San Juan Bautista

San Juan Bautista
Mostrando las entradas con la etiqueta P. A. Gálvez Morillas. Mostrar todas las entradas
Mostrando las entradas con la etiqueta P. A. Gálvez Morillas. Mostrar todas las entradas

lunes, 25 de abril de 2016

El Espíritu acusará al mundo de pecado, de justicia y de juicio P. A. Gálvez Morillas


HOMILÍA 24 DE ABRIL DE 2016-04-25

IV Domingo de Pascua

Evangelio; Jn 16: 5-14







Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.



Nacionalismo Católico San Juan Bautista


domingo, 10 de abril de 2016

"Cuidado con los falsos pastores" - P. A. Gálvez Morillas


HOMILÍA 10 DE ABRIL DE 2016

II Domingo de Pascua

Evangelio: Jn 10: 11-16





Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 11 de enero de 2015

¿Quién cree en la Sagrada Escritura? - P. A. Gálvez Morillas


“No tengamos miedo a las palabras seductoras de los falsos profetas”

Fiesta de la Sagrada Familia (Rito Extraordinario)

Homilía 11 de Enero de 2015

Evangelio: Lc. 2: 45-52

Padre Alfonso Gálvez Morlillas



Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 4 de enero de 2015

Sacerdote por siempre - Padre Alfonso Gálvez Morillas


Homilía 4 de enero de 2015

Fiesta del Santísimo Nombre de Jesús

Evangelio: Lc 2: 21

Padre Alfonso Gálvez Morlillas




Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 28 de diciembre de 2014

En medio de vosotros está uno a quien no conocéis - P. A. Gálvez Morillas


Homilía 28 de diciembre de 2014

Domingo Infraoctavo de Navidad (Rito Extraordinario)

Evangelio: Lc 2: 33-40


Padre Alfonso Gálvez Morlillas



Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

jueves, 25 de diciembre de 2014

Natividad del Señor - P. Alfonso Gálvez Morillas


Homilía 25 de diciembre de 2014



Evangelio: Jn 1: 1-14

Padre Alfonso Gálvez Morlillas



Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 21 de diciembre de 2014

Alarmante proliferación de doctrinas extrañas a la fe - P.A. Gálvez Morillas


"Ateneos a las palabras de Jesucristo y no a la de los falsos profetas"

Homilía 21 de Diciembre de 2014

IV Domingo de Adviento

Epístola: 1 Cor 4: 1-5

Padre Alfonso Gálvez Morlillas



Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

lunes, 15 de diciembre de 2014

Hasta cuándo vamos a aguantar que nos cambien la fe - P. A. Gálvez Morillas


Homilía 16 de Noviembre de 2014

3° Domingo deAdviento

Evangelio: Jn 1: 19-28

Padre Alfonso Gálvez Morlillas



Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 14 de diciembre de 2014

Papolatría exagerada de los neocatólicos - P. A. Gálvez Morillas


Homilía 16 de Noviembre de 2014

3° Domingo deAdviento

Evangelio: Jn 1: 19-28

Padre Alfonso Gálvez Morlillas



Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

jueves, 11 de diciembre de 2014

Disquicisiones Agresivas (La Oración Mística) - P. A. Gálvez Morillas

  
DISQUISICIONES AGRESIVAS

(LA ORACIÓN MÍSTICA)

  
  NOTA PRELIMINAR: Hablar de oración en estos tiempos de la Nueva Iglesia o, de lo que es todavía más grave, de oración mística, es una incitación al escándalo. Para la mayoría de los modernos cristianos, es una gran estupidez y una tremenda locura. Pues, ¿quién va a pensar ahora en cosas tan obsoletas...? Ni son momentos éstos para aferrarse a tradiciones pasadas, de museo, o a formulaciones fijas capaces de coartar la libertad del individuo. Muy al contrario, porque ha llegado el tiempo en que el cristiano salga de sí mismo y se disponga a esperar nuevas sorpresas de parte de Dios. La tristeza y rigidez de épocas pasadas han de dar paso a la alegría, a la improvisación y a una apertura de corazón que esté dispuesta a acoger a todos, sin consideración de buenos o malos. Los sentimientos de prohibición, de castigos o de arrepentimiento han muerto por fin, para dar lugar a los de misericordia, a los de comprensión y a los de aceptación de todas las situaciones que sean consideradas buenas por cualquier ser humano.

  De ahí que las naves que cruzan los océanos hayan decidido, con justa razón, dar al traste con los mapas, con las cartas de navegación, con las brújulas y radares, con las comunicaciones con satélite y hasta con los partes metereológicos. Instrumentos antes considerados indispensables, pero que por fin han sido descubiertos como inútiles y que no sirven sino para coartar la libertad y el espíritu de improvisación de los navegantes. ¿Peligros de colisiones, de tormentas, de arrecifes, de bancos de arena o de la posibilidad de no llegar nunca al destino...? ¡Pero si es mucho mejor y más emocionante someterse al azar de posibles sorpresas...! Y por supuesto, porque en el caso de ser abordada las nave por piratas, se les debe recibir con sentimientos de comprensión y de amor, así como proporcionarles cariñosa acogida e integrarles en la tripulación.

  Sin embargo, y aun a sabiendas de escribir para muy pocos, para casi nadie o tal vez para nadie, aquí vamos a tratar de lo sublime. Pese a que en la Nueva Iglesia ya nadie considera necesario hablar con Dios. Los modernos católicos, tocados de modernismo, piensan que no existe otro diálogo que no sea con el hombre mismo; mientras que los pocos que aún se mantienen firmes en la Fe, consideran la conversación y amistad con Dios como algo raro y sólo para elegidos.

  Contra todo lo cual, vamos a comentar temas hoy por desgracia desconocidos, pero que conciernen a la más pura esencia de la existencia cristiana; aunque hayan sido enteramente olvidados por los modernos cristianos y relegados por los demás al desván de los recuerdos. Con los tristes y desastrosos resultados que están a la vista.


Me ha llevado a la sala del festín
y la bandera que ha alzado contra mí
es bandera de amor.

   La declaración que hace la esposa en este texto de El Cantar de los Cantares (2:4) es de una extraordinaria importancia. En ella están contenidos dos temas, dependientes el uno del otro pero con matices enteramente distintos. La sala del festín, o lugar donde van a celebrarse las bodas del Esposo y la esposa (Dios y la criatura humana), es uno de ellos; y el certamen de amor que tendrá lugar allí mismo y que enfrentará a ambos en la más singular de las contiendas imaginables, es el otro. Aquí los vamos a considerar separadamente.

  Según la esposa, ella ha sido conducida a la sala del festín con la indudable intención, por parte del Esposo, de celebrar los desposorios de ambos al mismo tiempo que contienden en una justa o torneo de amor.

  En cuanto al lugar de la celebración ---la sala del festín---, si paramos la atención en el hecho de que el certamen amoroso se ha de llevar a cabo en un lugar propio de banquetes y saraos, y hasta parece que coincidiendo con el momento de las celebraciones nupciales, podremos concebir alguna idea de lo que el Esposo desea proporcionar a la esposa.

  La circunstancia de que se afirme de que se trata de un festín a celebrar, nos proporciona un indicio con el que imaginar lo que tal idea suscita en las mentes humanas: delicadas viandas y exquisitos manjares, selectos y abundantes vinos, músicas y ambiente festivo por doquier y cosas semejantes propias del caso. Claro está que esto no es sino la idea de lo que un festín humano, por suntuoso que pueda ser imaginado, sería capaz de crear en la mentalidad de los hombres; pero que, a decir verdad, poco o nada tendría que ver con la realidad de los festines divinos, dado que estos últimos se celebran dentro de un orden enteramente distinto y esencialmente superior. Cuando se lleva a cabo el salto desde el orden natural al sobrenatural, cualquier intento de descripción empleando palabras y conceptos humanos se sabe de antemano condenado al fracaso, por más que la moderna teología modernista se sienta inclinada, no ya a pasar con facilidad de un orden a otro, sino a prescindir enteramente del sobrenatural.

  Por lo que no nos resta sino hacernos cargo del problema mediante la elaboración de algunas disquisiciones capaces de aportar una cierta aproximación ---idea de cercanía, poco apropiada para ser utilizada aquí--- a la realidad de las relaciones amorosas divino--humanas, que aquí han alcanzado un punto culminante. La necesidad ineludible de utilizar el lenguaje humano obliga a reconocer la limitación que suponen los simples esbozos de borrosas y débiles analogías. Los cuales muy poco van a decirnos con respecto a la realidad, aunque serán, sin embargo, suficientes para conducirnos hacia un suave sentimiento de nostalgia y de gozo.

  En esta situación solamente la poesía podría acercarnos a la idea de lo que sería una bulliciosa jornada de alegre festividad, en este caso pastoril. Dentro de las limitaciones que lleva consigo el difícil intento de elevar la mente, desde un ambiente meramente humano a otro que es enteramente divino:


Los rayos que la aurora derramaba
la vida al verde valle devolvían,
y abajo en la cañada se escuchaba
el melodioso son, que al par hacían,
rabeles y guitarras
y el áspero runrún de las cigarras.


  La oración mística ha de ser considerada como un abundante festín. En el cual es indiferente que el alma encuentre al Señor en el fervoroso gozo de la intimidad amorosa o cuando es llamada a compartir con Él la dureza de la Cruz. Pero de lo que no puede dudarse es de que, de un modo o de otro, ha llegado para ella el tiempo de la Perfecta Alegría.

  La esposa se alegra de estar por fin junto al Esposo, después de haber podido comprobar el modo como Él se fue acercando a ella:


Vino hasta mí el Amado
cuando el sol se asomaba por el teso,
y habiéndome mirado,
sentí en sus ojos eso
que sólo amor lo sana con un beso.


  La idea del descanso definitivo, del amor llegado a su cumbre y de la felicidad perfecta la expresa tan bellamente como siempre San Juan de la Cruz. El Santo, en su Cántico Espiritual, habla del ameno huerto deseado para referirse a la sala del festín, de la que habla la esposa en El Cantar:


Entrádose la esposa
en el ameno huerto deseado,
y a su sabor reposa,
el cuello reclinado
sobre los dulces brazos del Amado.


  Ahora el alma ha dejado de pertenecerse a sí misma y ya es toda del Esposo divino. Que no es otra la meta de la existencia del cristiano y aquello para lo que fue creado. Lo que viene a significar que el alma ha hecho suya la vida de Cristo para poner la propia en manos de su Señor y Esposo. Cumpliendo al fin el lema que proclamaba la ley fundamental del amor (Ca 2:16):


Mi amado es para mí y yo soy para él.

   He ahí el gran secreto de la existencia: el descubrimiento de que hay más alegría en dar que en recibir (Hech 20:35). Que no por otra cosa el nombre más apropiado asignado al Espíritu Santo, utilizado desde antiguo por los Padres, es el de Don. Claramente expresivo de lo que constituye la esencia de la Trinidad: la eterna Donación o entrega de Amor, mutua y recíproca, entre el Padre y el Hijo.

  El alma que ha avanzado por los caminos de la oración ha alcanzado un estadio en el que no piensa tanto en recibir cuanto en amar a Dios, después de haberse dado cuenta de que la Perfecta Alegría no consiste en otra cosa que en entregar todo al Amado de su corazón. De ahí la relación de la verdadera pobreza con el amor, cuando el alma comprende claramente que todo lo que es pertenece a Jesús y ya nada es propio de ella: Pues ninguno de nosotros vive para sí, ni ninguno de nosotros muere para sí. Pues si vivimos, para el Señor vivimos, y si morimos, para el Señor morimos. Porque, en fin, sea que vivamos o sea que muramos, del Señor somos (Ro 14: 7--8).

  La verdadera oración nada tiene que ver con cualquier acto rutinario de culto, realizado a diario y sin otro aparente objetivo que el de contribuir de algún modo a la propia salvación eterna. La constancia en la conversación y trato con el Señor, acompañada de la autenticidad conferida por las buenas obras, conduce infaliblemente a la Alegría. Sólo posible en el lugar donde, ante la vista y la posesión del Esposo, se escuchan los antiguos y eternos cantos sólo conocidos de los enamorados:


A las nevadas cimas
de las altas montañas subiremos
salvando abismos y saltando simas.
Y, cuando al fin lleguemos,
los cantos del amor entonaremos.


  Toda historia en tanto es verdadera historia en cuanto que posea un final. No existe la Historia Interminable de la que se habla en la famosa y bella fantasía de Michael Ende. Un eterno retorno al principio sería un absurdo que no tendría sentido alguno en una criatura racional, mientras que un camino sin final no conduciría a ninguna parte. Por eso llega un momento, pasado el largo y duro itinerario transcurrido en una vida de fatigas, sufridas por amor, y de búsqueda ansiosa del Señor también a través de la oración ---en un tiempo de duración indeterminada y sólo conocida de Dios---, en que el alma contempla el final de sus trabajos y la consumación de su existencia. La cual significa para ella la posesión del Esposo en un amor que ahora es ya perfecto y para siempre.

  Ahora es cuando el alma, no solamente reconoce al Esposo como su Creador y como el Principio de todo, sino también como su último Fin al cual estaba destinada y ahora es ya alcanzado y conseguido: Yo soy el Alfa y la Omega, el Primero y el Último, el principio y el Fin (Ap 22:13).

  Los sufrimientos, ansiedades, incertidumbres y trabajos han desaparecido y quedan ya definitivamente atrás:


Si pues andamos juntos el sendero,
deja que me adelante yo el primero,
allí donde se acaba la vereda
y el duro trajinar atrás se queda.


(Del libro del autor El Misterio de la Oración)


Padre Alfonso Gálvez Morillas





Nacionalismo Católico San Juan Bautista


domingo, 7 de diciembre de 2014

Doctrinas diabólicas en la Iglesia – P. A. Gálvez Morillas


Homilía del 7 de Diciembre de 2014 - II Domingo de Adviento

Mateo 11: 2-10

"La valentía de Juan y la cobardía de muchos pastores"

  Juan el Bautista se atreve a enfrentarse con los poderes fácticos a riesgo de perder su propia vida. Hoy día el pueblo fiel añora esa figura valiente de los pastores que acusen y declaren los males morales de la situación actual en defensa de la fe. Sin figuras como la de él, la Iglesia nunca podrá salir de la crisis en la que está sumida. Tal vez sería necesario que el pueblo fiel pidiera más a Dios que mandara apóstoles valientes para su Iglesia.

  Recordemos la figura de San Atanasio, quien en el siglo III luchó valientemente contra el Arrianismo que había invadido la Iglesia. Él personalmente, fue desprovisto de su sede hasta cuatro veces; y también sufrió encarcelamiento.

  Esa actitud de defensa de la fe, en lugar de buscar los aplausos es lo que hemos de pedirle a Dios.

  Los pastores han de hablar, no para satisfacer a la audiencia. Recordemos las palabras de San Pablo (Gal 1,10): "¿Busco yo la aprobación de los hombres o la de Dios? Si pretendiera agradar a los hombres, ya no agradaría a Dios".

  Hay pastores que están envenenando a la Iglesia y causando la apostasía universal. No se predica la fe, el evangelio. No se habla del pecado, del arrepentimiento, de la conversión. "Ellos son del mundo, por eso el mundo les escucha". Hoy día se exalta desde la misma Iglesia el pecado, doctrinas contrarias a nuestra fe y que son incluso diabólicas.

  San Pablo nos dice: "Porque nosotros no somos como tantos otros que adulteran la Palabra de Dios, sino que al contrario, nosotros hablamos en Cristo".

  Jeremías nos dice también (Jer 10,21): "Los pastores se han vuelto necios y no han buscado al Señor, por eso han fracasado y todo el rebaño se ha dispersado".

  Hoy día se habla de ponerse al día con las nuevas corrientes del mundo; algo así como si pudiéramos legitimar el pecado. ¿Es que el bien y el mal han cambiado? No podemos convertir el pecado en virtud. Eso es diabólico.

2.- Las dudas de Juan el Bautista cuando se encontraba preso en la fortaleza de Maqueronte. Ese mismo Bautista que había visto venir al Espíritu Santo sobre la cabeza de Cristo, ahora se debate en un mar de dudas. ¡Qué cosa más humana! Hasta el mismo Señor pidió al Padre se apartara el cáliz (si esa era su voluntad). Ante esas dudas Jesús le responde a los enviados de Juan: "Decidle a Juan que los cojos andan, los ciegos ven... y a los pobres son evangelizados... " "Y dichoso aquél que no se escandaliza de mi".

3.- A un hombre se le juzga como al árbol, por sus frutos (palabras y acciones). No hagáis caso a aquellos que profetizan en contra de Cristo. No podemos considerar como verdad a aquel que diga que "todos se salvan"; pues el mismo Dios nos dice "Voy a dar a cada uno según sus obras". No nos dejemos llevar por doctrinas extrañas.

4.- En la lista que ofrece Jesús a los enviados de Juan para probar quién era Él aparece: "y los pobres son evangelizados". Este argumento es para Cristo definitivo para probar quién es Él. En la vida cristiana los pobres ocupan un lugar central. Cristo llama bienaventurados a los pobres; pero a los pobres tal como Él lo entiende; y no como lo pregona el marxismo. "Cuando hagáis un banquete llamad a los pobres...". Jesús nunca hizo demagogia de la pobreza. Hacer eso es traicionar a Cristo. Para Cristo, pobre, es todo aquél que sufre. Judas fue el primero en hacer política de la pobreza cuando se quejó del mal uso que se había hecho de una cantidad de dinero para comprar perfume para enjugar los pies de Cristo. Jesús fue el primero de los pobres. No tenía ni dónde reclinar la cabeza, nació en un pesebre y murió en una cruz; pero nunca despreció a los ricos (Zaqueo: "Hoy ha entrado la salvación a esta casa"). El cristianismo no podría subsistir sin los pobres ("a los pobres siempre los tendréis con vosotros"). Nuestro sufrimiento y nuestra pobreza se convierten en gloriosos gracias a Cristo. Es por ello, que convertir la pobreza en demagogia en una traición.

  Sí es verdad que no todos los hombres son pobres, pues están los "chupasangres", los que viven a costa de los demás. Pero para estos tiene el Señor también palabras: "más fácil es para un camello pasar por el ojo de una aguja que para un rico entrar en el reino de los cielos"

  La teología de la liberación fue el mayor mazazo que el cristianismo recibió en su existencia.. Convirtió la pobreza cristiana en lucha social. Y éste es el mayor engaño en el que los cristianos de hoy nos hemos dejado embaucar. La verdadera pobreza va siempre acompañada de amor y no de odio.

5.- Y también se desprende del evangelio de hoy la necesidad de la evangelización ("y los pobre son evangelizados").El apóstol no puede mantenerse indiferente pensando que cualquier religión o doctrina basta para la salvación.

  Pero tengamos confianza porque Dios mandará buenos pastores.


Padre Alfonso Gálvez Morillas




Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 30 de noviembre de 2014

Ya es hora que desperteis de vuestro letargo - P. A. Gálvez Morillas


Homilía 30 de Noviembre de 2014

1° Domingo de Adviento

Epístola: Rom 13: 11-14

Padre Alfonso Gálvez Morlillas



  Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

domingo, 23 de noviembre de 2014

El Señor viene pronto - P. Alfonso Gálvez Morillas


“Ocurrirá una tribulación como no la hubo desde el principio del mundo”

Homilía 23 de Noviembre de 2014

24° Domingo después de Pentecostés

Evangelio: Mt 24: 15-35

Padre Alfonso Gálvez Morlillas




Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.

Nacionalismo Católico San Juan Bautista

lunes, 17 de noviembre de 2014

El que busca encuentra y al que pide se le da - P. A. Gálvez Morillas


Homilía 16 de Noviembre de 2014

23° Domingo después de Pentecostés

Evangelio: Mt 9: 18-26

Padre Alfonso Gálvez Morlillas




Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.

Nacionalismo Católico San Juan Bautista


domingo, 9 de noviembre de 2014

La arrogancia de los obispos que pretenden juzgar la Palabra de Dios - P.Gálvez Morillas


Dedicación de la Archibasílica del Salvador

Homilía 09 de Noviembre de 2014

Evangelio: Lc 19: 1-10

Padre Alfonso Gálvez Morlillas

Nota: Al comienzo de la charla el P. Alfonso menciona un artículo sobre el obispo Schneider que apareció en Infovaticana cuando en realidad se refería a Infocatólica.




Nota de NCSJB: Las homilías del Padre Gálvez Morillas se reproducen con autorización expresa de los propietarios de las mismas.



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

jueves, 6 de noviembre de 2014

Memorias recortadas de un viejo sacerdote - P. A. Gálvez Morillas


  [Nota previa: Doy fe de que todo lo que se cuenta en esta abreviada narración es rigurosamente cierto, tanto en su parte ironizante como en cuanto a su contenido más serio. Por lo demás, es de lamentar que las peculiaridades de los medios de comunicación impongan unas necesarias limitaciones a lo que hubiera sido una interesante y prolija narración.]


  
  Me ordené de Sacerdote en Junio del año del Señor de 1956, bajo el Pontificado de Pío XII, a los pocos días de haber cumplido los veinticuatro años. Bien entendido que lo de año del Señor no es un recurso al viejo estilo literario, puesto que, a decir verdad, si alguien hubiera llegado a pensar que aquí está dicho con rintintín..., podría estar seguro de acertar.

  Dicen que el día de la Primera Comunión es el más feliz de la vida, pero no es cierto. Porque el día más feliz de la existencia, a gran distancia de todos los demás, es el día de la Ordenación Sacerdotal. Al menos lo fue para nosotros, los ordenados en aquellos días en que se creía firmemente en el Sacerdocio, en la Santidad de la Iglesia, y cuando la Fe era un lugar común en el Pueblo cristiano. Recuerdo la emoción de la ceremonia, la ansiedad con la que durante días y meses la habíamos esperado, y el inmenso gozo que sentíamos cuando regresábamos en procesión hasta el Palacio Arzobispal. En mi corazón iban resonando los ecos triunfales del Salmo 126: Al volver vienen cantando, trayendo sus gavillas.

  Mi Obispo era un señor ya mayor, catalán, que apenas sabía hablar el castellano y que pertenecía a los propuestos por Franco en las famosas ternas elevadas a la Santa Sede. Siempre pensé que lo habrían sacado de alguna parroquia perdida de la campiña catalana. Y aunque era un hombre de gran piedad y de profunda fe, hoy sería considerado (por todas esas varias razones) como un Obispo maldito. Sigo pensando, sin embargo, que ojalá tuviéremos hoy algunos de esos.

  En contra de lo que yo esperaba (siempre soñé con un pueblito perdido), me destinaron como coadjutor a una parroquia de Murcia capital. Cosa que me fue comunicada en un oficio en el que, con letra impresa, se decía que el cargo se me otorgaba en atención a mis méritos. La verdad es que nunca supe como pudieron prever las cosas en el Obispado con tanta anticipación. A propósito de lo cual siempre recordé lo que después diría Goscinny en sus historietas: que en el ejército siempre te dan lo contrario de lo que pides; y desde luego algo parecido es lo que sucede en la Iglesia. Aquí fue donde comencé a experimentar mis grandes sorpresas con respecto al mundo clerical y a convencerme que cualquier cosa se puede buscar en él... menos la Lógica.

  Mi párroco era un hombre bueno y piadoso y, aunque con la escasa formación de los antiguos, algo apegadillo al dinero y un poco autócrata (enfermedad muy común entre los párrocos preconciliares). Sufría, sin embargo, de una terrible debilidad: estaba convencido (más bien archiconvencido) de que era el orador más brillante de todos los tiempos (más que Demóstenes y que San Juan Crisóstomo para los tiempos antiguos, más que Bossuet para los tiempos medios, y más que Castelar para los modernos); y sin embargo no he oído jamás, en toda mi larga vida sacerdotal, un predicador más malo que él. Y conste que no exagero en lo más mínimo acerca de lo que digo, ni acerca de lo primero ni en cuanto a lo segundo.

  Pues siguiendo el hilo de esta verdadera historia, mi párroco decretó desde el primer día de mi toma de posesión en la parroquia, que, dado caso que yo no sabía predicar, él lo haría personalmente todos los domingos en todas las misas. Como es lógico, ni jamás había oído mi verbo oratorio ni jamás lo oyó. Afortunadamente, y puesto que yo ya había pasado por seis años de Seminario, ya me iba haciendo a la idea de las excentricidades del mundillo y la cosa no me extrañó lo más mínimo. Nunca supe si acepté fielmente tal mandato por virtud o por la satisfacción que me producía el hecho de no tener que preparar las homilías de los domingos. Por otra parte estoy convencido de que mi virtud hubo de subir necesariamente algunos grados: todos los domingos escuchando cinco veces el mismo sermón, sentado en un mullido sillón del presbiterio mientras mi jefe predicaba, haciendo desesperados esfuerzos para no dormirme y todo ello durante tres años y medio..., es algo que supera las humanas fuerzas sin un especial auxilio de la gracia.

  Aquellos mis primeros años fueron de muchos trabajos y hasta de bastante hambre, puesto que lo poco que cobraba se me iba entre la multitud de críos hambrientos de la parroquia. Pero fueron también años triunfales, de abundante cosecha y de muchas alegrías. La ordenación sacerdotal, sin embargo, no otorga el carisma de la profecía, por lo que nunca pude imaginar, después de haber trabajado sin descanso en una Iglesia rebosante de Fe y de devoción como era la de aquella época, el doloroso final que yo habría de vivir al final de aquella carrera que para mí entonces comenzaba.

  Como siempre sucede cuando las cosas marchan bien, mi buen Obispo tuvo inopinadamente la ocurrencia de enviarme a Hispanoamérica. La Diócesis había patrocinado un Seminario en Cuenca de Ecuador y hacía falta un profesor de Filosofía. Quise convencer al Obispo de que estaba comenzando a organizar mi pequeña Familia Espiritual y que allá se me iban a quedar los chavales, más hambrientos que el perro de un ciego; y con ellos tantos proyectos. Pero no hubo manera. En realidad, aunque él carecía de jurisdicción para enviarme al extranjero, en ningún momento se me ocurrió plantearme la posibilidad de oponerme. Yo había ingresado al Seminario a los dieciocho años con el propósito firme de vivir un sacerdocio serio y hacerme con una piedad sólida; por lo que le dije al Obispo que fijara la fecha de salida y no se hablara más.

  Salí para el Ecuador desde Barcelona, en un carguero italiano de mala muerte, en Septiembre de 1959. A los veinte días de viaje desembarcamos en un mundo que a mí me pareció completamente nuevo. Téngase en cuenta que viajar a América en aquellos ya lejanos años era como aterrizar en otro planeta. Así que los acontecimientos se precipitaron. Y aunque ya dije al principio que se trataba de un compendio, con todo, son más de sesenta años de existencia sacerdotal; por lo que voy a procurar resumir lo más posible lo que me ocurrió en aquel mundo lleno de aventuras.

  Llegamos a Guayaquil y subimos directamente a Cuenca, una bella y colonial ciudad situada todavía en las pendientes suaves de la Cordillera Andina (unos dos mil quinientos metros). En ella ya me esperaba un grupo de sacerdotes murcianos que me había precedido algún año antes. Y no puedo omitir, entre mis primeros recuerdos, el de la visita saludo al Arzobispo de la Arquidiócesis. El Arzobispo era un hombre bien chapado a la antigua y, al igual que todos los de su época, piadoso y con poca formación. Después de los saludos de protocolo, nos encargó muy insistentemente que jamás saliéramos a la calle con la cabeza descubierta (cosa bastante común y universal en aquella época de uso del sombrero), pues la cabeza ---nos dijo el Arzobispo--- ha sido hecha para llevar la teja. Recuerdo mi asombro como si fuera este momento: después de tantos años, no dejaba de ser curioso escuchar, de boca de un Arzobispo, cuál era el objeto para el que Dios había destinado la cabeza..., ¡y yo que había estado creyendo que había sido hecha para pensar!

  No quiero dejar de narrar una anécdota que me ocurrió al poco de llegar. Además de las clases de Filosofía, se me asignó la capellanía de unas monjitas que resultaron ser tan piadosas como poco listas. Les celebraba la Santa Misa todas las mañanas, muy de madrugada. Todo iba muy bien hasta que un día ---siempre mi mala pata y mi ingenuidad---, llegado que fue el onomástico de la Madre Superiora, se me ocurrió predicar en tan fasto acontecimiento. Ya puede comprenderse que, debido al ayuno oratorio al que durante tres años había estado sometido, mi intención estaba animada por el entusiasmo. Y ése precisamente fue mi error; pues fue allí cuando empecé a comprender que los sacerdotes jóvenes nunca acaban de convencerse de que no tienen la menor idea de lo que es la predicación. Sucedió para mi desgracia, ¡ay de mí!, que se me ocurrió hablar de la virtud de la obediencia; debida, en primer lugar a la Madre Superiora, se debía tributar fielmente y siempre con miras sobrenaturales y a imitación del Señor, incluso aunque la Madre, como ser humano al fin y al cabo, pudiera tener algún defecto. Hasta aquí todo bien. Pero cual no sería mi sorpresa cuando, acabada la Misa, veo entrar a la sacristía una comisión de cinco monjas encabezada por la Madre Superiora para manifestarme sus protestas. A la Misa habían acudido algunas niñas de su Colegio, a las cuales yo había escandalizado: ¿la Madre Superiora capaz de tener defectos...? En medio de mi confusión, les prometí solemnemente que no volvería a ocurrir tal cosa, como en efecto así fue. Pues juré en mi interior que jamás volvería a predicarle a unas monjas tan mequetrefas.

  En el Seminario tuve muy mala suerte. Pues a los malhadados críos les dio por tomarme cariño, además de caer en la manía de pretender confesarse y de dirigirse espiritualmente casi todos conmigo. Y de nuevo apareció la falta de lógica, puesto que el capricho de los niños vino a coincidir extrañamente con el disgusto de mis compañeros. La verdad es que yo hice lo posible por quitármelos de encima, aunque pasa con esto como con las moscas. Para abreviar: se me prohibió celebrar la Misa y confesar a nadie en el Seminario, se prohibió a los muchachos hablar conmigo y hasta se me colocó en una habitación donde pudiera ser vigilado por si alguien entraba a visitarme. Puedo decir, sin embargo, tanto en favor mío como en el de mis compañeros, que jamás llegamos a reñir (aunque se me hicieron varias reconvenciones), así como que tampoco incurrieron en la mala idea de acusarme de nada (aparte de ser un presunto acaparador).

  El final fue el que era previsible. Se me expulsó del Seminario y me quedé en la calle sin un centavo. Me refugié en un viejo caserón abandonado en el que no había agua ni luz eléctrica. Allí mismo, al cabo de un mes y medio de comer pegando la gorra en las diversas comunidades de monjas y donde podía, dije al Arzobispo que me diera algún cargo por humilde que fuera. Y así es como fui a parar al poblado indio de Tambo, a cerca de cuatro mil metros de altura en la cordillera, y donde viví los más felices meses de toda mi vida sacerdotal.

  Siento no poder relatar, por razón de la brevedad, las innumerables y entrañables aventuras que en mis largas horas a caballo, a través de la altiplanicie andina, tuve ocasión de correr buscando las miserables cabañas de mis indios. Ni tampoco puedo hablar ahora de las interminables horas de confesonario atendiendo a mis pobrecitos indios, los mismos que se veían obligados a esperar guardando cola a veces durante varios días. Solamente añadiré, para no alargarme más, que llegado el momento de marchar a Venezuela (obtenido los correspondientes permisos de España), hube de hacerlo como si hubiera sido un malhechor, de oculto y a medianoche; pues de otro modo mis indios me hubieran impedido por todos los medios separarme de ellos, incluso mediante la violencia de haber sido necesario. Nunca y en ningún lugar fui tan querido como allí.

  Salí para Venezuela en Junio de 1962 y allí permanecí durante dos años. Y en el mismo mes del año 1985 llegué por primera vez a los Estados Unidos. Pero los sucesos ocurridos en uno y otro lugar tendrán que esperar su turno, dada la magnitud e importancia de los emocionantes sucesos que allí me ocurrieron y cuyo relato requeriría un grueso libro.


  Mientras tanto, no me queda sino recordar con nostalgia viejos y gloriosos tiempos. Aunque quizá los de ahora no sean menos gloriosos; pero sí desde luego mucho más duros y difíciles. En los dichosos días de mi ordenación, y en los venturosos años que siguieron, no hubiera podido imaginar jamás el estado de desolación en que ahora se encuentra la viña del Señor. No hace muchos días y durante el tiempo de la oración, padecí la nítida visión, contemplada a través de la imaginación, de la Iglesia como un inmenso campo de devastación, lleno de escombros y cadáveres, en el que no se divisaba la más mínima señal de vida. No pude menos de echarme a llorar.




Nacionalismo Católico San Juan Bautista