San Juan Bautista

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martes, 16 de abril de 2019

Pascuas de Fuego - Antonio Caponnetto






  
Ayer, Lunes de Pasión, aún de madrugada, me demoré en el Evangelio de San Lucas, XXIII, 31, cuando Jesús, casi al final del Vía Crucis, se encuentra con las mujeres que lloran.


Todo invita a la meditación en este breve pasaje, que no excede el renglón y medio.


El Señor, transido de dolores indecibles, formula la gran pregunta retórica de la Historia: si esto hacen con el leño verde, ¿qué será del seco? Cuya lectura –despojada de la belleza de la metáfora- significa tajantemente, que si tanto debe sufrir el Inocente por rescatar a los hombres de sus máculas, qué no merecerán los que, a sabiendas, desprecian o niegan la obra redentora.


En Juan XV, 6 se nos ofrece otra clave para aprovechar a Lucas: “Si alguno no permanece en Mí, es arrojado fuera como los sarmientos, y se seca; después los recogen y los echan al fuego, y se queman”.


Destino de brasa y de carbón ardiendo para los que se apartan de la Vid.


Y al fin, la Carta a los Hebreos, VI, 7, corona el mensaje, diferenciando la tierra que sabe aprovechar la lluvia fecunda, convocando a pastores y a labriegos leales, de aquella otra estéril y enzarzada, que sólo puede proveer tozas y cardos para una triste combustión.


Esto me sucedió en la madrugada de mi ciudad trinitaria del Lunes de Pasión del 2019.


Al rayar del mediodía llegaron las primeras noticias de la doliente hoguera de Notre Dame. Y me pareció que aquella lectura matutina venía en mi auxilio.


No sé, ni mucho me importa, qué dirán los especialistas, los investigadores y los detectives de cejijuntos semblantes. Sé, en primer lugar, que aquello no fue un incendio. Fue un ritual endemoniado. La dejaron arder durante largas horas, sin abreviar ni atemperar la agonía, para que nuestros corazones católicos se partieran de desconsuelos imborrables.


Festejaron los deicidas, con todo el sucio tropel de sus secuaces. Lleven mandiles, coranes, diosas razones, sinagogas o sanedrines. Lo mismo da. Son el leño seco que tortura al verde, los sarmientos que calcinan la Vid, el tronco yermo que descarga su rencor sobre el Brote Nuevo.


Y sé asimismo, que ese fuego es un castigo que tiene graves e imperdonables culpables en la mismísima intimidad de la Iglesia. Desde el impostor que repta los pisos vaticanos besando talones indignos y beatificando a tenebrosos terroristas, hasta la inmensa muchedumbre de clérigos felones, que han hecho de la contranatura un mester inicuo y de la burda herejía un oficio diario. Desde la jerarquía sin virilidad ni verdad ni decoro ni ciencia, ni Fe teologal, hasta la feligresía democratizada que puede apoyar a la vez a Barrabás o a Judas, según midan en las encuestas.


Al anochecer de ese Lunes de Pasión que estoy mentando –con el suplicio del fuego todavía en marcha- soñé que aparecía un Papa de verdad en los umbrales humeantes de Notre Dame. Y que solo, a paso lento pero firme, con clámide púrpura, tiara regia y anillo petrino, ingresaba decidido entre las llamas a rescatar las reliquias que allí habitan desde hace largos e inmensos siglos. Y que el Señor mismo, al verlo valeroso y fiel, le ponía en sus manos la Corona de Espinas, para que las tuviera en custodia. “Vuelvo pronto”, pareció escuchársele con nitidez al Señor, a pesar del crepitante ruido de las lenguas de fuego.


Tras el sueño, que fue sólo eso: el sueño de un viejo, amanecí hoy, Martes de Pasión, con estos pobres versos dictados por la memoria de la noche:



El leño verde

“Porque si esto hacen con el leño verde, ¿qué será del seco?
Ls. XXXII,31.

Camino al Calvario lo detuvo el llanto
 de ojos de mujeres buscando respuestas,
sedienta de sedes, ahogada en quebranto
su boca pregunta fundadas protestas.


Sabe que las ramas resecas se queman,
que al tuero marchito lo consume el fuego,
sarmientos sin vides entre llamas treman
como tiembla el pulso tras un largo ruego.


Y sabe que tierra de espinas y abrojos,
calcinan sus frutos, maldicen sus eras,
mientras Dios bendice lagares. Sus ojos
marcan los solsticios de las primaveras.


Por eso interroga mientras profetiza
a aquellas matronas de luto y de trigo,
si el Justo es tratado como una ceniza
no espere el culpable quedar sin castigo.


No lo espere nadie falsario o perjuro
ni ciudad, aldea, nación o comarca
que hayan desterrado del pilar o el muro
la Cruz que el espacio define y demarca.


La tierra que bebe la lluvia que cae,
es pródiga en surcos como madre fiel,
pero un vaticinio de ruinas recae:
quien niegue la Gracia beberá su hiel.


Es noche en la Iglesia, señorea el mundo,
vuélvenos el trono que a Pedro recuerde.
Danos parresía, Señor, y el rotundo
Amor sin medida por el Leño Verde.


Antonio Caponnetto



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 14 de abril de 2019

Entrada Triunfal de Jesús en Jerusalén (Repost) – Catalina SCJ


“La  gran muchedumbre que había venido a la fiesta, al oír que venía Jesús a Jerusalén tomaron palmas y saliendo a su encuentro, lo aclamaban diciendo: “¡Hosanna! Bendito el que viene en el nombre del Señor y del Rey de Israel.” Hallando Jesús un asnillo, montó sobre él, según está escrito: “No temas, hija de Sión; mira, tu Rey viene montado sobre un pollino de asno” (Jn 12,12-15).


Todas estas cosas ocurrieron a fin de que se cumplieran las Escrituras. El triunfo de Jesús como rey de todo lo creado fue permitido por el eterno Padre como culminación de su Vida Pública; en ella obró grandes milagros que no es necesario volver a recordar, pues ya están escritos en los Santos Evangelios.


  Fueron muchos los que en ese día volvieron sus ojos a Dios y siguieron de cerca al Maestro. Estos hermosos acontecimientos sirvieron para fortalecer a las almas desfallecidas y afianzar la fe de los vacilantes, para decir a los turbados de corazón: “¡Esforzaos y no temáis! He ahí a vuestro Rey, Señor de cielos y tierra.”


  Hoy en Jerusalén se manifiesta la gloria de Dios: “Y se abrirán los ojos de los ciegos, y se abrirán los oídos de los sordos. Entonces saltará el cojo como ciervo y gritará de júbilo la lengua del mudo” (Is 35,5.6) para decir con gozo: “¡Hosanna! Bendito el que viene en nombre del Señor. ¡Hosanna en el cielo!”


  Las calles de esta ciudad se han convertido hoy en vía de santidad y camino de perfección, pues por ellas transita el Santo de los Santos, el Salvador del mundo; el Maligno hoy no caminará por ellas, pues Jesús ha triunfado sobre sus enemigos, y estos han sido arrojados a los profundos infiernos.


  El Señor de la Vida, va sobre un jumentillo. Avanza entre las multitudes como un Rey entre la tropa, exuberante y lleno de gloria. De pobreza y sencillez está revestido; su corona es la sabiduría; su cetro la justicia; su trono, un jumento; pero ni siquiera la carroza ataviada de esplendor del rey Salomón podía comparase con aquel noble y afortunado animal escogido por Dios para llevar sobre su lomo a la divina Realeza, que de saber hablar, de gozo y admiración hubiera enmudecido.  Bueno es que no lo supiera, que de tener inteligencia posiblemente hubiera perdido toda su humildad, sencillez y encanto, pues grande fue la misión que esta criatura sin saberlo realizó.


  “Yo contemplaba todas estas cosas desde Betania y, al verlo avanzar “entre gritos de júbilo, palmas, ramos de olivo, cantos y gloria, recordé el Salmo del rey David. Y en silencio medité sobre él, pues se ajustaba a las promesas que el Padre eterno había hecho a su divino Hijo previamente”.


  “Dice el Señor a mi Señor: “Siéntate a mi diestra, hasta que coloque a tus enemigos por escabel de tus pies” Sal 109(110)1. Triunfante entró Jesús en Jerusalén y todos los enemigos huyeron a su paso; llena estaba la ciudad de escribas y fariseos, y mucha gente venida de fuera; ninguno levantó la mano sobre Él. Dios los tenía controlados, demostrando así el poder de su brazo. De forma más ostentosa y en toda su plenitud, este triunfo, sucederá el día en que Jesús vuelva glorioso.


  “El cetro de tu poder extenderá Dios desde Sión” Sal 109(110),2. En todos los confines del mundo, incluso en el seno de Abraham, todos le aclamaron como Rey del universo, diciendo con júbilo: “¡Hosanna al que viene en el nombre del Señor!”


  “Mandarás en el corazón de tus enemigos” Sal 109(110)2. En efecto, mandó en el corazón de sus enemigos, pues como locos andaban buscándolo, a causa de sus milagros y de sus enseñanzas, para prenderlo; sin embargo, fueron confundidos en su maldad, dejados en su sabiduría humana, necios en su necedad, y en su soberbia y arrogancia, ciegos y sordos.


  “Te acompaña el principado el día de tu nacimiento” (Sal 109(110),3. Porque eres el Hijo de Dios por generación eterna; y el esplendor sagrado de la virtud, de la sabiduría, de la gracia y de la santidad moran en Ti Verbo Humanado.


  “Desde el seno de la aurora” (Sal 109 (110),3. El Padre está en Ti y contigo como principio de quien procedes. “Mis entrañas virginales te dieron cobijo como Madre verdadera por tu principio en cuanto a Hombre, porque, desde el instante en que recibiste el ser humano por generación temporal que de mí procede, tuviste las obras del mérito que ahora están contigo. Y te hacen digno de todo honor y gloria en el día de hoy y para siempre”.

  “A modo de rocío de tu infancia” (Sal 109 (110),3. “te cubrieron el amor y la ternura de mi corazón de Madre”.


  “Lo ha jurado el Señor y no ha de arrepentirse: “Sacerdote tú eres para siempre a la manera de Melquisedec” Sal 109 (110),4. Sumo Sacerdote no por participación del sacerdote levítico ni por investidura humana. El sacerdocio de Cristo es confirmado con juramento por boca del que dijo:


  “Juró el Señor y no se arrepentirá: “Tú eres sacerdote para siempre” Sal 109 (110),4. Ofreciéndose a sí mismo como víctima de una vez por todas. Renovándose incruentamente su sacrificio en la Santa Misa.


  “El Señor a tu diestra juzgará a los reyes en el día de la cólera” Sal 109 (110),5. Y reyes y vasallos, príncipes, hombres todos de la tierra, que camináis lejos del Señor, meditad sobre estas palabras, porque todos beberéis del cáliz de su indignación, pues vuestra iniquidad atrae grandes castigos al mundo, que reo es de muerte.


  “Hará justicia a las naciones, las llenará de cadáveres y sus ruinas se esparcirán por todas partes, machará sus cabezas sobre un inmenso territorio” Sal 109 (110),6.


  “En el camino beberá del río por eso levantará la cabeza” Sal 109 (110),7. Beberá del agua de la ira, indignado ante los comportamientos de los hombres soberbios y mal nacidos, que rechazaron la gran misericordia que con ellos tuvo el Señor. El torrente de la gracia que fluye de Él cegará más a sus enemigos, que desesperados ante la ruina que les aguarda llorarán de espanto sobre la tierra. Y el Señor vendrá al son de trompetas sobre las nubes del cielo con gran poder y estruendo a juzgar a los habitantes de la tierra. Ensalzará al humilde, y le dará su justa paga. Él levantará su cabeza y la ensalzará sobre sus enemigos, sobre aquellos que no supieron ver ni reconocer que este Hombre llamado Jesús, es el Hijo de Dios, el Mesías verdadero, el Rey triunfante.     


  Debemos huir de las alabanzas y de las glorias mundanas.


  El triunfo de Jesús en su entrada gloriosa a Jerusalén sirvió no solo para manifestar al mundo la divinidad de Jesucristo, pues de este éxito, tan clamoroso como fugaz, se desprenden sabias y santas enseñanzas.


  Sería muy bueno para todos aquellos que buscan la perfección, y quieren imitar a Cristo, meditar sobre las alabanzas y las glorias mundana; así no se espantarían al presenciar cuan volubles son en su mayoría los hombres de mundo. ¡Y qué dados a encumbrar, halagar  y  adular de forma y modo según les place, sin tener en cuenta otras consideraciones que las de su capacidad idólatra, pobre, voluble y lisonjera; pues hoy ensalzan lo que mañana pisan, humillan y desprecian. Debería bastar este ejemplo para advertir a las almas que buscan la santidad, que es muy peligroso el camino que conduce a la vanidad, a las lisonjas y a los parabienes. Los hombres son frágiles como el barro. No debemos confiar nunca en aquellos que sin escrúpulos tienden esta trampa al corazón del hombre; estos tales son unos necios, dejando atrapados en sus redes a otros necios que, como ellos, viven de necedades.

  Las glorias del mundo pasan, no son eternas y las alabanzas son flores que presto se marchitan; por eso si somos prudentes, debemos huir de ellas pues causan estragos en el alma, que solo ha de pretender la gloria de Dios. Por tanto; “no améis el mundo ni lo que hay en el mundo. Si alguien ama al mundo, el amor del Padre no está en él. Porque todo cuanto hay en el mundo la concupiscencia de la carne, la concupiscencia de los ojos y la jactancia de las riquezas no vienen del Padre, sino del mundo. El mundo y sus concupiscencias pasan; pero quien cumple la voluntad de Dios vivirá para siempre” (1Jn 2,15-17).


  Ningún ser humano está libre de este mal; por eso insisto en que es conveniente dejar de lado todo aquello que de una manera u otra halaga los sentidos, pues como dice el Apóstol: “Con sumo gusto seguiré gloriándome en mi flaqueza para que se manifieste en mí la gloria de Cristo. Pues cuando soy débil, entonces es cuando soy fuerte” (2Cor 12,9.10). Pues, ¿Qué es el hombre? Isaías dice: que el hombre es “un tiesto entre tiestos de barro”. (Is 19,45,9).


  ¡Señor mío y Dios mío! “Hiciste mis días de unos palmos y mi vida cual nada es ante Ti. Tan solo mero soplo es todo hombre”. Sal 38(39),6.


  La mejor enseñanza que podríamos sacar de este triunfo de Jesús en Jerusalén es no poner nuestra esperanza en los corazones humanos. “Maldito quien se fía de las personas, y hace de las criaturas su apoyo, y del Señor aparta su corazón. Y Bendito quien se fía del Señor, pues no defraudará su confianza” (Jer 17,5.7).


  El hombre carnal es voluble por naturaleza. Se embravece por nada, su amor como sus alabanzas suben y bajan como la marea. Con gran facilidad olvida sus promesas de amor y de fidelidad a Dios, y a los hombres.


  No debemos tener miedo al mundo.


  Es importante para todos aquellos que han sido llamados a un apostolado más intenso, no tener miedo a los hombres. Los tiempos son malos y hay quienes tienen miedo a enfrentarse a unos hombres cuyas creencias caminan lejos de la verdad. Al contemplar a “esta generación adúltera y pecadora” muchos creyentes se sienten avergonzados, la oleada de vicio y de promiscuidad, se extiende como una plaga. Pronunciar el nombre de Jesucristo es tremendamente arriesgado; confesarse su discípulo, toda una proeza. ¿A quién hablar de Dios, si los que escuchan tienen sus oídos incircuncisos?


  ¡Oh! mundo necio, hombre ingrato, “que a lo malo llamas bueno, y a lo, bueno malo” (Is 5,20), que con gran soberbia caminas sin preocuparte de que has de morir. ¡Que conoces cuando se aproxima una tormenta y en tu ceguera no ves ni sabes apreciar los signos de los tiempos! Absorto en tus propios pensamientos vives olvidado de Dios, mientras tu alma se hunde en el abismo.


  Jesús era tajante en sus enseñanzas, decía la verdad sin importarle las opiniones de los escribas y fariseos. Y la verdad solo hirió a los corazones soberbios. Él no tuvo miedo, y por todas partes le habían tendido lazos para prenderlo. ¿Qué es el hombre para que le temas? Tomaré las palabras del profeta, que dice: “He aquí que vosotros no sois nada y vuestro obrar nadería” (Is 41,24).


  El hombre no levantaría la cerviz si Dios no se lo permitiera. Por eso “no les tengáis miedo” (Mt 10,26), que su fuerza y poder son como una caña en manos de un niño que fácilmente se quiebra. Sin embargo, el niño en su pequeñez y debilidad es más fuerte, mucho más fuerte y poderoso que todos ellos porque tienen un corazón puro, son sencillos y humildes. No en vano está escrito: “Si no os hacéis como un niño no entrareis en el Reino de los cielos” (Mt 18,3).


  La misión del hombre de fe, es parecerse a Cristo, y Jesús, sembraba los campos con su divina palabra, removía las conciencias con el ejemplo, y ablandaba los corazones con la oración.



Catalina SCJ



Nacionalismo Católico San Juan Bautista



martes, 9 de abril de 2019

La utopía democrática: Libertad e igualdad (2da parte) - Gonzalo Ibañez



Una dificultad. Las soluciones propuestas


Esta doctrina sobre el hombre y sus derechos es muy atractiva, cuando se considera a la persona tomada individualmente; pero las dificultades comienzan al tratar de compaginar los derechos de unos con los derechos de otros. Como lo dice Kant, el derecho también podría ser definido como «... el conjunto de condiciones por medio de las cuales el arbitrio de uno puede concordar con el de los otros, de acuerdo a una ley general de libertad» [1]. ¿Cuáles son estas condiciones?


En teoría, la dificultad no existe. Para el optimismo burgués —que constituye el telón de fondo del desarrollo de estas ideas— el desencadenamiento de las libertades individuales no debe preocupar, porque es ahí donde está la clave de todo progreso. No hay para qué preocuparse del interés común, pues la búsqueda de los intereses particulares acarrearán siempre el triunfo del primero: una mano invisible arreglará siempre las cosas, de modo que nunca haya contradicción entre los intereses particulares y el común.


Sin embargo, este optimismo no es compartido por todos. Más aún, teóricos del sistema dudan que las libertades individuales ejercidas sin límites puedan producir por sorpresa el triunfo del bien común. 


Desde luego, Hobbes, en su Leviatán, nos dice que es derecho común de todos los hombres, en el estado de naturaleza, el poder hacer todo lo necesario para la propia conservación personal. Pero, agrega, como el uso de este derecho no puede acarrear sino guerras, anarquía y destrucción, es preciso cederlo sin reservas a una autoridad común que lo asumirá en toda su extensión. Sólo ella puede entonces hacer lo que quiera. Lo que es más grave, esta renuncia constituye para Hobbes el único uso razonable de la libertad. En el estado de naturaleza, de soledad, los hombres gozamos entonces de todos los derechos que cada uno pueda imaginar. En el estado social, en cambio, naturalmente no gozamos de ninguno;  sólo de aquellos que nos conceda la autoridad, pues los hemos depositado irrevocablemente, por medio del pacto, en manos de este monstruo que es el Leviatán.


El punto de partida de Rousseau es más optimista. En el estado de naturaleza, en el cual cada uno vive aislado, todos somos buenos. Es la sociedad la que corrompe. Pero, puesto que ésta se ha hecho inevitable, hay que organizaría de modo tal que no entrabe las libertades y derechos propios al estado de naturaleza. De lo que se trata es de «... encontrar una forma de asociación que defienda y proteja con la fuerza común la persona y los bienes de cada asociado, y por cual cada uno, uniéndose a todos, no obedezca sino a sí mismo y permanezca tan libre como antes» [2].


Ello se lograría mediante el expediente del pacto social. Sus cláusulas, bien estudiadas, se reducen a una sola: «La enajenación total de cada asociado, con todos sus derechos, a la comunidad entera ...» [3]. Aparentemente, esta cláusula es peligrosísima. Sin embargo, nuestro autor nos pide calma; nada hay que temer pues, «... primeramente, dándose por completo cada uno de los asociados, la condición es igual para todos; y siendo igual, ninguno tiene interés en hacerla onerosa para los demás..., dándose cada individuo a todos no se da a nadie, y como no hay un asociado sobre el cual no se adquiera el mismo derecho que se cede, se gana la equivalencia de todo lo que se pierde y mayor fuerza para conservar lo que se tiene ...» [4]. La voluntad de los asociados se subsume en la «voluntad general», que viene a ser la expresión verdaderamente auténtica del querer de cada uno. Esta voluntad «... es siempre recta y tiende constantemente a la utilidad pública ...». «El soberano, por la sola razón de serlo, es siempre lo que debe ser ...» [5].


Nuestra libertad y nuestros derechos están garantizados. Si alguno comete la locura de rebelarse contra la «volonté genérale», se rebela en el fondo contra sí mismo. Obligarlo a obedecer «... no significa otra cosa que obligarlo a ser libre» [6].


En Kant, el proceso ideológico es parecido. El punto de partida es la consideración de la persona humana como un absoluto, un fin en sí mismo: «... todo ser razonable existe como un fin en sí, y no como un medio ...» [7]. Conclusión capital: siendo la persona un fin para sí misma, no está obligada sino a las leyes que ella consienta en obedecer; es decir, «... una persona no puede ser sometida más que a las leyes que ella misma se da» [8]. Es el principio de la autonomía moral y jurídica, «... la voluntad de un solo individuo, respecto de una posesión exterior, y, por consiguiente, contingente, no puede ser una ley obligatoria para todos, porque chocaría con la libertad determinada según leyes generales» [9]. La dificultad que esta afirmación presenta en el campo de la vida social es fácilmente superable. En ese ámbito, las leyes han de ser producto de la voluntad común o colectiva: «La única voluntad capaz de obligar a todos es, pues, la que puede dar garantías a todos, la voluntad colectiva general (común), la voluntad omnipotente de todos» [10]. «El poder legislativo no puede pertenecer más que a la voluntad colectiva del pueblo. Y puesto que de él debe proceder todo derecho, no debe absolutamente poder hacer injusticia a nadie por sus leyes. Ahora bien, si alguno ordena algo contra otro, es siempre posible que le haga injusticia; pero nunca en lo que decreta para sí mismo (porque volenti no fit infurta). Por consiguiente, la voluntad concordante y conjunta de todos, en cuanto cada uno decide para todos y todos para cada uno, esto es, la voluntad colectiva del pueblo, puede únicamente ser legisladora» [11].


Contra esta voluntad nadie puede rebelarse; ella resume todas las voluntades particulares y así no hace injuria a nadie. Nadie atenta contra sí mismo. «No hay, pues, contra el poder legislativo, soberano de la ciudad, ninguna resistencia legítima de parte del pueblo; porque un estado jurídico no es posible más que por la sumisión a la voluntad universal legislativa... ningún derecho de sedición... menos todavía de rebelión... pertenece a todos contra él como persona singular o individual (el monarca), bajo pretexto de que abusa de su poder... La violencia ejercida en su persona, por consiguiente, el atentado a la vida del príncipe no es permitido» [12].


A pesar del marcado acento antirreligioso y especialmente anticatólico que estas ideas siempre presentaron, ellas no han dejado de fascinar a un número cada vez más importante de católicos. Entre ellos, quiero destacar a Jacques Maritain, principal representante de la corriente de pensamiento llamada «personalista».


Maritain esboza una crítica bastante aguda de las teorías individualistas que, con Kant y Rousseau, terminan por tratar al individuo humano «... como a un Dios y a hacer de todos los derechos que le son atribuidos los derechos absolutos e ilimitados de un Dios» [13]. Estos derechos encontrarían su fundamento «... en la afirmación de que el hombre no está sometido a ninguna otra ley que aquella que proviene de su propia voluntad y libertad... puesto que toda medida o regulación que emane del mundo de la naturaleza (en último término de la sabiduría creadora) destruiría al mismo tiempo su autonomía y suprema dignidad» [14].


Sería lógico, entonces, esperar de Maritain al menos los esbozos de una teoría contraria. Sin embargo, cae en los mismos errores. Su crítica no se refiere, en definitiva, tanto a los «derechos» en sí, sino a su fundamento. Para Rousseau y Kant en el estado «social», tal fundamento no es sino el pacto. Para Maritain, católico, ellos encontrarían su base en la calidad que tiene el hombre de «hijo de Dios», de criatura hecha «... a imagen y semejanza divinas ...». En lo que al fondo se refiere, la posición de Maritain es idéntica a la de los autores que él critica.


Desde luego, su punto de partida es el mismo: la consideración de la persona humana como un absoluto. Esta tendría «... una dignidad absoluta, porque ella está en una relación directa con el absoluto, en el cual solamente puede ella encontrar su total plenitud» [15]. Por eso Maritain considera como una derrota el hecho de que la persona «... sea sometida, como objetos especificadores de su conocimiento y de su querer, a realidades distintas de ella misma, y como medidas reguladoras de su acción, a leyes que él no ha hecho» [16].


De esta dignidad absoluta nacen los derechos. El bien que constituiría mi derecho me sería debido «... porque yo soy un yo, un sujeto (un soi[17]. La condición presupuesta es «... una dignidad o un valor absoluto en el sujeto de derecho. Este valor metafísico es absoluto, porque el sujeto de derecho es tomado no como parte de un todo, sino como siendo él mismo un todo... Lo que es debido al sujeto (soi) que se posee a sí mismo y que tiene un valor metafísico absoluto, le es debido como a un centro absoluto, y no en relación al mundo o al orden cósmico» [18].


Por eso, en definitiva, el derecho es «... una exigencia que emana de un sujeto (soi) en vistas de alguna cosa, como aquello que le es debido, y respecto del cual, los otros agentes morales están obligados en conciencia a no frustrarlo» [19]. Maritain señala una treintena de derechos, desde el derecho a la libertad personal, a la integridad corporal, a la seguridad, hasta el derecho a una igual admisibilidad a los empleos públicos y al libre acceso a las diversas profesiones, a la asistencia de la comunidad en la miseria y la cesantía, en la enfermedad y la vejez [20]. Todos temas muy importantes. Pero hay dos dificultades que nuestro autor deja sin solución.


En primer lugar, la lista de derechos que él presenta es fruto de su personal imaginación. A ella, según los gustos de cada uno, pueden agregarse o retirarse derechos sin mayor explicación. Es decir, Maritain no señala el criterio que él ha seguido para determinar estos derechos. En su caso, además, como en los de Rousseau y de Kant, atendido el carácter absoluto de la persona individual, sólo ésta puede determinar cuáles son sus derechos y cuál es su extensión. Cualquier ensayo de determinación exterior es un «abuso», un desprecio a esta dignidad absoluta.


Y con mayor razón —segunda dificultad— lo sería cualquier intento de limitación de estos derechos, aunque su finalidad no sea otra que ensayar de conciliarlos con los de las otras personas. Maritain es consciente del problema. Sostiene, por lo tanto, que, aun los derechos más importantes pueden sufrir algunas limitaciones en su ejercicio. Este estaría sometido «... a las posibilidades concretas de una sociedad dada, y puede ser contrario a la justicia reivindicar hic et nunc el uso de (un) derecho para cada uno y para todos, si ello no puede realizarse sino arruinando el cuerpo social» [21]. Si «... cada uno de los derechos humanos es por naturaleza absolutamente incondicional e incompatible con toda limitación, a la manera de un atributo divino, todo conflicto que los opone entre ellos sería irreconciliable. Pero, ¿quién no sabe, en realidad, que estos derechos, siendo humanos, son, como todo lo que es humano, sometidos a condicionamiento y a limitación, al menos, como lo hemos visto, en lo que toca a su ejercicio? Que los derechos diversos asignados al ser humano se limiten mutuamente, en particular que los derechos económicos y sociales, los derechos del hombre en tanto persona comprometida en la vida de la comunidad, no puedan encontrar lugar en la historia humana sin restringir en alguna medida las libertades y los derechos del hombre en tanto individuo, es cosa simplemente normal» [22].


Nada se soluciona, sin embargo, con decir que una limitación es «cosa simplemente normal» si, al mismo tiempo, no se da algún criterio para realizarla. La verdad es que Maritain no da ninguno. Atendida la dignidad «absoluta» del sujeto, el tratar de limitarlos es ya una pretensión inicua. Por eso nuestro autor, en definitiva, debe reconocer que «... la estimulación secreta que mantiene sin cesar la transformación de las sociedades, es el hecho de que el hombre posee derechos inalienables, pero está privado de la posibilidad de reivindicar justamente el ejercicio de algunos de estos derechos a causa del elemento inhumano que permanece en la estructura social de cada período» [23].


Las dificultades quedan todas sin solución. Maritain sostiene, además, que la posesión de estos derechos constituye un elemento indispensable de nuestra perfección. Sin embargo, es evidente que los bienes en que esos derechos se resuelven no alcanzan para satisfacer lo que todos desean. ¿Cómo impedir la lucha entre los hombres por su posesión? El suspenso en que Maritain, y los personalistas en general, dejan estas cuestiones es clara muestra del alto grado de irresponsabilidad y de demagogia con que siempre trataron los problemas políticos y jurídicos, aun los más graves.


Este rápido vistazo sobre las doctrinas que están detrás de la idea de una plena libertad e igualdad entre los hombres nos muestra un hecho fundamental. A la hora de resolver el problema que presenta la compaginación de estas libertades, representadas por los «derechos humados», o bien éstos quedan completamente descartados mediante la entrega de los individuos al arbitrio de una voluntad que, a pesar de todo, no es la de ellos, o bien la dificultad es contorneada artificialmente para dejarla sin solución.



La crítica marxista


Es difícil explicarse la resonancia de estas doctrinas, si se las analiza en abstracto. Son tan extravagantes, que es imposible no ver detrás del éxito que las ha acompañado, otros motivos que los puramente intelectuales. Como decíamos más arriba, apoyando estas teorías hay intereses políticos y económicos cuya justificación está pendiente.


Hobbes escribe para sostener el poder absoluto y sin contrapeso a que aspiraba Jacobo I en Inglaterra. Contra sus ideas se levanta, más tarde, Locke. Este autor dice que en el estado de naturaleza los hombres gozan de muchos derechos y que no es cierto que su uso engendre solo anarquía. En este estado, los hombres están «bien». Si pasan al estado civil o social es para estar «mejor». Por lo tanto, al momento del pacto, ellos no abandonan todos sus derechos en beneficio de la autoridad. Al contrario, conservan bastantes, en especial el de propiedad cuyo fundamento es el trabajo.


¿Qué ha sucedido? Simplemente que en Inglaterra se ha levantado una oligarquía propietaria contra el absolutismo de los Stuart. Esta oligarquía, en el fondo, quiere hacer del gobierno un instrumento al servicio de sus intereses. No se trata de que todos los hombres hayan conservado derechos en el «estado civil», sino solamente sus miembros. Sólo ellos son personas en el pleno sentido de la palabra.


La influencia de Rousseau sobre los acontecimientos de 1789 es de sobra conocida. ¿Quién es la voluntad general? No por supuesto la de la mayoría, sino la de aquellos que han triunfado en el afán por conquistar el poder: la burguesía. Al arbitrio real ella opone su arbitrio disfrazado de volonté genérale. Como señala Stucka, el teórico soviético de la filosofía marxista del derecho, «La gran revolución francesa comenzó, como es sabido, con la proclamación triunfal de la Declaración de los derechos del hombre y del ciudadano. En realidad, este derecho de la gran revolución francesa —este derecho para toda la humanidad—fue solamente un derecho de clase del ciudadano, un código de la burguesía» [24], «... en el mundo burgués solamente el ciudadano —es decir, el hombre que tiene la calificación de propietario, el hombre dotado de propiedad privada— es reconocido como hombre en el verdadero sentido de la palabra» [25].


Maritain es fiel representante, por una parte, de sectores católicos pseudo-místicos que se sienten destinados a manejar el proceso revolucionario mundial para hacer la gran síntesis —hegeliana— entre todas estas ideas y el cristianismo y, por otra, de una cierta pequeña burguesía que se siente mal bajo el peso de la que triunfó en 1789. Ella ataca las ideas de ésta, pero sólo para presentarlas después, con ligeros retoques, como propias, esgrimiéndolas contra los grupos que las habían empleado primero.


Marx ha visto muy bien cómo, en la época moderna y contemporánea, las ideologías no son sino disfraces, a veces bien groseros, de intereses económicos y políticos. Su error consiste en querer hacer de una visión sociológica referida a un período de la historia, una filosofía de verdades universales. Es decir, no porque en alguna época las cosas hayan sucedido como lo dice Marx, ellas habrán de pasar siempre así.


Pero, en todo caso, el grado de su acierto es bastante grande. Él le saca la careta a este mundo moderno y llama las cosas por su nombre. Y lo que es tan importante como lo anterior, él vuelve las ideas contra sus inventores. Mucho escándalo se hace porque Marx trata a la religión de opio del pueblo: ¿qué son, sino eso, las religiones «nacionales» que brotan con la Reforma? Lenin dice —¡horror para muchos!— que la verdad de una proposición se mide por su eficacia práctica para alcanzar el poder: pero si eso está ya en el idealismo: ¡cada uno tiene su verdad!



Consideraciones finales


La conciliación de la libertad y de la igualdad predicadas por los autores «modernos» es una contradicción desde un punto de vista intelectual. Imposible impedir la lucha entre los hombres: las libertades son contradictorias. En el escenario no caben muchos absolutos, sólo uno.


Por eso, en el terreno práctico, esta utopía ha sido alimentada por aquellos que viéndose con fuerzas suficientes, pretenden el dominio de los poderes políticos y económicos. Escudándose tras el mito de la «voluntad popular» o de una plena libertad, buscan el beneficio de sus intereses. Los otros serán sus «servidores asalariados». El mito de «la» persona humana, llena de dignidades y de «derechos», sólo beneficia a quienes son capaces de llegar efectivamente a ser lo absoluto en la sociedad. La lucha de clases y de grupos es la única consecuencia de esta utopía.


Tal vez, como decía Hobbes, los hombres, cansados de tanto luchar, lleguen a algunos acuerdos. Pero no hay que equivocarse. Se trata de acuerdos tácticos, temporales. En el preciso instante en que a alguno de los «socios» se le presente una oportunidad de obtener una mejor tajada, el acuerdo cesará: «dos pasos hacia adelante, uno hacia atrás», fórmula leniniana, vieja como la humanidad. Sobre todo muy practicada por los sectores triunfantes en 1789.


La solución a las dificultades exige, por supuesto, dejar de lado la utopía. Para comenzar, olvidarnos de que somos unos «absolutos». Lo cual no quiere decir, como se teme, que las personas queden entregadas al arbitrio de las otras. Afirmar nuestra relatividad sólo significa, en el plano moral, afirmar que los hombres hemos sido hechos en vistas de un fin que nos trasciende: Dios. De Él, en definitiva, participaremos, pero sólo en la medida que lo sirvamos.


Servir a Dios implica, por otra parte, cumplir con nuestro rol en la creación y, más específicamente, en la sociedad política. Esta no es un invento de los hombres, sino un hecho natural, que tenemos que perfeccionar a partir de nosotros mismos, sus elementos. Es decir, el criterio próximo de moralidad no es nuestra propia voluntad, ni lo que nosotros creamos son nuestros intereses, sino el bien común. Como dice Santo Tomás: «... al bien de la multitud están ordenados, como a su fin, todos los bienes particulares que el hombre se procura, las ganancias de la riqueza, la salud, la elocuencia o a erudición» [26]. Significa, también, dejar de considerar el derecho como un poder o libertad de hacer lo que queramos. Modestamente, él no es sino la proporción que nos corresponde en el todo social, la parte que nos es debida en atención a nuestros méritos, a nuestras capacidades y al lugar que ocupamos dentro de la sociedad. Sólo sobre esta base podrá asentarse, por lo demás, una convivencia razonable entre los hombres.


Aceptar todo esto, parece difícil para muchos hombres de hoy. El orgullo humano soporta mal el reconocer que hemos sido hechos para servir y no para ser servidos. La dificultad no es tanto intelectual —no es que no se sepa qué hacer— sino moral: no se quiere hacerlo.


El saduceísmo práctico de una buena parte de la religiosidad contemporánea se mantiene: al lado de unas prácticas religiosas a veces intensas, el triunfo temporal sigue constituyendo el objetivo principal de esta vida. La falta de fe en la otra vida —la vida eterna—, y en todo lo que ella significa: juicio final, premios, castigos, etc.... es evidente.


Occidente se hizo sobre la base de esta creencia. Esta vida es camino para la otra: Dios conoce nuestro destino final, lo ha predestinado, pero eso no obsta para que de nuestra condenación o salvación seamos personalmente responsables por nuestras obras. Como dice San Pablo, si no hay resurrección, nada tiene sentido, nada vale la pena, sino gozar intensamente de los pocos años que pasaremos sobre esta tierra.


Desde luego, y con esto termino, el mundo moderno no es tan caótico y negativo como parecería desprenderse de las ideas que hemos comentado en el cuerpo de este trabajo. El terror mutuo al desencadenamiento de los poderes individuales ha conducido, a menudo, a los acuerdos a la Hobbes que hemos señalado más arriba. Más importante, el antiguo ideal no ha dejado nunca de subsistir y de seguir animando nuestra vida social.


En el plano de las ideas, sin embargo, las que reflejan el ideal contrario, individualista, ha logrado imponer las suyas casi sin contrapeso. En el plano moral, la lucha es aun considerable. Ello no obsta para que lenta, pero seguramente, el espíritu individualista —del cual el socialismo no es sino una nueva fase—se imponga entre nosotros. No podemos dejar de notar que la fuente de nuestra civilización se agota poco a poco.



Revista Verbo Nº 219-220. 1983, Págs. 1151-1163. Fund. Speiro.





[1] Principios Metafísicos del Derecho, Ed. francesa de Durand, París, 1853, pág. 43.
[2] «El Contrato Social», en Obras Selectas, trad. de Everando Velarde, El Ateneo, Buenos Aires, 1966, págs. 741-2.
[3] Id., pág. 742.
[4] Id-, id.
[5] Id., págs. 752 y 744.
[6] Id., pág. 745.
[7] Fundamentos de la Metafísica de las Costumbres; ed. francesa de Hatier, París, págs. 51-52.
[8] Principios metafísicos del Derecho, ed. cit., pág. 37.
[9] ld.f pág. 76.
[10] Id., id.
[11] Id., pág. 148.
[12] Id., págs. 157-158.
[13] UHomme et VEtat, P . U . F . , 1965, pág. 76.
[14] Id., id.
[15] «Les Droits de l'Homme et la Loi Naturelle», en Oeuvres choisies, t. II, Ed. Desclée de Brouwer, Paris, 1979, pág. 166.
[16] L'Idée thomiste de la Liberté, id., t. I , Paris, 1974, pág. 1218.
[17] Neuf Leçons sur les notions premières de la Philosophie morale, id., t. II, pág. 30.
[18] Id., págs. 631-632.
[19] Id., pág. 632.
[20] Les Droits de l'Homme et la Loi Naturelle, ed. cit., págs, 226 y siguientes.
[21] L'Homme et l'Etat, éd., cit., pág. 94.
[22] Id., pág. 98.
[23] Id., pág. 95.
[24] La Función revolucionaria del Derecho y el Estado, Ed. Península, Barcelona, 1969, pág. 31
[25] Id., id.
[26] Del Régimen de los Príncipes, Libro I , ch. X V .



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