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domingo, 1 de junio de 2014

¿Vendrá un Antipapa? (1967) - Por Alberto Ezcurra Medrano


  Dice San Pablo: “Entre tanto, hermanos, os suplicamos por el advenimiento de Nuestro Señor Jesucristo y de nuestra reunión al mismo, que no abandonéis ligeramente vuestros sentimientos, ni os dejéis alarmar por algún espíritu, ni por cierta palabra, ni por cartas que se supongan enviadas por nosotros, como si el día del Señor estuviera muy cercano. No os dejéis seducir de nadie en ninguna manera; porque no vendrá sin que primero haya acontecido la apostasía, y aparecido el hombre del pecado, el hijo de la perdición, el cual se opondrá y se alzará contra todo lo que se dice Dios o se adora; hasta llegar a poner su asiento en el templo de Dios, mostrándose como si fuese Dios. ¿No os acordáis que cuando estaba todavía entre vosotros os decía estas cosas? Ya sabéis vosotros lo que ahora lo detiene, hasta que sea manifestado en su tiempo. El hecho es que ya está obrando el misterio de iniquidad. Entre tanto, ¡el que lo detiene ahora deténgalo hasta que sea quitado de en medio. Entonces se dejará ver aquel perverso, a quien el Señor Jesús matará con el aliento de su boca, y destruirá el resplandor de su venida.” (Tesal. II, 1-8)

  ¿Qué es “lo que detiene”, el “obstáculo”, el katejón, que impide la manifestación del Anticristo? San Agustín y los antiguos padres vieron en él al Imperio Romano. “Esa creencia – dice Straubinger – quedó desvirtuada por la experiencia histórica y no parece posible mantenerla”. Se la mantiene, a pesar de todo. Se cree ver en ella, ya que no el imperio Romano, el “orden romano”. Pero lo cierto es que a partir de la Revolución Francesa, llevamos ya casi dos siglos de desorden y aún no se ha manifestado el Anticristo.

  A nuestro juicio, el katejón no es el Imperio Romano sino el Imperio Espiritual de Roma, el Pontificado Romano. No significa esto que haya de desaparecer. Pero puede sobrevenir un cisma, un antipapa poderoso que arrastre a una gran parte de la jerarquía y de los fieles, en una palabra la apostasía anunciada por San Pablo, mientras el verdadero Papa sólo gobierna a una minoría de “elegidos”.

  En los siglos XIVy XV el Pontificado sufrió una grave crisis. Destierro en Avignon, Cisma de Occidente. Pareció que iba a ser “quitado de en medio”. San Vicente Ferrer anunció el fin de los tiempos y probó la verdad de su anuncio resucitando un muerto. ¿Se equivocó? No, Santa Catalina de Siena y una pléyade de grande santos impidieron entonces. Pero ese hecho, nos demuestra, hasta qué punto el advenimiento del Anticristo y el fin de los tiempos parece estar ligado a la suerte del Pontificado Romano.

  La posibilidad de un cisma e inclusive de un antipapa en los últimos tiempos tiene un firme respaldo en el Apocalípsis. “Entonces se me dio una cala a manera de una vara y díjoseme: Levántate y mide el templo, y el altar, y los que adoran en él. Pero el atrio exterior del templo, déjalo fuera, y no lo midas, por cuanto está dado a los gentiles, lo cuales han de hollar la ciudad santa cuarenta y dos meses” (Ap. XL, 1-2). Este texto significa – según el P.Castellani en su obra “El Apokalypsis” – “la reducción de la iglesia fiel a un pequeño grupo perseverante y la vasta adulteración de la verdad religiosa en todos los restantes; y en esto están unánimes todos los Santos Padres”. Lo mismo puede verse en la Bestia de la Tierra: “Vi después que otra bestia que salía de la tierra, y que tenía dos cuernos, semejantes a los del cordero, más su lenguaje era como el del dragón” (Ap. XIII; 11). Para Castellani, “la fiera de la tierra es una religión falsa (falsificada) o una herejía máxima, con su jefe y conductor: quizás un obispo apóstata que es también un mago (Solovief)”. En otro lugar de su obra admite que este obispo apóstata puede ser “incluso un antipapa”. Eyzaguirre, en su “Interpretación literal del Apocalipsos”, si bien identifica a la Bestia de la Tierra con la Masonería, llega a sospechar que un antipapa pueda ser el jefe supremo de la secta (Gentilini, “El Anticristo” pág. 104).

  En varias profecías privadas abundan referencias o indicios respecto de este presunto antipapa…


  Tiempos difíciles parecen aproximarse para la Iglesia. No queremos señalar nombres ni tendencias que por desgracia hacen verosímil en nuestros tiempos el cumplimiento de esas profecías, y que por otra parte son demasiado evidentes.

  Nada deseamos más que equivocarnos y que todo esto sea sólo una terrible pesadilla. Y rogamos a Dios y a la Santísima Virgen, que tan directamente está interviniendo en estos últimos tiempos en los acontecimientos humanos con sus apariciones, milagros y mensajes, quieran impedir, o al menos atenuar, los grandes peligros que parecen cernirse sobre la Santa Iglesia.



ALBERTO EZCURRA MEDRANO – Revista Jauja N° 2. 2 de Febrero de 1967


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jueves, 27 de febrero de 2014

Anticristo y Judaísmo – Por Alberto Ezcurra Medrano

  
  El Bien y el Mal no son frutos del acaso. El Bien por excelencia en el mundo es Cristo, cuyo Cuerpo Místico es la Iglesia. Él es la Cabeza y la gobierna interior y exteriormente.

  Frente al Bien organizado, lucha el Mal también organizado. “El Diablo – dice Santo Tomás de Aquino – es la cabeza de todos los malos en cuanto a su exterior gobernación” (Suma, P.III, C. VIII, art. VII).

  Esas dos organizaciones constituyen las dos ciudades a que se refiere San Agustín “Dos amores fundaron dos ciudades: el amor de sí mismo hasta el menosprecio de Dios, la ciudad terrena; y el amor de Dios hasta el menosprecio de sí mismo, la ciudad celestial” (Civitas Dei, Lib. XIV, Cap. XXVIII).

  El coronamiento de la ciudad celeste ha de ser el Reino de Cristo. Y el coronamiento de la ciudad terrena, el Reino del Anticristo.

  Error sería, entonces, imaginar al Anticristo como un personaje fabuloso y ubicarlo en un futuro remoto, impreciso e inasequible, en el cual habría de aparecer repentinamente, como salido de los antros del Infierno. El Anticristo ha de salir de este mundo en que vivimos nosotros y ha de aparecer un día en este presente en que nos deslizamos por el tiempo. Su reino se está formando, conjuntamente con el de Cristo, y desde los tiempos de Cristo. Por eso dice San Juan: “Hijitos, ya es la última hora: Y como habéis oído que el Anticristo viene: así ahora muchos se han hecho Anticristos: de donde conocemos que es la última hora” (I Juan II, 18). Si puede estudiarse el desarrollo del Reino de Cristo, si puede escribirse la historia de la Iglesia, también pueden estudiarse las obras del “misterio de la iniquidad”, también puede escribirse la historia del Anticristo, aunque aún no haya llegado la hora de su breve triunfo.

  Se trata, es cierto, de la historia de un “misterio”. Los hijos de las tinieblas huyen de la luz para ejecutar sus planes. Todo consiste en hallar el hilo de Ariadna que nos conduzca a través del oscuro laberinto de la ciudad terrena. Y ello no es tan difícil cuando se tienen ante sí dos mil años de historia.

  Esos dos mil años nos muestran un hecho significativo: una nación sin territorio, misteriosamente conservada desde Cristo hasta nuestros días, que ejecutó y se hizo responsable de la muerte del Hijo de Dios, que fue la primera en perseguir a los cristianos y que ha perseverado hasta nuestros días en esa misma persecución, interviniendo en todos los acontecimientos importantes de la historia y aumentando cada vez más su fuerza y su poderío. No se nos presenta en la historia otro hecho análogo. Todos los grandes perseguidores, o aparecieron más tarde o se eclipsaron como fugaces meteoros. Solo uno permanece. Solo uno centraliza y dirige, asegurando la continuidad en el tiempo y la extensión en el espacio a la persecución contra la Cristiandad. No es aventurado entonces afirmar que esa nación - la nación judía – es, por lo menos, el cimiento sobre el que se asienta la ciudad terrena.

  Eso es lo que – historia en mano -  procuramos demostrar en este libro. No va más allá nuestra intención. Comprobamos hechos, pero no azuzamos “pogroms”. No se nos acuse de antisemitismo, acusación de moda. Si decir la verdad acerca de los judíos es antisemitismo, no este libro, sino la verdad, sería antisemita. Pero el antisemitismo no consiste en la verdad sobre los judíos, sino en el odio a los judíos. Y el odio no nos está permitido a los cristianos, que tenemos el precepto de amar aún a nuestros enemigos. Por eso aquí señalamos la verdad, pero no predicamos el odio. No nos incumbe a nosotros la solución del problema judío. La Iglesia lo ha señalado hace tiempo, en normas rebosantes de justicia y caridad, que el mundo ha cumplido. Seamos verdaderamente cristianos y el Judaísmo dejará de ser un problema. Pero mientras no lo ignoremos. Aunque sólo sea para impulsarnos a ser verdaderamente cristianos, debemos conocerlo en toda su espantosa gravedad. El precepto de amar a nuestros enemigos no nos obliga a desconocer sus maquinaciones.

  No se nos acuse tampoco de dejarnos guiar por un criterio histórico unilateral y pueril al querer explicar la influencia judía muchos acontecimientos humanos, cuya complejidad es tan grande. No ignoramos la existencia de otras causas, así sean políticas, sociales o económicas. Pero sostenemos que por encima de esas otras causas, que obran ciega o aisladamente, hay una, inteligente y constante, que a veces las suscita, a veces las dirige, o a veces simplemente las aprovecha; pero que tiene sobre ellas, que son puramente naturales, la inmensa ventaja de su carácter esencialmente sobrenatural o teológico.


 Alberto Ezcurra Medrano: “Historia del Anticristo” Prólogo. Ed. José Antonio Lopez 1990.


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