San Juan Bautista

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jueves, 29 de octubre de 2020

Bergoglio y la guerra social - Antonio Caponnetto


BERGOGLIO Y LA GUERRA SOCIAL[1]

Por Antonio Caponnetto

 

-La Argentina –lo digo pensando en algún observador extranjero que necesitara saberlo- tiene problemas de todo tipo. Pero en los últimos años hay dos que le han sido “instalados” por la fuerza, y que merecerían algunos comentarios. Nos referimos al terrorismo mapuche y a la campaña sistemática de usurpación de tierras, campos o propiedades, tanto rurales como urbanas.

-Escapa a estas pocas líneas cualquier pretensión analítica, pero digamos que ambos problemas mencionados poseen, entre otros, el común denominador del recurso a la violencia; perfectamente pensada, planificada y ejecutada por distintas agrupaciones de izquierda, que llevan a cabo así la llamada “guerra social”, diseñada ya, principalmente en el Foro de San Pablo. Cuando decimos “agrupaciones de izquierda”, nos vemos obligados a incluir, dolorosamente, a ciertos sectores de la Iglesia Católica, con cargos jerárquicos relevantes, que de un modo explícito apoyan estos reclamos revolucionarios, y se ponen de su parte invocando indebidamente la llamada “opción preferencial por los pobres”. Escribimos “indebidamente”, porque, en rigor, no son los pobres genuinos los que se dedican al latrocinio  y a las actividades terroristas, sino  un lumpen rentado y subsidiado expresamente para provocar la anarquía como  programa ideológico.

-Este lumpen llevado a sobreactuar con furia frenética sus apariciones tiene como visibles y explícitos responsables a los llamados “Movimientos Populares y Sociales”. Son varios, repartidos en distintos países del mundo, y por supuesto en el nuestro existe más de uno. Pero en este momento su dirigente más escandaloso y vergonzante se llama Juan Grabois. Su prontuario es frondoso, sus actuaciones delictivas se consuman con impunidad y su afinidad con el actual gobierno es formal y expresa, aunque no está libre de fluctuaciones y de calculadas ambigüedades. Grabois fogonea por igual el vandalismo mapuche y las ocupaciones ilegales de territorios  privados o estatales. Y estos datos no son secretos ni hay que estar averiguándolos mediante algún equipo detectivesco. Son hechos que suceden con lenidad a la vista de todos, y que el mismo agitador los da a conocer con orgullo a través de las redes sociales. Cómo será el grado de descomposición al que hemos llegado que, mientras escribimos estas líneas, el Gobierno anuncia la entrega de una abultada suma de dinero mensual a los confiscadores y usurpadores de tierras, con tal de disuadirlos de su conducta. Un dinero que supera el que gana hoy en el país un honrado proletario.

-Hasta aquí todo lo narrado resulta gravísimo, sobre todo por la falta absoluta de frenos, castigos o de legítimas represiones por parte del Poder Ejecutivo y del Poder Judicial de la Argentina. Las Fuerzas Públicas tienen las manos atadas; y si en ocasiones, como en el día de hoy, se les permite actuar, el protocolo represivo es absurdo, y el agravio que reciben a cambio es enorme. Ni hablemos de las agresiones físicas y de las sanciones políticas. Pero insistimos: todo lo narrado sería gravísimo si no se le sumara, para potenciar la demencia, el hecho inicuo de que Bergoglio apoya públicamente al precitado delincuente Grabois. No sólo lo apoya y le brinda su amistad, aquiescencia y simpatía, sino que lo ha nombrado desde 2016 Asesor del Consejo Pontificio de Justicia y Paz, siendo frecuentes los viajes y los encuentros en Roma. El último ejecutado la semana pasada, cuando en el país, desde hace ocho meses, están cancelados la mayoría de los vuelos, y restringida tiránicamente la conexión entre las provincias internas.

-No es casualidad que, en la <Fratelli Tutti>, Bergoglio menciona en varios pasajes (vg.116, 169) su admiración por esos Movimientos Sociales y Populares, con los cuales realizó en Roma un “Encuentro Mundial de Movimiento Popular”, en octubre de 2014 y otro similar en el 2017.Ambos “Encuentros” son referidos en la encíclica, con tono ponderativo y congratulatorio. A pesar de que la totalidad de esos movimientos manifiestan una explícita filiación o connotación marxista. Incluyendo los cinco que representaron a la Argentina, bien conocidos aquí por su activísima militancia subversiva, anarquizante y desquiciadora. Son ellos: Movimiento Nacional Campesino Indígena (MNCI), Federación Argentina de Cartoneros y Recicladores (FACyR),Movimiento De Trabajadores Excluidos (MTE), Corriente Villera Independiente (CVI), Movimiento de Trabajadores Excluidos.

En pocas palabras: la Guerra Social, con sus dos principales vertientes, la del anarquismo indigenista virulento y la de los usurpadores de propiedades, encuentra n en Bergoglio su verdadero y último líder; y en última instancia su principal sustento ideológico. Sea por la idolatría pachamámica consagrada oficialmente en el Vaticano, como por el manifiesto énfasis puesto en diluir los contornos de la legitimidad del derecho de propiedad.

-Faltaba algo más para completar el manicomio eclesiológico, y Bergoglio nos lo ha ofrecido. Estos Movimientos Sociales y Populares han sido elevados prácticamente al carácter de agentes del nuevo mesianismo, el único en el cual parece creer hoy Francisco: el mesianismo de la solidaridad sociológica, terrenalista e inmanentista, cuyo salvador y redentor ya no es Cristo sino la acción solidaria con los supuestos excluidos. “La solidaridad, entendida en su sentido más hondo, es un modo de hacer historia y eso es lo que hacen los movimientos populares”(Fratelli tutti, 116). La historia en la concepción bergogliana tiene, pues, un motor hondo, que es el conjunto de los grupúsculos comunistas internacionales; y una meta determinada: la <sororidad> naturalista y horizontalista con los hipotéticos descartables. Hipotéticos, decimos, porque la verdad es que,en la <Iglesia> que encabeza hoy este personaje siniestro, lo único verdaderamente periférico, excluido y descartado es la Fe Católica.

Ahondando aún más en la felonía y en la heterodoxia, si cabe, Bergoglio sostiene que los dirigentes y los miembros de estos movimientos sociales y populares “son sembradores de cambio, promotores de un proceso en el que confluyen millones de acciones grandes y pequeñas encadenadas creativamente, como en una poesía. En este sentido son <poetas sociales>, que trabajan, proponen, promueven y liberan a su modo (Fratelli tutti, 169).

-El círculo de insensateces se ha cerrado del modo más endemoniado posible. Para entenderlo hay que acudir a aquello tantas veces citado de José Antonio Primo de Rivera. “A los pueblos –decía el Jefe de Falange- no los han movido nunca nada más que los poetas. Y ¡ay! del que no sepa levantar contra la poesía que destruye, la poesía que promete”.

Algunas veces hemos explicado los perfiles y los alcances clásicos que tiene este binomio joseantoniano; muy lejos de haber sido lanzado tan sólo como recurso retórico o esteticista, para plantearse y proponerse en cambio como un verdadero ideario espiritual, y hasta como una encrucijada existencial. Porque la poesía promisoria es la adecuación de la inteligencia a la gracia de la cosa; es la interrogación a Dios para saber los nombres de las cosas, y es el vaticinio o proclamación de lo que Dios ha querido y quiere. Su antítesis, en cambio,la poesía que destruye, es tal y como tal destruye, precisamente por ejecutar lo contrario. Su inspiración no está en la Gracia Divina sino en la desgracia del Maligno. Su sostén no es el “entusiasmo o delirio  divino”, del que tanto nos hablara Pieper explicando a Platón; sino el resentimiento y el rencor clasista alimentado por el Mentiroso desde el Principio.

-Si los nuevos poetas sociales son estos miserables anarquistas, terroristas, agentes del odio revolucionario predicado y exigido por el Che Guevara. Si la “nueva melodía cristiana” la ejecutarán estas tribus de parias homicidas, sin filiaciones divinas ni históricas ni hogareñas, es fácil deducir en qué se ha convertido una <Iglesia> cuya cúpula los tiene por paradigmas, les escribe encíclicas y les organiza Pastorales Aborígenes o Encuentros Internacionales en Roma. Se entiende entonces porqué Bergoglio y uno de sus más alucinados sirvientes, Monseñor Taussig, han decidido cerrar de modo cruel y artero, uno de los Seminarios más nutridos y prestigiosos que tiene hoy la Argentina: el de la diócesis de San Rafael. Allí se enseñaba la melodía cristiana de la Tradición, no la de la Insurrección Social y Popular.

-Los griegos usaban la precisa palabra <hecatombe> para designar un horrible festejo religioso consistente en la matanza de cien bueyes. Y por extensión, claro, el término se utilizó y se utiliza para mencionar un desastre espantoso. Dios nos de la fuerza para no sucumbir ante la actual hecatombe provocada en la Iglesia y en nuestras patrias por quienes han sustituido el recto culto de latría a la Santísima Trinidad por la idolatría vergonzante, animaloide y tribal . Es la fuerza de los genuinos poetas la que necesitamos, porque –como decía D`Annunzio en 1942- “Un atto è la parola del poeta comunicata alla folla, un atto come il gesto dell’eroe”.

 

                                          Buenos Aires, 29 de octubre de 2020



[1] Escribí esta nota por pedido de un blog italiano (Duc in altum). De allí el modo didáctico y básico con que me ha parecido prudente explicar lo que sucede. Algo que el público argentino, obviamente, no necesita que le sea explicado. Prefiero aclararlo.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista


lunes, 26 de octubre de 2020

Elegía Para Jordán Bruno Genta - Antonio Caponnetto

 

1974 -27 de octubre- 2020

A 46 años de su martirio

 

Elegía

Para Jordán Bruno Genta

 

Antonio Caponnetto

 


  

Lo daríamos todo por tenerte esta fecha,

un día más apenas, otra noche de arenga,

una clase este jueves, que el dolor nos detenga

y nos deje el sabor de la antigua cosecha.

 

Lo daríamos todo por oír tus lecciones

donde aunabas la ciencia, la esperanza y la rima,

el Fedro con la Suma, Agustín y en la cima

de los mástiles nuestros los sagrados pendones.

 

Lo daríamos todo por volver a tu casa

y encontrarte velando nuestra patria doliente,

en la voz una lanza o un crepitar paciente

de leño hachado a luz como celeste brasa.

 

Lo daríamos todo por saberte testigo

deambulando en el llano con guapeza paisana,

hidalgo de una estirpe romano castellana,

que signó tu ventura: la molienda del trigo.

 

Lo daríamos todo por soñar de tu mano

el retorno de Arturo, la victoria del Cid

la gloria de Occidente cuando fue su adalid

un varón hecho estampa de Príncipe Cristiano.

 

Lo daríamos todo por preguntarte ahora,

que ya sabes los nombres perennes y esenciales,

cómo son esos montes que brotan manantiales,

con qué letras se escribe la gloria de la aurora.

 

Lo daríamos todo por beber en tu mesa

en cuya cabecera estaban convidados

los vencidos del mundo, los grandes derrotados,

el eslovaco Tiso, la avileña Teresa,

 

el que peleó en Lepanto, el sabio de Estagira,

los heraldos del fascio, los camisas azules,

Don Juan Manuel de Rosas con su poncho de gules,

el fraile que se asombra y el niño que se admira.

 

Lo daríamos todo por traerte este lúgubre

intervalo de pestes, de impensadas angustias,

para que nos arranques de las míseras mustias.

Lo daríamos todo por traerte este octubre.

 

Lo daríamos todo y sin embargo siento

que siempre te regresas porque aún no te has ido,

la sangre sabe a puerto del que nunca ha partido

y el velamen del mártir es un eterno viento.

 

 

Octubre 2020, Buenos Aires

 

 

Nacionalismo Católico San Juan Bautista


Otto Skorzeni (VI) Victorioso: Mussolini liberado – Luis Alfredo Andregnette Capurro

                

Los capítulos de esta zaga, se transformarían en libro demasiado voluminoso si describiésemos con todo lujo de detalles, los acontecimientos sucedidos en aquellos días de la traición del Saboya, a la Gran Alemania aliada, crimen antecedido por la puñalada trapera al Duce y al gobierno Fascista. Por ello, el grupo de felones a Italia y a su comunidad organizada, siendo ésta la forma fascista de denominar al Pueblo, la que no comprendieron, dada su irracionalidad y/o miseria espiritual.

Existe una ley histórica, que nos dice, desde siglos remotos que, cuando un grupo anímico racial alcanza una posición preeminente, debe defenderla con firmeza de acero porque, de no hacerlo, corre el riesgo del desprestigio universal. Ello fue lo que aconteció con Italia durante la segunda cincuentena del siglo XX. Una monarquía, que no pudo volver por falsaria y cobarde, sustituida por una república con partidos marxistas y “católicos” heréticos corruptos, gobernada por siniestros asesinos ex terroristas partisanos, (Sandro Pertini Presidente de Italia es un ejemplo) y mafiosos que mostraron sus llagas, purulentas en la década de los años ochenta de la veinte centuria que fenecía. Todo este trabajo se convertiría en un trabajo poco legible si describiésemos todos los acontecimientos sucedidos en la nación de los Apeninos que había perdido el rumbo y la dignidad le había restaurado el régimen Fascista desde 1922. Por ello nos limitaremos a seguir la labor de investigación que para enderezar la situación siguió el Stardantefuhrer SS Skorzeny.

Hoy sabemos por el Duce, que durante los 46 días en los cuales estuvo secuestrado, lo fue en 4 lugares diferentes. En primer punto figura Ponza, desde donde fue trasladado a Spezia, la importante base naval. Desde allí fue llevado a Maddalena en el norte de Cerdeña y, desde ese lugar en vuelo, directo al Gran Sasso. Este era, y aún lo es, donde había sido levantado, a dos mil metros de altura en 1936, el albergue para alpinistas llamado Campo Imperatore, coronado por un Hotel con cinco pisos de altura, siguiendo las líneas severas de la arquitectura fascista.

En su libro de 'Memorias', Skorzeny confiesa que pasó días sin obtener datos positivos que pudieran orientar la tarea de liberar al Duce. Con respecto al puerto de la Spezia -escribe Skorzeny- recibimos de pronto una orden del Cuartel General para que preparásemos todo lo necesario a fin de liberar al Duce del barco de guerra donde se hallaba. Tal orden hizo que nos rompiésemos la cabeza durante 24 horas. Los altos dirigentes ordenaban, pero no habían tenido en cuenta que la empresa era muy difícil. ¿Acaso creían que era fácil liberar a un hombre en medio de un puerto de guerra abarrotado de barcos y fuertemente defendido? Afortunadamente al otro día se nos informó que Mussolini ya no estaba en la Spezia. “Pasados algunos días, rumores luego confirmados, situaban al Duce en el fortín de Santa Maddalena enclavado al norte de la isla de Cerdeña. Acompañado del teniente Warger que hablaba un italiano perfecto me dirigí al lugar para hacer las averiguaciones necesarias. Embarqué en un bote –R-destinado a la limpieza de minas… Me oculté entre unos veleros, para tomar fotografías En las afueras de la pequeña ciudad estaba casa en cuestión, la ‘Villa Kern…’ Llegados a este punto sólo me quedaba averiguar la identidad del ‘importante preso’ Fue entonces que entró en acción el teniente Wager. Lo vestimos de simple marinero… Especulando con el apasionamiento e indiscreción de los italianos ordené a Wager que se mezclara con el pueblo y que, si oía que hablaban del Duce debía afirmar que sabía de fuentes fidedignas, que había muerto de una enfermedad y que, si alguien ponía en duda sus palabras, debería hacer una apuesta… El, plan dio resultado. Un frutero que visitaba la ‘Villa’ para abastecerla diariamente fue el as de la apuesta. Ganó fácilmente el dinero que le ofrecimos y nos prestó un gran servicio. Condujo a Wager hasta la ‘Villa’ y le mostró la terraza en la que estaba sentado el Duce. Wager, visitó asiduamente su puesto de observación. Poco a poco fue enterándose de la forma, en que era defendida la prisión y del número de hombres que estaban en ella. Llegó el momento de trazar nuestros planes para la liberación de Mussolini pero necesitaba de un conocimiento más completo de la zona… Los mapas que me facilitaron no me bastaban y decidí volar sobre mi objetivo, pero a gran altura pues sabía que el lugar era considerado ‘tabú’ para el vuelo de cualquier clase de aviones. Quería sacar algunas fotos desde el aire.  El miércoles 18 de agosto de 1943 todo estaba listo… El HE111 que pusieron en el aeropuerto ‘Practica di Mare’ a mi disposición empezó volando hacia el norte… Regresé al aeropuerto algo más tranquilo y me preparé para iniciar mi proyectada acción… Nuestro avión estaba punto y despegamos poco después de la cinco. Ordené volar a 5000 metros de altura ya que quería inspeccionar el puerto… Estaba sentado ante la ametralladora, con la cámara fotográfica y el mapa de la zona… Me encontraba absorto contemplando el mar que tenía una coloración especialmente bella, cuando oí la voz del vigía a través del altavoz: ¡Alarma no siguen dos aviones! ¡Son cazas ingleses! Nuestro piloto describió un semicírculo. Yo me apresuré a poner el dedo sobre el botón de la ametralladora... Pareció que el avión volvía a su anterior ruta, cuando me di cuenta que estábamos volando en picada. Me volví y contemplé el rostro angustiado del piloto que hacía ímprobos esfuerzos para que el aparato volviera a su posición horizontal. Una rápida ojeada me bastó para darme cuenta que el motor izquierdo no funcionaba. Continuamos descendiendo vertiginosamente... Lo último que sentí por el altavoz fue: ¡Agarrarse!... Casi inmediatamente chocamos contra el mar. Debí darme un golpe en la cabeza porque perdí el conocimiento durante un tiempo. Vi unos puntos luminosos ante mis ojos, y sentí que alguien tiraba de mi guerrera. Así me encontré en el agua. Nuestro avión se hundía: la cabina estaba inundada, los cristales habían saltado y el agua entraba a borbotones… No nos quedaba más remedio que salir del aparato lo antes posible. Hicimos grandes esfuerzos para abrir el techo del avión… Sacamos al segundo piloto, aspiré con fuerza y nadé hacia la superficie. Fue en aquel, instante cuando sucedió una cosa insólita el avión emergió de la profundidad del mar. El piloto y su camarada abrieron las puertas y vieron acurrucados a los dos soldados que creíamos ya cadáveres. Estaban ilesos… salieron como pudieron y se agarraron de las salientes del aparato. Entonces recordé que mis mapas y mi cámara de fotos estaban dentro del avión. Hice acopio de mis fuerzas, volví a introducirme y conseguí recuperar mis tesoros. El bote salvavidas flotaba en las aguas; en él metí mi cámara y la cartera con los mapas... Pasamos una hora completamente olvidados del mundo. Finalmente vimos que un barco surcaba el horizonte. Nos apresuramos a disparar el cohete rojo de socorro. El barco dio la vuelta y echó al mar un bote que no tardó en recuperarnos. Cuando estuvimos a bordo me di cuenta que nuestro salvador era un crucero italiano. Nos recibieron con todos los honores… Alrededor de la medianoche desembarcamos en el puerto de Bonifacio… Era el 20 de agosto, cuando me volví a encontrar con mis hombres. La tropa estaba radiante de alegría, al volver a encontrar a su Jefe al que creían muerto.”

A esta altura de esta nota, el autor desea expresar algunas referencias a determinado personaje que interrumpiría la preparación que para liberar al Duce estaba plena acción y en la que, incluso el, General Student participaba con entusiasmo junto a Herr Hauptman Otto Skorzeny y sus camaradas de combate. El optimismo primaba cuando llegó una nota del Cuartel General que decía lo siguiente: “Nos han llegado informes fidedigno -vía Canaris- según los cuales Mussolini se encuentra prisionero en la isla de Córcega. El jefe Skorzeny debe preparar enseguida su unidad con paracaidistas paras ser lanzados en la isla…” En las ‘Memorias’ de nuestro Héroe que, como han comprobado los lectores, estamos siguiendo por su veracidad a toda prueba, leemos lo que sigue a continuación: “Tanto el teniente Radl como yo nos encontramos sumidos en un mar de confusiones. Parecía que había sectores en Italia que poseían datos sumamente exactos.” A renglón seguido escribe Herr Hauptman Skorzeny: “Transcurridos pocos días recibimos otro informe con el rótulo de ‘Muy Secreto’ dirigido a los Jefes de unidad que expresaba lo siguiente: ‘El gobierno de Badoglio nos ha prometido que Italia seguirá combatiendo con todas su fuerzas con nosotros, incluso dispuesto a hacerlo más intensamente de lo que lo había hecho el anterior gobierno.’”

Leamos otra vez a Skorzeny para transcribir lo impreso en ‘Vive Peligrosamente’. Aquí está la opinión del guerrero germano: “Nosotros los que estábamos en Italia opinábamos de manera diferente. Por ello no pudimos comprender como había llegado el almirante Canaris a aquellas conclusiones y porque no había esperado antes de pasar sus informes al Cuartel General del Führer.” Quien escribe esta nota, desea poner sobre la mesa de estudio, que el almirante Canaris era un sujeto que durante los años que fue jefe, nada menos que de la Secretaría de Contraespionaje, hacía un doble juego pasando información al enemigo. Fue confirmado, el relevo de febrero, por estar implicado en la conjura el mismo año 1944, cuando el atentado contra el Führer en la jornada del 20 de julio. La investigación comprobó que el citado Canaris estaba vinculado a los conspiradores y que su vida sencilla y modesta, escondía a un ser viperino que había causado, infinitos males. Encarcelado, fue ajusticiado por Traición a la Patria a comienzos de 1945.

Deseábamos poner en conocimiento de los lectores, el porqué de la confusión que creaba entre los guerreros las desinformaciones del Iscariote. Pero volvamos al libro de Skorzeny y leamos. Así estampaba su desconcierto: “La concentración de tropas italianas (badoglianas) al norte de Roma se estaba realizando desde hacía algún tiempo, confirmaban nuestras suposiciones, nada agradables. Por tal razón decidimos evitar convertirnos en victimas de tales falsas informaciones… no estábamos dispuestos a saltar en el vacío. Entonces el General Student nos ordenó trasladarnos a Prusia donde estaba la sede del Cuartel General. Viajamos en el mismo avión que nos había traído a Italia. Se nos introdujo en la misma Sala en la cual habíamos estado la primera vez. Pero en esta ocasión las sillas y sillones estaban ocupadas. En esta ocasión tuve la oportunidad de conocer a los hombres que dirigían los destinos de Alemania. A la izquierda de Adolf Hitler se sentaba el ministro de Relaciones Exteriores, Von Ribbentrop; a su derecha el Mariscal de Campo Keitel y el Coronel General Jodl, a cuyo lado me ordenaron que tomase asiento. Al lado de Ribbentrop estaba Himmler; a continuación, el general Student y junto a éste el Almirante Donitz.  Entre éste y yo, el Mariscal del Reich Goring. El General Student tomó la palabra para exponer la situación. Cuando terminó su alocución, todo el mundo me miró en espera que yo hablase. Debo reconocer que tuve que hacer un gran esfuerzo para dominar mi timidez y hablar ante semejante auditorio… había llevado conmigo algunas anotaciones, pero en aquel momento me olvide de ellas. Por tal causa me limité a exponer con toda clase de detalles las investigaciones llevadas hasta el momento. El Führer se levantó de su asiento y con gesto espontáneo me tendió la mano diciendo: Creo en sus palabras, sé que tiene razón. Daré contraorden para que los paracaidistas no sean lanzados en la isla de Elba. ¿Ha pensado en el modo que se podrá liberar al Duce? Le ruego me exponga los detalles. Saqué papel, lápiz y desarrollé ante el Jefe Supremo el plan que había surgido en la mente de Radl y en la mía. Hice constar que nuestra acción sería secundada por oficiales de la Marina. También expuse que era indispensable que tanto las baterías pesadas de la Brigada estacionada en Córcega como las destinadas en el norte de Cerdeña estuviesen a disposición de protegernos y cubrirnos. Cuando terminé de hablar el Führer tomó, la palabra: Apruebo su plan. Las unidades que se precisen para desarrollar el accionar serán puestas a disposición de Herr Hauptman Skorzeny y el General Jodl se ocupará de los detalles pertinentes. Es preciso -continuó- que mi amigo Mussolini sea liberado cuanto antes pues, en caso contrario, será puesto en manos del enemigo. ¡Cuando me despedí de Hitler, éste me apretó la mano con calor! Lo conseguirá, Skorzeny; ¡confío en usted! Sus palabras eran tan convincentes que me dejé contagiar por su fe. Había oído hablar mucho sobre la fuerza persuasiva, casi hipnótica de Adolf Hitler, aquel día tuve ocasión de comprobarlo personalmente.”

“A mi llegada -prosigue Skorzeny- conté a Radl todos los pormenores de mi reciente visita al Cuartel General. Incluso le informé que en caso de fracasar sería yo, el único responsable. En los días siguientes proseguí con mis visitas disfrazadas de marinero que llevaba ropa sucia en un canasto. Mi observatorio era bueno. Ya conocía la casa, su estructura y los caminos del jardín. Miré todo detenidamente y me pareció que no se habían producido cambios. Regresé a la casa de la lavandera. Al entrar me di cuenta que uno de los ‘carabinieri’ que formaba parte de la guardia estaba de visita en la vivienda. Entablé conversación con él utilizando los servicios de Wager. Hice lo posible para que la conversación recayera sobre Mussolini... Se animó cuando le dije que sabía que el Duce había muerto y que mi información era digna de crédito, le insistí repetidas veces que un médico me había dado toda clase de detalles sobre la muerte del Caudillo Fascista. El carabinero no pudo contenerse más y exclamó: No, ‘signore’ imposible. He visto al Duce esta mañana. Formé parte de la guardia. Lo condujimos al avión blanco que despegó con él… ¡Vaya sorpresa! El ‘nido estaba vacío’. Debíamos apresurarnos a suspender, todos los preparativos… Telefónicamente me comuniqué con Radl quien me informó que todos los hombres estaban a bordo del avión y que reinaba un gran entusiasmo… redacta: Le grité: ¡Que desembarquen rápido sin pérdida de tiempo! Para quien estas líneas había que comenzar todo rápidamente, porque, para los guerreros no existen las palabras ‘más tarde’. A fines de agosto, en Venecia, se reunió Canaris con su colega italiano el General Amé. No pudimos menos que preguntarnos -escribe Skorzeny- ¿Estaba decidido Canaris a tomar en sus manos las riendas de las acciones alemanas que giraban en torno a nuestro asunto?”. Quien compila las páginas documentarias y redacta esta nota, se ve en la obligación moral de contestar afirmativamente a la pregunta del Héroe. El felón Canaris, a quien ‘más le valiera no haber nacido (Jesús dixit de Judas)’ creyéndose intocable, seguía tejiendo su trama viperina que finalmente, lo llevaría a la muerte indigna.

Nuevamente abrimos el documentado ‘Memorial’. Leamos: “Mi pequeño servicio de información nos aseguró al cabo de unos días que Benito Mussolini se encontraba en un hotel de montaña situado en una parte la cumbre del Gran Sasso. A partir de aquel momento trabajamos febrilmente para recoger, sobre la topografía de aquella zona todos los datos. No obstante tuvimos que reconocer que los datos eran insuficientes para una operación militar de tanta importancia Era absolutamente necesario que pudiésemos contar con fotografías aéreas de toda la zona. El miércoles 8 de setiembre, el Alto Mando puso a nuestra disposición un avión dotado de cámara fotográfica automática. En aquel vuelo tan importante fui acompañado por mi ayudante personal y por un Oficial del Servicio Secreto… tuve más tarde que trasladarme a Roma para entrevistarme con Oficiales italianos que planeaban la liberación de Mussolini. Debía conocer sus planes para que no interfirieran con los míos. Encontré a Radl en la Embajada alemana. Más tarde me enteré que Eisenhower a las 18:30 del 9 de setiembre, había notificado por Radio Argel, la capitulación de Italia; él fue el primero en lanzar la noticia para nosotros de vital importancia. El hecho a que horas después, Badoglio trasmitiera la noticia a través de todas las emisoras, me daba a entender que los aliados habían presionado a los iscariotes, por lo menos, en cuanto al tiempo de la difusión de la noticia. Ese mismo día los fascistas refugiados en Alemania lanzaban una proclama precedida de las notas del Himno Fascista ‘Giovinezza’. Esas exhortaciones culminaban con estas frases: ‘¡Italianos! ¡Combatientes! La traición no se cumplirá. No obedezcáis las falsas órdenes de la traición. No os entreguéis al enemigo.  Negaos a volver las armas contra vuestros conmilitones alemanes...’ De pronto, inesperadamente se dio alarma aérea.  No tardando mucho vimos que las bombas enemigas estallaban en las inmediaciones. Nos dimos prisa en cubrirnos y pensé que mis planes se venían abajo en el último momento. Y reflexioné: ¿No será locura poner en práctica mi plan en estas circunstancias? Escuché junto a mí la voz de mi ayudante que me decía: ¡Lo superaremos! Y tal frase dicha con tanto entusiasmo, hizo renacer mis perdidas esperanzas. El ataque aéreo terminó luego de media hora. Comprobamos aliviados que las pistas habían sufrido ligeros daños ¡Dimos gracias a Dios!  Corriendo alcanzamos los aparatos.  Di orden de subir. Hice la señal convenida para despegar. El tiempo era el adecuado. Los motores empezaron a rugir rodamos por la pista y seguidamente nos elevábamos. Entonces precisamente entonces, el piloto del avión a través del telefonillo de abordo nos dijo: Los aparatos uno y dos ya no vuelan con nosotros ¿Quién dirige el rumbo a partir de este momento?  Sin pérdida de tiempo contesté: Tomaré personalmente el mando; lo haré hasta que lleguemos al objetivo. Pocos minutos antes de la hora fijada reconocí el valle que se extendía bajo nosotros. Comprobé que el batallón de paracaidistas se desplegaba valle arriba y respiré aliviado al ver que habían alcanzado el, objetivo en el momento, indicado. Ordené entonces: ¡Ponerse los cascos de aterrizaje; apretadlos fuertemente! Exactamente debajo vi el Hotel Imperatore, Di una nueva orden ¡Desenganchad la cuerda de arrastre! De pronto se hizo entre nosotros un silencio. Una nueva sorpresa y nada agradable acababa de descubrir que ‘mi’ prado de aterrizaje no era llano, sino empinado., no podía aterrizar en semejantes condiciones; el intento solo podía ser considerada una locura. Mi piloto el teniente Meier debió, pesar lo mismo que yo, porque se volvió y me miró. Me rompí el cerebro en busca de una solución. Tomé la decisión más importante de mi vida y ordené: ¡Preparados para aterrizar lo más cerca del Hotel!  El piloto no dudó un solo segundo. Bajó el ala izquierda del aparato y descendimos casi en picada. El bramido del aire se intensificó a medida que nos acercábamos al objetivo. Un sudor frío me corrió por la espalda. Vi, como el teniente Meier abría el paracaídas que debía frenar el aterrizaje y de pronto, topamos brutalmente con la tierra en medio de un ruido ensordecedor. Cerré los ojos durante un segundo; no estaba en condiciones de pensar. Una última sacudida, me hizo comprender que habíamos aterrizado. Corrí hacia el Hotel. Detrás de mí, oía la respiración acelerada de mis ocho hombres de las SS. Tenía la certeza de haber elegido los mejores de ellos que, amén de estar dispuestos a secundarme en el accionar comprenderían el más leve gesto que les hiciera. Nos enfrentamos con los soldados badoglianos que salían al exterior y preparaban dos ametralladoras ante la entrada, saltamos sobre ellas y las derribamos. Los carabineros se apretujaron ante la puerta. A culatazos, conseguí entrar. Mis hombres no cesaban de gritar ¡“Mani in alto”! Todavía no habíamos disparado un solo tiro. Me encontré en el vestíbulo principal. A la derecha encontré una escalera. La subí saltando de 3 en 3 escalones hasta que llegué al primer piso. Torcí a la izquierda y continué por el pasillo. Seguidamente abrí una puerta, ¡la indicada! Entre en la estancia ocupada por Benito Mussolini ¡La primer parte de nuestra misión había sido coronada satisfactoriamente! El Duce sano y salvo estaba en nuestras manos liberadoras. No habían pasado ni cinco minutos desde que aterrizamos. Pude ver como otros cinco planeadores tomaban tierra sin novedad. En aquel preciso instante entró mi ayudante en la habitación, lo que me dio a entender que había logrado abrirse paso. Entró entonces un coronel italiano. Sostenía entre las manos una botella de vino de marca y me la ofreció al mismo tiempo, que se inclinaba ante mi diciendo: ¡Al vencedor! Entonces y sólo entonces estuve en disposición de dirigirme a Mussolini que estaba en un rincón protegido por el teniente Schwer. Me cuadré ante aquel y le dije: ¡Mi Duce, el Führer me envía para, libertaros! ¡Sois libre! Mussolini me abrazó y respondió: ¡Sabía que mi amigo Adolf Hitler no me dejaría abandonado! Sólo entonces dispuse unos minutos para prestar atención al Duce. Al verle era fácil darse cuenta que estaba enfermo. Sin embargo, sus grandes y febriles ojos negros, me hicieron comprender que estaba ante el Hombre más Grande de Italia. Me traspasaban, parecían, ahondar dentro de mi cuando me hablaba con su particular vehemencia. Tenía mucho interés de enterarme por él mismo de los pormenores que pasó como prisionero... Pero sentí pena y quise darle algunas alentadoras noticias: Nos hemos ocupado, constantemente por su familia, Duce, su esposa y sus hijos más pequeños han sido internados en su propiedad de ‘Rocca delle Caminate’ Nos hemos puesto en contacto con su esposa Donna Rachelle. Al mismo tiempo que nosotros aterrizábamos en este lugar, otro de nuestros comando mandado por el Capitán Mandel, recibió orden de rescatar a su familia. Estoy seguro que en estos momentos ya gozan de libertad. El Duce me dio entonces un fuerte apretón de manos y dijo: Todo está en orden. Agradezco, Herr Hauptman, Skorzeny sus desvelos. El Duce se dirigió entonces hacia la puerta de Hotel ataviado con un abrigo negro y cubierta la cabeza con un sombrero del mismo color. Nuestras tropas lo recibieron con grandes aclamaciones y saludos romanos. Fue conmovedor lo que su presencia causaba entre nuestros camaradas. Todos, absolutamente todos, reiteraban y una y otra vez los vítores y manifestaciones de simpatía. A ellas, se agregaron las de los italianos seguramente, falsos badoglianos, obligados a ser sus carceleros.  El Duce sonreía, en tanto agradecía y caminaba hacia el aparato que lo aguardaba. La alegría y la emoción que sentía yo por la liberación de aquel Grande Hombre, junto al éxito alcanzado con costos bajísimos, eran tan importantes que, Dios me tuvo de su mano para que no padeciera un problema cardíaco en esos momentos cruciales. Un romano de la época de Octavio Augusto hubiera expresado paganamente que, la Fortuna Viril había reinado. El planeador ‘cigüeña’ estaba a punto de despegar en un corto espacio de terreno. Peligro notorio, que advirtió el Duce, experimentado piloto y que iba correr junto los capitanes Gerlach y Otto Skorzeny. Era una aventura al filo mismo de la muerte. Pero nada dijo. El motor se puso en marcha. Hicimos un último saludo de despedida a los camaradas que allí quedaban continuando con sus vítores. Agarré –escribe Skorzeny- fuertemente con ambas manos, dos tubos de acero de la conducción y procuré aumentar el equilibrio de la máquina… Comenzamos a rodar. A través de las ventanillas de pareció oír que mis hombres nos alentaban al igual que los italianos. A pesar que la velocidad iba aumentando y que ya estábamos al final de la improvisada pista, continuábamos pegados al suelo. Procuré hacer contrapeso con mi cuerpo y aprecié que, en algunas ocasiones saltábamos sobre algún obstáculo del terreno. Inesperadamente nuestro ‘pájaro’ alzó ¡Gracias A Dios! Pero… la rueda izquierda del avión dio contra el suelo, la máquina se inclinó un poco hacia delante y el aparato empezó a trepidar. Cerré los ojos. Sabía que no podía hacer nada. Contuve la respiración… El viento ululaba cada vez con más fuerza entorno a nosotros… El experimentado Gerlach había recuperado el dominio del aparato y lo mantenía en vuelo horizontal. Volamos a unos escasos 30 metros de la tierra y alcanzamos la salida del Valle del Arezzano. Los tres estábamos pálidos en extremo, pero ninguno expresó palabra. Prescindí de toda ceremonia. y puse mi mano en el hombro de Mussolini, al que acabábamos de salvar por segunda vez… Cuando aterrizamos en Viena desembarqué para ver si éramos esperados.  Efectivamente, Jerarcas del Gobierno, Jefes Militares y del Parido habían esperado varias horas, hasta el momento en que se corrió la noticia que un avión, (que no era el nuestro, sino el de la escolta), había hecho un aterrizaje obligado en aeropuerto cercano. Todos habían salido hacia allí. Al despejarse la situación, los numerosos altos jerarcas se mostraron encantados de hallar a nuestro insigne huésped sano y salvo. Confieso que solo respiré aliviado cuando me vi, libre de la responsabilidad que había pesado sobre mis hombros. Entonces, y sólo entonces, había vencido las dificultades de tan arduo como histórico día (12 de setiembre de1943). Ya estábamos instalados en el Hotel Imperial, el mejor de Viena, cuando sonó la campanilla del teléfono de mi habitación. Una voz me anunció que el Führer quería hablar conmigo. Cuando me presenté a través del auricular sentí la voz inconfundible del Caudillo quien me dijo:  ‘Acaba usted de llevar a cabo felizmente, una hazaña militar que a partir de este momento formará parte de la Historia, me ha devuelto a mi amigo Mussolini, por lo que en agradecimiento a sus servicios, lo condecoro con la Cruz de Caballero  y lo asciendo a Comandante de las SS. Acepte usted mis más calurosas felicitaciones’.  Minutos antes de la medianoche, un Coronel Jefe del Estado Mayor de la zona se hizo anunciar. Entró en mi habitación con aire solemne y se presentó: Herr Hauptam  Skorzeny,  me presento a usted, cumpliendo una orden que me ha trasmitido nuestro Fuhrer. Tengo el encargo, de entregarle la, ‘Cruz de Hierro’ de Primera Clase. Seguidamente se despojó de su propia condecoración y me la prendió en mi chaquetilla. Se cumplía lo que Mussolini había expresado cuando su histórica visita a Berlín, en setiembre de 1937 (Año XV de la Era Fascista). Así señaló en aquella jornada: ‘Según la Ley del Honor Fascista, cuando se tiene un Amigo, se sigue con él hasta el final’”

Luis Alfredo Andregnette Capurro

 

 Desde el Real de la Muy Fiel y Reconquistadora Ciudad de San Felipe y Santiago de Montevideo

 

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

 

domingo, 25 de octubre de 2020

La Parusía - P. Juan Rovira

 La Parusía[1]

Padre Juan Rovira[2] 

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« ¡Aleluya! Porque ha establecido su reino el Señor, nuestro Dios Todopoderoso » 

(Ap. 19, 6)

 

Es este nombre griego derivado del verbo pareimi, “estar presente”, y significa presencia, advenimiento, y con él se designa en los Libros Sagrados del Nuevo Testamento el Segundo Advenimiento de Cristo Señor Nuestro para juzgar a los hombres. De la Parusía no sabemos otra cosa sino lo que se nos dice en los Libros Santos.

 

Realidad de la Parusía

 

Cristo, el Mesías y Redentor prometido al género humano al principio de los tiempos (Gn. 3, 15) es el Verbo de Dios que se hizo carne (Jn. 1, 14) y habitó entre los hombres y padeció y murió por la salud de los hombres en la plenitud de los tiempos, y el mismo Cristo que subió a los cielos y está sentado a la diestra del Padre, vendrá desde allí a juzgar a los hombres en el fin de los tiempos.

Dos son, pues, las Venidas de Cristo; la una en la plenitud de los tiempos; la otra al fin de los tiempos; la primera para enseñar al hombre con sus palabras y con su ejemplo, para padecer y morir por el hombre, para salvar a los hombres; la segunda para juzgar a los hombres y dar a cada uno según sus obras, a los buenos premio eterno porque guardaron sus santos mandamientos y a los malos pena eterna porque no los guardaron. Esta Segunda Venida de Cristo es un artículo de nuestra santa fe, que se contiene en aquel artículo del Credo: “Desde allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”, y se predice en muchos textos de la Sagrada Escritura, de los cuales bastará traer algunos.

Así, San Pablo habla de las dos venidas (Heb. 9, 28). Cristo se ofreció una vez para quitar los pecados de muchos; la segunda vez fuera del pecado, esto es, sin ser expiación por el pecado, aparecerá a los que esperan en Él, para su salvación; y el mismo Cristo dice en San Mateo (16, 27): el Hijo del hombre ha de venir en la gloria de su Padre con sus ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras. Y después de la Ascensión de Cristo, según se refiere en el libro de los Hechos de los apóstoles (1, 10-11), mientras estaban los discípulos mirando al cielo, entre tanto que Él se iba, he aquí que dos varones con vestidos blancos se pusieron junto a ellos y les dijeron: “Varones de Galilea, ¿qué estáis mirando al cielo? Este mismo Jesús que ha sido tomado de vosotros al cielo, así vendrá, así como le habéis visto subir al cielo.” Así, pues, como Cristo subió al cielo el día de la Ascensión, así ha de volver a venir, y este es el Segundo Advenimiento, la Parusía.

 

Hora de la Parusía

 

En cuanto al tiempo y hora de la Parusía, cuatro cosas se nos dicen en las Sagradas páginas: a) Lo primero, que será pronto. b) Lo segundo, que no es inminente. c) Lo tercero, que su hora es desconocida. d) Lo cuarto, que será súbita e inesperada.

1º) Que será pronto, se nos dice en la epístola de Santiago (5, 8): “Tened también vosotros paciencia, confirmad vuestros corazones porque la venida del Señor se acerca.” Y más claro en el Apocalipsis (22, 20). Así dice el que da testimonio de estas cosas: “Ciertamente vengo en breve.” Mas estas palabras: se acerca, pronto, en breve, han de entenderse relativamente, parece indicarlo San Pedro en su segunda carta (3, 8): “No se os esconda esto, carísimos, que un día delante del Señor, es como mil años y mil años como un día”.

2º) De aquí, pues, se deduce ya que la Parusía, aunque hubiera de ser pronto o en breve, no por eso era inminente. Y esto es lo que dice el Apóstol San Pablo en su segunda carta a los fieles de Tesalónica. Por lo visto algunos habían alborotado a los Tesalonicenses o por medio de falsas revelaciones, o tal vez por medio de cartas, anunciándoles y persuadiéndoles la proximidad inminente de la Parusía o Segundo Advenimiento del Señor, y turbándoles con estos prenuncios y predicciones.

San Pablo les escribió una carta en la que les dice (2 Tes. 2, 1-2): “Os rogamos, hermanos, que en cuanto a la venida de Nuestro Señor Jesucristo, y nuestra reunión con Él, no os mováis fácilmente de vuestro sentir ni os conturbéis, ni por espíritu, ni por palabras, ni por cartas enviadas a nombre nuestro; como si el día del Señor estuviese cerca.” Y luego, en los versos siguientes, les prueba que esta venida no es inminente, porque antes de ella han de suceder otras cosas que allí pone: la apostasía y la rebelión, y la manifestación del hombre del pecado, y se remite a las enseñanzas que sobre esto les habrá dado de palabra.

Y el mismo Cristo dice expresamente que antes de su Advenimiento y de la consumación se ha de predicar su Evangelio en todo el mundo (Mt. 24, 14). “Y será predicado este Evangelio del reino en todo el mundo en testimonio a todas las gentes, y entonces vendrá la consumación.” Así, pues, los Apóstoles no miraban como inminente la venida del Señor. En realidad, ellos ignoraban el tiempo de la Parusía, puesto que:

3º) La hora de la Parusía es ignorada de todos, como dice el mismo Cristo (Mt. 24, 36): “Aquel día y aquella hora nadie la sabe, ni siquiera los ángeles del cielo, sino sólo el Padre.” Claro está que Cristo, Hijo de Dios, y un solo Dios con el Padre, que recibe del Padre toda la naturaleza divina y el entendimiento y la ciencia divina y, en fin, todo lo que tiene el Padre (Jn. 16, 15), sabe y conoce también el tiempo y la hora de la Parusía. Y si se dice que no lo sabe, como en San Marcos (13, 32), ha de entenderse que no lo sabe para comunicarlo y revelarlo a los hombres, según lo declaró ya San Gregorio Magno (590-604) contra los agnoetas. Porque siendo Él, como es, Cabeza de la Iglesia, que es su Cuerpo Místico, Él comunica a este Cuerpo Místico la potestad, la doctrina y la gracia.

Mas este conocimiento del tiempo de la Parusía no lo comunica ni lo revela y, por lo tanto, este conocimiento no pertenece en modo alguno al depósito de la revelación. De donde se sigue que los Apóstoles que, como tales, no predicaban sino lo contenido en el depósito de la revelación, la doctrina que habían recibido de Cristo, no pudieron en modo alguno, ni en sus enseñanzas apostólicas, ni en sus escritos inspirados señalar o precisar el tiempo y hora de la Parusía.

Recientemente con este motivo se suscitaron algunas opiniones erróneas o inexactas que motivaron algunas decisiones de la Santa Sede. Porque unos, fundándose quizá en el texto citado de San Marcos (13, 32) o, más bien, en las sentencias u opiniones de algunos Santos Padres, pretendieron limitar la extensión de la ciencia humana de Cristo.

Contra los cuales la Suprema Congregación del Santo Oficio dio el decreto del 5 de junio de 1918, en el cual, entre otras, prohíbe enseñar esta proposición: “No es cierta la sentencia que afirma que el alma de Cristo no ignoró nada, sino que desde el principio conoció en el Verbo todas las cosas presentes, pasadas y futuras, o sea todo lo que Dios conoce por la ciencia de visión.” Luego, al contrario, podemos afirmar con certeza que el alma de Cristo no ignoró nada, sino que desde el principio conoció en el Verbo todas las cosas presentes, pasadas y futuras.

El otro error se refiere a las afirmaciones de los Apóstoles y, en especial, de San Pablo acerca de la Parusía. Dijeron, pues, algunos, que los Apóstoles y, en particular San Pablo, en sus escritos inspirados, aunque sin enseñar ningún error, expresaban o podían expresar su propio sentir acerca de la proximidad de la Parusía. Mas la Comisión Bíblica Pontificia, en sus respuestas del 18 de junio de 1915, dio las siguientes decisiones:

1ª) Que a ningún exégeta católico le es permitido afirmar que los Apóstoles, si bien bajo la inspiración del Espíritu Santo no enseñan error alguno, expresan no obstante sus propios sentimientos humanos, en los que puede deslizarse error o engaño.

2ª) Que, considerada de una parte la verdadera noción del ministerio apostólico y la fidelidad de San Pablo en su misión apostólica, y de otra parte, el dogma de la inspiración, según el cual todo lo que afirma, enuncia o insinúa el escritor sagrado, lo afirma, enuncia e insinúa el Espíritu Santo; examinados, además, los textos de las cartas de San Pablo y su modo de hablar, que concuerda con el de Cristo Señor Nuestro, debe afirmarse que San Pablo en sus escritos no dijo nada que no esté conforme con aquella ignorancia del tiempo de la Parusía, que, según dijo Cristo, es propia de los hombres.

3ª) Que en ningún modo hay que rechazar como rebuscada o destituida de todo fundamento la interpretación tradicional fundada en la recta inteligencia del texto griego y en la interpretación de los Santos Padres, y en especial de San Juan Crisóstomo, sobre el capítulo cuarto de la primera carta a los Tesalonicenses, en los versículos 15-17. Es de advertir que en este texto se fundaban principalmente los de la opinión contraria que rechaza la Comisión Bíblica. Describe este texto la Parusía, y dice así: “El mismo Señor, con imperio y con voz de Arcángel y con trompeta de Dios, bajará del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero. Después nosotros, los que vivimos, los que quedamos, juntamente con ellos seremos arrebatados en las nubes a recibir al Señor en el aire” (1 Tes. 4, 16-17).

De este texto pretendían deducir que San Pablo pensaba que la Parusía había de ser muy pronto viviendo todavía él o viviendo los Tesalonicenses, a quienes escribía la carta. Mas el texto griego no dice: “Nosotros, los que vivimos”, los que quedamos, sino que lo dice en participio: “Nosotros, los vivientes”, esto es, los que vivieren, los que quedaren. No dice, pues, ni insinúa que la Parusía había de ser pronto o que él o los Tesalonicenses habían de verla.

4ª) Por último, la hora de la Parusía será también súbita e inesperada. El día del Señor vendrá como el ladrón. Así lo dicen San Pedro, 2 Pe. 3, 10, y San Pablo, 1 Tes. 5, 2, y San Juan en su Apocalipsis, 16, 15, y el mismo Cristo, en su Evangelio, compara el tiempo de la Parusía con los días de Noé y con los días de Lot, Lc. 16, 26-30: “Y como sucedió en los días de Noé, así será en los días del Hijo del hombre. Comían y bebían, tomaban esposas y se casaban, hasta el día que entró Noé en el arca: y vino el diluvio, y los hizo perecer a todos. Y, asimismo, como sucedió en los días de Lot; comían y bebían, compraban y vendían, plantaban y edificaban. Mas el día que salió Lot de Sodoma llovió fuego y azufre del cielo y los hizo perecer a todos. Así, pues, será el día en que apareciere el Hijo del hombre” (Mt. 24, 38-39). Será su venida inesperada como un lazo que vendrá sobre todos los que habitan en la tierra (Lc. 21, 35); será súbita como el rayo que sale del Oriente y se muestra hasta el Occidente (Mt. 24, 27; Lc. 17, 24).

Podría sí preguntarse cómo es que la venida de Cristo podrá ser inesperada, siendo así que han de precederle tantas señales como veremos luego. A esto se responde que será inesperada, según dice el mismo Cristo, como fue inesperado el diluvio en los tiempos de Noé. Porque no faltaban ciertamente entonces señales y predicciones del diluvio. Y el mismo Noé que se lo anunciaba y que por orden de Dios construía aquella gran arca, para salvarse en ella con su familia y los animales, qué otra cosa era sino una predicción viviente y continua del castigo de Dios.

Pero los hombres no hicieron caso de aquellas predicciones (2 Pe. 3, 20) y se fueron acostumbrando a ellas, y así cuando vino el diluvio les cogió desprevenidos. Y esto mismo sucederá con el advenimiento de Cristo que, al ver las señales próximas de su venida, la mayor parte de los hombres, acostumbrados a juzgar de las cosas con criterio meramente natural, mirarán aquellas señales como fenómenos de la naturaleza, como efectos de la corrupción y perversidad humana, y así la venida de Cristo les cogerá de improviso y desprevenidos.

 

Señales de la Parusía

 

Aunque Cristo Señor Nuestro dijo que la hora de su Venida era desconocida, dio, con todo, a sus discípulos, y en ellos a nosotros, algunas señales por las que pudiese de algún modo vislumbrarse la proximidad de su Venida. Estas señales son de diversas clases; las unas remotas, las otras próximas; unas en el cielo, otras en la tierra; unas en la naturaleza, otras en la sociedad humana. Hablaremos primero de las remotas y generales, luego de las próximas y más especiales y determinadas.

 

Señales remotas

 

Señales remotas de la venida de Cristo son:

1ª) Las guerras, hambres, pestes, terremotos, de las cuales, dice: “Oiréis guerras y rumores de guerras: mirad que no os turbéis, porque es menester que todo esto acontezca, mas aún no es el fin. Porque se levantará gente contra gente y reino contra reino, y habrá pestilencias y hambres y terremotos. Y todas estas cosas son los comienzos de los dolores.” (Mt. 24, 6-7; Mc. 13, 7-8; Lc. 21, 9-11).

2ª) Las persecuciones y martirios de los Apóstoles y de los Siervos de Dios, de que dice: “Entonces os entregarán para ser afligidos y os matarán; y seréis aborrecidos de todas las gentes por causa de mi nombre.” (Mt. 24, 9; Mc. 13, 13; Lc. 21, 12).

3ª) Los escándalos y persecuciones y martirios, los odios y discordias: “Y muchos entonces serán escandalizados, y se entregarán unos a otros, y unos a otros se aborrecerán.” (Mt. 24, 10; Mc. 13, 12; Lc. 21, 16-19).

4ª) La seducción de los falsos profetas, como fue, por ejemplo, Mahoma: “Y muchos falsos profetas se levantarán y engañarán a muchos.” (Mt. 24, 11).

5ª) “Consecuencia de todo esto será el acrecentarse la maldad y el enfriarse la caridad: Y por haberse acrecentado la maldad se enfriará la caridad de muchos. Mas el que perseverare hasta el fin, este será salvo.” (Mt. 24, 12, 13).

6ª) “Jerusalén será destruida y será hollada y conculcada por las gentes hasta que se cumplan los tiempos de las naciones.” (Lc. 21, 20-24).

7ª) La predicación del Evangelio por todo el mundo: “Y será predicado este Evangelio en todo el mundo, en testimonio a todas las gentes; y entonces vendrá la consumación.” (Mt. 24, 14).

 

Señales próximas en el mundo

 

1ª) Voces o rumores acerca de la próxima venida de Cristo, de los cuales dijo el mismo Cristo Jesús: “Entonces si alguno os dijere: aquí está el Cristo o allí, no lo creáis; porque se levantarán falsos Cristos y falsos profetas, y darán grandes señales y harán prodigios, de suerte que engañarán, si es posible, aun a los mismos escogidos. Así, que si os dijeren: He aquí que en el desierto está, no lo creáis; he aquí que está en los recintos, no lo creáis. Porque como el relámpago sale del Oriente y se muestra hasta el Occidente, así será también la venida del Hijo del hombre.” (Mt. 24, 23-26; Mc. 21. 22; Lc. 17, 23-24).

2ª) Otra señal será, según las palabras de Cristo ya citadas, la aparición de falsos Cristos y falsos profetas, que no serán como Mahoma, que no hizo ningún milagro, sino que harán prodigios o portentos fingidos y aparentes, con los cuales inducirán a error y engañarán a los hombres.

3ª) El espíritu de apostasía e irreligión y de rebelión de que habla San Pablo en su segunda carta a los Tesalonicenses (2, 3).

4ª) La venida de los dos testigos que, según la interpretación de muchos Santos Padres, son Elías y Enoc. La venida de Elías se predice expresamente en la profecía de Malaquías (4, 5-6): “He aquí que yo os envío a Elías el profeta, antes que venga el día del Señor grande y terrible. Él convertirá el corazón de los padres a los hijos y el corazón de los hijos a los padres; no sea que yo venga y hiera la tierra con destrucción.” Y el mismo Cristo Jesús predijo también la futura venid de Elías (Mt. 17, 11): “Elías vendrá y restituirá todas las cosas.” Elías y Enoc, pues, predicarán a los judíos y a los gentiles. Estos dos testigos, según dice San Juan, enviados por Dios, predicarán y profetizarán por mil doscientos sesenta días, vestidos de sacos:

“Y si alguno les quisiere dañar, sale fuego de su boca, y devora a sus enemigos. Y si alguno les quisiere dañar, es preciso que así sea él muerto. Y éstos tienen poder para cerrar el cielo, que no llueva en los días de su profecía, y tienen poder sobre las aguas para convertirlas en sangre, y para herir la tierra con toda plaga cuantas veces quisieren. Y cuando hubieren acabado su testimonio (esto es, después de los mil doscientos sesenta días), la bestia que sube del abismo (esto es el Anticristo) hará guerra contra ellos y los vencerá y matará, y sus cuerpos yacerán en la plaza de la ciudad grande, que se llama espiritualmente Sodoma y Egipto donde su Señor fue crucificado. (Es la ciudad de Jerusalén, pero no la llama así a causa de su maldad). Y los de los diversos pueblos y tribus y lenguas y gentes, verán sus cuerpos tres días y medio, y no permitirán que sus cuerpos sean puestos en sepulcros. Y los moradores de la tierra se alegrarán sobre ellos y se regocijarán y se enviarán regalos unos a otros, porque estos dos profetas atormentaron a los que moran sobre la tierra. Mas después de tres días y medio entró en ellos espíritu de vida enviado de Dios y se alzaron sobre sus pies, cayó gran temor sobre los que los vieron. Y oyeron una gran voz desde el cielo que les decía: Subid acá, y subieron al cielo en una nube y sus enemigos los vieron. Y a la misma hora fue un gran terremoto en toda la tierra, y cayó la décima parte de la ciudad, y murieron en el terremoto 7.000 hombres y los demás, llenos de temor, dieron gloria al Dios del cielo” (Ap. 11, 3-13).

5ª) En fin, otra señal será el Anticristo, llamado así por antonomasia, el que San Pablo llama hombre de pecado o de rebelión e hijo de perdición, “el que se opone y se levanta contra todo lo que se llama Dios o que se adora, hasta el punto de sentarse él en el templo de Dios y mostrarse y aparecer como si fuese Dios; aquel inicuo, cuya venida será, según la operación de Satanás, con grande poder y con señales y milagros mentirosos y con todo engaño de iniquidad” (2 Tes. 2, 3-9).

Esta es la bestia de que habla San Juan en el Apocalipsis, capítulo trece (no que haya de ser una bestia, sino un hombre malo), la bestia a quien el dragón (el demonio) le dio todo su poder y su trono y su potestad y una de sus cabezas como herida de muerte, y la herida de muerte fue curada, “y se admiraron las gentes de toda la tierra y adoraron al dragón que dio la potestad a la bestia, y adoraron a la bestia, diciendo: ¿Quién es semejante a la bestia? Y ¿quién podrá pelear con ella?” Cuatro cosas dice San Juan que se le dieron a la bestia, permitiéndolo así Dios.

– Diósele potestad de obrar durante cuarenta y dos meses (o sea tres años y medio o mil doscientos sesenta días, como se dice en otros textos).

– Diósele una boca que habla grandezas y blasfemias; “y prorrumpió en blasfemias contra Dios para blasfemar su nombre y su tabernáculo y a los que moran en el cielo.”

– Diósele, por permisión divina, el hacer la guerra contra los santos y el vencerlos.

– Diósele, en fin, potestad sobre toda tribu y pueblo y lengua y gente: “y le adoraron todos los habitantes de la tierra; todos aquellos cuyos nombres no están escritos en el libro de la vida del cordero que fue inmolado desde el principio del mundo.”

A esta bestia, el Anticristo, se añade la segunda bestia, el Falso Profeta, que será como lugarteniente del Anticristo. Dice, pues, San Juan, que vio otra bestia que tenía dos cuernos semejantes a los de un cordero, pero hablaba como el dragón:

“Y ésta ejercía el poder de la primera bestia en presencia de ella, y hacía que la tierra y los habitantes de ella adorasen a la primera bestia, cuya herida de muerte fue curada. Y hacía grandes señales, hasta el punto de hacer bajar fuego del cielo a la tierra delante de los hombres, y con las señales que hacía engañaba a los moradores de la tierra, mandándoles que hiciesen una imagen de la bestia, que tenía la herida de muerte, y vivió (el Anticristo). Y fuele dado que diese espíritu a la imagen de la bestia (sin duda, por arte diabólico) para que la imagen de la bestia hable. Y hará que cualesquiera que no adoraren la imagen de la bestia sean muertos. Y hará que todos, pequeños y grandes, ricos y pobres, libres y siervos, se pongan una marca en su mano derecha o en sus frentes, y que ninguno pueda comprar ni vender, sino el que tenga la señal o el nombre de la bestia o el número de su nombre. Y este número es seiscientos sesenta y seis.” Sin duda, este número es simbólico, como dan a entender las palabras de San Juan (Ap. 13, 12-18).

Tal es el carácter del Anticristo y del Falso Profeta y tal es la terrible persecución que levantarán contra los buenos. Algunos de estos rasgos característicos del Anticristo, las blasfemias o palabras contra el Altísimo, el conculcar los santos del Altísimo, los hallamos también en la profecía de Daniel sobre las cuatro bestias (Dn. 7, 23-28). Según esto, será, pues, el Anticristo un rey poderoso que recibirá la potestad del dragón o del diablo, por permisión divina, que tendrá por lugarteniente al Falso Profeta y reinará en toda la tierra y será adorado por todos los habitantes de ella menos por los escogidos, los que tienen sus nombres escritos en el libro de la vida del Cordero; y por eso perseguirá a los santos, mas no sin castigo de Dios; pues como allí mismo se dice: “El que lleva a otros en cautividad irá él en cautividad; el que a cuchillo matare, es preciso que a cuchillo sea muerto” (Ap. 13, 10).

Mas no será el Anticristo el único rey en la tierra, puesto que San Juan habla también de otros diez reyes que tendrán poder juntamente con la bestia, los cuales tienen un mismo consejo y darán su poder y su autoridad a la bestia (Ap. 17, 12-13).

Habrá entonces otras calamidades y plagas o castigos de Dios que describe San Juan en el capítulo 16, y habrá también grandes guerras. Porque los diez reyes y la bestia o el Anticristo, tomarán y asolarán é incendiarán la ciudad de Babilonia, metrópoli del vicio, la gran ciudad que tiene su reino sobre los reyes de la tierra y con la cual prevaricaron los reyes de la tierra (Ap. 17), cuya ruina y castigo se describe en Ap. 18. Por fin, se juntarán los reyes y el Anticristo para pelear contra el Cordero (Cristo) y el Cordero los vencerá porque Él es el Señor de los señores y el Rey de los reyes; y los que están con Él son llamados, escogidos y fieles (Ap. 17, 14).

Y así, dice San Juan que vio tres espíritus inmundos a manera de ranas que salieron de la boca del dragón y de la boca de la bestia y de la boca del pseudoprofeta, y que hacían señales para ir a los reyes de la tierra y de todo el mundo para congregarlos para la batalla de aquel gran día de Dios Todopoderoso. Y los congregó en el lugar que en hebreo se llama Armagedón (Har Mageddo: “montaña de Megido”).

No es probable que el Anticristo y los reyes y ejércitos se junten para pelear contra Cristo en su persona, puesto que Cristo estará aún en el cielo; sino más bien para pelear contra Cristo en la persona de sus siervos y seguidores; lo cual parece indicar que se habrá formado ya un núcleo de resistencia, de partidarios de Cristo contra el Anticristo. Probablemente se habrá formado este núcleo en Jerusalén, quizá entre los judíos convertidos por Elías, y esto parece indicarlo el profeta Zacarías, capítulos doce y catorce, pues dice que el Señor reunirá todas las gentes en batalla contra Jerusalén, y la ciudad será tomada y saqueadas sus casas y la mitad de la ciudad irá en cautiverio. Y saldrá el Señor y peleará con aquellas gentes como en el día de su batalla.

“Y se afirmarán sus pies en aquel día sobre el monte de los Olivos, que está en frente de Jerusalén al oriente; y el monte de los Olivos se partirá por en medio, hacia el oriente y hacia el occidente, haciendo un valle muy grande”; y luego añade: “Y acontecerá que en ese día no habrá luz clara, ni oscura. Será un día, el cual es conocido de Jehová, que no será ni día ni noche; pero sucederá que al caer la tarde habrá luz.” (Zac. 14, 4; 6-7).

Y esto mismo se insinúa en la profecía de Joel, capítulo 3, donde dice que el Señor juntará todas las gentes y las hará descender al valle de Josafat, a causa de su pueblo y de Israel, su heredad. Cuando, pues, el Anticristo con sus reyes y sus partidarios se junten para pelear contra el Cordero, esto es, contra los seguidores de Cristo, los judíos convertidos y sus auxiliares, entonces bajará el mismo Cristo para defender a los suyos, para vencer y quebrantar y derrocar al Anticristo, y entonces será la Parusía.

 

Señales próximas en el cielo

 

A estas señales próximas de la Parusía en el mundo o en la sociedad humana, se juntarán otras señales en el cielo, que predijo Cristo en su Evangelio y tráelas también Joel en su profecía. Y luego, después de la aflicción de aquellos días (la aflicción y persecución del Anticristo a la que alude el Señor en Mt. 24, 21-22), el sol se oscurecerá y la luna no dará su luz, y las estrellas caerán del cielo y las virtudes del cielo serán conmovidas (Mt. 24, 29; Mc. 13, 24-25). Señales semejantes antes del día del Señor las traen también Isaías y Joel en sus profecías (Is. 13, 9-11; Jl. 2, 30-31; 3, 15).

 

Carácter de la Parusía

 

Antes de hablar de la misma Parusía o Segunda Venida de Cristo, bueno es que examinemos el carácter y el fin de esta Venida. En la Sagrada Escritura suele esta Venida compararse con la siega, después de la cual se separa el trigo de la cizaña, como en la parábola de la cizaña (Mt. 13, 24-30; 36-43), y asimismo en Mc. 4, 26-29; y en el Apocalipsis se describe al Hijo del hombre que viene sobre las nubes con corona de oro en la cabeza y con una hoz en la mano como para segar (Ap. 14, 14-20).

Compárase con la trilla, y así San Juan nos pinta a Cristo con el ventalle en la mano para limpiar el trigo y separarlo de la paja (Mt. 3, 11-12). Compárase con la pesca, después de la cual se escogen los peces buenos y se separan de los malos, como en la parábola de la red (Mt. 13, 47-50) y en la segunda pesca milagrosa (Jn. 21, 6-11). Compárase a un banquete nupcial al que son convidados muchos, pero muchos se excusan, y del cual son excluidos los indignos, como en la parábola de los convidados (Mt. 22, 1-14; Lc. 14, 16-24; Ap. 19, 9) y en la de las vírgenes prudentes y necias (Mt. 25, 1-13). Compárase con un señor, un rey que se va a conquistar y a tomar posesión de su reino, y que vuelve y pide cuenta a sus siervos del empleo de los talentos que les dejó (Mt. 25, 14-30; Lc. 19, 12-27). Compárase a un pastor que discierne y separa su ganado, los cabritos de las ovejas (Mt. 25, 31-46). Descríbese, en fin, como una guerra contra los enemigos y rebeldes, como aparece en Mt. 22, 7; Lc. 19, 14-27, y más claramente en Joel 3, 2; 9-13; Zac. 14, 2-4, y en Ap. 19, 11-21. Tiene, pues, la Parusía o Venida de Cristo un triple aspecto o carácter:

1°) Carácter de juicio, de discreción y separación de buenos y malos, y de justa remuneración y retribución de unos y de otros, como en algunos de los textos ya citados y en algunos otros (Mt. 16 28; Rm. 2, 5-10; 1 Cor. 3, 13-15; 2 Cor. 5, 10; 2 Tes. 1, 7-10.

2°) Carácter de guerra para quebranto y destrucción de los malos.

3°) Carácter de auxilio y socorro y salvación para los buenos, como dice San Pablo en su carta a los Hebreos 9, 28. Cristo se ofreció una vez para quitar los pecados de muchos (en su primera Venida), la segunda vez sin pecado (esto es, sin ofrecerse por el pecado) aparecerá a los que esperan en Él para la salud.

De ahí es que el mismo Cristo propone su venida como un bien y motivo de consuelo para loa justos, como dice en San Lucas 21, 28. “Y cuando comenzaren a hacerse estas cosas (las señales próximas de la Parusía de que habló antes), mirad y alzad vuestras cabezas, porque ya está cerca vuestra redención… Mirad la higuera y todos los árboles. Cuando ya brotan, viéndolos, entendéis de ahí que ya está cerca el verano. Así también vosotros cuando viereis que acaecen estas cosas, sabed que ya está cerca el Reino de Dios.”

Según eso, pues, será la Parusía juicio o separación y debida retribución de los buenos y los malos; ruina y destrucción de los malos, un banquete de las bodas del Cordero Cristo Jesús con la Santa Iglesia su esposa, al que serán admitidos los buenos. Pero veamos más en particular los diversos pormenores de la Parusía.

 

Venida gloriosa de Cristo

 

La Parusía no es otra cosa, según dijimos, sino la segunda venida de Cristo. Vendrá Cristo Jesús del cielo adonde subió en su gloriosa ascensión (Act. 1, 9-11), mas no vendrá como vino la primera vez cuando el Verbo se hizo carne y habitó entre nosotros, cuando nació de Santa María Virgen en el portal de Belén y fue reclinado en un pesebre, cuando, en fin, se hizo en todo semejante a los hombres menos en el pecado, de tal suerte que era tenido por el hijo del carpintero; antes vendrá y aparecerá con gloria, con la gloría y esplendor de su divinidad como Él mismo dijo a sus apóstoles. Y entonces, esto es, después que el sol se oscurecerá y la luna no dará su luz y las estrellas caerán, entonces aparecerá la señal del Hijo del hombre (probablemente la Cruz), y entonces lamentarán todas las tribus de la tierra y verán al Hijo del hombre venir sobre las nubes del cielo con gran poder y gloria (Mt. 24, 30; Mc. 13, 26, y Lc. 21, 27); y lo mismo dijo el Señor a Caifás: “Desde ahora veréis al Hijo del hombre sentado a la diestra de la virtud de Dios y venir sobre las nubes del cielo” (Mt. 26, 64).

Y del mismo modo se describe la Venida de Cristo en Apocalipsis 1, 7 y en la primera carta a los Tesalonicenses 4, 16 donde dice San Pablo que el Señor, con voz de imperio y con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo. Pero entre todas campea la descripción que de esta Venida nos hace el Apóstol San Juan en el capítulo diecinueve del Apocalipsis, en donde lo describe como rey guerrero que va a pelear contra el Anticristo, que juntó sus tropas para pelear con el Cordero, según vimos antes.

Dice, pues, así: “Y vi el cielo abierto, y he aquí un caballo blanco, y el que estaba sentado en el caballo es llamado Fiel y Veraz, y con justicia juzga y pelea. Sus ojos como llama de fuego y sobre su cabeza muchas coronas y tiene un nombre escrito que nadie lo sabe sino Él, y estaba vestido de una ropa teñida en sangre, y llámase su nombre el Verbo de Dios, y los ejércitos del cielo le seguían, sobre caballos blancos, vestidos de lino finísimo, blanco y limpio, y de su boca sale una espada aguda, para herir con ella las gentes; y Él las regirá con vara de hierro, y Él pisa el lagar del vino del furor y de la ira de Dios Omnipotente, y en su vestidura y en su muslo tiene escrito este nombre: Rey de reyes y Señor de los señores” (Ap. 19, 11-16).

 

Escolta de Cristo

 

Pero Cristo no vendrá solo. Como Rey que es, vendrá acompañado de su corte. Ya San Juan en el texto anteriormente citado nos le presenta seguido de los ejércitos del cielo. Vendrá el Señor acompañado de sus Ángeles, como Él mismo indicó al explicar la parábola de la cizaña (Mt. 13, 41); y más claramente lo dijo en otra ocasión: “El Hijo del hombre vendrá en la gloria de su Padre con sus Ángeles, y entonces dará a cada uno según sus obras” (Mt. 16, 27).

Asimismo, en los textos evangélicos en que describe su venida dice que enviará sus Ángeles con trompeta y con gran voz a congregar sus escogidos (Mt. 24, 31, y Mc. 13, 27). Y San Judas en su carta trae unas palabras de Enoc, que dice: “He aquí que el Señor viene con sus santas miríadas a hacer juicio contra todos y a convencer a los impíos acerca de todas las obras de su impiedad, que hicieron impíamente, y de todas las cosas duras que hablaron contra Dios los pecadores impíos” (Jud. 14-15).

 

Resurrección de los santos y congregación de los escogidos

 

Seguiráse después la resurrección de los santos. Verdad es que acerca de este punto no están de acuerdo los teólogos e intérpretes, pues que comúnmente dicen que la resurrección ha de ser de todos juntos y a un mismo tiempo. Pero esto ha de entenderse de la resurrección general. Mas esta resurrección particular de los Santos será como un privilegio, y así como resucitó Cristo y con Cristo resucitaron también otros santos, como dice San Mateo (27, 52-53), los cuales probablemente, como siente Santo Tomás (S. Th. Sup., 3 p., q. 77, a. 1, ad 3), no volvieron a morir, así también puede admitirse que cuando aparecerá Cristo en su segunda venida para destruir el Anticristo, resucitarán por privilegio, no todos los Santos, sino solamente algunos.

“Vendrá, pues, el Señor sobre las nubes y acompañado de sus Ángeles con gran poder y majestad, y enviará sus Ángeles con gran voz y con sonido de trompeta y congregarán sus escogidos de los cuatro vientos desde un confín de los cielos hasta el otro confín” (Mt. 24, 31 y Mc. 13, 27). ¿Pero, quiénes son estos escogidos, y de dónde y adónde se han de congregar?

Estos escogidos de que habla aquí el Señor son de la tierra y de la tierra se han de tomar, y así parecen indicarlo claramente aquellas palabras que añadió después: “Entonces dos estarán en el campo, el uno será tomado y el otro será dejado; dos estarán moliendo en una muela, la una será tomada y la otra será dejada” (Mt. 24, 40-41 y Lc. 17, 34-35).

Pero, ¿para qué serán tomados y adónde han de ir? Eso mismo preguntaron los discípulos a Cristo: “¿Adónde, Señor?” Y Él les dijo: “En donde quiera que estuviere el cuerpo allí se congregarán las águilas” (Lc. 17, 37), que es como si dijera, así como las águilas o los buitres se congregan alrededor del cuerpo, así los escogidos se reunirán y juntarán alrededor de Cristo glorioso.

De esta congregación de los escogidos habla también San Pablo en su primera carta a los Tesalonicenses, pero advierte que ha de preceder a ésta la resurrección de los que murieron en el Señor. Y así dice: “El mismo Señor, con imperio y con voz de arcángel y con trompeta de Dios, descenderá del cielo, y los muertos en Cristo resucitarán primero; después nosotros los vivientes, los que quedemos junto con ellos, seremos arrebatados en las nubes por el aire al encuentro del Señor, y así estaremos siempre con el Señor” (1 Tes. 16, 17). Y lo mismo dice en la primera carta a los Corintios. Dice que tocará la trompeta y los muertos resucitarán incorruptos, y nosotros (esto es, los que estuvieren vivos), seremos transformados.

Según esto, distingue San Pablo claramente a la venida de Cristo dos clases o suertes de justos que se le juntarán. Los unos serán los muertos que resucitarán primeramente, resucitarán incorruptos; los otros serán los vivos, los cuales no morirán, sino que serán transformados de mortales y corruptibles en incorruptibles e inmortales, y juntamente con los otros serán arrebatados por el aire sobre las nubes al encuentro de Cristo.

Pero, ¿quiénes serán estos mortales tan dichosos que resucitarán entonces o serán transformados? ¿Serán todos los justos muertos? ¿Serán todos los justos vivos? San Pablo habla en términos generales, aunque no dice expresamente que hayan de ser todos los justos. Los textos evangélicos hablan de los escogidos, dicen que los Ángeles congregarán los escogidos, pero no dicen ni dan a entender que éstos sean todos los justos o predestinados. Y así de los dos que estarán en un campo dicen que el uno será tomado con Cristo, y el otro será dejado; no dicen que este otro será condenado, sino que será dejado.

¿Quiénes, pues, serán estos justos escogidos, que serán tomados y arrebatados para que se junten con Cristo en su venida? Si, como es probable, la resurrección de los justos de que habla San Pablo en su primera carta a los Tesalonicenses, es la que San Juan llama en el Apocalipsis la primera resurrección, entonces los resucitados, los escogidos son los que allí dice San Juan. Dice que vio las almas de los degollados por el testimonio de Jesús y por la palabra de Dios y los que no habían adorado a la bestia ni a su imagen ni recibieron su marca o señal, en su frente o en su mano: y vivieron y reinaron con Cristo mil años. Los otros muertos no vivieron hasta que se cumplan los mil años. Esta es la primera resurrección.

Este texto de San Juan parece indicar dos clases o suertes de escogidos, los unos son los degollados por el testimonio de Jesús, esto es, los mártires, o todos o algunos, y en primer lugar los Apóstoles a los cuales prometió el mismo Cristo que en la regeneración se sentarían sobre doce tronos para juzgar a las doce tribus de Israel; los otros son los que no adoraron a la bestia ni recibieron su señal, aunque no hayan sido martirizados sino que estén vivos, pues, de lo contrario, no había para qué distinguirlos de los mártires. Y de los unos y de los otros, dice San Juan, que vivieron; de los mártires porque resucitaron, de los otros porque, aunque estaban vivos, fueron transformados y comenzaron a vivir vida incorruptible e inmortal.

 

Derrota y destrucción del Anticristo

 

Efecto de la Venida de Cristo será también la destrucción del Anticristo y en general de todas las potestades antiteocráticas, que se oponen al gobierno de Dios. Vimos ya que el Anticristo ha de reunir sus reyes y sus ejércitos en Armagedón para pelear contra el Cordero. Entonces, pues, vendrá Cristo a destruirle y a salvar y librar a los suyos.

Así lo dijo ya Zacarías, según vimos, que: saldrá el Señor y peleará contra aquellas gentes enemigas de Jerusalén, y se afirmarán sus pies en el Monte de los Olivos (Zac. 14, 3-4). Y más claramente San Pablo en su segunda carta a los Tesalonicenses. “Y entonces se manifestará aquel inicuo, al cual el Señor matará con el soplo de su rostro y lo destruirá con el resplandor de su venida” (2 Tes. 2, 8).

Y San Juan en el Apocalipsis dice lo mismo. Después de describir a Cristo Rey de reyes y Señor de señores montado sobre un caballo blanco, sus ojos como llama de fuego, en su cabeza muchas coronas, saliendo de su boca una espada aguda para herir con ella a las gentes, y seguido de los ejércitos y escuadrones celestiales, dice:

“Y vi a la bestia (el Anticristo) y a los reyes de la tierra congregados para hacer guerra contra el que estaba sentado sobre el caballo y contra su ejército. Y fue presa la bestia y con ella el pseudoprofeta, el que hacía delante de ella las señales con que engañó a los que recibieron la señal de la bestia y adoraron su imagen. Ambos fueron echados vivos en un lago de fuego ardiendo en azufre. Y los demás fueron muertos con la espada que salía de la boca del que estaba sentado sobre el caballo, y todas las aves se hartaron de las carnes de ellos” (Ap. 19, 19-21).

Junto con esta derrota y destrucción del Anticristo y de las potestades antiteocráticas terrenas, parece probable, según veremos luego, que ha de ponerse también la atadura y encarcelamiento del diablo y de las potestades infernales que San Juan pone a continuación:

“Y vi bajar del cielo un ángel, que tenía la llave del abismo, y una gran cadena en su mano. Y prendió al dragón, la serpiente antigua (la del paraíso), que es el diablo y Satanás y lo ató por mil años. Y lo arrojó al abismo, y cerró y selló sobre él para que no engañe más a las gentes, hasta que se cumplan mil años: y después de esto es necesario que sea desatado un poco de tiempo” (Ap. 20, 1-3).

Y a esto mismo parece que se refiere Isaías en su profecía cuando dice: “Ese día Yahvé pedirá cuentas al ejército de los cielos, allá en lo alto (esto es, al diablo y a sus ángeles), y aquí abajo, a los reyes de la tierra (esto es, el Anticristo y los otros reyes sus partidarios); los juntará a todos y los meterá en un calabozo, y serán encerrados en la cárcel, y después de muchos días (los mil años de san Juan), recibirán su sentencia.”

 

Reino de los santos

 

Destruidas las potestades antiteocráticas y encadenado y encarcelado el demonio, seguiráse luego el reino de Cristo y de los Santos. Este reino predícelo el profeta Daniel en el capítulo séptimo de su profecía, en el cual, después de describir aquellas cuatro bestias que simbolizan cuatro imperios, después de describir los diez cuernos que proceden de la cuarta bestia, que son diez reyes y el undécimo cuerno (el Anticristo) que hablará palabras contra el Altísimo y quebrantará a los santos del Altísimo y pensará que puede mudar los tiempos y las leyes y serán entregados en su mano hasta tiempo, y tiempos y medio tiempo (esto es, tres años y medio) añade que se sentará el juez y le quitarán su señorío para que sea arruinado y destruido hasta el fin y para que el reino y el señorío y la majestad de los reinos de debajo de todo el cielo sea dada al pueblo de los santos del Altísimo, cuyo reino es reino sempiterno, y todos los reyes le servirán y obedecerán (al pueblo de los santos).

En este texto se predice claramente que a la destrucción del Anticristo y de las otras potestades antiteocráticas seguirá no sólo un triunfo, sino un reino de Cristo y de los santos, un reino, que será sobre la tierra o debajo del cielo, como dice Daniel, un reino en que el poder será del pueblo de los santos del Altísimo, al cual pueblo todos los reyes servirán y obedecerán.

Es, por consiguiente, muy probable que, inmediatamente después de la muerte del Anticristo, no se acabará el mundo, sino que se seguirá todavía la Santa Iglesia, el Reino de los Santos que ejercerá la soberanía sobre toda la tierra. Y en este sentido interpretan el texto de Daniel los mejores y más renombrados intérpretes, Maldonado, Mariana, Menoquio Tírini, Gaspar Sánchez, Cornelio a Lapide y Kabenbauer. Véase, por ejemplo, lo que dice Cornelio a Lapide: “Entonces, destruido el reino del Anticristo, la Iglesia reinará en toda la tierra y de los judíos y de los gentiles se hará un solo redil con un solo pastor.” [3]

 

Resurrección Universal y Juicio Final

 

Seguiráse después la sublevación o rebelión de Gog y Magog contra la ciudad de los santos, que es probablemente, según veremos, diversa de la persecución del Anticristo. Luego, más tarde, el fuego de la conflagración, con el cual serán encendidos y abrasados los cielos y los elementos, según dice el apóstol San Pedro en su segunda carta (3, 7-12). Y, por fin, terminará todo con la resurrección última y el juicio final.

Esta resurrección y juicio lo describió Cristo a sus discípulos, según se refiere en el Evangelio de San Mateo (25, 31-46): “Cuando viniere el Hijo del hombre, en su gloria y todos los ángeles con Él, se sentará en el trono de su gloria. Y se juntarán delante de Él todas las gentes y las separará unas de otras como el pastor separa las ovejas de los cabritos: y pondrá las ovejas a la mano derecha y los cabritos a la izquierda. Entonces dirá el rey a los que estarán a su diestra: Venid, benditos de mi Padre, poseed el reino preparado para vosotros desde el principio del mundo; porque tuve hambre y me disteis de comer; tuve sed y me disteis de beber. Y le responderán los justos diciendo: Señor, ¿cuándo te vimos hambriento y te dimos de comer, sediento y te dimos de beber? Y respondiendo el rey les dirá: En verdad os digo, que cuantas veces lo hicisteis con uno de mis hermanos más pequeños, conmigo lo hicisteis. Entonces dirá el rey a los que estén a su izquierda: Apartaos de mí, malditos, al fuego eterno, que está preparado para el diablo y para sus ángeles, porque tuve hambre y no me disteis de comer, tuve sed y no me disteis de beber.” Y ellos le harán también la misma pregunta que los buenos y Él les dará la misma respuesta: “En verdad os digo, que cuantas veces no lo hicisteis con uno de estos pequeñuelos, tampoco conmigo lo hicisteis. E irán estos al suplicio eterno, y los justos, a la vida eterna.”

Se contiene, pues, en esta descripción, el tribunal del juez, la congregación de las gentes, la separación de buenos y malos, el examen de la causa, la sentencia del juez y sus efectos, vida eterna y suplicio eterno. Más el examen de la causa, que se ciñe y circunscribe a las obras de misericordia.

Otra descripción del juicio final hallamos en el Apocalipsis (20, 11-15): “Y vi un gran trono blanco, y al que estaba sentado en él, de delante del cual huyó la tierra y el cielo, y no fue hallado el lugar de ellos. Y vi los muertos, grandes y pequeños, que estaban delante de Dios, y los libros fueron abiertos: y otro libro fue abierto el cual es el de la vida: y fueron juzgados los muertos por las cosas que estaban escritas en los libros, según sus obras. Y el mar dio los muertos que estaban en él; y la muerte y el infierno dieron los muertos que estaban en ellos; y fue hecho juicio de cada uno según sus obras. Y el infierno y la muerte fueron echados en el lago de fuego. Esta es la muerte segunda y el que no fue hallado escrito en el libro de la vida, fue echado en el lago de fuego.”

Y San Pablo (1 Cor. 15, 24-28) dice también que Cristo reinará hasta que ponga bajo sus pies a todos sus enemigos, y la última de todas será destruida la muerte: después de esto Cristo entregará su reino al Padre y entonces será Dios todo en todos.

Por último, como remate y complemento de todo, sucederán los cielos nuevos y la tierra nueva de que habla San Pedro (2 Pe. 3, 13), en los cuales habita la justicia, los nuevos cielos y tierra, que vio San Juan en el Apocalipsis y la nueva ciudad de Jerusalén, que allí describe, que bajaba del cielo, de Dios, dispuesta como una esposa ataviada para su marido, el tabernáculo de Dios con los hombres, y morará con ellos; y ellos serán su pueblo, y el mismo Dios con ellos será su Dios (Ap. 21, 1-27).

 

Duración del Reino de los Santos

 

Hemos visto que, según la predicción de Daniel (7, 26-27), inmediatamente después de la muerte del Anticristo no se acabará el mundo, sino que seguirá la Iglesia, compuesta de judíos y gentiles y extendida por toda la tierra, y los santos ejercerán el poder y la soberanía y a ellos servirán y obedecerán todos los reyes del orbe. Esta interpretación del texto de Daniel no es universalmente reconocida, pero sí la más común y autorizada y más conforme a las palabras del profeta.

Pero, ¿cuánto tiempo ha de durar este reino de los santos en la tierra? Esto es ya objeto de discusión; del texto daniélico no puede sacarse nada, pues, aunque Daniel dice que su reino será sempiterno, es porque nos presenta este reino de los santos en la tierra continuándose con el del cielo, el reino de los santos anterior al juicio final, continuándose con el de después del juicio. Mas ahora hablamos solamente del reino de los santos en la tierra, del reino de los santos anterior al Juicio Final: y éste, claro está que no ha de ser eterno. Pero ¿cuánto tiempo ha de durar?

Algunos intérpretes, aun de los que admiten el reino de los santos en la tierra, dicen como Tirini, a Lapide y otros que este reino ha de durar breve tiempo; otros no hablan de su duración; otros suponen o afirman que durará largo tiempo; y esto último parece más conforme con la mente de Daniel, pues que nos presenta un reino en la tierra, debajo del cielo, y lo contrapone a los otros cuatro reinos antiteocráticos figurados por las cuatro bestias, que son, según la interpretación común de los Santos Padres y de los buenos intérpretes, el reino o imperio babilónico, el medo-persa, el griego y el romano.

Pero, en fin, Daniel nada nos dice de la duración de este reino de los santos en la tierra. Y, por consiguiente, de las palabras de Daniel no podemos sacar cuánto durará, si breve, si largo tiempo. Si, pues, hay otro texto en la Sagrada Escritura que nos determine de algún modo la duración del reino de los santos, la sabremos, si no, no la sabremos.

En este punto los milenaristas, fundándose en el Apocalipsis (20, 1-9), admitieron después de la muerte del Anticristo un reino de Cristo y de los Santos en la tierra que había de durar mil años. Pero los milenaristas eran de dos clases. El milenarismo herético y judaizante, cuyo fundador fue Cerinto, de los que admitían un reino de Cristo terreno con placeres y deleites materiales y sensuales, o asimismo un reino judaizante en el que se restablecería la circuncisión y los sacrificios, ritos y ceremonias de la ley mosaica.

El otro milenarismo admitía un reino espiritual de Cristo y de los santos en la tierra que había de durar mil años. Este otro milenarismo, aunque no fue universalmente admitido, estuvo con todo muy extendido en los primeros siglos de la Iglesia. Y así, milenaristas fueron San Papías, obispo de Hierápolis; San Ireneo, obispo de Lion, Adv. Haer. (c. 32-36); San Justino mártir, Dialog. cum Tryph. (n. 80), quien dice que muchos cristianos, aunque no todos, son del mismo parecer; el Autor de la Epístola de Bernabé (t. 15), el de la Didascalia, Tertuliano, Adv. Martion (L. 3, c. 24), San Victoriano, obispo Petavionense y mártir, De Fabrica Mundi; San Metodio, Conviv. Decem Virginum (Or. 9, c. 5), y Lactancio, Divinae Institut. (Lib. 7, c. 24), San Zenón, obispo de Verona (Lib. 2, Tract. 6) y otros.

Verdad es que otros Santos Padres no admiten el milenarismo y aun positivamente lo rechazan y combaten, pero, en general, atacan y combaten el milenarismo terreno y carnal o el judaizante, mas no el de Ireneo y Papías. Y así, San Agustín (De Civitate Dei, lib. 20, c. 7), dice: “Esta opinión (la de los milenaristas) sería tolerable si juzgasen que los santos en aquel sábado habían de gozar de delicias espirituales por la presencia del Señor. Pues que también nosotros fuimos en otro tiempo de esta opinión; mas como dicen que los que resucitaren se entregarán a placeres carnales sin moderación alguna, esto no pueden creerlo sino los carnales.” Por donde se ve que San Agustín rechaza el milenarismo carnal.

Asimismo San Jerónimo, acérrimo impugnador del milenarismo judaizante, dice del otro milenarismo, en sus Comm. in Jer. (c. 19): “Y aunque no sigamos esta opinión, con todo no podemos condenarla, porque muchos varones eclesiásticos y mártires dijeron estas cosas.” Dos cosas son también dignas de notarse. La primera es que la Santa Iglesia nunca ha reprobado positivamente el milenarismo de los Santos Padres y mártires de que habla San Jerónimo. La segunda, que los milenaristas más antiguos, como fueron San Papías y San Ireneo, transmiten esta doctrina del reino milenario no como fruto de sus interpretaciones escriturísticas, sino como enseñanzas recibidas de los Apóstoles y de los varones apostólicos.

Con todo, no puede negarse que en la doctrina milenarista se mezclaron y se involucraron con frecuencia otros errores, que motivaron la condenación de libros de autores milenaristas. Por eso, prescindiendo de todo lo demás, trataremos solamente esta cuestión: ¿Puede o debe admitirse entre el Anticristo y el juicio final un reino de mil años, tal cual lo describe San Juan al principio del capítulo 20 del Apocalipsis? O, en otras palabras: El reino de Cristo y de los santos, reino de mil años, que describe San Juan en el Apocalipsis (20, 1-7), ¿ha de ser posterior a la muerte del Anticristo? La respuesta más probable parece que es la afirmativa, ya se miren las razones o indicios extrínsecos, o ya se consideren los argumentos intrínsecos.

Vemos, en efecto, que los milenaristas más antiguos son San Papías y San Ireneo, los cuales apelan, como dijimos, a las enseñanzas apostólicas. Ahora bien, San Ireneo es discípulo de San Policarpo, y San Policarpo y San Papías son discípulos de San Juan Evangelista, el autor del Apocalipsis. ¿No es, pues, lo más natural que en el Apocalipsis se halle la misma doctrina que enseñaban San Papías y San Ireneo?

Además, sabido es que muchos milenaristas se fundaban en este texto del Apocalipsis y, al contrario, Eusebio de Cesarea, para rechazar el milenarismo, puso en duda la inspiración del Apocalipsis y negó que fuese escrito por San Juan Evangelista. A esto puede añadirse la comparación del texto del Apocalipsis con el de Daniel ya citado (Dn. 7, 25-28). En uno y otro texto se describe la destrucción del Anticristo (Dn. 7, 25-26; Ap. 19, 19-21). En uno y otro se predice un reino de los santos (Dn. 7, 27; Ap. 20, 4).

El reino de los santos en Daniel es posterior a la muerte del Anticristo; es, pues, natural que el reino de los santos que se describe en el Apocalipsis (20, 4-6) sea también posterior a la muerte del Anticristo. Pero vengamos ya a las razones y argumentos intrínsecos y examinemos el mismo texto y la mente de San Juan. Dos cosas principales dice el texto en cuestión:

1ª) El encadenamiento y encarcelamiento del demonio. Vio el Ángel que ató al demonio por mil años, y lo arrojó en el abismo y cerró y selló sobre él para que no engañe más las gentes hasta que se cumplan mil años; después lo desatarán un poco de tiempo.

2ª) La resurrección y el reino de los santos con Cristo. Vio las almas de los degollados por el testimonio de Jesús y par la palabra de Dios y los que no adoraron a la bestia ni a su imagen, ni recibieron su señal en sus frentes y en sus manos y vivieron y reinaron con Cristo mil años.

Todo esto puede entenderse de dos modos:

1º) Unos dicen: Todo esto ya se ha cumplido. El demonio fue encarcelado y encadenado con la Encarnación o, mejor, con la Pasión de Cristo, porque entonces fue vencido y ya no puede dañar sino a los que se le acercan. La resurrección primera de que aquí habla San Juan es la entrada en el cielo de las almas que gozan de la visión beatífica y reinan con Cristo y son reverenciados y venerados en la tierra.

2º) Otros, al contrario, dicen que nada de esto se ha cumplido: todo se ha de cumplir después de la destrucción del Anticristo. Porque el demonio, aunque con la Pasión de Cristo quedó vencido, no parece que esté atado y encerrado en el abismo, como lo pinta aquí San Juan; antes, otros textos de la Escritura nos le presentan muy suelto. Así, San Pablo dice que nuestra lucha no es contra la carne y sangre, sino contra los principados y potestades, contra los señores del mundo, de estas tinieblas, contra las malicias espirituales en los aires -esto es, contra los demonios- (Ef. 6, 12); y San Pedro pinta al diablo como león rugiente buscando a quien devorar (1 Pe. 5, 8). De manera que los Príncipes de los Apóstoles no describen al diablo encerrado y aprisionado en el infierno.

Tampoco parece que la que San Juan llama primera resurrección haya de entenderse de la vida de gloria de las almas; porque la palabra resurrección, anástasis, suele decirse de los cuerpos y no suele aplicarse a las almas y menos a su entrada en la gloria. Podrá decirse que el alma resucita o se levanta del pecado a la vida de la gracia (Ef. 5, 14); pero parece violento decir que el alma resucita al empezar su vida de gloria, pues que sólo resucita lo que murió.

Además de esto, San Juan dice claramente que vio a los que no adoraron a la bestia, ni a su imagen, ni recibieron su señal, y que éstos vivieron y reinaron con Cristo mil años; pero estos que no adoraron a la bestia, ni a su imagen son contemporáneos del Anticristo que hacía adorar su imagen, como se dice en Ap. 13, 14; luego, si éstos reinaron mil años, estos mil años han de empezar a contarse después de la destrucción del Anticristo.

Consideremos, por fin, la mente de San Juan: cómo entendía San Juan este texto. En cuanto al diablo, distingue él tres periodos:

1º) Un primer período en que el diablo está en el cielo o en el aire luchando con San Miguel hasta que es derribado en tierra, como se describe en Ap. 12, 3-9.

2º) Un segundo período en que el diablo está en la tierra, período que comienza a lo que parece poco antes de la aparición del Anticristo (Ap. 12, 13-18), y que dura todo el tiempo de la persecución del Anticristo (Ap. 13, 4; 16, 13).

3º) Por último, un tercer período en que el diablo está encerrado en el abismo; lo cual no parece pueda ser sino después de la destrucción del Anticristo.

Y en cuanto al reino de los santos, ¿qué piensa San Juan? Él dice expresamente que han de reinar sobre la tierra (Ap. 5, 10). Pero ¿entiende que reinan ya ahora sobre la tierra? Compárese Ap. 6, 9-11 con Ap. 20, 4-6, y la descripción que hace de las almas de los mártires en uno y otro texto. En el primero de ellos (6, 9-11) aparecen las almas de los mártires debajo del altar, clamando al Señor con grandes voces y diciéndole: “¿Hasta cuándo, Señor, no juzgas y no vengas nuestra sangre de los que habitan en la tierra?” Y se les dieron sendas estolas blancas y se les dice que aguarden un poco de tiempo, hasta que se complete el número de los mártires.

Y ¿quién dirá que, según la mente de San Juan, las almas que están aquí clamando al Señor y pidiéndole juicio y venganza de los que viven en la tierra, y aguardando a que se complete el número de los mártires, reinan ya sobre la tierra? Si reinan ya, ¿qué piden entonces? ¿Por qué claman? ¿Qué aguardan? Se dirá que piden la resurrección de sus cuerpos. Se podrá decir esto, pero no dice esto San Juan, sino que piden juicio y venganza.

Cuán diferente es el cuadro que nos presenta el capítulo 20, 4-6. Aquí ya no piden ni claman; aquí los mártires han resucitado y reinan con Cristo; aquí son sacerdotes de Dios y de Cristo y reinan con Él mil años. Son sacerdotes y el sacerdote no es un alma, es un hombre, como dice San Pablo (Heb. 8, 3).

Distingue, pues, San Juan claramente dos diversos períodos, uno antes del Anticristo, antes que se complete el número de los mártires, en el cual las almas de los mártires claman, piden, aguardan juicio y venganza (Ap. 6, 9-11); y otro período, después de la destrucción del Anticristo, en que se les da el juicio y los mártires, resucitados ya, son sacerdotes de Dios y de Cristo y reinan con él mil años (Ap. 20, 4-6).

A esto se añade que la persecución del Anticristo es muy diversa de la de Gog y Magog, ni pueden en modo alguno confundirse. Porque la del Anticristo es una persecución en que el Anticristo, que es rey, hace guerra a los santos y los vence y los conculca (Ap. 13, 7 y Dn. 7, 25), pero la de Gog y Magog no es una persecución, es una guerra y rebelión, en la cual los ejércitos de Gog y Magog ponen cerco al campamento de los Santos y a la ciudad querida; pero no entran en ella, pues baja fuego del cielo, de Dios, que los abrasa y consume.

Así que, miradas y consideradas todas estas razones, parece más probable que el reino de mil años que predice San Juan en su Apocalipsis ha de ponerse después de la destrucción del Anticristo. Admitido esto, muchos puntos obscuros del Apocalipsis se esclarecen; de lo contrario, este libro se convierte en un tejido de incoherencias inexplicables. Y no sólo el Apocalipsis, sino muchos otros textos bíblicos se esclarecen con esta explicación.

Afectivamente admitido este reino, se explica por qué los Profetas con frecuencia, después de describir el juicio, hablan del reino del Señor. Se explica, por ejemplo, por qué Zacarías (c. 14), después de habernos descripto a las gentes que se juntan para pelear contra Jerusalén y al Señor que baja en auxilio de Jerusalén a pelear contra ellas (que, según vimos, es Cristo que viene a vencer y derrotar al Anticristo), después de hablarnos de aquel día que es conocido de Dios (Zac. 14, 7 y Mt. 24, 36), y que no es día ni noche, después sigue en el v. 9: “Y será el Señor rey sobre toda la tierra: en aquel día, será el Señor uno, y será su nombre uno”, y describe luego la situación y la seguridad de Jerusalén.

Así se explica por qué Joel (c. 3), después de haber descripto el juicio de Dios contra las gentes, esto es contra el Anticristo y sus reyes, después de describir las señales próximas de la Parusía, el sol y la luna que se oscurecen y las estrellas que niegan su luz, luego, en los versos siguientes, pinta la santidad de Jerusalén y su prosperidad: “Y el Señor bramará desde Sión, y desde Jerusalén dará su voz: y se conmoverán los cielos y la tierra, mas el Señor será la esperanza de su pueblo y la fortaleza de los hijos de Israel. Y sabréis que yo soy el Señor vuestro Dios que habito en Sion, el monte de mi santidad: y Jerusalén será santa, y los extraños no pasarán más por ella” (Jl. 3, 15-18). Y así podrían traerse otros ejemplos.

Podría, sí, objetarse a todo lo dicho que el reino que Daniel predice después del Anticristo (Dn. 7, 27) no puede ser el que predice San Juan (Ap. 20, 4), porque el de Daniel es perpetuo; mas el del Apocalipsis ha de durar un tiempo definido de mil años (ora se haya de ver en éste un número exacto o bien un número redondo).

Pero, en realidad, no hay oposición entre los dos textos. Porque el reino de los santos que describe Daniel es perpetuo, según dijimos, porque dura en la tierra hasta el fin del mundo y porque se continúa después en el cielo eternamente. Y en este sentido es también perpetuo el reino de los santos que pinta San Juan en su Apocalipsis. Mas éste dice que el reino durará mil años; porque en realidad, durante este tiempo, el demonio estará encarcelado y encadenado y los santos reinarán pacífica y universalmente en toda la tierra.

Después sobrevendrá la seducción de las gentes y la sublevación de Gog y Magog, durante la cual los santos conservarán su poder y soberanía, puesto que no serán vencidos; pero su reino ya no será entonces pacífico ni universal como antes; hasta que, castigadas con fuego del cielo las tropas rebeldes de Gog y Magog, se restablecerá en su primitivo esplendor el reino de los santos hasta el fin del mundo o hasta el tiempo que Dios sabe.

Puesto que el fin del mundo no ha de seguir inmediatamente a la rebelión de Gog y Magog, ya que, después de ésta, dice Ezequiel, los israelitas pasarán siete años sin gastar otra leña que la de las armas de los ejércitos de Gog y Magog. Cuánto tiempo haya pues de transcurrir entre esta rebelión y el fin de los tiempos, es cosa que sólo Dios sabe.

 



[1] Enciclopedia Espasa-Calpe, Artículo “Parusía”, tomado de: https://radiocristiandad.org/2013/01/16/p-jose-rovira-s-j-parusia/#more-24433 - Texto publicado en 2018 por la editorial Vórtice en el libro “El que vuelve”: http://www.vorticelibros.com.ar/libro.php?id=156 - http://millenarismus.blogspot.com/2018/06/el-que-vuelve.html - Este texto fue revisado, corregido, editado y publicado por Miles Christi el 25/10/2020: https://gloria.tv/post/mAbBjmCqrZjr2vPsFz2vKCGZG

[3] “Y el reino y el imperio y la grandeza de los reinos bajo los cielos todos serán dados al pueblo de los santos del Altísimo. Reino eterno es su reino, y todos los imperios le servirán y le obedecerán” (Dn. 7, 27). Cornelio a Lapide comenta: “Digo que es cierto que vendrá este reinado de Cristo y de los santos, y que no será solamente espiritual como el que ha tenido siempre en la tierra, cuando sufrieron persecuciones y el martirio, sino será corporal y glorioso, pues reinarán gloriosamente con Cristo para siempre. Sin embargo, Cristo y los santos comenzarán este reino en la tierra, tras la muerte del Anticristo. Entonces, destruido el reino del Anticristo, la Iglesia reinará en toda la tierra y de los judíos y de los gentiles se hará un solo redil con un solo pastor, ya que no dice ‘‘arriba’’ sino ‘‘bajo el cielo’’, es decir toda la tierra, todo el espacio que se halla bajo el cielo. Luego, un poco después, este reino será confirmado y glorificado por toda la eternidad.” (Commentaria In Danielem Prophetam 7, 27)

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