San Juan Bautista

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martes, 24 de septiembre de 2013

INSISTAMOS EN LA DEFENSA DE LA NIÑEZ - Por Ignacio B. Anzoátegui

  No, my dear; la niñez no es ese período oficialmente bobo de la vida del hombre durante el cual —superada la lactancia— las madres confían a sus hijos al cuidado de una niñera gallega o de una miss o de una fräulein o de una mademoiselle (como se llama a las gallegas originarias de Inglaterra o de Alemania o de Francia) para descargar sus maternales conciencias de los posibles sobresaltos que proporciona a las personas mayores la cotidiana inconsciencia infantil.

  No, mi querida lady Grace. La niñez es probablemente el más respetable estado de la vida humana: el más respetable y el menos respetado estado de nuestra vida. Porque nadie sabe respetar a la niñez.

  Para el mundo de los adultos, el niño es siempre un pequeño delincuente. Es ya un pequeño delincuente en potencia, al que —por si acaso y para ir ganando tiempo— se le rapa como a un penado, ya un pequeño ex delincuente, al que, después de ficharlo, se lo somete a la tutela de la puericultura, que es algo así como el Patronato de Liberados de la niñez.

  En realidad, el niño es un problema. Pero no es un problema creado por él sino por la sociedad de los mayores. Y es un problema social porque empieza siéndolo familiar. Es un problema familiar, porque el niño —como todo elemento indispensable a un grupo— molesta en la familia. Molesta precisamente por eso: porque sin él la familia no sería posible; porque sin él la familia no sería un ordenamiento; porque el niño es Su Majestad el Niño, y toda Majestad es, por indispensable, incómoda.

  De ahí que procure asegurarle contra todos los riesgos —no sólo por razones sentimentales sino también por elementales razones de propia conservación— y de ahí, además, que frecuentemente delegue esa tarea en personas ajenas a ella misma. 

  Porque la familia —que no puede eliminar al niño sin eliminarse— trata al menos de quitárselo de encima. 

  Tal es el origen real de la institución de las gallegas de cualquier nacionalidad y el de la institución del kindergarten (cuya traducción sincera sería "alivio de la familia"). Pero la niñez cuenta con otro auxiliar, cuyos servicios nadie contrata, sino que los adquiere el niño por derecho de nacimiento. Como usted sin duda lo habrá adivinado, me refiero al Ángel de la Guarda.

  El Ángel de la Guarda pertenece a un cuerpo especial dentro de la milicia angélica.

  No es ni el ángel guerrero —de esos que, con San Miguel al frente, desataron contra Luzbel la primera blitzkrieg de la historia—, ni el ángel oficial de justicia —como aquel que desalojó a nuestros primeros padres del Paraíso Terrenal—, ni el ángel embajador extraordinario —como aquel de la Anunciación—, ni ninguno de tantos otros ángeles que en ambos Testamentos, luego de asustar al hombre, le dicen: "No temas", para terminar encomendándole una dificilísima misión especial.

  El Ángel de la Guarda es el ángel paracaidista que, tras la particular cigüeña portadora de cada uno de nosotros, se deja deslizar por la chimenea para hacerse cargo de nuestra alma. Es el ángel adscripto a nuestro destino, nuestro ángel secretario privado, o, mejor quizá, nuestro ángel guarda-espalda, conocedor consumado del cúmulo de peligros que la infancia reúne y renueva constantemente para sí. Niñero y trapecista, preceptor y bombero, su actividad es ilimitada, como lo es la imaginación infantil.

  Nadie sino él sabe respetar a la niñez. Sólo él sabe galoparle al lado y adelantársele cuando es necesario (que es el único sistema de educación realmente educativo). Sólo él conoce los derechos del recién nacido —el derecho de que no lo envuelvan como un bicho canasto, el derecho de que no le fajen los brazos, el derecho de llorar porque sí, el derecho de desvelarse y de desvelar, y, como éstos, todos los otros derechos que, sin ninguna otra razón atendible, se reconocen a los mayores—; sólo él respeta los derechos del impúber —el derecho de caerse de la cama, el derecho de interrumpir una conversación, el derecho de no querer comer, el derecho de no querer estudiar, el derecho de fumar, el derecho de decir malas palabras y, como éstos, toda la serie de los otros derechos que tampoco sin ninguna otra razón atendible, se reconoce a los adultos.

  El Ángel de la Guarda está solo en su divina tarea; solo, pero con la mejor compañía, que es la compañía de la niñez.

  Todos hemos sido niños y todos nos comportamos con ellos como niños venidos a más, en permanente estado de desconocimiento de los derechos de su personalidad. Les consentimos lo que no podríamos consentirles y les negamos lo que no deberíamos negarles. Les consentimos que se apoderen de un muñeco de su hermano —el único bien, acaso, de su hermano— y ponemos el grito en el cielo cuando descubrimos que se han apropiado de un insignificante billete que hallaron, entre muchos, en nuestra cartera. Y el niño que se apodera de aquel juguete despoja a su hermano de toda su fortuna, mientras el que se apropia de uno de nuestros pesos nos despoja de uno de tantos de nuestros pesos. Proporcionalmente considerados, el primero es un ladrón vocacional y el segundo es un humilde ratero ocasional. Y, considerados socialmente, el primero es un asaltante y el segundo es un heredero apresurado. Y, sin embargo, frente al hecho del primero, sólo nos preocupa la idea de consolar al desposeído, mientras frente al hecho del segundo nos atenaza la visión pavorosa del hijo recluido en el presidio de Alcatraz. Es que todos nosotros hemos olvidado la realidad de la niñez y su misterio.

  Desde lo alto de nuestros años, asistimos a ella como al desenvolvimiento de un tipo de animalidad distinto e inexplicable.

  Y el niño es inexplicable porque no queremos explicárnoslo; más aún, porque no queremos entrar en explicaciones con nosotros mismos, porque no queremos recordarnos niños, porque no nos atrevemos a enfrentarnos con nuestra propia naturalidad perdida y confesarnos traidores a ella, porque no nos atrevemos siquiera a mirar hacia atrás para ver qué se hizo de nuestro yo-niño que dejamos perdido en el bosque de los sueños; porque nosotros los mayores somos la representación de la cotidiana cobardía grotescamente satisfecha de solemnidad.

  El niño no es, en cuanto ser, distinto del hombre; en todo caso, es éste el que es distinto del niño: porque, en general, el hombre es un niño fracasado, un tránsfuga de la niñez, a la que traicionó por unas pocas monedas de suficiencia.

  El niño es el hombre en su propia naturaleza. Es la perpetua renovación del hombre-Adán, en quien se repite, con la pérdida de la niñez, la Caída y la consiguiente expulsión del Paraíso.

  El niño es el renovado colaborador de Dios en la tarea de la Creación. Él es quien descubre por sí solo a las creaturas y las alumbra con sus ojos, y, deslumbrándose con ellas, le pone a cada una su nombre particular. Él es quien cada día vivifica todas aquellas cosas a las que en cada ayer dieron muerte los cansados ojos del hombre. Él es quien cada mañana barniza de nuevo al mundo y resucita su color. Él es quien resucita a cada hora, en las notas del Fratre Sole, la hermandad luminosa del Poverello de Asís. Él es el hermano del agua y del lobo, de la flecha y del pájaro, del león y de la estrella, del tigre y de la flor, de Francesca de Rímini y de Bice Portinari, del fuego y de la luz. Él es quien reconquista la tierra cada alba, y para él la noche se echa a dormir a sus pies. Para él discurre el aire entre las rosas y para él las nubes —palomares de las palomas del cielo— corren sus regatas con un ángel al timón.

  Por él y para él vive la naturaleza toda. Para él y para su naturalidad: por él y por su naturalidad.

  Porque Dios no salvó a Adán de la definitiva muerte para salvarlo de su muerte personal; lo salvó porque sabía que, naciendo padre, lo salvaría al hijo: al niño reconquistador de la Creación, al niño que cada uno de nosotros fuimos, al que nos obliga a serlo la esperanza de Dios y su perdón.

  Porque Dios depositó su confianza en el niño; el mismo Dios que se hizo Niño un día para enseñarnos —en su divina lección de repaso— a ser definitivamente niños, a rescatar definitivamente, con la Jerusalén Celeste, nuestro Belén Terrenal.

  Por eso nos incomoda el niño. Porque si un día fracasamos con Adán queriendo ser "como dioses", nos negamos a ser niños por el temor de ser, en alguna manera, como Dios. Porque nada nos incomoda tanto como la divinidad. Y nada está tan cerca de la divinidad como la niñez: como la niñez, que es la humanidad recién salida de la divinidad.


 FERRO, Jorge – ALLEGRI, Eduardo. IGNACIO ANZOATEGUI. Buenos Aires. Ediciones Culturales Argentinas, 1983.

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

sábado, 29 de junio de 2013

Creación y caída de los ángeles - Visiones de Ana Catalina Emmerick

  Primeramente he visto levantarse delante de mi vista un espacio inmenso lleno de luz dentro de ese espacio de luz, muy arriba, como un globo resplandeciente cual una sola, y en él sentí que estaba la unidad de la Trinidad. Yo la llamo, en mí misma, la Armonía la Concordancia. Y vi salir de allí virtud y poder, y de pronto aparecieron debajo del globo resplandeciente coros luminosos, anillos círculos trabados entre sí, de espíritus maravillosamente esplendorosos, fuertes, de admirable hermosura. Este Nuevo mundo de resplandores se levantó y quedó como un sol de luz debajo de aquel otro sol más levantado y primero.

  Al principio estos coros de espíritus se movían como impulsados por la fuerza del amor que provenía del sol más elevado. 

  De pronto he visto una parte de todos estos coros permanecer inmóviles, mirándose a sí mismos, contemplando su propia belleza. Concibieron contento propio; miraron toda la belleza en sí mismos; se contemplaron a sí mismos; estaban en sí mismos.

  Al principio estaban todos en más altas esferas, moviéndose como fuera de sí mismos. Ahora, en una parte de ellos, permanecía quieta, mirándose a sí misma. En el mismo momento he visto a toda esta parte de los espíritus luminosos precipitarse y oscurecerse, y a los demás coros de ángeles arremeter contra ellos y llenar sus claros. Los círculos  quedaron entonces más reducidos. No he visto, sin embargo que estos espíritus buenos salieron del circulo de cuadro general para perseguirlos. Aquellos (los rebeldes) que quedaron silenciosos, abismados en sí mismos, se precipitaron; y los que no se habían detenido en sí mismos llenaron los vacíos de los caídos. Todo esto sucedió en un breve momento.

  Cuando  estos espíritus cayeron he visto aparecer debajo un globo de tinieblas cual si fuese el lugar de su nueva morada y supe que habían caído allí en forma involuntaria e impaciente. El espacio que ahora encerraba, allí abajo, era mucho más pequeño del que habían tenido arriba, de modo que me pareció que estaban estrechados y angustiados, y no libres como antes.

  Desde que siendo niña hube visto esta caída, estaba yo temerosa día y noche de su acción maléfica y siempre pensé que debían ellos dañar mucho en la tierra. Están siempre en torno a ella, bien que ellos no tienen cuerpo. Ellos oscurecerían hasta la luz del sol, y los veríamos siempre como sombras vagando delante de la luz. Esto sería insoportable para nosotros.



Nacionalismo Católico San Juan Bautista  

viernes, 29 de marzo de 2013

SAN MIGUEL ARCÁNGEL - ¿QUIÉN COMO DIOS?


Sancte Michael Archangele,
defende nos in praelio,
contra nequitias et insidias diaboli
esto praesidium: Imperet illi Deus, supplices deprecamur,
tuque, Princeps militiae caelestis,
satanam aliosque spiritus malignos,

qui ad perditionem animarum pervagantur in mundo,
divina virtute in infernum detrude.
Amen.


"San Miguel Arcángel,
defiéndenos en la batalla.
Sé nuestro amparo contra la perversidad y asechanzas del demonio.
             Reprímale Dios, pedimos suplicantes,
             y tú Príncipe de la Milicia Celestial,
     arroja al infierno con el divino poder a Satanás 
                y a los otros espíritus malignos
              que andan dispersos por el mundo
                para la perdición de las almas.
                                Amén."


  Se lo representa con el traje de Guerrero o de Soldado Centurión como Príncipe de Milicia Celestial que es.


¿Quién es San Miguel Arcángel?

  San Miguel es uno de los siete arcángeles y está entre los tres cuyos nombres aparecen en la Biblia. Los otros dos son Gabriel y Rafael. La Santa Iglesia da a San Miguel el más alto lugar entre los arcángeles y le llama "Príncipe de los espíritus celestiales", "jefe o cabeza de la milicia celestial". Ya desde el Antiguo Testamento aparece como el gran defensor del pueblo de Dios contra el demonio y su poderosa defensa continúa en el Nuevo Testamento.

  Muy apropiadamente, es representado en el arte como el ángel guerrero, el conquistador de Lucifer, poniendo su talón sobre la cabeza del enemigo infernal, amenazándole con su espada, traspasándolo con su lanza, o presto para encadenarlo para siempre en el abismo del infierno.

  La cristiandad desde la Iglesia primitiva venera a San Miguel como el ángel que derrotó a Satanás y sus seguidores y los echó del cielo con su espada de fuego.
  Es tradicionalmente reconocido como el guardián de los ejércitos cristianos contra los enemigos de la Iglesia y como protector de los cristianos contra los poderes diabólicos, especialmente a la hora de la muerte.
  

La Fidelidad de San Miguel para con Dios:

  El mismo nombre de Miguel, nos invita a darle honor, ya que es un clamor de entusiasmo y fidelidad. Significa "Quién como Dios".

  Satanás tiembla al escuchar su nombre, ya que le recuerda el grito de noble protesta que este arcángel manifestó cuando se rebelaron los ángeles. San Miguel manifestó su fortaleza y poder cuando peleó la gran batalla en el cielo. Por su celo y fidelidad para con Dios gran parte de la corte celestial se mantuvo en fidelidad y obediencia. Su fortaleza inspiró valentía en los demás ángeles quienes se unieron a su grito de nobleza: "¡¿Quién como Dios?!." Desde ese momento se le conoce como el capitán de la milicia de Dios, el primer príncipe de la ciudad santa a quien los demás ángeles obedecen.

  
San Miguel en las Sagradas Escrituras

En el Antiguo Testamento

  San Miguel aparece como el guardián de la nación hebrea.

  En el libro de Daniel, Dios envía a San Miguel para asegurarle a Daniel su protección.

 "Y ahora volveré a luchar con el príncipe de Persia...Nadie me presta ayuda para esto, excepto Miguel, vuestro príncipe, mi apoyo para darme ayuda y sostenerme." -Daniel 10:13.

  "En aquel tiempo surgirá Miguel, el gran príncipe que defiende a los hijos de tu pueblo" -Daniel 12:1

  El pueblo del profeta eran los judíos. Por lo tanto, es aceptado que el ángel que el Señor había asignado a los Israelitas en los días de Moisés, para guiarles a través del desierto y llevarlos por las naciones idólatras que destruiría por medio de ellos, es el mismo San Miguel.

  
En el libro del Exodo el Señor dijo a los Israelitas:

  "He aquí que yo voy a enviar un ángel delante de ti, para que te guarde en el camino y te conduzca al lugar que te tengo preparado. Pórtate bien en su presencia y escucha su voz: no le seas rebelde, que no perdonara vuestras transgresiones, pues en el esta mi Nombre. si escuchas atentamente su voz y haces todo lo que yo diga, tus enemigos serán mis enemigos y tus adversarios mis adversarios. Mi ángel caminara delante de ti y te introducirá en el país de los amorreos, de los hititas, de los perizitas, de los cananeos, de los jivitas y de los jebuseos; y yo los exterminaré. No te postrarás ante sus dioses, ni les darás culto, ni imitaras su conducta; al contrario, los destruirás por completo y romperás sus estelas. Vosotros daréis culto a Yahveh, vuestro Dios". -Ex 23:20.

  Después de la muerte de Moisés, según la tradición judía (referida en Judas 9) San Miguel altercaba con el diablo disputándose el cuerpo de Moisés. En obediencia al mandato de Dios, San. Miguel escondió la tumba de Moisés, ya que la gente y también Satanás querían exponerla para llevar a los Israelitas al pecado de idolatría.
San Miguel recibió de Dios el encargo de llevar a término sus designios de misericordia y justicia para su pueblo escogido. Vemos como Judas Macabeos antes de iniciar cualquier batalla en defensa de la ley y del Templo clamaba la ayuda de     San Miguel y le confiaban su defensa:

  En cuanto los hombres de Macabeos supieron que Lisias estaba sitiando las fortalezas, comenzaron a implorar al Señor con gemidos y lagrimas, junto con la multitud, que enviase un ángel bueno para salvar a Israel.... Cuando estaban cerca de Jerusalén apareció poniéndose al frente de ellos un jinete vestido de blanco, blandiendo armas de oro. Todos a una bendijeron entonces a Dios misericordioso y sintieron enardecerse sus ánimos  -2 Mac 11:6

  Tu, soberano, enviaste tu ángel a Exequías, rey de Juda, que dio muerte a cerca de ciento ochenta y cinco mil hombres del ejercito de Senaquerib. Ahora también, Señor de los cielos, envía un ángel bueno delante de nosotros para infundir el temor y el espanto. ¡Que el poder de tu brazo hiera a los que han venido blasfemando a atacar a tu pueblo santo! -2 Mac 15:22.


En la Nueva Alianza

  La posición de San Miguel es también muy importante en el N.T. donde continúa su poderosa defensa.  Con sus ángeles, el libra la batalla victoriosa contra Satanás y los ángeles rebeldes, los cuales son arrojados del infierno.  Es por eso venerado como guardián de la Iglesia.

  "Entonces se entabló una batalla en el cielo: Miguel y sus Angeles combatieron con el Dragón. También el dragón y sus ángeles combatieron pero no prevalecieron y no hubo ya en cielo lugar para ellos. Y fue arrojado el gran Dragón, la serpiente antigua, el llamado Diablo y Satanás, el seductor del mundo entero"   -Apocalipsis 12,7-9
  La carta de Judas se refiere a San Miguel en batalla contra Satanás.

  El honor y la veneración a San Miguel, como testifican los padres de la Iglesia, ha sido parte esencial de la vida de la Iglesia desde sus inicios. Se le han atribuido un sin numero de beneficios espirituales y temporales. El emperador Constantino, atribuyó a este arcángel, las victorias sobre sus enemigos y por ello le construyo cerca de Constantinopla una magnifica iglesia en su honor. Esta se convirtió en lugar de peregrinación y muchos enfermos recibieron sanación gracias a la intercesión de San Miguel.


 APARICIONES DE SAN MIGUEL

   San Miguel ha aparecido en muchas ocasiones a aquellos que invocaron su ayuda. He aquí algunas:

ESPAÑA: Garabandal

FRANCIA: Juana de Arco, Santa.

Un caso muy conocido y autentico es la asistencia que este arcángel dio en la extraordinaria misión que el Señor le había encomendado de ayudar al rey francés a restaurar la paz y prosperidad en su reino y expulsar a los enemigos de sus costas.
Monte de San Miguel.

En Francia, también se apareció en el Monte San Miguel, donde hay un famoso santuario consagrado a este Arcángel. Tiene la característica de que 2 veces al mes, las olas cubren la carretera de acceso y el lugar se convierte temporalmente en isla.

ITALIA: Roma, Santa María la Mayor - Gargano

KOREA: Naju - Donde una estatua de la Virgen ha estado llorando sangre y dando mensajes a Julia Kim, han habido ya siete milagros Eucarísticos. Entre ellos en presencia de Obispos y Cardenales, Julia recibió la Eucaristía de parte de San Miguel Arcángel.

MEXICO: San Miguel del Milagro, Tlaxcala

PORTUGAL: Fátima - En 1916 se les aparece el ángel por primera vez. Se arrodilla en tierra inclina la frente hasta el suelo y pidió que oraran con el: "Dios mío, yo creo, adoro, espero y te amo. Te pido perdón por los que no creen, no adoran, no esperan y no Te aman".  

Segunda aparición: "¡Rezad, rezad mucho. Los corazones de Jesús y María tienen sobre vosotros designios de misericordia. Ofreced constantemente oraciones y sacrificios al Altísimo!"

Tercera aparición: Se aparece con un cáliz en sus manos sobre el cual esta suspendida una Hostia, de la cual caían gotas de sangre al cáliz. Dejando el cáliz y la hostia suspensos en el aire, se postró en tierra y repitió tres veces: "Santísima Trinidad, Padre , Hijo y Espíritu Santo, te adoro profundamente y te ofrezco el Preciosísimo Cuerpo, Sangre, Alma y Divinidad de Nuestro Señor Jesucristo, presente en todos los Sagrarios del mundo, en reparación por los ultrajes, sacrilegios e indiferencias con que El mismo es ofendido. Y por los méritos infinitos de su Sagrado Corazón y del Corazón Inmaculado de María te pido la conversión de los pobres pecadores".

Después se levantó y dio la Hostia a Lucia, y el contenido del Cáliz a Jacinta y Francisco, diciendo al mismo tiempo: "Tomad el Cuerpo y bebed la Sangre de Jesucristo, horriblemente ultrajado por los hombres ingratos. Reparad sus crímenes y consolad a vuestro Dios.

Estas son solo unas pocas de las conocidas apariciones de San Miguel. Aparte de las extraordinarias apariciones visibles, el arcángel San Miguel está invisiblemente activo para ayudarnos, ya que el Señor le dio un amor compasivo por los hombres y no hay alma que escape su atención.


San Miguel Arcángel, ruega por nosotros.


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 Visto en: www.corazones.org - Obra de Madre Adela Galindo, Fundadora - SCTJM