San Juan Bautista

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lunes, 11 de junio de 2018

El único pecado que queda - Mons. Williamson




     “El único pecado que queda es el PECADO NAZI. Esa es la nueva religión, y Hitler es el Diablo. Los 6 Millones son el Redentor, lo que significa que el pueblo judío es Dios. Esa es la religión de hoy, y eso es fatal, absolutamente fatal. No tiene nada que ver con la fe católica, excepto en cuanto es una inteligente imitación de la fe católica porque obtienes Auschwitz en lugar de Gólgota,  la cámara de gas en lugar de la Cruz. Eso es fatal.

     Pero pregúntense: ¿Cuál es la verdadera religión de la gente de hoy? ¿Cuál es la verdadera religión del Estado hoy en día? ¿Puedo blasfemar contra Nuestro Señor Jesucristo? ¿A alguien le interesa? ¡No hay problema! Blasfema todo lo que quieras.


      ¿Puedo blasfemar contra el Holocausto diciendo que no había cámaras de gas?

     ¡Horror! ¡Horror! ¡Horror! ¡Quemenlo en la hoguera! Es un hereje.
     Allí se puede ver cuál es la verdadera religión del gobierno de hoy, de la política de hoy y de la gran masa de gente de hoy”.

Mons. Williamson




Nacionalismo Católico San Juan Bautista


sábado, 9 de junio de 2018

Cara Dura (Alejandro Bermudez) - Por Antonio Caponnetto





         Créanme o no tirios y troyanos, en la gélida noche argentina del 8 de junio, me he enterado de tres cosas que ignoraba. La primera que existe un amondongado sujeto llamado Alejandro Bermúdez; y que por cierto no debe ser confundido con su homónimo, el nadador colombiano, apodado precisamente el Flaco. La segunda, que el ente carnoso, entre otros menesteres ilustres, dirige un programa televisivo titulado “Cara a Cara”, sin que sepamos aún si su objeto propio versa sobre el lifting facial o el identikit. Y la tercera, que en la edición del mencionado programa con fecha 6 de junio de este 2018, el célebre saín –que para abreviar llamaremos nomás Alejandro Bermúdez- se ha ocupado de mí, desbarrando de dislate en falacia y de mentira en canallada.


         Viene a decir el Alejandrino –con ripios, ¡ay! en la prosodia, la fonología y la sintaxis- que he “caído en el abismo antipapista y lefevbrista, que simplemente” me “hacen incompatible con un comentarista católico”. Que he “dejado de ser un comentarista católico”, por mi “antipapismo irracional y apocalíptico”; y que el “proceso sistemático de negación de la autoridad pontificia del Papa Francisco” me convierten en “herético”, pues eso “es negar la realidad del Espíritu Santo que gobierna a la Iglesia”.


         Da vergüenza ajena que este señor Bermudo hable de quien no conoce ni su vida ni su obra, ni su pensamiento ni su acción; y que movido por su obsecuencia a los altos mandos eclesiales que lo rentan, se arrogue el derecho a dividir las aguas de los ortodoxos y de los herejes, con un maniqueísmo que lo degrada, ridiculiza y abaja. Esto no sólo es “irracional” sino moralmente pecaminoso, penalmente injuriante e intelectualmente mendaz. Esto, para decirlo de una vez, es la zafaduría propia de un maleducado.


         Da mayor vergüenza que confunda el deber canónico de los fieles de señalar los yerros de sus pastores y aún el del Pontífice con el antipapismo, que es negación de la institución petrina. Precisamente el núcleo de la herejía luterana a la que Francisco ha rendido homenaje público  hasta la indecencia.


         Lastimoso es que utilice la palabra “apocalíptico” como adjetivo descalificante, rozando así dos herejías, la del socinianismo y la del dominionismo; e incurriendo en la torpeza vulgar de sinonimizar al Apocalipsis con la maldad. Ridículo además, si no fuera trágico, que el caballero de la triste pantalla carezca del discernimiento básico para no advertir la distancia que hay entre un “proceso sistemático de negación de la autoridad pontificia” y el  proceso desgarrador que vivimos los católicos genuinos, teniendo que señalar este tránsito del Iscariotismo a la Apostasía que conduce hoy el Cardenal Bergoglio.


         En dos cosas no obstante acierta  el bermudo, y me place reconocérselo. La una es que no soy un comentarista católico. ¡Válgame la Virgen Santa si lo fuera! Para oficio de tan poca monta están el morcón y sus socios. A Dios le pido que me haga apóstol, misionero, testigo, apologeta, el último de sus bautizados fieles o el ignoto confesor de la Fe, la ínfima semilla caída en el surco. Pero comentarista católico, no.


         El acierto segundo es que el Espíritu Santo gobierna a la Iglesia (Catecismo, 811). De allí la magnitud de la osadía de Francisco, cuando sostiene que “el Paráclito parece como si fuera un apóstol de Babel” (15-3-2013); cuando lo llama “calamidad y desastre”(4-5-2018); cuando lo pone como artífice de la unidad con los pastores evangelistas pentecostalistas (25-5-2015); cuando cree que antes de su gestión aperturista y sincretista la Tercera Persona ha “vivido en una jaula”, que habría sido la misma Iglesia (23-2-2018); o cuando incurre en bromas zafias contra la Santa Trinidad (25-3-2017), faltando ostensiblemente al Segundo Mandamiento.


         Mientras escribimos este descargo, llega desde Roma la infausta noticia de que este destratador serial del Espíritu Santo acaba de conferirle el rango de beato y mártir a Monseñor Angelelli, agente mil veces documentado de la subversión marxista, traidor contumaz a la Fe Católica y operador activo de una de las principales agrupaciones armadas terroristas en los años setenta del siglo XX. No sabemos qué subterfugio, eufemismo, elipsis o sandez sacará a relucir ahora el papólatra Bermúdez de su sotobarba o de su bandullo.


         De mi parte, diré a secas y con dolor, una vez más, que este tipo de felonías prueba que la cabeza actual de la Iglesia está en manos de un personaje contumazmente siniestro, dispuesto a todo para ultrajar a la Esposa. Bergoglio sabe muy bien que Angelelli no murió por causa de la Fe Católica, sino que militó en su contra desde el partisanismo rojo, hasta que un simple accidente automovilístico se lo llevó de la tierra. Bergoglio sabe muy bien que los verdaderos mártires en aquella contienda que ensangrentó a la Argentina, no son el obispo zurdo con sus compañeros de malandanzas. Son las víctimas de  su despliegue criminal, análogo en lo esencial con las perrerías del bolchevismo.


         El Diccionario de la Real Academia Española registra con propiedad entre sus páginas el término caradura, para aludir a la persona que actúa con desvergüenza, descaro o falta de respeto. Más propiamente aún –añade- al sinvergüenza o desfachatado. De allí que Alejandro Bermúdez le haría un favor inmenso a su teleaudiencia si trocara el nombre de su programa por éste aún más castizo y veraz que venimos a sugerirle: CARADURA.


         Me dicen algunos amigos que morigere mis palabras, puesto que Alejandro Bermúdez Rosell –apellido este último de presumibles raíces hebreas- sería un hombre poderoso, conductor y director de una diversidad de medios de comunicación sedicentemente católicos o integrantes activos del oficialismo clerical vaticano.  Agradezco de corazón a mis consejeros, pero si algo me mueve a no mitigarme es, precisamente, la relevancia que parece tener tal inverecundo mentiroso.


         En esta semana que concluye ya padecí otro caso de un relumbrón nativo del show business; de la especie de los neo guapos que amenazan con su poderío en las redes sociales. “Te espero en el facebook”, es la consigna estulta y pusilánime de todos estos nuevos ricos de la intelligentzia. Hombres cuyo estilo es no tener aristocracia sino redes sociales. Para desgracia de ellos, pertenezco a la generación que prefiere la bala marxista a la palmadita liberal. Porque como decía José Antonio Primo de Rivera, prefiero morir fusilado que de náuseas. Prefiero la derrota en la Cruz a la victoria en los blogs.


         Ignoro si alguna vez podré estar cara a cara con este caradura de Bermúdez. El cual –para que ninguna patraña estuviera ausente de su relato- lanzó la especie de que soy entrevistado “en forma constante, una y otra vez”, por el Dr. Hugo Verdera; cuando en los largos años del programa televisivo que éste dirige, sólo he asistido a dos ( 8-11-2013 y 21-3-2015), tocándose en ambos asuntos absolutamente ajenos a la crisis de la Iglesia.


         Ignoro, lo reitero, si se me dará la ocasión de estar cara a cara con este turiferario de encumbrados apóstatas y difamador de bautizados fieles. Quisiera saber si entonces puede sostener cuanto de ruin ha dicho. Pero mejor pensadas las cosas, Dios me preserve  de la proximidad de torvos semblantes, y me conceda la dicha de alcanzar algún día la gracia de estar perennemente ante Su Santa Faz.


         Bajo el icono del Cristo Yacente renuevo mi promesa de intransigencia en la desigual batalla:


Tendido, horizontal, sangrante y plano,
te recibió el sepulcro entre estertores,
eran todos los rostros pecadores,
y el tuyo yerto, bonaventurano.


Todavía llevabas en la mano
de la llaga manante, los dolores.
Todavía eran tuyos los sabores
del vinagre y la sed: la trilla al grano.


Yaces,Señor, en esta tierra impía
alguna vez  alcázar de Tu nombre
mudada en la más ruín alevosía.


Regresa a dar la última reyerta
seremos puños que la patria escombre,
lanza que pugna aunque la vieron muerta.


Antonio Caponnetto


Ciudad de la Santísima Trinidad, 9 de junio de 2018.



Nacionalismo Católico San Juan Bautista



martes, 5 de junio de 2018

Carta a Nicolás Márquez de Antonio Caponnetto





Estimado Nicolás Márquez:

 Desde hace un tiempo ya prolongado, mis escritos o conferencias son dados a conocer desde “Prensa Republicana”, que entiendo co-dirige con Agustín Laje, y que es prolongación de algún proyecto periodístico  precedente en el que sucedía algo análogo.

Parece ser ésta, además, una modalidad frecuente en el llamado universo de las redes sociales. La menor expresión que alguien elabora e instala en las susodichas redes, pronto se “viraliza”, y casi al instante no se sabe más cuál o quién es la causa eficiente que primariamente la ha engendrado. El totum revolutum es total y completo.

 Me consta de un modo expreso –y debo dejar certificación de ello- que todas las veces que he sido incorporado a sus sitios, no ha habido de parte suya otra motivación más que la buena voluntad y el amical interés en promover mis módicas actividades. Y si bien es cierto que jamás se me pidió autorización para reproducir mis trabajos, también lo es que este modus operandi está ahora connaturalmente instalado en todo el ámbito de las llamadas publicaciones digitales.

 Cualquiera captura hoy lo que es de propia autoría y puede multiplicar su presencia en los lugares más impensados, ignotos y ajenos a las personales convicciones o raigales creencias. Cualquiera incluso puede osar el simulacro de adoptar el nombre de un tercero y dejar su comentario en los múltiples “posteos” diarios. Mi experiencia personal al respecto es desoladora.

 Creí sinceramente que el grueso de los usuarios o de los frecuentadores de estos medios estaban en condiciones de aplicar tales discernimientos. Pero no ha sido ni es así, sobre todo en los últimos tiempos. Y aunque a nadie en particular culpo por ello, lo concreto es que ya he recibido demasiadas pruebas del desconcierto o de la perplejidad que acarrea ver mi nombre instalado con involuntaria regularidad en las páginas de “Prensa Republicana”, con cuya línea editorial no me encuentro en comunión y sí, muchas veces y en cuestiones sustantivas, en franca colisión, hondísima discrepancia y profundo antagonismo.

Es por ello que –sin dejar de agradecerle cuanto ha cooperado a la difusión desinteresada y caballeresca de mi pensamiento- le solicito formalmente que,en lo sucesivo, no reproduzca mis escritos en sus medios de expresión. Entiéndase que el pedido no implica ni puede implicar que no adopte usted ante mi obra el juicio que crea merecerle, fuere de adhesión o de rechazo. Regla que rige para ambos y para todos los pensantes.

 El pedido apunta, sencilla y frontalmente, a que no se me tome como colaborador, columnista o cooperador de un proyecto como el suyo, con el cual, reitero, tengo graves, profundas y muy hondas y cruciales desinteligencias. Desde las atinentes a la doctrina política –en el sentido más abarcador del término- hasta las vinculadas al estilo, talante o modalidades.

El motivo de estas líneas –que le encarezco reproduzca en “Prensa Republicana”- no quiere dar inicio de mi parte a ningún debate. Quieren, por un lado, ser expresión de gratitud por el esfuerzo que pueda haberle significado difundir mis ideas. Quieren asimismo no dejar de reconocer cuanto de valía haya en sus esfuerzos, iniciativas y campañas, que las sé fatigosas. Pero sobre todo, quieren ser una pública y tajante divisoria de aguas. De allí que me vea obligado a hacer pública esta carta.

 Sigo donde siempre estuve, en las filas del Nacionalismo Católico, en la militancia Contrarrevolucionaria y Anti-Moderna, en pugna frontal contra la Judeomasonería, la Democracia, el Liberalismo y el Marxismo. Confrontando con derechas e izquierdas, locales o internacionales; en enemistad abierta con el Imperialismo Internacional del Dinero, sus secuaces nativos y sus mandantes extranjeros.

Celebro la caída del Muro de Berlín, pero también celebraría el derrumbe de otros dos muros, el de Street en New York, y el de los Lamentos, en tierras despojadas a sus legítimos dueños por la codicia hebrea. Entono aún emocionado: “en lo alto la mirada, luchemos por la patria redimida”, y a la par los cielitos federales que tributan preclaros honores a la figura impar e irrepetible de Don Juan Manuel de Rosas.

Sigo donde siempre estuve, opugnando con las mentiras históricas, no sólo de las últimas cuatro décadas argentinas, sino con las de la maldita propaganda aliada y aún con todas aquellas de más lejanos antecedentes. Sigo donde quiero aprender a estar: como vasallo de María Reina, en el testimonio solitario y austero de la Cruz, sin concesiones a los códigos de la sociedad del espectáculo o a los rituales del show business, en el que parece querer devenir hoy la vieja y noble actividad apologética.

 Y procuro seguir, sobre todo, con el auxilio de la gracia, donde con piedad sincera y afecto genuino, ruego a Dios que (despojándolo de tantas confusiones, errores y contemporizaciones con el espíritu revolucionario) los ubique a usted y a los jóvenes o adultos que buenamente lo siguen: en el pequeño rebaño de los derrotados por el mundo que aguardan, batallando y resistiendo, esperanzados  y  sin doblegamientos , el regreso victorioso de Cristo Rey.
                                               Sin dobleces va mi abrazo

                                                Antonio Caponnetto

                                                Junio 5 de 2018.

                                                Ciudad de la Santísima Trinidad.

Se agradece difundir


Nacionalismo Católico San Juan Bautista


lunes, 4 de junio de 2018

Los Papeles de Leonardo Castellani (Libro para descargar)



LOS PAPELES
DE
LEONARDO CASTELLANI

Recopilación de sus prólogos y epílogos a terceros
Daniel O. González Céspedes
(Compilador)



San Rafael – Mendoza – Argentina 2017

Enlace para descargar: Los Papeles de Leonardo Castellani


Nota de NCSJB: Agradecemos al Dr. Antonio Caponnetto el habernos acercado este trabajo como a los editores el haberlo compartido.



PRÓLOGO NO INDISPENSABLE

     La mayoría de los lectores se saltean los prólogos. Y los epílogos. Y es justo, ya que lo interesante es el “logos”: el quid, no sus alrededores.

     El prólogo es un paratexto, es decir, un texto que rodea, como el caparazón a la perla, algo valioso en sí. Es un envoltorio que demora el acceso a la sustancia.

     Pero hay prólogos y prólogos.

     Están los del mismo autor: son prólogos autógrafos aclaratorios, o autobiográficos, o de defensa: “galeatos” (“con morrión” los llama Castellani), o simplemente introductorios, y muchas veces indispensables para la comprensión del texto, en tanto lo enmarcan y justifican. Y ponen “en situación” al lector, que en este caso debe comportarse como el “amable lector” al que se pide entendimiento, tolerancia y complicidad.

     Están los prólogos “alógrafos” o “de terceros”. Es decir, escritos por personas distintas del autor del libro a quien este ha solicitado su redacción.

     Como lo exige la cortesía, suelen consistir en amables presentaciones de obras ajenas que aportan algún dato externo, una mirada crítica, una clave de interpretación. Es tanto la voz laudatoria que aconseja propagandísticamente su lectura, cuanto le da una autoridad en la materia que le da su aval y respaldo: garantiza su valor.

     Algunas veces resultan superfluos, y su existencia ha marcado para siempre el desprestigio de sus congéneres. Otras veces demasiado extensos, un modo hábil de parasitar el propio libro en el ajeno…

     Aquí el lector, interlocutor principal, ante cuyos ojos se exponen las tesis, se explayan las aclaraciones y se manifiestan las discrepancias sobre algún punto, participa como juez convocado por el afán persuasorio del prologuista.

     Y entre todas las variedades de prólogos están los que han tomado vida propia y con ínfulas de texto-en-sí, han hecho casi olvidar que aparecieron como “dentorno”. Son los que justifican su ascenso a la categoría de género literario y no pocas veces perexistieron aun a la obra que acompañaban. Son prólogos emancipados –aunque no absolutamente, como es obvio– que han alcanzado estatura de ensayo.

     A más de los prólogos a sus propias obras, enjundiosos e insoslayables, Leonardo Castellani escribió prólogos a pedido –pues fue varias veces convocado a presentar obras ajenas– que resultan igualmente ineludibles. Fiel a su estilo, en más de una oportunidad, luego de realizar los elogios de rigor, se metió en tema y estableció un contrapunto con el autor en el que sus propias ideas prevalecieron para iluminar el asunto tratado en el libro. Entonces, más que una presentación, Castellani ha entablado en cada caso una conversación. Le dieron pie para expresarse: así, pues, lo hizo, dialógicamente, magisterialmente.

     El responsable de esta recopilación de prólogos de Castellani a obras ajenas entendió que se los podía despegar del texto al que acompañaban para ser leídos por sí mismos, porque halló en ellos algo que trascendía la relación. Y ese algo es la universalidad que suele otorgar Castellani a sus reflexiones, aun cuando se refiera a un hecho puntual. Siempre pega el salto hacia los principios, hacia el deber ser, hacia el ideal, o como quiera llamárselo: siempre mira el meollo del asunto.

     Con su pluma apurada –calamo currente– escribe como debatiendo, como apuntando las ideas que se le caen a los labios –a los dedos– a propósito de.

     Por eso es que cuando uno lee sus prólogos a terceros no siempre se entera acabadamente de qué tratará el libro al que saluda desde el umbral. Porque ni hace un análisis, ni una síntesis, ni una reseña.

     Castellani, simplemente, acepta la incitación al canto, y entonces canta opinando porque ese es su modo de cantar.

     Pero no se demora mezquinamente en los zaguanes: conduce al lector hasta la puerta y acompaña el ingreso al convite con la cortesía del anfitrión que recibe a los invitados. “Pase al banquete que lo espera detrás de estas cancelas” le dice.

     La mesa está servida.

Dra. Liliana Pinciroli de Caratti

San Rafael, Mendoza, noviembre de 2017


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Brig. Gral. J.M. de Rosas - Gonzalo V. Montoro Gil (Libro para descargar)



Brig. Gral. Juan Mauel de Rosas:
Aspectos poco conocidos de su vida y su familia
Gonzalo V. Montoro Gil - Mayo 2018

 Rosas y el escudo de armas de los Ortiz de Rozas



Extracto del prólogo a cargo del Dr. Antonio Caponnetto


     El autor de este libro tan peculiar, cuenta con varias ventajas para haberlo escrito. El primero de ellos es la fiel familiaridad con Don Juan Manuel de Rosas.

     Rosas está en la sangre de Gonzalo V. Montoro Gil; pero además está en su espíritu. Porque aprendió a descubrir, a rescatar y a asumir como herencia lo mejor del personaje y de su obra.

     Este desciframiento de la identidad verdadera del hombre investigado, se nos hace hoy de una singular importancia, en medio de tantísimas falsificaciones perpetradas a diestra y a siniestra. Rescatar al arquetipo de la masa es misión de señores.

     El segundo don, consecuencia en parte del precedente, es que su condición de hijo de chozno de Don Juan Manuel, le ha permitido moverse con soltura en un universo casi siempre vedado al común de los historiadores: ciertos documentos de primerísima mano y un frondoso cuanto sugestivo anecdotario doméstico.

     El tercer don es casi una paradoja. El autor no pertenece –para su gloria- a los autoproclamados profesionales de la historiografía, ni tampoco a esa camada deshonrosa de neo-revisionistas, que tomaron por asalto el rosismo para ponerlo al servicio de las peores causas partidocráticas e ideológicas. Se mueve sin “oficio”, pero con la intuición de un narrador y la lógica de un hombre engalanado por el sentido común. Ojalá los infatuados profesionales  que medran de los cargos académicos oficiales y oficiosos, tuvieran o recuperaran este decantado olfato hacia el pretérito que esplende aquí con absoluta naturalidad.
  
     Junto a la equidad, Gonzalo V. Montoro Gil, nos regala el recuerdo de una frase de Chesterton, que retrata su propia conducta ante el pasado y también ante el presente o el porvenir que Dios nos depare. Dice el inmenso inglés: “El verdadero soldado no lucha porque odie lo que hay frente a él sino por amor a lo que tiene detrás”. Si algo se necesitaba para inteligir en plenitud nuestro nacionalismo, he aquí la cifra.


Antonio Caponnetto


Enlace de descarga:



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viernes, 1 de junio de 2018

La verdad completa - Augusto TorchSon



     Probablemente sea hoy un poco menos tonto que ayer. Esto es así como resultado de la autoimposición que consiste en no persistir en el error una vez que lo detecto, por más cómoda que me resulte esa creencia equivocada, incluso, hasta cuando mucho sacrificio puede haberme costado el alcanzarla. Y es que ser fiel a uno mismo es tal vez uno de los trabajos más difíciles, porque cuando uno hace concesiones consigo mismo, es cuando está verdaderamente perdido.


     A veces tardamos mucho tiempo en integrarnos a un grupo de personas en el cual nos sentimos realmente a gusto, con quién compartimos no solamente intereses similares, sino hasta cierta comunión espiritual. Lo más satisfactorio de pertenecer a esos grupos, o mejor dicho, lo más desestresante de estar con ellos, es el no tener que forzar constantemente la virtud de la prudencia hasta límites que rondan la insania, como lo tenemos que hacer en los ámbitos no elegidos pero inevitables como son los laborales u otros sociales, en los cuales la inmensa falta de sentido común nos llevan a callarnos frecuentemente para no tirar perlas a los cerdos como también para no desbordarnos y cometer torpezas.


     Pero resulta que incluso en esos ambientes en los que tan a gusto nos sentimos, tenemos que ser intelectualmente honestos tanto para reconocer la verdad aunque no nos guste y hasta de quien no nos guste, así como para decirla aunque NO guste; ya que esa honestidad primero se la debemos a Dios y por consiguiente a la caridad con el que yerra, pero también nos la debemos cuando decimos que queremos ser fieles a nosotros mismos.


     Ahora, sucede que cuando encontramos ese grupo con esas importantes afinidades, como nos pasa por ejemplo en lo referente a lo religioso; o político (todavía más difícil); resulta que descubrimos algunas cuestiones que nos obligan a replantearnos muchas de las creencias en las que nos sentíamos seguros, siendo incluso ellas con las cuales coincidíamos en el grupo. Esto lo digo no genéricamente, sino como experiencia personal y sabiendo que también le pasa a muchas personas. Por si hace falta aclarar, no me refiero a cuestiones dogmáticas, o en lo que de inmutable pueda tener la doctrina religiosa en ese sentido. Así pues, si estudiando la historia  descubrimos que nuestros referentes (y los del grupo) se equivocaron más de lo que pensábamos, o tal vez, ni siquiera merecen que sean considerados referentes; entonces, ¿cómo deberíamos encarar el tema para no escandalizar a quienes apreciamos y con quién tan bien nos sentimos y al mismo tiempo permanecer fieles a nuestra propia conciencia? Y es que cuando empezamos a estudiar un poco más los temas que son precisamente los que parecerían ser los que dan cohesión al grupo, descubrimos que las situaciones no eran tan simples como pensábamos. Resulta entonces que mientras afianzamos nuestros conocimientos, así como nuestro discernimiento en cuestiones que resultan las que más incomodidades generan, igualmente se nos presenta la disyuntiva entre mantener la boca cerrada (en el ámbito en el que uno debería precisamente sentirse confiado), o compartir la información y hasta corregir a los amigos que están en el error en algún aspecto, sabiendo de antemano que a veces hay verdades que son difíciles de digerir y pueden resultar chocantes hasta el punto de generar grandes molestias por sacudir las seguridades de algunos, como también nos pasó a nosotros en algunas oportunidades. Y sabiendo que nuestra primera reacción ante verdades incómodas fue el ponernos a la defensiva, debemos entender cuando es esa la actitud que toman las personas a quienes tratamos de hacer salir de su error. Cuando hablo de errores no me refiero a posturas o conclusiones discutibles, sino a hechos concretos y comprobables que necesariamente conducen a determinadas y únicas conclusiones y no son simplemente motivo de especulaciones. Con respecto a los demás, no queda más que tener paciencia y asumir las consecuencias de decir, sostener y defender la verdad. Si esa es realmente nuestra decisión, debemos saber que la misma necesariamente conduce a la soledad, y aún más hoy cuando la mentira es social e institucionalizada, así como científicamente implantada en las mentes y corazones de las masas democráticas, a las que en algún momento también pertenecimos y de la que seguramente nos quedan resabios ya que de una manera u otra, todos somos hijos de nuestro tiempo, que mucho tiene que ver con la revolución. Queda claro entonces que no se busca el estar solo, o la discusión con ánimo de hacer prevalecer una postura, sino que esto resulta como consecuencia no querida pero inherente a la búsqueda y defensa de la verdad. Si la democracia acabó con la vida de Sócrates, inmortalizó sin embargo su lucha y fidelidad por la búsqueda de la verdad, y Cristo fue condenado a igual pena, siendo Él la Verdad misma, veredicto también sometido al capricho de la mayoría.


     Lo cierto es que héroes y santos casi siempre terminaron solos y pobres cuando no martirizados. Mucho hay que desconfiar de supuestos héroes o santos que fueron populares y exitosos según estándares mundanos, así como los que terminaron su vida como prolíferos empresarios o que buscaban honores para sí incluso hasta comprando títulos nobiliarios. Y si trágico fue el destino terreno del santo y del héroe al que admiramos, hipócritas seríamos al resaltar su figura pero no tratáramos de imitarlos. Por eso la verdad primero nos compele a nosotros mismos, nos obliga a rectificar el camino una vez descubierto el correcto, igualmente a retractarnos de nuestros errores y hasta a pedir disculpas si fuera necesario, y, entendiendo que no estamos exentos de volver a caer en ellos, comprender a los que mal conocen sin culpa de su parte. No me refiero entonces al que consciente el error una vez reconocido, o planteada la duda, sigue defendiendo una postura de la cual no tiene ninguna certeza de su veracidad. Aquí ya estaríamos hablando del pecado de la mentira o de la duda consentida.


     Por si vale la aclaración, al referirnos a lo verdadero hablamos de lo que se adecúa con la realidad. No hablamos entonces como hoy se hace, de una “verdad” pragmática, que sería tal, solo en cuanto tenga algo de útil, o de una “verdad” consensual que es la que se decidiría por acuerdo de partes como sucede en la diosa democracia, que es una diosa caprichosa “creadora” no sólo de verdades circunstanciales sino hasta de realidades mutables ambas de acuerdo a la conveniencia de sus plutocrátas beneficiarios.


     Establecido entonces que la verdad COMPLETA como me decía un estimado amigo, es muy difícil así como la verdad en soledad; al no traicionar nuestra propia conciencia, más allá de la recompensa eterna que Dios nos puede otorgar en la hora de nuestra muerte, también hay una terrena que es la que nos exime de silbar bajito para no molestar, práctica de las más traumáticas e incómodas que existen.


     El desafío una vez alcanzada una determinada verdad, es actuar con humildad respecto de los que no la tienen, y no caer en la estupidez de muchos “sinceros” que sólo demuestran su egolatría creyéndose mejores, y en su actitud altanera no hacen más que llamar la atención con una conducta aparentemente paradójica en la que pretenden ser completamente autosuficientes mientras se esfuerzan por demostrarlo y ser reconocidos en ese aspecto.


     El amigo que antes mencionaba repite frecuentemente la frase de Santa Teresa: “Prefiero la verdad en soledad que la mentira en compañía”, y defiende esa opción a pesar de mencionar lo difícil de tal empresa.


     En la búsqueda advertimos que son muchas las circunstancias que creíamos verdaderas y sin embargo no lo eran, como seguramente muchas más las que iremos descubriendo de seguir investigando, y muchísimas más las que nos quedarán vedadas dada la finitud de nuestra existencia. Y así Sócrates reconocía esta limitación al decir “sólo sé que nada sé”; por lo que, como corolario podríamos decir que salvo lo proveniente de Dios, es preferible dudar de nuestras certezas cuando no se apoyan en hechos comprobables e indiscutibles. Podemos opinar y aceptar opiniones siempre y cuando estas se apoyen en hechos, los que necesariamente deben ser respetados.


     Entonces al realizar consideraciones respecto de ciertos militares, gobernantes y demás políticos, incluso Pontífices como inmaculados o perversos, sin escuchar más que opiniones; o lo que es peor, concentrarnos en sus virtudes omitiendo sus vicios o a la inversa, de acuerdo a la postura y al grupo que nos interese defender; podemos pecar gravemente por soberbia, pero lo más grave, dejándonos conducir por nuestro ego eventualmente podemos hacer caer en el error a muchos, con lo que se multiplicaría nuestra responsabilidad. Y lo digo diciéndomelo primero a mí mismo. Resulta entonces por ejemplo, que Papas a los que considerábamos intachables y exentos  de los errores del Concilio Vaticano II,  fueron precisamente los propiciadores y precursores del mismo; y a políticos y militares a los que hoy se demoniza y hasta sirven de referencia para hablar de actos perversos y absolutistas; resultaron ser en la práctica los sostenedores de la Doctrina Social de la Iglesia. Todo esto acusándoselos incluso de falsos y hasta imposibles crímenes, para proponer como mejor alternativa, la democracia liberal, masónica y judaica a la que ellos combatieron, que es la causa del desorden que hoy parece humanamente irreversible en el mundo entero. Teniendo además en cuenta, que dicha democracia, fue la opción preferida por esos Papas, causando a los cristianos en el mundo millones de muertos por la opresión comunista, así como la propagación del veneno del liberalismo que hoy corroe nuestras sociedades y hasta destruye la misma Iglesia. Y esto lo refiero sin hacer juicios definitivos respecto a las personas mencionadas. Todo esto puede comprobarse y detallarse abundantemente.


     Hay que tener en cuenta que si bien la búsqueda de la verdad completa puede producir rechazo, soledad, pobreza y hasta el martirio; ya que mencionamos a Sócrates, podemos aprender de su ejemplo de bien morir en ese sentido, al hacerlo mientras predicaba sobre la inmortalidad del alma la cual creía conseguir con el constante autoexamen para el perfeccionamiento de la misma, mientras bebía con suma tranquilidad el veneno que pondría fin a su vida.


     Resulta indudable que el conocimiento de los hechos considerados en su totalidad, pueden ayudarnos a una correcta concatenación de razonamientos para conocer donde estamos parados y como llegamos hasta la situación en la que estamos, así como saber mejor quienes son nuestros amigos y nuestros enemigos, y de igual manera reconocer quienes fueron realmente referentes dignos de imitar a pesar de sus flaquezas o quienes no lo fueron a pesar de sus aciertos. Todo esto sin olvidar que esas verdades, muy importantes sin lugar a dudas, son solo destellos de la Verdad con mayúscula, Verdad que es al mismo tiempo Camino y Vida, y es la que proviene de Dios y de hecho es Dios mismo en la persona de Cristo. Entonces lejos de justificar nuestras torpezas recurriendo al “yo soy yo y mis circunstancias”, sostenemos con el filósofo español José Corts Grau la primacía de lo sobrenatural refutando esa frase de Ortega y Gasset, afirmando que “Yo soy yo y mi raíz y mi destino”, es decir, “Dios y yo”…, agregando luego que “Dios no es para el hombre una limitación negativa, un suspicaz y mezquino vigilante, sino un amoroso esclarecedor, el secreto y la meta de una perfección sin límites”. Buscamos en definitiva, alcanzar ese objetivo.


     Concluimos entonces que la búsqueda sincera, rigurosa y hasta esforzada del esclarecimiento de los acontecimientos de la Historia que determinaron y condujeron a nuestra realidad actual (oscura y esjatológica), no sólo es importante, sino que hasta sirve para templarnos y prepararnos para el verdadero desafío consistente en la fidelidad y defensa de esa Verdad Superior, de esa Verdad Encarnada y hoy olvidada y hasta escarnecida, pero que es la única que le da sentido a nuestra existencia, Verdad salvífica e infinita. Y si somos capaces de ser fieles en esa búsqueda primera a la que podríamos considerar “en lo poco” sin restarle importancia, seguramente seremos capaces de ser “fieles en lo mucho”.


Augusto


Nacionalismo Católico San Juan Bautista


lunes, 28 de mayo de 2018

Padre Alberto I. Ezcurra - Recensiones Bibliográficas (Libro para descargar)




PADRE ALBERTO EZCURRA
-1993 -26 de Mayo- 2018

Amigos:

                  Este año se cumple el vigésimo quinto aniversario de la muerte del Padre Alberto Ezcurra. En su homenaje, y bajo la generosa iniciativa del Profesor Daniel González Céspedes, se han reunido en un libro el conjunto de las recensiones bibliográficas del inolvidable maestro y camarada. 


                    Pedido que se me hubo el prólogo, he procurado explicar en el mismo el inmenso y significativo valor que tienen estos comentarios de múltiples y variados libros. Ofrecemos la obra en su versión digital. Para que quienes lo deseen puedan aprovecharla, difundirla y hacerla circular.


                    Aquí está: RECENSIONES BIBLIOGRÁFICAS, del Padre Alberto Ignacio Ezcurra Uriburu.


                    Muchas gracias.

                   Antonio Caponnetto


Enlace de descarga




PADRE ALBERTO EZCURRA

¡PRESENTE!

A 25 años de su muerte


Todo está bien, me he puesto la sotana.
El rosario se anuda entre mis dedos
Y el viático me alcanza para el viaje.
La clase ya fue dada, quedan libros
Entre estampas, recuerdos y cigarros.
Todo está bien, incluso esta madera
Que bordea mi cuerpo y lo amortaja.
Los rezos que sin llanto me despiden.
Hago memoria: hay pan y un misal viejo.
Dejé lista la misa de mañana,
Una vez más diré que yo no escribo.
La homilía y la arenga se improvisan
Como el Ave María y el Magnificat.
Todo está bien, llegaron camaradas.
Conservan la bandera o el saludo,
esa costumbre de tomar cerveza,
discutir en voz alta, acalorarse,
caminar marcialmente aunque los años
crujan como un navío a la intemperie.
Aquí en San Rafael el sol flamea
-parece un estandarte al mediodía-
la Ascensión del Señor tuvo su fiesta,
Pentecostés me espera, ya en la Casa.
Todo está bien, amigos, la liturgia,
La unción de los enfermos, el recaudo
De colocar a modo de epitafio
La consigna de Job, marechaliana.
Amé la tierra en su raíz antigua.
Serví a los pobres cuando no era moda.
Canté Caudillos en la eneida patria.
No me perdonan el responso a Rosas.
Todo está bien. Sirvieron el pescado
Picante con el vino en damajuanas,
Ayer de Paraná o de Buenos Aires
Dos vocaciones nuevas me llamaron.
Todo está bien. Ya vienen, ya me cargan
(no parezco pesado esta mañana)
el cementerio tiene vista al cielo.
He dejado un licor para la vuelta.


ANTONIO CAPONNETTO



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