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domingo, 5 de abril de 2026

Homilía de San Juan Crisóstomo sobre el Evangelio de la Resurrección de San Juan

 

Volvieron otra vez los discípulos a su casa, pero María se quedó llorando fuera, junto al sepulcro[1].


1. La naturaleza femenina es compasiva e inclinada a piedad. Lo digo para que no te cause extrañeza que María llorase amargamente junto a la tumba y Pedro no hiciese lo mismo. Los discípulos volvieron otra vez a su casa -dice la Escritura-, pero ella permaneció llorando. En efecto, su naturaleza era pronta al desánimo y, además, no conocía todavía con claridad la doctrina de la resurrección. Ellos, en cambio, después de ver los lienzos y de que creyeran, se fueron a sus casas llenos de estupor. ¿Por qué no fueron en seguida a Galilea, tal y como se les había mandado antes de la pasión? Quizás esperaban a los otros, pero, ante todo, estaban todavía muy perplejos.

Es un hecho, sin embargo, que ellos se fueron y ella se quedó junto al sepulcro. Tal y como dije, la contemplación del sepulcro era para ella un gran consuelo. ¿Ves cómo, para quedarse más tranquila, asoma la cabeza, deseosa de ver el lugar donde había estado el cuerpo? Por esto, por su mucha diligencia, recibió un premio no pequeño. Lo que los discípulos no vieron, ella, en cambio, fue la primera en verlo, es decir, a los ángeles que estaban sentados, uno a los pies y otro a la cabeza, vestidos de blanco y con aspecto resplandeciente y alegre. Puesto que, en lo espiritual, la mujer no estaba suficientemente elevada para admitir la resurrección con sólo la vista de los sudarios, sucede algo más, y ve a los ángeles sentados con resplandecientes vestiduras, de suerte que, entre tanto, se repone del dolor y obtiene consuelo.

Mas nada le dicen de la resurrección, sino que avanza hacia este dogma poco a poco. Vio rostros alegres, mucho más que lo ordinario, vio la vestidura resplandeciente, oyó la voz compasiva. ¿Qué le dijo? Mujer, ¿por qué lloras?[2]. A través de todo ello, como si una puerta se abriera, era conducida paulatinamente al entendimiento de la resurrección. Es más, la forma misma en la que estaban sentados la llevó a preguntar, ya que parecían conocedores de lo ocurrido. Por eso no estaban sentados juntos, sino separados el uno del otro. No era natural que ella osara preguntarles, mas, con la pregunta que le hacen y con la forma de estar sentados la inducen a hablar. ¿Qué dice ella? Con ardor y con afecto al mismo tiempo dice: Se han llevado a mi Señor y no sé dónde lo han puesto. ¿Qué dices? ¿Todavía no reconoces la resurrección y piensas aún en el traslado del cuerpo? ¿Ves cómo todavía no había aceptado esta sublime doctrina?

Después de haber dicho esto, se volvió hacia atrás[3]. ¿Es lógico, acaso, que, mientras hablaba con ellos y sin obtener respuesta alguna todavía, se volviera hacia atrás? Me parece que, mientras ella hablaba, de súbito, Jesús se apareció tras ella y llenó de estupor a los ángeles, quienes, al ver a su Señor, al punto, tanto en su porte como en su mirada y actitud, dieron muestras de que lo veían, y esto es lo que hizo volverse a la mujer y mirar hacia atrás. Así se apareció a los ángeles, pero no a la mujer, sino que a ella se le apareció con un aspecto más humilde y ordinario, con el fin de no atemorizarla cuando por primera vez lo viera. Es evidente, ya que creyó que era un hortelano. No era conveniente elevar rápidamente a una persona humilde, sino poco a poco. De nuevo le pregunta: Mujer, ¿por qué lloras?, ¿a quién buscas?[4]. Manifestó que sabía lo que quería preguntarle y la llevó a responder. Lo entendió así la mujer y no mencionó el nombre de Jesús, sino que, como si tuviera información acerca de lo que le iba a preguntar, le dijo Si tú lo has llevado, dime dónde lo has puesto y yo lo tomaré. Emplea los términos «depositar», «levantar» y «llevar», como si hablara de un muerto. Lo que quiere decir es: «Por miedo a los judíos os lo llevasteis de aquí. Decidme dónde y yo lo recogeré. Grande era la bondad y el afecto de la mujer, más todavía sus pensamientos no alcanzaban nada sublime. Por ese motivo le revela su presencia, no a través de la vista de su persona, sino a través de la voz.

De la misma forma que unas veces se manifestaba a los judíos y otras se les ocultaba, aunque estuviera presente, de igual modo ahora, cuando quiso, se dio a conocer a través de la voz. Cuando preguntó a los judíos: ¿A quién buscáis?[5], mientras él quiso, no lo reconocieron ni por el aspecto ni por la voz. Otro tanto sucedió aquí. Sólo la llamó por su nombre para reprocharle y para reprenderle por imaginar cosas semejantes de quien estaba vivo. ¿Cómo volviéndose atrás habla, si él ya estaba conversando con ella? Me parece que, después de preguntar ella: ¿Dónde lo has puesto?, se volvería a los ángeles para preguntarles el motivo de su asombro y que, a continuación, cuando Cristo la llamó por su nombre, ella se volvió hacia él y se apartó de éstos, cuando Cristo se le reveló por su voz. Cuando la llamó María[6], ella lo reconoció. De todo ello se deduce que el hecho de que lo reconociera se debió, no a la contemplación de su aspecto, sino al oír su voz. Considera cómo él le dijera: No me toques[7]. Esto debe comprenderse a la luz de que ella se volvió. ¿Por qué le dijo: No me toques? Algunos mantienen que ella pedía una gracia espiritual, pues le había oído decir a los discípulos: Si voy a mi Padre, le rogaré y os dará otro consolador[8].

2. Pero ¿cómo oyó esas palabras si no estaba con los discípulos? Por lo demás, una interpretación semejante está lejos de la intención de este pasaje. ¿Cómo iba a pedirle eso, si todavía no había ido al Padre? ¿Cuál es su significado entonces?

A mí me parece que ella quería estar con él como tiempo atrás y que, por la alegría de verlo, no pensó en su grandeza, aunque su apariencia corporal era, con mucho, mejor. Por eso la aparta de ese pensamiento y de un trato tan confiado -ni siquiera con los discípulos aparece conversando con tanta familiaridad- y eleva su pensamiento de forma que lo trate con una actitud mucho más reverente. Ahora bien, de habérselo dicho abiertamente, habría parecido duro y arrogante. Diciendo: Aún no he subido a mi Padre manifestaba lo mismo, pero sin aspereza. Al decir: Aún no he subido demuestra que se aprestaba a hacerlo.

Por eso, porque él partía hacia allí e iba a dejar de estar entre los hombres, ella no podía mirarlo del mismo modo que antes. Que esto es así se colige de lo siguiente: Ve y di a mis hermanos. No lo iba a hacer inmediatamente, sino después de cuarenta días. ¿Cómo, entonces, dice estas palabras? Porque deseaba elevar su pensamiento y persuadirla de que iba a los cielos. Las palabras: mi Padre y vuestro Padre, mi Dios y vuestro Dios hacen referencia a la encarnación. De la misma forma que la acción de ascender se refiere al cuerpo, ya que dirigía estas palabras a la que todavía no imaginaba nada excelso. Luego ¿es Padre de él de una forma y de otra distinta de nosotros? Es evidente que sí. Si es Dios de los justos de forma distinta a como lo es de los demás hombres, con mayor motivo lo será del Hijo y de nosotros. Había dicho: Di a mis hermanos. Por eso, para que no creyeran que eran iguales a él, pone de manifiesto la diferencia. Él iba a sentarse en el trono de su Padre, mientras que ellos iban a colocarse junto a él. De esta suerte, aunque según la naturaleza corporal se hizo hermano nuestro, sin embargo, hay una gran diferencia en dignidad, tanta que no es posible definirla.

Ella fue a anunciar estas cosas a los discípulos[9]. Tan grande es su fidelidad y perseverancia. Y ellos ¿por qué se entristecieron por su partida y no le dijeron lo que le habían dicho anteriormente? Antes sufrían porque habría de morir, mas ahora, resucitado, ¿por qué iban a entristecerse? Ella les relató la visión de Cristo y sus palabras, todo lo cual era suficiente para consolarlos. Oído esto, era natural que los discípulos, o bien no dieran crédito a las palabras de la mujer, o bien, si se lo daban, se dolieran de que no los hubiera considerado a ellos dignos de la visión, pese a haberles anunciado que se les aparecería en Galilea. Con el fin de que no se angustiaran con estos pensamientos, él no dejó que pasara ni un solo día, sino que, incrementado su deseo, ya sea porque supieran que había resucitado, ya porque se lo oyeron a la mujer, cuando estaban ansiosos por verle y también temerosos, circunstancia que hacía mayor el deseo, entonces, ya atardecido, se les apareció, y de forma muy admirable.

¿Por qué se les apareció cuando ya había atardecido? Porque era natural que entonces tuvieran más miedo. ¡Pero esto es admirable! ¿Cómo no lo creyeron un fantasma? Entró cuando las puertas estaban cerradas, y de repente. Contribuyó a ello, sin duda, que la mujer les había infundido mucha fe, pero, sobre todo, que él mostró un aspecto sereno y apacible. Durante el día no se les apareció para que todos estuvieran reunidos, pues era grande su consternación. Ni siquiera llamó a la puerta, sino que de improviso apareció en medio de ellos y les mostró su costado y sus manos. Al mismo tiempo, con su voz calmó sus tempestuosos pensamientos diciendo: Paz a vosotros[10]. Con estas palabras les recuerda lo que les había dicho antes de la crucifixión, esto es: Mi paz os doy, y Tened paz en mí, que en el mundo tenéis tribulación[11].

Se alegraron los discípulos al ver al Señor[12]. ¿Ves que sus palabras tienen cumplimiento en las obras? Antes de la crucifixión les había dicho: De nuevo os veré y se alegrará vuestro corazón, y vuestra alegría nadie os la quitará[13], y ahora lo cumple. Todo esto les llevó a una fe mucho más segura. Mantenían una guerra sin tregua con los judíos; por eso les repite una y otra vez: Paz a vosotros, para darles un consuelo proporcionado a esa contienda.

3. Esta es la primera frase que dijo después de la resurrección, motivo por el que Pablo continuamente dice: La gracia y la paz sean con vosotros[14]. A las mujeres, sin embargo, les anuncia alegría, ya que este sexo vive en tristeza, y fue ésta la primera maldición que recibió[15]. Por consiguiente, era oportuno que a los hombres les anunciara paz a causa de la guerra y a las mujeres alegría a causa de la tristeza. Después de poner fin a todo lo que era objeto de tristeza, habla de lo conseguido con la cruz, y esto fue la paz.

Había removido todos los obstáculos, logrado una brillante victoria, llevado todo a cumplimiento. Y a continuación añade: Como me envió el Padre, así yo también os envío[16]. Con estas palabras eleva sus ánimos y les demuestra que, si van a llevar a cabo su obra, han de confiar en él. Ya no pide al Padre por ellos, sino que les da poder con autoridad. Sopló y dijo: Recibid el Espíritu Santo. A los que perdonéis los pecados, les serán perdonados; a quienes se los retuviereis, les serán retenidos[17]. De la misma forma que un rey que envía gobernadores les da potestad para poner en prisión y para sacar de ella, de igual modo, al enviar a los discípulos, les confiere este poder. ¿Por qué dijo?: Si yo no me voy, él no vendrá[18]  y ahora les da el Espíritu. Algunos opinan que en ese momento no les dio el Espíritu, sino que, al soplar sobre ellos, los dispuso a recibirlo.

Porque, si Daniel perdió la razón cuando vio un ángel[19] ¿qué no les habría sucedido a los discípulos al recibir aquella gracia inefable, si no los hubiera preparado primero? Por este motivo no dijo: «Habéis recibido el Espíritu Santo», sino Recibid el Espíritu Santo. No se equivocaría quien dijera que entonces recibieron un cierto poder espiritual y una cierta gracia, pero no para resucitar muertos y hacer milagros, sino para perdonar pecados. Diferentes son, en efecto, los carismas del Espíritu[20]. Por ese motivo, añadió: A los que perdonéis los pecados, les serán perdonados, manifestando qué clase de poder les comunicaba.

En el mismo lugar, y pasados cuarenta días, recibieron el poder de obrar milagros. Por eso dice: Recibiréis el poder del Espíritu Santo que vendrá sobre vosotros y seréis mis testigos en Jerusalén y en toda Judea[21] y serán testigos por sus milagros. Es inefable la gracia del Espíritu, y múltiples son sus dones. Esto sucede para que aprendas que uno es el don y el poder del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo. Lo que parece ser propio del Padre pertenece también al Hijo y al Espíritu Santo. ¿Por qué dice que nadie va al Hijo si el Padre no lo lleva[22]? Pero esto también es propio del Hijo: Yo -dice- soy el camino. Nadie va al Padre sino por mí[23]. Mas observa ahora cómo también es propio del Espíritu: Nadie puede decir: «Jesucristo es el Señor», salvo en el Espíritu Santo[24]. Al mismo tiempo vemos que los apóstoles fueron dados a la Iglesia, unas veces por el Padre, otras por el Hijo y otras por el Espíritu Santo, y vemos que la variedad de gracias son del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo.

4. Pongamos, por consiguiente, todo el esfuerzo a fin de tener con nosotros al Espíritu Santo y honremos a quienes ha sido confiado su poder. Grande es la dignidad de los sacerdotes. A los que perdonéis los pecados les serán perdonados. Por este motivo, Pablo decía también: Obedeced a vuestros jefes y estadles sujetos[25] y tenedlos en mucha estima. Tú cuidas de tus cosas y, si las llevas bien, no tendrás que dar razón de los otros. El sacerdote, en cambio, aunque ordene bien su propia vida, si no cuida celosamente por tus intereses y por los de todos los demás que están a su cargo, va al infierno con los malvados. Con frecuencia, aunque sus propios pecados no le condenen, le pierden, sin embargo, los vuestros, si es que no ha cumplido con todo lo que era su responsabilidad. Conocedores de la magnitud de su riesgo, mostradles mucho afecto, tal y como lo manifestó Pablo cuando dijo: Ellos velan por vuestras almas, y no de cualquier forma, sino como quien ha de dar cuenta de ellas[26], motivo por el que es necesario que gocen de gran respeto. Si vosotros, juntamente con los demás, los insultáis, tampoco vuestras cosas irán bien. Mientras el piloto conduce con tranquilidad, las posesiones de los pasajeros estarán a salvo. Mas si él se acobarda porque los pasajeros lo insultan y porque hay desavenencias entre ellos, no podrá estar vigilante y ejercer su oficio de la misma forma y, aunque no lo pretenda, lanzará a los pasajeros a desgracias innumerables. Sucede lo mismo con el sacerdote. Si goza de vuestra estima, será capaz de cuidar de vuestros intereses. Pero si, por el contrario, le causáis disgusto, sus manos perderán el vigor y, aunque sea de ánimo esforzado, le exponéis a ser víctima de las olas juntamente con vosotros.

Considera lo que dice Cristo de los judíos: En la cátedra de Moisés se han sentado los escribas y los fariseos. Haced todo cuanto os digan que hagáis[27]. Ahora no es posible decir «sobre la cátedra de Moisés se sentaron los sacerdotes», sino «sobre la cátedra de Cristo», que su enseñanza es la que han recibido. Por eso afirma Pablo: Somos embajadores de Cristo, como si Dios os exhortara por medio de nosotros[28].

¿No veis que todos los hombres están sujetos a los gobernantes temporales, incluso en el caso de que con frecuencia los súbditos sean de un linaje más noble y superiores en conducta y prudencia a los que mandan sobre ellos? Sin embargo, por consideración con quien les confirió el poder, nada de esto tienen en cuenta, sino que respetan la

decisión del que gobierna, sea quien fuere el que ejerce el poder. Grande es el temor si un hombre elige. Ahora bien, si es Dios el que escoge, despreciaremos al elegido, lo injuriaremos, le cargaremos de oprobios sin número y, aunque se nos ordene no juzgar a nuestros hermanos, afilaremos la lengua contra los sacerdotes. ¿Cómo defender tal conducta, ya que, sin ver la viga que llevamos en nuestros ojos, examinamos minuciosamente la paja del prójimo[29]? ¿No sabes que, si juzgas así, te preparas un juicio mucho más difícil para ti mismo?

No digo esto como defensa de quienes ejercen indignamente el sacerdocio; por el contrario, los compadezco y lloro por ellos. Pero no por eso afirmo que sea justo ser juzgado por los súbditos y, mucho menos todavía, por los más simples. Aun en el supuesto de que su conducta sea muy censurable, tú, si prestas atención a tus propias cosas, no sufrirás ningún daño en aquello que fue encomendado por Dios al sacerdote. Si hizo que hablara una asna y concedió bendiciones espirituales a través del adivino, si mediante la boca de un animal irracional y la lengua impura de Balaán obró en favor de los judíos, que lo habían ofendido[30], ¿cuánto más no obrará todo en favor de vosotros, que sois buenos, aunque los sacerdotes sean perversos, y os enviará el Espíritu Santo? Porque no es la pureza individual la que por su propia pureza le atrae, sino que todo es efecto de la gracia. Todo es por vuestro propio bien -dice el Apóstol-, ya sea Pablo, ya sea Apolo, ya sea Cefas[31].

Lo encomendado a un sacerdote sólo a Dios compete darlo y, por mucho que avance la prudencia humana, siempre aparecerá como inferior a aquella gracia. Digo esto, no para que conduzcamos nuestra vida de forma negligente, sino para que no suceda que, si vuestros superiores son perezosos, vosotros, los regidos, vayáis a ocasionaros males. ¿Qué digo de los sacerdotes? Ni un ángel, ni un arcángel pueden hacer algo con respecto a los dones de Dios, sino que son el Padre, el Hijo y el Espíritu Santo los que lo administran todo. El sacerdote simplemente presta su lengua y ofrece sus manos. No era justo que los que se reúnen en la fe sufrieran algún daño en lo relativo a los símbolos de nuestra salvación por la perniciosa conducta de otro. Conocedores de todo ello, temamos a Dios y estimemos a sus sacerdotes mostrándoles todo respeto, a fin de que, tanto por nuestras buenas obras cuanto por la reverencia a ellos mostrada, recibamos de Dios una gran recompensa, por la gracia y la bondad de nuestro Señor Jesucristo, con el cual sea al Padre, juntamente con el Espíritu Santo, gloria, poder y honor, ahora y siempre y por los siglos de los siglos. Amén.



[1] Jn 20, 10-11.

[2] Jn 20, 13.

[3] Jn 20, 14.

[4] Jn 20, 15.

[5] Jn 18, 7.

[6] Jn 20, 16.

[7] Jn 20, 16.

[8] Cf. Jn 14, 16.

[9] Cf. Jn 20, 18.

[10] Jn 20, 19.

[11] Jn 14, 27; 16, 33.

[12] Jn 20, 20.

[13] Jn 16, 22.

[14] Rm 1, 7.

[15] Cf. Gn 3, 16.

[16] Jn 20, 21.

[17] Jn 20, 22-23.

[18] Jn 16, 7.

[19] Cf. Dn 8, 17.

[20] Cf. 1 Co 12, 4-11.

[21] Hch 1, 8.

[22] Jn 6, 44.

[23] Jn 14, 6.

[24] 1 Co 12, 3.

[25] Hb 13, 17.

[26] Hb 13, 17.

[27] Mt 23, 2-3

[28] 2 Co 5, 20.

[29] Cf. Mt 7, 3; Le 6, 41.

[30] Cf. Nm 22, 22ss.

[31] 1 Co 3, 22.

miércoles, 16 de abril de 2014

La gravedad del pecado de Judas – Por San Juan Crisóstomo


 OBJECIONES A PROPÓSITO DE JUDAS Y SU PECADO

  Más dirá alguno: —Pues si estaba escrito que todo eso tenía que sufrir Cristo, ¿por qué se le acusa a Judas? En realidad, él no hizo sino cumplir lo que estaba escrito. —Más no lo hizo con esa intención, sino por malicia. Y si no miras al blanco de las acciones, aun al diablo absolverás de toda culpa.

  Pero no, no es así, no es así. Lo mismo el diablo que Judas merecen infinitos castigos, aun cuando se salvó la tierra. Porque no nos salvó la traición de Judas, sino la sabiduría de Cristo y la traza admirable de su providencia, que supo aprovechar para nuestra conveniencia las maldades de los otros. — ¿Pues qué? —dirás—. Si Judas no le hubiera traicionado, ¿no le hubiera traicionado otro? — ¿Y qué tiene esto que ver con la cuestión? —Sí, porque si Cristo tuvo que ser crucificado, por alguien tuvo que serlo. Y si tuvo que serlo por alguien, forzosamente por alguien de la calaña de Judas. De haber sido todos buenos, se hubiera entorpecido la economía de nuestra salvación. — ¡De ninguna manera! Porque el que es infinitamente sabio sabía, aun sin darse la traición de Judas, cómo disponer y ordenar nuestra salvación.

  Trazas tiene e incomprensible es su sabiduría. Por ello justamente, para que nadie piense que Judas fue ministro de su economía redentora, el Señor pronuncia sobre él su palabra de ¡ay de aquel hombre!

  Pero dirás nuevamente: —Si a Judas le hubiera valido más no haber nacido, ¿por qué le dejó Dios venir al mundo a él y a los malos todos? —A los malos mismos tendrías que acusar; pues, estando en su mano no haberlo sido, se hicieron malos. Pero tú dejas a éstos y te metes a averiguar curiosamente los misterios de Dios. Y, sin embargo, tú sabes que nadie es malo por necesidad. —Pero habían de nacer sólo los buenos —me dices—, y en este caso no habría necesidad del infierno, de castigo ni de suplicios, y no se vería rastro de maldad.

  Los malos, sin embargo, o no debieran nacer o, apenas nacidos, salir inmediatamente de la vida. —En primer lugar, hay que decirte aquello del Apóstol: Más bien, ¡oh hombre!, ¿tú quién eres, que le replicas a Dios? ¿Acaso dirá la figura a quien la plasma: Por qué me has hecho así? (Rom 9, 20) Pero, si exiges también razones, te podemos decir que, estando entre malos, son más de admirar los buenos, pues entonces señaladamente dan muestras de sí su paciencia y su mucha filosofía. Más tú, al razonar de esa manera, quitas toda ocasión de lucha y de combate.

   —Entonces —me dices — ¿para que los buenos brillen son castigados los malos? — ¡De ninguna manera! Los malos son castigados por su maldad, porque no son malos por el mero hecho de venir al mundo, sino que se han hecho tales por su negligencia, y por ello son castigados. En efecto, ¿cómo no han de merecer castigo, pues, habiendo tenido tantos maestros de virtud, no sacaron provecho alguno? Porque como los buenos merecen doblada gloria, no sólo por haber sido buenos, sino por no haber sufrido daño de su convivencia con los malos; así los malos merecen doblado castigo; primero, por haber sido malos, cuando pudieran haber sido buenos, como lo prueban los que lo fueron; y luego, por no haberse aprovechado de su convivencia con los buenos.

  Pero veamos ya qué es lo que dice este infortunado de Judas: ¿Qué es, pues, lo que dice? ¿Por ventura soy yo, Señor? —Y ¿por qué no preguntó eso desde el principio? —Porque pensó quedar oculto al decir el Señor: Uno de vosotros; pero cuando se vio descubierto, se atrevió a preguntar nuevamente, esperando de la mansedumbre de su maestro que no le reprendería. De ahí que también le llame Rabbí.


SAN JUAN CRISÓSTOMO“Homilías sobre el Evangelio de San Mateo”



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sábado, 22 de marzo de 2014

Contra la risa inmoderada – San Juan Cristóstomo


Jesús lloró, pero no se cuenta que riera

  Si así lloras también tú, serás imitador de tu divino dueño, que también lloró. Lloró sobre Lázaro y sobre Jerusalén y se turbó por la perdición de Judas. Muchas veces le vemos llorar, pero nunca reír, ni siquiera sonreír suavemente. Por lo menos, ninguno de los evangelistas nos lo cuenta. Por eso también Pablo nos dice de sí mismo, y otros lo confirman, que lloró, y hasta que lloró día y noche durante tres años (Hechos 20,31); pero que riera, ni él nos lo cuenta de sí mismo en parte alguna ni otro santo alguno nos lo atestigua de él. Y como él, esos mismos santos. Sólo de Sara nos dice la Escritura que rió cuando fue reprendida; y del hijo de Noé, cuando pasó de libre a esclavo. No digo esto porque intente yo suprimir toda risa; sí, para que se evite su desmesura. ¿Cómo — dime por favor— puedes romper en carcajadas y divertirte disipadamente, cuando tienes que dar tan larga cuenta, cuando has de parecer ante aquel temeroso tribunal en que se te pedirá puntualmente razón de cuanto aquí hubieres hecho? Y es así que tendremos que dar cuenta de cuánto hayamos pecado voluntaria e involuntariamente: El que me negare —dice el Señor— delante de los hombres, también yo le negaré a él delante de mi Padre, que está en los cielos (Mt 10,35)...


Provecho sacaremos de la tristeza

  — ¿Y qué provecho —me replicas— sacaré de no reír y ponerme triste? —El mayor provecho —te contesto—; y tan grande, que no es posible explicarlo con palabras. En los tribunales del mundo, dada la sentencia, por más que llores, no escaparás a la pena; pero en el tribunal de Dios, con sólo que te pongas triste, anulas la sentencia y alcanzas el perdón. De ahí que tantas veces nos hable Cristo de la tristeza y que llame bienaventurados a los que lloran, y desgraciados a los que ríen. No es este mundo un teatro de risa, ni nos hemos juntado en él para soltar la carcajada, sino para gemir y ganar con nuestros gemidos la herencia del reino de los cielos. Si tuvieras que parecer delante del emperador, no tendrías valor ni para sonreírte; ¿y, teniendo dentro de ti al Soberano de los ángeles, no estás temblando ni con el debido acatamiento? Le has irritado muchas veces, ¿y aún te ríes? ¿No comprendes que con eso le ofendes más que con los mismos pecados? Y, en efecto, más que a los que pecan, suele Dios detestar a los que después del pecado no sienten el menor remordimiento.


  Sin embargo, hay gentes tan estúpidas, que cuando nosotros les decimos esto, nos replican: “Pues a mí, que no me dé Dios llorar jamás, sino reír y divertirme durante toda la vida.” ¿Puede haber algo más pueril que semejante idea? Porque no es Dios quien da las diversiones, sino el diablo. Oye, si no, lo que pasó a quienes se divertían: Se sentó el pueblo —dice la Escritura— (Ex 32,6). Tales fueron los sodomitas, tales los contemporáneos del diluvio. De aquéllos dice la Escritura: En soberbia, en abundancia y en hartura de pan lozaneaban (Ez 16,49). Y los contemporáneos de Noé, no obstante ver durante tanto tiempo la construcción del arca, se divertían en plena inconsciencia, sin preocuparse rara nada de lo por venir. Por eso el diluvio, sobreviniendo de pronto, se los tragó a todos, y aquél fue el naufragio de toda la tierra.

La vida del cristiano es de combate y lucha, no de diversión y placer

  No le pidáis, pues, a Dios lo que habéis de recibir del diablo. A
Dios le toca daros un corazón contrito y humillado, un corazón sobrio y casto y recogido, arrepentido y compungido. Éstos son dones de Dios, éstos son los que nosotros señaladamente necesitamos. Un duro combate tenemos delante; nuestra lucha es contra las potencias invisibles; nuestra batalla, contra los espíritus del mal; contra los principados y potestades es nuestra guerra (Ef 6,12).

  Mucho será si, viviendo fervorosos, vigilantes y alerta, podemos sostener su feroz acometida. Pero, si reímos y jugamos, si vivimos flojamente, antes de venir a las manos caeremos bajo el peso de nuestra propia indolencia. No es, pues, cosa nuestra reír continuamente y entregarnos a la molicie y al placer. Quédese eso para los farsantes de la escena, para las mujeres perdidas, para los hombres que con ese fin se han inventado: los parásitos y aduladores. Nada de eso dice con quienes son herederos del cielo, con quienes están inscritos en la ciudad de allá arriba, con los que llevan armadura espiritual; sí con los que se han consagrado al diablo. Él es el que ha hecho de eso una profesión para arrastrar a los soldados de Cristo y enervar los aceros de su fervor. A este fin ha construido teatros en las ciudades y ha amaestrado a sus bufones, y, tras perderlos a ellos, por su medio a la ciudad entera.

SAN JUAN CRISOSTOMO – “Homilías sobre el Evangelio de San Mateo”


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