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lunes, 28 de mayo de 2018

Padre Alberto I. Ezcurra - Recensiones Bibliográficas (Libro para descargar)




PADRE ALBERTO EZCURRA
-1993 -26 de Mayo- 2018

Amigos:

                  Este año se cumple el vigésimo quinto aniversario de la muerte del Padre Alberto Ezcurra. En su homenaje, y bajo la generosa iniciativa del Profesor Daniel González Céspedes, se han reunido en un libro el conjunto de las recensiones bibliográficas del inolvidable maestro y camarada. 


                    Pedido que se me hubo el prólogo, he procurado explicar en el mismo el inmenso y significativo valor que tienen estos comentarios de múltiples y variados libros. Ofrecemos la obra en su versión digital. Para que quienes lo deseen puedan aprovecharla, difundirla y hacerla circular.


                    Aquí está: RECENSIONES BIBLIOGRÁFICAS, del Padre Alberto Ignacio Ezcurra Uriburu.


                    Muchas gracias.

                   Antonio Caponnetto


Enlace de descarga




PADRE ALBERTO EZCURRA

¡PRESENTE!

A 25 años de su muerte


Todo está bien, me he puesto la sotana.
El rosario se anuda entre mis dedos
Y el viático me alcanza para el viaje.
La clase ya fue dada, quedan libros
Entre estampas, recuerdos y cigarros.
Todo está bien, incluso esta madera
Que bordea mi cuerpo y lo amortaja.
Los rezos que sin llanto me despiden.
Hago memoria: hay pan y un misal viejo.
Dejé lista la misa de mañana,
Una vez más diré que yo no escribo.
La homilía y la arenga se improvisan
Como el Ave María y el Magnificat.
Todo está bien, llegaron camaradas.
Conservan la bandera o el saludo,
esa costumbre de tomar cerveza,
discutir en voz alta, acalorarse,
caminar marcialmente aunque los años
crujan como un navío a la intemperie.
Aquí en San Rafael el sol flamea
-parece un estandarte al mediodía-
la Ascensión del Señor tuvo su fiesta,
Pentecostés me espera, ya en la Casa.
Todo está bien, amigos, la liturgia,
La unción de los enfermos, el recaudo
De colocar a modo de epitafio
La consigna de Job, marechaliana.
Amé la tierra en su raíz antigua.
Serví a los pobres cuando no era moda.
Canté Caudillos en la eneida patria.
No me perdonan el responso a Rosas.
Todo está bien. Sirvieron el pescado
Picante con el vino en damajuanas,
Ayer de Paraná o de Buenos Aires
Dos vocaciones nuevas me llamaron.
Todo está bien. Ya vienen, ya me cargan
(no parezco pesado esta mañana)
el cementerio tiene vista al cielo.
He dejado un licor para la vuelta.


ANTONIO CAPONNETTO



Nacionalismo Católico San Juan Bautista


miércoles, 4 de junio de 2014

Respuesta a la subversión marxista.– P. Alberto Ezcurra


  Cuando se corta la maleza en vez de desarraigarla, ésta vuelve a crecer en breve tiempo. Lo mismo sucede cuando se desarticula el aparato militar subversivo sin atacar las fuentes económicas o culturales que lo alimentan. Mueren los que tuvieron el coraje de empuñar las armas. Entre ellos había locos, aventureros o criminales, pero también jóvenes que canalizaron por caminos equivocados, hacia metas utópicas, su capacidad de lucha, de coraje, de asco y de sacrificio. Quedan en cambio a salvo los responsables principales, instigadores, mandantes y consejeros: el profesor universitario, el ensayista, el periodista fabricante de la “opinión”, el sacerdote tercermundista, la religiosa “concientizadora”, el político democrático… Ellos sabrán capear el temporal y preparar las tropas para el relevo.

  La subversión puede ser derrotada en el campo de combate, y triunfar políticamente. Implacable cuando triunfa, cuando se ve acorralada cambia de táctica y se moviliza para debilitar la presión de las fuerzas represivas. El jefe del F.L.N. argelino escribía en 1957: “Dado que el ejército hace suya la acción de la policía, no tenemos la misma protección legal que necesitamos para movernos. De manera que ruego a todos nuestros amigos que realicen toda la campaña que sea necesaria a fin de que la legalidad sea restablecida. En caso contrario estaremos perdidos”

  La legalidad se transforma así en un arma de combate. De allí nacen las campañas por los “derechos humanos”, la libertad de los presos “políticos”, la amnistía, la supresión de las leyes de excepción, en cuyo favor se moviliza la opinión pública y la presión de los organismos internacionales. Objetivo último: la “institucionalización”, el “retorno a la normalidad”, las elecciones, es decir: el abandono del poder a los cómplices, a los imbéciles, a los “kerenskys”…

  La mentalidad burguesa y la miopía liberal tienden a identificar la subversión exclusivamente con manifestaciones violentas. Cuando se deciden a enfrentarla lo hacen en un combate estéril, que pretende eliminar los efectos sin tener en cuenta las causas que los provocan. Consideran la paz como ausencia de guerra y califican de subversivo a todo aquello que pueda alterar el “orden establecido”. Pero la paz es, en su definición clásica, la “tranquilidad del orden”, y no del orden aparente, sino el que se funda en la Verdad y la Justicia. La subversión no es la alteración más o menos violenta del “orden establecido”, sino del orden natural, y del orden querido por Dios en la Sociedad, lo que aparta a ésta de su finalidad, el Bien Común, entendido como el conjunto de condiciones que permiten al hombre realizar su destino natural y sobrenatural. Así las cosas, el “orden establecido” puede ser subversivo, falso, injusto, tiránico, y el Bien Común exigir su ruptura y la lucha (incluso armada) para la restauración del Orden verdadero.

  Hay quienes afirman que al marxismo no se lo combate con las armas, sino con la “justicia social”. Esto es sólo parcialmente verdadero, y cuando se reduce dicha justicia al terreno económico, nos encontramos frente a una especie de marxismo ingenuo e invertido…

  Pero los militantes de la subversión no surgen por lo general de los ambientes económicamente “sumergidos”, ni el marxismo es primordialmente una doctrina económica o un programa político. El marxismo es una cosmovisión total, es una religión invertida, que viene a dar una respuesta falsa pero coherente a los interrogantes fundamentales acerca del sentido de la vida. El marxismo no es un problema de estómagos vacíos, sino de cerebros y almas vacías. Por ello encuentra en los ambientes universitarios e intelectuales un eco que está lejos de provocar entre los obreros y “proletarios”. Por ello también nuestro “Occidente cristiano”, en proceso de apostasía y disgregación, donde reinan el materialismo práctico y el indiferentismo liberal, ciega para la fe, carente de doctrina y de verdad, resulta para el marxismo terreno fácil y fértil de conquista. Como lo señala Jean Ousset “el marxismo es el único sistema coherente de la incoherencia”, es un punto lógico de llegada en el camino de la Revolución Anticristiana, es la civilización moderna que toma conciencia de su propia realidad.

  Como en las postrimerías del Imperio Romano, nos encontramos al fin de un ciclo terminal y decadente. Por fuera la invasión de los bárbaros, por dentro la corrupción  la disgregación espiritual. Pero éstos son los “signos de los tiempos” que nos señalan la misión concreta que Dios exige de nosotros, y ésta no es la de encerrarnos en nostalgias estériles, o convertirnos en guardianes sin esperanza de ruinas ilustres, tropas auxiliares de un “orden” que ha dejado de ser cristiano. Es la de construir otro orden, fundado en los principios que tienen la perennidad y la frescura de la eterna verdad. Pues “si remedio ha de tener el mal que ahora padece la sociedad humana, este remedio no puede ser otro que la restauración de la vida e instituciones cristianas” y “cuando las sociedades se desmoronan, exige la rectitud que si se quieren restaurar, vuelvan a los principios que les dieron el ser” (León XIII, Rerum Novarum)

  La magnitud de esta tarea está indicada en la célebre frase de Pio XII: “es todo un mundo el que hay que rehacer desde sus cimientos; hay que transformarlo de salvaje en humano y de humano en divino, es decir, conforme al corazón de Dios”.

  Pero estaríamos derrotados de entrada si aceptamos el mito marxista del determinismo histórico, vulgarizado en expresiones que han llegado a ser hoy moneda corriente: “el proceso irreversible”, “la marcha inexorable al socialismo del mundo o de la historia”, etc. Estas frases pertenecen al acervo de la guerra psicológica, y su eficacia es tremenda para derrotar anímicamente a un adversario que, al aceptarlas, se considera vencido de antemano. La historia no es un cauce ciego, no existe en ella nada que sea en verdad “inexorable”. Las revoluciones son el producto de minorías llenas de fe y de audacia, y pueden ser trastocadas por la voluntad férrea de otras minorías, capaces en un primer momento de resistir a la corriente, para remontarla luego…


P. Alberto Ezcurra


Visto en: “Freire y Marcuse: Los teóricos de la subversión” A.Caturelli – E. Diaz Araujo. Ed. Mikael 1977.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista




domingo, 27 de octubre de 2013

Cristo es Rey – Por el P. Alberto Ignacio Ezcurra.

    Cristo es Rey. Es una palabra que hoy, a veces, se prefiere no usar; suena demasiado fuerte, demasiado duro. Algunos prefieren decir “Maestro”, prefieren decir “Pastor”, prefieren presentar a Cristo como hermano, como amigo, a veces en un plano solamente horizontal, pero sin utilizar toda la fuerza que tiene esta palabra que nos está indicando la pura realidad. Parecería que se avergonzaran algunos de dar testimonio del Rey que está en los cielos. Parecería que nombrar a Cristo como Rey fuera muy duro para un tiempo en el cual a las palabras definidas se las trata de evitar.

  Entonces se prefiere no hablar de Cristo como Rey. Tal vez parezca poco democrático. Quisieran hablar de Cristo, como presidente. Y sin embargo Cristo es Rey. Y Cristo es Rey por diversos motivos, que ya hace muchos años señalaba en su enseñanza doctrinal dogmática el Papa Pío XI en la Encíclica Quas Primas, que dio el espíritu que animó a la primera y a la mejor fuerza de la Acción Católica.

  Cristo es Rey, en primer lugar por su excelencia. Llamamos rey, en cualquier orden del ser o del conocer, a aquello que es lo primero, a aquello que es lo mejor; entre un determinado ramo de artistas, se llama rey a aquel que ejecuta mejor ese arte; entre las flores se llama la reina a la rosa porque es la más hermosa en su belleza y en su perfume.

  El rey indica lo excelente, lo más noble, lo más grande. Y por eso, es Rey el Verbo de Dios cuando asume aquí en la tierra una naturaleza humana, cuando se hace hombre. Y entonces, esa naturaleza humana, esa alma y ese cuerpo asumidos por Cristo es lo más noble, es lo más perfecto, es lo principal de la Creación porque está unido indefectiblemente a la divinidad, al Verbo Creador, al Verbo en el cual, por su Palabra fueron dichas, fueron pronunciadas, fueron creadas todas las cosas.

  Cristo es Rey por su propia naturaleza divina, porque es el Verbo de Dios hecho hombre. Es aquello de los cual da testimonio delante de Poncio Pilato cuando él le pregunta: “Tú eres Rey?” “Sí, Yo soy Rey, mi reino no es de este mundo”. Lo cual no significa que Cristo no reine sobre este mundo, sino que su reino no tiene origen en este mundo; no es un reino humano. El poder que tiene Cristo es el poder que ha recibido del Padre; pero es un poder sobre todas las cosas, sobre todas las cosas del cielo y de la tierra.

  Cristo tiene ese poder también por derecho de conquista. Pensemos, una vez más, en aquella escena de la tentación en el desierto. El diablo que se muestra a Cristo. Y el diablo que lleva a Cristo sobre un alto monte y le muestra –dice el Evangelio- todos los reinos de la tierra, y le dice: “Todo esto es mío: si me adoras te lo daré”. Le mostró el poder y la gloria de esos reinos y lo tienta ofreciéndoselos.

  Donde el pecado está presente, es el demonio el que reina. Y en ese momento, en el mundo no redimido, todos los reinos, todas las ciudades, todas las naciones, las almas de los hombres están en el poder de Satanás. Cristo se niega a aceptar eso de manos del demonio y se lanza a conquistarlo.

  Y Cristo, ¿Cómo se lanza a conquistar esos reinos en poder del demonio? Cristo se lanza a conquistarlos con su muerte en la Cruz y con su Resurrección. Cristo reina desde la Cruz.

  El reinado de Cristo no es fácil. Cristo es Rey, en primer lugar, con una corona de espinas, para llevar después la corona de gloria en la Resurrección. Cristo carga sobre sus espaldas nuestros pecados. Cristo carga la cruz con nuestros pecados sobre sus espaldas. Cristo derrama en la Cruz hasta la última gota de su Sangre para lavar nuestra alma de la inmundicia del pecado, para arrancarnos del poder del demonio.

  Cristo se lanza a conquistar aquello que no quiere recibir de las manos del demonio. Y desde entonces toda la historia es como una lucha entre aquellos dos reinos. San Juan, la describe en el Evangelio como una lucha entre la Luz y las tinieblas. El Verbo es la Luz que alumbra a todo hombre, la Luz de la Verdad, la Luz del bien, la Luz de la justicia, la Luz de la bondad. “Y las tinieblas no lo recibieron”. Las tinieblas del error, de la mentira, del engaño, de la maldad, de la injusticia, del pecado. Y toda la historia de la humanidad aparece para San Juan como esa lucha entre la Luz y las tinieblas, entre el Reino de Cristo que es Luz y el reino de Satanás que son las tinieblas.

  Cuando Cristo muere, a las tres de la tarde, el Viernes Santo en el Calvario; a las tres de la tarde las tinieblas cubren la tierra y parece que ha triunfado el demonio y que Cristo ha sido derrotado. Pero ese triunfo del demonio es aparente. Y, en la madrugada del domingo, Cristo, como el sol que nace va a resucitar para disipar con su Luz de Cristo resucitado, las tinieblas que parecían que lo habían vencido y será la derrota de las tinieblas.

  Pero la lucha sigue y, en la historia de la humanidad, el reino de Cristo y el reino de Satanás se disputan los corazones de los hombres y las naciones y los pueblos. Hasta que al final el triunfo de la Luz será definitivo. Y, en aquella Jerusalén celestial que Cristo vendrá para instaurar en su venida gloriosa, no hará falta luz de lámpara que la alumbre, dice el Apocalipsis, porque “será alumbrada por la luz que sale del trono de Dios y del Cordero”. Y el mal definitivamente derrotado y aquellos que han seguido bajo la bandera y bajo el reino de Satanás, serán, con las palabras del Evangelio: “arrojados a las tinieblas exteriores”. Mientras que los otros verán a Dios en toda la luz y esplendor de su gloria.

  Ese será el reino definitivo de Cristo. Aquí en la tierra ese reino es como una semilla en la Iglesia, en las almas en gracia, en las almas de los santos, en aquellos que el Evangelio consigue iluminar e impregnar. Es como una semilla que tiene que crecer y Cristo nos llama, precisamente para continuar su obra, para conquistar las almas de los hombres, para conquistar las familias, para conquistar las naciones.

  Pero es como una semilla que va creciendo y ese crecimiento es doloroso y significa cruces y significa luchas. Y ese crecimiento alcanzará su lentitud solamente al final de los tiempos cuando Cristo vuelva por segunda vez. No ya en la humildad, en la oscuridad del pesebre, en la pobreza del pesebre, sino como Rey triunfante sobre las nubes del cielo, en la majestad de su gloria, para juzgar a los vivos y a los muertos, para separar definitivamente la luz de las tinieblas, para someter todas las cosas y someterlo todo al Padre, como dice San Pablo: “Todo es vuestro, vosotros de Cristo y Cristo es de Dios”. Ese será el triunfo definitivo de Cristo.

  Pero mientras tanto, Él nos llama para seguirlo y para conquistar un mundo. Y ese seguimiento, lo repito, supone lucha. Porque como en aquella parábola del rey que Cristo cuenta, también hay quienes y, son muchos, exclaman en rebeldía, siguiendo la rebeldía de aquél primer rebelde, del ángel rebelde: “No queremos que Éste reine sobre nosotros”. Y si miramos a nuestro alrededor, es cierto que las tinieblas aparecen más fuertes y más extendidas que la luz y que a veces podemos sufrir la tentación del desaliento.

  Cristo no reina en muchas almas y en muchos corazones. Cristo no reina donde reina el pecado. Cristo no reina en ese hombre que en estos días describíamos como el hombre invertido. No el hombre vertical que Dios creó sobre dos pies para mirar hacia el cielo; no el hombre que tiene por encima de todo la luz de la inteligencia elevada por la fe que le muestra el camino y la voluntad fortalecida por la caridad y que por lo tanto es capaz de dominar las pasiones para entusiasmarse por lo que es bueno y por lo que es verdadero; sino ese hombre invertido, destruido y masificado. Ese hombre que tiene por encima de todo las pasiones, los instintos, las concupiscencias desordenadas y la voluntad debilitada por el pecado para satisfacer los caprichos, la inteligencia enferma para justificar que “lo que a mi me gusta está bien”. Ese hombre herido, ese hombre cerrado a la gracia, ese hombre sin Dios; ese hombre que vive, en la práctica, como si Dios no existiese.

  Cristo no reina en esas almas, Cristo no reina en la familia que se destruye, en la familia que se disgrega. Cristo no reina en la familia que está fundada –no sobre la roca sólida que es la caridad de Cristo, el amor de Cristo que asume el amor humano y que lo eleva al plano sobrenatural- sobre la arena movediza de las pasiones y de los sentimientos del corazón humano; de ese corazón que es una veleta que cambia con todos los vientos; fundado sobre lo que es pasajero, sobre una concepción de la vida fácil y hedonista y egoísta. Cristo no reina en la familia que se destruye, donde las dialécticas enfrentan a los padres; donde sufre el bombardeo de la pornografía, el bombardeo del destape. Donde se pierde en la familia toda autoridad; donde se quiere poner en la familia con la potestad compartida, dos cabezas; donde se la ensucia a través de los medios de difusión y de propaganda; donde del sexo y del amor se hace un estercolero y una basura; donde se profana el cuerpo desnudo del hombre y el cuerpo desnudo de la mujer. Cristo no reina allí.

  Cristo no reina en las familias dónde se rechaza la vida, donde el hijo se lo mira como un inconveniente, como un problema, como algo que hay que evitar y eso motivado no por razones profundas, sino por un tremendo egoísmo. Cristo no reina donde se asesina la vida desde el comienzo por el aborto. Cristo no reina cuando la familia está enferma. Cristo no reina en la enseñanza sin Dios, en la escuela sin Dios, donde a los niños se les enseña un montón de cosas, se les atiborra la cabeza de materias sin sentido; pero no se les enseña lo único importante para la vida, aquello que es primero, lo principal de todo, aquello que decía el viejo catecismo: “La ciencia más acabada es que el hombre bien acabe, porque al fin de la jornada, aquel que se salva sabe, y el que no, no sabe nada”.

  Pero esa ciencia más acabada, esa ciencia principal, la luz que nos muestra el camino del cielo, está ausente de la escuela argentina. Se pueden divinizar instituciones o ideas humanas; se pueden canonizar traidores elevándolos a la categoría de santos, pero para Cristo no hay lugar en la escuela. Cristo no está presente en la universidad sin Dios, donde hoy vuelve a entronizarse el marxismo, esa religión invertida del odio y de la dialéctica, que ya tantas almas y tantas vidas destruyó partiendo desde la Universidad Argentina.

  Cristo no reina en la cultura pornográfica y blasfema, donde no se respetan las cosas más santas y sagradas; donde no solamente se ensucia la familia y el amor en la chabacanería más barata, sino que se llega a blasfemar de las cosas más santas, se llega hasta ensuciar a la misma Madre de Dios y Madre nuestra del Cielo, como está pasando y es de público debate, en estos días. Pero no es la primera vez que ocurre, que Cristo o que su Madre o que la Santa Iglesia es burlada en el teatro, es burlado en el cine. Y eso con el apoyo de las instituciones oficiales aquello que, solamente entre comillas, lo podemos llamar “cultura”.

  Cultura enferma de marxismo; cultura de cuarta categoría; cultura llena de pornografía; cultura destructiva; cultura de revistas inmundas que ensucian nuestros kioscos y que envenenan las almas de los jóvenes argentinos. Allí Cristo está ausente. Allí Cristo no reina.

  Cristo no reina en una economía invertida, donde el hombre está al servicio del lucro, de la ganancia, de la producción insensata; donde lo que reina es la mentira, la injusticia, la coima, el fraude, la falsificación. Cristo no reina en una sociedad sin Dios. Y esa es la tragedia profunda de la sociedad argentina.

  Nuestra Patria argentina nació cristiana; nació cristiana con aquellos hombres que vinieron de España trayendo juntas la espada de los conquistadores y la Cruz de los misioneros, que iban a ganar un continente para el rey en cuyos dominios no se ponía el sol, pero que iban a ganar también un continente para Cristo.

  Nuestra Patria nació cristiana con aquellos que le dieron la independencia, con aquellos que hicieron que nuestra bandera tuviera los colores del manto de la Virgen Inmaculada y que tuvieron a la Virgen como Señora de la Merced o como Señora del Carmen, como Patrona de los Ejércitos que nos dieron al libertad. Esos hombres como San Martín y Belgrano, que no se avergonzaban de llevar el Escapulario, de rezar el rosario enfrente a sus tropas. Esos fueron los que dieron origen a la Argentina.

  La Argentina nación cristiana y nació mariana; nació con la herencia del cristianismo, con la herencia cristiana y católica que recibimos de Europa con la empresa misionera de España. Pero después sí, después vinieron los doctorcitos porteños, los hombres de las logias y del puerto, de espaldas al país y de cara deslumbrada hacia las grandes naciones del mundo anglosajón masónico y protestante. Y esos quisieron hacer otra Argentina distinta, de espaldas a su historia, de espaldas a su tradición y de espaldas a su fe.

  Y esa es la tragedia argentina: que los argentinos nos hemos ido olvidando de Dios. ¿Y qué pasa cuando los hombres se olvidan de Dios? Si nos olvidamos de ese padre que tenemos en los cielos, dejamos de ser hermanos aquí en la tierra. Entonces nos enfrentamos por intereses de clases, por intereses de partidos, por intereses económicos, por intereses de sector, por intereses localistas. Y llegamos a odiarnos, llegamos a matarnos entre nosotros, porque cuando no somos hijos de un Padre común en el cielo, el hombre se transforma en lobo para el hombre. Cuando se niega la autoridad de Dios como la fuente de toda autoridad, la autoridad no sube desde abajo. Al negar la fuente de toda autoridad, entonces ya no hay más autoridad ni en el trabajo, ni en la familia, ni en la escuela, ni en la política, ni en ningún lado.

  Cuando los hombres se olvidan de Dios y de los mandamientos de Dios y quieren construir un paraíso en la tierra, de espaldas a Dios, lo que consiguen construir en la tierra es un infierno de odio, de engaño, de mentira y de miseria. Es posible, decía el Papa, construir un mundo sin Dios; pero sin Dios sólo es posible construirlo en contra del hombre, destruyendo al hombre.

  Y esa es la tragedia de nuestra Patria: que se ha olvidado de sus orígenes cristianos y la única solución que tiene la enfermedad profunda que afecta a la sociedad argentina, no está en los parlamentos, ni en los discursos de los políticos, ni en los programas económicos, ni en las plataformas partidarias, sino que está en la vuelta a Cristo, en la conversión del corazón, en que nos acordemos que esta Argentina es cristiana y mariana y empecemos a vivir como cristianos, no solamente en lo íntimo de nuestra conciencia, sino en la dimensión, en la proyección social de toda nuestra militancia en cualquier campo que sea. Como lo señala el Concilio Vaticano II, como una empresa y misión de laicos, sanear, purificar las estructuras inficionadas por el pecado e impregnar todos los ambientes del mundo con el espíritu del Evangelio.

  Cristo no reina en la sociedad ni en la política, donde lo que importa es subir un escalón más arriba aunque para eso haya que pisarle la cabeza al vecino; donde lo que importa es la facha, la apariencia y la imagen y, para eso, no se para en las promesas falsas, en el engaño, en las trampas, en la especulación.

  Cristo tiene que reinar, Cristo tiene que reinar. Cristo nos llama para conquistar un reino y nosotros le hemos dicho que sí. Él es rey por una realeza que le viene del por su propia naturaleza y con una realeza que Él se ganó con su sangre en la Cruz por derecho de conquista. Para esa empresa el Señor nos llama, para que Cristo comience por reinar en el alma de cada uno de nosotros, en nuestras inteligencias, por una fe firme, sin dudas, sin vacilaciones y capaz de iluminar nuestra vida como una antorcha, como una luz. Que reine en nuestros corazones por el amor y por la caridad verdadera, que es mucho más que el mero sentimentalismo horizontal.

  Que Cristo reine en una familia fundada verdaderamente en Él, en esa Roca sólida, en el amor de Cristo. Que la familia sea imagen de esa unión de Cristo con su Iglesia; unión definitiva, de una vez para siempre, sin divorcios, unión fiel, sin infidelidades, sin trampas, sin engaños; unión que tiene que ser sacrificada y fecunda, porque en la vida cristiana y en la familia cristiana, también está presente la Cruz.

  Que Cristo reine en la enseñanza, porque toda la acumulación de verdades parciales no sirve para nada sin la referencia a la única verdad. Que Cristo reine en la Patria. En una Patria donde lo económico esté sujeto a lo social y lo social a lo político y lo político esté sujeto a lo moral y todo eso esté abierto por arriba hacia Dios. Esa es nuestra empresa. Esa es la empresa para la cual, con esta evangelización de la cultura, tenemos que comenzar a iluminar las mentes de los hombres.

  Nuestro catolicismo no puede ser, como lamentablemente lo es hoy en tantas partes, un catolicismo de sentimientos baratos, de slogans fáciles, un catolicismo devaluado, un catolicismo falsificado como vino con mucho agua; un catolicismo que pone entre paréntesis algunas verdades que resultan más difíciles para la inteligencia y algunos mandamientos que resultan dolorosos para cumplir en la vida. No puede ser nuestro catolicismo sólo un sentimiento barato. Tiene que ser un catolicismo firme, esclarecido, militante; tiene que ser un catolicismo fuerte; tiene que ser un catolicismo de combate y de conquista.

  El espíritu misionero de la Iglesia, es el espíritu de conquista del Reino de Cristo. Y solamente si la entendemos así y no como un horizontalismo humanista que se queda en el plano meramente humano y que pierde la dimensión vertical, solamente así, podemos hablar de la civilización del amor.

  Si pensamos que Cristo nos dice que, en el amor, en el verdadero amor de caridad, se resumen todos los mandamientos. Entonces sí, la civilización del amor es una civilización donde la Ley de Dios y el Espíritu del Evangelio está impregnando la vida de los individuos y las relaciones entre los hombres. Y entonces, hablar de civilización del amor es lo mismo que hablar de reinado de Cristo o de proyección social del reinado de Cristo, más allá de lo que se quedaría en un mero sentimentalismo superficial. Cristo nos llama para esa empresa de conquista.

  Decíamos recién cuáles son las palabras con que la define el Concilio Vaticano II: “Sanear las estructuras inficionadas por el pecado e impregnar los ambientes sociales con el espíritu del Evangelio”. Y por eso siguen siendo válidas aquellas palabras y aquel llamado del Papa Pío XII, donde nos decía que es todo un mundo el que hay que rehacer desde los cimientos, que hay que transformar de salvaje en humano y de humano en divino. Es decir, conforme al corazón de Dios.

  Esa es la empresa y es difícil. Vamos a ponerla en manos de nuestro Rey y vamos a ponerla sobre todo, en las manos de la Reina, de María Santísima. Ella es Reina. Es Reina porque es la Madre del Rey. Pero no solamente por eso; sería un título honorífico solamente; es Reina porque junto a Cristo es conquistadora. Es Reina porque Ella es la primera victoria de Cristo.

  Cuando el demonio le dijo a Cristo, mostrándole todos los reinos de la tierra: “Todo esto es mío” –el demonio no mentía- pero se equivocaba. Cristo pudo haberle contestado: “Todo es tuyo, sí, pero mi Madre, no”. María Inmaculada estuvo protegida por el poder de Dios, desde el instante mismo de su concepción. Jamás en Ella tuvo parte el demonio; por eso María es la primera derrota del demonio y es la primera victoria de Cristo Rey. Por eso María aparece aplastando la cabeza de la primer serpiente. Esa es la función y es la misión de María en la empresa de conquista para el reinado de Cristo.
Que hoy, como siempre, nos ayude Ella para aplastar la cabeza de la serpiente y para que Cristo reine, para que la sangre de Cristo purifique las almas de los hombres, la familia argentina, la Patria Argentina.

Padre Alberto Ignacio Ezcurra.

Padre Alberto Ignacio Ezcurra “Tú Reinarás”. San Rafael, Kyrios, 1994, pp. 151-164.


Visto en: http://cruzamante-hispanidad.blogspot.com.ar/


Christus Vincit, Christus Regnat, Christus Imperat

¡Viva Cristo Rey!