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sábado, 15 de octubre de 2016

Conociendo a Lutero, el Monje Maldito (Repost) - Por el Padre Alfredo Saenz


  Nota de NCSJB: Ante la escandalosa presentación de Bergoglio de una estatua de Lutero en el Vaticano, recordamos una publicación realizada en éste espacio hace un par de año, para tener la perspectiva adecuada respecto a una de las personas que más daño causó a la Iglesia Católica en toda su historia y hoy es homenajeado en el Vaticano apóstata.
  


  Lutero pasó casi las tres últimas décadas de su vida lanzando, a través de sus escritos, cartas y charlas familiares, maldiciones, ultrajes, maldiciones morales y doctrinales a veces falsas, otras exageradas contra la Iglesia y el Papa, contra todos los obispos, contra todos los monjes, monjas y sacerdotes, contra todos los que él denominaba papistas, asnos papales, seguidores del anticristo y de la prostituta babilónica. Para ello recurrió a todas las expresiones alemanas y latinas que tienen que ver con la defecación y las grandes partes del cuerpo que la producen. Señala el P.García Villoslada que no conoce en toda la historia un desbordamiento tan atroz y persistente de odio contra una institución que le había amamantado y le había dado lo mejor que podía darle: la Biblia, los Sacramentos, la Tradición Apostólica, el símbolo de la fe, las oraciones de la liturgia.


  Se podría pensar que hacia el fin de su vida sus diatribas amainarían. Pero no fue así. En sus sermones pronunciados en Wittemberg en 1546 se las agarró contra la razón: “es la ramera mayor del diablo; por naturaleza y por la manera de ser es una ramera nociva, una prostituta, la ramera designada para Diablo, una ramera carcomida por la roña y por la lepra, que debiera ser aplastada y destruirla (…) Tiradle fango a la cara para afearla. Está y debería estar ahogada por el bautismo. Merecería la miserable ser desterrada a la parte más maloliente de la casa, a los retretes.” Asimismo siguió insultando a los teólogos de Lovania, burros, malditos puercos, panzas de blasfemadores, charcos putrefactos, y a los de Soborna, Sinagoga del demonio, la más abominable prostituta intelectual que hay bajo el sol.


  Tampoco ahorró dicterios contra la Iglesia Católica …No es para él sino “la prostituta del diablo”. Lo mismo se diga del Papa: “Es un asno tan grosero que no puede ni siquiera aprender la distinción entre palabras de Dios y doctrina humana. Las estima por igual” Tal fue su lenguaje habitual.

  Su última predicación fue el 15 de febrero de 1546 tres día antes de morir. Empezó citando a las palabras de Jesús: “Yo te alabo, Padre, Señor del cielo y de la tierra, porque ocultaste estas cosas a los pequeñuelos…”  ¿Quiénes eran esos sabios y prudentes? El Papa, los papistas y todos los herejes. ¿Quiénes los pequeñuelos? Él y los suyos. Según García Villoslada el odio teológico al papado fue la mayor potencia motriz que puso en actividad sus facultades y lo que sostuvo y alargó su vida hasta el fin.

  …(Escribió) un panfleto furioso …poco antes de morir. Contra el papado de Roma,  fundado por el diablo, es su titulo. …Los cardenales y toda la gentuza de la Curia son hombres por delante y mujeres por atrás”, porque “toda la Iglesia del papa es una Iglesia de putas y de hermafroditas”. El papa mismo es “un loco furioso, un falsificador de la historia, un mentiroso, un profanador, un tirano del emperador, de los reyes del universo entero, un estafador, un bribón, un expoliador de los bienes eclesiásticos y seculares; pero ¿quién podría enumerar todos esos crímenes?” Para calificarlos recurre a toda la gama de la zoología: cerdo, burro, rey de los asnos, perro, dragón, cocodrilo, larva, bestia etc. Más adelante hace que el Papa le diga al demonio: “Ven Satán, si tu poseyeras otros mundos además de este, yo querría poseerlos a todos y no solamente adorarte, sino lamerte el trasero.” En cuanto a los actos pontificios están todos “sellados con la mierda del Diablo, y escritos con los pedos del asno-papa”. Encara luego al Papa en persona: “!Ah, si yo fuese el Emperador, haría atar de dos a todos esos granujas impíos: cardenales y chusma papal. Los haría llevar a tres millas de Roma, hacia Ostia. Allí se encuentra una extensión de agua llamada mar Tirreno, baño perfectamente recomendado contra la peste, los daños y los crímenes de la santidad del papa, de los cardenales y de toda la Santa Sede. Yo los sumergiría y los bañaría como corresponde. Y sí, como sucede ordinariamente con los posesos y los locos, se muestran temerosos del agua, les colgaría del cuello, para mayor seguridad, la Piedra sobre la cual están fundados con su Iglesia. Allí juntaría las llaves que les sirven para atar y desatar todo lo que está en el cielo y sobre la tierra, para que puedan dominar en el agua según su voluntad. Y añadiría además una cruz pastoral y una cachiporra, para que golpeen el agua en el rostro hasta que el hocico y la nariz le sangren”


P.ALFREDO SAENZ – “La Nave y las Tempestades”: La Reforma Protestante. Editorial Gladius 2005. Pags. 235 al 240 (extractos)



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lunes, 13 de abril de 2015

Isabel la Católica, justiciera – P. Alfredo Saenz


  Cuando Isabel y Fernando subieron al poder, la situación en Castilla era desastrosa. Un cronista de la época la describe sin tapujos: “Cruelísimos ladrones, homicidas, robadores, sacrílegos, adúlteros y todo género de delincuentes. Nadie podía defender de ellos sus patrimonios, pues ni temían a Dios ni al rey; ni tener seguras sus hijas y mujeres, porque había gran multitud de malos hombres. Algunos de ellos, menospreciando las leyes divinas y humanas, usurpaban todas las justicias. Otros, dados al vientre y al sueño, forzaban notoriamente casadas, vírgenes y monjas y hacían otros excesos carnales. Otros cruelmente asaltaban, robaban y mataban a mercaderes, caminantes y hombres que iban a ferias. Otros que tenían mayores fuerzas y mayor locura, ocupaban posesiones y lugares de fortalezas de la Corono real y saliendo de allí con violencia, robaban los campos de los comarcanos; y no solamente los ganados, mas todos lo bienes que podían haber. Asimismo cautivaban a muchas personas, las que sus parientes rescataban, con menos dinero que si las hubiesen cautivados los moros u otras gentes bárbaras, enemigas de nuestra fe”. El cuadro no podía ser menos dramático.

  Como se sabe, en las monarquías tradicionales la justicia era una de las funciones propias e inalienables de los reyes. Gómez Manrique, poeta y político del siglo XV, y uno de los hombres más escuchados por Isabel, le recomendó a la Reina que se preocupase menos por rezar y más de hacer justicia, porque era de ella que, al final del camino, habría de rendir cuentas.

  Isabel, juntamente con Fernando, tomó el consejo con toda seriedad, en la convicción de que el restablecimiento del respeto a la ley constituía una de sus principales tareas. Y lo hicieron con un rigor que sabían justificado por la anarquía dominante. En unas Cortes convocadas en 1476, resolvieron restablecer una vieja institución caída en desuso, la Santa Hermandad. Tratábase de una especie de policía formada por voluntarios, que había aparecido en el siglo XIV para defender los derechos locales del pueblo contra la Corona, acabando por convertirse en un instrumento coactivo de la nobleza. Isabel decidió transmutar esa milicia ya ineficaz de las clases privilegiadas en un instrumento de la justicia al servicio de la autoridad real.  Y así implementó una fuerza de dos mil caballeros a las órdenes de un capitán general, con ocho capitanes bajo su mando. Cada cien familias debían mantener a un caballero bien equipado, dispuesto a salir en cualquier momento en persecución de un bandolero. Los jefes de la Hermandad tenían poder para dictaminar justicia, previa defensa del acusado, y en algunos casos, cuando las evidencias eran incontrovertibles, les era lícito hacerlo de manera sumaria.

  Este tipo de justicia, directa y rápida, era algo natural en aquel tiempo. Las simpatías que Enrique el Impotente había mostrado a favor de los asesinos, los Reyes Católicos la reservaban para la víctima, su viuda y sus hijos, para las mujeres violadas, para las familias afectadas por el bandolerismo. Bien señala T. Walsh que en este terreno los españoles no fueron más crueles que otros pueblos occidentales, por ejemplo los ingleses de aquella misma época. Incluso un siglo después, se lee en el informe de un cronista inglés que todos los años eran colgados de 300 a 400 bandidos, y que durante el reinado de Enrique VIII murieron 72 mil personas en la horca, solamente por haber robado.

  Tanto Isabel como Fernando iban de ciudad en ciudad, a veces juntos, otras separados, haciendo justicia efectiva y veloz. A semejanza de San Luis Rey de Francia, la joven reina tenía la costumbre de presidir bajo dosel las sesiones de los tribunales; oía demandas y denuncias, procuraba reconciliaciones, castigaba a los culpables con diversas penas, que llegaban en algunos casos a la condena a muerte, y cabalgaba luego hasta el siguiente lugar. Se la sabía imparcial e incorruptible. Aunque en diversas ocasiones necesitase urgentemente dinero, por ejemplo para llevar adelante la lucha contra los moros o la conquista de América, rehusó siempre cualquier tipo de soborno de parte de los criminales acaudalados. Un noble poderoso, llamado Alvar Yañez, que había asesinado alevosamente a un notario, ofreció a la Reina la enorme suma de 40 mil ducados si le perdonaba la vida. Algunos de sus consejeros, sabedores de las ingentes necesidades del tesoro real, le aconsejaron que aceptara. Pero la Reina “prefería la justicia al dinero”, como dice el cronista. Ese mismo día hizo cortar la cabeza de Yañez y, para evitar la sospecha de motivos subalternos, distribuyó sus bienes entre los hijos del asesino, aunque muchos precedentes la autorizaban a confiscarlos para las arcas reales.

  En cierta ocasión llegó a oídos de Isabel la noticia de que en Sevilla reinaba un estado de corrupción generalizada. Inmediatamente anunció que se dirigiría a esa ciudad, y que todos los viernes según la costumbre de sus antepasados, presidiría el tribunal público y administraría justicia en todas las causas criminales y civiles. Llegó la Reina a la ciudad y se dirigió a la catedral, como era habitual en ella, para dar gracias a Dios e implorar su inspiración y ayuda. Luego fue al Alcázar, que era el antiguo palacio real de los moros, y preguntó por el sitial de juez que había honrado San Fernando. Evidentemente quería empalmar la justicia que se aprestaba a ejercer con la que había practicado su santo predecesor. Mientras los notables de la ciudad iban de un lado para el otro, organizando todo para agasajarla con fiestas, banquetes y corridas de toros, ella serenamente pensaba en colgar a algunos de ellos.

  Durante los dos meses siguientes, todos los viernes quienquiera tuviese alguna denuncia podía dirigirse a la Sala de los Embajadores, donde la joven reina se hallaba sentada en el sitial de San Fernando, sobre un estrado cubierto de alfombras multicolores, contra un piso de baldosas moras o azulejos. Cada petición era recibida por alguno de sus secretarios, éste la confiaba a uno de los consejeros de la Reina, sentados a su lado, aunque en nivel inferior, quienes debían examinar el caso diligentemente y pronunciar su veredicto en el plazo de tres días. Así los soldados fueron capturando a  malhechores grandes y pequeños, ricos y pobres, de todos los barrios de la ciudad y sus suburbios, y llevándolos frente a ese tribunal. Quienes resultaban condenados podían siempre apelar a la Reina como última instancia. Los principales delincuentes fueron colgados sin mayores ceremonias, después de darles tiempo para confesarse.

  Cuando se percataban de que la cosa iba en serio, algunos malhechores poderosos se acercaron a la Reina con buenas palabras, intentando sobornarla para tratar de que amainara en su intento. Pero Isabel se mostró inexorable, y entonces aquellos que no habían sido denunciados comenzaron a huir de sus casas por la noche. Eran tantas las familias que se hallaban comprometidas, que el anciano obispo de Cadiz creyó conveniente ir a la Reina, acompañado de una multitud de esposas, hijos, padres y hermanos de los fugitivos. Respetuosamente le hizo notar que bajo un gobierno disoluto como había sido el de Enrique, era natural que la gente se hubiese corrompido, inclinándose a la delictuosidad. De ahí que difícilmente hubiera una familia en Sevilla que no tuviera algún miembro criminal, o en alguna forma cómplice de crimen. La Reina escuchó con atención el discurso del obispo que la exhortaba a pasar de la justicia a la misericordia, y entendiendo que ya había alcanzado su propósito, accedió al pedido, proclamando una amnistía general de todos los delitos con excepción del de herejía.

  Durante el gobierno de Isabel, los jueces y funcionarios fueron honrados como nunca lo habían sido antes…

  Modesto Lafuente, historiador español del siglo pasado, en su “Historia de España” deja en claro que el restablecimiento de la tranquilidad pública y del orden social, hubiese sido prácticamente imposible de lograr si la reina Isabel no hubiese dado “tantos y tan ejemplares testimonios de su celo por la rígida administración de la justicia, de su firmeza, de su inflexible carácter, de su severidad en el castigo de los criminales; que, aunque acompañada siempre de la prudencia y la moderación, hubiera podido ser tachada por algunos de dureza, en otros tiempos en que la licencia y la relajación fueron menos generales y no exigieron tanto rigor”.


P. Alfredo Saenz – “Isabel la Católica” – Gladius – Bs. As. 2009. Págs. 19-25.



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sábado, 12 de julio de 2014

La fe de Lutero: entendiendo el modernismo en la Iglesia - Por el P. Alfredo Saenz


  Según él (Lutero) la fe es esencialmente un sentimiento de confianza en la misericordia que Dios nos ha dispensado por los meritos de Cristo. Dicha confianza no es algo genérico o generalizable. Lo importante para Lutero es como se aplica al sujeto creyente: “yo creo que es precisamente a mí a quien Dios es favorable y a quien Dios ha perdonado”, lo que me lleva al “temor, la humildad, el abandono desesperado en sus brazos (…), aún sabiendo que uno está cubierto de pecados, que todo lo que hace es pecado”, consigna Kostlin en su obra La Teología de Lutero. Trátase de un complejo conjunto de “sentimientos personales” que el cristiano experimenta y que sigue experimentando. Ello hace que Lutero cultive una piedad prevalentemente sentimental, con lo que la fe, dejando de lado el contenido objetivo del “depósito”, se inclina a romper con la razón teológica. “Los sofistas – afirmaba Lutero – (es decir, la teología escolástica) ha pintado a Cristo en sí mismo, en cuanto él es Dios y Hombre; ellos cuentan sus brazos y sus piernas y mezclan maravillosamente sus dos naturalezas. Pero no es más que un conocimiento sofístico de Cristo Jesús. Porque si Cristo es llamado Cristo no es porque tenga dos naturalezas: ¡a mí que más me da! Si lleva ese nombre grandioso es a causa de la función u la obra que ha asumido. He aquí lo que le da su nombre. Que por naturaleza sea Dios y Hombre, eso le importa a él; pero en cuanto por su función se vuelve hacia mí, él derrama sobre mí su amor, él es mi Redentor y mi Salvador, mi consolación y mi bien”. Eso es lo importante para Lutero: el Dios de la fe, el Dios para mí. El Dios de la razón, en cambio, un Dios-en-sí, un Dios pujante, omnisciente, omnipotente, inefable, no le interesa. Que se queden con él los teólogos, los “sofistas” católicos. No es a “este Dios-en-si – afirma Lutero – a quien se dirige”. Sólo quiere representarse a Dios “en cuanto por su función se vuelve hacia mí”.

  Como consecuencia de semejante actitud, tozudamente sostenida, ante el misterio de Cristo, Lutero no solo divorcia la fe de la razón sino también del comportamiento ético. Si la fe consiste en “tomar conciencia” de la misericordia de Dios que “nos mira como justos”, aun sin serlos, si las obras no son capaces de ayudar a la fe, ni de contribuir a extinguirla, la fe de hecho se separa de la moral. Admitido que la sola fe justifica, la práctica moral entra en un cono de sombra.

  Como se ve por los textos transcriptos, en la concepción religiosa de Lutero se deja advertir un doble y complementario sentido: en la “verdad religiosa” ante todo, predomina lo que “yo siento” sobre lo que “me viene dado”; y, en segundo lugar, esa verdad se construye “a la medida de mi yo”. Dios interesa no por lo que es, soberano y objeto de adoración, sino en cuanto “me interesa”, en cuanto calma “las inquietudes de mi conciencia”, en cuanto “soluciona mis problemas personales”. Dios acaba por convertirse en “algo que satisface las necesidades humanas”. Por eso, acota García de Haro, “si bien Lutero pensó que seguía inmerso bajo el signo de la trascendencia divina, en realidad iniciaba un proceso de absolutización del “yo”, de autodivinización, a partir de la propia conciencia”.

  ¿Quién podría negar que Lutero fue un hombre profundamente religioso? Con todo, para llevar adelante su lucha ascética personal prefirió volverse sobre sí mismo. De ahí que aunque pensaba seguir buscando a Dios, en realidad sólo se buscaba a sí mismo. Dios no era el fin último de sus anhelos, sino un instrumento de su personal promoción.  Cuando afirma “a mí que más me da” que Cristo tenga dos naturalezas – “esto le importa a él”, acota -, está subordinándolo y poniéndolo a la medida del hombre. Que no se interponga pues, el magisterio de la Iglesia entre Cristo y yo. Si la revelación es algo estrictamente individual, incomunicable, ¿cómo admitir que una autoridad exterior, por sagrada que se pretenda, pueda mediar entre Dios y él para comunicarle ésta revelación que él solo percibe, y menos aun, para interpretarla? El Dios trascendente, el Dios en sí, explica García de Haro, le resulta opresivo, y por tanto inconscientemente intenta destruir a ese Dios. En un libro que Federico Jacobi, filosofo alemán abrevado en las corrientes del sentimentalismo, publicó en 1816, decía: “para que cualquier ser pueda llegar a convertirse en un objeto completamente comprendido por nosotros, debemos suprimirlo y aniquilarlo en el pensamiento como objeto, como realidad subsistente en sí, para transformarlo en algo subjetivo, en una criatura nuestra”.

  Por lo que el autor español concluye señalando “la connaturalidad de la lectura luterana con los sectores extremos del modernismo.  Todo giro subjetivizante ante la fe (…) a una rebelión frente al principio de la autoridad en la Iglesia (…) A la vez implica una reforma de la doctrina de la fe, donde la «experiencia interior» priva sobre el «don» sobrenatural; donde la fe tiende a confundirse con el sentimiento religioso y a perder todo contenido intelectual «dado»; en fin, donde se le reduce además, a algo «privado», «individual» e incapaz de «informar» la propia vida o de la sociedad”. Lutero invirtió la estructura del acto de fe, anteponiendo al don recibido la propia experiencia personal, la propia conciencia. De éste modo procederían los modernistas. Se entiendo así porqué el modernismo pudo ser colocado por Pio X en la línea dinámica que va del protestantismo hacia el ateísmo total. La subjetivización de la fe conduce tendencialmente no solo a la disolución de lo sobrenatural sino también de la religiosidad natural.


Alfredo Saenz – “El Modernismo: Crisis en las venas de la Iglesia” Ed. Gladius 201. Págs. 50-53.


Nota de NCSJB: el título del artículo es nuestro.


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miércoles, 28 de mayo de 2014

La figura anticrística en Dostoievski – Por P.Alfredo Sáenz S.J.


“La Leyenda del Gran Inquisidor”

  El texto de Dostoievski se encuentra en la segunda parte de “Los hermanos Karamazovi”. El gran novelista hace que Iván le lea a su hermano Alioscha un poema, donde intervienen sólo dos personajes: el Gran Inquisidor de Sevilla y Jesucristo, a quien aquél ordena detener y llevar a la cárcel, manteniendo allí un largo diálogo con él, o mejor, un prolongado monólogo, ya que Cristo permanece durante todo el tiempo en irreductible silencio. Dostoievski volverá allí a uno de sus temas predilectos, y es el valor del don de la libertad que Dios otorgó al hombre. Dios quiso que fuésemos dioses por la gracia, hijos del Altísimo, pero ello fue un llamado, una invitación. La fe es el acto que busca, encuentra y elige libremente el amor de Dios. El libre amor recíproco hace converger las dos voluntades, la del Dios que llama y la del hombre que responde, en un acuerdo “sintético”, como dice Dostoievski, en un acuerdo divino-humano. Éste es el mensaje capital de Dostoievski en todas sus obras.

  Pues bien, el Gran Inquisidor le recrimina a Cristo porque no consintió a las sugestiones de Satanás en el desierto. Si hubieras convertido las piedras en panes, habrías resuelto el problema social de la humanidad, habrías acabado con el flagelo del hambre, el frio y la miseria. Y todos te hubieran seguido, aclamándote por rey. Pero inexplicablemente respondiste: “No sólo de pan vive el hombre” (Mt 4, 4). Te pedían que multiplicases los panes y respondiste hablando del pan del cielo. “Me buscáis por los panes con que os he saciado. Buscad otro alimento” (Jn. 6, 26-27). Lo reprende, asimismo, por su falta de consentimiento a la segunda tentación, la de tirarse del pináculo del templo. ¿Por qué no lo hiciste? Todos te hubieran aclamado por un milagro tan despampanante, que no hubiera dejado ya lugar a ninguna duda, coaccionando el acto de adhesión. En continuidad con ello, hiciste mal cuando no quisiste descender de la cruz, como te pidieron los allí presentes. Y en cuanto a la tercera tentación: “Te daré todo el mundo si postrándote me adorares”, ¿por qué no la aceptaste? Hoy todo el mundo sería tuyo, todo el mundo te aclamaría. “¿Por qué desairaste ese último don? Si hubieras seguido ese tercer consejo del poderoso espíritu, habrías realizado cuanto el hombre busca en la tierra, a saber: a quién adorar, a quién confiar su conciencia, y el modo de unirse todos, finalmente, en un común y concorde hormiguero, porque el ansia de la unión universal es el tercer y último tormento del hombre.

  En cambio, le dice el Gran Inquisidor, nosotros hemos consentido a dichas tentaciones, hemos convertido las piedras en panes, hemos dado de comer a la gente, hemos unificado el mundo, y por eso nos siguen, aunque para hacerlo hayan tenido que abdicar de su libertad.

  La idea de Dostoievski es que Cristo rechazó las tres tentaciones del desierto, justamente porque representaban las tres formas de anulación de la libertad: por el milagro, por el misterio, y finalmente, por el poder de la autoridad. A su vez, Satanás las propone como las tres soluciones insustituibles para resolver los problemas de la existencia humana, apaciguando así todas las inquietudes de los hombres: convertir las piedras en pan, es solucionar el problema económico; triunfar de las leyes de la naturaleza por el milagro, es resolver el problema del conocimiento; reunir todas las naciones bajo el signo de la paz universal mediante el ejercicio de la autoridad despótica, es solucionar el problema político. El Gran Inquisidor acepta las tres tentaciones sobreentendiendo que la trascendencia no es para el hombre, que ella le queda demasiado grande, que éste debe abocarse con todas sus energías al mundo que le corresponde, el de la inmanencia. La sugestión satánica se manifiesta menos como una negación principista del absoluto, cuanto como una absolutización de este mundo, al margen de Dios…

  Destaquemos para terminar este sucinto análisis de la Leyenda, su índole netamente esjatológica. El Gran Inquisidor que disputa con Cristo, es un falso Cristo, sucedáneo suyo… En el Gran Inquisidor, Dostoievski encarna la idea opuesta a Cristo, presentándola en toda su grandeza. Es un esforzado asceta, muy por encima de intereses triviales o bastardos, que encubre un terrible secreto: su falta de fe en Dios. Al mismo tiempo comprende que hay gran cantidad de personas frágiles y timoratas, incapaces de soportar el peso heroico de la libertad que trae consigo el mensaje de Cristo. El Gran Inquisidor no cree en Dios, pero tampoco cree en el hombre, porque ambos son como la cara y el reverso de una sola y misma fe, la fe en el Dios-Hombre. Esto es precisamente lo que rechaza el Gran Inquisidor, la comunión del principio divino con el humano dentro de la libertad. Al imponérsele al hombre la prueba de la libertad, se lo ha juzgado más fuerte de lo que era en realidad, quedando así abocado a un dilema: de un lado la libertad heroica; del otro, la felicidad y la organización racional de la vida. La libertad con sufrimiento o la felicidad sin libertad. La inmensa mayoría de la  gente elige el segundo camino. El primero es el de unos pocos elegidos.


P. Alfredo Sáenz, S.J. – “El fin de los tiempos y siete autores modernos” Ed. Gladius 2008 – Págs. 130-135.


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domingo, 23 de febrero de 2014

Apostasía



  “Se trastornan los dogmas de la religión; se confunden las leyes de la Iglesia. La ambición de los que no temen al Señor salta las dignidades, y se propone el episcopado como premio de la más descarada impiedad, de suerte que a quien más graves blasfemias profiere, se le tiene por más apto para regir al pueblo como obispo. Desapareció la gravedad episcopal. Faltan pastores que apacienten con ciencia el rebaño del Señor… La libertad de pecar es mucha. Y es que quienes han subido al gobierno de la Iglesia por empeño humano, lo pagan luego consintiéndolo todo a los que pecan… La maldad no tiene límite; los pueblos no son corregidos; los prelados no tienen libertad para hablar. Porque quienes adquirieron para sí el poder o dignidad episcopal por medio de los hombres, son esclavos de quienes les hicieron esa gracia…

  Sobre todo eso ríen los incrédulos, vacilan los débiles en la fe, la fe misma es dudosa, la ignorancia se derrama sobre las almas, pues imitan la verdad los que amancillan la palabra divina en su malicia. Y es que las bocas de los piadosos guardan silencio, y anda suelta toda lengua blasfema. Lo santo está profanado; la parte sana de la gente huyen de los lugares de oración como de escuelas de impiedad y marchan a los desiertos, para levantar allí, entre gemidos y lágrimas, las manos al Señor del cielo…”

 

  Carta colectiva que 32 obispos orientales dirigieron a los obispos de Italia y las Galias en la lucha antiarriana en el siglo IV.


Alfredo Saenz “La Nave y las Tempestades” – Ed. Gladius 2005. Pág. 234


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sábado, 1 de febrero de 2014

El optimismo de los tibios según el Cardenal Pie – Por el P. Alfredo Saenz

  La detección de los errores es un elemento sustancial en la militancia contrarrevolucionaria, que provoca irritación o a veces hilaridad en la gente del mundo. “Hemos visto hombres sabios, incluso doctores y jueces en Israel, que se ponían a sonreír cuando nosotros nos lamentábamos por los signos calamitosos y los excesos criminales de nuestro tiempo ¡Cómo si deficiencias absolutamente semejantes, y concebidas en los mismo términos, decían, no hubiesen sido familiares a todos nuestros antecesores indistintamente¡ Basta pues con esa fraseología pesimista, con esas banalidades lacrimosas. Congratulémonos más bien por todo lo que nuestro tiempo tiene de bueno y generoso; y sepamos mirar al mal en la cara, con el ojo sereno y resignado del observador del filósofo”.

  A esta acusación de “tremendismo pesimista”, Pie responde que es una constante de todos los siglos el que los hombres de Iglesia, especialmente los santos, hayan gemido por los pecados y los males de que eran testigos ¿Por qué prohibimos llorar en esta época? ¿Acaso hemos conquistado el derecho de presentarnos ante Dios, con presuntuosa confianza y audaz suficiencia, para reclamar la recompensa debida a los méritos de nuestra generación? Ello mostraría en nosotros la más espantosa de todas las disposiciones “puesto que implicaría el olvido de la noción misma del mal, el olvido del pecado, el olvido del deber, más aún, de la necesidad casi ilimitada de expiación”.

  A quienes detectan los errores de su tiempo y anuncian las calamidades que dichos errores preludian, se los acusa de ser “profetas de desgracias”. Son muchos los que huyen de todo lo que pueda oler a alarmismo, y no soportan que se desconfíe del futuro; en los síntomas más flagrantes de desorganización social no ven sino motivos de tranquilidad y prendas de prosperidad siempre creciente. “¿Os acordáis de la espantosa catástrofe ocasionada el año último en Burdeos por la explosión de un depósito de combustible? El incendio había devorado una serie de casas; proyectiles mortíferos extendían el desastre a todo el entorno; una calle íntegra estaba cubierta de carbones y escombros. Encima de esas ruinas humeantes se podía ver, a la luz de las llamas, un letrero, lo único que por una especie de fatalidad irónica se había salvado, sobre el cual restaban intactas y bien legibles las últimas palabras escritas con letras enormes: ¡Depósito de combustible inexplotable! Imagen fidelísima de la seguridad que algunos tratan de inspirarnos en esta hora”.

  Otra objeción que se suele elevar contra los que se animan a denunciar los errores de la propia época es que la contradicción puede dar importancia al agresor y conciliarle el favor popular, mientras que el silencio desdeñoso logra que se pierda en la oscuridad y el olvido. “A esto respondo primero que la Iglesia, sin cometer la falta de sobreestimar y agrandar deliberadamente a ninguno de sus adversarios, no acostumbra minimizar ni aminorar a ninguno de ellos, y que si advierte que al combatirlos los honra y exalta, no por ello tiene que privarse de tal procedimiento. Asimismo debo agregar que la teoría del silencio es, generalmente hablando, una teoría demasiado cómoda para no ser sospechosa y constato que en el pasado no tiene a su favor ni la autoridad, ni el ejemplo, ni el éxito.”


ALFREDO SAENZ – “El Cardenal Pie: Lucidez y coraje al servicio de la verdad” Ed. Gladius 2007. Págs.359-361.


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jueves, 30 de enero de 2014

Grandes obispos de la lucha antiarriana: San Hilario - Por el P. Alfredo Saenz

  San Hilario, nacido a comienzos del siglo IV en una familia pagana, se convirtió al cristianismo siendo ya adulto. Hacia el 350 ocupó la sede de Poitiers. Desde que fue consagrado obispo. Toda su actividad eclesiástica y  literaria giró en torno a la defensa de la ortodoxia frente a los arrianos y el emperador Constancio. El año 365 asistió a un concilio en Galia, donde se decretó su deposición y destierro a Frigia, en razón de la postura francamente antiarriana que había asumido... 

Vuelto a su sede, el año 359, luchó como pocos contra la herejía dominante. De Hilario ha dicho el cardenal Pie, su sucesor en la diócesis de Poitiers durante la segunda mitad del siglo XIX, que sin él las Galias habían zozobrado en el abismo de la herejía, quedando reducido el cristianismo a un Cristo meramente terreno. A combatir dicha herejía dedicó toda su vida. Sus escritos, sus viajes, sus exilios, sus oraciones no tuvieron sino ese objeto: afirmar la divinidad del Verbo, la divinidad de Cristo y, por consiguiente, del cristianismo....

  La lucha que debió entablar Hilario fue realmente terrible. A veces decía que hubiera preferido ser obispo en tiempos de Nerón o de Decio, ya que en ese caso el combate habría sido contra enemigos declarados, y hubiese podido levantar su voz en medio de los tormentos, de modo que el pueblo testigo de una persecución manifiesta lo habría acompañado en la confesión de la fe. En cambio el asunto era ahora más complejo. La lucha se entablaba contra un perseguidor que engaña, contra Constancio, que finge ser cristiano, que no hace mártires, que torna imposible la palma de la victoria. Hilario no teme desenmascararlo: “Yo te lo digo, Constancio, tú combates contra Dios”. Para colmo, dentro de la Iglesia eran muchísimos los obispos que consentían con el arrianismo, lo que hacía inmensamente ardua la resistencia. Hilario entendió que no podía quedar convertido en un simple espectador: “Es tiempo de hablar, porque el tiempo de callar ha pasado (tempus est loquendi, quia jam praeterit tempus tacendi)”. Le preguntaban, a veces, si no tenía miedo. A lo que respondía: “Sí, verdaderamente tengo miedo, tengo miedo de los peligros que corre el mundo; tengo miedo de la terrible responsabilidad que pesaría sobre mí por la connivencia, por la complicidad de mi silencio; por mis hermanos que se apartaron del camino de la verdad; tengo miedo por mí, porque es deber mío conducirlos allí”.

  Hilario fue considerado la columna de la fe en Occidente, por lo que lo llamaron “el Atanasio de Occidente”... Murió en el 366.



  Tanto admiraba el cardenal Pie a su glorioso antecesor que le pidió al papa Pío XI lo declarase Doctor de la Iglesia. Cuando el Papa accedió a su pedido, el obispo de Poitiers pronunció una espléndida homilía donde señalaba la actualidad del pensamiento de San Hilario: 

  “Que salga de su tumba, que vuelva en medio de nosotros el gran defensor de la consustancialidad del Verbo, el campeón de la inmutabilidad de la verdad revelada. Estamos en pleno arrianismo, porque estamos en pleno racionalismo. Arrio no arrebató al Verbo de Dios su divinidad sino para poner la creatura a su nivel; y la filosofía contemporánea no proyecta rebajar al Verbo divino sino para igualarse a él, digo mal, para elevarse por encima de él. ¡Huesos de Hilario, temblad de nuevo en vuestro sepulcro y clamad una vez más: “Señor, ¿quién es semejante a ti?”.


ALFREDO SAENZ – “La nave y las tempestades: La Sinagoga y la Iglesia Primitiva - Las persecuciones del Imperio Romano – El arrianismo” Ed. Gladius 2005. Págs.236-238


"Es tiempo de hablar, porque el tiempo de callar ha pasado"
San Hilario ora por nuestros cardenales y obispos descarriados

Fotos de catapulta.com.ar

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lunes, 13 de enero de 2014

ISABEL LA CATÓLICA Y EL PROBLEMA JUDÍO - Por el P.Alfredo Saenz

  No es fácil esbozar la historia del pueblo judío en España. Seguramente había ya un gran número de judíos en tiempo de los visigodos. Luego de que muchos de ellos instaron a los árabes a venir del África y luego colaboraron con éstos para que se extendiesen por España, abriéndoles las puertas de las ciudades de modo que pudiesen terminar rápidamente con los reinos visigodos, fueron premiados por los conquistadores, incluso con elevados cargos en el gobierno de Granada, Sevilla y Córdoba. Y así en el nuevo estado musulmán alcanzaron un alto grado de prosperidad y de cultura.

  La gradual reconquista de la Península por parte de los cristianos no trajo consigo ningún tipo de persecución para los judíos. Cuando San Fernando reconquistó Sevilla en 1224, les entregó cuatro mezquitas moras para que las transformasen en sinagogas, autorizándolos a establecerse en lugares privilegiados de la ciudad, con la sola condición de que se abstuvieran de injuriar la fe católica y de propagar su culto entre los cristianos. Los judíos no cumplieron estos compromisos, pero aun así no fueron contrariados, e incluso algunos Reyes, especialmente de fe tibia o necesitados de dinero, se mostraron con ellos muy condescendientes y lse confiaron cargos importantes en la Corte, sobre todo en relación con la tesorería.

  A fines del siglo XIII, los judíos gozaban de un singular poder en los reinos cristianos. Tan grande era su influencia que estaban exentos del cumplimiento de diversas leyes que obligaban a los cristianos, a punto tal que algunos de los albigenses, llegados a España del sur de Francia, se hacían circuncidar para poder predicar libremente como judíos la herejía por lo cual hubieran sido castigados como cristianos.

  En una España donde se repudiaba el préstamo a interés como un pecado – el pecado de “usura”, se llamaba -, los judíos, que no estaban sujetos a la jurisdicción de la Iglesia, eran los únicos banqueros y prestamistas, con lo que poco a poco el capital y el comercio de España fue pasando a sus manos. Los ciudadanos que debían pagar impuestos u no tenían cómo, los agricultores que carecían de dinero con qué comprar semilla para sus sembrados, caían desesperados en manos de prestamistas judíos, quedando a ellos esclavizados económicamente. Asimismo los judíos lograron gran influencia en el gobierno, prestando dinero a los Reyes, e incluso comprándoles el privilegio de cobrar impuestos. De ellos escribe el padre Bernáldez, contemporáneo de los Reyes Católicos: “Nunca quisieron tomar oficios de arar ni cavar, ni andar por los campos criando ganados, ni lo enseñaron a sus hijos salvo oficios de poblados, y de estar asentados ganando de comer con poco trabajo. Muchos de ellos en estos Reinos en poco tiempo llegaron muy grandes caudales e haciendas, porque de logros e usuras no hacían conciencia, diciendo que lo ganaban con sus enemigos, atándose al dicho que Dios mandó en la salida del pueblo de Israel, robar a Egipto”. Por supuesto que todo esto no podía caer bien, y el pueblo no les tenía la menor simpatía.

  Cuando la peste negra, en dos años, redujo la mitad de la población de Europa, los judíos sufrieron más que el resto, porque el populacho enloquecido los acusó de ser los causantes de aquella plaga envenenando los pozos, y comenzó a perseguirlos en toda Europa. El Papa Clemente VI denunció como calumniosas tales acusaciones, señalando que la peste había sido igualmente mortal donde no vivía ningún judío, y amenazó con excomulgar a los exaltados. Sin embargo, las multitudes seguían matando judíos.

  También en Castilla acaeció otro tanto, por lo que muchos hebreos, atemorizados pidieron el bautismo, llamándoselos conversos o marranos. Algunos lo hicieron sinceramente, como aquellos 35 mil convertidos por la virtud y la elocuencia de San Vicente Ferrer quien recorrió España predicando. Sin embargo, hubo muchos que simularon convertirse; iban a misa el domingo, pero secretamente seguían acudiendo a las sinagogas.

  Como cristianos confesos, los judíos falsamente convertidos se encontraban ahora libres de restricciones impuestas a sus hermanos de la sinagoga, y estaban en condiciones de contraer matrimonio con las familias nobles de España. Además, se le abrían nuevas e importantes posibilidades porque podían acceder al sacerdocio o a la vida religiosa, probando así su lealtad al cristianismo. El hecho es que en la época de Isabel, su influencia sobre la Iglesia en España era notable. Muchos de los obispos eran descendientes de judíos. Y se sabía que numerosos sacerdotes seguían siendo secretamente judíos, y se burlaban de la misa y de los sacramentos que fingían administrar. Los católicos se indignaban frente a estos sacrilegios, y en algunos casos exageraban la nota atribuyendo a los judíos la exclusividad de la decadencia que sufría la Iglesia.

  Tal era la situación cuando los Reyes estaban proyectando su campaña contra el gobierno moro de Granada. Los españoles no podían dejar de recordar que habían sido los judíos quienes invitaron a los mahometanos a entrar en el país, y siempre los habían considerado como enemigos internos, quintacolumnas y aliados del  enemigo. Dondequiera se encendía de nuevo la guerra contra los moros, automáticamente los judíos se convertían en sospechosos. Y precisamente en estos momentos, como acabamos de decir, los Reyes se aprestaban a lanzar su ofensiva contra Granada. Previendo Isabel una guerra larga y peligrosa, creyó que había llegado el momento de destruir el poder de los judíos encubiertos que constituían un reino dentro de otro reino.

  A solicitud de la Reina, el obispo de Cadiz elevó un informe sobre las actividades de los conversos de Sevilla. Se confirmaban las sospechas de Isabel, en el sentido de que la mayor parte de ellos eran judíos encubiertos, que poco a poco ganaban a los cristianos a las prácticas judías, llegando “hasta predicar la ley de Moisés” desde los púlpitos católicos.

  Señala T. Walsh que la Reina no tenía prevenciones contra los judíos como raza. EL problema, tal como ella lo entendía, era estrictamente religioso. De hecho, a lo largo de su reinado, había nombrado en cargos de confianza a varios judíos a quienes creía sinceramente cristianos, y con frecuencia había protegido a los judíos de la sinagoga contra la furia de los “pogroms” del populacho. No obstante, pensaba que muchos conversos eran en realidad judíos encubiertos, que iban a la iglesia el domingo y a la sinagoga el sábado, mientras no perdían oportunidad de ridiculizar las más sacrosantas verdades del cristianismo, socavando la fe, que era para ella la base moral del pueblo. Por otra parte, al poco tiempo de haberse creado la Inquisición, los inquisidores, convencidos por diversos testimonios, comunicaron a los Reyes el gravísimo peligro que se cernía sobre la religión católica. E incluso no faltaron judíos que expresaban su esperanza de que los turcos lanzasen una ofensiva hacia Occidente.

  Pero hubo un hecho que resultó como el detonante de toda esta cuestión. En noviembre de 1491, cuando Isabel y Fernando estaban tratando con Boabdil la rendición de Granada, dos judíos y seis conversos fueron en Ávila condenados a muerte bajo el cargo de haber secuestrado un niño cristiano de 4 años y de haberlo crucificado el Viernes Santo en una caverna, para burlarse de Cristo; de haberle arrancado luego el corazón, en orden a hacer un maleficio de magia destinado a causar la ruina de los cristianos en España, tras lo cual los judíos se posesionarían del gobierno. Por cierto que con frecuencia les colgaban cosas a los judíos. En este caso, se hicieron prolijas investigaciones, llegándose a la convicción de que, efectivamente, un niño había sido abofeteado, golpeado escupido, coronado de espinas y luego crucificado. El asunto fue sometido a un jurado de siete profesores de Salamanca, quienes declararon culpables a los imputados. Hubo un segundo jurado, en Ávila, que confirmó el veredicto. Los culpables fueron ejecutados el mismo mes que se rindió Granada. El niño sería canonizado por la Iglesia, bajo el nombre de “el Santo Niño de la Guardia”.

  Se cree que cuando el padre Torquemada fue a la Alhambra, a principios de 1492, pidió a los Reyes que encarase con urgencia este problema, que podía acabar por destruir toda su obra, y solucionasen el asunto de raíz expulsando a los judíos de España. Hacía un tiempo pensaban tomar una medida semejante. La indignación que provocó el crimen ritual del Santo Niño decidió el caso. Y así, el 31 de marzo de 1492, promulgaron un edicto según el cual todos los judíos debían abandonar sus reinos antes del 1° de julio. Alegaban que “persiste y es notorio el daño que se sigue a los cristianos de las conversaciones y comunicaciones que tienen con los judíos, los cuales han demostrado que tratan siempre, por todos los medios y maneras posibles, de pervertir y apartar a los cristianos fieles de nuestra santa fe católica, y atraerlos a su malvada opinión”. Se hacía, pues, necesario que “aquellos que pervierten la buena y honesta vida de las ciudades y villas, por la contaminación que puedan causar a otros, sean expulsados de entre pueblos”. Por eso, concluían los Reyes, “después de consultar a muchos prelados y nobles y caballeros de nuestros reinos y a otras personas de ciencia, y en nuestro Consejo habiendo deliberado mucho sobre el tema, hemos decidido ordenar a los mencionados judíos, hombres y mujeres, abandonar nuestros reinos y no volver más a ellos”.

  Los expulsados podían llevar consigo todos sus bienes, aunque sujetándose a la legislación vigente según la cual no les era lícito sacar al extranjero oro, plata, monedas y caballos, sugiriéndoseles en el mismo decreto convertir su dinero en letras de cambio. Para evitar la expulsión, tenían los judíos un recurso, la conversión. La Reina los animó a ello, y de hecho varios judíos pidieron el bautismo. Pero un buen número – unas 150 mil personas, de acuerdo a algunas fuentes – optó por abandonar España. Según parece, el éxodo, en carretas, a caballo o a pie, fue patético, en columnas que marchaban entre llantos y cantos religiosos. Algunos se dirigieron a Portugal, otros al África, o a distintos lugares.

  Señala Vizcaíno Casas que a diferencia de la abundante historiografía que ha juzgado con extrema severidad el decreto de expulsión  de los judíos, no son pocos los historiadores más recientes que lo justifican como inevitable. Dichos autores afirman que los Reyes no eran, en principio, hostiles a los judíos, sino que, dados los antecedentes históricos y los sucesos más recientes, consideraron imprescindible suspender el régimen de convivencia entre hebreos y cristianos, ante el riesgo de que el judaísmo, como doctrina religiosa tolerada, quebrantara la fe de la población. Ya en el siglo XIX, Amador de los Ríos había señalado que sería gran torpeza suponer que la medida fue inspirada por un arrebato de ira o por un arresto de soberbia; los Reyes la dictaron, dice, “con aquella tranquilidad de conciencia que nace siempre de la convicción de cumplir altos y trascendentales deberes”.

  Débese asimismo advertir que no fueron los Reyes Católicos los únicos ni los primeros en tomar una decisión de este tipo. Los judíos ya habían sido expulsados de Inglaterra en 1290, de Alemania entre 1348 y 1375, de Francia desde 1306. Por lo general, en España se les trató mejor que en otros países. En Francia, por ejemplo, en la Francia de San Luis, se había decidido que todo judío que se dedicara a la usura debía ser expulsado del reino; que sólo podían permanecer allí los que vivieran de un trabajo manual, es decir, pocos; que no era lícito poseer ejemplares del Talmud y otros textos judíos, por ser anticristianos; en caso de descubrírselos, dichos libros eran quemados.

  Con la expulsión decidida por los Reyes Católicos, se alcanzaron, de hecho, los objetivos buscados. Ante todo, se salvó la unidad religiosa de España. Asimismo, se acabaron para simpre los “pogroms”. Y más positivamente, gracias a los numerosos descendientes de judíos que permanecieron en España, pudo producirse la enriquecedora confluencia del genio judío y la Reforma Católica, concretada en nombres prestigiosos, de origen “converso”, tales como Francisco de Vitoria, San Juan de Ávila, Fray Luis de León, Santa Teresa de Ávila… Toda una constelación magistral.


ALFREDO SAENZ – Isabel La Católica – Ed. Gladius 2009 - Págs.41 a 50.


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lunes, 11 de noviembre de 2013

Liberalismo según el Cardenal Pie – Por P. Alfredo Saenz

  Entre los diversos slogans que la Revolución hiciera circular, ninguno más convocante que el de la libertad: libertad de pensamiento, libertad de prensa, libertad de religión. Para el Card. Pie el común denominador de todas esas libertades, tal cual las entendía su tiempo, es lo que llama “la libertad de blasfemia”. Transcribamos el texto: “Se la ha llamado diversamente. Como Satán que es su padre, el mundo es natural y forzosamente mentiroso. Si se viese obligado a hablar claramente y llamar a las cosas por su verdadero nombre, caería en la impotencia y la muerte; la verdad lo mata, y la luz le resulta mortal. Vive de mentiras, mentiras y equívocos en las palabras. Esta libertad impía se llamó pues libertad de conciencia, libertad religiosa, libertad de pensamiento, libertad de prensa, pero, de hecho, y, en verdad, de derecho, era la libertad de blasfemia”. Encontramos así en la calle al blasfemo erudito y al blasfemo ignorante, al blasfemo burlón y al blasfemo cínico, al blasfemo sereno y al blasfemo entusiasta.
 
  Esta reflexión trae al Cardenal el recuerdo de aquella visión que San Juan describe en el Apocalipsis de una mujer vestida de rojo, sentada sobres una bestia roja, “llena de nombres de blasfemia: “plenam nominibus blasphemiae” (Ap. XVII, 3). Dicha mujer simboliza la ciudad de los malvados, que la Escritura llama “Babilonia”, y en otro lugar, “la Iglesia de los que traman el mal” (Ps. XXV, 5) o también “la Sinagoga de Satanás” (Ap. II, 9). Tal sociedad –la ciudad del demonio-, nacida del pecado, durará hasta el juicio postrero, y es por tanto contemporánea de todos los siglos. Sin embargo, anota Pie, entre tantas vicisitudes por las que el curso de la historia y la actitud de los hombres le hacen pasar, tiene, por así decirlo, sus edades de oro, en que todo le viene en su ayuda, en que su reino es más libre y extendido, en que parece triunfar de la ciudad de Dios. Cristo mismo aludió a un momento semejante, la hora más terrible de la historia, paradigma de todas la horas oscuras: “Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas” (Lc. XXII, 53). Pues bien, nuestra época da libre cauce a las tinieblas, y en cierto modo las institucionaliza al gobernar el tejido social no sobre la base de la verdad sino sobre la base de la libertad.

  El liberalismo o, mejor dicho, el sedicente liberalismo, no es sino la concreción de dicha conciencia libertaria. “El liberalismo, diremos con San Agustín en su epístola 101, es la palabra favorita de los que son esclavos de toda suerte de pasiones. ¿Qué decir pues a esos hombres, alimentados de iniquidad y de impiedad, y que se glorían de haber sido educados liberalmente, sino lo que está escrito en un libro eminentemente liberal: Si el Hijo os libra, entonces seréis verdaderamente libres? (Ju. VIII, 36). En efecto, es Jesucristo y su Iglesia quienes nos hacen reconocer lo que hay de verdad en los principios calificados de liberales por hombres que no han sido llamados a la libertad; porque tales principios en nada están conformes con la libertad sino en lo que tienen de conformes con la verdad; por ello el mismo Hijo de Dios ha dicho: Y la verdad os hará libres (Ju. VIII, 38)”

  …El liberalismo, en el mejor de los casos, “tolera” que Jesucristo sea reconocido en la sociedad, con tal que renuncie a ser la única verdad, que renuncie a su realeza, que abdique. Incluso los liberales católicos aceptan vivir en un sistema de reticencias que difícilmente podrán explicar el día del Juicio ante Aquel que dijo: “Quién me haya proclamado y confesado ante los hombres, yo también los lo proclamaré y confesaré ante mi Padre celestial” (Mt. X, 32). La gente de nuestro tiempo se sigue reconociendo cristiana, aunque sea por inercia, dice Mons. Pie, y por tanto el cristiano, que se codea todos los días con otros cristianos, tiene espontáneamente mil ocasiones de declararse tal. Sin embargo el católico liberal, que encierra su fe en el reducto de su corazón, cuando termine su vida advertirá que ha hablado de todo, pero no se atrevió a hablar de la realeza de Cristo, mantuvo la verdad cautiva, la oprimió con su injusto silencio, no la proclamó “para no herir la libertad de los demás”. A estos cristianos camuflados Cristo les dirá en su momento: “No os conozco: nescio cos” (Mt. XXV, 12). “Casi sin quererlo vienen a mi recuerdo aquellos gerasenos de que se habla en el capítulo 8 de San Mateo. Más de una vez, los judíos habían experimentado la tentación de usar la violencia contra Jesús y habían tratado de lapidarlo. Aquéllos, más prudentes y moderados, habiendo visto los prodigios obrados por Cristo, le rogaron suavemente que pasase más allá de sus fronteras: Et rogabant eum ut transiret a finibus eorum (Mt. VIII, 34)". No de otra manera se comportan los liberales, principalmente los que pretenden seguirse llamando católicos. En modo alguno atacan a Cristo, más aún, lo aceptan en su fuero íntimo, peor nada hacen para que sea reconocido como rey, señalan límites a un imperio que no conoce fronteras.

ALFREDO SAENZ – “El Cardenal Pie” Lucidez y coraje al servicio de la verdad – Gladius Bs.As. 2007. Pags. 308 a 311.


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lunes, 30 de septiembre de 2013

Rev. P. Alfredo Saenz - "Las dos mujeres del Apocalipsis" (VIDEO)

Concluímos con la Segunda conferencia brindada
el 14 de Septiembre de 2013 por el
Rev. Padre Alfredo Saenz S.J.
en San Miguel de Tucumán, auspiciada por:


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Primera conferencia Mons. Dr. Juan Claudio Sanahuja Aquí



  Queremos agradecer el desinteresado trabajo de estos valientes soldados de Cristo al hacer un gran esfuerzo para traer un poco de luz a la gente de nuestra provincia, y a todas la personas que colaboraron para hacer posible este evento.




martes, 10 de septiembre de 2013

LOS MALOS PASTORES – Santa Catalina de Siena

  Uno de los dolores más agudos de Catalina fue el espectáculo de los pastores mercenarios o incluso lobos. Había, sin duda pastores excelentes. Pero no es menos cierto que la vida de muchos era escandalosa…

  En carta al abad Emarmoutier, que le había escrito para preguntarle lo que pensaba sobre la situación, le responde que una de las causas del mal estado de la Iglesia es el exceso de indulgencia. Los sacerdotes se corrompen porque nadie los castiga, enquistados en sus tres grandes vicios: la impureza, la avaricia y el orgullo, no pensando más que en los placeres, los honores y las riquezas. Tampoco los prelados corrigen a sus fieles ya que, como dice nuestra Santa, “temen perder la prelatura y desagradar a sus súbditos”. No quieren descontentar a los demás, buscan vivir en paz y tener buenas relaciones con todos, aunque el honor de Dios exige que luchen. "Semejantes individuos, viendo pecar a sus súbditos, fingen no verlos para no encontrarse en el trance de castigarlos; o bien, si los castigan, lo hacen con tal blandura que se limitan a pasar un ungüento sobre el vicio, porque temen siempre desagradar a alguien y dar lugar a pendencias. Esto nace de que se aman a sí mismos”.

  Una y otra vez insiste Catalina en la incompatibilidad que existe entre la caridad y este tan cobarde como temeroso egoísmo. Cristo no ha venido a traernos un pacifismo timorato, bajo el cual el mal se desarrolla mejor que el bien. Ha venido con la espada y el fuego. “Querer vivir en paz – dice Catalina - es con frecuencia la mayor de las crueldades. Cuando el absceso se halla a punto, debe ser cortado por el hierro y cauterizado por el fuego: si ponemos en él únicamente un bálsamo, la corrupción se extiende y provoco a veces la muerte”. 

  Estas palabras estan tomadas de unas de sus cartas al Papa Gregorio XI. Dios mismo, refiriéndose a los pastores confirmó su idea en el Dialogo: “dejarán de corregir al que está en puesto elevado, aunque tenga mayores defectos que un inferior, por miedo de comprometer su propia situación o sus vidas. Reprenderán, sin embargo, al menor, porque ven que en nada los puede perjudicar ni quitar sus comodidades.” Es decir, serán fuertes con los débiles y débiles con los fuertes. “Todo lo que harán será abrumar, con las piedras de grandes obediencias, a los que quieren observar, castigándolos por culpas que no han cometido. Lo hacen porque no resplandece en ellos la piedra preciosa de la justicia, sino de la injusticia. Por eso obran injustamente, dando penitencia y odiando al que merece gracia y benevolencia y santo amor, gusto y consideración, confiándoles cargo a los que como ellos son miembros del diablo”.

P. Alfredo Saenz - El Pendón y la Aureola. Ed. Gladius 2002. Pags. 94 y 95


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