San Juan Bautista

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jueves, 12 de septiembre de 2013

El Papa Masón y Judaizante en los Protocolos de los Sabios de Sion - Por Aurelio Sallairai



Es un axioma masón indiscutible que la masonería debe hacerse sentir en todas partes y no dejarse ver en ninguna.

  Exactamente lo mismo es lo que está pasando con la “judería”...

  … entendemos  y siempre lo hemos entendido así, que la verdad y la no verdad, esto es, el error, no pueden estar jamás unidos en buena unión, que entre el bien y el mal no cabe pacto alguno de no agresión y amistosa convivencia, como muchos están procurando ahora que la haya.

  O se es lo que se es, o no se es nada.

  …¿Qué el decir la verdad trae dolorosas y a veces fatales consecuencias? Ya lo sabemos por propia y ajena experiencia. Pero hay que decirla, y en voz alta para que los demás la oigan y despierten de la modorra que tan insensible como eficaz y aceleradamente les va corroyendo la vida cristiana y la de los hombres, conduciéndolos a la muerte temporal  y eterna.

  Si esas consecuencias probables y esperadas llegan, ofrendaremos a Dios lo que nos cueste con la naturalidad y fortaleza del soldado de campaña que, frente al enemigo, da su vida por la patria.

  Por lo demás, judíos y masones andan en todo este asunto tan de la mano como en la realidad. ¡Claro! Pues hay quien dice, y entre ellos los mismo judíos (Protocolo XI, 273) que la masonería es su hija legítima.

  …los dos tienen los mismos fines: raer del mundo el cristianismo... Y para eso en todos los tiempos de su coexistencia, pero principalmente en estos tiempos que corremos, los dos emplean los mismo medios: la infiltración en la Iglesia de doctrinas y personas que so pretexto de “renovación del cristianismo” lo que pretenden es su total ruina.

  …en el mundo y más todavía en el seno del catolicismo contemporáneo y aún en la misma Iglesia, representada por muchos de sus teólogos y autoridades, hay una adaptación y sumisión de los principios judaico-masónicos, que ahora sí, de veras, pretenden realizar aquella revolución interior pronosticada astuta casi simultáneamente por los Protocolos y por el masón Fogazzaro en su novela “Il Santo”, condenada por la congregación del Índice de libros prohibidos.

  He aquí las palabras de Fogazzaro, que encierran el programa que hoy en día se está realizando al pie de la letra: “Nosotros somos un cierto número de católicos de Italia y fuera de ella, eclesiásticos y laicos que deseamos la reforma de la Iglesia. La deseamos sin rebelión, llevada a cabo por la propia autoridad legítima. Queremos reformas en la disciplina del clero, reformas en el supremo gobierno de la Iglesia. Para esto es necesario crear una opinión que induzca a la legítima autoridad a obrar según nuestros planes, lo cual tardará veinte, treinta o cincuenta años” (Barbier “Las infiltraciones masónicas en la Iglesia”).

  ¿No es lo mismo idénticamente lo mismo, lo que están realizando hoy los del aggiornamiento” de la Iglesia bajo la tutela y dirección de masones y judíos?

  SÍ, masones y judíos. Porque… hay innumerables testimonios de judíos y masones y ambas cosas a la vez, que coinciden sobre el fin de ambas entidades: masonería y judería”

  Veamos algunos: Bernard Lazar, judío y masón y uno de los más celebres banqueros internacionales, escribe: “Si lo judíos no organizaron una tenebrosa conspiración contra Jesús, proporcionaron las armas a los que le combatieron, y en los asaltos dirigidos contra la Iglesia, ellos están siempre en primera fila”. Bernard Lazar cita al rabino Tarfon, que dice: “Los evangelios deben ser quemados, porque el paganismo es menos peligroso para la religión judaica que las sectas judeo-cristianas”

  Tiene razón Tarfon. Pero lo mismo decimos nosotros de esas sectas judeo-cristianas, modernizadas con el bonito nombre de “Amistad judeo-cristiana”, que son muchísimo más peligrosas para el cristianismo que el paganismo.

  Y el rabino Coffée declaró que “el Nuevo Testamento es el libro más antisemita que se ha escrito”.

  Efectivamente. También tiene razón Coffée. Y la prueba irrefutable está bien presente ¡clavada en la cruz desde hace veinte siglos! ¡Cristo!

  …Pero a pesar de todo no triunfarán, porque por encima de todo están las palabras del mismo Cristo:” LAS PUERTAS DEL INFIERNO, NO PREVALECERÁN”.

  ¿Qué más?. Nada más, sino lo siguiente. Los enemigos de Cristo y de su Iglesia no han podido derribar las murallas que la han protegido durante los veinte siglos de su existencia, tiempo más que suficiente para aprender que los arietes usados hasta el presente ya están “obsoletos” y que hay que usar otros más eficaces, parecidos o algo así como el caballo de Troya dentro de la Iglesia, porque ya no hay troyanos valientes dentro de ella que la defiendan.

  Efectivamente. He aquí el consejo de Nubius, personaje principal de la logia “La Alta Venta” daba a Volpe, uno de los adeptos más aventajados, el 3 de abril de 1844: “Lo que nosotros debemos pedir, buscar y esperar, como los judíos esperaban al Mesías, es UN PAPA SEGÚN NUESTRAS NECESIDADES”.


  Y explicaba con mayor claridad: “Debemos llegar por medios, pero bien graduados, aunque no sean bien definidos. AL TRIUNFO DE LA REVOLUCIÓN POR UN PAPA” (“Infiltraciones enemigas en la Iglesia”, París 1970)…


Aurelio Sallairai – “Los Protocolos de los Sabios de Sion y la Subversión Mundial” Bs.As. 1972 . Pags. 37 - 40


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miércoles, 11 de septiembre de 2013

La segunda venida de Cristo (I) - Por Hugo Wast

  Cuando aquellos irremediables leguleyos, chicaneros y sofistas, los fariseos y los saduceos, le piden a Jesús señales para creer, el les contesta severamente: “Hipócritas: sabéis distinguir los aspectos del cielo y de la tierra: ¿Pues como no sabéis reconocer el tiempo presente?” (Lc.XII.56).

  Así como las claves de todas las profecías del Antiguo Testamento, durante miles de años fue la esperanza del Mesías, es decir el anuncio de la primera venida del Señor al mundo; así la piedra angular de las del Nuevo Testamento es la segunda venida del Señor. ¡Inexplicable distracción la nuestra! El pueblo judío vivió cuarenta siglos en la ansiedad jubilosa de la primera venida.

  En cambio nosotros, los pueblos cristianos, que hemos visto realizarse el primer advenimiento y recibido la promesa del segundo, ya no como redentor, sino como Rey, en Gloria y Majestad, apenas nos acordamos de ello.

  Y sin embargo, diariamente, millones de fieles afirman en su credo este dogma: “Y de allí ha de venir a juzgar a los vivos y a los muertos”; y cantan en su misa: “Et iterum est cum gloria judicare vivos et mortuos”(Y otra vez ha de venir con gloria a juzgar a los vivos y los muertos) ; y en su padre nuestro ruegan por el pronto advenimiento de su Rey: “Adveniat Regnum Tuum”(Venga a nosotros tu Reino).

  Pero ¿Cuántos son los católicos que, al rezar esas oraciones, piensan que están anunciando el fin del mundo y rogando porque sea pronto? Porque el segundo advenimiento de Cristo – “venga nos él tu Reino” – significa el fin de la humanidad tal como nosotros la conocemos y la transformación del mundo actual…

  Si algún judío hubiera hecho cálculos alegres sobre los millones de años que faltaban para la venida del Mesías, es seguro que todo el pueblo lo hubiera considerado impío o insensato.

  En cambio a muchos de aquellos, para quienes es dogma de fe la segunda Venida de Cristo, no les parece nada el discurrir argumentos para anunciarnos como buena nueva que el Señor todavía tardará millones de años en venir; y aún llegan a escandalizarse si alguien sostiene que tal vez sean menos.
  ¿Tanto les conduele el fin de la humanidad, que a trueque de que ella pueda seguir viviendo, como ahora vive, renuncia o aplazan por millones de años la Segunda Venida de Cristo?

  ¿El fin del mundo es, acaso, una desgracia? ¿No han pensado que él coincidirá con el triunfo definitivo de la Iglesia de Cristo, y que su Segunda Venida será el comienzo de su Reino sin fin?

  Por su parte los ángeles y los santos no parecen tan deseosos de prolongar la existencia de un mundo que,  tal como marcha, cada día se aparta más de los senderos de Dios.

  Por el contrario. Ruegan a Dios que vendimie de una vez la viña de la tierra, y por boca de un ángel le claman en el Apocalipsis que meta su hoz aguda y vendimie los racimos de iniquidad que ya no pueden estar más maduros. (Apoc.XIV, 18)

Esto hace decir al erudito traductor de la Biblia Scio de San Miguel, comentando este pasaje: “Los santos ángeles y los bienaventurados desean que se acelere el día del juicio, para la consumación absoluta de su bienaventuranza”

  Hace 2.500 años ya el Señor se mostró irritado contra la complaciente costumbre de los profetas de Israel que, para tranquilizar al pueblo, habían dado en la flor de decir que las amenazas de las Escrituras no se realizarían en su tiempo, y procuraban alargar los plazos.

  Las visiones son, efectivamente para los tiempos futuros, y se entenderán clarísimamente cuando llegue la hora de entenderlas. “En lo postrero de los días lo entenderéis cumplidamente” (Jer.XXIII,20)

  Pero ¿esa hora está, de veras, tan distante de nosotros? ¿Quién puede afirmarlo?...

  La política de apaciguamiento era tan viva entre los falsos profetas de Israel en tiempos de Isaías y Ezequiel, que el enojo de Dios se expresó en terribles oráculos: “¿Qué refrán es ése que tenéis vosotros en la tierra de Israel, de los que dicen: Alargando se irán los días y perecerá toda visión?” “Por tanto diles: Esto dice el Señor Dios: Haré que cese ese refrán; y no se dirá más adelante por el vulgo en Israel: y diles que se han acercado los días y la palabra de toda visión” (Ezeq.XII, 22,23)

O en otros términos: “Yo haré mentir esos proverbios en que fundáis vuestra paz”.  “Asegurarles que los días se acercan y con ellos el cumplimiento de las profecías”.

  Un poco más adelante, en el mismo capítulo el Señor repite su enseñanza para que no quepa duda de que se equivocan los que fundan su tranquilidad en la persuasión de que las profecías no son para ellos.

“Hijo del hombre, he aquí los de la casa de Israel, que dicen: La visión que éste ve, es para muchos días; y para tiempos largos éste profetiza.” “Por tanto diles a ellos; Esto dice el Señor Dios; no se alargará en adelante palabra alguna mía: la palabra que hablaré será cumplida” (Ezeq.XII,28)

  Aquel pueblo, de dura cerviz, que quiere estar tranquilo se encarga de señalar a sus profetas lo que han de profetizarle.

  “Ellos dicen a los que ven: no veáis; y a los profetas no nos profeticéis la verdad; decidnos cosas agradables; profetizad ilusiones” (Is.XXX,10)…

HUGO WAST. “El sexto sello” Bs.As. Editores de Hugo Wast 1941 -Pags, 39 a 46.


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martes, 10 de septiembre de 2013

LOS MALOS PASTORES – Santa Catalina de Siena

  Uno de los dolores más agudos de Catalina fue el espectáculo de los pastores mercenarios o incluso lobos. Había, sin duda pastores excelentes. Pero no es menos cierto que la vida de muchos era escandalosa…

  En carta al abad Emarmoutier, que le había escrito para preguntarle lo que pensaba sobre la situación, le responde que una de las causas del mal estado de la Iglesia es el exceso de indulgencia. Los sacerdotes se corrompen porque nadie los castiga, enquistados en sus tres grandes vicios: la impureza, la avaricia y el orgullo, no pensando más que en los placeres, los honores y las riquezas. Tampoco los prelados corrigen a sus fieles ya que, como dice nuestra Santa, “temen perder la prelatura y desagradar a sus súbditos”. No quieren descontentar a los demás, buscan vivir en paz y tener buenas relaciones con todos, aunque el honor de Dios exige que luchen. "Semejantes individuos, viendo pecar a sus súbditos, fingen no verlos para no encontrarse en el trance de castigarlos; o bien, si los castigan, lo hacen con tal blandura que se limitan a pasar un ungüento sobre el vicio, porque temen siempre desagradar a alguien y dar lugar a pendencias. Esto nace de que se aman a sí mismos”.

  Una y otra vez insiste Catalina en la incompatibilidad que existe entre la caridad y este tan cobarde como temeroso egoísmo. Cristo no ha venido a traernos un pacifismo timorato, bajo el cual el mal se desarrolla mejor que el bien. Ha venido con la espada y el fuego. “Querer vivir en paz – dice Catalina - es con frecuencia la mayor de las crueldades. Cuando el absceso se halla a punto, debe ser cortado por el hierro y cauterizado por el fuego: si ponemos en él únicamente un bálsamo, la corrupción se extiende y provoco a veces la muerte”. 

  Estas palabras estan tomadas de unas de sus cartas al Papa Gregorio XI. Dios mismo, refiriéndose a los pastores confirmó su idea en el Dialogo: “dejarán de corregir al que está en puesto elevado, aunque tenga mayores defectos que un inferior, por miedo de comprometer su propia situación o sus vidas. Reprenderán, sin embargo, al menor, porque ven que en nada los puede perjudicar ni quitar sus comodidades.” Es decir, serán fuertes con los débiles y débiles con los fuertes. “Todo lo que harán será abrumar, con las piedras de grandes obediencias, a los que quieren observar, castigándolos por culpas que no han cometido. Lo hacen porque no resplandece en ellos la piedra preciosa de la justicia, sino de la injusticia. Por eso obran injustamente, dando penitencia y odiando al que merece gracia y benevolencia y santo amor, gusto y consideración, confiándoles cargo a los que como ellos son miembros del diablo”.

P. Alfredo Saenz - El Pendón y la Aureola. Ed. Gladius 2002. Pags. 94 y 95


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domingo, 8 de septiembre de 2013

¿Quién es el anticristo? - Por el Cardenal Giacomo Biffi

El cardenal Biffi ha presentado a Benedicto XVI y a la Curia Romana 
«la advertencia profética de Vladimir S. Soloviev» sobre el anticristo.

  El predicador de los ejercicios espirituales hizo referencia al filósofo y poeta ruso, que vivió entre 1853 y 1900...

  Citando la obra de Soloviev, «Tres diálogos» (1899), el arzobispo emérito de Bolonia recordó que «el anticristo se presenta como pacifista, ecologista y ecumenista».

  «Convocará un Concilio ecuménico y buscará el consenso de todas las confesiones cristianas, concediendo algo a cada uno. Las masas le seguirán, a excepción de pequeños grupos de católicos, ortodoxos y protestantes», dijo.

  Según la síntesis de su predicación de este martes por la tarde, ofrecida por «Radio Vaticano», el cardenal explicó que «la enseñanza que nos dejó el gran filósofo ruso es que el cristianismo no puede ser reducido a un conjunto de valores. En el centro de ser cristianos está, de hecho, el encuentro personal con Jesucristo».

  «Llegarán días en los que en la cristiandad se tratará de resolver el hecho salvífico en una mera serie de valores», escribió Soloviev en esa obra.

  En su «Relato sobre el anticristo» Soloviev prevé que un pequeño grupo de católicos, ortodoxos, e hijos de la Reforma resistirán y le responderán al anticristo: «Tú nos das todo, menos lo que nos interesa, Jesucristo»

  Para el cardenal Biffi esta narración es una advertencia. «Hoy, de hecho, corremos el riesgo de tener un cristianismo que pone entre paréntesis a Jesús con su Cruz y Resurrección», lamentó.

  El arzobispo explicó que, si los cristianos se «limitaran a hablar de valores compartibles serían mejor aceptados en los programas de televisión y en los grupos sociales. Pero de esta manera habrían renunciado a Jesús, a la realidad sobrecogedora de la Resurrección».

   Para el purpurado italiano, este es «el peligro que los cristianos corren en nuestros días»: «el Hijo de Dios no puede ser reducido a una serie de buenos proyectos homologables con la mentalidad mundana dominante».

  Sin embargo, precisó el purpurado, «esto no significa una condena de los valores, sino que éstos deben ser sometidos a un atento discernimiento. Hay valores absolutos, como el bien, la verdad, la belleza. Quien los percibe y los ama, ama también a Cristo, aunque no lo sepa, porque Él es la verdad, la belleza, la justicia».

  El predicador de los ejercicios precisó en la capilla «Redemptoris Mater» del Palacio Apostólico del Vaticano que, por otra parte, «hay valores relativos, como la solidaridad, el amor por la paz y el respeto por la naturaleza. Si estos se convierten en absolutos, desarraigando o incluso oponiéndose al anuncio del hecho de la salvación, entonces estos valores se convierten en instigación a la idolatría y en obstáculos en el camino de la salvación».

  Al concluir, el cardenal Biffi afirmó que «si el cristiano para abrirse al mundo y dialogar con todos diluye el hecho salvífico, se cierra a la relación personal con Jesús y se pone de parte del anticristo».

CIUDAD DEL VATICANO, miércoles, 28 febrero 2007.

Visto en: www.zenit.org

Gracias a nuestra lectora Gaugamela por compartir la información


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DE LA GRAVEDAD DE LOS ERRORES MODERNISTAS – San Pio X

Preámbulo

Pregunta 1. —¿Cuál es el deber primario asignado por Nuestro Señor al Soberano Pontífice?
Respuesta. —S.S. Pío X nos responde: "Jesucristo señaló —al Soberano Pontífice— como deber primario el de guardar con suma vigilancia el depósito tradicional de la santa Fe, tanto contra las novedades profanas de lenguaje como contra la oposición de una falsa ciencia".

Preg. 2. — ¿Esta vigilancia fue necesaria en todas las épocas?
Resp. — "Seguramente que no ha existido época en la que no haya sido necesaria a la grey cristiana esa vigilancia de su Pastor supremo, porque jamás han faltado, suscitados por el enemigo del género humano, hombres de lenguaje pervertido de vanos discursos y seductores, que yerran y que inducen al error".

Preg. 3. — ¿Estos hombres que yerran e inducen al error son más numerosos hoy en día y qué fin se proponen?
Resp. — "Pero es preciso reconocerlo: en estos últimos tiempos ha crecido extrañamente el número de los enemigos de la cruz de Cristo, los cuales, con artes enteramente nuevas y llenas de perfidia se esfuerzan por aniquilar las energías vitales de la Iglesia, y hasta por destruir de arriba abajo, si les fuera posible, el reino de Jesucristo".

Preg. 4. — ¿Por qué el Soberano Pontífice no puede guardar silencio?
Resp. — "Guardar silencio no es ya decoroso, si no queremos aparecer infieles al más sacrosanto de nuestros deberes y si la bondad de que hasta aquí hemos usado, con esperanza de enmienda, no ha de ser censurada como un olvido de Nuestro ministerio".

Preg. 5. — ¿Dónde están hoy los fautores del error? ¿Son enemigos declarados?
Resp. — "Lo que sobre todo exige de Nos que rompamos sin dilaciones el silencio, es la circunstancia de que al presente no es menester ir a buscar a los fabricadores de errores entre los enemigos declarados; se ocultan y esto es precisamente objeto de grandísima ansiedad y angustia, en el seno mismo y dentro del corazón de la Iglesia. Enemigos a la verdad tanto más perjudiciales cuanto no se declaran como tales".

Preg. 6. — Santísimo Padre, esos enemigos ocultos que causan angustia a vuestro paternal corazón ¿se cuentan entre los católicos? ¿se los descubre entre los sacerdotes?
Resp. — "Sí. Hablamos, Venerables Hermanos, de un gran número de católicos seglares y, lo que es aún más deplorable, hasta sacerdotes, los cuales, so pretexto de amor a la Iglesia, faltos en absoluto de conocimientos serios en Filosofía y Teología, e impregnados por el contrario, hasta la médula de los huesos de venenosos errores bebidos en los escritos de los adversarios del Catolicismo, se jactan, a despecho de todo sentimiento de modestia, de restauradores de la Iglesia".

Preg. 7. — Esos seglares católicos, esos sacerdotes, que se jactan de restauradores de la Iglesia ¿se atreven a atacar la obra de Jesucristo y hasta la propia persona de Nuestro Señor Jesucristo?
Resp. — "En apretada falange asaltan con audacia todo cuanto hay de más sagrado en la obra de Jesucristo, sin respetar la propia persona del Divino Reparador, que rebajan, con sacrílega temeridad, a la categoría de puro y simple hombre".

Preg. 8. — Pero, ¿tales hombres se extrañarán de verse colocados por Vuestra Santidad entre los enemigos de la Santa Iglesia?
Resp. — "Tales hombres podrán extrañarse de verse colocados por Nos entre los enemigos de la Iglesia, pero no habrá fundamento para tal extrañeza en ninguno de aquéllos que, prescindiendo de las intenciones, reservadas al juicio de Dios, conozcan sus doctrinas y su manera de hablar y obrar. Son seguramente enemigos de la Iglesia, y no se apartará de la verdadera doctrina quien dijera que ésta no ha tenido peores".

Preg. 9. — ¿Por qué decís que son los peores enemigos de la Iglesia?
Resp. — "Porque, en efecto, como ya se notó, ellos traman la ruina de la Iglesia, no desde fuera sino desde dentro; en nuestros días el peligro está casi en las entrañas mismas de la Iglesia y en sus mismas venas, y el daño producido por tales enemigos es tanto más inevitable cuanto más a fondo conocen a la Iglesia".

Preg. 10. — ¿Por qué decís también que son los peores enemigos de la Iglesia?
Resp. — "Añádase que han aplicado la segur, no a las ramas, ni tampoco a débiles renuevos sino a la raíz misma, esto es, a la fe y a sus fibras más profundas".

Preg. 11. — ¿Se contentan con arrancar la raíz de la vida?
Resp. — "Mas una vez herida esa raíz de vida inmortal pasan a hacer circular el virus por todo el árbol, y en tales proporciones, que no hay parte alguna de la verdad católica donde no pongan su mano, ninguna que no se esfuercen por corromper".

Preg. 12. — ¿Por qué medios persiguen su objetivo? ¿Cuál es su táctica?
Resp. — "Y mientras persiguen por mil caminos su nefasto designio, su táctica es la más insidiosa y pérfida: amalgamando en sus personas al racionalista y al católico lo hacen con una habilidad tan refinada que engañan fácilmente a los incautos".

Preg. 13. — Pero ¿las consecuencias de su doctrina deben espantar y hacer retroceder a esos católicos y a esos sacerdotes?
Resp. — "Consumados en temeridad, no hay clase de consecuencias que los haga retroceder, o, más bien, que no sostengan con obstinación y firmeza".

Preg. 14. — ¿Por qué esos enemigos de la Iglesia son particularmente peligrosos y tienen más poder para seducir las inteligencias?
Resp. — "Juntan con esto y es lo más a propósito para engañar, una vida llena de actividad, asiduidad y ardor singulares hacia todo género de estudios, aspirando a granjearse la estimación pública por sus costumbres con frecuencia intachables".

Preg. 15. — ¿Puede haber alguna esperanza de remedio?
Resp. — "Esto parece quitar toda esperanza de remedio; sus doctrinas les han pervertido el alma de tal suerte, que han venido a ser despreciadores de toda autoridad, impacientes de todo freno, y, atrincherándose en una conciencia mentirosa, nada omiten para que se atribuya a celo sincero de la verdad lo que sólo es obra de la obcecación y del orgullo".

Preg. 16. — Santísimo Padre ¿no habíais esperado hacer volver a esos extraviados?
Resp. — "A la verdad, Nos habíamos esperado que algún día volvieran sobre sí, y por esa razón habíamos empleado con ellos primero la dulzura como con hijos, luego la severidad, y, por último, aunque muy en contra de Nuestra voluntad, las reprensiones públicas. Pero no ignoráis, Venerables Hermanos, la esterilidad de Nuestros esfuerzos; esos hombres han inclinado un momento la cabeza para erguirla enseguida con mayor orgullo".

Prog. 17. — Puesto que se ha perdido toda esperanza de convertir a esos enemigos ¿por qué pues, Santísimo Padre, eleváis la voz?
Resp. - "Ahora bien, si sólo se tratase de ellos,. Nos podríamos tal vez disimular, pero se trata de la Religión católica y de su seguridad. Basta, pues, de silencio, prolongarlo sería un crimen".

Preg. 18. — ¿Es pues tiempo de hablar?
Resp.— "Tiempo es de arrancar la máscara a esos hombres y mostrarlos a la Iglesia entera tales cuales son en realidad".

Preg. 19. — ¿Qué nombre hay que dar a estos nuevos enemigos de Cristo y de la Santa Iglesia?
Resp. — "Modernistas: así se los llama vulgarmente y con mucha razón".


Catecismo Sobre el Modernismo Según la Encíclica “Pascendi” 1907


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viernes, 6 de septiembre de 2013

San Pio X ante el Sionismo. La actualidad del Sí Sí, No No.

  NCSJB: Ante la obsecuencia  pertinaz de nuestros pastores de congraciarse con nuestros más esenciales enemigos como lo grafica la página Stat Veritas (ver aquí) y (aquí), queremos recordar la correcta actitud al respecto, de quien fuera uno de los Santos que más activamente luchó contra la propagación de los errores que hoy tanto lastiman el Cuerpo Místico de Cristo.

  En una entrevista que le concediera al fundador del sionismo moderno, Teodoro Herzl,  Su Santidad Pio X, mostró en forma inequívoca (a diferencia de las ambigüedades que huelgan en la Roma de hoy) la vigencia del Sí Sí, No No.

  Sabiendo que estamos al borde de uno de los más peligrosos conflictos de la historia de la humanidad, promovidos por el sionismo-masónico, reproducimos el siguiente texto para poner a consideración de nuestros lectores, la inconveniencia de reverenciar a quienes por su libro Sagrado, tienen la obligación de aniquilar a los miembros de la Única y Verdadera Iglesia de Dios en la Tierra.

Citas del Talmud:
“No es lícito que tengas piedad de ellos, porque se ha dicho: ‘No tendrás piedad de ellos.’ Por ello mismo, si alguno viere a un cristiano en dificultades o ahogándose en aguas, no acudas en su ayuda. Si se le viere cercano a la muerte, no lo salves de la muerte. Con todo, no está bien matarlo con tus propias manos lanzándolo a un pozo o de algún modo similar a éste, puesto que no están en guerra con nosotros” Hilkhot Akum X, 1

“Dios creó a los cristianos en forma humana en honor de Israel, puesto que no fueron creados con otro fin que para servir a los judíos día y noche; y no se les puede dar descanso jamás de semejante esclavitud. Pues es menester que el hijo del Rey (el israelita) no sea servido por bestias en su propia forma, sino en forma humana” Midrash Talpioth fol. 255, d.


SAN PÍO X Y TEODORO HERZL Visto en: http://elblogdecabildo.blogspot.com.ar/

  Ayer fui recibido por el Papa Pío X. Me recibió de pie y tendió la mano que no besé. Se sentó en un sillón, especie de trono para “los asuntos menores” y me invitó a sentarme cerca de él. El Papa es un sacerdote lugareño, más bien rudo, para quien el Cristianismo permanece como una cosa viviente, aún en el Vaticano. Le expuse mi demanda en pocas palabras. Pero, tal vez enojado porque no le había besado la mano, me contestó de modo demasiado brusco:

  P.X.— “No podemos favorecer vuestro movimiento. No podemos impedir a los judíos ir a Jerusalén, pero no podemos jamás favorecerlo. La tierra de Jerusalén si no ha sido sagrada, ha sido santificada por la vida de Jesucristo. Como jefe de la Iglesia no puedo daros otra contestación. Los judíos no han reconocido a Nuestro Señor. Nosotros no podemos reconocer al pueblo judío.

  De modo que el antiguo conflicto entre Roma y Jerusalem, personificado por mi interlocutor y por mí, revivía en nosotros. Al principio traté de mostrarme conciliador. Le expuse mi pequeño discurso sobre la extraterritorialidad. Esto no pareció impresionarlo. “Gerusalemme”, dijo, no debía a ningún precio, caer en manos de los judíos”.

T.H.— Y sobre el estatuto actual, ¿qué pensais vos, Santidad?

P.X.— “Lo sé; es lamentable ver a los turcos en posesión de nuestros lugares Santos. Pero debemos resignarnos. En cuanto a favorecer el deseo de los judíos a establecerse allí, nos es imposible”.

  Le repliqué que nosotros fundábamos nuestro movimiento en el sufrimiento de los judíos, y queríamos dejar al margen todas las incidencias religiosas.

P.X— “Bien, pero Nos, en cuanto Jefe de la Iglesia Católica, no podemos adoptar la misma actitud. Se produciría una de las dos cosas siguientes: o bien los judíos conservarán su antigua Fe y continuarán esperando al Mesías, que nosotros los cristianos creemos que ya ha venido sobre la tierra, y en este caso ellos niegan la divinidad de Cristo y no los podemos ayudar, o bien irán a Palestina sin profesar ninguna religión, en cuyo caso nada tenemos que hacer con ellos. La fe judía ha sido el fundamento de la nuestra, pero ha sido superada por las enseñanzas de Cristo y no podemos admitir que hoy día tenga alguna validez. Los judíos que debían haber sido los primeros en reconocer a Jesucristo, no lo han hecho hasta hoy”.

  Yo tenía a flor de labio la observación: “Esto ocurre en todas las familias; nadie cree en sus parientes próximos”; pero de hecho contesté: “El terror y la persecución no eran ciertamente los mejores medios para convertir a los judíos”.

  Su réplica tuvo, en su simplicidad, un elemento de grandeza:

P.X.— “Nuestro Señor vino al mundo sin poder. Era povero. Vino in pace. No persiguió a nadie. Fue abbandonato aún por sus apóstoles. No fue hasta más tarde que alcanzó su verdadera estatura. La Iglesia empleó tres siglos en evolucionar. Los judíos tuvieron, por consiguiente, todo el tiempo necesario para aceptar la divinidad de Cristo sin presión y sin violencias. Pero eligieron no hacerlo y no lo han hecho hasta hoy”.

T.H.— “Pero los judíos pasan pruebas terribles. No sé si Vuestra Santidad conoce todo el horror de su tragedia. Tenemos necesidad de una tierra para esos errantes”.

P.X.— ¿Debe ser Gerusalemme?

T.H.— “Nosotros no pedimos Jerusalem sino Palestina, la tierra secular”.

P.X.— “Nos no podemos declararnos a favor de ese proyecto”.

Teodoro Herzl


Nota: He aquí el testimonio luego de su visita a San Pío X, en Roma, el 26 de enero de 1904. Aparecido originalmente en “La Terre Retrovée”, 1º de Julio de 1956.

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miércoles, 4 de septiembre de 2013

¿Pueden existir varias religiones buenas? (II) - Por el Rev. P. P.A. Hillaire

  ¿Acaso todas las monedas son buenas? ¿No hay que distinguir entre las verdaderas y las falsas? Pues lo mismo sucede con la religión. Pero como  la moneda falsa supone la buena, así las falsas religiones suponen la verdadera.

  Si todas las religiones son buenas, se puede ser católico en Roma, anglicano en Londres, protestante en Ginebra, musulmán en Constantinopla, idólatra en Pekín y budista en la India. ¿No es esto ridículo? ¿No es afirmar que el sí y el no son igualmente ciertos en el mismo caso?

  Decir que todas las religiones son buenas es un absurdo palpable, una blasfemia contra Dios, un error funesto para el hombre.

  1° Un absurdo. Es cierto que en las diferentes religiones hay algunas verdades admitidas por todos, como son: la existencia de Dios, la espiritualidad del alma, la vida futura con sus recompensas y castigos eternos. Pero, ellas se contradicen en otros puntos fundamentales. El católico, por ejemplo, afirma que la Iglesia tiene por misión explicarnos la palabra de Dios encerrada en la Biblia, mientras que el protestante declara que todo cristiano debe interpretar por sí mismo la palabra divina y forjarse una religión a su manera...

  Podríamos citar indefinidamente las divergencias contradictorias de las diversas religiones. Pero es evidente que dos cosas contradictorias no pueden ser verdaderas, porque la verdad es una, como Dios, y no se contradice. Si la Iglesia ha recibido de Jesucristo la misión de explicarnos la Biblia, no queda a la voluntad de cada cristiano el interpretarla a su manera... Es absurdo decir que el sí y el no pueden ser igualmente ciertos sobre el mismo punto. Mas como lo que no es verdadero, no es bueno, porque la mentira y el error de nada sirven, debemos concluir que, no pudiendo todas las religiones ser verdaderas, no pueden ser todas buenas.

  2° Una blasfemia contra Dios. Decir que todas las religiones son buenas, no es solamente contradecir el buen sentido, sino blasfemar contra Dios. Es tomar a Dios por un ser indiferente para la verdad y para el error. Se supone que Dios puede amar con igual amor al cristiano, que adora a su Hijo Jesucristo, que al mahometano que le insulta; que debe aprobar al Papa, que condena la herejía, y a Lutero, a Calvino y Enrique VIII, que se rebelan contra la Iglesia; que bendice al católico, que adora a Jesucristo presente en la Eucaristía, y sonríe al calvinista, que se burla de ese misterio... Pero atribuir a Dios semejante conducta es negar sus divinos atributos; es decir, que trata a la mentira como a la verdad, al mal como al bien, y que acepta con las misma complacencia el homenaje y el insulto... ¿No es esto una blasfemia estúpida?

3° Un error funesto para el hombre. Para llegar a la felicidad eterna debe el hombre seguir el camino que a ella le lleva; y sólo la religión verdadera es el camino que lleva al cielo. ¿No es una gran desgracia errar el camino?... ¡Y si al menos, llegados al término se pudiera desandar lo andado!... Pero si uno yerra por su culpa, se ha perdido para toda la eternidad.


  La indiferencia, al enseñar que se pueden seguir todas las religiones, propende a alejar al hombre de la verdadera religión, del único medio de alcanzar su meta. Es, por consiguiente, un error funesto.

  …El deber más sagrado del hombre es el de seguir la verdad desde el instante mismo en que la conoce: ante todo, hay que obedecer a Dios. Abandonar la falsa religión para seguir la verdadera, es acatar la voluntad de Dios y, por consiguiente, cumplir el más sagrado de los deberes...

  La salvación es un asunto personal, individual, del que cada uno es responsable ante Dios.

  Las causas por las cuales se descuida abrazar la verdadera religión son: el respeto humano, los intereses temporales, el deseo de seguir las propias pasiones; pero, evidentemente, estas causas son malas y, por tanto, hay que sacrificarlas para cumplir la voluntad de Dios y salvar el alma.

P.A. Hillaire - La Religión Demostrada. Los Fundamentos de la Fe Católica Ante la Razón y la Ciencia. 1900.

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Sacerdocio universal y sacerdocio ordenado - Por Romano Amerio

  El sentido de la crítica planteada contra el sacerdocio histórico de la Iglesia (que es el sacerdocio como tal) consiste en desconocer las esencias y reconducirlo todo a funciones de naturaleza puramente humana. El dogma católico atribuye al sacerdote una diferencia con el laico no solo funcional, sino esencial y ontológica, debida al carácter impreso en el alma por el sacramento del orden. La nueva teología, sin embargo, reavivando antiguas pretensiones heréticas que confluyeron después en la abolición luterana del sacerdocio, oculta la distancia existente entre el sacerdocio universal de los fieles bautizados, y el sacerdocio sacramental que solamente pertenece a los sacerdotes.

  Por el bautismo el hombre es agregado al Cuerpo Místico de Cristo y consagrado al culto divino mediante una participación en el sacerdocio de
Cristo, único que prestó a Dios el debido culto en modo perfectísimo. Pero además del carácter bautismal, el sacerdote recibe en la ordenación un ulterior carácter que es como la reimpresión del primero. Gracias a la ordenación se hace capaz de actos in persona Christi de los cuales los laicos son incapaces; los principales son la presencia eucarística y la absolución de los pecados. La tendencia de la nueva teología consiste en disolver el segundo sacerdocio en el primero y reducir al sacerdote al estatuto común del cristiano. Según los innovadores, el sacerdote tiene una función especial, como la tiene todo cristiano en la diversificada comunidad de la Iglesia.

  Esta función especial es conferida al sacerdote por la comunidad y no implica ninguna diferencia ontológica respecto al laico, ni el ministerio debe ser considerado como algo superior (Centro Informazione Documentazione Sociale, 1969, p. 488). La dignidad del sacerdote consiste en haber sido bautizado como cualquier otro cristiano (Centro Informazione Documentazione Sociale, 1969, p. 227). Se niega así la distinción entre las esencias, rechazando el sacerdocio sacramental y haciendo del cuerpo de la Iglesia (orgánico y diferenciado) un cuerpo homogéneo y uniforme…

Crítica del adagio “el sacerdote es un hombre como los demás”

  La confusión teológica se ha convertido en un lugar común de la opinión popular, en parte causa y en parte efecto de la doctrina de algunos autores muy difundidos. Según esta opinión, el sacerdote es un hombre como los demás. La afirmación es superficial y falsa, tanto en sentido teológico como en sentido histórico. En sentido teológico, porque va contra el dogma del sacramento del orden, que unos cristianos reciben y otros no, quedando así diferenciados ontológica y, por tanto, funcionalmente.

  En sentido histórico, porque en la comunidad civil los hombres no son iguales, salvo en la esencia: y eso cuando es contemplada en abstracto y no en concreto, donde se encuentra diferenciada. Decir que el sacerdote es un hombre como todos los demás (no sacerdotes) es aún más falso que decir que el médico es un hombre como todos los demás (no médicos): no es un hombre como todos los demás, es un hombre-sacerdote. No todo el mundo es sacerdote, como no todo el mundo es médico. Basta pensar en el comportamiento de la gente para darse cuenta de que todo el mundo diferencia entre un médico y quien no lo es, o entre un sacerdote y quien no lo es. En unos apuros llaman al médico, en otros al sacerdote. Los innovadores, fijándose en la identidad abstracta de la naturaleza humana, rechazan el carácter sobrenaturalmente especial introducido por el sacerdocio en la especie humana, merced al cual el sacerdote está separado: Segregate mihi Saulum et Barnabam (Separadme a Bernabé y Saulo) (Hech. 13, 2).

  De este error descienden los corolarios prácticos más comunes: el sacerdote debe hoy día aplicarse al trabajo manual, porque sólo en el trabajo puede cumplir su propio destino individual y además tomar conciencia de la realidad humana en la que leer los designios de Dios sobre el mundo. Se considera así al trabajo como fin del hombre o condición sine qua non de dicho fin, situando la contemplación y el padecimiento por debajo de la productividad utilitaria. Por otra parte, siendo el sacerdote un hombre como los demás, reivindicara el derecho al matrimonio, a la libertad en la forma de vestirse, y a la participación activa en las luchas sociales y políticas; y así se adherirá a la lucha revolucionaria, que convierte en un enemigo contra el cual luchar a quien, aunque sea una persona injusta, es un hermano.

  Resulta infundado lamentarse porque el sacerdote esté segregado del mundo.

  En primer lugar, porque está separado, como Cristo separó a sus apóstoles, precisamente para ser enviado al mundo. Y el plus introducido por la ordenación sacramental en el hombre separado era hasta tiempos recientes tan notorio para todos que hasta las expresiones populares en lengua vernácula lo atestiguan: distinguen al hombre-sacerdote de su sacerdocio, y evitan ofender al sacerdote incluso cuando quieren ofender al hombre, sabiendo diferenciar al hombre de su hábito (tomado como signo del sacerdocio) y de lo que él administra: lo sagrado.

  En segundo lugar, la separación del clero respecto al mundo en el sentido lamentado por los innovadores no encuentra ningún apoyo en la historia.
Tanto el clero llamado secular como el regular están separados del mundo, pero en el mundo. Y para probar victoriosamente que aquélla separación del mundo no convierte al clero en algo extraño a éste, basta el hecho de que el mismo clero regular (el más separado del siglo: el hombre del claustro) es quien más potentemente difundió no sólo la influencia religiosa, sino también la influencia civil en el mundo.

  Informó la civilización durante siglos; o más bien la hizo nacer, habiendo originado en su seno las formas de la cultura y de la vida civil, desde la agricultura a la poesía, desde la arquitectura a la filosofía, desde la música a la teología.


  Retomando una imagen de la que suele abusarse y colocándola en su significado legítimo, diremos que el clero es el fermento que hace germinar la pasta, pero sin convertirse en ella. También, según los químicos, los enzimas contienen un principio antagonista de la sustancia que hacen fermentar.

Romano Amerio "IOTA UNUM" 1985.

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lunes, 2 de septiembre de 2013

Condenar la verdad a la tolerancia es forzarla al suicidio - Cardenal Pie

  Es de la esencia de toda verdad no tolerar el principio contradictorio. La afirmación de una cosa excluye la negación de esa misma cosa, como la luz excluye las tinieblas. Allí donde nada es cierto, donde nada es definido, los sentimientos pueden estar divididos, las opiniones pueden variar.

  Yo comprendo y pido la libertad en las cosas discutibles: In dubiis libertas. Pero cuando la verdad se presenta con los distintivos de certeza que la distinguen, por lo mismo que es verdad ella es afirmativa, es necesaria y, por consecuencia, es una e intolerante: In necessariis unitas. Condenar la verdad a la tolerancia es forzarla al suicidio…

  Por eso, mis hermanos, por la necesidad misma de las cosas, la intolerancia es necesaria en todo, porque en todo hay bien y mal, verdad y falsedad, orden y desorden; en todas partes lo verdadero no soporta lo falso, el bien excluye el mal, el orden combate el desorden…

  Sobre un cierto número de asuntos, donde la verdad fuera menos absoluta o las consecuencias fueran menos graves, yo podría hasta cierto punto transigir con usted….

  Pero si se trata de la verdad religiosa, enseñada o revelada por Dios mismo; si va en ello vuestro destino eterno y el de la salvación de mi alma, por consiguiente ninguna transacción es posible. Me encontrareis inflexible, y debo serlo. Es condición de toda verdad el ser intolerante, pero siendo la verdad religiosa la más absoluta y la más importante de todas las verdades, es por lo tanto también la más intolerante y la más exclusivista.

  Mis hermanos: nada es tan exclusivo como la unidad… No hay en el cielo más que un solo Señor: “Unus Dominus”. Ese Dios, cuyo gran atributo es la unidad, no ha dado a la tierra más que un solo símbolo, una sola doctrina, una sola fe: “Una fides”.

  Y esta fe, este símbolo, El no los ha confiado más que a una sola sociedad visible, a una sola Iglesia, todos cuyos niños son señalados con el mismo sello y regenerados por la misma gracia: “Unum baptisma”. De este modo la unidad divina, que reside desde toda la eternidad en los esplendores de la gloria, se manifiesta sobre la tierra por la unidad del dogma evangélico, cuyo depósito ha sido dado en custodia por Jesucristo a la unidad jerárquica del sacerdocio: Un Dios, una fe, una Iglesia.

  … Jesucristo no se ha andado para nada con ambigüedades acerca del dogma. El ha traído a los hombres la verdad, y ha dicho: “Si alguno no fuera bautizado en el agua y en el Espíritu Santo; si alguien rehusase comer de mi carne y beber de mi sangre, no tendrá ninguna parte en mi reino”. Lo reconozco, allí no hay ninguna ambigüedad: es la intolerancia, la exclusión más indudable, la más franca. Y además, Jesucristo ha enviado a sus Apóstoles a predicar a todas las naciones, es decir, a violentar todas las religiones existentes para establecer la única religión cristiana por toda la tierra y sustituir, por la unidad del dogma católico, todas las creencias adoptadas por los diferentes pueblos. Y previendo las revueltas y las divisiones que esta doctrina va a provocar sobre la tierra, Él no se detiene y declara que no ha venido a traer la paz sino la espada, a encender la guerra no solamente entre los pueblos sino aún en el seno de una misma familia, y separar — al menos en cuanto a las convicciones — a la esposa creyente del esposo incrédulo, al yerno cristiano del suegro idólatra…

  Se nos habla de la tolerancia de los primeros siglos, de la tolerancia de los Apóstoles. Mis hermanos, ¡ni lo penséis! Muy por el contrario, el establecimiento de la religión cristiana ha sido por excelencia una obra de intolerancia religiosa.

  En tiempos de la predicación de los Apóstoles el universo entero poseía, poco más o menos, esa tolerancia dogmática tan elogiada: como todas las religiones eran igualmente falsas e igualmente erróneas, tanto las unas como las otras, ellas no se hacían la guerra; como todos los dioses se ayudaban entre ellos en tanto que demonios no eran para nada exclusivistas, se toleraban; Satanás no está divido contra sí mismo. Roma, al multiplicar sus conquistas multiplicaba sus divinidades, y el estudio de su mitología se complicaba en la misma proporción que el de su geografía.

  El triunfador que subía al Capitolio hacía marchar delante suyo a los dioses conquistados, con mayor orgullo aún con el que arrastrara a su zaga a los reyes vencidos…

  El cristianismo, al momento de aparecer, no fue rechazado de plano.

  El paganismo se preguntaba si, en lugar de combatir a esta religión nueva, no debía darle cabida en su seno: la Judea se había convertido en provincia romana; Roma, acostumbrada a recibir y conciliar todas las religiones, acogía inicialmente sin mucho esfuerzo al culto venido de la Judea. Un emperador colocaba a Jesucristo tanto como a Abraham entre las divinidades de su oratorio, como se vio más tarde a otro Cesar proponer rendirle homenajes solemnes.

  …Roma estuvo atenta a ese espectáculo, y pronto, cuando se advirtió que ese Dios nuevo era el irreconciliable enemigo de los otros dioses; cuando se vio que los cristianos, cuyo culto se había admitido, no querían admitir el culto de la nación; en una palabra, cuando se hubo comprobado el espíritu intolerante de la fe cristiana, fue entonces cuando comenzó la persecución.

  …los historiadores de la época justificaban las torturas a los cristianos (sosteniendo que) ellos no dicen nada malo de su religión, de su Dios, de sus prácticas; no fue sino más tarde que se inventaron las calumnias. Ellos les reprochan solamente el no poder soportar ninguna otra religión que la suya…

  Los paganos decían bastante frecuentemente de los cristianos lo que Celso ha dicho de los judíos, quienes fueron confundidos mucho tiempo con ellos porque la doctrina cristiana había tenido su nacimiento en Judea: “Que estos hombres adhieran inalterablemente a sus leyes - decía este sofista -  yo no se lo censuro; ¡yo no censuro más que a aquellos que abandonan la religión de sus padres para abrazar una diferente! Pero si los judíos o los cristianos quieren darse aires de una sabiduría más sublime que la del resto del mundo, diré que no debe creerse que ellos sean más agradables a Dios que los otros”.

  De esta suerte, mis hermanos, la principal queja contra los cristianos era la rigidez demasiado rigurosa de su ley y, como se decía, el humor insociable de su teología. Si sólo se hubiera tratado de un dios más, no habría habido reclamos, pero era un Dios incompatible que excluía a todos los otros: he ahí el porqué de la persecución.

  Así, el establecimiento de la Iglesia fue una obra de intolerancia dogmática y, de la misma manera, toda la historia de la Iglesia no es más que la historia de esa intolerancia.

  ¿Qué son los mártires? Unos intolerantes en materia de fe, que desean más los suplicios que profesar el error.

  ¿Qué son los símbolos? Fórmulas de intolerancia, que reglamentan lo que se debe creer y que imponen a la razón misterios necesarios.

  ¿Qué es el Papado? Una institución de intolerancia doctrinal, que por la unidad jerárquica mantiene la unidad de la fe.

  ¿Para qué los concilios? Para detener los desvíos del pensamiento, condenar las falsas interpretaciones del dogma, anatematizar las proposiciones contrarias a la fe.

  Nosotros somos, por consiguiente, intolerantes, exclusivistas en materia de doctrina: en suma, somos decididos. Si no lo fuéramos, es que no tendríamos la verdad, puesto que la verdad es una y, en consecuencia, intolerante. Hija del cielo, al descender sobre la tierra la religión cristiana ha presentado los títulos de su origen, ha ofrecido al examen de la razón hechos incontestables y que prueban indiscutiblemente su divinidad.

  Por lo tanto, si ella viene de Dios; si Jesucristo, su autor, ha podido decir: “Yo soy la verdad, Ego sum veritas”, es indispensable, por forzosa conclusión, que la Iglesia cristiana conserve íntegramente esta verdad tal como ella la ha recibido del mismo cielo; es ineludible que ella rechace, que excluya todo lo que es contrario a esa verdad, todo lo que la destruiría.

  Reprochar a la Iglesia católica su intolerancia dogmática, su afirmación absoluta en materia de doctrina, es hacerle un reproche muy honroso: es reprochar a la centinela por ser demasiado fiel y demasiado vigilante; es reprochar a la esposa por ser demasiado delicada y demasiado exclusiva.

“Obras Sacerdotales del Cardenal Pie” Ed. Río Reconquista (2006)


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