San Juan Bautista

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lunes, 29 de abril de 2019

Sobrenatural protesta ante Francisco - Antonio Caponnetto


 Santo Padre:


Nosotros, los 26 mártires ucranios, víctimas del Comunismo, beatificados solemnemente en el año 2001; los 1725 mártires beatos, exterminados como consecuencia de la persecución marxista en España; los beatos mártires eslovacos, Vasil Hopko y Zdenka Cecilia Schelingova, asesinados por el régimen comunista que capturó a Eslovaquia; el beato mártir Jerzy Popiełuszko, asesinado en Polonia por los agentes del Soviet, el beato Monseñor Anton Durcovici, y el Padre Vladimir Ghika, asesinados por el comunismo rumano, los 17 mártires y beatos laosianos ejecutados por las milicias rojas  del Pathet Lao, el beato mártir Teofilius Matulionis, primera víctima del comunismo en Lituania, junto a todos los mártires auténticos abatidos por odio a la Fe, bajo los segadores signos de la hoz y el martillo, devolvemos a Vuestra Santidad las palmas del martirio y las coronas de la Beatitud,que oportunamente la Santa Madre Iglesia nos otorgara, hasta que no les sean quitadas formalmente al impostor Enrique Angelelli y sus cómplices de la Revolución Marxista en la Argentina, que por vuestra insensatez y estulticia habéis elevado a los altares el pasado 27 de abril del año 2019.


Son ellos, artífices de la insurrección atea, apátrida, amoral y siniestra. O somos nosotros, las víctimas reales y sangrantes de sus ideologías ruinosas y de sus conductores homicidas.


No hay sitio en los templos para ambos. No hay espacio compartido en las hagiografías. No hay sacras superficies ni celestes recodos para albergar a la vez a los hijos de la luz y a los de las tinieblas.


Porque no se puede servir a dos señores. Y ¡ay de aquellos!, simples laicos o encumbrada jerarquía, que por conformaros al mundo, junto a Vos, han consentido tamaña afrenta, difícil de perdonar por constituir abiertamente pecado de escándalo.


Habéis ido demasiado lejos en vuestra audacia de pastor errático y demagogo. Y os han acompañado en el sacrilegio, la desmesura y la blasfemia, un haz nutrido de clérigos ladinos, a cada uno de los cuales pedirá cuenta a su hora el Señor Implacable.


Sí; dignos y firmes, os devolvemos la beatitud con que se nos honrara, y que ahora deshonra Su Eminencia, en un acto luctuoso y ultrajante, indigno de la Sede de Pedro y propio de la cátedra de fuego y humo.


¡Cuidado con la santa ira de las legiones santas!




ANTONIO CAPONNETTO

                                          




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sábado, 27 de abril de 2019

¡ GLORIA AL MÁRTIR RIOJANO ! - Antonio Caponnetto




Se llamaba Antonio Torino, fraile mercedario oriundo de La Rioja.


Era hijo del Capitán Don Gaspar Torino Ocampo, artífice material del primer templo de los Padres Mercedarios levantado en tierra riojana, a partir del año 1617. De ese templo salieron nutridas vocaciones de misioneros, entre las cuales estuvo la del propio Fray Antonio.
Sus superiores le encomendaron la evangelización de los indios Atiles, tristemente famosos por sus borracheras e idolatrías, y por los actos de extrema crueldad que eran capaces de ejecutar.
Fray Antonio Torino confió en Dios y se lanzó nomás hacia Los Llanos, con su misal, su rosario y su Cruz de madera. Buscando la redención de aquellas almas que le fueron confiadas.
Los conquistadores españoles le habían advertido que su vida corría serios peligros entre esa gente. Pero el cura les predicaba la Verdad, oportuna e inoportunamente, a la par que procuraba hacerlos desistir de sus vicios, dando ejemplo él mismo de innúmeros actos de piedad, de devoción y de servicio.


Un día, a comienzos de la tercera década del mil seiscientos, en medio de las terribles guerras calchaquíes, los Atiles quisieron obligar a Fray Antonio a presidir una de sus habituales orgías. Se negó con santa ira, quebrando con un palo las enormes tinajas de chicha con la que se embriagaban y cometían sus desmanes después.


Los indios se arrojaron sobre él, lo desnudaron de su hábito misionero, lo colgaron de un algarrobo (venerado hasta el siglo XVIII) y lo descuartizaron vivo, juntando en la sotana del mártir su propia sangre que usaron después para sus diabólicas supersticiones.


Murió perdonando a sus asesinos y pidiendo su conversión.


El Capitán Gregorio de Luna y Cárdenas, se juramentó ante sus soldados para que el martirio y la gloria de Fray Antonio Torino no quedaran en el olvido.


Cativas y Asimín, los principales verdugos, huyendo de la justicia humana, fueron alcanzados por la justicia divina, siendo abatidos ambos por un rayo en medio de la fuga.


Fray Antonio Torino, primer y genuino mártir riojano, verdadero santo misionero, apóstol entre los más necesitados, servidor de pecadores y testigo de la Fe Católica: ruega por nosotros.


Fray Antonio Torino, fiel a Cristo, a la Iglesia, a la España Misionera y la argentina tierra riojana que te dio la vida, intercede ante el Dios de los Ejércitos para que castigue ejemplarmente a los nuevos Cativas y Asimín -hoy sentados perjuramente en la Sede Romana- disipando las mentiras, los fraudes, las estafas y las ignominias del falso martirologio riojano que hoy quieren imponernos.


Fray Antonio Torino, nosotros, los católicos argentinos, honramos tu vida, celebramos tu muerte santa cuanto heroica y proponemos tu figura como arquetipo emulable y digno de veneración.


Fray Antonio Torino: ¡Dios no muere! ¡Viva Cristo Rey!


Fray Antonio Torino: ¡Presente!



Antonio Caponnetto



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lunes, 17 de julio de 2017

Dialogo de Carmelitas (Película)




  Dialogo de Carmelitas es una película que retrata el martirio de las monjas Carmelitas de Compiègne, religiosas que se negaron a dejar la vida monástica en tiempos de la revolución francesa y fueron ejecutadas el 17 de julio de 1794 en un juicio inicuo en donde el delito era profesar la fe católica.

  Realzada en tiempos en los que las películas católicas todavía eran verdaderamente católicas (1960), “Dialogo de Carmelitas” está basada en la novela de Gertrud Von Le Fort y la obra teatral homónima de Georges Bernanos (“Le dialogue des Carmelites”).

  En el día del aniversario del paso a la Eternidad de las Mártires de Compiègne, y avizorando un futuro próximo no muy diferente para quienes quieran defender la fe Católica Apostólica y Romana, vaya nuestro humilde homenaje pidiendo intercesión a estas santas religiosas para que nos ayuden a estar a la altura de las circunstancias llegado el caso.






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viernes, 14 de julio de 2017

Martirio de Mons. Jozef Tiso: Gobernante y sacerdote nacionalista - Antonio Caponnetto



  Nota de NCSJB: Mons. Jozef Tiso fue un santo sacerdote nacionalista eslovaco, doctor en teología. En su actividad pastoral, como reconocimiento a su celo pastoral le fue otorgado el título de Monseñor. Fue designado Ministro de Higiene en el gobierno de Praga en 1927 y durante la crisis Checoeslovaca de 1938/39, aprovechó para lograr la independencia de Eslovaquia de la opresión checa, fundando el Estado Eslovaco.

  Fue elegido entonces Presidente sin dejar nunca de servir asimismo como párroco en la pequeña localidad de Bánonce.

  Al declararse la Segunda Guerra Mundial, Monseñor Tiso se unió a las potencias del eje en la lucha anticomunista. Al vencer las fuerzas que responden a la judeo-masonería, fue apresado y juzgado injustamente por los comunistas determinando así su muerte en la horca, habiendo ofrendado su vida por Dios y por su Patria.

  Al hablar de la participación de este santo varón con su nación en la guerra anticomunista; decía nuestro mártir Jordán Bruno Genta, en la obra cuyo prólogo del Dr. Caponnetto aquí reproduciremos:




“...me complace estar con los vencidos de la tierra. Cuando los ejércitos de Europa presididos por el maravilloso ejército alemán invadieron la Unión Soviética, yo participé con todo mi corazón y con toda mi alma en la esperanza de que abatieran a los renegados de Dios, a los enemigos del género humano”

  “¿Por qué quería con toda mí alma el triunfo de esas fuerzas maravillosas con esa disposición al sacrificio y a la muerte? Porque el triunfo de los que fueron vencedores de la Segunda Guerra Mundial, el imperialismo internacional del dinero y el comunismo ateo se iban a adueñar de la tierra entera como está ocurriendo en estos momentos”.

  “¡Qué honor! señores, estar al pie de la Cruz, como en un campo sembrado de cadáveres de los que han muerto por amor a Dios y por amor a la Patria. No estáis ante un espectáculo de muerte, no estáis ante nada que sea aniquilamiento, estáis en presencia del comienzo de la Vida verdadera por aquellas palabras maravillosas que dijo San Agustín: La Vida verdadera bajó hasta nosotros, tomó nuestra muerte, y la mató con la abundancia de Su Vida”.


J.B. Genta. Buenos Aires, 23 de Abril de 1974




Prólogo al trabajo de Jordán B. Genta: “Monseñor Tiso. El Gobernante Mártir”




  Este año que concluye se lleva consigo el aniversario número cincuenta del martirio de Monseñor Tiso.

  Su sólo nombre todo lo dice para los hijos fieles de la entrañable nación eslovaca. Y a fe que otro tanto ocurre con sus enemigos históricos, que aún dominadores impunes y estultos, no podrán olvidarse de quien tan gallardamente los enfrentó, con su palabra, con su conducta y con su sangre.

  Pero ese nombre cargado de resonancias para unos y otros, y proferido en el Cielo a la diestra del Padre, nada significa frente a las actuales generaciones, ni ante esos cristianos acédicos, ignorantes de las glorias de la Iglesia y siempre prontos a disculparse por lo que le han hecho creer que son sus extravíos.

  Son ellos entonces quienes primero necesitan conocer estas páginas…

  Conocer que Monseñor Tiso, al igual que otros sacerdotes ejemplares, como su recordado maestro, el Padre Hlinka, comprendieron que por lo mismo que la patria hundía las raíces de su fundación en el misterio de la Cruz, era necesario pelear por su rescate y trabajar sin pausa por su entero señorío. Sin concesiones ni compromisos con los destructores de la estirpe. Sin contemporizaciones ni enjuagues con los poderosos; sin dobleces ni asomo de esta común bellaquería que hoy envuelve a tantos trémulos pastores.

  Conocer asimismo que fue Tiso, en cada uno de los cargos públicos que desempeñó, hasta llegar a la mismísima presidencia de la República, un sacerdote que asumió la autoridad como servicio, y no un político que desertó del Orden Sagrado en pos de la carrera electoral.

  Un consagrado que en carácter de tal, veló eficientemente por su pueblo, en nombre de la caridad y del bien común antes que de programas asistencialistas. Un ungido que volcó sus bendiciones sobre la nación que gobernaba, mas que un candidato de engañosas fórmulas mundanas. Un párroco que no abandonó jamás el ejercicio de su ministerio, y que al igual que San Luis bajo aquel legendario roble de Francia, siendo el primer mandatario, atendía los requerimientos de los suyos, a la salida de las misas dominicales en su capilla aldeana de Bánovce. Un hombre de Dios, entregado jerárquicamente a Él desde el puesto de mando; de rodillas frente al pequeño e infinito pórtico del Sagrario y de espaldas a la puerta ancha del horizontalismo.

  Fue Tiso el Capellán de Eslovaquia. Un verdadero Príncipe Cristiano en tiempos de aplebeyados ateos.

  Conocer además que es posible proclamar la Realeza de Cristo, en cumplimiento del primer deber de un estadista bautizado. Y que de esa prioritaria y urgente proclamación se siguen todos los bienes, como la añadidura tras la búsqueda principal del Reino de Dios. Así, durante los años de gobierno del singular presbítero, su país, pública y orgullosamente definido como confesional y como buen vasallo del Supremo Rey, alcanzó la prosperidad material y la resolución inteligente de los problemas terrenos.

  Conocer, en suma, que Monseñor Tiso, sabía y quería hablar claro, desdeñando las elipsis y prefiriendo la contundencia del verbo esencial. Dado “el carácter infernal del bolchevismo -dijo en el Parlamento en 1936- es imposible la conciliación... y no se puede tener respecto de él, ni siquiera una posición neutral”. Tres años después, el 21 de febrero de 1939, agregaría en el mismo recinto una definición tajante: “no queremos ser ni seremos nunca los esclavos de cualquier ideología que no surja de nuestra tradición eslovaca y de nuestro espíritu cristiano”. He aquí la síntesis de su ideario y de su posición doctrinal: el nacionalismo católico. Ese nacionalismo que es amar y soñar cristianísimamente a la propia patria, y que no pueden entender ahora los adocenados servidores del Nuevo Orden Mundial.

  Conocer por último, que tras el triunfo de los aliados todavía celebrado amén de por sus socios, por algunos sedicentes humanistas- Eslovaquia fue invadida por los rojos, padeciendo desde entonces un doloroso via crucis, cuyas estaciones de angustia y espanto no han arrancado nunca la proverbial furtiva lágrima de los denostadores profesionales de genocidios. Eslovaquia fue invadida; y Monseñor Tiso, capturado como no podía ser menos por la policía norteamericana, acabó entregado a los verdugos de Moscú. Supo entonces de la prisión y de los vejámenes, de los campos de concentración -que olvida la historia oficial escrita en Yalta- y de las torturas físicas y morales. Supo de la crueldad del bolchevismo que había osado desafiar y de la negra alianza entre liberales, marxistas, judíos y masones. Los mismos que ahora resultan objeto de inmerecidos requiebros, y exculpados de una historia que los ha visto como victimarios de cristianos y perseguidores de la Iglesia. Pero supo también el Padre Tiso de la particular asistencia de la gracia. Y se mantuvo varonilmente enhiesto hasta el final, prefiriendo la muerte mártir a la traición que le proponían protagonizar para salvar su vida. La horca pudo ceñir su cuello, pero ya no podía ceñir su corazón. Pudieron dispersar al viento sus cenizas, mas no la unidad de su alma, juntura inamovible de amores esenciales y haz sin fisuras de la contemplación de Dios y de Eslovaquia.

  Doble lección la suya de nacionalismo y de martirio cristiano, de celo sacerdotal y de piedad patria, de pastoreo de la grey y de conducción de los ciudadanos. Y conocer sendas cosas justificaría sobradamente la reedición de este opúsculo que hoy se presenta.

  Sin embargo, posee el mismo para nosotros, el valor especialísimo de haber sido escrito por un argentino que fue capaz de vivir y de caer en el combate en defensa de los mismos altos bienes por los que lidiara y cayera Monseñor Tiso.

  Todo es paradigmático en estas voces de Genta que exaltan la figura del egregio esloveno. Todo es paradigmático, pero a la vez, misteriosamente premonitor. (Y nunca más oportuno recordar que el misterio es diafanidad y lumbre).

  Paradigmática es la alabanza del Varón Justo, como emblema de una genuina política de soberanía física y metafísica aplicada sobre el cuerpo y el alma de la nación.

  La exaltación de la Cristiandad y -por ella- el milagro de la comunión de las patrias, más allá de las diferencias accidentales. El rescate del arte de las definiciones, con las cuales nombrar como cuadra a los réprobos y a los elegidos, a los malditos y a los benditos del tiempo y del espacio. Paradigmáticas las razones -que se elevan en la oratoria de Genta como los arcos de una arquitectura gótica- en virtud de las cuales se enseña que todo hombre de honor debe rechazar el éxito del mundo y homenajear a los grandes derrotados; a aquellos que, a imitación del Señor, han resultado vencidos aquí abajo por no abdicar de las cosas de arriba. “¡Qué deferencia más señalada” -dirá Genta con su acento inconfundible- “ser convocado para honrar a un vencido en la tierra!”. Es el alegato de un hombre superior que ha penetrado en la concavidad más recóndita del secreto del Calvario. La confesión, casi inefable, casi incomunicable, de quien ha visto de cerca la silente victoria del Viernes Santo. Es la inauguración trascendente de la mañana y del gozo, tras la mera inmanencia de la pena y del crepúsculo.

  Pero algo más veía Genta cuando hablaba de su admirado Tiso. Tuvo “un destino envidiable” -proclamaba, delante de sus compatriotas exiliados que lo escuchaban como a un maestro- “porque mereció el triunfo y la gloria del martirio. ¡El martirio, esa buena muerte, esa preciosa e insuperable muerte donde empieza la vida sin muerte!”. Y largos años después, volviendo con fidelidad a rendirle homenaje, insistía con tono impetrante: “permanezco en el mismo lugar en que estaba entonces y espero que la muerte me encuentre, en esa definición católica y nacionalista que profeso, y a la cual he consagrado mi vida”.

  La muerte lo encontró como quería. Y la tuvo “buena, preciosa, envidiable e insuperable”, cual la había descripto hablando de la de Monseñor Tiso. Premonición misteriosa decíamos. O deseo recto y ardiente que se alcanza por merecimientos propios. O inspiración bajo el auxilio de la gracia, si se prefiere.

  De cualquier modo, concurren en Genta los mismos valores, que invitábamos antes a contemplar en el biografiado: el amor a Dios y a la Patria, la ciudadanía del Cielo y de la tierra, la disposición al martirio y el patriotismo militante; el nacionalismo católico para decirlo con las mejores palabras, y por eso, las que más irritan a los tibios.

  Supo escribir Gerado Diego ante un muerto cercano y encomiable, que era “vergüenza vivir cuando los buenos mueren”. Que abajo, quienes quedamos, “cantamos y cortamos las flores del poniente”. Mas “las del alba, tú solo, las cosechas celeste, del jardín de la vida, tras el mar de la muerte”.

  Allí han de estar entonces, ya sin sombras de dudas, en el altísimo prado, Monseñor Tiso y Jordán Bruno Genta cosechando las flores del alba. Unidos en hermandad de sangre, entonando epinicios para Eslovaquia y Argentina. Porque Dios así restituye la gloria a quienes lo sirvieron en vida.

  Nosotros aquí, a despecho de tantas persecuciones e incomprensiones, de tantas soledades y pruebas, queremos continuar el camino que nos trazaron con sus ejemplos. Precisamente porque los tiempos son difíciles, porque los recursos son pocos, porque los desertores abundan y los pusilánimes acechan. Precisamente porque pareciera que está todo perdido y queda por ganar la vida eterna lidiando contra el Maligno. No es mal destino si se sabe ser dócil a las ultimidades de la Historia.

  Nosotros aquí, una vez más. Escuchando -como los soldados de Enrique V en vísperas de San Crispín- la promesa magnífica y certera reservada a los que sean capaces de jugarse sin reservas: sus nombres serán resucitados por el recuerdo viviente de los descendientes, y serán saludados con copas rebosantes. Los que no hayan participado de la contienda se sentirán viles, y los protagonistas -aún tumbados- serán ennoblecidos por el coraje.

  Nosotros aquí, en este cotidiano entrevero de querer recordar y emular a los testigos de la Verdad. Para no sentir “vergüenza” de seguir viviendo. Hasta que la flor del alba -señera, firme, altiva- reverdezca luminosa regada con nuestra propia sangre.




Antonio Caponnetto
Buenos Aires. Noviembre de 1997



Jordán Bruno Genta “Monseñor Tiso. El Gobernante Mártir”. Ed. Santiago Apóstol 1997.


Un especial saludo y agradecimiento a Vladimiro La Torre



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sábado, 18 de febrero de 2017

¿Martires protestantes? – Mons. De Segur



  ¿Tiene mártires el protestantismo? Él (protestante) así lo cree, pero se engaña.

  Un mártir es un hombre que da su vida por permanecer fiel a la fe de Jesucristo. Él muere, no por opiniones personales, sino por la doctrina de la Iglesia de Dios. Él no es terco sino fiel. De consiguiente, todo cristiano que es muerto en odio de la fe, es un mártir.

  Los pocos protestantes que han sido muertos con motivo de sus opiniones religiosas, ¿habrán sido mártires? No, pues que ellos han sacrificado su vida por ideas personales, por convicciones puramente humanas, prefiriendo su juicio propio a la misma vida; de manera que su muerte ha sido el acto supremo del orgullo, mientras que el martirio es el acto supremo de la humilde sumisión y de la abnegación de sí mismo. No basta morir para ser mártir. Es necesario, para merecer esta palma, morir por la Verdad, cuyo honor exige a veces el sacrificio de la propia sangre.

  El carácter de los pretendidos mártires de las sectas protestantes, es ante todo fanatismo, la exaltación, el furor, lo cual es propio orgullo. Los verdaderos mártires, al contrario, aquellos que la Iglesia, esposa inmaculada de Jesucristo, le da por hijos, esos desde San Esteban hasta los misioneros que hoy dan testimonio con su sangre a la fe en el extremo Oriente, han muerto todos en la paz de Dios, dulces y humildes, como víctimas inocentes, perdonando con amor a sus verdugos, dignos de Jesucristo en la vida y la muerte.


  La Iglesia Católica es la única que engendra mártires, como ella sola engendra santos.



Mons. G. de Segur – Conversaciones sobre el Protestantismo actual – 1984
 Tipografía San José de Juan M. Troncy –Págs.119-120.



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lunes, 3 de noviembre de 2014

San Pelagio mártir y el rechazo a la sodomía musulmana


Nota de NCSJB: Teniendo en cuenta la nueva orientación vaticana, nos pareció importante dar a conocer la biografía de éste niño mártir que hoy sería doblemente descanonizado ya por su rechazo a las falsas religiones ya por su desprecio a la sodomía.
  
San Pelagio

† 26 junio 925

  La biografía de San Pelagio se abre en la batalla de Valdejunquera, cercanías de Pamplona, librada el 26 de julio del año 920 entre Abd al-Rahmán III y los reyes cristianos Sancho de Pamplona y Ordoño II de León, en la que los cristianos del norte sufrieron una gravísima derrota. Los musulmanes la denominarán campaña de Muez por el vecino castillo en el que se refugiaron los fugitivos de Valdejunquera. En aquel encuentro adverso, dos obispos que acompañaban a los monarcas cristianos, Dulcidio, de Salamanca, y Ermogio, fueron hechos prisioneros y traídos a Córdoba. Ermogio llegó a la capital del todavía emirato el jueves 13 de septiembre de 920. Ninguna fuente verdaderamente antigua vincula de manera especial a Ermogio y a San Pelagio con Tuy.

  Con fundamento en la Pasión, el obispo Ermogio pasó al menos en prisión tres meses y medio entre las estrecheces de la cárcel y el sufrimiento de las cadenas, tiempo suficiente para tratar su rescate y entregar como rehén a su sobrino Pelagio, de 10 años de edad. El santo niño llegaba posiblemente a Córdoba en enero de 921 con la esperanza de que su tío enviaría prisioneros musulmanes del reino de León en precio de su rescate. Las transacciones fueron muy lentas pues, tres años y medio después, Pelagio seguía en prisión.

  En la cárcel, según el presbítero cordobés Raguel, Pelagio mantiene una actitud altamente sobrenatural. La reclusión era una prueba y servía de purificación de sus pecados. «Cuál era allí su comportamiento, sus compañeros [de prisión] no lo ocultan y la fama no lo silencia», dice Raguel. «En efecto, él era casto, sobrio, apacible, prudente, atento a orar, asiduo a su lectura, no olvidadizo de los preceptos del Señor [y] promotor de buenas conversaciones». Su belleza natural fue comunicada a Abd al-Rahmán III. Éste ordenó que el niño fuera conducido a su presencia. Como la pederastia era un hecho bastante habitual en la España musulmana, testigo Ibn Hazam (994-1063), autor de El collar de la paloma, la escena inmediata se encuadra dentro de unos comportamientos no extraños en el Islam español.

  “Así -cuenta Raguel- al comienzo de un banquete envió a sus subalternos para que hiciesen comparecer al que iba a ser víctima para Cristo, con el fin de mirarlo detenidamente”. Vestido con todo lujo pero sujeto aún con las cadenas de la prisión fue presentado al emir. Ante él procedieron a cortar los hierros cuya caída sirvió para impresionar al niño, a los asistentes y al futuro califa. “A éste, que habían vestido con toga regia, lo expusieron a las miradas de aquél, mientras que a los oídos del santísimo niño musitaban que por su hermosura era llevado a tan alto honor”. La pasión relata a partir de este momento el diálogo entre aquella criatura de 13 años y Abd al-Rahmán III. Éste le dijo sin titubeos:

-“Niño, te elevaré a los honores de un alto cargo, si quieres negar a Cristo y afirmar que nuestro profeta es auténtico. ¿No ves cuántos reinos tengo? Además te daré una gran cantidad de oro y plata, vestidos los mejores y adornos los precisos. Recibirás, si aceptas, el tipo que tú eligieres entre estos jovencitos, a fin de que te sirva a tu gusto, según tus principios. Y encima te ofreceré pandillas para habitar con ellas, caballos para montar, placeres para disfrutar. Por otra parte, sacaré también de la cárcel a cuantos desees, e incluso otorgaré honores inconmensurables a tus padres si tú quieres que estén en este país”.

  San Pelagio respondió decidido:

-“Lo que prometes, emir, nada vale, y no negaré a Cristo, Soy cristiano, lo he sido y lo seré, pues todo eso tiene fin y pasa a su tiempo; en cambio, Cristo, al que adoro, no puede tener fin, ya que tampoco tiene principio alguno, dado que Él personalmente es el que con el Padre y el Espíritu Santo permanece como único Dios, el cual nos hizo de la nada y con su poder omnipotente nos conserva”.

  Abd al-Rahmán III no obstante pretendió, aunque en broma, comenzar ciertos tocamientos.

-“Retírate, perro”, dice Pelagio. “¿Es que piensas que soy como los tuyos un afeminado?”, y al punto desgarró las ropas que llevaba vestidas y se hizo fuerte en la palestra, prefiriendo morir honrosamente por Cristo a vivir de modo vergonzoso con el diablo y mancillarse con vicios.

  Abd al-Rahmán III no perdía por ello las esperanzas de seducir al niño y por eso ordenó a los jovencitos de su corte que lo adularan, a ver, si, apostatando se rendía a tantas grandezas prometidas. «Pero él, con la ayuda de Dios, se mantuvo firme y permaneció sin temor proclamando que sólo existe Cristo y afirmando que por siempre obedecería sus mandatos».

  «El emir, al ver que la fervorosísima alma de Pelagio perseveraba en oposición a su voluntad, y al darse cuenta de que era rechazado en sus deseos, picado de rabia, dijo:

-“Colgadlo en garruchas de hierro y, una vez constreñido hasta el máximo elevándolo hacia lo alto, bajadlo reiteradamente el tiempo necesario para que exhale su espíritu, o niegue que Cristo es Dios”.

  Pelagio, pasando por la prueba con voluntad inconmovible, se mantenía impertérrito, por cuanto ahora no rehusaba en absoluto padecer por Cristo. Al conocer el emir la firmeza de Pelagio, ordenó que lo despedazasen con la espada, miembro a miembro, y que fuese arrojado al río. Los verdugos, por su parte, en virtud de la orden recibida, después de sacar el puñal, se entregaron frenéticamente a tan crueles escarnios contra él, que se podría pensar que ejecutaban el sacrificio que, sin ellos saberlo, era necesario que se ofreciera en presencia de nuestro Señor Jesucristo. Uno le amputó de cuajo un brazo, otro le segó las piernas, otro incluso no dejó de herir su cuello. Entre tanto permanecía sin espantarse el mártir, del que gota a gota manaba abundante sangre e vez de sudor, seguramente sin invocar a nadie más que a nuestro Señor Jesucristo, por quien no rehusaba padecer, diciendo: “Señor, líbrame de la mano de mis enemigos”. En este momento emigró su espíritu a la presencia de Dios; su cuerpo, en cambio, fue arrojado al fondo del río Guadalquivir. Pero de ninguna manera faltaron fieles que lo buscasen y llevasen solemnemente hasta su sepulcro. En realidad, su cabeza la guarda el cementerio de San Cipriano; su cuerpo, empero, el verde campo santo de San Ginés».

  «¡Oh martirio verdaderamente digno de Dios -concluye Raguel- que comenzó a la hora séptima, y llegó a su cumplimiento al atardecer del mismo día! El santísimo Pelagio, a la edad aproximada de trece años y medio, sufrió el martirio según se ha dicho, en la ciudad de Córdoba, en el reinado de Abd al-Rahmán, sin duda un domingo, a la hora décima, el 26 de junio en la era de 963 [925]».





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viernes, 17 de mayo de 2013

PLENA REHABILITACIÓN DEL HEROICO CARDENAL MINDSZENTY


   El sitio web de la archidiócesis de Esztergom-Budapest informó (el mes de marzo 2012) de la plena rehabilitación legal, moral y política del heroico cardenal de Hungría, Jozsef Mindszenty. El proceso de rehabilitación del Siervo de Dios, el cardenal Mindszenty, se concluyó oficialmente por solicitud de su sucesor, el cardenal Péter Erdő, por orden del Fiscal General.

  A finales de 1989, el Fiscal General había ordenado la revisión del proceso Nº IX. 254/1949, instruido por el Tribunal Popular de Budapest contra el Cardenal József Mindszenty, que lo acusó de alta traición. Mediante la Ley N º XXVI. de 1990, el Parlamento ordenó la reparación de dicho proceso‒farsa y, por lo tanto, de la condenación ilegítima.
  
  La ordenanza actual concluye oficialmente el proceso de revisión y, al mismo tiempo que declara la plena rehabilitación legal, moral y política del cardenal József Mindszenty.

  El Cardenal Péter Erdő, afirmó que este es “el fin de una larga historia, llena de sufrimiento”, que “contribuirá al conocimiento de la verdad de nuestro pasado, a la restauración espiritual y a la elevación la moral de nuestro pueblo.” “Esta decisión –concluyó el purpurado‒ demuestra claramente que nuestra legislación ha roto con la pesada herencia de los juicios‒farsa y se compromete seriamente con hacer valer las exigencias fundamentales y humanas de la justicia”.

Antecedentes:

  El Tribunal Popular de Budapest condenó por alta traición
al Cardenal József Mindszenty en un proceso‒farsa.
  Durante los primeros años de la ocupación soviética de Hungría, la figura del cardenal Mindszenty se agigantó en un enfrentamiento con las autoridades comunistas del país, personificando una gesta en defensa de las libertades de la Iglesia y de la tradición espiritual del pueblo húngaro. Junto a miles, fue reprimido por oponerse tenazmente a la nacionalización de las escuelas católicas, y detenido, sufriendo a manos de los comunistas torturas durante treinta días y noches consecutivos, consistentes en privación de sueño, administración de drogas, forzamiento de declaraciones y falsas acusaciones, y juzgado en un proceso totalmente injusto en el que la corte dizque lo encontró culpable de "traición", condenándolo a cadena perpetua.

  Persecución que supuso también el encarcelamiento de otros obispos, el fin de la educación religiosa y la disolución de las órdenes religiosas. Fue encarcelado durante 8 años hasta 1956 con la memorable revolución húngara anticomunista. En esa circunstancia fue liberado y llevado a Budapest, donde realizó varias alocuciones públicas y radiales en favor de la libertad de Hungría.

  Fracasada la revolución el cardenal Mindszenty se vio obligado a auto exiliarse en la embajada de los Estados Unidos de Norteamérica, donde recibió asilo político, permaneciendo ahí quince años. Agentes comunistas lo esperaban día y noche en las afueras de la embajada. Llegó a erigirse en un símbolo apreciado y respetado por los húngaros contemporáneos, dejándonos este santo pastor el testimonio más elocuente de integridad.   Presionado por el papa Pablo VI, el cardenal Mindszenty abandonó finalmente Hungría en septiembre de 1971 y pasó a residir en Viena.

  En 1974, Pablo VI declaró vacante la sede Metropolitana de Hungría, a la que Mindszenty había renunciado por instrucciones de Roma y no sin manifestar públicamente su desacuerdo con los intentos diplomáticos por parte del Vaticano de establecer alguna relación con el estado húngaro, esfuerzos que, finalmente, permitieron el nombramiento de algunos nuevos obispos. El veterano cardenal diría en esa ocasión: «La historia del bolchevismo, que se remonta ya a medio siglo, demuestra que la Iglesia no debe hacer nunca un gesto conciliador a la espera de que cese por ello la persecución religiosa». El conocido como el "Soldado de la Fe", "símbolo de las resistencias a todas las formas de violencia", "el mártir más célebre del catolicismo de su tiempo" falleció en Viena en 1975 y, actualmente, está en estudio su proceso de beatificación.

 Fuentes: Radio Vaticano, Acción Familia, Conoze, Biografías y Vidas;  La Gaceta de Puerto Príncipe 

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jueves, 16 de mayo de 2013

EL MARTIRIO - SAN POLICARPO DE ESMIRNA

  Os escribimos, hermanos, sobre los que han sufrido martirio, y particularmente sobre Policarpo, que puso como el sello final e hizo cesar con su martirio la persecución. Se puede decir que todo aconteció a fin de que el Señor nos mostrara de nuevo su martirio, como lo refiere el Evangelio. Porque Policarpo esperó a ser entregado, como lo hizo el Señor, a fin de que también nosotros fuéramos imitadores suyos, mirando no sólo nuestro propio interés, sino también el de nuestros prójimos; porque la caridad verdadera y sólida está en buscar no sólo la propia salvación, sino también la de todos los hermanos...

  Los mártires se mantuvieron firmes, después de haber sido desgarrados por los azotes, de suerte que se podía ver la disposición de la carne hasta lo interior de las venas y las arterias, hasta el punto de que todos los circunstantes se sentían movidos a compasión. Ellos, en cambio, se habían levantado a tal nobleza que ninguno de ellos profirió un lamento o un gemido, mostrándonos a todos nosotros que en aquella hora de tormento los nobilísimos mártires de Cristo estaban fuera de su propia carne, o mejor, que el mismo Señor estaba con ellos, conversando con ellos. Sostenidos por la gracia de Cristo, despreciaban los tormentos terrenos, pues con los padecimientos de una sola hora compraban la vida eterna. El fuego de sus inhumanos torturadores les era un refrigerio, pues ante sus ojos estaba el huir del fuego eterno que jamás se extingue, y veían con los ojos del corazón los bienes que les aguardaban... Los que fueron condenados a las fieras sufrieron igualmente tormentos espantosos, siendo extendidos sobre conchas y sometidos a otras formas diversas de tortura...

  En cuanto a Policarpo, hombre digno de nuestra máxima admiración, en primer lugar, en cuanto oyó que se le buscaba, no se turbó, y quería permanecer en la ciudad; pero muchos le persuadieron de que se retirara fuera. Salió, pues, a una pequeña finca que no estaba muy lejos de la ciudad, y allí pasaba el tiempo con unos pocos compañeros, sin hacer otra cosa que orar de día y de noche por todos y por las Iglesias esparcidas por toda la tierra, como lo tenía por costumbre...

  Como persistieran los que le buscaban, tuvo que cambiarse a otra finca, y pronto se presentaron los que iban tras él (en la primera finca). Al no hallarle, tomaron dos esclavos, y uno de ellos, sometido a tortura confesó su donde residía... Acompañados, pues, del esclavo, los perseguidores salieron un viernes a la hora de la cena con caballería y la gente armada que suelen... Y llegando en hora ya tardía, lo encontraron acostado en una pequeña habitación en el piso superior. Todavía hubiera podido huir a otro escondite pero no quiso, diciendo: “Hágase la voluntad de Dios.” Oyendo el ruido de los que habían llegado, él mismo bajó y se puso a hablar con ellos, los cuales se admiraron de su avanzada edad y de su buen estado, preguntándose si valía la pena tanto aparato para aprehender a tal anciano.   

  Inmediatamente mandó Policarpo que se les diera de comer y de beber cuanto quisieran, siendo la hora que era, rogándoles empero que le dejasen una hora para orar tranquilamente. Ellos se lo concedieron, y él, puesto en pie se puso a orar lleno de tal gracia de Dios que por espacio de unas dos horas no le he posible callar y todos los que le oían estaban embelesados: algunos incluso empezaron a sentir remordimientos de haber venido a tomar a un anciano tan lleno de Dios. Finalmente terminó su oración, no sin haber hecho mención de todos los que durante toda su vida habían tenido trato con él, de los humildes igual que de los grandes, de los ilustres lo mismo que de los sencillos, así como de toda la Iglesia católica esparcida por todo el mundo habitado. Llegada la hora de partir, le pusieron sobre un asno y lo llevaron a la ciudad, en día que era de sábado solemne. En el camino se encontraron con el jefe de policía, Herodes, y con su padre Nicetas, los cuales le hicieron pasar a su carruaje e intentaban persuadirle con las siguientes amonestaciones: ¿Qué mal hay en decir que el Emperador es el Señor y en sacrificar y cumplir las demás ceremonias, para salvar la vida? Pero él al principio no les daba respuesta alguna; mas como insistieran, les dijo: “No voy a hacer nada de lo que me aconsejáis.” Ellos entonces, fracasados en su intento de persuadirle empezaron a decirle palabras insultantes y le hicieron descender precipitadamente del carruaje, de suerte que al descender se desgarró la espinilla. Él, sin volverse, como si no se hubiera hecho daño alguno, caminaba animosamente. Fue conducido al estadio, y fue tanto el tumulto que en él se armó que nadie podía entenderse...

  Llevado a la presencia del procónsul, pregúntele éste si era él Policarpo; y como contestara afirmativamente, intentaba el procónsul hacerle renegar, diciendo: “Ten consideración a tu avanzada edad, y las demás cosas que suelen decir: Jura por la fortuna del César, cambia tu modo de pensar y grita: Mueran los ateos.” Pero Policarpo, mirando con un rostro serio a toda la mesa de paganos sin ley que llenaban el estadio, les hizo una seña con la mano, dio un suspiro y levantó los ojos al cielo diciendo: “Mueran los ateos.” Intervino el procónsul diciendo: “Jura, y te pongo en libertad, reniega de Cristo.” Repuso Policarpo: “Hace ochenta y seis años que le sirvo, y ningún mal me ha hecho: ¿Cómo puedo blasfemar de mi rey a quien debo la salvación?”

  El procónsul insistió de nuevo diciendo: “Jura por la fortuna del César.” Policarpo respondió: “Si tienes por punto de honor el hacerme jurar por la fortuna del César, como tú dices, fingiendo ignorar quién soy yo, oye lo que proclamo con toda libertad: Soy cristiano; y si quieres aprender cuál es la doctrina cristiana, dame un día de tregua y escúchame...” Dijo el procónsul: “Convence al pueblo. Replicó Policarpo: A ti te considero digno de una explicación, pues nuestra doctrina nos enseña que hay que dar a los magistrados y autoridades que están establecidas por Dios el honor que les es debido y que no daña a nuestra conciencia. Pero al pueblo no creo que valga la pena presentarles una defensa.” Dijo entonces el procónsul: “Tengo fieras, y te entregaré a ellas si no cambias de parecer.” Respondió Policarpo: “Llámalas, pues para nosotros no puede darse un cambio de lo mejor a lo peor, sino que lo razonable es cambiar de lo malo a lo justo. Insistió el procónsul: Te haré consumir en el fuego si no cambias de parecer, ya que desprecias a las fieras. Policarpo dijo: Me amenazas con el fuego que dura un momento y al poco rato se apaga, porque desconoces el juicio que ha de venir y el fuego del castigo eterno que aguarda a los impíos. Pero, ¿por qué pierdes el tiempo? Tráeme lo que quieras.”

  Mientras decía estas y otras muchas cosas, Policarpo se mostraba lleno de ánimo y de alegría, y su rostro resplandecía con una gracia tal que no sólo no mostraba desfallecimiento por las amenazas que se le dirigían, sino que por el contrario, era más bien el procónsul el que estaba fuera de sí, mandando a su propio heraldo que en medio del estadio hiciera por tres veces este pregón: Policarpo ha confesado ser cristiano: En cuanto el heraldo hubo dicho esto, toda la turba de judíos y de gentiles que habitaban en Esmirna se puso a gritar con rabia incontenible y a grandes voces: Ese es el maestro del Asia y el padre de los cristianos, el destructor de nuestros dioses, que ha enseñado a muchos a negarles sus sacrificios y culto. Esto decían a gritos, y pedían al gobernador Felipe que soltara un león contra Policarpo. Pero el gobernador contestó que no le estaba permitido hacerlo una vez que ya se habían terminado los combates de fieras. Entonces se pusieron de acuerdo en gritar todos a la vez que Policarpo fuera quemado vivo... Al punto el populacho se lanzó a recoger leña y maderas de los talleres y baños, colaborando los judíos, como suelen, con particular diligencia. Cuando la pira estuvo preparada, Policarpo se quitó los vestidos... Como pretendieran clavarle en un poste, les dijo: Dejadme como estoy, pues el que me da fuerzas para soportar el Juego me concederá poder permanecer inmóvil en la hoguera sin necesidad de asegurarme con vuestros clavos. Así pues, no le clavaron, sino que le ataron. Y él, con las manos atrás, atado como un carnero escogido de un gran rebaño para el sacrificio, preparado para ser holocausto acepto a Dios, levantó sus ojos al cielo y dijo: Señor Dios omnipotente, Padre de tu amado y bendito hijo tuyo Jesucristo, por el cual hemos recibido conocimiento de ti, Dios de los ángeles y de las potestades y de toda la creación, de todo el linaje de los justos que viven en tu presencia: Te bendigo porque me has tenido por digno de está hora en que puedo tomar parte, contado entre el número de los mártires, en el cáliz de Cristo en espera de la resurrección de la vida eterna en alma y cuerpo, en la incorrupción del Espíritu Santo. Sea yo recibido hoy en tu presencia entre ellos, como un sacrificio rico y aceptable. Tú me preparaste de antemano para ello, tú me lo revelaste, y tú me lo has cumplido, Dios de verdad en el que no hay engaño. Por esto, y por todas las cosas, te alabo y te glorifico, por medio del eterno y celestial sumo sacerdote, Jesucristo, tu hijo amado, por el cual y juntamente con el Espíritu Santo sea a ti la gloria ahora y por los siglos venideros. Amén.

  Así que hubo enviado al cielo su Amén, terminando su plegaria, los que cuidaban de la pira prendieron el fuego: y levantándose una gran llamarada nos fue dado a algunos ver un prodigio, y fuimos preservados para dar a conocer a los demás lo que acaeció. Porque el fuego, haciendo una especie de bóveda, como si fuera una vela de barco henchida por el viento, rodeó como con un muro circular el cuerpo del mártir que se hallaba en el centro, no como carne que se quema, sino como pan que se cuece o como oro que se purifica en el horno. Y sentimos un olor tan intenso como si fuera una ráfaga de incienso o de algún otro aroma precioso. Finalmente, viendo aquellos hombres inicuos que el cuerpo del mártir no podía ser consumido por el fuego, dieron orden al verdugo de que se acercara y le hundiera un puñal. Así lo hizo, y brotó una tal cantidad de sangre que se apagó el fuego, quedando toda la multitud pasmada de la diferencia que había entre la muerte de los infieles y la de los elegidos. Al número de éstos pertenece también Policarpo, hombre sobremanera admirable, maestro con espíritu de apóstol y de profeta en nuestros propios tiempos y obispo de la Iglesia católica en Esmirna: toda palabra que salió de su boca, o bien ha tenido ya cumplimiento, o ciertamente lo tendrá.

  Pero el maligno... dispuso las cosas de modo que no nos fuera dejado su cuerpo, aunque muchos eran los que deseaban apoderarse de sus santos restos. En efecto, Nicetas... fue a suplicar al gobernador que no se nos diera el cadáver, diciendo: No vaya a suceder que abandonen al crucificado y empiecen a adorar a éste. Esto era una sugerencia de los judíos, quienes insistían en ello y aun montaron una guardia cuando nosotros fuimos a recogerlo de la pira. Ignoraban que nosotros ni jamás podremos abandonar a Cristo, que padeció por la salvación del mundo entero de los que se salvan, él inocente, por nosotros, pecadores, ni jamás daremos culto a otro alguno. Porque a él le adoramos porque es hijo de Dios, mientras que a los mártires les tributamos un justo homenaje de afecto como a discípulos e imitadores del Señor, a causa del amor insuperable que mostraron por su rey y maestro. ¡Ojalá que nosotros pudiéramos también acompañarles y llegar a ser discípulos con ellos!

  Así pues, el centurión, viendo la porfía de los judíos, hizo colocar el cadáver en el centro y lo hizo quemar, a la manera como ellos suelen hacerlo. Así nosotros más tarde pudimos recoger sus huesos, más valiosos que las piedras preciosas y más estimables que el oro, y los colocamos en lugar adecuado. Allí, nos concederá el Señor celebrar el natalicio de su martirio, reuniéndonos todos en cuanto nos sea posible con júbilo y alegría, para celebrar la memoria de los que ya terminaron su combate, y para ejercerlo y   Preparación de los que aún han de combatir...

 Eusebio. Hist. Ecles. IV.15, 3ss;
 Nacionalismo Católico San Juan Bautista