San Juan Bautista

San Juan Bautista
Mostrando las entradas con la etiqueta Pascuas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Pascuas. Mostrar todas las entradas

domingo, 5 de abril de 2026

Homilía de San Juan Crisóstomo sobre el Evangelio de la Resurrección de San Juan

 

Volvieron otra vez los discípulos a su casa, pero María se quedó llorando fuera, junto al sepulcro[1].


1. La naturaleza femenina es compasiva e inclinada a piedad. Lo digo para que no te cause extrañeza que María llorase amargamente junto a la tumba y Pedro no hiciese lo mismo. Los discípulos volvieron otra vez a su casa -dice la Escritura-, pero ella permaneció llorando. En efecto, su naturaleza era pronta al desánimo y, además, no conocía todavía con claridad la doctrina de la resurrección. Ellos, en cambio, después de ver los lienzos y de que creyeran, se fueron a sus casas llenos de estupor. ¿Por qué no fueron en seguida a Galilea, tal y como se les había mandado antes de la pasión? Quizás esperaban a los otros, pero, ante todo, estaban todavía muy perplejos.

Es un hecho, sin embargo, que ellos se fueron y ella se quedó junto al sepulcro. Tal y como dije, la contemplación del sepulcro era para ella un gran consuelo. ¿Ves cómo, para quedarse más tranquila, asoma la cabeza, deseosa de ver el lugar donde había estado el cuerpo? Por esto, por su mucha diligencia, recibió un premio no pequeño. Lo que los discípulos no vieron, ella, en cambio, fue la primera en verlo, es decir, a los ángeles que estaban sentados, uno a los pies y otro a la cabeza, vestidos de blanco y con aspecto resplandeciente y alegre. Puesto que, en lo espiritual, la mujer no estaba suficientemente elevada para admitir la resurrección con sólo la vista de los sudarios, sucede algo más, y ve a los ángeles sentados con resplandecientes vestiduras, de suerte que, entre tanto, se repone del dolor y obtiene consuelo.

Mas nada le dicen de la resurrección, sino que avanza hacia este dogma poco a poco. Vio rostros alegres, mucho más que lo ordinario, vio la vestidura resplandeciente, oyó la voz compasiva. ¿Qué le dijo? Mujer, ¿por qué lloras?[2]. A través de todo ello, como si una puerta se abriera, era conducida paulatinamente al entendimiento de la resurrección. Es más, la forma misma en la que estaban sentados la llevó a preguntar, ya que parecían conocedores de lo ocurrido. Por eso no estaban sentados juntos, sino separados el uno del otro. No era natural que ella osara preguntarles, mas, con la pregunta que le hacen y con la forma de estar sentados la inducen a hablar. ¿Qué dice ella? Con ardor y con afecto al mismo tiempo dice: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. ¿Qué dices? ¿Todavía no reconoces la resurrección y piensas aún en el traslado del cuerpo? ¿Ves cómo todavía no había aceptado esta sublime doctrina?

Después de haber dicho esto, se volvió hacia atrás[3]. ¿Es lógico, acaso, que, mientras hablaba con ellos y sin obtener respuesta alguna todavía, se volviera hacia atrás? Me parece que, mientras ella hablaba, de súbito, Jesús se apareció tras ella y llenó de estupor a los ángeles, quienes, al ver a su Señor, al punto, tanto en su porte como en su mirada y actitud, dieron muestras de que lo veían, y esto es lo que hizo volverse a la mujer y mirar hacia atrás. Así se apareció a los ángeles, pero no a la mujer, sino que a ella se le apareció con un aspecto más humilde y ordinario, con el fin de no atemorizarla cuando por primera vez lo viera. Es evidente, ya que creyó que era un hortelano. No era conveniente elevar rápidamente a una persona humilde, sino poco a poco. De nuevo le pregunta: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?[4]. Manifestó que sabía lo que quería preguntarle y la llevó a responder. Lo entendió así la mujer y no mencionó el nombre de Jesús, sino que, como si tuviera información acerca de lo que le iba a preguntar, le dijo Si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo tomaré. Emplea los términos «depositar», «levantar» y «llevar», como si hablara de un muerto. Lo que quiere decir es: «Por miedo a los judíos os lo llevasteis de aquí. Decidme dónde y yo lo recogeré. Grande era la bondad y el afecto de la mujer, más todavía sus pensamientos no alcanzaban nada sublime. Por ese motivo le revela su presencia, no a través de la vista de su persona, sino a través de la voz.

De la misma forma que unas veces se manifestaba a los judíos y otras se les ocultaba, aunque estuviera presente, de igual modo ahora, cuando quiso, se dio a conocer a través de la voz. Cuando preguntó a los judíos: ¿A quién buscáis?[5], mientras él quiso, no lo reconocieron ni por el aspecto ni por la voz. Otro tanto sucedió aquí. Sólo la llamó por su nombre para reprocharle y para reprenderle por imaginar cosas semejantes de quien estaba vivo. ¿Cómo volviéndose atrás habla, si él ya estaba conversando con ella? Me parece que, después de preguntar ella: ¿Dónde lo has puesto?, se volvería a los ángeles para preguntarles el motivo de su asombro y que, a continuación, cuando Cristo la llamó por su nombre, ella se volvió hacia él y se apartó de éstos, cuando Cristo se le reveló por su voz. Cuando la llamó María[6], ella lo reconoció. De todo ello se deduce que el hecho de que lo reconociera se debió, no a la contemplación de su aspecto, sino al oír su voz. Considera cómo él le dijera: No me toques[7]. Esto debe comprenderse a la luz de que ella se volvió. ¿Por qué le dijo: No me toques? Algunos mantienen que ella pedía una gracia espiritual, pues le había oído decir a los discípulos: Si voy a mi Padre, le rogaré y os dará otro consolador[8].

2. Pero ¿cómo oyó esas palabras si no estaba con los discípulos? Por lo demás, una interpretación semejante está lejos de la intención de este pasaje. ¿Cómo iba a pedirle eso, si todavía no había ido al Padre? ¿Cuál es su significado entonces?

A mí me parece que ella quería estar con él como tiempo atrás y que, por la alegría de verlo, no pensó en su grandeza, aunque su apariencia corporal era, con mucho, mejor. Por eso la aparta de ese pensamiento y de un trato tan confiado -ni siquiera con los discípulos aparece conversando con tanta familiaridad- y eleva su pensamiento de forma que lo trate con una actitud mucho más reverente. Ahora bien, de habérselo dicho abiertamente, habría parecido duro y arrogante. Diciendo: Aún no he subido a mi Padre manifestaba lo mismo, pero sin aspereza. Al decir: Aún no he subido demuestra que se aprestaba a hacerlo.

Por eso, porque él partía hacia allí e iba a dejar de estar entre los hombres, ella no podía mirarlo del mismo modo que antes. Que esto es así se colige de lo siguiente: Ve y di a mis hermanos. No lo iba a hacer inmediatamente, sino después de cuarenta días. ¿Cómo, entonces, dice estas palabras? Porque deseaba elevar su pensamiento y persuadirla de que iba a los cielos. Las palabras: mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios hacen referencia a la encarnación. De la misma forma que la acción de ascender se refiere al cuerpo, ya que dirigía estas palabras a la que todavía no imaginaba nada excelso. Luego ¿es Padre de él de una forma y de otra distinta de nosotros? Es evidente que sí. Si es Dios de los justos de forma distinta a como lo es de los demás hombres, con mayor motivo lo será del Hijo y de nosotros. Había dicho: Di a mis hermanos. Por eso, para que no creyeran que eran iguales a él, pone de manifiesto la diferencia. Él iba a sentarse en el trono de su Padre, mientras que ellos iban a colocarse junto a él. De esta suerte, aunque según la naturaleza corporal se hizo hermano nuestro, sin embargo, hay una gran diferencia en dignidad, tanta que no es posible definirla.

Ella fue a anunciar estas cosas a los discípulos[9]. Tan grande es su fidelidad y perseverancia. Y ellos ¿por qué se entristecieron por su partida y no le dijeron lo que le habían dicho anteriormente? Antes sufrían porque habría de morir, mas ahora, resucitado, ¿por qué iban a entristecerse? Ella les relató la visión de Cristo y sus palabras, todo lo cual era suficiente para consolarlos. Oído esto, era natural que los discípulos, o bien no dieran crédito a las palabras de la mujer, o bien, si se lo daban, se dolieran de que no los hubiera considerado a ellos dignos de la visión, pese a haberles anunciado que se les aparecería en Galilea. Con el fin de que no se angustiaran con estos pensamientos, él no dejó que pasara ni un solo día, sino que, incrementado su deseo, ya sea porque supieran que había resucitado, ya porque se lo oyeron a la mujer, cuando estaban ansiosos por verle y también temerosos, circunstancia que hacía mayor el deseo, entonces, ya atardecido, se les apareció, y de forma muy admirable.

¿Por qué se les apareció cuando ya había atardecido? Porque era natural que entonces tuvieran más miedo. ¡Pero esto es admirable! ¿Cómo no lo creyeron un fantasma? Entró cuando las puertas estaban cerradas, y de repente. Contribuyó a ello, sin duda, que la mujer les había infundido mucha fe, pero, sobre todo, que él mostró un aspecto sereno y apacible. Durante el día no se les apareció para que todos estuvieran reunidos, pues era grande su consternación. Ni siquiera llamó a la puerta, sino que de improviso apareció en medio de ellos y les mostró su costado y sus manos. Al mismo tiempo, con su voz calmó sus tempestuosos pensamientos diciendo: Paz a vosotros[10]. Con estas palabras les recuerda lo que les había dicho antes de la crucifixión, esto es: Mi paz os doy, y Tened paz en mí, que en el mundo tenéis tribulación[11].

Se alegraron los discípulos al ver al Señor[12]. ¿Ves que sus palabras tienen cumplimiento en las obras? Antes de la crucifixión les había dicho: De nuevo os veré y se alegrará vuestro corazón, y vuestra alegría nadie os la quitará[13], y ahora lo cumple. Todo esto les llevó a una fe mucho más segura. Mantenían una guerra sin tregua con los judíos; por eso les repite una y otra vez: Paz a vosotros, para darles un consuelo proporcionado a esa contienda.

3. Esta es la primera frase que dijo después de la resurrección, motivo por el que Pablo continuamente dice: La gracia y la paz sean con vosotros[14]. A las mujeres, sin embargo, les anuncia alegría, ya que este sexo vive en tristeza, y fue ésta la primera maldición que recibió[15]. Por consiguiente, era oportuno que a los hombres les anunciara paz a causa de la guerra y a las mujeres alegría a causa de la tristeza. Después de poner fin a todo lo que era objeto de tristeza, habla de lo conseguido con la cruz, y esto fue la paz.

Había removido todos los obstáculos, logrado una brillante victoria, llevado todo a cumplimiento. Y a continuación añade: Como me envió el Padre, así yo también os envío[16]. Con estas palabras eleva sus ánimos y les demuestra que, si van a llevar a cabo su obra, han de confiar en él. Ya no pide al Padre por ellos, sino que les da poder con autoridad. Sopló y dijo: Recibid el Espíritu Santo. A los que perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos[17]. De la misma forma que un rey que envía gobernadores les da potestad para poner en prisión y para sacar de ella, de igual modo, al enviar a los discípulos, les confiere este poder. ¿Por qué dijo?: Si yo no me voy, él no vendrá[18]  y ahora les da el Espíritu. Algunos opinan que en ese momento no les dio el Espíritu, sino que, al soplar sobre ellos, los dispuso a recibirlo.

Porque, si Daniel perdió la razón cuando vio un ángel[19] ¿qué no les habría sucedido a los discípulos al recibir aquella gracia inefable, si no los hubiera preparado primero? Por este motivo no dijo: «Habéis recibido el Espíritu Santo», sino Recibid el Espíritu Santo. No se equivocaría quien dijera que entonces recibieron un cierto poder espiritual y una cierta gracia, pero no para resucitar muertos y hacer milagros, sino para perdonar pecados. Diferentes son, en efecto, los carismas del Espíritu[20]. Por ese motivo, añadió: A los que perdonéis los pecados, les serán perdonados, manifestando qué clase de poder les comunicaba.

En el mismo lugar, y pasados cuarenta días, recibieron el poder de obrar milagros. Por eso dice: Recibiréis el poder del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén y en toda Judea[21] y serán testigos por sus milagros. Es inefable la gracia del Espíritu, y múltiples son sus dones. Esto sucede para que aprendas que uno es el don y el poder del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Lo que parece ser propio del Padre pertenece también al Hijo y al Espíritu Santo. ¿Por qué dice que nadie va al Hijo si el Padre no lo lleva[22]? Pero esto también es propio del Hijo: Yo -dice- soy el camino. Nadie va al Padre sino por mí[23]. Mas observa ahora cómo también es propio del Espíritu: Nadie puede decir: «Jesucristo es el Señor», salvo en el Espíritu Santo[24]. Al mismo tiempo vemos que los apóstoles fueron dados a la Iglesia, unas veces por el Padre, otras por el Hijo y otras por el Espíritu Santo, y vemos que la variedad de gracias son del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

4. Pongamos, por consiguiente, todo el esfuerzo a fin de tener con nosotros al Espíritu Santo y honremos a quienes ha sido confiado su poder. Grande es la dignidad de los sacerdotes. A los que perdonéis los pecados les serán perdonados. Por este motivo, Pablo decía también: Obedeced a vuestros jefes y estadles sujetos[25] y tenedlos en mucha estima. Tú cuidas de tus cosas y, si las llevas bien, no tendrás que dar razón de los otros. El sacerdote, en cambio, aunque ordene bien su propia vida, si no cuida celosamente por tus intereses y por los de todos los demás que están a su cargo, va al infierno con los malvados. Con frecuencia, aunque sus propios pecados no le condenen, le pierden, sin embargo, los vuestros, si es que no ha cumplido con todo lo que era su responsabilidad. Conocedores de la magnitud de su riesgo, mostradles mucho afecto, tal y como lo manifestó Pablo cuando dijo: Ellos velan por vuestras almas, y no de cualquier forma, sino como quien ha de dar cuenta de ellas[26], motivo por el que es necesario que gocen de gran respeto. Si vosotros, juntamente con los demás, los insultáis, tampoco vuestras cosas irán bien. Mientras el piloto conduce con tranquilidad, las posesiones de los pasajeros estarán a salvo. Mas si él se acobarda porque los pasajeros lo insultan y porque hay desavenencias entre ellos, no podrá estar vigilante y ejercer su oficio de la misma forma y, aunque no lo pretenda, lanzará a los pasajeros a desgracias innumerables. Sucede lo mismo con el sacerdote. Si goza de vuestra estima, será capaz de cuidar de vuestros intereses. Pero si, por el contrario, le causáis disgusto, sus manos perderán el vigor y, aunque sea de ánimo esforzado, le exponéis a ser víctima de las olas juntamente con vosotros.

Considera lo que dice Cristo de los judíos: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced todo cuanto os digan que hagáis[27]. Ahora no es posible decir «sobre la cátedra de Moisés se sentaron los sacerdotes», sino «sobre la cátedra de Cristo», que su enseñanza es la que han recibido. Por eso afirma Pablo: Somos embajadores de Cristo, como si Dios os exhortara por medio de nosotros[28].

¿No veis que todos los hombres están sujetos a los gobernantes temporales, incluso en el caso de que con frecuencia los súbditos sean de un linaje más noble y superiores en conducta y prudencia a los que mandan sobre ellos? Sin embargo, por consideración con quien les confirió el poder, nada de esto tienen en cuenta, sino que respetan la

decisión del que gobierna, sea quien fuere el que ejerce el poder. Grande es el temor si un hombre elige. Ahora bien, si es Dios el que escoge, despreciaremos al elegido, lo injuriaremos, le cargaremos de oprobios sin número y, aunque se nos ordene no juzgar a nuestros hermanos, afilaremos la lengua contra los sacerdotes. ¿Cómo defender tal conducta, ya que, sin ver la viga que llevamos en nuestros ojos, examinamos minuciosamente la paja del prójimo[29]? ¿No sabes que, si juzgas así, te preparas un juicio mucho más difícil para ti mismo?

No digo esto como defensa de quienes ejercen indignamente el sacerdocio; por el contrario, los compadezco y lloro por ellos. Pero no por eso afirmo que sea justo ser juzgado por los súbditos y, mucho menos todavía, por los más simples. Aun en el supuesto de que su conducta sea muy censurable, tú, si prestas atención a tus propias cosas, no sufrirás ningún daño en aquello que fue encomendado por Dios al sacerdote. Si hizo que hablara una asna y concedió bendiciones espirituales a través del adivino, si mediante la boca de un animal irracional y la lengua impura de Balaán obró en favor de los judíos, que lo habían ofendido[30], ¿cuánto más no obrará todo en favor de vosotros, que sois buenos, aunque los sacerdotes sean perversos, y os enviará el Espíritu Santo? Porque no es la pureza individual la que por su propia pureza le atrae, sino que todo es efecto de la gracia. Todo es por vuestro propio bien -dice el Apóstol-, ya sea Pablo, ya sea Apolo, ya sea Cefas[31].

Lo encomendado a un sacerdote sólo a Dios compete darlo y, por mucho que avance la prudencia humana, siempre aparecerá como inferior a aquella gracia. Digo esto, no para que conduzcamos nuestra vida de forma negligente, sino para que no suceda que, si vuestros superiores son perezosos, vosotros, los regidos, vayáis a ocasionaros males. ¿Qué digo de los sacerdotes? Ni un ángel, ni un arcángel pueden hacer algo con respecto a los dones de Dios, sino que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo los que lo administran todo. El sacerdote simplemente presta su lengua y ofrece sus manos. No era justo que los que se reúnen en la fe sufrieran algún daño en lo relativo a los símbolos de nuestra salvación por la perniciosa conducta de otro. Conocedores de todo ello, temamos a Dios y estimemos a sus sacerdotes mostrándoles todo respeto, a fin de que, tanto por nuestras buenas obras cuanto por la reverencia a ellos mostrada, recibamos de Dios una gran recompensa, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, con el cual sea al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, gloria, poder y honor, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.



[1] Jn 20, 10-11.

[2] Jn 20, 13.

[3] Jn 20, 14.

[4] Jn 20, 15.

[5] Jn 18, 7.

[6] Jn 20, 16.

[7] Jn 20, 16.

[8] Cf. Jn 14, 16.

[9] Cf. Jn 20, 18.

[10] Jn 20, 19.

[11] Jn 14, 27; 16, 33.

[12] Jn 20, 20.

[13] Jn 16, 22.

[14] Rm 1, 7.

[15] Cf. Gn 3, 16.

[16] Jn 20, 21.

[17] Jn 20, 22-23.

[18] Jn 16, 7.

[19] Cf. Dn 8, 17.

[20] Cf. 1 Co 12, 4-11.

[21] Hch 1, 8.

[22] Jn 6, 44.

[23] Jn 14, 6.

[24] 1 Co 12, 3.

[25] Hb 13, 17.

[26] Hb 13, 17.

[27] Mt 23, 2-3

[28] 2 Co 5, 20.

[29] Cf. Mt 7, 3; Le 6, 41.

[30] Cf. Nm 22, 22ss.

[31] 1 Co 3, 22.

sábado, 12 de abril de 2025

La Octava Palabra - Antonio Caponnetto

 



LA OCTAVA PALABRA

 

«Todo lo hace bien. Hasta puede hacer que los sordos oigan y que los mudos hablen!».

Marcos 7, 31-37.

 

No la escuchó la turba arrebañada,

ni menos los verdugos inclementes,

no tampoco los gritos de las gentes

en la fiesta macabra, ensangrentada.

 

No se hizo audible para el fariseo,

ni para Judas que al contar su plata,

sordo de culpa se buscó una reata

y halló el lugar de su horca, como un reo.

 

Retumbante de hiel, la Sinagoga,

indescifraba el sacro abecedario

que aquel excepcional patibulario

desgranaba en la cruz mientras se ahoga.

 

¿La notaron de lejos los rabinos,

Poncio Pilatos y Caifás el torvo,

o esa tipografía era un estorbo

para sus corazones asesinos?

 

No prestaron oídos los quebrantos

lejanos de sus fieles pescadores,

en la hora final, los estertores

cubrieron los sonidos como mantos.

 

Cuentan que Dimas sí, la oyó potente

cual una despedida o un legado,

brotada desde el agua del costado

mas proferida con su voz doliente.

 

Letra por letra le llegó a María.

La septiforme espada de su duelo

acaso se alivió como un consuelo

en una inmensa, cósmica agonía.

 

Magdalena entre llantos presta oídos

y percibió un fraseo algo lejano,

era Jesús, su Dios y su hortelano,

eran sus labios secos, doloridos.

 

Refieren unos de un papiro griego,

(hallado adentro de una gris tinaja)

de una mujer que oyó, ya cabizbaja:

La Vera Icón, la del clemente pliego.

 

Conjeturo que entonces, Juan, el hijo,

discipular retrato del amado,

cuando ya todo estaba consumado

desentrañó el particular sufijo.

 

El Señor con sus ojos todo abarca,

con sus miembros clavados todo estrecha,

así lanzó su postrimera endecha:

¡Pedro, sé fiel al conducir mi Barca!

 

 

Antonio Caponnetto






sábado, 30 de marzo de 2024

Sermón de Pascuas de Resurrección - P Leonardo Castellani

 


“Surrexit Christus vere, alleluia”. “Cristo resucitó realmente, alegría”. Ésta es la consigna de la Iglesia hoy. También San Pablo dice: “Alegraos siempre en el Señor; de nuevo os digo: alegraos”. Mi filósofo predilecto, Soren Kirkegord, dice que la vida del cristiano tiene que ser sufrimiento; pero por otra parte continuamente él está confesando estados de gozo espiritual; quiere decir que la vida del buen cristiano transcurre en sufrimiento espiritual (“dichosos los que lloran”) y gozos espirituales (“alegraos en el Señor”) y en sufrimientos carnales llevados con paciencia y en gozos carnales recibidos con agradecimiento –aunque no superapreciados. Todos los goces limpios que tenemos en esta vida proceden en el fondo de la Pasión y Resurrección de Cristo.

Los sufrimientos terrenos, las penalidades carnales desta vida ¿pueden ser superados y co-mo aniquilados por la alegría de la Resurrección; de Cristo cumplida, de nosotros esperada? En los santos lo pudo; en mí apenas alcanza a superar las facturas del Estado que me llegan una cada semana con aumentos. Hay que pagarlas con gusto, pobre Estado argentino. Es de-cir, el Estado Argentino es hoy una porquería, pero hoy hay que amar incluso a los malos.

“Resucitó Cristo realmente hoy, alegría”. Buen día, alegría. Se puede con verdad decir “hoy”; el Viernes Santo no se podía con estricta verdad decir: “Hoy murió Cristo, alegría”. Pero “Christus resurgens ex mortuis iam non moritur”: Cristo, una vez resucitado de entre los muertos, no muere más –dice San Pablo. En Europa la gente del pueblo limpia a fondo to-da la casa esta semana, y hacen fiestas y se mandan regalos. “¡Buone Feste!”. “¡Felices Pas-cuas!”. “Alegre como unas Pascuas” –dicen en España.

Ya he hablado dos o tres veces del milagro central que es la Resurrección de Cristo. “Esta generación mala y bastarda pide milagros; y no se le dará más milagros que... mi Resurrec-ción” (el milagro de Jonás Profeta) –les dijo Cristo, una vez que estaba enojado.

Es un hecho histórico: detrás dél existe la mayor suma de evidencia histórica que jamás ha existido; de manera que negarlo es como negar la existencia de Cristóbal Colón o la existencia de Sarmiento. ¿Cómo es que nadie ni por sueños niega eso, y muchos niegan la Resurrección de Cristo? Es que es también un hecho metahistórico, un hecho sobrenatural, un hecho de fe: no fuerza al intelecto, tiene que intervenir la libre voluntad, el Salto de la fe: es un misterio de la Fe. Ninguno estuvo más cerca de la evidencia histórica de la Resurrección que los Fariseos y Sacerdotes Jefes; y no creyeron en Cristo. Lo mismo que los incrédulos modernos, sus mentes no fueron forzadas por la evidencia; antes bien trataron de ocultarla y combatirla, como los incrédulos de hoy. Hay que ver los inventos disparatados que aducen para negar la Resurrección. Dan lástima; porque no sólo son inventos, es decir, basados en nada, sino que son absurdos.

El libro más insidioso contra la Resurrección de Cristo es The Fair Haven (El Puerto Feliz) del modernista Samuel Butler: está escrito con una perfidia elevada al cubo; pero su fondo, bastante bien oculto, es un absurdo. Ya he expuesto yo todo eso [en El Evangelio de Jesucristo, ob. cit., “Las Parábolas”, pp.394-404]

En vez de hacer más apologética, voy a contestar brevemente la preguntita que quedó en el aire el domingo pasado: si Cristo volviera a la tierra ¿lo matarían de nuevo? –Sí, lo mata-rían si pudieran, pero no de la misma manera.

Se me figura que primeramente lo cubrirían de ridículo. Dirían: “¿Dónde se ha visto que el Fundador del Cristianismo venga de nuevo a predicarnos el Cristianismo, a nosotros que somos todos cristianos? En realidad anda falsificando el cristianismo, esa religión tan suave, tan amable, tan benigna, tan consoladora, tan científica, tal como la expone Teilhard de Chardin. Viene a gritar ahora que hay que dejarlo todo, que hay que morir al mundo (¡morir, hágase Ud cargo!), que en algunos casos hay que odiar al padre y a la madre, que hay que abandonar mujer, hijos, amigos, posesiones y cátedras en algunos casos ¡y que no hay que ahorrar, como los pájaros del cielo! –¡lo cual es ir francamente contra el Gobierno, contra la Caja Nacional de Ahorro Postal! ¡Qué “numenómeno”! Puede ser que esas expresiones estén en los Evangelios, pero no son para practicarlas: son expresiones exageradas y poéticas (y algunas de bastante mal gusto, como esa de los “eunucos”) del poeta más grande que ha existido en el mundo; lo mismo que todo eso sobre el Demonio y el Infierno, sabemos all right gracias a Telar Chardón, que ésas son metáforas, metonimias e hipérboles... ¡No faltaba más! Está ha-ciendo un desbarajuste con la religión del Estado”.

Los diarios publicarían sesudos editoriales contra la “nueva” doctrina, sin nombrar al autor esosí; los sabihondos alocados escribirían libros, los libreros tendrían “Listas Negras” para no vender libros que la apoyaran; Tía Vicenta inventaría doce chistes a la semana a costa su-ya. También le harían interrogatorios como los Escribas y Fariseos: “Profesor, sabemos que Ud. es justo y veraz, y queremos que nos conteste por Radio a la pregunta más importante: Ud. ¿está con Rusia o con Estados Unidos?”. Y al contestar Cristo: “Yo no enseñé la preciosa propiedad privada, ni el Capitalismo, ni el quedantismo, ni el conservadurismo, ni el comunismo”, menearían entonces las cabezas y dirían: “¿Ve Ud? ¡Fuera de la realidad! Está loco”.

Al fin lo matarían, o a disgustos o de hambre o de tristeza o violentamente –puede darse también. ¿Y no podría Cristo irse a Santiago l’Estero, juntar doce Discípulos, entrenarlos tres años, darles el don de milagros y mandarlos otra vez a conquistar el mundo, como lo conquistaron una vez? Sí, eso está dentro del poder de Cristo; pero está escrito que no lo hará. Volverá al mundo; pero no ya en figura de siervo, sino en figura de Rey. “Christus resurgens ex mortuis iam non moritur”.

El P. Florentino Alcañiz, que es especialista en esto y anda escribiendo un libro sobre la “esjatología”, me escribió hace poco que su última conclusión es ésta: la aparición de Cristo en gloria y majestad y el derribo del Anticristo coinciden con lo que llama la Escritura “el Juicio Final”, entonces resucitan los Elegidos, o todos ellos o una parte: “ésta es la resurrección primera” –dice San Juan: luego hay dos. Después sigue un largo período de prosperidad guiada por los Resucitados “que se aparecerán a muchos”, como ya pasó en la resurrección de Cristo; el cual San Juan llama “el Reino de los Mil Años”. Después resucitarán todos los réprobos y atacarán a los mortales; y serán arrollados por fuego del cielo: y los mortales pasarán al cielo, o muriendo antes o sin morir. Dice Alcañiz que esta interpretación está fuera de las objeciones que de Roma han levantado contra el Milenismo; y es verdad. Tiene el inconveniente que estatuye en realidad dos juicios –así como dos Resurrecciones.

Esta interpretación literal del Apokalypsis se llama “milenismo” y ha sido la de casi todos los primitivos Padres de la Iglesia. Yo no soy milenista, tampoco soy antimilenista o “alegorista”. Si oyen decir que soy milenista (pues ha sido dicho, e incluso desde cátedras) respondan que es embuste; aunque no sería ningún crimen que yo lo fuese. Pero... Yo no me siento capaz de dirimir este problema difícil; y de lo que no sé, no suelo hablar –ni menos enseñar.

Para consuelo nuestro añadiré que al fin de la profecía de Daniel está indicado que entre la caída del Anticristo y el Juicio habrá 45 (o 55) días (o bien un corto período de X días) para que hagan penitencia los que sucumbieron a la tremenda tentación del Anticristo –si ellos quieren. De modo que si mayoría del mundo caerá en apostasía (como Cristo y San Pablo pre-dijeron) no quiere decir que todo el mundo se condena. Y eso es conforme a la piedad paterna de Dios; porque la tentación del Anticristo habrá sido tremenda.

De modo que la Resurrección de Cristo está conectada con su Vuelta, es decir, con la Uni-versal Resurrección: tres veces por lo menos en los Oficios de Pascua de Resurrección se hace alusión al Retorno de Cristo. Y San Pablo dice cada vez que comulguemos, recordemos el Re-torno de Cristo: “Quotiescumque enim manducabitis panem hunc et calicem bibetis, mortem Domini adnuntiabitis donec veniat” (Cada vez que comáis este pan y bebáis este cáliz, anunciad la muerte del Señor hasta que venga: 1 Cor. 11, 26).

Ésta es la gran consolación y alegría del Cristiano. Incluso ante las terribles cosas del mundo moderno, el Cristiano impertérrito las entiende, y sabe serán superadas:

  

Si fractus illabatur orbis                 Si el mundo roto se derrumba,

Impavidum ferient ruinae               Sus ruinas lo herirán impávido.

 


Leonardo Castellani: “Domingueras Prédicas”. Jauja (Instituto Leonardo Castellani), Mendoza 1997, pp.117-121


Nacionalismo Católico San Juan Bautista