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miércoles, 6 de mayo de 2026

Una respuesta al profesor Claudio Mayeregger - Por Antonio Caponnetto

 

 El Nacionalismo Católico y la realidad histórica


El pasado 17 de abril del corriente año, en el marco del Curso Anual: Resistencia Católica a la Revolución Anticristiana, impartido por el benemérito y querido Centro Pieper, el profesor Claudio Mayeregger dictó una conferencia titulada: “¿Qué es la Revolución?” (Versión disponible en https://www.youtube.com/live/8XdkskFy4ik?si=sUw2izGMDp6Q1iBa). Se trata de una enjundiosa y meritoria exposición, tanto por el extenso tiempo dedicado al análisis como por la hondura de los contenidos abordados y la versación desplegada en distintos ámbitos del saber. Quienes nos hemos beneficiado en ocasiones anteriores de otras lecciones suyas, sabemos cuán provechosas suelen ser y estamos prontos a manifestar nuestra gratitud.

         Sin embargo, hay algo, sobre todo en los momentos finales del discurso mentado, ante lo cual nos vemos obligados a disentir, con dolor cuanto con energía. En general se trata de su visión del proceso independentista hispanoamericano; en particular se trata de su opinión injustísimamente despectiva y tergiversadora respecto del Nacionalismo Católico Argentino. Sobre ambos tópicos repite –como si jamás hubiesen sido respondidos- los argumentos de los que se viene valiendo el Carlismo para agredir sin mesura ni genuino conocimiento a esta escuela nuestra identificada con el nombre de Nacionalismo Católico. Escuela que ha dado (sin mengua de los humanos defectos de toda obra terrena) desde pensadores insignes hasta mártires, desde varones de alta vara académica hasta modelos de vida testimonial; desde humanistas de nota y relieve hasta celosos defensores de nuestra identidad hispano-criolla.

Del párrafo precedente subrayamos la expresión: “como si jamás hubiesen sido respondidos”, porque hiere a la inteligencia por un lado, pero desmerece el rigor científico por otro, constatar que en un tema naturalmente polémico no se respeta el status quaestionis, encarándoselo incluso con calculada displicencia. Es como si abordáramos la controversia De Auxiliis desconociendo las recientes discusiones planteadas en espacios como Catholic Answers o Catholic Philosophy, o las posiciones de Stephen Brock; o como si quisiéramos discutir sobre Pearl Harbor ignorando los estudios más recientes de Steve Twomey o Eri Hotta. Cuando un tema es de naturaleza controversial, se tome la postura que se tomase, el rigor intelectual exige no desconocer ninguna de las posiciones actuales en litigio, sopesándolas según recto saber y entender.

Incumpliendo esta norma necesaria, Mayeregger desacredita al Nacionalismo Católico por “la necesidad de rescatar como próceres cristianos a los próceres de la Revolución en Argentina. Y en la medida en que eso implica una operación de distorsión de la historia es algo completamente insano y ajeno a la verdad. Negar que hombres como Belgrano o José de San Martín tienen una ideología liberal profundamente arraigada en su mente, es negar una evidencia...”.

Curioso criterio éste y extrañísimo desconocimiento de los vaivenes de la historiografía nacional. El Nacionalismo Católico –principalmente a través de una de sus capitales aportaciones que fue el Revisionismo Histórico- tuvo el honor y el mérito de probar, contra viento y marea y a pesar de abrumadores pesares, que nuestro pasado había sido falsificado intencionalmente, con “errores a designio” y por una banda de orates cuanto de mentirosos seriales, encabezados entre otros por la tríada maldita de Mitre, Sarmiento y Vicente Fidel López. Fueron ellos y sus secuaces los que durante larguísimo tiempo hilvanaron un relato ficto e ideológico “completamente insano y ajeno a la verdad”. Fueron ellos, liberales y masones, los que escamotearon “las evidencias” que probaban exactamente lo contrario de la imagen que querían transmitirle a la posteridad de hombres como Belgrano o San Martín. Un verdadero desquiciado mental cual lo fue Sarmiento (lo demostró entre otros el afamado psiquiatra Nerio Rojas), unos inescrupulosos como Mitre y López que se jactaron de haber fabricado nuestro pretérito con la crueldad de “un despotismo turco”, más una recua de personajes secundarios, como Agrelo, Albarellos o Félix Frías, que se gloriaron de proponer la falsificación histórica como política de Estado, quedan libres de culpa y cargo. Inventaron, entre otras cosas, que Belgrano y San Martín eran liberales y masones; y lo impusieron como dogma a multitud de generaciones.

 Irrumpe el Nacionalismo Católico y emprende la titánica tarea, en soledad y en aislamiento, de gritar la verdad desde los tejados. Pero para Mayeregger –funcional en esto al liberalismo historiográfico- los insanos y distorsionadores no son aquellos mentados artífices de la historia oficial, sino los nacionalistas católicos. No son los que saquearon intencionalmente los archivos, arrinconaron los repositorios documentales y torcieron la memoria colectiva para que las camadas venideras no supieran que habían sido traidores a la patria, sino los que posen “una actitud de Nacionalismo Católico” (sic). Algunos de los cuales a quienes llama insanos y distorsionadores ofrecieron literalmente su sangre, combatiendo también en el terreno de la verdad histórica. Y otros perdieron su fama, su hacienda y su honra, en los duros combates por una historiografía veraz. Negarlo, como hace el crítico, y ofender sus personalidades con los dicterios que les ha endilgado, es dejar documentada una liviandad e inequidad que no se condice con el señorío que le reconocemos.

Invitamos al profesor Mayeregger a retirar caballerescamente estos agraviantes cargos y a disculparse con la magnanimidad cristiana de la que lo sabemos capaz. Pero no a disculparse con nosotros (individualmente hablando), sino con esos preclaros maestros –sus nombres y libros suman centenas-  cuyo gran mérito fue paradójicamente el que aquí se les señala como defecto: haber rescatado la fisonomía cristiana de los auténticos próceres. Lo invitamos también a que recapacite sobre esta contradicción en la que incurre: ¿por qué los nacionalistas católicos deberíamos dejar de probar que determinados próceres fueron cristianos, mientras muchos de sus impugnadores insisten en querer probar que la monarquía borbónica era legítima, y no una canallesca tiranía esclava de Napoleón, ante la cual cabía necesariamente el derecho de resistencia? ¿Por qué el Nacionalismo Católico debería abandonar “la mala costumbre” de construir revolucionarios en próceres cristianos, mientras la historiografía carlista sigue convirtiendo  a sus caudillos “realistas” en paladines de la tradición y de la restauración contrarrevolucionaria, sin tener en cuenta que abundaron entre ellos masonetes, logiados, agentes napoleónicos, cooperadores de los planes británicos, segregacionistas, déspotas ilustrados o crueles sayones de una monarquía ilícita y servil. Los nombres abundan y los tristes ejemplos también.

 Llevamos algunos años investigando el punto. Precisamente esta respuesta al profesor Mayeregger nos toma leyendo un valioso y erudito trabajo reciente del Dr. Sergio Castaño, “La forma de la monarquía indiana y el fundamento de legitimidad de las Juntas Americanas de 1808-1810”. Lo recomendamos vivamente, tras la experiencia personal de sacar un fecundo provecho de cada una de sus páginas. Y ha sido editado por la Complutense de Madrid, señal de que en la Madre Patria no todos se han dado al irrecomendable oficio de desconocer y de desmerecer las aportaciones del mejor revisionismo católico y argentino.

En segundo lugar, tampoco es cierto que el Nacionalismo Católico se propuso “rescatar como próceres cristianos a los próceres de la Revolución Argentina”; como quien dice que se propuso inventar que los demonios no se habían rebelado contra Dios o que todos los porteños son desinteresados. Se propuso separar el trigo de la cizaña, defender lo defendible y no tener miedo de decir la verdad, según la conocida fórmula ciceroniana. Por eso, reivindicó como cristianos a quienes las evidencias lo probaban con creces. Y apuntó severamente el índice acusador contra aquellos “patriotas” que habían sido probadamente jacobinos, iluministas, francmasones, hispanófobos, agentes extranjeros y felones capaces de repugantes arterías. Sirvan de ejemplo San Martín y Sarmiento.

No en vano el primero –que ya había tenido que castigar en Cuyo las indecencias furibundas del padre del segundo- cuando fue visitado por el sanjuanino, en mayo de 1846, en Grand Bourg, discrepó ásperamente con él. Y se le atribuye una carta enviada a posteriori en la que habría sostenido que “Sarmiento es simplemente un mal argentino, un hombre que todo lo sacrifica a su vanidad y a su odio”, autor de “escritos más propios para excitar pasiones que para servir a la patria”. Sarmiento, por su parte, es bien conocido que tras la entrevista dejó estampado su hiriente juicio adverso hacia el General, como puede leerse en su Galería de hombres célebres, editado en Chile en 1854. Lo llamó, entre otras cosas, ariete desmontado y anciano reblandecido y ajado. Por eso desconcierta que Mayereggen sostenga que “San Martín es un claro antecedente de Sarmiento, y que su común denominador es la consideración de “los pueblos de la América Hispana” como “pueblos retrasados, sumergidos en la ignorancia, pauperizados por un régimen colonial injustísimo”, así como por “la admiración que tributan a los Estados Unidos de Norteamérica”.

Ninguno de los aborrecibles vituperios a la Hispanidad esparcidos a lo largo de la viscosa obra del sanjuanino, aparecen en el pensamiento de San Martín, estampado, por ejemplo, en su nutrida correspondencia. Así como ninguno de los desacertados elogios atribuidos por Sarmiento a Norteamérica, sobre todo en su libro “Viajes por los Estados Unidos”, se hallará en los textos o en los actos sanmartinianos. En las antípodas estuvo, por ejemplo, de aprobar el régimen esclavista yanky, la Doctrina Monroe o la atrocidad del Destino Manifiesto. En las antípodas de considerar que lo hispano-criollo fuera sinónimo de barbarie, y que la civilización ingresa en la historia por las puertas del universo anglo francés. En las antípodas de venerar a Franklin por sobre Jesucristo, como lo estampó Domingo Faustino para su oprobio; o de acarrear al por mayor maestras protestantes, prontas para lavarnos el cerebro al amparo de la ominosa Ley 1420.

Cuando San Martín critica la acción de España en América –y efectivamente lo hizo- se refiere principalmente a los efectos causados por la tiranía borbónica y a lo que daba en llamar con frecuencia “el estúpido Partido Fernandino”. Lo criticado era el régimen de sumisión, esclavismo, mercantilización de estas tierras, abuso de poder y despreocupación por los derechos soberanos de nuestros espacios americanos, a los cuales se los trataba de hecho como factorías o colonias. Lo criticado no era la España Eterna, cuyos paradigmas mencionó en ocasiones, por caso el Quijote, Alfonso el Sabio o Santa Teresa de Jesús, sino el españolismo decadente y entreguista, de cuyos males había sido testigo presencial y doliente.  Pero en su ideario, en sus recuerdos, en su forma mentis y en su ethos, están siempre presentes los valores y los maestros hispánicos de los que se nutrió en los años capitales de su formación. Venimos de probarlo en nuestro libro “José de San Martín: Arquetipo de la Hispanidad”.

Recuérdese además las condenas tajantes de San Martín a los masones rivadavianos, acusándolos de ser “unos cuantos demagogos que, con sus locas teorías, lo han precipitado [al país] en los males que lo afligen y dándole el pernicioso ejemplo de perseguir a los hombres de bien, sin reparar en los medios. Se lo dice a Tomás Guido en conocida epístola de enero de 1829. Ahora bien: ¿de dónde venían esas locas teorías, esos pensamientos demagógicos y esos perniciosos ejemplos? No de la barbarie española anatematizada por Sarmiento; sino, contrariamente, del pensamiento iluminista anglosajón que San Martín advertía claramente en aquellos círculos apátridas de su archi enemigo Bernardino Rivadavia. El pensamiento político de San Martín conduce al gobierno de Juan Manuel de Rosas. Gobierno al que precisamente Sarmiento atacó hasta el hartazgo, descalificando al caudillo por ser “el Felipe II de América”. Mayor oposición imposible. A la vista de estos renglones a vuelapluma que ofrecemos como cordial protesta, ¿puede el profesor Mayeregger seguir sosteniendo que nosotros “manejamos la realidad ideológicamente, y no según la realidad” (sic)? ¿Qué afirmación o qué hecho de los que venimos mencionando en sintético pantallazo, entran en colisión con la realidad? ¿Qué servicio se le presta a la Revolución, haciendo lo contrario de la Revolución en el vital terreno de los estudios históricos? Por eso, nuestro Nacionalismo, repugna de las ideologías y levanta una Doctrina de Guerra Contrarrevolucionaria. Lo enseñó Jordán Bruno Genta, y le quitaron la vida por hacerlo.

 

El caso del obispo Nicolás Videla del Pino

         El profesor Mayeregger, para probar su tesis de que los próceres independentistas eran peligrosamente revolucionarios, ha elegido un ejemplo que nunca debió haber elegido. Excepto, repetimos, que quiera dejar documentada su indolencia e ingravidez en la materia que aborda.

Si hay un tema histórico argentino correspondiente a la segunda década del siglo XIX que ha sido y sigue siendo objeto de sesudas e interminables investigaciones y disputas, pues ese ha sido el caso del precitado obispo salteño. Hasta donde tenemos noticia fue escasos seis años atrás, en diciembre de 2019, precisamente en Salta, con ocasión del bicentenario de la muerte del prelado, la última vez que se llevaron a cabo unas Jornadas dedicadas a rendirle homenaje y a actualizar el problema historiográfico que ha suscitado durante dos siglos.

Historiadores de distintas corrientes, durante largo tiempo, se ocuparon de la cuestión. Desde clásicos de la escuela federalista como Bernardo Frías, Atilio Cornejo o Luis Güemes, hasta prestigiosísimos revisionistas como Vicente Sierra, pasando por destacados investigadores científicos como Cayetano Bruno, Abelardo Levaggi, Oscar Acevedo, Pedro Grenon, Gabriel Foncillas, Pedro Martínez, María Irene Romero y una nómina que sigue extensamente. Quien quiera acceder de modo rápido e integral a una valiosa y completa síntesis de la disputatio, puede hacerlo en Hispania Sacra, LXVI, 133, enero-junio 2014, 133-177, ISSN: 0018-215X, doi: 10.3989/hs.2013.049: Emiliano Sánchez Pérez, Institutum Historicum Agustinianum, “El obispo Nicolás Videla y el General Belgrano”. Por supuesto que puede buscarse y leerse cómodamente de manera digital.

Haciendo caso omiso de cualquier referencia a tan compleja discusión, el profesor Mayereggen despacha el caso en dos líneas: “Manuel Belgrano hace preso y manda preso desde Salta a Rosario al obispo Monseñor Videla del Pino, por actividades contrarias al Gobierno de Buenos Aires, por oponerse a la Revolución. ¿Eso qué es? ¿Es un gesto profundamente católico; es un gesto de conservación del orden tradicional cristiano de la sociedad del Reyno de Indias?”.

Empecemos por las preguntas retóricas y sarcásticas. No; el gesto de Belgrano al encarcelar al obispo no es ni profunda ni superficialmente católico. No está en juego la Fe, ni se lo apresa por odio a Cristo, a la Iglesia o al Credo. Es la acción punitiva contra la sospecha de un delito civil concreto, cual sería el de pasarle información al despiadado José Manuel de Goyeneche, general de un ejército contrincante en una guerra fratricida. La Religión no es la cuestionada; la Jerarquía, per se, no es puesta en la picota. Tampoco la Cátedra de Pedro y la sucesión apostólica. Mucho menos la conservación del orden tradicional. Se lo supone espía al servicio de la causa “realista”, a la que el mismo obispo había declarado pública y solemnemente no pertenecer, y se actúa según los protocolos vigentes –aquí y en España- basados en los principios regalistas y en las facultades otorgadas por el Patronato. Si las conductas contra el obispo hubiesen sido de carácter eclesiológico, su fuero debía haber sido el eclesiástico y juzgado por sus tribunales específicos. Pero no. La acusación que recibía era un delito incluido en los llamados “casos de corte”, que implicaba su desafuero y el sometimiento a la justicia ordinaria. Actuar de este modo era, paradójicamente, conservar el orden tradicional cristiano, pues los “casos de corte”, hasta donde sabemos, se remontan hacia fines del siglo XIII, principalmente en el territorio de Zamora.

No entendemos por qué el crítico omite los casos de los obispos apresados, exiliados, desterrados y maltratados por Fernando VII, como los de quienes no aceptaron la Constitución de 1812, o los llamados regalistas moderados, como Luis María de Borbón y Vallabriga, Arzobispo de Toledo; o los conocidos como “obispos constitucionales”, o los sometidos al acoso constante de las llamadas “Juntas de Fe”. Hacia 1825, el 80% de los obispos españoles habían sido nombrados a piacere, directamente por el monarca, y a los que no se le sometían a su yugo sólo les esperaba graves represalias. Nos preguntamos con Mayeregger: “¿Esto es un gesto profundamente católico?” “¿Esto es un gesto de conservación del orden tradicional cristiano?”

Tampoco entendemos por qué se callan los asesinatos de los llamados “curas patriotas” o de las sangrientas acciones represivas contra ellos. Los nombres de Miguel Hidalgo, José María Morelos, Ildefonso Escolástico de las Muñecas, José Vicente Camargo, no pueden ser ocultados. Las atrocidades cometidas contra el “clero revolucionario” por los jefes realistas, como José Manuel de Goyeneche, Joaquín de la Pezuela o José Tomás Millán de Boves, mucho menos. Nosotros dejamos asentados en muchísimos escritos nuestro rechazo visceral ante la chifladura homicida del “Plan de Operaciones” de Moreno o la llamada “Guerra a muerte” de Nicolás Briceño o de Simón Bolívar, pero no encontramos repulsas equivalentes cuando las represiones espantosas las cometen en nombre del Rey.  Volvemos a preguntarnos con Mayeregger: “¿Esto es un gesto profundamente católico?”. “¿Esto es un gesto de conservación del orden tradicional cristiano?”. La sangre que el virrey Abascal ordenó derramar a raudales en Larecaja o Goyeneche tras su triunfo de Huaqui, no hizo acepción de personas, laicas o religiosas, mujeres, niños y soldados. Y no sabemos en qué pudo haber contribuido todo este desmán a restaurar una sociedad cristianamente ordenada.

Conste –y le dedicamos un párrafo aparte a asentar esta constancia- que no estamos defendiendo necesariamente las ideas o las acciones de los obispos y de los curas que padecieron los castigos de Fernando VII o de los jefes realistas. Sólo decimos que tomar aisladamente el episodio de Belgrano con Monseñor Videla del Pino, no es un buen método para encontrar la verdad histórica. Tanto menos cuando no se sabe contar lo que realmente aconteció.

Por otra parte, al profesor Mayeregger le sucede lo que dice Gómez Dávila: no acierta a encontrar las soluciones a los problemas porque las buscan en ámbitos equivocados. Para solucionar un problema cardíaco no puedo asistir al podólogo. Si el crítico quiere encontrar “gestos profundamente católicos” o de “conservación del orden tradicional” en Manuel Belgrano, los hallará a raudales en sus Memorias, en su Autobiografía, en su Epistolario, en sus proclamas, en su correspondencia con Pío Tristán, en sus comportamientos castrenses, en su espiritualidad dominicana, en sus principios para adoctrinar a la niñez y a la juventud en los establecimientos educativos que fundara, en sus ennoblecedores gestos marianos, en su devoción acrisolada y sincera. Le recomendamos vivamente al respecto que se anoticie con alguna pormenorización de su proyecto monárquico carlotista. Es aquí donde se ve con nitidez el fidelismo de Belgrano al sistema monárquico, el rechazo por el republicanismo moderno (“república frenética” se la califica), el desprecio ante esa “vana presunción de dar existencia a un proyecto de independencia demócrata”, a quienes desean “prestar oídos a los silbidos que quieren inducirnos a la democracia”, el temor ante los levantamientos revolucionarios que consideraba peligrosos incendios sociales, la aversión por la injerencia británica, y la búsqueda de una autonomía para estos lares que no significara segregacionismo alguno. Mucho menos de los bienes espirituales recibidos. Otrosí sería recomendable conocer las proposiciones diplomáticas belgranianas, cuando entre 1814 y 1815, viajó a España con el proyecto de encontrar un consenso político con el mismísimo Fernando VII. Siempre será oportuno sobre el particular, el estudio provechoso del libro de Bernardo Lozier Almazán, titulado “Proyectos monárquicos en el Río de la Plata. 1808-1825”. Todo cuanto hemos aludido y entrecomillado al pasar en el párrafo precedente se podrá encontrar documentado con amplitud en esta obra, de la cual tomamos la información ut supra.

 

 

¿Qué sucedió entonces realmente entre Belgrano y el obispo?

Daremos una respuesta esquemática porque, como ya dijimos, el material documental es inmenso.

1)El obispo nunca fue enviado a Rosario. Conocida la orden de arresto estuvo largos meses prófugo, esperando que se aclarara su situación, hasta que –merced a los buenos consejos de quienes lo asistieron durante la huida- se entregó al Gobernador de Salta, el 17 de abril de 1812. El Gobernador, en carta a Belgrano del 4 de agosto de 1812, le comunica que, a pesar del agravante de haberse fugado, el obispo había sido restituido “con toda tranquilidad a su casa”, esperando que se cumpla la orden del destierro.

2)El destino final del susodicho destierro era Buenos Aires. Está en duda acerca de si pasó fugazmente por San Luis, pero lo seguro es que estuvo alojado en Río Cuarto, en casa de sus familiares directos, atendido por dos diligentes sobrinos, Ignacio Correa y Marcelino González. En esa casa ejerció su ministerio, administró los sacramentos y ordenó nuevos sacerdotes, algunos incluso venidos de Chile. Lo mismo haría en Buenos Aires, alojado dignamente en el Convento de los Mercedarios. Hasta que murió en 1819, recibiendo sepultura acorde con su rango. El mismo Director Supremo Juan Martín de Pueyrredón se interesó personalmente por las exequias.

3)El obispo estuvo desde el principio con la causa de la Revolución y apoyó a las llamadas fuerzas “patriotas”. Consta de muchas maneras distintas cuanto decimos. Por ejemplo, en el Acta del Cabildo Abierto del 19 de junio de 1810, en Salta. En la ocasión, hablando por el clero todo de la provincia, adhiere a la Primera Junta, y concluye diciendo: fiel, leal y amante del Rey y Señor, debe esta Capital unirse con la de Buenos Aires, contemporizando y siguiendo sus designios y cooperando por su parte a su ejecución”. Fruto de su beneplácito por la causa patriota es su Instrucción Pastoral de 1812, cuya súplica era: “pro pia sacta nostrae libertatis causa”: por la piadosa y santa causa de nuestra libertad. Mayor revelación de su obediencia a las nuevas instituciones de gobierno, imposible.

4) Monseñor Videla del Pino se pasó todos los años que duró su enjuiciamiento, ratificando que había sido acusado pérfidamente de “realista”, valiéndose de ardides y de trampas que se le tendieron. Incluso se probó la falsificación de cartas, cuyos originales nunca aparecieron, y de firmas o rúbricas que sometidas a pericias caligráficas fueron desestimadas por inauténticas. El prestigioso jurista e historiador Abelardo Levaggi, a quien ya hemos mencionado, en una solvente investigación intitulada “El proceso a Mons. Videla del Pino” (Épocas, Revista de la Escuela de Historia, Usal, 1: 37-65,2007), demostró los graves vicios que se sustanciaron en el juicio, la fragilidad de las pruebas y las firmas apócrifas.

5)El obispo reconoció y juró obediencia a la Soberana Asamblea del año XIII, como posteriormente haría lo propio con el Soberano Congreso reunido en la ciudad de Tucumán. Se conserva el epistolario de Videla del Pino al Congreso, y en una de esas misivas le aseguraba “reconocimiento y fidelidad a la soberanía, ofreciendo ponerle en marcha para esta ciudad a prestarle este homenaje personalmente”. El 7 de junio de 1817, Videla del Pino, arrodillado delante de un crucifijo, y con la mano en los Santos Evangelios, prestó juramento ante Pedro Ignacio Rivera, Presidente y abogado graduado en Chuquisaca. Así el discutido prelado se adhería y juraba fidelidad al nuevo régimen establecido en el Río de la Plata, y su independencia del rey de España Fernando VII, sus sucesores, metrópoli y de toda dominación extranjera.

6) Hay una carta de Manuel Belgrano, dirigida al Dr. Luis Bernardo Echenique (cfr. AGN, Sala X, 4-7-2, Cuartel General de Campo Santo, 26 de abril de 1812), que prueba con singular contundencia lo que venimos diciendo desde el principio; que Manuel Belgrano no guardaba hacia el Obispo ninguna querella vinculada a la Fe, a la Iglesia, al Dogma, ni a los valores perennes del Orden Cristiano. Ninguna categoría de La Revolución –en el sentido filosófico y teológico que el término contiene- fue aplicada para juzgar su conducta. Leamos sus principales párrafos: “Ud. es testigo de mis sentimientos, y cuanto me ha penetrado la fuga u ocultación del Ilustrísimo señor Obispo de esta diócesis. Veo con dolor las perjudiciales consecuencias que este procedimiento puede traer al honor de su Señoría Ilustrísima, y no menos al

gobierno de su santa Iglesia, y a la cura de las almas de sus feligreses. Deseo remediar estos males, y quisiera que Ud. se tomase a su cargo hacer las indagaciones precisas, para que su Ilustrísima, vuelva a mis brazos, y vuelva a consolarnos. Que siento yo mismo los trabajos que pasará con su avanzada edad, sea cualesquiera el medio que hubiese adoptado. Aseguro a Ud, con toda la sinceridad de mi corazón, que hallará en mí, cuanto pueda desear y sea compatible con el honor y decoro de mi cargo. Le manifesté toda la confianza correspondiente a su carácter, dignidad y a los talentos y conocimientos que le adornan. Esa misma le dispensaré en todos los instantes, si Ud. llegase a tener, la suerte de encontrarlo. Clámele Ud., por Dios eterno, que no abandone su grey, que no me dé el sentimiento de verlo rodeado de soldados, y sí de sus familiares, y demás ministros que deben acompañarle. Suplico a Ud., que le exprese todo cuanto me ha oído, y de todas las demostraciones de sensibilidad, que ha presenciado en mí, por su dignidad, por su carácter y por sus años. Usted lleva todas mis facultades, y nadie será osado a perturbar cualesquiera de sus diligencias [...]. Usted tendrá el reconocimiento de todos, y en particular de su siempre afectísimo amigo. Manuel Belgrano.

         Volvemos a parafrasear al profesor Mayeregger: ¿no es este acaso un gesto profundamente católico y de conservación del orden tradicional cristiano de la sociedad? Le está suplicando al obispo como súbdito y feligrés, como parroquiano y creyente, que no abandone a su grey, que no los prive de sus enseñanzas, consuelo y guía. Si estos fueron los revolucionarios de nuestro movimiento independentista, no vemos quejas ni reproches hacia el Nacionalismo Católico que exaltó las virtudes cristianas de los genuinos próceres hispanoamericanos. Y que, por contraste, vituperó a sus contrapartidas, no pocas lamentablemente.

         7) Sorprende aún más de todo cuanto venimos diciendo, el constatar que existe una cálida correspondencia entre el obispo, ya desterrado, y su sancionador, esto es, el propio general Belgrano. Pongamos un ejemplo. Es la carta escrita desde Jujuy el 26 de mayo de 1813, en respuesta a una misiva de Monseñor Videla del Pino. (Cfr. AGN, Carta de Belgrano a Videla, Sala X, 4-7-2, Jujuy 26 de mayo de 1813). Dice así: «me lisonjeo sobremanera de que V. S. I., se haya dignado honrarme con sus letras de 24 del pasado manifiestamente, lo que me es grato, que me tiene en su memoria delante del Santísimo al paso que siento en mi corazón la indisposición de salud que V. S. I. padece, y que si estuviera en mis manos, remediaría, pues jamás he dejado de tener a V. S. I., las consideraciones, respetos y miramientos con soy de V. S. I. y le pido su bendición”. ¿De veras se nos quiere hacer creer que hombres de esta talla son los villanos de La Revolución, decapitadores de la clerecía y propulsores de una sociedad anticristiana en Indias?

         No conviene olvidarse asimismo –en este episodio controversial que estamos abordando- de otro “revolucionario” denostado por la ingrata y torcida historiografía carlista. Nos referimos a Martín Miguel de Güemes. Enterado el heroico gobernador de que el querido obispo había sido amnistiado, le remitió una carta fechada el 14 de agosto de 1815, en la cual ponía a su disposición todos los medios necesarios para su retorno y recepción, con los honores y dignidades propios de su investidura. Lamentablemente dicho retorno no fue posible –por causas absolutamente ajenas al Caudillo- pero si sabemos por otra carta de Güemes, remitida el 4 de noviembre de 1817 al Secretario de Estado del Departamento de Hacienda

(Cfr.AGN, Carta de Martín de Güemes al Secretario de Estado del Departamento de Hacienda sobre los bienes y adeudamientos a Videla, Sala IX, 31-9-2, Salta 4 de noviembre de 1817) que lo urgió al funcionario a que auxiliase al obispo, y “se le abonasen por debérsele, por sus rentas, la cantidad de diez y seis mil doscientos de renta y tres pesos y un cuartillo”. Recomendamos al respecto la lectura de Luis Oscar Colmenares, “La formación católica de Martín Miguel de Güemes” (Mikael, 19, Paraná, 1979, p. 111-122).

Insistimos: más allá de todos los defectos, errores, culpas, extravíos, etc, que quieran endilgársele a ciertos protagonistas de nuestro independentismo; y dejando perfectamente a salvo que somos los primeros en levantar los índices acusadores contra quienes merecen ser descalificados por su liberalismo, masonismo y jacobinismo, ¿cómo es posible que se use para probar el anticatolicismo de Mayo un hecho histórico que demuestra exactamente lo contrario?; ¿cómo es posible que un episodio en el que refulgen con nitidez los vestigios del Orden Cristiano y los propósitos de edificar una sociedad que no reniegue de sus tradiciones hispano-criollas, se le presente a los desprevenidos como la flagrancia de un delito de lesa Revolución?

8)A todo esto, no queremos eludir una cuestión que se nos impone. En el desencuentro entre Belgrano y Monseñor Videla del Pino, el primero pecó contra la prudencia. Actuó de modo precipitado, impremeditado, dejándose llevar por destemplanzas, desinformaciones y malos consejeros. Podríamos buscarle algún atenuante; pero la verdad es que su conducta le causó un daño irreparable al obispo, quien vivió un largo lustro de peripecias, soportando maledicencias y burocracias interminables. Pero el obispo no fue un mártir de La Revolución, ni en el sentido universal ni en el local del término. No fue una víctima del anticlericalismo, ni un perseguido a causa de su fe, ni un castigado por su fidelidad a la Iglesia. El Antiguo Orden (ya dijimos decenas de veces que fue odiado por los que hicieron de la independencia una ideología segregacionista) no se puso en jaque en el caso de Videla del Pino. Al contrario, el caso prueba la existencia de sólidos vestigios y remanentes de un fidelismo monárquico, católico, jerárquico e hispano-criollo. Y rescata en tal sentido que eran esos los bienes que caracterizaban la personalidad de Manuel Belgrano.

Dos colofones

         -El primero es que esta nota, escrita al galope, es una respuesta, como se la titula. Pero cabrían otras varias, porque la conferencia dentro de la cual se expresaron tan debatibles criterios, tiene una larga y jugosísima extensión, y para disentir o marcar ciertos matices diferenciadores, deberíamos abandonar nuestros actuales estudios. Y aunque se titula incluyendo expresamente el nombre del profesor Claudio Mayereggen, no es él propiamente su destinatario, sino aquellos oyentes o leyentes a quienes sus opiniones puedan afectar, distorsionar o sesgar determinados hechos, personajes y conceptos. Estamos acostumbrados al debate. Cuando es entre afines –ya nos ha pasado- nos causa un profundo y lacerante dolor que confesamos con redonda sinceridad. Por eso preferimos no proseguir la disputa; optando por difundir lo mayormente posible estas respetuosas rectificaciones entre quienes más las necesiten. Porque conocemos algo la naturaleza humana. Hombres como el profesor Mayereggen no van a abandonar esa “cierta tendencia a la infalibilidad”, a la que se refería el maestro Rubén Calderón Bouchet para retratar a determinados intelectuales. Parece además que en ellos –identificados como se dejan ver con las opciones carlistas- ha cundido el mal ejemplo de Miguel Ayuso, cuyo más reciente pasatiempo es insultar específicamente al Nacionalismo Católico Argentino, con los peores denuestos. En un libro próximo a salir (“Ejemplos de Hispanidad”) venimos de salirle al cruce de un bramido suyo reciente (Cfr. Hispanidad e <Hispanidades>; un problema contemporáneo. Cfr. Araucaria. Revista Iberoamericana de Filosofía, Política, Humanidades y Relaciones Internacionales, año 28, nº 61. Primer cuatrimestre de 2026. Pp. 381-401). Eso sí, a ninguno de ellos se les cae siquiera un tenue vituperio contra la judeomasonería, el genocidio sionista o los estragos del Imperialismo Internacional del Dinero. Los excecrables enemigos de Occidente -¡vaya con las cabriolas de la vida!- somos hoy los nacionalistas católicos argentinos. A quienes todo podrá decírseles, menos que no asumieron la defensa de la Hispanidad, cuando no se había convertido aún en la rentada industria del bestsellerismo.

         -El segundo y postrero colofón lo hemos hecho objeto de ciertas escrupulosas consideraciones. Porque nos obliga a internarnos en el desaconsejable ámbito del autorreferencialismo, con los riesgos que conlleva tamaña postura. Asumiendo pues el referido riesgo, y confiando en la buena voluntad de los lectores amigos, abandonamos el uso de la tercera persona, para decir algo que, en conciencia, no puedo callar. Soy autor de tres volúmenes sobre “Los críticos del revisionismo histórico”. De obras que completan a esta tríada como “Notas sobre Juan Manuel de Rosas”, “Independencia y Nacionalismo”, “Respuestas sobre la Independencia”, “Patria, Tradición y Nacionalismo”, “San Martín: arquetipo de la Hispanidad” y una en las vísperas: “Ejemplos de Hispanidad”. Miles de páginas –literaliter- sobre cuyo valor no cometeré la imprudencia de emitir un juicio. Pero que si las menciono es porque creo que, en justicia, me eximen, ante casos como el de esta “Respuesta”, de entrar en mayores detalles. Miles de páginas que, aunque más no fuera, me confieren la mínima autoridad para contarme entre los anoticiados del tema. Pero sobre todo, y a esto quiero llegar, miles de páginas que quienes ofenden al Nacionalismo Católico Argentino y al Revisionismo Histórico, no tienen la fortaleza de leer, comentar, considerar; de convertirlas, en suma, en objeto de reflexión y de análisis; de internarse en su criteriología, en sus meandros argumentativos, en sus fuentes consultadas o referidas. Son también ellos, o principalmente ellos, los victimarios de la conspiración de silencio. Por eso, al principiar esta “Respuesta” manifestábamos nuestra perplejidad ante los argumentos del profesor Mayeregger, lanzados con levedad y cuasi al modo de una primicia, como si jamás hubiesen sido respondidos”, según dije. ¿Se puede, repetimos, hablar de un tema debatible sin conocer el estado actual de la cuestión? Sí, claro. Se puede. Pero no se hará ciencia, investigación completa, argumentación exhaustiva o cosmovisión globalizante.

         Punto final ya. Que el buen entendedor entienda, que el ofensor siga su negro oficio, que el poseedor de la docilidad a la verdad ejercite este don y lo conserve. Porque quien es dócil a la verdad posee un genuino tesoro. 

 

         Ciudad de la Santísima Trinidad, 6 de Mayo de 2026.


                                                                                     Antonio Caponnetto





        

jueves, 10 de octubre de 2024

Los Papas y el "Triunfo de los buenos". Entrevista en TLV1




     Entrevista que nos realizara Juan Manuel Soaje Pinto para su canal TLV1 referida a la actuacion de los Pontífices en el período de entreguerras del siglo XX.



miércoles, 20 de marzo de 2024

Ante un nuevo libro de Antonio Caponnetto

 

PATRIA, TRADICIÓN Y NACIONALISMO

de Antonio Caponnetto



Queridos amigos:

Acaba de salir un nuevo libro mío, titulado “Patria, Tradición y Nacionalismo”. De algún modo, es continuación de dos anteriores, “Independencia y Nacionalismo” y “Respuestas sobre la Independencia”. Sobre todo es continuación de la Tercera Parte de este último.

La obra recién salida consta de cuatro cuestiones disputadas:

a)La patria y los Padres de la Iglesia; b) Alcances y precisiones sobre la virtud del patriotismo; c) La patria, la Tradición y el Nacionalismo; d) La Unidad de España y el Nacionalismo Católico. Finalmente, un Post Scriptum completa el análisis, bajo el nombre de Un ataque insostenible al Nacionalismo Católico.

La plena compatibilidad del concepto de patria en los Padres de la Iglesia y en Santo Tomás de Aquino y el concepto de patria en la prédica del Nacionalismo Católico; la concordancia entre la Patria, la Tradición y el Nacionalismo; la armonía entre la Unidad de España y la doctrina del Nacionalismo Católico; la evaluación de los hechos independentistas sin concesiones a leyendas negras o rosas; la necesidad de una mirada sobrenatural de nuestro pasado y de nuestro presente; la perfecta congruencia entre la amada Hispanidad y la entrañable Criollidad, las refutaciones a las posturas apatridistas y antinacionalistas, son algunos de los relevantes temas que se estudian en estas páginas.

Quienes estén interesados en adquirirlo, deberían hacer lo siguiente:

1)Comunicarse con Marcelo Gristelli, de la Librería y Editorial Santiago Apóstol, La Plata 1721, Bella Vista, C.P. 1661, Provincia de Buenos Aires.

E-mail: bellavista_ediciones@yahoo.com.ar

santiagoapostol_bellavista@yahoo.com.ar

santiagoapostol_libros@yahoo.com.ar

Cel: (+54 9) 11 37828582

martes, 16 de enero de 2024

Los Pontífices y el Nacionalismo - Augusto TorchSon

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Nota de NCSJB: El presente trabajo estaba destinado a ser publicado a modo de apéndice del libro del Profesor Jorge Camacho Ruiz, “Manual de Doctrina Nacionalista”. Lamentablemente, nuestro camarada y amigo falleció recientemente en un accidente, por lo que esperamos que su trabajo pueda ser publicado en forma póstuma, y hasta que las condiciones estén dadas para dicha acción, adelantamos nuestro aporte, al mismo tiempo que solicitamos una oración por el eterno descanso de quien tanto dio al Nacionalismo Argentino, incluyendo en el pedido a su familia.

En memoria de nuestro hermano, amigo y camarada Jorge Camacho Ruiz. D.E.P.

 

Los Pontífices y el Nacionalismo

  

Para concluir esta magnífica obra del Profesor Camacho, se nos ha brindado la oportunidad de realizar un aporte final a modo de apéndice del mismo, tratando un tema que, debido al desconocimiento y prejuicios que existen sobre el mismo, puede resultar incómodo para algunos, pero esclarecedor para otros. Creemos, sin embargo, que contando con la información adecuada, los hechos deberían ser apreciados de forma diversa a la hasta ahora realizada.

Aceptando y agradeciendo la generosidad del Profesor, procederemos a hacer un resumen de un trabajo en el cual venimos trabajando hace varios años. El mismo tiene que ver con la participación de los Pontífices romanos en el período de entre guerras especialmente.

Habiéndose tratado en este manual la cuestión del “Cuarto de Barba Azul”, extraído del libro “Noticias de ayer, de hoy y de mañana” de Federico Mihura Seeber, nos proponemos complementar este esclarecedor capítulo con la cuestión referida a la intervención de los Estados Pontificios en los conflictos bélicos entre Estados, que como bien señala el mencionado autor, significaron la derrota de la última resistencia efectiva contra el Nuevo Orden Mundial, y el avance casi omnipotente de las fuerzas del mal, posicionándose por sobre todos los gobiernos del mundo, para imponer la contra natura en todas sus formas, y combatiendo especialmente los verdaderos principios religiosos, hoy mancillados hasta por la propia jerarquía eclesiástica.

En su aparición en La Salette, a mediados del siglo XIX, Nuestra Madre Celestial nos advertía en el sentido precedentemente mencionado al profetizar: “Los gobernantes civiles tendrán todos un mismo plan, que será abolir y hacer desaparecer todo principio religioso, para dar lugar al materialismo, al ateísmo, al espiritismo y a toda clase de vicios”.

Respecto a la cuestión finalmente citada en el párrafo anterior, también señalaba la Virgen en La Salette: “Roma perderá la fe y se convertirá en la sede del Anticristo”. Asistimos a todo esto en nuestros días, consecuentemente afirmamos la actualidad del mensaje de Nuestra Señora en La Salette, por lo que coincidimos con las conclusiones de Mihura Seeber en el capítulo citado.

No se puede negar que existe un nexo causal entre el resultado de la Segunda Guerra Mundial y el estado actual del mundo, obteniendo un desmedido poder los vencedores que se manifestó inmediatamente terminado el conflicto bélico, y que Don Salvador Borrego documentó magistralmente, titulando con igual precisión como “Derrota Mundial”.

Ahora nos toca analizar si los Pontífices reinantes en la Iglesia durante ese período tuvieron un papel que jugar en dicho conflicto, y si su participación fue, de la alguna manera, gravitante en el resultado final del mismo.

Muchos sectores del tradicionalismo católico afirman que la terrible situación que se vive en la Iglesia comenzó con el Concilio Vaticano II. No solo no compartimos la premisa, sino que vamos a apoyarnos en información que demuestra que dicha crisis es mucho anterior a dicho Concilio, siendo este solo la culminación de un penoso período de claudicaciones. Esto nos lleva al punto de considerar seriamente, en consonancia con lo expresado por Mihura Seeber, que la victoria por venir, puede ser solo la que corresponde a Nuestro Señor Jesucristo.

Cabe aclarar, que, aun considerando seriamente la posibilidad de la proximidad de la Parusía, nos sumamos al siempre vigente llamado a dar el buen combate por la fe y nuestra Patria, el cual, adhiriendo absolutamente a lo abundantemente demostrado por el Profesor Camacho, solo puede llevarse a cabo desde y por el nacionalismo católico.

Si hablamos de crisis en la Iglesia, se puede señalar con toda razón que siempre las hubo, pero al hablar de la actual es dable observar que en tiempos medievales los ocupantes de la Silla Petrina tenían como recurrente tentación la relacionada con la adquisición del poder político, a diferencia de los tiempos modernos, en los cuales dicha tentación parece estar signada por la aquiescencia con las políticas de los ostentadores oficiales de estos poderes temporales, sujetándose y hasta doblegándose en algunas oportunidades ante ellos. Para hacer esta cruda afirmación, vamos a referir una situación no tan desconocida, pero sí soslayada en su importancia. La misma tiene que ver con el comienzo de las relaciones entre la Iglesia y la banca Rothschild, lo que sucedió cuando la Santa Sede, con el Papa Gregorio XVI como pontífice, solicitó un préstamo a quienes hoy sabemos con toda claridad que están en la cima de la élite judeomasónica gobernante del mundo. Así fue como James Mayer Rothschild se convirtió en el banquero Papal Oficial. El préstamo se renovó con Pío IX, lo que fortaleció la posición de la banca usuraria Nº 1 del mundo, y no puede dejar de considerarse la posición de debilidad en la que quedaba la Santa Sede al tener como acreedor a tan oscuros personajes. En un mundo en donde las finanzas son las que condicionan a todos los gobiernos a través de sus deudas “eternas”, resulta razonable considerar que ser deudor de los Rothschild implica un inmenso condicionante, aunque quede un pequeño margen de acción.

Como antecedente, podemos mencionar lo sucedido en la Edad Media, especialmente a su finalización, cuando los católicos, para evitar las condenas que llegaban hasta excomunión por dar préstamos con interés, buscaban esquivar dichas disposiciones albergando a comunidades judías para que fueran éstas las encargados de realizar dichos préstamos. Sin embargo, no fueron sólo los católicos de a pie quienes recurrían a los servicios brindados por los prestamistas judíos, sino hasta los reyes y emperadores. Según la Biblioteca judía[1], hasta el Cid Campeador fue uno de los “beneficiarios” de dichos préstamos, y como se reconoce en la fuente mencionada, desde el siglo XIII, “la noción de Wucherer ("usurero") era considerada judía en ese entonces”. Dicha fuente menciona que los intereses alcanzaban hasta el 36% pero en caso de demora, podían llegar hasta el 100%, utilizando prendas en un principio e hipotecas posteriormente, mencionado textualmente dicha fuente que: “De esta manera los judíos adquirieron en prenda casas, viñedos, granjas, aldeas, castillos, ciudades e incluso señoríos”. Por lo que resulta claro lo pernicioso de esta práctica antinatural en la cual el dinero engendra dinero, sin ningún otro esfuerzo que el supuesto riesgo, que como vemos, no era tal al contar con las desmedidas garantías detalladas. Bastante clara es la referencia a la perfidia de estos prestamistas en el personaje de Shylock en la obra de Shakespeare, “El Mercader de Venecia”.

 Tenemos que decir entonces que sujetarse de esa manera a quienes, de acuerdo a su código sagrado, el Talmud, consideran a los no judíos y en especial los cristianos, como sus principales enemigos, y a los cuales se intima a tratar de todas las formas deshonestas posible; claramente conlleva una situación de peligrosa dependencia. Como demostramos en nuestro libro “El Infierno en la Tierra”[2], mos referimos a quienes a pesar de representar el 0,2% de la población mundial, están encabezando todas las políticas subversivas en el mundo entero, poseyendo los mismos más del 80% de los grandes medios de comunicación en el mundo para publicitarlas, y casi la totalidad de la banca internacional para financiarlas.

La Revolución Francesa empieza a demostrar que la libertad sin límites propuesta era solo para los liberales, agudizando la presión sobre la Iglesia. Teníamos en esos momentos a un Pontífice, Pio VII, que se trasladó personalmente para coronar como “Emperador” a Napoleón Bonaparte, aun existiendo todavía el Emperador del Sacro Imperio Romano Germánico, habiendo sido humillado, y con él toda la Iglesia, al serle arrebatada la corona por el réprobo militar francés, el cual se coronó a sí mismo. En la Revolución Francesa se entronizaba a la “diosa razón” en la figura de una prostituta semidesnuda y Napoleón demostraba cómo los poderes temporales iban a seguir avasallando al poder eclesiástico, buscando relegarlo a una posición de escasa importancia.

Y con la concepción democrática moderna ganando terreno en el mundo occidental cristiano, vimos a la Iglesia empezar a ser oprimida (y hasta a veces con la connivencia de su jerarquía), por esta concepción totalitaria de la existencia, no considerada ya solo como forma de gobierno, sino hasta considerada en un aspecto cuasi religioso, en la cual el hombre colectivamente se convierte en su propio dios, y legisla decidiendo lo bueno o lo malo por mayoría de votos.

Así fue como Pío IX tuvo que huir de los Estados Pontificios primero, y después regresó para no poder salir, siendo prisionero del Reino de Italia, situación que continuaría a su muerte con sus sucesores.

Y fue el siguiente Pontífice, León XIII, quien condenó la soberanía popular, presupuesto de la democracia moderna con su encíclica “Diuturnum Illud”, dejando claro que, independientemente de la forma de elección en los Estados de los gobernantes, el poder siempre viene de Dios. Sin embargo, animaba a los católicos franceses en 1892 a apoyar al gobierno de la Tercera República, en detrimento de los católicos monárquicos. Su encíclica “Au mileu des sollicitudes” proveyó los argumentos para lo que se denominó el “Ralliement”, que significó, en los hechos, la claudicación definitiva a las aspiraciones monárquicas católicas que se oponían a este gobierno republicano abiertamente hostil a la Iglesia. León XIII consideraba que dicha hostilidad hacia la Iglesia venía por la oposición de los republicanos hacia quienes pretendían restaurar la monarquía católica, por lo que decidió que la mejor solución sería apoyar a los republicanos en vez de a los nuestros, situación que está llevada hasta el paroxismo en la Iglesia en la actualidad.

Como bien documenta el libro de Jean Madiran: “Las dos democracias”, la praxis en cuestiones políticas del Pontífice se contradecía con su propio magisterio, así por ejemplo, escribía en contra del denominado “Americanismo”, que se refería al intento de contemporización de la doctrina y disciplina eclesiástica con el mundo moderno; sin embargo, sentía fascinación por la democracia norteamericana. Sostenía el Pontífice en una entrevista transcripta por este autor: “Los Estados Unidos, que son una república, pese a los inconvenientes que derivan de una libertad sin límites, crecen todos los días y la Iglesia católica se ha desarrollado ahí sin tener que sostener luchas contra el Estado.  Esas dos potencias concuerdan muy bien, como deben concordar en todas partes, a condición de que la una no usurpe los derechos de la otra; allá la libertad es realmente el fundamento de las relaciones entre el poder civil y la conciencia religiosa. La Iglesia reclama antes que nada la libertad; mi voz autorizada (sic) debe ser escuchada para que su objetivo y su actitud no sean desnaturalizados más que por ataques mal fundados. Lo que le conviene a los Estados Unidos, le conviene con mayor razón a la Francia republicana”. Señala Madiran cómo estas declaraciones iban en contra de su propia Encíclica “Libertas” y hasta en contra del “Syllabus” de Pio IX. Pero era claro que, como vemos en la actualidad, se pretende que la praxis, por más contraria que sea a la doctrina, no afecte a ésta última.[3]

El problema surge cuando en vez de combatir el error, en donde quiera, en quién sea que se manifieste, se empieza a justificar y tratar de buscarle un contexto en el cual resulte atendible de acuerdo a las circunstancias, o al menos atenuado por el solo hecho de venir de algún representante eclesiástico, por más importante que este fuera. Y así pasamos de la leyenda negra a la rosa y la obediencia ciega nos nubla el entendimiento, algo que mucho le debemos lamentablemente al influjo jesuítico en la Iglesia.

Lo concreto es que, a pesar del buen magisterio de León XIII, su acción se mostraba condescendiente, o por lo menos pasiva, ante el avance del laicismo que traía consigo la nueva corriente democrática. Se acusa a Rampolla, Secretario de Estado del Papa Pecci, de haber influido en ese sentido, pero el responsable final fue sin dudas el Sumo Pontífice.

Rampolla es, sin lugar a dudas, un personaje que no se puede dejar de considerar seriamente al hablar de la crisis de la Iglesia, y siendo el segundo de León XIII influyó grandemente en personajes clave en la historia sucesiva de la Iglesia. A Rampolla le encargó personalmente el Papa León XIII que tuviera como protegido al joven Eugenio Pacelli, y tuvo como secretario personal y su hombre de máxima confianza a Giacomo Della Chiesa, es decir, a los futuros Papas Pio XII y Benedicto XV.

Mariano Rampolla del Tíndaro fue acusado de pertenecer a la Masonería, específicamente a la particularmente diabólica logia OTO, Ordo Templis Orientis, a la cual pertenecía Aleister Crowley, el denominado “la persona más malvada del mundo”. Es dable en este punto hacer mención al cónclave realizado a la muerte de León XIII, donde Rampolla estaba encabezando las votaciones cuando el cardenal Puzyna, Obispo de Cracovia, en nombre del Emperador Austro Húngaro, Francisco José, pronunció el Derecho de Exclusión, que era un antiguo veto otorgado a algunos emperadores alemanes y austríacos y reyes españoles, por el cuales, para protección del Papado, se les permitía intervenir extraordinariamente en las elecciones Papales. Ante la protesta de Rampolla, quién estaba en segundo lugar empezó a ganar votos mientras disminuían los del Secretario de Estado del anterior Pontífice, y así fue como la Iglesia tuvo al último gran y santo Pontífice hasta el día de hoy, el Papa José Sarto, que tomó el nombre de Pio X.

Son muchas las hipótesis por las cuales se piensa que fue ejercido ese derecho a veto, pero nos parece bastante atendible la que corresponde a su supuesta afiliación a la OTO, la cual fue sostenida por Monseñor Jouin, incansable luchador contra la secta masónica, y a quién se atribuye el correcto término “judeo masónico”. Para mayor información recomendamos el artículo “Did a Freemason Almost Become Pope? The Story of Cardinal Rampolla”, publicado por el periódico Catholic Family News[4]. Un dato no menor es que hasta la misma logia mencionaba al Cardenal como perteneciente a ella.

Incluso considerando dudosa o poco probable la hipótesis de la filiación masónica de Rampolla, lo que es incuestionable es su postura afín al laicismo y abiertamente francófila, refiriéndonos a la Francia hija de la Revolución de 1789, nación que se habría acercado a la Rusia zarista por intervención del Cardenal, las cuales junto al Reino Unido serían aliadas en la 1ª guerra mundial en contra de Alemania, Italia y el Imperio Austro-Húngaro.

Sabemos cómo San Pio X fue un dique de contención, no solo al Modernismo eclesiástico, sino al influjo revolucionario de la democracia liberal que se comenzaba a extender por toda Europa y el mundo. Con grandes personajes como el Cardenal Merry del Val o el Cardenal Louis Billot, al que se le atribuye haber tenido una gran participación en la Encíclica Pascendi Dominici Gregis, que condenaba el modernismo teológico que tanto daño venía haciendo antes de dicho Pontificado, y continuaría haciéndolo a su finalización y hasta nuestros días.

No es este Pontificado al que nos referiremos ya que el mismo puede considerarse el verdaderamente católico en doctrina y praxis en mucho tiempo hasta este momento en el que todo parece desbordado irremediablemente hasta que una intervención Divina disponga su finalización.

A la muerte de San Pio X, habiendo ya fallecido Rampolla para ese entonces, accede a la Silla Petrina Giacomo Della Chiesa con el nombre de Benedicto XV, quien como mencionamos precedentemente, era el secretario personal y hombre de extrema confianza del Cardenal Rampolla.

Benedicto XV, como para tener una referencia en base a lo mencionado, fue el pontífice que suprimió el Sodalitium Pianum, que era la sociedad creada por San Pio X para controlar la infiltración de modernistas en los seminarios.

Della Chiesa fue el Papa en tiempos en los que se desató la 1ª Guerra Mundial, y si bien eran claros sus esfuerzos por la paz, parecía ver en las actitudes patrióticas o nacionalistas la llama que encendía el rencor entre las naciones europeas. No obstante, supo ver con claridad la arbitrariedad del perverso Tratado de Versalles, que humillaba a los vencidos en esa contienda, y que a la postre sería la mecha que encendería el próximo gran conflicto bélico. Otro tema en el que estos pontífices parecen haber fallado absolutamente en percatarse, es el rol del judaísmo internacional en el génesis y desarrollo de estos conflictos, buscando atacar las consecuencias mas no las causas. Al respecto, el israelita converso al catolicismo Benjamin Freedman, como testigo presencial de los acontecimientos que provocaron esos conflictos, atestigua el rol del judaísmo internacional en la creación de los mismos y en la inmensa traición a Alemania por parte de quienes fueron generosamente acogidos por dicha nación.

Como demuestra Benjamin Freedman, la Alemania prácticamente vencedora del fratricida conflicto, ofreció a Inglaterra la paz retornando al status quo previo a la guerra. El Reino Unido con sus reservas agotadas y sus posibilidades de éxito nulas, estaba por aceptar, cuando como señala Freedman, el Sionismo le hizo la siguiente oferta: “‘Le garantizaremos traer a los Estados Unidos a la guerra como su aliado, para luchar con usted a su lado, si nos prometes Palestina después de que ganes la guerra'”.[5] Freedman era una persona cercana al títere Woodrow Wilson, presidente que había prometido mantener a EEUU fuera de la guerra mintiendo a su electorado. Mientras tanto la banca judía de la Reserva Federal de Norteamérica financiaba la Revolución Bolchevique, datos que se pueden encontrar incluso en Wikipedia. Este débil y pusilánime monarca ruso, el Zar Nicolás II, combatiendo a sus propios familiares, se alió con los aliados de sus enemigos, lo que terminó significando el fin su vida y el de toda su familia y con la libertad de Rusia hasta el día de hoy. Revolución financiada por la banca judía internacional y encabezada y dirigida en 85% por israelitas. Hoy vemos cumplirse en ese sentido perfectamente la profecía de Nuestra Señora en Fátima en la cual advertía que, de no convertirse, iba a esparcir sus errores por el mundo entero. Y es claro que, a pesar de la propaganda hoy imperante hasta en la Iglesia Católica, Nuestra Madre Celestial no nos advirtió ni en contra del Nacional Socialismo, ni en contra del Fascismo. Y hoy vemos tanto a los supuestos liberales de derecha, como a los países comunistas, mostrarse como enemigos pero juntos promover la agenda de marxismo cultural que socava la esencia de las raíces cristianas en el mundo entero.

Benedicto XV fallece en 1922 y lo sucede Achille Ratti con el nombre de Pío XI. En este punto vemos como la jerarquía vaticana se vuelca absoluta y decididamente de parte de los enemigos de los nacionalismos y a favor de quienes representaban todos los ideales internacionalistas del judaísmo, y con ellos, la lucha contra todos los valores cristianos. Puede sonar exagerada la expresión, pero los hechos demuestran sobreabundantemente nuestra categórica afirmación.

Una vez más, el magisterio de este Pontífice se muestra ortodoxo, sin embargo, en sus relaciones con las naciones del mundo, se inclina ostensiblemente a favor de los enemigos de la Iglesia. Observamos entonces, como la situación que hoy se vive no es nueva ni original y pasamos a reseñar los hechos.

Sin entrar en detalles, algunos ya mencionados en este libro, hay que tener en cuenta que en la época se encontraba la denominada “Cuestión Romana”, por la cual Italia intentaba terminar con el poder temporal de la Santa Sede anexionando Roma. Esta situación se vio solucionada a instancias de Benito Mussolini, primer ministro de Italia, otorgando soberanía al Vaticano perdida bajo el Reino de Italia, retribuyendo económicamente a la Iglesia por las pérdidas sufridas de 1870, eximiendo a los clérigos del servicio militar obligatorio, estableciendo la enseñanza religiosa en las escuelas estatales, devolviendo al matrimonio religioso su carácter de sacramento reconocido por la ley civil, entre otras muchas disposiciones favorables a la Iglesia. Es importante remarcar el aporte del Duce, debido a la posterior actitud de los Pontífices para con su gobierno.

Mientras tanto, surgido el inmenso peligro del Comunismo internacional, extendía su influencia en toda Europa y copaba el gobierno de la II República Española, desatando el terror rojo sobre la Madre Patria, dejando además de los civiles, 4.840 sacerdotes, 2.365 religiosos, 283 monjas asesinados y hasta 13 obispos en una de las más cruentas persecuciones religiosas del siglo XX.  Pío XI condenaba el Comunismo, pero ya se mostraba contrario a los nacionalismos por lo que, a pesar de la masacre contra el pueblo español, en especial de sus religiosos, a los que debía proteger, decidió no intervenir por la cercanía de Franco y los Falangistas con el Nacional Socialismo alemán y el Fascismo italiano, los que contribuyeron activa y decididamente a la victoria del Bando Nacional.

Este mismo Pontífice condena a la monárquica y católica Acción Francesa y a su mejor exponente, el preclaro pensador antidemocrático Charles Maurras. Este político y pensador apoyaba al catolicismo como religión del Estado, a pesar de ser agnóstico antes de su conversión, mostrándose contrario al laicismo y secularismo que trajo la Revolución Francesa. Logró transformar la idea original de este movimiento de un nacionalismo republicano en un nacionalismo monárquico. Sin embargo, fue víctima junto a su movimiento de las intrigas vaticanas, que seguían teniendo injerencia en temas que no les correspondían y encima, beneficiando a los enemigos de la Iglesia y de la Europa Cristiana. Citamos al respecto a Calderón Bouchet: “Maurras había señalado que cuando el Papa mezcla la función propia de su magisterio espiritual con algún enredo político, el resultado es fatal para la vida de la fe, así, la consecuencia de eso que podríamos llamar su apertura democrática, fue el nacimiento en Francia de la democracia religiosa” que fue lo que sucedió con el Ralliement de León XIII, y que padecería el propio Maurras en su persona en la misma actitud de un pontífice posterior[6]. Señala Calderón Bouchet como Pío XI tenía más simpatía por la izquierda francesa que por la Acción Francesa y la condena vino por supuestos escritos atribuidos a Maurras, los cuales no fueron encontrados. Consideraba el pontífice que se ejercía demasiada influencia sobre los jóvenes (a Dios gracias decimos nosotros) y la condena fue tan ridícula que se excluyó de los sacramentos a los militantes de dicho movimiento, así como se prohibió las lecturas del mismo. A pesar de la amenaza de excomunión y de algunas defecciones, como la del traidor Maritain, la Acción Francesa, que peleaba en las calles contra el Comunismo, afirmaba en palabras de Maurras que, ante la situación de Francia, no se puede abandonar a la Patria y que la destrucción del movimiento implicaba traicionar a Francia. El Cardenal Billot. el mismo que fue uno de los pilares doctrinales del pontificado de San Pio X, sentía gran afinidad con este movimiento, y ante la arbitraria condena al mismo y a su principal exponente, renuncia al birrete cardenalicio.

Sin extendernos en un tema bastante tratado en nuestros ambientes, tenemos que mencionar la indispensable cuestión de los Cristeros Mejicanos. Ante la imposición de la Constitución de 1917 que proscribía en los hechos la práctica del Catolicismo, campesinos trabajadores y estudiantes, varones y mujeres, reaccionaron prefiriendo la muerte a la pérdida de la fe a la voz de “Viva Cristo Rey”. Estos soldados de Cristo, sin recursos ni experiencia militar, combatieron en una guerra civil que duró 3 años para resistir al ataque contra la Iglesia defendiendo a sus sacerdotes y obispos. Mary Ball Martínez, en su muy recomendable obra “Se socava la Iglesia”, menciona cómo el Cardenal Gasparri, Secretario de Estado de Pío XI, “aconsejaba a los miembros de la jerarquía mejicana que no alentaran a los luchadores. Alertó a los obispos de los Estados Unidos para que rehusaran todas las súplicas de ayuda económica” hacia los Cristeros[7]. A pesar de todo, el movimiento Cristero crecía y ponía en jaque al gobierno del masón Plutarco Elías Calles, que estaba empezando a reconsiderar sus acciones. Sin embargo, fue el Secretario de Estado de Pio XI quién animó a algunos obispos más dispuestos a las componendas, a arreglar un pacto con el protestante y masón Dwight Morrow como intermediario para acordar un plan de paz. En octubre de 1929, el ejército Cristero, que era el virtual vencedor de la contienda, a instancias del Vaticano, depone incondicionalmente sus armas, lo que significó el exterminio de casi todos los líderes del movimiento católico, y la continuación de todas las medidas anticatólicas que el gobierno masónico se había comprometido a abolir. Hasta el día de hoy, y gracias a la diplomacia Vaticana que confiaba más en masones, judíos y comunistas que en los verdaderos católicos, Méjico continúa siendo una nación gobernada por masones.

Si sumamos lo antedicho a la mencionada pasividad para intervenir a favor del Bando Nacional en España y la referida a la Acción Francesa, no debería dejar dudas que no se puede justificar de ninguna manera el accionar de este Pontífice en momentos clave en donde se jugaba el destino de Europa, y con él, de todo el Occidente Cristiano. Sin embargo, vamos a referirnos a un hecho que consideramos todavía más escandaloso y es escasa o hasta absolutamente desconocido aun en nuestros ambientes. Nos referimos a la intervención del Vaticano a favor de la reelección del masón y genocida Franklin Delano Roosevelt.

En el año 1936, el nuevo secretario de Estado de Pío XI, Eugenio Pacelli, visitaba los Estados Unidos en momentos en los que Roosevelt buscaba su reelección. En esos momentos un patriota sacerdote nacido en Canadá de nombre Charles Coughlin, se manifestaba en contra de las nuevas aspiraciones presidenciales de Roosevelt al que ya señalaba como afín al comunismo. El mismo tenía un programa de radio llamado “The Radio Priest” que contaba con 30 millones de oyentes. El padre Coughlin demostraba como Roosevelt trabajaba para los banqueros judíos, y empezaba el sacerdote a mostrarse afín a los movimientos nacionalistas europeos. Fue en ese momento, cuando Pacelli se dirigió a los Estados Unidos para deshabilitar la resistencia del sacerdote canadiense. Acompañado por un cuestionable personaje como lo fue Monseñor Francis Spellman de Boston (que posteriormente recibió su proclamación cardenalicia por Pacelli siendo Papa) emprendió una gira por varias provincias eclesiásticas en las que promocionó a Roosevelt quien se dirigiría posteriormente al ya Pontífice Pio XII como “mi siempre buen amigo”, a la vez que censuraba al Padre Coughlin. Señala Mary Ball Martínez que “En Nueva York, el futuro Pio XII fue huésped en la casa de Myron C. Taylor… a pesar de que era bien sabido que Taylor era masón del grado 33[8].” Tengamos en cuenta que el Presidente Roosevelt, al que fue a apoyar Pacelli, fue el mismo que envió a las “Brigadas Abraham Lincoln” compuestas mayormente por judíos para pelear por el bando comunista en la guerra civil española.

Sabemos que el ingreso de Estados Unidos a la Segunda Guerra Mundial se debió a un subterfugio de Roosevelt, ahogando de todas las formas posibles a Japón para instigarlo a atacar, y la ya conocida traición a sus hombres en Pearl Harbor, por la cual, conociendo el avance de la aviación japonesa, ordena desviar las tropas norteamericanas para permitir el ataque. Al igual que su predecesor Woodrow Wilson, en sus promesas electorales, el masón Franklin Delano Roosevelt había asegurado a su pueblo que no iba a intervenir en el conflicto europeo.

Según el periodista y político Giulio Andreotti, tanto la redacción de las encíclicas en contra del Fascismo italiano, como del Nacional Socialismo alemán, son autoría de Pacelli, así como la decisión de viajar a Estados Unidos para apoyar la reelección de Roosevelt. Y si hablamos de este pupilo de Rampolla, que fue al secundario partisano Visconti y al Seminario Progresista Capranica, al asumir como Sumo Pontífice de la Iglesia Católica, continuó con su acción en favor de los Aliados.

Un dato que nos parece concluyente, es la relación de los Pacelli con la Banca Rothschild, que nos trae la ya citada autora, Mary Ball Martinez. Señala Martínez: “Las familias de Pacelli y Montini desde hacía mucho se habían involucrado en asuntos del Vaticano. El abuelo de Eugenio, Marcantonio, llegó a Roma en los años 1840, de la provincia de Viterbo, cuando su hermano Ernesto, miembro de la firma bancaria Rothschild, se comprometió a hacer un fuerte préstamo a los Estados Papales bajo Gregorio XVI. Ernesto se quedó a establecer las primeras oficinas del Banco di Roma, mientras que Marcantonio se volvió consejero legal de Gregorio y luego de su sucesor, Pio IX, para finalmente acompañar a este último al exilio en el pueblo costero de Gaeta cuando los disturbios políticos en Roma se tornaron amenazantes.”[9]

Cabe acotar que el inicio de la Segunda Guerra Mundial tuvo lugar cuando el Reino Unido y Francia pretendieron solidarizarse con Polonia por el ataque alemán para defender a su población germánica exterminada en suelo polaco, pero nada hicieron con la Unión Soviética invadiendo la otra mitad de dicha nación. De hecho, como bien se conoce y está ampliamente documentado en la historiografía revisionista, fue Estados Unidos el que ayudó a la Rusia Comunista a vencer a los alemanes. O sea, una vez más, el capitalismo al auxilio del comunismo. Corresponde mencionar que en 1933, ante el avance de las exitosas políticas alemanas que terminaban con el imperio de la usura, la pornografía y el Comunismo, que habían generado una inmensa pobreza y degradación del pueblo germano y provocado 6 millones de desocupados, vino un boicot internacional del pueblo israelita en contra de Alemania con su famosa declaración “Judea declares war on Germany” (Judea declara la guerra a Alemania) con lo que queda claro que no fue la Alemania Nacional Socialista la que comenzó el conflicto, por mucho que les duela (yo atenuaría la expresión: “a pesar de…”) a estos Pontífices que decidieron inclinar la balanza con todas sus fuerzas para el lado del enemigo internacionalista del mundo entero.

Volviendo al ahora Pontífice Pio XII, habiendo quedado demostrado que como Secretario de Estado intervino en la política interna de Estados Unidos, algo que de ninguna manera corresponde a la función eclesiástica, y encima a favor del candidato más contrario en sus principios y acciones a la fe católica, vamos a mencionar un hecho que muestra a las claras el lado elegido por el Vaticano pacelliano para dirigir descaradamente sus esfuerzos hacia el bando de los Aliados.

Primeramente, vamos a recurrir al médico personal y amigo del Pontífice, Ricardo Galeazzi-Lisi, que señalaba que “…cuando Hitler invadió los Países Bajos y Flandes, aun manteniendo su política de estricta neutralidad, Pío XII envió mensajes de simpatía a la Reina Guillermina de Holanda y al rey de los belgas, Leopoldo”. Proseguimos con la referencia a pesar de las contradicciones: “Más tarde volvió a tenerse la prueba de que él consideraba al nazismo más peligroso que el comunismo cuando los ejércitos de Hitler penetraron en Rusia. Contra los deseos del dictador alemán y de su aliado Mussolini, el Papa Pacelli nunca quiso proclamar la guerra santa contra el comunismo, cosa que sorprendió bastante a mucha gente, pero que iba completamente de acuerdo con su pensamiento y su acción política”[10]. Estamos hablando del mismo Comunismo que había asesinado a millones de católicos y combatía todo principio religioso, y hasta había sido catalogado por el predecesor de Pacelli como “intrínsecamente perverso”; sin embargo, era preferible al régimen alemán que contaba con el apoyo de la casi totalidad de su pueblo, en los que casi la mitad era católico y el resto protestante.

En el mismo sentido de lo precedentemente relatado, citamos nuevamente a Mary Ball Martínez al citar: “En su mensaje de junio al colegio de Cardenales, a la vez que rechazaba rivalidades y agrupamientos dictados exclusivamente por intereses políticos y económicos, expresó confianza en que los peligros de la derecha y de la izquierda podrían evitarse a la luz de la Iglesia. Y siguió con la defensa de un bando que sostuvo durante toda la guerra diciendo:  Nosotros, como cabeza de la Iglesia, nos rehusamos a llamar a los cristianos a una cruzada. Tuvo cuidado, dijo, a pesar de presiones, de asegurar que no se permitiera ni una palabra de aprobación a la guerra contra Rusia. Mientras que los católicos húngaros eran arrastrados por el torbellino soviético y clamaban por su ayuda, Pacelli les aconsejaba paciencia y aguante porque el viejo roble será azotado por la tormenta, pero no podrá ser desarraigado”… “en 1941 el cardenal francés Boudrillat vino a Roma a pedir una bendición papal para los regimientos de voluntarios franceses, españoles, italianos, croatas, húngaros y eslovenos, casi en su totalidad católicos, que salían junto con el ejército alemán a la conquista de la Rusia Soviética, o como dijo el cardenal al Papa, a liberar al pueblo ruso… El Papa Pío XII frustró las esperanzas del Cardenal Boudrillat, pues ordenó que la solicitud de bendición se retirara de inmediato. Además, el Cardenal no habría de establecer contacto alguno con la prensa”[11].

Para contrastar la actitud pacelliana en contra de los patriotas católicos y a favor de los réprobos ateos, citamos a uno de nuestros grandes referentes, el filósofo y mártir católico, Jordán Bruno Genta: “Los alemanes, entonces, en una escala vertiginosa de crecimiento, aprobaron el orden cristiano de la nación eslovaca. Ese orden fue respetado, fue realizado, fue cumplido, en ese breve tiempo en que Eslovaquia gozó del señorío sobre todo lo propio. Y yo quiero decirles algo acá, porque a mí me complace estar con los vencidos de la tierra. Cuando los ejércitos de Europa presididos por el maravilloso ejército alemán, invadieron la Unión Soviética, yo participé con todo mi corazón y con toda mi alma en la esperanza de que abatieran a los renegados de Dios, a los enemigos del género humano.

¿Por qué quería con toda mi alma el triunfo de esas fuerzas maravillosas con esa disposición al sacrificio y a la muerte? Porque el triunfo de los que fueron vencedores de la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo internacional del dinero y el comunismo ateo se iban a adueñar de la tierra entera como está ocurriendo en estos momentos.”[12]

Si bien consideramos probado adecuadamente nuestro punto respecto al papel de la Sede Pontificia en contra de los movimientos nacionalistas que representaban y representan el orden natural en política, vamos a sumar un dato más, para reafirmar nuestra postura. Aclaramos que esto es solo una pequeña fracción de la información que contamos para confirmar lo aquí demostrado, todo lo cual dejamos para ser expuesto en la obra en la que estamos trabajando y esperamos poder publicar. El mismo tiene como interlocutora a la señora esposa de “Il Duce”, Benito Mussolini. Rachele Mussolini, quien nos relata en su libro “Mussolini al desnudo” a modo de denuncia, la presencia durante la guerra en el Vaticano del enviado de Roosevelt, el ya mencionado masón de grado 33, Myron Taylor, el 20 de septiembre de 1942. Citamos textualmente a Rachele: “…hay un punto que pocas personas conocen: durante el último conflicto mundial, Italia estaba oficialmente en guerra contra ciertos países, los que siempre tenían a sus embajadores ante el Vaticano. Pero como la Santa Sede no tenía aeropuerto ¿adónde llegaban y de dónde salían esas personas? Y bueno, de Roma sencillamente. Es decir que impunemente podían atravesar la capital de un país en guerra contra el suyo. Por otra parte, ¿dónde estaba el Vaticano? Ahí donde está siempre… en el mismo centro de Roma. ¿Quién era la persona mejor informada de Roma? EL Papa con sus cerca de 30.000 sacerdotes diseminados por el territorio.

Aquí peso mis palabras: no digo que esos sacerdotes eran espías pagados por el enemigo. Pero sí digo que dentro del recinto de la Santa Sede hubiera sido muy difícil no dejar filtrar ciertas informaciones. Éstas, por anodinas que fuesen, eran explotadas por gente cuyo oficio era precisamente ese y que sabían sacar conclusiones que no se manifestaban para el común de los mortales. Fue lo que hizo ese querido señor Myron Taylor. De vuelta a los Estados Unidos señaló a Roosevelt que los italianos empezaban a cansarse de la guerra y que forzando la dosis se podría ponerlos de rodillas. Y realmente tal cosa sucedió y los que dudan de ello no tienen más que recordar el período en el cual fueron intensificados los bombardeos aliados sobre Italia: después de septiembre de 1942”[13]. Se lamentaba esta noble mujer de la inmensa traición del Vaticano hacia su esposo que tanto había hecho por la Iglesia, y tenemos que coincidir absolutamente con ella.

Una información que también puede servir para reforzar lo ya expuesto es que Myron Taylor publicó en 1947 un libro titulado “Wartime Correspondence”, con el epistolario entre el Presidente Roosevelt con el papa Pio XII, y de éste con el masón Harry Truman, todas con el más afectuoso de los tratos.

Una última información para concluir la idea respecto a las relaciones Pío XII-Roosevelt, es la mencionada en la agencia informativa Zenit[14], referida a la presentación en una exposición de los Caballeros de Colón, de una carta enviada por el Papa Pacelli al presidente Roosevelt, fechada el 30 de agosto de 1943, en la cual se solicita no continuar con los bombardeos en Roma que habían causado más de 3.000 muertos civiles y más de 11.000 heridos. Creemos conveniente transcribir la totalidad de la misiva:

Excelencia:

Los recientes acontecimientos han centrado naturalmente la atención del mundo sobre Italia y se ha dicho y escrito mucho sobre la política que podría o debería seguir el país según sus intereses. Demasiado. Tenemos miedo de que se haya dado por supuesto el que el país sea totalmente libre para seguir la política de su elección. Nos deseamos expresar a Su Excelencia que tenemos la convicción de que eso está muy alejado de la realidad. No Nos cabe la menor duda sobre el deseo de paz y su realización a través de la conclusión de la guerra, pero en presencia de fuerzas excepcionales que se oponen a esta solución, incluso a la declaración oficial de este deseo, Italia está totalmente encadenada, sin los medios necesarios para defenderse.

Si en estas circunstancias Italia se viera todavía obligada a soportar los golpes devastadores contra los que está prácticamente indefensa, Nos deseamos y rezamos para que los jefes militares hagan lo posible para ahorrar a los civiles inocentes, en particular a las iglesias e instituciones religiosas, las devastaciones de la guerra. Ya tenemos que contar con profundo dolor y pesar estas imágenes muy evidentes de las ruinas de las ciudades italianas más importantes y pobladas.

Pero el mensaje de garantía que nos ha dirigido Su Excelencia sostiene nuestra esperanza en que, incluso ante las experiencias más amargas, las iglesias y las casas construidas por la caridad cristiana para los pobres, los enfermos y los abandonados de la grey de Cristo, puedan sobrevivir al terrible ataque. Que Dios, en su piedad y amor misericordiosos escuche el llanto universal de sus hijos y les permita escuchar la voz de Cristo que grita: «¡Paz!».

Con alegría manifestamos nuevamente a Su Excelencia nuestros mejores y sinceros deseos.

Vaticano, 30 de Agosto de 1943

Pío PP XII

Queda claro en dónde tenía puestas las simpatías este Pontífice, especialmente en su cita donde afirmaba que sentía que la Italia de Mussolini era una nación que se encontraba “completamente encadenada”, en donde el país no era libre para seguir la política de su elección.

Bien sabido es que, vencidas las Potencias del Eje, todas las fuerzas judeomasónicas se apoderaron absolutamente del mundo entero, subyugando por medio de la usura a las naciones del mundo, manipulando las inteligencias y alterando la percepción de la realidad con sus medios de comunicación, y promoviendo todo tipo de conductas contra natura compulsivamente, transformando a los que resisten las imposiciones perversas del sistema, de víctimas a victimarios. Con los juicios de Nuremberg, se terminó con las garantías jurídicas de un sano derecho natural, transformando a las partes en jueces y convirtiendo a los acusados automáticamente en culpables, cargándolos con la obligación de demostrar su inocencia. Con Hollywood se transformó la historia en la visión adecuada a los intereses de sus propietarios, pertenecientes en su inmensa mayoría a la misma etnia que promovió los conflictos mundiales y financió la victoria de los aliados. También se establecieron los principios masónicos como valores universales por sobre cualquier religión, en especial la católica. Y finalmente hoy vemos como la agenda que busca la despoblación mundial y el control sobre quienes sobrevivan, está siendo impuesta por los mismos triunfadores de la última gran guerra en la que los Pontífices se pusieron, sin disimulo, a favor del bando judeomasónico.

No podemos dejar de considerar que las Potencias del Eje, representando los nacionalismos que defendían las más excelsas tradiciones europeas, fueron el Katejon en política, y vencidos estos, solo queda el triunfo en manos de Cristo, como señalaba Mihura Seeber. No obstante, insistimos en transmitir el deber ser en política, el cual afirmamos que es el que se da en el nacionalismo y en nuestro caso, el católico.

Reiteramos , a pesar de haber expuesto solo una pequeña fracción de la información con la que contamos para el libro que estamos concluyendo, creemos que se brindaron los argumentos suficientes para probar que la jerarquía eclesiástica, como venía haciendo muchos años atrás (y con la sola excepción de San Pio X), venía inmiscuyéndose en cuestiones políticas y siempre en el sentido de contemporizar con los poderes mundanos, que desde la revolución Francesa, estaban representados ya decididamente, por la judeomasonería.

Nuestra confianza sigue estando puesta en Jesucristo, Señor de la Historia; sin embargo, en nombre de la verdad histórica y la defensa y búsqueda del bien común que nos corresponde como “animales políticos” al decir de Aristóteles, seguimos sosteniendo que la solución para nuestra patria, y hasta para el mundo entero, está dada por el nacionalismo católico. La defección de la jerarquía eclesiástica ni nos turba ni nos desanima, y la entendemos como parte del Misterium Iniquitatis, que nos acerca a la Parusía. No obstante, nos corresponde seguir resistiendo al mal, y para ello debemos contar con los elementos necesarios, relacionados con el correcto conocimiento de la Historia, a fin de entender el origen del mal y no seguir combatiendo solo las consecuencias.

Esperamos pueda este pequeño y humilde aporte haber contribuido al excelente trabajo del Profesor Camacho con la esperanza que pueda servir mínimamente como otro elemento más de discernimiento en tiempos de terrible confusión y oscuridad.

En Cristo y la Patria

Augusto Espíndola

 

Nacionalismo Católico San Juan Bautista



[1] https://www.jewishvirtuallibrary.org/banking-and-bankers

[2] Ed. “Dos Espadas” 2020 Bs.As. Argentina.

[3] Jean Madirán: Las dos democracias. Ed. Iction Bs As. 1980 Pág 84-85

[4] Craig Heimbichner, Agosto de 2003; Niagara Falls; New York; EE.UU. Patria Argentina Nº 223, Junio 2006.

[5] https://archive.org/stream/thebenjaminh.freedmanfiles-uneditedwillardhotelspeechmuchmore-audiovideopdf/Benjamin%20Freedman%20-%20transcript%20of%20the%20unedited%20version%20of%20BF%E2%80%99s%201961%20Willard%20Hotel%20speech%20%283%29_djvu.txt

[6] Calderón Bouchet “Maurrás y la Acción Francesa frente a la IIIª República” Ed. Nueva Hispanidad, Bs As 2000 Pág. 81

[7] Mary Ball Martinez “Se socaba la Iglesia” Ed. Edamex México 1994   Pág. 58.

[8] Ibid. Pág.66

[9] Ibid Pág.31.

[10] Riccardo Galeazzi-Lisi “A la luz y bajo la sombra de Pio XII” Luis de Caralt Editor. Ediciones G.P.1967

[11] Mary Ball Martinez “Se socava la Iglesia” pág. 76-77.

[12] Jordán Bruno Genta: “Monseñor Josef Tiso -  El gobernante mártir” Edit. Santiago Apóstol. Bs As. 1997. Pág 32.

[13] Rachele Mussolino “Mussolini al desnudo” Ed. Emecé Editores Bs As 1974 Págs. 148-149

[14] https://es.zenit.org/2010/06/09/carta-inedita-de-pio-xii-a-roosevelt-para-evitar-bombardeos-a-roma/