltables pequeñeces y las defecciones. Sobresalió en cambio el gesto heroico, el entusiasmo épico, la religiosidad arraigada, la fe creciente, el fervor combativo y la disposición a la lucha sin atenuantes. El 2 de abril le reintegró a Dios la Patria y la Patria a Dios. Son los efectos propios de las causas ejemplares. Es la fuerza intrínseca de lo paradigmático que sobrepuja las circunstancias y los accidentes.

Ese día, por Malvinas, la Nación comenzaba a comprender de qué la habían despojado. De qué, cómo, para qué y quiénes. Y comenzaba a comprender cada sonido de la voz reconquista.

Se pronunciaron palabras hasta entonces silenciadas: Escapulario, Rosario, empuñadura en Cruz y clarines. Virgen Generala, Puerto Argentino, halcones consagrados a un Cielo indelimitado. Se silabeaban a coro las palabras más nobles; como a coro se escuchaban los ¡presentes! ante el nombre de los muertos.

No; aquello no fue una "descabellada y dolorosa aventura" como seguirán llamándola los innúmeros Armendáriz (también dijeron lo mismo en su momento del cruce de los Andes o el Éxodo Jujeño). No es cierto que nada haya que festejar, como le parece a Caputo, ni es serio afirmar que la celebración "resulta incongruente con los sentimientos que evoca", como sostiene el decreto presidencial que anula la gloriosa fecha. Tampoco se trató de una "invasión", "ocupación" u "operativo lamentable" como lo llamó el Gral. (R) Leal, ni de una "causa no bien calibrada" al decir de Monseñor Galán.

No es una festividad del antiimperialismo de las izquierdas con sus consignas clasistas, con su pacifismo hipócrita y descastado, con su resentimiento de porqueriza apaleada, con su latinoamericanismo tercermundista y rojo. Malvinas no es Nicaragua, ni El Salvador ni Centroamérica. La izquierda puede festejar el 14 de junio pero no el 2 de abril. La derrota le da derechos y es consecuencia de sus "pactos preexistentes" -Yalta y Potsdam, entre otros-. La victoria hubiera significado, en cambio, su desterramiento definitivo. El 14 de junio de 1982 fue el día de la humillación nihilista; pero no exclusivamente por el revés de las armas -a cuyos caídos y combatientes cabales honramos como a próceres- sino porque ese día se decidió oficialmente que la Patria no era ni debía ser libre. Que los poderes mundiales le ordenaban un destino de colonia. Que la civilización moderna le imponía una misión de factoría hedonista y prosaica. Que era preciso sustituir la soberanía política por la soberanía popular; que era conveniente no ser nada conservando la amistad de los amos, a ser lo que debemos ser, aunque para eso el estandarte patrio tuviera que flamear desafiante sobre las más gloriosas de sus ruinas. El 14 de junio el Proceso y la Partidocracia y ambas con el Poder Extranjero sellaron el único acuerdo no denunciado ni deshecho: el de la gran traición nacional. Eso, sólo eso, pueden festejar las izquierdas. Pero el 2 de abril, día de la dignidad nacional, no.

Ni es siquiera para que marchen ex-combatientes vergonzantes que no están a la altura de su misión y del protagonismo que les encomendó la historia. Los verdaderos ex-combatientes son los que quieren dejar de ser "ex". Los que no piden asistencia psicológica sino volver por la victoria pendiente. Los que no reclaman retribuciones monetarias, sino el orgullo de la primera línea en el próximo alistamiento. Los que prefieren la compañía de Nuestra Señora del Rosario a las de las "juventudes políticas", que son la senilidad más oprobiosa que tiene la república.

El 2 de abril no tolera a los indignos. Y porque la recíproca lógicamente es válida, es que nos han querido escamotear oficialmente la fecha. No pudiendo, optaron por tergiversarla y confundirla.

Pero el error no durará para siempre. Porque los muertos ya saben que significó la guerra; y su magisterio es el más alto y el más válido que hoy tiene la Argentina. Porque la Patria -sólo la Patria- cabe entera en esa fecha. Es su cifra y su norte, su modelo. Y ha de ser en adelante nuestra meta, hasta que el "Malvinas Volveremos" deje de ser grito para convertirse en orden de rescate.

Entonces, el 2 de abril volverá a ser la fiesta clara, inequívoca y recta de la argentinidad militante.

 

Antonio Caponnetto

 

Revista Cabildo: 2da Época. Año VIII Nº75. 17 de abril de 1984

 

 

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