San Juan Bautista

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martes, 12 de septiembre de 2017

Dialogo fantasmagórico entre Juan XXIII y Maximiliano Robespierre - Joaquín Sáenz y Arriaga





     Era una noche tempestuosa del mes de marzo. Una lluvia persistente y un viento huracanado azotaban los cristales de la recámara papal. Alumbrado por la débil luz de una lamparilla y el fulgor intermitente de los relámpagos, el Pontífice Juan XXIII reposaba en el lecho, después de un día de intenso trabajo. El Padre Francisco recostado en el respaldo de un sillón, contemplaba cerca de la ventana, el majestuoso espectáculo de un cielo cargado de nubes, desgarradas por frecuentes relámpagos.

     P. Francisco: ¡Qué tormenta, Santo Padre! Dicen que fue bajo una tempestad como ésta, cuando el Primer Concilio del Vaticano instituyó el dogma de la infalibilidad del Papa.

      Juan XXIII: También fue en medio de truenos y relámpagos cuando se promulgó la ley mosaica en el Sinaí.

     P. Francisco: También he oído decir que fue en un atardecer tempestuoso cuando N.S. Jesucristo se apareció a Vuestro santo antecesor. ¿Creéis vos, Santo Padre, en las apariciones?

     Juan XXIII: Nuestra Santa Iglesia tiene su fundamento en una de ellas. Recuerda que Jesús se apareció a Pedro, cuando huía de la ciudad y le obligó a volver a Roma, donde murió sacrificado en la Cruz.

     P. Francisco: Ya recuerdo. ¿Quo vadis, Domine?. Cuenta la hermana Pascualina que ella escuchó el diálogo entre Pío XII y Nuestro Señor. Dice que ella entraba en la recámara llevando una taza de café y oyó a Pío XII que decía: "No me abandones todavía, Jesús mío", y pidió a la hermana Pascualina otro café más. ¿Creéis Vos en esto, Santo Padre?

     Juan XXIII: Para el Señor no hay nada imposible. Jesús, después de su Resurrección, asistió a una comida en Emaús... Bien quisiera yo merecer el privilegio de su inspiración para la Encíclica que voy a dirigir a los fieles este Jueves Santo.

     P. Francisco: Descansad tranquilo, Padre Santo; vuestra Encíclica no desmerecerá de la “Mater et Magistra”.


     (El rostro fatigado del Pontífice va adquiriendo la serenidad del sueño. Un dulce sopor va venciendo también al P. Francisco mientras la lluvia continúa su monótono repiqueteo en los cristales).


     Cerca del lecho del Pontífice va dibujándose, cada vez con más firmeza, la sombra de una conocida figura de la Convención. Tocada su cabeza con fina y empolvada peluca; su frente era grande y despejada los ojos alargados, los pómulos salientes y la barbilla redonda. Vestía casaca azul y camisa blancos, calzón de piel de gamo y botas altas. Sobre la blanca pechera se destacaban grandes manchas de sangre y en derredor de su cuello se percibía una marcada y profunda línea roja.


      Juan XXIII: No es de ti, Robespierre, de quien esperaba inspiración.

     Robespierre: Si lo deseas, me retiro; y perdóname, Santo Padre, el tuteo. El terrorista y ateo Hebert, a quien yo mandé guillotinar, nos obligó en la Convención a tutearnos. ¡Y es tan difícil para un muerto cambiar de costumbres!

     Juan XXIII: Llámame como quieras. No me molesta hablar contigo. Siendo yo en Francia el Nuncio Roncalli visité varias veces el Museo Carnavalette, donde hay muchos recuerdos tuyos. Vi la proclama incitando a la insurrección, que sólo llevaba las dos primeras letras de tu apellido... Fue entonces cuando dispararon sobre ti... Siempre tuve curiosidad por tu persona y cuanto a tus ideas; el Nuncio Roncalli tuvo amistad con grandes Maestros, como Marsoudón, Ramadier, Mendez france y Guy Molet. Hace pocos días he recibido a Adjubey y quizas muy pronto reciba a Kruschev; y éstos son ateos integrales. Tú, en cambio, creías en el Ser Supremo y en la inmortalidad del alma. Tú eras un hombre religioso.

     Robespierre: ¡Gran fiesta fue la que organicé en honor del Ser Supremo! Yo vestía este mismo traje, el que después llevé en Thermidor. Iba delante de los Diputados de la Convención y detrás de nosotros venían varios cientos de miles de ciudadanos. Acerqué la tea incendiaria a la estatua deforme del Ateísmo y esperé a que de entre las llamas surgieran los atributos de la razón y de la virtud. Antes, en mi discurso en la Convención, había exaltado el culto al Ser Supremo, como un golpe mortal al fanatismo y a la intolerancia religiosa. Hablé de una religión, sin verdugos ni víctimas, en el que todas las almas se confundieran en el amor al creador de la naturaleza —en el Gran Arquitecto del Universo—. Proclamé el derecho de todo hombre a adorar a Dios, conforme a los dictados de su propia conciencia; a buscar su verdad por medios que la razón le dicte. Yo, como mi Maestro Rousseau, fuimos grandes humanistas; teníamos confianza en la bondad innata del hombre; en que era la sociedad la que nos hacía malos. El mejor culto al Ser Supremo es la práctica de los deberes del hombre. Esa es la única garantía de la felicidad social.

     Juan XXIII: Me extraña oír hablar de deberes al paladín de los derechos del hombre.

     Robespierre: Es que ambos conceptos son recíprocos y emanan de nuestra misma naturaleza; por eso son universales, inviolables e inalienables. Tú sabes que la declaración de los Derechos del Hombre, en Filadelfia, fue obra de nuestra Augusta Orden. Más tarde, la Convención proclamó la Declaración de los Derechos del Hombre y del Ciudadano, de la que yo fui uno de los redactores: "La igualdad de los Derechos del Hombre está fundada en la naturaleza -decíamos-. El pueblo es soberano y el Gobierno es una delegación suya. La ley es igual para todos. Nada debe prevalecer contra la voluntad general". Ya no sé cuáles eran las palabras de Rousseau y cuáles nuestras, pero ellas son la esencia de la doctrina liberal y racionalista, que la Iglesia Católica ha considerado pecado. Y, sin embargo, nuestra Revolución ha sido para la Humanidad lo que la brújula para el navío: ésta no ve el puerto, pero conduce a él.

     Juan XXIII: Los Derechos del Hombre están hoy reconocidos por todas las Constituciones políticas. Fue un triunfo vuestro, pero ya, muchos siglos antes, Jesús había proclamado la igualdad de todos los hombres.

     Robespierre: Cristo proclamó a todos los hombres iguales ante Dios; pero nosotros los hicimos iguales ante la ley.

     Juan XXIII: La Iglesia siempre defendió los derechos humanos y se inspiró en el amor de Cristo a sus semejantes.

     Robespierre: Sí, en la doctrina; pero habéis permitido que los jefes de Estado, que se llaman católicos, los burlen y escarnezcan. Los artículos de la Constitución, en que se consagran esos derechos, están suspendidos, durante décadas y a veces por períodos de más de veinticinco años. La Iglesia ha amparado y propiciado las dictaduras en España, Portugal y la mayor parte de las Repúblicas Americanas. Todos los dictadores, que violan continuamente los derechos humanos, son amadísimos hijos vuestros. No ha habido un solo Papa que, por violar las doctrinas de la Iglesia, haya excomulgado a uno solo de los dictadores y algunos han recibido del Pontífice la Rosa de Oro.

     Juan XXIII: No de mis manos. Cierto que Pío XII la dio al General Franco —representado en su esposa— y que en España no rige Constitución alguna; pero, mi ilustre antecesor, a quien el mundo ha llamado el Papa de la Paz...

     Robespierre: Perdóname, pero no me alabes a Pío XII. Ningún Papa ha pronunciado tantos discursos, ni lanzado tantas Encíclicas como él, y no encontrarás en ellas ni una sola palabra para protestar contra los campos de concentración, las deportaciones en masa, las cámaras de gases, el exterminio del pueblo judío y de los masones.

     Juan XXIII: Me extraña ese sentimentalismo en quien instituyó el terror.

     Robespierre: ¡Tu quoque, Pater mi!... En todo el período del terror hubo menos víctimas que en una sola de las gloriosas batallas de Napoleón; menos de las que llevó a la hoguera Domingo de Guzmán, a quien tenéis en los altares. Yo tuve el valor de defender la paz, en los Jacobinos, frente a la opinión de la inmensa mayoría de los franceses; defendí la virtud y la dignidad humana y luché contra la inmoralidad y la corrupción. Me atacaban, porque el pueblo pedía el poder para mí, el más virtuoso, el único que podía haber salvado a Francia. Mis ideas no permitieron esclavizar a mi pueblo en nombre de la libertad. Preferí morir, a asumir la dictadura.

     Juan XXIII: Yo también odio la dictadura. Como sabes, soy infalible; y, sin embargo, he convocado el Concilio: mi Convención. No sé qué va a decir la Iglesia en cuestión de doctrina. ¡Ah! ¡si todos mis colaboradores fueran como Lienart, Bea, Méndez Arceo! Pero, todavía hay muchos que quisieran encender otra vez las hogueras de la Inquisición. ¡Si tú conocieras a Ottaviani y a los Obispos españoles, émulos de Torquemada!

     Robespierre: Pero conocí a Fouché, a Fouquier Tinville, a Barrás, a Tallien. Guárdate de tus enemigos, mejor que yo me guardé de los míos.

     Juan XXIII: Nada me importa ya. He dejado una doctrina social y un espíritu de tolerancia, que espero no se borre. ¡Ya soy muy viejo!, ¡Tú, en cambio, moriste tan joven!

     Robespierre: Los que tenemos un destino histórico que cumplir morimos cuando se cumple ese destino. (Poco a poco la figura del "Incorruptible" se ha ido desvaneciendo...).

     Juan XXIII: Padre Francisco; enciende la luz. Durante mi sueño me han brotado algunas ideas, que quiero que anotes para mi Encíclica. Ya les darás forma. Escribe: "Todos los hombres tienen derecho a adorar a Dios, conforme a los dictados de su conciencia; a buscar su propia verdad para expresar y comunicar sus opiniones".

     P. Francisco: ¡Perdón, Santo Padre, el Concilio de Trento decía...

     Juan XXIII: Yo no he venido a continuar las luchas religiosas sino a enterrar la Contra-reforma. Quiero hablar de tolerancia, de los derechos del hombre y de sus deberes, de la virtud y de la dignidad humana; quiero desenmascarar las dictaduras y proclamar que la igualdad entre los hombres nace de su naturaleza y que todos los pueblos deben ayudarse mutuamente.

     P. Francisco: ¡Qué bueno sois, Santo Padre! ¡Vos también como San Francisco, besaríais a un leproso!

     Juan XXIII: Quiero hacer algo más. Tu Santo patrón había llamado hermano al lobo; pero nadie, hasta ahora, ha llamado, desde la silla de San Pedro, hermano al HOMBRE. Al ser humano, sin distinción de razas, de país, creencias, ni de religiones. Yo quiero dirigir mi Encíclica a TODOS LOS HOMBRES DE BUENA VOLUNTAD.


     El P. Francisco ha levantado, asombrado, su cabeza. Los ojos del familiar parecen espantados. De su nariz aguileña han caído los lentes y su mano ha dejado resbalar la pluma.


     Amanecía. La luz pálida de la aurora daba un misterio espectral a la escena que relatamos.


    NOTA DEL AUTOR. — Estos dos documentos, tomados, como hemos dicho, del Boletín oficial masónico, órgano oficial del Supremo Consejo del grado 33 del Rito Escocés Antiguo y Aceptado, nos están haciendo sensacionales revelaciones que explican ampliamente la crisis pavorosa, por la que está pasando la Iglesia de Cristo. Estos documentos prueban, por sí solos, la inspiración de la anti-Iglesia judeo-masónica en esta verdadera revolución religiosa, que estamos presenciando. No es el Espíritu Santo, sino Robespierre el que ha inspirado la "MATER ET MAGISTRA", "LA PACEM IN TERRIS" y otros documentos más recientes, que siguen despertando la inconformidad con el pasado, el cambio de todas las estructuras y el espíritu combativo de las guerrillas. No es la doctrina de Cristo, sino la doctrina prefabricada por el Judaísmo Internacional y su mesianismo materialista, adaptada dócilmente por las logias masónicas, la que parece exponerse en esos documentos novedosos. Si no nos alargásemos demasiado, podríamos hacer un análisis minucioso de lo que se afirma en estos documentos y lo que se proclama como doctrina católica del siglo XX, en los documentos papales de Juan XXIII, Paulo VI y el Vaticano II. El paralelismo es perfecto, en muchas ocasiones.




Joaquín Sáenz y Arriaga; La nueva iglesia montiniana”, Editores Asociados S.R.L, 1971, Pag. 170-175


Enviado por: Santiago Mondino



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