San Juan Bautista

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lunes, 25 de marzo de 2024

La Octava Palabra - Antonio Caponnetto

 


LA OCTAVA PALABRA

Por Antonio Caponnetto

 

No la escuchó la turba arrebañada,

ni menos los verdugos inclementes,

no tampoco los gritos de las gentes

en la fiesta macabra ensangrentada.

 

No se hizo audible para el fariseo,

y hasta aquél que contaba treinta chapas,

quedó sordo de culpas o en los mapas

buscó el lugar de su horca, como un reo.

 

Retumbante de hiel, la Sinagoga,

indescifraba el sacro abecedario

que aquel excepcional patibulario

desgranaba en la cruz mientras se ahoga.

 

¿La notaron de lejos los rabinos,

Poncio Pilatos y Caifás el torvo,

o esa tipografía era un estorbo

para sus corazones asesinos?

 

No prestaron oídos los quebrantos

lejanos de sus fieles pescadores,

en la hora final, los estertores

cubrieron los sonidos como mantos.

 

Cuentan que Dimas sí, la oyó potente

cual una despedida o un legado,

brotada desde el agua del costado

mas proferida con su voz doliente.

 

Letra por letra le llegó a María.

La septiforme espada de su duelo

acaso se alivió como un consuelo

en una inmensa, cósmica agonía.

 

Refieren unos de un papiro griego,

tal vez esenio, que se halló en tinaja,

de una mujer que oyó, ya cabizbaja,

La Vera Icón, la del clemente pliego.

 

Conjeturo que entonces, Juan, el hijo,

discipular retrato del amado,

cuando ya todo estaba consumado

desentrañó el particular sufijo.

 

El Señor con sus ojos todo abarca,

con sus miembros clavados todo estrecha,

así lanzó su postrimera endecha

¡Pedro, sé fiel al conducir mi Barca!




miércoles, 17 de febrero de 2021

Sermón del polvo – P. Leonardo Castellani

 


“Memento, homo, quia pulvis es et in pulverem reverteris”[1]


El polvo quita la vista y el polvo devuelve la vista. En las comarcas de Tierra Santa, la tierra salitrosa y arenosa levanta un polvo finísimo y blanco, que por una parte reflejando vivamente la luz ardiente del sol oriental y por otra parte alzándose con el viento en nubes enceguecedoras, produce numerosas oftalmías y en muchísimos casos la ceguera. Cuando leéis los Evangelios, reparáis cuántas veces se nombra en ellos esta temible desgracia; cuántos ciegos no curó el Señor; la señal que dio a San Juan Bautista para indicarle que el Mesías llegó: “Los ciegos ven”; la comparación que usó en la parábola: “Si un ciego guía a otro ciego, los dos se van al hoyo.”

A uno de estos pobres desdichados curó el Señor en las puertas del Templo, según nos cuenta San Juan en el capítulo IX, poniéndole en los ojos un poco de barro; escupió en el polvo, hizo un poco de lodo, se lo echó en los ojos y le dijo: “Anda a lavarte en la piscina de Siloé.”

Señor, ¿qué hacéis? ¿Polvo para curar a un ciego? ¿Saliva para curar la ceguera? La saliva que es cáustica y el polvo que es fricante, más bien volverán ciego a uno que ve, Señor, que no volverán los ojos a uno que no ve.

Dejadme hacer, dejad hacer al que es la Luz del mundo. “Y fue, y se lavó y vio” -dice San Juan-; “volvió viendo, volvió sanado”. Polvo tenemos en los ojos, polvo de la tierra nos tiene ciegos. Polvo son las riquezas, polvo son los honores, polvo son los placeres; polvo enceguecedor que nos impide ver. Más la Iglesia, Madre nuestra ansiosa de sanarnos, Esposa de Cristo poderosa para sanarnos, nos echa este día un puñado de polvo a la cara, y a imitación de su Divino Maestro dice a los pobres ciegos: “Con lo mismo que te enfermó, yo te sano. Pero no con lo mismo: porque el polvo solo, el polvo de la tierra, no sirve para sanar, sino para enfermar más, si no se le mezcla la saliva de un Dios, es decir, la palabra de Dios. Y la Iglesia mezcla a este polvo de la tierra una palabra de Dios, una palabra tomada del Libro del Génesis, una palabra sencilla, verdadera y cáustica. «¡Hombre, acuérdate que polvo eres y que al polvo volverás»[2]”!

 Si nos pusiese solamente ceniza en la frente pare recordarnos la muerte que ha de reducirnos a polvo, no curaría la Iglesia nuestras llagas, sino más bien aumentaría nuestra tristeza; y la tristeza no es el remedio de nuestros males. ¡Bastante tristeza nos da este siglo inquieto! A este asilo de paz, a este puerto de oración en medio del estrépito de la calle abierto, venimos precisamente algunas veces huyendo de la tristeza del mundo. Y bien, señores; no temáis, porque el polvo que allá fuera enferma, aquí dentro sana; el polvo que la Iglesia nos pone en los ojos nos devuelve la vista, aunque sea cáustico en el momento de la operación; y el que ve, señores, no está triste: porque el que ve, sabe adónde va; porque el que ve, camina seguro; el que ve, no tropieza en la piedra ni cae en el hoyo.

Y por eso, Nuestro Señor Jesucristo en el evangelio de este día nos manda el ayuno, pero nos prohíbe la tristeza. “Cuando ayunáis -dice- no os paréis tristes como los hipócritas.” Y ¿cómo haremos para no estar tristes, teniendo que sufrir el cuerpo? No poniendo nuestro tesoro en el cuerpo, que es polvo, ni en las cosas de la tierra, que son polvo, sino más arriba. “Y vuestro Padre que está en los cielos os lo pagará allá arriba. No atesoréis tesoros en la tierra -dice-, donde la polilla y el gorgojo los deshacen y el ladrón rompe y los roba. Amontonad tesoros en el cielo, donde ni polilla ni gusano deshacen, ni el ladrón rompe y roba.” La polilla y el gorgojo son las miserias de esta vida; el ladrón es la muerte, y el tesoro es lo que buscamos y deseamos, nuestro ideal y nuestro último fin.

Señores, el mundo moderno ha exaltado demasiado al hombre y lo ha deprimido demasiado; lo ha adulado y lo ha calumniado, y alternativamente -contra la Iglesia, que le dice: “Tú eres polvo”-, le dice: “Tú eres un semidiós”, y después le dice: “Tú eres una podredumbre.” El mundo miente, señores, y es condición de mentirosos tener que corregir una mentira con otra mentira más grande. El siglo de la filosofía del super-hombre es el siglo de la filosofía del pesimismo; el siglo del confort y de los placeres es el siglo del bolchevismo y del pauperismo; y el siglo de los grandes hallazgos científicos, el siglo de las grandes miserias morales; el siglo pacifista es el siglo de la Gran Guerra; el siglo de las luces es el siglo de la ignorancia religiosa.

Yo hojeo nuestras revistas, nuestros periódicos, oigo vuestros doctores y vuestras universidades... ¿Y qué veo?

“Hombre -exclama el mundo- tú eres libre; no te sujetes. Tú eres rey; no obedezcas. Tú eres hermoso; goza; todo es tuyo. Pueblo soberano, tú no debes ser gobernado por nadie, sino gobernarte a ti mismo. Rey de la creación, la ciencia y el progreso ponen en tus manos la tierra toda. Animal erguido y blanco, tu cuerpo es hermoso, no lo ocultes. Tu cuerpo es la fuente y el vaso de un mundo de placeres: bébelos. El dinero es la llave de este mundo: procúratelo. Los honores, las dignidades, el mando son un manjar de dioses; la fama es el ideal de las almas grandes; la ciencia es la aristocracia del alma. ¡A luchar! ¡A arrebatar tu parte! ¡A triunfar! ¡A echar fuera a los otros! ¡Si eres pobre: asalta a los ricos! ¡Si eres rico: exprime a la plebe!”

Señores, ¿y el gusano y la polilla? El semidiós, el superhombre se encuentra con el gusano y la polilla. Enfermedades del cuerpo, tiranía del pecado y del instinto, hastío de los placeres, temores en la riqueza, pequeñez del entendimiento, disgustos en el poder, miserias de la conciencia, limitación del alma; contrastes familiares, fracasos sociales, grandes desastres nacionales, polillas del polvo humano, ¡cuántas hay! y ¡cómo las llevamos todos escondidas y cómo han aumentado desde que la fe ha disminuido y el pecado crecido! Y entonces, señores, cuando comienza a deshacerse el ídolo de polvo en el que se había puesto el tesoro y el corazón, cuando la dura realidad tarde o temprano disipa los castillos basados sobre la mentira, ¡ah! entonces, señores, los maestros de la mentira os cantarán otra canción muy diversa, os consolarán con la canción del odio, el desencanto y la desesperación.

Hombre: eres un absurdo, un enigma, una miseria. Tu nacimiento es sucio; tu vida, ridícula; tu fin es desconocido. Engañado por los fantasmas de las cosas hermosas que te prometen la felicidad, corres sin saber adónde, dando tumbos por la vida, hasta dar el gran salto del que nadie vuelve, a la noche de lo desconocido. Tu hermano, a tu lado, es un lobo para ti; tu superior, arriba, es un tirano; el apóstol que te predica, te engaña y te explota. No sabes nada de nada; no puedes nada contra tu destino. Tus ideales más grandes, tus ensueños más hermosos: el amor, la religión, el arte, la santidad... ¿quieres saber lo que son en el fondo? Son solamente sublimaciones del instinto del sexo que llevas en la subconciencia. La vida no vale la pena de ser vivida.

He aquí las dos grandes mentiras del mundo. Pero no hay ninguna mentira que no tenga algo de verdad -una mentira pura no se podría sostener-. El mundo predica del hombre dos verdades: la grandeza de su alma y la miseria de su cuerpo. Pero ignora del hombre dos verdades: la miseria de su alma, que es el pecado original, y la grandeza de su cuerpo, que es la resurrección final. “Dios modeló al hombre del limo de la tierra y le sopló en la cara un aliento de vida”, dice el Libro del Génesis. Por lo tanto, señores, el hombre está hecho de dos cosas: de cuerpo y de alma; está hecho de un poco de barro y de un soplo de Dios: una cosa inferior tomada de la tierra y una superior bajada del cielo. Que lo superior domine lo inferior, que el alma mande y el cuerpo obedezca: aquí tenéis el orden, la armonía, la felicidad; aquí tenéis el primer plan divino, el estado de inocencia original de Adán y Eva, el primer retrato de semidioses que nos hace el mundo. Pero la fe nos enseña y el mundo ignora que el hombre por el pecado subvirtió este orden, deshizo esta armonía, perdió esta felicidad, y entonces el cuerpo se sublevó contra la inteligencia, la carne se zafó de las manos del espíritu, la materia oprimió al alma. “Y conocieron que estaban desnudos; se avergonzaron, temieron la voz de Dios y se escondieron entre las hojas.” Es decir: el hombre sintió el castigo de su desobediencia, en la desobediencia de los miembros de su cuerpo y de las facultades de su alma, en el terrible desorden, guerra, tristeza que no tenían remedio, señores, sino en la misericordia de Dios, porque el hombre culpable, herido en lo natural y despojado de lo gratuito, no podía redimirse a sí mismo.

Este se llama el estado de la caída, el segundo estado que el mundo nos describe, cuando le pedimos un segundo retrato del hombre. El primer retrato es un semidiós, el segundo retrato es un gusano. Y mirad, señores, cómo miente el ciego guía de ciegos. Estos dos estados, estado de semidiós y estado de gusano, estado de justicia original y estado de caída, son dos estados históricos del hombre; porque, efectivamente, hubo un momento en que el primer hombre fue inocente y un momento en que fue irreparablemente culpable; pero dos momentos que no existen más ni volverán a existir, dos estados pasados, ya que el actual estado del hombre implica la caída y la redención, es el estado del hombre lapsus-reparatus, caído y redimido, caído en Adán y redimido por Jesucristo Hijo de Dios y Señor nuestro.

Para librarnos de los engaños del mundo, de la seducción, la fascinación, la atracción del polvo de la vida, la Iglesia nos echa a la cara el polvo de la muerte. ¿Cómo haré, dice la Iglesia, para que el hombre no se aprecie demasiado y no se desprecie demasiado, para que no se ensoberbezca y no se desaliente? ¿Cómo haré para que en este tiempo de Cuaresma se abaje y se levante: abaje el cuerpo por el ayuno, levante el alma con la oración; para que desprecie los tesoros de la tierra y ponga su tesoro en el cielo? ¡Es tan irresistible la seducción de lo que se ve, de lo que se toca, de lo que se siente! Pues bien; lo haré ver, tocar, sentir qué cosa es lo que él desordenadamente ama. Llamaré en mi auxilio a la muerte. “Memento, homo, quiapulvis es et in pulverem reverteris” ¡He aquí lo que os impide amar a Dios, he aquí lo que pone en peligro vuestra eterna felicidad! ¡Polvo!

En un antiguo auto sacramental del teatro español, aparece la Muerte armada de espada y daga para hacer un sermón a los hombres. ¡Qué gran predicador la Muerte, qué sermón, señores! Entra la Hermosura, una gran dama vestida, adornada, engalanada; todo es seda y oro, todo jazmines y rosas; todo es gracia y gentileza; los hombres están locos por ella y ella está loca de sí misma. La Muerte la toca con su espada, y se convierte en un cadáver hinchado y repugnante. No era necesario el ladrón, bastaba la polilla; no era necesaria la muerte, bastaba el tiempo, el tiempo tranquilo e implacable marchitador de todas las flores, el tiempo con su calva, sus arrugas, su joroba, sus achaques. Pero como hoy han inventado ciertas pinturas y ciertos postizos para matar la polilla y hacer la guerra al Tiempo, vamos al ladrón, a la Muerte. Levantad la losa y mirad la hermosura tocada por la muerte: es un montón de podredumbre, una cosa que no tiene nombre en ninguna lengua. En esto ha parado todo: era, pues, una cosa caduca, pasajera, accidental. Pasó y se llevó mis tesoros, dirá el libertino; la felicidad de mi alma en la otra vida, la paz de mi alma en esta vida, la salud de mi cuerpo, la firmeza de mi carácter. ¡Oh, muerte, cuán amarga es tu lección para el que pone su fin en los placeres!

Entran las Riquezas, señores, pisando fuerte, mirando alto, vistiendo elegantemente, con gran cortejo de criados, de amigos y de parásitos. La Muerte lo toca, y el Rico se convierte en un esqueleto. Huyen los amigos, desaparecen los aduladores; y los parientes, con un ojo llorando y con el otro repicando, se apresuran a esconder bajo tierra al que se fue tan oportunamente. Se fue solo, con las injusticias que cometió para ganarlas, con las iniquidades que hizo para conservarlas y con los pecados que perpetró para gozarlas. En verdad os digo que los ricos difícilmente se salvan. ¡Oh, muerte, cuán amargo es tu recuerdo para el que pone su fin en las riquezas!

Entra el Poder, señores; entra un Rey con su corte, soldados, sabios, políticos, lanzas, clarines, cien pendones al viento. La Muerte lo toca, y todo se convierte en polvo: el polvo que fue Menfis, el polvo que fue Nínive, el polvo que fue Cartago, el polvo que fue Roma. La Muerte, señores, manda más que los reyes y es más duradera que las naciones. Pero la gloria -me decís- la gloria queda. Sí, señores, la gloria eterna con que Dios glorificará a los pobres y humildes de corazón, la gloria eterna queda. No -me decís-; la gloria terrena, también la gloria terrena queda. ¡Ah, señores! ¿Qué es la gloria terrena?... Un día visitaba el sepulcro de los Escipiones, en Roma. Es un montón de ladrillos medio sepultado en un campo al lado de una calle polvorosa y solitaria. Un guardia lo acompaña al visitante por unos sótanos oscuros y húmedos y le explica que en la Edad Media los campesinos llevaron los mármoles para hacer casas y en la Edad Moderna unos bodegueros hicieron una bodega para guardar el vino, donde reposaban el poeta Ennio, Escipión Emiliano, el primer Africano y Escipión el Asiático. Este pedazo de hueso, este pedazo de húmero, es probablemente del primer Africano. Esta es la gloria de la tierra, señores. Un nombre en la historia: un pedazo de hueso que se muestra a los turistas.

Contra el Gran Ladrón nocturno ninguno puede. A todos espera, a todos alcanza, a todos vence. Ha vencido la Hermosura, el Poder, las Riquezas, las Naciones y la Fama: vamos a juntar a todo el mundo contra él, a ver si lo vence. Mueren los individuos, pero queda la especie; mueren los hombres, pero permanece el género humano; mueren las naciones, pero queda el Mundo. El Mundo contra la Muerte.

Señores, mirad qué es el Mundo. Nosotros somos hormigas al lado de todo el mundo, de los mares, de las montañas y de las estrellas. Los millones y millones de hombres con sus riquezas y sus posesiones, sus inventos; las maravillas del arte, de las letras, de la ciencia; los monumentos, las vías de comunicación, las máquinas; las grandes organizaciones y las grandes edificaciones eternas; el trabajo de siglos acumulado pacientemente para hacer una torre que llega hasta el cielo. El Mundo Universo contra la Muerte. La Muerte lo toca, ¿y qué sucede? Sabemos lo que sucederá hasta en sus menores detalles. El sol se oscurece, la luna se pone de color de sangre, las estrellas caen del cielo como higos maduros, el mar se pone a dar bramidos, los hombres todos reunidos para hacer la guerra a Dios y su Cristo huyen despavoridos, y en medio de la tribulación más grande que ha habido desde el principio de los siglos y después de una tremenda, aunque breve agonía, este mundo pasó y toda su gloria se convirtió en nada.

Señores, es menester decirlo en el siglo del progreso indefinido, de la evolución creadora, en que muchos hombres, cansados de esperar la Segunda Venida del Cristo, dijeron: “No viene más”, y dormitaron y durmieron. Lo que la razón sospecha, la fe nos lo asegura: este Mundo, que tuvo principio, tendrá también fin. No sabemos el día ni la hora, pero sabemos que tenemos que vivir vigilantes. No sabemos si falta mucho todavía, pero sabemos que vendrá el Gran Ladrón cuando menos lo esperan.

Os he hecho un gran espectáculo de desolación y de ruinas; he tomado la Muerte y he reducido a polvo la carne del hombre, las obras del hombre y el mundo todo del hombre. Sobre este montón de ruinas, ¿qué queda, sino la tristeza y la desesperación? Así es, señores, si fuésemos filósofos pesimistas; pero somos hijos de la Iglesia; no somos cultores de la muerte, sino hijos de la Vida. El autor del Libro del Eclesiastés, inspirado por el Espíritu Santo, después de haber mostrado amargamente la vanidad de las cosas terrenas, no concluye, señores, la desesperación, sino que concluye la moderación. Después de haber recorrido la vanidad de los placeres que dan hastío, la vanidad de la ciencia que aumenta el sufrimiento, la vanidad de las riquezas, del poder, del nombre, de la fama, de la hermosura, el autor sacro irrumpe en conclusiones de sentido común, de moderación y de templanza: “Hay que despreciar todo lo caduco, hay que usar moderadamente de la vida, hay que usar también templadamente de los placeres y alivios que la hacen serena y llevadera, y sobre todo hay que temer a Dios, cumplir sus mandamientos y recordar su juicio.” “Teme a Dios -dice en la conclusión- y observa sus mandamientos, porque esto es todo el hombre.”

Es curioso que no dice: “Cumple los mandamientos de Dios, porque eso es el alma del hombre. El cuerpo es polvo; cumple los mandamientos para salvar tu alma.” No, señores: “Cumple los mandamientos, porque eso es todo el hombre, cuerpo y alma.” Señores, el que se salva, salva su cuerpo y su alma: envía su alma al cielo y envía el montón de polvo de su cuerpo a la tierra, como semilla de resurrección.

Hombre verdaderamente sabio, prudente y juicioso, señores, el que se salva. No nos está prohibido desear riquezas, sino desear riquezas mentirosas. ¿Cómo se pueden asegurar las riquezas contra un ladrón? Mandándolas a la caja de seguridad. Ése es el consejo de Cristo: por medio de la limosna, enviad vuestras riquezas donde no hay ladrones, para que allá os esperen. ¿Cómo se puede asegurar el grano de trigo contra el gorgojo? Hay que sembrarlo. Es el consejo de Cristo: “Si el grano se hunde en la tierra y muere, después brota y hace grande fruto.” Así nuestros cuerpos, hundidos por la humillación, deshechos por la mortificación, pulverizados por la muerte, brotarán un día con nueva vida y florecerán como rosas bajo el sol de la Inmortalidad.

 


[1] “Recuerda, hombre, que eres polvo y que tornarás al polvo.”

[2] Libro del Génesis III, 19.


“Cristo vuelve o no vuelve” – Leonardo Castellani .

Ed. Vórtice – Bs As 2004 - Págs. 143 a 149


Nacionalismo Católico San Juan Bautista


domingo, 14 de abril de 2019

Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén (Repost) – Catalina SCJ


“La  gran muchedumbre que había venido a la fiesta, al oír que venía Jesús a Jerusalén tomaron palmas y saliendo a su encuentro, lo aclamaban diciendo: “¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor y del Rey de Israel.” Hallando Jesús un asnillo, montó sobre él, según está escrito: “No temas, hija de Sión; mira, tu Rey viene montado sobre un pollino de asno” (Jn 12,12-15).


Todas estas cosas ocurrieron a fin de que se cumplieran las Escrituras. El triunfo de Jesús como rey de todo lo creado fue permitido por el eterno Padre como culminación de su Vida Pública; en ella obró grandes milagros que no es necesario volver a recordar, pues ya están escritos en los Santos Evangelios.


  Fueron muchos los que en ese día volvieron sus ojos a Dios y siguieron de cerca al Maestro. Estos hermosos acontecimientos sirvieron para fortalecer a las almas desfallecidas y afianzar la fe de los vacilantes, para decir a los turbados de corazón: “¡Esforzaos y no temáis! He ahí a vuestro Rey, Señor de cielos y tierra.”


  Hoy en Jerusalén se manifiesta la gloria de Dios: “Y se abrirán los ojos de los ciegos, y se abrirán los oídos de los sordos. Entonces saltará el cojo como ciervo y gritará de júbilo la lengua del mudo” (Is 35,5.6) para decir con gozo: “¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosanna en el cielo!”


  Las calles de esta ciudad se han convertido hoy en vía de santidad y camino de perfección, pues por ellas transita el Santo de los Santos, el Salvador del mundo; el Maligno hoy no caminará por ellas, pues Jesús ha triunfado sobre sus enemigos, y estos han sido arrojados a los profundos infiernos.


  El Señor de la Vida, va sobre un jumentillo. Avanza entre las multitudes como un Rey entre la tropa, exuberante y lleno de gloria. De pobreza y sencillez está revestido; su corona es la sabiduría; su cetro la justicia; su trono, un jumento; pero ni siquiera la carroza ataviada de esplendor del rey Salomón podía comparase con aquel noble y afortunado animal escogido por Dios para llevar sobre su lomo a la divina Realeza, que de saber hablar, de gozo y admiración hubiera enmudecido.  Bueno es que no lo supiera, que de tener inteligencia posiblemente hubiera perdido toda su humildad, sencillez y encanto, pues grande fue la misión que esta criatura sin saberlo realizó.


  “Yo contemplaba todas estas cosas desde Betania y, al verlo avanzar “entre gritos de júbilo, palmas, ramos de olivo, cantos y gloria, recordé el Salmo del rey David. Y en silencio medité sobre él, pues se ajustaba a las promesas que el Padre eterno había hecho a su divino Hijo previamente”.


  “Dice el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi diestra, hasta que coloque a tus enemigos por escabel de tus pies” Sal 109(110)1. Triunfante entró Jesús en Jerusalén y todos los enemigos huyeron a su paso; llena estaba la ciudad de escribas y fariseos, y mucha gente venida de fuera; ninguno levantó la mano sobre Él. Dios los tenía controlados, demostrando así el poder de su brazo. De forma más ostentosa y en toda su plenitud, este triunfo, sucederá el día en que Jesús vuelva glorioso.


  “El cetro de tu poder extenderá Dios desde Sión” Sal 109(110),2. En todos los confines del mundo, incluso en el seno de Abraham, todos le aclamaron como Rey del universo, diciendo con júbilo: “¡Hosanna al que viene en el nombre del Señor!”


  “Mandarás en el corazón de tus enemigos” Sal 109(110)2. En efecto, mandó en el corazón de sus enemigos, pues como locos andaban buscándolo, a causa de sus milagros y de sus enseñanzas, para prenderlo; sin embargo, fueron confundidos en su maldad, dejados en su sabiduría humana, necios en su necedad, y en su soberbia y arrogancia, ciegos y sordos.


  “Te acompaña el principado el día de tu nacimiento” (Sal 109(110),3. Porque eres el Hijo de Dios por generación eterna; y el esplendor sagrado de la virtud, de la sabiduría, de la gracia y de la santidad moran en Ti Verbo Humanado.


  “Desde el seno de la aurora” (Sal 109 (110),3. El Padre está en Ti y contigo como principio de quien procedes. “Mis entrañas virginales te dieron cobijo como Madre verdadera por tu principio en cuanto a Hombre, porque, desde el instante en que recibiste el ser humano por generación temporal que de mí procede, tuviste las obras del mérito que ahora están contigo. Y te hacen digno de todo honor y gloria en el día de hoy y para siempre”.

  “A modo de rocío de tu infancia” (Sal 109 (110),3. “te cubrieron el amor y la ternura de mi corazón de Madre”.


  “Lo ha jurado el Señor y no ha de arrepentirse: “Sacerdote tú eres para siempre a la manera de Melquisedec” Sal 109 (110),4. Sumo Sacerdote no por participación del sacerdote levítico ni por investidura humana. El sacerdocio de Cristo es confirmado con juramento por boca del que dijo:


  “Juró el Señor y no se arrepentirá: “Tú eres sacerdote para siempre” Sal 109 (110),4. Ofreciéndose a sí mismo como víctima de una vez por todas. Renovándose incruentamente su sacrificio en la Santa Misa.


  “El Señor a tu diestra juzgará a los reyes en el día de la cólera” Sal 109 (110),5. Y reyes y vasallos, príncipes, hombres todos de la tierra, que camináis lejos del Señor, meditad sobre estas palabras, porque todos beberéis del cáliz de su indignación, pues vuestra iniquidad atrae grandes castigos al mundo, que reo es de muerte.


  “Hará justicia a las naciones, las llenará de cadáveres y sus ruinas se esparcirán por todas partes, machará sus cabezas sobre un inmenso territorio” Sal 109 (110),6.


  “En el camino beberá del río por eso levantará la cabeza” Sal 109 (110),7. Beberá del agua de la ira, indignado ante los comportamientos de los hombres soberbios y mal nacidos, que rechazaron la gran misericordia que con ellos tuvo el Señor. El torrente de la gracia que fluye de Él cegará más a sus enemigos, que desesperados ante la ruina que les aguarda llorarán de espanto sobre la tierra. Y el Señor vendrá al son de trompetas sobre las nubes del cielo con gran poder y estruendo a juzgar a los habitantes de la tierra. Ensalzará al humilde, y le dará su justa paga. Él levantará su cabeza y la ensalzará sobre sus enemigos, sobre aquellos que no supieron ver ni reconocer que este Hombre llamado Jesús, es el Hijo de Dios, el Mesías verdadero, el Rey triunfante.     


  Debemos huir de las alabanzas y de las glorias mundanas.


  El triunfo de Jesús en su entrada gloriosa a Jerusalén sirvió no solo para manifestar al mundo la divinidad de Jesucristo, pues de este éxito, tan clamoroso como fugaz, se desprenden sabias y santas enseñanzas.


  Sería muy bueno para todos aquellos que buscan la perfección, y quieren imitar a Cristo, meditar sobre las alabanzas y las glorias mundana; así no se espantarían al presenciar cuan volubles son en su mayoría los hombres de mundo. ¡Y qué dados a encumbrar, halagar  y  adular de forma y modo según les place, sin tener en cuenta otras consideraciones que las de su capacidad idólatra, pobre, voluble y lisonjera; pues hoy ensalzan lo que mañana pisan, humillan y desprecian. Debería bastar este ejemplo para advertir a las almas que buscan la santidad, que es muy peligroso el camino que conduce a la vanidad, a las lisonjas y a los parabienes. Los hombres son frágiles como el barro. No debemos confiar nunca en aquellos que sin escrúpulos tienden esta trampa al corazón del hombre; estos tales son unos necios, dejando atrapados en sus redes a otros necios que, como ellos, viven de necedades.

  Las glorias del mundo pasan, no son eternas y las alabanzas son flores que presto se marchitan; por eso si somos prudentes, debemos huir de ellas pues causan estragos en el alma, que solo ha de pretender la gloria de Dios. Por tanto; “no améis el mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo cuanto hay en el mundo la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas no vienen del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios vivirá para siempre” (1Jn 2,15-17).


  Ningún ser humano está libre de este mal; por eso insisto en que es conveniente dejar de lado todo aquello que de una manera u otra halaga los sentidos, pues como dice el Apóstol: “Con sumo gusto seguiré gloriándome en mi flaqueza para que se manifieste en mí la gloria de Cristo. Pues cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Cor 12,9.10). Pues, ¿Qué es el hombre? Isaías dice: que el hombre es “un tiesto entre tiestos de barro”. (Is 19,45,9).


  ¡Señor mío y Dios mío! “Hiciste mis días de unos palmos y mi vida cual nada es ante Ti. Tan solo mero soplo es todo hombre”. Sal 38(39),6.


  La mejor enseñanza que podríamos sacar de este triunfo de Jesús en Jerusalén es no poner nuestra esperanza en los corazones humanos. “Maldito quien se fía de las personas, y hace de las criaturas su apoyo, y del Señor aparta su corazón. Y Bendito quien se fía del Señor, pues no defraudará su confianza” (Jer 17,5.7).


  El hombre carnal es voluble por naturaleza. Se embravece por nada, su amor como sus alabanzas suben y bajan como la marea. Con gran facilidad olvida sus promesas de amor y de fidelidad a Dios, y a los hombres.


  No debemos tener miedo al mundo.


  Es importante para todos aquellos que han sido llamados a un apostolado más intenso, no tener miedo a los hombres. Los tiempos son malos y hay quienes tienen miedo a enfrentarse a unos hombres cuyas creencias caminan lejos de la verdad. Al contemplar a “esta generación adúltera y pecadora” muchos creyentes se sienten avergonzados, la oleada de vicio y de promiscuidad, se extiende como una plaga. Pronunciar el nombre de Jesucristo es tremendamente arriesgado; confesarse su discípulo, toda una proeza. ¿A quién hablar de Dios, si los que escuchan tienen sus oídos incircuncisos?


  ¡Oh! mundo necio, hombre ingrato, “que a lo malo llamas bueno, y a lo, bueno malo” (Is 5,20), que con gran soberbia caminas sin preocuparte de que has de morir. ¡Que conoces cuando se aproxima una tormenta y en tu ceguera no ves ni sabes apreciar los signos de los tiempos! Absorto en tus propios pensamientos vives olvidado de Dios, mientras tu alma se hunde en el abismo.


  Jesús era tajante en sus enseñanzas, decía la verdad sin importarle las opiniones de los escribas y fariseos. Y la verdad solo hirió a los corazones soberbios. Él no tuvo miedo, y por todas partes le habían tendido lazos para prenderlo. ¿Qué es el hombre para que le temas? Tomaré las palabras del profeta, que dice: “He aquí que vosotros no sois nada y vuestro obrar nadería” (Is 41,24).


  El hombre no levantaría la cerviz si Dios no se lo permitiera. Por eso “no les tengáis miedo” (Mt 10,26), que su fuerza y poder son como una caña en manos de un niño que fácilmente se quiebra. Sin embargo, el niño en su pequeñez y debilidad es más fuerte, mucho más fuerte y poderoso que todos ellos porque tienen un corazón puro, son sencillos y humildes. No en vano está escrito: “Si no os hacéis como un niño no entrareis en el Reino de los cielos” (Mt 18,3).


  La misión del hombre de fe, es parecerse a Cristo, y Jesús, sembraba los campos con su divina palabra, removía las conciencias con el ejemplo, y ablandaba los corazones con la oración.



Catalina SCJ



Nacionalismo Católico San Juan Bautista



jueves, 1 de noviembre de 2018

Elogio de la Cigüeña - Antonio Caponnetto



“¡Alta va la cigüeña, niños... Tan alta ya, se borra en el azul. Un premio al que antes la descubra!”

Gerardo Diego


         No parecen atemorizarse ante presencias humanas, pero algo les otorga una armónica alianza de confianza y prevención. Porque conviven con nosotros, es cierto; pero se instalan a la vez en chimeneas, campanarios o cúpulas; recodos todos visibles pero de difícil acceso a las humanas artrosis.


         Desde lo alto otean, vigilan, contemplan. Descubren.


         Se sabe que son monógamas y fidelísimos tanto el macho como la hembra y por ende familieros; que migran con sus crías en búsqueda de climas siempre benignos; y que regresan a los sucesivos pagos cuando en estos reaparece el sol, venciendo la frigidez del invierno.


         Aceptan conformarse con un nido austero y sólido, mientras tenga vista al cielo rampante; en lo posible sin cableados, aunque a ellas tal vez les parezcan pentagramas.


         Las jóvenes cuidan de las viejas, sobre todo, porque parece inexorable que les sobrevenga la ceguera. Y hasta una ley de la antigua Hélade –la pelárgica, porque pelargos significa cigüeña- instaba a los retoños a tutelar a sus progenitores en la ancianidad y en la decrepitud, a emulación de los zancudos.


         Nosotros lo sabemos pues se lo escuchamos cantar a Martín Fierro:


“ La cigüeña cuando es vieja,
pierde la vista, y procuran,
cuidarla en edad madura,
todas sus hijas pequeñas.
Aprendan de la cigüeña,
este ejemplo de ternura.”


         Recíprocamente, los padres, tutelan a sus vástagos hasta bien crecidos en edad. No concebían el abandono de los que estaban unidos por la misma sangre. Quizá por eso los viejos romanos tomaban a las ciconias como símbolo de fertilidad, y esperaban su retorno para plantar la vid. Que es como esperar al alba para entonar antiguas laudes.


         El profeta Jeremías reprochó la incomparecencia y la ignorancia del pueblo del Señor, comparando a sus miembros ingratos con la lealtad de la cigüeña “que bien conoce sus tiempos señalados”(Jeremías 8,7).


         Si anidaban en la proximidad de una casa, la casa se volvía fecunda como un vergel tras una lluvia copiosa. Aves de buenos agüeros: así pasó a la historia, tras integrar la leyenda. Los niños nacían cuando ellas tornaban tras sus migraciones; o acaso dejaban el exilio para que las madres alumbraran. Mitologías, claro. Aunque unánimes relatos procesionan por innúmeras culturas.


         Esopo las convirtió en protagonistas benévolas de algunas de sus fábulas. Y en los bestiarios medievales se las representaba con nobleza, aplastando una serpiente. Algunos escudos la incorporaron orgullosamente a las categorías heráldicas. Hasta el férreo Odón, obispo de Túsculo, alguna vez, según se cuenta, instó a considerarlas buenas compañías.


         Nadie empardó el encomio de Alejandro de Mindo –mitad zoólogo, mitad adivino de la helenidad remota- según el cual, cuando las cigüeñas llegan a la senectud, pasan a las misteriosas Islas del Océano, en las cuales –como premio a sus virtudes- se convierten en “hombres piadosos y justos porque en ninguna otra parte bajo el sol, podría subsistir tal raza". Claudio Eliano –retórico descollante bajo Septimio Severo- que trae la cita en su tratado Sobre la naturaleza de los animales, jura que es cierto. Y no andamos de humor para discutirle.


         Pero hubo que esperar al siglo XIX para que el danés Hans Cristian Andersen le atribuyera a la ya insigne zancuda la nobilísima misión de traer los hijos al mundo. Está en su cuento Las Cigüeñas –de a ratos macabro, como la mayoría de los suyos- pero que en un pasaje pone en boca de la gran zanquilarga madre esta promesa: “Sé donde se halla el estanque en que yacen todos los niños chiquitines, hasta que las cigüeñas vamos a buscarlos para llevarlos a los padres. Los lindos pequeñuelos duermen allí, soñando cosas tan bellas como nunca mas volverán a soñarlas. Todos los padres suspiran por tener uno de ellos, y todos los niños desean un hermanito o una hermanita. Pues bien, volaremos al estanque y traeremos uno para cada uno de los chiquillos que se portaron bien”.


         Una pintura de Carl Spitzweg no desmiente a Andersen; y otra posterior de Józef Chelmonski, dá ganas de sumarse al dúo de campesinos o labriegos, para verlas sobrevolar el horizonte en blancas bandadas.


         A esta altura del encomio, que detenemos por mesura más no por falta de motivos, se preguntarán algunos a qué viene esta ponderación súbita e impensada del cósmico cigüeñal.


         Es que ante la afrentosa degeneración de niños y jóvenes, programada y ejecutada por la ESI como abyecta política de Estado. Pero también ante el maloliente espectáculo de los padres sinodales jugando al pansexualismo freudiano con los jóvenes, a instancias de Bergoglio. Pero también asimismo ante la espantosa confusión de tantos bienpensantes, que aceptan la educación sexual, como si ella no fuera ya  esa “peligrosa pretensión e indecorosa terminología”, que denunciara Pío XI.  Pero también igualmente ante el engendro de tres Comisiones Episcopales, que en su Declaración del pasado 26 de octubre manifiestan aceptar “la perspectiva de género como categoría útil de análisis cultural”, llegando a honduras especulativas jamás vistas como cuando concluyen que “no es el color del vestido el que los hace mujer o varón” a los niños. Pero también, y por último, ante la estulticia de tantos catolicones, que hasta ayer nomás prendían velas a Jansenio y ahora se vanaglorian de que sus hijos, ya en salita de dos, saben el nombre técnico de los genitales y de las cópulas humanas.


         Ante todo esto y tanto más, me digo si no ha llegado la hora de preferir a este logos cochambroso e infame, el maravilloso mito de la cigüeña portadora de chicos a cada casa, a cada esposa encinta, a cada varón conceptivo y fértil.


         Y caminar barrios, jardines o plazas, diciéndoles a los pequeños junto a sus madres grávidas que un ser alado les dejará muy pronto en el umbral, sobre un cestillo aloque o zarco, el hermano que tanto anhelan, para compartir travesuras y travesías.


         Si no ha llegado el tiempo de recuperar candores, misterios, inocencias, purezas: la doncellez fundante. Si acaso no es preferible imaginar aves con picos de cuna que conocer el oficio de los obstetras. Si no debemos ofrecerle a la infancia las palabras luna, carillón, crepúsculo y nacimiento, antes que estrógeno, progesterona o misoprostol. Si no debemos entender de una vez que “tan sólo en Cristo se puede educar el cuerpo para el alma, y el alma para Dios y para el prójimo”.


         Ya estamos escuchando a los orcos racionalistas gruñir sobre los derechos de la ciencia biológica y los no menos derechos de los educandos a escudriñar sus aparatos reproductores desde el momento de la lactancia. Son los que menos nos preocupan, y hasta nos place irritarlos con este panegírico anacrónico de las afables cigoñinas.


         Lo que peor nos ponen son esos cristianos negociadores, contemporizadores, protestones del mal absoluto, que por grotesco y sucio no pueden sino advertir; pero propagandistas de otras tantas confusiones que propalan con aire docto y piadoso.


         Sería bueno que entendieran que este problema sólo admite una solución: la educación de las virtudes; y específicamente, las de la castidad, la virginidad, el pudor y la templanza. El ámbito propicio para ello fue siempre la morada, la casa solariega. Sólo por extensión el aula, en tanto ella sea ese thíasos del que hablan los textos platónicos: una cierta comunidad sacral, litúrgica, cuasi monástica en su estilo.


         La solución, lo reiteramos, está en la familia. Donde los hijos sanos ven a sus padres compartir el lecho presidido por el crucifijo; e intuyen primero y saben después que allí, y no en camastros villanos, se aman sacramentalmente en cuerpo y alma. Detalles y minucias tienen su tiempo de llegada.  Pero antes debe llegar el ejemplo del tálamo esponsalicio.


         Si la escuela quiere heredar este legado y enseñar al respecto lo que cuadre, primero deberá ser garantía de que se comportará como delegada de la misión paterna.


         Entretanto que vuelen las cigüeñas. Que si vienen de Paris, despeguen del rosetón de Notre Dame; si de la Madre Patria, de Cáceres, si del solar criollo, de algún peñasco de los Andes. Que cada hombre recuerde al niño crédulo que fue traído por ella. Y cada niño sepa que crecerá añorándolas, como añoran los arenales la mojadura del mar.


         Le cedemos al final, como al principio, la palabra sonora y bella a don Gerardo Diego:



“Cigüeña, vieja amiga de las ruinas, la del pico de tabla y el vuelo campeador.

Cigüeña que custodias las glorias numantinas.  Cigüeña de las peñas de Calatañazor.

Yo soñaba contigo...Tú eras entonces milagrosa y buena,

hada madrina de los campanarios.

Cuando la nube amaga y la tormenta truena guardabas del pedrisco los tesoros agrarios.

y así siempre te busco cuando voy de camino y detengo mi ruta para verte volar,

y te envidio, cigüeña, tu bifronte destino,  tus inquietudes nómadas, tu constancia de hogar”.




Antonio Caponnetto




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