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jueves, 12 de abril de 2018

Apostilla breve sobre la “Gaudete Et Exsultate” – Antonio Caponnetto





         Comenzada la década del ´70 del siglo pasado, dos activistas de la izquierda italiana, Elio Petri y Hugo Pirro, le dieron  vida a una película entonces muy comentada, cuyo título contenía un trágico sarcasmo: La classe operaia va in Paradiso; esto es, “La clase obrera va al paraíso”.


         El motivo de la metáfora lo da su protagonista central, Ludovico Massa, quien cuando entra en estado de demencia tras un sinfín de peripecias, imagina que hay un muro por derribar, y que tras él se encuentra el anhelado  edén del proletariado, la merecida tierra feliz de los que han sido alienados aquende la terrible pared, por el trabajo esclavista del capitalismo. Mitad grotesco, mitad dramático –como el mejor cine italiano- el abajamiento sociológico (más específicamente, clasista) de los enunciados teológicos del cristianismo, quedaba en evidencia. Parodia de la salvación genuina, la concebida por el marxismo tiene su propio vergel adámico, reservada monopólicamente para los trabajadores.


         Medio siglo después, de la mano de un escritor asociado al Modernismo: Joseph Malegüe, en su novela Pierres noires. Les classes moyennes du Salut, Jorge Mario Bergoglio acaba de proponer “la clase media de la santidad”. Lo hizo en su reciente Exhortación Apostólica Gaudete et Exsultate (n.7), labrando un nuevo paso en este reduccionismo sociologizante de la vida salvífica, un nuevo hito en la caricaturización de la teología sometida a la sociología. Con lo que se comprueba una vez más el aserto de Gómez Dávila: “la herejía que amenaza a la Iglesia en nuestro tiempo es el terrenismo”.


         Adjudicarle la santidad a un segmento social, o proponer como paradigma de santidad a determinado estamento social, conduce fatalmente a varios errores. Enunciemos dos.


         El primero es el clasismo. Creer que sólo “el pueblo” es toda la sociedad, sosteniendo en paralelo que ese “pueblo” mentado es únicamente el sector más numeroso, mayoritario y golpeado por los avatares políticos. Por lo tanto, el bien común no será el de la nación entera o el del cuerpo comunitario en su conjunto, sino el de una categoría predeterminada ideológicamente.


         El abate Sieyes identificaba a la nación con el tercer estado; Marx con el proletariado; la llamada Teología del Pueblo, en la que abreva Bergoglio, con las periferias; pero en todos los casos el siniestro criterio resulta el mismo: es la conciencia de clase la principal protagonista de la historia. De clase víctima y sufriente, en pugna maniquea con el resto del cuerpo social. La Revolución explica la Revelación; la Sociología la Teología, las Postrimerías sobrenaturales Infierno y Gloria están condicionadas al clasismo intrahistórico.


         Bergoglio propone casi de un modo crudo, y en explícito parafraseo de autores como Proudhon o Engels, la socialización de los medios de producción de “santos”, el colectivismo de la gracia santificante.  Nadie se salva solo (n.6). Fuera de un pueblo no hay salvación. La santificación es un camino comunitario (n. 141). Eremitas, contemplativos,monjes de clausura y orantes silentes, están en problemas si no se adaptan al servicio social, algo que ya les fue dicho en la Constitución Apostólica Vultum Dei Quaerere, del 2016.


         Por el contrario, corren con ventaja “los hombres de la puerta de al lado” (n.6), los integrantes del “público municipal y espeso”, que mentara Darío; los integrantes del qualunquismo ideado por el comunista Guglielmo Giannini, “la media aritmética” tomada como paradigma social por el funesto Durkheim. Si al fin de cuentas, según parece, Dios no quiso otra cosa que “entrar en una dinámica popular” (n.6); rechazando el concepto elitista de “unos pocos para unos pocos” (n. 89). Así que nada de puertas estrechas (Ls. 13,22-30), ni de “pocos elegidos” (Mt. 22,14), ni de pusilla grex (Ls. 12,32) ¡Santidad para todos y todas, ya!, que el Señor “se hizo periferia”(n.135) . Y contingente y flojo como es, “Él depende de nosotros para amar al mundo”(n. Se deduce que el segundo error al que aludíamos antes, junto con el del clasismo, es la desnaturalización de la santidad. Lo que es aún más grave, si cabe; y posiblemente una de las manifestaciones heretizantes más dolorosas de este extraño pontificado. Pero no es una novedad sino un error remozado. Hace años, en efecto, que venimos protestando la imposición de una equívoca espiritualidad entretejida de abdicaciones, de contemporizaciones y de compromisos seculares, que no sólo rechaza la incompatibilidad entre la perfección cristiana y el amor al mundo, sino que propone precisamente un modelo de santidad asociado a la vida ordinaria, común y corriente, sin los sobresaltos extraordinarios de los santos auténticos, sin el heroísmo ni el sacrificio ni las renuncias que nos relatan las nobles hagiografías, y con los defectos y ocupaciones habituales de cualquiera. Para alcanzar tal estado bastaría convertirse en un módico ciudadano más, que pasa inadvertido en el trajín de sus ocupaciones laborales.


         En la versión neoconservadora de este modo de ser santo, el prototipo es el pequeño burgués, el profesional actualizado que se vale de su oficio para el proselitismo cristiano, y al cual se le ha dicho que su celda es la calle. Su modo de vida no tendrá nada de singular. Transcurrirá sin contrastes exteriores, sin sacudidas, indistinguiéndose del resto de los mortales, cuidándose únicamente de no creer que el templo es el lugar por antonomasia del creyente, o que es válida la contemplación pura, inactiva, sin el vértigo del trabajo. Así se hallará textualmente prescripto en los textos fundacionales y tulelares del Opusdeísmo.


         En la versión bergogliana el prototipo se aplebeya un poco. Ya no es el profesional exitoso, el ejecutivo próspero y el funcionario maleable a cualquier gestión demoliberal, pluralista y moderna. Ahora es “la señora que va al mercado” y no chusmea con su par durante las compras (n.16); el vecino de la puerta contigua que “no trata de desalentarse cuando contempla modelos de santidad que le parecen inalcanzables” (n. 11). Elige uno a su medida y todos contentos. Y si quiere ser mártir –clérigo o laico, bautizado o infiel- le bastará con participar en alguna de las tantas opciones subversivas que ofrece desde hace décadas la guerra revolucionaria del marxismo. Basten los nombres terroríficos de Angelleli o Romero. 108).


         Tampoco se crea que es tan fácil, vamos. Si alguien de la clase media de la santidad entrara en contacto amistoso con algún católico enamorado del ocio contemplativo, de la plegaria inútil, de la belleza litúrgica, de la recta e imperecedera doctrina, o preocupado por la claridad y la seguridad dogmática, o “inquebrantablemente fiel a cierto estilo católico” (n.49), estaría traicionando su conciencia de clase santificadora; y en definitiva, convirtiéndose en un colaboracionista del antipueblo de la salvación. Para ellos sí, pelagianos y gnósticos, se vuelven a abrir las puertas del infierno, con la anuencia del beato Scalfari. A los oligarcas y elitistas la condenación, a los compañeros la salvación. Es lamentable, pero debemos decir que quien no haya estado en la Plaza de Mayo hacia 1973, no podrá inteligir la clave de bóveda de este adefésico y desconcertante magisterio que hoy llega de Roma.


         Abaratada la santidad, abajada hasta el nivel de una casta o de estratificación colectiva; sociologizado y desacralizado el martirio, elevado a los altares personajes ante quienes antaño se nos hubiera pedido rehuir considerándolos malas compañías, el misterio de la gracia se banaliza, la salvación se vuelve trivial, y al cielo ya no se lo arrebata por asalto: se llega por las anchas avenidas de las masas rugientes, como a un estadio de fútbol.


          “El santo es el héroe delante de la gloria del cielo”, decía Anzoátegui; y “el heroísmo del héroe consiste en llamar a la puerta de Dios para ofrecerse a la muerte”. Se nos conceda la gracia de resistir santa y heroicamente tanto agravio a la Verdad, tanta conculcación del Bien, tanta traición a la Hermosura. Se lo pedimos a María Santísima, debeladora de todas las herejías. A Ella, una vez más, con insistencia firme, las lauretanas letanías, y este envío al final:


Desconsuelo de ausencia, tu manto en la bandera,

de varones ecuestres, acaudillando proezas,

congoja de mitrados con tres cantos del gallo,

aflicción de liturgos desterrando bellezas.

Señora de esta tierra que erigiera en tu nombre

una proa española y un galopar de potros,

escúchanos la súplica, el rezo esperanzado:

¡Ora pro nobis; Madre, Ruega a Dios por nosotros!


 Antonio Caponnetto




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viernes, 30 de marzo de 2018

Francisco niega la existencia del infierno - Alejandro Sosa Laprida


Miles Christi - 29/03/2018
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El diario italiano La Repubblica publicó en la edición de ayer una nueva conversación de Francisco con Eugenio Scalfari, en la que Bergoglio, además de reivindicar el “honor” de ser llamado “revolucionario”[1], negó la existencia del infierno y la inmortalidad de las almas. Transcribo a continuación el pasaje en cuestión:

-Su Santidad, en nuestra reunión anterior me dijo que nuestra especie desaparecerá en algún momento[2] y que Dios siempre creará otras especies a partir de su semilla creadora. Nunca me habló de las almas que murieron en el pecado y se van al infierno por toda la eternidad. Me habló, por el contrario, de buenas almas y me admitió la contemplación de Dios. ¿Pero las almas malas? ¿Dónde están castigadas?

-No son castigadas. Las que se arrepienten obtienen el perdón de Dios y van a la filas de las almas que lo contemplan, pero las que no se arrepienten y por lo tanto no pueden ser perdonadas, desaparecen. No existe un infierno, existe la desaparición de las almas pecadoras. [3]

Ante el revuelo que provocó la noticia, la oficina de prensa del Vaticano se limitó a publicar un escueto comunicado en el que se afirma que “ninguna cita del mencionado artículo puede considerarse una transcripción fiel de las palabras del Santo Padre.”[4] Lo cual, por cierto, dista de ser un desmentido formal de las mismas.

Ya son legión las publicaciones de las conversaciones de Scalfari con Bergoglio durante los cinco nefastos años del actual “pontificado”, siempre escandalosas, repletas de herejías de todo tipo, y invariablemente seguidas por un lacónico comunicado vaticano emitiendo “reservas” en cuanto al carácter fidedigno de las transcripciones efectuadas por el periodista italiano, confidente privilegiado y portavoz oficioso del inquilino de Santa Marta. 

Creo que no es necesario precisar que nos hallamos ante una maquiavélica estrategia de comunicación, manifiestamente deliberada y meticulosamente ejecutada, cuyo único propósito es el de sembrar confusión y crear caos entre los creyentes. Este desagradable y bochornoso incidente, acaecido en plena Semana Santa, en la víspera del Jueves Santo, no es sino una enésima muestra de la maldad diabólica y del cinismo a toda prueba que animan al “Santo Padre”, siempre fiel a su detestable costumbre de “hacer lío”…[5]





[2] « Dios es luz que ilumina las tinieblas y que aunque no las disuelva hay una chispa de esa luz divina dentro de nosotros. En la carta que le escribí recuerdo haberle dicho que aunque nuestra especie termine, no terminará la luz de Dios que en ese punto invadirá todas las almas y será todo en todos. »  Entrevista publicada el 1/10/2013 en La Repubblica - https://www.aciprensa.com/entrevistapapalarepubblica.pdf (cf. p. 10) - Huelga decir que la especie humana no se “extinguirá” nunca: ésa es una idea que está en total contradicción con la revelación divina -quien desearía eso es el demonio, enemigo jurado del género humano-. Y que la “luz divina” no “invadirá todas las almas”, precisamente porque Dios no habitará con su gracia en aquellas que se hayan condenado y que se encuentren en el infierno, cuya existencia Francisco niega, en total coherencia con su ideología gnóstica y evolucionista, ya que ¿cómo podría concebirse la condenación eterna del infierno, la cual implica una separación irreversible con respecto a Dios, en una lógica panteísta, en la que, por definición, nada puede sustraerse a la única substancia divina y de la cual toda « dualidad » se encuentra excluida (creador-creatura, gracia-naturaleza, cielo-infierno, etc.)? Ahora bien, si no existe la posibilidad de condenarse, tampoco existe el pecado, ni, por tanto, la necesidad de la redención, la cual, a fin de cuentas, no consistiría sino en la « toma de               conciencia » de nuestra prístina naturaleza divina, logrando, mediante este acto « salvador » -de carácter inmanente-, disipar la ilusoria « dualidad » de nuestras vidas, divisoria y « excluyente », pretendida raíz de todos los males que padece la humanidad.                                                                            

lunes, 27 de noviembre de 2017

Francisco: “Alguien podría pensar, 'Este Papa es Hereje' ... por decir que ¡Judas Iscariote podría haberse salvado!”


Todos sabemos que el Papa Francisco dice las cosas más desagradables cuando da un discurso guionado, pero no tiene precio cuando habla espontáneamente, sin preparación, porque es entonces cuando su mente anticatólica se revela con mayor sinceridad.

El canal italiano de televisión Novus Ordo TV 2000 estuvo transmitiendo un programa llamado Padre Nostro (“Nuestro Padre”), reflexionado sobre la oración cristiana del Padrenuestro nada menos que con Su Santidad, el Sr. Jorge Bergoglio. Esta conversaciones ahora se han publicado como libro, Quando Pregate Dite Padre Nostro  (“Cuando oren, digan: Padre nuestro”), y el italiano Corriere della Sera acaba de publicar un extracto del mismo. Un blogger de Aleteia ha proporcionado una traducción y contiene bombas explosivas:

El Papa compartió su contemplación sobre el verdadero sentimiento de la vergüenza. Lo hizo poniendo su atención en los destinos de tres personajes bíblicos de la Pasión de Cristo: Pedro, el apóstol que niega tres veces a Jesús y llora su vergüenza “amargamente”; el buen ladrón que se “avergüenza de estar crucificado al lado de un inocente” y el apóstol que entregó a Jesús.

El tercer caso, “el que más me conmueve, es la vergüenza de Judas”, dijo el “Papa”

"Judas es un personaje difícil de entender, ha habido tantas interpretaciones de su personalidad. Al final, sin embargo, cuando ve lo que ha hecho, se dirige a los ‘justos’, a los sacerdotes: ‘He pecado: he entregado a la muerte a un inocente’. Ellos le responden: ‘¿Qué nos importa eso a nosotros? Es asunto tuyo’ (Mateo 27: 3-10). Entonces él se va con la culpa que lo asfixia.

“Pero, hay una cosa que me hace pensar que la historia de Judas no termina allí ... Tal vez alguien podría pensar, 'este Papa es un hereje ...' Vayan a ver un capitel medieval en la basílica de Santa María Magdalena en Vézelay, Borgoña”, expresó.”, dijo.

El Sucesor de Pedro recuerda que los hombres de la Edad Media enseñaban el Evangelio a través de esculturas y pinturas. “En ese capitel, por un lado está ahorcado Judas, pero por el otro está el Buen Pastor que lo carga sobre sus hombros y se lo lleva consigo”.

Reveló que tiene una fotografía de ese capital de dos partes detrás de su escritorio, porque lo ayuda a meditar. Hay una sonrisa en los labios del Buen Pastor, que no digo que sea irónica, sino un poco cómplice, describió.

“Hay muchas maneras de avergonzarse; la desesperación es una, pero debemos tratar de ayudar a las personas desesperadas a encontrar el verdadero camino de la vergüenza, y que no recorran la vía que acabó con Judas.”

Estos tres personajes en la pasión de Jesús me ayudan mucho. La vergüenza es una gracia, dijo el Papa.




No debería sorprender que la única figura pecaminosa en la Pasión de Cristo por la que Francisco tiene más compasión, perdón, “lo conmueva” más, sea la del Traidor.

La secta Novus Ordo tiene una historia de amor con Judas Iscariote, y esto no es por accidente. El caso de Judas molesta en su desfile de la salvación universal (“todos serán salvos”), porque Judas es el único individuo específico que el Nuevo Testamento revela que está entre los condenados. En cierto sentido, entonces, Judas encarna lo que la Secta Novus Ordo quiere borrar totalmente de su conciencia: la realidad del castigo eterno de los malvados en el infierno.

El mismo diablo han relegado con éxito al estado de un mito tonto, un personaje de dibujos animados con una horquilla que nadie debe temer. El Superior General de los jesuitas, el “Padre” Arturo Sosa, recientemente declaró explícitamente que Satanás es solo un símbolo del mal, algo por lo que Francisco, por lo demás tan hablador, por supuesto, no lo criticó, en lo más mínimo.

Esta no es la primera vez que Francis se expresa a favor de la idea de que Judas Iscariote, después de todo, pudo haberse salvado. Por ejemplo, en una entrevista publicada en el Die Zeit alemán en marzo de este año, Francisco insinuó que Judas podría no estar en el infierno, ya que, aunque no pidió perdón, sin embargo se   “arrepintió”. Desafortunadamente, el apóstata argentino olvidó mencionar que el arrepentimiento de Judas no fue de tipo sobrenatural (contrición) y, por lo tanto, no fue capaz de procurarle el perdón. El Iscariote estaba avergonzado y apesadumbrado por lo que había hecho, es cierto, pero murió desesperado, quitándose la vida: “ahorcándose, cayó de cabeza, se reventó por la mitad, y todas sus entrañas se derramaron.” (Hechos 1: 18; ver Mt 27: 5).

En defensa de su tesis, Francisco se refiere a una imagen esculpida en la columna de una basílica medieval francesa que muestra a Judas colgado por un lado y al Buen Pastor que supuestamente lo llevaba, por el otro. Él ya había hecho referencia a esto antes, en un discurso en San Juan de Letrán el 16 de junio de 2016 , donde también habló sobre Judas en el contexto de no juzgar . (Aquí se puede ver un video sobre esto en italiano). La descripción que Francisco tiene en mente es esta:


Es evidente que la figura de la izquierda es Judas Iscariote. ¿Pero qué vemos a la derecha? Si insistimos en una conexión con Judas, entonces todo lo que podemos decir es que alguien está llevando el cuerpo de Judas. El hombre que lo hace no tiene ninguna similitud con ninguna otra representación de Cristo, y no lleva el bastón de pastor. Simplemente es Francisco el   que dice que es el Buen Pastor.
Otra rareza es la afirmación de Francisco de que el "Buen Pastor sonrie. ¿Realemente? No se ve que sea así. Y lo peor, es que Bergoglio dice que esta sonrisa es "un poco cómplice", ¿cómplice de qué? Solo hay una posibilidad: ¡cómplice del crimen de Judas de traicionarlo! ¡Esta es otra blasfemia contra nuestro Divino Redentor! Para Francis, sin embargo, esto no es más que un desafío para el curso.

¿Pero realmente sabemos que Judas está en el infierno? ¿Podemos estar seguros?
Nosotros sí podemos. A este respecto, repasemos la evidencia, parte de ella de los labios sagrados de nuestro Señor mismo:

Porque el Hijo del Hombre se va tal y como está escrito de Él; pero ¡ay de aquel hombre por quien el Hijo del Hombre es entregado! Mas le valiera no haber nacido. (Mc 14:21)

Mientras estaba con ellos, los guardé en tu nombre. Los que me diste, yo los guardé; y ninguno de ellos se perdió, sino el hijo de perdición, para que se cumpla la escritura. (Jn 17:12)

Y orando, dijeron: Tú, Señor, que conoces los corazones de todos, muestra cuál escoges de estos dos, 25 Para que tome el oficio de este ministerio y apostolado, del cual cayó Judas por transgresión, para irse a su lugar. (Hechos 1: 24-25)


Así vemos que divinamente se revela que Judas Iscariote está en el infierno, y que su duda o negación constituye una herejía. Entonces, Francisco tiene razón al temer que algunas personas puedan creer que es un hereje por dudar de que Judas esté condenado. Él es un tipo bastante astuto, ¿no?

El Magisterio Católico, por supuesto, también ha hablado sobre el destino del Traidor:

Algunos se sienten atraídos por el sacerdocio por la ambición y el amor a los honores; mientras que hay otros que desean ser ordenados simplemente para que puedan abundar en riquezas, como lo prueba el hecho de que a menos que se les confiriera algún beneficio rico, no soñarían con recibir las Ordenes Sagradas. Es a estos que nuestro Salvador describe como mercenarios, a quienes, en palabras de Ezechiel, se alimentan a sí mismos y no a las ovejas, y cuya bajeza y deshonestidad no solo ha traído gran deshonra al estado eclesiástico, tanto es así que casi nada es ahora más vil y despreciable a los ojos de los fieles, pero también terminan en esto, que no obtienen ningún otro fruto de su sacerdocio que el derivado a Judas del Apostolado, que solo le trajo la destrucción eterna.

(Catecismo del Concilio de Trento , "Los Sacramentos: Ordenes Sagradas" ; subrayado agregado)


Judas, un apóstol de Cristo, “uno de los doce”, como tristemente observan los evangelistas, fue llevado al abismo de la iniquidad precisamente por el espíritu de codicia de las cosas terrenales.

(Papa Pius XI, Encíclica Ad Catholici Sacredotii, n. 49)


Sea lo que sea lo que esa columna en la Basílica de Santa María Magdalena en Vézelay pueda estar representando, ciertamente no está sobre la Revelación Divina o el Magisterio Católico. ¡Pero es increíble ver lo rápido que Francis puede descubrir la Edad Media!

Francisco se ha revelado una vez más como hereje y blasfemo, ¡verdadero miembro de la Sociedad de Judas!





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viernes, 20 de enero de 2017

Sincericidios bergoglianos: El Concilio Vaticano II protestantizador



El Papa felicita a Koch por un artículo en el que afirma que Lutero
 “habría visto en el Vaticano II su Concilio”


Gabriel Ariza 20 enero, 2017


El Cardenal Koch, publicó un artículo en el periódico del Papa sobre la conmemoración del cisma protestante que contiene elementos contrarios a lo que él mismo afirmaba hace cinco años, durante el Pontificado de Benedicto XVI.


“Quién te ha visto y quién te ve” es la frase más repetida sobre el cardenal Koch. El mismo que en 2012 aseguraba que “no celebraría un pecado”, firma ahora un artículo en el periódico del Papa en el que conmemora “un aniversario en comunión”, y señala que 1517 no es el año de la ruptura, sino de las tesis de Wittenberg.


En concreto, sostiene una tesis muy preocupante, insinuando que el Concilio Vaticano II habría sido la “luteranización” de la Iglesia Católica:


“En este sentido, el Concilio Vaticano II, que ha legado, inseparablemente, el compromiso ecuménico, para restaurar la unidad de los cristianos y la renovación de la Iglesia Católica, ha hecho una contribución vital, por lo que podríamos decir, también a este respecto, que en el concilio Vaticano II Martín Lutero “habría encontrado su concilio”, el concilio al cual habría invitado en el tiempo en el que vivía.”


Sin embargo, más sorprendente resulta este video de Rome Reports, en el que se ve al Papa Francisco felicitando al cardenal Koch “por su artículo en L’Osservatore”.


El Cardenal Koch, en 2012, tenía otro concepto de la reforma protestante: “no podemos celebrar un pecado”, decía en aquel momento. “Los acontecimientos que dividen a la Iglesia no pueden ser llamados un día de fiesta”, recordó.



Fuente: Infovaticana


Nota de NCSJB: Hace algunos años adelantábamos lo que estaba sucediendo, específicamente refiriéndonos al Cardenal Koch y esta cuestión y las contradicciones y confusión que generaba la página Infocatólica al respecto. Esto en nuestro artículo: Vaticano de Francisco se protestantiza y celebra el pecado.

Ahora esta página se manifiesta estupefacta por el giro copernicano que está dando el Vaticano (parece que recién se enteran). Si su estupor es sincero, corresponde pedir perdón por la confusión que generaron y a las personas a las que atacaron llamandolas cismáticas. Vaya esta apreciación para todos lo que en su momento se dedicaron a despotricar contra quienes alertábamos sobre la gravedad de lo que estaba sucediendo y hoy al chocarse con la terrible e innegable realidad, reconocen la misma pero sin tener la humildad de disculparse y retractarse admitiendo su error, cuando no su pecado.


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domingo, 25 de diciembre de 2016

¿Cisma? No. Mejor decir herejía – Pedro Rizo



Se dice en algunos medios que los católicos estamos ya en un cisma. No quisiera alarmar a nadie pero al mismo tiempo me siento necesitado de considerar qué está pasando en la Iglesia que provoca visibles disidencias en la Jerarquía, en los doctores, en el pueblo fiel, en las órdenes y congregaciones de vida consagrada, de entre las cuales algunas muestran vulgaridad, vacíos y bajezas inpensables.


Así que, tal vez, esto de que estemos en un cisma no sea lo grave que se dice, sino... mucho más. Porque seguir llamando cisma a lo que ocurre en la Iglesia -ya pasa de medio siglo- es una manera de refugiarse en la apariencia inmediata sin reparar en el contexto general. Es un desviar la atención como si solo fuera “un problema de casa”, “rencillas de familia”. Pero, no. Lo que está claro y patente es que a la Iglesia fiel se nos está alimentando de herejía.


Una herejía iniciada ya por Juan XXIII al llamar “Pastoral” a un Concilio que, enseguida, por la nueva teología del atropello resultó a la contra de todo lo enseñado, creído y practicado en la Iglesia. Con tanto éxito, que a su impulsor le hicieron santo contra viento y marea, apoyados en su montaje hagiográfico y no en el balance -y signo- de sus obras. (Mt 7, 15-20)


Los cardenales que impugnan los errores de la Encíclica Amoris Laetitia están ya en la primera fase del inevitable enfrentamiento. A esta oposición de cuatro, o cinco, cardenales al escándalo anticatólico de esta encíclica se ha dado en llamarlo cisma. Aun así, no está claro que lo sea, todavía, ni siquiera que se ande en ese camino. Sin embargo, la posición objetora a un documento de Pontífice en ejercicio lleva pronto a la objeción de herejía. Porque ante el riesgo de herejía se hace urgente definirla para atajarla. Máxime si proviene del ocupante de la Cathedra; el obispo de Roma (“llamáme Jorge”) al que los fieles, cruzando los dedos a la espalda quieren mirar como Papa.


El arrianismo también pareció un cisma pero enseguida se descaró como herejía totalitaria, destructora del incipiente cristianismo. A nuestro San Hermenegildo le degollaron por negarse a recibir la comunión de manos de un cura arriano... que se la ofrecía como simple pan. Y es que a este extremo se llega cuando la herejía se asienta en lo más alto.


La peor de las herejías porque, lo digo repentizando, se ha hecho de Nuestro Señor Jesucristo uno más entre los profetas y chamanes, en Asís; porque la moral la han desgajado de su tronco evangélico adaptada a la de las calles (homosexualismo, adulterio reconvertido, pobrismo marxistoide, liturgia protestantizada, reducción de las confesiones...) Porque a los mayores enemigos de nuestra fe se les ha dado un insólito protagonismo de igualdad (Lutero), cuando no de superioridad (judíos), que nos lleva a los católicos a excomulgarnos de nuestra milenaria identidad. Y no digamos de la adhesión orgullosa, satisfecha a los filósofos materialistas. Aquellos por cuyas ideas se masacró a millones de creyentes en la URSS, en España, en México, en China, en el Caribe, en Indochina, en África negra, en Argelia...


Mandangas y huidas.


La situación actual hay que llamarla como exige la realidad: herejía en proceso de eclosión. Porque abundan demasiado las autoridades vaticanas que, mantenidas en el momio de su cargo, han perdido autoridad o ninguna les queda, pues que se han alejado de su fundamento apostólico. Timoteo ya no guarda el Depósito (1 Tim 6, 20); el sucesor de Pedro ya no apacienta el rebaño de Cristo. (Jn 21, 15-17)


Los que pueblan el aparato curial y, quizás, por obediencia o deuda gran parte del funcionarial, se manifiestan como pobres inválidos, incapaces de plantarse y exigir el retorno al "principio y fundamento"; criterio que se siguió en casos parecidos. Por tanto, no pongamos tiritas de cisma al escándalo filosófico, histórico y teológico que se está cocinando dia-a-dia en un cuerpo eclesial que rezuma herejía... Benedicto XVI lo llamó "hacer agua por todas partes".


Estamos obligados, en Derecho, a expresar nuestra alarma y denunciar los efectos de destrucción que se extienden y se aceleran.


El Nuevo Orden Mundial sabe que no puede imponerse con la cultura católica tradicional (valga la redundancia de calificativos). Necesita exterminarla... Y no vamos a ser precisamente los fieles los que secundemos sus planes colgándonos esa piedra al cuello.


Hay que llamar a las cosas por su nombre.


No hablemos de cisma y preguntémonos qué clase de cristianos somos que todo lo que antaño nos definió, ahora es motivo de vergüenza y petición de perdones... a quienes niegan y persiguen lo que creemos.







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jueves, 22 de septiembre de 2016

Francisco, tu paz no es la paz de Cristo… - El Denzinger-Bergoglio




Desde España, para el Denzinger-Bergoglio

“La paz os dejo, mi paz os doy; no os la doy yo como la da el mundo” (Jn 14, 27)

“Que el Señor nos dé la paz del corazón, que nos quite todo deseo de avidez, codicia, lucha. ¡No! ¡Paz, paz! Que nuestro corazón sea un corazón de hombre o de mujer de paz. Y más allá de las divisiones de las religiones: ¡todos, todos, todos! Porque todos somos hijos de Dios. Y Dios es el Dios de la paz. No existe un dios de la guerra: el que hace la guerra es el maligno, es el diablo, que quiere matar a todos”. (Homilía Santa Marta, 20 de septiembre de 2016)

Elocuente el contraste entre las suaves palabras de Hijo de Dios y el sermón matutino de Francisco. Erre que erre… pues una de las cosas en común de todos los líderes bolivarianos es la obstinación. No desisten de sus ideales absolutistas. Es la vieja fórmula comunista: todo por el pueblo y para el pueblo… incluso contra el pueblo.

Estamos ya cansados de analizar en el Denzinger-Bergoglio las mil locuras de Francisco. Como todo heterodoxo o demagogo, su repertorio es muy limitado y siempre vuelve a las andadas como un eterno y desafinado organillo de feria. Y esto ya nos cansa… pues las mil actividades parroquiales no nos permiten estar explicando cada afirmación que nos llega del obispo de Roma.

Sin embargo, lo que más nos causa repulsa es lo que viene a llamarse, en un lenguaje corriente, “abusar del dolor de la víctimas” para llevar a cabo planes oscuros de politicastro. Aunque tal actitud sea realmente despreciable, nada frena a Francisco. Uno se llega a preguntar qué haría si no existieran las guerras y el terrorismo… ¿Cómo presentaría su idea de la nueva religión universal? En determinados momentos se levanta indignado para hablar contra los atentados… eso sí, con todo cuidado de no ofender a nadie cuando son musulmanes. En otros momentos, su inercia e indolencia delante de los ataques contra su proprio rebaño escandalizan al mundo entero. Nunca se le oirá decir que existe una relación entre la violencia y el Islam. Jamás. Al contrario, lo defiende como religión santa y revelada con una convicción que seguramente no tuvo un Almanzor. Eso sí, condenará sin tapujos cualquier receta de un obispo verdaderamente católico que sea contraindicada con la famosa “misericordina”. Mano de hierro, por lo tanto, contra los pastores y ovejas que pretendan hacer prevalecer el caduco Magisterio de siempre en cualquier materia, sea familiar, sacramental o dogmática.

Pero esto no lo acompleja, pues se ha auto-erigido en el líder mundial de lo “políticamente correcto” y le bastan los aplausos de determinada prensa enemiga de todo lo verdaderamente católico… Todo debe ser sacrificado en el ara de un plan ecuménico que tiende a fundir todas las religiones en un mismo “poliedro”, bajo la presidencia de un mismo “dios” –no se sabe bien con qué atributos y ni siquiera si es personal– y quién sabe… de un mismo “pontífice”. Seguramente este tipo de “iglesia” no provocará las iras de los gobernantes de Cuba, Venezuela, Ecuador, Bolivia, China o Corea del Norte.

Como maestro de lo políticamente correcto, Francisco hace un uso adulterado de la tan preconizada paz. ¿Qué es la paz para Francisco? No es promover la que nos trajo Cristo… sino una paz enlatada a su gusto, populachera y conforme con las conveniencias políticas del momento, que para ello no les falta experiencia a los líderes populistas bolivarianos. Colocan pasión en sus discursos, impresionando por su aparente autenticidad… gritando en favor de los pobres, los humildes, los perseguidos… ¿Qué es la paz para Francisco? Una paz que no merece ese nombre santo, pues la auténtica paz es la que nos llegó la noche de Navidad por el Príncipe de la Paz. No hay otra. Buscarla entre budistas, musulmanes y judíos es demagogia política de candidato a presidente de la ONU. La “paz de Francisco” es el orden de lo políticamente correcto, donde se oculta a Jesucristo para no ofender a los demás, sin preocuparse de que sea pisoteado el Decálogo.

La “paz de Francisco” es el miedo a reconocer que la única Iglesia verdadera es la fundada por Jesucristo, el Mesías Salvador, hijo de María. La “paz de Francisco” es un estado de cosas en que todos los hombres vivan felices, según la gran fraternidad universal, unidos por unos valores éticos reconocidos por todas las religiones cuya referencia final sea el mismo hombre. La “paz de Francisco” es el mundo donde todos se salvan, sea cual fuere su vida moral, pues la “misericordina” lo arregla todo (menos los “corruptos”, léase “capitalistas”, pecado sin perdón).

La “paz de Francisco” es la religión final de la Humanidad, que después de dos mil años sin rumbo llega al buen camino gracias a Francisco… antes todo era error. La “paz de Francisco” es un mundo donde no importa si eres budista, protestante, judío, musulmán, católico o ateo, pues todos son “hijos de Dios”. ¿Qué Dios es ese? Él que tu quieras creer. ¿Cuál es su ley? Vive y deja vivir. ¿Qué te espera? La felicidad. ¿Qué debes hacer? Distribuir misericordina y no condenar. ¿Quién te garantiza que todo esto es verdad? La sonrisa complaciente y bonachona de Francisco, y su bastón, listo para “misericordiarte” si piensas de modo diferente.

Sigue el camino de Francisco y gozarás una paz ecológica-deportiva en este mundo… y el Infierno en la otra.

Nota para los que todavía son católicos:

¿Qué es la verdadera paz? Ver aquí.

¿Todos son hijos de Dios? Ver aquí.

¿Todos se salvan por igual? Ver aquí.





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