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sábado, 14 de marzo de 2026

Homenaje a Juan Manuel de Rosas - Por Antonio Caponnetto

1877 -14 de marzo- 2026

Ante un nuevo aniversario de la muerte de

Don Juan Manuel de Rosas

 

Le venía por herencia

porte de Conquistadores,

y en estirpe de señores

fue labrando su conciencia.

Cuando forjó su querencia

entre el sudor y el desvelo

era su norte y su anhelo

restituirle a la patria

su perfil de aristrocracia

y su nostalgia de Cielo.

 

Como los moros al Cid

los indios lo respetaron,

Los Colorados marcharon

tras su coraje a la lid.

Porque él era el adalid

pa’acabar con los agravios

de logistas unitarios

y de herejes invasores

con puños restauradores

y un Padre Nuestro en los labios.


Patriota como el que más,

custodiaba la frontera,

saludaban la bandera

cañones de extranjería.

Y era tal la varonía

que en la Vuelta de Obligado,

todo maula coaligado

salía ni bien d’entraba

si el gauchaje enarbolaba

tacuaras al descampado.


No pudo la historia ruin

menoscabar su estatura,

y si acaso alguno apura

ha de pensar cuál fue el fin,

del sable de San Martín

que en gesta tan altanera

coronó de esta manera

que no conoce rival

a la estrella federal

y a la lanza mazorquera.


Los hombres que hoy tienen mando

no saben nada del pago,

viven haciendo un estrago

y a todo bien traicionando.

Juan Manuel, por lo que has sido

-y es promesa y juramento-:

¡ha de llegar el momento

en que tu Mazorca briosa,

les cante “La resfalosa”

con Cuitiño renacido!




Antonio Caponnetto




sábado, 20 de noviembre de 2021

Desagravio a la Vuelta de Obligado - Antonio Caponnetto

 

 

Un <canciller> salvajemente ignorante, fruto opimo de una raza de corruptos: Santiago Cafiero, desconoce la fecha de la honrosa batalla. Lo corrige el más crápula de los fernández con patente de corso y diploma de imbécil, y el <canciller> vuelve a confundirse y ríe estúpidamente ante su propia salvajada.

 

Una mujeruca abortera y a favor de la contranatura, Estela Díaz, a cargo del autodenominado Ministerio de las Mujeres, Políticas de Género y Diversidad, en el gheto de Kicillof, exalta el papel de las mujeres en aquella gesta, acusando al patriarcado historiográfico de haberlas silenciado. Como si los nombres de esas ilustres matronas fueran un reciente hallazgo arqueológico y no una presencia ya registrada en los mejores historiadores que supo tener la patria.

 

 Y el postre de esta comilona putrefacta y maloliente: un <presidente> que pretende analogar su inventado e insostenible triunfo ético en las últimas elecciones con la victoria moral de la perpetua hazaña de Obligado. Confundiendo a mansalva la inexorable e inicua ley numérica del sufragio universal – quien  gana es el dueño de la mitad más uno, a secas- con la ley de la guerra justa, en virtud de la cual, como sucedió el 20 de noviembre de 1845, el vencedor puede serlo cualitativamente.

 

Porque en esa Ley del Buen Combate, el éxito de las cifras no legitima necesariamente el triunfo. Todo lo contrario de lo que sucede al amparo de la leguleyería democrática, según la cual no hay otra victoria que la que determinan fatal y fríamente  los dígitos computados. La retórica hiperbólica que ha querido instalar nuestro primer pelele, no se aplica a la contabilidad de las urnas escrutadas. Un papelito más, ganan; uno menos, pierden. Así de simple y de perverso. 


          Varias veces nuestros amables, queridos y pacientes lectores se nos quejan diciéndonos que para entender algún fragmento o palabra de lo que escribimos tienen que acudir a algún diccionario. Creo que esta vez no tendrán problemas de inteligibilidad. Estos peronistas que gobiernan, diciendo y haciendo roñas –con la historia y con todo lo demás- y estos liberales que fungen de oposición, empezando por los sedicentes derechoides de todo pelaje, son todos unos hijos de puta. No sé si me explico.


 La gloriosa y memorable fecha del 20 de Noviembre, no les pertenece a quienes oficialmente la festejan. Tampoco al partido que representan, ni a los agentes regiminosos que alrededor de ese partido medran y lucran corruptamente. Rosas no admite comparación con sus ídolos populistas, ni cuadra su presencia en ninguna “galería de próceres latinoamericanos”, a más de uno de los cuales hubiera lanceado a campo traviesa. Las celebraciones gubernamentales son ultraje y mentira.  El Rosas que reivindican no existió. El Rosas que existió los habría fusilado o pasado a degüello.


 Nada de esto ya importa. Vencedor del tiempo y del espacio —como los héroes genuinos— los argentinos cabales rinden tributo a su memoria, a quienes cayeron en la Vuelta de Obligado, y a quienes —cuando hacerlo supuso riesgos fieros— reivindicaron, en soledad y contracorriente, la verdadera talla del Ilustre Restaurador de las Leyes. Quieran hacer justicia los versos que enhebramos:

 

Ni cuzcos ladradores ni doctores me traigan,

ni tibios lomos negros de chiripá o levita,

que no vengan logistas a hollar estas barrancas,

donde el duelo y la sangre supieron darse cita.

 

Auséntense los torvos, cismáticos o flojos,

espadas sin cabeza, sin blasón ni coraje,

esta Vuelta del río reclama en sus orillas

la vieja aristocracia del sufrido gauchaje.

 

Ninguna voz rendida se escuche en el remanso

del Paraná poblado de recuerdos fecundos,

ninguno se presente de los que han hocicado,

una vez y por siempre los he llamado inmundos.

 

Que no lleguen tampoco los que enturbiaron nombres

de patriadas antiguas galopando en montón,

ni los profanadores de la historia se acerquen,

sólo quiero a los fieles de la Federación.

 

¡Encadene el oleaje, mi General Mansilla,

atenace torrentes, eslabone los vientos,

que silven los boyeros, y en las cañas tacuaras

flameen los pendones amarrados con tientos!

 

¡Usted, Coronel Thorne, desenvaine cañones,

camarada Quiroga: honre al padre que hereda,

Capitán Tomás Craig, ancle el buque al pellejo

y usted, Ramón Rodríguez, con su furia proceda!

 

Si la tierra trepida sabrán los extranjeros,

que las almas batallan con leal veteranía

invisible y perenne como un yelmo de plata

como ajorca que enlaza la fiel soberanía.

 

Comandante Barreda, Artillero Palacios,

alumbren las estrellas de este patrio noviembre,

y en el último ataque que cada puño sea

la semilla que labre, que coseche y que siembre.

 

Nada importa esta tarde que la proa invasora

nos aventaje en fuego de metrallas filosas,

mis mazorqueros tienen bayonetas caladas

y me sigo llamando Don Juan Manuel de Rosas.

 

Resistí a los falsarios, la conjura de escribas,

en mil páginas negras que fraguó belcebú,

venceré a los que intenten torcer mi empuñadura,

yo soy el heredero del sable de Maipú.

Mañana cuando lleguen las horas más aciagas,

aunque ni un ceibo quede en mi pampa plantado,

Señor, se alce una boca para gritar de nuevo:

No han de pasar por esta Vuelta de Obligado.

 


Antonio Caponnetto

 

 

 

 

miércoles, 20 de noviembre de 2019

La Vuelta de Obligado - Antonio Caponnetto




La Vuelta de Obligado


Por Antonio Caponnetto


Ni cuzcos ladradores ni doctores me traigan,
ni tibios lomos negros de chiripá o levita,
que no vengan logistas a hollar estas barrancas,
donde el duelo y la sangre supieron darse cita.

Auséntense los torvos, cismáticos o flojos,
espadas sin cabeza, sin blasón ni coraje,
esta Vuelta del río reclama en sus orillas
la vieja aristocracia del sufrido gauchaje.

Ninguna voz rendida se escuche en el remanso
del Paraná poblado de recuerdos fecundos,
ninguno se presente de los que han hocicado,
una vez y por siempre los he llamado inmundos.

Que no lleguen tampoco los que enturbiaron nombres
de patriadas antiguas galopando en montón,
ni los profanadores de la historia se acerquen,
sólo quiero a los fieles de la Federación.

¡Encadene el oleaje, mi General Mansilla,
atenace torrentes, eslabone los vientos,
que silven los boyeros, y en las cañas tacuaras
flameen los pendones amarrados con tientos!

¡Usted, Coronel Thorne, desenvaine cañones,
camarada Quiroga: honre al padre que hereda,
Capitán Tomás Craig, ancle el buque al pellejo
y usted, Ramón Rodríguez, con su furia proceda!

Si la tierra trepida sabrán los extranjeros,
que las almas batallan con leal veteranía
invisible y perenne como un yelmo de plata
como ajorca que enlaza la fiel soberanía.

Comandante Barreda, Artillero Palacios,
alumbren las estrellas de este patrio noviembre,
y en el último ataque que cada puño sea
la semilla que labre, que coseche y que siembre.

Nada importa esta tarde que la proa invasora
nos aventaje en fuego de metrallas filosas,
mis mazorqueros tienen bayonetas caladas
y me sigo llamando Don Juan Manuel de Rosas.

Resistí a los falsarios, la conjura de escribas,
en mil páginas negras que fraguó belcebú,
venceré a los que intenten torcer mi empuñadura,
yo soy el heredero del sable de Maipú.

Mañana cuando lleguen las horas más aciagas,
aunque ni un ceibo quede en mi pampa plantado,
Señor, se alce una boca para gritar de nuevo:
No han de pasar por esta Vuelta de Obligado.



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lunes, 4 de junio de 2018

Brig. Gral. J.M. de Rosas - Gonzalo V. Montoro Gil (Libro para descargar)



Brig. Gral. Juan Mauel de Rosas:
Aspectos poco conocidos de su vida y su familia
Gonzalo V. Montoro Gil - Mayo 2018

 Rosas y el escudo de armas de los Ortiz de Rozas



Extracto del prólogo a cargo del Dr. Antonio Caponnetto


     El autor de este libro tan peculiar, cuenta con varias ventajas para haberlo escrito. El primero de ellos es la fiel familiaridad con Don Juan Manuel de Rosas.

     Rosas está en la sangre de Gonzalo V. Montoro Gil; pero además está en su espíritu. Porque aprendió a descubrir, a rescatar y a asumir como herencia lo mejor del personaje y de su obra.

     Este desciframiento de la identidad verdadera del hombre investigado, se nos hace hoy de una singular importancia, en medio de tantísimas falsificaciones perpetradas a diestra y a siniestra. Rescatar al arquetipo de la masa es misión de señores.

     El segundo don, consecuencia en parte del precedente, es que su condición de hijo de chozno de Don Juan Manuel, le ha permitido moverse con soltura en un universo casi siempre vedado al común de los historiadores: ciertos documentos de primerísima mano y un frondoso cuanto sugestivo anecdotario doméstico.

     El tercer don es casi una paradoja. El autor no pertenece –para su gloria- a los autoproclamados profesionales de la historiografía, ni tampoco a esa camada deshonrosa de neo-revisionistas, que tomaron por asalto el rosismo para ponerlo al servicio de las peores causas partidocráticas e ideológicas. Se mueve sin “oficio”, pero con la intuición de un narrador y la lógica de un hombre engalanado por el sentido común. Ojalá los infatuados profesionales  que medran de los cargos académicos oficiales y oficiosos, tuvieran o recuperaran este decantado olfato hacia el pretérito que esplende aquí con absoluta naturalidad.
  
     Junto a la equidad, Gonzalo V. Montoro Gil, nos regala el recuerdo de una frase de Chesterton, que retrata su propia conducta ante el pasado y también ante el presente o el porvenir que Dios nos depare. Dice el inmenso inglés: “El verdadero soldado no lucha porque odie lo que hay frente a él sino por amor a lo que tiene detrás”. Si algo se necesitaba para inteligir en plenitud nuestro nacionalismo, he aquí la cifra.


Antonio Caponnetto


Enlace de descarga:



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viernes, 1 de diciembre de 2017

Juan Manuel de Rosas – Ignacio Anzoátegui


“Pequeña historia Argentina para uso de los niños”

 Cuando los hombres llegan a viejos suelen dedicarse a ser viejos rezongones o a ser viejos reblandecidos o a ser viejos fumadores o a ser viejos comodones o a ser viejos patricios. Cuando las mujeres llegan a viejas se dedican generalmente a ser viejas charlatanas.

  La historia de Rosas ha sido escrita por los nietos tontos de las viejas charlatanas. Aparentemente una vieja charlatana es un trasto viejo; pero los trastos viejos pueden tener nietos tontos y los nietos tontos pueden sentirse historiadores.

  Todos los enemigos de Rosas dicen que Los mazorqueros llevaban unas canastas muy grandes llenas de cabezas de unitarios y que gritaban: “¡Sandías frescas! ¡Sandías frescas!”. Pero, cuando alguno les pregunta: “¿De dónde ha sacado usted eso?”, ellos contestan: “Hombre, ¡yo mismo se lo he oído contar a mi abuela!”. Ninguno dice: “Se lo he oído contar a mi abuelo”. Esto quiere decir que las viejas son mucho más metidas y mentirosas que los viejos. Cuando Rosas tenía doce o trece años, oyó decir que los ingleses habían desembarcado cerca de Buenos Aires. Entonces habló con su padre y le dijo: “Yo le pido su permiso y su bendición para ir a meter fierro a esos herejes”. Y el padre le dijo que sí y se lo mandó a Santiago de Liniers que decía más o menos esto: “Mi querido amigo, le confío a este mozo para que pelee bajo sus órdenes. Tiene muchas ganas de demostrar que es un hombre. Devuélvamelo vivo si puede y si no devuélvamelo muerto, pero que sea con honor”. Después que los ingleses salieron disparando, Rosas se volvió al campo y se quedó allí, sin meterse en las cosas de la Revolución, porque no quería saber nada con los abogaditos liberales.

  Pero un día vio que la patria se venía abajo y entonces pensó: “Hace falta tomar el gobierno y ponerse a mandar”. Y se vino a Buenos Aires y les dijo a los porteños: “Aquí mando yo”. Y empezó a arreglar las cosas y cuando alguno lo fastidiaba mucho le hacía pegar cuatro tiros para que no fuera zonzo y no diera mal ejemplo. Al principio los liberales se contentaban con irse a Montevideo o con escribir versos muy pavos. Pero, como pasa siempre, cuando vieron que Rosas era muy condescendiente y educado, les dio por tomar alas y por hablar con los franceses y con traicionar a la patria. Entonces Rosas se enojó mucho y dijo: “Grandísimos hijos de una gran perra, los he aguantado todo lo que he podido, pero esto se acabó. Ustedes son unos traidores y yo les voy a enseñar a ser gente”. Y se puso a matar cipayo a gusto.

  Así salvó a la patria este general que no les tenía miedo a los hombres ni a las habladurías de las viejas. Así pudo hacer frente a Francia y a Inglaterra juntas, que le declararon la guerra, y pudo hacerles pedir perdón y hacerles prometer que no volverán a molestarnos. Después de eso parecía que todo iba a salir bien para nosotros; pero, al poco tiempo los masones y los extranjeros consiguieron voltear a Rosas, y, tratado va y gerente viene, los ingleses nos trajeron unos trencitos y nos dejaron con una mano atrás y otra adelante.


  Juan Manuel de Rosas no tiene una estatua en el país, donde a cualquier personajito sin importancia le hacen una. Pero, no hay que perder por eso las esperanzas. Llegará el día que a Rosas le hagamos la estatua que se merece, con el hierro -por ejemplo- de un tranvía inglés casualmente incendiado por un grupo de niños que se pusieron a jugar con fósforos.

  



Ignacio Anzoátegui: “Pequeña historia Argentina para uso de los niños” Ed. Regnum.2000 Paraguay

Publicado originalmente en Abril de 1943





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