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lunes, 29 de diciembre de 2014

Héroes de la lucha antibolchevique: Monseñor Mayol – Carlos García


MonseñorJean Mayol de Lupé:
Soldado hasta el Último Día

  Son pocos los que conocen la estructura policial-militar que tuvo el Tercer Reich. En honor a la verdad era bastante compleja. Muchos confunden la naturaleza y misión de las SS, las SD, las SA, las Waffen SS y aun de las Juventudes Hitlerianas, que han tenido una evolución significativa.

  No es el objetivo de este artículo abordar la distinción entre estos cuerpos. Baste decir que las Waffen SS no eran una fuerza policial militarizada, eran verdaderos soldados, más aún, constituían una fuerza de elite, tanto por su duro entrenamiento, como por la mística que se fue imponiendo entre sus miembros.

  Como señala Otto Skorzeny – él mismo integrante de las Waffen SS – Himmler no era ni el fundador, ni el jefe, “El jefe de las Schutzsaffel (SS), desde el punto de vista militar, era evidentemente,  Adolf Hitler, y era a él a quien nosotros, soldados de las Waffen SS prestábamos juramento de fidelidad” (cfr. su “La guerra desconocida”).

  La administración y la instrucción de sus hombres fue confiada a Paul Hausser, teniente general retirado del ejército. Hombre extremadamente severo y exigente. Aclara Skorzeny que “Los Waffen SS no recibieron jamás orden alguna de Himmler no de Heydrich”. Las órdenes eran recibidas por la vía jerárquica y emanaban de las jefes militares de los ejércitos de los que formaban parte las distintas unidades de las Waffen SS.

  Tampoco son muchos los que saben que, a partir del año 1942, las Waffen SS formarían un verdadero cuerpo de soldados eminentemente europeos, pero con componentes asiáticos.

  Así, de acuerdo a la cantidad de hombres se formaban divisiones, legiones, regimientos, etc. Entre las más conocidas se encontraban la famosa División Azul – españoles -, la División “Wiking” – escandinavos y holandeses -, la División de Asalto Croata, la División Carlomagno – franceses -, la División Nordland – noruegos-, la 14ta. División SS – ucranianos -, la Legión Saint George –británicos -, etc. Lo propio de todas estas formaciones es que no lucharon contra los aliados occidentales, sino que enfrentaron lo que consideraban el enemigo en común: el bolchevismo ruso.


  Hoy nos interesa rescatar la historia de uno de los capellanes que acompañaron a las Waffen SS, concretamente Monseñor Mayol de Lupé (o Luppe), amigo personal de Pio XII y capellán de la Legión de Voluntarios Franceses contra el Comunismo, primero y de la División Carlomagno después.

  Proveniente de la aristocracia francesa, nació en la ciudad de París en 1873 y fue ordenado sacerdote en el año 1900. Durante la Primera Guerra Mundial fue capellán de la Primera División de Caballería. Cayó prisionero a poco de iniciada la guerra y, liberado a los dos años, vuelve inmediatamente a su rol sacerdotal de capellán. Participa de combates como Champagne y Verdún, donde plasma su heroicidad el Mariscal Pétain. Finalmente es herido en el Somme y el fin del conflicto lo encuentra en convalecencia. Se hizo acreedor a dieciséis medallas por su actuación en el frente.

  Ya había abandonado el ejército cuando estalló la Segunda Guerra Mundial. No obstante y a pesar de encontrarse cercano a los setenta años, Monseñor Lupé se ofrece como voluntario para ingresar al ejército francés. Su precaria salud no supera la junta médica que lo evalúa y lo declara inepto. Se ofreció entonces de camillero, ya que en esa actividad, no sólo cumpliría con una labor imprescindible en el apoyo a las tropas, sino que también le permitiría asistir espiritualmente a los heridos.

  Con el armisticio cesa su labor, pero la Providencia todavía le tiene preparada nuevas y más peligrosas misiones. Al formar Jaques Doriot, con autorización del gobierno francés del Mariscal Pétain, la “Legion des volontaires francais contre le bolchévisme” – conocida con las siglas LVF -, los Cardenales Sibilia y Suhard lo recomiendan como capellán. Así con una edad avanzada y una salud quebrantada, Monseñor Mayol de Lupé marcha en la Campaña del Este hacia el frente ruso.

  Claro, por primera vez los voluntarios franceses no lucharía con su uniforme, sino con el uniforme alemán, con insignias con la bandera de Francia, y lo más duro, deberían jurar lealtad a Adolf Hitler. Esto generó desconcierto y malestar en los hombres y fue decisiva la intervención del Capellán al convencerlos que esos eran detalle formales frente a la gran cruzada contra el marxismo ateo. SU protagonismo en las batallas – alguien dijo que no usaba fusil, pero no tenía problema en romper la cabeza de cualquiera con su macizo. Quizás la acción más destacada de LVF fue frenar el arrollador avance ruso hacia el oeste en el verano de 1944.

  Con una marcada inferioridad de hombres y medios, estos veteranos franceses, entre los que se encontraba Monseñor Lupé – con sus más de setenta años -, impidieron el paso de los soviéticos en Borrisov, camino a Minsk.

  Sobre el final de la guerra, cuando ya el destino estaba marcado y no había esperanza alguna de victoria, la mayoría de los integrantes de la Legión – LFV – optaron por integrarse a la Waffen SS, en vez de retirarse como paisanos a Francia y pasar inadvertidos en un futuro más calmo. También aquí fue determinante la arenga de Monseñor Lupé: no se trataba de una sumisión a los alemanes, sino de unirse contra el enemigo de la civilización cristiana. Formaron la legendaria “División Charlemagne”.

  Como si fuera un designio de la Providencia que este grupo de calientes no quedara en el olvido, la “División Carlomagno” fue la última fuerza que defendió lo que quedaba de la Gran Alemania, en la Batalla de Berlín. Y entre ellos, alentando, asistiendo espiritualmente a los hombres en la batalla, arengando por el buen combate, un sacerdote. Un sacerdote que  tenía muy en claro que no estaba defendiendo los errores filosófico-religiosos de Hitler y mucho menos, el ocultismo de Himmler. Un sacerdote que bregaba y osadamente, ofrecía su vida a los setenta y dos años, por frenar el avance del Anticristo, encarnado en las hordas soviéticas.


  Cuando todo terminó, los restos de la división volvieron a Francia, en calidad de prisioneros de guerra. Los hombres fueron duramente increpados por el general Leclerc: “¡qué hacen ustedes vestidos con uniformes alemanes!”, recibiendo como inesperada y varonil respuesta de quienes se sabían condenados: “¡nosotros le preguntamos a ustedes, qué hacen vestidos con uniformes americanos!”

  No hubo piedad para ellos, a pesar de que jamás efectuaron un solo disparo contra las fuerzas angloamericanas. Fueron fusilados sumariamente.

  Monseñor Lupé fue juzgado y condenado a prisión. En 1951 fue puesto en libertad condicional y murió en 1955, recluido en un monasterio benedictino. Con él muere toda una leyenda de hombría de bien. Del cura soldado. Del sacerdote que dio testimonio de su fe y de su virilidad. Del sacerdote que recibió la última confesión de millares de compatriotas y cuya absolución, quizás, salvó sus almas, como salvó su dignidad el apoyo y la arenga heroica en el fuego de la batalla. No hay cirugía que logre tamaños efectos. No hay palabrería que eclipse a este testimonio de apostolado.

  Murió quien luchó para que la Rusia bolchevique no siga “esparciendo sus errores, como había advertido la Madre de Dios en su aparición en Fátima. Murió como debe morir un sacerdote: habiendo sido un soldado de Cristo. Y él lo fue en el sentido más estricto de la palabra, hasta el último día.

Carlos García

Revista Cabildo – Mayo-junio 2013. 3° Época – Año XIII – N° 103 Págs.26-27.



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viernes, 22 de agosto de 2014

Los crímenes de los "buenos": El caso Rudolf Hess - Por Carlos García


¿Qué Justicia querían los que condenaron a Rudolf Hess? 

  Un caso especial de los tratados por los mercaderes de Nüremberg fue el de Rudolf Hess. Para él, cita la acusación el documento USA 474 y afirmaba: “Yendo a la página 8 de esta publicación, en la línea 2 tenemos el nombre de “Hess, Rudolf”, seguido de la nota “Por autorización del Führer, con derecho a vestir el uniforme de Obergruppenführer de las SS”. O sea, para poder enlazar a Hess tuvieron que imputarle “¡el derecho al uso de uniforme!”, ya que Hess estuvo prisionero de los británicos prácticamente durante toda la guerra, al volar a Escocia el 10 de mayo de 1941, para intentar un acuerdo que pusiera fin  a la guerra entre Alemania y el Reino Unido. De modo que estuvo ausente de su paíse durante el período más cruento de la contienda. Hoy diríamos que Hess fue condenado por “portación de autorización para el uso de uniforme”, delito grave, si los hay. Nada dice la acusación acerca del objetivo de la misión de Hess, ningún crimen concreto se le atribuye. A la fecha del vuelo no había “cámaras de gas”, “cámaras, diesel”, “cámaras eléctricas”, “máquina  rompe nucas”, “mini bomba atómica”; nada del arsenal con que la acusación deslumbró al tribunal.

  El juicio a Hess fue patético. Sufría de manifiesta amnesia y síntomas paranoicos que hubieran impedido llevarlo a juicio. Se intentó presentar a Hess como un farsante y decir que su dolencia era simulada; ello a fin de validar el juicio llevado adelante en tan irregulares condiciones. Sin embargo, todos los estudios psiquiátricos coincidieron en la existencia real de la patología. De hecho, a instancias de la defensa, el tribunal determinó tres pericias médicas sobre el imputado: una por los médicos británicos, otra por los americanos y finalmente, una por los rusos.

  Conforme lo explica el inglés J.Bernard Hutton, en su obra “Hess, el hombre y su misión”, los médicos ingleses sostuvieron: “…su pérdida de memoria… afectará a su capacidad de defenderse y para comprender detalles del pasado que surjan durante el proceso… Firmado: Drs. Moran, J.R. Ress y George Riddoch”. Los americanos afirmaron: “… la naturaleza de esa pérdida de memoria… afectará a sus respuestas a preguntas relacionadas con su pasado y también al desarrollo de su defensa… Firmado: Drs. Ewen Cameron, Jean Delay, Paul L. Schroeder y Nolan E.C. Lewis”. A su turno, los rusos confirmaron: “… su amnesia afectará a su capacidad para desarrollar su defensa y para comprender detalles del pasado que aparezcan como datos de hecho”. Nada de esto fue tenido en cuenta; el tribunal determinó que Rudolf Hess se encontraba en condiciones de atender su defensa y el juicio prosiguió en su contra.

  Airey Neave, oficial inglés a cuyo cargo estuvo la entrega del acta de acusación de Hess, refiere: “Los veredictos fueron pronunciados, por turno, el 30 de septiembre de 1946 por los jueces de las cuatro potencias. El de Hess fue sólo leído por el general Nikitchenko, el juez ruso. El tribunal… halló a Hess culpable de crímenes contra la paz y no culpable de crímenes de guerra ni de crímenes contra la humanidad. En algún momento del intervalo de veinticuatro horas que medió entre este veredicto y la pronunciación de la sentencia, el Gobierno Soviético, posiblemente el propio Stalin, intervino y expresó su más violenta oposición. El 1° de octubre, Nikotchenko, abochornado, leyó un fallo disidente, aludiendo al trato dispensado a los polacos en territorio ocupado y declarando a Hess culpable de “crímenes contra la humanidad”. La pena debía ser de muerte. Se produjo un atónito silencio en la sala del Tribunal de Nüremberg. Nadie dudaba de que este cambio había sido ordenado por Moscú. Constituía una burla a las concepciones occidentales de un “proceso justo”. Desde aquel día los rusos han mantenido su impecable odio a Hess como un elemento de su política internacional”.

  Cita Hutton un comentario hecho al respecto por Winston Chirchill: “Al reflexionar sobre ese asunto, me alegra de no ser responsable de la forma en que Hess ha sido y está siendo tratado. Cualquiera que sea la culpabilidad moral de un alemán que se mantuvo al lado de Hitler, Hess, en mi opinión, la había expiado con su acto de total entrega y el fanatismo de su lunática buena intención. Vino a nosotros por su propia y libre voluntad y, aunque no fue facultado para ello, poseía en cierto modo la calidad de un enviado. Era un casi médico, no un caso criminal, y como tal debería ser considerado. Winston Churchill”. Sin embargo, mister Churchill, el juez inglés, que no era ajeno a sus directivas, no se hesitó al firmar la condena.

  Aun con sus padecimientos, al tiempo de hacer uso de la palabra por última vez en Nüremberg, tuvo Hess la lucidez necesaria para pasar lista a muchos de los hechos vergonzosos que había anticipado: “Algunos de mis camaradas aquí presentes pueden confirmar el hecho de que, ya en los comienzos del proceso, predije lo siguiente: 1) Aparecerían testigos que prestarían bajo juramento declaraciones falsas y, al mismo tiempo, podrían crear una impresión de absoluta veracidad y serían tenidos en muy alta estima. 2) Era de esperar que el Tribunal recibiera declaraciones falsas formuladas por escrito bajo juramente. 3) Los acusados se verían asombrados y sorprendidos por algunos de los testigos alemanes. 4) Algunos de los acusados se comportarían de forma extraña. Harían desvergonzadas manifestaciones sobre el Führer, se incriminarían unos a otros falsamente. Quizás, incluso, se incriminarían a sí mismo y falsamente. Todas estas predicciones se han cumplido, por lo que a los testigos y a las declaraciones escritas se refiere, en docenas de casos; casos en los que las declaraciones bajo juramento de los acusados se encuentran en oposición con las anteriormente juradas por ellos… No me arrepiento de nada. Si hubiera de empezar de nuevo, actuaría como he actuado, aunque supiera que al final tendría que correr el riesgo de una muerte despiadada. No importa lo que cualquier hombre pueda hacer; algún día compareceré ante el Eterno para ser juzgado. Yo responderé a Él, ¡y sé que Él me declarará inocente!”.

  Hess fue condenado a prisión perpetua, nadie creyó en el ámbito del tribunal que la pena tendría esa extensión efectiva, la conciencia de los jueces necesitaba expiarse con un indulto o conmutación de pena. Sin embargo, nada ocurrió. Todos los intentos por que Hess fuera liberado, uno de ellos encabezado por el mismo oficial inglés que le impusiera de la acusación, fueron sistemáticamente desoídos.

  El 17 de agosto de 1987, autoridades aliadas anunciaron que Rudolf Hess había muerto en prisión de Spandau, la cual sólo se encontraba abierta para alojar al anciano alemán de 93 años. Al día siguiente se dijo que se había estrangulado con un cable, lo cual no fue confirmado. EL cirujano británico Hugh Thomas afirmó que Hess fue asesinado y que la autopsia practicada por el médico James Cameron revelaba que había muerto por asfixia, pero no mencionaba en su dictamen la palabra “suicidio”. Había sido asesinado un hombre que, pudiendo perseverar en una cuestión de insanía, prefirió dar testimonio de su integridad hasta el último momento de su vida.

Carlos García

Revista Cabildo - 3 Época - Año XIII N° 101. Págs. 24-25.


Agradecemos a nuestro amigo Octavio Guzzi por acercarnos el artículo.


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jueves, 10 de julio de 2014

Los crímenes de los "buenos" - La traición de los Aliados a Polonia - Por Carlos García

  El 1° de septiembre de 1939, las fuerzas alemanas irrumpieron en Polonia. Ese día, a las 21.30, Inglaterra en virtud de la garantía que – junto con Francia – brindó a Polonia, emitió el primer ultimátum; el día 3, a las 9:00, lanzó el segundo y a las 11:15 del mismo día se declaró en estado de guerra con Alemania.

  No pondremos énfasis aquí en la justicia o no del reclamo alemán ante Polonia, consistente en la ciudad de Danzig y un corredor (o autopista) que la vinculara con Prusia oriental.

  Sabemos que se dividen aquí los argumentos a favor de uno y otro en el marco de esta disputa. Es innegable que Polonia se consideraba con derecho a resistir toda pretensión sobre territorios que entendía propios o bajo su jurisdicción, pues le fueron asignados como tales. Por otra parte, también es razonable que Alemania reivindicara tierras que le habían pertenecido y le fueron cercenadas en un grosero tratado de paz cuestionado por todo el mundo.

  Peter Kleist (“Tú también, Mr. Churchil…”) nos recuerda las expresiones del entonces Primer ministro Británico, Lloyd George, frente a la entrega de Danzig al control polaco: “La injusticia y la arrogancia que se ejercen en el momento de la victoria, jamás serán olvidadas ni perdonadas. La proposición de la comisión polaca de someter 2.100.000 alemanes a la vigilancia de un pueblo que profesa otra religión, el cual hace cerca de 300 años que no ha tenido una soberanía independiente, conducirá, en mi opinión, más pronto o más tarde a una nueva guerra en el este de Europa”.

  Hitler había intentado un acuerdo con Inglaterra que le dejara las manos libres en sus pretensiones sobre Polonia. Al no logralo, suscribió el Pacto de No agresión con Rusia. Era menester desactivar alguno d elos dos fretnes y, muy a su pesar, debió optar por el ruso.

  Afirma Ennio Innocenti: “Que Inglaterra quisiese entonces la guerra por un cálculo estratégico que resguardaba sus intereses, parece evidente examinando el comportamiento que tuvieron los diversos países frente al problema de Danzig y del famoso “corredor”. Cuando Hitler pidió a Polonia que le fuese concedida la posibilidad de construir una autopista y una vía férrea que uniesen la ciudad a Alemania (de esto se trataba prácticamente), se topó con la inflexibilidad de este país, que había recibido garantías (¡se ha visto luego cuanto valían!) de Francia y de Inglaterra para que no cediese. Estos dos países trataron de entenderse con la U.R.S.S., pero en este sucio juego tuvo éxito Alemania, que alcanzó a establecer un acuerdo secreto con la U.R.S.S: para el reparto de Polonia en caso de guerra” (“La conversión religiosa de Benito Mussolini”).

  Sabido es que el resultado de una guerra suele modificar las pretensiones diplomáticas, como bien señala Irving, Hitler “pedía como mínimo la devolución de Danzig y la solución al problema del Corredor, como máximo pedía lo que la guerra pudiera traerle” (“El camino de la guerra”).

  El Pacto de No Agresión suscrito con la U.R.S.S., establecía, sustancialmente, que tanto Alemania como la Unión Soviética se obligaban a desistir de cualquier ataque entre ellos, en forma individual o conjuntamente con otra potencias. Otras cláusulas de información y arbitrajes por el estilo.

  Conjuntamente se firmó el Protocolo Adicional y Secreto, que contiene el reparto de Polonia entre Rusia y Alemania y la asignación de las zonas de influencia de ambos en Europa del este. En lo que a Polonia respecta, el artículo segundo del protocolo establecía que: “En caso de llegarse a un arreglo territorial y político en el área perteneciente al Estado polaco, las zonas de influencia de Alemania y la Unión de las Repúblicas Socialistas Soviéticas, serán señaladas aproximadamente según la línea de los ríos Narew, Vístula y San”. La suerte de Polonia quedó sellada.

  El 17 de septiembre de 1939, Rusia invadió Polonia. Así lo recuerda quien fuera en aquel tiempo ministro polaco y luego primer ministro, Stanislaw Mikolajczyk: “Pero fue una traición calculada. El Ejército Rojo ocupó toda la Polonia oriental y no se detuvo hasta que se unió con los nazis en el centro de nuestro país. La línea de separación Norte-Sur, que estaba concertada desde hacía algunas semanas por Ribbentrop y Molotov se ensañó en nuestra derrota. Hablando de la U.R.S.S., el 31 de octubre de 1939, este vehemente personaje rindió pleitesía a la colaboración de su país con Alemania, que con sus operaciones combinadas había conquistado Polonia, y exclamó: “Ya no queda nada del ese monstruo bastardo nacido del Tratado de Versalles”.

  No obstante de tratarse de una agresión de naturaleza similar a la alemana, acordada y nacida en el mismo acto, Inglaterra no declaró la guerra a la Unión Soviética en flagrante violación a la alianza defensiva que la unía con Polonia. Londres “Hace suyos los argumentos soviéticos de que el Estado polaco prácticamente ha dejado de existir e incluso Churchill declara que los soviets ha ocupado unas regiones que no les corresponde no por la fuerza, sino en derecho”.

  Años después, en sus memorias, afirmaba Curchill: “Así todo acabó en un mes, y una nación de treinta y cinco millones de almas cayó entre las implacables garras de los que no sólo ansiaban la conquista, sino la esclavización y hasta la extinción de grandes masas de gentes”, pero que por conveniencia “…no expresé libremente la indignación que sentía… ante la brutal e insensible política rusa”. ¡Cuánta hipocresía en quien había perdonado a Rusia todos su crímenes al convertirse en su aliado!

  A los polacos no los engañó la diatriba de Churchill. Su primer ministro Mikolajczyk recordó: “Fuimos vencidos incluso antes de que terminara la guerra porque fuimos sacrificador por nuestros aliados, Estados Unidos y Gran Bretaña”. Más adelante relata, no sin marcada amargura e impotencia: “En la situación en que nos hallábamos, en escala inferior a Churchill y Roosevelt, nuestra posición empeoró. Se nos comunicó que no hiciéramos ningún gesto ni declaración que pudiera molestar a Stalin… Se nos impuso un silencio cada vez más intolerable ante las acusaciones de que empezaron a hacernos objeto los Soviets, por ejemplo insinuando, al principio vagamente, más tarde con afirmaciones rotundas, que Polonia abrigaba proyectos imperialistas contra la Unión de Repúblicas Socialistas Soviéticas”.

  La presión inglesa sobre los polacos para que no realizaran acción alguna que pudiera molestar a sus socios rusos, llevó a Stanislaw Grabski – socialista miembro del Consejo Nacional Polaco – a formular su dramático pedido: “Yo les pido a nuestros amigos ingleses que no aconsejan con las mejores intenciones que entreguemos a la Rusia soviética nuestros territorios orientales que se hagan a sí mismos la pregunta si es correcto y justo condenar a millones de personas que tenían en Polonia su propiedad privada, protegida por el estado, libertad de hablar, de asociación y de expresar sus opiniones políticas, y la seguridad de una educación religiosa para sus niños en la escuela, si es correcto y justo condenarlos a la pérdida de todos esos derechos, entregándolos a un estado totalitario, que no reconoce el derecho a tener propiedades particulares, en donde un hombre puede ser enviado, sin que se le procese (como me pasó a mi), por simple orden administrativa, a un campo de trabajos forzados por ocho años, y en donde en las escuelas se les enseña ateísmo”.

  Grabski escribía esto antes de terminada la guerra, no sabía todavía que la concesión de los Aliados a Rusia iba a ser infinitamente mayor que el territorio oriental de Polonia.

  El mariscal de campo Montgomery recuerda: “La tinta todavía estaba fresca en el pacto, cuando Stalin comenzó a mostrar su juego. Decoró tres estados bálticos (Estonia, Letonia y Lituania), la parte oriental de Polonia, una porción de Finlandia, Besarabia, Bucovina ciertas islas del Danubio. Todas estas conquistas territoriales tuvieron lugar en momentos en que Rusia estaba asociada a Alemania. Posiblemente alarmaron a Hitler…” (“Hacia la cordura”)

  Mikolajczyk concluye en la mayor perversidad rusa, sobre la evidencia denunciada por los alemanes: “Hitler intentó mandar él y servirse de alemanes para administrar; Stalin, en cambio, manda por medio de cabecillas rusos colocados en los puestos de control y administra con traidores, corrompidos o débiles súbditos del país que quiere gobernar. Actualmente en Rusia, hombres y mujeres de todas las naciones son educados y se les enseña para el día que vuelvan a sus países de origen, para gobernar bajo el mando directo de Moscú… Porque Stalin, verdadero genio del mal, posee un poder con más eficacia que el de cualquier otro tirano en la historia. E intenta conquistar el mundo”.

  Superado por los hechos, Winston Churchill debió reconocer en sus “Memorias”: “No veo ninguna interrupción en la continuidad de mi pensamiento sobre este gran dominio. Pero en el reino de los hechos han recaído sobre nosotros vastos y desastrosos cambios. Las fronteras polacas sólo existen de nombre, y Polonia yace palpitando en la garra ruso-comunista. Alemania, en realidad, ha sido partida pero sólo mediante una horrible división en zonas de ocupación militar. Sobre esta tragedia cabe decir: “NO PUEDE DURAR””. ¿No pudo durar?

  Cuánta razón tuvo Montgomery cuando analizó la conducta británica en el conflicto y concluyó: “Lo bueno de ganar la guerra es que uno no termina ahorcado”.


Revista Cabildo – 3° Época – Año XII – N° 107 – Julio 2012



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martes, 6 de mayo de 2014

CAPELLANES DE LA DIVISIÓN AZUL – Por Carlos García


Ellos NO fueron Neutrales



“Los copos caen blandamente, cegando el mirar, posándose en leve vuelo sobre su cabeza desnuda. Pero él no se mueve.
Está – tan quieto y silencioso – rezando junto a una tumba. 
Es un sacerdote de la División Azul”
(Manuel Pombo Angulo)

  La gesta de la División de Voluntarios Españoles, más conocida como la División Azul es bastante difundida y su historia muy buscada por quienes ven en aquellos hombres lo mejor de la estirpe española y católica. A pesar de haber tenido una presencia muy activa en la Campaña de Rusia, no les alcanzó al menos todavía, la demoledora campaña de mentiras, multiplicando hasta el paroxismo las inconductas en que incurrieron unidades alemanas. Más aún, en los tiempos que corren han crecido de modo exponencial los libros y artículos que se refieren a esta legendaria división de voluntarios. Como si las nuevas generaciones cansadas de la mediocridad y de la avaricia humana necesitasen abrevar en el cántaro soberbio de estos héroes que, luego de una sangrienta guerra de tres años, empuñaron nuevamente las armas y marcharon a la lejana Rusia a luchar y morid por Dios y por España.

  Como dijo el entonces Ministro del Interior de España, Serrano Suñer – todavía cercano a Franco -, dirigiéndose a una multitud que clamaba tomar parte por Alemania en la lucha contra Rusia: “Rusia es Culpable”. En realidad no era la verdadera Rusia la culpable, sino la Rusia infectada por el marxismo. Esa Rusia era culpable. Era culpable de haber arrasado cerda de diez naciones, argumentando el pacto Molotov-Ribbetropp; era culpable de estar esperando el desgaste alemán para atacar sorpresivamente, pero, mucho antes, fue culpable de desangrar España en una lucha fratricida y de trocar todo su odio en persecución y muerte hacia sacerdotes y religiosas. ¡Era culpable de haber ametrallado a Cristo!


  Sin embargo, la Campaña de Rusia o Campaña del Este, esa que hizo “al mundo contener el aliento”, no fue llevada a cabo exclusivamente por los alemanes con la sola ayuda de los españoles. Hubo divisiones y unidades menores – y no tan menores, con representantes de prácticamente toda Europa: franceses, ingleses, noruegos, italianos, rumanos, croatas, belgas, rusos, etc. Conformaron otras tantas unidades de batalla incorporadas al mando centralizado de las “Waffen SS…"

  Pero volvamos a España, 18.000 voluntarios, bajo el mando del General Muñoz Grandes – más tarde reemplazado por el General Esteban Infantes -, varios coroneles, oficiales y suboficiales del ejército marcharon hacia Alemania. Eran 18.000 almas – en su mayoría voluntarios falangistas – las que integraron el primer contingente y junto a ellos marchaban, de uniforme y cara al sol, 22 capellanes del Cuerpo Eclesiástico Militar. Estos capellanes tenían estado militar, varios con el grado de coroneles y capitanes y habían cumplido su sagrado ministerio en Marruecos y, por supuesto, en la Guerra Civil. También ellos fueron voluntarios; la Fe y el amor a España corrían generosas por sus venas.

  En verdad es mucha la literatura que ha corrido sobre la División Azul, no puede sostenerse lo mismo de sus capellanes, como en general hay muy poco escrito de los sacerdotes que asistieron a los diversos ejércitos en la contienda. El día que se narre esa realidad y la trascendencia que adquirió, muchos se verán sorprendidos y muchas más tendrán que dar explicaciones sobre anteriores dichos. Quizás, parafraseando al Generalísimo Franco: “ya esté madura esa breva”.

  Hace ya un año se publicó en España un libro titulado “Los Capellanes de la División Azul”, que ha sido el fruto del esfuerzo investigativo de Pablo Sagarra Renedo, quien ya había elaborado diversos artículos sobre el tema y su tesis doctoral. Estos trabajos nos han impulsado a estas breves líneas y de ellos hemos tomado varias consideraciones…


  Cada unidad de división empeñada en combate contó con la invalorable asistencia de un capellán. En casos extremos, un mismo sacerdote debió atender a la vez a dos unidades, corriendo de un frente a otro. En la primera línea de fuego, en la trinchera, en el barro de la avanzada, en cada hospital de campaña, con sus uniformes desgarrados como el peor legionario y sus manos inquietas por la acción de los piojos, estaban presentes consolando, administrando la Eucaristía, la Penitencia y, muchas veces, la Extremaunción.

  Trae Sagarra anécdotas muy ejemplificativa de lo que eran esos hombres de Dios: “Tal el caso de don Indalecio Hernández Collantes, viejo luchador en Marruecos, primero, y en nuestra Cruzada después, hubo de interrumpir la misa que celebraba cuando ya la metralla roja había herido a alguno de nuestros camaradas”. En otra oportunidad, encontrándose fumando en una trinchera cuando una ráfaga del enemigo le cortó el cigarro que tenía en la boca, respondió con la mayor tranquilidad: “Los rusos quieren quitarme el vicio de fumar”.

  Los capellanes españoles fueron verdaderos soldados y pastores que, en una suma total de setenta, recorrieron un y mil veces el frente ruso bajo las peores condiciones de lucha y a veces en un invierno que helaba la sangre. De ellos, dos murieron y seis fueron heridos. Al menos seis Cruces de Hierro y varias medallas de Asalto de Infantería, dan cuenta del reconocimiento alemán…

  Ellos no portaron armas, pero portaban a la Verdad y llevaron a quienes la necesitaban, algo tan simple y tan grande como los Sacramentos de la verdadera Fe. Ellos no fueron neutrales, ni políticamente correctos, ni practicaron ecumenismo o ritos interreligiosos; pero tampoco tuvieron necesidad de pedir perdón alguno; porque no pide perdón quien obra por mandato expreso de Cristo Rey y María Reina.  

  Pues bien, casi como una muerte anunciada, ese heroico Cuerpo Eclesiástico, al que tanto le supo deber España, fue eliminado por el perverso pelafustan de Zapatero en el año 1990. El marxismo, vencido en el campo de batalla en 1939, se tomaba venganza en las sórdidas oficinas gubernamentales de una España sombría y decadente.

  Pero cercada por el estiércol de esta España en tinieblas, está la España Imperial que quiere renacer y no olvida a sus 50.000 hombres que integraron a lo largo de tres años la División Azul. Muchos no aceptaron ser repatriados a España y decidieron seguir combatiendo bajo la denominada Legión Azul, hasta caer prisioneros de Rusia y pasar diez años de trabajos forzados en los campos soviéticos. Más de 5.000 voluntarios militares, falangistas o requetés abonaron con su sangre la tierra rusa. Los sobrevivientes, los que volvieron a la Patria, laicos y sacerdotes, pero soldados todos, llevaban en sus oídos la última arenga de su primer jefe el General Muñoz Grandes: “Cuando regreséis a España y nuestras gentes se os acerquen con el natural afán de saber de vuestra vida en Rusia, jamás les habléis de vuestras propias heroicidades, sino de las gloriosas hazañas que realizaron los que aquí han muerto para que España viva”.

¡Arriba España!


Revista Cabildo – 3° Epoca – Año XV – N°107 - Enero-Febrero 2014


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