San Juan Bautista

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viernes, 4 de mayo de 2018

Devonshire, pueblo mártir de la Misa – José F. Urbina Aznar





     Nuestro pensamiento vuela a Devonshire cuyos habitantes fueron masacrados en las formas más espantosas por extranjeros alemanes de religión luterana, traídos para el caso por Cranmer. Niños, mujeres, ancianos, hombres del campo, perecieron en formas indescriptibles. Y al mismo tiempo que por toda la ciudad se levantaba un vaho de silencio y de muerte, el “arzobispo” Cranmer celebraba la victoria  con un banquete ofrecido a las autoridades civiles y militares, en la ciudad de Londres…


     La desvergüenza de aquel pueblo, diría Cranmer, había llegado a su máxima expresión al rebelarse contra el gobierno establecido y exigirle que el latín fuera impuesto nuevamente en la celebración del Sacrificio de la Misa.


     Cranmer aseguraba que “el poder de la gran prostituta, esto es, la pestífera Sede de Roma, descansa en la doctrina papal de la transubstanciación, de la Presencia Real de la carne y sangre de Cristo, en el sacramento del altar, y en el Sacrificio de la Misa”. Por ese motivo inició el tirano una labor para destruir el poder de Roma, empleando tres medios principales: el uso de la lengua vernácula, la sustitución del alar por una mesa y el cambio de las fórmulas del Canon de la Misa.


     Decía Cranmer: “La forma de una mesa es el uso correcto de la Cena del Señor, porque el uso de un altar, es hacer un sacrificio de lo que sólo es una cena; mientras que la mesa, es para el uso del pueblo, para que coman de ella”. “Nadie puede negar, pues, que lo más apropiado es una mesa para la cena, que un altar que da idea de sacrificio”.


     Se demolieron los altares, se quemaron los libros en latín, que según los más serios historiadores, hasta medio millón en población de tres millones, se implantó el vernáculo en los oficios, se adoptó la mesa protestante cara al pueblo, y se ordenó que el pan para la celebración de la cena, fuera del uso común. Se prohibió la comunión de rodillas porque Cranmer decía: “…era reconocer la presencia real de Cristo como predicaba el Papa, desde su pestífera Sede, en algo que ciertamente no la había”.


     Los habitantes de Devonshire levantaron una protesta. Pedían la restauración de la antigua Misa, pedían que el Santísimo Sacramento fuera puesto en el centro de los templos. Todo el pueblo levantó sus voces contra el tirano demoledor de la fe. “No aceptaremos, decían, los nuevos ritos, porque son profanos, porque son como juego navideño, sino que tendremos nuestros antiguos ritos, los Maitines, las Vísperas, las procesiones, las letanías de Nuestra Señora, y todo eso en latín, y haremos que cada predicador en su sermón y cada sacerdote en su Misa, pidan nominalmente por las almas del Purgatorio como hicieron nuestros antepasados. Queremos que se distribuya la ceniza y las palmas, el agua bendita y las bendiciones”.


     Salieron los poderosos ejércitos para controlar la insurrección. Un nutrido número de hombres saliendo de la ciudad con paso firme y armados con instrumentos de labranza hacia donde estaba la columna asesina… ahí quedaron, traspasados por las armas enemigas. Luego la población fue masacrada. Nadie escapó. Muchos mercenarios luego de ver el horror de todo aquello, corrían al Nuncio para que los absolviera de lo que habían hecho y les diera penitencia.



Revista Roma Nº32 Verano 1973/74. Págs. 28-29.




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lunes, 26 de septiembre de 2016

La Fe, más importante que los templos - San Atanasio



     Que Dios os consuele. He sabido que no sólo os entristece mi exilio, sino sobre todo el hecho de que los otros, es decir los arrianos, se han apoderado de los templos por la violencia y entre tanto vosotros habéis sido expulsados de esos lugares. Ellos entonces poseen los templos, vosotros en cambio la tradición de la Fe apostólica. Ellos, consolidados en esos lugares, están en realidad al margen de la verdadera Fe, en cambio vosotros, que estáis excluidos de los templos, permanecéis dentro de esa Fe. Confrontemos pues qué cosa sea más importante, el templo o la Fe, y resultará evidente desde luego, que es más importante la verdadera Fe. Por tanto, ¿quién ha perdido más o quién posee más, el que retiene un lugar, o el que retiene la Fe? El lugar ciertamente es bueno, supuesto que allí se predique la Fe de los Apóstoles, es santo, si allí habita el Santo. Vosotros sois los dichosos que por la Fe permanecéis dentro de la Iglesia, descansáis en los fundamentos de la Fe, y gozáis de la totalidad de la Fe, que permanece inconfusa. Por tradición apostólica ha llegado hasta vosotros, y muy frecuentemente un odio nefasto ha querido desplazarla, pero no ha podido; al contrario, esos mismos contenidos de la Fe, que ellos han querido desplazar, los han destruido a ellos. Es esto en efecto lo que significa afirmar: “Tú eres el Hijo de Dios vivo”. Por tanto, nadie prevalecerá jamás contra vuestra Fe, mis queridos hermanos, y si en algún momento Dios os devolviere los templos, será menester el mismo convencimiento: que la Fe es más importante que los templos.

     Y precisamente una Fe tan viva suple para vosotros por ahora la devolución de los templos. No es que yo hable sin respaldo de la Escritura, por el contrario, os digo con énfasis que os conviene confrontar sus testimonios. Recordad precisamente que el templo era Jerusalén, y que el templo no estaba en el desierto cuando los enemigos lo invadieron. Los invasores venidos de Babilonia habían irrumpido como juicio de Dios, que probaba o que corregía y que, precisamente por medio de estos enemigos ávidos de sangre, imponía castigo a los que lo ignoraban. Los extranjeros, pues, se posesionaron del lugar, pero éstos, en lugar, negaban a Dios. Justamente porque no sólo no tenían respuestas adecuadas, no las proferían, sino que estaban excluidos de la verdad.

     Por tanto ahora también, ¿de qué les sirve los templos? Sí, efectivamente los tienen, pero eso a los ojos de quienes se mantienen fieles a Dios indica que son culpables, porque han hecho cueva de ladrones y casas de negocios, o sitios de disputas vanas lo que antes era un lugar santo, de modo que ahora les pertenece a quienes antes no les era lícito entrar. Muy queridos, por haberlo oído de quienes han llegado hasta aquí, se todo y muchas cosas peores; pero, repito, cuanto mayor es el empeño de éstos por dominar la Iglesia, tanto más están afuera de Ella. Creen estar dentro de la verdad, aunque en realidad están excluidos de ella, prisioneros de otra cosa, mientras la Iglesia, desolada, sufre la devastación de estos supuestos benefactores.


San Atanasio El Grande
Padre y Doctor Mayor de la Iglesia


Patrología Griega, tomo 26, col. 118/90.

Revista Roma – Nº 109. Año XXIII. Abril 1989. Págs. 30-31.



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viernes, 26 de junio de 2015

Los escrúpulos de eclesíasticos y seglares (1978) – Clara San Miguel


  De los muchísimos católicos que tienen conciencia clara de la situación actual de la Iglesia, la mayor parte adoptan una actitud totalmente ilógica: combaten errores vigentes, atribuyéndoselos vagamente a “ciertas corrientes que hoy circulan (!) dentro de la Iglesia”, y siempre pueden utilizar citas de Pablo VI y del Concilio Vaticano II, cuidadosamente elegidas para que aparezcan conformes a la doctrina tradicional.

  Su labor quizá resulte útil cuando se dirijan a personas que por otros medios hayan adquirido un conocimiento de ls situación real y sepan, por consiguiente, donde encajar las alusiones que escuchan o leen.

 Pero cuando se dirigen al pueblo cristiano en general hacen más daño que bien, puesto que omiten advertir que a esas mismas autoridades que ellos citan recurren constantemente la mayoría de los miembros de la jerarquía eclesiástica en defensa de las doctrinas progresistas.

 Lo que el común de los fieles saca en limpio – o en turbio – de esos razonamientos timorato-tradicionalistas es que en la Iglesia todo da lo mismo y cada cual habla a su modo, o bien que las diferencias que a ellos les parece notar proceden de su propia falta de conocimientos. El resultado es ese cacao impresionante que hoy embaraza el cerebro de la mayor parte de los católicos. ¿Sacramento indisoluble? ¡Divorcio? ¡Socialismos intrínsecamente perversos? ¡Cristianos para el socialismo? A gusto de cada cual, como ir afeitando o llevar barba. Lo cual implica, por supuesto, una negación implícita más o menos inconsciente, de la existencia de una realidad objetiva y permanente.

  ¿Cómo pueden unas personas bien intencionadas colaborar así al mismo mal que quieren atajar?

  Si se trata de eclesiásticos, es obvio que estas citas y esta ambigüedad les son exigidas por sus superiores como condición para tolerarles la audacia de seguir predicando la doctrina de Pedro y de los Apóstoles.

  Pero cuando se trata de seglares – y probablemente también de muchos eclesiásticos – la solución del enigma está en los escrúpulos. Hablan así – en esta forma fragmentaria y evasiva, compuesta principalmente de omisiones – porque tienen miedo de pecar.

  Y aquí es donde reside la incoherencia: supone que exponiendo la realidad en toda su crudeza se ofende a la Iglesia, ¿no equivale a hacerla responsable de las herejías e inmoralidades del progresismo? ¿Y no es esa la peor ofensa que puede hacerle?

  La madre amorosa y prudente que con tanta energía nos previno siempre contra el demonio, la carne y el mundo, ¿puede ser la misma que ahora, con un guiño cómplice, nos dice que hay que aprender del mundo y rendirse a la carne y que el demonio no es más que una broma que ya ni siquiera hace reír?

  La depositaria de la verdad, que nos dijo: “Si Cristo no ha resucitado, vana es nuestra fe” ¿Puede ser la misma que ahora consiente que en su seno se ponga en duda la resurrección de Cristo?

  La maestra infalible que condenó a Lutero y al comunismo, ¿puede ser la misma que ahora prefiere Lutero a San Pio V y Marx a Santo Tomás de Aquino?

  ¡Ciertamente que no! Dudarlo sí que sería un grave pecado contra la fe. Es evidente de toda evidencia que la Iglesia está prisionera y ha sido suplantada. ¿Cómo podemos tolerarlo sin intentar a todo riesgo libertarla? A todo riesgo.

  También los tiempos, como las personas, tienen su vocación. Y el nuestro no es tiempo de incubar escrúpulos y musitar distingos. Es tiempo de lanzarse a la calle con gritos de ira, de dolor y de alarma.

  Y cuando los escrúpulos quieran paralizarnos recurramos a nuestro amor a Dios, a la Iglesia y a nuestros prójimos y procuremos olvidarnos de nosotros mismos. Pensemos que el amor total no conoce los escrúpulos: los tiene una madrastra buena en el trato con su hijastro, pero nunca una madre en el trato con su hijo.

  Y pensemos también – pensemos cada noche antes de acostarnos – en el criado del evangelio que escondió la moneda de su señor por miedo a la responsabilidad: es el espejo supremo del escrupuloso.


Revista “ROMA” – Año XII – N°54. Buenos Aires, Septiembre 1978. Págs.37-38.

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