San Juan Bautista

San Juan Bautista
Mostrando las entradas con la etiqueta Cardenal Pie. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta Cardenal Pie. Mostrar todas las entradas

sábado, 1 de febrero de 2014

El optimismo de los tibios según el Cardenal Pie – Por el P. Alfredo Saenz

  La detección de los errores es un elemento sustancial en la militancia contrarrevolucionaria, que provoca irritación o a veces hilaridad en la gente del mundo. “Hemos visto hombres sabios, incluso doctores y jueces en Israel, que se ponían a sonreír cuando nosotros nos lamentábamos por los signos calamitosos y los excesos criminales de nuestro tiempo ¡Cómo si deficiencias absolutamente semejantes, y concebidas en los mismo términos, decían, no hubiesen sido familiares a todos nuestros antecesores indistintamente¡ Basta pues con esa fraseología pesimista, con esas banalidades lacrimosas. Congratulémonos más bien por todo lo que nuestro tiempo tiene de bueno y generoso; y sepamos mirar al mal en la cara, con el ojo sereno y resignado del observador del filósofo”.

  A esta acusación de “tremendismo pesimista”, Pie responde que es una constante de todos los siglos el que los hombres de Iglesia, especialmente los santos, hayan gemido por los pecados y los males de que eran testigos ¿Por qué prohibimos llorar en esta época? ¿Acaso hemos conquistado el derecho de presentarnos ante Dios, con presuntuosa confianza y audaz suficiencia, para reclamar la recompensa debida a los méritos de nuestra generación? Ello mostraría en nosotros la más espantosa de todas las disposiciones “puesto que implicaría el olvido de la noción misma del mal, el olvido del pecado, el olvido del deber, más aún, de la necesidad casi ilimitada de expiación”.

  A quienes detectan los errores de su tiempo y anuncian las calamidades que dichos errores preludian, se los acusa de ser “profetas de desgracias”. Son muchos los que huyen de todo lo que pueda oler a alarmismo, y no soportan que se desconfíe del futuro; en los síntomas más flagrantes de desorganización social no ven sino motivos de tranquilidad y prendas de prosperidad siempre creciente. “¿Os acordáis de la espantosa catástrofe ocasionada el año último en Burdeos por la explosión de un depósito de combustible? El incendio había devorado una serie de casas; proyectiles mortíferos extendían el desastre a todo el entorno; una calle íntegra estaba cubierta de carbones y escombros. Encima de esas ruinas humeantes se podía ver, a la luz de las llamas, un letrero, lo único que por una especie de fatalidad irónica se había salvado, sobre el cual restaban intactas y bien legibles las últimas palabras escritas con letras enormes: ¡Depósito de combustible inexplotable! Imagen fidelísima de la seguridad que algunos tratan de inspirarnos en esta hora”.

  Otra objeción que se suele elevar contra los que se animan a denunciar los errores de la propia época es que la contradicción puede dar importancia al agresor y conciliarle el favor popular, mientras que el silencio desdeñoso logra que se pierda en la oscuridad y el olvido. “A esto respondo primero que la Iglesia, sin cometer la falta de sobreestimar y agrandar deliberadamente a ninguno de sus adversarios, no acostumbra minimizar ni aminorar a ninguno de ellos, y que si advierte que al combatirlos los honra y exalta, no por ello tiene que privarse de tal procedimiento. Asimismo debo agregar que la teoría del silencio es, generalmente hablando, una teoría demasiado cómoda para no ser sospechosa y constato que en el pasado no tiene a su favor ni la autoridad, ni el ejemplo, ni el éxito.”


ALFREDO SAENZ – “El Cardenal Pie: Lucidez y coraje al servicio de la verdad” Ed. Gladius 2007. Págs.359-361.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

jueves, 30 de enero de 2014

Grandes obispos de la lucha antiarriana: San Hilario - Por el P. Alfredo Saenz

  San Hilario, nacido a comienzos del siglo IV en una familia pagana, se convirtió al cristianismo siendo ya adulto. Hacia el 350 ocupó la sede de Poitiers. Desde que fue consagrado obispo. Toda su actividad eclesiástica y  literaria giró en torno a la defensa de la ortodoxia frente a los arrianos y el emperador Constancio. El año 365 asistió a un concilio en Galia, donde se decretó su deposición y destierro a Frigia, en razón de la postura francamente antiarriana que había asumido... 

Vuelto a su sede, el año 359, luchó como pocos contra la herejía dominante. De Hilario ha dicho el cardenal Pie, su sucesor en la diócesis de Poitiers durante la segunda mitad del siglo XIX, que sin él las Galias habían zozobrado en el abismo de la herejía, quedando reducido el cristianismo a un Cristo meramente terreno. A combatir dicha herejía dedicó toda su vida. Sus escritos, sus viajes, sus exilios, sus oraciones no tuvieron sino ese objeto: afirmar la divinidad del Verbo, la divinidad de Cristo y, por consiguiente, del cristianismo....

  La lucha que debió entablar Hilario fue realmente terrible. A veces decía que hubiera preferido ser obispo en tiempos de Nerón o de Decio, ya que en ese caso el combate habría sido contra enemigos declarados, y hubiese podido levantar su voz en medio de los tormentos, de modo que el pueblo testigo de una persecución manifiesta lo habría acompañado en la confesión de la fe. En cambio el asunto era ahora más complejo. La lucha se entablaba contra un perseguidor que engaña, contra Constancio, que finge ser cristiano, que no hace mártires, que torna imposible la palma de la victoria. Hilario no teme desenmascararlo: “Yo te lo digo, Constancio, tú combates contra Dios”. Para colmo, dentro de la Iglesia eran muchísimos los obispos que consentían con el arrianismo, lo que hacía inmensamente ardua la resistencia. Hilario entendió que no podía quedar convertido en un simple espectador: “Es tiempo de hablar, porque el tiempo de callar ha pasado (tempus est loquendi, quia jam praeterit tempus tacendi)”. Le preguntaban, a veces, si no tenía miedo. A lo que respondía: “Sí, verdaderamente tengo miedo, tengo miedo de los peligros que corre el mundo; tengo miedo de la terrible responsabilidad que pesaría sobre mí por la connivencia, por la complicidad de mi silencio; por mis hermanos que se apartaron del camino de la verdad; tengo miedo por mí, porque es deber mío conducirlos allí”.

  Hilario fue considerado la columna de la fe en Occidente, por lo que lo llamaron “el Atanasio de Occidente”... Murió en el 366.



  Tanto admiraba el cardenal Pie a su glorioso antecesor que le pidió al papa Pío XI lo declarase Doctor de la Iglesia. Cuando el Papa accedió a su pedido, el obispo de Poitiers pronunció una espléndida homilía donde señalaba la actualidad del pensamiento de San Hilario: 

  “Que salga de su tumba, que vuelva en medio de nosotros el gran defensor de la consustancialidad del Verbo, el campeón de la inmutabilidad de la verdad revelada. Estamos en pleno arrianismo, porque estamos en pleno racionalismo. Arrio no arrebató al Verbo de Dios su divinidad sino para poner la creatura a su nivel; y la filosofía contemporánea no proyecta rebajar al Verbo divino sino para igualarse a él, digo mal, para elevarse por encima de él. ¡Huesos de Hilario, temblad de nuevo en vuestro sepulcro y clamad una vez más: “Señor, ¿quién es semejante a ti?”.


ALFREDO SAENZ – “La nave y las tempestades: La Sinagoga y la Iglesia Primitiva - Las persecuciones del Imperio Romano – El arrianismo” Ed. Gladius 2005. Págs.236-238


"Es tiempo de hablar, porque el tiempo de callar ha pasado"
San Hilario ora por nuestros cardenales y obispos descarriados

Fotos de catapulta.com.ar

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

lunes, 11 de noviembre de 2013

Liberalismo según el Cardenal Pie – Por P. Alfredo Saenz

  Entre los diversos slogans que la Revolución hiciera circular, ninguno más convocante que el de la libertad: libertad de pensamiento, libertad de prensa, libertad de religión. Para el Card. Pie el común denominador de todas esas libertades, tal cual las entendía su tiempo, es lo que llama “la libertad de blasfemia”. Transcribamos el texto: “Se la ha llamado diversamente. Como Satán que es su padre, el mundo es natural y forzosamente mentiroso. Si se viese obligado a hablar claramente y llamar a las cosas por su verdadero nombre, caería en la impotencia y la muerte; la verdad lo mata, y la luz le resulta mortal. Vive de mentiras, mentiras y equívocos en las palabras. Esta libertad impía se llamó pues libertad de conciencia, libertad religiosa, libertad de pensamiento, libertad de prensa, pero, de hecho, y, en verdad, de derecho, era la libertad de blasfemia”. Encontramos así en la calle al blasfemo erudito y al blasfemo ignorante, al blasfemo burlón y al blasfemo cínico, al blasfemo sereno y al blasfemo entusiasta.
 
  Esta reflexión trae al Cardenal el recuerdo de aquella visión que San Juan describe en el Apocalipsis de una mujer vestida de rojo, sentada sobres una bestia roja, “llena de nombres de blasfemia: “plenam nominibus blasphemiae” (Ap. XVII, 3). Dicha mujer simboliza la ciudad de los malvados, que la Escritura llama “Babilonia”, y en otro lugar, “la Iglesia de los que traman el mal” (Ps. XXV, 5) o también “la Sinagoga de Satanás” (Ap. II, 9). Tal sociedad –la ciudad del demonio-, nacida del pecado, durará hasta el juicio postrero, y es por tanto contemporánea de todos los siglos. Sin embargo, anota Pie, entre tantas vicisitudes por las que el curso de la historia y la actitud de los hombres le hacen pasar, tiene, por así decirlo, sus edades de oro, en que todo le viene en su ayuda, en que su reino es más libre y extendido, en que parece triunfar de la ciudad de Dios. Cristo mismo aludió a un momento semejante, la hora más terrible de la historia, paradigma de todas la horas oscuras: “Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas” (Lc. XXII, 53). Pues bien, nuestra época da libre cauce a las tinieblas, y en cierto modo las institucionaliza al gobernar el tejido social no sobre la base de la verdad sino sobre la base de la libertad.

  El liberalismo o, mejor dicho, el sedicente liberalismo, no es sino la concreción de dicha conciencia libertaria. “El liberalismo, diremos con San Agustín en su epístola 101, es la palabra favorita de los que son esclavos de toda suerte de pasiones. ¿Qué decir pues a esos hombres, alimentados de iniquidad y de impiedad, y que se glorían de haber sido educados liberalmente, sino lo que está escrito en un libro eminentemente liberal: Si el Hijo os libra, entonces seréis verdaderamente libres? (Ju. VIII, 36). En efecto, es Jesucristo y su Iglesia quienes nos hacen reconocer lo que hay de verdad en los principios calificados de liberales por hombres que no han sido llamados a la libertad; porque tales principios en nada están conformes con la libertad sino en lo que tienen de conformes con la verdad; por ello el mismo Hijo de Dios ha dicho: Y la verdad os hará libres (Ju. VIII, 38)”

  …El liberalismo, en el mejor de los casos, “tolera” que Jesucristo sea reconocido en la sociedad, con tal que renuncie a ser la única verdad, que renuncie a su realeza, que abdique. Incluso los liberales católicos aceptan vivir en un sistema de reticencias que difícilmente podrán explicar el día del Juicio ante Aquel que dijo: “Quién me haya proclamado y confesado ante los hombres, yo también los lo proclamaré y confesaré ante mi Padre celestial” (Mt. X, 32). La gente de nuestro tiempo se sigue reconociendo cristiana, aunque sea por inercia, dice Mons. Pie, y por tanto el cristiano, que se codea todos los días con otros cristianos, tiene espontáneamente mil ocasiones de declararse tal. Sin embargo el católico liberal, que encierra su fe en el reducto de su corazón, cuando termine su vida advertirá que ha hablado de todo, pero no se atrevió a hablar de la realeza de Cristo, mantuvo la verdad cautiva, la oprimió con su injusto silencio, no la proclamó “para no herir la libertad de los demás”. A estos cristianos camuflados Cristo les dirá en su momento: “No os conozco: nescio cos” (Mt. XXV, 12). “Casi sin quererlo vienen a mi recuerdo aquellos gerasenos de que se habla en el capítulo 8 de San Mateo. Más de una vez, los judíos habían experimentado la tentación de usar la violencia contra Jesús y habían tratado de lapidarlo. Aquéllos, más prudentes y moderados, habiendo visto los prodigios obrados por Cristo, le rogaron suavemente que pasase más allá de sus fronteras: Et rogabant eum ut transiret a finibus eorum (Mt. VIII, 34)". No de otra manera se comportan los liberales, principalmente los que pretenden seguirse llamando católicos. En modo alguno atacan a Cristo, más aún, lo aceptan en su fuero íntimo, peor nada hacen para que sea reconocido como rey, señalan límites a un imperio que no conoce fronteras.

ALFREDO SAENZ – “El Cardenal Pie” Lucidez y coraje al servicio de la verdad – Gladius Bs.As. 2007. Pags. 308 a 311.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

lunes, 2 de septiembre de 2013

Condenar la verdad a la tolerancia es forzarla al suicidio - Cardenal Pie

  Es de la esencia de toda verdad no tolerar el principio contradictorio. La afirmación de una cosa excluye la negación de esa misma cosa, como la luz excluye las tinieblas. Allí donde nada es cierto, donde nada es definido, los sentimientos pueden estar divididos, las opiniones pueden variar.

  Yo comprendo y pido la libertad en las cosas discutibles: In dubiis libertas. Pero cuando la verdad se presenta con los distintivos de certeza que la distinguen, por lo mismo que es verdad ella es afirmativa, es necesaria y, por consecuencia, es una e intolerante: In necessariis unitas. Condenar la verdad a la tolerancia es forzarla al suicidio…

  Por eso, mis hermanos, por la necesidad misma de las cosas, la intolerancia es necesaria en todo, porque en todo hay bien y mal, verdad y falsedad, orden y desorden; en todas partes lo verdadero no soporta lo falso, el bien excluye el mal, el orden combate el desorden…

  Sobre un cierto número de asuntos, donde la verdad fuera menos absoluta o las consecuencias fueran menos graves, yo podría hasta cierto punto transigir con usted….

  Pero si se trata de la verdad religiosa, enseñada o revelada por Dios mismo; si va en ello vuestro destino eterno y el de la salvación de mi alma, por consiguiente ninguna transacción es posible. Me encontrareis inflexible, y debo serlo. Es condición de toda verdad el ser intolerante, pero siendo la verdad religiosa la más absoluta y la más importante de todas las verdades, es por lo tanto también la más intolerante y la más exclusivista.

  Mis hermanos: nada es tan exclusivo como la unidad… No hay en el cielo más que un solo Señor: “Unus Dominus”. Ese Dios, cuyo gran atributo es la unidad, no ha dado a la tierra más que un solo símbolo, una sola doctrina, una sola fe: “Una fides”.

  Y esta fe, este símbolo, El no los ha confiado más que a una sola sociedad visible, a una sola Iglesia, todos cuyos niños son señalados con el mismo sello y regenerados por la misma gracia: “Unum baptisma”. De este modo la unidad divina, que reside desde toda la eternidad en los esplendores de la gloria, se manifiesta sobre la tierra por la unidad del dogma evangélico, cuyo depósito ha sido dado en custodia por Jesucristo a la unidad jerárquica del sacerdocio: Un Dios, una fe, una Iglesia.

  … Jesucristo no se ha andado para nada con ambigüedades acerca del dogma. El ha traído a los hombres la verdad, y ha dicho: “Si alguno no fuera bautizado en el agua y en el Espíritu Santo; si alguien rehusase comer de mi carne y beber de mi sangre, no tendrá ninguna parte en mi reino”. Lo reconozco, allí no hay ninguna ambigüedad: es la intolerancia, la exclusión más indudable, la más franca. Y además, Jesucristo ha enviado a sus Apóstoles a predicar a todas las naciones, es decir, a violentar todas las religiones existentes para establecer la única religión cristiana por toda la tierra y sustituir, por la unidad del dogma católico, todas las creencias adoptadas por los diferentes pueblos. Y previendo las revueltas y las divisiones que esta doctrina va a provocar sobre la tierra, Él no se detiene y declara que no ha venido a traer la paz sino la espada, a encender la guerra no solamente entre los pueblos sino aún en el seno de una misma familia, y separar — al menos en cuanto a las convicciones — a la esposa creyente del esposo incrédulo, al yerno cristiano del suegro idólatra…

  Se nos habla de la tolerancia de los primeros siglos, de la tolerancia de los Apóstoles. Mis hermanos, ¡ni lo penséis! Muy por el contrario, el establecimiento de la religión cristiana ha sido por excelencia una obra de intolerancia religiosa.

  En tiempos de la predicación de los Apóstoles el universo entero poseía, poco más o menos, esa tolerancia dogmática tan elogiada: como todas las religiones eran igualmente falsas e igualmente erróneas, tanto las unas como las otras, ellas no se hacían la guerra; como todos los dioses se ayudaban entre ellos en tanto que demonios no eran para nada exclusivistas, se toleraban; Satanás no está divido contra sí mismo. Roma, al multiplicar sus conquistas multiplicaba sus divinidades, y el estudio de su mitología se complicaba en la misma proporción que el de su geografía.

  El triunfador que subía al Capitolio hacía marchar delante suyo a los dioses conquistados, con mayor orgullo aún con el que arrastrara a su zaga a los reyes vencidos…

  El cristianismo, al momento de aparecer, no fue rechazado de plano.

  El paganismo se preguntaba si, en lugar de combatir a esta religión nueva, no debía darle cabida en su seno: la Judea se había convertido en provincia romana; Roma, acostumbrada a recibir y conciliar todas las religiones, acogía inicialmente sin mucho esfuerzo al culto venido de la Judea. Un emperador colocaba a Jesucristo tanto como a Abraham entre las divinidades de su oratorio, como se vio más tarde a otro Cesar proponer rendirle homenajes solemnes.

  …Roma estuvo atenta a ese espectáculo, y pronto, cuando se advirtió que ese Dios nuevo era el irreconciliable enemigo de los otros dioses; cuando se vio que los cristianos, cuyo culto se había admitido, no querían admitir el culto de la nación; en una palabra, cuando se hubo comprobado el espíritu intolerante de la fe cristiana, fue entonces cuando comenzó la persecución.

  …los historiadores de la época justificaban las torturas a los cristianos (sosteniendo que) ellos no dicen nada malo de su religión, de su Dios, de sus prácticas; no fue sino más tarde que se inventaron las calumnias. Ellos les reprochan solamente el no poder soportar ninguna otra religión que la suya…

  Los paganos decían bastante frecuentemente de los cristianos lo que Celso ha dicho de los judíos, quienes fueron confundidos mucho tiempo con ellos porque la doctrina cristiana había tenido su nacimiento en Judea: “Que estos hombres adhieran inalterablemente a sus leyes - decía este sofista -  yo no se lo censuro; ¡yo no censuro más que a aquellos que abandonan la religión de sus padres para abrazar una diferente! Pero si los judíos o los cristianos quieren darse aires de una sabiduría más sublime que la del resto del mundo, diré que no debe creerse que ellos sean más agradables a Dios que los otros”.

  De esta suerte, mis hermanos, la principal queja contra los cristianos era la rigidez demasiado rigurosa de su ley y, como se decía, el humor insociable de su teología. Si sólo se hubiera tratado de un dios más, no habría habido reclamos, pero era un Dios incompatible que excluía a todos los otros: he ahí el porqué de la persecución.

  Así, el establecimiento de la Iglesia fue una obra de intolerancia dogmática y, de la misma manera, toda la historia de la Iglesia no es más que la historia de esa intolerancia.

  ¿Qué son los mártires? Unos intolerantes en materia de fe, que desean más los suplicios que profesar el error.

  ¿Qué son los símbolos? Fórmulas de intolerancia, que reglamentan lo que se debe creer y que imponen a la razón misterios necesarios.

  ¿Qué es el Papado? Una institución de intolerancia doctrinal, que por la unidad jerárquica mantiene la unidad de la fe.

  ¿Para qué los concilios? Para detener los desvíos del pensamiento, condenar las falsas interpretaciones del dogma, anatematizar las proposiciones contrarias a la fe.

  Nosotros somos, por consiguiente, intolerantes, exclusivistas en materia de doctrina: en suma, somos decididos. Si no lo fuéramos, es que no tendríamos la verdad, puesto que la verdad es una y, en consecuencia, intolerante. Hija del cielo, al descender sobre la tierra la religión cristiana ha presentado los títulos de su origen, ha ofrecido al examen de la razón hechos incontestables y que prueban indiscutiblemente su divinidad.

  Por lo tanto, si ella viene de Dios; si Jesucristo, su autor, ha podido decir: “Yo soy la verdad, Ego sum veritas”, es indispensable, por forzosa conclusión, que la Iglesia cristiana conserve íntegramente esta verdad tal como ella la ha recibido del mismo cielo; es ineludible que ella rechace, que excluya todo lo que es contrario a esa verdad, todo lo que la destruiría.

  Reprochar a la Iglesia católica su intolerancia dogmática, su afirmación absoluta en materia de doctrina, es hacerle un reproche muy honroso: es reprochar a la centinela por ser demasiado fiel y demasiado vigilante; es reprochar a la esposa por ser demasiado delicada y demasiado exclusiva.

“Obras Sacerdotales del Cardenal Pie” Ed. Río Reconquista (2006)


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

viernes, 30 de agosto de 2013

LA INTOLERANCIA DOCTRINAL - Cardenal Pie

"Unus Dominus, una fides, unum baptista”
"No hay más que un solo Señor, una sola fe,
un solo bautismo" (San Pablo-Ef. IV,5)

  Un sabio ha dicho que las acciones del hombre son las hijas de su pensamiento, y nosotros mismos hemos comprobado que tanto los bienes como los males de una sociedad son fruto de los principios buenos o malos que ella profesa.

  La verdad en el espíritu y la virtud en el corazón son dos cosas que se corresponden casi puntualmente: cuando el espíritu se ha entregado al demonio de la mentira, el corazón no obstante que el desorden no haya comenzado por él está muy cerca de abandonarse al demonio del vicio. La inteligencia y la voluntad son dos hermanas, entre las cuales la seducción es contagiosa: si ven que la primera se ha abandonado al error, corren un velo sobre la honra de la segunda.

  Y porque esto es así, mis hermanos, porque no existe ningún daño, ninguna lesión en el orden intelectual que no tenga consecuencias funestas en el orden moral y aún en el orden material, es que concedemos importancia a combatir el mal en su origen, a secarlo en su fuente, esto es, en sus ideas.

  Mil prejuicios se han popularizado entre nosotros: el sofisma, asombrado de sentirse atacar, invoca la prescripción; la paradoja se vanagloria de haber adquirido carta de nacionalidad y derechos de ciudadanía. Los mismos cristianos, viviendo en medio de esta atmósfera impura, no han evitado totalmente su contagio: aceptan demasiado fácilmente muchos de los errores. Fatigados de resistir en los puntos esenciales, a menudo cansados de luchar, ceden en otros puntos que les parecen menos importantes, y no advierten nunca a veces porque no quieren percatarse hasta dónde podrán ser llevados por su imprudente debilidad.

  Entre esta confusión de ideas y de falsas opiniones nos toca a nosotros, sacerdotes de la incorruptible verdad, salir al paso y censurar con la acción y la palabra, satisfechos si la rígida inflexibilidad de nuestra enseñanza puede detener el desborde de la mentira, destronar principios erróneos que reinan orgullosamente en las inteligencias, corregir axiomas funestos admitidos ya por la convalidación del tiempo, esclarecer finalmente y purificar una sociedad que amenaza hundirse, que envejece en un caos de tinieblas y de desórdenes, donde no será ya posible distinguir la índole y, menos aún, el remedio de sus males.

  Nuestra época grita: “¡Tolerancia! ¡Tolerancia!" Se admite que un sacerdote debe ser tolerante, que la religión debe ser tolerante. Mis hermanos: en primer lugar, nada iguala a la franqueza, y yo vengo a decirles sin rodeos que no existe en el mundo más que una sola sociedad que posee la verdad, y que esta sociedad debe ser necesariamente intolerante.

  Pero antes de entrar en materia, y para entendernos bien, distingamos las cosas, determinemos el sentido de las palabras y no confundamos nada.

  La tolerancia puede ser o civil o teológica. La primera no es de nuestra incumbencia, y yo me permito sólo una palabra al respecto: si la ley pretende decir que ella autoriza todas las religiones porque ante sus ojos todas ellas son igualmente buenas, o aun hasta porque el poder público es incompetente para tomar partido sobre este tema, la ley es impía y atea; ella profesa, no ya la tolerancia civil tal como vamos a definirla, sino la tolerancia dogmática, y por una neutralidad criminal ella justifica en los individuos la indiferencia religiosa más absoluta.

  Por el contrario, si, aunque reconociendo que una sola religión es buena, ella tolera y permite el libre ejercicio de las otras, la ley en cuestión como otros lo han observado antes que yo puede ser sabia y necesaria, según las circunstancias. Si hay tiempos en que es necesario decir, con el famoso condestable: "Una fe, una ley", habrá otros donde es preciso decir, como Fenelón a los hijos de Jacobo II:"Conceded a todos la tolerancia civil, aunque no aprobando todo como indiferente,sino sufriendo con paciencia lo que Dios sufre".

  Pero dejo de lado este campo erizado de dificultades y, ateniéndome a la cuestión propiamente religiosa y teológica, expondré estos dos principios:

1. La religión que viene del cielo es verdad, y ella es intolerante con las otras doctrinas.
2. La religión que viene del cielo es caridad, y ella está llena de tolerancia hacia las personas.

  Roguemos a María que venga en nuestra ayuda e implore para nosotros el Espíritu de verdad y caridad: Spiritum veritatis et pacis. Ave María.

“Obras Sacerdotales del Cardenal Pie” Ed. Río Reconquista (2006)

“La Iglesia es intolerante en las principios porque cree;
es tolerante en la práctica porque ama.
Los enemigos de la Iglesia son tolerantes en los principios porque no creen
y son intolerantes en la práctica porque no aman”.
Fr. Reginald Garrigou Lagrange O.P.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista