Father & Daughter
Film by
Michael Dudok de Wit
Nacionalismo Católico
San Juan Bautista
Adquiere gran relevancia la denuncia de
Scyzoryk sobre la técnica de “acercamiento fraternal judeo-cristiano” que propone
la judería como herramienta de dominación y perversión del Catolicismo. Ante
las declaraciones de Francisco de: “¡Que
el antisemitismo sea desterrado del corazón de todo hombre y de toda mujer!”(Aquí), nos vemos obligados a decir que esa
frase sin considerar lo que es antisemitismo está usada en el sentido de sus
amigos sionistas, los masones de la B’nai B’rith y su Liga Antidifamatoria,
para victimizarse y oprimir y dominar al mundo entero.
Mi inquietud, mi preocupación casi exclusiva –
mi “obsesión” por los “temas apocalípticos” me ha sido criticada por algunos,
extraños y allegados. No me tomo el trabajo de justificarme frente a los que
desprecian ocuparse de todo lo
referido a la consumación de los tiempos, y que nadan en el nirvana de una despreocupación
beatífica. Pero me parece muy atendible la objeción de quienes, quizás tan “parusíacos”
o más que yo, rechazan, sin embargo, mi insistencia en destacar los caracteres
negativos – aterradores, en realidad- del mundo en que vivimos. Tanto como a
mí, a ellos también les parecen tremendamente negativos y preanuncio de
acontecimientos “apocalípticos”. Solo me distancian de mi actitud por una
cuestión de prioridades, o de “acento”. Piensan que estar tan atentos a los
horrores del mundo actúa, acobardaría a los fieles receptivos de nuestra
enseñanza. Que ello privaría sobre todo a los jóvenes, de la esperanza
necesaria para vivir cristianamente…
Nos encontramos reunidos a los pies de la
Virgen María para inaugurar el año jubilar como preparación para el 150
aniversario de sus apariciones en este bendito lugar. Os traigo un saludo muy
cordial de Su Santidad el Papa Benedicto XVI, quien me ha encargado os exprese
su amor y solicitud paternal, os asegure sus oraciones y os dé su bendición
apostólica. Como peregrinos reunidos en el amor de Cristo, queremos recordar
con gratitud y afecto las apariciones que tuvieron lugar aquí en 1858. Buscamos
conjuntamente oír los latidos del corazón materno de nuestra querida Mamá
celestial, recordar sus palabras y escuchar el mensaje que nos propone aún hoy.
Cada día, en invierno o en verano, el Padre
Pío celebraba la Santa Misa a las cinco de la mañana. Desde la una, ya la gente
se amontonaba a las puertas de la Iglesia, rezando y cantando en espera de que
las puertas fueran abiertas. Yo tuve la oportunidad de presenciar esto en
varias ocasiones. Para las cuatro de la mañana, una gran multitud se aglomeraba
allí. Podía oírseles cantar y rezar en varios idiomas. Venían de lejos y no les
importaba el sacrificio de levantarse tan temprano para poder estar cerca del
altar del Padre Pió A las cuatro y media
se abrían las puertas para dar paso a los entusiastas peregrinos. El Padre
Pió también, se había preparado durante
tres horas para celebrar la Santa Misa, como lo presencié varias veces. Al
cuarto para las cinco entraba a la sacristía, tambaleándose y tropezando lleno
de dolor. Por esa época experimentaba la agonía de Cristo en el Monte de los
Olivos, día tras día, en una forma misteriosa. No conocía descanso. Muchos
sacerdotes y altos dignatarios, hombres de todas las extracciones, le esperaban
allí para hacerle sus peticiones. Él avanzaba unos cuantos pasos, se
arrodillaba y rezaba. Algunos minutos más tarde se levantaba y fortalecido,
caminaba hacia la mesa, revestía los ornamentos y se preparaba para renovar el
sacrificio incruento de Cristo en el altar. Frecuentemente tenía lágrimas en
sus ojos. Al preguntarle por qué, contestaba con voz trémula: “No soy digno de
celebrar la Santa Misa. Soy el sacerdote más indigno”.
Con gran compostura y devoción decía el
introito. Era claro que las heridas le dolían debido al largo tiempo de pie.
Algunas veces se llevaba la mano a la frente, como para aflorar la corona de
espinas. Se acercaba entonces al altar, trataba de besarlo, pero un dolor
inenarrable se lo impedía. Inmediatamente después entraba en éxtasis por
primera vez. Sufría y ofrecía reparación
por los pecados que Dios colocaba ante sus ojos una y otra vez. Durante el
Gloria y el Credo entraba ocasionalmente en éxtasis, y se tenía la impresión de
que estaba presenciando todo cuanto decía. Todo cuanto el Padre Pío decía en
oración se reflejaba en su aspecto, en su apariencia. Casi siempre era dolor;
raras veces alegría. Cuando el sacristán acercaba el misal al lado del
Evangelio, el Padre Pío pasaba al centro del altar, se inclinaba y entraba de
nuevo en éxtasis. Entonces por primera vez, se podía ver y oír claramente
llorar y gemir al Padre Pío Tenía un pañuelo
especial sobre el altar, llamado “paño de lágrimas”, con el cual enjugaba sus
lágrimas. Recuperado del éxtasis, leía el Santo Evangelio con enorme devoción y
amor. Durante el Ofertorio, al elevar la patena, entraba de nuevo en éxtasis.
Frecuentemente hablaba en voz baja con alguien que no podíamos ver. Parecía
colocar múltiples peticiones, que se habían escrito y entregado, en la patena,
continuando así por un rato. Lo mismo ocurría durante la segunda parte del
Ofertorio. Cuando el Padre Pío se volvía hacia los fieles en el Dominus Vobiscum,
éstos podían ver claramente su mano, perforada y enrojecida. Su dolor aumentaba
constantemente debido al largo tiempo en pie. Después del Sanctus, era
frecuente que una elevada fiebre abrasara su cuerpo. Sentía dolores que le
quemaban y despedazaban. De acuerdo con los sacerdotes que concelebraban con
él, sus ojos estaban hundidos dentro de sus cuencas, y su fisonomía cambiaba
para asemejarse a la de Cristo en la agonía en la cruz. Los dolores de la
agonía convulsionaban su cuerpo en el momento en que la campana indicaba el
momento de la Consagración, y el Padre Pío decía las palabras de la
Consagración. Se estremecía y se volvía víctima del más aterrador sufrimiento,
al tiempo que sangre fresca manaba de las heridas de sus manos. El Padre Pío no
contemplaba la pasión de Cristo: la vivía en su propio cuerpo en forma
misteriosa. La gente gritaba, gemía y lloraba “¡Jesús misericordia!”. Tenían
miedo de que pudiera morir, y más especialmente durante la Semana Santa. Lo que
más impresión causaba era ver al Padre Pío
renovando el sacrificio incruento de Cristo, entregando todo cuanto
tenía, la sangre de su propio corazón, para hacerlo aceptable. Su sangre
chorreaba todo su cuerpo. Era esto lo que más conmovía a la gente. Se podía oír
de pronto una voz sofocada por el llanto diciendo “¡Creo!”. ¿Se ofrecía el
Padre Pío en sufrimiento expiando anticipadamente por estas almas para que
pudieran ser convertidas?. Muchas personas de diferentes religiones se
convirtieron en esos
En
conciencia tengo que romper con el coro cortesano, que componen los nombres de
todos los laicos y el clero por demás conocidos, que cada mes acompaña las
intervenciones públicas del Papa Jorge Mario Bergoglio, para informar sólo
acerca de algunos de los lugares comunes en que cae su discurso.
Todo
esto suena como un a priori poco crítico: ¡Cuánto "ecumenismo"
destructivo y cuánto "diálogo" subordinado a las ideologías de la
modernidad hemos visto en acción durante las últimas décadas, y que sólo Roma,
desde Pablo VI a Benedicto XVI, le ha puesto una barrera! El Bergoglio que
criticó las teologías de la liberación y de la revolución no puede ignorar que
"el diálogo con la cultura moderna" implementado después del Concilio
fue muy otra cosa que un "ecumenismo" correcto.
Si a las mentalidades modernas se les
preguntara qué cosa en el mundo les gustaría más descubrir, probablemente contestarían:
el eslabón perdido. Una y otra vez oímos hablar de su descubrimiento, pero al
fin sólo resulta un rumor.