San Juan Bautista

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jueves, 31 de octubre de 2024

Prólogo de Jordán B Genta al libro: "Nuremberg o tierra prometida" de Maurice Bardeche

 



He aquí un libro francés y definidamente europeo, como tiene que ser toda expresión cabal de un nacionalismo en Occidente.

Una individualidad nacional es tanto más ella misma y es tanto más consciente de su distinción cuanto más se compenetra en la universalidad de la idea de Europa. Todo lo que se requiere para una buena vida humana, nos ha venido de Europa y todas nuestras coincidencias fundamentales están en Europa.

Son europeos todos los que reconocen en Roma, el centro espiritual del mundo; todos los que tienen una Patria y una familia y no aceptan que la Patria y la familia sean de esas cosas que se eligen o se cambian; todos los que respetan las jerarquías naturales y sostienen que la libertad es una dura disciplina; todos, en fin, los que para razonar se someten al principio de identidad y saben distinguir entre una fidelidad y una traición.

Tan solo encuadrada en estas necesidades que son las de su naturaleza inmutable, la criatura humana puede existir en la plenitud de su responsabilidad y de su honor.

Todo lo que se separa de estas exigencias y en la medida en que lo hace, está fuera de Europa; y todo lo que se le opone o resiste activamente está en contra de Europa, lo mismo si procede desde dentro que desde fuera de sus fronteras.

Aparte de los renovados y siempre temibles sitios que ha debido afrontar la fortaleza europea, sacudida por gigantescas avalanchas venidas desde el Oriente, una revolución interna está carcomiendo sus fundamentos desde hace cuatro siglos y parecería haber llegado al término de su obra destructora. Esa revolución permanente y progresiva que ha ido resquebrajando la unidad de Europa y alejando a las naciones occidentales de la idea de Europa, es el liberalismo moderno. Y hoy, en la etapa de sus últimas consecuencias y de las osadías extremas, se llama bolchevismo y su consigna de lucha, es la que dejó F. Engels: “Todo lo que existe merece perecer”.

 

He aquí un libro que esperábamos tanto como esperamos ver disipada la cortina de humo que la propaganda democrática lia extendido sobre las nacioues de Occidente, permitiendo que el bolchevismo completara su predominio en las almas y en la plaza pública.

Una propaganda abrumadora o irresistible, sostenida durante años y dueña de todos los medios de influencia ideológica y de presión moral, ha conseguido sus objetivos de guerra y de post-guerra!

En la guerra: logró que conductores ciegos desoyeran las insistentes propuestas de paz que hizo llitler antes de ordenar el ataque decisivo a Rusia —empresa donde se arriesgaba no sólo el destino de Alemania sino el do Europa entera—; y los hizo colaborar estúpidamente en la destrucción del primer Ejército del mundo y de la obra que venían realizando los regímenes nacionalistas, a pesar de sus errores doctrinarios y de algunos excesos prácticos. Se abatieron así las únicas fuerzas temporales, las únicas posibles en ese terreno, que constituían una reacción efectiva y total frente a la plutocracia burguesa y el comunismo proletario; esto es, frente a las dos fuerzas nihilistas que trabajan en la disolución de nuestro mundo occidental y cuya suma de efectos disgregadores es lo que se llama con propiedad, bolchevismo.

El Ejército Alemán era una expresión de real aristocracia surgida de la verdadera democracia que abre paso a los mejores y eleva a la multitud por la atracción irresistible de sus legítimas superioridades. El Nacionalismo —en sus diversas manifestaciones europeas—. era una acción restauradora de la jerarquía y una vuelta del hombre a su naturaleza política que restablece su dignidad civil en los deberes antes que en los derechos: y en un sentido de la vida como servicio antes que como provecho.

En la post-guerra: ha producido el Juicio de Nuremberg: esto es, el proceso de la iniquidad consumado desde el sitial de los jueces, por un Tribunal que después de llenar las formalidades con corrección típicamente sajona, ha condenado a morir en la horca a un grupo de patriotas alemanes, abnegados y fieles, en nombre de un Código nuevo y extraño: la iniquidad erigida en justicia a través de la consagración del principio de la imputabilidad retroactiva. Se juzga a los dirigentes de la nación vencida por actos cometidos antes de que fueran clasificados como criminales en el nuevo Código; y por actos que siempre han sido considerados como los más dignos de alabanza en un ciudadano: participar en un movimiento nacional que aspira a realizar una patria fuerte y grande robedocor bis órdenes del superior cuando se está en filas o en función de .servicio del Estado. Así son criminales los alemanes que pertenecieron al partido nacional-socialista; son criminales los soldados alemanes que obedecían las órdenes de sus jefes y los jefes que obedecían las órdenes de su Führer.

Hay todavía más en la aplicación retroactiva de la nueva ley: todos los patriotas alemanes son criminales en el grado monstruoso; el pueblo alemán es un pueblo de monstruos que no deben volver jamás a estar en condiciones de hacer daño a las inocentes ovejas que constituyen la población restante del mundo. Todo está permitido cuando se trata de aplastar al monstruo o de reducirlo a la impotencia para siempre; todas las trasgresiones están justificadas; todos los medios, aún los más inhumanos, pueden ser empleados en nombre de la humanidad y de los inviolables derechos de la persona.

Todo está permitido con el vencido: esto significa la nueva ley, el nuevo código, el tribunal de Nuremberg instituido por las paladines de la Democracia, de la Libertad y de la Humanidad. He aquí la tierra prometida.

Maurice Bardeche a través de un análisis de las Actas de acusación, conducido níagistralmente con la más depurada ironía socrática, demuestra que la obra consumada en Nuremberg es infinitamente más destructora que la guerra más despiadada, porque Nuremberg es la abolición de todo el orden existente; es la consumación del bolchevismo por los mismos occidentales, devoradores de sí mismos “como la serpiente que se muerde a la cola”.

Nuestro antiguo mundo europeo se ha estructurado en un espacio de tres dimensiones: la sabiduría humana de los griegos, la organización política de los romanos y la Caridad divina de Cristo. En principio ese mundo ya no existe. Sobre sus ruinas se levanta aparentemente Nuremberg o la tierra prometida. Pero es nada más que una apariencia sin ser, un edificio en las nubes y todo hecho de nubes como una horrible pesadilla.

Aquí no se piensa ni se obra más que por medio de abstracciones vacías y ligeras como nubes. Aquí reina la más absoluta igualdad, la más perfecta nivelación democrática; todas las odiosas jerarquías han sido suprimidas: un hombre ya no se distingue de otro hombre por la fe, ni por la patria, ni por la estirpe, ni por la profesión, ni por la familia, ni por la inteligencia, ni por el carácter.

La idea de Patria y el “todo por la Patria” de los cuarteles, han sido sacrificados a la diosa Democracia en las dos formas visibles que se veneran en el mundo moderno: La Democracia de la Humanidad made in U. S. A. y la Democracia del Proletariado made in U. R. S. S.

Bardeche pone en evidencia que el espíritu de Nuremberg y el espíritu de Moscú son uno y otro el mismo espíritu, cuya fórmula se puede expresar lacónicamente así: La Democracia es antes que la Patria.

Si llega el caso de tener que elegir no se puede dudar que primero eg la fidelidad a la Humanidad en general o al Proletariado universal. Por esto os que el Mariscal Petaiu que lo dio todo en servicio de su Patria y mucho más que la vida, hasta la gloria de su nombre y la fama de sus grandes hechos, agoniza en una prisión como traidor a la Patria; mientras que los desertores de ayer y que hoy anticipan cínicamente que no tomarán las armas si estalla la guerra con Rusia y que estarán en contra de su propia Patria, ocupan el sitial de los optimates en el parlamento de Francia y lucen condecoraciones en calidad de beneméritos de la Patria.

Es desconcertante, pero es así; y no es cuestión de volver el rostro a la verdad que se descubre en todo su horror, apenas «e diflipa la cortina de humo que la propaganda ha extendido sobre Occidente, envolviendo a los pueblos en la nube de los sueños, con la repetición maquinal, monótona, incesante, de su gastada cantilena sobre los derechos de la persona humana, sobre la causa de la libertad y sobre la paz idílica y perpetua entre Oriente y Occidente, ahora que el espíritu cesáreo y el militarismo alemán han sido aniquilados.

Pero las nubes de los sueños se desvanecen finalmente y este Nuremberg de iniquidad y de muerte, no será más que una horrible pesadilla. Y todas las gentes honestas del mundo sabrán que la tierra prometida no tenía más consistencia que una nube.

Este libro de Bardeche, valiente, osado, ecuánime, profundamente generoso y lleno de esperanza, nos sugiere la evocación del otro Nuremberg, el verdadero, la antigua ciudad alemana edificada sobre la tierra firme e indestructible de la historia, toda hecha con el espíritu y la sangre de generaciones :

¡Viejos relojes de Nuremberg detenidos en la hora en que los mártires mueren!

El tiempo de los hombres que fluye y pasa, inmóvil, se hace eterno.

Todo alemán está mirando desde entonces el implacable horario fijo. Ciudad antigua es Nuremberg: piedra y silencio, voz grave de campanas, bajo losas gastadas viejos muertos; y

por lo mismo, una pasión de ser y seguir siendo: identidad esencial.

En Nuremberg, las horcas de los mártires. El futuro de Alemania está aquí: presentimiento y certidumbre en cada corazón germano que Vivos en su muerte, los jerarcas nazis de la infamante muerte, no murieron.

Y sólo se oyen en medio del tráfico mercantil y del frívolo bullicio que aparentemente llena las calles, loe pasos lentos, seguros y marciales de Jodl.

Las fuerzas de ocupación traen modas nuevas de jóvenes pueblos ya seniles.

Y en el viejo Nuremberg las voces de los muertos que no han muerto, con ardor de juventud inextinguible, repiten su mensaje.

En vano en las ciudades alemanas, discos rayados dejan oír una música epiléptica y bárbara. En vano la neutra coca cola, el vodka ardiente y el whisky escocés quieren desnazificar hasta los paladares. En vano los “Readers” llenan los “kioscos”. Cada ciudadano lee nuevamente los “Discursos a la Nación Alemana”. Y no circula el “Times” londinense porque el tiempo de este pueblo capaz de “una tácita obstinación”, de una invencible obstinación, no es oro de esterlinas, sino heroísmo, sabiduría y arte. En vano el ruso repite el A B C de Bujarín y el yanqui los mandamientos burgueses de Franklin y el inglés la última humorada de Churchill. Todo alemán está de pie escuchando las viriles palabras de los ahorcados y en su corazón resuena como un salmo: “¡Ay, Alemania mía!”. Y se hunden como una estocada en el corazón de los ocupantes occidentales la terrible profecía de Streicher.

Sólo la sangre redime y salva; la tierra de Alemania está regada por la sangre de sus mártires que hará fructificar de nuevo la noble semilla de la vocación cesárea y del sentido militar de la existencia que va a salvar a Europa desde las horcas de la prisión de Nuremberg.

Y ha de llegar un día en que se vaya a Nuremberg en busca de las horcas, desde la hora inmóvil, pende de una lección de vida, nuble y alia; y se honre a los héroes, salvadores de sus propios verdugos, “que en su morir consintieron” para que Occidente pudiera vivir. ([1])

Jordán B. Genta.

Buenos Aires, enero de 1950.

Año del Libertador General San Martín.

 

EPIGRAFE

“Salomón contó a todos los extranjeros

que había en el país de Israel y cuyo 

empadronamiento había sido hecho por David, su

padre. Encontró ciento cincuenta y tres mil

seiscientos. Y tomó setenta mil pura llevar

los fardos, ochenta mil para tallar las

piedras en la montaña y tres mil seiscientos

para vigilar y hacer trabajar al pueblo.”

SEGUNDO LIBRO DE LAS

Crónicas 2, 17—18.



[1] Corresponde patrióticamente destacar que el primer homenaje a los héroes de Ñuremberg, en nuestro país y acaso en el mundo entero, fue realizado en la dudad de Paraná, por un grupo de jóvenes nadona* listas argentinos presididos por D. Juan Zenón Echenique, el 27 de oc­tubre de 1946


N. de la R.: Agradecemos a Daniel González Cespedes el habernos acercado este trabajo.



domingo, 4 de agosto de 2024

Genta y la Derecha - Antonio Caponnetto

 

Genta y la Derecha


Querido padre Javier:

Andan circulando unas líneas tuyas; y teniéndolas por ciertas cuanto por lícitas, deseo hacerte llegar los siguientes comentarios:

1)Que quieras definir tu condición de derechista, amparándote en un texto de Genta, me parece muy bien. Nos aclara cuál es tu posición. Y quedas comprometido públicamente con ella. Enbuenahora.

2)Que no se exprese taxativamente que esa definición gentiana nada tiene que ver con "la derecha fest" del próximo 5 de octubre a la cual has sido invitado y aceptaste, no me parece nada bien. Mezcla, omite, confunde, oscurece. Porque si yo no entiendo torcido, el precitado festival octubrino se presenta sin ambages como la iniciativa de operadores del oficialismo.

3)El texto de Genta traído a colación tiene un contexto, sin el cual, su comprensión y su real significado disminuyen notoriamente. El profesor está hablando de “la táctica comunista impuesta en el mundo entero”, a partir de 1944, y según la cual, “la revolución comunista avanza detrás de la cruz y de las banderas nacionales. No hay enemigos a la izquierda. Después de 1945 los únicos enemigos somos los que estamos a la derecha”. (cfr. El asalto terrorista al poder, Buenos Aires, Buen Combate, 2014, p. 269-270). Es decir que “la derecha” no es una opción per se sino per accidens; esto es, dadas las circunstancias y no procurando definir la substancia.

4)El mismo Genta lo aclara a renglón seguido: “Esto de estar a la derecha lo digo así simplemente por contrariedad, para considerar términos contrarios; no hablo de la derecha en el sentido de la plutocracia, de la oligarquía, que nunca fueron de derecha en ninguna parte del mundo” (Ibidem, p. 270). En sus clases solía ampliar este concepto, y era común que se remitiera a dos textos españoles. De un discurso de José Antonio Primo de Rivera, el uno: “Ni izquierdas ni derechas, España entera” (Sevilla, 22 de diciembre de 1935). Y de Ortega y Gasset el otro, estampado en La rebelión de las masas: “Ser de la izquierda es, como ser de la derecha, una de las infinitas maneras que el hombre puede elegir para ser un imbécil: ambas, en efecto, son formas de la hemiplejía moral”.

5)La definición gentiana de “derecha” que, en el texto que has traído legítimamente al ruedo, explicita y asume como propia, no es otra que la que durante toda su vida dio del Nacionalismo Católico, con tácitas pero visibles referencias a la Doctrina Social de la Iglesia. La misma Doctrina que, como de sobras lo sabes, ha condenado rotundamente al liberalismo.

5)Finalmente debo decir que el pensamiento de Genta es reacio a manifestarse con las categorías “derecha-izquierda”, pues siempre predicó sobre ellas que eran funcionales a la semántica ideológica instalada con los salvajes episodios de 1789. Por eso prefería definir la pugna entre Revolución y Contrarrevolución. Contrapunto y antítesis a los que les dedicó no sólo un libro clásico de su autoría (posiblemente el más conocido), sino otros muchos escritos.

6)Genta, pues, no fue derechista; ni paleo ni neoderechista. No solía hablar de “batallas culturales” sino del buen combate paulino (2 Tim.4,7-8). Tampoco era dado a las fiestas sino a las trincheras; y denunció a la par que repudió enérgica y virilmente a la conjura judeomasónica. Conjura a la que sin elipsis ni efugios adhiere el actual gobierno. De todo lo cual te sé perfectamente anoticiado.

Mi abrazo

En Cristo y en la Patria

                                   Antonio Caponnetto

 

martes, 26 de octubre de 2021

Homenaje a Jordán Bruno Genta - Antonio Caponnetto

                                   

JORDÁN BRUNO GENTA

1974 – 27 de octubre- 2021

 

DIJIMOS AYER Y REITERAMOS HOY

Por Antonio Caponnetto



“Lo que menos soporto son los nacionalistas y católicos <tácticos>, que pretenden copar los movimientos y terminan sirviendo a lo peor”

Jordán B. Genta,Carta a Hirám Zamboni, Buenos Aires, 25-X-1974.

  

-I-

 

          Se llamaba Jordán Bruno Genta, aunque algunos crápulas que ahora usan su nombre o su figura para cohonestar lo que el siempre detestó, ni siquiera hayan visto las solapas de su prolífica bibliografía.

 

          Se lo vamos a recordar de entrada a los inescrupulosos oportunistas. Escribía Genta: “No participamos de la opinión de los que pretenden bastardear el Nacionalismo poniéndolo en el plano de un simple partido político para entrar en la puja de menudos intereses electoralistas. No creemos que[...] esa sea hoy una salida honrosa para el ideal que sustentamos. Mediatizar lo que es de Dios y de la Patria al juego de unas elecciones, a la decisión de una mayoría circunstancial que se deja arrastrar por el canto de sirena de quien demagógicamente más le promete, nos parece una verdadera aberración”. (Cfr. su Hay un sólo Nacionalismo, en Combate, Buenos Aires, Año II, n. 26, 1957, p. 1).

 

          A esta postura coherente, recia, viril y de una congruencia sin fisuras, ciertos fomentadores del sincretismo contemporizador y del contubernio con el Régimen, la han llamado <dogmatización de lo prudencial>.Confundiendo a sabiendas dogma con doctrina y prudencia con conciliación de opuestos. E ignorando, también a sabiendas, que la prudencia parte de unos principios inmóviles para aplicarlos a la realidad móvil, sin traicionar aquellos ni reducir lo real a lo efímero. Apisonadores de adoquines como son, no entienden que lo prudencial no se dogmatiza al negarse a negociar las ideas perennes. En rigor sucede lo contrario: lo prudencial se eleva al rango de parresía, y quien posee esa virtud está dispuesto al martirio.

 

-II -

 

          Éramos jóvenes cuando lo mataron y cuando despedimos sus restos con nuestro inequívoco estilo. La memoria registra ojivas caudalosas de brazos en alto mientras su féretro avanzaba hacia la tierra postrimera, los gritos multiplicados de ¡Presente! ante su nombre coreado con bravura, y la consigna legionaria lanzada al viento como un desafío: ¡Viva la muerte!

 

          Fuimos envejeciendo, pero por la gracia de Dios aquellos ideales juveniles no resultaron abandonados ni torcidos.

 

          Jordán, palabra aguda de resonancias graves y luminosas, como el río en el que recibió el bautismo Nuestro Señor Jesucristo. Bruno: fuerte cual coraza o armadura, en antigua semántica germana.

 

          Dios, a pesar de su padre anarquista, se las ingenió para que se cumpliera el poema marechaliano: mira que al dar un nombre se recibe un destino.

 

          Enseñó la Verdad Católica, Apostólica y Romana, en plena y continua comunión con la Cátedra de Pedro. Mas no ignoraba la presencia de los lobos revestidos con las apariencias de corderos. Sufría el humo de Satán enseñoreado en el lugar sagrado, la desacralización del clero progresista –altos dignatarios incluidos- y en los últimos años de su vida dejó escrito su certidumbre moral sobre la instalación del Anticristo como un hecho consumado al que había que enfrentarse. El sentido parusíaco de la existencia le era connatural, como a todo bautizado fiel.


        No aprobó jamás los procedimientos castrenses irregulares y clandestinos para combatir al marxismo. Clamaba por la guerra justa, limpia, frontal y varonilmente librada: la guerra contrarrevolucionaria, de la que fue su más esclarecido doctrinario. Murió antes del llamado Proceso –por si alguien aún no lo ha advertido- y no fue ni su mentor ni su propagandista ni su doctrinero. En cambio, quienes seguimos la batalla en su nombre, y con su docencia por guía, nos opusimos públicamente a aquella penosa experiencia político-militar, bien que por motivos antitéticos a los que el mundo se opone.

 

         Distinguía entre el testigo y el verdugo, el partisano y el guerrero, el soldado patrio y el guerrillero apátrida. Nunca se le hubiera ocurrido homologarlos en un irenismo contrario a la justicia. La unidad de las derechas y las izquierdas no aparecía en sus discursos. Mucho menos, claro, la incapacidad de perdonar a los genuinamente arrepentidos. Los conversos tienen al respecto una especial sensibilidad. Y él era un extraordinario converso.

  

          Bien está que pidamos para que la clemencia de Dios alcance a Caín, a Ismael y a Esaú. Pero sólo Abel, Isaac y Jacob son figuras de Cristo.

 
         Genta Sostuvo una enemistad firmísima con el comunismo, pero también –y simétricamente- con el liberalismo en todas sus variantes. El liberalismo sigue siendo un pecado, y lo sabía. Es pecado nefando y es vicio contra la genuina naturaleza política. No basta para desmentir este aserto el palabrerío indocto, falsificador y feminoide de los que se prefieren ser “influencers” a testigos, “youtubers” a sabios, “twiteros” a confesores.

 

-III-


        Genta no fue democrático, y repudió desde perspectivas múltiples y convergentes la impostura del sufragio universal. Admiraba a los grandes monarcas santos, a los varones jerárquicos instauradores de gobiernos fuertes, a los jefes aristocráticos, a los Caudillos de la Patria y de Occidente; y hasta respetaba cristianamente a los grandes Conductores Nacionales a quienes aplastó la conjura aliada en 1945.

 

           La Realeza Social de Jesucristo era su opción política. El Omnia Instaurare in Christo, su lema y su norte. Su divisa flameante e izada bien al tope. Parafraseando al Cardenal Pie pareció decirnos: Ya se ha probado el Manifiesto Comunista. Probemos ahora con el Sermón de la Montaña, que es el Manifiesto Cristiano.

 

            Jamás fundó un partido ni aconsejó formarlo o integrarlo. Jamás creyó en la unidad de los opuestos, ni en la coyunda con liberales y populistas, ni en la acción conjunta con quienes no existe previamente la unidad en el Ser. Repetía con Santa Teresa: “es preferible la Verdad en soledad al error en compañía”. Y con Aristóteles: “en toda juntura entre lo malo y lo bueno, sufre lo bueno”. No mixturaba los antagonismos, así como evitaba mezclar el agua con el vino.

 

            Se atrevió a decir lo que otros callaban y aún callan: que hay una culpabilidad judeomasónica tras el drama de la Argentina y tras la derrota de la Civilización Cristiana. Ni el pulso ni la voz tremaron en su cuerpo cada vez que fue necesario opugnar con la Sinagoga de Satanás. Pero tampoco faltó la caridad siempre que un prójimo, fuere quien fuese, se aquerenciaba hasta su puerta.

 

            Denunciaba con valentía al Imperialismo Internacional del Dinero, y con mirada sobrenatural y serena alertaba sobre la acción y la presencia del Anticristo.


          Señaló la naturaleza nociva del peronismo, y una por una marcó a fuego las canalladas múltiples de Perón, artífice de la subversión, convalidador de sus primeros crímenes, y propugnador hasta el final del mundialismo masónico, previo paso por el continentalismo y el socialismo nacional, como repitió hasta el hartazgo. El mito de la expulsión de la Plaza de Mayo de los Montoneros no pasó por su magín. Perón murió carteándose cortésmente con Mao, Castro, Dorticós y Allende. Y los jefes montoneros hicieron la "v" de la victoria ante su féretro.

 

           Las claves interpretativas del pasado no son las medias verdades sino la metafísica, la teología, la poesía y la genuina historiografía.

           Expresamente repudió la falsa línea ideológica San Martín-Rosas-Perón”. Sus arquetipos no eran los incendiarios de iglesias sino los herederos de la estirpe del Cid. Una memoria completa no basta para saberlo. Es necesario una historia veraz.

 

-IV-

 

          La teoría de los dos demonios, y la posición de quienes se sienten discriminados porque sólo se ataca a uno de ellos, le hubiera causado repulsión y desprecio. En la patria, no se enfrentaron ni se enfrentan dos demonios sino las dos ciudades agustinianas. Él batalló por la Civitas Dei y cayó en su defensa, heroicamente. No fue la víctima accidental de una refriega terrorista. Fue un combatiente valeroso abatido a mansalva por el enemigo.

           No estaba por azar cuando ocurrió el atentado marxista, el 27 de octubre de 1974. Ni recibió una bala casualmente, ni resultó el damnificado de una explosión que buscaba otro destinatario. La substancia antes que los accidentes explican su caída. Lo habían ido a matar a la puerta de su casa. Un domingo, cuando rumbeaba para la Santa Misa, en la tradicional festividad de Cristo Rey, como después escribieron sádicamante sus verdugos.

           Lo mataron por ser católico y nacionalista. Lo mataron porque molestaba su prédica ortodoxa, intransigente, rectilínea, inclaudicable. Lo mataron por hacer los que preguntan qué hay que hacer: defender la preeminencia de la vida contemplativa, hasta derramar la sangre por amor a la Cruz. Lo mató el odio rojo por luchar por el Amor de los Amores.

 

-V-

 

Los defensores de la inserción complaciente dentro del sistema viven de espaldas, ya no a la recta doctrina que predicara Genta, sino a la experiencia histórico política de más de largo medio siglo. Incurren en un mero acto de voluntarismo, creyendo que el fin justifica los medios; y avanzan a grupas del modelo que llevó a la patria a ser esta cosa impensada y nauseabunda que presenciamos con estupor. Para intentar siquiera soñar con su rescate hay que hacer lo contrario de la Revolución, y no una revolución en contra, según aserto inmodificable del viejo De Maistre.

 

Tras los oropeles enredantes de una disputatio académica, o las de­clamaciones sobre la contribución al bien común, o las disquisiciones sobre lo que enseñan los moralistas, en realidad, estos personeros de la derecha <unida y bienpensante>, están calculando con quién caer mejor parados.Triste hilacha la que terminan mostrando. Acaban felones, tramoyistas o dementes. Mansos votantes de la diosa democracia, disidentes controlados funcionales al sistema, cooperadores de la mugre liberal, que fue poder ininterrumpidamente tras la derrota de Caseros.

 

-VI-

 

          En vida, quisimos ser sus discípulos y seguidores.

           Desde que lo asesinaron, no hemos dejado de honrarlo, recordarlo, difundirlo, y darlo a conocer entre quienes no habían tenido la gracia de conocerlo. Lo hicimos sin medios y sin los medios. En soledad, con la conspiración de silencio como sombra amenazante y artera. Lo hicimos —corriendo modestos pero concretos riesgos— sin que se enteraran ni nos acompañaran los que hoy manipulan su nombre para darle un tinte purificador a las trapisondas electoraleras en las que se han metido.

           ¿Qué importancia tiene que una pseudojusticia mundana —en manos de sodomitas y aborteros— declare alguna vez que su crimen fue de lesa humanidad? ¿Son acaso las categorías de Nüremberg las que glorificarán a nuestros muertos ilustres? ¿Son acaso los criterios del enemigo los que han de blanquear sus memorias insignes? No fue un crimen de lesa humanidad contra los derechos del Salvador el que se perpetró en el Gólgota. Fue el deicidio. Los deicidas siguen matando a los testigos del Gólgota. Y no hay leguleyería internacionalista que alcance para calificar a los victimarios.

           Tampoco estamos pidiendo que un tribunal oportunista y mendaz investigue a los autores del homicidio, ni que esta Roma apóstata, con sus obispos cómplices consideren la sola posibilidad de introducir su beatificación.

           Ningún secreto encierra la causalidad formal de su asesinato. Los que lo abatieron gobiernan. Sus nombres y sus rostros, son los nombres y los rostros execrables del Régimen. Caras con muecas sicarias y rictus infames que no logran disimular los avances cosméticos.

           Jordán Bruno Genta ya está a la derecha del Padre, gozando del merecido cielo que alcanzó por asalto, al haber caído como mártir de la Fe en el más estricto y cabal sentido de la palabra. Los mártires de los últimos tiempos no serán reconocidos como tales, escribía San Agustín. No serán reconocidos por los heresiarcas. Pero el Dios de los Ejércitos pasa revista en cada alba, y un ángel arcabucero señala su presencia con un centelleo vertical de luces altas.

          De eso se trata este homenaje al “Pedagogo del ‘O juremos con gloria morir’”. De decir la verdad entera.

          Jordán Bruno Genta: mártir de Cristo Rey. Jordán Bruno Genta: maestro de la Verdad. Jordán Bruno Genta: católico y nacionalista.

         Jordán Bruno Genta: ¡Presente!



Nota de NCSJB: El presente artículo fue escrito en ocasión de los 40 años del fallecimiento de Jordán B. Genta. La versión ahora presentada, está retocada y adaptada al presente.



jueves, 25 de marzo de 2021

Sócrates y Alcibíades - Jordán Bruno Genta

 Sabía muchas cosas, pero las sabía todas mal.

HOMERO, Margites (citado en Alcibíades 57, a)


La ironía Socrática es el supremo recurso purgativo de la inteligencia, la más refinada astucia de la identidad para corregir la presunción infundada, la credulidad ingenua y la retórica aduladora; para poner en evidencia ante los propios ojos, el equívoco frecuente del discurso que se va por las ramas o toma el rábano por las hojas, que hace pasar gato por liebre o enjuicia lo que ignora. Y después de tropezar y de estrellarse una y otra vez consigo misma y de caer en la cuenta de su vanidad intelectual, el alma asume la conciencia reflexiva de la propia ignorancia. Este saber de lo que no se sabe es el principio de la humana sabiduría y el comienzo de la libertad real y verdadera.

Una vez que la ironía ha preparado convenientemente al alma, se inicia el proceso constructivo de ella misma en el saber de razón. La solicitud de la palabra magistral obra el estímulo necesario para que desarrolle su propio pensamiento en rigurosa identidad con el objeto y consigo misma, hasta elevarse soberana al concepto.

Hemos llegado hasta el más sabio y el más justo de los hombres. Sócrates se dispone a reanudar la conversación que volverá a escucharse siempre de nuevo, con la misma insistencia del sol que sale en cada nuevo amanecer.

Pensar es como haber pensado ya; el mismo ser, la misma verdad, la misma belleza y la misma justicia reaparecen eternamente en el escenario fugaz y ensombrecido de los hombres para despertar en su alma la nostalgia y el anhelo de su divino origen.

Como era de esperarse, Sócrates se dirige al mejor dotado y al más satisfecho y ya se prepara para intervenir triunfalmente en la vida pública. Sócrates lo reconoce a pesar del tiempo transcurrido desde sus días mortales y empieza por enfrentarlo, una vez más, con su propia imagen.

SÓCRATES. - Tú crees no necesitar de nadie, tan generosa y liberal ha sido la naturaleza contigo, comenzando por el cuerpo y concluyendo con el alma. En primer lugar, te crees el más hermoso y el más bien formado de los hombres [...] En segundo lugar, tú te crees pertenecer a una de las más ilustres familias de Atenas [...] y tienes el principal apoyo en tu tutor, Pericles, cuya autoridad es tan grande que hace lo que quiere no sólo en esta ciudad, sino en toda la Grecia [...] Podría hablar también de tus riquezas, pero en este punto no eres orgulloso [...][1].

Y después de descubrirle sus ambiciosos y apremiantes proyectos, con motivo de la inminente presentación de Alcibíades ante la Asamblea de los atenienses. Sócrates le inquiere acerca de lo que se propone discurrir públicamente y si es cosa que sabe mejor que sus oyentes.

Alcibíades le anuncia que se ocupará de la ciencia de lo justo y de lo injusto. Sócrates, alarmado ante tanta audacia, le pregunta:

SÓCRATES. -¿De quiénes has aprendido esa ciencia?, habla Alcibíades.

ALCIBÍADES. – Del pueblo.

SÓCRATES. – Mal maestro me citas[2].

Claro está que el pueblo puede ser maestro, por ejemplo, del habla común, del lenguaje cotidiano que empleamos en la vida de relación y en la economía de la vida. Los nombres comunes más bien que significar el ser, indican las cosas por su uso posible; son parte de un lenguaje pragmático que opera en el campo de la percepción externa.

SÓCRATES. – ¡Qué! ¿Todo el pueblo no conviene en el significado de estas palabras: ¿una piedra, un bastón? Interroga a todos los griegos; ellos te responderán la misma cosa, y cuando le pidan una piedra o un bastón, todos se dirigirán a los mismos objetos, y así de todos los demás[3].

Lo importante es que el pueblo puede ser un maestro recomendable de la lengua, porque está de acuerdo consigo mismo y no disiente jamás acerca del significado común de los nombres comunes. Y hasta puede ser un buen maestro del lenguaje poético, si es un verdadero pueblo y no una plebe urbana y cosmopolita, una masa amorfa de gentes mezcladas y advenedizas.

Es que un verdadero pueblo, solidario de una antigua y venerable tradición, conservador de usos y costumbres, posee en materia de lenguaje, la condición indispensable del maestro: la identidad consigo mismo.

Con todo, no debemos exagerar la importancia del magisterio popular, aún en asuntos que le conciernen, si nos atenemos al espectáculo contemporáneo de pueblos anarquizados por los dogmas y las constituciones liberales, divididos por el egoísmo de los individuos, de las clases y de los partidos políticos; plebes más bien que pueblos donde “el hombre se ha convertido en un sin patria que duda de todas las ideas y de todas las costumbres.[4]

Tan sólo la más repugnante demagogia bolchevique podía inspirar la indigna sentencia que se declama en las plazas públicas: “El pueblo tiene razón hasta cuando se equivoca.”

Sócrates, enemigo implacable de toda forma de adulación de la multitud, le pregunta decisivamente a nuestro Alcibíades:

SÓCRATES. - Pero si en lugar de querer saber lo que significa la palabra hombre o caballo, quisiéramos saber si un caballo es bueno o malo, ¿el pueblo sería capaz de enseñárnoslo?[5]

Alcibíades contesta negativamente y enseguida debe convenir en que si el pueblo es incapaz de juzgar sobre los caballos mejores y peores, mucho menos puede saber y enseñar acerca de lo que es justo e injusto, es decir, de lo mejor y de lo peor para los hombres. Y la prueba es que se trata de cosas sobre las que el pueblo no consigue ponerse de acuerdo consigo mismo jamás, pese a la importancia que revisten para su existencia; se divide en las más violentas disputas y oscila ente las opiniones más contradictorias.

Apremiado por certeras preguntas, Alcibíades advierte que sus respuestas sucesivas se contradicen hasta el punto de temer que ha perdido la razón ya que

SÓCRATES. - [...] las cosas le parecen tan pronto de una manera, tan pronto de otra.[6]

Sus fluctuaciones en las respuestas sobre lo justo y lo injusto, sobre lo honesto y lo deshonesto, sobre lo bueno y lo malo, sobre lo útil y lo perjudicial, lo llevan a la certidumbre de su ignorancia.

Y comprende algo más importante todavía. Los errores y las faltas obran consecuencias que pueden llegar a ser funestas en la vida de los pueblos y de los hombres; por cuya eficacia negativa asumen la forma de la culpa.

Y quienes incurren en falta culpable no son los que saben las cosas, tampoco quienes las ignoran y dejan el negocio a otros; son aquellos que no las saben pero creen saberlas y se ponen a dirigirlas.

No se puede leer sin experimentar cierta repugnancia las palabras iniciales del “Discurso del Método” de Descartes: “El buen sentido es la cosa mejor repartida del mundo.[7]

He aquí un ejemplo típico de adulación a la multitud, análoga a la sentencia vergonzosa que justifica sus mayores errores y sus extravíos más insensatos.

Sócrates condena inexorable la más mínima concesión a esa ignorancia temeraria, sea de un individuo o de la multitud, porque la considera la más vergonzosa y la causa de todos los males.

Y concluye que esta audacia del que cree saber lo que no sabe cuando se aplica a cosas de grandísima trascendencia obra los efectos más terribles:

SÓCRATES. - Mi querido Alcibíades, estás sumido en la peor ignorancia, como lo acreditan tus palabras y como lo atestiguas contra ti mismo. He aquí por qué te has arrojado como un cuerpo muerto, en la política, antes de recibir instrucción. Y tú no eres el único a quien sucede esta desgracia, porque es común a la mayor parte de los que se mezclan en los negocios de la República[8].

Alcibíades al igual que todos los jóvenes ciudadanos que aspiran a una función de mando en la República –educadores, militares, magistrados, gobernantes-, si no se entregan a la adulación y se dejan corromper por el pueblo, deberán seguir el consejo de Sócrates y obedecer al precepto que está escrito en el frontispicio del templo de Delfos: Conócete a ti mismo.

Conócete a ti mismo, quiere decir conocer la esencia del hombre, lo que es en sí mismo; significa que el conocimiento de la naturaleza humana es el principio mismo de la acción política; o mejor, de una política conforme a la razón y a la justicia. De ahí que la Metafísica o Filosofía primera sea el fundamente necesario de la Política.

Hemos visto que la acción útil o el uso de las cosas elevado a la perfección de una técnica científica tiene su fundamente en la ciencia exacta y experimental de los fenómenos que deja de lado su esencia y considera exclusivamente su determinación espacial y sus efectos sensibles. Una matemática universal en lugar de la Metafísica, es el principio de la técnica: se comprende que así sea puesto que las cosas exteriores son enfocadas y tratadas en función de fines humanos, en cierto modo extraños a ellas mismas aunque deba tenerse en cuenta las condiciones de su uso y aprovechamiento. Desde el punto de vista de la ciencia exacta y experimental no interesan por lo que son en sí mismas, sino por el partido que se puede sacar de ellas.

¿Pero una acción relativa al hombre mismo, una acción que interesa a su vida y a su destino en el orden social o personal, puede fundarse en un saber externo y circunstancial del hombre?

¿Puede aquella matemática universal constituirse en el fundamente de la política y de la moral?

Sócrates responde que no; rotundamente no. Es un tremendo error y una extrema inmoralidad tratar al hombre como si fuera una cosa externa, una cosa para usar. Intentarlo, como se ha hecho reiteradamente, es un caso típico de la peor y más vergonzosa ignorancia; aquella que Sócrates denuncia magistralmente: la ignorancia del que cree saber lo que no sabe. Es preciso escuchar el consejo Socrático e interpretar adecuadamente el precepto que se lee en el frontispicio del templo de Delfos: se trata del conocimiento de la esencia misma del hombre, de su alma racional, el hombre interior, como dice Santo Tomás.



[1] Alcibíades, 104 a-c.

[2] Alcibíades, 110 e.

[3] Alcibíades, 111 c.

[4] Cf. FRIEDRICH NIETZSCHE, De la utilidad y los inconvenientes…, o. c.

[5] Alcibíades, 111 d.

[6] Alcibíades, 127 d.

[7] RENATO DESCARTES, Discurso del método, I. Sin datos respecto de la versión consultada por el autor.

[8] Alcibíades, 118 b-c.


Jordán Bruno Genta: “Sócrates y los sofistas” ´Segunda Parte –Lección V.