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sábado, 29 de septiembre de 2018

El «no» de Franco a Pío XII - Luis G. Togores



La Razón - 25 de septiembre de 2018. 05:24h
Luis G. Togores, Historiador de la Universidad San Pablo CEU.
Madrid.

Mucho se ha escrito sobre La relación entre la iglesia y el régimen. Lo cierto es que Franco separaba los intereses que consideraba beneficiosos para la causa de su fe católica

 

Franco en sus tiempos de África no era un hombre especialmente religioso, pero el carácter de persecución religiosa que tuvo la Guerra Civil levantó un enorme fervor creyente entre la mayor parte de la población del bando sublevado. La matanza indiscriminada de miles de curas y monjas, sin lugar a dudas, acentuó la conciencia religiosa de muchos españoles y entre ellas la de Franco.


Resulta innegable que en la insurrección cívico militar del 18 de julio de 1936 tuvo un importante peso la sangrienta persecución que sufrían los católicos por el Frente Popular. Si muchos militares y falangistas se sublevaron para evitar la victoria del comunismo en España, hubo otra parte de la población española que se sumó al alzamiento para defender su libertad religiosa.


Durante toda la guerra Franco viajó al frente con la reliquia del brazo incorrupto de Santa Teresa, verdadero talismán en los tres años que duró la guerra.


A lo largo de cuatro décadas Franco, como cabeza indiscutible de su régimen, se apoyó fundamentalmente en cuatro grupos políticos, familias en el argot del franquismo, que serían la base de su gobierno: el Ejército, la Falange, los católicos de la ACNdP y el Opus, y los tecnócratas reclutados entre los cuerpos más cualificados de los funcionarios del Estado.


La presencia importante de los católicos, junto a la firma del Concordato de 27 de agosto de 1953 y el encomendar la educación de buena parte de los españoles a la Iglesia, ha sustentado la idea de una desproporcionada influencia de la Iglesia Católica en el régimen y sobre el propio Franco.


Católico convencido, a pesar de su clara fidelidad a los dictados de la Iglesia de Roma, nunca olvidó que los intereses de España, de su España, no tenían ni podían estar supeditados a las directrices e intereses de Roma. La Iglesia Católica ordenaba en materias de fe de forma incuestionable para un católico, al ser el Papa, sus obispos y cardenales los herederos de Pedro, pero existía otra parte en los deseos de Roma y del Primado de España que eran parte de la política mundana a la que el Jefe del Estado español no tenía porque obedecer. Franco nunca dejo a los curas «curear» en lo referente a su gobierno, siendo esta una de las cuestiones más desconocidas del franquismo y sujeta a tópicos más arraigados.


Recientemente, entre unos legajos del archivo Franco, han aparecido un conjunto de tres documentos fechados a comienzos de los años cuarenta de indudable importancia histórica: dos cartas personales del Papa Pío XII a Franco referentes a la prohibición de regresar a España del cardenal Vidal y Barraquer y la respuesta privada del Jefe del Estado español al Sumo Pontífice.


Esta correspondencia evidencia las tensiones entre el Estado español y la Santa Sede en relación a la actitud de un príncipe de la Iglesia como era el antiguo obispo de Tarragona Vidal y Barraquer, evidenciándose la fractura de parte de la Iglesia catalana con el Estado español, una fractura que llega hasta la actualidad.


Con el comienzo de la Guerra Civil el cardenal Gomá, primado de España, dada la situación de abierta persecución que la religión católica sufría en la España republicana a finales de 1936, reunió a los obispos que se habían librado de la muerte y que estaban en la España Nacional para redactar y dar a conocer una carta colectiva, con el beneplácito del Papa, a favor de los sublevados. El 1 de julio de 1937 fue firmado el documento que conocemos por Carta Colectiva del Episcopado español a los obispos del mundo entero, aunque no se divulgó hasta agosto del mismo año. El 8 de julio de 1937 la Santa Sede reconocía al gobierno de Franco.


Un poco antes, en febrero de 1937, la Santa Sede había renunciado a publicar una condena a los católicos que colaborasen con el Frente Popular por causa de la delicada situación del PNV, un partido católico y de ultra derecha que, por motivos independentistas, optó por apoyar al gobierno de los socialistas Largo Caballero y Negrín.


El obispo de Tarragona Vidal y Barraquer, catalanista, huido de España, no quiso firmar la Carta Colectiva, al igual que los obispos vascos Javier Irastorza Loinaz, exiliado en Gran Bretaña, y el de Vitoria Mateo Múgica Urrestarazu.


El 30 de diciembre de 1942, ante la oposición de Franco a que el cardenal Vidal y Barraquer regresase a España, Pío XII le pide directamente que autorice el regreso a España del cardenal catalán. Una petición que para el Papa Pacelli, un hombre muy orgulloso, tuvo que suponerle un enorme sacrificio.


La carta de Pío XII

«Nos llegan confiados ruegos de que vuelva a su sede el Eminentísimo Cardenal Vidal y Barraquer»

«Al Amado Hijo Francisco Franco Bahamonde

Jefe del Estado Español

Pius PP. XII

Sin duda ninguna que Te es bien conocido el particular afecto con que (...) seguimos de cerca y día por día el resurgimiento espiritual de esa católica Nación (...) con la ayuda de las sabias leyes dictadas por Tu Gobierno, se afanan en la reconstrucción moral y religiosa del País.

(..) Permite por tanto, Amado Hijo, que en este momento, que Nos parece oportuno, Te abramos Nuestro corazón con paternal confianza acerca de una cuestión en cuya solución hemos tenido y tenemos particular interés, y para la cual esperamos de Tus nobles sentimientos religiosos y caballerosos, y para Nos tan devotamente filiales, el apoyo decisivo. Desde hace tiempo y de muchas partes Nos llegan confiados ruegos de que vuelva a su sede el Eminentísimo Cardenal Vidal y Barraquer Arzobispo de Tarragona, que, como bien sabes, tuvo que ausentarse de su querida archidiódesis en circunstancias dolorosas y trágicas para España y para la Religión. La demasiada prolongada ausencia, la reiterada petición del Clero y fieles, el legítimo anhelo apostólico del venerado y celoso Pastor de gastar sus restantes energías en provecho de las almas que durante tantos años fueron su «gozo y su corona», su misma dignidad de Príncipe de la Iglesia son otros tantos motivos para que no diferamos más el escribirte en su favor, confiando en que dispondrás que no se ponga ningún obstáculo a su regreso a la sede de Tarragona, aunque, a juicio de ese Gobierno, no hubiese siempre y en todo correspondido a lo que de él se esperaba en alguna cuestión de índole práctica».


A pesar de lo que tan directamente Pío XII le pedía, dentro de la más pura y melosa literatura vaticana, cargada de lisonjas y medias verdades, y todo tipo de parabienes para España y su Caudillo, Franco le contesta a comienzos de 1943.


La respuesta de Franco

«La intervención de Vidal y Barraquer contribuyó a desencadenar en Cataluña hechos trágicos»

«Beatísimo Padre:

Humildemente, como corresponde a quien nada desea tanto como ser en todos sus actos un fiel cristiano y un hijo obedientísimo de la Santa Madre Iglesia, he acogido las palabras de Vuestra Santidad en su carta de 30 de Diciembre de 1942.

(...) A este fin, que mi deseo más vivo proceder en todo de tal manera que mis actos, aún en los más pequeños, puedan sentirse los anhelos de quien es Vicario de Cristo en la tierra hasta llegar, en el grado máximo posible, a una completa compenetración con Él. Y así me bastaría su indicación para acceder a cuanto se me pide, no solo en lo que se refiere al Eminentísimo Cardenal Vidal y Barraquer sino también en cualquier otro punto.

Es, sin embargo, mi obligación ineludible exponer a Vuestra Santidad algunas circunstancias que concurren en el caso de su Eminencia y que no pueden dejar de ser tomadas en consideración sin peligro de daños muy graves. Las heridas causadas por la guerra civil española no están aún cicatrizadas ni muchos menos, y las pasiones y dolores de quienes se vieron atropellados, perseguidos y despojados de cuanto amaban (no sólo en sus bienes y aún en las personas de su familia que les fueron arrebatadas, sino también en su derecho a practicar la religión y a dejarse guiar por sus Sacerdotes y Obispos, que fueron muertos en el elevadísimo número por la representantes del gobierno rojo al servicio del comunismo y la masonería), están aún vivos y se siente excitados nuevamente con la presencias de personas o cosas que viven en ellos el recuerdo de aquellos hechos.

Sin tratar de juzgar a un Príncipe de la Iglesia en el ejercicio de su Misión Apostólica, cosa que excede de mi incumbencia, sí debo afirmar que son muchísimos los que creen que la intervención, quizás involuntaria, de su Eminencia (Vidal y Barraquer) en la vida política, contribuyó poderosamente a crear condiciones propicias al desencadenamiento en Cataluña de aquel conjunto de hechos trágicos; porque personas que gozaban de la simpatía y apoyo de Su Eminencia en la región catalana, haciendo uso de todas sus fuerzas e influencias en dicha región, colaboraron con los autores indudable de tantos crímenes y tanta persecución. La labor de apaciguamiento que se viene realizando en España, aspirando a que toda ella se una para que sus fuerzas estén intactas en el momento en que pudiera ser necesario volver a defender a la Iglesia contra aquellos mismos enemigos que hoy, como en el curso de nuestra guerra civil, la amenazan en todas partes, se vería comprometida gravemente si no se tomara en consideración la importancia del número y calidad de quienes así piensan».

«(..) Y para ello la unidad nacional, que atacan sin tregua las personas que estuvieron más ligadas a Su Eminencia, es cosa totalmente indispensable.

Además, la Diócesis de Tarragona ha cambiado mucho en el tiempo en que su Eminencia está ausente. Muchos de los que encontraron en él aliento (el separatismo catalán), por motivos seguramente elevados de Su Eminencia, pero que ellos utilizaron para fines enteramente censurables, desean ahora su regreso para tratar de salir de la oscuridad en que se encuentran y tener posibilidades de reincidir en sus turbios manejos. Por otra parte no puedo menos que temer que otras personas, de indudable buena fe y cuya obediencia incondicional a la Santa Sede no puede ponerse en duda, por reacción contra aquellos, no se sienten dispuestos a recibirle en la Diócesis de Tarragona con la sumisión y el respeto a que por su alta condición tiene derecho, cosa que sería enteramente contraria al interés de la Iglesia y al apoyo del propio Gobierno español, que no se sabe cómo se puede imponer por la fuerza del Estado el cariño hacia una autoridad Eclesiástica cuando la parte más sana de la Diócesis no le ama y muchos en ella verían con profundo dolor su regreso. NO me es, pues, posible garantizar que en territorio español se le reciba sin recelo y se le trate con la debida consideración.

Postrado ante la Santidad de quien es cabeza visible de la Iglesia de Cristo, beso la sandalia de Vuestra Beatitud, rogándole que me considere como el más sumiso y obediente de sus hijos».


En este intercambio epistolar se demuestra la total separación que hacia Franco de su fe de católico con los intereses políticos de la España Nacional, situando su gobierno de las cosas de España por encima de la voluntad de Pío XII.



Visto en: La Razón


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domingo, 16 de septiembre de 2018

¿Un nuevo Papa? - Por Benito Mussolini



(Publicado en 'Correspondencia republicana" 26 de noviembre 1944)



     El mundo tiene por lo tanto un nuevo Papa. Y este Papa nada tiene que ver con el Romano Pontífice, que, en la persona de Pío XII, hubiera tenido quizás en las circunstancias actuales alguna ilusión. Este Papa es Franklin Delano Roosevelt, presidente de los Estados Unidos. Este es mucho más poderoso que aquel otro. De hecho, mientras que el Papa de Roma representa ante Dios sólo a los católicos, es decir, algunos pocos cientos de millones de almas, aquel americano, apenas  autoproclamado, en ocasión del “Thanksgiving day”, es decir, en el 'Día de Acción de Gracias'; representa además de a los católicos, a los protestantes de todos los matices, los ortodoxos y los judíos; algo así como más de mil millones para las almas.


     Para la ocasión 'El Papa Franklin Delano I 'ha lanzado al mundo un mensaje de estilo mesiánico, en el que invocó e invitó a toda la humanidad a dirigir al “padre celestial” el más sentido agradecimiento por las victorias conseguidas por los aliados y las más fervientes exhortaciones para que la guerra termine pronto con una total ventaja para los anglosajones. El nuevo Papa, entre otras cosas, así se expresó:

     'Yo Franklin Delano, Presidente de los Estados Unidos, de acuerdo con la decisión aprobada por el Congreso 26 de diciembre de 1941, por la presente proclamo el jueves, 23 de noviembre de 1944, Día Nacional de 'acción de gracias'; y hago un llamamiento al pueblo de los Estados Unidos para que este sea celebrado, concentrando cada esfuerzo posible para apresurar el día de la victoria final y ofreciendo a Dios, nuestra debida gratitud por su bondad hacia nosotros y nuestros hijos'.


     Esta bondad del dios invocado por el presidente Roosevelt, por supuesto, es aquella que ha concedido a los aviadores americanos e ingleses, el apuntar tan bien sus bombas, como para pulverizar la Abadía de Montecassino, incontables iglesias en Italia y en el resto de Europa, ciudades enteras super pobladas, y de masacrar algunos cientos de miles de ciudadanos impotentes, entre estos, y solo para mantenerme en la actualidad, esos doscientos niños destrozados en Milán hace pocas semanas junto con sus maestras. Pero Roosevelt es el verdadero criminal de guerra número uno y es demasiado lógico que agradezca a su dios por el feliz éxito de sus crímenes. También lo hacían los bandidos de otros tiempos cuando iban a la iglesia para suplicar a algún santo para que su día fuera fructífero, y, una vez realizado el golpe, para agradecer al mismo santo por su gran bondad. Si el presidente estadounidense quiere colocar en el altar de su divinidad alguna ofrenda, por favor diríjase a nosotros: le daremos las imágenes de todas nuestras mujeres y todos nuestros hijos masacrados gracias a la bondad de su dios. Tendrá para abarrotar su altar. Y después terminada la ceremonia de ofrenda también puede vender estas imágenes, que si él lo pide, serán de plata y oro, y hará, según la costumbre americana, una ganancia considerable.


     Lo más grotesco es que otros pueblos e incluso otras razas se han unido a la hermosa fiesta y han celebrado el día de “Acción de gracias”. Esta celebración tuvo lugar no solo en las ciudades estadounidenses, sino también en Londres, París, Reims, Moscú, Nueva Delhi y Roma. Las emisoras enemigas recuerdan que la 'acción de gracias' se celebró en otras ocasiones, y por diferentes motivos, por George Washington y Abraham Lincoln. Estas emisoras omiten decir que, en aquellas circunstancias, la 'acción de gracias' solo era de incumbencia exclusivamente del pueblo estadounidense. Esta vez se quiso que interese también a los otros.


     Por esta razón, la ceremonia más importante es aquella que tuvo lugar en Roma.


     Roma por lo tanto, no es ya centro sólo de la religión católica, sino de la nueva religión de la cual es Papa Franklin Delano I, que celebró el jueves pasado esta gran fiesta de todos los creyentes en el mundo. No en San Pietro por supuesto (esta basílica se encamina hacia su irremediable decadencia), sino en la iglesia episcopal estadounidense de San Paolo en Via Nazionale.


     Aquí vinieron cristianos de todas las confesiones, incluidos los católicos, así como los judíos. Estuvieron presentes las autoridades militares y civiles de los Cuerpos Invasores. Entre ellos se observa que también estaba el coronel Poletti, comisario de la cuarta región. La cuarta región, para quienes no saben, es la de Roma. Roma de hecho ya no es “caput mundi” (Capital del mundo), sino una región que lleva un número, como los convictos. La ceremonia fue majestuosa. Fueron cantados los himnos de la sociedad religiosa de los amigos. Se dio lectura del mensaje de Roosevelt y luego el Conde Sforza, ministro sin cartera del autoproclamado Gobierno italiano, pronunció un discursucho sumiso, en el que, entre otras cosas, dijo que los estadounidenses, los cuales, ahora conocen muy bien la Europa, quizás por haberla masacrado y destruido en gran parte, se convertirán en una aristocracia moral.


     Después de esto, todos los participantes en el rito solemne, fundidos, es más, confundidos en la nueva religión judeocristiana proclamada por Roosevelt, se aseguraron una paz justa para la humanidad, con la ruina de nuestro continente.


     Todo muy bien. Solo seremos indiscretamente curiosos de querer saber lo que haya pensado el Santo Padre en ese mismo momento, aquel por supuesto, que está todavía en el Vaticano.



Benito Mussolini


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lunes, 4 de diciembre de 2017

Renovación de las promesas bautismales, rito protestante – Dra. Carol Byrne


Adopción de un rito inspirado por los protestantes

  Es digno de mención que, antes de 1956, la Renovación de las promesas bautismales nunca fue parte de la liturgia oficial del rito romano, sino solo una “para-liturgia” semiprivada realizada entre grupos especiales en retiros, misiones, aniversarios del bautismo y en la Primera Comunión de niños. Un factor importante es que estas ceremonias se introdujeron por iniciativa de pastores individuales a nivel local. No todos se realizaron en la iglesia. No había una fórmula establecida de palabras. Y como su ocurrencia fue solo esporádica, no constituyeron nada que se acercara a una costumbre universal.

  Cuando la Renovación de las promesas bautismales se introdujo por primera vez de manera experimental en la Vigilia pascual de 1951, se presentó como una tradición litúrgica antigua que había caído en desuso y necesitaba ser restaurada. Pero, como muchas de las falsas afirmaciones de los reformadores sobre la “restauración” litúrgica, la base histórica de esta afirmación es tenue y carente de detalles contextuales. 


  Históricamente, la Iglesia Católica siempre había desalentado los intentos de dar a la Renovación de las promesas bautismales un lugar en la liturgia. Un ejemplo breve pero indicativo fue cuando Erasmo propuso un ritual en 1522 para que los adolescentes renovaran sus votos bautismales; su sugerencia fue censurada por el principal teólogo escolástico del momento, Noël Beda, (1) y su libro colocado en el índice por el Papa Pablo IV en 1559. (2)

  Fue, por lo tanto, una innovación importante la que Pío XII, actuando a instancias de la Comisión de 1948 creada por él, (3) repentinamente impuso el rito por la fuerza a toda la Iglesia en 1956. Fue también un empujonazo al Movimiento Litúrgico, que había estado tramando su inclusión en la liturgia. (4)

  Sin embargo, solo uno de los consultores de la Comisión papal tuvo dudas sobre la idoneidad de este rito en la Vigilia pascual. Dom Bernard Capelle, meritoriamente, se opuso a esta reforma y expresó su desacuerdo en términos enérgicos:

-         Su introducción era innecesaria (“nulla habetur necessitas”);
-         Daba prioridad al tema del Bautismo sobre el de la Resurrección, obscureciendo así el significado teológico de la Vigilia;
-         Fue una novedad total (”ex toto novorum“) carente de cualquier reivindicación histórica de usos litúrgicos anteriores;
-         No debe usarse en la Vigilia Pascual como sustitución del Bautismo. (5)

  Pero sus objeciones fueron dejadas de lado, y la nueva Vigilia prosiguió con carácter experimental en 1951 con la aprobación de Pío XII, antes de ser impuesta universalmente en 1956.


Un rito inspirado en el protestantismo

  La Renovación de las promesas bautismales surgió como rito litúrgico en la Reforma protestante. Se registró por primera vez en el Libro de Oración Común de 1662 (6) como parte del rito protestante de la “confirmación”. (7)

  El ritual se realizaba con una estructura similar tanto en la liturgia  protestante como en la católica  reformada. El obispo o sacerdote puesto frente al pueblo, da un breve discurso y establece un “diálogo” en lengua vernácula con toda la congregación. No es de extrañar, por lo tanto, que esta ceremonia, ajena a cualquier concepto católico de la lex credendi chocara atrozmente con la lex orandi. Esto es notoriamente obvio tanto en su forma externa como en su ambigua importancia teológica.

  Esta fue la primera vez en la historia de la Iglesia que una ceremonia de inspiración y ethos protestantes se incorporó oficialmente a la liturgia, pero, como lo demostraría ampliamente el Novus Ordo, no fue la última. 


Enlodamiento de la aguas bautismales

  El P. Antonelli explicaba que la Renovación de los votos bautismales estaba entre las prácticas que “debían restaurarse si su reintroducción iba a hacer los ritos más puros e inteligibles para las mentes de los fieles”. (8) Pero ¿qué es en ella lo inteligible? ¿Y qué es exactamente lo que se renueva?

  Necesitamos considerar y preguntar: ¿En qué sentido puede uno “renovar” unos votos permanentes que son algo distinto de los votos temporales que se pueden renovar periódicamente? Hacerlo litúrgicamente podría fácilmente dar la impresión de que el bautismo es algo efímero, como si los votos originales hubieran pasado su fecha de vencimiento y tuvieran que ser, por así decirlo, “hechos de nuevo” por otro año más.

  Sí tiene sentido recordar nuestros votos bautismales, reflexionar sobre cuán lejos estamos de ellos, como lo recomendó el Catecismo del Concilio de Trento, (9) reafirmar nuestra adhesión a la Fe y renovar nuestros esfuerzos para progresar en la vida espiritual con la ayuda de la Misa y los Sacramentos.

  Eso es muy claro. Lo que no está tan claro es el término “Renovación” de las promesas bautismales. Puede interpretarse en el sentido tradicional descrito anteriormente, pero es potencialmente peligroso por su falta de precisión, lo que lo hace inadecuado para su inclusión en la liturgia. Porque, el Bautismo es aquella renovación, por la cual uno entra a la iglesia sin bautizar y sale como cristiano. Uno nunca puede ponerse de nuevo en esa posición única y, aunque se puede perder la gracia bautismal, la fuerza de los votos originales permanece inalterada. Por lo tanto, no se puede decir que necesitan una renovación.

En la próxima entrega, veremos cómo el nuevo ritual desestabilizó aún más la Vigilia Pascual al cambiar en el pueblo su enfoque teológico en  Cristo, y todo por el bien de su “participación activa”.


Continuará


1. Noël Beda era el jefe de la Facultad de Teología en París y utilizó la teología escolástica para defender la fe contra los errores de la naciente “Reforma” protestante. Erasmo, por otro lado, tenía poca consideración por la precisión en asuntos religiosos y despreciaba la escolástica.
2. El libro, titulado Parafrasi sopra S. Matteo (Paráfrasis sobre el Evangelio de San Mateo), fue específicamente nominado en el Índice. Ver aquí, p. 132
3. En 1948, la Comisión incluyó en su “Memo”, n. 74, una propuesta para que fuera elaborada la Renovación de las promesas bautismales por una subcomisión y presentada al Papa para su aprobación.
4. Ya en la década de 1920, Dom Virgil Michel, OSB, supuestamente el “padre del Movimiento Litúrgico en los Estados Unidos, había diseñado un ritual para la Renovación de las promesas bautismales, que describió como ‘Conciencia del Bautismo’, Orate Fratres, 1, 1927 , pp. 309-313; Dom Godfrey Diekmann, OSB, promovió aún más la ceremonia durante la Primera Semana Litúrgica Nacional en Chicago en 1940.
5. B. Capelle, Memoria, Supplemento II, 1950, pp. 21-22.
6. Paul F. Bradshaw, Nuevo Diccionario SCM de Liturgia y Culto, SCM Press, 2002, p. 52.
7. Los protestantes del siglo XVI se habían negado a reconocer la Confirmación como un Sacramento, y sus seguidores idearon la Renovación de las promesas bautismales para tener su propia ceremonia de “confirmación”. El Vaticano II ordenó que fuera adoptada en la Iglesia Católica. Sacrosanctum Concilium declaró: “El rito de la confirmación también debe ser revisado para que la íntima conexión de este sacramento con toda la iniciación cristiana se destaque más claramente; por esta razón, es apropiado que los candidatos renueven sus promesas bautismales justo antes de que se confirmen “. (SC, § 71)
8. Memoria sulla reforma litúrgica: Suplemento II – Annotazioni alla “Memoria”, n. 76, 1950, p. 9.
9. El Catecismo del Concilio de Trento recordaba a los sacerdotes que administran el Bautismo que los fieles se edificarían al presenciar el rito: “Así, cada persona, leyendo una lección de amonestación en la persona de quien recibe el Bautismo, recuerda las promesas por las cuales se había unido al servicio de Dios cuando se había iniciado por medio del bautismo, y reflexiona acerca de si su vida y su moral dan pruebas de esa fidelidad a la que cada uno se compromete, al profesar el nombre de cristiano “(Baltimore, 1829, p. 113)


Visto en: Amor a la Verdad

Publicado el 1 de diciembre de 2017 por Tradition In Action




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sábado, 21 de octubre de 2017

El Papa Pio XII durante la Segunda Guerra Mundial - Mary Ball Martinez


“Y conoceréis la Verdad, y la Verdad os hará libres” 
(Juan 8,32)


  Desde los 60's, ha estado cada vez más de moda condenar a Pio XII (Eugenio Pacelli) - quien fue Papa desde 1939 hasta 1958 - por su supuesta indiferencia respecto del destino de los judíos de Europa durante la Segunda Guerra Mundial. El rabino Marvin Hier del Centro Simon Wiesenthal de Los Ángeles, por ejemplo, recientemente declaró: “…El Papa Pio XII se sentó sobre el trono de San Pedro en un silencio pétreo, mientras los trenes estaban llevando a millones de víctimas desprevenidas a través de Europa camino a las cámaras de gas.

  …Ni una vez el Papa alzó su voz con términos inequívocos para protestar contra las deportaciones y el homicidio de los judíos…”

  Para estar seguro, el Vaticano no fue el único objetivo de tal crítica. Los líderes en tiempos de guerra de los Estados Unidos, Gran Bretaña y otros países han sido blanco de ataques similares, y cada vez mayores en los últimos años por su supuesta indiferencia respecto de a los judíos de Europa durante la guerra. A decir verdad, como ha señalado el Dr, Arthur Buts, el Papa Pio XII - junto con los gobiernos Aliados e incluso con organizaciones judías internacionales más importantes - no hicieron eso, actuando como si creyeran seriamente en las historias sobre exterminios masivos de judíos. (Ver: A. Butz, “The Hoax of the Twentieth Century”, apéndice E y suplemento B)

  Las críticas como la del rabino Hier muestran una cruel ingratitud respecto de la inmensa ayuda del Vaticano hacia judíos perseguidos durante los años de guerra. En el de 1967 libro, “Three Popes and teh Jews, Jewish historican and Israeli government” el oficial Pinchas Lapide defiende enérgicamente a los registros del Vaticano. “La Iglesia Católica, bajo el pontificado de XII de Pio, fue el instrumento de salvamento de al menos 700.000 y hasta probablemente 860.000 judíos”, escribe Lapide.

  En el siguiente ensayo, una experimentada observadora vaticana toma un sorprendentemente diferente punto de vista respecto del papel desempeñado por el Vaticano durante la guerra. Contrariamente a la percepción extensamente sostenida, ella argumenta que Pio XII se opuso enérgicamente a la Alemania Nacional Socialista, hizo todo lo que tenía en su poder para ayudar a los judíos perseguidos en Europa, y ayudó activamente a la causa Aliada durante la guerra.

Mary Ball Martinez fue una acreditada miembro del cuerpo de prensa Vaticano desde 1973 hasta 1988, reportando para el “National Review”, The American Spectator” y “The Wanderer”.
Este ensayo ha sido adaptado por ella de una sección de su libro: The Undermining of the Catholic Church”


  El persistente mito de la indiferencia vaticana respecto del destino de los judíos en Europa durante la Segunda Guerra Mundial tuvo su origen en los 60s, y particularmente en la obra dramática “El Diputado”, del autor alemán protestante Rolf Hochhuth, y en un libro del historiador judío Saul Friedländer.

  Respondiendo a estas acusaciones, el Papa Pablo VI abrió los registros del tiempo de guerra en los archivos vaticanos, para ser estudiados por cuatro historiadores jesuitas, permitiéndoles seleccionar documentos para su publicación. El estadounidense entre ellos, Robert A Graham, ordenó un gran número que fueron divulgados finalmente en una serie de volúmenes. Estos documentos de peso muestran claramente que antes del brote de hostilidades en 1939, el Secretario de Estado Pacelli, futuro Papa, estuvo profundamente involucrado en la promociona de asistencia social a los Judíos de Europa.

  Adolf Hitler había sido Canciller de Alemania por menos de seis meses cuando el Cardenal Pacelli estaba instando al Papa Pio XI a dar alojamiento en la Ciudad del Vaticano a judíos ilustres que lo requirieron. En 1937, mientras llegaba al puerto de Nueva York a bordo de la linea italiana Conte di Savoia, pidió al Capitán de la embarcación que izara hasta arriba un improvisado estandarte con la estrella de seis puntas del futuro Estado de Israel en honor, dijo, a los seiscientos judíos alemanes a bordo. Un año después, los ciudadanos de Munich quedaron asombrados al ver que la Torah y otros objetos rituales eran removidos de la Sinagoga principal de la ciudad “para su custodia” en la limusina del Arzobispo, y enterarse que la transferencia había sido ordenada por el Cardenal Pacelli en Roma. Uno de sus últimos actos antes de convertirse en Papa en 1939, fue notificar a los obispos estadounidenses y canadienses de su disgusto por la resistencia de las universidades católicas a aceptar más estudiantes judíos europeos y a científicos en su personal, e instó a los obispos a remediar esta situación.


Apoyo al Sionismo

  Pío XII, Eugenio Pacelli entendió desde el principio la importancia de Palestina para el alma judía. En 1939, mientras las noticias llegaban a Roma sobre el avance alemán a Polonia, telegrafió al Nuncio Pacini en Varsovia para “tratar de organizar judíos polacos para un pasaje a Palestina”. Mientras tango Pio XII ordenó al Nuncio Angelo Roncalli (el futuro Papa Juan XXIII) en Estambul que prepare miles de certificados de bautismo para los judíos que llegan con la esperanza que estos documentos hagan que la policía británica en Palestina les permita entrar al país.

  Roncalli protestó. “Sin duda”, le escribió al Papa, “un intento de revivir los antiguos Reinos de Judea e Israel es utópico. ¿No expondrá al Vaticano a acusaciones de apoyo al sionismo?” El Secretario de Estado, el Cardenal Maglioni, no estuvo menos preocupado. Le preguntó al Papa, ¿Con qué criterio puede justificar históricamente traer de regreso a un pueblo a Palestina, territorio que dejaron hace 19 siglos? Seguramente hay lugares más adecuados para que los judíos se establezcan”.


No neutral

  A mitad de camino en su proyecto, el padre Graham le dijo al Washington Post: “Estaba estupefacto con lo que estaba leyendo. ¿Cómo podría uno explicar acciones tan contrarias al principio de neutralidad?” Durante los primeros meses de la guerra, descubrió Graham, que el nuevo Papa en persona era el autor de los textos intensamente antialemanes emitidos en todo el mundo por Radio Vaticano. Aunque la participación personal de Pío XII no se conocía en ese momento, estas declaraciones fueron tan enérgicas y partidistas que provocaron vigorosas protestas del Embajador de Alemania en la Santa Sede e incluso de los obispos polacos. Como resultado, la transmisión se suspendió, para disgusto del gobierno británico, que perdió lo que el padre Graham llama “una formidable fuente de propaganda”.

  Pío XII también estableció el Comité Católico de Refugiados en Roma, que colocó a cargo de su secretario, el padre Leiber, y su ama de llaves, la Joven Madre Pasqualina. En su libro Pie XII avant l'Histoire, Monseñor Georges Roche informa que este comité permitió a miles de judíos europeos ingresar a los Estados Unidos como “católicos”, proporcionándoles un eficiente servicio de documentación, que incluye certificados de bautismo, ayuda financiera y otros arreglos transnacionales. El historiador francés estima que en 1942 más de un millón de judíos estaban siendo alojados, por órdenes del Vaticano, en conventos y monasterios en toda Europa. El historiador británico Derek Holmes informa que tanto los judíos como los partidarios italianos de los movimientos guerrilleros clandestinos estaban vestidos como monjes y monjas, y se les enseñó a cantar cantos gregorianos.

  El propio Papa dio ejemplo cuidando a unos 15,000 judíos y disidentes italianos en Castel Gandolfo, la residencia de verano del Papa, así como a varios miles en la Ciudad del Vaticano. Entre los que fueron ayudados estaba el líder socialista italiano, Pietro Nenni, que necesitaba un escondite después de su regreso de la España desgarrada por la guerra, donde había servido como comisario de las Brigadas Internacionales.

  Mientras tanto, en Francia, bajo la propia nariz del llamado gobierno de Vichy, el Cardenal Tisserant trabajó con el Comité de Distribución Conjunta para facilitar la emigración judía. Su secretario, Mons. Roche, ha descrito una imprenta subterránea en Niza, protegida por el alcalde de la ciudad y el arzobispo, donde se produjeron 1.915 documentos de identidad falsos, 136 permisos de obras falsos, 1.230 certificados de nacimiento falsos antes de que la operación descubriera.

  En Hungría, el padre Giovanni Batista Montini, el futuro Pablo VI, estaba trabajando con las autoridades en un plan que garantizaría la seguridad de los 800,000 judíos del país con la condición de que se sometieran al bautismo.


Complot contra Hitler

  Para su asombro, los cuatro historiadores jesuitas se encontraron con documentos que documentaban la participación personal de Pío XII en un complot para derrocar a Hitler. En enero de 1940 fue contactado por el agente de una cierta camarilla de generales alemanes, que le pidieron que dijera al gobierno británico que se comprometerían a “eliminar” a Hitler si se les aseguraba que los británicos se reconciliarían con un régimen alemán moderado. Pío XII le transmitió este mensaje a Sir D'Arcy Osborne, enviado de Gran Bretaña ante la Santa Sede. La oferta fue rechazada


El factor soviético

  Las preferencias papales por el bando aliado se hicieron más difíciles de defender después de junio de 1941, cuando este se convirtió en el bando soviético. Para entonces, la “Fortaleza Europea” de Hitler era abrumadoramente católica. Alemania misma incluía las regiones predominantemente católicas de Austria, el Sarre y los Sudetes, así como Alsacia-Lorena y Luxemburgo. Además, los países aliados alemanes de Italia, Eslovenia, Eslovaquia y Croacia eran completamente católicos, y Hungría también lo era principalmente. Francia -incluida la zona norte ocupada por los alemanes y el sur dirigido por Vichy- cooperó con Alemania. Del mismo modo, la España católica y Portugal fueron simpatizantes.

  Un sacerdote católico, Josef Tiso, había sido elegido presidente de la República de Eslovaquia, respaldada por Alemania. En Francia, que prohibió el Eje de la Francmasonería, se pusieron crucifijos en todos los edificios públicos, y en las monedas francesas se reemplazó el antiguo lema oficial de la Revolución Francesa, “Libertad, Igualdad, Fraternidad” por “Familia, Patria, Trabajo.”

  Así, el Papa Pío XII se encontró en la incómoda posición de aliarse con la atea Rusia soviética, la abrumadoramente protestante Gran Bretaña (con su vasto imperio, principalmente no cristiano) y los Estados Unidos predominantemente protestantes, contra la ampliamente católica “Fortaleza Europea”. “Su apuro llegó a su clímax después del ataque de diciembre de 1941 a Pearl Harbor y la entrada completa de Estados Unidos en la guerra mundial. La mayoría de los católicos estadounidenses, incluidos los itálicos, irlandeses, alemanes, húngaros, eslovenos, croatas y eslovacos, se consideraban a sí mismos “aislacionistas”. Además, las atrocidades comunistas contra sacerdotes, monjas e iglesias durante la Guerra Civil española (1936-1939) seguían frescas en sus mentes.

  Como diplomático experto que era, Pío XII se enfrentó al desafío. Designó al joven y dinámico obispo auxiliar de Cleveland, Michael Ready, para encabezar una campaña para “reinterpretar” la Divini Redemptoris, la encíclica antimarxista del Papa anterior, Pío XI, y difundir la idea de que el dictador soviético Stalin estaba abriendo el camino a la libertad religiosa en la URSS.


El silencio de la guerra del Papa

  Que le costó algo al jefe de la Iglesia Católica enfrentar a tantos millones de católicos europeos como entusiastas defensores de sus enemigos, es evidente a partir de una conmovedora carta que Pacelli escribió a Myron C. Taylor, quien había sido su anfitrión en Nueva York y ahora era el enviado de Roosevelt a la Santa Sede. En parte, a pedido del presidente Roosevelt, el Vaticano dejó de mencionar al régimen comunista. Pero este silencio pesa sobre los líderes que continúan la persecución contra las iglesias y los fieles. “Que Dios conceda que el mundo libre no lamente un día mi silencio”. Hubo un “silencio de Pío XII”, pero no fue el silencio inventado por Hochhuth y Friedländer.


Cooperación Vaticano-Comunista

  Aun así, los esfuerzos del Papa continuaron. Cuando se supo que las tropas alemanas ocuparon Roma, ordenó que se tallara el sello papal en la puerta de entrada de la Gran Sinagoga de Roma, y ​​en julio de 1944 autorizó un encuentro entre su mano derecha, Mons. Montini, y el líder indiscutible del comunismo italiano, Palmiro Togliatti, que había regresado recientemente de 18 años en la Unión Soviética.

  Según el documento JR1022, publicado hace algunos años por los sucesores de la Oficina de Servicios Estratégicos (OSS) en tiempo de guerra de los Estados Unidos.

  ... las conversaciones entre Mons. Montini y Togliatti fueron el primer contacto directo entre un alto prelado del Vaticano y un líder del comunismo. Después de haber examinado la situación, reconocieron la posibilidad potencial de una Alianza contingente entre católicos y comunistas en Italia que daría a los tres partidos -cristianos demócratas, socialistas y comunistas- una mayoría absoluta, lo que les permitiría dominar cualquier situación política. Se redactó un plan tentativo para establecer las bases sobre las cuales se podría llegar a un acuerdo entre las tres partes.

  Ese “plan tentativo”, forjado hace 49 años, se convirtió en la base de la impía Alianza que descristianizó a grandes sectores de la población italiana, trajo varias décadas de sangrienta confusión en las escuelas y fábricas y abrió la nación a la mafia, culminando hoy en la demanda nacional de una amplia reforma sociopolítica llamada “Mani Puliti”, Manos limpias.


“Crusada” Rechazada

  En su primer discurso importante después de la guerra, el Papa defendió la actitud unilateral que había mantenido a lo largo del conflicto. Le dijo al Colegio de Cardenales, “nosotros como cabeza de la Iglesia nos negamos a llamar a los cristianos a una cruzada”. Estaba refiriéndose a la visita en tiempo de guerra a Roma del cardenal francés, Boudrillat, para pedir una bendición papal para los regimientos voluntarios de franceses, españoles, italianos, croatas, húngaros, eslovenos -católicos casi en su totalidad- que partieron con las fuerzas armadas de Alemania y sus aliados para conquistar la Unión Soviética o, como dijo el cardenal, “liberar al pueblo ruso”. “Junto con los “Cruzados” iba a ir un considerable contingente de sacerdotes de lengua rusa y ucraniana, jóvenes graduados del Russicum, el seminario ruso de Roma, que esperaban abrir iglesias cerradas por mucho tiempo de esa manera.

  Las expectativas del Cardenal se desvanecieron rápidamente cuando el Papa exigió una retirada inmediata de la solicitud de una bendición. Además, Boudrillat no tendría contacto alguno con la prensa.

  A medida que la guerra se prolongaba, se ejerció más presión sobre Pío XII para resistir el avance del Marxismo. El Nuncio Roncalli escribió desde Turquía para expresar “pánico” por la ofensiva soviética. Había intentado en vano, según informó, averiguar de su visitante reciente, el cardenal Spellman de Nueva York, respecto de cuánto le había prometido Roosevelt a Stalin. Desde Berna, el Nuncio Bernardini informó que la prensa suiza, “hasta ahora preocupada por la hegemonía alemana, de repente ha comenzado a tener en cuenta un peligro mortal mucho mayor, el de Alemania cayendo en manos soviéticas”. Abogando en nombre de la Mayorías católicas en Polonia y Hungría, le suplicaron al Papa que respaldara cualquier iniciativa de paz razonable.

  En marzo de 1944, el Secretario de Estado Maglione - debe suponerse sin el conocimiento del Papa - estaba instando al enviado de Gran Bretaña a la Santa Sede para tratar de convencer a Churchill de que el Imperio necesitaba una Alemania no comunista en una Europa estable. Finalmente, en abril, el Primer Ministro de Hungría, Dr.Kalyal, vino a Roma con un ruego desesperado a Pío XII para que se pusiera “a la cabeza de una iniciativa de paz capaz de detener el avance soviético que estaba a punto de envolver a los pueblos cristianos de Europa.”

  Pío XII, como se jactaría en 1946 ante el Colegio de Cardenales, resistió todas las presiones y rechazó todas las súplicas, y dio su razón: “El Nacional Socialismo ha tenido un efecto más ominoso en el pueblo alemán que el Marxismo en el ruso, entonces que solo una reversión total de las políticas alemanas, particularmente de aquellas relacionadas con los judíos, podría hacer posible cualquier movimiento por parte de la Santa Sede.”

  “... particularmente los relacionados con los judíos”. Ahí radica la respuesta a la pregunta planteada por Robert Graham durante la entrevista del Washington Post: “¿Cómo podría uno explicar acciones tan contrarias al principio de neutralidad?”


Uno de cada diez italianos rechaza la historia del Holocausto

  Uno de cada diez italianos (9,5 por ciento) cree que la historia del exterminio del holocausto es una “invención de los judíos”, según una encuesta de opinión pública. Además, el 42 por ciento de los encuestados critica a los judíos por “sobreactuar” la historia del holocausto, particularmente después de medio siglo. Los resultados de la encuesta, que fue realizada por la revista italiana de gran circulación Espresso, se hicieron públicos a principios de noviembre de 1992.


The Journal of Historical Review. Volume 13, Number 5. September/October 1993.



Nacionalismo Católico San Juan Bautista


sábado, 9 de marzo de 2013

Venid, Señor Jesús

Venid, Señor Jesús

 La humanidad no tiene fuerzas para apartar el obstáculo que ella misma ha creado tratando de impedir vuestro regreso. Enviad a vuestro ángel, ¡oh, Señor! y haced que vuestra noche se vuelva luminosa como el día.
¡Cuántos corazones os esperan, oh, Señor! ¡Cuántas almas se consumen en el anhelo del día en que solo Vos viviréis y reinaréis en los corazones!

Venid, Señor Jesús

 Hay muchas señales de que la hora de vuestro regreso no está lejana.
¡Oh, María¡ Vos, que le habéis visto resucitado, que con la primera aparición de Jesús visteis suprimida la inenarrable angustia producida por la noche de la Pasión, María, a vos ofrecemos las primicias de este día. A vos esposa del Espíritu divino, nuestro corazón y nuestra Esperanza.



                                                 PIO XII,  Mensaje Pascual de 1957


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