Se
llamaba Antonio Torino, fraile mercedario oriundo de La Rioja.
Era
hijo del Capitán Don Gaspar Torino Ocampo, artífice material del primer templo
de los Padres Mercedarios levantado en tierra riojana, a partir del año 1617.
De ese templo salieron nutridas vocaciones de misioneros, entre las cuales
estuvo la del propio Fray Antonio.
Sus
superiores le encomendaron la evangelización de los indios Atiles, tristemente
famosos por sus borracheras e idolatrías, y por los actos de extrema crueldad
que eran capaces de ejecutar.
Fray
Antonio Torino confió en Dios y se lanzó nomás hacia Los Llanos, con su misal,
su rosario y su Cruz de madera. Buscando la redención de aquellas almas que le
fueron confiadas.
Los
conquistadores españoles le habían advertido que su vida corría serios peligros
entre esa gente. Pero el cura les predicaba la Verdad, oportuna e
inoportunamente, a la par que procuraba hacerlos desistir de sus vicios, dando
ejemplo él mismo de innúmeros actos de piedad, de devoción y de servicio.
Un
día, a comienzos de la tercera década del mil seiscientos, en medio de las
terribles guerras calchaquíes, los Atiles quisieron obligar a Fray Antonio a
presidir una de sus habituales orgías. Se negó con santa ira, quebrando con un
palo las enormes tinajas de chicha con la que se embriagaban y cometían sus
desmanes después.
Los
indios se arrojaron sobre él, lo desnudaron de su hábito misionero, lo colgaron
de un algarrobo (venerado hasta el siglo XVIII) y lo descuartizaron vivo,
juntando en la sotana del mártir su propia sangre que usaron después para sus
diabólicas supersticiones.
Murió
perdonando a sus asesinos y pidiendo su conversión.
El
Capitán Gregorio de Luna y Cárdenas, se juramentó ante sus soldados para que el
martirio y la gloria de Fray Antonio Torino no quedaran en el olvido.
Cativas
y Asimín, los principales verdugos, huyendo de la justicia humana, fueron
alcanzados por la justicia divina, siendo abatidos ambos por un rayo en medio
de la fuga.
Fray
Antonio Torino, primer y genuino mártir riojano, verdadero santo misionero,
apóstol entre los más necesitados, servidor de pecadores y testigo de la Fe
Católica: ruega por nosotros.
Fray
Antonio Torino, fiel a Cristo, a la Iglesia, a la España Misionera y la
argentina tierra riojana que te dio la vida, intercede ante el Dios de los
Ejércitos para que castigue ejemplarmente a los nuevos Cativas y Asimín -hoy
sentados perjuramente en la Sede Romana- disipando las mentiras, los fraudes, las
estafas y las ignominias del falso martirologio riojano que hoy quieren
imponernos.
Fray
Antonio Torino, nosotros, los católicos argentinos, honramos tu vida,
celebramos tu muerte santa cuanto heroica y proponemos tu figura como arquetipo
emulable y digno de veneración.
Fray
Antonio Torino: ¡Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!
El
amor al dinero es más intenso en el corazón de los ricos que en el de los
pobres…
Vivía en Turín un matrimonio con una fortuna
de varios millones: después de veinticinco años de casados no tenían hijos.
Estaban por esto muy angustiados al pensar que debían dejar su herencia a
personas extrañas a la familia. Con oraciones y peregrinaciones habían pedido
esa gracia, sin ser escuchados.
Finalmente se presentaron a Don Bosco a quién
le rogaron los bendijera, prometiendo que si tenían el hijo suspirado darían al
Oratorio y a la Iglesia, una suma respetable.
Don
Bosco, los animó a considerar la gracia como recibida y efectivamente tuvieron
un hijo robusto, sano que era una delicia. Fueron a visitar a Don Bosco, se
deshicieron en palabras de agradecimiento, pero nada hablaron de la promesa.
Don Bosco se la recordó, pero esos señores se excusaron aduciendo pretextos.
-Yo no tengo nada que ver en este asunto-
terminó diciendo Don Bosco -, pero vuestra ingratitud tendrá su recompensa.
Observen bien, que quien os dio el hijo, os lo puede quitar.
En efecto, después de algunos meses, el niño
acometido por misteriosa enfermedad, murió.
Los padres, agobiados por el dolor,
estuvieron cerca de un año sin visitar a Don Bosco; pero al fin volvieron a
verlo; confesando su culpa, le pidieron una nueva bendición y renovaron su
promesa.
Don Bosco, conmovido por sus lágrimas, les
dio algunos consejos saludables; los bendijo y les prometió que rezaría, asegurándoles
la gracia.
Tuvieron
efectivamente un segundo hijo y esta vez, ni se tomaron la molestia de ir al
Oratorio y se olvidaron de los pobres niños de Valdocco.
Don Bosco esperó más de un año y fue a
hacerles una visita. Lo recibieron un tanto confusos y cuando el Santo les dijo
que, con la Virgen no se juega, le contestaron que, los años malos, los grandes
impuestos, los gastos extraordinarios, algunas pérdidas sufridas, habían disminuido
las entradas, por lo que no podían dar nada.
Don Bosco se retiró convencido de que no
quedaría impune tan vergonzosa avaricia. He aquí que el niño se enferma. Corren
a llamar a Don Bosco que no quiso ir a aquella casa y el niño murió y la
colosal herencia pasó a quienes esos padres no hubieran querido dejarla.
San Juan Bosco: Un
Gran Pescador de Almas – Luis Terrone S.D.B. Ed. Don Bosco Bs. As.1964. Págs. 158, 159.
Cuando Isabel y Fernando subieron al poder,
la situación en Castilla era desastrosa. Un cronista de la época la describe
sin tapujos: “Cruelísimos ladrones,
homicidas, robadores, sacrílegos, adúlteros y todo género de delincuentes.
Nadie podía defender de ellos sus patrimonios, pues ni temían a Dios ni al rey;
ni tener seguras sus hijas y mujeres, porque había gran multitud de malos
hombres. Algunos de ellos, menospreciando las leyes divinas y humanas,
usurpaban todas las justicias. Otros, dados al vientre y al sueño, forzaban
notoriamente casadas, vírgenes y monjas y hacían otros excesos carnales. Otros
cruelmente asaltaban, robaban y mataban a mercaderes, caminantes y hombres que
iban a ferias. Otros que tenían mayores fuerzas y mayor locura, ocupaban
posesiones y lugares de fortalezas de la Corono real y saliendo de allí con
violencia, robaban los campos de los comarcanos; y no solamente los ganados,
mas todos lo bienes que podían haber. Asimismo cautivaban a muchas personas,
las que sus parientes rescataban, con menos dinero que si las hubiesen
cautivados los moros u otras gentes bárbaras, enemigas de nuestra fe”. El
cuadro no podía ser menos dramático.
Como se sabe, en las monarquías tradicionales
la justicia era una de las funciones propias e inalienables de los reyes. Gómez
Manrique, poeta y político del siglo XV, y uno de los hombres más escuchados
por Isabel, le recomendó a la Reina que se preocupase menos por rezar y más de
hacer justicia, porque era de ella que, al final del camino, habría de rendir
cuentas.
Isabel, juntamente con Fernando, tomó el
consejo con toda seriedad, en la convicción de que el restablecimiento del
respeto a la ley constituía una de sus principales tareas. Y lo hicieron con un
rigor que sabían justificado por la anarquía dominante. En unas Cortes
convocadas en 1476, resolvieron restablecer una vieja institución caída en
desuso, la Santa Hermandad. Tratábase de una especie de policía formada por
voluntarios, que había aparecido en el siglo XIV para defender los derechos
locales del pueblo contra la Corona, acabando por convertirse en un instrumento
coactivo de la nobleza. Isabel decidió transmutar esa milicia ya ineficaz de
las clases privilegiadas en un instrumento de la justicia al servicio de la autoridad
real. Y así implementó una fuerza de dos
mil caballeros a las órdenes de un capitán general, con ocho capitanes bajo su
mando. Cada cien familias debían mantener a un caballero bien equipado,
dispuesto a salir en cualquier momento en persecución de un bandolero. Los
jefes de la Hermandad tenían poder para dictaminar justicia, previa defensa del
acusado, y en algunos casos, cuando las evidencias eran incontrovertibles, les
era lícito hacerlo de manera sumaria.
Este tipo de justicia, directa y rápida, era
algo natural en aquel tiempo. Las simpatías que Enrique el Impotente había
mostrado a favor de los asesinos, los Reyes Católicos la reservaban para la
víctima, su viuda y sus hijos, para las mujeres violadas, para las familias
afectadas por el bandolerismo. Bien señala T. Walsh que en este terreno los
españoles no fueron más crueles que otros pueblos occidentales, por ejemplo los
ingleses de aquella misma época. Incluso un siglo después, se lee en el informe
de un cronista inglés que todos los años eran colgados de 300 a 400 bandidos, y
que durante el reinado de Enrique VIII murieron 72 mil personas en la horca,
solamente por haber robado.
Tanto Isabel como Fernando iban de ciudad en
ciudad, a veces juntos, otras separados, haciendo justicia efectiva y veloz. A
semejanza de San Luis Rey de Francia, la joven reina tenía la costumbre de
presidir bajo dosel las sesiones de los tribunales; oía demandas y denuncias,
procuraba reconciliaciones, castigaba a los culpables con diversas penas, que
llegaban en algunos casos a la condena a muerte, y cabalgaba luego hasta el
siguiente lugar. Se la sabía imparcial e incorruptible. Aunque en diversas
ocasiones necesitase urgentemente dinero, por ejemplo para llevar adelante la
lucha contra los moros o la conquista de América, rehusó siempre cualquier tipo
de soborno de parte de los criminales acaudalados. Un noble poderoso, llamado
Alvar Yañez, que había asesinado alevosamente a un notario, ofreció a la Reina
la enorme suma de 40 mil ducados si le perdonaba la vida. Algunos de sus
consejeros, sabedores de las ingentes necesidades del tesoro real, le
aconsejaron que aceptara. Pero la Reina “prefería la justicia al dinero”, como
dice el cronista. Ese mismo día hizo cortar la cabeza de Yañez y, para evitar
la sospecha de motivos subalternos, distribuyó sus bienes entre los hijos del
asesino, aunque muchos precedentes la autorizaban a confiscarlos para las arcas
reales.
En cierta ocasión llegó a oídos de Isabel la
noticia de que en Sevilla reinaba un estado de corrupción generalizada.
Inmediatamente anunció que se dirigiría a esa ciudad, y que todos los viernes
según la costumbre de sus antepasados, presidiría el tribunal público y
administraría justicia en todas las causas criminales y civiles. Llegó la Reina
a la ciudad y se dirigió a la catedral, como era habitual en ella, para dar
gracias a Dios e implorar su inspiración y ayuda. Luego fue al Alcázar, que era
el antiguo palacio real de los moros, y preguntó por el sitial de juez que
había honrado San Fernando. Evidentemente quería empalmar la justicia que se
aprestaba a ejercer con la que había practicado su santo predecesor. Mientras
los notables de la ciudad iban de un lado para el otro, organizando todo para
agasajarla con fiestas, banquetes y corridas de toros, ella serenamente pensaba
en colgar a algunos de ellos.
Durante los dos meses siguientes, todos los
viernes quienquiera tuviese alguna denuncia podía dirigirse a la Sala de los
Embajadores, donde la joven reina se hallaba sentada en el sitial de San Fernando,
sobre un estrado cubierto de alfombras multicolores, contra un piso de baldosas
moras o azulejos. Cada petición era recibida por alguno de sus secretarios,
éste la confiaba a uno de los consejeros de la Reina, sentados a su lado,
aunque en nivel inferior, quienes debían examinar el caso diligentemente y
pronunciar su veredicto en el plazo de tres días. Así los soldados fueron
capturando a malhechores grandes y
pequeños, ricos y pobres, de todos los barrios de la ciudad y sus suburbios, y
llevándolos frente a ese tribunal. Quienes resultaban condenados podían siempre
apelar a la Reina como última instancia. Los principales delincuentes fueron
colgados sin mayores ceremonias, después de darles tiempo para confesarse.
Cuando se percataban de que la cosa iba en
serio, algunos malhechores poderosos se acercaron a la Reina con buenas
palabras, intentando sobornarla para tratar de que amainara en su intento. Pero
Isabel se mostró inexorable, y entonces aquellos que no habían sido denunciados
comenzaron a huir de sus casas por la noche. Eran tantas las familias que se
hallaban comprometidas, que el anciano obispo de Cadiz creyó conveniente ir a
la Reina, acompañado de una multitud de esposas, hijos, padres y hermanos de
los fugitivos. Respetuosamente le hizo notar que bajo un gobierno disoluto como
había sido el de Enrique, era natural que la gente se hubiese corrompido,
inclinándose a la delictuosidad. De ahí que difícilmente hubiera una familia en
Sevilla que no tuviera algún miembro criminal, o en alguna forma cómplice de
crimen. La Reina escuchó con atención el discurso del obispo que la exhortaba a
pasar de la justicia a la misericordia, y entendiendo que ya había alcanzado su
propósito, accedió al pedido, proclamando una amnistía general de todos los delitos
con excepción del de herejía.
Durante el gobierno de Isabel, los jueces y
funcionarios fueron honrados como nunca lo habían sido antes…
Modesto Lafuente, historiador español del
siglo pasado, en su “Historia de España” deja
en claro que el restablecimiento de la tranquilidad pública y del orden social,
hubiese sido prácticamente imposible de lograr si la reina Isabel no hubiese
dado “tantos
y tan ejemplares testimonios de su celo por la rígida administración de la
justicia, de su firmeza, de su inflexible carácter, de su severidad en el
castigo de los criminales; que, aunque acompañada siempre de la prudencia y la
moderación, hubiera podido ser tachada por algunos de dureza, en otros tiempos
en que la licencia y la relajación fueron menos generales y no exigieron tanto
rigor”.
P. Alfredo Saenz –
“Isabel la Católica” – Gladius – Bs. As. 2009. Págs. 19-25.
Nota
de NCSJB: Teniendo en cuenta la nueva orientación vaticana, nos pareció
importante dar a conocer la biografía de éste niño mártir que hoy sería doblemente
descanonizado ya por su rechazo a las falsas religiones ya por su desprecio a
la sodomía.
San Pelagio
†
26 junio 925
La biografía de San
Pelagio se abre en la batalla de Valdejunquera, cercanías de Pamplona, librada
el 26 de julio del año 920 entre Abd al-Rahmán III y los reyes cristianos
Sancho de Pamplona y Ordoño II de León, en la que los cristianos del norte
sufrieron una gravísima derrota. Los musulmanes la denominarán campaña de Muez
por el vecino castillo en el que se refugiaron los fugitivos de Valdejunquera.
En aquel encuentro adverso, dos obispos que acompañaban a los monarcas
cristianos, Dulcidio, de Salamanca, y Ermogio, fueron hechos prisioneros y
traídos a Córdoba. Ermogio llegó a la capital del todavía emirato el jueves 13
de septiembre de 920. Ninguna fuente verdaderamente antigua vincula de manera
especial a Ermogio y a San Pelagio con Tuy.
Con fundamento en la Pasión, el obispo
Ermogio pasó al menos en prisión tres meses y medio entre las estrecheces de la
cárcel y el sufrimiento de las cadenas, tiempo suficiente para tratar su
rescate y entregar como rehén a su sobrino Pelagio, de 10 años de edad. El
santo niño llegaba posiblemente a Córdoba en enero de 921 con la esperanza de
que su tío enviaría prisioneros musulmanes del reino de León en precio de su
rescate. Las transacciones fueron muy lentas pues, tres años y medio después,
Pelagio seguía en prisión.
En la cárcel, según el presbítero cordobés
Raguel, Pelagio mantiene una actitud altamente sobrenatural. La reclusión era
una prueba y servía de purificación de sus pecados. «Cuál era allí su
comportamiento, sus compañeros [de prisión] no lo ocultan y la fama no lo
silencia», dice Raguel. «En efecto, él era casto, sobrio, apacible, prudente,
atento a orar, asiduo a su lectura, no olvidadizo de los preceptos del Señor
[y] promotor de buenas conversaciones». Su belleza natural fue comunicada a Abd
al-Rahmán III. Éste ordenó que el niño fuera conducido a su presencia. Como la
pederastia era un hecho bastante habitual en la España musulmana, testigo Ibn
Hazam (994-1063), autor de El collar de la paloma, la escena inmediata se
encuadra dentro de unos comportamientos no extraños en el Islam español.
“Así -cuenta Raguel- al comienzo de un
banquete envió a sus subalternos para que hiciesen comparecer al que iba a ser
víctima para Cristo, con el fin de mirarlo detenidamente”. Vestido con todo
lujo pero sujeto aún con las cadenas de la prisión fue presentado al emir. Ante
él procedieron a cortar los hierros cuya caída sirvió para impresionar al niño,
a los asistentes y al futuro califa. “A éste, que habían vestido con toga
regia, lo expusieron a las miradas de aquél, mientras que a los oídos del
santísimo niño musitaban que por su hermosura era llevado a tan alto honor”. La
pasión relata a partir de este momento el diálogo entre aquella criatura de 13
años y Abd al-Rahmán III. Éste le dijo sin titubeos:
-“Niño,
te elevaré a los honores de un alto cargo, si quieres negar a Cristo y afirmar
que nuestro profeta es auténtico. ¿No ves cuántos reinos tengo? Además te daré
una gran cantidad de oro y plata, vestidos los mejores y adornos los precisos.
Recibirás, si aceptas, el tipo que tú eligieres entre estos jovencitos, a fin
de que te sirva a tu gusto, según tus principios. Y encima te ofreceré
pandillas para habitar con ellas, caballos para montar, placeres para
disfrutar. Por otra parte, sacaré también de la cárcel a cuantos desees, e
incluso otorgaré honores inconmensurables a tus padres si tú quieres que estén
en este país”.
San Pelagio respondió decidido:
-“Lo que prometes,
emir, nada vale, y no negaré a Cristo, Soy cristiano, lo he sido y lo seré,
pues todo eso tiene fin y pasa a su tiempo; en cambio, Cristo, al que adoro, no
puede tener fin, ya que tampoco tiene principio alguno, dado que Él
personalmente es el que con el Padre y el Espíritu Santo permanece como único
Dios, el cual nos hizo de la nada y con su poder omnipotente nos conserva”.
Abd al-Rahmán III no obstante pretendió,
aunque en broma, comenzar ciertos tocamientos.
-“Retírate, perro”, dice Pelagio. “¿Es que piensas que soy como los
tuyos un afeminado?”, y al punto desgarró las ropas que llevaba
vestidas y se hizo fuerte en la palestra, prefiriendo morir honrosamente por
Cristo a vivir de modo vergonzoso con el diablo y mancillarse con vicios.
Abd al-Rahmán III no perdía por ello las
esperanzas de seducir al niño y por eso ordenó a los jovencitos de su corte que
lo adularan, a ver, si, apostatando se rendía a tantas grandezas prometidas.
«Pero él, con la ayuda de Dios, se mantuvo firme y permaneció sin temor
proclamando que sólo existe Cristo y afirmando que por siempre obedecería sus
mandatos».
«El emir, al ver que la fervorosísima alma de
Pelagio perseveraba en oposición a su voluntad, y al darse cuenta de que era
rechazado en sus deseos, picado de rabia, dijo:
-“Colgadlo en
garruchas de hierro y, una vez constreñido hasta el máximo elevándolo hacia lo
alto, bajadlo reiteradamente el tiempo necesario para que exhale su espíritu, o
niegue que Cristo es Dios”.
Pelagio, pasando por la prueba con voluntad
inconmovible, se mantenía impertérrito, por cuanto ahora no rehusaba en
absoluto padecer por Cristo. Al conocer el emir la firmeza de Pelagio, ordenó
que lo despedazasen con la espada, miembro a miembro, y que fuese arrojado al
río. Los verdugos, por su parte, en virtud de la orden recibida, después de
sacar el puñal, se entregaron frenéticamente a tan crueles escarnios contra él,
que se podría pensar que ejecutaban el sacrificio que, sin ellos saberlo, era
necesario que se ofreciera en presencia de nuestro Señor Jesucristo. Uno le
amputó de cuajo un brazo, otro le segó las piernas, otro incluso no dejó de
herir su cuello. Entre tanto permanecía sin espantarse el mártir, del que gota
a gota manaba abundante sangre e vez de sudor, seguramente sin invocar a nadie
más que a nuestro Señor Jesucristo, por quien no rehusaba padecer, diciendo: “Señor, líbrame de la mano de mis enemigos”.
En este momento emigró su espíritu a la presencia de Dios; su cuerpo, en
cambio, fue arrojado al fondo del río Guadalquivir. Pero de ninguna manera
faltaron fieles que lo buscasen y llevasen solemnemente hasta su sepulcro. En
realidad, su cabeza la guarda el cementerio de San Cipriano; su cuerpo, empero,
el verde campo santo de San Ginés».
«¡Oh martirio verdaderamente digno de Dios
-concluye Raguel- que comenzó a la hora séptima, y llegó a su cumplimiento al
atardecer del mismo día! El santísimo Pelagio, a la edad aproximada de trece
años y medio, sufrió el martirio según se ha dicho, en la ciudad de Córdoba, en
el reinado de Abd al-Rahmán, sin duda un domingo, a la hora décima, el 26 de
junio en la era de 963 [925]».
Nacido en Betsaída, Galilea; hijo de Zebedeo
y Salomé, hermano de Juan el Apóstol. Fue uno de los discípulos más cercanos a
Nuestro Señor Jesucristo, uno de los primeros en dejar todo por seguirlo,
mientras estaba pescando con su hermano Juan, quien también siguió a Nuestro Señor.
Cristo los apodó hermanos
"Boanerges" que significa "Hijos del Trueno".
Santiago,
en todo momento se mantuvo fiel a Cristo, por eso fue elegido por Él junto a su
citado hermano Juan el Apóstol y Simón Pedro para presenciar la Transfiguración
en el Monte Tabor, donde vieron a Nuestro Señor junto a Moisés y a Elías
entablar una conversación.
Formó parte de la Última Cena donde fue el
primero en recibir a Jesús Sacramentado, tanto en el pan como en el vino.
Otro momento importante y quizás el más
primordial que vivió Santiago junto a Nuestro Señor, es el haberlo visto
resucitado en su aparición a orillas del lago de Tiberíades, donde Nuestro
Señor también realizó el milagro de la Pesca Milagrosa.
Después de la Ascensión de Nuestro Redentor a
los Cielos, Santiago comenzó su obra evangelizadora, cruzando el mar
Mediterráneo, llegó a Hispania (que actualmente comprende los territorios de
España y Portugal, de quien fue nombrado Santo Patrono) y allí tuvo una tarea muy
difícil: muchas veces rozando el desaliento Santiago pensó en abandonar su
misión pero la prosiguió formando discípulos.
Siete de estos discípulos, son los llamados
Varones Apostólicos, que fueron a Roma para ser ordenados obispos por San Pedro
y continuaron la misión evangelizadora cuando Santiago regresó a Jerusalén.
Estos Apóstoles también fueron testigos de la aparición de la Virgen María sobre
un pilar en Caesaraugusta (Zaragoza). En dicha ocasión todavía Nuestra Señora
no había realizado su hecho teológico e histórico de la Asunción a los Cielos,
se le presentó a Santiago para alentarlo y pedirle que no abandone su misión,
que en el lugar donde estaba situado el pilar edifique un templo, y que
posteriormente regresara a Jerusalén ya que la Virgen le había pedido a su hijo
Jesucristo que le concediera morir rodeada por los Apóstoles y que le permita a
Ella trasladarse a los diferentes y lejanos lugares en los que estaban los Apóstoles
para comunicarles lo que obtuvo de su amadísimo hijo.
En su regreso a Jerusalén, en donde fue el
primer Obispo de esas tierras, se vió en una realidad muy adversa, de
persecución hacia los cristianos, principalmente hacia los apóstoles. En ese
entonces, Herodes Agripa, Rey de Judea había ordenado matar a Santiago y a su hermano
Juan, apresó a Pedro, logrando el aplauso de los judíos.
Santiago encontró su martirio en el año 43,
fue el primero de los 12 Apóstoles en ser martirizado, después de haber estado
predicando, fue arrestado y decapitado. Sus restos fueron trasladados por sus discípulos
hasta Hispania, siendo enterrado en Galicia.
Sus santos restos permanecen en la Catedral
de Compostela que lleva su nombre. En actualidad, la Catedral de Santiago de
Compostela es visitada por miles de Católicos, quienes previamente realizan el camino
evangelizador que Santiago llevo cabo por esas tierras.
Luego de su muerte, sus discípulos
continuaron con la heredad del Apóstol, tomándolo como Arquetipo singular y
familiar espiritual cercano a Nuestro Señor Jesucristo. A su esfuerzo humano
–junto a la Gracia Divina- le debemos la evangelización de grandes bloques geográficos-culturales
de Occidente.
Es conocido y reverenciado por sus
apariciones en el campo de batalla, siendo una muy comentada y transmitida de
generación en generación su intervención en la batalla de Clavijo en el año
844, donde le dio la Victoria a los católicos que luchaban en contra de los moros
invasores que reclamaban 100 doncellas cristianas anuales al Rey Ramiro I.
Estando en inferioridad numérica, antes de
emprender el ataque, los soldados católicos gritaron el nombre del gran
Apóstol, Santo y Mártir, quién no se hizo esperar y con el poder de Cristo
descendió desde un rayo y acabó con todos los enemigos que estaban dispuestos a
pasar a degüello a todos los cristianos.
Otra de sus famosas apariciones se sitúa en
Perú, en la batalla de Centla, en Tabasco, en el año 1518. Allí, los
conquistadores estaban totalmente sitiados por indios y lejos de amilanarse,
huir o buscar componendas con los jefes de la barbarie india, se lanzaron al
combate invocando a su Santo Protector el Apóstol Santiago, quien nuevamente
asistió a los guerreros Católicos y les concedió la victoria.
Por esto y mucho más, Santiago fue nombrado
Patrono de España, de la
Reconquista
Española; Patrono de la Conquista española en América y de diversas provincias
y ciudades de Hispanoamérica; así como también protector de diversas divisiones
de ejércitos.
Las antedichas razones y menciones de la
crónica histórica, nos impelen hoy más que nunca pedir la intercesión ante
Nuestro Señor Jesucristo del Apóstol Santiago, quién que con el poder de Cristo
nos asista, proteja y guíe en la batalla por la Patria Terrenal para así ganar
la Patria Celestial. Él debe estar siempre presente en nuestra oraciones y su
impronta en nuestras acciones porque quedó harto demostrado que él nunca
abandonó a los pueblos Católicos cuando éstos se enfrentaron a los enemigos de
Cristo, de nuestra Fe y de las diferentes naciones que pertenecen a Hispanidad,
sobre todo, a su fracción americana que es Católica gracias a su evangelización
primigenia.
Hermanos en la Fe y Camaradas de Lucha,
tengamos confianza firme que con la aprobación y el poder de Jesús, Santiago
Apóstol jamás nos desamparará; en cada batalla que libremos Santiago el Mayor,
estará presente peleando junto a nosotros, incansable y victoriosamente contra
los enemigos de siempre. No debemos dar un paso atrás, mucho menos en estos
tiempos en donde nuestra Iglesia está siendo atacada desde adentro y desde
afuera, tenemos que dar todo de nosotros por el Reinado de Cristo, así como lo
hizo Santiago o lo hicieron miles de mártires a lo largo de la historia de la
Iglesia, imitando el más profundo amor martirial de Nuestro Señor.
¡¡¡ Viva Santiago Apóstol, defensor del
catolicismo frente a todos sus enemigos: turcos, herejes y paganos cuyos
cuerpos ruedan entre las piernas de su caballo!!!
Esteban
Coronel.
Oración corta a
Santiago Apóstol
Dios Todopoderoso y
Eterno,
que consagraste los
primeros trabajos de los Apóstoles con la sangre de Santiago,
haz que por su Martirio
sea fortalecida tu Iglesia
y se mantenga fiel a
Cristo hasta el Final de los Tiempos...
Amén.
Oración larga a
Santiago Apóstol
¡Gran Apóstol Santiago,
familiar cercano de nuestro Señor y aún más cercano a Él por lazos
espirituales!
Al ser llamado por Él
entre los primeros discípulos y ser favorecido con Su especial intimidad, tú respondiste
con gran generosidad, dejándolo todo para seguirle a la primera llamada.
También tuviste el privilegio de ser el primero de los Apóstoles en morir por
Él, sellando tu predicación con tu sangre.
“Atronador” en el
entusiasmo en la tierra desde el cielo, te has mostrado defensor de Su Iglesia
una y otra vez, apareciendo en el campo de batalla de los cristianos para
derrotar y dispersar a los enemigos de la Cruz, y llevar a los descorazonados
Creyentes a la Victoria. Fuerza de los Cristianos, refugio seguro de aquellos
que te suplican con confianza, oh, protégenos ahora en los peligros que nos rodean.
Que por tu intercesión,
nuestro Señor nos conceda Su Santo Amor, filial temor, justicia, paz y la
victoria sobre nuestros adversarios, tanto visibles como invisibles, y sobre
todo, que un día nos conceda la felicidad de verlo y tenerlo con nosotros en el
cielo, en tu compañía y la de los ángeles y santos para siempre.
Juan
el Bautista es el único santo cuya fiesta se celebra en el día de su
nacimiento.
Fue
concebido a pesar de la esterilidad de su madre y la vejez de ambos padres.
El
Ángel Gabriel al anunciar a su incrédulo padre la llegada de su hijo, dijo: "No tengas miedo, Zacarías; pues vengo a
decirte que tú verás al Mesías, y que tu mujer va a tener un hijo, que será su precursor, a quien pondrás por
nombre Juan. No beberá vino ni cosa que pueda embriagar y ya desde el vientre
de su madre será lleno del Espíritu Santo, y convertirá a muchos para Dios".
San
Juan Bautista no nació en pecado como el
resto de los hombres ya que fue purificado en el seno materno ante la presencia
de Jesús en el vientre de la Santísima Virgen María.
En el "Cántico de Zacarías" al referirse a la misión de su hijo, éste decía: "‘y tú niño serás llamado
Profeta del Altísimo, porque irás delante del Señor preparando sus caminos,
para hacer conocer a su Pueblo la salvación mediante el perdón de los pecados".
Y
en la preparación de los caminos de Nuestro Señor, Juan predicaba el bautismo
de penitencia, y esa predica no era dulce y suave a los oídos, sino más bien
recia e imperativa: "convertíos", de ninguna manera buscando agradar,
sino queriendo hacer tomar conciencia del pecado.
Hoy
asistimos a la pérdida casi absoluta del sentido del pecado. El querer ser como
dioses que hizo caer a Adán y Eva, nos lleva también a nosotros a determinar el
bien y el mal. La prédica del pecado y del Infierno, son temas mayoritariamente
tabúes en la Iglesia cuando deberían ser no solo una obligación, sino un deber
de caridad, advertir a nuestros hermanos para que no se pierdan eternamente.
Sin embargo hoy desde las más altas jerarquías se promueve la tolerancia, no ya hacia
quien yerra, sino al error mismo; se promueve el "respeto humano"
hacia las diferentes y falsas religiones, en donde debemos dejar de lado la propuesta evangélica de llevar la Buena Nueva al mundo entero, para no
molestar a los no católicos o como se dice actualmente: "no querer imponer
nuestras ideas", como si la verdad fuera una cuestión ideológica.
Por
eso al elegir el nombre de Nacionalismo Católico San Juan Bautista, lo hicimos
con el propósito de pedir la protección de este gran santo de quién dijo Jesús:
"No ha surgido entre los nacidos de
mujer nadie mayor que Juan el Bautista". Asimismo le pedimos
asistencia para estar dispuestos a seguir su ejemplo aún cuando eso implique
ser perseguidos por la ira y la venganza de los adúlteros de la libertad y la
justicia, y podamos ser fuertes y no desistir ante ninguna amenaza del cumplimiento
de nuestros cristianos deberes.
San
Juan predicaba la necesidad de conversión para la venida del Señor, y hoy
tenemos que hacer lo mismo pero esta vez para su regreso cada vez más cercano.
En
tiempos en donde el sostenimiento de la verdad va a implicar el martirio como
lo fue para el Bautista con su decapitación, queremos prepararnos sabiendo que
a pesar de que para el catolicismo liberal imperante esta predica pueda sonar
pesimista, nosotros sabemos que Dios saca provecho aún del mal.
Rogamos
a San Juan interceda por nosotros ante Dios para poder imitar su ejemplo, sin
buscar protagonismos como cuando dio un paso al costado diciendo: "conviene que él crezca y que yo mengüe"; y en la convicción que la victoria no nos corresponde, solamente la lucha; podamos dar
el buen combate, predicando el Evangelio a tiempo y destiempo y quiera Nuestro
Señor que como su Siervo y Santo Precursor, podamos también ser "una voz
que clama en el desierto"
José
fue en verdad padre de Jesús, aunque no lo fuera de sangre. Su título de padre
le es reconocido por el Espíritu Santo mediante la autoridad de la Palabra de
Dios, y Jesús lo reconocía, obedeciéndole en todo. Dice el Evangelio que les
estaba sujeto (Lc 2, 51), es decir, que obedecía a María y José.
Dice
la Palabra de Dios: Sus padres iban cada año a Jerusalén para la fiesta de Pascua.
Y cuando era de doce años, al subir sus padres..., Jesús se quedó sin que sus padres
lo advirtieran... Bajó con ellos y vino a Nazaret y les obedecía (Lc 2, 41-43.
51).
Al
entrar sus padres con el niño Jesús (Lc 2, 27). Su padre y su madre estaban maravillados
de lo que se decía de él (Lc 2, 33).
María
reconoce también a José como padre de Jesús. Cuando lo encuentran en el templo,
después de estar tres días buscándolo, María le dice: Mira, tu padre y yo, apenados,
estábamos buscándote (Lc 2, 48). Aquí, hasta María antepone la autoridad de José
a la suya, diciendo: Tu padre y yo.
La
gente lo consideraba hijo de José. Jesús, al empezar, tenía unos treinta años y
era, según se creía, hijo de José (Lc 3, 23). Y todos estaban maravillados de
las palabras de gracia que salían de su boca y decían: ¿No es éste el hijo de
José? (Lc 4,22). ¿No es éste Jesús el hijo de José, cuyo padre y madre nosotros
conocemos? (Jn 6,42).
Y
José es consciente de su paternidad como padre de Jesús y asume su responsabilidad
como venida de Dios. Cuando se le aparece el ángel, se dirige a él como jefe de
familia para darle órdenes, que él cumple sin discutir. Le dice el ángel: Ella
dará a luz un hijo y tú le pondrás por nombre Jesús (Mt 1, 21). Toma al niño y
a su madre y huye a Egipto y quédate allí hasta que yo te avise (Mt 2, 13-14).
A la muerte de Herodes, de nuevo se le aparece el ángel y le dice: Levántate,
toma al niño y a su madre y vete a la tierra de Israel... Y levantándose, tomó
al niño y a su madre y partió para la tierra de Israel (Mt 2, 19-21).
El
hijo de María es también hijo de José en virtud del vínculo matrimonial que los
une. A raíz de aquel matrimonio fiel, ambos merecieron ser llamados padres de Cristo
(RC 7). Por otra parte, siendo la circuncisión del hijo, el primer deber
religioso del padre, José, con este rito, ejercita su derecho-deber respecto a
Jesús (RC 11). En la circuncisión, José impone al niño el nombre de Jesús... Al
imponer el nombre, José declara su paternidad legal sobre Jesús y, al proclamar
el nombre, proclama también su misión salvadora (RC 12). El rescate del
primogénito es otro deber del padre, que es cumplido por José (RC 13).
La
paternidad de José era indispensable en Nazaret para honrar la maternidad de María.
Era indispensable para la circuncisión e imposición del nombre. Era indispensable
en Belén para inscribir al recién nacido como hijo de David en los registros
del imperio romano. Era indispensable en Jerusalén para presentar al primogénito
en el templo. Y también era indispensable la presencia de José para el crecimiento
de Jesús en sabiduría y gracia ante Dios y ante los hombres (Lc 2, 52).
Jesús
fue inscrito oficialmente como hijo de José, de Nazaret (Jn 1, 45) y así lo creían
todos. Por eso, San José ha sido llamado por Dios para servir directamente a la
persona y a la misión de Jesús mediante el ejercicio de su paternidad; de este
modo, él coopera en la plenitud de los tiempos en el gran misterio de la
redención y es verdaderamente ministro de la salvación (RC 8).
San
José, obedeciendo a Dios, custodiando a María y siendo padre de Jesús, tomó
parte activa en los misterios de la Encarnación y Redención. Dice San Efrén
(306-372), el gran teólogo y doctor de la Iglesia: Bienaventurado eres tú,
justo José, porque a tu vera creció quien se hizo niño pequeño para hacerse a
tu tamaño. El Verbo habitó bajo tu techo sin abandonar por ello el seno del
Padre... Quien es hijo del Padre, se llama hijo de David e hijo de José.
San
Bernardo (1090-1153) afirma: Aquel a quien muchos profetas desearon ver y no
vieron, desearon oír y no oyeron, le fue dado a José, no sólo verlo y oírlo,
sino llevarlo en sus brazos, guiarle los pasos y apretarlo contra su pecho. Cubrirlo
de besos, alimentarlo y velar por él. Imagina qué clase de hombre fue José y
cuánto valía. Imagínalo de acuerdo con el título con que Dios quiso honrarlo,
que fuese llamado y tomado por padre de Dios, título que en verdad dependía del
plan redentor.
Decía
el Papa Juan Pablo II: La paternidad de san José, como la maternidad de la
Santísima Virgen María, tiene un carácter cristológico de primer orden. Todos
los privilegios de María se derivan del hecho de que es madre de Cristo.
Análogamente, todos los privilegios de san José se deben a que tuvo el encargo
de hacer de padre de Cristo.
Sabemos
que Cristo se dirigía a Dios con la palabra ABBA, una palabra querida y
familiar con la cual los hijos de su nación se dirigen a sus padres.
Probablemente, con la misma palabra como los otros niños, Él se dirigía también
a san José, ¿es posible decir más del misterio de la paternidad humana?... La
vida con Jesús fue para San José un continuo descubrimiento de su propia
vocación de padre.
San
Francisco de Sales pone un ejemplo. Dice así: Acostumbro decir que si una paloma
llevase en su pico un dátil y lo dejase caer en un jardín, ¿no se diría acaso
que la palmera que de él provendría pertenece al dueño del jardín? Pues si esto
es así, ¿quién podrá dudar que el Espíritu Santo, habiendo dejado caer este
divino dátil como divina paloma, en el jardín cerrado de la Santísima Virgen,
el cual pertenece a san José como la mujer esposa pertenece al esposo, ¿quién
dudará digo, que se pueda afirmar con toda verdad que esa divina palmera
(Jesús), que produce frutos de inmortalidad, pertenece por entero a san José?.
Sí,
Jesús pertenece también a José y no sólo a María. Después de María, José fue el
primero a quien Jesús besó con su boca divina, se le colgó del cuello, limpió
su sudor con sus benditas manos e hizo otros innumerables regalos que los niños
cariñosos hacen a sus padres. Cualquiera de estos regalos hubiera sido
suficiente para enriquecer de bienes espirituales al alma más seca del mundo
entero.
"Más
vale causar escándalo que esconder la verdad"
San
Gregorio Magno
No
aceptamos ninguna fe nueva de las que otros nos prescriben ni tenemos la osadía
de transmitir como doctrina los productos de nuestras propias reflexiones o de
transformar las palabras humanas. Al igual que los Santos Padres nos
instruyeron a nosotros, nosotros instruimos a aquellos que nos interrogan
La
profecía es de San Francisco de Asís y una referencia de la misma la encontré
con imprimatur en una obra de hace casi 150 años que pueden consultar aquí.
Como
esa misma publicación indica: El santo profetiza grandes cismas y tribulaciones
en la Iglesia.
Les
pongo la traducción:
Poco antes de morir, San Francisco de Asís
reunió a sus seguidores y les advirtió de los problemas venideros, diciendo:
Sean fuertes, mis hermanos, tomen fuerza y
crean en el Señor. Se acerca rápidamente el tiempo en el que habrá grandes
pruebas y tribulaciones; abundarán perplejidades y disensiones, tanto
espirituales como temporales; la caridad de muchos se enfriará, y la malicia de
los impíos se incrementará.
Los demonios tendrá un poder inusual; la
pureza inmaculada de nuestra Orden y de otras, se oscurecerá en demasía, ya que
habrá muy pocos cristianos que obedecerán al verdadero Sumo Pontífice y a la
Iglesia Romana con corazones leales y caridad perfecta. En el momento de esta
tribulación un hombre, elegido no canónicamente, se elevará al Pontificado, y
con su astucia se esforzará por llevar a muchos al error y a la muerte.
Entonces, los escándalos se multiplicarán,
nuestra Orden se dividirá, y muchas otras serán destruidas por completo, porque
se aceptará el error en lugar de oponerse a él.
Habrá tal diversidad de opiniones y cismas
entre la gente, entre los religiosos y entre el clero, que, si esos días no se
acortaren, según las palabras del Evangelio, aun los escogidos serían inducidos
a error, si no fuere que serán especialmente guiados, en medio de tan grande
confusión, por la inmensa misericordia de Dios.
Entonces, nuestra Regla y nuestra forma de
vida serán violentamente combatidas por algunos, y vendrán terribles pruebas
sobre nosotros. Los que sean hallados fieles recibirán la corona de la vida,
pero ¡ay de aquellos que, confiando únicamente en su Orden, se dejen caer en la
tibieza!, porque no serán capaces de soportar las tentaciones permitidas para
prueba de los elegidos.
Aquellos que preserven su fervor y se
adhieran a la virtud con amor y celo por la verdad, han de sufrir injurias y
persecuciones; serán considerados como rebeldes y cismáticos, porque sus
perseguidores, empujados por los malos espíritus, dirán que están prestando un
gran servicio a Dios mediante la destrucción de hombres tan pestilentes de la
faz de la tierra. Pero el Señor ha de ser el refugio de los afligidos, y salvará
a todos los que confían en Él. Y para ser como su Cabeza, estos, los elegidos,
actuarán con esperanza, y por su muerte comprarán para ellos mismos la vida
eterna; eligiendo obedecer a Dios antes que a los hombres, ellos no temerán
nada, y han de preferir perecer antes que consentir en la falsedad y la
perfidia.
Algunos predicadores mantendrán silencio
sobre la verdad, y otros la hollarán bajo sus pies y la negarán. La santidad de
vida se llevará a cabo en medio de burlas, proferidas incluso por aquellos que
la profesarán hacia el exterior, pues en aquellos días Nuestro Señor Jesucristo
no les enviará a éstos un verdadero Pastor, sino un destructor.”
Os
escribimos, hermanos, sobre los que han sufrido martirio, y particularmente
sobre Policarpo, que puso como el sello final e hizo cesar con su martirio la
persecución. Se puede decir que todo aconteció a fin de que el Señor nos
mostrara de nuevo su martirio, como lo refiere el Evangelio. Porque Policarpo
esperó a ser entregado, como lo hizo el Señor, a fin de que también nosotros
fuéramos imitadores suyos, mirando no sólo nuestro propio interés, sino también
el de nuestros prójimos; porque la caridad verdadera y sólida está en buscar
no sólo la propia salvación, sino también la de todos los hermanos...
Los
mártires se mantuvieron firmes, después de haber sido desgarrados por los
azotes, de suerte que se podía ver la disposición de la carne hasta lo interior
de las venas y las arterias, hasta el punto de que todos los circunstantes se
sentían movidos a compasión. Ellos, en cambio, se habían levantado a tal
nobleza que ninguno de ellos profirió un lamento o un gemido, mostrándonos a
todos nosotros que en aquella hora de tormento los nobilísimos mártires de
Cristo estaban fuera de su propia carne, o mejor, que el mismo Señor estaba con
ellos, conversando con ellos. Sostenidos por la gracia de Cristo, despreciaban
los tormentos terrenos, pues con los padecimientos de una sola hora compraban
la vida eterna. El fuego de sus inhumanos torturadores les era un refrigerio,
pues ante sus ojos estaba el huir del fuego eterno que jamás se extingue, y
veían con los ojos del corazón los bienes que les aguardaban... Los que fueron
condenados a las fieras sufrieron igualmente tormentos espantosos, siendo
extendidos sobre conchas y sometidos a otras formas diversas de tortura... En
cuanto a Policarpo, hombre digno de nuestra máxima admiración, en primer lugar,
en cuanto oyó que se le buscaba, no se turbó, y quería permanecer en la ciudad;
pero muchos le persuadieron de que se retirara fuera. Salió, pues, a una
pequeña finca que no estaba muy lejos de la ciudad, y allí pasaba el tiempo con
unos pocos compañeros, sin hacer otra cosa que orar de día y de noche por todos
y por las Iglesias esparcidas por toda la tierra, como lo tenía por
costumbre... Como
persistieran los que le buscaban, tuvo que cambiarse a otra finca, y pronto se
presentaron los que iban tras él (en la primera finca). Al no hallarle, tomaron
dos esclavos, y uno de ellos, sometido a tortura confesó su donde residía...
Acompañados, pues, del esclavo, los perseguidores salieron un viernes a la hora
de la cena con caballería y la gente armada que suelen... Y llegando en hora ya
tardía, lo encontraron acostado en una pequeña habitación en el piso superior.
Todavía hubiera podido huir a otro escondite pero no quiso, diciendo: “Hágase
la voluntad de Dios.” Oyendo el ruido de los que habían llegado, él mismo bajó
y se puso a hablar con ellos, los cuales se admiraron de su avanzada edad y de
su buen estado, preguntándose si valía la pena tanto aparato para aprehender a
tal anciano. Inmediatamente mandó Policarpo que se les diera de comer y de
beber cuanto quisieran, siendo la hora que era, rogándoles empero que le
dejasen una hora para orar tranquilamente. Ellos se lo concedieron, y él,
puesto en pie se puso a orar lleno de tal gracia de Dios que por espacio de
unas dos horas no le he posible callar y todos los que le oían estaban
embelesados: algunos incluso empezaron a sentir remordimientos de haber venido
a tomar a un anciano tan lleno de Dios. Finalmente terminó su oración, no sin
haber hecho mención de todos los que durante toda su vida habían tenido trato
con él, de los humildes igual que de los grandes, de los ilustres lo mismo que
de los sencillos, así como de toda la Iglesia católica esparcida por todo el
mundo habitado. Llegada la hora de partir, le pusieron sobre un asno y lo
llevaron a la ciudad, en día que era de sábado solemne. En el camino se
encontraron con el jefe de policía, Herodes, y con su padre Nicetas, los cuales
le hicieron pasar a su carruaje e intentaban persuadirle con las siguientes
amonestaciones: ¿Qué mal hay en decir que el Emperador es el Señor y en
sacrificar y cumplir las demás ceremonias, para salvar la vida? Pero él al
principio no les daba respuesta alguna; mas como insistieran, les dijo: “No voy
a hacer nada de lo que me aconsejáis.” Ellos entonces, fracasados en su intento
de persuadirle empezaron a decirle palabras insultantes y le hicieron descender
precipitadamente del carruaje, de suerte que al descender se desgarró la
espinilla. Él, sin volverse, como si no se hubiera hecho daño alguno, caminaba
animosamente. Fue conducido al estadio, y fue tanto el tumulto que en él se
armó que nadie podía entenderse... Llevado
a la presencia del procónsul, pregúntele éste si era él Policarpo; y como
contestara afirmativamente, intentaba el procónsul hacerle renegar, diciendo:
“Ten consideración a tu avanzada edad, y las demás cosas que suelen decir: Jura
por la fortuna del César, cambia tu modo de pensar y grita: Mueran los ateos.”
Pero Policarpo, mirando con un rostro serio a toda la mesa de paganos sin ley
que llenaban el estadio, les hizo una seña con la mano, dio un suspiro y
levantó los ojos al cielo diciendo: “Mueran los ateos.” Intervino el procónsul
diciendo: “Jura, y te pongo en libertad, reniega de Cristo.” Repuso Policarpo:
“Hace ochenta y seis años que le sirvo, y ningún mal me ha hecho: ¿Cómo puedo
blasfemar de mi rey a quien debo la salvación?” El
procónsul insistió de nuevo diciendo: “Jura por la fortuna del César.”
Policarpo respondió: “Si tienes por punto de honor el hacerme jurar por la
fortuna del César, como tú dices, fingiendo ignorar quién soy yo, oye lo que
proclamo con toda libertad: Soy cristiano; y si quieres aprender cuál es la
doctrina cristiana, dame un día de tregua y escúchame...” Dijo el procónsul:
“Convence al pueblo. Replicó Policarpo: A ti te considero digno de una
explicación, pues nuestra doctrina nos enseña que hay que dar a los magistrados
y autoridades que están establecidas por Dios el honor que les es debido y que
no daña a nuestra conciencia. Pero al pueblo no creo que valga la pena presentarles
una defensa.” Dijo entonces el procónsul: “Tengo fieras, y te entregaré a ellas
si no cambias de parecer.” Respondió Policarpo: “Llámalas, pues para nosotros
no puede darse un cambio de lo mejor a lo peor, sino que lo razonable es
cambiar de lo malo a lo justo. Insistió el procónsul: Te haré consumir en el
fuego si no cambias de parecer, ya que desprecias a las fieras. Policarpo dijo:
Me amenazas con el fuego que dura un momento y al poco rato se apaga, porque
desconoces el juicio que ha de venir y el fuego del castigo eterno que aguarda
a los impíos. Pero, ¿por qué pierdes el tiempo? Tráeme lo que quieras.” Mientras
decía estas y otras muchas cosas, Policarpo se mostraba lleno de ánimo y de
alegría, y su rostro resplandecía con una gracia tal que no sólo no mostraba
desfallecimiento por las amenazas que se le dirigían, sino que por el
contrario, era más bien el procónsul el que estaba fuera de sí, mandando a su
propio heraldo que en medio del estadio hiciera por tres veces este pregón:
Policarpo ha confesado ser cristiano: En cuanto el heraldo hubo dicho esto,
toda la turba de judíos y de gentiles que habitaban en Esmirna se puso a gritar
con rabia incontenible y a grandes voces: Ese es el maestro del Asia y el padre
de los cristianos, el destructor de nuestros dioses, que ha enseñado a muchos a
negarles sus sacrificios y culto. Esto decían a gritos, y pedían al gobernador
Felipe que soltara un león contra Policarpo. Pero el gobernador contestó que no
le estaba permitido hacerlo una vez que ya se habían terminado los combates de
fieras. Entonces se pusieron de acuerdo en gritar todos a la vez que Policarpo
fuera quemado vivo... Al punto el populacho se lanzó a recoger leña y maderas
de los talleres y baños, colaborando los judíos, como suelen, con particular
diligencia. Cuando la pira estuvo preparada, Policarpo se quitó los vestidos...
Como pretendieran clavarle en un poste, les dijo: Dejadme como estoy, pues el
que me da fuerzas para soportar el Juego me concederá poder permanecer inmóvil
en la hoguera sin necesidad de asegurarme con vuestros clavos. Así pues, no le
clavaron, sino que le ataron. Y él, con las manos atrás, atado como un carnero
escogido de un gran rebaño para el sacrificio, preparado para ser holocausto acepto
a Dios, levantó sus ojos al cielo y dijo: Señor Dios omnipotente, Padre de tu
amado y bendito hijo tuyo Jesucristo, por el cual hemos recibido conocimiento
de ti, Dios de los ángeles y de las potestades y de toda la creación, de todo
el linaje de los justos que viven en tu presencia: Te bendigo porque me has
tenido por digno de está hora en que puedo tomar parte, contado entre el número
de los mártires, en el cáliz de Cristo en espera de la resurrección de la vida
eterna en alma y cuerpo, en la incorrupción del Espíritu Santo. Sea yo recibido
hoy en tu presencia entre ellos, como un sacrificio rico y aceptable. Tú me
preparaste de antemano para ello, tú me lo revelaste, y tú me lo has cumplido,
Dios de verdad en el que no hay engaño. Por esto, y por todas las cosas, te
alabo y te glorifico, por medio del eterno y celestial sumo sacerdote,
Jesucristo, tu hijo amado, por el cual y juntamente con el Espíritu Santo sea a
ti la gloria ahora y por los siglos venideros. Amén. Así
que hubo enviado al cielo su Amén, terminando su plegaria, los que cuidaban de
la pira prendieron el fuego: y levantándose una gran llamarada nos fue dado a
algunos ver un prodigio, y fuimos preservados para dar a conocer a los demás lo
que acaeció. Porque el fuego, haciendo una especie de bóveda, como si fuera una
vela de barco henchida por el viento, rodeó como con un muro circular el cuerpo
del mártir que se hallaba en el centro, no como carne que se quema, sino como
pan que se cuece o como oro que se purifica en el horno. Y sentimos un olor tan
intenso como si fuera una ráfaga de incienso o de algún otro aroma precioso.
Finalmente, viendo aquellos hombres inicuos que el cuerpo del mártir no podía
ser consumido por el fuego, dieron orden al verdugo de que se acercara y le
hundiera un puñal. Así lo hizo, y brotó una tal cantidad de sangre que se apagó
el fuego, quedando toda la multitud pasmada de la diferencia que había entre la
muerte de los infieles y la de los elegidos. Al número de éstos pertenece
también Policarpo, hombre sobremanera admirable, maestro con espíritu de
apóstol y de profeta en nuestros propios tiempos y obispo de la Iglesia
católica en Esmirna: toda palabra que salió de su boca, o bien ha tenido ya
cumplimiento, o ciertamente lo tendrá. Pero
el maligno... dispuso las cosas de modo que no nos fuera dejado su cuerpo,
aunque muchos eran los que deseaban apoderarse de sus santos restos. En efecto,
Nicetas... fue a suplicar al gobernador que no se nos diera el cadáver,
diciendo: No vaya a suceder que abandonen al crucificado y empiecen a adorar a
éste. Esto era una sugerencia de los judíos, quienes insistían en ello y aun
montaron una guardia cuando nosotros fuimos a recogerlo de la pira. Ignoraban
que nosotros ni jamás podremos abandonar a Cristo, que padeció por la salvación
del mundo entero de los que se salvan, él inocente, por nosotros,
pecadores, ni jamás daremos culto a otro alguno. Porque a él le adoramos porque
es hijo de Dios, mientras que a los mártires les tributamos un justo homenaje
de afecto como a discípulos e imitadores del Señor, a causa del amor
insuperable que mostraron por su rey y maestro. ¡Ojalá que nosotros pudiéramos
también acompañarles y llegar a ser discípulos con ellos! Así
pues, el centurión, viendo la porfía de los judíos, hizo colocar el cadáver en
el centro y lo hizo quemar, a la manera como ellos suelen hacerlo. Así nosotros
más tarde pudimos recoger sus huesos, más valiosos que las piedras preciosas y
más estimables que el oro, y los colocamos en lugar adecuado. Allí, nos
concederá el Señor celebrar el natalicio de su martirio, reuniéndonos todos en
cuanto nos sea posible con júbilo y alegría, para celebrar la memoria de los
que ya terminaron su combate, y para ejercerlo y Preparación de los que aún han
de combatir... Eusebio. Hist. Ecles. IV.15, 3ss;