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martes, 1 de mayo de 2018

Chesterton novelista - Ignacio B. Anzoategui



     Se puede ser una chismosa romántica como Elinor Glynn y escribir novelas para solteronas esperanzadas, se puede ser un viejo baboso como Anatole France y escribir novelas para casadas exigentes y hasta se puede ser una buena persona y escribir novelas para jóvenes exclusivamente piadosos. Pero no se puede escribir novelas inteligentes si no se tiene un poco de inteligencia.

     La inteligencia es una virtud que Dios entrega al hombre para que el hombre conozca a Dios y manifieste su grandeza ante los hombres: es una de las virtudes más despreciadas en el mundo moderno. Por mundo moderno entiendo yo no sólo el conjunto de los idiotas sino también el conjunto de los católicos que serían idiotas si no fueran católicos. Yo no pretendo que todo católico deba ser necesariamente un hombre inteligente, pero sí pretendo que el hombre católico, en las cosas de la inteligencia, utilice la inteligencia. El hombre católico no tiene la obligación de ser un sabio pero tampoco tiene el derecho de ser un falso sabio. El hombre católico no tiene la obligación de ser un novelista pero tampoco tiene el derecho de ser un mal novelista.

     La palabra es una facultad común a los hombres y a los loros. Los loros, afortunadamente, no saben escribir, pero hay hombres que al escribir imitan maravillosamente a los loros. Son los hombres que repiten la verdad que oyeron, como si la verdad no fuera más que un ruido en la cabeza. Sus palabras son, evidentemente, las palabras de la verdad, pero les falta el acento de la verdad, que es la inteligencia. La verdad es siempre la verdad, en la boca de un tonto o en la boca de un sabio, pero la verdad en la boca de un tonto no convence sino a los tontos. De aquí que la apologética sea la más peligrosa de las actividades saludables.

     La apologética es el arte de defender a la verdad contra sus enemigos reales o imaginarios. Hay dos clases de enemigos reales: los enemigos tontos y los enemigos equivocados. Para ellos se hicieron la acción y la oración: la acción, que consiste en abrirles los ojos, y la oración, que consiste en encomendar a Dios el trabajo de abrirles los ojos. En cambio, hay una sola clase de enemigos imaginarios: los enemigos tontos. Existen apologistas modernos que tienen la conocida costumbre de hablar solos. Ellos imaginan un enemigo, lo visten con las armas más aparatosas, le pintan debajo de los bigotes una sonrisa escéptica y terminan pegándole una paliza. Esta es la primera deshonestidad de los apologistas modernos. La segunda deshonestidad es la de hacer tontos a sus propios héroes. Los novelistas católicos suelen atribuir a la virtud las cualidades de la más selecta estupidez protestante: desde la puntualidad hasta el abstencionismo. Se puede ser católico sin ser tonto y sin tener aspecto de tonto. Se puede ser católico sin necesidad de adoptar todo ese sistema de pequeñas estupideces que algunos novelistas católicos atribuyen a sus personajes ejemplares. Se puede, en una palabra, ser católico sin tener cara de católico. Se debe ser católico y no tener cara de católico. Los novelistas piadosos han creado un tipo de hombre que se parece más a la monja que al hombre religioso: un tipo de San Luis Gonzaga con algo de Amado Nervo, un San Luis Gonzaga que para ser protestante sólo le faltaría jugar al tennis al costado de la iglesia. La primera obligación de un católico es la de ser un hombre. El catolicismo no es una escuela de ademanes untosos y de sonrisas de catálogo: es una escuela de humanidad donde el hombre aprende a portarse como un hombre delante de Dios y delante de los hombres, porque Dios no quiere avergonzarse de sus creaturas y no quiere que los hombres se avergüencen del hombre; una escuela donde las malas palabras no escandalizan demasiado.

     Hay novelistas católicos que rodean a sus personajes de todas las miserias menores que acompañan a la virtud inexperta: por eso sus personajes repugnan fundamentalmente al hombre que no ha padecido aún esas miserias o que ha tenido la fortuna de superarlas. La técnica apologética de estos novelistas tiene por objeto mostrar el grado de estupidez a que puede llevar la rutina de la verdad. Las ideas fracasan siempre por culpa de los que las defienden. La verdad no puede fracasar porque la verdad es Dios, pero Dios suele tener más trabajo con sus amigos que con sus enemigos.

     Chesterton era un amigo de Dios que le daba muy poco trabajo: una especie de administrador de Dios, en cargado de repartir la verdad entre los hombres. Con su alegría de gordo se acerca al hombre y le ofrece la verdad con una palmadita en la espalda o con un papirotazo en la nariz. Y el hombre se ríe con él y el prestidigitador le saluda con su galera de felpa y de su galera vuela la paloma de la Gracia. Es el alegre obispo que en la Confirmación se aprovecha para repartir sonoras cachetadas y es el curioso de todos los tumultos que se mete entre la gente para pellizcar en las nalgas a los hombres demasiado importantes. Es el gordo de las plazas que les dice piropos a las nodrizas y se pone la cofia de las nodrizas para divertir a los niños; el gordo que tiene la edad de las plazas y de los monumentos, el gordo de los sacos increíbles, con los bolsillos llenos de papeles y de miguitas de pan.

     El procedimiento novelesco de Chesterton es el procedimiento de un hombre que trabaja con hombres: el procedimiento de un hombre alegre que asiste al espectáculo de los otros hombres, de los hombres que tienen su manera propia de comer y su manera de caminar, que tienen su manera de atarse la servilleta al cuello y su manera de sonarse las narices, que tienen sus grandezas y sus miserias, que tienen la responsabilidad de su inteligencia y la irresponsabilidad de su estupidez. Los personajes de Chesterton son, indiscutiblemente, personajes caricaturescos: caricaturescos en la medida que lo somos todos cuando nos afeitamos o nos ponemos las medias. Chesterton no deforma al hombre como Cervantes deforma a Don Quijote y a Sancho. No es el creador que coloca a sus creaturas en un mundo de ridículo, sino el creador que coloca sus creaturas en el mundo ridículo que es nuestro mundo. No les jabona el piso para que se caigan, sino que les jabona el piso para que levanten el vuelo. Chesterton maneja a Don Quijote y a Sancho y les facilita su vida, porque él es un admirador de la santidad y de la buena mesa. Cervantes maneja a Don Quijote y a Sancho y les dificulta su vida, porque él no supo comprender la santidad y 110 pudo alcanzar a la buena mesa. A Cervantes le mueve el desengaño y a Chesterton le guía la esperanza. Para Cervantes el desengaño lleva a la muerte; para Chesterton el mismo desengaño es un incentivo de la vida. Cervantes da muerte a su héroe para salvarle de la desesperación; Chesterton desespera a sus héroes para entregarlos libres a la esperanza.

     Los héroes de Chesterton viven y mueren por un ideal, pero su ideal no es el ideal estúpido del idealismo sino el ideal terrible del cristianismo. Ellos no se pasean entre las gentes envanecidos de armaduras antiguas ni armados de palabras anacrónicas. Su traje es el traje a cuadros del corredor de seguros o el vestido de huérfana de la secretaria. Su lenguaje es el lenguaje del cockney o del político de la era victoriana. El héroe de Chesterton necesita de una sola condición: la humanidad; la humanidad, que le hace pasible de la redención. Puede ser un ladrón como Flambeau o puede ser un santo como el Padre Brown, pero el ladrón de Chesterton es un hombre capaz de llegar a ser un santo y el santo es capaz de llegar a ser un ladrón. El hombre de Chesterton, como el hombre de Dios, es un hombre expuesto a todas las contingencias de la Gracia y del barro.

     Chesterton se resiste sistemáticamente a introducir en sus obras los modelos de santos a que nos tienen acostumbrados los novelistas católicos y las imágenes de yeso pintado. La santidad no consiste para él en levantar los ojos al cielo y sostener un rosario en una mano, porque él sabe que esas son actividades eminentemente privadas de los hombres que aspiran a la santidad. La santidad para Chesterton consiste en la buena voluntad de que hablaron los ángeles cuando cantaron el nacimiento del Salvador: en la buena voluntad del hombre que rompe de un bastonazo una vidriera porque detrás del vidrio hay un periódico donde se insulta a la virginidad de María, y en la buena voluntad del vigilante que ayuda a una vieja a subir a un ómnibus.

     Chesterton es el novelista de un mundo en ruinas, que comunica al mundo que de las ruinas puede nacer una rosa agradable a Dios. No es el hombre que atruena el espacio con sus amenazas de muerte a cargo de la espada divina, ni es el imbécil que afirma que todo está bien en el mejor de los mundos. Es el hombre honrado que recibe al mundo tal como es y sueña con un mundo tal como debiera ser: el hombre que se burla del mundo para despertarle las ganas de ser el reino de Dios. Desde la desolación espiritual de Inglaterra, Chesterton vuelve los ojos hacia Roma: no precisamente hacia la altura de Roma que florece en la grandeza de la Iglesia Católica, sino en la profundidad de Roma que duerme su sueño de siglos en la obscuridad del subsuelo de Inglaterra. Y sus héroes son héroes precisamente porque son hombres que surgen de la tierra para cumplir con su destino de hombres. Son héroes porque tienen la honradez del hombre: la honradez del hombre que cree honradamente en la verdad y que se salva por la verdad, y la honradez del hombre que cree honradamente en el error y que se salva por la posibilidad de llegar a la verdad. Chesterton siente como un santo el pudor de la santidad. Su preocupación consiste en hacerse amigo de sus personajes, no para que sus personajes le cuenten sus intimidades espirituales, sino para que se sientan cómodos delante de él, para que se porten como si estuvieran delante de un aliado y para que lo compliquen a él en sus aventuras. Frente al santo, Chesterton se conduce como un despreocupado pecador, que es la mejor compañía para un santo; frente al hombre tolstoiano, Chesterton se disfraza de muchacha traviesa, que es la mejor compañía para el hombre tolstoiano. Porque la virtud sobresaliente de Chesterton es la caridad: la caridad que le obliga a escandalizar a los seminaristas con un chiste sobre el Papa y a escandalizar a los liberales con un elogio de la Inquisición; la caridad que le lleva a reírse de los vigilantes para consolar a los ladrones y a ridiculizar al jefe de policía para consolar a los vigilantes.

     Todas las novelas de Chesterton pertenecen a la especie de las novelas policiales donde hay hombres respetables que resultan delincuentes y delincuentes que resultan hombres respetables. Son novelas policiales don de los ángeles les tiran zancadillas a los diablos y los diablos se tocan con una peluca de político influyente para despistar a los ángeles. Chesterton es el ministro del Interior que, como Dios, cree en el arrepentimiento último de los delincuentes y allana, como allanará Dios en el día del Juicio Final, las casas de las personas respetables.

     El arte de escribir novelas es el arte de imitar a Dios: el arte de imitar su buen humor y sus ocurrencias de espíritu topoderoso, su seriedad terrible y su terrible alegría. Chesterton novelista es el gordo ejemplar que baila desnudo delante de una junta de viejas puritanas.


IGNACIO B. ANZOATEGUI



“Sol y Luna” Nº1 – Bs.As. Noviembre de 1938 -Págs. 95-102


Nacionalismo Católico San Juan Bautista


viernes, 1 de diciembre de 2017

Juan Manuel de Rosas – Ignacio Anzoátegui


“Pequeña historia Argentina para uso de los niños”

 Cuando los hombres llegan a viejos suelen dedicarse a ser viejos rezongones o a ser viejos reblandecidos o a ser viejos fumadores o a ser viejos comodones o a ser viejos patricios. Cuando las mujeres llegan a viejas se dedican generalmente a ser viejas charlatanas.

  La historia de Rosas ha sido escrita por los nietos tontos de las viejas charlatanas. Aparentemente una vieja charlatana es un trasto viejo; pero los trastos viejos pueden tener nietos tontos y los nietos tontos pueden sentirse historiadores.

  Todos los enemigos de Rosas dicen que Los mazorqueros llevaban unas canastas muy grandes llenas de cabezas de unitarios y que gritaban: “¡Sandías frescas! ¡Sandías frescas!”. Pero, cuando alguno les pregunta: “¿De dónde ha sacado usted eso?”, ellos contestan: “Hombre, ¡yo mismo se lo he oído contar a mi abuela!”. Ninguno dice: “Se lo he oído contar a mi abuelo”. Esto quiere decir que las viejas son mucho más metidas y mentirosas que los viejos. Cuando Rosas tenía doce o trece años, oyó decir que los ingleses habían desembarcado cerca de Buenos Aires. Entonces habló con su padre y le dijo: “Yo le pido su permiso y su bendición para ir a meter fierro a esos herejes”. Y el padre le dijo que sí y se lo mandó a Santiago de Liniers que decía más o menos esto: “Mi querido amigo, le confío a este mozo para que pelee bajo sus órdenes. Tiene muchas ganas de demostrar que es un hombre. Devuélvamelo vivo si puede y si no devuélvamelo muerto, pero que sea con honor”. Después que los ingleses salieron disparando, Rosas se volvió al campo y se quedó allí, sin meterse en las cosas de la Revolución, porque no quería saber nada con los abogaditos liberales.

  Pero un día vio que la patria se venía abajo y entonces pensó: “Hace falta tomar el gobierno y ponerse a mandar”. Y se vino a Buenos Aires y les dijo a los porteños: “Aquí mando yo”. Y empezó a arreglar las cosas y cuando alguno lo fastidiaba mucho le hacía pegar cuatro tiros para que no fuera zonzo y no diera mal ejemplo. Al principio los liberales se contentaban con irse a Montevideo o con escribir versos muy pavos. Pero, como pasa siempre, cuando vieron que Rosas era muy condescendiente y educado, les dio por tomar alas y por hablar con los franceses y con traicionar a la patria. Entonces Rosas se enojó mucho y dijo: “Grandísimos hijos de una gran perra, los he aguantado todo lo que he podido, pero esto se acabó. Ustedes son unos traidores y yo les voy a enseñar a ser gente”. Y se puso a matar cipayo a gusto.

  Así salvó a la patria este general que no les tenía miedo a los hombres ni a las habladurías de las viejas. Así pudo hacer frente a Francia y a Inglaterra juntas, que le declararon la guerra, y pudo hacerles pedir perdón y hacerles prometer que no volverán a molestarnos. Después de eso parecía que todo iba a salir bien para nosotros; pero, al poco tiempo los masones y los extranjeros consiguieron voltear a Rosas, y, tratado va y gerente viene, los ingleses nos trajeron unos trencitos y nos dejaron con una mano atrás y otra adelante.


  Juan Manuel de Rosas no tiene una estatua en el país, donde a cualquier personajito sin importancia le hacen una. Pero, no hay que perder por eso las esperanzas. Llegará el día que a Rosas le hagamos la estatua que se merece, con el hierro -por ejemplo- de un tranvía inglés casualmente incendiado por un grupo de niños que se pusieron a jugar con fósforos.

  



Ignacio Anzoátegui: “Pequeña historia Argentina para uso de los niños” Ed. Regnum.2000 Paraguay

Publicado originalmente en Abril de 1943





Nacionalismo Católico San Juan Bautista


martes, 10 de octubre de 2017

Felipe II - Ignacio Azoátegui


“Pequeña historia Argentina para uso de los niños”



     Todo niño inteligente que oye a alguno hablar mal de Felipe II, debe decirle enseguida: "Usted es un imbécil y un tonto y un idiota y un estúpido, y no le digo más porque en mi casa no me dejan decir malas palabras"*. Porque la gente que habla mal de Felipe II no merece que se la respete. Hay algunos que lo hacen sin pensarlo: a éstos basta con insultarlos un poco. Hay otros que lo hacen pensándolo, porque odian a la monarquía y al orden y a la decencia: a éstos hay que hacerles caca y después tocar el timbre para que salgan a ver quién es y la pisen. Esta es una vieja costumbre de los niños porteños, que desgraciadamente va desapareciendo.


     Ahora es más necesaria que nunca, porque ahora hay mucha gente que necesita que le ensucien el zaguán. De esa manera los niños argentinos contribuirán a mejorar la moral pública. Seguramente llegará un día en que aparecerá en los diarios una noticia como ésta: "La casa del diputado Rabinovsky fue objeto ayer de un atentado. Se busca al niño autor del hecho". Y al día siguiente ésta otra noticia: "En el Departamento Central de Policía se realizó un homenaje al niño Rudecindo Ibarra, que resultó ser el autor del atentado cometido contra el zaguán de la casa del diputado Elías Ravinovsky. Concurrieron al acto el Presidente de la Nación, el de la Suprema Corte de Justicia y numerosas personalidades, que felicitaron efusivamente al homenajeado. La directora de la escuela pronunció un discurso patriótico, recitando a continuación uno de los compañeros del niño el Canto a la Bandera".

     Es necesario que los niños tengan buenos ejemplos y que sean felicitados cuando hacen una cosa bien hecha. Pero, para que hagan bien las cosas es necesario que comprendan lo que es la patria y que sepan que hay que defenderla siempre y que hay que sacrificarse por ella, como se sacrificó y la defendió Felipe II.

     Felipe II era un rey muy bueno y muy justo que perseguía a todos los que se sentían diputados. Cuando alguno se portaba mal, lo hacía poner preso y no lo soltaba hasta que no le prometía que se iba a portar bien. Y si se portaba demasiado mal, lo hacía matar, sencillamente. Porque un rey no debe andarse con vueltas. Para algo Dios lo hace rey: para que castigue a los malos y para que premie a los buenos. EN los tiempos de Felipe II no había parlamento, de manera que para dar una pensión a la viuda de un héroe no se precisaba buscar influencia de políticos y tampoco bastaban las influencias para dar una pensión a la viuda de un político cualquiera. El Rey hacía lo que mejor le parecía y siempre lo hacía bien.

     Si Felipe II hubiera sido un rey tonto, seguramente sería hora muy admirado por todos los tontos y además sería muy explotado por todos los sinvergüenzas. Quizás hasta lo utilizarían los socialistas.


     Pero Felipe II era muy inteligente. A él no le importaba nada de lo que los demás opinara: le importaba lo que pensaba Dios de él. Por eso se dedicó a matar protestantes, porque los protestantes eran entonces los enemigos de Dios. Ahora los protestantes no son enemigos de nadie; tratan de buscarse amigos por todas partes, porque se sienten solos con su estupidez y con la estupidez de los pocos hombres que creen todavía en el libre examen y piden elecciones libres.



Ignacio Anzoátegui: “Pequeña historia Argentina para uso de los niños” Ed. Regnum.2000 Paraguay

Publicado originalmente en Abril de 1942

Agradecemos la colaboración de Elliot Correa

 *


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martes, 26 de septiembre de 2017

Los Reyes Católicos – Ignacio Azoátegui


  “Pequeña historia Argentina para uso de los niños”



 
  Se llamaban Isabel y Fernando.

  Durante su reinado tuvieron que luchar contra los moros, y por fin los echaron de España.

  También echaron a los judíos, pero no tuvieron que pelear contra ellos, porque los judíos no pelean nunca: prefieren esperar a ver quién gana, para luego ofrecer sus servicios al vencedor y de paso quedarse con la mayor parte de sus ganancias.

  Los judíos suelen engañar a los tontos, y como los Reyes católicos no eran tontos no se dejaron engañar por ellos. Un día los llamaron y les dijeron: “Ustedes son unos sinvergüenzas que mataron a Nuestro Señor Jesucristo, y nosotros adoramos a Jesucristo crucificado. Si ustedes confiesan y reconocen que Jesucristo es Dios, pueden quedarse con nosotros; si no, váyanse pronto de España, antes de que los matemos”. Algunos se convirtieron sinceramente a nuestra religión y se hicieron buenos cristianos, otros se fueron a recorrer Europa buscando un lugar donde los dejaran quedarse porque querían seguir siendo judíos y otros trataron de engañar a los cristianos diciéndoles que se habían convertido al Cristianismo. Pero los cristianos desconfiaban siempre de los judíos, y entonces los Reyes mandaron averiguar por todo el Reino cuáles eran los que no se habían convertido de veras. Para eso fundaron el Tribunal de la Santa Inquisición, que llamaba a los judíos sospechosos y después de interrogarlos con mucha paciencia decía: “Éste se ha hecho cristiano” o “Éste sigue siendo judío”. Y los Reyes echaron de España a los que no se habían convertido de veras o los condenaban a muerte si habían cometido algún crimen. Por eso todos debemos alabar a los Reyes Católicos.

  También debemos alabarlos porque ayudaron a Cristóbal Colón y porque mandaron a América muchos soldados y misioneros para que ganaran estas tierras y les enseñaran a los indios a rezar y a trabajar. Nosotros somos los descendientes de aquellos soldados españoles y gracias a ellos estamos orgullosos de nuestra patria.

  Cuando vinieron los españoles no había en América ni protestantes ni liberales. Los protestantes son unos hombres completamente tontos que toman mucho té y se parecen un poco a los pobres moros y otro poco a los judíos sinvergüenzas, porque no creen en la Virgen María. Para hacerlos rabiar hay que decirles esta copla:

“Sepa el moro y el judío
Y el inglés que anda en la mar
Que María es concebida
Sin pecado original.”

  Los liberales son todavía más tontos. Ellos no creen en Dios ni en la Virgen María. Ser liberal es una cosa muy fea. Cuando un niño se enoja con otro no debe decirle: "Eres un liberal", porque los niños no deben decir malas palabras. Desgraciadamente quedan todavía en América muchos liberales. Es una lástima que los Reyes Católicos hayan muerto.



Ignacio Anzoátegui: “Pequeña historia Argentina para uso de los niños” Ed. Regnum.2000 Paraguay

Publicado originalmente en Noviembre de 1941



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