San Juan Bautista

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miércoles, 20 de noviembre de 2013

Las Sirvientas de Caifás - Por Antonio Caponnetto


Las Sirvientas de Caifás - Por Antonio Caponnetto

   Mientras tanto, Pedro estaba sentado afuera, en el patio. Una sirvienta se acercó y le dijo: «Tú también estabas con Jesús, el Galileo»...  Y como Pedro se dirigiera hacia la salida, lo vio otra sirvienta, que dijo a los presentes: «Este hombre andaba con Jesús de Nazaret.» (Mt 26 - 69,71)


Sr. Director de Página Católica:

  Mucho se ha dicho y se seguirá diciendo sobre la profanación de la Catedral de Buenos Aires con el acto litúrgico judeo-cristiano del pasado 12 de noviembre; y demasiado ha dicho ya el mundo contra quienes dieron testimonio de fe católica, tratando de impedir aquella tenebrosa profanación.

  Hace varios años que vengo denunciando la comisión de este tipo de aquelarres, y dos capítulos de mi libro "La Iglesia Traicionada" están dedicados a la llamada "Noche de los Cristales", con la consiguiente protesta dirigida a los jerarcas eclesiales que toman la impía iniciativa de organizar estas celebraciones masónicas, a todas luces sacrílegas y falaces. Quiero decir que el hecho no me es ajeno ni indiferente.

  Pero si me permite acercarme a su valiosa prédica, y dado el desenlace todavía en curso que han tomado los episodios, quisiera sumar dos breves comentarios. Ya habrá tiempo para más:

1º)   Según conocida y divulgada expresión de Francisco, al comienzo de su pontificado, "el que no le reza a Jesucristo, le reza al demonio". La frase, originada en un concepto de León Bloy, establece una línea divisoria irreconciliable.

  Pues bien, el grueso de los judíos invitados a ocupar la Catedral, no le reza a Jesucristo; esto es evidente. Y muchos de los otros invitados procedentes de falsas iglesias y sectas varias, tampoco le rezan a Jesucristo en tanto Dios y Segunda Persona de la Santísima Trinidad. Ergo, los responsables de tal convite y de tamaña mixtura en la Catedral Metropolitana, permitieron la invasión de nuestro mayor templo católico por adoradores del demonio, según ha recordado el Papa.

  No le rezan a Jesucristo en cuya divinidad no creen; y son múltiples los casos constatables de que además de no rezarle lo ultrajan.

  Todo el clero católico comprometido en esta activa, obsecuente y servil invitación a que la Catedral fuera ocupada por quienes no le rezan a Jesucristo, tendrán que rendir cuentas de haber servido a quienes le rezan al demonio. La disyuntiva, reitero, fue planteada en tan tajantes términos por el mismo Francisco.

2º)   También ha dicho Francisco -y esta segunda frase a la que aludiré es tan conocida como la anterior- que él desea "una iglesia pobre, para los pobres y de los pobres". Pues bien; resulta que entre aquellos cultores de Mandinga insensatamente convocados a tomar un templo católico, había muchos personajes correspondientes a la plana mayor del capitalismo sionista, a la oligarquía judaica, a los monopolios plutocráticos hebreos. No se ve cómo puede condecirse tamaña promoción impúdica de los servidores del becerro de oro con el ideario del Poverello de Asis, supuestamente revalorizado a partir de este pontificado.

  La conclusión parece trágicamente sencilla. Si el Papa promueve estos actos -y todo indica que sí, pues ya lo hacía activamente cuando sólo era el Cardenal Primado- su conducta es ambigua y reclama con urgencia definiciones unívocas. Tendrá que elegir: o los adoradores de Jesucristo o los del demonio. O una iglesia evangélicamente pobre o una iglesia mancillada por los plutócratas judíos. No se puede servir a dos señores. Recemos para que Dios lo haga discernir rectamente y con prontitud. Es mucho lo que está en juego con tal discernimiento.

  Si el Papa fuera ajeno a estos últimos sucesos -algo improbable, pero que no queremos dejar de considerar como hipótesis por respeto y honestidad intelectual- los que han invocado su autoridad para consumar la profanación, sumarían un nuevo escándalo. Tal sería el del falso testimonio, reprobado en el octavo mandamiento.

  En cualquier caso (y teniendo en cuenta la reacción de los prelados medrosos, pidiendo perdón aquí y acullá, no por el acto profanatorio que consumaron en la Catedral, sino por el mal momento que tuvieron que pasar los judíos al haber presenciado a un puñado de rezadores de Jesucristo), es evidente que la Iglesia de hoy, en nuestra patria, no está conducida sino por las sirvientas de Caifás (Mt. 26,69). Sirvientas repugnantemente dóciles a los enemigos de Jesucristo, fámulas indignas del contubernio contra el Divino Redentor, fregonas de la Iniquidad, para cuyo repudio no sabemos hallar palabras suficientemente severas e irrevocables. El estupor es tan grande, la náusea tan creciente, la perplejidad tan dolorosa, la indignación tan inenarrable, que preferimos callar y rezar.

  Un conocido pasaje del evangelio joánico (Jn.8,57-59), recuerda el trágico momento en que los judíos apedrearon a Jesús porque este se les reveló como Dios.

  Bien estará que la Iglesia quiera extender hacia ellos su perdón, y que se muestre hospitalaria con los contritos y conversos, y hasta eleve a los altares a los mejores de quienes tal camino de la metanoia plena hayan recorrido. Pero para que tal gesto conciliatorio tenga lugar y feliz desenlace, primero los judíos deberán recoger una a una esas piedras arrojadas al rostro del Salvador. Deberán soldarlas con sus lágrimas, y levantar con ellas un gran altar en homenaje a Cristo Rey, arrodillándose ante Él.

  Acción santa y salvífica es que la Iglesia haya propuesto durante toda su historia la conversión de los judíos. Acción perversa es que la Iglesia quiera sumarse ahora al redil de los apedreadores, darles albergue en el mismo recinto santo e instar a los católicos a que se sientan cómodos en las sinagogas, entre cuyos muros se enseña precisamente a rechazar, a injuriar y a odiar a Jesucristo.

  Queremos judíos conversos, no católicos judaizados. Bienaventurados quienes sirvan de escudos a los pedruscos blasfemos lanzados contra el Redentor. Malditos sean quienes se sumen a los arrojadores sacrílegos de cantos o de riscos.



Nacionalismo Católico San Juan Bautista

lunes, 18 de noviembre de 2013

¿QUE ES EL MODERNISMO? – Por el P. Jean-Dominique O.P.

  Los juicios del magisterio de la Iglesia contra el modernismo son de una vehemencia impresionante.
  La doctrina calificada como:
-“veneno del error”,
-“monstruosidad”,
-“plaga terrible”,
-“perversión de espíritu”,
-“alimento envenenado”,
-“descalabro  universal de errores”,
-“resumidero de todas la herejías”, que “conduce al panteísmo” y a “la destrucción de la religión”.

  El juicio no es menos severo respecto a las personas: “Tenemos que luchar contra hábiles enemigos”, afirma el Papa San Pio X, “contra un género muy pernicioso de hombres, los modernistas”, que “traman la ruina de la Iglesia”. Estos adversarios están embargados  de una “sed de novedades”, poseen “una habilidad nueva y con frecuencia pérfida”, son “enemigos que se ocultan en el seno y en el corazón mismo de la Iglesia”, de un “alma pervertida contra la autoridad”, imbuidos de “desprecio para con el magisterio de la Iglesia”, el cual socavan hasta sus fundamentos “afectando aires de sumisión” y “disimulando bajo apariencia exterior de acatamientos una audacia ilimitada”. Así, los modernistas son tanto más de temer cuanto que “su insidiosa táctica consiste en no presentar jamás sus doctrinas metódicamente y en conjunto”.
 
¿Qué es el modernismo, que amerita tamaña condenación?

El término “modernista” nos provee una indicación sobre la naturaleza misma de esta herejía. En efecto, “moderno” significa aquello que pertenece o conviene al tiempo presente o a una época relativamente reciente. En consecuencia, el modernismo consiste en la tendencia a conciliar la exégesis cristiana con los presupuestos de la crítica histórica y la filosofía moderna.

  Esta definición  - es verdad – es insuficiente, pero pone en evidencia el carácter general del modernismo. Antes que nada, el modernismo – como indica su nombre – quiere ser moderno, quiere adaptarse al gusto del día; no quiere quedar al margen de la sociedad. La Iglesia – dice – debe adaptarse a las costumbres y a la manera de pensar de la época, las cuales nacieron de una filosofía racionalista y subjetivista. El modernista “amalgama en sí el racionalista y el católico” dirá San Pio X. “Imbuidos de la filosofía moderna, se dedican a conciliar ésta con la fe y emplearla, según dicen, en provecho de la fe”. Por decirlo de alguna manera, el modernista querrá hacer maridaje entre la fe tradicional y las novedades salidas del Protestantismo y de la Revolución dándole así renovada fecundidad.  

  El modernista quiere que esta unión sea total. Lejos de subordinar el pensamiento humano a las exigencias de la fe, pide a la Iglesia que tome la filosofía contemporánea tal como ella es. El dato revelado en conjunto debe ser vuelto a pensar y renovado a la luz de las novedades. Es probable que se conserve el lenguaje tradicional, pero se le dará un sentido nuevo. “Juagan que es absolutamente necesario que la teología sustituya las antiguas nociones por nuevas, a resultas de las diversas filosofías de las que, según los tiempos aquella se sirve como instrumentos”.

  El modernismo, en consecuencia, aparece a primera vista como una pretensión de poner al día a la Iglesia, en el sentido de una adopción sincera de los datos de la filosofía reinante. De allí que sea más bien un estado de espíritu, con frecuencia difícil de precisar, una especie de transfusión de sangre al cuerpo de la Iglesia que debe conducir a un cambio radical y permanente.

PRINCIPIOS DEL MODERNISMO

  ¿En qué consiste esta nueva filosofía, que ejerce tanta fascinación al modernista? Con mucho criterio, el Papa San Pio X la resumió en dos términos: agnosticismo e inmanencia vital. ¿De qué se trata esto?

  La palabra “agnosticismo” está formada por el privativo “a” y la raíz “gnosis” o conocimiento. En sentido amplio, agnóstico es aquel que niega que la inteligencia humana tiene la facultad natural de conocer la realidad tal como es. El hombre debería contentarse con la percepción de los fenómenos, la apariencia de las cosas y hacerse una imagen. No puede pretender conocer la naturaleza y las leyes metafísicas de lo real. Más precisamente y como consecuencia, el agnosticismo enseña que el hombre no puede conocer la existencia de Dios por medio de la razón.

  Extendiendo este principio el modernista llegará a afirmar que el camino que conduce al hombre a Dios ya está cerrado en el propio orden natural. Corta – si puede decirse así – al hombre de Dios, construyendo una espesa capa de cemento entre naturaleza y Creador, entre tierra y cielo. No solamente la inteligencia no puede conocer a Dios (la inteligencia humana debe circunscribirse a la naturaleza y ella misma, de modo que los individuos y las sociedades viven en referencia a Dios), sino también Dios mismo ya no puede entrar en contacto con el hombre (ya no son posibles ni la encarnación, ni la revelación, ni los milagros): “la historia del género humano se explica sin referencia alguna a Dios”.

  Se reconoce también al agnóstico por su desprecio por la verdad objetiva y las definiciones claras y definitivas. Además, el desprecio de la inteligencia lo conduce al relativismo y el liberalismo. ¿Cómo juzgar si una doctrina es falsa si se está privado de todo criterio objetivo? Entonces aparece una dificultad: ¿Dónde encontrará el hombre las convicciones religiosas de que tienen necesidad? ¿Dónde está la fuente de este fenómeno que se encuentra en todas las culturas, en todas las épocas y que se llama “religión”?

  Dado que no puede venir de Dios (agnosticismo), no puede sino provenir del hombre. Éste segundo principio modernista tomado de la filosofía moderna, aquella de la inmanencia vital. Vida religiosa, fe y relación con Dios, son reducidas a una experiencia interior, a un sentimiento, a una conciencia, a una auto-realización. “La doctrina de la inmanencia, en el sentido modernista, afirma y profesa que todo fenómeno de conciencia proviene del hombre en tanto hombre”. “Cerrado todo camino hacia Dios de parte de la inteligencia (agnosticismo), se empeñan en abrir otro por parte del sentimiento y de la acción”, es decir, la experiencia. “El Sentimiento religioso, que sale así por medio de la inmanencia vital de las profundidades del inconsciente, es el germen de toda religión, tanto como es razón de todo lo que ha sido y será siempre toda religión”.

  El modernista, en otros términos, es como un autista, que privado de todo contacto con el mundo exterior, está abandonado a sí mismo y a sus sentimientos. Privado del conocimiento de lo real y de la causa primera en virtud de su agnosticismo, cree poder encontrar en sí mismo el motor de su progreso. Es invitado a superarse, a fabricar su vida y su religión dando rienda libre a si sentimiento religioso. Esto es lo que los filósofos modernos califican como “acto trascendental”.

  Una consecuencia inmediata es el ecumenismo. Dado que el hombre fabrica su religión y que es el maestro de su aproximación a Dios, para unir a los hombres y acercarlos a Dios será suficiente que cada uno siga su conciencia, que practique su propio culto, sea el que fuere, poniendo en obra su inmanencia vital. De este modo todos serán más hombres, construirán todos juntos la humanidad y se unirán a otros hombres, avanzando todos hacia la misma cima transitando su propio camino.

LA RELIGIÓN MODERNISTA

  ¿En que se transforma la religión católica después de haber sido examinada y corregida por semejante filosofía? Preguntemos al modernista:   

¿QUÉ ES LA FE?
  La fe católica es una virtud sobrenatural infundida por Dios, que confiere a la inteligencia la certeza sobrenatural de las verdades reveladas. El modernista la transforma en un sentimiento proveniente “de las profundidades de la subconsciencia”, en “una experiencia individual”, en “cierta intuición del corazón”. Las formulas del dogma no son más que “símbolos” que no conviene utilizar sino en la medida en que sostienen y desarrollan el sentimiento religioso de cada uno.

¿QUÉ ES LA REVELACIÓN?
  En lugar de ser una enseñanza de Dios que habla con autoridad por medio de Jesucristo, los Profetas y los Apóstoles, la revelación del modernista se reduce a “un sentimiento que aflora en la conciencia”, a una experiencia de lo divino que dice algo de Dios y está a disposición de todos.

¿QUÉ ES LA TRADICIÓN?
  La Tradición, esto es, la transmisión de las verdades hecha por la Iglesia, se transforma en “la comunicación hecha a los demás de cierta experiencia original por medio del órgano de la predicación”.
  El rol del magisterio consiste solo en despertar en los demás, mediante el buen ejemplo y la palabra, este sentimiento religioso que cada uno lleva en sí, en “lo profundo de su naturaleza y su vida”.

¿QUÉ ES LA IGLESIA?
  Mientras la Iglesia Católica es la sociedad jerárquica de los bautizados, fundada por Cristo, unidos por la verdadera fe, los sacramentos y la obediencia a una autoridad visible, los modernistas la deformarán en una “colección de ciencias individuales” que imitan el sentimiento religioso de Jesucristo. Es una “emanación vital de la conciencia colectiva”. Lejos de ser una y visible, la Iglesia es indefinible y no susceptible de ser conocida. Ser católico implica revivir la inmanencia vital de Cristo-hombre, es ser hombre como Cristo. Se suprime la diferencia entre clérigos y laicos, como así también los límites visibles de la Iglesia.

¿QUÉ ES EL PAPA?
  Para el modernista, la autoridad es un árbitro al servicio de la paz, que permite a cada uno la libre expansión de su propio sentimiento religioso.
  El Papa y ano es el Vicario de Cristo, dotado del poder supremo de jurisdicción y magisterio. Está al servicio de la inmanencia vital de cada uno.
  Es el portavoz de la conciencia colectiva y se esfuerza por mantener un equilibrio entre las fuerzas vivas existentes en el interior de la Iglesia, asegurando “los cambios y progresos” gracias a “una suerte de compromiso y transacción entre la fuerza conservadora (la Tradición) y la fuerza progresista”.

¿QUÉ ES EL CULTO?
  El culto y los sacramentos no tienen el valor teocéntrico que les son debidos. “No han sido instituidos más que para nutrir la fe”, es decir, “para avivar y activar” el sentimiento religioso individual.

CONCLUSIÓN

  ¡Qué es lo que queda en definitiva, después de esta relectura de la fe y de la Iglesia bajo el prisma de la filosofía agnóstica y subjetivista?
 
  El hombre, nada más que el hombre, el culto del hombre, la persona humana erigida en absoluto y que se dedica a construir en sí la humanidad mediante su “experiencia religiosa”.

  Una palabra pude resumir esta nueva religión: ingratitud. Ingrato, en efecto, es quien ignora o niega la gratuidad de los dones que le son hechos. Comienza por contrariar y destruir lo que se le ofrece.

  Este es el hecho de la duda agnóstica. Después, pretende poder alcanzar por sí mismo el objeto de sus deseos. Si acepta ciertos dones, es porque le son debidos y los ha merecido o conquistado por sus propias fuerzas: ya no son gratuitos. Es lo que pretende hacerse con la inmanencia vital. A este título, el modernismo hace gala de su nombre. Coincide con el espíritu de su época, a la cual es inherente una profunda ingratitud para con Dios y con la Iglesia. A esta ingratitud de los hombres debe corresponder la profesión pública de la gratuidad de los dones de Dios.

P. Jean Dominique, O.P. Publicado en “Le Chardonnet. N°229. Junio de 2006.
Visto en: Revista Iesus Christus N° 112. Julio Agosto 2007.


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

viernes, 15 de noviembre de 2013

La Contra-Iglesia del Anticristo – Por Mons. Fulton Sheen

  El Anticristo no será llamado así; de otra manera no tendría seguidores. El no usará medias rojas ni vomitará azufre, ni llevará un tridente ni tendrá una cola puntiaguda como Mefistófeles en Fausto. Esa mascara ayudó al Diablo a convencer a los hombres que no existe. Cuando nadie lo reconoce, más poder ejerce. Dios se definió a sí mismo como “Yo soy el que soy”, y el Diablo como “Yo soy el que no soy

  En ningún lugar en las Sagradas Escrituras encontramos  asidero para el mito del Diablo como si fuera un bufón y como el primero en vestir de “Rojo”. Más bien se lo describe como un ángel caído del cielo, como “El Príncipe de este mundo”, cuya misión es decirnos que no hay otro mundo. Su lógica es simple: “si no hay Cielo, no hay Infierno; si no hay Infierno, entonces no hay pecado; si no hay pecado, entonces no hay ningún juez, y si no hay juicio entonces lo malo es bueno y lo bueno es malo”. Pero por sobre todas estas descripciones, Nuestro Señor nos dice que va a ser tan parecido a Sí mismo que engañará, aún a los escogidos – y ciertamente nunca se vio que una imagen en libros de un demonio, pudiera engañar aún a los escogidos. ¿Cómo vendrá entonces en esta nueva era para conseguir seguidores para su religión?

  La creencia de la Rusia Pre-comunista es que vendrá disfrazado como un Gran Humanista, que hablará de paz, prosperidad y abundancia, no como un medio para llevarnos a Dios, sino como si fueran fines en sí mismos…

  …La tercera tentación en la cual Satanás le pidió a Cristo que lo adorara y todos los reinos del mundo serían suyos, se convertirá en la tentación de tener una nueva religión sin Cruz, una liturgia sin un mundo para atraer, una religión para destruir la religión, o una política que es una religión – una que dé al Cesar incluso las cosas que son de Dios.

  En el medio de todo este aparente amor por la humanidad y su discurso superficial de libertad e igualdad, él tendrá un gran secreto que no le dirá a nadie: él no creerá en Dios. Porque su religión será la fraternidad sin la paternidad de Dios, él engañará aún a los escogidos. Él va a crear una contra-Iglesia que será la mona de la Iglesia,  porque él, el Diablo, es el mono de Dios. Tendrá todas las notas y las características de la Iglesia, pero a la inversa y vaciada de de su Divino contenido. Será el cuerpo místico del Anticristo que se parecerá en todo lo exterior al cuerpo místico de Cristo...

… Pero el siglo XX se unirá a la contra-Iglesia porque éste afirma ser infalible cuando su cabeza hable ex cathedra desde Moscú en materia de economía y política, y como pastor principal del comunismo mundial.


FULTON SHEEN  - “El Comunismo y la Conciencia de Occidente” Bobb-Merril Company, Indianapolis, 1948 pags.24 a 25.

Visto en:  lasalettejourney.blogspot.com
Traducción: Augusto TorchSon


Nacionalismo Católico San Juan Bautista

miércoles, 13 de noviembre de 2013

Profanación de nuestras catedrales y la mentira del Kistallnacht – Por Antonio Caponnetto


   Nota de NCSJB: Ante una nueva profanación de la Catedral de Bs.As. a manos de la masonería judía de la B’nai B’rith, trascribimos un artículo del años 2009 del Dr. Antonio Caponnetto, que trae un poco de luz a los hechos que justifican este infame y apóstata acto, que este año se repitió ya como un acto de claudicación definitiva ante los enemigos de la fe católica y de la humanidad misma.

  Felicitamos a los pocos, pero fieles defensores de los derechos de Cristo, que fueron a rezar manifestando su desacuerdo con esta profanación, y que fueron calificados por el diario sionista La Nación (ver aquí) como nazis y fundamentalistas no católicos.

Augusto TorchSon



AÑO TRAS AÑO, LA MISMA MENTIRA – Antonio Caponnetto

 La Noche de los Cristales Rotos
  El próximo lunes 9 de noviembre  (2009) —si la ira justiciera de Dios no dispone lo contrario— la Iglesia de Santa Catalina de Siena, de nuestra Ciudad de Buenos Aires, sufrirá un gravísimo agravio, como lo padeciera la Catedral Metropolitana en años anteriores, ante las mismas circunstancias.  Para que el dolor resulte aún más lacerante, los primeros responsables de tamaña profanación serán nuestros propios pastores.

  Se trata de una falsa celebración ritual que se ha vuelto pecaminosa e impune costumbre. La Arquidiócesis de Buenos Aires, por un lado, mediante su Comisión de Ecumenismo y Diálogo Interreligioso; y la tenebrosa B’Nai B’rith por otro, co-celebrarán una “liturgia de conmemoración” en el “un nuevo aniversario de la Noche de los Cristales Rotos”. Tamaño oficio religioso —según lo anuncia regularmente la invitación oficial de rigor— suma, además, los auspicios y las adhesiones de una diversidad de instituciones judaicas, unidas todas con la jerarquía católica nativa para “honrar y recordar” a las víctimas de “los nazis” que “en la noche del 9 de noviembre de 1938, profanaron y destruyeron más de 1000 sinagogas, mataron a decenas, encarcelaron a 30.000 judíos en campos de concentración [saqueando]negocios y empresas”. El convite oficial correspondiente al 2009, por su parte, agrega que el episodio recordado “significó el inicio de la Shoa […] que llevó a la muerte a más de seis millones de judíos, entre ellos un millón y medio de niños” (Cfr.AICA, 3-XI-09); esto es, el mito completo y canonizado, presentado con la misma categorizacion dogmática de siempre, contra las más elementales reglas de la estadística demográfica objetiva.

  El hecho, por donde se lo mire, constituye una mentira infame y una abominación que clama al cielo.

Sucesión de imposturas
  Mentira es que se acuse, sin más, a los nazis, de los luctuosos y reprobables hechos conocidos como la Kristallnacht o Noche del Cristal, repitiendo por enésima vez la versión institucionalizada por la propaganda sionista, el aparato soviético y las usinas aliadas, ya varias y científicas veces rebatida en sólidos trabajos como los de  Ingrid Weckert, “Crystal Night 1938”, o “Flash Point, Kristallnacht 1938. Instigators, victims and beneficiaries”.

  Mentira es que se oculte el asesinato, a manos del judío Herzel Grynszpan, del diplomático alemán Ernst von Rath, cuya alevosía —sumada a otras acciones judaicas de similar tono— motivó la reacción violenta contra los israelitas aquella noche trágica y condenable. Mentira es que se calle la evidente responsabilidad —tanto en el crimen de otro funcionario alemán, Wilhelm Gustloff, como en el aprovechamiento político de los desmanes— de la siniestra Ligue Internationale Contre l’Antisémitisme (LICA), sobre cuyo mentor Jabotinsky podrían escribirse páginas de negras acusaciones.

  Mentira es que se silencien las fundadas sospechas de la provocación intencional de este pogrom por la mencionada LICA, eligiéndose cuidadosamente para su estallido la noche del 9 de noviembre, fecha emblemática en la historia del Partido Nacionalsocialista. Mentira es que se escamoteen arteramente los repudios públicos y privados, enérgicos todos, de los principales dirigentes nacionalsocialistas a aquella jornada de desmanes y tropelías, que incluyen declaraciones de Goebbels, Himmler, Hess y Friedrich de Schaumburg; así como órdenes expresas de reponer el orden y de castigar a los culpables, a cargo del mismo Hitler, de Viktor Lútze, jefe de las S.A, y del precitado Goebbels, en su famoso discurso de la madrugada del 10 de noviembre. Mentira es que se omita el Protocolo del 16 de diciembre de 1938, firmado por el Ministro del Interior de Hitler, Dr. Whilhelm Frick, repudiando tajantemente el criminal atropello, no sin analizar seriamente sus reales motivaciones.

  Mentira es que se hable de “1000 sinagogas destruidas”, cuando no llegaron a 180, a manos de una chusma incalificable, y de “30.000 judíos encarcelados en campos de concentración”,cuando 20.000 fueron los detenidos para su propia protección, y liberados pocos días después de aquella demencia nocturna, según consta en el Informe de R. Heydrich del 11 de noviembre de 1938, aceptado en el “juicio” de Nuremberg.  Mentira canallesca, al fin, la que se asienta en el anuncio oficial de la invitación al recordatorio, y según la cual “el mundo se mantuvo en silencio”. En el mundo entero no se habló de otra cosa que de la supuesta barbarie germana, movilizándose más de 1500 diarios en 165 países, como bien lo relata Salvador Borrego. Hasta tal punto que con razón pudo decir Schopenhauer que “si se le pisa un pie a un judío en Francfort, toda la prensa, desde Moscú hasta San Francisco, levanta vivas manifestaciones de dolor”.

  Como consecuencia de la trágica noche –cuyo vilipendio no dejamos de subrayar- consiguiéronse ipso facto ventajosos acuerdos de emigración para los judíos alemanes hacia Palestina, lo que se consumó ese mismo año 1938, con un número aproximado de 117.000 hebreos.  El mismo Hitler envió a Hjalmar Schacht a Londres para que gestionara la recepción de 150.000 judíos, mientras el presidente Roosevelt reunió en Evian-les-Baine a representantes de 32 naciones para organizar la preservación de los hebreos.

  Los tres objetivos sionistas se habían cumplido con creces: la difamación sin retorno del régimen nacionalsocialista, el principio del movimiento internacional que llevaría a la caída del Tercer Reich, y el abandono de su tierra natal, Alemania, de los israelitas allí radicados, trazándose cuidadosamente el plan de ocupar Palestina. ¿A quién benefició aquella noche de sangre y fuego? ¿Quiénes la tramaron realmente, si los más destacados jerarcas del Nacionalsocialismo se quejaron amargamente de la misma y ordenaron su inmediato cese?

Defendamos la Verdad
  Somos católicos, y se nos crea o no, lo mismo da, nuestras espadas no se cruzan por defender una ideología sobre la cual han recaído oportunas, legítimas y sucesivas reprobaciones pontificias. Pero por modestos y mellados que puedan estar nuestros aceros, saldrán siempre en defensa de la verdad histórica, de los vencidos de 1945, a quienes ningún alegato en su defensa se les permite. Y saldrán siempre en repudio y en ataque de la criminalidad judaica, por cuyas víctimas, que suman millones —sí, decenas de millones— no hay un solo obispo viril que quiera rezar un sencillo responso.

  Mentiras múltiples, por un lado, decíamos. Pero abominación que clama al cielo, por otra. Y esto es lo más desconsolador, porque peor que la falsificación del pasado es la falsificación de la Fe. Lo primero es oficialismo historiográfico y puede tener el remedio del buen revisionismo. Lo segundo es la entronización del Anticristo y sólo hallará el remedio definitivo con la Parusía.

  En efecto; nada les importa a los obispos que las entidades judaicas con las que se unirán en esta parodia litúrgica, tengan un amplio y ruinoso historial de militancia anticatólica. Nada les importa que la B’nai Brith sea sinónimo documentado de malicia masónica, mafia mundial, ideologismo revolucionario y plutocratismo expoliador y artero. Nada les importa si una de esas instituciones, el Seminario Rabínico Latinoamericano, amén de su frondoso prontuario sionista y marxista, ostente con insolencia el nombre público de Marshall Meyer, conocido y castigado otrora por su flagrante inmoralidad. Nada les importa que uno de los co-celebrantes de la parodia ritual, junto con el inefable Padre Rafael Braun, sea el Rabino Alejandro Avruj, Diretor Ejecutivo de Judaica, organización que se exhibe ostensiblemente “en red” junto con JAG (Judíos Argentinos Gays) para propiciar públicamente las uniones “maritales” entre degenerados (cfr. http://jagargentina.blogspot.com , y Agencia Judía de Noticias, 30-6-08). Nada les importa a estos pastores devenidos en lobos, que todas y cada una de estas entidades, hoy llamadas a una concelebración farisea y endemoniada, hayan sido y sean la prueba palpable del odio a Cristo, a su Santísima Madre y a la Argentina Católica.

La herejía judeo-cristiana
  No; lo único que les importa es consolidar la herejía judeo-cristiana, convertirse en sus acólitos y adalides, y exhibirse impúdicamente ante la sociedad, no como maestros de la Verdad, crucificados por ella, sino como garantes del pensamiento único, tramado en las logias y en las sinagogas. Bergoglio el primero, y tras él sus diversos heresiarcas —más o menos activos o pasivos, acoquinados o movedizos— no quieren ser piedra de escándalo ni signo de contradicción, ni sal de la tierra y luz del mundo. Quieren ser funcionarios potables a la corriente, empleados dóciles de la Revolución Mundial Anticristiana.

  Dolorosamente hemos de acotar —como hijos sufrientes y perplejos de la Santa Madre Iglesia— que en tal materia, el mal ejemplo llega de la misma Roma, desde donde parten y se extienden las más innecesarias majaderías y adulaciones a los deicidas. Empezando por la más grave de todas, cual es precisamente la de exculparlos del crimen del deicidio, renunciando a su conversión.

  Nuestro respeto es sincero y creciente por los tantos Natanaeles, en cuyos corazones no hay dolo, según lo enseñara el Señor. Nuestra veneración es mayúscula hacia aquellos que, como los gloriosos hermanos Lémann, Sor Teresa Benedicta de la Cruz, el inmenso Eugenio Zolli, o nuestro cercano Jacobo Fijman abandonaron las tinieblas para arrodillarse contritos —victoriosos en su metanoia— ante la majestad de Cristo Rey.

  Pero nuestra guerra teológica sigue siendo sin cuartel y declarada contra este sincretismo indigno, ilegítimo y herético, cuyos fautores eclesiásticos —ya hueros de todo temor de Dios y de toda genuina fe neotestamentaria— no trepidan en ofrecerles a los enemigos de la Cruz  uno de los templos más emblemáticos de la Ciudad, otrora llamada de la Santísima Trinidad. Hospitalarios con los perversos para celebrar la mentira, quede marcado para ellos el estigma irrefragable de quienes traicionan el Altar del Dios Vivo y Verdadero.

Decírselo en la cara
  En la Homilía pronunciada durante la Misa Arquidiocesana de Niños en el Parque Roca, el pasado 24 de octubre, entre murgas y marionetas gigantes -según la noticia oficial- el Cardenal Primado, con esa facilidad ilimitada que posee de aplebeyarlo todo, les dijo a los pequeños: ”Nunca le saquen el cuero a nadie. Si ustedes le tienen que decir algo a alguien, se lo dicen en la cara”.

  Se lo estamos diciendo en la cara, Eminencia, pero ¿cuál es la parte que no entiende? ¿Qué no se puede cometer sacrilegio, que no se debe homenajear una mentira, que no es posible la unidad de los opuestos y la coyunda con los enemigos de la Cruz, que no se debe permitir la concelebración de un ritual mendaz entre un modernista cripto judío y un hebreo  promotor de la contranatura, que es inadmisible profanar un antiguo templo porteño para cultivar la obsecuencia con el poder judaico? ¿Cuánto más cara a cara tenemos que seguir proclamando estas dolientes verdades para que sean inteligidas?

  Con palabras eternas del Evangelio les llegue, a los intrusos del lunes 9 de noviembre y a quienes les abren las puertas, la admonición jamás periclitada: “¡Matásteis al Autor de la Vida, crucificásteis al Señor de la Gloria!”.

  Con palabras veraces seguiremos repitiendo lo que todos cobardemente callan: el único holocausto de la historia, lo tuvo a los judíos por víctimarios y a Nuestro Señor Jesucristo por víctima inmolada.

  Con palabras de Santa Catalina de Siena –la dueña de casa del Convento que profanarán estos malditos-  repetiremos en alta voz: “Gracias, gracias sean dadas al Dios Soberano y Eterno, que nos ha colocado en el campo de batalla para luchar como valientes caballeros por Su Esposa, con el escudo de la Santa Fe”

Con palabras del martirologio seguiremos proclamando:

“Cristo Vence, Cristo Reina Cristo Impera. ¡Viva Cristo Rey!”

Antonio Caponnetto


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lunes, 11 de noviembre de 2013

Liberalismo según el Cardenal Pie – Por P. Alfredo Saenz

  Entre los diversos slogans que la Revolución hiciera circular, ninguno más convocante que el de la libertad: libertad de pensamiento, libertad de prensa, libertad de religión. Para el Card. Pie el común denominador de todas esas libertades, tal cual las entendía su tiempo, es lo que llama “la libertad de blasfemia”. Transcribamos el texto: “Se la ha llamado diversamente. Como Satán que es su padre, el mundo es natural y forzosamente mentiroso. Si se viese obligado a hablar claramente y llamar a las cosas por su verdadero nombre, caería en la impotencia y la muerte; la verdad lo mata, y la luz le resulta mortal. Vive de mentiras, mentiras y equívocos en las palabras. Esta libertad impía se llamó pues libertad de conciencia, libertad religiosa, libertad de pensamiento, libertad de prensa, pero, de hecho, y, en verdad, de derecho, era la libertad de blasfemia”. Encontramos así en la calle al blasfemo erudito y al blasfemo ignorante, al blasfemo burlón y al blasfemo cínico, al blasfemo sereno y al blasfemo entusiasta.
 
  Esta reflexión trae al Cardenal el recuerdo de aquella visión que San Juan describe en el Apocalipsis de una mujer vestida de rojo, sentada sobres una bestia roja, “llena de nombres de blasfemia: “plenam nominibus blasphemiae” (Ap. XVII, 3). Dicha mujer simboliza la ciudad de los malvados, que la Escritura llama “Babilonia”, y en otro lugar, “la Iglesia de los que traman el mal” (Ps. XXV, 5) o también “la Sinagoga de Satanás” (Ap. II, 9). Tal sociedad –la ciudad del demonio-, nacida del pecado, durará hasta el juicio postrero, y es por tanto contemporánea de todos los siglos. Sin embargo, anota Pie, entre tantas vicisitudes por las que el curso de la historia y la actitud de los hombres le hacen pasar, tiene, por así decirlo, sus edades de oro, en que todo le viene en su ayuda, en que su reino es más libre y extendido, en que parece triunfar de la ciudad de Dios. Cristo mismo aludió a un momento semejante, la hora más terrible de la historia, paradigma de todas la horas oscuras: “Esta es vuestra hora y el poder de las tinieblas” (Lc. XXII, 53). Pues bien, nuestra época da libre cauce a las tinieblas, y en cierto modo las institucionaliza al gobernar el tejido social no sobre la base de la verdad sino sobre la base de la libertad.

  El liberalismo o, mejor dicho, el sedicente liberalismo, no es sino la concreción de dicha conciencia libertaria. “El liberalismo, diremos con San Agustín en su epístola 101, es la palabra favorita de los que son esclavos de toda suerte de pasiones. ¿Qué decir pues a esos hombres, alimentados de iniquidad y de impiedad, y que se glorían de haber sido educados liberalmente, sino lo que está escrito en un libro eminentemente liberal: Si el Hijo os libra, entonces seréis verdaderamente libres? (Ju. VIII, 36). En efecto, es Jesucristo y su Iglesia quienes nos hacen reconocer lo que hay de verdad en los principios calificados de liberales por hombres que no han sido llamados a la libertad; porque tales principios en nada están conformes con la libertad sino en lo que tienen de conformes con la verdad; por ello el mismo Hijo de Dios ha dicho: Y la verdad os hará libres (Ju. VIII, 38)”

  …El liberalismo, en el mejor de los casos, “tolera” que Jesucristo sea reconocido en la sociedad, con tal que renuncie a ser la única verdad, que renuncie a su realeza, que abdique. Incluso los liberales católicos aceptan vivir en un sistema de reticencias que difícilmente podrán explicar el día del Juicio ante Aquel que dijo: “Quién me haya proclamado y confesado ante los hombres, yo también los lo proclamaré y confesaré ante mi Padre celestial” (Mt. X, 32). La gente de nuestro tiempo se sigue reconociendo cristiana, aunque sea por inercia, dice Mons. Pie, y por tanto el cristiano, que se codea todos los días con otros cristianos, tiene espontáneamente mil ocasiones de declararse tal. Sin embargo el católico liberal, que encierra su fe en el reducto de su corazón, cuando termine su vida advertirá que ha hablado de todo, pero no se atrevió a hablar de la realeza de Cristo, mantuvo la verdad cautiva, la oprimió con su injusto silencio, no la proclamó “para no herir la libertad de los demás”. A estos cristianos camuflados Cristo les dirá en su momento: “No os conozco: nescio cos” (Mt. XXV, 12). “Casi sin quererlo vienen a mi recuerdo aquellos gerasenos de que se habla en el capítulo 8 de San Mateo. Más de una vez, los judíos habían experimentado la tentación de usar la violencia contra Jesús y habían tratado de lapidarlo. Aquéllos, más prudentes y moderados, habiendo visto los prodigios obrados por Cristo, le rogaron suavemente que pasase más allá de sus fronteras: Et rogabant eum ut transiret a finibus eorum (Mt. VIII, 34)". No de otra manera se comportan los liberales, principalmente los que pretenden seguirse llamando católicos. En modo alguno atacan a Cristo, más aún, lo aceptan en su fuero íntimo, peor nada hacen para que sea reconocido como rey, señalan límites a un imperio que no conoce fronteras.

ALFREDO SAENZ – “El Cardenal Pie” Lucidez y coraje al servicio de la verdad – Gladius Bs.As. 2007. Pags. 308 a 311.


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sábado, 9 de noviembre de 2013

TV, Política y Grupos Financieros - Por José Javier Esparza

  ¿Estamos en manos de unos pocos individuos dotados de un extraordinario poder gracias a la propiedad de los medios de comunicación? Sí y no. El lector extraería una conclusión apresurada si creyera que aquí estamos defendiendo la tesis de que los aparatos políticos - los partidos por ejemplo – son meros peleles en manos de los grandes trusts mediáticos. Hay, ciertamente, casos concretos en que esto ha sido así, pero no es lo común. Aquí hay que insistir en la figura de la “constelación de intereses”, que es la fórmula con la que Max Weber definía el poder en las sociedades industriales avanzadas:  la relación entre los poderes mediático, político y financiero no es vertical, de obediencia, sino horizontal, de comunidad de intereses. Por ejemplo, un poderoso empresario de televisión se vería en graves aprietos si no mantuviera relaciones estrechas con los aparatos políticos que deciden la regulación legal del espacio radioeléctrico y con los grupos financiero que conceden gigantescos créditos a las operaciones empresariales. Un líder político vería gravemente mermado su poder si no tuviera vínculos con grupos de comunicación que pueden servir de portavoces para su imagen ni con grupos financieros que prestan dinero para las campañas electorales. Y del mismo modo, un opulento banquero quedaría en situación poco airosa si careciera de influencia en los medios de comunicación o en los poderes políticos y administrativos del Estado. La nueva configuración del poder es interdependiente. Y tampoco se trata de una sola estructura: hay varios poderes políticos vinculados con una variedad paralela de poderes mediáticos, financieros o industriales. El nuevo feudalismo del poder en las sociedades posmodernas es un feudalismo sin rey: no hay nadie que gobierne la Corte. Excepto el dinero.


JOSÉ JAVIER ESPARZA “Informe sobre la televisión” (El invento del Maligno) – Criterio Libros – Madrid 2001 - Pags. 167-168


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miércoles, 6 de noviembre de 2013

Breve reflexión sobre el antisemitismo - Por Rubén Calderón Bouchet

  Es un tópico hablar hoy del anchuroso espacio que ocupa la mentira, de tal modo se ha hecho carne en nosotros el no llamar a las cosas por su nombre que la sola pretensión de poner en las palabras usuales una cierta claridad y precisión significativa, aparece como una manifiesta intención de herir la susceptibilidad de alguien o corregir la plana de algunos de esos mensajes mendaces a los que son tan aficionados los representantes oficiales de cualquier institución, empezando por las eclesiásticas y terminando por las estatales. El tema del holocausto judío figura en todos los diarios e inspira una serie de escritos entre la fauna más heterogénea de los plumíferos profesionales, que querer comprender lo que quieren decir supone un esfuerzo por encima de las posibilidades de cualquier caletre empeñado en tener una idea clara del asunto.

  El mismo término judío tiene una serie de significaciones tan poco precisas como cargadas de sentimientos dispares, que hacen más difícil un uso semántico seguro. Se aplica a una religión, a un pueblo, a una raza, a una nación o a una actitud existencial frente a la figura de Cristo. Por supuesto que todas, y cada una de tales designaciones puede entrar con su carga de denuestos, zalemas, adulaciones e insultos sin que ninguna termine de satisfacer al implicado que, como Simone Weil, no se sentía señalada específicamente por ella y esto aumentaba su perplejidad al sentirse perseguida por algo que jamás había hecho suyo, con perfecta conciencia de sus implicaciones.

  Esta tribulación declarada por Simone Weil ante Gustave Thibon, debe haber sido la de muchos otros en condiciones semejantes que, si bien se consideraban implicados en una persecución general, no lograban comprender muy bien a título de qué se los perseguía: no tenían fe religiosa, no eran sionistas, estaban dispuestos a mezclar su sangre sin grandes inconvenientes, era tan indiferentes con respecto a Cristo como lo eran con respecto a Abraham del que se decían descendientes; carecían de dinero y no conseguían créditos con más facilidad que cualquier otro.

  ¿Tenían aspectos de judíos? Generalmente sí, y esto los ponía en situación de ser marcados con una prontitud que hubieran deseado menos rápida.

  De cualquier modo y cualquiera fuere su consistencia ideológica existe un “lobby”internacional judío que hace sentir una presión tan fuerte sobre la Iglesia Católica, que ha inspirado modificaciones en los misales y hasta se habla de una depuración del Evangelio de Juan, acusado de inspirar los peores sentimientos anti-semitas.

  Y hete aquí una nueva locución que ha entrado en el vocabulario moderno para mayor confusión de las mentes y entender la amplitud de los sentimientos contrarios al judío con una designación que abarca todos los pueblos que hablan una lengua de origen semítico: árabes, coptos, sirios, arameos, libaneses, etc. Hoy, el anti-semitismo es un movimiento de repulsa tan universal que no creo que exista una persona capaz de abarcarlo en toda su plenitud de una sola corazonada, por mucha confianza que tengamos en la capacidad difusiva del odio.

  El judío existe, probablemente no es ninguna de esas cosas que señalaba Simone Weil, pero hace sentir su presencia con tal fuerza y con tanta tenacidad sobre la Iglesia Católica que nos hace pensar que existe, precisamente, para el castigo y la confusión del clero modernista, que hace toda clase de concesiones y cumplidos para atraer la simpatía de esta agrupación humana, siempre dispuestos a someterla a un juicio definitivo ante el tribunal de la historia.

  Es verdad que no todos los judíos son ricos, pero el “lobby” lo es y el Tribunal de la Historia como la misma Iglesia, suele ser muy sensible a un montón de dólares bien distribuidos. Al fin de cuentas, ¡qué diablos!

 Somos judeo-cristianos y esto está escrito en los documentos pontificios y lo afirman la pléyade de teologillos que se suponen administradores titulares de las verdades conciliares.

  Es una designación muy nueva y no parece tener un gran apoyo en las Sagradas Escrituras que, como todos ustedes saben, han sido demasiado influidas por el anti-semitismo de Juan y Pablo, ambos solemnemente empeñados en llamar “judíos” a los que se oponían abiertamente a Cristo y señalar como “hebreos” a los miembros del pueblo de Israel que podían hallarse en una actitud de perplejidad frente a la figura de Jesús de Nazareth.

  Si esto así es, tenemos que “judío” es el hebreo que no admitió que Jesús fuera el Mesías y complotó con los saduceos y los fariseos para lanzar contra Él una condena de muerte en la cruz. De esta manera hablar de religión judeo-cristiana es un absurdo y una manifiesta contradicción en los términos, en primer lugar porque la religión es la revelación de Dios y no un artilugio fabricado por los hombres, de manera que el término judía para señalar la procedencia nacional del producto no resulta conveniente.

  En segundo lugar, si llamamos judío al hebreo que rechazó el mesianismo de Cristo no podemos envolverlo en la responsabilidad de aquello que combatió con denuedo. El judío puede ser culpable de la muerte de Cristo pero no de su culto al que expresamente, y en todas las oportunidades que tuvo, trató de destruir.

  ¡Ah! ¡Entonces usted es anti-judío y por ende también anti-semita y casi seguramente nazi!...

   No crea el lector eventual de estas líneas que exagero y me alabo de una probable acusación que nadie tiene interés en hacerme. No, la acusación existe y ha tomado forma pública en un periódico escrito en alemán y distribuido en la comunidad judía de Buenos Aires, ahora y hace poco, le ha tocado el turno al querido Antonio Caponnetto. Es un indicio claro de la dificultad de poder hablar de los judíos sin provocar una reacción pasional en donde pululan los reproches del más grueso calibre y de las más antojadizas imputaciones...

  Cuando la fe católica se debilita y la dirección de la Iglesia cae en manos de gente poco apta para las actitudes que impone el comando, surge de los abismos de la conciencia cristiana ese sentimiento de culpa que dormita en el fondo de todo pecador e impone la necesidad de un “mea culpa” para restablecer la concordia con Dios. La Iglesia ha impuesto el sacramento de la confesión y éste provoca en el alma ese renacimiento en el que se recupera la salud espiritual y se comienza de nuevo con un sano olvido de los pecados que han obtenido el perdón.

  El signo más claro del debilitamiento aparece cuando el sentimiento de culpa perdura y se extiende más allá del perdón obtenido como si encontrara un cierto placer en el mantenimiento de la condición de indignidad. La culpa ha dejado de ser el resultado de una caída personal y se ha convertido en una suerte de enfermedad colectiva, de abyección pastoral, en la que se envuelve a toda la Iglesia como si fuera ésta la portadora de un pecado nefando de lesa humanidad.

  Esta es la situación que las autoridades de la Iglesia han creado con respecto al judaísmo y que imponen a los creyentes como si todos ellos cargaran sobre sus espaldas el crimen de haber acusado a los judíos de un deicidio que, al parecer, nunca cometieron. Es verdad que los judíos que pidieron la muerte del Mesías han muerto ya hace varios siglos y sus descendientes no pueden estar directamente complicados en la crucifixión de Cristo, pero cuando se acepta una herencia con la plena conciencia de lo que ella implica, se carga sobre los hombros todo el peso de un rechazo espiritual que es parte, casi total de la heredad aceptada. No he intervenido para nada en el asesinato de Luis XVI ni de María Antonieta, pero si soy republicano francés y me hago cargo de todo cuanto este asentimiento implica, admito ser un regicida y no estoy tan libre como creo de la sangre derramada en nombre de los ideales a los que adhiero. Nazco en el seno de la comunidad judía y en tanto no tenga clara conciencia de la actitud religiosa que debe adoptar con respecto a Cristo, puedo ser perfectamente inocente de su muerte, pero cuando comprendo bien en donde estoy parado y admito la plena responsabilidad de mi herencia religiosa acepto que una parte de su sangre caiga también sobre mí mismo.

  ¡Ah! ¡Perfecto! Entonces usted al declararse cristiano hace suyos todos los crímenes cometidos por los cristianos en su historia milenaria.

  Ninguno de esos crímenes constituye un elemento intrínseco y definitorio del cristianismo. El rechazo de Cristo y la complicidad en su juicio es parte esencial de la posición religiosa del judío, es lo que lo define y explica. Sin eso el judaísmo no sería lo que es y por lo tanto no existiría como tal. Si existen otros crímenes en la historia del pueblo hebreo no entran a título de componente formal de su composición, de manera que tienen sus cabezas responsables y corresponde al tribunal de la historia señalar sus nombres y determinar sus culpas.

  Los hebreos que aceptaron el mesianismo de Cristo Jesús y fundaron la Iglesia dejaron de ser judíos en el sentido estricto del término y se convirtieron en cristianos. Cuando se habla de una culpa popular y se reprocha a Israel la comisión de un deicidio, se habla de una culpabilidad asumida por todos los que tienen clara conciencia de pertenecer a un pueblo constituido como tal a raíz de ese crimen.

  La posición adoptada por las actuales autoridades de la Iglesia Católica no hace mucho por aclarar el problema y arroja, sobre sus penumbras naturales, la confusa niebla de esa suerte de culpabilismo que parece la marca exclusiva de la conciencia esclava. No soy esclavo y no siento sobre mi alma el peso de ningún pecado que no haya cometido personalmente. Estoy dispuesto a declararme culpable de lo que he hecho y aún de lo que he omitido, pero de ninguna manera me siento arrepentido por los desmanes que, falsa o verdaderamente, puedo atribuir a otros.

  Los judíos acusan a la Iglesia Católica de no haber hecho oír su protesta contra los crímenes nazis cometidos contra su pueblo. Resulta muy difícil en el entrevero de un acontecimiento político de ese tamaño, medir con exactitud las culpas de uno y otro bando y señalar a los culpables con la vara de un juez inapelable: ¡Éste es el culpable y este otro no ha roto ni un plato! Lo determino yo, con la asistencia infalible del Espíritu Santo y sin dejar un margen para la inquietud o la duda. Que los judíos asuman esa responsabilidad ante la historia y lo determinen de una vez para siempre, me parece bien, al fin de cuentas son parte del pleito y tienen pleno derecho a defenderse como puedan, pero la Iglesia Católica carece de la misma seguridad y no pretende en este asunto, gozar de una infalible asistencia del Espíritu.

Amén.

RUBEN CALDERÓN BOUCHET - "Breve reflexión sobre el antisemitismo y otros textos" www.edicionessoldemayo.blogspot.com.ar

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lunes, 4 de noviembre de 2013

Sentimentalismo irracional y manipulación mediática en la democracia - Augusto TorchSon


  Edward Bernays es considerado el padre de la propaganda moderna. De origen judío y sobrino de Sigmund Freud, es la primera persona en tomar las ideas de su tío y usarla para controlar a las masas, satisfaciendo deseos innecesarios a través del consumismo.

  Bernays era agente de prensa en EEUU y el Presidente Wodrow Wilson lo invitó a participar en una conferencia para la paz donde paradójicamente, se anunció que iban a entrar en la primera guerra mundial para hacer del mundo un lugar más seguro y democrático, contra lo que previamente había prometido este títere de la sinarquía mundial. Así vio Bernays que en tiempos de guerra con propaganda se movía a las masas y quiso hacer lo mismo en tiempos de paz.

  Para mejor utilizar el encantamiento de las masas a través de la publicidad, solicitó ayuda a su tío por lo que Freud le envió sus escritos en donde afirma que el hombre se mueve por fuerzas irracionales sexuales y autodestructivas que provienen de nuestros antepasados animales.

  Y Bernays sacó la idea que la información guía el comportamiento no solo del individuo sino de los grupos. Entonces se propuso dar información y empezó a experimentar con los comportamientos de las masas.

  Uno de sus clientes era el presidente de la American Tobacco Corporation que le dijo que perdían la mitad del mercado porque era considerado un tabú el hecho que las mujeres fumaran, ya que esta conducta era impropia de una mujer decente según el pensamiento de la época. Entonces Bernays investigó lo que significaba para las mujeres el cigarrillo consultando a un psiquiatra discípulo de su tío, quién le dijo que para las féminas el cigarrillo era un símbolo fálico e implicaba para ellas, de alguna forma, tener un pene, y este símbolo las hacía sentir tan poderosas como los hombres. Y convenció a un grupo de mujeres en un desfile en Nueva York para que al pasar frente al palco sacaran un cigarrillo y lo prendieran en lo que llamaron las “antorchas de la libertad”. Para ese evento convocó a la prensa para tener publicidad. Entonces usando esa frase en sentido racional, “antorchas de la libertad” activaba fuerzas irracionales para movilizar a las masas y salió publicado este hecho en todos los diarios y las ventas de cigarrillos se duplicaron en EEUU al hacer aceptable socialmente el consumo de cigarrillos por parte de mujeres.

  Aquí vemos como se impone la idea de “sentirse libre”, contrapuesta a “ser libre”.

  ¿Cuál era la técnica? Vincular los deseos y sentimientos emocionales a un producto. Es completamente irracional pensar que el fumar hace que las mujeres sean más libres pero las hacía sentir (o creerse) independientes. Era la forma en que las mujeres querían que las vieran los demás. Entonces Bernay se dio cuenta que la forma de vender un producto no era vendérselo al intelecto. Entonces proponía: “No es necesario que compres un automóvil, pero si lo haces vas a sentirte mejor”. Así cambia la necesidad por la emoción, el sentimiento de sentirse mejor. La idea era entonces conectar al producto con una emoción.

  La democracia trajo el consumismo, y para los países los ciudadanos dejan de ser importantes como tales para pasar a serlo como consumidores.

  Se creó lo que Bernays llamó “La ingeniería del consentimiento” que llevaba a la gente a ser manipulada por fuerzas irracionales y esta manipulación encontró el ámbito ideal para desarrollarse a través de la democracia, con el razonamiento de  que la gente generalmente se equivoca y por eso debían ser dirigidos desde arriba.

  Entonces se empezó a crear y promocionar deseos, no necesidades. En esta masa democrática lo que importaba era el YO CONSUMISTA. De esta forma al estimular el consumo, no solo mejora la economía sino que tiene a la gente feliz y dócil. Se trabaja entonces para darle a la gente un medicamento que le alivie y oculte el dolor pero que no cure la enfermedad ni ataque las causas.

  Para Edward Bernays la gente era estúpida y en masa lo eran más.

  Aprovechaban la Diosa Democracia para promover el individualismo. La democracia es el ámbito ideal para la aplicación de estas técnicas ya que promete el cielo en la tierra y así se hace creer a la gente que participa de las decisiones en los gobiernos y eso no es cierto.

  Al perfeccionar las técnicas de manipulación a través de la publicidad, Bernays fue contratado nada menos que por la CIA (Central Intelligence Agency).

  Para entender la perversidad, actualidad y eficacia de la propuesta de Bernays, remitimos a un párrafo de su libro “Propagada” (1928) que dice: “Aquellos que manipulan el mecanismo oculto de la sociedad constituyen un gobierno invisible que es el verdadero poder que gobierna nuestra país. Somos gobernados, nuestras mentes moldeadas, nuestros gustos formados, nuestras ideas sugeridas mayormente por hombres de los que nunca hemos oído hablar. Esto es un resultado lógico de la manera en que está organizada nuestra sociedad democrática” y continúa afirmando: “En casi cualquier acto de nuestras vidas, sea en la esfera de la política o de los negocios o en nuestra conducta social o en nuestro pensamiento ético, estamos dominados por un número relativamente pequeño de personas que entienden los procesos mentales y los patrones sociales de las masas. Son ellos quienes manejan los hilos que controlan la opinión pública".

  No podemos dejar de reconocer el éxito de esta “Ingeniería del Consentimiento” en la actualidad. En todos los ámbitos siempre las respuestas son sentimentales, cargadas de emoción y desprovistas completamente de racionalidad. Inclusive en la fe la propuesta es la misma y hasta es promovida por las más altas jerarquías de la Iglesia.

  En la conciencia y la convicción de que "conoceréis la verdad, y la verdad os hará libres"(Jn, VIII,32), invitamos a resistirnos a ser borregos conducidos al matadero, formándonos e informándonos, principalmente en nuestra fe, para tener herramientas para resistir a este Nuevo Orden Mundial que no es otra cosa que el ámbito necesario para la aparición del único y personal Anticristo.

  Trabajando para que Cristo reine y vuelva pronto.

Augusto TorchSon


Material consultado: Adam Curtis “Century of the self”


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